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EL EXTRAÑO CASO DEL PAN MALDITO

¿Un paradigma de “mal viaje” colectivo?

 

 

Pont-Saint-Esprit es un pueblo francés del departamento de Gard situado a orillas del Ródano, en la región Gard Provençal, entre el Languedoc y la Provenza. Actualmente cuenta con unos 9.500 habitantes, la mayoría de los cuales se sienten orgullosos del patrimonio histórico que enriquece y embellece el paisaje urbano de la villa: el monasterio de San Pedro (ss. XII-XVIII), la Maison des Chevaliers (s. XII), la Colegiata y la Ciudadela (ss. XIV-XVIII), la Iglesia de San Saturnino (s. XV), el Museo Departamental de Arte Sacro, el Museo Municipal “Paul Raymond” y muy especialmente del puente del Espíritu Santo, construido entre los años 1265 y 1309 para poder cruzar el Ródano, y que muchos equiparan al legendario puente de Avignon, a unos 40 kilómetros al sur, río abajo. Entre los productos típicos del pueblo destacan el aceite de oliva, el caviar de berenjena, el condimento a base de aceitunas conocido como “tapenade” y los jabones perfumados. Los caracoles al gusto provenzal, el chocolate “Esprit de Pont St. Esprit” y los vinos de la región constituyen otras de sus especialidades. Sin embargo, si en su día Pont-Saint-Esprit saltó a un primer plano de actualidad no fue por la calidad de su patrimonio artístico y arquitectónico, ni por sus excelencias gastronómicas, sino porque durante un tiempo se convirtió en foco de una extraña epidemia.

Retrocedamos en el tiempo hasta situarnos en la Francia de mediados del sigo XX. En 1951 el mundo todavía no se había recuperado de las consecuencias de la II Guerra Mundial. En plena Guerra Fría, el European Recovery Program (ERP) —más conocido como Plan Marshall— lanzado por EEUU para la reconstrucción de los países europeos aportaba una buena inyección a la economía francesa: 1.085 millones de $ (1948-1949), 691 millones de $ (1949-1950), 520 millones de $ (1950-1951)... Con todo, la gran ayuda estadounidense no había impedido un fuerte ascenso de los comunistas en las elecciones legislativas francesas celebradas el 17 de junio. Seis días más tarde fallecía el mariscal Pétain, y en el Tour de Francia de ese año se registraba la victoria inapelable del ciclista suizo Hugo Koblet. El ídolo local Raphaël Géminiani, a 22 minutos del helvético, hubo de conformarse con el segundo puesto en la clasificación general y el maillot que lo coronaba como rey de la montaña. No obstante, los más chauvinistas tendrían ocasión de reponerse del disgusto con la concesión, aquel mismo año, del Premio Nobel de la Paz a uno de sus compatriotas: el sindicalista Léon Jouhaux.

Algunos turistas volvían a atravesar la Provenza, pero Pont-Saint-Esprit quedaba un poco apartado de los circuitos turísticos en plena fase de recuperación, y no era sino uno más entre los muchos pueblos pequeños y anónimos de la Francia rural, que sobrevivía únicamente gracias a la economía local, basada particularmente en los viñedos que lo circundaban. Desde luego, disponía de un alcalde, tres médicos y dos panaderías, que satisfacían las necesidades básicas de la Administración, la asistencia médica y el pan de cada día.

La vida transcurría apaciblemente en Pont-Saint-Esprit, sin embargo, hacia mediados de agosto de 1951, aquella paz se tornó pesadilla. Todo comenzó una mañana en que el propietario de la panadería Briand notó una decoloración grisácea en la harina de las baguettes que hacía cada mañana. Como carecía de fuentes de abastecimiento alternativas, ya que en esa época la distribución de la harina en Francia era monopolio del Estado, prosiguió con su tarea acostumbrada, amasando y cociendo al horno. El 17 de agosto los doctores Vieu y Gabbai comenzaron a atender a miembros de varias familias del pueblo que presentaban un síndrome particular que respondía a las mismas características. El trastorno generalmente comenzaba a manifestarse con dolores de cabeza, mareos y desorientación mental, y progresaba rápidamente con dolores gástricos y musculares, vértigo, disnea (respiración difícil con sensación de asfixia), náuseas, vómitos, diarreas, lipotimias y sensación de frío, a pesar del calor propio de la estación estival. Junto con esta sensación de hipotermia, algunos afectados se quejaban de dolores severos ardientes en sus extremidades, que en algún caso culminaron en gangrena. Unas cuantas mujeres embarazadas sufrieron abortos, y en otras personas el cuadro patológico se vio agravado con síntomas espectaculares, que determinaban un comportamiento anormal y extremo de los afectados: histerismo violento, convulsiones “demoníacas”, hiperactividad motriz, alucinaciones visuales, ilusiones sensoriales, delirios, euforia, crisis deprimentes, accesos de locura e incluso tendencias suicidas.

En veinticuatro horas las personas afectadas por la extraña enfermedad se contaban por decenas. Los informes de la época describen Pont-Saint-Esprit como una especie de círculo dantesco, donde había personas que aullaban, deambulaban, aterrorizadas por las calles invadidas por el ulular de las sirenas de las ambulancias. La pesadilla alcanzó su punto álgido durante la noche del 24 de agosto que, más tarde, sería descrita por el doctor Gabbai “como mi noche de Apocalipsis”. El testimonio de otro médico, el doctor Fuller, acerca de aquella fatídica jornada resulta impactante: “toda aquella noche, coches, carretas, todo tipo de medios de transporte trajeron al hospital a enfermos gimientes o aulladores, presa de visiones de violencia o de miedo”. Y también la mañana siguiente, durante las primeras horas del día, los afectados se sintieron “rodeados de llamas; los que se asomaron a las ventanas... fueron deslumbrados por visiones violentamente coloreadas...”

En total, hubo entre doscientas y trescientas personas afectadas, con síntomas más o menos graves o duraderos, que habitaban todas ellas en el pueblo o en los alrededores, de las cuales fallecieron cuatro según unas fuentes y siete según otras y entre cincuenta y sesenta hubieron de ser ingresadas en hospitales psiquiátricos de Montpellier, Nîmes, Avignon, Orange y Lyon.

La población fue presa del pánico colectivo. Como se desconocía el origen el brote epidémico, empezaron a circular rumores de lo más estrafalarios. Primero se acusó al panadero, un antiguo candidato del Rassemblement du peuple français (RPF), protegido de un consejero del general de Gaulle, luego a su ayudante, al agua de las fuentes, a las modernas máquinas de batir, a potencias extranjeras, a la guerra bacteriológica, al diablo, a la Compañía Nacional de Ferrocarriles Franceses, al Papa, a Stalin, a la Iglesia e incluso a las nacionalizaciones. La prensa local, a falta de un diagnóstico claro de la enfermedad, exigía conocer la identidad de la persona o personas responsables del mal. Como respuesta, las autoridades llegaron a ordenar la detención de un molinero de Poitiers, que se encargaba del abastecimiento de la harina empleada en Pont-Saint-Esprit, y fue encarcelado en Nîmes. Sin embargo, la duda sobre la génesis del brote epidémico persistía.

Con cierto retraso, y con un sentido creciente de estupor, algunos médicos percibieron una semejanza entre los síntomas descritos en Pont-Saint-Esprit y las terribles epidemias de ergotismo que habían diezmado el solar europeo durante siglos.

Conocido como fuego sagrado (sacer ignis), fuego de San Antón, fuego de San Marcial, baile de San Vito, mal des ardents y un montón de apelativos más, el ergotismo es una enfermedad que sobreviene como consecuencia de la ingesta de pan —especialmente de centeno— infectado por cornezuelo (Claviceps purpurea), un hongo parásito que ataca a los cereales, y uno de cuyos alcaloides principales es el ácido lisérgico (LSD-25). Fue el Dr. Thullier quien en 1670 relacionó la sintomatología observada con la intoxicación accidental por cornezuelo. Desde entonces, los médicos han distinguido tres formas principales de ergotismo: gangrenoso, convulsivo y alucinógeno. Las epidemias más graves se concentraron entre el s. X y el s. XIX, y el último brote conocido en suelo francés databa de 1819. Sin embargo, hasta bien entrado el s. XX se habían registrado episodios de envenenamiento colectivo por cornezuelo en otros países europeos: entre 1926-1927 en Rusia, con 10.000 casos reportados, y en 1927 en Inglaterra, con 200 casos identificados.

Por lo que respecta al brote detectado en Pont-Saint-Esprit, cabe decir que los efectos psíquicos de los afectados se desvanecieron después de algunos meses, de tal manera que hacia finales de octubre de 1951 la situación en el pueblo había regresado a la normalidad.

Aunque la hipótesis del envenenamiento debido al cornezuelo es la que cobró más fuerza, recientemente la investigadora italiana Rosanna Gorini ha rescatado otras dos hipótesis, que ya fueron formuladas durante los años 80. En primer lugar, R. L. Bouchet aventuró la posibilidad de que la intoxicación fuera provocada por la presencia de metilo de mercurio, un agente fungicida actualmente prohibido pero empleado en el cultivo de los cereales durante los años 50. Poco tiempo después C. Moreau consideró al Aspergillus fumigatus, un moho que infecta los cereales, como el auténtico responsable del síndrome colectivo sufrido en Pont-Saint-Esprit. Podemos concluir, en este sentido, que sobre el caso permanece un misterio aun sin resolver. Lo único cierto es que el vehículo de transmisión fue la harina, de ahí que en la memoria colectiva haya quedado acuñado como el asunto del “pan maldito”.

 

Juan Carlos Usó, en Ulises (Revista de viajes interiores), núm. 10, 2008, pp. 52-55.

 

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