DESPENALIZACIÓN DE LAS DROGAS, UNA PROPUESTA
Del libro De los delitos y las penas, texto clásico de Derecho Penal,
escrito por el marqués de Beccaria en 1764, cabe extraer una enseñanza ética.
Esta es histórico-científica y encierra el siguiente mensaje dirigido al
legislador: si castigas con penas excesivamente graves no conseguirás disuadir
al hipotético delincuente. Además, en la actualidad se ha demostrado que si los
jueces sienten que una pena es desmesurada, emplean diversos mecanismos para
eludirla, bien considerando que los hechos no están probados, bien imponiendo
una pena inferior. ¿Qué consecuencias tiene ese mensaje? En 1988 se
endurecieron en España las penas para los delitos de tráfico de drogas,
regulándose diversas agravaciones; algunas de tales agravaciones pueden
alcanzar la nada despreciable pena de veintitrés años y cuatro meses de
cárcel y 225 millones de multa; por otra parte, la Ley de seguridad ciudadana
de 1992 considera infracción administrativa no sólo el consumo o el tráfico
de drogas en lugares públicos, sino además que otros toleren estas conductas.
De manera que todo el ciclo de la droga (producción, tráfico y consumo) está
prohibido. Cuando todavía se oyen voces a favor de agravar estas penas, uno se
pregunta cuál es el nuevo castigo que se propone: ¿la pena de muerte?, ¿la
cadena perpetua? Y todavía quiero formular otras preguntas: ¿acaso va a evitar
ese mayor rigor punitivo las ochocientas muertes que provoca anualmente en
España el tráfico y consumo de drogas?, ¿acaso va a evitar que existan
productores, traficantes y consumidores de drogas? Mi opinión es que no. Mi
opinión es que los que quieran seguir siendo productores, traficantes o
consumidores de drogas, lo van a seguir siendo por mucho que aumenten las penas
o sanciones para estas conductas.
Estados Unidos de América, enero de 1920. El diputado A. J.
Volstead introduce la decimoctava enmienda a la Constitución. El día 17 de
enero de 1920 nace la llamada «ley seca», que prohíbe la elaboración o el
tráfico de cualquier bebida embriagante. Las consecuencias de semejante norma
son sobradamente conocidas, porque todos las hemos contemplado en las películas
sobre el Chicago de los años veinte. La corrupción se enseñorea de todo. El
sindicato del crimen es omnipotente. De otro lado, al no ser el mercado del
alcohol ni ilegal ni transparente, surge el fenómeno de los gangsters para
controlar tan suculento pastel. Con el tiempo, el poder y la impunidad de la
banda dominante obliga a la apertura de nuevos mercados donde invertir los
excedentes (como la prostitución o las apuestas), o ampliar los objetivos de
actuación (como los atracos a bancos). Irónicamente, Eliot Ness y sus
«Intocables» lograron detener a Capone con la acusación de delito fiscal.
El paralelismo entre esos sucesos y los que recientemente han
ocurrido en España, y siguen ocurriendo, es revelador. Cambiemos alcohol por
drogas; Ley Seca por los artículos 344 y siguientes del Código Penal español;
corrupción política y policial por corrupción policial y política; muertes a
balazos por muertes derivadas del Sida, o de droga adulterada o con excesiva
pureza; cambiemos intoxicación debida al alcohol por toxicomanía y
drogodependencia; Al Capone o Johnny Torrio por Manuel Caharlín (alias «El
Patriarca») o Laureano Oubiña; cambiemos un Al capone que se considera a sí
mismo como un benefactor social y que no alcanza a comprender cómo la sociedad
finalmente se vuelve contra él, por un Laureano Oubiña que —en el juicio
«Nécora»— contesta con sorna e incluso chulería a las preguntas del
Fiscal, porque es consciente de que domina un imperio y que las pruebas contra
él son escasas.
Por curioso que parezca, algunas leyes penales son
criminógenas, es decir, que provocan más delitos que los que evitan. Cuando se
prohíbe bajo pena algo que es difícilmente controlable por los instintos
humanos, como es la necesidad que sienten algunos de evadirse mediante el
consumo de alcohol o de drogas, necesidad que está insertada en las raíces de
muchas culturas, la prohibición absoluta de estos productos o bien es ingenua,
o bien se impone de mala fe. Es posiblemente ingenua porque la comisión de los
delitos de traficar o consumir alcohol o drogas se va a seguir produciendo y
además con tendencia a crecer, ante el acicate añadido de entrar en la esfera
de lo oculto y clandestino. Pero posiblemente la prohibición absoluta también
obedezca a razones poco confesables, de carácter estrictamente económico; en
efecto, el producto prohibido genera colosales beneficios, y puede haber muchas
almas hipócritamente prohibicionistas, cuyos bolsillos se rellenan de esas
ganancias.
Otro hito histórico. Ginebra, 1939. La Sociedad de Naciones,
creada en 1919 por el Tratado de Versalles con el objetivo de mantener la paz
mundial, asiste muda e impotente a la invasión de Polonia por las tropas
alemanas guiadas por Hitler. Unos Estados enmudecen porque consiguen una buena
porción en el reparto de las tierras polacas, como la URSS. Otros Estados se
sienten impotentes. Todos callan y la Sociedad de Naciones languidece.
¿Qué lección podemos entresacar hoy de aquel silencio de
la Sociedad de naciones y de otros elocuentes silencios de la comunidad
internacional? Creo que alguna. Cuando se argumenta que la despenalización de
las drogas no se puede efectuar aisladamente por España, porque entonces sería
el paraíso de los toxicómanos, se dice sólo una verdad a medias. Es cierto
que existe el riesgo de que aumente la presencia de traficantes o consumidores
(ésta es la verdad). Pero también es cierto que se adopta firmemente la
política de la despenalización, lo coherente es proponerla y defenderla en los
foros internacionales. Y esto (aquí nos encontramos con el porcentaje de
mentira) no lo ha hecho el Estado español, sino que más bien se ha acobardado
ante la infundada crítica —procedente sobre todo de EEUU— que nos tildaba
de país liberalizador en materia de drogas; por si fuera poco, el Estado
español ha apoyado con todo su ímpetu los tratados internacionales que
abogaban por una mayor represión. Una de dos: o no se persigue la
despenalización de las drogas, y entonces la postura española es coherente; o
sí se persigue esa despenalización, y entonces no es coherente que en el marco
internacional no se promueva esa política.
Ante la inmovilidad de algunos Estados, que continúan
aferrados a la solución de la represión absoluta en materia de drogas, o ante
el silencio de otros que no intentan convencer de lo contrario a la comunidad
internacional, hay que reconocer la dura realidad de que el sistema de la
prohibición omnicomprensiva ha fracasado estrepitosamente. Y puesto que este
fracaso es evidente, ¿por qué no tener la valentía de declararse a favor de
la política de la despenalización?, ¿por qué, al menos, no probarlo? Más
aún: ¿por qué no intentar convencer a los restantes Estados de que tal
política no es una postura enloquecida y sin sentido, sino una razonable y
razonada en argumentos históricos? Aprendamos, pues, la lección de Ginebra en
1939 o de Panamá en 1989 y evitemos el silencio.
Conclusión. Es preciso probar un nuevo modelo que combine
una represión relativa, la mínima necesaria, y una liberalización
controlada de las drogas. Por represión relativa, entiendo el castigo penal
del fomento del consumo de drogas entre jóvenes discapacitados e individuos
sometidos a un proceso de deshabituación. Y por liberalización controlada
entiendo que la Administración se encargue de distribuir y suministrar drogas a
aquellos individuos que, libre y conscientemente, asuman los riesgos que se
derivan del consumo. Esta política es la que se corresponde con la imagen de
una sociedad democrática; efectivamente, en ella el Estado no debe tutelar a
sus ciudadanos hasta el punto de prohibirles lo que aquél considera que es
nocivo para la salud, sino que las personas son adultos socialmente hablando, es
decir, seres libres que optan por fumar o no, por ingerir o no, por drogarse o
no.
Los costes económicos, sociales y humanos de esta nueva
política despenalizadora serían menores que los que se derivan del actual
criterio de la total represión. En el sector de la producción de drogas
desaparecería la confrontación —tan hipócrita, tan de nuestros días—
entre países productores y países consumidores. En el sector de la
distribución, tendería a disminuir el número de mafias y grupos criminales
organizados. Y en el sector del consumo, igualmente se rebajarían las cifras de
muertes por sobredosis o por adulteración, y las de enfermedades vinculadas a
las drogas (Sida, hepatitis, etc.). Asimismo, es lógico pensar que la demanda
entraría en una curva decreciente, que comportaría una disminución de los
delitos contra la propiedad ejecutados para disponer de medios con los que
proveerse de droga, y que, consecuentemente, serían menos los reclusos
condenados por delitos patrimoniales o por tráfico de drogas.
Querría añadir una reflexión sobre el objeto de esta
liberalización controlada. Recientemente Carlos López Riaño ha propuesto
despenalizar el tráfico de hachís. No se corresponde con esa imagen de la
sociedad democrática que deja al arbitrio del individuo cuáles son las vías
de escape que desea adoptar, siempre claro está que no dañen a los demás. Si
con la propuesta de López Riaño las restantes drogas se mantienen incluidas
bajo la prohibición, seguirían produciéndose en gran medida los mismos
efectos que en la actualidad española o con la Ley seca. Que sea por tanto el
individuo consciente y maduro el que decida si quiere consumir droga, pero
siempre bajo el control de la Administración.
Antonio Cuerda, en El Mundo, 21 de noviembre de 1994, págs. 4-5.