Enrique Gil y Carrasco [narrativa][Anochecer en San Antonio de la Florida]

Anochecer en San Antonio de la Florida

El Correo Nacional  12/13 noviembre 1838  nº 270 y 271

I

La caída de una serena tarde del mes de agosto, un joven como de 22 años, que había salido por la Puerta de Segovia, enderezaba sus pasos lentamente por la hermosa y despejada calle de árboles que guía a la Puerta de Hierro, orillas del mermado Manzanares. A juzgar por su fisonomía, cualquiera le hubiera imaginado nativo de otros climas menos cariñosos que el apacible y templado de España: sin embargo había nacido en un confín de Castilla, a las orillas de un río que lleva arenas de oro, y que llevó con ellas su niñez y sus primeros años de juventud. Su vestido era sencillo, rubia su cabellera, azules sus apagados ojos y en sus despejada frente se notaba una ligera tinta de melancolía al parecer habitual. Este joven se llamaba Ricardo T.....

El sol ocultaba su disco bajo un resplandeciente velo de púrpura, orlado de franjas de oro: las lavanderas recogían su ajuar, levantando extraño murmullo a la margen del río: varios jinetes caballeros en soberbios palafrenes volvían grupa hacia la capital; los pobres paisanos del mercado se retiraban con carros y cabalgaduras, y aquella escena bulliciosa y animada tenía indefinibles encantos, perdiéndose poco a poco en la soledad y en silencio del crepúsculo.

Como quiera, nuestro joven, más parecía divertido en sus tristezas y pensamientos que cuidadoso de los últimos suspiros del día y de la poética y apacible despedida del sol. La brisa de la tarde que soplaba fresca y voluptuosa después de un día de fuego, despertando vagos rumores entre los árboles y meciendo sus desmaltados ramos, fue poderosa por fin a sacarle de su cavilación. Levantó la inclinada cabeza a su balsámico aliento; sus amortiguados ojos lanzaron un relámpago; sus labios se entreabrieron con ansia para respirarla; su frente se despejó del todo, y no parecía sino que un tropel de anacaradas visiones desfilaba de repente por delante de él según se mostraba fascinado y gozoso. Aquella brisa se desprendía de las cumbres de Guadarrama, y tal vez se había levantado entre las olorosas praderas de su país: aquella brisa le traía las caricias de su madre, las puras alegrías del hogar doméstico, los primeros suspiros del amor, los paseos a la luna con su mejor amigo; todo un mundo, finalmente, de recuerdos suaves y dorados, y que aparecían más dorados y suaves mirados al través de la neblina de lo pasado desde el arenal de las tristezas presentes.

El aura recogió sus alas por un breve espacio, y las visiones del mancebo recogieron sus alas a la par. No parecía sino que la súbita caída de un telón le quitaba de delante un teatro lleno de luz y de alegría. Sus ojos lanzaron todavía una llamarada, pero lúgubre y siniestra como una luz de desencanto, que sólo sirve para alumbrar el desierto que cruzamos: quedó su frente más anublada que antes y sus miradas se extinguieron como los fuegos fatuos del estío.

Aquel mancebo había nacido con un alma cándida y sencilla, con un corazón amante y crédulo, y la pacífica vida de sus primeros años junto con la ternura de su madre, habían desenvuelto hasta el más subido punto estas disposiciones. Cuando cumplió los quince años eran las mujeres a sus ojos otros tantos ángeles de amor y de paz, o unos espíritus de protección y de ternura como su madre: miraba a los hombres como a los compañeros de un alegre y ameno viaje, y la vida se le aparecía por el prisma de sus creencias como un río anchuroso, azul y sereno por donde se bogaban bajeles de nácar, llenos de perfumes y de músicas y en cuyas orillas se desarrollaban, en panorama vistoso, campos de rosas y de trigo, pintorescas cabañas y castillos feudales empabesados de banderas y resplandecientes de armaduras. El sentimiento de lo grande y de lo bello era un instinto poderoso en él: su corazón latía con acelerado compás al leer en la historia de la Grecia el paso de las Termópilas, y muchas veces soñaba con la caballería y con los torneos de los siglos medios. La libertad, la religión, el amor, todo lo que los hombres sienten como desinteresado y sublime se animaba en su alma, como pudiera en una flor solitaria y virgen, nacida en los vergeles del paraíso; y los vuelos de su corazón y de su fantasía iban a perderse en los nebulosos confines de la tierra, y a descansar entre los bosquecillos de la fraternidad y de la virtud.

Su amor hasta entonces era como el vapor de la mañana, una pasión errante y apacible que flotaba en los rayos de la luna, se embarcaba en las espumas de los ríos o se desvanecía entre los aromas de las flores silvestres. Algunas veces su alma se empañaba y entristecía en la soledad, y se gozaba en los roncos mugidos del torrente; pero muy pronto la fada de sus aguas se le aparecía coronada de espumas y de tornasolado rocío, y en un espejo encantado le mostraba una creación blanca y divina, alumbrada por un astro desconocido de esperanza, que le llamaba y corría a guardarle entre las sombras de un pensil de arrayán y de azucenas. Y la vida tornaba el alma del mancebo, y tenía fe en mañana y era feliz.

La virgen prometida se le apareció finalmente. Era una doncella de ojos negros, de frente melancólica y de sonrisa angelical: su alma era pura como los pliegues de su velo blanco, y su corazón apasionado y crédulo como el de nuestro joven. Los dos corazones volaron al encuentro; se convirtieron en una sustancia aérea y luminosa, confundiendo sus recíprocos fulgores, y las flores de alrededor bajaron sus corolas hacia el suelo estremecidas de placer. De entonces más los dos amantes se amaron, como se ama la primera vez en la vida, y el porvenir sonaba en sus oídos como una promesa inefable de unión sin fin y de amor eterno.

Sin embargo, la imaginación de Ricardo por sobra de candor había cometido un yerro; vivía entre los hombres y se figuró vivir entre los ángeles, y esperó de aquellos lo que de éstos se puede esperar . Hombres hubo que hirieron con su anatema la frente de su padre y la paz de su hogar y el porvenir del amor, y los propósitos para el porvenir, todo fue a perderse entre las formas de la desconfianza y de la desesperación. Y sin embargo, la frente de su padre era respetable y sin mancilla, la paz de su hogar se derramaba como una luz de consuelo entre los infelices, era su amor una fuente de nobleza, de entusiasmo y de virtud y su porvenir un ensueño de beneficiencia universal. Aquellos hombres soplaron sobre este reposado y verde paisaje, y lo trocaron en una arena movediza que el viento de la amargura arremolinaba a cada soplo para esparcirla en seguida por los últimos confines del horizonte.

El pobre mancebo tuvo que abandonar todo lo que le quedaba en el mundo, el tierno cariño del hogar y las llorosas miradas de su ángel. La noche en que por última vez la vio hubo misterios extraños: sus ojos se abrieron a la orilla de una sima sin fondo, por la cual pasaba un agua invisible; pero cuyo delicioso murmullo llegaba hasta ellos. Los amantes, víctimas de un amargo delirio tenían sed, una sed inmensa y abrasadora y pasaban increíbles tormentos al borde de aquella corriente que tan dulcemente sonaba, pero que huía de sus labios. Un rayo de la luna rasgo el manto de los nublados y la visión pasó. " Adiós, dijo la virgen, con inefable y melancólica sonrisa, nuestro amor pasará como las aguas de esa corriente subterránea; pero esas aguas paran en el mar y nosotros con nuestra pasión descansaremos un día en el mar de la muerte". El joven la dijo entonces unos versos muy melancólicos que la había hecho, besó con adoración la punta de su velo y partió con lentos pasos.

Al otro día un solo amigo le acompañó en su amargo viaje, y al apretarle contra su corazón le dijo:¡Adiós y quizá para siempre!..., ¿Quién sabe si este abrazo te envenena? Mi presencia daba antes la dicha y la alegría...pero hoy sólo la muerte puede dar. El amigo se alejó con los ojos anublados.¡La predicción se ha cumplido! ¡Aquel amigo duerme hace un año entre los muertos!.

La vida de Ricardo en la corte se había pasado olvidada y solitaria, perdida entre los sucesos y los hombres. No había alcanzado a volver la paz al que le había dado la vida; su orgullo de hombre se había visto lastimado y herido, la pobreza le había rodeado con su manto de abandono y de privaciones y desamparado de los hombres, habíanse visto obligado a conversar, como Lord Byron, con el espíritu de la naturaleza. Entonces una musa dulce y triste como las alegrías pasadas, había venido a sentarse a su ignorada cabecera, le había hecho el presente de una lira de ébano y dictado himnos de dolor y de reminiscencias perdidas: le mostró lo pasado por impenetrables rejas que le vendaban el paso para tornar a él, y tendió sobre lo futuro una cortina de sutil crespón negro que le permitía ver sus paisajes, pero todos anublados y cenicientos. Sólo de cuando en cuando, y como por singular merced, descorría la musa una punta del velo, y le dejaba ver en el cielo del porvenir el sol rutilante de la libertad alumbrando a pueblos colosos, que llevaban arrastrando en pos de sí las cadenas y los cetros de los déspotas. Y entonces un rayo de aquel sol inflamaba el corazón del poeta, doraba la lira de ébano que aparecía de oro resplandeciente y purísimo, templaba sus cuerdas, le inspiraba canciones de juventud y de esperanza, cantaban los pueblos nobles y caídos por villanas apostasías, y los ángeles del destierro venían a escucharle y a batir sus blancas alas entorno de la cabeza de los proscritos. ¡Pobre poeta! Entonces su misión le parecía grande, y aun cuando el velo dejase caer sus enlutadas puntas, conservaba dulcísimas memorias que iban a juntarse en su mente con los demás recuerdos, único patrimonio que le dejara la musa.

Y he aquí la razón porque muchas veces su alma se complacía en el camino de los campos donde naciera, y en respirar sus auras balsámicas. El día en que le hemos visto, su corazón estaba más tenebrosos que de costumbre: su anciano padre descansaba al lado del amigo de su niñez en las tinieblas de la muerte: su madre no le abrazaba más de dos años hacía; y en fuerza de mirar su amor como un ensueño demasiado hermoso para verlo cumplido, la esperanza se había ido agotando en su pecho, y la tristeza quedaba únicamente por señora de él.

II

Todas estas circunstancias de su vida, que expuestas dejamos, todas estas memorias de dicha se desplomaban sobre el corazón de Ricardo como un peñasco que se precipita sobre una aldea del valle: sintió que su alma se cansaba de la vida, y una nube de suicidio empañó por un instante su frente.

Aquella idea maléfica fascinaba cada vez más sus sentidos, y sentía doblegarse bajo su peso todas las fuerzas de su ser, cuando la voz de una campana pausada y misteriosa vino a liberarle de ella.

Miró en derredor como quien despierta de una pesadilla, y se encontró a la mano derecha con la ermita de San Antonio de la Florida, graciosa y linda capilla, asentada a un lado del camino, como asilo religioso para los pensamientos del casado viajero.

Algunas veces había pasado Ricardo por delante de su puerta, pero nunca se había resuelto a orar en ella, porque su amargura destilaba gota a gota en su corazón la duda y la ironía, y no osaba cruzar los umbrales de la casa del Señor, sin llevarle por ofrenda una fe sencilla y pura como la de sus primeras oraciones.

Pero aquella tarde abrumaba el pesar de su pobre espíritu, faltábale el corazón de un amigo con quien partir su desconsuelo, y le pareció que el Señor perdonaría sus dudas por lo mucho que padecía. Entró pues en el recinto de la oración: la capilla estaba silenciosa, sola; los postreros reflejos del sol la iluminaban con una luz vacilante y dudosa; todo era grave, solemne y recogido allí, y hasta los rumores de afuera se desvanecían a sus puertas. Ricardo sintió la religión de sus primeros años, se arrodilló desolado en las aras del altar, dejó correr las lagrimas que se agolpaban en sus ojos y oró con abandono, con confianza y con fe.

Rezó las oraciones de la Virgen, que le había enseñado su madre con el mismo candor que entonces, conoció que un bálsamo desconocido se derramaba por las llagas de su pecho, hasta se le figuró que la madre de los desventurados le sonreía con amor, y cuando alzó sus rodillas del suelo y fue a sentarse, divertido en blandas imaginaciones, en uno de los bancos de la capilla, comprendió que la esperanza es una luz del cielo, que brilla en las más espesas tinieblas de la desventura.

Alzó sus ojos a la bóveda del santuario como para dar gracias a la Virgen de su alivio, y un espectáculo de todo punto nuevo se ofreció a su vista. La nube de púrpura, que velaba las últimas miradas del sol, las derramaba sobre la tierra lánguidas y teñidas con los matices más delicados de la rosa, bien así como una reina llena de dulzura, que realza con sus cariñosas palabras la afable despedida de su real esposo. Aquellos mágicos resplandores penetraban por las altas vidrieras de la capilla, y derramaban sus apacibles tintas por las pintadas bóvedas.

Un pincel gigante de nuestros días, había dejado allí una magnífica huella, porque el Señor había rasgado delante de él las bóvedas del firmamento, y la gloria le había mostrado sus inefables galas y alegrías.

El soplo de Dios hinchó de inspiración el soplo de aquel hombre, los querubines prepararon en su paleta los cambiantes más suaves de la mañana, las pompas más sublimes de la tarde, y las ondulaciones más vagas de los inciensos, y mientras su mano, guiada por el frenesí divino que encendía su cabeza, copiaba las glorias del Altísimo, unos ángeles mujeres, parecidos a los que brotaban de su pincel, refrescaban su frente con el apacible batir de sus alas.

Estos ángeles-mujeres eran hermosos y aéreos, pero reinaba en su semblante un apagado viso de pesadumbre, como el sonido lejano de un arpa, que se ha amortiguado entre las alas de los céfiros. Ricardo, el poeta de las memorias, comprendió la expresión de pesar que empañaba apenas su frente, y divisó al través de ella las mártires del amor puro, las vírgenes que habían muerto con su primera pasión como una aureola de virtud, y que volando por espacio sin fin, al compás de las arpas de los serafines, volvían de cuando en cuando a la tierra compasivas miradas, y verían una lágrima sobre el hombre, que en un tiempo miraron como el compañero de su vida.

Por entre ellas y en celajes de color más encendido flotaban los ángeles niños, que habían caído en la huesa desde los pechos de sus madres, alegres, bulliciosos, abandonados, sin más pensamiento que el de su eterna alegría y el de las alabanzas del Señor.

Perdías en a veces en los más remotos términos del espacio, y aparecían allí radiantes aún, pero confusos como las formas de los ensueños; o se mostraban en las nubes más cercanas a la tierra, formando delicados y cariñosos grupos, y espiando con una sonrisa de esperanza, la triste peregrinación de sus madres por el suelo. Aquel espectáculo sojuzgó el alma de Ricardo, y el entusiasmo, que era la principal cualidad de su índole generosa, y que sólo yacía adormecido en su alma por las penas, se despertó de repente en su corazón; lanzaron sus ojos extraños resplandores y una especie de éxtasis artístico y religioso se apoderó de todas las facultades de su ser.

Su pecho había palpitado con las vagas melancolías de Osián; las sublimes visiones de Dante, las apariciones espléndidas del Apocalipsis habían embargado su imaginación , y sus ojos se habían detenido fascinados delante de los lienzos de Murillo y Rafael; pero jamás inspiración tan poderosa le había cautivado, jamás habían pasado por su mente tan profundas emociones. Quedó el joven embebecido en pensamientos de religión y de arte, doblose involuntariamente su cabeza, y ni él mismo supo lo que por él pasaba.

III

 La luz se apagaba de todo punto en la capilla, el sol se había escondido completamente, y sólo la encendida nube enviaba un reflejo cada vez más pálido, que atravesaba sin fuerza las vidrieras y se perdía entre los celajes de la bóveda.

Un extraño rumor, un rumor como lejano y delicioso, sacó de su distracción a nuestro poeta. Alzó los ojos y al punto volvió a cerrarlos como si un vértigo le acometiera, porque su imaginación se había desarreglado con el tropel de sensaciones de aquella tarde memorable, o los ángeles se había animado y dejando las bóvedas cruzaban el aire, lo alumbraban con el fulgor cambiante de sus alas y lo poblaban de inefables melodías.

Durante un rato que estuvo nuestro poeta con los ojos cerrados, su razón luchaba a brazo partido con su fantasía procurando sojuzgarla; pero su corazón a pesar suyo abrigaba una sensación dulcísima, un presentimiento de ventura, y su leal corazón jamás de había engañado. Abrió, pues, de nuevo los ojos y ya no le fue lícito dudar.

Los ángeles niños flotaban entre las nubes de magníficos arreboles: sus bocas puras como un capullo de entreabierta rosa, entonaban los cantares de la ciudad mística; sus alas esplendentes y ligeras se revolvían lanzando suaves reflejos y todo en derredor suyo respiraba el perfume y el abandono de la infancia.

Y los ángeles vírgenes pulsaban las arpas de oro, cruzaban por el viento con reposado compás, con frente melancólica pero radiante, y envueltos en nacaradas nubes parecidas al humo de los inciensos.

Rosas blancas y marchitas coronaban sus arpas, y de cuando en cuando caían algunas a los pies del absorto poeta, y el poeta las cogía y las aspiraba con fe y encontraba perfumes purísimos bajo aquel velo de muerte. La luz del Señor se había derramado en el místico recinto ; la luz de la mañana, la luz de los presentimientos dichosos inundaba el alma de Ricardo, y le parecía encontrarse delante de una de aquellas auroras de su primera juventud, en que el inmenso cielo estaba azul por todas partes, y el horizonte teñido de rosa, de jazmín y de gualda. ¡Pobre poeta!. ¡Cuánto tiempo hacía que su corazón no palpitaba con tanta dulzura Desde las noches en que su amor se adormecía bajo los pabellones de la esperanza, nunca se había sentido tan venturoso!

Súbito, una figura blanca y vaporosa se desprendió del coro de las vírgenes, cruzó el aire con sereno vuelo y quedó en pie delante del poeta. Un velo ligero y transparente ondeaba en torno de sus sienes; su vestido era blanco como el armiño y sólo una cinta negra estaba atada a su cuello con descuidado lazo. Cuando el poeta la vio se empañaron sus ojos, y su corazón se paró como si fuese a morir bajo el peso de la memoria, que despertaba en él la pura aparición de su ángel de ojos negros, de frente melancólica y de sonrisa angelical.

Hubo un largo silencio durante el cual callaron las arpas y los himnos; uno de aquellos silencios inexplicables y en el que hay tanta alegría como amargura. Por fin la virgen tomó la mano del poeta, le miró de hito en hito y le dijo con dulce voz los versos que Ricardo había compuesto para la noche de su despedida.

 

¡Pobre Ricardo! El ángel de la vida

¿Por qué extendió sus alas sobre ti?

¿Por qué tiñó tu juventud perdida

con el suave color del alhelí?

Tu amor como la espuma de los mares

Frágil entre amarguras pasará,

Y al eco de tus lúgubres cantares

Nadie sobre la tierra llorará.

La virgen de tus sueños de pureza

Flor solitaria de un abismo fue,

Que alzó a mirarte la gentil cabeza

Exhalando el aroma de su fe.

Pero nunca tus labios a besarla

En su pasión pudieron ¡ay! llegar,

Y apagarán sus hojas su color ...

¡Mísero corazón! ¿Por qué consumes

Sin porvenir el fuego de tu amor?

                     * * *

 

Triste es decir adiós a la esperanza

Junto a la puerta do asomó el placer...

Mas pasaron las auras de bonanza

Y sopla el huracán ...¡adiós, mujer!

¡Pobre Ricardo! el ángel de la vida

Al extender sus alas sobre ti,

Cegó tus ojos con su luz mentida...

¡Sombras eternas morarán allí!.

                     * * *

Hubo después de estos versos otro intervalo de silencio.

- ¡Pobre Ricardo!- dijo la virgen con un suspiro doloroso -.

-¡Oh! sí, ¡pobre Ricardo!- contestó el poeta -: mi vida se ha pasado sola como un sepulcro en medio de los campos, y tu memoria era la única que me acompañaba. Óyeme, angélica; yo no sé si eres tú o es tu sombra la que me habla. ¡Ay!, en mi corazón todas son sombras, y tú eras la más pura y más querida de ellas. ¡Ángel mío!, dime: ¿has visto tú mi abandono, mi soledad y mi pobreza? ¿Has visto tú mis humillaciones en medio de esta sociedad que ha consentido mi perdición cuando tenía dieciséis años, y mi corazón no pensaba más que en amarte? ¡Oh! dime como antes: ¡Ricardo mío! y yo seré feliz: Y si no eres más que una ilusión de mi fantasía, déjame morir con mi ilusión.

Es verdad - contestó la virgen -, algunos hombres han robado su manto a la justicia y nos han perdido: ¿Qué les habíamos hecho nosotros, pobres pájaros que solo les pedíamos la luz del sol, los cristales de las fuentes y un rosal donde cantar nuestros amores? ¡Ricardo, Ricardo mío! Yo he llorado mucho porque lloraba por ti, y mi corazón te seguía por doquiera, y sangraba con las espinas de tu senda de amargura.

Mi corazón se volvió a Dios y le mostró sus heridas, y le pidió bálsamo para curarlas, y Dios se apiadó de sus pesares, y mandó al ángel de la muerte que sacudiese sobre mi sus alas negras como las del cuervo, y el ángel las sacudió y mi alma flotó por los espacios y el Señor me colocó en el coro de mis hermanas las doncellas de los amores perdidos. Mis ojos, entonces, se volvieron hacia la tierra, y te vieron allí solitario y desamparado: tu corazón apagaba poco a poco su fuego, y sólo por mi exhalaba alguna vez una llamarada. Yo sentí que el mío se partía y me postré llorosa ante el trono del Eterno.

-¡Señor!- le dije -, perdón para el hombre que amé en el suelo: su alma está triste hasta la muerte, y su fe vacila.

- El hombre que tú amas - respondió el Señor -, ha dudado y su alma estará triste hasta morir. Pero baja a la tierra y consuélale y díctale cantares que alivien su tristeza: no te mostrarás a sus ojos como la virgen de sus primeros amores, porque sólo te ha ver cuando su alma llore al pie de los altares.

Y yo bajé a la tierra y me fui a sentar a tu cabecera bajo el semblante de una musa tierna y melancólica , y te di el laúd de ébano que has pulsado en la soledad. Yo te mostré tu pasado porque tu pasado era puro y virtuoso; y te oscurecí tu porvenir porque era nublado en tu imaginación, donde imperaban los recuerdos como señores despóticos. Yo alcanzaba permiso del señor para alzar de tarde en tarde una punta de tu velo y por allí veías el porvenir del mundo libre, resplandeciente y feliz; yo he velado sobre ti siempre, porque te había coronado con las primeras flores de tu esperanza: yo te he querido, porque te quise con mi primer amor, y este amor es como las lámparas del cielo que nunca se apagan.

Hoy has orado, y el Señor te ha permitido que me vieras entre la pompa de los ángeles y te ha recompensado de tu fe presentándome a tus ojos.

Las arpas de oro volvieron a sonar entonces, pero sus ecos dulcísimos y apagados se perdían por entre las bóvedas y apenas llegaban a morir en los oídos del poeta.

-¡Ricardo mío! - dijo el ángel -, ¿amas mucho la gloria?

- ¡Oh!- respondió el poeta contristado -; mi gloria eres tú: pero los lauros del amor no han crecido para mi frente, y yo quisiera laureles para ofrecértelos algún día en el paraíso.

Un ángel niño batió entonces sus alas de mariposa, trajo un laurel de oro y el ángel lo puso sobre la cabeza del poeta.

- ¡Toma - le dijo -, solitario poeta! Tus lágrimas y las mías han sacado las guirnaldas del amor; toma este laurel de oro y ojalá que tu fama vuele por los últimos ámbitos del mundo. ¿Pero habrá quién te adore como te adoro yo?.

¡Oh!, no pierdas tu amor, porque es un perfume quemado en un altar y entre sus nubes alzarás tu vuelo hasta el trono del Señor. Tu Angélica ha cruzado ya las tinieblas de la huesa para llegar a los campos de la luz y tú las cruzarás también, porque tu Angélica te aguarda y las esperanzas del cielo nunca se agostan en flor.

Calló la virgen y el poeta sintió el blando contacto de sus cabellos en su semblante, sus labios estamparon en la frente de Ricardo un beso de castidad y de pureza, sus alas se agitaron con un blando estremecimiento, y cuando el arrobado joven abrió los ojos, ya la visión se había desvanecido.

Enseñoreaban las sombras la capilla. La música de las arpas de oro se había perdido en el silencio de las tinieblas, y sólo a lo lejos se percibía un rumor débil y apagado como el de una bandada de palomas que surcan el viento. El poeta paseó por la oscuridad de sus desolados ojos, rodeó con ellos la capilla y sólo encontró en todas partes la noche y el silencio. Por una de aquellas ilusiones de óptica que tan fáciles son en las horas del crepúsculo, la ermita se ensanchó de un modo increíble a su vista: su bóveda le pareció más ancha que la de las góticas catedrales, y allá en lo más encumbrado de la cúpula fingían sus ojos dulces reverberaciones, más pálidas que las que despedían las alas de los ángeles, pero tan apacibles y serenas como aquellas. Sin duda la tribu luminosa se había parado allí un instante para darle el último adiós.

Entonces el tañido de una campana se derramó solemne y religioso por aquellas soledades, vibró con particular acento en todos los ángulos de la capilla, y el poeta cayó de hinojos delante del altar borrado por las sombras. Aquella campana que sonaba en el crepúsculo, como para recordar la incertidumbre de la vida, llamaba a los fieles a orar sobre los muertos y Ricardo que había perdido sus padres, el amigo de su niñez y el amor de su juventud, oró sobre las cenizas de los tres, y el eco santo de los altares repitió su oración como en prueba de que el cielo le había escuchado.

Cuando se acabó su plegaria sus ojos se alzaron a la cúpula de la ermita esperando encontrar en ella el velo flotante de las vírgenes, pero todo había desaparecido, y la noche envolvía la tierra entre su oscuridad. Los ángeles habían aguardado allí la oración del poeta suspendidos entre la tierra y el cielo, y la había llevado palpitante y fervorosa a los pies del Altísimo.

 

  IV

 Desde aquella tarde memorable las tristezas de Ricardo tuvieron una tinta más plácida y bien que los recuerdos de sus pasadas venturas anublasen en su espíritu, la reminiscencia de la gloriosa aparición era una especie de luna que todo lo plateaba en su memoria. Muchas veces iba a esperar el crepúsculo vespertino en el paseo de San Antonio de la Florida y el paseo por delante de sus puertas le era dulce como una cita de amores. Aquellas noches era tranquilo su sueño y poblado además de ensueños de esperanzas, de amor y de justicia.

 

D. Enrique Gil y Carrasco

Enrique Gil y Carrasco (1815-1846)

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