En 1922 toda la prensa de Barcelona se mostraba alarmada
y escandalizada por "la invasión de la cocaína". Las
autoridades gubernativas, azuzadas por el indignado clamor de
ciertos próceres morales, habían empezado una frenética lucha
contra el consumo y tráfico de drogas en España. La política
oficial en este sentido apostaba por una línea de mano dura. Y
si no bastaba con eso para atajar una lacra social que auguraba
extenderse día a día... más mano dura.
No todo el mundo, sin embargo, era partidario de una
política represiva. Por ejemplo, el periodista Pedro Nimio
(seudónimo de Joan Francesc Bosch i Pons, 1876-1959),
corresponsal en Barcelona de La Provincia Nueva,
de Castellón, publicó en la primera plana de dicho diario el 4
de octubre de ese mismo año la siguiente crónica
antiprohibicionista.
LA
"DIVINA COCÓ"
La prensa de aquí, la
«grande» y pequeña prensa, según clasificación del Mecenas
que semanalmente entrega del inagotable manantial del vicio unos
miserables billetes a unos más miserables todavía barateros
convertidos en periodistas, para que no graznen, la prensa de
Barcelona, no todo lo austera que debía ser, como demostraré el
día que me venga en gana, sigue poniendo el grito más allá de
la cumbre del Tibidabo, alarmada por la invasión de la cocaína.
Es peregrino el caso. La
plumas que no se rompieron indignadas cuando Pich y Pon, por
ejemplo, realizaba, al margen de la ciudad, fabulosos negocios
merced a los cuales ha merecido los honores de que se le confunda
con el «Asno de Oro», de Apuleyo, tienen estridores de clarín
guerrero porque unos chicos «bien» y unas muchachas «mal» se
matan un poco cada día, seducidos por esa bruja blanca,
prometedora de deliciosos paraísos artificiales.
Realmente, el hecho de
que haya quien se obstine en apelar al suicidio lento, quizá por
no haber hallado alivio a sus males ficticios en «las sonoras
naderías que consolaron a Belingbecke en el ostracismo», no
merece que, los que del vicio se nutren, salgan a la plaza
pública con la toga catoniana... para producir la hilaridad
entre los «escipiones» de por acá.
¿Por qué se ha de
impedir a los cocainómanos que, sobre envenenarse muy a gusto,
por lo visto, se queden cada noche sin dos pesetas porque se las
arrebató el boticario, o el camarero de «cabaret», o la
florista, o el limpiabotas, que son los que trafican con la
mortífera droga?
Hay que ser un poco
tolerante, ¿no?... Y, si aceptamos que a uno se le condene a
muerte, ¿en nombre de qué podemos oponernos a que se condene
uno mismo a... morirse?
Además, esa campaña de
prensa contra la «nievita» antes beneficia, que perjudica, a
los que negocian expendiendo la «poudrette». No hay más que
observar el desfile, cada noche, más numeroso, de cocainómanos
por callejones equívocos, donde el vicio abre sus brazos de
tentación.
Es un mal, un terrible
mal; pero, acaso como las guerras, como las pestes, necesario.
¿Dejar ser nuestro siglo el de la «divina cocó», plaga tan
funesta y terriblemente devastadora como aquellas que azotaron al
país de los faraones, mal corrosivo, que neutraliza o aquieta el
nerviosismo y la epilepsia, pero que socava, destruye, aniquila y
sepulta a los que convirtió en sádicos, en cleptómanos, en
neurópatas impulsivos?
Ya no es la gente
atormentada por el vértigo del vivir, ni la del
«reblandecimiento medular», ni siquiera la del mundanismo
decadente, la que rinde culto a «la blanca hechicera». Hoy son
legión los devotos de la «poudrette». Como todas las pestes,
ésta no respeta categoría; invade diversos sectores, penetra en
los palacios, irrumpe en las buhardillas, sube en ascensor, viaja
en automóvil, y siempre corroe, destroza, devasta... Cada
«cabaret», como cada salón aristocrático; cada «dancing»,
como cada círculo más o menos «real», ha quedado convertido
en «Opium Shop», donde se festeja a la maravillosa bruja, la
diabólica embellecedora de la vida... a los que en plena
juventud carecen de ella, a los extraviados en todos los caminos,
a los triunfantes, a los vencidos, a los inestructurados...
¿A qué hablar de
medidas profilácticas? Cuanto se haga por evitar ese suicidio
moral que tiene su epílogo en la gusanera, cuanto se intente en
bien del vigor de la raza, para librar a la humanidad del
terrible azote, será labor infructuosa.
Así, al menos, lo
asevera este buen amigo cocainómano, y excelente poeta, que
acaba de escribir, «para el viaje», los versos definitivos, los
de la inmortalidad, los que le dan derecho a un lugar en la barca
de Caronte. Este poeta, como Petronio, ve fluir de sus arterias
la sangre; ve que se le escapa la vida, pero él sostiene que la
vida, por cochina, no merece la pena vivirse... sin los
paraísos artificiales.
Yo, mientras la prensa
grande y pequeña dice su sermón de la montaña, preparo
cítaras, vino y flores para el moderno Petronio...
Pedro Nimio, seud. de Joan Francesc Bosch i Pons, en La Provincia Nueva, 4 de octubre de 1922, pág. 1.