UNA LEGALIZACIÓN SIEMPRE POSPUESTA
La
legalización de la droga «blanda» es un tema que sigue causando polémica. El
autor responde en este artículo a las tesis publicadas por Larry Collins en
CAMBIO16 el pasado mes de mayo, en las que defendía su posición contraria a
esa medida y criticaba la actuación en este tema del Gobierno holandés.
Valoramos
y apreciamos el interés con que su revista sigue el debate sobre la legalización
de las drogas, y, en particular, la del cannabis.
Nosotros creemos que la publicación en dos números del artículo de Larry
Collins referente a la política holandesa sobre drogas es una aportación
importante al debate, en vista de lo poco que se habla aquí de la experiencia
liberalizadora del cannabis en los Países Bajos. Ahora bien, y como editores de
la única revista en española sobre la cultura del cannabis [Cáñamo],
nos creemos en la obligación de aclarar algunos puntos importantes respecto al
artículo en cuestión:
1. El autor, para atacar la
tolerancia holandesa respecto al cannabis, iniciada allí hace más de 20 años,
comienza su artículo con una tesis contundente y sin matices: «Las
consecuencias de esta política son las siguientes: multiplicación del consumo
de drogas y drogadicción, criminalidad y tráfico de drogas tanto en los Países
Bajos como en los vecinos; es decir, Francia, Inglaterra, Alemania y Bélgica».
Desgraciadamente, ni nos da dato alguno
comparativo con otros países que nos avalen su tesis ni nos indica cómo
establece una relación causal entre la venta libre de cannabis en los coffee-shops y los males que relata. De hecho, para suplir una
argumentación inexistente, Collins lo mezcla todo sin pudor: el cannabis, el
paro, la heroína, la delincuencia, las drogas sintéticas… limitándose a
crear una atmósfera en la que subyace la idea vaga de que todos los males
descritos tienen en la tolerancia hacia el cannabis su origen.
2. Larry Collins habla de entre
700.000 y 750.000 consumidores holandeses de cannabis, aunque admite que los
estudios más recientes cuantifican tan sólo unas 350.000 personas. Admitamos
esta horquilla de entre un 2,5 por ciento y un 5 por ciento de consumidores y
comparémosla con la de otros países. Citemos como ejemplo que los porcentajes
de usuarios e marihuana entre la población son, según los datos de 1994 del
National Institute on Drug Abuse, de un 8,5 por ciento en EEUU; de un 6,9 por
ciento en Francia, aseguran las cifras del International Narcotics Control
Strategy Report del Departamento de Estado de EEUU referentes a 1997; y de un
5,8 por ciento en España, si atendemos a la encuesta domiciliaria del Plan
Nacional sobre Drogas de 1996.
El hecho de que los porcentajes de uso sean
inversamente proporcionales a la represión que se ejerce en cada país es
significativo y nos hace pensar en la fuerza de atracción que tiene lo
prohibido. Además, debido a su política de separación de mercados, mantiene
uno de los niveles más bajos de consumidores de drogas duras de Europa, con un
1,4 por mil. Comparemos esta cifra con la del 3 por mil español, por ejemplo.
Estos datos, ignorados sistemáticamente por las autoridades antidroga,
demuestran, más allá de cualquier especulación teórica, lo absurdo de la
llamada «hipótesis de la escalada», según la cual el consumo de cannabis
lleva al consumo de drogas más duras y peligrosas.
3. Larry Collins nos obsequia
también con frivolidades de este calibre: «Si se aplica la misma política de
liberalización en Italia, dentro de 25 años el país tendrá cerca de un millón
de adictos a la heroína». ¿De verdad se cree el autor capaz de predecir el número
de usuarios de heroína, a 25 años vista, en un país diferente, y teniendo
como simple punto de partida una supuesta liberalización del cannabis, cuya
posesión, por cierto, ya está allí descriminalizada?
También adereza Collins sus opiniones con
aseveraciones imposibles o incomprensibles: «El consumo de marihuana por parte
de los jóvenes holandeses entre 18 y 25 años se disparó del 25 a más del 200
por ciento». ¿El 200 por ciento de los jóvenes consumen marihuana?
Espectacular, sin duda.
4. El autor abunda sobre los
efectos adversos del consumo de cannabis. Afortunadamente, hoy en dí esta
discusión va siendo superada. Sin negar los riesgos de cualquier abuso, todos
los grandes estudios publicados sobre el tema, en los últimos años, por la
Comisión Científica de la Cámara de los Lores en el Reino Unido, la Academia
Médica de EEUU, el Ministerio de Sanidad francés o el Gobierno holandés,
entre otros, relativizan dicho riesgo, situándolo siempre muy por debajo de los
peligros derivados del tabaco y del alcohol, drogas perfectamente legales. El
Gobierno holandés lo dejó muy claro en su último informe sobre la política
sobre drogas: «La toxicidad física del cannabis es reducida. No se dan casos
de muerte por sobredosis ni de dependencia física. Puede producirse dependencia
psíquica, pero no puede compararse según su frecuencia y grado con la
dependencia psíquica que va emparejada con el consumo de heroína, cocaína,
alcohol y nicotina. El uso de cannabis trae menos agresividad que el consumo de
alcohol. El uso de cannabis no constituye necesariamente un escalón hacia el
consumo de drogas duras (…) El total de hechos y circunstancias de consumo
conocidos actualmente da lugar a la conclusión de que los riesgos del consumo
de cannabis no se califican de por sí ya como ‘inaceptables’ a diferencia
de los riesgos que se refieren al consumo de drogas duras, como la heroína».
5. La utilidad de los coffee-shops,
pese a las presiones de sus vecinos europeos, nunca ha sido puesta en cuestión
por el Gobierno holandés, que en su último informe afirma: «Los coffee-shops
de confianza han demostrado que contribuyen a la protección de los consumidores
de drogas blandas contra el mundo de las drogas duras. Por consiguiente, la política
de tolerancia penal será continuada».
6. Por último, al oponerse a la
política de tolerancia holandesa respecto al cannabis, ¿qué está proponiendo
el autor?, ¿la criminalización de productores, vendedores y usuarios? Si es así,
sería bueno decirlo claro. La creencia de Collins de que el problema debe tener
un enfoque eminentemente policial queda patente cuando, tras quejarse de que
traficar con heroína sólo suponga en Holanda ocho años de cárcel, suspira
por las sentencias «a 20 años o a cadena perpetua» de Francia e Inglaterra.
Nosotros pensamos que criminalizar a
cultivadores y usuarios es absurdo y cruel, además de ineficaz. Excepción
hecha de un puñado de países entre los que se encuentra España, el consumo de
cannabis está considerado un delito penal, castigado con cárcel. Incluso en
España casi 20.000 personas son detenidas cada año por delitos relacionados
con el cannabis (en Estados Unidos hay 700.000 detenciones anuales); vender mil
pesetas de hachís a un colega es delito y hay fiscales que piden enas de prisión
para quien cultiva un par de plantas de marihuana en su jardín. Repetimos:
absurdo y cruel.
El modelo holandés es molesto para los
prohibicionistas porque nos muestra, más allá de suposiciones, cómo la
legalidad de la marihuana apenas incide en los índices de consumo, siendo de
hecho el porcentaje de usuarios de cannabis similar, o aún inferior, al de
muchos países con medidas más represoras. Sin embargo, ni siquiera Holanda,
pese a su meritorio ejemplo de normalización del cannabis, ha sido capaz de dar
el paso hacia su legalización real, limitándose, que no es poco, a ejercer una
política, declarada y puesta por escrito, de tolerancia hacia su venta,
tenencia y uso. Las presiones de Francia, Alemania y Estados Unidos han logrado
de momento que la legalización real del cannabis sea pospuesta, pero no han
conseguido que el Ejecutivo holandés, pese a algunas concesiones para
satisfacer a sus vecinos, abandone su política pragmática y, sin duda, más
respetuosa con las libertades individuales que la del resto de países
comunitarios.
Jordi Cebrián, en Cambio16, nº 1.446, 23 de agosto de 1999, pp. 54-55.