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EL FARAÓN Y EL JUICIO DE HORUS |
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Se ha conservado un texto, que hoy conocemos como “Las aventuras de Horus y Seth”, fechado en los tiempos de Ramsés V (hacia 1160 a.C.), si bien su origen posiblemente haya que remontarlo a los tiempos del Reino Medio, en el que se narran las disputas entre estos dos dioses por la herencia de Osiris. En el mismo se nos ofrece una rica información acerca del Gran Juicio que con ese motivo se celebró en el Tribunal de los Dioses (la Enéada), que estuvo presidido por Atum, el Gran Dios Primordial, llamado Señor Universal en el texto.
En la narración que estamos comentando, Thot presenta al Señor Universal el Ojo Udyat, símbolo del litigio, y más adelante será Shu, divinidad del aire, quien solicite que el Ojo sea entregado a Horus, pretensión a la que finalmente, tras diversas peripecias entre Horus y Seth, terminará accediendo el Tribunal de Dioses.
En los tiempos del Reino Antiguo ya se pensaba que del mismo modo que Horus, para ser reconocido por los dioses, había tenido que superar un juicio también el Faraón, tras la muerte, para alcanzar su puesto en el Reino Celeste de Re, en cuanto hermano de los dioses, también tendría que superar otro juicio en el que habría de resultar de especial interés que ninguna divinidad se opusiera a sus pretensiones. El Rey, que había sido el símbolo viviente de Horus en la tierra, había tenido como misión esencial durante su reinado que Maat (es decir, la imagen del Orden, el Equilibrio y la Justicia que el Dios Primigenio, Atum-Re, había establecido en el momento de la Creación) hubiese imperado en Egipto. Si el Faraón no había cumplido esa misión de aplicar Maat en la tierra, tras su muerte podía temer que alguna de las divinidades se opusiera a que su espíritu alcanzase el Reino Celeste.
Los “Textos de las Pirámides” nos dicen que el Faraón, tras su fallecimiento, debía ser objeto de diversas transformaciones en el Más Allá, en un proceso que habrá de culminar con su manifestación como espíritu akh, ser de luz o espíritu luminoso, que se integrará con las otras divinidades en el Cielo. En ese viaje por el Más Allá los “Textos de las Pirámides” nos hablan de que el Rey habrá de atravesar diversos lugares de purificación, en los que dejará atrás sus posibles faltas, para así, una vez ya libre de la materia poder arribar al Gran Tribunal con posibilidades claras de superar el Juicio que habrá de presidir el Señor Universal.
El conjuro 1.707 de los “Textos de las Pirámides” nos habla del destino inmortal que espera al espíritu del Rey fallecido: “Tu hermana es (la estrella) Sotis, tu descendencia es la Estrella Matutina, y te sentarás entre ellas en el gran trono que está en presencia de las Dos Enéadas”. Se pensaba, incluso, que una vez transformado en divinidad el Rey habrá de llegar a poder juzgar los asuntos de los otros dioses, ya sus hermanos. Dice, en ese sentido, TP 2.004 y 2.005: “Levántate, Oh Rey, vístete con esta capa tuya que está fuera de la mansión, con tu maza en tu brazo y tu cetro en tu mano (símbolos de su poder), estando a la cabeza de las Dos Cónclaves para que puedas juzgar a los dioses”.
La identificación del monarca fallecido con Horus, lo que permitirá su acceso al Reino Celeste, se expone en diversos conjuros, así en TP 502 y 503 se dice que: “las puertas del cielo se abren, el Rey ha abierto (las puertas del cielo)… Ellos hacen un camino para el Rey, para que el Rey pueda pasar por él, porque el Rey es Horus”. Para facilitar el proceso de elevación al Reino Celeste (TP 265) el espíritu proclamará una y otra vez que durante su vida en la tierra se distinguió por establecer la Justicia y el Orden (Maat) en lugar de la Injusticia y el Caos, siendo por tanto su pretensión (TP 1.582) la de poder brillar en el Cielo como Re (el sol), sofocando la maldad y haciendo que Maat permanezca siempre al lado del Dios Primordial. Su destino final, en suma, será el de brillar cada día para Aquel que está en el Horizonte del Cielo.
Antes, sin embargo, y según ya comentamos, los textos nos dicen que el Rey deberá ser purificado para dejar atrás las impurezas que puedan estar agarradas a su espíritu, tarea en la que será auxiliado por el propio Horus. Dice, en ese sentido, TP 2.202: “Oh Rey, … Horus vendrá a ti para que pueda cortar tus cuerdas y quitar tus lazos. Horus ha eliminado tus impedimentos y los dioses-tierra no podrán agarrarte”. Son muchos los conjuros que los sacerdotes hicieron gravar en las paredes de las tumbas reales para ayudar a la purificación de su espíritu. Así en TP 530 el Faraón, tras bañarse en el Campo de los Juncos proclamará que es puro, en tanto que en TP 841, por indicar otro ejemplo, se dice que: “El mal que está en el Rey es destruido, el mal que estaba en él es anulado”. ¡Oh Rey, -se le dirá en TP 1.067- arroja la tierra que hay en ti!.
Especialmente sugestivo es el conjuro 275 en el que el espíritu, tras ser purificado, habrá de ser ayudado por Nut (dios del Cielo) y Shu (dios del Aire) en su proceso de elevación:
“Este Rey se ha bañado en el Campo de los Juncos. La mano de este Rey está en la mano de Re. ¡Oh Nut, toma su mano! ¡Oh Shu, levántale! ¡Oh Shu, levantalé!”.
Otros conjuros de los “Textos de las Pirámides”, así los 373 y 488, contienen referencias expresas a la Gran Mansión que será el lugar en donde Re y Osiris habrán de impartir justicia y juzgar la conducta del Rey en la tierra. En TP 462 este afirmará que: “No hay ninguna palabra contra mí sobre la tierra entre los hombres, no hay acusación en el cielo entre los dioses…”. De algún modo el contenido de esta declaración podría ser un claro antecedente de lo que nosotros conocemos como “Confesión Negativa”, que en los tiempos posteriores del Reino Nuevo habrán de prestar todos los hombres que pretendan superar el Juicio de Osiris, como más adelante tendremos oportunidad de analizar.
De los conjuros que hemos comentado y de tantos otros similares que de manera repetitiva se reproducen en los “Textos de las Pirámides” se nos ofrece la imagen (TP 316 a 323) de que el espíritu del Rey fallecido, del mismo modo que antes le había sucedido a Horus, heredero de Osiris, también tendrá que ser juzgado por el Tribunal de la Enéada, tras haber sido previamente purificado. El Rey será juzgado por las Dos Verdades (Isis y Neftis, coronadas por Maat) y contará en ese proceso con la protección que otorga el Ojo de Horus. En ese momento del juicio, no obstante, su espíritu sentirá miedo de que “la serpiente ígnea” pueda golpear los corazones de los dioses, sus jueces, a los que pedirá una y otra vez que no obstaculicen su ascensión sino que se presenten ante él como amigos. En TP 336 se indica que el Pueblo del Sol (las divinidades) ha testificado a favor del Rey, lo que nos sugiere que existía la posibilidad de que hubiera ocurrido lo contrario y alguien se hubiera opuesto a su pretensión de acceder al Reino Celeste.
Ese es el motivo de que en TP 356 y 357, una vez declarado Justo por la Enéada, el Rey nos transmita su inmensa sensación de alegría. Ha podido superar los obstáculos que se le podían haber opuesto:
“Estoy justificado; ¡alegraos por mí, alegraos por mi ka! Mi hermana es Sotis, mi hijo es la Estrella Matutina. Estoy en la parte inferior del Cielo con Re. Estoy justificado; ¡alegraos por mí, alegraos por mi ka!”
El miedo a la posibilidad de ser excluido por los dioses hará que el Rey, antes de presentarse en las salas del Gran Tribunal no dude, incluso, en proferir temibles amenazas contra las divinidades que se le podrían oponer. En ese caso, el Rey se declara identificado con Atum e insiste en que todo lo que se diga en su contra será igualmente dicho contra el Señor Universal. Veamos, en ese sentido, los conjuros 492 y 493:
“Si yo soy maldecido –dice el Rey-, Atum será maldecido; Si soy injuriado, Atum será injuriado; Si soy golpeado, Atum será golpeado; Si soy obstaculizado en este camino, Atum será obstaculizado, Porque yo soy Horus, He venido siguiendo a mi padre, He venido siguiendo a Osiris”.
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14 de enero de 2006 |