Enrique Gil y Carrasco [Poesía] [Una gota de rocío]

Gota de humilde rocío

delicada,

sobre las aguas del río

columpiada.

La brisa de la mañana

blandamente,

como lágrima temprana

transparente,

mece tu bello arrebol

vaporoso

ente los rayos del sol

cariñoso.

¿Eres, di, rico diamante

del Golconda

que en cabellera flotante

dulce y blonda

trajo una Sílfide indiana

por la noche,

y colgó en hoja liviana

como un broche?

¿Eres lágrima perdida

que mujer

olvidada y abatida

vertió ayer?

¿Eres alma de algún niño

que murió

y que el materno cariño

demandó?

¿O el gemido de expirante

juventud

que traga pura y radiante

el ataúd?

¿Eres tímida plegaria

que alzó al viento

una virgen solitaria

en un convento?

¿O de amarga despedida

el triste adiós,

lazo de un alma partida,

¡ay!, entre dos?

 

Quizá tu frágil belleza,

quizá tus dulces colores,

tus cambiantes y pureza,

y tu esbelta gentileza,

tus fantásticos albores,

son imágenes risueñas

de contento y de ventura,

son citas de una hermosura,

son las tintas halagüeñas

de alguna mañana pura.

Que acaso bella te alzaste

entre el cantar de las aves

y magnífica ostentaste

tu púrpura y oro suaves,

y con ellos te ensalzaste;

que acaso en cuna de flores

viste la lumbre de día,

y blando soplo de amores

te llevó una noche umbría

en sus alas de colores.

Y en la rama sus pendida

de un almendro floreciente

oíste trova perdida,

en el perfumado ambiente

por los ecos repetida.

Ruiseñor enamorado

cantaba encima de ti,

y junto al tronco arrugado

oíste un beso robado

a unos labios de rubí.

 

Misterios y colores y armonías

encierras en tu seno, dulce ser,

vago reflejo de las glorias mías,

tímida perla que naciste ayer.

Pero es tan frágil tu existencia hermosa

y tu espléndida gala tan fugaz

que es un vapor tu púrpura vistosa

que quiebra el ala de un insecto audaz.

Mañana ¿qué será de tus encantos,

de tus bellos matices, pobre flor?

No habrá pesares para ti, ni llantos,

ni más recuerdo que mi triste amor.

Si tu vida fue un soplo de ventura,

si reflejaste el celestial azul,

no caigas, no, sobre esta tierra impura

desde tu verde tronco de abedul.

Pídele al sol que con su rayo ardiente

disipe por los aires tu vivir

o a un pájaro de pluma reluciente

que recoja en su pico tu zafir.

Que no naciste tú para este suelo,

para trocar en lodo tu beldad;

tú, más baja que espíritu del cielo,

más alta que la humana vanidad.

Quédate ahí pendiente de tu rama

cual blanco mensajero de oración,

que sólo verte la esperanza inflama

y alienta al quebrantado corazón.

Quizá al pasar un ángel solitario

te cubrirá con su ala virginal…

Si caes envolverá frío sudario

tu forma vaporosa y celestial.

 

UNA GOTA DE ROCIO

Enrique Gil y Carrasco (1815-1846)

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