Enrique Gil y Carrasco [Poesía] [El Sil]

Recuerdos de la infancia

 

Río de las ondas claras

y las arenas de oro,

que en los remansos te paras,

y de sus sombras amparas

tu codiciado tesoro;

 

Yo, que mi frente infantil

miraba en ti reflejar,

sin que su terso marfil

pudiera el ardor febril

de la pasión empañar;

 

¿Por qué no escucho un acento

de los días de mi infancia

en tu raudal violento?

¿Por qué pasas turbulento

con tu espuma y tu arrogancia?

 

¿Desdeñarán tus cristales

ser espejo de tristeza,

cual si pudieran mortales

de mi frente las señales

ir a empañar tu  pureza?

 

Los días de tu cariño

fueron y de mi consuelo,

cuando, bullicioso niño,

vía por ti sin aliño

volar las nubes del cielo.

 

¡Oh quién pudiera volver

a tan rosadas auroras!

¡Quién pudiera detener

el huracán de las horas

que llevaron mi placer!

 

¿Quién volverá al alma mía

los perdidos pensamientos

con que tus ondas seguía,

y allí los desvanecía

pesarosos o contentos?

 

Y aquel acento sin fin

con que tu blando murmullo

halagaba en tu confín

de la tórtola el arrullo

y el cantar del colorín;

 

Y la voz ronca y sonora

con que al pasar saludabas,

con que triste lamentabas

murallas que son ahora

de la torpe yedra esclavas;

 

¿Do están, río cristalino,

que las perdió el corazón?

¿Fue su encanto peregrino,

fue su prestigio divino,

calenturienta ilusión?

 

Cruzan tusa aguas mis ojos

hoy solitarios y oscuros,

y no encuentran sus enojos,

ni los helados despojos

de aquellos sueños tan puros.

 

¿Será que en la mente sólo

moran ventura y pesar,

y que el mundo es un lugar

de mentiras y de dolo,

que disipa el despertar?

 

Que tus aguas corren hoy

como corrían ayer;

sólo mudado estoy,

porque los pasos que doy,

son pasos hacia el no ser.

 

Temerarios pensamientos

cruzan en mi frente marchita,

y en dudosos sentimientos

trémula el alma se agita,

cual nave en contrarios vientos.

 

Esas aguas que llevaron

con mi niñez mi ventura,

¿En dónde, río, pararon?

¿Quizá las abandonaron

en el mar de la amargura?

 

Cuando fié mi esperanza

de tus frágiles arenas,

soñaba sólo bonanza,

paz y bienaventuranza

en tus orillas amenas.

 

Pero tormenta furiosa

tus márgenes ensanchó,

y mugiendo cenagosa,

tus arenas arrastró

con mi dicha candorosa.

 

Que luego joven y triste

por tus orillas busqué

la paz que dejar me viste,

y á encontrarla no alcancé,

y sólo en la mente existe.

 

Y sin embargo es hermoso

cabe tus aguas soñar,

y el paisaje deleitoso

de un pasado venturoso

en tus cristales mirar.

 

Es hermoso, claro río,

amontonar las quimeras

sobre tus ondas ligeras,

junto a ese alcázar sombrío,

que descuella en tus riberas.

 

Que si a tientas caminamos

por las nieblas del vivir,

y cuanto más avanzamos,

otro tanto recelamos

del oscuro porvenir,

 

no es mucho que inquieta el alma

vuelva a mirar lo que fue,

y llore si yerto pie

huella la pasada clama

y de la infancia la fe.

 

¿La ilusión es la verdad?

¿O es la verdad ilusión?

¿Es la ciencia vanidad?

¿Es la gloria soledad

del humano corazón?

 

Las dudas ¡ay! Atormentan,

el ánima combatida,

la turban y la amedrantan,

y las flores ahuyentan

del sendero de la vida.

 

Un tiempo descollaron en tu orilla

altas memorias de gigantes hombres,

resplandecientes armas sin mancilla,

nombrados hechos, y gloriosos nombres.

 

En ti el romano, vencedor del mundo,

llevó a beber sus miserables siervos:

tú consolabas su dolor profundo

delante de los déspotas protervos.

 

Y tú, al pulir el oro del romano

que mercenarias manos le labraban,

viste cómo los ojos del tirano

con la codicia vil centelleaban.

 

Tú sumidos los viste en torpe mengua,

bien así como impúdicas mujeres,

mover tan sólo la cobarde lengua

para cantar sus lúbricos placeres.

 

Tú miraste la bárbara cuchilla

sus crímenes lavar con sangre roja,

y caer los tiranos en tu orilla,

como en otoño macilenta hoja.

 

Viste después en la vecina altura

flotar al viento el pabellón templario,

y su alcázar de gótica estructura

retratarse  en tu espejo solitario.

 

Sus nobles y cumplidos caballeros

cantaban en tu margen cristalina

las empresas y honor de sus aceros,

el sepulcro de Dios, la Palestina.

 

Magnánimos, de lustre esclarecido,

con tantas prendas de memoria eterna,

¿cómo ¡Ay Dios! sus blasones han caído

en pedazos al pié de su poterna?

 

Ellos tan valerosos y alentados,

ellos tan grandes, de ánimos tan nobles,

¡yacen bajo la yedra sepultados!

¡Allí descansan lúgubres e inmobles!

 

Pasaron los romanos desafueros,

pasaron sus impuras bacanales,

pasaron los templarios caballeros

con sus lucientes armas y señales:

 

Y de los dos la infancia fue segura,

la juventud de entrambos rica y fuerte:

y ambos cruzaron como sombra oscura

los silenciosos campos de la muerte.

 

Y tú, río, llevaste sus blasones,

bien como gentil infancia mía,

bien como llevarás las ilusiones

de mi caduca frente en algún día.

 

Ya que perdí mis dichas infantiles,

tráeme, río, de entonces una flor,

una flor nada más de sus pensiles,

en cuyo cáliz vierta mi dolor!

 

Gentil y vistosa infancia,

delicado y puro sueño,

flor que un cáliz de fragancia,

ufana con tu elegancia,

viertes en valle risueño;

 

Pues por mi mal te perdí,

ven en mi mente á sosegar:

recuerda que niño fui;

que entonces no conocí

las tinieblas del pesar.

 

Tú eres para mí el amor,

un amor triste y perdido,

blando y lejano sonido,

que lleva un viento traidor

al desierto del olvido.

 

Por la noche y a la luna

cruzan blancas tus memorias

las aguas de la laguna,

como encantadas historias,

como prendas de fortuna.

 

Y el alma vaga con ellas

abandonada y dichosa,

olvidando sus querellas

a la luz de las estrellas

vacilante y misteriosa.

 

Y entonces me creo niño,

y sueño blanca mi frente

como la piel de un armiño,

y soy hermoso, inocente,

el hijo de tu cariño.

 

1838.

 

 

EL SIL

Enrique Gil y Carrasco (1815-1846)

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