Palma divina, reina del desierto,
emblema de esperanzas y de gloria,
de solitaria fe tranquilo puerto,
consuelo celestial de mi memoria,
¿Por qué crecer en esa mar de arena
bajo ese sol que quema tu follaje?
¿Por qué a la orilla de otra mar serena
no das al aura tu feliz plumaje?
Di: ¿en ese suelo que arrebata el viento,
que el sol calcina y en pavesas torna
eres de un pasado monumento
postrera flor que en su sepulcro adorna?
Tal vez en esos llanos silenciosos
crecieron juncos y pajizas cañas,
mecidos por los vientos cariñosos
al pie de las altísimas montañas.
Tal vez sus pueblos de tostada frente,
al tornar victoriosas de otros climas,
los campos de la patria florecientes
con alborozo vieron de su cimas.
Tal vez sus hembras, sueltos los cabellos,
al son de los panderos y atabales
danzaron de la luna a los destellos
en las noches de mayo celestiales.
¡Todo pasó! Bellezas y victoria
se llevaron las aguas de la muerte;
¡todo pasó! Las hojas de la historia
no nos dirán su tenebrosa muerte.
Las aguas junto a ti se deslizaron,
las ondas respetaron su cabeza,
y las aves de paso en ti cantaron
las eclipsadas pompas y grandeza.
Mas los días volaban tras los días,
los años empujaban a los años,
y cual sombras de paz sentarse vías
a tu pie los primeros ermitaños.
Tú escuchaste sus puras oraciones,
tú su meditación errante viste,
los ángeles quizá de sus visiones
en tus ramas sonoras acogiste.
¿Dónde paró su religión hermosa?
¿Cómo su cuerpo sepultó la arena?
Hoy no descubre solitaria losa
donde su vida se apagó serena.
Hoy cruza con su rápido caballo
el árabe las triste soledades,
soñando los perfumes del serrallo
y el mercenario amor de sus beldades.
¡Ay! De mi vida en la primera aurora
yo le envidié sus dichas pasajeras,
y el alma las buscaba abrasadora
en el desierto al pie de las palmeras.
Yo también animoso peregrino
a tu sombra algún día me he ocultado,
mas al llegar al fin de mi camino,
sin esperanzas, ¡ay!, caí cansado.
¡Todo pasó! Como en tus hojas bellas
sopló en mí el huracán de los desiertos,
y pálidas relucen las estrellas
para alumbrar mis devaneos yertos.
Mas, tal vez en las noches de tristeza,
en que resbalan lánguidas las horas,
un perfume de amor y belleza
se exhala de tus ramas bienhechoras,
y entonces, entre mágicos celajes,
pasan las ilusiones de oriente,
perlas, aromas, recamados trajes,
lances, cantares, bulliciosas fuentes;
pasan las odaliscas del serrallo
con abanicos de vistosas plumas,
de su frente el pesar por ocultallo
velado en chales de árabes espumas;
góndolas en estanques transparentes
con ricos pabellones misteriosos,
trovas de amor cansadas, fallecientes,
besos en ellas dulces y sabrosos.
Más allá la luna sobre el puerto
adurmiendo la mar en la ribera.
Y arde entonces la mente embriagada
con tantas ilusiones que fascinan;
arde como la bóveda azulada
donde las estrellas sin número dominan.
Y lánzase en las alas del deseo
a buscar en los vientos nuevos goces,
y escucha en su liviano devaneo
las alas de los ángeles veloces.
Y otros pensiles en las nubes mira,
y otros palacios mira en las montañas;
vagabunda y frenética delira
en torno de visiones tan extrañas.
Allí el amor, la luz y las mujeres,
allí los bosques, flores y jardines,
los aromas, los vinos, los placeres,
banquetes, algazaras y festines;
allí la relumbrante cimitarra
con puño de oro y rutilante acero,
allí las rosas en dorada jarra
al pie del humeante pebetero;
y más allá los plateados ríos
con coronas de mirto y azucenas,
corriendo al pie de alcázares sombríos
y besando sus márgenes serenas.
Y luego eunucos, guardias y soldados,
turbantes, yataganes, pedrerías,
esclavos en las aguas inclinados
llorando allí la mengua de sus días.
Y luego sueños, frenesí, demencia
y esperanzas sin cuento ni medida,
y en tanta esplendidez, paz, inocencia,
como fuente purísima, la vida.
Y al fin un cielo azul, vago, infinito,
de formas mil bellísimas poblado,
patria que adora el infeliz poscrito,
en luces y armonías levantado.
¡Soñar! ¡Soñar! ¡Morir al fin en sueños!,
desvanecer la vida entre celajes,
pasar entre los seres halagüeños
que pueblan sus fantásticos paisajes.
¡Eso es vivir! ¡Vivir entre placeres!
¡Esa es la vida verdadera y pura,
deslizada entre angélicas mujeres,
en sueños de virtud y de ventura!
Mas, ¿de qué sirve soñar
si el despertar viene luego?
¿De qué sirve amontonar
tantas visiones de fuego
que el dolor ha de apagar?
Dilo tú, palma divina,
tú que viste a mi esperanza,
pura rosa purpurina,
buscar puerto de bonanza
en tu sombra peregrina.
¿Qué me quedó, árbol hermoso,
de tanta gloria y pasión
de aquel bien tan presuroso,
doliente meditación,
a tu sombra de reposo?
¡Meditación del desierto
cabe la palma agosta!
¡Meditación bienhadada,
qué pacífico es tu puesto
para un alma apesarada!
Por los páramos errar
y al ángel de la oración
decirle nuestro pesar,
tener solitario altar
solitaria religión;
llorar en las soledades
las ilusiones perdidas
en populares ciudades
a los pies de las beldades
ufanas y envanecidas;
y luego la vista alzar
hasta el azul de los cielos,
y el ánima levantar
libre de corpóreos velos,
libre de llanto y penar.
¡Oh, Dios mío! En el desierto
solamente el corazón
a tanta dicha está abierto,
sólo allí brota encubierto
manantial de bendición,
sólo embebecida el alma
tal vez en la noche sueña
cabe la desierta palma
mágica voz halagüeña
rica en suavidad y calma.
Y es la voz del serafín
que vio humilde anacoreta
la voz que anuncia al poeta
esperanzas a su fin
de paz eterna y completa.
Yo que cantor he nacido
y entre tinieblas canté,
yo que mi amor he perdido,
que solitario he vivido
con mi dolor y mi fe,
busca la palma hechicera
para templar mis pesares,
y al viento dar los cantares
que oyó la verde pradera
de mis pacíficos lares,
busco el ángel cariñoso
que entre sus ramas habita,
melancólico y hermoso,
y en las horas del reposo
las blancas alas agita.
Que entonces son esperanza
las tinieblas de la suerte,
y el corazón allí alcanza
luz y buenaventuranza
en las sombras de la muerte.
LA PALMA DEL DESIERTO
Enrique Gil y Carrasco (1815-1846)
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