LA PROHIBICIÓN DE DROGAS, DEL TABÚ MORAL A LA DESOBEDIENCIA CIVIL
“Las sinrazones que se soportan pacientemente cuando parecen
inevitables se tornan insufribles una vez sugerida la idea de escaparse de
ellas.”
Alexis
de Tocqueville.
Resumen.
El
debate sobre la legalización de las drogas se inicia poco después de la
aprobación del Convenio Internacional de La Haya, de 1912, sin que los términos
en que se plantea hayan variado apenas desde entonces. Mientras, el sistema de
prohibición, a pesar de las numerosas críticas que recibe y de las abrumadoras
evidencias de su carácter contraproducente, se sostiene en pie con una
fortaleza que solo se explica por los intereses ocultos a los que realmente
sirve, que lo convierten en rentable a pesar de su aparente fracaso. Ello hace
que los argumentos racionales se estrellen contra ese complejo entramado de
intereses, defendidos por la triple estructura de la prohibición: tabú moral,
norma legal y conflicto bélico. Por otro lado, las tendencias globales que
sostienen la prohibición van seguramente a permanecer sin grandes cambios a
medio plazo. En consecuencia, dado que las razones se revelan insuficientes,
solo la vía de la acción parece ofrecer perspectivas de cambio inmediato en el
necesario camino hacia la tolerancia y la normalización.
En
el presente trabajo se intenta analizar la situación actual del debate sobre
políticas de drogas y los retos que plantea, para repasar luego someramente la
actividad de los últimos diez años del movimiento antiprohibicionista
–especialmente el cannábico- del estado español (en el que el autor ha
participado activamente), una experiencia de respuesta a las políticas
prohibicionistas relativamente exitosa, cuyos elementos más destacables han
sido el asociacionismo de usuarios, la práctica de la desobediencia y la
colaboración con colectivos de diversos países que agrupan a otros sectores
afectados negativamente por la prohibición. A partir de ahí, se pretenden
encontrar líneas estratégicas que puedan servir al conjunto del movimiento
antiprohibicionista para superar la actual situación y tratar de construir un
modelo de mercado legal que provoque la menor cantidad posible de efectos
colaterales negativos para todos los eslabones de la cadena de producción,
transformación, venta y consumo de drogas ilícitas.
Legalización:
¿debate eterno?
Hace
mucho que el debate sobre la legalización de las drogas dejó de ser merecedor
de tal nombre. La razón es simple: La discusión la ganaron hace tiempo los
enemigos de la prohibición. Por supuesto, ganar la discusión no significa en
absoluto haber ganado la lucha contra la misma. Lo que ocurre es, sencillamente,
que el discurso oficial no ofrece respuestas consistentes a los argumentos
antiprohibicionistas.
No es objetivo de este trabajo
entrar a analizar con detenimiento los argumentos que se oponen a la prohibición
mundial de drogas, pero sí que podríamos resumir dichos argumentos en tres líneas
principales. La primera, cuyo representante más conocido es el estadounidense
Thomas Szasz (1993), plantea que la pretensión de impedir por la fuerza a
personas adultas y capaces el consumo de cualquier sustancia es ilegítimo y
viola los derechos de las personas, permitiendo al Estado inmiscuirse en asuntos
que no son de su competencia.
La
segunda queda perfectamente resumida en el título del manifiesto que varios
cientos de personalidades de todo el mundo hicieron público con motivo de la
Sesión Especial sobre Drogas de las Naciones Unidas de 1998: “Creemos que la
guerra contra las drogas causa más daño que las drogas mismas”. Otro
manifiesto publicado al mismo tiempo, el de la Coalición Internacional de ONGs
por una Política de Drogas Justa y Eficaz, resume esos daños en: a) muertes
violentas y violación de derechos humanos básicos; b) muertes y enfermedades
por adulteración, transmisión de enfermedades, mala dosificación, etc.; c)
criminalización y marginación de las mismas personas que dice querer proteger;
d) daños al medio ambiente; e) violaciones de la soberanía nacional; f)
desgaste de fondos que podrían destinarse a otros usos; y g) erosión del
Estado de Derecho con órganos supranacionales que escapan al control democrático
y la extensión de la arbitrariedad y la corrupción.
La
tercera línea argumental es la que plantea que la actual separación legal
entre unas drogas prohibidas sobre la base de su supuesta peligrosidad y otras
que se permiten por su menor riesgo, carece de base científica. Con frecuencia,
estas tres líneas de argumentación aparecen entrelazadas y constituyen la base
ideológica de la mayoría de grupos antiprohibicionistas del mundo.
Si
miramos atrás, veremos que los primeros textos contra la prohibición incluyen
muchas de las razones arriba expuestas, aunque sea, como era de esperar, en
forma mucho más esquemática que en el presente. En el caso de España, los
primeros artículos de prensa de carácter antiprohibicionista, obra del
periodista republicano Carlos Esplá, datan de 1921. Al año siguiente, en
Italia, el teórico anarquista Enrico Malatesta rechaza las leyes contra la cocaína
con argumentos que mantienen aún hoy todo su vigor: “Cuanto más severas sean
las penas impuestas a los consumidores y a los negociantes de cocaína, más
aumentará en los consumidores la atracción por el fruto prohibido y la
fascinación por el peligro afrontado, y en los especuladores, la avidez de
ganancia, que es ya ingente y crecerá con el crecer de la ley”. Malatesta
plantea como alternativa la liberalización del comercio de cocaína combinada
con campañas informativas acerca de sus peligros.
Como
vemos, existe una continuidad entre el discurso de los primeros críticos y los
actuales, una continuidad que supera, incluso, las teóricas barreras ideológicas
entre izquierda y derecha. Frente a estos discursos críticos cada vez más
elaborados y fundamentados en datos científicos, el discurso oficial mantiene
también una desesperante inmutabilidad. De hecho, la forma en que las
instituciones responsables en la materia rechazan los ataques dialécticos de
sus opositores se reduce, fundamentalmente, a un mecanismo que podríamos
denominar “contestador automático” y que consiste, simplemente, en repetir
hasta la saciedad, independientemente de los términos en que se plantee la
discusión, una serie de consignas
oficiales que apenas han variado desde el nacimiento del prohibicionismo
organizado en los Estados Unidos del final del siglo XIX (Escohotado, 1994).
Las
instituciones internacionales encargadas del control de las drogas ilícitas
mantienen inalterados sus planteamientos, como si nada de lo que se diga o haga
pudiera hacer mella en su naturaleza monolítica. Es bien significativo que el
plan que el PNUCID (Programa de las Naciones Unidas para el Control
Internacional de Drogas) presentó en la Sesión Especial sobre Drogas de 1998
se titulara “1998-2008: Un mundo sin drogas. Podemos consegurilo”. Poco
importa que los plazos para la completa y definitiva erradicación de cultivos
que se fijaron en la ya lejana Convención Única sobre Estupefacientes de 1961
(quince años para el opio y veinticinco para cannabis y coca) hayan vencido y
se hayan prorrogado una y otra vez. En cada ocasión, los responsables del
fracaso encuentran nuevos motivos para el optimismo y fijan un nuevo lapso (Blickman,
1998), en lo que el New York Times, en su editorial dedicado a la citada Sesión
Especial del 98, denominó “reciclaje de políticas irrealistas”. Por su
parte, la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes condena año
tras año en sus informes las políticas basadas en la tolerancia de países
como Holanda o Suiza y rechazan iniciativas de reducción de riesgos de eficacia
probada, como los programas de dispensación controlada de heroína o las salas
de consumo higiénico.
Una y otra vez, a pesar de que hay
un creciente número de gobiernos críticos, las resoluciones y programas que
los organismos de la ONU presentan a los países firmantes de los tratados anti-droga
se aprueban por unanimidad, mostrando hasta qué punto cuesta cambiar las cosas
en este campo. En este sentido, la prohibición global de drogas tiene una
enorme similitud con la Torre de Pisa: Desde antiguo había razones de peso para
asegurar que terminaría por caerse, pero generaciones enteras de pisanos
nacieron y murieron a sus pies sin que el momento de la caída llegara nunca.
Después, cuando se consideró que la situación era ya insostenible y se
adoptaron medidas, estas consistieron en ponerla más erguida, pero no del todo,
ya que para entonces había un gran interés (basado, sobre todo, en los
ingresos por turismo) en mantener la sensación de precariedad. De igual manera,
si la torre prohibicionista no acaba de caer ni de ponerse derecha es por la
gran cantidad de gente que obtiene beneficio de tan anómala situación. Por
tanto, podemos seguir debatiendo ad nauseam sin que el edificio
prohibicionista llegue a estar realmente en peligro[1].
La
prohibición de drogas: Ley, tabú y guerra.
Aunque la prohibición de drogas se plasma en una larga serie de normas
legales que van desde las citadas convenciones de las Naciones Unidas hasta
bandos municipales, pasando por Códigos Penales y legislación administrativa
de ámbito estatal y regional, lo cierto es que se trata de un fenómeno que
abarca no solo el derecho, sino la moral, la economía y otros numerosos ámbitos
de la vida social. Las dificultades para ir avanzando hacia la legalización
tienen mucho que ver con el hecho de que el tratamiento que recibe el fenómeno
de la producción, venta y consumo de drogas ilegales vaya mucho más allá del
que suele corresponder a la persecución de la mayoría de delitos y faltas.
La
prohibición de drogas es una materia que no solo atañe a la razón sino que
toca sentimientos de amplias capas de la población de muchos países. Aunque la
existencia de una prohibición global de drogas sea un fenómeno del siglo XX,
lo cierto es que la existencia de tabúes o prohibiciones de ciertas formas de
ebriedad es mucho más antigua. La cultura occidental, merced a la influencia de
la moral judeo-cristiana, ha levantado un tabú moral en torno a ciertas
sustancias desde hace siglos, y los fenómenos de prohibición, a veces
transitoria, de drogas ajenas a la propia cultura –como sucedió con el café
o el tabaco- han sido recurrentes. Diversos estudios antropológicos parecen
demostrar que algunas de estas prohibiciones, referidas sobre todo a drogas
visionarias o alucinógenas, han llegado incluso a incorporarse al inconsciente
colectivo (Fericgla, 1994).
Todo ello,
unido a décadas de propaganda prohibicionista –incluyendo la difusión sistemática
de noticias alarmistas, generalmente infundadas, algo especialmente notorio en
el caso del cannabis (Herer, 1995)- ha llevado a que las drogas prohibidas
provoquen miedo y asco a millones de personas, haciendo difícil el diálogo
abierto sobre las mismas, estigmatizando a quienes tienen contacto con ellas y
fomentando la falsa imagen social de que ciertas sustancias funcionan como una
infección microbiana capaz de invadir y dañar un cuerpo social sano[2].
En este sentido, si comparamos las características de un tabú moral y una
prohibición legal típicos (ver cuadro) comprobaremos que la prohibición de
drogas presenta simultáneamente características de ambos.
| Prohibición. | Tabú. |
| 1. Se basa en la razón. | 1. Apela a los sentimientos. |
| 2. Tiene un carácter dialogado y adaptable a la realidad. | 2. Se considera indiscutible e inmutable. |
| 3. Es convencional y provisional. | 3. Se considera natural y, por tanto, invariable en el tiempo |
| 4. Protege un bien jurídico y combate delitos o faltas. | 4. Protege un valor moral y combate un vicio. |
| 5. Se limita a hechos concretos. | 5. Tiene un carácter abstracto y abierto. |
| 6. Los transgresores siguen siendo sujeto de derechos. | 6. Quienes lo transgreden pierden los derechos que les correspondieran. |
En
efecto, tanto la imagen social de las drogas ilícitas como su tratamiento legal
superan el marco de la prohibición para adquirir características en principio
privativas del tabú. Hay numerosos hechos que sustentan esta afirmación para
cada uno de los puntos citados en el cuadro anterior, entre los que cabe citar:
1.
Los informes científicos que sistemáticamente han venido cuestionando
la validez científica de la actual división entre drogas lícitas e ilícitas
no han provocado modificaciones en la ley. La alarma social, real o ficticia, ha
sido el criterio que ha primado históricamente a la hora de ampliar las listas
de drogas prohibidas: Se prohíbe lo que asusta a la sociedad, no lo que la daña.
Para alimentar esa alarma social, la propaganda oficial utiliza constantemente
recursos sentimentales. Las campañas dirigidas a disuadir del consumo suelen
utilizar mensajes muy impactantes e imágenes escabrosas, incluso repugnantes,
intentando asociar siempre droga con muerte, sangre, sufrimiento, etc. También
son constantes las alusiones a la infancia, así como imágenes tremendistas en
las que aparecen niños, en algunos casos consumiendo drogas[3].
2.
En muchos países se considera delito el presentar las drogas prohibidas
desde un prisma favorable, así como cualquier conducta que pueda interpretarse
como apologista, estando vetados los mensajes antiprohibicionistas.
3.
Las listas pretender tener una validez tan duradera que han llegado a
incluir sustancias aún sin sintetizar y, por tanto, de propiedades
desconocidas.
4.
La Convención Única de 1961, matriz de la Prohibición vigente, dice
estar destinada a proteger la salud, no solo física, sino también moral, de la
Humanidad.
5.
Los delitos contra la salud pública suelen ser de tipos abiertos y
peligro abstracto. En otras palabras, no precisan consumarse y abarcan cualquier
conducta que se considere que puede favorecer, aunque sea indirectamente, la
comisión del delito.
6.
Son numerosos los mecanismos excepcionales que se prevén para los
delitos relacionados con drogas prohibidas, que van desde la confiscación y
subasta de bienes previas a la existencia de sentencia firme, hasta la inversión
de la carga de la prueba -que lleva a veces a la presunción de culpabilidad-,
pasando por la entrada en el domicilio sin mandamiento judicial o el
encarcelamiento preventivo incondicional. Por otro lado, es frecuente la privación
de derechos sociales a las personas condenadas y a su entorno.
Por otra
parte, la Prohibición tiene un carácter netamente bélico. Aparte de la
declaración formal de “guerra contra las drogas” que el presidente
estadounidense Nixon realizara en 1973, todo indica que, efectivamente, nos
encontramos ante un conflicto que reúne todas las características necesarias
para ser considerado como una guerra. En efecto, la masiva participación de
militares en las tareas anti-droga, los medios técnicos empleados –que van
desde satélites artificiales hasta fumigación masiva con pesticidas, pasando
por artillería o helicópteros- y otra serie de elementos típicos como la
existencia de estrategias, espionaje, etc., apuntan sin duda hacia una guerra clásica.
Sin embargo,
el resto de elementos hacen de esta una guerra difusa, dado que dice combatir
algo tan atípico como una serie de plantas y de sustancias químicas y que
carece de frente de batalla o retaguardia (nota guerra terrorismo). Como es
evidente que no se puede librar una guerra contra seres inanimados, el enemigo
no es otro que las personas que producen, transportan, venden y consumen las
drogas proscritas. Con excepción de quienes pertenecen a algún grupo armado
-sea estatal, paraestatal, insurgente o mafioso- de los que controlan sectores
de la producción y venta de algunas drogas, la gran mayoría de esas personas
no poseen armas ni oponen resistencia violenta alguna, lo que convierte a esta
guerra en excepcionalmente asimétrica, comparada con aquellas a las que estamos
acostumbrados (aunque, tras la Guerra del Golfo y la reciente invasión
estadounidense de Afganistán, tal vez deberíamos decir que estábamos
acostumbrados).
A falta de un cómputo global fiable, no parece exagerado afirmar que,
como consecuencia de las políticas de fiscalización internacional de drogas,
miles de personas mueren todos los años tanto en operativos policiales y
militares como en ejecuciones legales e ilegales en numerosos países, millones
se hallan encarceladas en todo el mundo por delitos relacionados con las mismas,
y decenas de millones sufren todo tipo de daños, que abarcan desde la violencia
física hasta el desplazamiento forzoso, además de restricción de derechos
ciudadanos básicos, limitaciones a la libre circulación, ataques a su salud y
a su medio ambiente, etc. Si añadimos la influencia decisiva que la prohibición
de drogas ha tenido en diversos conflictos armados de corte clásico, pagando
armas y tropas, financiando operaciones encubiertas y provocando combates para
controlar zonas de cultivo ilícito, nos encontraremos con que la guerra contra
las drogas ha sido una de las más cruentas y destructivas del siglo XX y, si
las cosas no cambian, tal vez también del XXI. Si a todo lo anterior le sumamos
los daños sanitarios y sociales debidos a adulteraciones, transmisión de
enfermedades infecciosas y otros efectos secundarios de la vertiente “civil”
de la prohibición de drogas, la conclusión es que nos hallamos ante una catástrofe
de dimensiones planetarias, una catástrofe perfectamente evitable, cuyo origen
se halla en una serie de políticas deliberadas cuyos efectos nocivos son
conocidos desde hace años por sus responsables. Por tanto, no parece exagerado
afirmar que la prohibición de drogas, en su forma actual, es un crimen contra
la Humanidad.
Los puntales de la torre inclinada.
A
pesar de que la idea de que las actuales políticas de drogas son un fracaso está
cada vez más extendida, los responsables últimos de estas atrocidades siguen
teniendo una elevada consideración social, siendo percibidos como benefactores
de la Humanidad que se esfuerzan por liberar a la misma de los peligros de “la
droga”, una amenaza omnipresente que, como ya hemos dicho, se hace aparecer
con todas las características de una epidemia capaz de propagarse por sí sola.
Ello es debido a la triple estructura (norma, tabú y guerra) de la que acabamos
de hablar, un mecanismo análogo al de la caza de brujas en la Europa de los
siglos XIII al XVII[4].
Productores, vendedores y usuarios de drogas desempeñan así el rol de chivo
expiatorio (Szasz, 1985), de forma que, igual que la originaria caza de brujas
sirvió para frenar la ola de sublevaciones militar-mesiánicas provocadas por
las enormes desigualdades sociales de la época (Harris, 1974), la actual guerra
contra las drogas juega un papel fundamental como cortina de humo para ocultar
las verdaderas funciones de las políticas de control de drogas. Si ya es difícil
parar una guerra, más aún lo es si va envuelta en la cáscara protectora de un
tabú ancestral que el aparato propagandístico alimenta sin cesar. De esta
manera, la legislación prohibicionista goza de la protección de un doble
blindaje.
Los intereses
que oculta la prohibición son numerosos, algunos de ellos no demasiado
evidentes[5].
Por un lado están los beneficios económicos y políticos que obtienen
directamente los estados. La guerra contra las drogas permite justificar la
aprobación de legislaciones excepcionales de control social y la persecución
contra grupos étnicos o inmigrantes con la excusa del narcotráfico; reduce el
control en materia de derechos humanos; incrementa los poderes de jueces, policía
y ejército; proporciona ventajas en el terreno de la diplomacia; y aporta
ingentes cantidades de dinero totalmente opaco con el que financiar operaciones
encubiertas o enriquecer a las clases dirigentes. Por otra parte, estas políticas
generan un enorme aumento de precios, incrementando la dinámica de acumulación
de capital, a la vez que protegen ciertos monopolios farmacéuticos de facto.
Además, se ha creado un enorme entramado parainstitucional, formado sobre todo
por ONGs, que se podría denominar lobby preventivo-asistencial, que
obtiene grandes sumas de dinero e influencia social, a la vez que controla los
mensajes que la sociedad civil recibe en torno a las drogas.
Si a todo lo
anterior le añadimos el hecho de que las instituciones internacionales
encargadas de elaborar y aplicar las políticas de control de drogas carecen de
un control democrático efectivo y dan crecientes muestras de corrupción, y le
sumamos que los Estados Unidos, primera potencia mundial y principal promotor de
la guerra contra las drogas, refuerza su papel de liderazgo, estableciendo un férreo
control en la materia y justificando intervenciones policiales y militares en el
exterior (Nadelmann, 1993), comprenderemos porqué la torre da tan pocas
muestras de tambalearse a pesar de la enorme cantidad de razones que parece
haber para que tal cosa suceda.
En realidad,
la afirmación de que la prohibición de drogas ha fracasado, algo que oímos
repetir con creciente frecuencia, es errónea. La prohibición solo ha fracasado
si nos empeñamos en creer que se trata de un medio dirigido a la consecución
de los fines declarados en las convenciones internacionales: La protección de
la salud física y moral de la humanidad en la de 1961 o la desaparición del tráfico
ilícito en la de 1988. Pero si cambiamos el punto de vista y consideramos que,
en realidad, la prohibición es un fin en sí misma, analizando hasta qué punto
sirve eficazmente para proteger una
serie de intereses económicos y políticos, descubriremos que prohibir ciertas
drogas ha sido para muchos el “gran negocio del siglo” (Markez, 1994). Así
que lo que sucede en realidad es que la prohibición cumple muy diversos
objetivos, solo que esos objetivos nunca aparecen en los discursos ni en los
informes oficiales porque, evidentemente, son inconfesables.
No quiero
terminar este apartado sin poner un ejemplo concreto que ilustra a la perfección
lo que acabo de exponer, dado que incluye varios de los apartados arriba
mencionados. Además, se trata de un ejemplo de total actualidad tras los
atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 y la posterior invasión
estadounidense de Afganistán. Es el que podríamos llamar “caso Dil Jan
Khan”. Según su biografía oficial[6],
este pakistaní comenzó su carrera, allá por 1978, como consejero de la
embajada de su país en Afganistán, para convertirse, tras la invasión soviética,
en el máximo responsable de la frontera entre ambos países, de 1980 a 1993.
Durante ese período, Afganistán aumentó paulatinamente su producción de
opio, hasta convertirse en el primer productor mundial. El destino final de la
heroína que se obtenía del mismo no era otro que los Estados Unidos (Labrousse,
1994), donde el presidente George Bush padre aseguraba, en 1989, que
“construiría todas las cárceles que fueran necesarias para encerrar a los
narcotraficantes”.
Este tráfico,
casi en su totalidad, se producía a través de la frontera pakistaní, cuyo régimen
lo toleraba abiertamente a instancias del propio gobierno norteamericano, que
consideraba a la resistencia afgana un valioso aliado frente a la URSS y al Irán
del ayatollah Jomeini. La propia agencia anti-droga estadounidense, la DEA,
reconocía en sus informes que los grupos afganos participaban directamente en
el tráfico a escala local e internacional. Con el dinero obtenido se pagaban
buena parte de las armas empleadas por la resistencia islamista, así como las madrassas,
las escuelas coránicas donde se educaba, con los textos religiosos
proporcionados por Arabia Saudí como único material didáctico, a los huérfanos
de guerra recogidos por la resistencia (la guerra dejó sin padres a 220.000 niños)
que acabarían convirtiéndose en los recientemente
derrocados talibanes. Pero eso sería años más tarde. En aquel momento, a
caballo entre la década de los ochenta y los noventa, los futuros talibán eran
aún niños, el responsable de la frontera era el citado Dil Jan Khan y el
contacto de los servicios secretos pakistaníes con la resistencia al otro lado
de la frontera era un príncipe saudí, ahora famoso, llamado Ossama Bin Laden.
Todos sabemos
(o, al menos, eso nos han contado) cómo ha terminado Bin Laden. De hecho, se
podría decir que la llamada “guerra del mundo contra el terrorismo” se ha
desatado por un conflicto entre el país promotor de la “guerra contra las
drogas” y uno de sus antiguos subordinados-aliados en la misma. Dil Jan Khan,
en cambio, ha permanecido fiel. A pesar de que bajo su jurisdicción circularon
los que probablemente sean los mayores alijos de opio y heroína de la historia
-¿o acaso sería mejor decir que precisamente gracias a ello?-, este individuo
llegó a convertirse en uno de los trece miembros de la JIFE. En 1998, en la época
de la Sesión Especial sobre Drogas de la ONU, justo cuando la erradicación del
opio en Afganistán era la prioridad número uno del PNUCID, Jan Khan era nada
menos que vicepresidente primero de la JIFE, órgano encargado de fiscalizar las
políticas gubernamentales y garantizar el cumplimiento de los objetivos de las
convenciones internacionales en materia de drogas. En el momento de redactar
estas líneas, mientras George Bush Jr. lidera una nueva cruzada mundial, Dil
Jan Khan es aún miembro de la misma, mostrando hasta qué punto la defensa de
la “salud física y moral de la Humanidad” se ha convertido en un sarcasmo y
ayudándonos a entender las razones por las que la JIFE es tan hostil a todo lo
que huela a legalización de las drogas.
La reducción de daños: Los límites del freno de emergencia.
Merece la pena detenerse aquí un momento para examinar la que para muchos es
una posible vía de salida a la situación de bloqueo en que nos ha colocado el
prohibicionismo: las llamadas políticas de reducción de daños o de riesgos.
Desde que hiciera aparición el concepto de “reducción de daños”, sus
defensores han solido presentarlo como una “alternativa radical” (O’Hare
et al., 1992) a las políticas habituales en materia de drogas, basadas en la
abstinencia como objetivo final. En efecto, la idea de reducir al mínimo tanto
los riesgos como los daños, en lugar de insistir en eliminar el consumo a costa
de aumentarlos, es un giro casi copernicano en el terreno conceptual y ha
permitido avances muy significativos. No obstante, este tipo de políticas se
enfrenta a numerosas limitaciones y paradojas que la convierten, en la práctica,
en una medida paliativa, necesaria pero no suficiente, frente a los estragos de
las políticas prohibicionistas.
En
primer lugar, las políticas de reducción de daños abarcan solo una parte muy
pequeña de los daños que tendrían que combatir (Barriuso, 2000). Aunque se
suele hablar de “daños relacionados con las drogas”, sería más adecuado
decir “relacionados con el consumo de drogas”. Tanto los programas de
dispensación controlada de sustancias (sea heroína, metadona, buprenorfina u
otras), como los programas de intercambio de jeringuillas, las salas de consumo
higiénico o los escasos programas de testado de sustancias responden a
problemas de las personas situadas en el último eslabón de la cadena, dejando
de lado los daños relacionados con la producción y el tráfico, algunos muy
importantes.
En segundo
lugar, los programas desarrollados hasta el momento se han centrado,
fundamentalmente, en usuarios de opiáceos y/o por vía inyectada, dejando fuera
a la mayor parte de consumidores, especialmente al numeroso colectivo que
utiliza el cannabis. Con escasas excepciones, las actuaciones se han centrado en
aquel sector de consumidores de drogas ilícitas que se aparta menos de los
estereotipos de dependiente-enfermo-persona con problemas.
Pero la
principal limitación de las políticas de reducción de riesgos y daños es el
carácter paradójico que tienen en el marco legal actual y las contradicciones
entre sus objetivos y los de las leyes penales. La paradoja consiste en que, en
realidad, los daños que se pretende reducir están provocados,
fundamentalmente, por la prohibición. Si ha habido dificultades para conseguir
jeringuillas limpias es porque primero se decidió impedir el acceso a las
mismas a los usuarios. Si las sustancias están adulteradas, es por la falta de
control de calidad a causa de la ilegalidad. Por tanto, se trata de paliar
errores debidos a políticas que se mantienen vigentes y que, en muchos países,
suponen constantes obstáculos legales al desarrollo de muchos programas en este
terreno. En realidad, si la idea de la reducción de daños fuera el principio
rector de las políticas de drogas, la primera medida a adoptar sería terminar
con las actuales políticas prohibicionistas.
Todo lo
anterior no significa, por supuesto, que las políticas de reducción de daños
no sean un instrumento valioso para mejorar la deficiente situación actual,
pero está claro que su carácter de “alternativa radical” hace que solo
sean viables en la medida en que renuncien a cuestionar a fondo la legislación
penal. Es evidente que las políticas de reducción de daños pueden suponer
avances positivos en la imagen social y en la calidad de vida de las personas
usuarias de drogas y favorecer políticas más tolerantes y menos represivas,
pero también es cierto que muchas de ellas son perfectamente asumibles desde el
discurso oficial, que habla de la necesidad de castigar el tráfico mientras se
asiste a los usuarios, soslayando, entre otros, el debate sobre la legalización.
De esta forma, buena parte de la opinión pública llega a aceptar como
necesarias ciertas prácticas de reducción de daños, sin cuestionar en ningún
momento la premisa prohibicionista.
Aún así, la
reducción de daños y riesgos no lo va a tener fácil ni en el mejor de los
casos. No hay que olvidar que se trata de un planteamiento que se encuentra
afianzado en muy pocos países del mundo, y que en los documentos de la Sesión
Especial de la ONU de 1998, cuando se habla de las prioridades para los
siguientes diez años, no se menciona ni una sola vez la reducción de daños. Y
todavía solo ha transcurrido la mitad de ese plazo.
Mirando
en perspectiva.
Todo
indica que las tendencias geopolíticas y económicas globales que favorecen el
mantenimiento de una legislación de drogas netamente prohibicionista no solo
van a mantenerse en el futuro, sino que es probable que se acentúen. La situación
internacional creada tras los atentados del 11-S refuerza la tendencia al
liderazgo de los Estados Unidos, lo cual, visto el papel que este país ha
jugado en la guerra contra las drogas, no puede significar más que una mayor
presión para hacer aceptar la idea de que, si las políticas prohibicionistas
no han dado los resultados apetecidos, se debe a que no se han aplicado con la
suficiente intensidad y dureza.
La estructura
de las instituciones responsables de las políticas mundiales de drogas, por
otra parte, no favorece en absoluto un cambio. Si hay un terreno en el que la
tan traída y llevada globalización, en su peor acepción, es una realidad
boyante desde hace tiempo, ese es el de las sustancias ilícitas. Décadas de
tratados internacionales de obligado cumplimiento en todo el mundo, construidos
al dictado de unas pocas potencias interesadas, han llevado a una estructura
vertical y centralizada, donde la posible participación ciudadana democrática
tiene que atravesar tantas cribas y barreras que difícilmente llegarán a
influir en las grandes decisiones. La burocratización y corrupción de
organismos como el PNUCID o la JIFE es tan evidente que nadie puede creer que
desde allí llegue ningún tipo de propuesta realista. Como ya dijo alguien,
“no hay nada más difícil que convencer a alguien cuyos ingresos dependen de
no dejarse convencer”.
De momento,
además, no parece haber un gran movimiento de oposición, al menos no de la
entidad suficiente como para poder provocar cambios significativos. A pesar de
que hace ya muchos años que apareció, el discurso antiprohibicionista es aún
disperso y poco consistente, con abundantes aportaciones individuales o de
grupos aislados, pero pocas organizaciones amplias dotadas de unas ideas-fuerza
bien estructuradas. El intento más consistente hasta el momento ha sido la ya
mencionada Coalición Internacional de ONGs por una Política de Drogas Justa y
Eficaz, constituida en 1998 por más de 100 grupos de 25 países, que, tras un
periodo de letargo, se ha puesto nuevamente en marcha y continúa realizando
campañas públicas y labor de lobby, sobre todo a nivel europeo. Pero la
influencia de la Coalición es muy limitada y, además, aún habrá que ver cómo
afronta en el futuro la enorme pluralidad ideológica que alberga en su
interior.
Un asunto
especialmente llamativo es la ausencia de la cuestión de las drogas en los
foros en los que se ha venido gestando el llamado movimiento anti-globalización.
La existencia de una guerra mundial contra las drogas parece no ser percibida
por este movimiento, acaso porque las políticas anti-drogas -antiguas,
afianzadas y respaldadas por un consenso social que en muchas regiones del mundo
nadie osa cuestionar- aparecen ante muchos como una especie de telón de fondo,
en apariencia inmutable, frente al que no se concibe siquiera la posibilidad de
enfrentarse organizadamente.
Las posturas
mantenidas durante muchos años desde la izquierda política tradicional, poco
alejadas en general de las ideas dominantes, han contribuido a que este tema
apenas figure en las agendas de debate y movilización. Es significativo que ni
el Foro Social Mundial de Porto Alegre ni el Europeo de Florencia le hayan
prestado apenas atención a la cuestión de las políticas de drogas. Entre los
cientos de foros y talleres programados en ambos eventos durante 2002, las
drogas solo figuraron en dos o tres, que se celebraron además fuera de los
recintos principales, reuniendo apenas a un puñado de interesados.
Por otra parte, todo parece indicar que los posibles cambios a escala global se
producirán, si es que se producen, de forma que afecten en la menor medida
posible a los intereses de los grupos de presión que actúan en este terreno.
El ritmo desesperantemente lento al que se están produciendo los cambios en el
terreno del cannabis medicinal, incluidos saltos atrás, y la forma en que se
modifican las listas de sustancias sometidas a fiscalización son un aviso de
por dónde deberá ir cualquier cambio que pretenda tener el visto bueno de los
organismos de las Naciones Unidas (y lo mismo vale, aunque con matices, para la
Unión Europea): Tras años de presión social y mediática, y ante las
abrumadoras evidencias científicas acerca de que efectivamente el cáñamo,
como se sabía desde antiguo, posee numerosos usos terapéuticos y paliativos,
se termina por autorizar, en un lento goteo, solo principios activos aislados,
especialmente los sintéticos, sometidos a patente y que solo pueden producirse
en el laboratorio.
Aunque son
mucho más caros y se ha demostrado que en numerosas patologías son menos
eficaces que los cannabinoides naturales, en los pocos países donde se va
permitiendo el uso de derivados del cannabis con fines medicinales se suele
optar por los cannabinoides sintéticos, mientras se sigue castigando, incluso
con la cárcel, el simple cultivo de marihuana para el propio consumo. No es
arriesgado suponer, dado que muchas firmas farmacéuticas han realizado
importantes inversiones en la investigación sobre aplicaciones del cannabis (Markez
et al., 2002), que en los próximos años asistiremos a la aparición en las
farmacias de un número creciente de preparados farmacéuticos a base de
cannabinoides seleccionados por carecer de efectos psicoactivos, mientras se
mantiene la presión represiva sobre el cáñamo, sobre todo el destinado al uso
recreativo[7].
Es muy probable que asistamos al mismo proceso cada vez que se descubran en una
sustancia ilícita propiedades terapéuticas que sean susceptibles de explotación
comercial a gran escala.
Por tanto, es poco probable que los posibles cambios a corto y medio plazo
procedan de las instituciones internacionales. Prácticamente todos los avances
que se han producido en las últimas décadas en el terreno de la normalización
y de la reducción de daños, cuyo principal escenario ha sido Europa, se han
producido a escala local o regional. La tendencia a que cuanto más gigantesca y
lejana sea una institución, más propensa se muestre a la corrupción, la
inercia y la opacidad es un fenómeno extendido a todas las cuestiones políticas.
Pero el hecho de que las normas sobre drogas estén férreamente jerarquizadas a
partir de convenios globales prácticamente inamovibles desde hace décadas hace
que el margen de maniobra de los estados, los gobiernos regionales y los
ayuntamientos sea escaso en el caso de las drogas ilícitas.
Cada vez que
una institución intenta dar un paso hacia la normalización de las drogas,
suele encontrar numerosos obstáculos procedentes de las instancias superiores.
A los ayuntamientos y gobiernos regionales les ponen freno los estados y a los
estados los organismos internacionales, mediante un mecanismo muy eficiente que
hace que cualquier experiencia especialmente novedosa se encuentre siempre con
un auténtico calvario legal. De esta manera, puede costar casi diez años poner
en marcha un simple ensayo clínico con heroína, como ha sucedido en Andalucía,
dado que las convenciones prevén unos mecanismos de fiscalización diseñados
expresamente para dificultar cualquier actividad contraria a las directrices
prohibicionistas dominantes.
Con este panorama, hay pocas razones para el optimismo. Si bien es probable que
la reducción de riesgos experimente una paulatina extensión en los próximos años,
avance que cabe esperar que será lento, las líneas maestras de las políticas
anti-drogas pueden no cambiar en décadas. El prohibicionismo, igual que el
neoliberalismo, parece estar ahí para quedarse algún tiempo. La cuestión, por
tanto, debería ser qué se puede hacer para que algo cambie en estos tiempos de
inmovilismo internacional.
La
prohibición no atiende a razones.
Este es el desolador panorama al que se enfrenta el movimiento
antiprohibicionista a escala mundial. Sin embargo, la situación no es en
absoluto uniforme en todos los lugares. Puede que tengan razón quienes, como
decíamos antes, creen que la prohibición es, hoy por hoy, una especie de telón
de fondo inamovible. Pero eso no significa que no se pueda hacer nada para
cambiar el resto del escenario, algunas luces y, sobre todo, el guión que
interpretan los numerosísimos actores que intervienen en un fenómeno que
involucra a tantas instancias sociales y políticas diferentes. El tener en
contra al director o al responsable del decorado, incluso el hecho de que el guión
principal esté claramente censurado, no impide que se pueda meter alguna que
otra “morcilla” en el texto y tratar de que aparezcan nuevos elementos en
escena, elementos que, si se mantienen bajo los focos tiempo suficiente, pueden
llegar a captar la atención e incluso el apoyo del público, que es quien, en
última instancia, paga para que la función continúe.
Los años
venideros van obligar a quienes desean cambian de raíz las políticas de drogas
a realizar tareas muy variadas. Por un lado, está claro que hay que persistir
en la construcción de un discurso coherente y bien fundamentado frente a la
prohibición, un discurso que huya de los argumentos facilones y evite el
apologismo, a fin de poder agrupar a sectores lo más amplios posibles, no solo
de la opinión pública en general, sino especialmente a los más vinculados con
el fenómeno de las drogas y a los colectivos directamente afectados por las políticas
actuales. Sin embargo, no se trata ya tanto de argumentar porqué es mala la
prohibición, sino de pensar alternativas concretas e idear y difundir
estrategias destinadas a ponerlas en marcha.
Además, este
campo de las alternativas concretas es un reto especialmente importante para
quienes tratan de parar la guerra contra las drogas desde posiciones críticas
hacia el vigente orden internacional. Los antiprohibicionistas partidarios del
neoliberalismo dominante, en cambio, no necesitan alternativas: Según ellos, no
es necesaria regulación alguna, ya que las leyes del mercado se encargarán de
regular las cosas[8]. Sin embargo, quienes plantean un cambio radical deberían
ir pensando desde ahora en dónde piensan aterrizar cuando llegue la hora de
descender a la realidad de cada día. Sobre todo, si pretenden que su discurso
sea creíble para una buena porción de la sociedad.
Pero está
claro que la simple construcción de un discurso fuerte no basta. Existen un número
increíble de argumentos de peso a favor de un marco legal no prohibicionista,
con una cantidad ingente de publicaciones donde expertos en todo tipo de
materias se muestran a favor del mismo, pero eso no ha hecho que nos encontremos
por ello más cerca del fin de la prohibición que en 1921, incluso puede que más
lejos. Ni siquiera la masiva difusión de estos argumentos, incluso cuando se
produce su aceptación entre una buena parte de la opinión pública, garantiza
para nada la viabilidad del cambio y menos aún su continuidad en el tiempo. Las
promesas de cambio de política en materia de drogas –especialmente de la
marihuana- formuladas por el presidente norteamericano Jimmy Carter en los 70,
igual que la política de relativa tolerancia de entre 1983 y 1988 por parte del
gobierno del PSOE en España, son una muestra de cómo, al generarse la
expectativa de un cambio inminente de arriba abajo, de la mano del propio
estado, se produce una desmovilización de los sectores sociales que impulsaron
ese cambio y la situación se desequilibra, dado que los gobiernos nacionales,
una vez que cesa la presión social, suelen tener que ceder con relativa rapidez
a las presiones internacionales que, como hemos visto, surgen de un poderoso
aparato construido expresamente con ese fin.
Buscando
brechas en el muro: diez años de experiencias antiprohibicionistas en el estado
español.
La situación de salto atrás que se produjo cuando el gobierno de Felipe González
ratificó la Convención contra el Tráfico Ilícito de 1988, seguida apenas
cuatro años después por la aprobación de la Ley de Seguridad Ciudadana, tuvo
una decisiva influencia en el desarrollo del movimiento antiprohibicionista
hispano. Eso y la existencia en aquella época de un movimiento social basado en
la desobediencia civil que, gracias a lo novedoso de sus planteamientos y la
audacia de sus métodos de lucha logró éxitos sin precedentes: La objeción de
conciencia y la posterior insumisión al servicio militar obligatorio y a la
prestación social sustitutoria.
En realidad,
tampoco se puede hablar de la existencia de un movimiento antiprohibicionista
organizado en el estado español antes de esa época. Hay personalidades más o
menos antiprohibicionistas (pocas, a decir verdad), pero no existe ningún grupo
o asociación como tal hasta 1989, cuando nace en Navarra la Asociación por la
Legalización de las Drogas, a la que seguiría la plataforma por la legalización
Bizitzeko, con campo de actuación en la Comunidad Autónoma Vasca. En los dos años
siguientes verían la luz la catalana Asociación Ramón Santos de Estudios del
Cannabis (ARSEC) (primer grupo de usuarios/as de cannabis[9]),
y la “Propuesta alternativa en materia de política criminal sobre drogas”,
más conocida como Documento de Málaga.
De esta
forma, a principios de los años noventa, aparecen los tres elementos decisivos
que darán lugar a las primeras iniciativas prácticas antiprohibicionistas:
Grupos cuyo fin declarado es la legalización de las drogas, otros formados por
personas que se sienten directamente perjudicadas por la prohibición, y los
primeros planteamientos alternativos concretos y apoyados por expertos de
indudable prestigio. Este hecho, junto con la existencia de unos niveles de
consumo de drogas ilícitas –especialmente hachís- muy elevados y con la
relativa normalización que se da en ciertos lugares, al menos en los ambientes
juveniles, en casi todo lo relativo al uso de drogas, favorece que se vaya
creando un estado de opinión creciente a favor de la despenalización, sobre
todo de las entonces llamadas drogas blandas, es decir, el cannabis.
Este
movimiento, bastante difuso y desarticulado pero que crecerá de forma notable a
lo largo de los 90, presenta ciertas peculiaridades con respecto a los de otros
países, en especial en el terreno de la estrategia. En mi calidad de testigo
directo, además de participante en una parte, al menos, de ese movimiento, voy
a intentar resumir la historia de los últimos años de una serie de grupos y
colectivos bastante heterogéneos tanto en su composición como en sus
planteamientos, dotados en general de medios precarios e impacto social directo
más bien escaso, pero que han conseguido una serie de pequeños éxitos –de
consecuencias a veces no tan pequeñas- que, sin olvidar que son inseparables de
la coyuntura en la que se han producido y, por tanto, impensables en otros países,
pueden aportar elementos de reflexión interesantes a la hora de diseñar
estrategias y buscar caminos eficaces para comerle espacio a la prohibición en
todos los terrenos.
Tal vez a
causa del desencanto provocado por la etapa de gobierno socialista, que dejó
una legislación sobre drogas aún más dura que la que existía con
anterioridad, el movimiento antiprohibicionista del estado español no se ha
limitado a reivindicar y reclamar a las instituciones que cambien las leyes. Una
de sus preocupaciones desde el primer momento es encontrar fórmulas para poder
ejercitar en la práctica ciertos derechos sin necesidad de cambiar esas leyes,
intentando encontrar fisuras en las mismas. No es casualidad, pues, que la
primera experiencia práctica de este tipo, una campaña por la despenalización
de la autoproducción de cannabis, puesta en marcha por ARSEC en 1994, fuera
bautizada como “la brecha catalana”[10].
La iniciativa
de ARSEC consistió en la plantación de alrededor de doscientas plantas de
marihuana, destinadas al consumo de alrededor de 100 socios/as de la misma, en
un terreno del Baix Camp, en Tarragona. Previamente se había formulado una
consulta al fiscal especial anti-droga de Catalunya acerca de si el cultivo para
el consumo privado sería un delito, a lo que el fiscal respondió
negativamente.
Aunque no se
puede hablar de desobediencia en sentido estricto, dado que se partía de la
presunción de que la actividad que se iba a realizar era legal, aquella
iniciativa se dirigía claramente a intentar crear nuevos espacios de tolerancia
mediante el enfrentamiento con las leyes vigentes. En un contexto en el que se
dictaban (y se siguen dictando) en los tribunales penas de prisión por cultivar
unas cuantas plantas de cáñamo índico para el autoconsumo, la plantación de
ARSEC, notificada a la fiscalía y a algunos medios de comunicación, implicaba
un riesgo claro para sus autores y cuestionaba de manera práctica e ineludible
un precepto legal y una práctica prohibicionistas. En efecto, mientras que las
consignas y los manifiestos se pueden ignorar, las actuaciones como esta, de
legalidad dudosa y consecuencias penales inciertas, obligan a actuar a los
poderes del estado y pueden crear precedentes interesantes, al dejar al sistema
en posición difícil.
Tal vez la
plantación de marihuana de ARSEC hubiera llegado a ser la primera en
recolectarse de forma legal en el estado español en muchas décadas, pero la
intervención casual de la Guardia Civil (que desconocía la investigación que
ya se llevaba adelante) abortó el intento. Se inició allí un proceso judicial
que, tras la absolución en primera instancia, llevó el caso al Tribunal
Supremo, donde la causa se dilató varios años.
Durante ese
tiempo sucedieron bastantes cosas. Por una parte, creció rápidamente el número
de asociaciones antiprohibicionistas, casi todas ellas de carácter cannábico.
A ARSEC le siguieron, por citar solo las que alcanzaron mayor relieve, AMEC en
Madrid, SECA en Aragón, Kalamudia en Euskal Herria, ARSECA en Andalucía, Bena-Riamba
en Valencia, y un largo etcétera que hace difícil en estos momentos saber cuántos
grupos de este tipo existen en el estado español. Algunos de estos darían
lugar a la Coordinadora Estatal por la Normalización del Cannabis, que nació
inicialmente en 1996 pero tuvo varias etapas de inactividad y resurgimiento
hasta el 2001, en que dio sus últimos coletazos, al menos de momento. La
Coordinadora también defiende la legalización de otras drogas, aunque como
objetivo secundario. También han aparecido grupos, además de la mencionada
Bizitzeko, cuyo objetivo es la legalización de todas las drogas, entre los que
destaca ALA (Associació Lliure Antiprohibicionista), que ha organizado varias
manifestaciones y actos públicos diversos por la legalización[11].
En torno a este grupo acabaría formándose la Federación Ibérica
Antiprohibicionista. Tampoco hay que olvidar a grupos de carácter más académico
o profesional que se declaran antiprohibicionistas, como el catalán Grup Igia,
cuyos miembros han realizado importantes aportaciones en este terreno, así como
el hecho de que asociaciones profesionales, como Jueces para la Democracia o la
Asociación Progresista de Fiscales, hayan recogido este tipo de planteamientos
en sus objetivos.
Otro factor
decisivo fue la aparición de prensa antiprohibicionista de amplia distribución.
El nacimiento de Cáñamo, en 1997, revista dedicada a “la cultura del
cannabis”, marcó un punto de inflexión. Nacida de la iniciativa de un grupo
de socios de ARSEC, Cáñamo logró una tirada y difusión sin precedentes en
este tipo de publicaciones, encontrándose en todo tipo de quioscos y librerías,
y llegando a decenas de miles de lectores. Otros intentos, que no tuvieron
finalmente continuidad, fueron El Cogollo, High España y Mundo High. En estos
momentos hay otra revista en el mercado, Yerba, que parece haberse afianzado,
cuya temática y público son similares a los de Cáñamo, que ha venido a
ampliar aún más este fenómeno.
Plantas
contra leyes.
La aparición de este tipo de revistas y su gran difusión fueron muy
importantes a la hora de dar a conocer el nacimiento de nuevas asociaciones y de
difundir las primeras campañas de la Coordinadora Estatal. Esta decidió el 2
de marzo de 1997 poner en marcha la campaña “Contra la prohibición, me
planto”. En la misma se volvía a defender el derecho a la autoproducción y
se planteaba la realización de plantaciones colectivas de marihuana, de carácter
público y notorio, a fin de apoyar a los compañeros de ARSEC que se hallaban
pendientes de sentencia del Supremo. También se llamaba a las personas usuarias
de cannabis a “plantarse y plantar”, con el fin de hacer imposible la
aplicación de la ley.
La única
asociación que, finalmente, llevó adelante su plantación fue la vasca
Kalamudia. En la misma participaron casi doscientas personas y se plantaron
cientos de ejemplares, con asistencia de numerosos medios de comunicación,
incluidos los periódicos y televisiones más importantes. Esta gran difusión,
debida en gran parte a la implicación de numerosos periodistas –usuarios o
ex-usuarios de cannabis casi todos ellos- en la campaña, provocó una gran
repercusión y un cierto nivel de debate social en el que hubo muy pocas voces
condenatorias. Además, entre quienes participaban y daban la cara públicamente
había personalidades conocidas del mundo de la cultura (escritoras, actores,
cantantes, etc.), cargos públicos de varios partidos -incluida una
parlamentaria autonómica-, sindicalistas, profesoras universitarias, médicos,
etc., lo que daba a los hechos una especial trascendencia.
Todas las
personas participantes aportaron sus datos personales y firmaron una declaración
comprometiéndose a destinar las plantas a su consumo privado, que fueron
entregadas en el juzgado correspondiente. La presencia de personajes públicos
entre los posibles condenados hacía poco creíble la posibilidad de una condena
de cárcel, lo cual podría animar a otros muchos a imitar el ejemplo, y la
trascendencia pública del caso lo hacía especialmente incómodo. Finalmente,
las actuaciones judiciales se archivaron y la marihuana se recolectó sin
impedimentos, hecho que tuvo una gran trascendencia en los ambientes cannábicos
y antiprohibicionistas hispanos y europeos.
Pocos meses después, el Tribunal Supremo dictaba una condena de tinte
claramente político en el caso ARSEC. Condenaba a los directivos de la asociación
a cuatro meses de cárcel y a una multa de medio millón de pesetas. La pena de
prisión no debía cumplirse, pero se trataba de un serio aviso al movimiento
antiprohibicionista. Sin embargo, el año 2000, Kalamudia repetiría su plantación,
con amplia difusión pública de nuevo, sin que se produjera ningún tipo de
iniciativa judicial. Finalmente, en 2001 hubo una tercera plantación.
El conocimiento público de este tipo de campañas, así como la existencia de
una mayor cantidad y calidad de información sobre drogas, y en particular sobre
el cultivo de cannabis, ha llevado a la extensión de las pequeñas
plantaciones. A pesar de los precedentes recién expuestos, en el caso de las de
exterior, ubicadas en huertas, jardines y montes, la actividad sigue estando en
una cierta ambigüedad legal, con altibajos en lo que respecta a la tolerancia
por parte de jueces y fuerzas policiales[12].
Este riesgo no impide que estas huertas, que constituyen una forma de
desobediencia que podríamos llamar difusa, sean muy comunes en algunas zonas,
reduciendo sensiblemente el mercado ilícito, normalizando la percepción del
fenómeno del consumo y mejorando la calidad del producto que se consume.
Creando
una cultura legal de drogas.
Estos
mismos efectos también los está provocando el cultivo de interior, un fenómeno
que en estos momentos parece haber superado al de exterior, a pesar de su mayor
coste económico y energético. La razón fundamental para preferir el cultivo
de interior es su menor riesgo legal. Decenas de miles de consumidores de
cannabis españoles han encontrado en las técnicas de cultivo con luz
artificial una forma de burlar la prohibición y abastecerse de forma segura.
Para ello se amparan en el hecho de que la tenencia para el propio consumo no es
punible en un lugar privado como el domicilio.
Pero la
existencia de este resquicio en la ley no habría sido suficiente por sí sola
para explicar un fenómeno de estas dimensiones. La ley decía lo mismo hace
quince años y también existían entonces los bancos de semillas holandeses,
pero nadie habría imaginado algo así. La diferencia ha sido un conjunto de
factores que se nutren mutuamente. Las revistas e Internet mejoran el
conocimiento jurídico y botánico, además de divulgar la publicidad de las
nuevas técnicas y productos y de las tiendas donde se venden. Esto genera un
mercado que favorece la inversión y la investigación, creando un nuevo sector
económico en expansión[13].
Este sector dispone, por tanto, de recursos crecientes y de una mayor influencia
social. Por eso, el gobierno de Aznar parece estar fracasando de momento en su
intento de poner coto a este tipo de comercio, aunque los intereses subyacentes
–las farmacias también están implicadas en el contencioso- hacen difícil
anticipar el desenlace.
Otro frente
interesante que se ha abierto recientemente es el de la producción y dispensación
de cannabis en circuito cerrado. La Junta de Andalucía solicitó en 1999 un
informe al Instituto Andaluz Interuniversitario de Criminología, acerca de las
condiciones que debería reunir un local para poder dispensar en el mismo
cannabis sin contravenir las leyes. El informe, que realiza un exhaustivo repaso
a la legislación y la jurisprudencia sobre el tema, aún no ha sido publicado
oficialmente a finales de 2002, pero han circulado numerosas copias, en las que
se están basando algunas asociaciones de usuarios para intentar diseñar un
sistema jurídicamente viable de autoabastecimiento colectivo. Tal vez en breve
asistamos al nacimiento de las primeras Coffee House en el estado español,
y no olvidemos que este tipo de locales fueron la antesala a los actuales Coffee
Shop en Holanda.
El
apoyo de las revistas, en especial Cáñamo, fue también decisivo para la
difusión de la segunda campaña de la Coordinadora Estatal por la Normalización
del Cannabis: la denuncia de la Ley de Seguridad Ciudadana, en cuya aplicación
se imponen alrededor de cien mil multas anuales por tenencia o consumo en
lugares públicos, en la mayoría de casos por cannabis. Se recibieron cientos
de fotocopias de sanciones y recursos, con los que algunas asociaciones lograron
finalmente elaborar dossiers que se presentaron a los defensores del pueblo
autonómicos. También el Defensor del Pueblo estatal recibió a la Coordinadora
y recogió sus quejas. La dimensión de la tarea superó finalmente al colectivo
y esta campaña apenas dio frutos concretos.
Otra
actividad digna de mención, promovida desde las asociaciones cannábicas, ha
sido la organización de copas o concursos de marihuana. Concebidos en parte a
imagen de la conocida Cannabis Cup holandesa y en parte como encuentro cerrado
entre cultivadores y consumidores, se han basado en otra pirueta legal: El hecho
de que, según la jurisprudencia, el consumo compartido entre adictos no es un
delito. Los eventos han tenido lugar en recintos de carácter privado, como las
sedes de las propias asociaciones, casas okupas[14],
e incluso colegios mayores universitarios, impidiendo así la actuación
policial. De esta manera, en pocos años se han afianzado como eventos masivos
(varias copas han contado con la asistencia de miles de personas), favoreciendo
la emersión de una creciente cultura cannábica y permitiendo a muchos usuarios
y cultivadores salir del armario, algo muy importante en un colectivo que sufre
invisibilidad forzosa, marginación y persecución legal por su condición.
También han contribuido a ello las manifestaciones callejeras de corte clásico,
más nutridas cada año, que en algunos casos, como las marchas organizadas en
Madrid por AMEC, han llegado a congregar a varios miles de participantes.
Todo este
trabajo (que, en el caso de las asociaciones ha sido voluntario casi al 100%) ha
ido combinado, además, con otros dos frentes de actividad: El lobby político y
la coordinación internacional. El primer campo, el de la presión política, ha
sido más bien secundario, aunque el antiprohibicionismo se ha apuntado unos
cuantos tantos, con comparecencias y audiencias en diversos organismos,
incluidos varios parlamentos autonómicos y el propio Parlamento Español, ante
cuya Comisión Mixta sobre drogas compareció una representación de la
Coordinadora Estatal[15].
El terreno
internacional, en cambio, estuvo pronto en el punto de mira del activismo hispánico,
aunque la principal dificultad era, precisamente, la falta de un tejido
internacional fuerte, con un panorama asociativo más bien lastimoso en la mayoría
de los lugares de Europa y grandes dificultades para contactar con otras
regiones del planeta. En este sentido, el contacto con ENCOD, el Consejo Europeo
de ONGs sobre Drogas y Desarrollo, supuso un paso fundamental. A través de este
contacto, varios grupos del estado español tomaron parte en la creación de la
Coalición Internacional de ONGs por una Política de Drogas Justa y Eficaz, que
tuvo lugar en Turín a finales de 1997, así como en su posterior desarrollo,
incluyendo la participación en la Sesión Especial sobre Drogas de la ONU de
1998, lazos que se mantienen en la actualidad.
Finalmente,
merece la pena mencionar otra campaña, desarrollada por la asociación
Kalamudia, en torno a la adulteración de las sustancias ilícitas y la reducción
de riesgos, que se inició en 1999. Dada la preocupación existente entre sus
socios/as ante la baja calidad de las sustancias disponibles en el mercado
negro, la asociación se planteó la necesidad de poner en marcha servicios
preventivos de sustancias, similares a los existentes en otros lugares, con la
salvedad de que aquí se pretendía testar –y así se hizo- toda clase de
sustancias presentes en la escena festiva, algo que aún no se había puesto en
práctica en ningún otro lugar del mundo. Sin embargo, en lugar de solicitar su
puesta en marcha o presentar un proyecto en tal sentido a las instituciones,
Kalamudia decidió utilizar los testadores comerciales disponibles y otros
medios similares, como microscopios o testadores de punto de fusión, para
ofrecer este servicio al público durante las fiestas patronales de Bilbao, dándolo
a conocer a través de los medios de comunicación que, de hecho, le prestaron
una gran atención.
Durante seis
días, voluntarios de la asociación atendieron el stand ubicado en el local de
la propia asociación, al que acudieron decenas de personas, sin obstáculos
legales. Al año siguiente, el stand se ubicó en una carpa en pleno recinto
festivo, tanto en Vitoria-Gasteiz como en Bilbao, acudiendo a la misma cientos
de personas y testándose decenas de muestras, sobre todo de hachís. Muchas de
estas muestras fueron recogidas para un posible análisis posterior, que tuvo
lugar finalmente gracias a un acuerdo con el Gobierno Vasco. La actividad creó
un intenso debate social, sobre todo en Vitoria-Gasteiz, donde el Ayuntamiento
amenazó con enviar a la policía, alegando que un servicio de este tipo fomenta
el uso de drogas. Paradójicamente, como consecuencia de ese debate social,
algunos ayuntamientos se interesaron de inmediato por la posibilidad de ofrecer
servicios similares en sus fiestas, y en poco tiempo varios programas
preventivos en Euskadi incorporaban este tipo de actividad, hasta desembocar
finalmente en los primeros programas de testado financiados y coordinados desde
el Gobierno Vasco y los ayuntamientos.
Empujando
el tiesto sin sacar los pies.
En apenas diez años, la situación del cannabis, principal sustancia ilícita
consumida en el estado español, ha cambiado drásticamente y también lo ha
hecho, si bien en menor medida, la del resto de drogas ilícitas. Decenas de
asociaciones de usuarios/as, con miles de personas afiliadas, publicaciones periódicas
de gran tirada, un sector económico legal boyante, un gran número de
consumidores fuera de los circuitos del mercado negro, más y mejor información
disponible, y varias campañas exitosas, incluidas, en el caso del País Vasco,
las primeras cosechas legales de cannabis o los primeros programas de testado de
todo tipo de drogas, son la muestra de que, aunque no ha cambiado ninguna ley, y
aunque los gobernantes actuales son aún más prohibicionistas que sus
predecesores, se ha podido avanzar terreno y mejorar sensiblemente la situación,
incluida la calidad de vida de miles de personas.
A ello han
contribuido muchos factores, entre los que destaca, sin duda, el gran volumen de
personas consumidoras, ya que en estos momentos son mayoría los jóvenes del
estado español que han consumido cannabis, mientras que porcentajes superiores
al diez por ciento ha probado otras drogas ilícitas como cocaína o éxtasis
(Calafat et. al., 2000). Los porcentajes son aún mayores en el caso de la
juventud vasca, lo cual, unido a un mayor ambiente de tolerancia social hacia el
consumo, ha hecho que, de hecho, en algunos lugares de Euskal Herria el consumo
de algunas drogas esté normalizado hasta niveles que suelen provocar el asombro
de los visitantes extranjeros. Este aumento del consumo ha generado también, no
lo olvidemos, un mercado donde ciertos eslóganes antiprohibicionistas venden[16]
y en el que los mensajes críticos, inevitablemente, se banalizan.
Sin embargo,
basta comparar la situación con la de Francia, donde el consumo juvenil de
cannabis es aún mayor que en España y donde no sucede nada parecido, para
darse cuenta de que hay alguna diferencia más. La legislación española sobre
drogas, tradicionalmente menos
rigurosa que la francesa, para empezar, tiene bastante que ver. Ello ha
permitido que la carrera comience con unos metros de ventaja al sur de los
Pirineos. Pero, además, ha habido una serie de elementos en el movimiento y las
iniciativas antiprohibicionistas de este lado que parecen haber tenido una
incidencia clave.
No se trata
en absoluto de intentar ofrecer aquí ninguna receta estratégica milagrosa para
el movimiento de oposición a la guerra contra las drogas. Los logros del
activismo en el estado español han sido modestos, coyunturales y aún corren
serio peligro de retroceso. Gran parte del cambio se ha debido a factores ajenos
a las asociaciones y no son en absoluto mérito suyo. Por otro lado, las
condiciones de estabilidad institucional, garantías jurídicas y respeto a los
derechos humanos existentes en la España de comienzos del siglo XXI permiten
cierto tipo de actividades y métodos de protesta impensables hoy por hoy en
otros países. Además, conviene insistir de nuevo en que no se puede hablar de
un movimiento coherente y organizado, sino de una suma de fenómenos simultáneos,
a veces paralelos e incomunicados entre sí, que han coincidido en el tiempo y
han dado lugar a un cambio social perceptible.
Aún así,
existen una serie de elementos característicos en este movimiento difuso y en
el proceso activista que lo ha animado, algunos de los cuales no resultaron
evidentes en su momento ni siquiera para los mismos agentes activos del cambio,
que pueden ayudar a explicar la celeridad del mismo y ofrecer enseñanzas para
otros procesos similares. Entre ellos, se podrían destacar los siguientes:
• En ningún
momento se ha dejado de lado la tarea de seguir elaborando un discurso
antiprohibicionista coherente, cada vez más asentado en datos científicos y
rico en matices. Esto, junto con alianzas con expertos reconocidos en las
diversas materias relativas a las políticas de drogas, ha contribuido a dar
credibilidad al discurso.
• Los objetivos parecen haber estado bien elegidos y adaptados al entorno
social. Las campañas a favor del derecho al autocultivo basadas en plantaciones
públicas han tenido buen resultado, entre otras cosas, porque la demanda – el
derecho a cultivar- va implícita en la propia acción de protesta, el mensaje
es claro y no maximalista, y porque las demandas planteadas son coherentes, se
hallan en el límite de la legalidad, y suponen una transgresión moderada que
conlleva un nivel de riesgo asumible por un número amplio de personas.
• La presión
local parece ser más efectiva a corto plazo en un tema como este, tan
controlado en vertical, que la concentración de fuerzas ante instancias
estatales, como el parlamento o el gobierno central. Una de las aparentes
debilidades del movimiento, su dispersión, ha sido también una de sus
principales virtudes a la hora de adaptar las campañas a la realidad particular
de cada cual y hacerlas horizontales.
• La
desobediencia, tanto en su forma clásica de desobediencia civil como en la
difusa, ha sido un instrumento decisivo en la estrategia del movimiento. La idea
de que no pasa nada, siempre que el riesgo esté bien calculado, por saltarse
normas injustas de forma pública y notoria, que otros movimientos sociales han
contribuido a fortalecer, es especialmente adecuada en este caso, en el que
hablamos de normal claramente injustas y desproporcionadas que castigan algunos
de los denominados “delitos sin víctima”. Es especialmente interesante usar
todos los medios disponibles para dificultar la aplicación de la norma
represiva, como la participación de personajes públicos de prestigio, la
transparencia, la difusión pública de las actividades, etc.
• La que
podríamos llamar “desobediencia en positivo”, es decir, la puesta en marcha
iniciativas no claramente prohibidas, pero conflictivas, como es el caso de los
testados de sustancias, puede ser un instrumento muy útil a la hora de romper
tabúes y permitir la apertura de nuevos campos de actuación. Servicios que las
instituciones políticas, por miedo a los costes electorales, tardarían en
autorizar y no digamos en poner ellas mismas en marcha, pueden superar la fase
de pruebas si hay alguien lo bastante decidido para dar el primer empujón.
• Ha sido
fundamental la aparición de grupos de usuarios/as. En un contexto en el que la
imagen pública de los consumidores de drogas se construye a base de seres
generalmente marginales, castigados por la vida y con problemas graves de adicción,
la aparición de personas “normales”, que no reniegan de su condición de
consumidoras y reivindican sus derechos como tales, es fundamental para cambiar
la percepción del fenómeno y para conocer cuáles son las necesidades reales
del colectivo y sus prioridades, algo que también vale para el resto de
colectivos afectados por la guerra contra las drogas. Ningún ente
antiprohibicionista que actúe desde la óptica de experto ajeno al fenómeno,
por bienintencionado que sea, puede reemplazar el papel que juegan estas
asociaciones.
• Es tal el volumen de personas afectadas por las políticas prohibicionistas
que, si se les ofrecen medios de presión sencillos y accesibles, se puede
conseguir la participación de un número ingente de ellas, a pesar de que, como
estrategia para pasar desapercibido, la tendencia a la pasividad y la
invisibilidad se halla, por razones fácilmente comprensibles, especialmente
arraigada en este colectivo. La campaña de envío de postales de protesta al
Defensor del Pueblo y la recopilación de expedientes sancionadores por la Ley
de Seguridad Ciudadana, contó con la participación de decenas de miles de
personas, que no tuvieron reparo en la mayoría de los casos en adjuntar todos
sus datos personales.
• Resulta
especialmente útil la estrategia, puesta en marcha hace tiempo por otros
movimientos sociales, de aprovechar las más amplias libertades civiles de
algunos países para denunciar situaciones injustas en otros. Esto era algo prácticamente
desconocido en el antiprohibicionismo hasta que comenzaron a surgir las primeras
redes de coordinación internacional. Además, claro está, de lo enriquecedor
que resulta el contacto en sí.
• Ha sido
decisiva la existencia de iniciativas empresariales simultáneas a las
asociativas, como la aparición de las revistas o las tiendas. Aunque es
inevitable que estas iniciativas adulteren en cierta medida los mensajes
activistas, también aportan fuerza y recursos al movimiento y permiten avanzar
en lo concreto. En efecto, alguien tiene que poner en práctica en algún
momento lo que tanta gente reivindica, y la normalización conlleva precisamente
ese riesgo, el de que todo lo relativo a las drogas acabe en la normalidad, que
en muchas ocasiones da poco de sí en este mundo prodigioso del inicio de
milenio.
• Sin
embargo, también la existencia de limitaciones al movimiento económico en este
terreno podría tener efectos beneficiosos. El pequeño tamaño de los cultivos
de cannabis a los que obliga la presión legal en Holanda, ha creado un mercado
más horizontal, con más proporción de pequeños productores, más creación
de empleo y menos acumulación de capital, comparado con otras drogas lícitas e
ilícitas. De la misma manera, el hecho de que los requisitos legales en los que
se van a desarrollar muchos experimentos normalizadores en el estado español
impongan a los proyectos la
ausencia de lucro, también podría ayudar a crear paulatinamente, para ciertas
drogas, estructuras económicas cuya finalidad no tenga porqué ser el máximo
beneficio en el mínimo plazo. Conviene recordar, además, que las mafias solo
suelen copar aquellos sectores de la economía informal de estructura más
capitalista.
• Por último,
tampoco pasa nada porque no todo esté estrictamente regulado. Las tiendas tipo
Grow y Smart Shop del estado español, por ejemplo, han aparecido en un contexto
jurídico caótico, en medio incluso de una cierta alarma social en los primeros
momentos, y han comenzado a vender productos inéditos, a veces de propiedades
poco conocidas, sin que se hayan producido problemas dignos de reseñar. En la
mayoría de los casos, el criterio de prudencia ha llevado a una autorregulación
perfectamente funcional.
En
definitiva, la prohibición goza de buena salud en el estado español, igual que
en todo el mundo, pero eso no significa que las cosas no puedan cambiar. La
experiencia de los últimos años muestra que es posible poner en marcha
programas novedosos de reducción de riesgos y abrir nuevas vías legales para
la normalización, mediante la presión a escala local, permitiendo cambios
descentralizados, discretos y efectivos. Ello exige un fino análisis de las
estructuras de poder en materia de drogas en cada región, una estrategia clara
y realista para enfrentarse a las mismas, métodos de acción flexibles y
audaces y, sobre todo, mucha imaginación. El movimiento de oposición a la
barbarie prohibicionista se juega el tipo frente a una estructura de poder
compleja y bien defendida, dirigida por mentes lúcidas, armadas de información
ingente y un adecuado nivel de cinismo e hipocresía, pero cuya principal
debilidad es la de llevar demasiados años jugando en un tablero trucado y con
el árbitro comprado. Esa misma naturaleza vetusta, ese carácter mastodóntico,
es el talón de Aquiles de la prohibición de drogas, un muro ciclópeo cuyas
piedras tal vez nadie pueda derribar de momento, pero por cuyas grietas pueden
llegar a pasar muchos, a condición, eso sí, de que sean lo bastante flexibles.
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[1] Un análisis muy
interesante de la parálisis del debate en las Naciones Unidas se halla en
el documento Drogas: polarización y parálisis en la ONU. Superando el
impasse, publicado por el Transnational Institute (Amsterdam, julio de
2002).
[2] La Estrategia Nacional de Control de Drogas de los Estados
Unidos (1998-2007) propone comparar las drogas con el cáncer, un mal
interno que exige una lucha y vigilancia constante a largo plazo. En el
documento se plantea esta imagen como alternativa a la de “guerra a las
drogas”, que se considera engañosa, no porque la analogía bélica sea
inadecuada, sino porque “se espera que las guerras terminen” (ONDCP,
1998).
[3] En ocasiones se utilizan
imágenes de niños como recurso de apoyo a los discursos. Por ejemplo, los
paneles informativos que el PNUCID instaló en la sede de la ONU durante la
Sesión Especial sobre drogas de 1998 estaban repletos de fotos de niños
sucios y andrajosos, algunos fumando y otros esnifando pegamento. Las
carpetas, documentos, carteles y demás material gráfico que este organismo
envió a las instituciones y a la prensa de todo el mundo para presentar su
estrategia “Un mundo sin drogas, podemos conseguirlo”, incluían también
este tipo de imágenes.
En otras muchas ocasiones, se utiliza directamente a los niños en los
discursos y estrategias. El general Barry McCaffrey, máximo responsable de
la Oficina de Control de Drogas estadounidense (ONDCP), comienza su prólogo
a la Estrategia Nacional de Control de Drogas, lleno de referencias patrióticas
y sentimentales, hablando de los niños. Según él, impedir que los niños
“caigan en las drogas” es el primer objetivo de las políticas anti-droga
norteamericanas y la única manera de asegurar el futuro de la nación.
[4] El parecido con los antiguos autos de fe y la quema pública
de brujas resulta evidente en algunos casos, como el de China, cuyo gobierno
lleva a cabo ejecuciones rituales masivas de manera periódica, que se
suelen producir inmediatamente después de leída la sentencia, mediante un
tiro en la nuca. Solo durante abril de 2001, más de 500 personas fueron
ejecutadas, acusadas de diversos delitos, incluido el narcotráfico, en el
marco de la campaña “Golpear con fuerza” (Cáñamo, 44, pág. 21,
agosto 2001). Poco después, en junio, con motivo del Día Mundial contra el
Abuso de Drogas, otras sesenta y tres personas serían ejecutadas por
narcotráfico. Las ejecuciones suelen celebrarse en estadios deportivos, en
presencia de decenas de miles de personas, que en muchas ocasiones salen
después en comitiva por la ciudad tras las pancartas oficiales. Los reos
son conducidos al patíbulo en camiones, con carteles infamantes al cuello,
y grandes cantidades de droga son incineradas en lo más alto del estadio.
El material propagandístico que edita el gobierno chino (Chongde y Yuan,
1998) dedica un lugar destacado a este tipo de actos.
[5]
Esta cuestión se analizó en un anterior trabajo: Barriuso, Martín.
(1999). Las Naciones Unidas y la política internacional de control de
drogas: factores para una inercia prohibicionista. En: Drogas: Cambios
sociales y legales en el fin del milenio. Madrid, Dykinson Konprobatu,
mesedez.
[6] Barriuso, Martín. 1999. Los guardianes de la prohibición.
Quién es quién en la Junta Internacional de Fiscalización de
Estupefacientes. Cáñamo, 18, junio, pág. 8-9 y 20, agosto, pág. 8-9.
[7] De todas formas, algunas empresas farmacéuticas tomas
medidas, por si acaso. Así, la ahora fusionada Glaxo Wellcome mantiene un
concierto con el banco de semillas holandés Hortapharm, que posee la mejor
colección de semillas de cannabis del mundo, y a la que ha comprado
diversas patentes y licencias de plantas de marihuana.
[8] Thomas Szasz, el más destacado miembro de esta corriente,
defiende un mercado casi totalmente carente de reglas para las drogas. Le he
oído personalmente afirmar en público que su ideal sería “un mundo
donde todas las drogas se puedan vender o comprar como la Coca-Cola”.
[9] También aparecen en esa época grupos de usuarios/as de
otras sustancias, especialmente opiáceos, pero tienen un carácter
netamente distinto, puesto que es evidente que las condiciones de vida y los
problemas a los que se enfrentan los dos colectivos son muy diferentes. Gran
parte de los grupos de usuarios de opiáceos surgen en torno a iniciativas
de reducción de daños y tienden más a labores de autoapoyo, formación
entre pares, etc. Los grupos de consumidores de cannabis destacan frente a
los otros por tener, en general, planteamientos más abiertamente contrarios
a las políticas vigentes y una actitud más reivindicativa.
[10] Borrallo, Felipe. La
brecha catalana. Cáñamo: 1, pag. 66. Barcelona, abril 1997.
[11] ALA también ha promovido
campañas a favor de la autoproducción del opio, editando materiales
informativos acerca del cultivo de la planta.
[12] Por ejemplo, en 2002 la asociación AMEC de Madrid ha
realizado una campaña para denunciar el aumento de operativos policiales
contra las pequeñas plantaciones.
[13] Es difícil hacer una estimación del volumen económico que
mueve el sector del autocultivo de cannabis y de otras plantas, así como el
de la parafernalia, productos de cáñamo y complementos, pero baste decir
que actualmente existen más de doscientas tiendas de este tipo (las
llamadas Grow y Smart Shop) en toda España. Si sumamos
editoriales, distribuidoras, empresas fabricantes de accesorios, bancos de
semillas, etc. además del aumento de negocio que experimentan algunos
sectores tradicionales (habría que preguntarle a Philips cuántas lámparas
SonT Agro lleva vendidas a cuenta de la marihuana), no es arriesgado hablar
de miles de puestos de trabajo y decenas de millones de euros en un sector
que habría parecido inconcebible hace pocos años.
[14]
También en Italia se usa el carácter privado de este tipo de locales para
hacer frente a la represión. Ante la ofensiva del gobierno Berlusconi
contra la reducción de riesgos, el testado preventivo de sustancias solo se
realiza desde hace tiempo en unos cuantos Centros Sociales Autogestionados.
[15]
Se puede encontrar el texto completo de esta comparecencia, en la que
participamos Jaume Prats, Joan Ramón Laporte y yo mismo, en la página web
www.parlamento.es, en la sección del Diario de Sesiones / Comisiones Mixtas
/ para el Estudio del Problema de la Droga / sesión de 29 de mayo de 2001.
[16] Ahí está, por ejemplo,
la conocida canción “Legalización”, de Ska-P, entre otros muchos
ejemplos de productos de consumo cultural que han hecho suyo este mensaje.
Este hecho, por cierto, ha llevado a la fabricación desde el entorno del
Plan Nacional sobre Drogas de un concepto, la “cultura pro-cannabis” (Calafat,
A. et al., Estrategia y organización de la cultura pro-cannabis.
Adicciones, vol. 12, supl. 2. 2000) según el cual, el antiprohibicionismo
alienta el consumo de cannabis entre los jóvenes mediante este tipo de
mensajes, a fin de aumentar el negocio y los espacios de poder en torno a la
planta.
Martín Barriuso Alonso, en en el seminario internacional “Exploring Global Prohibition Regimes. The case of dangerous drugs”, organizado y celebrado en The International Institute for the Sociology of Law, de Oñati (Guipúzkoa), del 20 al 22 de junio de 2001.