En el verano de 1845, se agrava su enfermedad y aunque le es concedido un permiso para trasladarse a Niza en busca de un clima más suave, el otoño se le echaba encima y prefirió permanecer en Berlín ante la posibilidad de un viaje farragoso.
Tras recibir en otoño varios ejemplares de El señor de Bembibre regalará uno con cariño especial a Humboldt.
Éste, tras indicarle algunos sabios consejos respecto a su presentación y dedicatoria, le entregará en navidad un ejemplar al rey, que lo acogerá con gusto e incluso pedirá diversos mapas para localizar El Bierzo.
El profesor Humboldt, en nombre del rey, le ofrecerá además la gran medalla de oro, reservada a las personas relevantes en las artes y en las letras.
En un intento de corresponderle, el escritor berciano solicita para su amigo, al gobierno español, la Gran Cruz de Carlos II, que le entregará en su casa a finales de enero de 1846.
Los días siguientes a esta entrega serán la crónica de una agonía que le llevará a la muerte la mañana del 22 de febrero de 1846.
Para conocer esta agonía basta con leer las páginas de la biografía de su hermano Eugenio, o verla reflejada en la que sufre su protagonista de El señor de Bembibre, doña Beatriz.
Fue enterrado en Berlín, en el cementerio católico de Santa Eduvigis.
Al sepelio acudieron diversos representantes de la diplomacia, el Barón Humboldt, y su amigo D. José de Urbistondo, que costeó un sencillo monumento funerario.
Gran parte de sus apuntes y enseres permanecerán en la embajada de Berlín hasta la segunda guerra Mundial en la que desaparecerán.
Entre ellos se encontraban notas de viaje y escritos de los que tenemos referencia gracias, entre otros, a César Morán.
Varios periódicos de la época se hicieron eco de su muerte, entre ellos, El Castellano, El Español, El Liceo de la Coruña y el Semanario.
Los homenajes a Enrique Gil se suceden en especial cuando se acerca el aniversario de su nacimiento o de su muerte.
Este es el origen de variadas publicaciones que, como la de José Mª Goy en 1924, niegan que fuese cierta la leyenda de que su muerte se debiera a un duelo de amor, como si de un verdadero personaje de tono romántico se tratase.
Este mismo autor señalaba que en su tumba, caducado el derecho de sepultura en 1882, es enterrado otro cadáver, el de Peter Reichemperger.
Dichos datos son corroborados en 1924 en la velada literaria realizada en su honor, en la que Gómez Núñez, que había visitado su tumba en Berlín, Alberto L. Carvajal, Marcelo Macías y José Mª Goy ya querían repatriarlo y erigir un momento en su nombre.
Este repatriación se hizo efectiva, bajo los auspicios del profesor Picoche, en 1987, encontrándose hoy en día el remanente de sus huesos en la Iglesia de San Francisco de Villafranca de El Bierzo, la ciudad que el escritor tantas veces había querido olvidar.
Parece que la historia de "el cisne sin lago" cada vez se torna más esclarecida y paradójica.
Al igual que el regreso a su patria estuvo plagado de misterio y dificultades, su biografía es densa en estas características.
El camino para seguir estudiando sobre ella siempre conduce a datos nuevos e interesantes.
Enrique Gil y Carrasco (1815-1846)
Enrique Gil y Carrasco (1815-1846)