A LA MEMORIA DEL CONDE ALANGE
(A mi amigo D. José de Espronceda)
Aún otra vez, callada lira mía,
aún otra vez el himno de los bravos
pueble el silencio de la noche fría
y hiele el corazón de los esclavos.
¡Campo Alange!, ¡perdón!, sombra gloriosa,
perdón para el cantor de los pesares
si en tu corona de laurel hermosa
el eco va a morir de sus cantares.
No es de dolor el himno que te canto,
no es de tristeza tu inmortal memoria,
mengua fueran palabras de quebranto
sobre esa tumba que selló tu gloria.
Mis trovas serán trovas de esperanza,
como en Grecia los himnos de Tirteo,
voces de libertad y confianza
que retumben allá en el Pirineo.
¡Oh!, yo he cantado un pueblo sin ventura,
y noble indignación tronó en mis labios
cuando le vi sumirse en la amargura,
perdido por los reyes y sus sabios.
A ti como bueno pereciste,
a ti también te cantará mi lira.
Mártir hermoso de los libres fuiste…
Mártir hermoso, tu virtud me inspira.
Cuando tronó el cañón en el Escalda
y el pendón tricolor flotó en Amberes,
marchitando en la sien de mil mujeres
del amoroso mirto la guirnalda,
y al son de fulminante artillería
tu espíritu iba en pos de ardiente bomba
que con fragor horrísono crujía,
como en la mar la temerosa tromba,
¿viste la libertad cruzar el viento,
flotante con su blanca vestidura,
perderse en el azul del firmamento
y aparecer allí radiante y pura?
¿La viste sonreírte y con el dedo
mostrarte en encantada maravilla
el alcázar antiguo de Toledo,
la morisca Giralda de Sevilla?
Y te dijo quizá: “Dulce es mi cuna,
al pie de los naranjos columpiada,
dulce es oír a la serena luna
de un bandolín la música pausada,
dulce es ver de mis hijos las falanges
palpitar de Padilla a la memoria…
Yo templaré en el Tajo sus alfanjes,
los llevaré a los campos de la gloria”.
Y en tu fervor postrado allí de hinojos
le dijiste: “Seré tu caballero.
Dulce será en la llama de tus ojos
los míos enclavar si acaso muero”.
Y guardaste tu fe dentro del pecho
como la fe de tu primer amor,
y flotaron en torno de tu lecho
imágenes de fama y de esplendor.
La libertad cumplió su profecía,
y su pendón se desplegó en los llanos,
y allá en los montes la bandera impía
se desplegó también de los tiranos.
Y del Tajo corriste a la orilla.
En él templó la libertad tu espada,
te llevó de la mano por Castilla,
y te dejó en su hueste denodada.
Tú del poniente sol a los vislumbres,
de una reina sublime en ademán,
la contemplaste en pie sobre las cumbres
de los gloriosos montes de Arlabán.
Gigante allí se apareció a tus ojos
la sien orlada de un laurel celeste,
hollando del esclavo los despojos,
y de las selvas en la pompa agreste.
Y te habló en una lengua misteriosa,
dulce como el aplauso de la fama,
y engalanó tu frente generosa
rico trasunto de su viva llama.
Tú, por su amor, intrépido lidiabas,
tu corcel iba en pos de sus banderas,
y otro Arlabán tal vez imaginabas
del cántabro océano en las riberas.
Los hijos de los libres combatían
de la inmortal Bilbao sobre los muros;
los hijos de los siervos sucumbían
dentro del foso reluchando oscuros.
Cuando miraste la ciudad triunfante
destacarse en lo blando de la nieve,
y del vapor de la neblina errante
desaparecer debajo el manto leve,
te soñaste cruzado de la gloria,
y otra Sión fingiste esplendente,
y las trovas del Taso tu memoria
cruzaron en tropel resplandeciente.
Y era con todo la ilusión divina
tu postrera ilusión sobre la tierra,
¡blanca nube de forma peregrina
que deshacen los vientos en la sierra!
¡Tú herido allí por una bala oscura
la víspera gloriosa del mañana
en que del monte ceñirá la altura
el humo del combate de Luchana!
¡Morir y no morir en la pelea
cuando al ronco cañón se enciende el alma
y pecho juvenil para desea
junto a la sombra de triunfante palma!.
Tu vista entonces se volvió a los cielos
empañada en vapor de amarga duda…
La libertad cruzaba con sus velos
las nubes pardas para darte ayuda.
No era el ángel que viste en el Escalda
ni la diosa que en bélico ademán
del occidente en la encendida gualda
se apareció en las crestas del Arlabán.
Era la madre que sus hijos llora,
era la virgen que perdió su amor,
y en quien de un cielo la esperanza dora
las tinieblas confusas del dolor.
Besó tu frente y con amor te dijo:
“bellos fueron tus días en la tierra,
bellos serán entre las nubes, hijo,
do te aguardan los héroes de mi guerra.
Ya no verán los soles de mi gloria
de tu sable el relámpago brillar
ni llenará más páginas la historia
con tu caballeresco batallar.
Mas eres mártir de una santa idea,
blasones y poder por ella diste…
tú mi arcángel serás en la pelea,
pues caballero de mi causa fuiste”.
Y tus ojos entonces se cerraron,
tu alma cruzó los campos de la luz,
y los fuertes guerreros sollozaron
de tu glorioso túmulo en la cruz.
Hoy que tus alas cubren las enseñas
que tu brazo otro tiempo defendía,
y en el silencio de enriscadas breñas
te muestras a mi ardiente fantasía,
hoy te pido un cantar de fortaleza
que truene por los ámbitos de España,
rico en vigor, espléndido en braveza,
rugido de un león en la montaña.
Ven, muéstrate a los ojos de los libres
que con adoración dicen tu nombre;
ora el acerco ensangrentado vibres,
ora te cerque tu inmoral renombre.
Y en tanto que en su mente entusiasmada
eco lejano del cañón retumba,
diles con voz sublime y levantada,
grave con el reposo de la tumba:
“¡himnos sin fin a la guerrera lira!
¡Su voz esparza por el mundo el viento!
¡Himnos sin fin! ¡La libertad no expira,
porque no muere el sol del firmamento!.
Madrid, 8 de noviembre de 1838
Enrique Gil y Carrasco (1815-1846)
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