EL SEMANARIO PINTORESCO ESPAÑOL
Los maragatos
24 de febrero 1839. 2ªserie, nº8. Pags. 57-60
[un fragmento]
[…] Llega por fin la víspera de la boda, y en su tarde se examinan de doctrina cristiana y confiesan los novios, permaneciendo encerrados en su respectivas casas, sin concurrir á la cena que tienen los padrinos aquella noche.
Al otro día no bien despunta el alba, ya la gaita discurre por el lugar tocando la alborada y reuniendo á almorzar á los convidados de la boda. Acabado el almuerzo tocan á misa, y entonces el padrino, el padre de la novia y demas convidados varones se dirigen a la casa del novio, precedidos de la gaita y de los amigo solteros del novio llamados á tal ocasión mozos del caldo, que van haciendo salvas con sus carabinas.
Luego que entran en la casa, el novio se arrodilla, recibe con manifiesta emocion la bendicion de su padre, y en seguida recogido y silencioso, en medio del concurso y al lado del padrino, se encamina a la habitacion de la futura.
Las soltera amigas de esta están ya cantándole á la puerta canciones alusivas, algunas de las cuales tienen gracia por su sencillez; y cuando llega el momento de partir para la iglesia, la jóven deshecha en llanto recibe á su vez la bendicion paternal.
Toma entonces el novio con su comitiva el camino de la iglesia como unos sesenta pasos delante de su prometida, y esta camina del todo cubierta con su manto en medio de su acompañamiento femenino, que no cesa en sus cantares hasta la iglesia.
El cura está ya aguardando en el vestíbulo, y allí es donde se verifica la ceremonia, ajustándose los dos esposos un anillo á sus respectivos dedos, y ofreciendo las acostumbradas arras.
Concluida la misa, sale la gente con el mismo orden que trajo, con la diferencia de que el novio y comitiva se quedan á la puerta corriendo el bollo del padrino; á saber: en una especie de justa en la cual el que mas corre á pie se lleva la cabeza del bollo, repartiéndose lo demas entre los circunstantes en menudisimas porciones.
Dirígense en seguida á la desposada sentada á la puerta en una silla ataviada con todo el lujo posible del pais , y muchos dulces, con la madrina al lado cubierto el rostro: el marido se acomoda al otro lado en una segunda silla, y de esta suerte presencian las danzas con que festejan sus amigos, hasta que acabadas estas entra todo el mundo á comer, dejando á la puerta la anterior solemnidad y compostura, y tomando la alegria que tambien cuadra á la ocasión. […]
Enrique Gil y Carrasco (1815-1846)
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