Enrique Gil y Carrasco [Poesía] [La palma del desierto]

Palma divina, reina del desierto,

emblema de esperanzas y de gloria,

de solitaria fe tranquilo puerto,

consuelo celestial de mi memoria,

¿Por qué crecer en esa mar de arena

bajo ese sol que quema tu follaje?

¿Por qué a la orilla de otra mar serena

no das al aura tu feliz plumaje?

Di: ¿en ese suelo que arrebata el viento,

que el sol calcina y en pavesas torna

eres de un pasado monumento

postrera flor que en su sepulcro adorna?

Tal vez en esos llanos silenciosos

crecieron juncos y pajizas cañas,

mecidos por los vientos cariñosos

al pie de las altísimas montañas.

Tal vez sus pueblos de tostada frente,

al tornar victoriosas de otros climas,

los campos de la patria florecientes

con alborozo vieron de su cimas.

Tal vez sus hembras, sueltos los cabellos,

al son de los panderos y atabales

danzaron de la luna a los destellos

en las noches de mayo celestiales.

¡Todo pasó! Bellezas y victoria

se llevaron las aguas de la muerte;

¡todo pasó! Las hojas de la historia

no nos dirán su tenebrosa muerte.

 

Las aguas junto a ti se deslizaron,

las ondas respetaron su cabeza,

y las aves de paso en ti cantaron

las eclipsadas pompas y grandeza.

Mas los días volaban tras los días,

los años empujaban a los años,

y cual sombras de paz sentarse vías

a tu pie los primeros ermitaños.

Tú escuchaste sus puras oraciones,

tú su meditación errante viste,

los ángeles quizá de sus visiones

en tus ramas sonoras acogiste.

¿Dónde paró su religión hermosa?

¿Cómo su cuerpo sepultó la arena?

Hoy no descubre solitaria losa

donde su vida se apagó serena.

Hoy cruza con su rápido caballo

el árabe las triste soledades,

soñando los perfumes del serrallo

y el mercenario amor de sus beldades.

¡Ay! De mi vida en la primera aurora

yo le envidié sus dichas pasajeras,

y el alma las buscaba abrasadora

en el desierto al pie de las palmeras.

Yo también animoso peregrino

a tu sombra algún día me he ocultado,

mas al llegar al fin de mi camino,

sin esperanzas, ¡ay!, caí cansado.

¡Todo pasó! Como en tus hojas bellas

sopló en mí el huracán de los desiertos,

y pálidas relucen las estrellas

para alumbrar mis devaneos yertos.

 

Mas, tal vez en las noches de tristeza,

en que resbalan lánguidas las horas,

un perfume de amor y belleza

se exhala de tus ramas bienhechoras,

y entonces, entre mágicos celajes,

pasan las ilusiones de oriente,

perlas, aromas, recamados trajes,

lances, cantares, bulliciosas fuentes;

pasan las odaliscas del serrallo

con abanicos de vistosas plumas,

de su frente el pesar por ocultallo

velado en chales de árabes espumas;

góndolas en estanques transparentes

con ricos pabellones misteriosos,

trovas de amor cansadas, fallecientes,

besos en ellas dulces y sabrosos.

Más allá la luna sobre el puerto

adurmiendo la mar en la ribera.

Y arde entonces la mente embriagada

con tantas ilusiones que fascinan;

arde como la bóveda azulada

donde las estrellas sin número dominan.

Y lánzase en las alas del deseo

a buscar en los vientos nuevos goces,

y escucha en su liviano devaneo

las alas de los ángeles veloces.

Y otros pensiles en las nubes mira,

y otros palacios mira en las montañas;

vagabunda y frenética delira

en torno de visiones tan extrañas.

Allí el amor, la luz y las mujeres,

allí los bosques, flores y jardines,

los aromas, los vinos, los placeres,

banquetes, algazaras y festines;

allí la relumbrante cimitarra

con puño de oro y rutilante acero,

allí las rosas en dorada jarra

al pie del humeante pebetero;

y más allá los plateados ríos

con coronas de mirto y azucenas,

corriendo al pie de alcázares sombríos

y besando sus márgenes serenas.

Y luego eunucos, guardias y soldados,

turbantes, yataganes, pedrerías,

esclavos en las aguas inclinados

llorando allí la mengua de sus días.

Y luego sueños, frenesí, demencia

y esperanzas sin cuento ni medida,

y en tanta esplendidez, paz, inocencia,

como fuente purísima, la vida.

Y al fin un cielo azul, vago, infinito,

de formas mil bellísimas poblado,

patria que adora el infeliz poscrito,

en luces y armonías levantado.

¡Soñar! ¡Soñar! ¡Morir al fin en sueños!,

desvanecer la vida entre celajes,

pasar entre los seres halagüeños

que pueblan sus fantásticos paisajes.

¡Eso es vivir! ¡Vivir entre placeres!

¡Esa es la vida verdadera y pura,

deslizada entre angélicas mujeres,

en sueños de virtud y de ventura!

 

Mas, ¿de qué sirve soñar

si el despertar viene luego?

¿De qué sirve amontonar

tantas visiones de fuego

que el dolor ha de apagar?

Dilo tú, palma divina,

tú que viste a mi esperanza,

pura rosa purpurina,

buscar puerto de bonanza

en tu sombra peregrina.

¿Qué me quedó, árbol hermoso,

de tanta gloria y pasión

de aquel bien tan presuroso,

doliente meditación,

a tu sombra de reposo?

¡Meditación del desierto

cabe la palma agosta!

¡Meditación bienhadada,

qué pacífico es tu puesto

para un alma apesarada!

Por los páramos errar

y al ángel de la oración

decirle nuestro pesar,

tener solitario altar

solitaria religión;

llorar en las soledades

las ilusiones perdidas

en populares ciudades

a los pies de las beldades

ufanas y envanecidas;

y luego la vista alzar

hasta el azul de los cielos,

y el ánima levantar

libre de corpóreos velos,

libre de llanto y penar.

¡Oh, Dios mío! En el desierto

solamente el corazón

a tanta dicha está abierto,

sólo allí brota encubierto

manantial de bendición,

sólo embebecida el alma

tal vez en la noche sueña

cabe la desierta palma

mágica voz halagüeña

rica en suavidad y calma.

Y es la voz del serafín

que vio humilde anacoreta

la voz que anuncia al poeta

esperanzas a su fin

de paz eterna y completa.

Yo que cantor he nacido

y entre tinieblas canté,

yo que mi amor he perdido,

que solitario he vivido

con mi dolor y mi fe,

busca la palma hechicera

para templar mis pesares,

y al viento dar los cantares

que oyó la verde pradera

de mis pacíficos lares,

busco el ángel cariñoso

que entre sus ramas habita,

melancólico y hermoso,

y en las horas del reposo

las blancas alas agita.

Que entonces son esperanza

las tinieblas de la suerte,

y el corazón allí alcanza

luz y buenaventuranza

en las sombras de la muerte.

 

LA PALMA DEL DESIERTO

Enrique Gil y Carrasco (1815-1846)

Inicio > Sus Poesías > LA PALMA DEL DESIERTO