Enrique Gil y Carrasco [Poesía] [Un día de soledad]

L´esprit de la priere et de la solitude

qui plane sur les mots, les torrents et les bois,

dans ce qu´aux yeux mortels la terre a de plus rude

appelá de tout temps des ames de son choix.

LAMARTINE

 

Hay una voz dulcísima, inefable,

de tierno encanto y apacible nombre,

alada, pura, mística, adorable,

música eterna al corazón del hombre.

 

Es soledad su nombre acá en la tierra;

mas bendición los cielos la apellidan:

un misterio sin fin allí se encierra,

y a su festín los ángeles convidan.

 

En alas de un espíritu divino

el alma vagarosa se levanta,

hiende el éter azul y cristalino,

y envuelve en nubes su ardorosa planta.

 

Y cuando acababa triste, acongojada,

su peregrinación de luz y gloria,

cuando llega hasta el suelo quebrantada,

pobre en ventura, espléndida en memoria;

 

Entonces mira en rutilante espejo

reflejarse de Dios la omnipotencia,

y, de la gloria pálido bosquejo,

estremecerse el mundo a su presencia.

 

Y el sol, esplendoroso mensajero,

los prados matizar de bellas flores,

cual esclavo rendido y placentero

que prepara el festín de su señores.

 

Ve al céfiro mecer las arboledas

en homenaje al Rey del firmamento,

y cual pendones de flotantes sedas

ondear sonorosas en el viento.

 

Hombre es ya el alma que ángel se miraba,

ser formado de muerte y esperanza.

Nave rota la quilla y en mar brava,

de dudas y de fe triste balanza.

 

Y con todo, la luz y la armonía,

las aguas y los bosques y collados,

los himnos de tristeza ó de alegría,

los árboles sombríos y apiñados,

 

Vuelven la paz al conturbado pecho,

apagan el volcán de las pasiones:

duérmese el alma, cual en blando lecho

tímida virgen llena de ilusiones.

 

Sí; porque un eco a nuestra voz responde,

cual la bóveda santa a las plegarias,

y un ángel Dios en cada gruta esconde

para oír nuestras quejas solitarias.

 

¡Oh! ¿por qué el genio triste y abatido

cuya cabeza abraza un pensamiento,

y que le ve marchito, escarnecido,

rodar de la ciudad el pavimento;

 

Por  qué, Dios mío, busca en la amargura,

lejos del mundo, asilo y esperanza?

¿Por qué corre a ocultarse en la espesura,

cual ciervo herido de enemiga lanza?

 

Nuestro espíritu es obra de tus manos,

infinito cual tú, señor del mundo;

y todo el esplendor de los humanos

no llenará vacío tan profundo.

 

Para escuchar tu voz consoladora

el ser contemplador deje los hombres,

que vanidad ridícula devora

y mueren por las letras de sus nombres.

 

Tú pueblas de visiones apacibles

la dulce soledad, inmenso templo,

formas aéreas, suaves, bonacibles,

de tu poder y tu bondad ejemplo.

 

Por eso en los suspiros de las ramas

suena la voz de un padre cariñosa,

y el alma de un amigo en dulces llamas

arde tal vez en nube silenciosa.

 

Por eso mira el enlutado amante

allá a los lejos entre parda bruma

flotar la vírgen que perdió distante,

cual en mar borrascosa blanca espuma.

 

¡Oh Dios! ¿qué explica el delicioso llanto,

la dulce turbación que agita el alma,

bálsamo de amargura y de quebranto,

brisa templada en la profunda calma?

 

¿Es precursora de la paz divina,

la paz que goza el alma solitaria?

Y ese fanal de amor que la ilumina

¿Es de tu gloria santa luminaria?

 

¡Oh Dios! ¡una morada en el desierto,

un pájaro que cante tu alabanza,

con una flor sobre el peñasco yerto

meciéndose, cual nave en la bonanza!

 

¿Para qué más riquezas ni ventura?

¿para qué vanidades pasajeras?

¿De qué sirven amores ni hermosura,

las palmas de la gloria lisonjeras?

 

¡Ay! Nuestro corazón es un abismo

y cegarlo con flores un delirio:

es el hombre verdugo de si mismo

y por mentida fe sufre martirio,

 

Buscad la paz orilla de los mares,

pedídsela a la bóveda estrellada,

buscadla en las ruinas y lugares

que recuerden los tiempos y la nada.

 

Que delante de Dios y lo infinito

truena la voz la verdad sonora;

y cruza el alma, mísero proscrito,

un golfo hacia su patria encantadora.

 

 

UN DIA DE SOLEDAD

Enrique Gil y Carrasco (1815-1846)

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