EGIPTO Y EL NILO

 

 

Egipto y el Nilo

 

 

 

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El Nilo

 

 

 

Durante el tiempo que residió en Egipto, Heródoto mostró un gran interés en  conocer las circunstancias en que se desarrollaba cada año la crecida del Nilo y la inundación de las tierras ribereñas. El autor nos ha transmitido que este río llega a anegar no solo el Delta, sino también parte del territorio de Libia y de Arabia, hasta una distancia de dos días de camino a una y otra margen (hemos de entender que esa afirmación se refiere a las regiones de El Fayum o al Delta, ya que si pensamos en todo el valle dos días de camino son, sin duda, excesivos).

 

Nos decía también Heródoto que el Nilo baja crecido durante unos cien días a partir del solsticio de verano. Desde siempre ha llamado la atención que el incremento de caudal se produzca precisamente en verano y que luego, cuando llega el invierno, las aguas bajen de manera espectacular. Este interrogante, que intrigó también a nuestro hombre, de que el Nilo siguiese un régimen de aguas que choca con lo que sucede en el resto de los ríos, no encontró ninguna respuesta por parte de los sacerdotes egipcios, que no fueron capaces de ofrecerle una contestación adecuada.

 

Nos dice luego Heródoto que entre los griegos existían diversas creencias en relación con esa circunstancia de que el Nilo presentara su máximo caudal en el ardiente verano. Para algunos, ello se debería al régimen de vientos imperantes en esa estación, que impedía que el río afluyera al mar y producía las crecidas. Otros, sin embargo, pensaban que el Nilo nacía realmente en el propio Océano, que estaría rodeando con sus aguas toda la tierrra emergida. Esta segunda explicación sería, para Heródoto, menos científica que la primera.

 

Argumentaban otros, finalmente, que el Nilo tenía que nacer en unas regiones del sur en las que en verano se produjese una gran fusión de nieve, circunstancia que daba origen a los aumentos de caudal. En relación con esta tercera hipótesis, pensaba Heródoto que la misma era claramente errónea, ya que era conocido que el Nilo nacía en lugares muy cálidos, en los que, por lógica, no podía existir nieve. Todos saben que al sur de Egipto los habitantes tienen la piel negra debido al ardiente calor que allí reina; son regiones en las que casi nunca llueve y a las que las aves emigran cuando llega el invierno. No era posible, pensaba Heródoto, que allí pudiera existir tanta nieve como para producir la crecida del Nilo; el sentido común impedía que esa afirmación se pudiera mantener.

 

Tras exponer las creencias griegas más usuales, Heródoto no duda en expresarnos las suyas propias. Nos dice el historiador que la causa de la crecida se debe a que el sol, en los meses de verano, no evapora más que una mínima porción de las aguas del Nilo, que precisamente en esos meses de verano es cuando presenta su caudal normal, es decir, crecido. En el invierno, por el contrario, debido a que el sol evapora mucha más agua del Nilo, el río se resiente y su caudal baja de manera intensa. Argumenta esta creencia Heródoto afirmando que lo que realmente sucede es que en verano el sol absorbe el agua de todos los ríos del mundo, incluyendo la del Nilo, por lo que no necesita tomar demasiada agua de este último, que crece por tanto de caudal. En invierno, sin embargo, el sol solo absorbe las aguas del Nilo, y no de los demás ríos, lo que hace que el caudal de este se reduzca.

 

Hoy día sabemos que el origen real de la crecida del Nilo reposa en las lluvias monzónicas que caen sobre Abisinia en los meses de mayo y junio. Gracias a ellas todos los años el Nilo llega a crecer la altura de sus aguas en mas de siete metros e inunda muchos kilómetros tierra adentro. Egipto, sin la influencia benéfica del Nilo, no habría sido nunca el fértil país que pudo desarrollar una civilización que hoy se nos ofrece como de ensueño. El amenazante desierto no lo habría permitido.