LA DESPENALIZACIÓN, EN LA DIRECCIÓN CORRECTA
Si bien es fácil ponerse de acuerdo en que la problemática del tráfico y
consumo de drogas se ha convertido en uno de los problemas más importantes de
nuestra sociedad, no existe consenso respecto a cuáles son los instrumentos
más adecuados para resolverlo. La alternativa que se ha escogido desde hace dos
décadas, y que se ha acentuado notablemente en los últimos 10 años, se basa
en el continuado incremento de la criminalización de estos comportamientos,
cada vez más intensa y abarcadora de más conductas. Los esfuerzos simultáneos
realizados en el ámbito de la rehabilitación y, en menor medida, de la
prevención, no pueden ocultar la realidad de que es esta aproximación
fundamentalmente represiva la que marca la pauta.
Sin embargo, hace ya algún tiempo que ha devenido evidente
el fracaso de esa política represiva. Ante todo, porque no ha logrado las metas
perseguidas: el porcentaje de droga interceptado es mínimo respecto al que se
pone a disposición de los consumidores. Por otro lado, la demanda por parte de
éstos no cesa de crecer, por más que acomodada a las diversas modas que
también surgen en este ámbito. A su vez, la opción por la represión ha
desencadenado unos efectos colaterales, no queridos, cuya nocividad social
sobrepasa con creces los beneficios, no logrados, que persigue la política
criminalizadora. Baste citar algunos:
La conversión de las drogas en productos muy caros,
consecuencia directa de su ilegalidad, ha dado lugar a la aparición de
poderosas organizaciones de traficantes con un poder económico sin parangón en
toda la historia de la criminalidad; ello permite a sus niveles medios y altos
no sólo eludir fácilmente la persecución penal, sino igualmente corromper
instituciones esenciales de las democracias, desde los órganos de persecución
penal hasta las más altas instancias representativas, por no citar las
instituciones financieras.
El elevado precio ha hecho caer en la delincuencia o la
marginación social a una buena parte de los consumidores carentes de los medios
económicos necesarios para adquirir las drogas: ello ha tenido inmediatos
efectos sobre la población en general, que es la que sufre el inusitado aumento
de la criminalidad económica.
A su vez, el Estado de derecho está siendo profundamente
conmovido: la acentuación de la vía represiva no se detiene ante los
principios garantistas del Derecho Penal, habiéndose creado dentro del Código
Penal un "segundo código" que recoge las figuras relativas al
tráfico de drogas en el que, con una detestable técnica jurídica, no se
respetan principios constitucionales como el de seguridad jurídica o
proporcionalidad de las penas.
El sistema judicial penal y la Administración penitenciaria
están desbordados: se calcula que entre un 70% y un 80% de toda la actividad
judicial penal tiene relación con la criminalidad vinculada a las drogas, y
porcentajes semejantes se encuentran entre la población reclusa, la más alta
de nuestra historia reciente. El reforzamiento de las mafias carcelarias
conectadas al suministro de drogas a los internos, y la imposibilidad de cumplir
el mandato constitucional de resocialización en unas cárceles atestadas son
otras de las consecuencias.
Todo ello se produce en un contexto de protección de la
salud profundamente distorsionado: es la prohibición la que, al impedir un
debido control de su producción y venta, convierte a las drogas en productos de
escasa calidad o de una calidad imposible de conocer por el consumidor, lo que
es el origen de la mayor parte de las complicaciones sanitarias, empezando por
las mal llamadas muertes por sobredosis. La prohibición tiene efectos
perversos sobre los esfuerzos preventivos: fomenta la integración del consumo
de drogas entre las pautas propias de la conducta rebelde, con la consiguiente
atracción sobre la juventud. Y permite eludir las responsabilidades del tejido
social sobre el propio fenómeno, dejándolo todo en manos de los órganos
represivos.
En estas condiciones, es hora de optar por otras alternativas
que se concentren en la prevención, a partir de dos ideas fundamentales: que ni
ha habido ni habrá una sociedad sin drogas, de modo que hay que concentrarse en
capacitar a los ciudadanos para discriminar entre el uso y el abuso de cada
droga. Que es insostenible un modelo de sociedad que pretenda proteger la salud
de sus ciudadanos adultos en contra de su propia voluntad; a la larga, éso
sólo conduce a sociedades autoritarias apoyadas por ciudadanos incapaces de
decidir por sí mismos y manipulados por el poder político.
Tales alternativas, favorables a una despenalización
controlada de todo tipo de drogas, existen y se están extendiendo
progresivamente por Europa y Estados Unidos. En España, la elaborada por el
Grupo de Estudios de Política Criminal propone la integración de las drogas
ilegales duras, con algunas salvedades, en el régimen legal propio de los
medicamentos, y reserva el Derecho Penal exclusivamente para las violaciones
más graves de ese régimen y la debida protección de menores o discapacitados
psíquicos.
Por otra parte, la despenalización del tráfico de derivados
del cannabis es especialmente evidente. A los argumentos anteriores hay que
añadir el de que nunca se ha logrado probar que cause un daño a la salud igual
o superior al tabaco, y está a una gran distancia de la droga dura
característica de nuestra sociedad, el alcohol. Nada puede justificar el que su
producción y venta deba estar sometida a mayores controles que los aplicables a
estas otras drogas. Su deseable despenalización sería un paso en la dirección
correcta, pero si sólo se queda allí, sin extenderse tarde o temprano a las
restantes drogas, no se eliminará la dinámica perversa en la que hemos entrado
desde hace dos décadas.
José Luis Díez Ripollés, en El País, 3 de noviembre de 1994, pág. 15.