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TESIS SOCIOPOLÍTICAS SOBRE LAS DROGAS

    Las siguientes tesis pretenden servir para orientar el necesario debate institucional sobre el llamado «problema de las drogas». Actualmente sólo vemos prosperar la histeria punitiva, la demonización de productos químicos y personas, la desinformación patológica y la descarada fabulación pseudocientífica. El precipitado mítico al uso puede exponerse así: «Las drogas —o, como suele decirse, la Droga— son un invento maléfico promocionado por una mafia internacional de desaprensivos para atesorar inmensos beneficios, esclavizar a la juventud y corromper la salud física y moral de la humanidad; ante tal amenaza, sólo cabe una enérgica política represiva a todos los niveles, desde el más simple camello hasta las plantaciones de coca en la selva boliviana; cuando la policía haya encarcelado al último gran narcotraficante, el Hombre se verá libre de la amenaza de la Droga». En esta socorrida leyenda se mezclan los hechos y los prejuicios, se presentan los efectos como si fueran causas y se soslaya olímpicamente el fondo del problema; pero se crea un chivo expiatorio político de evidente utilidad, se fomenta a contrario un excelente negocio, se utiliza la desdicha ajena como refuerzo de la buena conciencia propia y se retrocede ante las posibilidades jurídicas y técnicas de un Estado realmente moderno. El hecho de que los intelectuales llamados «de izquierda» colaboren unánimemente por acción u omisión a este oscurantismo demuestra —por si falta hiciere— que el problema del intelectual hoy no es su reciclaje al servicio del poder (como siguen creyendo los que no quieren abandonar el Palacio de Invierno que nunca tomaron porque fuera hace frío) ni su falta de una visión global del mundo, como sostienen los neocuras, sino su tenaz carencia de opiniones válidamente fundadas ante los conflictos específicos de la sociedad actual.
   
Las tesis que proponemos aquí y el llamamiento final no se refieren más que a los aspectos sociopolíticos del asunto, entre los que se incluyen los que por lo general suelen llamarse con impropiedad «éticos» simplemente por algún residuo de creencia religiosa. Es decir, que no se habla de lo realmente importante en la cuestión de las drogas: sus posibilidades como fuente de placer o derivativo del dolor, como estimuladoras de la creatividad, como potenciadoras de la introspección y del conocimiento, en una palabra, de sus aspectos auxiliares válidos para la vida humana, en cuyo concepto han sido consumidas durante milenios, son consumidas y lo seguirán siendo. Pero ello sería tema de un tipo de estudio mucho más minucioso del que aquí planteamos.
   
Primera tesis.— Todas las sociedades han conocido el uso de drogas —es decir, sustancias o ejercicios físicas que alteran la percepción normal de la realidad, la cantidad y cualidad de la conciencia—, las han utilizado abundante y destacadamente, a veces ligadas a rituales sacros, las han adorado y temido, han abusado en ocasiones de ellas, etc… La historia de las drogas es tan larga como la de la humanidad y paralela a ella. Lo específico de tener conciencia es querer experimentar con la conciencia.
   
Segunda tesis.— La sociedad contemporánea está basada en la potenciación del individuo, en la realización compleja y plural de su libertad. L libertad de opción política, expresión, información, indagación, realización artística, religiosa o sexual, etc…, son las bases de la democracia moderna. El totalitarismo, su reverso, no es sino una supeditación del individuo al todo social —tal como lo establecen unos cuantos garantes del Bien Común—, hipostasiado en forma de nación, estado, dogma político o tipo de vida por encima de los conflictivos intereses y gustos individuales. El derecho jurídico de habeas corpus hay que extenderlo a todos los aspectos de la libre disposición por el individuo de su cuerpo, de sus energías, de su búsqueda de placer o conocimiento, e su experimentación consigo mismo (la vida humana no es o no debe ser más que un gran experimento), incluso de su propia destrucción.
   
Tercera tesis.— Prohibir la droga en una sociedad democrática es algo tan injusto como prohibir la pornografía, la heterodoxia religiosa o política, la divergencia erótica, los gustos dietéticos. También hay que decir que es algo tan inútil y dañoso como cualquiera de las otras prohibiciones: a la vista está. Según parece, se da por hecho que vivimos en Estado Clínico, es decir, que el Estado tiene derecho irrestricto a determinar lo mejor para nuestra salud, mientras que ha perdido el que antes tuvo para marcarnos la pauta en lo político, lo religioso, lo artístico o lo alimenticio.
   
Cuarta tesis.— El problema de la droga es el problema de la persecución de las drogas. El uso de drogas no es sencilla y expeditivamente un peligro a erradicar (el peligro estriba en su prohibición, su adulteración, la falta de información sobre ellas y de preparación para manejarlas, las actitudes anómalas que suscita frente al conformismo, el gangsterismo que las rodea, la obsesión de curar que las proscribe o las prescribe, etc…), sino que es también y principalmente un derecho a defender.
   
Quinta tesis.— La persecución contra la droga es una derivación de la persecución religiosa: hoy la salud física es el sustitutivo laico de la salvación espiritual. Las drogas siempre fueron perseguidas por razones religiosas, pero ayer se les reprochaba sus efectos orgiásticos —es decir, los trastornos que producían en el alma y en as costumbres— y hoy los que causan en el cuerpo —enfermedades, gastos de reparación, improductividad, muerte— y en la disciplina laboral. Se fomenta así un miedo al espíritu (¿qué tendremos dentro que la droga pueda liberar?) y un miedo al descenso de productividad (a esta última se la suele llamar «salud pública»). Naturalmente, hay drogas que pueden ser peligrosas (tanto como el alpinismo, el automovilismo o la minería) y dañinas (como los excesos sexuales, el baile o a credulidad política, nunca tanto como la guerra). Hay gente que ha muerto, muere y morirá por causa de las drogas: pero recordemos: a) que la vida que pierden es suya, no del Estado o de la comunidad, y b) que su muerte puede deberse no a la sustancia misma que desea tomar, sino a la adulteración de ésta, la falta de información y formación en su manejo, el hampa que rodea al tráfico de droga a causa de la prohibición, etc.
   
Sexta tesis.— Los drogadictos que quieren abandonar su manía (todos tenemos nuestras manías, hasta que las sentimos como tóxicas y queremos dejarlas) tienen obviamente derecho a ser ayudados por la sociedad a ello, tal como el que desea divorciarse, cambiar de religión, modificar su sexo o renunciar al terrorismo. La sociedad está para ayudar en lo posible a los individuos a realizar sus deseos y rectificar sus errores, no para inmolarlos punitivamente a los ídolos de la tribu. La rehabilitación cuesta dinero, pero también la sociedad nos cuesta trabajo a cada uno de los miembros y todos procuramos cumplir pensando que ese dinero común está precisamente para paliar los efectos de los accidentes —naturales o inducidos por imprudencia— que nos ocurren a los socios en la búsqueda de a satisfacción personal. También hay accidentes laborales y, que yo sepa, nadie ha hablado todavía de prohibir el trabajo o el tráfico rodado por los accidentes de carretera. Pero es que aquello que produce se considera necesario, y por tanto justificado en sus pérdidas, mientras que lo que solamente gasta y disfruta, carece de justificación social por su derrochadora gratuidad: ninguna tesis puede ser más estrictamente totalitaria y antidemocrática que ésta. Así se expresa la culpable enemistad pública a la intimidad individual que debería justificar lo colectivo.
   
Séptima tesis.— A veces se hace equivaler la despenalización de as drogas a legalizar el crimen, la violación o los secuestros. Evidentemente nada puede ser más distinto, pues estos delitos tienen como primer objetivo el daño a otro en beneficio propio, mientras que ninguna droga es en sí misma un mal, sino que puede llegar a serlo por las circunstancias de su uso. A lo que se parece en cambio tal despenalización es a la del suicidio, el aborto, la eutanasia, el divorcio, la homosexualidad, etc., es decir al levantamiento de as trabas que impiden el disfrute consciente y libre del propio cuerpo. No es fácil entender, ni ellos encuentran argumentos para explicarlo, por qué quienes apoyan el reconocimiento jurídico de estas figuras emancipadoras pueden negarse en cambio a la despenalización de las drogas. El único argumento plausible contra la despenalización no es en realidad tal, sino la constatación de una dificultad para llevarla a cabo: en efecto, esta medida debe ser lo más internacional posible para tener auténtica eficacia. Puede suponerse razonablemente que la despenalización en un solo país traería serias dificultades a este pionero. Foros y reuniones internacionales para tratar este problema no faltan, donde podría plantearse esta cuestión en lugar del aumento de penas a los traficantes, que no sirve más que para encarecer los productos. De todas formas, se presenta aquí una situación conflictiva semejante a la que tienen los partidarios del desarme unilateral, que reivindican para sus países la postura que creen más justa confiando en que esta actitud lleve a otros por el mismo camino y aceptando los peligros indudables que de ello pueden derivarse.
   
Octava tesis.— El daño a la salud pública es el principal argumento actual contra las drogas, detallándose os muertos por sobredosis, horas de trabajo perdidas, gastos que producen a la hacienda estatal los drogadictos que quieren rehabilitarse, etc… Han pasado así a segundo plano los motivos condenatorios de índole estrictamente moral, orgiástica, que durante siglos han motivado esta persecución. Respecto a la cuestión de las pérdidas económicas causadas por la drogadicción, me remito a lo dicho en la sexta tesis. Sólo es preciso añadir que las adecuadas tasas impositivas de los productos hoy descontrolados en el mercado negro podrían subvenir a estas necesidades, redistribuyendo el beneficio que hoy sólo lucra a unos pocos. En cuanto a los réditos políticos de la cruzada contra la droga, tampoco pueden ser cuestionados: si antes la guerra fue considerada la salud del Estado, hoy a salud puede ser la principal guerra del Estado, dando la impresión de un activo esfuerzo político en un campo que goza de reputación unánime y donde se tiene la tranquilidad de que nunca faltará pábulo demagógico. ¿A qué otra actividad mejor podrían dedicarse si no las primeras damas de los países, dado que besar a niños desconocidos en concentraciones públicas puede acarrearle a una el SIDA? Parece que la sociedad actual toda se ha hecho políticamente drogodependiente, pues no sabría prescindir de este chivo expiatorio. Pero la compasión por la muerte y el dolor ajeno ya me parecen razones menos creíbles. Primero, porque la mayoría de las drogas no matan a nadie y muchas suprimen muchísimos más dolores de los que causan (¿qué es más doloroso, la cirrosis de los alcohólicos o todo lo que han ayudado a vivir un par de copas a tiempo a millones de personas?). Segundo, porque las que matan, matan mucho más por a adulteración o las circunstancias clandestinas de su empleo (ignorancia de dosis, jeringuillas contaminadas) que por la nocividad del producto en sí mismo. Si tanto preocupase a los gobiernos las muertes y sufrimientos provocados por las drogas, se apresurarían a despenalizarlas. Lo cierto es que, por debajo de todas las racionalizaciones clínicas, la ancestral envidia al goce improductivo y no compartido debe seguir latiendo en la prohibición y en la historia punitiva contra las drogas. El gran Macaulay, en su Historia de Inglaterra, afirma que «los puritanos no odiaban la caza del oso con perros porque produjese daño al animal, sino porque daba placer a los espectadores». Me temo que aquí ocurre algo parecido.
   
Novena tesis.— Otro argumento importante contra las drogas y a favor de su más enérgica persecución legal es su incidencia entre los jóvenes, sobre todo entre los jóvenes más desfavorecidos socialmente. En primer lugar, hay que decir que la razón de esta extensión es la prohibición misma y el negocio que procura, motivo de que los traficantes quieran extender su mercado entre personas más ingenuas, más atrevidas y sobre todo más capaces por lo emprendedor de su edad de hacer cualquier cosa para conseguir las enormes sumas que quieren sonsacarles. Se habla de la venta de heroína a la puerta de los colegios o en los centros de reunión juvenil, pero no del tráfico de ginebra o de revistas pornográficas: estas últimas, al ser fácilmente accesibles, no producen beneficios. Naturalmente, el paro y el abandono de gran parte de los jóvenes favorecen ésta y cualquier otra forma de delincuencia, violencia, etc. Para aquel a quien toda otra intensidad vital le ha sido hurtada, la lúgubre marginación letal de la droga más condenada le confiere una ocupación absorbente y siniestra. La mítica Droga permite hablar de ella como la causa de los males juveniles, cuando en realidad no se trata más que del efecto de un determinada situación social. En último término, la obvia necesidad de proteger a la infancia y la adolescencia de maniobras desaprensivas nunca justificará la maniobra desaprensiva de tratar a toda la población como si fuese una guardería infantil.
   
Décima tesis.— La Droga, se asegura, es causante de la degradación moral de la población. El planteamiento de esta degradación admite varios modelos, desde el vacuamente retórico con pretensiones antropológicas de sacristía («No existe actualmente un riesgo —excepto las guerras nucleares— para el alma humana, para el individuo inmaduro y sensual de la sociedad moderna, mayor que la droga, al tiempo que el desconcierto y la desmoralización cunden por doquier», nos asegura el doctor Francisco Llavero, en «El País», 11 de mayo de 1987. No sé qué es más interesante, si saborear que las guerras nucleares son un peligro para el alma humana o inquirir por cuáles sociedades formadas de individuos maduros y ascéticos conoce el doctor Llavero), hasta el posmoderno título de un artículo de Antonio Papell («Las drogas ya no son progresistas»), pasando por la teología de la liberación ad usum que denuncia el tráfico de droga por parte de la policía para disminuir el potencial combativo y revolucionario de la juventud vasca. Estos moralistas muestran, unánimemente, un inmenso desprecio hacia la libertad humana, base de su dignidad: como ante la droga nadie puede ser libre, la única forma de garantizar la salud moral del pueblo es retirar la ocasión de pecado. La base de cualquier propuesta moral, que es precisamente el dominio de sí, no merece ni estudio: estamos condicionados por a irresistibilidad del mal. Vuelta, pues, a la heteronomía moral, de la que el pobre Kant creía haberse visto ya libre en el siglo XVIII. Porque la postura de una ética autónoma ante el tema de las drogas no puede ser más que la expuesta así por Gabriel Matzneff: «El haschisch, el amor y el vino pueden dar lugar a lo mejor o a lo peor. Todo depende del so que hagamos de ellos. De modo que no es la abstinencia lo que debemos enseñar, sino el autodominio» (Le taureau de Phalaris).
   
Llamamiento final.— El precipitado mítico expuesto en el preámbulo de estas tesis debería ser sustituido por este otro planteamiento: nuestra cultura, como todas las demás, conoce, utiliza y busca drogas. Es la educación, la inquietud y el proyecto vital de cada individuo el que puede decidir cuál droga usar y cómo hacerlo. El papel del Estado no puede ser sino informar lo más completa y razonadamente posible sobre cada uno de los productos, controlar su elaboración y su calidad, y ayudar a quienes lo deseen o se vean damnificados por esta libertad social. Naturalmente, dada la situación de frenesí policial y persecutorio (al menos cara al exterior, frente a la ingenuidad pública) contra las drogas, será necesaria una etapa de reacomodo hasta la situación final de normalidad despenalizada. También será preciso difundir internacionalmente la postura despenalizadora y procurar adoptar medidas conjuntas. Como no cabe duda de que más tarde o más temprano habrá que llegar a ello, lo mejor será comenzar cuanto antes, a lo cual ha querido contribuir la proposición de estas tesis.

    Fernando Savater, en Ética como amor propio, Madrid, Mondadori, 1988, págs. 287-294.

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