La Fábrica de Armas Blancas de Toledo
por Juan José Pérez
Durante los siglos XV al XVII floreció en la
ciudad castellana de Toledo una industria espadera excepcional,
sobrepasando a otros centros dispersos por el resto de España (Sahagún
en León, Valencia, pueblos de Vizcaya, y la capital, Madrid).
Fue considerada por sus contemporáneos como la de más calidad
de Europa. Sólo centros como Solingen o Passau en Alemania
superaban el volumen de producción de Toledo, aunque con una
calidad inferior.
Edificios de la Fábrica en la actualidad
La producción de armas blancas en Toledo se llevaba a cabo fundamentalmente mediante pequeños artesanos, agrupados en un gremio de espaderos. Se trataba por tanto de una producción dispersa y de carácter personal, aunque el gremio velaba por la calidad final de los productos de sus asociados.
Hacia finales del s. XVII y principios del XVIII, comenzó un declive de la producción de hojas en Toledo. Influyó notablemente en ello la reducción de los pedidos de particulares, puesto que la espada fue perdiendo importancia como elemento de la indumentaria del hidalgo o caballero. Asimismo, la moda del espadín francés, a raíz de la llegada de los Borbones a España, llevó a la importación de hojas de este tipo y a la decadencia de la más voluminosa, aunque también mucho más efectiva y valiosa espada ropera española.
La paulatina desaparición de artesanos toledanos llevó la preocupación al estamento militar español, que vio comprometido el suministro de hojas de calidad para sus tropas, pues la espada y el sable eran armas aún esenciales para cuerpos como la caballería, sin olvidar el uso masivo de la bayoneta en la infantería.
Por todo ello, en el año de 1.761 el Rey Carlos III determinó la fundación en la ciudad de Toledo de una Real Fábrica de Espadas, donde se ordenó reunir a todos los componentes del gremio de espaderos de la ciudad. La primera sede de la Fábrica fue la antigua Casa de Moneda, en el centro de la ciudad. Fue llamado desde Valencia el maestro D. Luis Calisto, ya septuagenario, para encargarse de la organización de los primeros talleres y el proceso de producción. Asimismo reforzó la fábrica con espaderos de su ciudad de origen.
Pronto se advirtió la necesidad de ampliar las dependencias de la Fábrica, y al efecto se iniciaron en 1.777, bajo la dirección del arquitecto Sabatini, las obras de un nuevo edificio situado a las afueras de la ciudad. En este edificio, con sucesivas ampliaciones, permanecería la fábrica durante el resto de su existencia, exceptuando puntuales traslados que mencionamos más adelante.
Finalizadas las obras en 1.782, fue nombrado director de la Fábrica el ingeniero D. Antonio Gilmón, cargo en el que permaneció un año. En ese momento (1.783) la gestión económica pasó de la Corona Española a la Hacienda Pública, y más adelante se cedió su control completo al Cuerpo de Artillería.
Fue uno de sus primeros directores, y el de más importancia para el futuro de la Fábrica, D. Lorenzo de la Plana, quien impulsó de manera notable el volumen y calidad de la producción de hojas de la Fábrica, adquiriendo ésta su plena madurez.
A principios del s. XIX se decidió que las empuñaduras de las espadas y sables fueran de latón, y desde ese momento y hasta el año 1.839 éstas y las vainas se adquirieron por contrata, excepto para las armas de infantería. Un famoso armero que desde 1.815 dispuso de un contrato de suministro de guarniciones y vainas fue Ybarzábal, de Eibar (Guipúzcoa), cuya contribución a los productos de la Fábrica puede apreciarse por su marca en las empuñaduras, siendo las piezas de esta época de especial valor e interés. A partir de 1.839 de nuevo se fabricaron vainas y guarniciones en la Fábrica.
Durante el periodo de 1.808 hasta 1.812, y debido a la invasión napoleónica, la fábrica se trasladó sucesivamente a Sevilla y Cádiz. No obstante parte de la Fábrica de Toledo continuó abierta bajo administración francesa, colaborando con ellos el director D. Antonio de la Nueva (desconocemos las consecuencias que ello pudo reportarle más adelante).
Restablecida la normalidad, en 1.823 la Fábrica conoció un nuevo exilio temporal debido a una intervención militar francesa, siendo trasladada por unos meses a Badajoz. De nuevo en Toledo, la producción se estabilizó en el periodo de 1.824 a 1.868 en el entorno de las 10.000 a 12.000 hojas de arma blanca anuales según el método tradicional, con la sola ayuda de máquinas de desbaste y forja, montándose en la misma Fábrica unas 5.000 armas anuales. Como curiosidad, citamos a continuación la relación de talleres que se dedicaban a la producción de hojas de espada: forja, lima, desbaste, acicalado, cincelado y grabado.
En esta última fecha (1.868) se instalaron nuevas máquinas hidráulicas que aprovechaban las aguas del Tajo, por lo que la producción llegó a un máximo de 35.000 a 40.000 hojas anuales. En la década siguiente llegaron las hojas de acero fundido, que coexistieron por un tiempo con la producción tradicional, hasta que la suplantaron por completo a finales del siglo. Se instalaron asimismo máquinas de producción de cartuchería metálica, llegándose a una producción anual de 200.000 cartuchos.
Durante el siglo XX la producción de armas blancas para tropa quedó reducida en exclusiva a las armas de caballería, reduciéndose después de la Guerra Civil el suministro de sables únicamente a los oficiales y suboficiales de los diferentes cuerpos. Debido a la reducida necesidad de suministro, a mediados de los años ochenta se decidió el cierre definitivo de la Fábrica de Armas Blancas de Toledo, que fuera centro de excelencia de la producción de hojas de sable y espada a nivel mundial durante casi 200 años. Sus edificios se han rehabilitado recientemente para constituir un campus universitario.
En cuanto a las marcas empleadas por la fábrica, hay que destacar que frente a otras factorías, dedicadas al arma de fuego, las hojas de Toledo no recibían habitualmente las marcas del examinador en lugar visible (se solían marcar en la espiga, y nadie debería desmontar una espada antigua para satisfacer esta simple curiosidad, por los riesgos de destrucción de varios elementos de la espada que esta nefasta operación implica), ya que simplemente se procedía al desecho y destrucción de las que no superaban las pruebas de aceptación, bastante duras por otra parte (véase Barceló). Las hojas que superaban dichas pruebas se destinaban a su montura con las guarniciones en vigor, bien producidas en la propia fábrica o adquiridas bajo contrata, pero siempre en las instalaciones de la misma Fábrica, lo que reducía la necesidad de las marcas de aceptación al mismo momento del montaje, en el que la espiga era aún visible. Caso diferente ha sido el de otros países de la época, que compraban lotes de hojas o espadas completas a fabricantes particulares, y que para su distribución a las unidades debían mostrar de forma ostensible las marcas del banco de pruebas oficial.
Ejemplo de marcado en una hoja
No obstante, la práctica totalidad de las hojas producidas en la Fábrica de Toledo se marcaban de forma visible con la fecha de producción (hasta principios del siglo XX), una referencia a su origen (antes de la Guerra de la Independencia, con mención al monarca reinante y el anagrama Tº por Toledo, y más tarde con algún texto explícito, como Fábrica de Toledo o, como hemos comprobado en algún caso, Fábrica Nacional de Toledo), y el añadido (aunque esto dependía del periodo y no es regla por lo tanto) de la palabra Artillería o Artª, en referencia al Cuerpo responsable de la Fábrica.
Algunos anagramas utilizados por la Fábrica
Durante el periodo de 1.761 a 1814 habitualmente se añadía a todo ello una interesante referencia al cuerpo al que se destinaba el arma, como Cª Lª para Caballería de Línea (no Ligera) o D para Dragones. No fue hasta finales del s. XIX cuando comenzaron a utilizarse anagramas que combinaban las leyendas anteriores con una representación de dos cañones cruzados y corona real. Más tarde, después de la I Guerra Mundial, se utilizó también un anagrama formado con las iniciales F, N y T, entrelazadas bajo corona real. Después de la Guerra Civil, éste fue prácticamente el único utilizado.
ã Juan José Pérez, 2000
Bibliografía