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LEYENDAS SIN DESPERDICIO

 

Hace dos años, justo cuando acababa de publicarse el libro Spanish trip (La aventura psiquedélica en España), un rumor insistente tenía alarmados a los profesores y padres de alumnos de los centros escolares de Guipúzkoa: en los colegios se estaban distribuyendo entre los niños calcomanías impregnadas con LSD.

El rumor venía avalado por un supuesto informe médico que había sido enviado a través del correo electrónico a los propios centros durante los meses de abril y mayo de 2001.

Para mayor veracidad, dicho informe venía avalado por membretes del Insalud y del Hospital Universitario del Niño Jesús (Madrid), cuyo Jefe de Unidad de Pediatría Social, Dr. Jesús García Pérez, era quien lo firmaba.

Bajo la forma de “AVISO IMPORTANTE”, el referido escrito advertía lo siguiente:

 

“URGENTE.
  
     Si Ud. Tiene niños de edad escolar, o sabe de alguien que los tenga, por favor ponga atención a la siguiente información.
  
     Una forma de calcomanías llamadas “Estrella Azul”, “Pirámide Roja” y “Ventana de Cristal” está siendo vendida o regalada a los niños en la escuela.
  
     Es un pequeño pedazo de papel que contiene estrellas azules o puntos de colores, del tamaño de un borrador de lápiz, cada estrella está impregnada de L.S.D. La droga puede ser absorbida a través de la piel con un simple manejo de papel. También hay papeles semejantes a un timbre postal ilustrado con colores muy brillantes que tiene lo siguiente:
  
     Bart Simpson, Superman, Mariposas, Payasos, Mickey Mouse y otros personajes semejantes de Walt Disey.
  
     Cada uno está empaquetado en bolsas de celofán.
  
     POR FAVOR ADVIERTA DE ESTO A SUS VECINOS, AMIGOS Y FAMILIARES Y SOBRE TODO A SUS PROPIOS NIÑOS.
  
     Si sucediera que sus niños obtuvieran alguna de estas drogas, sus síntomas serían:
  
     ALUCINACIONES, CAMBIOS DE CARÁCTER, VÓMITO SEVERO, RISA INCONTROLABLE, CAMBIOS DE TEMPERATURA CORPORAL.
  
     Por favor reproduzca este artículo y distribúyalo en su comunidad y lugar de trabajo. Logremos que la comunidad esté fuera de peligro para nuestros niños”.

Para que nadie, o casi nadie, se desentendiera del hipotético peligro, el informe acababa con un ruego encarecido, seguido de un exhorto final:

 

“Pásenlo por favor!!!!!! Aunque no tengan hijos seguramente tienen sobrinos”.

Planteada la cuestión en estos términos, era difícil no sentirse aludido. En este sentido, la alarma social estaba servida, pues el aviso advertía de un peligro inmediato.

Lo curioso del caso es que tanto el médico como el hospital mencionados negaron cualquier vinculación con el mensaje. La Ertzaintza, por su parte, desmintió la distribución de supuestas calcomanías impregnadas con ácido en los colegios de Euskadi; el Insalud y la Agencia Antidroga de la Consejería de Sanidad de la Comunidad de Madrid emitieron conjuntamente un comunicado urgente sobre la “falsa información” difundida y, finalmente, la Inspección de Servicios Sanitarios inició una investigación para el esclarecimiento del origen de los hechos.

No se sabe qué dio de sí esa investigación oficial. Pero, a poca memoria que hubieran tenido los funcionarios de la Inspección de Servicios Sanitarios del Insalud, habrían recordado que no mucho tiempo antes, concretamente en mayo de 1999, el mismo rumor —avalado por el mismo documento— había saltado en Murchante (Navarra), donde había sido el propio Ayuntamiento el que había hecho circular el “AVISO IMPORTANTE”. Y apenas dos meses después, es decir, en julio del mismo año, el mismo rumor se había extendido en dos municipios de la provincia de Castellón muy próximos entre sí: Nules y La Vilavella. En el caso de estas dos localidades fueron la Guardia Civil y la Policía Local, respectivamente, las responsables de dar pábulo a la supuesta distribución de calcomanías con LSD entre los niños en edad escolar, difundiendo por la zona el citado “AVISO IMPORTANTE”.

No hay que ser muy perspicaz para darse cuenta de que nos encontramos ante un ejemplo bien claro de ese fenómeno social contemporáneo que se conoce como leyenda urbana. Y, en concreto, ésta a la que nos estamos refiriendo es bastante antigua, pues comenzó a tomar forma hace más de veinte años.

Según parece, en 1980 y 1982 la policía estadounidense ya difundió una advertencia sobre la posibilidad de que las calcomanías pudieran estar siendo utilizadas de soporte para traficar con LSD. En 1984 se publicó un libro en EEUU en el que se hacía referencia a rumores sobre el denominado Mickey Mouse Acid. El autor hablaba de “la leyenda urbana sobre drogas más insidiosa”, porque sugería que los traficantes camuflaban la LSD con imágenes de dibujos animados para hacerla atractiva a los ojos de los niños.

Según parece, un grupo religioso intentó capitalizar esta leyenda, propagándola a través de volantes fotocopiados. Y la leyenda siguió creciendo (o extendiéndose) hasta que en 1987 adoptó su forma actual (antes había contenido ilustraciones, referencias a la adulteración de la LSD con estricnina y otros detalles que ahora han desaparecido).

En 1992, una versión de esta curiosa admonición fue manipulada premeditadamente para simular que provenía del Hospital de Danbury (EEUU). Hasta entonces, la leyenda se había transmitido al viejo estilo: por vía del boca a boca, a través de fax y mediante fotocopias.

La generalización de Internet y del correo electrónico, lejos de acabar con la leyenda, ha servido para que proliferara incesantemente. Tanto es así que, alertado por las miles de llamadas telefónicas y consultas al respecto, el 11 de junio de 1998 la dirección del Hospital Danbury tuvo que emitir un comunicado oficial informando de que la advertencia sobre las calcomanías para niños conteniendo LSD era rotundamente falsa.

Pero, ¿cómo se originó esta leyenda urbana?

        En principio, como ocurre con todos los mitos y leyendas, su génesis es incierta. Alguien ha apuntado en Internet la siguiente hipótesis: “Un subinspector de policía local, harto de que su hijo se calcomaniara enterito, inventó el informe añadiéndole los sellos de su sección. El niño la fotocopió para repartirla entre sus compañeros y se convirtió en una gran bola de nieve”.

Puede, efectivamente, que el inventor de esa leyenda urbana fuera un padre —policía o no— hastiado de ver a su vástago salpicado por completo con esos sucedáneos de tatuajes. Pero, ¿por qué invocar la presencia LSD para evitar la proliferación de esa especie de tatuajes efímeros en los niños?

Cualquier consumidor de ácido convendrá sin reparos en que las calcomanías descritas recuerdan a los secantes que en muchas ocasiones sirven de soporte en el mercado negro para las dosis de LSD. Por otra parte, la problemática criatura de Albert Hofmann y sus asombrosos efectos han propiciado todo tipo de leyendas desde el mismo momento en que escaparon del control de los clínicos para extenderse por la calle. Muchos recordarán el caso de un imaginario grupo de hippies que, tras haber ingerido LSD, se quedaron ciegos por haber estado mirado fijamente al sol durante horas. En San Francisco, se afirmaba que el suceso había acontecido en Formentera; en Formentera, se decía que había sucedido en Goa; en Goa, se aseguraba que había pasado en Katmandú; en Katmandú... Por no hablar de la supuesta legión de chicos y chicas que, bajo efectos del ácido, creían poder volar y se arrojaban desde terrazas y ventanas. Sin embargo, todas estas consideraciones resultan insuficiente para explicar el éxito de semejante bulo.

En realidad, las leyendas urbanas suelen presentarse como historias más o menos truculentas, que pueden oscilar entre lo absurdo y lo meramente probable, y vienen a ser un reflejo inconsciente de los temores la sociedad actual. En el caso que nos ocupa, más allá de una prevención de los efectos psiquedélicos de la LSD, se vislumbra el temor que produce pensar en el fácil acceso que pueden tener los niños a una sustancia que, debido a su gran poder psicoactivo, necesita soportes mínimos para su dosificación. Además, se da la circunstancia de que el consumo de LSD no requiere ningún ritual previo como sucede con otras sustancias prohibidas (cocaína, heroína, hachís), sino que basta con una simple ingestión.

De hecho, la prensa de los años 60, cuando la alarma social por el consumo de dietilamida de ácido lisérgico se encontraba en su punto más álgido, ya publicó varias noticias que apuntaban en este sentido. Por ejemplo, el 2 de octubre de 1968 el diario Informaciones destacaba, bajo el titular “Primer viaje infantil al mundo de las drogas”, que en Toronto (Canadá) dos hermanos de 3 años y 18 meses habían ingerido involuntariamente “píldoras alucinógenas” de LSD. La noticia decía que ambos se encontraban fuera de peligro, gracias a la rápida intervención de un “pediatra no identificado”, y recogía unas declaraciones del Dr. Sherwood Appleton, jefe del Departamento de Psiquiatría del Hospital General Scarborough, donde fueron tratados los pequeños, quien manifestó: “Creo que, debido al buen cuidado de las enfermeras, puede decirse que realizaron un excelente viaje”.

Mucho más alarmante fue la información publicada por el diario Pueblo el 8 de septiembre del año siguiente: una monja británica que se había “especializado en la lucha preventiva contra la droga” y que respondía al lacónico nombre de sor Patricia denunciaba que en Cambridge se había dado el caso de traficantes de drogas que, fingiéndose “vendedores de helados”, ofrecían “bombones de LSD para los niños”.

El 16 de febrero de 1970 el reportero Julio Camarero también advertía a los españoles de la época, a través de las páginas del mismo periódico, sobre los peligros asociados al consumo de LSD: “Esto es, por desgracia, algo más que un hecho casual. La inquietante moda del llamado party ácido, donde se disuelve en la limonada cierto número de comprimidos de ácido lisérgico o LSD y los invitados lo ingieren, más o menos insospechadamente, se está generalizando con satánica rapidez”.

Para mayor tribulación de la gente de orden, el 6 de abril de 1970 el diario Pueblo se hacía eco de un suceso acontecido en Marina del Rey (California): treinta personas se habían intoxicado “involuntariamente” durante una fiesta por culpa de alguien que había espolvoreado “LSD en las patatas fritas”. Según parece, al año siguiente se repitió un incidente similar, y el 5 de febrero de 1971 el Diario de Ibiza daba cuenta de la “broma” gastada por un tal Donald J. Henry, quien se declaró culpable de “espolvorear patatas fritas con LSD durante un reunión” celebrada en Torrance (California).

Bombones, limonada, patatas fritas, calcomanías... ciertamente, cualquier soporte, por inocente que parezca, es capaz de contener una o varias tomas de una sustancia cuya dosis estándar es de 0,10 miligramos (100 gammas o microgramos) y su acción suele prolongarse entre 6 y 8 horas, desplegando ya algunos efectos visionarios. Por tanto, parece justificado el temor de ciertas personas a una intoxicación accidental, involuntaria. Y, en este sentido, la pervivencia, después de tantos años, de una leyenda urbana como la de las calcomanías impregnadas de LSD no es sino el reflejo de dicho temor. Sin embargo, después de tantos años, los supuestos peligros del ácido lisérgico se han desdramatizado en el inconsciente colectivo, pues a fin de cuentas siempre es preferible imaginar a niños cubiertos de calcomanías que arrojándose a la calle desde las ventanas.

 Juan Carlos Usó, en Ulises (Revista de viajes interiores), núm. 6, 2003, pp. 38-41.

 

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