COMENTARIOS A UNA EPÍSTOLA

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Comentarios a una epístola

 Entre las cartas que recibo, en contestación a las muchas que en mi afán de propagar en España la abstención de las bebidas alcohólicas escribo, hay una que creo oportuno comentar aquí, porque en ella ha condensado su autor, modesto y virtuoso sacerdote, todos los razonamientos que emplean para justificar la indiferencia con que miran la lucha por la Liga [Antialcohólica Española] entablada contra el alcoholismo los que, convencidos de los perjuicios que el abuso del alcohol produce, no son abstinentes, bien sea por desconocer la acción nociva de su uso en dosis pequeñas, bien porque ellos mismos son bebedores moderados.

Son muchos los que, al igual que el autor de la carta a que m refiero, fundamentan su actitud en el hecho de no estar a su juicio suficientemente probada la acción nociva del alcohol, cuando de él no se abusa; y este error, nacido del desconocimiento de lo que es el alcohol, se destruye fácilmente si en ello hay interés, con el estudio detenido de su modo de obrar, mediante la lectura de lo que los autores modernos han escrito acerca de ello; mas conviértese en problema de casi imposible solución cuando el que lo padece exige, como condición para salir de él, se le demuestre la acción tóxica de aquella droga, prescindiendo de nombres y opiniones, por muy respetables que sean, ya que desgraciadamente estos efectos no son como los causados por las grandes dosis (borrachera) visibles para todo el mundo, siendo precisos para llegar a conocerlos estudios especiales y una minuciosa y detenida observación de ellos.

Séame permitido, ya que de un sacerdote se trata, reproducir aquí el símil que empleé al contestar a otra muy alta personalidad eclesiástica, que también padecía el mismo error. Son indudablemente legión, decíale yo, los católicos que tienen fe y creen sin dudar cuanto deben creer, pero serán seguramente muy contados los que la sientan, porque éste es un don que sólo puede alcanzarse mediante una preparación adecuada que lleva al ánimo el convencimiento pleno de todas aquellas verdades que los demás limítanse a confesar sin pasarse a desentrañar. Es pues indispensable para conocer el modo de obrar del alcohol, no haciendo sobre él estudios especiales, leer y conocer lo que de él dicen los que lo han estudiado, como para probar ante los que desconocen la teología y filosofía muchas indiscutibles verdades de nuestra religión, precisa echar mano de lo que han dicho sobre ellas los Santos Padres de la Iglesia, cuya autoridad es indiscutible, como lo es, nada más en lo que es puramente humano, como es natural, la de las eminencias científicas que han consagrado su vida al estudio y experimentación, lo que les da un prestigio científico del que forzosamente han de carecer los demás.

Por eso, los que escribimos EL ABSTEMIO, que, aunque perfectamente convencidos de los desastrosos efectos que causa el alcohol, que sentimos, más que vemos, como sienten la fe los que de tal don disfrutan, carecemos de autoridad suficiente para hablar por nosotros mismos, tenemos forzosamente que apelar, para probarlos, a los que dicen de ellos los que detenidamente los han estudiado. ¿Cómo si no podré yo, insignificante médico de partido, probar que el alcohol no da fuerza, si no es citando los experimentos de Krapelin de Mocli y de Sidney-Ringer y tantos otros, hechos en diversas construcciones con cuadrillas de trabajadores en rancia, Argelia y Panamá, y con equipos de soldados en las guerras de Moscou, la Franco-Alemana y la Ruso-Japonesa? ¿Cómo probaré que perturba la digestión, sino cito los experimentos de Claudio Bernard hechos en perros, y los más recientes y concluyentes del eminente especialista de enfermedades del estómago Dr. González Campo, que dejé consignados en estas mismas columnas en uno de mis precedentes artículos? ¿Cómo demostraré los estragos que causa en las arterias a las que envejece prematuramente, sino citando los nombres de los que se han pasado la vida haciendo autopsias para probarlo? ¿Y cómo, por fin, demostraré que es el mayor productor de dementes, si no echo mano de las estadísticas de los alienistas? Ciertamente que de ninguna manera. Mas los incrédulos no se conforman con esto y piden hechos; hechos concretos, que ellos vean palpablemente, y es preciso presentárselos, siquiera no puede asegurarse se les logre convencer, a pesar de su innegable lógica. Uno de esto hechos, que cualquiera puede por sí mismo comprobar, es el del efecto que la ingestión del alcohol, la más pequeña cantidad, produce a quien por primera vez lo toma, y que se traduce por sensación de quemadura en las fauces y estómago, malestar general, náuseas, vómitos y pesadez de estómago y cabeza; es decir, el cuadro completo de un envenenamiento cualquiera; que, como tal, vemos repetirse en los fumadores de opio, comedores de arsénico y aficionados a la morfina y cocaína, cuya acción nociva nadie me negará; y que seguramente no se presentaría si el alcohol, en lugar de ser un veneno, fuera un alimento, como muchos sostienen.

Otro hecho, tan fácil de comprobar por cualquiera como el anteriormente citado, es el de que el alcohol no da fuerzas, bastando para ello poner una, enfrente de otra, cuadrilla de trabajadores abstinentes y bebedores, que en todas partes existen en condiciones de igualdad, y apuntar los resultados. Y tampoco cuesta gran trabajo estudiar las estadísticas de mortalidad de cualquier lugar, y deducir el tanto por ciento de mortalidad que dan bebedores y no bebedores; así como para sacar de ellas la longevidad de ambos grupos.

Véase, pues, como con un poco de buena voluntad, es posible convencerse personalmente de lo que aquí sostenemos respecto a la acción del alcohol.

Un argumento que, con extrañeza, dada la cultura que muestra, vi emplear al autor de la carta es, el que tanto se repite por todos los no abstinentes, de que el uso del alcohol por la humanidad durante tantos siglos es razón de bastante peso en favor de su uso, que, de admitirse, nos obligaría al sostenimiento de tantos y tantos errores que por siglos perduran en la humanidad, sin más razón, as más de las veces, que la de que nadie se cuida de desvirtuarlos. ¡Qué! ¿No se dispuso durante cientos de años, como una necesidad, la existencia de la esclavitud? ¿No se reputó igualmente, como necesarios y saludables, la aplicación de tormentos y penas infamantes? ¿No se exigió en sistema pedagógico el castigo corporal, haciéndose axiomático el bárbaro proverbio de la letra con sangre entra? ¿Y no se consideran hoy como verdaderos errores todas estas ideas? Desde luego que sí; y, por tanto, no puede estimarse como prueba a favor de un cualquier idea el hecho de que cuenta muchos siglos de existencia, y mucho menos tratándose de un vicio social, que para desarraigarse tropieza con el valladar de la naturaleza humana, refractaria por temperamento al abandono de todo hábito o costumbre de tiempo ha adquirido, y con la guerra que han de hacerle los egoístas que explotándolo viven y medran. Sólo así se explica que, mientras en los países orientales se trabaja por la desaparición del enervador vicio de fumar opio, se vaya éste extendiendo rápidamente por Europa, siendo muchos los fumadores clandestinos que recientemente se han descubierto en Inglaterra y Francia; y que, al tiempo que en esta última nación se lucha incluso en el parlamento contra el alcohol, se va cada día descubriendo la existencia de más tabernas donde, en sustitución de aquél, se bebe ¡nada menos que éter!

Fáltame tiempo y espacio para exponer aquí otros varios conceptos que la lectura de la misiva de que hablo me sugirió. Termino pues, no sin antes agradecer las palabras de aliento que, para que persista en mi campaña, se consignan en ella, y decir a mi amigo, pues por tal le conceptúo desde el día que recibí su atenta y bien escrita carta, este desvío que el clero español, lo mismo que los médicos y los maestros, los tres elementos de cultura social más importantes, muestran hacia la obra emprendida por la «Liga Antialcohólica», no obedece a las causas en la suya señaladas, sino que depende principalmente del hecho de ser en su mayoría modestos bebedores de alcohol, y desconocer la importancia que, como factor de educación social, tienen esas tres clases.

 

J. Fernández Oliva, El Abstemio (Órgano de la Liga Antialcohólica Española), febrero de 1913, p. 1.

 

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