CONTRA
LA LOCURA PROHIBICIONISTA
Mejores políticas de drogas reducirán los delitos con armas de fuego
Reconozcamos la realidad y comencemos a vender la droga en establecimientos
autorizados
En las últimas semanas los medios de comunicación han informado sobre una serie de delitos con armas
de fuego y, con toda seguridad, tendremos la inmediata respuesta del Gobierno
prometiendo incrementar las penas por posesión ilícita de armas. Cuando
nuestras prisiones están llenas a reventar, aplicamos medidas efectistas, que
pueden parecer adecuadas a corto plazo, pero a que medio plazo serán
probablemente inútiles e incluso contraproducentes. Además, se anuncia que el
Primer Ministro va a tomar personalmente el control de una nueva cruzada contra
las armas de fuego. Se investigará a los ciudadanos jamaicanos que viajen al
Reino Unido y serán deportados inmediatamente los solicitantes de asilo en
posesión ilegal de este tipo de armas.
En primer lugar, pongamos todo esto en su contexto: un
portavoz de la Policía Metropolitana ha declarado que los crímenes con armas
de fuego sólo representan el 0,003% de los delitos a los que tienen que hacer
frente. Sí, parece que este tipo de delitos con armas tienden al alza, pero
partiendo de niveles previos muy bajos. No es momento para el pánico. También
debemos recordar que la mayor parte de los delitos con armas están relacionados
con el tráfico de drogas, fundamentalmente controlado por mafias extranjeras,
para quienes las armas resultan algo completamente habitual en sus negocios. Los
traficantes de drogas llevan ya un tiempo disparándose unos a otros, sin que
los medios de comunicación o el Home Office se hayan interesado por ellos.
Hay que reconocer que se han producido cambios en las
mafias que controlan este mercado. Parece que en la actualidad hay un cierto número
de kosovares operando en el Reino Unido. Esto, sin embargo, probablemente tenga
más que ver con las acciones militares del Reino Unido y EE.UU en Kosovo (donde
la derrota de los serbios ha facilitado el tránsito de drogas por los
Balcanes), y en Afganistán (donde la derrota de los talibán ha supuesto el
retorno a la producción de heroína a gran escala) que con la política penal
británica en materia de posesión de armas de fuego. El incremento en el número
de delitos con armas es consecuencia del grado en que estamos permitiendo que el
crimen organizado infecte nuestra sociedad: un negocio, el del crimen
organizado, avivado por nuestras obcecadas leyes en materia de drogas.
En la película Some like it hot ("Con Faldas y a
lo loco") aparece una escena en la que una banda de gángsters de Chicago
es abatida a tiros por una banda rival. Se trata de una comedia, que describe en
clave de humor el absurdo de los años de la Ley Seca en EE.UU., cuando el
alcohol fue ilegalizado. Desde luego, la prohibición no consiguió que se
dejara de beber, se limitó a llevar el alcohol a la clandestinidad. El bar fue
sustituido por el tugurio clandestino. El camarero fue sustituido por el gángster.
Se impuso a la sociedad un nuevo elemento criminal que no sólo corrompió el
negocio de las bebidas, sino que añadió además intimidación, violencia y
corrupción a actividades hasta entonces limpias, a través, por ejemplo, del
negocio de los chantajes a cambio de protección. Ahora nos reímos con las películas
que retratan aquella época, mientras ignoramos que la misma situación existe y
crece en nuestra propia sociedad.
Las drogas en este país son casi más fáciles de
conseguir que el alcohol: la oferta de esas sustancias no está limitada por
regulaciones como las que limitan la venta de bebidas alcohólicas; un número
importante de personas, sobre todo adolescentes y jóvenes, fuman marihuana y
muchos consumen también éxtasis y cocaína. No son delincuentes; son personas
que usted conoce. Es gente que perfectamente podría estar sentada junto a usted
en el trabajo, o viviendo en su casa. Y se les está obligando a un contacto
casi diario con el crimen organizado. ¿No es una situación delirante?
Deberíamos encontrar algo de sentido común en el nº
10 [de Downing Street, residencia del primer ministro] y en el Home Office y
empezar a pensar cómo legalizar las drogas y cómo despenalizar nuestra
sociedad. Reconozcamos la realidad y empecemos por reducir la cantidad de presos
que están saturando las prisiones. Empecemos a distribuir las drogas a través
de establecimientos autorizados y debidamente regulados, donde, a diferencia de
los traficantes callejeros de hoy, la posibilidad de tener que vérselas con
alguien que empuña una pistola sea virtualmente igual a cero. Admitamos que lo
estamos haciendo mal, dirigiendo nuestros miedos y prejuicios contra ciertas
drogas para cumplir unas políticas obcecadas que tienen efectos sociales
nefastos.
Cuando estaba en el Gobierno visité Jamaica para
conocer el daño que el tráfico de cocaína está haciendo a aquel país. Se
trata de una escala entre Colombia, donde se produce la cocaína, y el Reino
Unido y EE.UU., donde se consume. Jamaica es un país pobre, con una economía
precaria; los jamaicanos son fácilmente explotados por los capos de la droga,
que a menudo pagan por los servicios de ‘mulas’ y traficantes con la propia
droga, lo que arruina aún más sus desgraciadas condiciones de vida y la
situación de la sociedad en la que viven. Jamaica, como muchos otros países
hoy día, es víctima de nuestras leyes.
El negocio de la droga prospera gracias a la demanda
del mundo desarrollado, una demanda que hemos renunciado a controlar
adecuadamente a través de la legalización. Esto nos ha llevado a una situación
de descontrol y corrupción creciente en nuestros países, pero también a
perjudicar a países inocentes como Jamaica. Ese es el crimen que debería
centrar nuestra atención.
Mo Mowlam, en The Guardian, 9 de enero 2003, traducido por Drogomedia y difundido por Cannabis Café.