DROGA LEGAL
El fracaso
de la política de represión de las drogas es de tal modo evidente, que en los
últimos tiempos se han multiplicado en todas partes los debates sobre otras
posibles soluciones. CAMBIO16, que lleva ya años comprometido con la posición
de que la represión no es el remedio, sino por el contrario la causa principal
de que exista un problema de drogas, prosigue ahora esa campaña presentando un
proyecto de Manifiesto por su legalización. Se trata de un texto del premio
Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, enviado por él a un debate
organizado por la Procuraduría mexicana, y que está siendo suscrito por
personas de la más variada condición: economistas, cantantes, escritores,
filósofos, profesores de Derecho, geógrafos, antropólogos, arquitectos. En el
mismo sentido, publicamos en esta revista un artículo del filósofo Fernando
Savater, y unas declaraciones del premio Nobel de Economía Milton Friedman,
así como la opinión, en una entrevista, del novelista Mario Vargas Llosa.
Gente muy heterogénea, como puede verse. Y es posiblemente
en los últimos 20 años la primera vez en que están de acuerdo sobre un mismo
tema Vargas Llosa y García Márquez, para no hablar de Friedman. Pero no sólo
ellos, sino además los geógrafos, los arquitectos, los cantantes, etc. ¿Qué
tienen en común todos ellos? Significativamente, tienen en común no lo que
son, sino lo que no son: no son narcotraficantes, ni banqueros, ni miembros de
ningún gobierno.
Es decir, no pertenecen a ninguna de las minorías que sacan
provecho directo de la prohibición de las drogas, en dinero o en poder. Y en
consecuencia tienen la capacidad de juzgar desinteresadamente el resultado de
décadas de prohibición, y de concluir que ésta no sólo no ha resuelto el
problema de las drogas, sino que además causa daños mucho mayores que los de
las drogas mismas, y que se suman a ellos. Y entre esos daños mayores hay que
contar, claro está, el provecho en dinero y en poder que le sacan a la
prohibición las tres minorías mencionadas: narcos, bancos y gobiernos.
El provecho de los narcos está claro. Sin la prohibición su
negocio no valdría casi nada; gracias a ella, es el mejor negocio del mundo. Y
también están claros los daños colectivos que se derivan de que los narcos
sean ricos y poderosos.
El interés de los bancos también está bastante claro. Las
drogas mueven anualmente billones de dólares, que se lavan a través de los
bancos: de todos los bancos. Que ese volumen de dinero pase por los bancos puede
ser malo o bueno: ésa es otra discusión; pero hasta los mismos gobiernos
preferirían sin duda que fuera dinero limpio (los banqueros tal vez no).
Pero si los motivos por los cuales narcos y banqueros son
amigos de la prohibición saltan a la vista, los de los gobiernos son menos
evidentes. Y sin embargo son los que importan, pues son los gobiernos quienes
mantienen la prohibición. Son menos evidentes porque los disfrazan detrás de
una retórica moralista como detrás de una cortina de humo, y es necesario
primero apartar la cortina y desmontar la retórica para ver cuáles son los
intereses reales, nunca explícitos: porque si siempre es útil para un gobierno
ser cínico, nunca es bueno parecerlo.
Los gobiernos —todos los gobiernos: el teocrático de
Irán, el comunista de China, el democrático de Estados Unidos y todas las
variedades intermedias— dicen prohibir las drogas por razones de moral y salud
pública. Porque las drogas son malas. Y llevan décadas propalando la doctrina
de que, como son malas, prohibirlas es bueno, sean cuales sean los resultados:
esos resultados catastróficos que vemos totalmente malsanos en el terreno de la
salud y resueltamente inmorales en el de la moral. En el primero, la
multiplicación de los adictos a las drogas, el crecimiento de las muertes por
sobredosis (droga adulterada) o por sida (transmisión entre adictos
marginados). En el segundo, la proliferación de pequeños delincuentes que
necesitan financiar su costosa adicción, la corrupción de jueces, policías,
ejércitos, países enteros.
Pero por detrás de lo que dicen, los intereses que tienen
los gobiernos en mantener la prohibición son tan claros como los de los narcos
o los de los banqueros. Y es natural: es que son los mismos: dinero y poder.
Dinero: indirectamente a través de los bancos; o
directamente, por el tráfico mismo, que brinda una manera cómoda de financiar
esas operaciones secretas y «sucias» a que tan aficionados son todos los
gobiernos: desde pagar con droga a informantes de la Policía hasta costear una
guerra prohibida por el Congreso, como hizo el presidente Bush en Nicaragua. Y
poder: poder sobre los propios ciudadanos —esas tremendas leyes antidroga que
brotan en todos los países—, y poder, para los países grandes, de
intervención «legítima» en los asuntos de los más débiles. También el
ejemplo más claro lo brindan Estados Unidos, principal campeón de la
represión de las drogas, que justificó con ella la invasión de Panamá.
Pues lo más inmoral de la prohibición es que sirve para
disfrazar la moralidad de los intereses de dinero y poder que ella misma genera.
Es el refinamiento final del concepto de «opio del pueblo». Resulta fascinante
que se haya llegado ahí: la prohibición del opio es hoy el verdadero opio del
pueblo. Y esa es la droga de la que la sociedad está por fin empezando a
despertar.
Antonio Caballero, en Cambio16, 29 de noviembre de 1993, págs. 66-67.