EL BA

 

El hombre y el espíritu

 

 

 

Los Bas de Ani y su esposa, en forma de pájaros, posados sobre la tumba.

 

 

 

 

 

Hemos venido estudiando que la tumba, además del lugar donde reposa el cadáver momificado, era considerada por los egipcios la Casa del ka, es decir el espacio en el que sigue habitando ese componente energético del ser, que allí entraba en contacto con los kas de los ancestros. De algún modo la tumba era un laboratorio en el que los hombres depositaban ofrendas y en compensación recibían la benéfica energía o fuerza vital de los antepasados.

Sin embargo, en las creencias egipcias, la tumba no era el destino final del difunto. El capítulo 175 A del “Libro de los Muertos” reproduce una conversación entre un difunto y el Gran dios creador Atum, que nos transmite información muy valiosa sobre esas creencias. El espíritu del muerto comienza el diálogo mostrando su sorpresa al descubrir que se encuentra en un lugar que le resulta inhóspito, su propia tumba:

 

-         “¡Oh Atum, ¿qué es lo que ha ocurrido para que yo deba ser conducido a un desierto (la tumba)? Allí no hay agua, ni aire; es muy profundo, muy oscuro y prácticamente infinito.

-         ¡Vivirás allí con felicidad!  -respondió Atum.

 -         ¡Pero no se podrá encontrar allí ningún placer (sexual)!

-         En él puse glorificación en vez de agua, aire y placer, y (puse) felicidad en vez de pan y cerveza –dijo Atum”.

 

Atum, en la conversación con el difunto, informa a su espíritu que en la nueva vida que le ofrece ya no necesitará los placeres materiales ni las ofrendas alimenticias. Le esperan nuevos mundos en los que ya ni siquiera va a precisar de aire para respirar. El Gran dios, más adelante, prometerá la eternidad al difunto: “Estas destinado (a vivir) millones de millones de años, (a tener) una duración de Vida (eterna) de millones de años”.

Este diálogo entre el difunto y Atum nos sirve como aproximación para acercarnos al mundo del Más Allá de los egipcios, una vez superada la primera etapa del viaje, que habría permitido la integración del ka del fallecido con la energía primordial de los ancestros, unión llevada a cabo en la propia tumba.

Es ahora cuando se inicia el viaje del espíritu a los mundos del Más Allá; para abordar su estudio debemos antes acercarnos al concepto de lo que los egipcios denominaban ba, que era el tercer componente del ser humano, según anteriormente comentamos.

El ba era un compuesto espiritual tanto del hombre como de los dioses y representaba de alguna manera un vínculo de unión entre lo meramente humano y la divinidad. Los egipcios pensaban que el hombre tomaba conciencia de su ba, es decir, de su espíritu, y establecía contacto con él en los momentos en que por causas diversas ese componente se independizaba del cuerpo y salía al mundo exterior. Esa extraña situación se producía, viviendo la persona, durante los sueños o a través del proceso de iniciación en los Misterios. También se producía, inexorablemente, tras la muerte, cuando según nos dicen los “Textos de las Pirámides” el cuerpo del hombre es para la tierra y el ba se eleva a los cielos.

Esa circunstancia de que el ba se vivía como una experiencia en la que el espíritu “se salía” del cuerpo hace que usualmente se represente a este componente del ser como un halcón u otra especie de pájaro, dotado de cabeza humana. Es muy frecuente que en las paredes de las tumbas se represente a ese pájaro que está volando o posado cerca de la momia. El hombre toma conciencia de su ba cuando por los motivos indicados el espíritu abandona el cuerpo e inicia un viaje hacía mundos extrasensoriales. El capítulo 89 del “Libro de los Muertos” nos habla de esa experiencia:

“¡Que (mi alma) vea su cuerpo, que repose sobre su momia! (De este modo) no pereceré ni seré jamás destruido”.

Ya hemos comentado que el ba era un componente del ser humano pero también lo era de los propios dioses. El ba de Ra, a modo de ejemplo, se identificaba con el denominado pájaro bennu (garza o ave Fénix de Heliópolis). En el capítulo 29 C del “Libro de los Muertos” el espíritu del difunto desea identificarse con él. Veamos:

“Palabras dichas por N. (el difunto): Soy el pájaro bennu, el alma de Ra, que guía a los bienaventurados hacia la Duat (Más Allá)....”

También se pensaba que Osiris era otra de las formas en que se manifestaba el ba de Ra, en la medida en que el dios de los muertos era una emanación espiritual del dios solar.

 

 

El ba y la iniciación

Comentamos antes que en uno de los momentos de la iniciación en los Misterios se pretendía conseguir la aproximación del hombre, en vida, a la energía de su ka. Los autores de los “Libros de Sabiduría” nos han dejado escrito que el hombre que tiene conocimiento conseguirá vivir en constante y consciente armonía con su ka. Cuando el maestro vive en esa armonía con la energía vital, se nos decía, no solamente él sino también sus discípulos se beneficiarán de ello. La energía de los sabios y de los ancestros influía sobre los hombres y por tanto resultaba beneficioso que estos, los iniciados en el conocimiento, supieran como utilizar adecuadamente esa fuente inagotable de vida.

Otro momento de la iniciación en los Misterios hubo de estar vinculado con la experiencia de sentir, también en vida, el contacto del hombre con su ba. Se trataría de que el iniciado pudiese vivir la experiencia de salir de su propio cuerpo y convertido en espíritu tomar contacto con otros mundos que resultan ajenos a los sentidos humanos habituales. Es conocido que en las iniciaciones mistéricas uno de los momentos culminantes se alcanza cuando el iniciado llega a sentir su propia muerte física y su renacimiento como espíritu. Del mismo modo que Osiris había muerto y había luego resucitado gracias a la magia de Isis, los iniciados en los Misterios, al pasar por esa misma experiencia de muerte y resurrección, tenían luego la esperanza de renacer nuevamente como espíritus cuando les alcanzase la muerte definitiva.

En este aprendizaje iniciático de morir y renacer hubo de jugar un papel de especial trascendencia la experiencia del hombre de sentirse como ser espiritual, es decir, como ba, pudiendo a su voluntad abandonar el cuerpo físico y viajar a otros mundos. Pensamos que estas situaciones de abandono del cuerpo podrían ser similares a lo que hoy conocemos como “viaje astral”, estado alterado de conciencia en el que el hombre sensible siente como su espíritu abandona la materia y se desplaza, con amplísima libertad de movimientos, por mundos que resultan desconocidos al resto de los mortales.

En suma, el ba, componente espiritual del ser, era algo que no se manifestaba a través de la sensibilidad ordinaria, sino solamente en los momentos excepcionales en que el espíritu, por causas diversas, era capaz de abandonar la materia corpórea en que habitualmente tiene su aposento. Vivir la experiencia del ba, es decir, sentir nuestro propio espíritu desencarnado, sería una de las fases de la iniciación mistérica a la que intentamos aproximarnos; en ella se viviría esa experiencia excepcional que supone elevarse desde la materia hacia lo eterno, hacia lo puramente espiritual, hacia el mundo celeste.

Veamos uno de los conjuros del “Libro de los Muertos” en los que el difunto, en el proceso de Glorificación, se ve transformado en un pájaro que asciende a los cielos (Capítulo 78):

“He aparecido –dice el difunto- como un halcón divino, (porque) Horus me ha dotado de su ba para llevar sus pensamientos a Osiris y a la Duat....  Horus me había dotado de su ba y vi lo que había allí dentro; (pero), si (lo) digo, los poderosos de Shu me expulsarán y quebrantarán mi arrogancia. Soy el que ha sido encargado de traer sus pensamientos a Osiris y a la Duat. Soy yo, halcón que habita en la luz, el que es poderoso gracias a su diadema, el que es poderoso gracias a su resplandor (y) realizaré la ida y el regreso hasta los confines del cielo”.

 

 

Los mundos del Más Allá

La experiencia iniciática por la que el hombre tomaba conciencia de su ba suponía adquirir conocimientos acerca del viaje que tras la muerte debe realizar ese componente del ser para ir ascendiendo a otros mundos en los que reinan Osiris y Ra. El hombre iniciado, que tenía conocimiento y que sabía lo que su ba  significaba, podía enfrentarse con éxito a los peligros que en ese viaje le acecharían. En el capítulo 178 del “Libro de los Muertos” el difunto, que va a comenzar el proceso de Glorificación, solicita la ayuda de la divinidad:

“¡Oh Ra, ten misericordia hoy con el Osiris N. (el difunto), ten misericordia!... ¡Que se le otorguen panes y cerveza a N. y que se le preparen en este día todas las cosas buenas y puras necesarias para caminar y viajar, que se le dé poder del Ojo de Horus, de la barca (de Ra) y de cuantas cosas contemple la mirada del dios!”.

Los textos funerarios transmiten la idea de que cuando el hombre fallece su espíritu o ba inicia un viaje por el mundo del Más Allá (el Duat), en donde reina Osiris, moviéndose por un espacio intermedio, de difícil ubicación geográfica, entre la tierra y el Reino Celeste de Ra. En esos mundos intermedios, que son gobernados por Osiris, es donde el ba debe iniciar el proceso de purificación que los libros funerarios describen utilizando símbolos cuyo significado ya no podemos captar plenamente al haber perdido el hombre moderno muchas de las claves que permitirían su interpretación.

Los sacerdotes egipcios, a partir de las creencias que se plasmaban en los “Textos de las Pirámides” del Imperio Antiguo, fueron confeccionando en momentos posteriores los denominados “Textos de los Sarcófagos”, el “Libro de los Muertos” y otros escritos similares buscando facilitar que el difunto tuviera conocimiento de los peligros que habría de sortear para poder recorrer felizmente el Más Allá. Se trata de textos en los que sobresale su aspecto práctico, ya que su finalidad es “ser leídos” por el difunto en el Más Allá. El espíritu, gracias a las fórmulas y conjuros que contienen, tendrá conocimiento tanto de esos peligros que le acechan como de los miedos que sentirá ante los riesgos de quedar retenido en las Tinieblas. En los textos se le ofrecerán diversas fórmulas dotadas de poderes mágicos para que pueda vencer los peligros y dominar los miedos. El espíritu que tiene conocimiento, es decir, que fue iniciado en la tierra, sabrá como debe recitar esos conjuros de manera adecuada.

Antes ya comentamos que los “Textos de las Pirámides” pretendían asegurar la ascensión del rey difunto al Reino de la Luz, donde ocuparía el puesto de un dios en el séquito de Ra. En esos momentos los textos funerarios solamente ofrecían la eternidad al propio rey y se piensa que los ensalmos que han aparecido inscritos en las paredes de las pirámides de varios faraones de las dinastías V, VI y VII tenían la finalidad de ser leídos por los sacerdotes en los funerales reales para facilitar su resurrección y ascensión. Veamos uno de esos ensalmos (número 267) en la versión de R. David:

 

“Se ha construido para él (rey fallecido) una rampa que conduce al cielo, para que pueda ascender al cielo por ella.

Él se eleva sobre el incienso.

Él vuela como un pájaro, y se aposenta como un escarabajo en un asiento vacío que hay en el barco de Ra...”

 

 

Los Campos de Osiris

Tiempo después, en el Imperio Medio, las oligarquías, en su deseo de obtener esperanzas de vida en el Más Allá, se apropiaron de estos himnos que los sacerdotes recitaban en los funerales reales y surgieron nuevas fórmulas de Glorificación de los difuntos que conocemos como “Textos de los Sarcófagos”, destinadas a las tumbas de los integrantes de las élites que controlaban el país. Paulatinamente habría de ir tomando forma la idea de que Osiris, dios de la ultratumba, al final de un determinado proceso, concedía a los difuntos una parcela de tierra, situada en lo que los egipcios denominaban Campiña de las Juncias. Allí los espíritus, libres de las inquietudes que habían tenido en la tierra,  llevaban una vida feliz.

Se pensaba que en esa vida de ultratumba, que suponía un avance importante con respecto a los tiempos en que solamente el faraón tenía asegurada la inmortalidad, el espíritu disfrutaba de una existencia similar a la que había tenido en la tierra, si bien disponiendo de una amplísima libertad de movimientos, pudiendo desplazarse a la tierra a su voluntad así como entrar y salir de los Campos de Osiris siempre que lo deseara. Esa gran movilidad es el motivo, como vimos, de que el ba o espíritu se representase como un pájaro con rostro humano.

En la Campiña de las Juncias los espíritus tenían que trabajar los campos, como habían hecho en su vida, para producir alimentos. No obstante, gracias a la magia de la palabra se podía conseguir que pequeñas imágenes de sirvientes que se depositaban en las tumbas cobrasen vida y se dedicaran a realizar esos trabajos físicos, con lo que el difunto podía disfrutar de su vida en el Más Allá de manera muy plácida. Gracias a las cosechas que se producían en los Campos de Osiris los alimentos no faltarían nunca a los espíritus, incluso a aquellos que habían muerto hacía mucho tiempo y cuyas tumbas habían quedado abandonadas.  Esa segura provisión de alimentos para los espíritus tenía un importante efecto tranquilizador para los vivos, que tras los acontecimientos del denominado Primer Periodo Intermedio eran conscientes de que en los momentos de revolución y enfrentamiento entre los hombres se había visto como las tumbas eran saqueadas por los alborotadores y las momias habían rodado por los suelos.

El capítulo 6 del “Libro de los Muertos” contiene una curiosa fórmula que debe permitir que la representación escultórica de un sirviente (ushebti) cobre vida y pase a ejecutar los trabajos que en otro caso tendría que haber realizado el difunto:

 

“Palabras dichas por N. (el difunto): Que diga:

- “¡Oh ushebti de N.! Si soy llamado, si soy designado para hacer todos los trabajos que se hacen habitualmente en el Más Allá (en la Campiña de las Juncias), (sabe) bien que la carga te será inflingida allí. Como (se debe) alguien a su trabajo, toma tú mi lugar en todo momento para cultivar los campos, para irrigar las riberas y para transportar la arena de Oriente a Occidente”.

- “Heme aquí” (dirás tu, figurilla).

- “Iré a donde me mandes, Osiris N. Justificado”.

 

Los conjuros y fórmulas que se integran en los “Textos de los Sarcófagos” y en el “Libro de los Muertos” nos informan de la visión dual que acerca de los Campos de Osiris tenían los egipcios. De un lado se pensaba que son un lugar en el que los espíritus están obligados a trabajar para obtener sus alimentos. Usualmente se identifica como una región formada por islas unidas por canales de agua que el espíritu recorrerá utilizando barcas, algo muy apropiado a la imagen del Nilo y de las tierras que lo circundan. Esta primera visión destaca por sus componentes de tipo material.

De otro lado, se ofrece también la idea de que estos campos no serían, realmente, el destino final de los espíritus puros. En la Campiña de las Juncias estos disponen de una amplia libertad de movimientos y llevan una existencia gozosa, libres de las inquietudes que habían tenido en su vida terrena, pero de algún modo se piensa que la vida plena del espíritu no se desarrollará en este lugar, sino en otro mundo más elevado una vez que ultimado el proceso de Glorificación el ba consiga salir a lo que los egipcios denominaban Plena Luz del Día.

En el “Libro de los Dos Caminos”, texto que forma parte de los “Textos de los Sarcófagos”, se dice que en el Más Allá existen espacios a los que no todos los espíritus pueden tener acceso, ya que para ello se precisaría contar con conocimientos que no todos poseen:

“Este es el lugar de un espíritu transfigurado que sabe como entrar en el fuego y atravesar las tinieblas (pero) que no tiene el conocimiento para subir a este cielo de Ra-Horus el Antiguo, en el cortejo (de Ra-Horus el Antiguo) en medio de las ofrendas ....”

En palabras de Molinero Polo parece que estamos en una especie de purgatorio en el que viven los espíritus que saben determinadas cosas pero que no tienen los conocimientos suficientes para llegar al espacio más sagrado del cielo, que es la barca de Ra, el dominio de la Luz.

El Reino de Osiris, la denominada Campiña de las Juncias, lugar en donde habitan los bas santificados sería uno de los mundos del Más Allá. En él los espíritus vivirían felices, llevando una existencia similar a la terrenal, comiendo, trabajando, disfrutando de los placeres, etc, si bien libres de preocupaciones y gozando de libertad de movimientos. Posiblemente algunos de ellos, felices, no desearían acceder a otro tipo de vida más elevada de la que ni siquiera tienen conocimiento. Otros, sin embargo, estarían ansiando alcanzar el Reino de Ra, donde brilla la Luz pura.

Un ejemplo del primer supuesto lo encontramos en el capítulo 110 del “Libro de los Muertos”:

“En ella (la Campiña) como y bebo, en ella trabajo y siego, en ella hago el amor; mis encantamientos son en tu campiña poderosos. No se me hacen reproches ni (tengo) preocupaciones y mi corazón es allí feliz”.

En el capítulo 171 A del mismo libro encontramos otro conjuro que, por contra, procedería de un espíritu que anhela quedar plenamente liberado de impurezas para dejando atrás el Reino de Osiris poder arribar a la Luz de Ra:

“... oh, dioses del Norte, que estáis en el cielo y que estáis en la tierra, conceded el vestido uab (el vestido de la plena pureza) al bienaventurado perfecto, N.! Haced que este (vestido) le sea provechoso. ¡Arrojad las impurezas que estén agarradas a su ser! ¡Que el vestido uab de N. le sea concedido para siempre y (para toda) la Eternidad! ¡Quitadle las impurezas que estén agarradas a su ser!”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

3 de marzo de 2006