Noticias de Ibn Hazm
Ibn Hazm, que todos conocemos gracias a su obra "El Collar de la Paloma", vivió su juventud en estos tiempos tormentosos de fin del califato. En otras circunstancias hubiera estado predestinado a convertirse en un brillante funcionario del estado que, además, habría gozado de las delicias del éxito como poeta de la corte. Sin embargo, las guerras civiles fueron tiempos difíciles en los que su familia y él mismo habrían de sufrir lo indecible. En el año 1012 muere su padre, Ahmad, cuyos bienes habían sido antes confiscados y había sufrido encarcelamiento por su fidelidad a los omeyas. Un año después, en 1013, los beréberes ocupan y saquean la ciudad de Córdoba y Sulayman al- Musta´in es aclamado califa, viendose obligado Ibn Hazm, cuya feliz existencia había sido truncada por la revolución, a abandonar Córdoba, buscando refugio en Almería.
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Las ruinas se integran con la sierra cercana |
Los efectos del terrible saqueo al que Córdoba fue sometida por los beréberes fueron descritos por Ibn Hazm, desde el exilio, utilizando un estilo inimitable. Destruidas las casas y palacios de la ciudad, todo ha sido trastocado por la ruina e Ibn Hazm se pregunta donde estarán ahora las jóvenes vírgenes en cuya compañía él había crecido en su mocedad:
"Uno de los que han venido hace poco de Córdoba, a quien yo pedí noticias de ella, me contó cómo había visto nuestras casas de Balat Mugit, a la parte de poniente de la ciudad. Sus huellas se han borrado, sus vestigios han desaparecido, y apenas se sabe dónde están. La ruina lo ha trastocado todo. La prosperidad se ha cambiado en estéril desierto; la sociedad, en soledad espantosa; la belleza, en desparramados escombros; la tranquilidad, en encrucijadas aterradoras. Ahora son asilo de los lobos, juguete de los ogros, diversión de los genios y cubil de las fieras los parajes que habitaron hombres como leones y vírgenes como estatuas de marfil, que vivían entre delicias sin cuento. Su reunión ha quedado deshecha, y ellos esparcidos en mil direcciones. Aquellas salas llenas de letreros, aquellos adornados gabinetes, que brillaban como el sol y que con la sola contemplación de su hermosura ahuyentaban la tristeza, ahora -invadidos por la desolación y cubiertos de ruina- son como abiertas fauces de bestias feroces que anuncian lo caedizo que es este mundo; te hacen ver el fin que aguarda a sus moradores; te hacen saber a dónde va a parar todo lo que en él ves, y te hacen desistir de desearlo, después de haberte hecho desistir durante mucho tiempo de abandonarlo. Todo esto me ha hecho recordar los días que pasé en aquellas casas, los placeres que gocé en ellas y los meses de mi mocedad que allí transcurrieron entre jóvenes vírgenes como aquellas a que se inclinan los hombres magnánimos. Me he imaginado en mi interior cómo estarán estas vírgenes debajo de tierra, o en posadas lejanas y comarcas remotas desde que las separó la mano del destierro y las dispersó el brazo de la distancia...".
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