LA NATURALEZA Y EL COSMOS

EN LA RELIGIÓN EGIPCIA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuando estudiamos como se desarrolló en sus inicios la religión del antiguo Egipto se intuye que en esos primeros momentos las creencias religiosas hubieron de estar vinculadas, como en tantas otras culturas, con los “fenómenos de la Naturaleza”.

 

El hombre primitivo, y los primeros egipcios lo hubieron de ser, asistía cada día, atónito, al espectáculo que supone la contemplación de las fuerzas de la Naturaleza, y es razonable pensar, que al igual que en tantas otras religiones los primeros dioses y cultos estuvieran vinculados a todos esos fenómenos que el hombre, realmente, no era capaz de comprender.

 

En esos primeros tiempos hubo de existir una vinculación muy estrecha entre la religión y “lo natural”. Parece razonable pensar que esos primeros dioses y cultos, desarrollados en los distintos lugares del valle del Nilo, estuvieran muy estrechamente vinculados con esas fuerzas, lo que explicaría el politeísmo, ya que cada fuerza de la naturaleza fue inicialmente una divinidad y habría de permanecer luego como un atributo de la misma cuando se fue produciendo el proceso de antropomorfización.

 

 

El Nilo y el sol

Llama la atención, en todo caso, la gran disparidad de las gentes que poblaron el valle del Nilo cuando las zonas de los alrededores se fueron desertizando dando nacimiento a lo que hoy conocemos como Desierto del Sáhara. Esa quizás sea, posiblemente, la razón de la disparidad de dioses y cultos locales que parece que existió.

 

También influyó, posiblemente, que cada comunidad, en un principio, tenía sus propias preocupaciones y la comunicación entre las diversas comunidades era reducida. Cuando se produjo la unificación de Egipto el gran mérito de los reyes fue que supieron mantener las “diferencias” dentro de un ordenado sistema común, ya que a fin de cuentas todas las comunidades tenían que convivir en un mismo medio geográfico.

 

En relación con estas materias hubo de estar muy vinculado el fenómeno que conocemos como “inundación” del valle por las aguas del Nilo. Si algo tuvo que llamar la atención de los egipcios fue ese fenómeno, que no podían comprender, y en el que se encontraba el origen de la vida. Es razonable pensar que Hapy, el genio andrógino, que no dios, del Nilo,  tuviera un papel importante en esa cultura y que los hombres no dudaran en proclamar bellos himnos en su honor cuya lectura todavía hoy nos impresiona.

 

Pensamos que Hapy puede simbolizar muy bien esa vinculación entre la religión y la Naturaleza en Egipto. Igual sucede con el sol (Atum-Re), ya que ambos representaban el carácter cíclico del mundo egipcio.

 

 

El mito de Osiris

Paulatinamente, a medida que entramos en los primeros momentos del Reino Antiguo va tomando forma un mito apasionante de “vida y resurrección” (el mito de Osiris), que tiene una continuación en el mito de Horus y Seth.  En estas leyendas egipcias encontramos unos dioses que están vinculados con diversos aspectos de la Naturaleza, pero que además alcanzan una dimensión que podríamos calificar como “metafísica”, trascendiendo el primitivismo de las iniciales relaciones entre dioses, cultos y lo natural. En esta etapa evolutiva el hombre ha adquirido ya un cierto control del medio en que vive y se aproxima a él y lo humaniza, lo que además le servirá para apropiarse del mismo y legitimar una forma de vida y de gobierno.

 

Osiris se nos manifiesta como el gran dios de la vida y de la muerte, en su sentido de continuo movimiento cíclico. Es el dios del renacimiento y también de las cosechas. Gracias a Osiris la tierra germina año tras año. El mito de Osiris trasciende el primitivismo de las primeras concepciones religiosas y ofrece a los hombres una clara esperanza de vida eterna en el Más Allá. De un dios muy vinculado con la Naturaleza y las cosechas (fuente de renovación y vida) pasamos a un dios que ofrece a los humanos la ilusión de poder trascender a la muerte. Este es un paso tremendamente importante de la religión egipcia. Se supera el primitivismo de los primeros momentos y se ofrece a las gentes una “religión de salvación” en la que habrán de inspirarse las religiones mistéricas de momentos posteriores. Parece, incluso, que el propio Cristianismo hizo suyas muchas de las ideas que la religión egipcia, en sus profundos misterios, ofrecía a sus adeptos.

 

La segunda parte del mito nos narra el enfrentamiento entre Horus, hijo de Isis y Osiris, y su tío Seth, hermano de Osiris y su asesino. La leyenda nos ofrece una estrecha vinculación entre religión y Naturaleza y,  nuevamente, gracias a la “magia de Egipto”,  superará ampliamente el aspecto primitivo de las primeras concepciones a las que antes nos hemos referido.

 

 

El simbolismo de Horus

Con el mito de Osiris la religión egipcia ofrece una idea de salvación y esperanza para el hombre en el Más Allá. Con el mito de Horus y Seth se nos brinda una visión del mundo y de la Naturaleza dominada por un profundo dualismo. Ahora, los dos personajes que luchan por alcanzar el trono de Osiris se identifican muy claramente con una concepción dualista del mundo. Es cierto que este mito y las figuras de sus dioses representan algo más humano y cercano y por tanto nos puede parecer en principio menos primitivo, pero no debemos olvidar que también en los primeros tiempos ya existía la concepción en una resurrección tras la muerte. El Más Allá también estaba presente en las primeras concepciones solares, aun cuando –eso sí- se limitada en esos primeros momentos, al menos en toda su profundidad mística, solamente a los miembros de la realeza.

 

Horus, símbolo de la naturaleza fructífera, es también la imagen de aquello que antes había estado completo y luego ha sido dañado y se debe restituir (de lo que nos habla el bellísimo mito del Ojo de Horus, el Udjat). Su tio Seth, por el contrario, es el símbolo de lo seco, de lo estéril, de lo que resulta dañino. De algún modo, Horus es el símbolo de la tierra negra del valle del Nilo y Seth es la imagen de la tierra roja del inhóspito desierto.

 

Habría mucho de que hablar acerca de estos bellos y sugerentes mitos egipcios, que nos ofrecen imágenes en las que, quizás, todavía no hemos sido capaces de profundizar. Algún día el hombre moderno llegará a tomar conciencia de lo “sutiles” que llegaron a ser las creencias religiosas y espirituales egipcias. Podemos exponer un breve ejemplo, vinculado con el mito del Ojo de Horus. En una de las peleas Seth pierde los testículos, en tanto que Horus ve dañado su Ojo. Llama la atención que los testículos, una fuerza muy vinculada a la materia (sexualidad), se vincule precisamente con Seth, paradigma de los instintos más primarios, en tanto que el Ojo (que en el caso del Ojo de Horus es el órgano que permite captar la Luz de Re, es decir es el órgano de la iluminación, del conocimiento) sea la gran pérdida que sufre Horus y que tendrá que luchar con esfuerzo por recuperar.

 

 

Egipto y el Cosmos

Hemos intentado ofrecer algunas ideas en relación con la vinculación de la religión egipcia con la Naturaleza así como del modo en que supieron trascender a esa naturaleza para ofrecer una esperanza de vida eterna en el Más Allá. Hemos destacado, además, como la religión egipcia, si bien estaba vinculada con la Naturaleza, supo trascenderla y se vinculó de manera estrecha con el Cosmos. Pensamos que Naturaleza y Cosmos no pueden diferenciarse, como hace el hombre moderno. Si aplicamos esa distinción estaríamos aplicando conocimientos y pautas mentales modernas, actuales, que nos alejan de lo que era la realidad cotidiana y mental de los egipcios.

 

Para los egipcios los fenómenos naturales “se quedaron cortos” y desde fechas muy tempranas se interesaron por los fenómenos del Cosmos. Junto al interés por Egipto y su entono (el mundo de acá) los egipcios se interesaron por el mundo celeste (el más allá).

 

Con creencias muy originales en esta materia los egipcios llegaron a tomar conciencia de que su país, Egipto, era una tierra que había sido bendecida por los dioses, de modo que Egipto, su religión y sus templos venían a reproducir en la tierra los grandes misterios del mundo superior, del mundo de los dioses, del cosmos, en suma. En torno a Egipto, la tierra bendecida, los egipcios solo veían a su alrededor un mundo claramente hostil y alejado de su realidad.

 

 

Recapitulación

Desde el Reino Antiguo, al menos, los egipcios elaboraron diversas concepciones sobre la creación del mundo, cuyas ideas esenciales se plasman en los “Textos de las Pirámides” que desde los tiempos de la V dinastía se grabaron en las paredes de las cámaras sepulcrales de los reyes. Aquí se produce una íntima vinculación entre la tierra y el cielo. El rey, símbolo de Horus en la tierra, realizará un viaje ascensional (“asciendo entre los humos de la gran incensación”, se nos dice) que culminará, tras su paso por diversos lugares de purificación (Lago de los Juncos, etc.) con la llegada al Reino Celeste de Re, en donde el monarca, transformado en un espíritu akh, en una estrella, brillará desde entonces iluminando el firmamento.

 

Vemos que ya desde esos tiempos del Reino Antiguo la vinculación de la religión con la Naturaleza terrena ha trascendido para pasar a vincularse estrechamente con el cosmos. Las ideas osirianas, que se irán expandiendo a partir de los tiempos del Primer Periodo Intermedio, habrán de permitir que no solo el rey sino todos los egipcios “justificados” puedan acceder al Reino de la Luz de Re, asimilados a dioses, convertidos en Osiris, como nos dicen los ejemplares que se han conservado del “Libro de los Muertos”.

 

En suma, a modo de síntesis final, pensamos que el gran aporte de la religión egipcia a la historia de los religiones fue que supo trascender la vinculación “primitiva” entre fenómenos naturales y religión para elevarse a unos discursos “metafísicos” que suponían ofrecer, primero solamente al rey y más adelante a todos los hombres declarados “Justos” en el Juicio de Osiris, una clara esperanza de vida tras la muerte. Una nueva vida que se desarrollaba en el cosmos (también Naturaleza, a fin de cuentas), en el Reino Celeste de Re, en donde los espíritus, transformados en “Iluminados” o “Luminosos” (espíritus akh) vivían asimilados a la divinidad e integrados en ella.

 

 

 

 

 

23 de agosto de 2005