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EL AKH
El espíritu divinizado
Sacerdote egipcio |
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La última etapa del proceso de iniciación mistérica, tras haber vivido previamente las experiencias del ka y del ba, a las que antes nos hemos referido, sería la de sentir como nuestro espíritu toma contacto con lo que los egipcios denominaban akh, que podríamos traducir por “espíritu divinizado”. En un proceso análogo al que antes hemos estudiado para el ka y su vida en la tumba, y para el ba y su estancia en los Campos de Osiris, la experiencia del akh suponía, una vez que la muerte alcanzaba al hombre que su espíritu, plenamente libre de impurezas y ultimado el proceso de Glorificación, arribase al Reino de la Luz Pura de Ra. En los textos funerarios podemos comprobar que los egipcios pensaban que Osiris, el gran dios de los muertos y Señor del Reino de Ultratumba, no era realmente más que una emanación de Ra, que era la Gran divinidad que gobernaba el mundo. Osiris sería la forma que Ra adoptaba durante su presencia en el mundo del Más Allá. El capítulo 180 del “Libro de los Muertos” lo confirma: “¡Oh Ra, que te manifiestas como Osiris a través de las gloriosas apariciones de los bienaventurados y de los dioses del Occidente. Forma única, misterio de la Duat, alma santa que preside en el Occidente, Unnefer, que vivirá para siempre!”. A través de la experiencia del akh, en la iniciación en los Misterios o tras la muerte, el espíritu del hombre, transformado en Luz plena, llegaba a integrarse con Ra, con la divinidad creadora de la que todo había surgido. El hombre, convertido en akh , se integraba con dios y se hacía dios. Ese es el motivo de que el akh se entienda como el espíritu del hombre que una vez culminado el proceso de Glorificación se ha transformado en divinidad. El akh era para los egipcios el elemento más puramente espiritual del ser humano y para muchos estudiosos solamente se pondría de manifiesto tras la muerte de la persona. Durante la vida terrena el hombre no podría acceder a su akh. No estamos de acuerdo con esa apreciación ya que la historia nos viene ofreciendo abundantes antecedentes de personas que durante su vida han llegado a sentirse integrados en la Luz del Supremo. Los textos de los místicos españoles del Siglo de Oro, por ejemplo, no dejan lugar a dudas. Las personas sensibles pueden llegar a acceder en vida a esa Luz y pensamos que la finalidad última de los Misterios egipcios era que el iniciado pudiera vivir esa experiencia, que Jámblico, del que hablamos antes, denominaba “ascensión hierática”, cuya finalidad era integrar al iniciado con la divinidad y hacer que fuera consciente de que también él era parte de la divinidad. El akh era simbolizado por los egipcios como un ibis crestado, es decir, coronado con una cesta de plumas en la cabeza. El ibis era el símbolo tradicional de Thot, el dios del conocimiento y de la iniciación, y de hecho el ibis crestado o coronado era tanto el símbolo del hombre iniciado como del espíritu Glorificado. En los textos funerarios el significado de akh viene a ser el de espíritu luminoso, ser de Luz, inmortal iluminado o ser brillante (siempre con alusiones a la Luz de Ra) y es también frecuente la asociación del ibis con Maat, la gran divinidad que impregna de verdad y de justicia al universo. Pensaban los egipcios que solamente los hombres impregnados plenamente de Maat podrían acceder al Reino de la Luz. Ptahhotep, que antes citábamos, afirmaba que quien a lo largo de su vida actúa conforme a Maat y al rey habrá de llegar a alcanzar el estado de bienaventurado. Quien actúa conforme a Maat, no para sí mismo sino en beneficio del rey, que es el representante en la tierra de la Luz de Ra, conseguirá terminar su existencia transformándose, tras la muerte, en un akh o ser de Luz. Vemos, pues, que los egipcios que habían tenido acceso al conocimiento, es decir, habían sido iniciados en los Misterios, sabían que el Más Allá no era un mundo único sino que existían, de un lado, los denominados Campos de Osiris (Campiña de las Juncias), en las que reinaba Osiris y, de otro, los Campos del Cielo, cuyo Señor era Ra, el Gran dios. El capítulo 180 del “Libro de los Muertos” nos lo confirma: “Dice el difunto: Soy el Señor de los Tronos del firmamento y el que surca el cielo inferior en la comitiva de Ra; mis ofrendas están en el cielo, en el Campo de Ra, y mis ofrendas están en la tierra, en la Campiña de las Juncias ....” La experiencia del akh, en suma, se desarrollaría, tanto durante la vida como tras la muerte, en el Reino de Ra, en el Cielo, en el Reino de la Luz, en el lugar al que ya se dirigían los espíritus de los primeros faraones cuando fallecían, según vimos que se exponía en los antiguos “Textos de las Pirámides”. Antes, sin embargo, de llegar a la Luz el espíritu del difunto habría atravesado el otro mundo (el Duat) y tomado contacto con Osiris, la emanación de Ra. Una vez culminada con éxito la travesía por los Campos de Osiris, el akh del difunto se manifestaría en las esferas de Luz que se sitúan más allá, en el Reino de los espíritus puros, luminosos, en donde se encuentra la fuente de la Creación. Para terminar no podemos sino recordar el conjuro del capítulo 86 del “Libro de los Muertos”, en el que el difunto, previamente purificado en el Reino de Osiris, manifiesta su ansia de entrar en la Luz, punto final de su proceso de Glorificación: “Me he purificado en la gran altiplanicie, (allí) arroje mis faltas, extirpé mis pecados y lancé las impurezas que tenía unidas a mí en mi vida terrenal. ¡Guardianes de las puertas, despejadme el camino, pues soy vuestro igual!”
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24 de marzo de 2006 |