APOLOGÍA DE LAS DROGAS
Hay razones más que suficientes para drogarse, y quien quiera
estar drogado puede dejar de atormentarse, porque lo que hace no sólo no está mal, sino que está bien. El drogadicto es
inocente. La droga no es mala. La droga es mala, sólo si la
calidad de la misma es mala; si la droga es de buena calidad,
entonces la droga es buena. Porque la droga cualquiera que
ésta sea es una sustancia que no tiene valores propios. No
es ni guapa ni fea, ni simpática o antipática, ni tonta o
inteligente. La droga es mucha o poca, dura o blanda, cara o
barata... Ni más, ni menos.
Hay un tipo de droga para la evasión, otra para la invasión,
otra para la diversión, otra para la creación y otra para la
destrucción. Quien quiera evadirse, multiplicarse, divertirse o
matarse, sólo deberá recurrir a la droga más indicada para
cada caso. Como se ha hecho siempre, desde la Edad de Piedra
hasta este preciso instante.
Puestos a imaginar, la droga del futuro, la droga perfecta,
sería aquélla que fuese la más potente, además de la más
inofensiva. Pero los científicos están demasiado ocupados
desarrollando algo que sustituya a la metadona, la cual sustituye
a la heroína, que sustituye a la morfina y que, a su vez,
sustituye al opio.
Millones de personas en todo el mundo se divierten con
estupefacientes, pero no porque no sepan divertirse sin ellos,
sino porque el tipo exacto de diversión que persiguen sólo se
la proporciona la droga. Diversión del viaje, de la
hiper-velocidad, del mareo, del vómito, de la ensoñación, del
baile, de la ataraxia, de la anulación, del tiempo perdido, de
la risa compulsiva, del sexo drogado...
Los jóvenes adoran las drogas. Esa gran desgracia que es ser
joven se suaviza en gran medida gracias al hachís o la
marihuana, las anfetaminas, la cocaína, el L.S.D., la mescalina,
el éxtasis, la heroína, etcétera... Los jóvenes y las drogas
han nacido los unos para los otros; están condenados a
entenderse, aunque sea a palos.
El que el consumo de drogas esté prohibido es una cuestión
que no merece mayor consideración, porque a los jóvenes les da
igual que éstas sean o no legales, ya que hay una edad en la que
uno no decide sus actos en función de la conveniencia o las
consecuencias que éstos puedan tener. Cualquier movimiento se
articula únicamente en relación al deseo: como por ejemplo el
deseo de tomar drogas, sólo equiparable en intensidad al deseo
sexual. Es el ser humano el único animal que descuida el
instinto de supervivencia, y de este descuido es de donde nace el
deseo.
El verdadero problema es básicamente económico. Porque la
gente joven, salvo excepciones, no tiene dinero. Así que
proponemos dos soluciones: una es que se les dé a los jóvenes
el dinero suficiente para que compren drogas; la segunda y
más interesante es que las drogas, todas ellas... sean
gratis.
Drogas a disposición de todo aquél que lo desee, sin
distinción de razas, edad, sexo o clase social. Cualquier droga,
en cualquier cantidad, en cualquier momento, en cualquier
lugar... Porque el caso es que éstas, o bien son destruidas
sistemáticamente, o bien están en poder de mafias del
narcotráfico. Habría que rescatarlas de esos poderes oscuros y
monopolizadores que disponen de ellas en beneficio propio.
Democratizarlas, no demonizarlas.
Y es que estigmatizar las drogas sólo sirve para hacerlas
más atractivas a ojos del sector de población que no circula
por los caminos trillados que nos aseguran desde que nacemos que
son «los únicos caminos transitables». Desde luego, no sólo
no son los únicos caminos posibles, sino que precisamente son
aquéllos que conducen a los lugares a los que bajo ninguna
circunstancia queremos llegar.
Toda la manipulación de la información sobre drogas tiene
como único son el desinformar a la población acerca de algo que
sin duda amenaza los pilares sobre los que se asienta esta
sociedad: el sentido común, la responsabilidad, el trabajo, la
familia, la autoridad, la obediencia... Drogándonos, decidimos
actuar individualmente, aunque sea de una manera radical,
absurda, irresponsable, fatal o desquiciada. Y hablando como lo
estamos haciendo, desinformamos a los desinformados. Quién sabe
si no será la confusión el único lenguaje con el que podremos
comunicarnos de ahora en adelante...
El problema de las drogas al menos en sus términos
actuales, es decir, oficiales no existe como tal. Es un
invento mediático, como muchos otros: pura propaganda populista.
Los amigos muertos, los adictos en fase terminal, las familias
destrozadas, los cuerpos demacrados, los trabajos perdidos y las
fortunas esquilmadas, no justifican a pesar de su extremo
dramatismo esta paranoia universal e inquisitorial. El
problema de las drogas es en realidad el problema de la sociedad;
algo más bien relacionado con la educación, la mala
educación... la absoluta ausencia de educación sobre los temas
importantes que realmente atañen al individuo. Y en medio de
toda esta farsa filantrópica, aparentemente piadosa
dirigida por profesionales del espectáculo disfrazados de
educadores, guardianes de la moral..., las drogas destacan
como máximo ejemplo de información contaminada, sesgada,
malintencionada.
Cuando éstas deberían formar parte del proyecto educativo
contemporáneo; convertirse en una especie de asignatura optativa
sin exámenes. Entretanto, el drogadicto es alguien que se
auto-educa, un auto-didacta: y una de las primeras cosas que
aprende es a llevar la contraria.
Entre tanto tira y afloja, los prohibicionistas sugieren el
deporte como alternativa a las drogas, y más exactamente el
deporte de competición. Hay un interés en que lleguemos a la
meta y, a ser posible, los primeros. Por supuesto, el típico
heroinómano que ha ralentizado voluntariamente sus movimientos,
y que se puede quedar dos o tres interminables horas muy a gusto
contemplando el suelo que pisa un charco de barro plagado
de jeringuillas y restos de papel de plata, en la imaginería
popular, es el perfecto antagonista de esos chicos
bronceados, robustos y sonrientes, que hacen flexiones en la
televisión o que recorren cien kilómetros en una bicicleta. Y
esto para ganar alguna de esas ridículas medallas que no sirven
absolutamente para nada.
En relación a las drogas lo obvio desaparece, el sentido
común se desintegra y lo razonable brilla por su ausencia. Los
unos y los otros actúan visceralmente, a ciegas. Algo tan
sencillo y legítimo como el que todas ellas sean legalizadas y
distribuidas libremente se considera la mayor de las aberraciones
contemporáneas. Es un tema del que aquéllos que tienen en sus
manos el poder de cambiar el estado de las cosas prefieren no
hablar. Políticamente no negociable...
Cuando el caso es que cada drogadicto es un mundo y, por lo
tanto, cualquier posible solución exige el que se tome en cuenta
esta premisa fundamental: los derechos naturales de los
individuos, pervertidos y pisoteados por una opinión pública
fundamentalista, convencida de estar en posesión de la verdad, y
dirigida por cuatro o cinco impresentables es un decir, en
realidad son muchos más obsesionados con imponer el
aburrimiento de vivir como norma general.
A partir de este panorama tan desolador sólo cabe actuar
racionalmente. Los prohibicionistas y los narcotraficantes no van
a cambiar su manera de pensar. Ha de ser entonces el drogadicto
el que cambie la suya, para, por lo menos, no seguir pensando
todos lo mismo. Ante la epidemia global de unanimidad que
caracteriza el estado de las cosas, en lo que a drogas se
refiere, ha de mantener viva la polémica aunque, eso sí,
teniendo buen cuidado de evitar el linchamiento.
Porque hay razones más que suficientes para drogarse. ¡Y que
cada uno haga con su cuerpo y con su mente y con su vida y con su
tiempo lo que quiera! A no ser que no seamos dueños de nuestro
cuerpo, ni de nuestra mente, ni de nuestra vida, ni de nuestro
tiempo...
Pero, de ser así, ésa sería precisamente la mejor de las
razones para estar drogado: veinticuatro horas al día,
trescientos sesenta y cinco días al año.
Juan Gallego, en Neo2, junio-agosto de 2000, págs. 112-113.