LAS DROGAS ALIADAS
Sé que, en general, estáis en contra; que os hiere que se generalice en
este tema más que en otros, y por eso acentuáis vuestra repulsa; que lo que
veis y oís os parece una dolorosa evidencia. Y, sin embargo, es necesario
puntualizar, necesario informarse y reflexionar antes de volver la espalda al
tema; y necesario, sobre todo, comprender. La droga es tan antigua como el
hombre; no se trata de un fenómeno de hoy, por mucho que así os lo quieran
hacer creer. Las vinculaciones empáticas que algunas provocan, o la evasión
que propician otras, o la intensidad vital que todas prometen, han sido desde
siempre ansiadas por los seres humanos. Los sabios griegos las consideraban
oportunas o inoportunas según los casos, los usuarios y las circunstancias.
Todas las culturas las han empleado en una dirección beneficiosa. ¿Qué es,
por tanto, lo que hay de nuevo ahora?
El problema no está en las sustancias psocotrópicas, sino
en su relación con la cultura ambiente. Nada hay demoníaco en la composición
química de las drogas. Un altísimo número de consumidores no son andrajosos
delincuentes ni marginados, sino personas integradas en el aparato productivo y,
de acuerdo con las normas, respetables. En los EEUU, impulsores de la
prohibición en una Europa que no se planteaba con la droga una cuestión
básica, se dan cifras muy expresivas: al alcohol se atribuyen de 80 a 100.000
muertes anuales (como factor, influye en otras 100.000 más), y cerca de 300.000
se atribuyen a efectos del tabaco, mientras que sólo 3.572 personas mueren al
año por causas imputables a todas las drogas ilegales juntas. ¿A quién
se le ocurriría calificar de drogadictos a los indígenas suramericanos que
mastican las hojas de coca mezcladas con cal? Y los Estados que tanto se oponen
a la droga que mata, si existiera alguna de diseño que nos transformase
en dóciles y fructíferos ciudadanos, ¿vacilarían un segundo en dárnosla a
paladas?
Lo nuevo hoy es la compulsión en su consumo, la adicción a
ella, y no su empleo. Una personalidad bien formada mantendrá la droga a su
servicio, y nunca se pondrá al servicio de ella. ¿Que se corre un riesgo? Hay
muchas cosas arriesgadas; siempre nos da más de vivir lo que nos mata: el
tiempo, sobre todo, y el amor, y la vida con sus vibrantes atributos y sus
vericuetos sorprendentes. Hay muchas cosas de las que nos colgamos: desde la
música hasta el trabajo, desde la religión hasta el deporte. Hay muchas cosas
asesinas: desde las guerras hasta los pecados contra la naturaleza, es decir,
contra esa cadena, la rotura de cuyos eslabones ignoramos dónde nos llevará
dentro del desequilibrio ecológico.
Se dice que los drogadictos son antisociales. Y yo también
lo soy. Es esta sociedad la que nos hace antisociales, no la droga. Es esta
sociedad la que crea drogadictos, a través de actuaciones pésimas que nos
ignoran y nos timan: el paro, el consumismo ofrecido sin discriminación, las
explotaciones del hombre como objeto, la competitividad, el espejuelo de ser
el mejor, el desamor que contamina las ciudades... Tales son las verdaderas
causas de las drogadicciones: la búsqueda de lo que nos ponga una venda de paz,
aunque sea ficticia, ante los ojos: la búsqueda de lo que nos fortifique para
trabajar más, para divertirnos más, para resistir más, para rendir más en lo
privado o en lo público.
Nadie puede obligar a nadie a tomar drogas, o a abortar, o a
divorciarse; pero la droga, el divorcio y el aborto son hechos que están ahí,
susceptibles de emplearse favorablemente. Los efectos más inmediatos de la
tesis prohibicionista están muy claros: las enormes ganancias de los
narcotraficantes (que hasta intervienen con su dinero en la cruzada que
tanto les aprovecha); el creciente incentivo de lo vedado, que se transforma a
veces en reacción contra quien veda, o un gesto de madurez, o en un intento de
irresponsabilizarse; el aumento de las muertes por productos adulterados (no
más del 10% de una dosis es heroína, y lo mismo sucede con la coca); la
estimulación de los racismos, que simplifican las persecuciones y encarnizan
los odios.
De ahí, y de que la represión no haya conducido a nada
positivo sino al contrario, que se empiece a considerar la despenalización del
consumo, la legalización, o —lo que sería más exacto— una liberalización
bien planteada. Es decir, recuperar su uso como consecuencia de la libertad
personal, que actúa ética o estéticamente, o que persigue un alivio a la
crudeza de las relaciones humanas más deterioradas cada día. No embistamos
contra los efectos, sino contra las causas. Respétese al ser humano y se
disminuirá el extremo recurso de la droga; procúrese la realización de los
ideales del individuo, y en la misma medida decrecerá el abuso de las
sustancias consoladoras. Nuestro modelo de desarrollo ha fracasado; por eso los
Estados se esfuerzan en penalizar lo que palia tan terrible sensación de
hundimiento. Si se penase por igual a todos los disidentes y los heterodoxos, se
abriría una senda al autoritarismo, a la invasión de la intimidad, a la
extorsión de nuestra dignidad última. Y acabaríamos ahogándonos todos en una
especie de sobredosis legal. Aquí, como en todo, es al individuo al que
le corresponde la elección. Aquí, como en todo, son los Estados los que nos
confunden.
Antonio Gala, en El País Semanal, 15 de enero de 1995, pág. 90.