Enrique Gil y Carrasco [Poesía] [La campana de la oración]

Trémulo son

vibra en el viento…

¿Es el acento

de la oración?

¿Es que suspira

la brisa pura,

que se retira

por la espesura?

 

¿Es que cantan las aves a lo lejos

con voz sentida al apagado sol,

bañadas en los últimos reflejos

de su encendido y bello tornasol?

 

¿Es el blando ruido de las alas

de los genios del día y de la luz,

que van a desplegar sus ricas galas

a otro país de gloria y juventud?

 

¿Es la voz destemplada del torrente,

que trueca su mugido bramador

en un himno dulcísimo y doliente,

himno de paz, de religión, de amor?

 

No, que esa voz misteriosa,

como el crepúsculo vaga,

cual la niebla vaporosa,

solitaria y melodiosa,

como la voz de una maga;

 

Es más que el leve murmullo

del aura que se despide

y besa el tierno capullo

y un instante , más le pide

con melancólico arrullo.

 

Es más que el triste cantar

de los pájaros pintados,

que contemplan admirados

nube rojiza empañar

del sol los rayos dorados.

 

Es más que la voz sonora

que es escapa del torrente

y en himno tímido llora

el muerto sol de occidente,

y aguarda el sol de la aurora.

 

Es más blanda y delicada

que la confusa armonía

del ala tornasolada

del espíritu del día,

en los aires agitada;

 

Que es la voz de la campana,

voz de la alegría y tristeza,

de alegría en la mañana,

triste en la noche cercana,

sepulcro de la belleza.

 

Voz que dulce y apagada

en la oscuridad solloza,

O que rica y acerada

corre los vientos alada

y entre misterios se goza;

 

Que tal vez recuerda el alma

despertada por su son

horas de plácida calma,

en que, solitaria palma,

florecida el corazón.

 

Y entonces las oraciones

de la infancia bulliciosa

pasan en blanca visiones

cual aéreas ilusiones,

por el alma pesarosa.

 

Y las dulces confianzas

de solícita amistad,

las doradas esperanzas,

abandono y bien-andanzas

de la venturosa edad.

 

Y las pláticas de amor

entre flores y verdura,

que cantaba el ruiseñor

y embellecía el pudor

de conturbada hermosura.

 

Todo en los ecos se mece

del misteriosos metal,

pero confuso aparece

y sin contornos se ofrece

como vapor matinal.

 

Que son harto delicados

Aquellos suaves placeres

en que yacen apiñados

ensueños idolatrados

con semblante de mujeres.

 

Porque en otro pensamiento

se miran sobrenadar,

y siguen su movimiento,

cual marchan al sol den viento,

las escuadras por el mar.

 

Pensamiento, sí, infinito,

que vaga por el espacio,

pensamiento de proscripto,

en las cabañas escrito,

y en la frente del palacio.

 

Las músicas de la vida,

el silencio del no ser,

y la amarga despedida,

y la queja dolorida

de las hojas al caer.

 

La idea consoladora

de otro mundo de virtud,

y la madre que nos llora

y que, aún muertos, nos adora

contemplando el ataúd.

 

La imagen de la doncella

que su fe nos dio al pasar,

y que tal vez nuestra huella

busca en moribunda estrella

con distraído pensar;

 

Y el ánima desatada

que va a llamar congojosa

a la puerta nacarada

de la mansión perfumada,

donde el querubín reposa;

 

Y Dios y la majestad,

y el son de las arpas de oro

en la mística Ciudad,

y aquel inefable coro

por toda una eternidad!!

 

Ideas son que oscurecen

las memorias infantiles,

y ante quienes desaparecen

y en humo se desvanecen

los delirios juveniles.

 

Encumbrada en gigante campanario,

desde allí enseñorea al huracán,

soberana de un mundo solitario

de grave y melancólico ademán.

 

¿Por qué, di, tanto gozo en la mañana?

Por que al oscurecer tanto pesar?

¿Por qué en tus ecos, lánguida campana,

haces así mi corazón rodar?

 

¡Ay! Cantas la esperanza en la alborada,

la fe sencilla del primer amor,

y en la noche las sombras de la nada,

desengaños y dudas y dolor.

 

Tal vez eres escala luminosa

por do se sube a la espléndida región:

tal vez eres la senda tenebrosa

que guía al ignorado panteón.

 

Paréceme en las noches mas oscuras

oír entre tus ecos de metal

unas palabras tímidas y puras,

perdidas en tu acento funeral.

 

Palabras de abandono y confianza,

blando perfume de inocencia y paz,

ideas de fantástica esperanza,

memorias de dulcísima amistad.

 

Memorias, sí, del malogrado amigo,

del malogrado amigo que perdí,

que repartía su placer conmigo,

y descargaba su amargura en mí.

 

Que desplegó mi corazón de niño,

como el alba las hojas de la flor,

y suavizó con maternal cariño

mis ideas de luto y de dolor.

 

¿Quién sabe si abandona su morada

cuando vas a cantar la última luz,

y cruzando la bóveda estrellada

mezcla a tu son el son de su laúd?

 

¿Quién sabe si hay un punto en el espacio,

de entrambos mundos eternal confín,

más alto que la cresta del palacio,

y postrer escalón del serafín?

……………………………………………

 

Tú eres campana, el punto misterioso;

sobre la tierra levantado estás,

y tú sin duda al celestial reposo

del espíritu amigo servirás.

 

Lanza tu voz, desplégala sonora,

pues que en ella le escucha mi pasión;

si es ilusión, campana bienhechora,

¡Ay! Déjame morir en mi ilusión:

 

Porque es triste perder el ser que amamos,

y los sueños con él perder también …

¿para qué averiguar si deliramos?

¿para qué razonar si obramos bien?

 

¡Ay! Es tan dulce al alma abandonarse,

y mecerse en memorias de placer,

y luego melancólica lanzarse

a buscar la esperanza en el no ser;

 

Que Dios sin duda te colgó en el viento,

como flor del perdido corazón,

cual llama, que el helado pensamiento

convierte en un aroma de oración.

 

Tú que me traes al rayar el día

vagos recuerdos de la bella edad,

y por la noche pálida y umbría

me muestras la confusa eternidad;

 

Tú que entre sombras y tiniebla vana

evocas una forma celestial…

¡Bendita seas, lúgubre campana!

¡Bendito, sí tu acento funeral!

 

LA CAMPANA DE LA ORACION

Enrique Gil y Carrasco (1815-1846)

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