Cosmogonía de Hermópolis
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En la enumeración de los títulos de Petosiris se nos dice que era Grande de los Cinco y Profeta de la Ogdóada, es decir, sumo sacerdote, y que como tal tenía el privilegio de servir a dios en el interior de su santuario. Ese título de Grande de los Cinco era, precisamente, la denominación que distinguía a los grandes sacerdotes de Thot. La cosmogonía hermopolitana, que se formó y desarrolló en Khmun (Hermópolis), había establecido como centro de su culto al dios Thot, considerado como dios primordial, al que los alejandrinos de los tiempos helenísticos habrían de identificar con Hermes Trimegisto, señor del conocimiento y de la iluminación.
Se nos dice también que Petosiris habría sido el Escriba Real que llevaba las cuentas en el templo de Khnum, que según las creencias egipcias era un dios dotado de un inmenso poder creador, siendo responsable de modelar en su torno de alfarero a todos los que habrían de nacer. Khnum, en efecto, garantizaba el nacimiento de los niños y usualmente se le representaba accionando el torno con su pie en tanto que sus manos estaban modelando la imagen del niño y de su Ka.
La cosmogonía de Hermópolis, rival de la tradicional teología solar heliopolitana, tuvo sus antecedentes en la época predinástica de Egipto y nos ofrece una sugerente visión de lo que para los antiguos pobladores del valle del Nilo hubo de ser el denominado caos primordial. Según estas creencias, Thot aparece rodeado de cuatro parejas de dioses, la Ogdóada, cuyos elementos masculinos se representan como ranas y los femeninos por serpientes, que vendrían a simbolizar la personificación de las cuatro entidades elementales: Num y Nunet, son el propio océano primordial; Heh y Hehet, el elemento infinito o eterno; Kek y Keket, el elemento tenebroso, y Amón y Amonet, el elemento mistérico u oculto. Todos ellos habitaban las aguas primordiales en las que habría de desarrollarse un huevo que terminaría dando origen al propio Sol (Ra), que sería luego la gran fuerza creadora y ordenadora del mundo. Los dioses de la Ogdóada hermopolitana, con sus cabezas de rana o de serpiente, evocan la vida mal diferenciada que se desarrollaba en esa ciénaga de las aguas primordiales, donde la tierra, en el principio de todo, comenzó a emerger. En sintonía con estas creencias sobre la creación, los templos egipcios poseían un lago sagrado, cuyas aguas brotaban del interior de la tierra, donde todo seguía anegado por un inmenso abismo acuoso, el Num.
Siguiendo una práctica que ya comentamos que era habitual en los textos funerarios, Petosiris hace también una invocación a los vivientes, sean profetas, sacerdotes u oficiantes, que habrán de personarse en la tumba, a los que pide que rueguen a Dios por todos aquellos que actúen de modo favorable para el difunto.
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