Enrique Gil y Carrasco [Poesía] [A Espronceda]

¿Y tú también, lucero milagroso,

roto y sin luz bajaste

del firmamento azul y esplendoroso,

donde en alas del genio te ensalzaste?

 

¡Gloria, entusiasmo, juventud, belleza,

de tu gallardo pecho la hidalguía

¿cómo no defendieron tu cabeza

de la guadaña impía?

 

¿Cómo, cómo en el alba de la gloria,

en la feliz mañana de la vida,

cuando radiantes páginas la historia

con solicita mano preparaba,

súbito deshojó tormenta brava

esta flor de los céfiros querida?

 

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Águila hermosa que hasta el sol subías,

que los torrentes de su luz bebías,

y luego en raudo vuelo

rastro de luz e inspiración traías

al enlutado suelo;

¿Quién llevará las glorias españolas

por los tendidos ámbitos del mundo?

¿Quién las hambrientas olas

del olvido y su piélago profundo

bastará a detener? Tus claros ojos

no lanzan ya celestes resplandores:

fríos yacen tus ínclitos despojos;

faltó el impulso al corazón y alma,

en las ramas del sauce de tu tumba

en el arpa enmudeció de los amores,

y de tu noche en el silencio y calma

trémula y dolorida el aura zumba!

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¡Y yo te canto, pájaro perdido,

yo a quien tu amor en sus potentes alas

sacó de las tinieblas del desierto,

que ornar quisiste con tus ricas galas,

que gozó alegre en tu encumbrado nido

de tus cantos divinos el concierto!

¿Qué tengo yo para adornar tu losa?

Flores de soledad, llanto del alma,

flores ¡ay! Sin fragancia deleitosa,

hiedra que sube oscura y silenciosa

por el gallardo tronco de la palma.

 

¡Oh, mi Espronceda! ¡ oh generosa sombra!

¿por qué mi voz se anuda en la garganta

cuando el labio te nombra?

¿Por qué cuando tu planta

campos huella de luz y de alegría,

y tornas a la patria que perdiste,

torna doliente a la memoria mía,

a mi memoria triste,

de tu voz la suavísima armonía?

 

¡Ay! Si el velo cayera

con que cubre el dolor de mis yertos ojos,

menos triste de ti me despidiera:

blanca luz templaria mis enojos

cuando siguiese tu sereno vuelo

hasta el confín del azulado cielo.

¡Adiós, adiós! La angélica morada

de par en par sus puertas rutilantes

te ofrece, sombra amada;

ve a gozar extasiada

la gloria inmaculada

de Calderón, de Lope y de Cervantes.

 

A ESPRONCEDA

Enrique Gil y Carrasco (1815-1846)

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