Enrique Gil y Carrasco [su vida]

Su madured

El poeta, no sólo se había introducido en los círculos literarios a través de las tertulias del café del Príncipe.

 

Desde la fundación de El Liceo en 1837, Enrique Gil era una de los personajes habituales de este Círculo.

 

Además de La gota de rocío, se leyeron otros poemas suyos en las sesiones allí celebradas a lo largo de 1838, como El cisne leída por Espronceda, Polonia leída por Ventura de la Vega, El Sil, A Blanca y Paz y porvenir, leídas por el propio poeta.

 

Gil y Carrasco, caracterizado como un articulista que rara vez se inmiscuía en política, en dos de estos poemas, Polonia y Paz y Porvenir, introduce la moda de la oda patriótica. Mediante esta fórmula expresará sus inquietudes sociopolíticas en dos ocasiones más, en los poemas A la memoria del Conde Alange, dedicada a José de Espronceda, y A la memoria del general Torrijos.

 

Como socio del Liceo participa en la recepción oficial de la Reina Mª Cristina el 30 de enero de 1838 y es uno de los poetas que figura en el álbum que le fue entregado a la soberana regente, gracias a su poesía La niebla.

 

También asiste a la fiesta que se celebró con motivo del traslado de la asociación al palacio de Villahermosa el 3 de enero de 1839.

 

Otros personajes habituales en las reuniones del Liceo eran Pastor Díaz, Romero Larrañaga, González Bravo, Escosura, Espronceda, Ventura de la Vega, Alcalá Galiano, García de Villalta, Gil y Zárate, Bretón de los Herreros, Gorostiza, Julián Romea, Zorrilla, Martínez de la Rosa, Donoso Cortés, el Duque de Rivas, el conde de Toreno, Quintana, Ochoa, García de Guitiérrez, Carlos Latorre, Mesonero Romanos, Salas y Quiroga, Navarrete, Mellado, Estébanez Calderón, Miguel de los Santos Álvarez o Fernando de la Vera e Isla.

 

El 12 de abril de ese año, el mismo Enrique Gil publica en El Correo Nacional una noticia sobre las actividades realizadas en el Liceo y sobre una conferencia que fue pronunciada por su amigo José Espronceda.

 

Estas colaboraciones se vieron interrumpidas bruscamente debido a la enfermedad del escritor.

 

La tuberculosis, que ya arrastraba de épocas anteriores, le obliga a regresar a Ponferrada para intentar recuperarse.

 

Su enfermedad ... [regreso a Ponferrada ...]

Su hermano Eugenio escribe en su biografía:

 

[…] ¿Por qué has vuelto a los campos de tu niñez, pobre ruiseñor del Bierzo? ¿Será que el hijo va á despedirse para siempre de su madre? ¡Ay! El ángel de la muerte ha debido darte el primer aviso porque en tu rostro distingo la profunda y recuente huella de una enfermedad gravísima; pero las auras del otoño reaniman tu sangre; la primavera de 1840 completa la obra, y tres años más tarde brotará de tu pluma El Señor de Bembibre […]

 

Se ve obligado a abandonar una posición social, un ambiente cultural y unas amistades, de diferentes ideologías, que El Bierzo nunca le va a poder ofrecer. Se producirá un trasvase de vivencias desde la corte y el bullicio hacia la tranquilidad y el reposo del que dispondrá en tierras bercianas.

 

Mientras se reponía en El Bierzo de su enfermedad escribió la novela El lago de Carucedo, que envió por correo a Mesonero Romanos en marzo y en abril de 1840.

 

Su vuelta a Madrid

Es en el Semanario Pintoresco Español donde retoma su actividad como crítico con su artículo sobre las Poesías de Don José de Espronceda. Días más tarde se inicia la publicación de El Lago de Carucedo.

 

Puede que durante este año decidiese no publicar más obras ya que accede a un puesto fijo como ayudante segundo en la Biblioteca Nacional, trabajo que le dejará menos tiempo libre y le permitirá escoger las publicaciones en las que desee colaborar.

 

Este puesto, conseguido el 28 de noviembre de 1840 gracias al sempiterno apoyo de su amigo Espronceda, le permitirá disfrutar de una situación económica más holgada, puesto que su sueldo, de 9.000 reales al año, le ofrece mayor estabilidad que los esporádicos trabajos anteriores.

 

Desde este momento, empieza a recopilar información y en sus horas libres que utilizará en la creación de su obra más conocida, la novela histórica El señor de Bembibre.

 

En mayo de 1841 de Pensamiento la regencia de Espartero, Enrique Gil comienza su colaboración en El Pensamiento, revista que habían fundado sus amigos Eugenio Moreno, Espronceda, Ros de Olano y Miguel de los Santos Álvarez.

 

Hasta que esta revista deje de publicarse en octubre de 1841, Gil y Carrasco dispondrá de un foro para expresar sus ideas sin que nadie le coarte en la     elección de los temas. Esto explica que en sus crónicas trate temas tan dispares como Luis Vives o la literatura de los Estados Unidos de América por Eugenio A. Vail.

 

También sabemos que, tras solicitarlo, pudo pasar un mes durante el verano de 1841, en Ponferrada.

 

Cuando termina su actividad periodística en esta revista deja de publicar durante un lapso de tiempo bastante dilatado que durará desde octubre de 1841 a febrero de 1843.

 

Durante este periodo de silencio en las publicaciones periódicas con seguridad estaba trabajando en su novela El señor de Bembibre, en los artículos de costumbres que serán editados en 1843 en la colección Los españoles pintados por sí mismos y en sus artículos sobre El Bierzo y la provincia de León publicados bajo el título de Bosquejo de un viaje a una provincia de interior.

 

La muerte de Espronceda [regreso a Ponferrada ...]

Un hecho inesperado marcará especialmente su vida y quizá fuese el causante de esa inactividad como escritor: el 23 de mayo de 1842 muere su amigo y protector D. José Espronceda.

 

Esta muerte, unida a la de sus otros amigos y familiares, además de un golpe difícil de superar, supondrá para él un indicio más de su inevitable destino, el de fallecer siendo aún muy joven. A esto parecen responder las palabras de su hermano Eugenio en su biografía:

 

[…] ¡Cuán rudo golpe descarga ahora sobre tu corazón la suerte! Espronceda acaba de morir (h) Las tumbas del cementerio de San Sebastián repiten en apagados ecos los ayes de tu pecho desgarrado. El águila hermosa remontó su vuelo para esperarte más alta que el sol: ¿cuánto tiempo te aguardará? […]

 

La impresión que le causó este fallecimiento provocó que esa misma noche escribiese su última composición poética, actividad que había abandonado hacía dos años, para intentar homenajear como se debía al hombre que tanto le ayudó desde su llegada a Madrid. A Espronceda

 

Enrique Gil junto con Julián Romea, Ros de Olano, García de Villalta y otros amigos, se encontraba en la habitación donde moría Espronceda. Sobre su tumba, en el cementerio de San Nicolás leerá los versos anteriores y da su permiso para que sean publicados en los periódicos de carácter progresista El Corresponsal y El Eco del Comercio.

 

Para recuperarse de esta pérdida y de nuevos achaques sufridos a causa de su salud regresa al Bierzo el verano de 1842. Allí realizará diferentes excursiones que le enriquecerán a la hora de construir El Bosquejo de un viaje a una provincia de interior.

 

El autor señala al inicio de esta narración que los motivos que le impulsaron a escribirlo fueron el agradecimiento hacia su tierra:

 

[…] En cuanto a nosotros, que hemos nacido en esta tierra y pasado en ella los alegres días de la infancia, y los no tan alegres de la primera juventud, hemos creído justo dedicarle este leve testimonio de nuestro amor y recuerdos. Tal vez el torbellino de la suerte nos arrojará a una playa extranjera dentro de poco (*), tal vez la mano se helará cuando quiera coger de nuevo la pluma. El tiempo y las cosas pasan como las hojas de los árboles, sin que para ellos haya primavera vivificadora: ¡extraña manía la del pobre entendimiento humano que a toda costa quiere dejar estampada su huella en la arena movediza de su camino!

 

(*) Demasiado pronto se realizó este melancólico presentimiento. El autor salió a los dos años de España con una honrosa comisión del Gobierno y a los tres murió en el extranjero, víctima de su aplicación, sin volver a pisar el país que le vio nacer [Nota de la edición de 1883] […]

 

Lo que desconocía Enrique Gil es que dos años más tarde, como él parecía intuir, se marcharía de España.

 

También sin saberlo, deja su huella, su testamento a en esta tierra, gracias a esta narración. Quizás, sin poder explicárselo, en su foro interno creyese que nunca más vería a su familia, ni pasearía por los lugares con los que se sentía más identificado.

 

Las circunstancias que acompañan a la vida de Gil y Carrasco, se repiten anticipado situaciones que se sucederán en el futuro.

 

Esta premonición confirma las manifestadas años antes en sus poesías, El Cisne

 

Enrique Gil y Carrasco (1815-1846)

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