LITERATURA PESIMISTA

 

PRIMER PERIODO INTERMEDIO EGIPCIO

 

 

 

 

Estatua de un escriba, Museo Egipcio de El Cairo.

 

 

 

 

 

Manetón, sacerdote egipcio que habría vivido en el siglo III a.C., nos ha legado una valiosa “Historia de Egipto” para cuya redacción habría utilizado la información de que disponían los archivos de los templos. Según los anales de los faraones que se incluyen en esta obra, después de Pepi II, ya situados en los tiempos de la VII dinastía, Manetón nos ha transmitido una noticia que sugiere la situación de colapso en que se encontraba la monarquía egipcia en ese momento. Según el sacerdote, en un periodo de solamente 70 días habrían reinado en Egipto nada menos que 70 reyes. ¿Cómo es posible? ¿Qué sucedió en las tierras del Nilo en los años que siguieron al reinado del longevo Pepi II?. Todo parece indicar que el país se había fragmentado y esos 70 reyes no serían sino los cabecillas locales que ostentaban un poder de tipo feudal en sus respectivas provincias. El estado centralizado de los faraones habría sucumbido y la nobleza de los nomos estaría alcanzando un poder independiente en unos tiempos en que, además, las fuentes nos dicen que las tierras del Delta habrían sido ocupadas por invasores asiáticos.

 

 

Tiempos de convulsión

Durante estos momentos históricos, que hoy conocemos como Primer Periodo Intermedio, los egipcios hubieron de contemplar como la tradicional fortaleza física y espiritual de su país caía derrumbada por las adversidades. Los textos que se han conservado recogen las consecuencias que ese deterioro de las instituciones egipcias produjeron sobre las creencias y la vida cotidiana de los hombres. Atónitos ante lo que estaba sucediendo los egipcios llegarían a cuestionarse el orden establecido y en ese contexto de agitación los hombres dudarán, incluso, de las creencias tradicionales que sobre la religión y la vida de ultratumba imperaban en el país.

Los documentos que nos hablan de las penalidades sufridas por los egipcios en este momento de su historia suelen estar fechados en tiempos posteriores, en el Imperio Medio, pero se piensa que se trata de copias de textos anteriores que habrían surgido en estos momentos de convulsión. Son escritos que nos hablan del conflicto que se está desarrollando en Egipto entre el bien y el mal, entre el orden y el caos. Maat, la divinidad de la justicia y del equilibrio, parece haber sido vencida por el caos y los hombres ansían que se produzca la restauración del poder de una monarquía poderosa que como en los tiempos pasados del Imperio Antiguo actúe como garante de la estabilidad a la que los egipcios desean retornar.

Los antecedentes de la crisis podrían remontarse a los tiempos de la VI dinastía. Diversos historiadores piensan que la decisión de Pepi I de desposar con dos de las hijas de un noble de Abidos, a fin de cuentas un particular, habría introducido un germen de disolución en la estructura política egipcia. Se trataba de dos mujeres que no pertenecían al linaje real y otros nobles del país debieron reivindicar la concesión de privilegios al monarca, coincidiendo con unos momentos en que se acusa el aumento de poder de las aristocracias locales.

La situación se habría complicado en el reinado de Pepi II, que según las fuentes habría ejercido el poder durante nada menos que 94 años, sin duda demasiado tiempo. Su avanzada edad y la blandura de su carácter debieron favorecer la pérdida de poder de la realeza. En los últimos momentos de su reinado, coincidiendo con los ataques de los pueblos vecinos (nubios, asiáticos y beduinos) sobre las fronteras de Egipto, el poder de la nobleza de los nomos debió fortalecerse de manera importante.

Además, con independencia de las singularidades de los reinados de estos dos faraones, lo cierto es que en Egipto se estaban produciendo dos circunstancias que habrían de facilitar la situación de progresiva anarquía. De un lado, llama la atención en estos tiempos la excesiva dedicación de recursos económicos a los muertos, que estaría produciendo una situación de ruina entre los vivos. En efecto, las riquezas se acumulaban en los ajuares improductivos de las tumbas y los gastos de los cultos funerarios y de los templos consumían buena parte de los recursos disponibles en el país. De otro lado, en estos momentos de fines del III milenio se estaba agudizando el proceso de desecación de las tierras de Egipto y de su entorno, con el consiguiente descenso del volumen de crecida del Nilo y con la ruptura del anterior equilibrio natural. Esta doble circunstancia habría de producir una situación de carestía y hambruna en el pueblo egipcio, en unos momentos en que, además, las tribus nómadas del entorno estaban padeciendo igualmente el deterioro de sus hábitats tradicionales, lo que las obligaba a presionar sobre las tradicionalmente ricas tierras del Delta en busca de medios de subsistencia.

 

 

Inscripciones de Ankhtyfy

El Primer Periodo Intermedio se desarrolla entre las dinastías VII y XI. En el primer momento, hasta la dinastía VIII, es cuando se produce el derrumbe de la monarquía menfita. Son tiempos de anarquía generalizada en que el caos, el hambre y la incertidumbre se han adueñado del país. El Delta está ocupado por los asiáticos.

En un segundo momento, durante las dinastías IX y X, los señores de Heracleópolis consiguen hacerse con el poder en el Egipto Medio (entre Menfis y Tebas) proporcionando una cierta estabilidad a estas tierras. Finalmente, con la dinastía XI,  los señores de la familia tebana de los Mentuhotep conseguirán unificar nuevamente Egipto, restaurando la seguridad en el país, cuya capital reposará desde ahora en Tebas.

Vemos, así, que Egipto en el entorno del año 2150 a.C. ofrecía tres focos de poder: las tierras del Delta, ocupadas por los asiáticos; el Egipto Medio, dominado por los señores de Heracleópolis, y el Alto Egipto, estructurado bajo el poder de Tebas. Tiempo después, hacia el 2050, Mentuhotep, príncipe de Tebas, habría conseguido reunificar nuevamente todo el país.

En las inscripciones de la tumba de Ankhtyfy, uno de los gobernantes del nomo de Hierakómpolis, encontramos referencias precisas acerca de la crítica situación de hambruna que padecía entonces su pueblo. Seguimos la versión de Serrano Delgado:

“He dado pan al hambriento y vestidos al desnudo. He ungido a aquel que no lo estaba. He calzado al que iba descalzo. He dado esposa al que no tenía mujer. He alimentado a Hefat y Her-Mer... El cielo estaba entre nubes y la tierra entre (vientos, y todas las personas morían) de hambre sobre el banco de arena de Apopi. (El sur venía) con su gente; el norte llegaba (con) sus hijos. Yo traje este... a cambio (?) de cereal del sur (?). Hice que el cereal del sur fuera rápido corriente arriba hasta alcanzar el país de Uauat, y corriente abajo hasta alcanzar el nomo de Tinis. Todo el Alto Egipto se moría de hambre, hasta el punto de que todo hombre se comía a sus hijos. Pero yo no permití que nadie muriera de hambre en este nomo. He proporcionado préstamo (de cereal) al Alto Egipto... Esto es algo que ciertamente no encontré que hubiera sido hecho por los gobernantes que me precedieron...”

Los momentos de convulsión que Egipto padeció durante los tiempos del Primer Periodo Intermedio habrían de afectar a las creencias religiosas del pueblo. De un lado, es ahora cuando se produce la democratización de los cultos funerarios osirianos, que garantizan la vida eterna a los bienaventurados, a todos los hombres justos y no solamente a los faraones o a los nobles, como hasta ahora había sucedido; de otro, encontramos en los textos que se refieren a este momento histórico diversas referencias que nos hablan de posiciones individuales de escepticismo y de hedonismo ante el hecho de la muerte. Ante las desgracias que los egipcios están padeciendo, ante la adversidad, algunos hombres llegarán a dudar, incluso, de las más tradicionales creencias sobre la vida en el más allá. Debe destacarse, no obstante, que esas dudas y pesimismo no constituyeron, ni mucho menos, la visión que dominó en el panorama ideológico de la sabiduría de Egipto. Las creencias mayoritarias de los egipcios discrepaban claramente de ese escepticismo. La abundancia de vestigios funerarios encontrados en las excavaciones arqueológicas de tumbas de la época así lo acredita.

 

 

Admoniciones de Ipuwer

Los textos de Ipuwer, también conocidos como las “Admoniciones de un Profeta”, nos han sido transmitidos en el denominado papiro de Leyden, documento que se fecha en los tiempos del Imperio Medio, si bien su contenido remite a los acontecimientos del Primer Periodo Intermedio, ofreciéndonos la visión de un mundo en desorden y a punto del colapso, en diáfana contraposición con el Egipto consolidado del Imperio Antiguo.  En palabras de Presedo Velo, las “Admoniciones” constituyen “una especie  de Treno jeremíaco sobre el desorden político y cósmico que se desencadena sobre Egipto cuando todo el sistema centralizado y ordenado del Antiguo Imperio se ha desintegrado en una anarquía acompañada de subversión social y política, llegándose incluso a cuestionar la obra de los dioses y hasta su existencia”.

Ipuwer, del que no se ha podido constatar su realidad histórica, nos habla de unos tiempos terribles en que la maldad impera por doquier; los hombres miran a sus hijos como si fueran sus enemigos; el Nilo, la vida de Egipto, se sigue desbordando pero nadie se ocupa ya de arar los campos; las mujeres parece que son estériles, ya que ninguna concibe hijos y Khnum, el dios que en su torno de alfarero se encarga de modelar los cuerpos de los niños, ya no da forma a la humanidad; a causa de la situación de guerra civil existente, los pueblos antes sometidos a Egipto han dejado de pagar sus tributos, lo que hace que falten los productos más básicos: el grano, el carbón, la madera; el país está arruinado...

Describe Ipuwer, además, como en el contexto de esa situación de caos los cultos funerarios ya no se celebran y, además, las propias tumbas están siendo saqueadas por los malhechores. Lo que ocultaban las pirámides ha quedado vacío y los cuerpos que reposaban en las tumbas yacen ahora tirados en los terraplenes de los caminos. Incluso, ¡algo terrible!, los secretos de Egipto, los ocultos misterios de los dioses, han sido divulgados por hombres sin escrúpulos, al igual que las fórmulas mágicas de los rituales. Todo se ha divulgado. Todos conocen los misterios. Ese es el motivo de que los conjuros sean ahora ineficaces Incluso, nos dice Ipuwer, los secretos de los embalsamadores han sido profanados.

En el párrafo XII, 12 de las “Admoniciones”, que vamos a reproducir, Ipuwer se dirige al faraón, o quizás al propio dios Re, para recriminarle su responsabilidad por los males que aquejan al país. El rey, que debe contribuir a que Maat reine en el mundo, habría dejado de cumplir esa misión fundamental para la armonía del cosmos y esa sería la causa de que todo esté ahora trastocado, Seguimos nuevamente a Serrano Delgado:

“Autoridad, Conocimiento y Verdad están contigo, y sin embargo es la confusión lo que difundes por el país, junto con el ruido del tumulto. Mira, los hombres se atacan unos a otros. (La gente) se extralimita de acuerdo con lo que Tú (mismo) has ordenado. Si tres hombres marchan por un camino, pronto se encuentra que son (solo) dos, pues el (número) grande mata al pequeño. ¿Es que hay un pastor que ame la muerte? Así, pues, ordena dar una respuesta, pues esto significa que lo que uno ama el otro (lo) detesta. Esto significa reducir sus formas por todos lados. Esto significa que tu acción es lo que originó eso. Tu has hablado falsamente...”

Llama la atención que Ipuwer, que exige una respuesta del rey que permita el restablecimiento del orden en Egipto, nos ha dejado expresada en esta lamentación la imagen del faraón como “buen pastor”, que tanto éxito habría de tener en tiempos posteriores.

 

 

El hombre y su alma

El texto que conocemos como “Diálogo de un hombre cansado de la vida con su alma” se ha conservado en papiro, en una sola copia que se ha fechado en la XII dinastía. La obra, impregnada de contenidos filosóficos, nos expone la disputa que un individuo, desengañado y angustiado, mantiene con su alma (Ba), estando considerada como una de las cimas de la literatura del mundo antiguo. La primera parte de la obra no se ha conservado, de modo que la copia que poseemos se inicia en el momento en que el personaje, cuyo nombre no se dice, está respondiendo a su alma. El hombre insiste en que su existencia está tan llena de amargura que la misma ya no tiene sentido y anhela, por tanto, que le llegue la muerte.

El Ba le responde haciéndole saber que este no es el momento de preocuparse por la vida en el más allá, cosa que sería una preocupación vana. Le aconseja que se contente con su vida actual e intente aprovechar en la medida de lo posible lo bueno de la existencia. Ante la posibilidad de suicidio, que tampoco se expone de forma clara, al no estar preparados los adecuados cultos funerarios ni la tumba se produciría inevitablemente la aniquilación plena del ser, algo en absoluto aconsejable.

A pesar de todo, el hombre, ante los pesares de la vida, el caos que todo lo invade y las desgracias que le sacuden, hace un elogio de la liberación que la muerte le supondría. Ante los horrores de la vida cotidiana la muerte se le aparece como un gozo que desea alcanzar. En el inmenso desgarro interior que supone este texto los dos elementos propios de la personalidad del hombre, lo racional y lo sensible, aparecen debatiendo el significado profundo de la vida y de la muerte, llegando a alcanzar el diálogo una intensidad y una profundidad que raramente se han puesto de manifiesto en la literatura egipcia.

El alma, que duda entre permanecer con el hombre o abandonarlo cansada de sus lamentaciones, le terminará convenciendo para que acepte la vida, de modo que cuando en su día llegue la muerte ambos, el cuerpo y el alma, puedan compartir el más allá. Reproducimos seguidamente algunos fragmentos del poema, en la versión de César Vidal Manzanares:

 

“Mi sufrimiento es una carga demasiado pesada para llevarla.

.../...

He aquí que mi nombre apesta,

he aquí, más que apesta la carroña

en los días de verano en que abrasa el sol.

He aquí que mi nombre apesta,

he aquí más que una cesta de pescado

en los días de pesca cuando el cielo arde.

.../...

¿A quién me dirigiré en el día de hoy?

Aquel que debería fustigar a los hombres por sus delitos,

hace que todos se rían a causa de su iniquidad.

¿A quién me dirigiré en el día de hoy?

Los hombres saquean.

Todos roban a su compañero.

¿A quién me dirigiré en el día de hoy?

El amigo íntimo es un criminal.

El hermano con el que uno se trata es un enemigo.

¿A quién me dirigiré en el día de hoy?

Nadie es justo.

El país es controlado por malhechores.

.../...

La muerte se presenta ante mí en el día de hoy

similar a la curación de un enfermo,

similar a salir después de estar confinado.

La muerte se presenta ante mí en el día de hoy

similar a la fragancia de la mirra,

similar a sentarse a cubierto en un día de brisa.

La muerte se presenta ante mí en el día de hoy

similar a un camino bien nivelado,

similar a un hombre que regresa a casa después de la guerra.

La muerte se presenta ante mí en el día de hoy

similar a la luz del cielo

que permite al hombre descubrir lo que no veía.

La muerte se presenta ante mí en el día de hoy

similar a los anhelos de un hombre por ver su casa

tras pasar muchos años en el cautiverio...”

 

 

Cuento del campesino

De esta obra, también conocida como “El campesino elocuente”, se han conservado cuatro manuscritos, todos ellos anteriores a la dinastía XIII. Su texto nos cuenta la historia de Khunanup, un campesino del Oasis de la Sal, que decide acudir al mercado de Heracleópolis para vender sus productos, excitando la codicia de un personaje que se apodera de su pequeña caravana de asnos y de su cargamento.

El campesino, expoliado, acude ante Rensi, el gran intendente en cuya jurisdicción se produjo el robo, ante quien expone sus amargas quejas lanzando diversos discursos cargados de elocuencia en los que es fácil detectar críticas a la corrupción y la injusticia que en esos momentos reina en Egipto. Rensi, sorprendido por la elocuencia del campesino, piensa que el contenido de sus discursos puede servir de distracción al rey, por lo que decide ir poniéndolos por escrito y demorar todo lo posible la resolución del caso. Mientras tanto, eso sí, se ocupará de que nada falte al expoliado, ni alimentos ni cuidados.

Gustave Lefebvre, en su presentación de este cuento, destacaba la sentida elocuencia que nuestro campesino alcanza cuando nos habla de la idea de la justicia: “La justicia es para toda la eternidad; desciende a la necrópolis con aquél que la practique”. También llama la atención Lefebvre sobre una de las afirmaciones del protagonista, plena de piedad humana y que recuerda el contenido de la obra “Los Miserables”: “Robar es natural para aquél que nada tiene... ¡Un crimen (a los ojos de) aquél que no tiene necesidades! (Pero) no hay que guardarle resentimiento (al ladrón): no hace más que buscar para sí mismo (los medios de vida)”.

Sigamos uno de los discursos del campesino, en el que aflora una clara referencia a una situación generalizada de injusticia:

“¿Acaso no es algo malo una balanza que se inclina, una plomada que se desvía, un hombre justo e íntegro que se ha convertido en un bribón? Mira, la justicia, arrojada de su lugar, te está rondando (?). Los altos funcionarios actúan mal;  la rectitud se inclina hacia un lado; los jueces roban. Y aun esto: aquél que debe coger al hombre que ha cometido algún delito se desvía él mismo por esta razón del justo camino (?). Aquél que debe dar aliento está sobre el suelo falto de respiración. Aquél que debía refrescar, hace que se jadee. Aquél que debe distribuir (con justicia) es un ladrón. Aquél que debe eliminar la necesidad es el mismo que ordena que sea creada, (hasta el punto de que) la ciudad está sumergida. Aquél que debe reprimir el mal comete (él mismo) la iniquidad”.

El cuento, finalmente, alcanzará una solución feliz. El intendente, con la conformidad del faraón Nebkaure, que se ha deleitado con la elocuencia de los discursos, impartirá justicia y el agresor, Djehutinakht, será dado como esclavo a nuestro campesino, al que se le entregarán igualmente todos sus bienes.

El “Cuento del Campesino” fue una obra muy apreciada y leída en los tiempos del Imperio Medio, cuando todavía se recordaban con miedo los terribles momentos de injusticia del Primer Periodo Intermedio y el final feliz del cuento hacía disfrutar a los lectores. En tiempos posteriores, sin embargo, la obra tendría escasa aceptación. Eran otros momentos y ahora los egipcios, en palabras de Lefebvre, rehuían de los discursos elocuentes y destinaban sus preferencias a obras más directamente encauzadas a la imaginación.

 

 

El arpista de Intef

Las creencias egipcias sobre la esperanza de vida después de la muerte no fueron tan monolíticas como en una primera aproximación puede parecer, sobre todo en momentos de crisis como el que estamos rememorando. En la capilla del faraón Intef, que reinó a fines del Primer Periodo Intermedio, delante de la representación de un cantor que está tocando el arpa, se reprodujo un himno que nos habla de la muerte y del más allá en un tono muy singular, produciéndonos una sensación de sorpresa por el pesimismo que, en contra de las creencias que existían en Egipto, se desprende del texto. Más sorprendente todavía es que Intef accediera a que ese canto quedara reflejado en la capilla de su tumba. Veámoslo en la versión de François Daumas. Sobresale el modo en que el autor del texto, escéptico ante la vida en el más allá, pone en duda las creencias funerarias y nos invita a disfrutar de todo lo que de agradable tiene la existencia:

 

“Generaciones y más generaciones desaparecen y se van,

otras se quedan, y esto dura desde los tiempos de los Antepasados,

de los dioses que existieron antes

y reposan en sus pirámides.

Nobles y gentes ilustres

están enterrados en sus tumbas.

Construyeron casas cuyo lugar ya no existe.

¿Qué ha sido de ellos?

He oído sentencias

de Imuthés y de Hardedef,

que se citan como proverbios

y que duran más que todo.

¿Dónde están sus moradas?

Sus muros han caído;

sus lugares ya no existen,

como si nunca hubieran sido.

Nadie viene de allá para decir lo que es de ellos,

para decir qué necesitan,

para sosegar nuestro corazón hasta que abordemos

al lugar donde se fueron.

Por eso, tranquiliza tu corazón.

¡Que te sea útil el olvido!

Sigue a tu corazón

mientras vives.

Ponle olíbano en la cabeza.

Vístete de lino fino.

Úngete con la verdadera maravilla

del sacrificio divino.

Acrecienta tu bienestar,

para que tu corazón no desmaye.

Sigue a tu corazón y haz lo que sea bueno para ti.

Despacha tus asuntos en este mundo.

No canses a tu corazón,

hasta el día en que se eleve el lamento funerario por ti.

Aquél que tiene el corazón cansado no oye su llamada.

Su llamada no ha salvado a nadie de la tumba”.

 

Sorprende el escepticismo ante el más allá que impregna este himno de arpista. El autor no oculta su falta de fe y la actitud negativa de su alma ante la desesperanza, algo propio de unos momentos de crisis en que los egipcios sintieron que todo se desmoronaba. En todo caso, el hedonismo que se desprende de este poema causaría menos sorpresa en momentos más tardíos, cuando las creencias religiosas egipcias se habían ido relajando con el paso del tiempo. El autor nos insiste en que debemos aprovechar el día a día para vivir y sentimos la amenaza de su amargura cuando nos advierte que tras la muerte no existe ninguna seguridad de que podamos desarrollar otro tipo de existencia:

 

“Hazte, por tanto, el día dichoso,

y no te canses nunca de esto.

¿Ves?, nadie se ha llevado sus bienes consigo.

¿Ves?, ninguno de los que se fueron ha vuelto”.

 

Este tipo de cantos se debían interpretar en los banquetes funerarios que se celebraban en las necrópolis con motivo de la presentación de ofrendas al ka del difunto. Mucho tiempo después, cuando el viajero griego Heródoto visitó Egipto, pudo contemplar la práctica de una costumbre que encierra una evidente similitud con el tono de los cantos de arpista. En “Historia” (II, 78) nos narra que:

“En los festines que celebran los egipcios ricos, cuando terminan de comer, un hombre hace circular por la estancia, en un féretro, un cadáver de madera, pintado y tallado en una imitación perfecta y que, en total, mide aproximadamente uno o dos codos, y, al tiempo que lo muestra a cada uno de los comensales, dice: “Míralo y luego bebe y diviértete, pues cuando mueras serás como él”.  Eso es lo que hacen durante los banquetes”.

Más adelante nos dice Heródoto que los egipcios se distinguen por la estabilidad a lo largo de los siglos de las normas religiosas y funerarias establecidas por sus antepasados. Parece que Heródoto no acierta en esta apreciación. En los tiempos del Imperio Antiguo, en el esplendor del culto solar, ningún faraón hubiera consentido que en las paredes de su tumba se esculpiesen cantos tan claramente escépticos sobre la vida en el más allá como los que el arpista de Intef habría de atreverse a cantar.

 

 

Himno de Neferhotep

Tiempo después, ya situados en los momentos del Imperio Nuevo, los egipcios se esforzaron por contrarrestar el escepticismo y el hedonismo que impregna la canción del arpista de Intef. Este u otros textos similares eran todavía conocidos y causaban inquietud en unos nuevos tiempos en que los hombres ya no parecían tener dudas en relación con la vida de ultratumba y sus promesas. Tras la muerte, según los textos del “Libro de los Muertos”, los espíritus de los hombres declarados “Justos de Voz” en el Juicio de Osiris, habrían de seguir un proceso de Glorificación que culminaría con su asimilación al Ser divino y su transformación en un Ser de Luz (espíritu Akh) que brillaría en el Occidente.

Encontramos ahora nuevos himnos que se enfrentan al escepticismo de los tiempos de Intef. Así sucede en la tumba de Neferhotep, situada en Tebas y que se fecha en los tiempos de Horemheb (hacia 1325). Sus inscripciones (seguimos la versión de Rosalie David) insisten en la inmortalidad que disfrutarán los espíritus justificados y se repudia el escepticismo propio de otros tiempos:

 

“He escuchado aquellas canciones que están en las antiguas tumbas,

lo que dicen en alabanza de la vida terrenal,

menospreciando el país de los muertos.

¿Por qué le hacen esto al mundo de la eternidad?”

 

Y reafirmando las esperanzas en el más allá de los hombres bienaventurados:

 

“Nadie perdurará en la tierra de Egipto,

no hay nadie que no acabe llegando allí (es decir, al Oeste).

El tiempo de las hazañas en la tierra,

no dura más que un sueño;

se le dice: Bienvenido, sano y salvo.

Al que alcanza el Oeste”.

 

Superados los tiempos turbulentos y restaurados la paz y el orden, se había fortalecido en Egipto el anhelo de eternidad.  Neferhotep, a fin de cuentas, no ansiaba sino alcanzar la intensa felicidad mística que los antiguos “Textos de las Pirámides” habían prometido al faraón fallecido:

 

“Que yo brille como Re,

habiendo desechado todo lo que es falso.

Que, a través de mí, Maat esté detrás de Re.

Que yo brille cada día

Como quien está en el horizonte del cielo”.

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

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