Pinturas para el Más Allá
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| Las pinturas de El Fayum nos hablan de un indudable sincretismo de las culturas
egipcia y griega, ya que plasman ritos y creencias funerarias egipcias narradas en un
estilo naturalista helenístico. Los fallecidos eran momificados según las costumbres
egipcias, pero sus vestidos, peinados y adornos nos expresan que su existencia cotidiana
se insertaba en el modo de vida helenístico-romano. Estamos en unos tiempos
contradictorios en que hombres y mujeres que vestían y se nos ofrecen como romanos
mantenían, sin embargo, sus creencias en los mitos egipcios plasmados en el ritual de la
momificación y la identificación de los muertos con los dioses Osiris e Isis. En una de
estas pinturas, que procede de Saqqara y se conserva en el Museo Pushkin de Moscú,
Anubis, el dios con cabeza de chacal, acoge al difunto, que está situado entre él y
Osiris. El fallecido, no obstante, está vestido al modo romano, con barba y con un papiro
en la mano, siendo un personaje tan romano como pueda serlo, a modo de comparación, el
que se representa en el sarcófago cordobés que se expone en el Alcázar de los Reyes
Cristianos (individuo igualmente barbado, vestido con una túnica similar y que mantiene
en sus manos, también, otro rollo de papiro).
Con la crisis generalizada del siglo III, que implicó un profundo declive económico, así como la posterior difusión del cristianismo, llega a su término la costumbre funeraria que nos ha legado los magníficos retratos que hoy podemos admirar, retratos que, no olvidemos, no fueron pintados con intención de ser exhibidos sino para ser enterrados cuando falleciera el personaje. No era su finalidad ser admirados por los vivos sino integrarse en la intimidad de unos ritos funerarios muy singulares a través de los cuales el difunto conseguía ser identificado con claridad en su viaje al reino de Osiris.
Nunca pudieron imaginar estos hombres y mujeres que sus retratos habrían de ser contemplados y admirados en otros tiempos por miles de personas. Son obras que, por su inicial finalidad, nunca deberíamos haber podido contemplar. Gracias a ellas, sin embargo, esos hombres y mujeres del antiguo Egipto cobran ahora nueva vida en nuestras mentes. De alguna manera su férrea pretensión de inmortalidad, gracias a nuestra contemplación, ha sido alcanzada.
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