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EL USO DE CANNABIS:
ENTRE LA MODA JUVENIL Y EL HÁBITO CULTURAL

Si hemos de dar crédito a los datos aportados durante los últimos años por distintos organismos oficiales, tanto estatales como internacionales[1], y difundidos puntual pero insistentemente por los medios de comunicación, necesariamente habremos de concluir afirmando que el empleo de cannabis en el Estado español está experimentando un notable incremento entre la población juvenil. En concreto, este aumento tendría una especial incidencia entre las poblaciones escolares de Euskadi[2] y Catalunya[3]. Además, según las encuestas oficiales, la edad de inicio en su consumo ha descendido perceptiblemente[4].

¿Cómo se explica esta tendencia juvenil?

En opinión del actual ministro de Interior, Ángel Acebes, no hay duda alguna: son “los defensores del cannabis” quienes han conseguido crear una “imagen positiva” de la planta. Por su parte, Gonzalo Robles, delegado del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas (PND), es de idéntico parecer: los responsables del incremento de esta sustancia entre la juventud son ciertos “grupos procannabis”, que se han dedicado a crear una “deliberada política de confusión”.

Cualquiera podría pensar que se trata simplemente de dos opiniones, políticamente cualificadas, eso sí, pero meras opiniones al fin y al cabo. Sin embargo, los juicios de estos dos políticos se sustentan en un trabajo titulado “Estrategias y organización de la cultura pro-cannabis” y publicado dentro de una monografía dedicada a esta controvertida sustancia psicoactiva[5]. El hecho de que el estudio esté sufragado por el propio PND, y además por partida doble (ya que la revista Adicciones también está subvencionada por el referido organismo), no le resta seriedad científica. A fin de cuentas, nadie puede dudar de la solvencia de sus autores —un equipo multidisciplinar, compuesto por seis profesionales, cuyas especialidades abarcan desde la Psiquiatría hasta la Antropología cultural, pasando por la Psicología—, de sus esfuerzos por apartarse del monolitismo oficial, de su afán por abordar la cuestión en toda su complejidad, así como de sus intentos por observar una aparente neutralidad.

Después de una introducción, de la exposición de objetivos y método de estudio y de un breve repaso a la normativa social y la norma legal, sus autores pasan a describir a los “actores del movimiento pro-cannabis” (“profetas”, “sacerdotes”, “técnicos”, “activistas”, “asociaciones”, “consumidores y simpatizantes”), para terminar analizando lo que describen como un “discurso legitimador y sus contradicciones”, enfatizando el hecho de que se promociona una droga y escamoteando la verdad: que lo que reivindican esos “actores” no es el cannabis, sino el derecho a ser usado libremente por los ciudadanos adultos que así lo deseen. Y es esta distorsión, en definitiva, la que permite a las autoridades gubernativas expresarse en la convicción de que existe una especie de red de intereses ocultos, organizada para promover el consumo de hachís y marihuana entre los más jóvenes.

Dejando al margen el presumible carácter de coartada científica que este estudio puede tener para el mantenimiento de la política oficial en la materia, cabe destacar el hecho de que sus autores hablen de “cultura” y no de “moda” cannábica. Cierto es que también recurren a las palabras “movimiento”, “colectivo”, “red”, “organización”, “fenómeno social” y hasta “religión” pro-cannabis, pero han eludido deliberadamente la palabra “moda”, optando por utilizar el término “cultura” en el título de su trabajo. Según los autores esta cultura ha surgido “a lo largo de la década de los noventa”, y no dudamos que diez años sean suficientes para consolidar unas pautas o hábitos culturales, aunque lo que sucede en el caso que nos ocupa es que sus orígenes son mucho anteriores.

Los autores del citado estudio aseguran que antes de los años 60 el cannabis sólo tenía presencia entre legionarios, pero lo cierto es que las raíces de esa cultura del cannabis en el Estado español se remontan al siglo XIX. De hecho, en el caso español concurren una serie de factores específicos, casi todos ellos vinculados a su proximidad a las zonas productoras del norte de África, que determinaron unas vías de penetración específicas para el consumo de cannabis, cualitativamente diferentes a las del resto del mundo occidental.

Con todo, habría que empezar hablando de un factor genérico, es decir, común al resto de los países del mismo entorno cultural: la difusión del cannabis vía terapéutica. En efecto, el uso medicinal de derivados cannábicos en la farmacopea española estaba muy extendido ya en el siglo XIX para un amplio cuadro de síntomas y enfermedades, tal y como recoge el médico e investigador Andrés Roig Traver en una reciente memoria académica[6]. En cualquier farmacia o botica de la época se podía acceder libremente a tres genéricos: extracto blando de cannabis índica o extracto graso —en realidad, manteca— de hachís (50 gramos a 8 pesetas), extracto hidroalcohólico de hachís (25 gramos a 110 pesetas) y sumidades —o sea, ¡cogollos!— de cáñamo indiano (100 gramos a 9,10 pesetas). En el Estado español también se fabricaban algunos específicos, como el Jarabe antinervioso de corteza de naranja amarga, bromuro potásico y hachís, fórmula del Dr. Campá, elaborado en Valencia; Jarabe de hachís bromurado del Dr. Jimeno, elaborado en Barcelona; los Cigarrillos balsámicos antiasmáticos del Dr. Andreu, confeccionados en Barcelona; Licor de cáñamo indiano Queralt, fabricado también en Barcelona; Licor Montecristo de hachís, destilado en Albal (Valencia), desde 1897 hasta... ¡1976! A éstos también podríamos agregar varias especialidades de importación: Cigarrillos indios de cannabis indica, de Grimault y Cía., jarabe contra la tos Victor, de Victor Remedies Co., así como varios extractos o tinturas de cannabis (elaborados por Parke, Davis & Co., Houdé, Burroughs, Wellcome y Cía.), etcétera.

Podemos hablar de un segundo factor genérico, representado por una tradición literaria vinculada al uso de derivados cannábicos, que arranca en pleno siglo XIX y que tendrá una continuidad hasta nuestros días[7]. Pensemos en el poema titulado “Hascchis” (1890), del ilustre bohemio de origen leonés Pedro Barrantes, o en los versos de “Espirales de kif”, compuestos apenas unos años después por el poeta modernista granadino Francisco Villaespesa. Una tradición literaria que alcanzará una de sus cumbres con el poemario La Pipa de Kif (1919), en el que Ramón del Valle-Inclán incluye algunas claves líricas de incuestionable inspiración cannábica; y una tradición a la que se irán sumando otros nombres destacados del panorama literario español: Federico García Sanchiz, Arturo Barea, Alfonso Grosso, Luis Martín Santos, Camilo J. Cela, los hermanos Goytisolo, Mariano Antolín Rato, Leopoldo Mª Panero, Juan José Millás y un largo etcétera.

Por lo que respecta a los factores específicos, habría que mencionar, en primer lugar, el papel desempeñado por algunos viajeros que recorrieron en el siglo XIX amplias zonas del norte de África. Cabe citar, por ejemplo, al erudito, aventurero y espía catalán Doménech Badia i Leblich, uno de los personajes más fascinantes de la Europa del primer tercio del siglo XIX, quien haciéndose pasar por musulmán —con el nombre de Ali Bey el Abbas— recorrió durante años todo el norte de África, parte de Oriente Medio y la península arábiga; a León López Espila, un destacado liberal que vivió exiliado durante algunos años en Marruecos; al también aventurero vasco José Mª de Murga y Mugartegui —también conocido como El Moro Vizcaíno y El Hach Mohamed el Bagdády—, quien también exploró el territorio marroquí durante varios años; y al político, periodista y escritor Nemesio Fernández Cuesta y Picatoste. Todos ellos narraron y publicaron sus distintos periplos, con interesantes comentarios sobre la vida y costumbres locales que habían observado durante sus viajes, y entre las que se destacaba el consumo de kif [8]. A principios del siglo XX, otros viajeros como Pío Baroja —quien estuvo en calidad de corresponsal de guerra—, Antonio J. Bastino, Federico García Sanchiz, etcétera, también visitaron Marruecos y dejaron constancia del empleo de cannabis[9]. Algunos incluso declararon sin ambages conocimientos de primera mano sobre la sustancia.

De cualquier manera, existen fundados motivos para pensar que en ciertos ámbitos el consumo de derivados cannábicos durante el siglo XIX ya estaba bastante arraigado a nivel popular. En este sentido, merece la pena ser tenida en cuenta una noticia muy interesante, recopilada por el historiador vasco Iñaki Egaña, sobre el empleo lúdico de hachís por “un grupo de carreteros navarros” que celebró una “gran fiesta” en 1819 en una taberna del barrio de San Martín de Donostia[10].

Cabría citar un segundo factor específico —corrientemente olvidado, pero de gran trascendencia— como vía de penetración del empleo de cannabis en el Estado español: el protectorado que ejerció el Gobierno español sobre Marruecos entre 1912 y 1956. Efectivamente, los autores que se han interesado por el asunto se han limitado a señalar el papel desempeñado por la Legión, pero lo cierto es que la influencia hispano-marroquí sobre el conjunto de la sociedad española durante estos más de cuarenta años tuvo mayor alcance. Es verdad que el cannabismo estaba fuertemente extendido entre legionarios y demás patulea africanista, por no mencionar los estratos más marginales e ignorados por la sociedad del momento (limpiabotas, prostitutas, golfos, chulos, rateros, carteristas y otros delincuentes de poca monta), pero durante las cuatro décadas de protectorado también se iniciaron en el consumo de kif, grifa y hachís muchos ciudadanos completamente integrados y socialmente normalizados: funcionarios civiles, policías, marineros y pescadores, arrieros, operarios que acudieron a la tala masiva de árboles en las serranías del Rif[11], trabajadores de los aserraderos, estudiantes en excursión organizada[12], artistas en gira[13], etcétera, que conocieron la sustancia en ciudades como Alcazarquivir, Arcila, Larache, Tánger, Tetuán o Xauen.

Además de los españoles que entraron en contacto con los derivados cannábicos en Marruecos durante la época del “Protectorado”, cabe destacar las iniciaciones que propiciaron por distintas vías los “protegidos” marroquíes en territorio peninsular. Así, por ejemplo, el cantante Miguel de Molina fumó kif por primera vez en el cafetín del Barrio Árabe construido en Sevilla con motivo de la Exposición Iberoamericana celebrada en 1929[14] y el escritor Gonzalo Torrente Malvido tuvo idéntica experiencia en los años 40-50 en el colegio madrileño Ramiro de Maeztu, donde funcionaba un internado hispano-marroquí en el que coincidían alumnos españoles, más o menos díscolos, con hijos de altos funcionarios, militares de alta graduación y otros notables de Marruecos[15].

Por último, y estrechamente vinculado a esta influencia hispano-marroquí, forjada durante el “Protectorado”, cabe citar un tercer factor específico: la victoria del bando franquista en la guerra civil. De hecho, el cannabismo estaba tan fuertemente arraigado entre las filas del ejército sublevado en Marruecos que durante la contienda llegaron a organizarse suministros regulares de kif y grifa desde los valles del Lukus y las serranías de Ketama hasta los frentes de batalla, con el conocimiento de la oficialidad de Intendencia, del Estado Mayor y hasta del Alto Mando. Tanto es así que, según algunos testimonios, el cannabis fue “la mayor motivación espiritual” que impulsó al “Glorioso Alzamiento Nacional, al menos en las trincheras”[16]. De tal manera, la Victoria de Franco determinó que el consumo de derivados cannábicos se extendiera de forma considerable sin demasiados problemas en ciertos ambientes propios de un régimen autárquico, tradicional y subdesarrollado.

Durante la segunda mitad de los 60 esta cultura del cannabis entroncó directamente con el movimiento contracultural, de carácter inconformista y genuinamente juvenil, que comenzaba a gestarse en el Estado español, claramente influenciado por acontecimientos que tenían lugar en Occidente, especialmente en EEUU y Francia. La marihuana pasó a ser la sustancia prohibida más consumida por el segmento de población joven y, desde entonces, así se ha mantenido.

Por tanto, y aunque la memoria colectiva de lo contemporáneo suele manifestarse extremadamente frágil, hablar a estas alturas del empleo de cannabis como una “moda” juvenil parece simplista y poco riguroso. Del mismo modo, resulta ingenuo pretender circunscribir la génesis de la cultura del cannabis en el Estado español a la última década de la pasada centuria. Sí, es cierto que durante los años 90 se ha manifestado abiertamente un activismo y una militancia antiprohibicionista —especialmente vinculados al cannabis— sin precedentes, pero no como consecuencia de las “estrategias y organización” de unos “actores” (pues sería lo mismo que confundir causa con efecto). El detonante de esta movilización no es otro que la entrada en vigor en 1992 de la Ley de Protección sobre Seguridad Ciudadana, más conocida como ley Corcuera. Desde ese año se vienen imponiendo entre 40.000 y 50.000 multas anuales, la mayoría de las cuales corresponden a sanciones por consumo o “tenencia ilícita” de cannabis y cuya mínima expresión es de 300 euros (50.000 pesetas). Los usuarios de la sustancia perciben dicha medida no sólo como una injusticia, sino también como una perversión del asunto, pues la única forma de no tener que hacer frente a dicha cantidad es declarándose enfermos necesitados de tratamiento, lo cual, finalmente, es aprovechado por los responsables de PND para afirmar sin rubor que “aumenta el número de jóvenes en tratamiento por abusar de la marihuana y el hachís”[17], tanto que “la mitad de los menores de diecinueve años que demandan tratamientos relacionados con el consumo de drogas lo hacen por su adicción al cannabis”[18].

Polémicas aparte, los especialistas del estudio titulado “Estrategias y organización de la cultura pro-cannabis” acaban preguntándose si acaso el cannabis se trata de un “nexo de unión entre generaciones”, y es muy posible que ahí se encuentre en gran parte la respuesta a tantos desvelos, sólo que en este caso el nexo de unión cultural enlaza a más generaciones de las que convencionalmente se supone.


[1] En concreto nos referimos a diversos estudios e informes elaborados por los Ministerios de Interior y Educación, Plan Nacional sobre Drogas, Observatorio Español sobre Drogas, Oficina Europea de Observación para Drogas y Drogadicción, Observatorio Europeo de la Droga y la Toxicomanía, United Nations Office for Drugs and Crime y Agencia Europea Antidroga, entre los años 1997 y 2003.

[2] Según un estudio de la secretaría de Drogodependencias del País Vasco, el 20% de los escolares vascos entre 13 y 18 años fuma habitualmente hachís, y el 35% lo ha probado (El País, 19/05/1997). Recientemente, el delegado del Gobierno para el PND ha destacado en un seminario sobre Inserción Sociolaboral de Drogodependencias, celebrado en Vitoria, que “mientras que el 33 por ciento de los jóvenes españoles han probado el cannabis por lo menos una vez, en el caso de los vascos este porcentaje se eleva al 53 por ciento” (Estrella Digital, 08/04/2003).

[3] Una encuesta realizada por la Generalitat de Catalunya en 1995 puso de manifiesto que el 17% de los estudiantes catalanes fumaba hachís (La Vanguardia, 14/09/1995); cuatro años más tarde otra una realizada la Fundación Santiago Dexeus entre la población escolar de Barcelona, de 14 a 19 años, vino a demostrar que el 50% había probado la marihuana (La Vanguardia, 20/06/2001).

[4] Según un estudio del PND la edad media de inicio en el uso de esta sustancia ha pasado de “15,1 años en 1994 a 14,8 años en 1998” (El País, 30/01/2001).

[5] CALAFAT, A.; JUAN, M.; BECOÑA, E.; FERNÁNDEZ, C.; GIL, E. y LLOPIS, J. J.: “Estrategias y organización de la cultura pro-cannabis”, en Adicciones (monografía cannabis), vol. 12, supl. 2, 2000.

[6] ROIG TRAVER, A.: Algunos comentarios sobre el empleo de los derivados del cannabis. Una aproximación a la literatura médica española, 1800-1939, memoria presentada para la obtención de la suficiencia investigadora, programa de Doctorado del Departamento de Historia de la Ciencia, Facultad de Medicina, València, 1996.

[7] Lo calificamos de genérico porque también hay escritores franceses, ingleses, estadounidenses, etcétera, que se han interesado en experimentar los efectos del cannábis, y estas experiencias han tenido influencia y reflejo en su obra. Cfr. HAINING, P. (ed.): El Club del Haschisch. La droga en la literatura, Madrid, Taurus, 1977; CASTOLDI, A.: El texto drogado. Dos siglos de droga y literatura, Madrid, Anaya & Mario Muchnik, 1997 y PLANT, S.: Escrito con drogas, Barcelona, Destino, 2001.

[8] ALI BEY EL ABBAS: Viajes de Ali Bey (edición completa con todos los viajes, láminas y mapas realizados por el mismo autor), Barcelona, Óptima, 2001; LÓPEZ Y ESPILA, L.: Los cristianos de Calomarde y el renegado por fuerza (1835); MURGA Y MUGARTEGUI, J. M. de: Recuerdos marroquíes (1868) y FERNÁNDEZ CUESTA Y PICATOSTE, N.: Anotaciones a la Historia universal de Cesar Cantú (1891).

[9] BAROJA, P.: “Crónica de guerra”, en El Globo, 09/01/1903; BASTINO, A. J.: Los Moros y el Desierto (Trípoli, Túnez, Argelia, Marruecos, El Sahara, Posesiones españolas del norte de África) (1905) y GARCÍA SANCHIZ, F.: Color (Sensaciones de Tánger y de Tetuán) (1919).

[10] EGAÑA, I.: Mil noticias insólitas del país de los vascos, Tafalla, Txalaparta, 2001.

[11] De hecho, la deforestación provocada por los españoles fue una de las principales casas por las que se extendería el cultivo extensivo de cannabis en la zona.

[12] El escritor José Manuel Caballero Bonald narra el episodio de iniciación cannábica en sus memorias.

[13] También el cómico Miguel Gila describe su caso en una autobiografía.

[14] Igualmente Miguel de Molina evoca esta anécdota en un libro de memorias.

[15] El propio Gonzalo Torrente Malvido tuvo la amabilidad de confirmarme personalmente esta noticia.

[16] GONZÁLEZ, F.: Kábila, Madrid, Debate, 1980.

[17] Estrella Digital, 20/06/2003.

[18] Estrella Digital, 08/04/2003.

 

    Juan Carlos Usó, en Drogamenpetasunei buruzko VII. Udal Topaketak. Legues kanpoko droguen dibertimenduzko kontsumoa gazteen artean / VII Encuentros Municipales sobre Drogodependencias. Consumos recreativos juveniles de drogas ilegales, Bilbao, Udala / Ayuntamiento, 2004, pp. 91-98.

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