LA PROHIBICIÓN EN LA ENCRUCIJADA DEL SIGLO XXI
A las puertas del siglo XXI, décadas de creciente
prohibicionismo no han conseguido erradicar —ni siquiera frenar—
el consumo de substancias psicoactivas, sino todo lo contrario,
es decir, promocionar indirectamente lo reprimido. Aquéllo que
comenzó considerado vicio de unos pocos —a medida que ha ido
incrementándose el prohibicionismo—, ha acabado por convertirse
en problema de todos. Y, aunque el Estado español es uno de los
lugares más permisivos de todo el mundo en cuanto al uso de
drogas, los costes generados por el mantenimiento de una
política prohibicionista son bien visibles. Un goteo constante
de intoxicaciones y muertes —afortunadamente en claro retroceso
desde 1992—, y un deterioro generalizado de la salud de muchos
usuarios como consecuencia de frecuente adulteraciones, por no
hablar del fuerte impacto del sida, son las secuelas más
dramáticas en el terreno sanitario. En el orden económico, de
los más de 63 billones de pesetas que anualmente genera el
tráfico mundial de drogas (1) y que, según la ONU, amenazan las
bases de la sociedad (2), unos
500.000 millones son blanqueados en España (3). Con destino a la
lucha contra las drogas en todos sus frentes, los distintos
organismos públicos españoles competentes ya se enfrentaban a
principios de la década de los noventa con un presupuesto
superior a 14.000 millones (4). A estas cantidades astronómicas
podemos agregar el resultado de la incautación de bienes de las
personas condenadas por tráfico de drogas, que algún año ha
llegado a reportar al Estado hasta 2.400 millones de pesetas (5),
así como el importe de las sanciones ejecutadas en aplicación
de la Ley de Protección de la Seguridad Ciudadana o "ley
Corcuera", que solamente en 1996 ascendió a casi 2.500
millones de pesetas (6).
En el ámbito social, la inmensa mayoría de la población
reclusa en cárceles españolas cumple condena por delitos
relacionados con drogas y la denominada inseguridad ciudadana ha
dejado de responder a un clima —más o menos justificado— de
histeria colectiva, para convertirse en un mito fuertemente
arraigado, tanto en los medios de comunicación como en la
opinión pública española. Mientras tanto, cualquiera puede
observar cómo muchos agentes de los cuerpos de seguridad ceden a
la corrupción, que en algunos casos —véase, por ejemplo, el
caso UCIFA— ha llegado a contaminar a las más altas esferas de
aquellas agencias creadas específicamente para combatir el
tráfico ilícito de drogas. Aunque, quizá, los efectos más
negativos afecten directamente al campo de la ética y, en
cualquier caso, de la política, pues la Prohibición ha
conseguido que se fomenten cauces de irresponsabilidad para las
personas y, en definitiva, que acabe multiplicándose el
desprecio de los ciudadanos por la ley.
Pero no merece la pena insistir más en el fracaso manifiesto
de la cruzada contra las drogas, único punto en el que coinciden
tanto sus principales valedores como sus detractores. A estas
alturas, y una vez superados los excesos cometidos durante la
segunda mitad de los sesenta y las dos décadas siguientes, en
los noventa —mientras el prohibicionismo mostraba sus facetas
más absurdas y crueles— se ha consolidado una crítica a la
política vigente sobre drogas. Sin embargo, el movimiento
antiprohibicionista —si cabe hablar en semejantes términos— no
presenta tácticas y estrategias en una misma línea convergente.
Con independencia de aquéllos que eluden el compromiso de
declararse prohibicionistas, o justo lo contrario, y dicen ser
simplemente partidarios de políticas preventivas o de reducción
de daños —o riesgos—, existe un antiprohibicionismo, combativo y
militante, cuyos presupuestos ideológicos entroncan directamente
con corrientes residuales de extrema-izquierda, colectivos
libertarios y movimientos marginales (por ejemplo, okupas) y
cuyas acciones abarcan desde el freak-político más underground
(celebración de jornadas reivindivativas, edición de fanzines
y otras publicaciones, reparto gratuito de semillas, fumadas
populares de porros, etcétera) hasta manifestaciones autorizadas
por las autoridades gubernativas.
Junto a esta postura más heroica, y un tanto romántica,
también se da una corriente normalizadora, especialmente
centrada en el cáñamo y sus derivados, que apuesta por el
asociacionismo y la posibilidad de que entre los varios millones
de usuarios de hachís y marihuana acabe surgiendo una especie de
lobby capaz de influir sobre los partidos políticos.
Mientras tanto, apura todos los resortes que ofrece el Estado de
derecho (Defensor del Pueblo, Tribunal Supremo, Tribunal
Constitucional, Tribunal de Estrasburgo, etcétera) e intenta
aprovechar cualquier resquicio o incoherencia de la legislación
vigente para hacer prevalecer derechos civiles fundamentales en
un país donde el consumo de drogas no está considerado como un
delito penal, sino como simple falta administrativa, merecedora
únicamente de una sanción económica. Finalmente, a lo largo de
estos últimos años ha venido tomando cuerpo una tendencia
antiprohibicionista, de carácter más bien pragmático,
partidaria —una vez reconocida la ineficacia y la derrota de la cruzada— no tanto de presentar oposición frontal al Gobierno
como de aprovechar las ventajas y oportunidades creadas por la
propia Prohibición. En este sentido, y sin llegar a proponer el
disimulo como arma, este antiprohibicionismo de nuevo cuño
rehuye el exhibicionismo contracultural de otras épocas y,
observando cierta discreción, pretende pasar desapercibido ante
los ojos de los próceres morales y consolidarse como la opción
más práctica e inteligente. Esta tercera vía ha surgido
gracias a la difusión de datos básicos para el autogobierno
farmacológico de las personas, es decir, gracias al ejercicio
del derecho de ofrecer y recibir información fidedigna —más
allá de la propaganda institucional— sobre drogas. Por lo
demás, y frente al asociacionismo, considera la desobediencia
civil como la táctica idónea para invertir el estado de cosas,
proponiendo un reto o desafío de los intentos de control
arbitrarios por parte de las autoridades. En lo económico,
apuesta por la creación de un mercado subterráneo,
completamente descentralizado —al margen del Estado y las grandes mafias—, sin redes jerárquicas de distribución, que favorezcan
el libre acceso, fomentando el autocultivo y las técnicas de
producción. Por lo demás, esta nueva versión del movimiento
antiprohibicionista cuenta con los principales avances en
etnobotánica, química y tecnología aplicada a la información —frente al anquilosamiento y la inoperancia de la burocracia al
servicio de la Prohibición—, lo que permite la difusión de
nuevos descubrimientos tanto de vehículos botánicos como de
substancias de síntesis, muchas de ellas todavía legales.
Sus postulados tratan, en esencia, de integrar contracultura y
tecnología, partiendo de una posición de inmersión o
emboscadura —más o menos en el sentido jüngeriano de la expresión—, y de oponerse al poder que sustenta el programa
prohibicionista —sumamente antieconómico y contraproducente en
sus metas declaradas— no con la fuerza, sino con astucia,
diseminando información útil y creando pequeñas estructuras
descentralizadas. Lo que pretende, por tanto, es una adaptación
al momento actual de esa Gran Tradición Underground que —en
palabras de Luis Racionero— se dirige hacia "la búsqueda de
una solidaridad mundial y el cortocircuitaje de las líneas de
poder, distribución, producción e información de las
organizaciones autoritarias" (7).
Pero, ¿será posible esta auténtica subversión dentro del
orden establecido? La respuesta, sin lugar a dudas, el siglo que
viene.
NOTAS
(1) El País, 5/4/1995, pág. 6.
(2) El País, 29/2/1996, pág. 34.
(3) El Mundo, 10/7/1996, pág. 26.
(4) El País, 7/7/1990, pág. 20.
(5) El País, 25/9/1995, pág. 10.
(6) Fuente: elaboración propia, a partir de datos facilitados
por la Subdirección General de Política Interior y Procesos
Electorales, del Ministerio del Interior.
(7) Luis RACIONERO: Filosofías del underground,
Barcelona, Anagrama, 1977, pág. 11.
Juan Carlos Usó, en Cáñamo, enero de 2000, págs. 54-56.