En la cultura mesopotámica, uno de los primeros intentos consolidados de especulación mitológica y religiosa por parte del hombre, su construcción arquitectónica más significada, el ziggurat, torre escalonada con siete plantas, venía a simbolizar una inmensa montaña cósmica, cuyas siete alturas estaban en íntima vinculación con los siete cielos o planetas móviles conocidos en la antigüedad. Cuando el sacerdote escalaba esos siete niveles lo que realmente estaba haciendo, simbólicamente, era ascender en busca de los dioses hasta la cima del universo.
Desde tiempos muy remotos el número siete se ha distinguido por encerrar un notable contenido simbólico. Ese era el número de los planetas móviles (Sol, Luna, Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno), que permitían que el hombre, cuando los contemplaba, pudiera acceder con claridad a una expresión visible del orden cósmico celestial. En esos siete cielos moraban las supremas jerarquías y el hombre, desde muy antiguo, intentó que sus construcciones sagradas tratasen de imitar, aquí en nuestro mundo, lo que antes, arriba, había sido creado por los dioses.
En la tradición hermética mediterránea, profundamente influenciada por los conocimientos esotéricos del Antiguo Egipto y por la filosofía griega, se tenía la firme creencia de que cuando el hombre fallecía su alma se elevaba hacía las alturas pasando a través de esas siete esferas planetarias. En el Poimandres, Hermes Trimegisto afirma que cuando muere el cuerpo material: "el alma se eleva hacia las alturas, pasando a través de la armadura de las esferas: En el primer cinturón abandona la actividad de aumentar o disminuir. En el segundo, la maquinación de maldades, ineficaz engaño. En el tercero, el ya inactivo fraude del deseo. En el cuarto, la manifestación del ansia de poder, desprovista ya de ambición. En el quinto, la audacia impía y la temeridad de la desvergüenza. En el sexto, los sórdidos recursos de adquisición de riquezas, ya inútiles. En el séptimo cinturón, en fin, la mentira que tiende trampas".
Según el conocimiento hermético, el alma, en su ascensión a los cielos, abandonaba el cuerpo mortal e iniciaba un viaje en el que atravesaba las esferas de los siete planetas, en un proceso en el que de manera paulatina se iba despojando de todas las pasiones y vicios terrenales. En el último momento de la ascensión espiritual, el alma, ya totalmente purificada y libre de ataduras, habría de penetrar en el octavo cielo, en la esfera de las estrellas fijas, en donde reinaba la más absoluta felicidad. En efecto, sigue afirmando Hermes que el alma "llega entonces a la naturaleza ogdoádica, desnudado de los efectos de la armadura, y por tanto sólo con su potencia propia. Y, con todos los seres, canta himnos al padre y todos se regocijan con su venida. Oye entonces, ya igual a sus compañeros, a ciertas potencias por encima de la naturaleza ogdoádica, que cantan himnos a Dios con voz dulce. Vienen al punto, ordenadamente, a presencia del padre, se confían a sí mismos a las potencias y, tornándose potencias, se hallan en Dios. Tal es la feliz consumación de los que poseen conocimiento, ser divinizados....".