Evangelios

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Una advertencia, a modo de introducción

 

Antes de nada una precisión. El contenido de este "trabajo", "reflexión" o como quiera denominarse a lo que sigue a continuación, está realizado desde una experiencia de fe, tal y como la define el Catecismo de la Iglesia Católica en su artículo 150 y ss (la fe es una adhesión  personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo, e inseparablemente, el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado).

En otras palabras, en ningún caso está en mi intención realizar una exégesis del Evangelio, ni mucho menos una interpretación historicista del mismo. Ni mi capacidad, ni mis conocimientos me lo permitirían. Pero tampoco está en mi voluntad tal cometido.

Mi enfrentamiento con el Evangelio lo realizo desde la sentencia contenida en el Catecismo de la Iglesia Católica en su artículo 81: La Sagrada Escritura es la palabra de Dios, en cuanto escrita por inspiración del Espíritu Santo.

Ello, por convencimiento, no porque lo diga el Catecismo. Desde mi libertad y mediante la interiorización de las verdades contenidas en la Escritura.

Qué duda cabe que el Evangelio, tomado como cuerpo cierto y completo, no solamente como estilo literario, pero también, y muy especialmente, el A.T., contienen errores históricos de bulto (cronológicos, políticos, sociales, costumbristas, etc.), pero ello no invalidan el carácter de la Biblia como Libro de libros y medio para la Revelación de Dios al hombre a través de la historia.

Por ello, a lo largo de mi "trabajo" procuraré ceñirme a lo que a mí, desde mi propia experiencia existencial, me dice el texto evangélico, procurando evitar la exégesis y la investigación histórica, aunque, a veces, será imposible soslayar estas actuaciones.

No soy tan ingenuo como para pensar que el Evangelio de Jesucristo (en cualquiera de sus cuatro redacciones) contiene exactamente los dichos y acciones de Jesús con literalidad mecanicista. A través de la abundante documentación consultada he podido constatar que ésto no sólo no es así, sino que, en su mayor parte, es muy probable que las redacciones evangélicas, fruto de la trascripción de tradiciones orales de los seguidores de la Iglesia primitiva, contengan perícopas, dichos y acciones atribuidas a Jesús que, realmente, corresponden a aportaciones de los propios redactores evangélicos e, incluso, "añadidos" muy tardíos (del siglo II o posteriores).

Sin embargo, esta inexactitud histórica no priva al Evangelio de Jesucristo de su mensaje salvífico y de su inspiración espiritual. Tampoco minora mi creencia de que estos textos, aunque no contengan literalmente las palabras de Jesús de Nazareth, sí contienen su enseñanza y doctrina.  Por lo tanto, y a pesar de ello, seguirá siendo "la Palabra de Dios" y sobre ella asiento mi fe, no sobre la exactitud empírica de su contenido (ya sea en sus versiones griegas, arameas o cualquiera de las lenguas en que nos llegue el mensaje de Cristo).


 

 

PRÓLOGO

 

 

Cuando nos enfrentamos a la lectura de cuatro textos, con cuatro autores diferentes, como son los evangelios que vamos a examinar a continuación, y vemos que  relatan un mismo acontecimiento en forma dispar, la pregunta es obvia: ¿por qué ante un mismo hecho o circunstancia, los evangelistas redactan sus textos de forma, no sólo diferente, sino que, en ocasiones,  hasta divergente?, ¿es que no perciben el mismo hecho?.

Hagamos una primera precisión. La época histórica y sociológica en que se redactan los evangelios es bien diferente de la que vivimos. Hoy nos preocupa, del hecho que se nos narre, no sólo el hecho en sí, sino también, y de forma unida indefectiblemente, sus circunstancias (fecha, cronología, desarrollo ordenado de acontecimientos, etc.).

No es el caso, ni de los evangelistas, ni de su cultura, ni de su audiencia. No es el hecho histórico, tomado tal cual lo concebimos hoy, lo que les preocupa, sino el trasfondo que le acompaña, lo que les preocupa.

Vamos a dejar bien sentada una premisa. Si bien todos los evangelistas tienen un propósito común: propagar la Buena Noticia de la Redención y reconciliación de la humanidad con el Padre, en el Hijo, a través del Espíritu, cada uno lo hace desde una base cultural diferente, hacia un auditorio distinto y utilizando fuentes, a veces coincidentes y otras veces no.

Vayamos por orden, al menos cronológico.

Marcos escribe en Roma, para los judíos del ombligo del mundo de la época, de la mano de Pedro. Podría decirse que el Evangelio de Marcos es realmente el Evangelio de Pedro. Pedro es, posiblemente, el más conservador de los apóstoles, y al que más le costó romper con el judaísmo oficial. Por ello su evangelio, que es el primero en escribirse, contiene un mensaje menos incisivo que los de Mateo y Lucas para con la sociedad judía; y nos presenta la obra de Jesús de forma más aséptica, dejando al lector la respuesta a la pregunta esencial: ¿quién es Jesús?, aunque él mismo, al comienzo de su evangelio, aporta su propia respuesta (Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios).

Mateo (Leví), es uno de los 12 elegidos por Cristo. Escribe desde Israel y para los judíos (en arameo), publicano en Cafarnaún y de formación helenística.

Es el más combativo de todos los evangelistas para con la sociedad  judía de la época.

Su evangelio se apoya constantemente en citas, cuasi literales, del AT para demostrar que en Cristo se dan todas las profecías anteriores sobre el Mesías, circunstancia que él da por sentado como base de su evangelio. No se ocupa de describir o justificar tradiciones sociales o religiosas, sino que intenta aprovechar éstas para sus fines apologéticos.

Lucas es un médico originario de Antioquía. Su origen pagano y su cercanía a Pablo nos ofrecen un evangelio más descriptivo y pormenorizado, antropológicamente hablando. La influencia de Pablo, y los destinatarios originales de sus escritos (judíos de cultura helena y gentiles), hacen de sus textos una narración más universalista. Posiblemente es el evangelio más católico de todos (en la acepción literal: católico = universal). El Reino de Dios está abierto para todos, sin exclusiones.

El Evangelio de Jesucristo según San Juan es el más teológico y de contenido catequético de los cuatro. Quizá porque probablemente fue el último en ser redactado y en unas circunstancias especiales (prisión o destierro del evangelista) y probablemente porque sus fuentes no son las mismas que las de los sinópticos.

La utilización de los textos de las escrituras por los evangelistas, no es, sin embargo, una exclusividad de Mateo. Todos ellos, en mayor o menor medida, apoyan sus afirmaciones y calificaciones sobre Cristo en textos anteriores. Es su forma de ratificar su experiencia de fe y de expandir la Buena Noticia con apoyo documental, como diríamos en nuestros tiempos.

Este estilo argumental debemos razonarlo en dos vertientes: por un lado para rebatir los argumentos de los escribas, fariseos y saduceos acerca de la falsedad de Jesús como Mesías; y, por otro, para reafirmar sus propias creencias y las de sus discípulos.

No debemos perder de vista que los evangelios se redactan entre los años 70 y 100 de nuestra era, en momentos críticos para el nacimiento de la nueva Iglesia y con un colectivo sometido a persecuciones y controversias con la religión oficial judía.

No olvidemos tampoco que el cristianismo no es identificado como algo desgajado del judaísmo hasta algún tiempo después, ya que en sus orígenes, era una secta marginal dentro del judaísmo.

Tampoco debemos obviar que Jesús no escribió, ni mandó escribir, ningún texto acerca de sus enseñanzas y doctrinas (al menos que nos haya llegado hasta nosotros). Por lo tanto, los evangelios los escriben dos apóstoles que convivieron con Él su etapa de predicación (Mateo y Juan), un discípulo-ayudante de Pedro (Marcos) y un médico, discípulo de Pablo (Lucas) con un propósito catequético y de divulgación, junto con un trasfondo proselitista.

Si bien Mateo y Juan vivieron, de primera mano, la vida pública de Cristo, el momento espiritual de sus vivencias con Él tampoco era el más apropiado para acometer una explicitación escrita de las mismas. Fue bastantes años después de la Ascensión, que optaron por la transcripción escrita de sus recuerdos y percepciones junto a Jesús de Nazaret.

El caso de Lucas y Marcos es semejante entre ellos y diferente de los anteriores. Ninguno de los dos conoció a Jesús.

Redactan sus escritos por los relatos de quienes les rodean.

La semejanza de los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas ha dado origen a la teoría de un "quinto" evangelio nunca encontrado: la fuente "Q" (del alemán Quelle = fuente), en el que se inspirarían Mateo y Lucas. Y éstos, a su vez, también beben de la fuente del evangelio de Marcos. Sin embargo, con ser semejantes, estos tres evangelios mantienen diferencias, no sólo de matiz, sino cronológicas y ,especialmente de estilo e intenciones. Tendríamos, por lo tanto, cinco fuentes evangélicas: Q, Marcos, fuentes propias de Mateo, fuentes propias de Lucas y fuentes propias de Juan.

Los evangelios no son, en ningún caso, una biografía de Jesús de Nazaret. Nunca fueron redactados con esa intención.

Hoy por hoy, aún no se ha escrito una biografía de Cristo porque, además de carecer de datos biográficos fiables, su figura trasciende el personaje histórico.

Jesús no es un nuevo profeta, no es solamente un hombre bueno y justo, tampoco es el fundador de una nueva religión (en todo el evangelio jamás encontraremos una sola frase de Cristo en ese sentido).

Jesús, para los que seguimos, valoramos y creemos en su predicación y enseñanza, como dice Marcos al comienzo de su texto, es EL HIJO DE DIOS. Por lo tanto, su paso por la tierra no puede restringirse solamente a una fría relación cronológica de hechos, datos, fechas, cifras y crónicas. Lo que emana de Jesús es un Nuevo Orden, no sólo social, sino inter relacional e integral del hombre consigo mismo, con sus semejantes y, especialmente, con Dios (Padre). Que los hechos relatados por los cuatro evangelistas no se ajusten exactamente al acontecer histórico, que se muestren diferencias entre uno y oro relato, carecen de importancia si evaluamos el evangelio en su conjunto y en relación con los antecedentes que lo motivan, porque no debemos olvidar que, en origen, el evangelio es judío y se apoya firmemente en la tradición y cultura hebreas. Por lo tanto, la contemplación del Nuevo Testamento (no sólo del evangelio, sino también del conjunto de las epístolas de los apóstoles, el libro de los Hechos y el Apocalípsis) de forma desgajada del Antiguo Testamento nos conduciría a errores interpretativos importantes y a lagunas de comprensión fundamentales. A la inversa, desde nuestras creencias, la lectura aislada del AT nos dejaría una sensación de inconclusión y provisionalidad.

A partir de estas "iniciaciones", vamos a intentar acometer una reflexión global sobre EL EVANGELIO DE JESUCRITO bajo los siguientes  parámetros de trabajo:

a).- No tengo interés doctrinal o proselitista alguno.

b).- Mi única intención es la de plasmar, por escrito, lo que acude a mi mente cuando leo los pasajes evangélicos. Por lo tanto, las interpretaciones que pueda transcribir son totalmente subjetivas.

c).- Mi intención es partir de una base de análisis acrítica, pero, obviamente, desde una creencia católica, aunque totalmente laica y libre de ataduras institucionales.

d).- Mi formación teológica y religiosa es "elemental". Serán las reflexiones sencillas de un hombre simple que se apasiona por descubrir, día a día, la presencia de Jesús en cada acontecer.

e).- Apriorísticamente no tengo establecida ninguna reflexión concreta sobre cada pasaje, aunque sí, lógicamente, sobre el conjunto evangélico, por lo tanto, al día de hoy, desconozco absolutamente lo que voy a escribir.

Si mis limitaciones, tanto formativas, como culturales, me llevan a alguna apreciación que pueda resultar errónea conforme a los cánones establecidos, lo siento, pero seguirán siendo MIS apreciaciones, fruto exclusivo de mi pensamiento, aunque abierto a las aportaciones que puedan incorporarse a mi escaso bagaje intelectual.

Sin embargo, si alguna de ellas puede resultar molesta o escandalizadora para algún posible lector, vaya por delante mi disculpa. Jamás ha estado, ni estará, en mi intención "violar" la conciencia o creencia íntima de nadie.

 

 


 

MATEO MARCOSLUCAS- JUAN

El Santo Evangelio refundido

EVANGELIOS DE LA INFANCIA

 

Mc.1, 1

1 Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.

El comienzo del texto refundido, es, a su vez, el comienzo del Evangelio de Jesucristo según San Marcos.

Fijémonos en esta frase, porque contiene principios básicos, a pesar de su simplicidad aparente.

El Evangelio, como Buena Noticia o Buena Nueva, es de Jesucristo. No, como habitualmente solemos denominarlo: Evangelio de Mateo, Marcos, Lucas o Juan.

La Buena Noticia es el propio Cristo. Su venida, su cercanía y su acción salvífica. Por lo tanto, la noticia que se nos narra, la alegría que se nos transmite no procede del evangelista de turno, sino del propio Cristo. La esencia evangelizadora (transmisión de la alegría de la reconciliación con Dios-Padre) es que Jesús = Hijo de Dios, se ha encarnado y nos ofrece su Palabra de vida.

Marcos comienza su escrito con la conclusión a que debemos llegar todos los cristianos. Con la esencia nuclear de nuestra fe: Jesucristo es la Buena Noticia porque es el Hijo de Dios.

Hombres buenos y justos que han proclamado sus noticias ha habido muchos en la historia de la humanidad. Jesús no es sólo eso, que también, sino que su Buena Noticia (la instauración del reino de Dios en la tierra) se legitima, además, por su origen: Dios mismo.

 

Lc. 1, 1-4

1 Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas, 2 tal como nos  lo enseñaron los que desde el principio lo vieron con sus ojos, y fueron ministros de la palabra, 3 me ha parecido también a mí, después de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas por orden, oh excelentísimo Teófilo, 4 para que conozcas bien la verdad de las cosas en las cuales has sido instruido.

 

Desde aquí, hasta  Lc. 2, 52, nos encontramos con lo que se ha venido en llamar “Los evangelios de la infancia”. Se trata de pasajes muy breves y sucintos que recogen muy esquemáticamente el anuncio, nacimiento y primera infancia de Jesús de Nazareth, entremezclados con el anuncio y nacimiento de Juan el Bautista.

Tanto de uno como de otro, los textos bíblicos nos ofrecen pocas referencias históricas de su época infantil y juvenil, ni siquiera narrativas. Lo poco que se ha podido añadir a los textos canónicos y que se conserva en las tradiciones culturales de los pueblos, ha sido extraído de los evangelios apócrifos.

Es una lástima no poder conocer en mayor profundidad los hechos relativos a la infancia, adolescencia y juventud de Jesús, porque ello nos hubiese aportado un mayor bagaje de conocimientos empíricos sobre el posterior desarrollo de la enseñanza de Cristo.

Si desconocemos la mayor parte de estos años es, obviamente, porque el propio Jesús no quiso revelar sus vivencias a sus amigos. Y, si lo hizo, lo haría bajo la premisa de confidencialidad y, como Él mismo nos aporta en Jn. 2, 4 (4 Jesús le dijo: ¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora.). Son 30 años de la vida de Jesús (Lc. 3, 23: Tenía Jesús, al comenzar, unos treinta años, y era según se creía hijo de José, hijo de Helí) que quedan prácticamente en el anonimato, ya sea por voluntad del propio Jesús, ya sea por omisión voluntaria de los evangelistas, o por alguno de esos guiños históricos tan comunes y desconcertantes que hacen desaparecer hechos y circunstancias en el limbo del olvido histórico.

Si bien Mateo y Lucas dedican un reducido espacio a la infancia de Cristo, San Lucas es el único que dedica pasajes enteros a determinados acontecimientos relevantes en la vida del Jesús infantil, aunque ninguno a su adolescencia y juventud.

Hemos de suponer que durante todos esos años, Cristo desarrolló una vida familiar (en Nazaret) no muy diferente de la del resto de los niños hebreos. Seguramente ayudaría a su padre en la carpintería. Con toda seguridad se educó y formó en el conocimiento de la Escritura y recibió una enseñanza religiosa de acuerdo con la costumbre y tradición de la época.

Vayamos, entonces, al intento que nos ocupa, ciñéndonos a lo recogido en los textos evangélicos, ya que cualquier otra consideración sobre los años “perdidos” no pasaría de ser una pura especulación, tanto histórica como teológica.

 

Lc. 1, 5-23

5 Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, de la clase de Abías; su mujer  era de las hijas de Aarón, y se llamaba Elisabet. 6 Ambos eran justos delante de Dios, y andaban irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor. 7 Pero no tenían hijo, porque Elisabet era estéril, y ambos eran ya de edad avanzada. 8 Aconteció que ejerciendo Zacarías el sacerdocio delante de Dios según el orden de su clase, 9 conforme a la costumbre del sacerdocio, le tocó en suerte ofrecer el incienso, entrando en el santuario del Señor. 10 Y toda la multitud del pueblo estaba fuera orando a la hora del incienso. 11 Y se le apareció un ángel del Señor puesto en pie a la derecha del altar del incienso. 12 Y se turbó Zacarías al verle, y le sobrecogió temor. 13 Pero el ángel le dijo: Zacarías, no temas; porque tu oración ha sido oída, y tu mujer Elisabet te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Juan. 14 Y tendrás gozo y alegría, y muchos se regocijarán de su nacimiento; 15 porque será grande delante de Dios. No beberá vino ni sidra, y será lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre. 16 Y hará que muchos de los hijos de Israel se conviertan al Señor Dios de ellos. 17 E irá delante de Él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto. 18 Dijo Zacarías al ángel: ¿En qué conoceré esto? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada. 19 Respondiendo el ángel, le dijo: Yo soy Gabriel, que estoy delante de Dios; y he sido enviado a hablarte, y darte estas buenas nuevas. 20 Y ahora quedarás mudo y no podrás hablar, hasta el día en que esto se haga, por cuanto no creíste mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo. 21 Y el pueblo estaba esperando a Zacarías, y se extrañaba de que él se demorase en el santuario. 22 Pero cuando salió, no les podía hablar; y comprendieron que había visto visión en el santuario. Él les hablaba por señas, y permaneció mudo. 23 Y cumplidos los días de su ministerio, se fue a su casa.

 

Examinemos primero la escena que se nos presenta en este primer pasaje del Evangelio según San Lucas.

Tenemos a Zacarías, personaje relativamente acomodado, de buena posición y reconocido en su ciudad, de la que no se nos informa del nombre, (aunque sabemos que estaba ubicada geográficamente en Judea. No tanto porque se mencione en este pasaje, como porque después se la menciona, sin citar su nombre, en Lc. 1, 39: En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá) sacerdote, y, por lo tanto, en una situación de influencia social y política en su mundo. Tiene, sin embargo, una mácula en su historia: su mujer es estéril. En Israel, los hijos son considerados una bendición de Dios (consideración que llega hasta nuestros días, por influencia de la propia cultura y tradición judeocristiana) (Gen. 4,1: Conoció el hombre a Eva, su mujer, la cual concibió y dio a luz a Caín, y dijo: «He adquirido un varón con el favor de Yahveh.»).

Por su parte, su mujer, Elisabet, proviene de la familia del hermano de Moisés, por lo tanto, de buena cuna.

Ambos son considerados justos y cumplidores de la Ley, por lo tanto, y teniendo en cuenta la tradición hebraica, difícilmente justificable su ausencia de paternidad, al menos como consecuencia de sus pecados.

A la luz de esta presentación, la situación de esta pareja es injusta a los ojos de los hombres.

Sin embargo, Dios utiliza otros parámetros para sus consideraciones. Él elige, para el desarrollo de sus planes, a quien considera más idóneo, al margen de cómo sean calificados en el mundo material.

En la acción de Zacarías podemos ver dos símbolos específicamente bíblicos y hebraicos: la suerte y el incienso.

La suerte, el echar a suertes, es una costumbre hebrea muy utilizada porque mediante esta acción se quería ver la intervención directa de Dios en los acontecimientos posteriores. Cada semana los sacerdotes echaban a suertes las funciones a realizar en los oficios del templo.

El incienso, como oblación agradable a Dios, proviene de una costumbre agrícola muy arraigada. La costumbre de ofrecer incienso proviene del Éxodo (Ex. 25, 6: aceite para el alumbrado, aromas para el óleo de la unción y para el incienso aromático). Aparece 89 veces en la Biblia, siempre como una ofrenda a Dios. El incienso simboliza el aroma de lo bueno que es agradable y perfumado y sube a Dios cuando es quemado y ofrecido.

Continuemos con la escena que Lucas nos ofrece.

Zacarías entra en el Santuario para ofrecer la oblación que le había tocado en suerte, mientras el pueblo queda fuera. También es una constante, especialmente en el AT, que la relación con Dios se realice exclusivamente por la intermediación de alguien: sacerdote, profeta, caudillo (jueces, reyes, etc.), mientras que el pueblo queda al margen (queda fuera) del diálogo con Dios.

Cristo se encargará, a lo largo de su predicación, de acercar la figura de Dios, el Padre en boca de Jesús, al hombre. Mientrastanto, el pueblo (el hombre de a pie) queda marginado de la relación con Dios, lo que conlleva una suerte de dominación, sutil y efectiva, por parte de la casta elitista.

Sin embargo, Dios es el Señor de todos los hombres, no sólo de los “elegidos” para realizar su culto. El Creador se ha ido revelando de forma paulatina al hombre en la economía de la redención, hasta el clímax personificado por Cristo y el establecimiento del Reino de Dios en la tierra.

Por lo tanto, la relación con Dios no precisa de intermediación. Es directa y personal de cada individuo con el Padre. Ha de ser una relación íntima y de confianza (de fe), basada en el amor y la caridad. Desde esa perspectiva, desde la igualdad que la relación con Dios ofrece, podemos encarar la relación con el otro, con el hermano. El otro es nuestro reflejo, es el espejo de nuestra realidad y el camino directo hacia la intimidad con Dios.

Sigamos con la escena.

Zacarías está ofreciendo el incienso, tal y como le había tocado en suertes. De repente se le aparece un ser desconocido a la derecha del altar del incienso. Por definición: un ángel (más concretamente el arcángel Gabriel).

El hecho de aparecer “a la derecha” del altar del incienso no es caprichoso. La derecha es la parte noble del estrado (trono) de Dios. Todo cuanto está a su derecha es ensalzado y elevado. Por el contrario, lo colocado a la izquierda, es distinguido y diferenciado como negativo. Si consideramos el altar del incienso como el lugar donde Dios se encuentra, la aparición del ángel a la derecha del mismo implica su categoría y significación elevada como mensajero directo de Dios. La dignificación de la derecha lo podemos encontrar en numerosos pasajes bíblicos, tanto en el Antiguo, como en el Nuevo Testamento (son las partes derechas del cuerpo de Aarón las que se marcan con la sangre del sacrificio [Ex. 29, 20: Una vez inmolado, tomarás su sangre y untarás con ella el lóbulo de la oreja derecha de Aarón y el lóbulo de la  oreja derecha de sus hijos; el pulgar de su mano derecha y el pulgar de su pie derecho, y derramarás la sangre alrededor del altar], la derecha es el lugar donde el sabio tiene el corazón [Ecl. 10, 2 El sabio tiene el corazón a la derecha, el necio tiene el corazón a la izquierda], etc.; también es el lugar donde el Pastor pondrá a las ovejas [Mt. 25, 33: Pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda], o el lugar donde Cristo está sentado [1 P 3, 22: Que, habiendo ido al cielo, está a la diestra de Dios, y le están sometidos los Ángeles, las Dominaciones y las Potestades]).

Imaginemos el susto que Zacarías se llevó ante esta aparición. Especialmente cuando el “mensajero” le informa de que va a tener un hijo.

Ante este anuncio, la reacción de Zacarías es puramente humana: no se lo cree, le asaltan las dudas y desconfía del anuncio.

Su mente opera con la lógica humana: tanto él como su esposa son mayores para la concepción. El hecho que se le anuncia es imposible de concebir por la mentalidad humana, por ello no es extraño que Zacarías, ante la propia impresión quede mudo.

Probablemente, los hechos reales no discurrieron por estos cauces. Estamos ante una narración típica de la época y cultura hebrea del momento. Una cultura teocrática, que ante circunstancias extrañas a lo considerado factible por la mente humana de la época, achacan a Dios la acción misteriosa.

Lucas escribe este pasaje 80 ó 90 años después de acaecido, y siempre sobre la base de relatos de diversas personas no identificadas en el propio Evangelio. No es extraña, entonces, la fabulación, magnificación y atribución milagrosa del acontecimiento. Tampoco importa demasiado, estamos ante una experiencia de fe, una experiencia religiosa de unos personajes reales.

Ante esta circunstancia, los hechos históricos reales pasan a un segundo plano.

La narración es docente y catequista. Se trata de transmitir la creencia de que para Dios nada es imposible. Ni siquiera la fertilidad de una pareja infértil.

Desde nuestra mentalidad materialista y “científica”, es imposible aceptar literalmente este relato. Sólo podemos contemplarlo desde su significado y trasfondo religiosos.

Zacarías, ante la situación de “injusticia” que vive por la ausencia de descendencia, reza, ruega y pide la ayuda de Dios para que esta situación cambie.

Probablemente la infertilidad de la pareja obedecía a circunstancias naturales o psíquicas que en un determinado momento varían y permiten la concepción. En todo caso, lo que en aquella época se consideraba como “mayor”, para nosotros sería una edad “desaconsejable” para la procreación, pero no imposible (40 – 50 años).

Cuando dichas circunstancias cambian e Isabel concibe, Zacarías ve la intervención de Dios en su propia y personal historia. Entiende que sus ruegos han sido escuchados y ante esta convicción religiosa se hace el propósito de dedicar a su hijo al “nazareo” (lo dedica a Dios, por ello no puede beber ninguna bebida fermentada, ni raparse el cabello, etc.) y le impone el nombre de Juan (Juan en hebreo significa Yahweh es misericordioso).

Volvamos al texto literal.

El fenómeno de la anunciación mediante un ángel (mensajero), o la intervención de Dios ante la esterilidad,  no es novedoso en la Biblia. Veamos varios ejemplos: anunciación a Abraham en Gen. 18, 10 (Dijo entonces aquél: «Volveré sin falta a ti pasado el tiempo de un embarazo, y para entonces tu mujer Sara tendrá un hijo.» Sara lo estaba oyendo a la entrada de la tienda, a sus espaldas); también lo encontramos con Isaac en Gen. 25, 21 (Isaac suplicó a Yahveh en favor de su mujer, pues era estéril, y Yahveh le fue propicio, y concibió su mujer Rebeca) y con Jacob en Gen. 30, 22 (Entonces se acordó Dios de Raquel. Dios la oyó y abrió su seno).

Estamos ante un hilo conductor común. Es la enseñanza por la reiteración. Dios interviene en nuestra historia, incluso en la cotidiana e inmediata. Lo específico de nuestra creencia es la experiencia de fe que podemos extraer de los acontecimientos que se presentan ante nuestra vida. La experiencia de Dios que seamos capaces de reconocer.

Esto es lo que Zacarías en este texto, y anteriormente los patriarcas, extrajeron de su realidad inmediata.

Todos ellos daban por sentado que sus mujeres eran estériles, y, sin embargo, concibieron. ¿Cómo?, por la intervención de Dios.

Hay también un hilo conductor común, no solo en estos casos, sino prácticamente en casi todas las apariciones. Nos referimos al temor primero y la desconfianza después, de lo que les es anunciado en cada una de ellas. Esto también lo vamos a encontrar a lo largo del propio Evangelio, y no ya mediante anunciaciones más o menos celestiales o esotéricas, sino ante las predicciones y anuncios del propio Jesús a sus apóstoles.

Sin embargo, en todos los casos de personajes elegidos por el Señor, lo que resalta finalmente es la confianza (fe) con que todos ellos terminan por aceptar la voluntad de Dios. Es la voluntad que pedimos se realice cuando proclamamos el Padrenuestro. Es la expresión de la fe desde la libertad. Dios nos propone y ofrece su voluntad, nosotros aceptamos o rechazamos su oferta.

Veamos lo que manifiestan uno y otro intervinientes en la escena de la anunciación.

El ángel, en primera instancia, borra el miedo que su aparición produce y la justifica para dar cumplimiento a la plegaria elevada por Zacarías a Dios, después anuncia a Zacarías la próxima venida de su hijo y le informa de los deseos y voluntades del Señor para él.

Esta también es una constante en la Biblia. Dios escucha las oraciones y plegarias y acude a las necesidades de sus hijos, así como la expresión de la voluntad de Dios para lo anunciado (en este caso el futuro del próximo hijo).

Esta situación nos la podemos encontrar en los anuncios a los patriarcas citados más arriba, así como en las apariciones a Moisés, Josué y jueces y reyes.

Hay que resaltar una circunstancia sumamente importante en la revelación del ángel a Zacarías: No beberá vino ni sidra, y será lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre. Es la primera vez que aparece el Espíritu Santo en el Evangelio. Es importante el hecho de que aparece antes de que el propio Jesús haya sido concebido. Ya anteriormente, en el AT, el Espíritu Santo es mencionado, aunque, en la mayoría de las ocasiones con otro nombre (Ag. 2, 5[según la palabra que pacté con vosotros a vuestra salida de Egipto, y en medio de vosotros se mantiene mi Espíritu: no temáis!]; Ez. 39, 29 [No les ocultaré más mi rostro, porque derramaré mi Espíritu sobre la casa de Israel, oráculo del Señor Yahveh]; Is. 63, 10 , 11 y 14 [10 Mas ellos se rebelaron y contristaron a su Espíritu santo, y él se convirtió en su enemigo, guerreó contra ellos. 11 Entonces se acordó de los días antiguos, de Moisés su siervo. ¿Dónde está el que los sacó de la mar, el pastor de su rebaño? ¿Dónde el que puso en él su Espíritu santo 14 cual ganado que desciende al valle?. El Espíritu de Yahveh los llevó a descansar. Así guiaste a tu pueblo, para hacerte un nombre glorioso]; Joel 3, 1 y 2 [1 «Sucederá después de esto que yo derramaré mi Espíritu en toda carne. Vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. 2 Hasta en los siervos y las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días]; Neh. 9, 20[Tu Espíritu bueno les diste para instruirles, el maná no retiraste de su boca, y para su sed les diste agua] y 30 [Tuviste paciencia con ellos durante muchos años; les advertiste por tu Espíritu, por boca de tus profetas; pero ellos no escucharon. Y los pusiste en manos de las gentes de los países]; Zac. 4, 6 [Prosiguió él y me habló así: Esta es la palabra de Yahveh a Zorobabel. No por el valor ni por la fuerza, sino sólo por mi Espíritu - dice Yahveh Sebaot -]), pero es en la Buena Noticia cuando esta expresión adquiere todo su grandioso significado. El AT se refería al Espíritu como a la intención y dones de Dios. A partir de ahora, el Espíritu Santo comienza a sernos revelado como lo que realmente es: Una de las personas de Dios, uno y trino. Es la manifestación, no ya de su voluntad  o dones, sino de todo Él en los hombres. Esto es lo que le anuncia el ángel a Zacarías: tu hijo poseerá dentro de él al propio Dios, no solo su voluntad o dones, sino el Espíritu, por ello estará en disposición de preparar el camino a Jesús y tendrá autoridad para remover conciencias.

Jesús, como Dios, no necesita de un precursor, sino que son los propios hombres los que precisan de un prólogo para intentar asumir la grandiosidad que se les viene encima.

Es el anticipo de la Nueva Alianza que Jesús nos otorga en la institución eucarística. Dios siempre estuvo a nuestro lado, ahora se manifiesta y revela. Es la culminación de la economía de la revelación.

Zacarías, por su parte, reacciona con desconfianza, por lo cual, como Moisés en Ex. 4,1 (Respondió Moisés y dijo: «No van a creerme, ni escucharán mi voz; pues dirán: "No se te ha aparecido Yahveh."»), recibe, no un castigo, sino la consecuencia de su incredulidad: queda mudo.

Esta deficiencia va mas allá de la imposibilidad física de hablar. Para los hebreos la palabra es más que la expresión verbal de un pensamiento. Es la manifestación de la propia persona, de su ser y su existencia. Por lo tanto, el mudo, privado de la palabra deviene en un ser inferior al resto de los humanos ya que no tiene posibilidad de manifestar, por la palabra, su propia existencia. Zacarías, con su incredulidad, se margina y separa del resto de los mortales mediante su mudez.

Sólo nos queda por ver la reacción del pueblo ante la transformación de Zacarías.

Para el pueblo, que está al margen de cuanto sucede en el santuario, la marginación de Zacarías implica algo trascendental sucedido en el misterio de la interioridad del templo.

Aquí tenemos una muestra más de la antítesis de lo que después nos predicará Cristo: la relación con Dios no es privativa de castas o elegidos. Dios es Padre de todos los hombres, no sólo de los iniciados, por lo tanto nuestra relación con Él no pasa por el misterio y opacidad del interior de los santuarios, templos, sacristías o despachos episcopales. El culto no es privado sino comunitario, como nos encontramos en los primeros tiempos de la Iglesia (Hch. 2, 42 y ss [Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones]).

 

 

Lc. 1, 24-25

24 Después de aquellos días concibió su mujer Elisabet, y se recluyó en casa por cinco meses, diciendo: 25 Así ha hecho conmigo el Señor en los días en que se dignó quitar mi afrenta entre los hombres.

 

Una vez más estamos ante la confirmación de que Dios cumple sus promesas: cumplió ante Abraham, ante Moisés, ante David y Salomón, etc., y ahora cumple con Isabel y Zacarías.

A pesar de la desconfianza mostrada por Zacarías, Dios cumple. El ruego de la pareja es escuchado y su deseo se plasma.

La actitud de Isabel es encomiable. Ante su embarazo sorprendente, humildemente se recluye en su casa y atribuye la nueva realidad a la voluntad de Dios que la libera de la esclavitud que suponía su esterilidad.

Otra vez nos encontramos ante la experiencia de Dios de uno de los personajes elegidos por Dios. Isabel acepta que su nueva situación obedece a la intervención de Dios en su vida.

Dentro de la cultura hebrea, profundamente patriarcal y machista, la mujer siempre desempeñaba un papel secundario dentro de la familia y, por supuesto, en la sociedad en la que se encuentra inmersa. Salvo en el caso de los eunucos reconocidos, es impensable para los hebreos pensar que la infertilidad de una pareja sea “culpa” del hombre. Esta circunstancia siempre será aparejada a un defecto de la mujer, o un castigo divino colectivo. El oprobio social que significa la infertilidad, jamás recaerá sobre el hombre. De hecho, esta circunstancia, en la mayor parte de las veces producida por causas naturales (físicas o psíquicas), daba derecho al marido para proclamar el libelo de repudio, por considerar impura y objeto de castigo a la esposa.

Jesús, a lo largo de su predicación, dentro de las posibilidades culturales con que se enfrenta, restituye en cierta medida la dignidad a la mujer: son mujeres las que se encargan de la logística del grupo, son ellas las que le acompañan en su pasión, son las que se encuentran al pie de la cruz, se encargan del embalsamamiento de sus restos mortales y son las primeras personas que reciben su aparición tras la resurrección.

Cristo abroga el libelo de repudio, ante la manifiesta injusticia de su propio contenido por la desigualdad de tratamiento a los comportamientos de hombres y mujeres.

Jesús, cuando nos hermana a todos en el Padre, no hace distinciones entre hombres y mujeres.

En el caso que nos ocupa, Isabel, inmersa en un contexto cultural adverso, reconoce su situación de inferioridad y agradece a Dios la liberación y equiparación que le proporciona su embarazo.

El hecho de retirarse durante 5 meses en su casa, probablemente obedece a una razón médica elemental. Al tratarse de una persona de edad avanzada para la procreación, lo más aconsejable es cuidar el embarazo con todos los medios a su alcance, por lo tanto, el reposo y estabilización del feto es la medida profiláctica más aconsejable en estos casos.

 

 

 

En el anunciamiento del nacimiento de Jesús hay dos partes, recogidas por dos evangelistas de forma diferente. Mientras que Lucas se ocupa del anunciamiento propiamente dicho a María, Mateo se ocupa del anunciamiento a José.

Por su parte, tanto Marcos como Juan omiten cualquier referencia al nacimiento y anunciación del nacimiento de Jesús.

¿Significa esto que las diferencias en la narración del origen humano de Cristo minimiza unos evangelios respecto de los otros?. En absoluto, estas diferencias son producidas por intencionalidad de cada autor. Cada uno compone y redacta su evangelio con una voluntad diferente y dirigido hacia un auditorio distinto. Por ello, todos los evangelios son complementarios entre sí y es recomendable su lectura conjunta para captar una visión completa de la Buena Noticia.

Sé que este tipo de observaciones figuran en otros capítulos de mis reflexiones, pero no me cansaré de repetirlas porque considero de la mayor importancia tener claras estas diferencias para comprender las inexactitudes, diferencias e incluso divergencias entre los cuatro evangelios.

 

Lc. 1, 26-38

26 Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, 27 a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era María. 28 Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres. 29 Mas ella, cuando le vio, se turbó por sus palabras, y pensaba qué salutación sería esta. 30 Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. 31 Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS. 32 Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; 33 y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin. 34 Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? pues no conozco varón. 35 Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios. 36 Y he aquí tu parienta Elisabet, ella también ha concebido hijo en su vejez; y este es el sexto mes para ella, la que llamaban estéril; 37 porque nada hay imposible para Dios. 38 Entonces María dijo: He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra. Y el ángel se fue de su presencia.

 

 

Tiene su importancia el hecho de que San Lucas mencione, con tanta exactitud, los plazos y fechas de cada acontecimiento relatado. Prácticamente es el único de los evangelistas que resulta tan escrupuloso a la hora de ubicar cronológica e históricamente cada hecho mencionado. La circunstancia de “los seis meses” mencionados al comienzo de este pasaje tiene relación directa con Lc. 1, 56 (María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa) y explica los tres meses que María pasó con su prima Isabel tras el parto de ésta.

Esta aparición y anunciación reúne muchas similitudes con la aparición y anunciación a Zacarías de Lc. 1 5-23, aunque con ciertas diferencias.

Sigamos el mismo esquema de análisis utilizado para la aparición a Zacarías.

Veamos los intervinientes:

El ángel Gabriel: es el mismo que se le aparece a Zacarías. Estamos, pues, ante un mensajero de Dios reiterado. Su ubicación dentro del “organigrama” celestial debe ser “elevado”, puesto que es el encargado de anunciar el nacimiento del precursor de Jesús y seis meses después transmite la anunciación del nacimiento del Hijo de Dios.

Es de resaltar la observación del evangelista de que Gabriel es enviado “de parte de Dios” (enviado por Dios). Es decir, Gabriel no actúa de “motu propio”, sino como simple transmisor de la voluntad de Dios, por ello su misión es aún más trascendental, ya que está divulgando, directamente, las intenciones de Dios.

Sus apariciones debieron ser majestuosas e impactantes, puesto que tanto en el caso de Zacarías, como en el de María, lo primero que producen es turbación y miedo ante sus interlocutores. Sin embargo, su elocuencia debió ser igual de grandiosa, puesto que ambos calman su turbación ante unas simples palabras tranquilizadoras del ángel.

Vayamos a sus palabras, porque son el núcleo central de dogmas de fe católicos, origen de oraciones y justificación de las devociones marianas extendidas por todo el mundo.

 

¡Salve, muy favorecida! .(versión de Casiodoro-Reina)

 Alégrate,llena de gracia (versión Biblia de Jerusalén)

Salve, llena de gracia (versión Nácar-Colunga)

 

“Salve” es la traducción latina del imperativo griego “alégrate”, “regocíjate”. Este es el saludo tradicional entre los helenos, y no olvidemos que Lucas es de origen y cultura helenística. El saludo va mas allá de la simple toma de contacto formal de nuestros días. Es un imperativo que se justifica con la segunda parte de la salutación: “Llena de gracia” es la traducción que las versiones antiguas dan al participio “agraciada”, “favorecida”, pero en superlativo. En el mayor grado posible.

El ángel está diciéndole a María: alégrate porque has sido elegida por Dios para algo trascendental, no sólo en tu historia personal, sino en la de todos los hombres, o, alégrate porque a los ojos de Dios, quien me envía, estas llena de dones y virtudes agradable a Él.

Entendamos por gracia los dones del cuerpo o del alma con que se gana la benevolencia o el favor de los demás y el beneplácito de Dios, de donde se deriva toda la economía de la redención. También significa los dones de la fe y de la justicia con que se santifica el alma, así como los dones carismáticos que cooperan al progreso del Evangelio. Es la manifestación gratuita de la bondad de Dios.

Si el reconocimiento de alguien ante los otros resulta gratificante y halagador, el reconocimiento ante Dios es sublime.

La gracia es algo ajeno a la voluntad del hombre. Su adquisición no se realiza por el intelecto. Su posesión está condicionada por la historia global de la persona. Es potestad y atributo de Dios otorgar la gracia a cada hombre, en función de sus acciones, no simplemente porque la pida o intente comprarla con sacrificios y liturgias. La gracia no es una manifestación religiosa, ni alcanzable por caminos materiales o psíquicos. No es un dos objetivo: si se cumplen unas premisas tienes la gracia. No, la gracia es subjetiva. Dios es subjetivo siempre en sus relaciones con los hombres. Él trasciende nuestros parámetros y utiliza el subjetivismo condicional de cada individuo.1

María cuenta con esta benevolencia divina porque Él había encontrado en ella las condiciones subjetivas inherentes a la misión que va a encomendarle: ser la madre de Jesús, por ello, el ángel la reconoce “llena de gracia”. María ha encontrado el favor de Dios, se lo ha ganado con su existencia  y fe, por ello el mensajero proclama el primer imperativo: “alégrate”.

Veámoslo también desde otra óptica positivista. El anuncio que Gabriel trae a María, a priori, desde una óptica social humana, es profundamente problemática y tiene consecuencias existenciales graves para ella: Va a anunciarle que quedará embarazada antes de la ceremonia matrimonial con su esposo, por lo tanto quedará marcada, a los ojos de los hombres, como mujer infiel al esposo y acreedora del libelo de repudio, primero, y ser oprobio general después.

¿Cómo compensar esta circunstancia negativa del anuncio?, mediante un mensaje positivista que supere la negatividad del hecho que se anuncia: “alégrate María, porque a pesar de que vas a tener problemas por lo que te voy a anunciar, es mucho más importante que sepas que Dios se ha fijado en ti y, a sus ojos, estás llena de gracia”.

Estas primeras palabras del ángel otorgan a María un carisma que la coloca por encima del resto de los hombres. Con esta significación ya es digna de devoción, puesto que el propio Dios la distingue al encontrarla llena de gracia.

Es el comienzo del Ave María, la oración cristiana por excelencia dirigida a María. Desde entonces María pasa a engrosar, en lugar preeminente, la nómina de personajes históricos que por su significación divina merecen nuestra devoción, que no nuestra adoración, ya que ésta sólo es posible ofrecérsela a Dios.

 

 

 El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres.(versión Casiodoro-Reina)

 El Señor está contigo (versión Biblia de Jerusalén y Nácar-Colunga)

 

La versión de Casiodoro-Reina agrega en este pasaje una frase que no recogen las otras versiones en este lugar (bendita tú entre las mujeres.),  sino que queda incluida en la respuesta de su prima Isabel cuando María va a visitarla, por lo tanto, obviaremos su comentario para hacerlo posteriormente en el otro acontecimiento citado.

“El Señor es contigo” o “el Señor está contigo” es una frase fundamental para nuestra fe.

Semánticamente las dos versiones de la Biblia no significan lo mismo. Es bien distinto que el Señor esté contigo, o que el Señor sea contigo.

Los verbos ser y estar pueden ser equivalentes en determinadas ocasiones y vamos a considerar ésta como una de ellas, aunque, a priori, ambas afirmaciones no sean iguales.

La tradición de la Iglesia Católica recoge la primera de las afirmaciones “El Señor es contigo” en la oración a María (Catecismo de la Iglesia Católica, 2676), aunque en la explicación recoge también la segunda afirmación del ángel.

Teniendo en cuenta el contexto en que esta afirmación se produce, y así como que su proclamación se realiza en conexión con la primera frase de salutación de Gabriel a María, que Dios (el Señor) esté, o sea, con María es primordial.

María, no sólo está llena de gracia ante los ojos de Dios, sino que Él está con ella.

La vida de María no es solamente suya porque posee un aporte excepcional del que carecen el resto de los hombres: Dios vive con ella.

Esta particularidad, consecuencia inmediata de su posesión total de gracia, hace de María un personaje más allá de la historia y con carisma diferenciado de cualquier otro. Los santos, los justos, los apóstoles, todos a cuantos la Iglesia reconoce el carisma digno de devoción, son distinguidos porque han manifestado los dones del Espíritu Santo y reconocemos en ellos el poder de Dios.

María es diferente, posee el carisma de forma apriorística. Dios la distingue con su compañía (está contigo) con anterioridad a cualquier otra acción que María pueda realizar. Dios está con María, per se. No es necesaria su manifestación carismática o milagrosa posterior. Tal es la justicia que Él encuentra en María que la distingue sin mayor justificación de acción.

Estamos ante la premisa de la devoción mariana. María es digna de alabanza y devoción porque está llena de gracia y Dios está con ella. No es preciso que se conozcan o manifiesten acciones carismáticas para reconocer su magnificencia. Reconocemos en ella esta característica, no porque lo haya demostrado, sino por el simple hecho de que el propio Dios, a través de su mensajero Gabriel, lo manifiesta en el Evangelio.

 

Continuemos con la escena de la anunciación.

 

La reacción de María, al igual que primero Zacarías, es de temor y sobresalto, de perplejidad y asombro. Sin embargo, tiene la suficiente entereza para tratar de discernir lo que le estaba ocurriendo.

La intervención de Dios en nuestras propias historias siempre produce una reacción similar. Nos anonadamos ante la grandiosidad de su presencia y vemos disminuida nuestra capacidad interpretativa de los acontecimientos.

Gabriel, al igual que en el caso de Zacarías, tranquiliza a María con el gran anuncio: Concebirá y dará a luz al Hijo de Dios.

Es la tranquilidad que da la palabra de Dios. María no ha de tener miedo porque Dios le transmite su apoyo. Él le ha hallado llena de gracia y le promete su apoyo. Igualmente le transmite la confirmación de la realización de la promesa realizada a los patriarcas y al rey David. María es la receptora privilegiada del anuncio de la llegada del Mesías, del Cristo. Pero, va mas allá, María misma es la que llevará en su seno la forma humana del propio Hijo de Dios. Estamos ante el mayor acontecimiento histórico de la humanidad: Dios, el Creador, el origen y destino de todas las cosas, anuncia a un mortal (María) que ya ha llegado el momento cumbre de la economía de la redención, que se ha cumplido el plazo de la promesa hecha a los patriarcas y que para la reconciliación del hombre con Dios, va a encarnarse y aproximar su Reino a las capacidades humanas.

La Biblia está llena de misterios, pero éste es uno de los más grandes y maravillosos.

El amor de Dios por los hombres es tan grande que decide una intervención histórica real y perceptible: nos envía a la segunda persona de la Trinidad para modificar el camino emprendido, pero no impone su presencia ni su dominio. Desde ese momento nos ofrece la posibilidad de la salvación por Cristo, con Él y en Él, pero nos deja en plena libertad para aceptar, o no, su palabra.

Que Jesús es Dios es algo que afecta exclusivamente a la fe de cada uno y jamás lo he puesto en duda.

Que se encarnó de María es un hecho histórico, además de formar parte de nuestras creencias religiosas más arraigadas. Cualquiera de las traducciones evangélicas que lo recogen lo hace en estos o parecidos términos y, por lo tanto es comúnmente aceptado.

El diálogo entre María y el ángel acerca de la viabilidad del embarazo es el núcleo del misterio de la encarnación y el origen de disensiones religiosas entre diferentes confesiones.

Es importante que nos detengamos en la expuesta de María: “¿cómo puede ser esto, si no conozco varón?” (con ligeras diferencias poco importantes, todas las traducciones del Evangelio recogen esta frase en el mismo tiempo verbal [presente]). “Conocer” para los judíos tiene un significado más amplio que para nosotros. No es sólo tener la idea, sino la experiencia vivida de una realidad: es sentir, penetrar. Como cuando decimos: conocer la vida, el dolor, la realidad. Conocer a Dios es ser íntimo suyo (Jn 1, 18). Así se entiende por qué en la Biblia conocer se puede referir a las relaciones conyugales. La perplejidad de María se justifica ante la circunstancia personal de un embarazo sorprendente, cuando ella no ha tenido relaciones sexuales con ningún hombre. Sobre esta frase, apoyada por Lc. 1,27 (a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María) y Mt. 1,18 (La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar  a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo), se construye la mitificación de María y su concepción milagrosa.

El hecho de que María fuese o no virgen, biológicamente hablando, y que la concepción de Jesús fuese natural o con intervención divina en plano milagroso, es algo que tampoco importa demasiado para el sustento de mi fe.

Incluso iría más allá. Que la concepción del Hijo de Dios, como máxima expresión del amor del Padre por todos nosotros se viese envuelta en un halo de misticismo, magia y misterio me parecería incongruente con la misión encomendada a Cristo.

¿Mienten los evangelistas entonces al mencionar el anunciamiento angelical y la concepción extracorporal de Jesús?. En absoluto. Nos están reflejando una experiencia de fe. Adaptando sus textos a lo anticipado por los hagiógrafos anteriores del Antiguo Testamento. Además, no fantasean en lo que a la virginidad y limpieza espiritual de María se refiere.

Jesús, además de Dios posee la naturaleza humana en todos sus aspectos, salvo en lo que se refiere al mal y al pecado, por lo tanto, me parece de lo más lógico que su concepción humana pasase por los cauces habituales y naturales.

A María la considero virgen en otro sentido. No en el sentido carnal y biológico, que no me importa lo más mínimo de cara a mi fe. La considero virgen de pecado, dócil a la voluntad de Dios, no sometida al mundo y entregada exclusivamente a Dios

Aquí es donde radica su diferencia con el resto de las mujeres: fue elegida por Dios para parir a su encarnación humana porque estaba libre de ataduras materiales y solamente era capaz de someterse a su voluntad a través de su propia libertad. Esa es su virginidad.

Es posible que el Padre hubiese elegido anteriormente a otras mujeres para tal menester, no está escrito y no podemos saberlo, pero si así fuese, es obvio que estas mujeres no accedieron a la voluntad de Dios y, por lo tanto, no eran vírgenes de ataduras mundanas y capaces de concebir a Cristo, pero esto es pura especulación.

María da muestras de su docilidad, humildad y dimensión humana. María duda, se asusta, pero acoge la revelación del mensajero de Dios tras la interiorización de la misma. A pesar de su miedo y la vergüenza que para ella pueda suponer el convertirse en madre soltera en un pequeño pueblo perdido de Galilea, acepta la posibilidad que Dios la ofrece. La acepta desde su libertad y en todas sus consecuencias.

Aquí encontramos una diferencia con la anunciación precedente a Zacarías. Las dudas de Zacarías parecen acarrearle un “castigo": queda mudo hasta que la promesa se cumpla.

María manifiesta sus dudas al ángel y lo que recibe es una consolación, una explicación y la promesa de que Dios, mediante la acción del Espíritu Santo, se ocupará de ello.

María aparece poco en los textos evangélicos, pero lo hace en los momentos cruciales de la vida de Cristo (en los inicios y en su final). Poco sabemos históricamente hablando de la Madre de Dios, pero hemos de suponer que se trataba de una joven (prácticamente una adolescente) que llevaba una vida rutinaria y miserable en una pequeña aldea sin importancia (Jn. 1, 46: Le respondió Natanael: «¿De Nazareth puede haber cosa buena?» Le dice Felipe: «Ven y lo verás.»)

 Por primera vez, en el Nuevo Testamento, se nos evidencia la decantación de Dios por los “pequeños”. Por primera vez  contemplamos cómo Dios tiene una inclinación manifiesta por los “suburbios”, por las “afueras”. No elige alguien “bien situado” para encarnar a su hijo, sino la más humilde entre las jóvenes. No elige alguien que vive en el “centro” del mundo conocido, ni siquiera que viva en las ciudades principales de Israel. Lo hace con alguien que vive en un pueblecito de la Galilea denostada por los ortodoxos de Judea. A Dios le preocupan más bien poco las situaciones sociales y los aposentamientos humanos. Sus planes “pasan” de los caprichos humanos y de nuestras lógicas. Nuestros reyes, nuestros gobernantes, nuestras mentes preclaras suelen extraerse de un contexto social “preparado” o “sembrado”. Dios elige la zona más baja de nuestras sociedades para manifestar sus voluntades.

Esto no es nuevo en la Biblia, lo es en el Evangelio porque estamos al comienzo de los mismos, pero es un hilo conductor a lo largo de toda la Escritura: Abel, Jacob, David, Elías...

Es el contrapunto del comportamiento de Dios con respecto a nuestros hábitos sociales. Nosotros procuramos buscar entre las élites. Veneramos a los sabios y a los poderosos como símbolos de preeminencia. Dios mira mucho más allá de las dotaciones intelectuales o materiales. Mira el interior y la justicia y paz interior. A Dios le importa nuestro espíritu, no nuestra formación cultural o intelectual; y mucho menos nuestra posición social. A Dios le interesa lo importante, lo que transciende y no muere. A nosotros nos importa lo superficial, lo caduco y perecedero.

La respuesta del ángel a María resume el misterio de la encarnación y de la redención y en prueba de que le está diciendo la verdad le anuncia el embarazo de su prima. La última frase de la respuesta del ángel es definitiva: “nada hay imposible para Dios”.

María está recibiendo el anuncio de la voluntad de Dios. Éste se le está manifestando, a través de Gabriel, con claridad y rotundidad. María tiene dos opciones: aceptar la voluntad de Dios, o, por el contrario, rechazar el honor que se le ofrece, a la vista de las complicaciones que puede acarrearle la nueva situación.

“Hágase en mí según tu palabra” es la muestra de la docilidad cristiana ante la voluntad de Dios, no por imposición, sino por convencimiento. Es la expresión mayor de fe y confianza en Dios: someto mi voluntad a la de Dios porque estoy convencido de que la suya implica un mayor beneficio global que la mía. No hablamos de beneficio particular o privado, sino del beneficio de la comunidad humana, de la familia global que Cristo establecerá con su hermanamiento.

¿Por qué obvia San Lucas las relaciones sexuales para la concepción de Jesús?. Para ello hay que remitirse a las tradiciones  costumbres hebreas de los primeros tiempos. Son impuras dos cosas por excelencia: los cadáveres y las relaciones sexuales.

Desde esta óptica, el Hijo de Dios no puede proceder de una relación considerada impura por la tradición. Para el Evangelista es necesario dar una explicación diferente para la concepción de Jesús: la atribuye a la intervención directa de Dios. Una vez más la experiencia de fe de quien intenta transmitir su experiencia religiosa de los acontecimientos que relata. El propio texto recoge una frase del ángel que lo resume y justifica: El poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Esta frase tiene una doble lectura: “te cubrirá”, en el sentido de relación del esposo sobre la esposa (cubrir = realizar el acto de procreación); y “te cubrirá” en el sentido protector como reminiscencia de la protección y cobertura otorgada por Dios al pueblo de Israel en su peregrinaje por el desierto, porque lo que se le viene encima a María es una auténtica travesía del desierto, del desierto de la incomprensión, de la maledicencia, de la marginación, de la postración y del sufrimiento.

Es importante que nos detengamos un momento en la descripción que Gabriel hace del niño cuya concepción ha venido a anunciar: 31 Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS. 32 Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; 33 y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.

Primero el nombre. En Israel el nombre es mucho más que un distintivo. El nombre judío implica y define a la persona entera (Jn 12, 28[Padre, glorifica tu Nombre.» Vino entonces una voz del cielo: «Le he glorificado y de nuevo le glorificaré.»]). Dar nombre a alguien o cambiárselo significa tener autoridad sobre él. Cuando Dios le cambia el nombre a alguien, le da un nuevo proyecto de vida, un nuevo ser y en este caso está transmitiendo a María su deseo de que el nombre de su Hijo sea Jesús. Este nombre no es banal, en arameo YSHUA (yod.shin.vav.ayin) y  en hebreo YHOSHUA (YHWH YSHA = ÉL es Salvador). Jesús de Nazareth, el Hijo de Dios, la segunda persona de la Trinidad representa la única predestinación humana prescrita por Dios antes de todos los siglos: ser el salvador de la humanidad, por ello, hasta su nombre invoca esta predestinación. Jesús no es el único, ni el primero de los personajes bíblicos en llevar este nombre (Josué es quizá el más conocido), pero es el único que da contenido real a su significado.

Gabriel profetiza, y hasta que punto, la grandeza de Cristo. Una grandeza que se ha ido consolidando con el paso de los siglos. Si Cristo significó, en su momento histórico, una revolución existencial y vivencial, la trascendencia de su mensaje se ha ido acrecentando con la propia evolución de la humanidad. Nunca, como ahora, Jesús ha sido tan grande y tan necesario para la perspectiva vivencial del hombre, y, probablemente, lo será más en el futuro.

Al decir el ángel que le dará el trono de David, su padre, está, al mismo tiempo, legitimando la paternidad de José (puesto que María no pertenecía a la descendencia directa de la casa de David) y anunciando a María que su futuro personal tiene visos de felicidad, porque le está anticipando que su esposo no la va repudiar.

La “casa de Jacob” = Israel, y la acción de “reinar para siempre” + “reino que no tendrá fin” son figuras literarias. No estamos ante un “reinado” al uso mundano. Cristo se lo confirma a Pilato en Jn. 18, 36 ( “mi reino no es de este mundo”). La “casa de Jacob” adquiere así un carácter universal que hasta ese momento no había tenido.  Cristo reina en otro plano, nos acerca un reino nuevo, una vida diferente que carece del mayor de sus aspectos negativos: la muerte. El Bautista lo preconiza después en Mt. 3, 2 («Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos.»)y Jesús mismo lo corrobora en Mt. 4, 17 (Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: «Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado.»).

 

Mt. 1, 18-25

18 El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo. 19 José su marido, como era justo, y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente. 20 Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. 21 Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. 22 Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta, cuando dijo:

23 He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo,

Y llamarás su nombre Enmanuel,

que traducido es: Dios con nosotros. 24 Y despertando José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer. 25 Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre JESÚS.

 

El presente pasaje es una segunda visión de la anunciación. Mientras que Lucas refleja la anunciación lógica: de Dios (a través del ángel) directamente a la madre de Jesús; Mateo, prácticamente ignora la madre para reflejar la justificación de José. La cultura hebrea es tremendamente patriarcal, por lo tanto, para el evangelista tiene mucha mayor relevancia lo que sucede con el “patriarca”, en este caso José, que lo acaecido con el centro de la encarnación: la madre.

Da la sensación de que José interviene en la historia de Cristo, “por casualidad o necesidad”, como simple instrumento de adaptación de la genealogía de Jesús hasta hacerla remontarse a David. La tradición hebraica haría impensable otra posibilidad. La promesa y profecía así lo afirman, y cualquier otra posibilidad, a priori, es descartada; por lo tanto, es imprescindible contar con un nexo de unión entre Jesús y la “casa de David”, imposible de encontrar por la ascendencia de María.

La coincidencia de ambos evangelistas en la situación jurídica de los cónyuges (desposados), así como la mención por ambos de la ausencia de relaciones sexuales,  da solidez a la tradición y parece apoyar la virginidad biológica de María. Vuelvo a repetir que es algo que no me preocupa en absoluto y me inclino más por pensar que esta calificación obedece más a una justificación cultural que a una realidad biológica.

El desposorio era un status equivalente a nuestro noviazgo, pero con más enjundia y seriedad. El siguiente paso era el matrimonio en sí, pero se trataba de una ceremonia que prácticamente se reduce al traslado de la esposa al domicilio del marido. En la situación en que ambos se encontraban, si bien su compromiso ya era firme, probablemente por designio y acuerdo de los padres de ambos, las relaciones sexuales no eran posibles, legalmente, quedaba el último rito para poder acceder a la plenitud matrimonial. No es extraño, entonces, la sorpresa de José al conocer el embarazo de María.

El pensamiento más lógico e inmediato que atraviesa la mente de José es la infidelidad de su esposa, y su reacción, también acorde con la ley es el repudio de la misma y la ruptura del compromiso matrimonial.

Nada se dice de la divulgación de esta situación entre sus vecinos, pero no es difícil suponer que en una pequeña aldea, como era Nazaret, el embarazo de María “antes de tiempo” no pudo pasar inadvertido y los rumores, críticas, chascarrillos y maledicencias sobre la pareja estarían en boca de todos. Si, además, se conocía que el padre de la criatura no era José, podemos imaginar lo violento de la situación para José y para María.

El repudio, en caso de que José lo hubiese llevado a cabo, hubiese significado para María un estigma imborrable para el resto de sus días, por lo tanto, José debió meditar muy mucho la decisión que debía adoptar, por las consecuencias que su opción acarrearía a la otra persona.

Del pasaje anterior algo que siempre me ha llamado la atención es la docilidad de José y la experiencia religiosa que él extrae de los acontecimientos que le sobrevienen.

De José, históricamente, a través de los textos evangélicos, nada se sabe. Tras estas apariciones efímeras en los comienzos del Evangelio se diluye en el olvido más absoluto. Obviamente tuvo que tener una importancia fundamental en la educación y formación cultural de Jesús. Probablemente le enseñó el oficio de carpintero que él desempeñaba, posiblemente sabía leer y así se lo transmitió a su hijo putativo. Incluso le inculcó el conocimiento de las Escrituras y la participación en las celebraciones religiosas de la sinagoga de su pueblo.

La práctica desaparición de José a lo largo de la vida pública de Jesús nos lleva a pensar que probablemente murió antes del cenit en la vida de Cristo. Si no fue así resultaría difícil de entender su falta de compañía al lado de su hijo y su mujer en los pasajes posteriores del Evangelio.

Reconocemos el lado humano de José igual que antes Zacarías y la propia María. Le sobreviene el miedo y la duda, pero a pesar de ello confía en la palabra que le es dada. Aparece la experiencia de fe de José. Una experiencia ajena a la lógica, ajena a las consideraciones humanas, a todo cuanto racionalmente puede pedirse a un hombre. Sin embargo, él cree y confía. Deja su destino en manos de Dios. Eso es fe, la respuesta del hombre a la intervención misteriosa de Dios.

Acepta a María, según la Escritura, a pesar de llevar en su seno un hijo que supuestamente no era suyo.

Resulta ejemplarizante su creencia y pragmatismo religioso. Nunca debemos juzgar (y condenar) a los otros por las apariencias que sus actos nos reflejan. La realidad no siempre se corresponde con lo que parece. Sólo Dios está capacitado para ejercer ese juicio justo porque conoce la realidad interior de cada uno de forma global y absoluta.

Por otro lado, predomina el sentimiento de amor y respeto de José hacia María, por encima de las dudas que pudieran acometerle sobre la honestidad de su esposa.

El amor es el sentimiento motor y fundamental que nos vamos a encontrar a lo largo y ancho de la existencia pública de Cristo. Es la base de su predicación y su ejemplo. El mayor atributo de Dios.

El versículo 25  Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre JESÚS resulta chocante y sorprendente, respecto de la tradición y el resto de los textos evangélicos. Si partimos de la base de que “conocer” en la cultura hebrea, y en el contexto bíblico más concretamente, implica la relación íntima entre dos personas (incluida la sexual), esta frase conlleva un mensaje inequívoco: José “conoció” (tuvo relaciones sexuales) a María tras el parto de ésta, por lo tanto, la figura de los “hermanos” de Jesús que más adelante aparecerá en los textos evangélicos no sería retórica, sino real y plenamente natural. Es decir, nos encontraríamos ante una familia “normal”, dentro del contexto histórico en el que se desenvuelve, salvo por el hecho de que el primer hijo (el primogénito) no tiene como padre al marido y patriarca de la familia.

La profecía mencionada en este pasaje proviene de Is 7, 14(Pues bien, el Señor mismo va a daros una señal: He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel). Intentar leer el NT de forma aislada con el AT es una costumbre vana e inútil. El NT está permanentemente atravesado por citas, tradiciones y reminiscencias de la historia anterior de Israel. No podría ser de otra manera en un pueblo celoso de sus tradiciones, orgulloso de su historia y con plena conciencia y convencimiento de ser un pueblo “elegido” por Dios. Israel es EL PUEBLO DE DIOS, su heredad, por lo tanto, cualquier acontecer pasado, presente o futuro,  tiene una reminiscencia divina. La venida del Mesías no puede ser de otra manera, especialmente porque estamos ante el clímax de la teología judía. La sentencia de Isaías no ha lugar a interpretaciones: los vocablos  “doncella” y “encinta” alejan cualquier duda sobre la intervención divina. Especialmente si nos remontamos al origen de la sentencia y a su contexto histórico: estamos ante una señal directa de Yahweh.

 

Lc. 1, 39-45

39 En aquellos días, levantándose María, fue deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; 40 y entró en casa de Zacarías, y saludó a Elisabet. 41 Y aconteció que cuando oyó Elisabet la salutación de María, la criatura saltó en su vientre; y Elisabet fue llena del Espíritu Santo, 42 y exclamó a gran voz, y dijo: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. 43 ¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí? 44 Porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. 45 Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor.

 

Sólo la intervención del Espíritu Santo es el medio para que los hombres puedan acercarse a las maravillas del hacer divino.

Isabel no podría haber confeccionado por sí misma el maravilloso saludo que le dedicó a María. Un saludo que después se ha convertido en parte de la oración por excelencia dedicada a María. De la misma forma el Espíritu de Dios hace que Isabel proclame la grandeza de la Madre de Jesús.

Con Isabel tenemos el contrapunto de María. Estamos ante una mujer casada con un sacerdote de Dios, que vive en una ciudad de Judea y que debemos suponer disfrutaba de una posición social y económica bien distinta de la María. Se trata de alguien considerada socialmente, con una posición estable, dentro de un ámbito elitista en la sociedad judía.

Probablemente María se dirige a casa de su prima apoyándose en esta situación para buscar consuelo, comprensión y ayuda ante su situación personal “delicada” (embarazada antes del matrimonio).

Isabel, por su parte, no sólo la acoge y comprende, sino que ensalza la condición de su prima y se reconoce, a los ojos de Dios, en un plano inferior por cuanto se encuentra ente la Madre de Dios.

María se convierte así en la madre de todos los hombres porque lleva en su vientre al que nos reconcilia con Dios. Al que derrama su amor por nosotros hasta el punto de entregarse en la cruz por la salvación de la humanidad.

Es de apreciar también la humildad de ambas. María al visitar a su prima. Isabel al reconocer en María no solamente a un familiar cercano, sino a la más grande de las mujeres nacidas de otra mujer. Bendita (bien dicha, se dirá bien de ti) entre todas las mujeres. María ha recibido el mayor honor que le puede caber a un humano: dar cobijo al Bendito entre todos: a Jesús.

Nuevamente aparece la figura del Espíritu Santo, y ya se convertirá, a lo largo del Evangelio, en una constante al lado de Cristo y sus vicisitudes. Es la culminación de la economía de la revelación: la aparición, incluso de forma simultánea, de las tres personas de la Trinidad. Dios se revela al mundo tal y como es. El Señor considera que la humanidad está en disposición de asimilar su realidad, al menos en lo que le sea posible, y nos revela su personalidad una y trina.

Vayamos a la escena y tomemos las palabras que continúan conformando la oración por excelencia dedicada, por la tradición, a María:

 

42 y exclamó a gran voz, y dijo: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre (versión Valera-Reina)

42 y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno (versión Nácar-Colunga y Biblia de Jerusalén)

La versión de Casiodoro-Reina recoge parte de la salutación de Isabel “Bendita entre las mujeres”, además de en este pasaje, también en la salutación del ángel Gabriel a María en el momento de la anunciación, por ello no lo hemos tratado antes, para tratarlo ahora, junto con el resto de las versiones.

“Bendito el fruto de tu vientre” es una reminiscencia de Dt. 28, 4 (Bendito será el fruto de tus entrañas, el producto de tu suelo, el fruto de tu ganado, el parto de tus vacas y las crías de tus ovejas) (nuevamente encontramos las llamadas al AT), mientras que “bendita entre todas las mujeres” proviene de Jdt 13, 18 (Ozías dijo a Judit: «¡Bendita seas, hija del Dios Altísimo más que todas las mujeres de la tierra!. Y bendito sea Dios, el Señor, Creador del cielo y de la tierra, que te ha guiado para cortar la cabeza del jefe de nuestros enemigos).

No es de extrañar estas ilaciones con las Escrituras, si tenemos en cuenta la cultura, formación e inspiración del evangelista. Si no él, por sí mismo, es indudable que su maestro (Pablo de Tarso) conocía perfectamente las Escrituras y la recurrencia a citas anteriores al momento histórico del hecho que se narra son apropiadas.

Al margen de estas consideraciones teológicas, la elevación de María por encima del resto de las mujeres de la tierra (bendita tú entre todas las mujeres) es la constatación de un hecho indiscutible desde la experiencia de fe de los personajes intervinientes. Isabel recibe la revelación de que el hijo que María lleva en su seno es el Mesías, el Ungido, el Cristo. La culminación histórica de los creyentes. Isabel es la receptora de un inmenso mensaje: tienes ante ti a una persona elegida por Dios directamente y a la que le ha conferido el honor de gestar y parir a la forma humana de su Hijo. En nuestra vida cotidiana muchas veces nos llegan mensajes similares (no de tal trascendencia, obviamente, porque este mensaje es único en la historia) y somos incapaces de descifrarlos, porque nuestro entendimiento está ofuscado con la inmediatez de los cotidiano o la materialidad de nuestro afán. Así cuando nos enfrentamos cara a cara con la miseria, la pobreza, la marginación y la violencia humanas, somos incapaces de percibir el mensaje que Dios nos está transmitiendo desde las víctimas: En estos hermanos “pequeños” estoy Yo. Como mucho alcanzamos a articular una mueca de desagrado, molestia o fastidio por la conciencia que se nos revela en el espejo de los demás, pero somos incapaces de descubrir al Dios vivo en su realidad más patente.

Isabel ha sabido, o podido, con ayuda del Espíritu, no sólo reconocer la bendición de que es objeto María, sino, obviamente, La razón por la que es bendecida, lo que lleva en su vientre: Jesús, Hijo de Dios.

 

Lc. 1, 46-55

Lo que sigue  es el “Magnificat”, una de las oraciones más sublimes de acción de gracias recogidas en cualquier texto evangélico, litúrgico o teológico. Es obvio que quien redactase esta oración era un gran conocedor de la Escritura, ya que la mayoría de sus proclamaciones son recreaciones de pasajes del A.T. (especialmente hay que remitirse al “canto de Ana” en 1 S 2, 1-10 (Entonces Ana dijo esta oración: «Mi corazón exulta en Yahveh, mi cuerno se levanta en Dios, mi boca se dilata contra mis enemigos,          porque me he gozado en tu socorro. No hay Santo como Yahveh, (porque nadie fuera de ti), ni roca como nuestro Dios. No multipliquéis palabras altaneras. No salga de vuestra boca la arrogancia. Dios de sabiduría es Yahveh, suyo es juzgar las acciones. El arco de los fuertes se ha quebrado, los que tambalean se ciñen de fuerza. Los hartos se contratan por pan, los hambrientos dejan su trabajo. La estéril da a luz siete veces, la de muchos hijos se marchita. Yahveh da muerte y vida, hace bajar al sheol y retornar. Yahveh enriquece y despoja, abate y ensalza. Levanta del polvo al humilde, alza del muladar al indigente para hacerle sentar junto a los nobles, y darle en heredad trono de gloria, pues de Yahveh los pilares de la tierra y sobre ellos ha sentado el universo. Guarda los pasos de sus fieles, y los malos perecen en tinieblas, (pues que no por la fuerza triunfa el hombre). Yahveh, ¡quebrantados sus rivales! el Altísimo truena desde el cielo. Yahveh juzga los confines de la tierra, da pujanza a su Rey, exalta el cuerno de su Ungido. »). Dada la importancia de este pasaje, uno de los más fundamentales y bellos  del Evangelio, lo recojo en tres versiones de la Biblia.

No me preocupa que María no haya pronunciado textualmente estas palabras. Probablemente no lo hizo, si tenemos en cuenta que históricamente estamos hablando de una mujer sumamente joven, campesina y con una formación cultural elemental. Un miembro de los “Anawin” (los pobres de Yahveh). Lo grandioso es el contenido y significado de su interior. Contiene tal volumen de reconocimientos y proclamaciones que merece la pena examinarla detenidamente.

 

VERSION CASIODORO-REINA             

VERSION BIBLIA DE JERUSALEN                         

VERSION NACAR-COLUNGA

                                              

 

46 Entonces María dijo: Mi alma engrandece al Señor

46 Y dijo María:     Engrandece mi alma al Señor

46 Dijo María: Engrandece mi alma al Señor

 

El antecedente de esta primera proclamación podemos encontrarlo en el Salmo 34, 4 (Guimel. ¡Magnificad conmigo a Yahveh, ensalcemos a una su nombre!,)así como a 1 S 2,1 (Entonces Ana dijo esta oración: Mi corazón exulta en Yahveh,  mi cuerno se levanta en Dios, mi boca se dilata contra mis enemigos, porque me he gozado en tu socorro). El alma, la parte inmaterial del hombre si lo miramos desde la óptica griega (San Lucas poseía una cultura helenística)  (para los hebreos el alma era la “esencia” de la persona) se pone al servicio de la grandeza de Dios. Reconoce su altitud y su enorme diferencia con la finitud  humana. Engrandece y magnifica a Dios porque Él está por encima de nosotros. Su poder es inmenso e inalcanzable para nosotros y nuestra capacidad de comprensión. Dios no es otro ente igual sino EL ENTE por excelencia, el más grande, nada hay por encima de Él.  Por ello, al sentir su presencia y su intervención en nuestra historia, en la de cada uno de nosotros, no podemos hacer otra cosa que engrandecerle (magnificarle) a través de la parte de nosotros que puede entrar en contacto con Él (nuestra alma).

 

47 Y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador  

47 y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador                       

47 y exulta de júbilo mi espíritu en Dios mi Salvador.

 

 

Su origen puede estar en 1 S 2, 1. Aun reconociendo su grandeza y su diferencia con nosotros, nuestro espíritu procede de Él y su sola contemplación, la percepción de que el Creador se ha fijado en cualquiera de nosotros, acerca nuestro espíritu al suyo y por lo tanto encuentra su complementariedad. La expresión máxima de la alegría y totalidad existencial. Él es, además, EL SALVADOR, porque su cercanía nos cubre y ampara del mal. No de los males físicos o materiales, que son inherentes a nuestra naturaleza material, sino al mal espiritual (pecado). Su apoyo nos permite solventar y percibir la existencia con otra óptica. Con la óptica de la esperanza y la “salvación”. La salvación no es otra cosa que la aproximación a Dios. Él es la plenitud y su acción es salvífica por sí misma, puesto que representa la justicia y paz total. La salvación implica la libertad, la verdadera libertad, cuando ésta sólo puede ser contemplada desde la perspectiva de la liberación que la proximidad de Dios implica sobre la esclavitud del pecado y la idolatría materialista.

 

48 Porque ha mirado la bajeza de su sierva                  

48 porque ha puesto los ojos en  la humildad de su esclava        

48 porque ha mirado la humildad de su sierva

 

                                              

Es el reconocimiento de la humildad y sumisión del hombre a los designios de Dios, sin que ello implique esclavitud sobre su voluntad. Dios nos hace y crea libres. María se reconoce sierva de Dios (a su servicio), reconoce lo poca cosa que significa la persona en comparación con la amplitud de Dios. También está manifestando María el honor que supone que Él se haya fijado en ella para la misión encomendada. Sin embargo, a pesar de la diferencia Él mira a los hombres. Mirar no sólo es fijar la vista, es contemplar al hombre como algo amado y querido. La servidumbre aquí expresada, la puesta a su servicio explicita la voluntad de María de seguir su voluntad y sus designios, de forma libre y voluntaria, no por la imposición de Dios, sino por convencimiento de que es lo más conveniente y deseado por Él. María percibe que Dios se ha fijado en ella, y esta circunstancia le impele para ponerse a su servicio y cumplir su voluntad. Podría rechazar  la “mirada” de Dios, muchas veces lo hacemos todos nosotros, pero ella acepta la deferencia que Él ha tenido y se somete a su voluntad. No sabe para qué, ni en qué consistirá su voluntad, pero realiza un acto de fe en el Creador, con libertad y sin condiciones.

Dios mira a todos los hombres, Él nos ofrece su amor y protección, lo que sucede es que nosotros, en muchas ocasiones preferimos mirar para otro lado y acogernos a la mirada fácil de los ídolos materiales, poniéndonos a su servicio. En otras palabras, esto es el pecado. El rechazo a la mirada de Dios, a su compañía.

 

Pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas  generaciones                              

por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada

por eso todas las generaciones me llamarán bienaventurada

 

Esta es la verdad más universal referida a María. Desde este momento la Madre de Dios, cuando es reconocida como tal por los creyentes, sólo puede ser bendecida y bienaventurada. Sobre ella ha recaído la mayor de las venturas (bienaventurada), llevar en su seno al que ha de ser el Salvador y Reconciliador del mundo con Dios. María no va a dar a luz un gran personaje histórico que pudiera introducir en la sociedad de su tiempo el germen del cambio político o social, como creían los hebreos habría de ser la figura del Mesías, sino que va a dar constitución material humana a la encarnación del Verbo. María se convierte así en el vehículo de intermediación por excelencia entre Dios y los hombres. María es una criatura humana, como nosotros. Reúne nuestras mismas características. Tiene miedo, dudas, preocupaciones cotidianas, etc., pero tiene algo que jamás tuvo ni tendrá mujer alguna: es la elegida para traer al mundo al ungido, al Cristo.

Dios, una vez más, se inclina por los débiles. En el contexto histórico de estos acontecimientos, dentro de la sociedad hebrea, la mujer constituía el núcleo de marginación más numeroso: en la práctica carecía de derechos civiles, sociales y políticos, estaba sometida en toda su existencia a los hombres, podía ser repudiada con una simple declaración del hombre, en caso de adulterio podía ser dilapidada, carecía de potestad sobre bienes y hacienda, las viudas eran consideradas como objetos marginales. Sólo eran  instrumentos de procreación y trabajo. En lo referido a la religión mosaica se les impedía la lectura e interpretación pública de las Escrituras, en las sinagogas ocupaban un lugar aparte del de los hombres, incluso físicamente se situaban en un escalón inferior dentro de la asamblea sin derecho a manifestación de sus pensamientos y en los tribunales su testimonio carecía de valor.

Dios ignora todas estas circunstancias sociales, políticas y religiosas. Elige a una mujer, a una mujer humilde y le otorga la gracia de ser la portadora del Redentor. Rompe la lógica humana y sus estructuras y enaltece a la mujer. La equipara al hombre, e incluso la eleva por encima de él.

Desde ese momento la mujer en general, en la persona de María, pasa a ser bienaventurada, porque Dios dignifica y eleva el hecho de la maternidad sin tener en cuenta los condicionamientos sociales. Él podría haberse encarnado sin intervención humana. Podría haber aparecido en la Tierra revestido de toda su dignidad y majestuosidad. Sin embargo, prefiere utilizar un vehículo humano para dar al misterio de la encarnación su verdadera dimensión humana. Jesús nace, como todos los hombres, de una mujer. Por ello, por su elección por Dios, en cuanto a su dimensión de mujer, María se eleva, y con ella todas las mujeres, a la dignidad propia de cualquier ser humano, pero en mayor medida quien, por su aceptación del designio divino, está destinada a traer al mundo al Hijo del Hombre y por ello sólo puede ser considerada por las generaciones futuras como afortunada (ventura) con la gracia de Dios (bien).

 

49 Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso  Santo es su nombre                              

49 Porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso Santo es su nombre

49 porque ha hecho en mi maravillas el Poderoso cuyo nombre es Santo

 

María reconoce, mediante esta expresión, proveniente del Sal. 107, 8 (¡Den gracias a Yahveh por su amor,  por sus prodigios con los hijos de Adán! ),varias cosas importantísimas para los creyentes.

La primera es el poder de Dios para intervenir en la historia humana. Dios no existe al margen de los hombres. Él vive con nosotros, a nuestro lado, frente a nosotros y en nuestro interior. Sólo es preciso reconocerle. Estamos ante un Dios vivo que interviene en nuestras vidas. Empujándonos, ayudándonos, sosteniéndonos, dando ánimos y atendiendo nuestras súplicas y oraciones. Perdonando nuestras ofensas y acogiendo nuestras miserias, pero respetando escrupulosamente nuestra libertad, jamás imponiendo su voluntad sin contar con la del hombre. Dios no maneja nuestras vidas ni las manipula. Se manifiesta a través de su palabra, pero se abstiene de dirigir nuestro discurso. Si le aceptamos, a nuestro lado está. Si le rechazamos, se retira. Si le volvemos a llamar, disculpa y vuelve a nuestro lado. Es su manifestación del amor. Así hizo con María. Se le manifestó a través de su mensajero. Le mostró sus maravillas, pero dejó a María la decisión de aceptar, o no, sus propuestas. Una vez que aceptamos a Dios, a su amor, Él nos explicita su poder. Una vez que depositamos en Él nuestra fe y nuestra confianza, nos traslada sus maravillas. Con la intervención de su palabra cambia nuestra vida. A través del cristal de Dios nuestra existencia cambia de aspecto. Ya no estamos solos ante el mundo y sus miserias. Tenemos a nuestro lado el “favor” del “Poderoso” y mediante su intervención podremos contemplar sus “maravillas”.

María reconoce el favor del Creador. Él la ha elegido y enaltecido. Ella ha aceptado su elección y reconoce la maravilla que Dios le propone: ser la Madre de Dios.

La segunda, y no menos importante verdad manifestada por María es el reconocimiento del nombre de Dios.

Estamos ante una anticipación de la oración de oraciones: “El Padrenuestro”, que Jesús proclamará en el Sermón de la Montaña.

Santo significa enaltecido, elevado, por encima de todo. Ligar este vocablo al sustantivo “nombre” tiene una enorme importancia.

Nada existe si carece de nombre. El nombre (dentro de la cultura hebrea en que nos estamos moviendo) implica identidad y características. Para los judíos, y para los hebreos en general, está vedado pronunciar el nombre de Dios (YHVH). Utilizan multitud de subterfugios para evitar su pronunciación. Lo sustituyen por innumerables vocablos: Ehloí, Adonai, Jehová, etc.

María, inmersa en esa cultura religiosa, sigue el mismo denominador. Evita la pronunciaciación del nombre de Dios, el que Él mismo reveló a Moisés (YHVH) y lo sustituye por el nombre mayor entre todos: SANTO. Es la misma idea que subyace en el “Padrenuestro”: Santificado sea de tu nombre (elevado, magnificado, proclamado, elevado por encima de todo). Llamar Santo a Dios es reconocer su grandeza y elevación por encima de cualquier otra persona o cosa. Es lo que María constata.

 

50 Y su misericordia es de generación en generación a los que le temen.                               

50 Y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen

50 Su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen

 

Aunque con ligeros matices semánticos, las tres versiones coinciden en el texto.

¿Qué proclama María en esta frase?, ¿qué intenta darnos a conocer con ella?, ¿de donde procede o toma María esta proclamación?.

Esta frase procede de Dt. 5, 10 (“y tengo misericordia por mil generaciones con los que me aman y guardan mis mandamientos.”). Es el momento cumbre en que Dios da a conocer a su pueblo el Decálogo, a través de Moisés. Resulta obvio que quien pronuncia esta frase conoce las Escrituras, aunque cambia el término “aman” por el de “temen”, quizá para dar mayor énfasis a la proclamación.

Detengámonos en la frase porque contiene uno de los atributos de Dios: “Misericordia”. Un sustantivo repetido hasta la saciedad a lo largo de la Biblia.

Pero ¿qué entendemos por misericordia?. El Catecismo de la Iglesia Católica, en su artículo 269 nos dice: “por su misericordia infinita (la de Dios), pues muestra su poder en el más alto grado perdonando libremente los pecados.” Y en el 1050: “Gracias a su misericordia, nosotros también, hombres, hemos recibido la promesa indefectible de la vida eterna “. El Diccionario de la Real Academia Española la define como: “Atributo de Dios, en cuya virtud, sin sentir tristeza o compasión por los pecados y miserias de sus criaturas, los perdona y remedia”.    

Estamos, por tanto, ante uno de los más significativos y grandiosos atributos de Dios. La capacidad de perdonar. De perdonar sin preguntar, de forma gratuita y definitiva. El perdón, como ejercicio de la misericordia es la mayor muestra de amor que un ser puede ofrecer a otro. La misericordia condicionada no es tal, sino mercadería. El propio Jesús, posteriormente nos lo dirá claramente en Mt. 9,13 (“misericordia quiero y no sacrificios”).

No debemos entender la segunda parte de la cita del Deuteronomio como un condicionante de Dios para ofrecer su misericordia, sino una consecuencia lógica. Quien no conoce a Dios no puede pedir su misericordia. La situación de NO-DIOS=PECADO implica la negación de Dios, el desconocimiento voluntario de su voluntad, de sus virtudes y atributos, por lo tanto no podemos solicitar algo que no aceptamos como existente. El extrañamiento de Dios en la vida del hombre produce indefectiblemente el alejamiento de sus dones y la ausencia de su paternidad. No es que Dios nos pida que le temamos (o amemos) como condición inexcusable para disfrutar de su misericordia, es que es imposible acercarse a Él si tú mismo le expulsas de tu vida.

La compañía de Dios (el amarle o conocerle) conlleva su amor y el ejercicio supremo del mismo. Dios nos ama, incluso aunque nosotros le denostemos, aunque pequemos contra Él o sus criaturas. En el ejercicio de éste su amor por nosotros nos ofrece su infinita misericordia desde el momento que volvemos nuestra alma hacia Él (con lo que mostramos nuestro amor y temor por Él) en demanda de su misericordia.

 

51 Hizo proezas con su brazo esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones.     

51 Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón

51 Desplegó el poder de su brazo y dispersó a los que se engríen con los pensamientos de su corazón

 

Su origen podemos buscarlo en Prov. 3, 34 (Con los arrogantes es también arrogante, otorga su favor a los pobres y en Sam I, 2, 3: No multipliquéis palabras altaneras.  No salga de vuestra boca la arrogancia.  Dios de sabiduría es Yahveh, suyo es juzgar las acciones).

Puntualicemos primero lo que en la época histórica de María, y en general en la cultura hebraica, se entendía por corazón. Esta cultura distingue plenamente entre corazón y espíritu. El corazón es para los hebreos lo que para nosotros es la mente. El corazón no es una víscera bombeadora de sangre, sino todo el conjunto de pensamientos, ideologías y haceres de la persona. Bien distinto de lo que consideran espíritu, que representa el conjunto de sentimientos y fe.

Una vez realizada esta precisión acometemos el análisis de la proclamación de María. No es otro su significado que el reconocimiento del poder de Dios para difuminar el enaltecimiento de los sabios. Es la anticipación de las palabras de Cristo de Mt. 11, 25 (En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños ) y la correspondencia de Lc. 10, 21. Dentro de esta constatación tienen cabida los engreídos, los soberbios, los que por conocer alguna parcela concreta de la ciencia piensan estar en la posesión de la verdad absoluta y reflejan su desprecio por quien, por una u otra razón, carece del conocimiento adquirido por ellos. También están incluidos, y muy especialmente, quienes por disponer de conocimientos culturales o teológicos, imponen a los demás su altivez y pensamiento, haciendo anatema de todo lo no que se adapte a su esquema. El conocer las escrituras, el memorizar la Palabra no es causa justificante para colocarse por encima de quien vive una experiencia religiosa más simple y entiende esa misma palabra desde la sencillez del pueblo, ya que ello no supone mas que otra forma de opresión.

La proclamación de María viene a ser la antítesis de la prepotencia y la soberbia, vamos hacia el paradigma de la tolerancia de Jesús, hacia la humildad de Cristo. Nadie es más que otro porque tenga más conocimientos o cultura. Nadie es más por afincarse en una u otra ideología. Todos tienen cabida en Dios, nadie es despreciado por sus capacidades o adscripciones, pero no dentro de un escalafón, como en las estructuras sociales imperantes, sino en plano de igualdad. Dios se encargará de dispersar el engreimiento y la soberbia de cada cual para colocarle en la dimensión que le corresponde con el resto de los hermanos.

De esta actitud novedosa de María, nos dará numerosas muestras su Hijo a lo largo de los textos siguientes. Veremos que es una constante en la predicación de Cristo.

La frase “hizo proezas con su brazo” o la equivalente en las otras versiones, no es un adorno o expresión banal.

Es una constante del AT la mención de admiración o temor hacia la fuerza del “brazo de Dios” (o mano). El brazo, o la mano (de Dios) significa para los hebreos la manifestación del poder de Dios. Es el instrumento material de que Él se sirve para ejercitar su poder sobre los hombres. El brazo es el símbolo “asumible” para el conocimiento de la cultura de los tiempos de Jesús (y de María) de la manifestación del poder divino. Con el brazo se trabaja, se transforma, se lucha y se mata al enemigo. El “brazo de Dios”, es pues, la herramienta de acción del Señor. P. ej. Vemos en Deut. 7, 19 (“de las grandes pruebas que tus ojos vieron, las señales y prodigios, la mano fuerte y el tenso brazo con que Yahweh tu Dios te sacó (de Egipto). Lo mismo hará Yahweh tu Dios con todos los pueblos a los que temes” ) o en Deut. 9, 29 (“Pero ellos (Israel) son tu pueblo, tu heredad, aquellos a quienes tú sacaste (de Egipto) con tu gran fuerza y tu tenso brazo”)y  tantos otros ejemplos. Explicita el temor que el pueblo hebreo tenía a la acción del “brazo de Dios”, ya que no existe fuerza que pudiera contraponérsele. La acción de este poder es la que María proclama para el menoscabo de los soberbios y orgullosos, mediante su aplicación, Dios salvó a los israelitas de sus enemigos e impuso su fuerza ante los poderosos.

 

 

52 Quitó de los tronos a los poderosos y exaltó a los humildes.   

52 Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes

52 Derribó a los potentados de sus tronos y ensalzó a los humildes

 

Nos encontramos ante una de nuestras mayores preocupaciones contemporáneas, pero ya debía serlo en aquella época. De cierto que el “diosecillo” principal de la pléyade humana está en el contenido de esta proclamación de María.

El poder como instrumento de dominación de unos hombres sobre otros es y ha sido el objetivo prioritario de la humanidad a todos los niveles, en el plano familiar, local, comarcal, nacional o universal. Entre clases sociales o entre etnias. Entre religiones e ideologías.

Estamos ante la abolición por la justicia de Dios de la dominación del hombre por el hombre. María proclama la acción justiciera de Dios en el sentido más literal. Todos los hombres son hijos de Dios, por lo tanto no tiene cabida dentro de la comunidad la opresión de minorías sobre mayorías, ni siquiera de mayorías sobre minorías. La frase representa  la subversión del orden establecido por mor de clase social, poder económico o político, cultura e ideología dominante, etc.

Para Dios no existen tales categorías. Su justicia real se implanta con equidad y para ello es necesario exaltar a los humildes en detrimento de los poderosos. Una vez más contemplamos una anticipación de la predicación de Jesús, quien, a lo largo de su vida tomó partido de forma preclara por los humildes, a quienes hizo sus amigos, sus hermanos y con quienes compartió predicación y comida en contraposición a la clase dominante de su tiempo (fariseos, saduceos, herodianos, escribas y sacerdotes) a quienes criticó abiertamente.

Es un ejemplo del orden imperante en el Reino de Dios que Jesús estableció con su venida. Un Reino que aún está por construirse y que es nuestra misión llevar a cabo por las sendas marcadas por Cristo.

El origen de esta proclamación podremos encontrarlo en el libro del Eclesiastés 33, 12 (A unos los bendijo  y ensalzó, los santificó y los puso junto a sí; a otros los maldijo y humilló y los derribó de su puesto” ) y en 1 S 2, 4 (El arco de los fuertes se ha quebrado, los que tambalean se ciñen de fuerza).

Es perfectamente vano e inútil acaparar poder terrenal porque ello implicará indefectiblemente la opresión del objeto del poder. La acumulación de poder pervierte nuestro espíritu, desviando nuestra atención sobre las circunstancias esenciales de nuestra existencia. Nosotros no somos nada por nosotros mismos, lo somos en cuanto reflejo de y hacia los demás. Si ese reflejo lo realizamos mediante el ejercicio de la dominación, nuestra esencia se pervierte, nuestra atención se concentra en la conservación del status y nos alejamos de Dios sustituyéndole por el ídolo adquirido, usurpando la función divina contenida en la frase del Evangelio de San Mateo como final del “Padrenuestro”: porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.

El poder, en sí mismo no es negativo. Es el uso que de él hacen los hombres el que lo convierte en perverso, por cuanto contraviene el orden divino. El poder, como instrumento directivo u organizativo, usado en aras de una sociedad más libre, más justa y más igualitaria es un elemento más en la construcción del reino. El poder como arma coactiva y opresora envilece a quien lo ostenta y humilla a quien lo padece. Produce rencor e iniquidad y, fundamentalmente, desigualdad. Postulados, todos ellos, alejados de la voluntad de Dios a quien se está sometiendo María en estos instantes, y a la que debemos someternos todos nosotros, no por  acción esclavista, sino por  búsqueda de la auténtica justicia y libertad. Parece una incongruencia hablar de sometimiento a la voluntad de Dios, al mismo tiempo que manifestar que ese es el auténtico camino de libertad, sin embargo, no es así en absoluto. La voluntad de Dios no es una voluntad caprichosa y manipuladora. Tampoco está orientada hacia su propio beneficio. Dios no necesita beneficios. La voluntad de Dios lleva explícito su amor gratuito y su deseo real de felicidad para todos sus hijos, por ello el sometimiento a su voluntad que supone la máxima expresión del bien absoluto es el mayor acto libertario que podemos realizar. La dificultad está en discernir la verdadera voluntad de Dios, no la que nos cuentan o la que nos quieren imponer (otro ejercicio de poder humano y material, aunque pueda provenir de supuestos servidores de Dios). El camino o la orientación adecuada podemos encontrarla en lo reseñado más arriba respecto de nuestro reflejo en y hacia los demás. Si el reflejo es el bien hacia los otros y la justicia, estaremos en la senda apropiada. Vemos el diálogo de Jesús con un intérprete de la ley de Lc. 10, 25-28 (25 Y he aquí un intérprete de la ley se levantó y dijo, para probarle: Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna? 26 Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees? 27 Aquél, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. 28 Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás). Ahí es donde radica el verdadero camino hacia la voluntad de Dios: el prójimo, el otro, el hermano, el objeto de nuestro amor, tras el amor a Dios. Por ahí está la voluntad divina.

 

53 A los hambrientos colmó de bienes, y a los ricos envió vacíos.

53 A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada.

53 A los hambrientos los llenó de bienes y a los ricos los despidió vacíos

 

Volvamos al Salmo 34, 11( “Kaf. Empobrece los ricos y pasan hambre, pero a los que buscan a Yahveh no les falta bien alguno. Selah”) y a 1 S 2, 7-8 (Yahveh enriquece y despoja, abate y ensalza Levanta del polvo al humilde, alza del muladar al indigente para hacerle sentar junto a los nobles, y darle en heredad trono de gloria,  pues de Yahveh los pilares de la tierra y sobre ellos ha sentado el universo). Éstos parecen ser los antecedentes de la proclamación ante la que nos encontramos, aunque podemos encontrar dentro del A.T. muchas más referencias a la voluntad divina de justicia social. Es una continuación de la proclamación inmediatamente anterior, pero referida más concretamente a los bienes y riquezas, a lo cotidiano y material. Al poder económico, en suma. Otro de los ídolos erigidos por los hombres en su caminar. Un sustituto fácil y asequible, tanto al entendimiento, como a las posibilidades finitas del hombre. Un dios que, sin embargo, está sordo y dormido y se constituye en un dios de muerte, ya que quien no le adora está muerto a la vida social establecida. La acumulación de  riquezas es más un fin en  sí mismo que un instrumento. Se acumulan riquezas para acumular más riquezas con las que obtener bienes y goces terrenales. La acaparación de riqueza conlleva la obnubilación y la minimización de otro objetivo que no sea la acumulación en sí misma. Para ello no se duda en utilizar el poder político, militar, ideológico, o de cualquier orden que tengamos a mano. Todo es válido para seguir sumando. Es quizá el ídolo más perverso de cuantos podemos acoger, por cuanto genera expoliación, desigualdad, injusticia, desequilibrio y corrupción. El poder político, por ejemplo, no siempre ha de ir asociado con poder económico o acumulación de riquezas, al tiempo que su detentación en las formas y fines adecuados trasciende a quien  lo ostenta. La acumulación de riquezas (el poder económico)  siempre lleva aparejado poder político usado para la opresión, ya que es imprescindible la detentación de poder político para mantener el poder económico y la sujeción de los oprimidos en su estrato. En todo caso, la riqueza en sí misma, no trasciende nunca a quien la ostenta.

¿Estamos quizá ante la culminación de la revolución socialista?. ¿Se convierte Dios en el Robin Hood que despoja a los ricos para dárselo a los pobres?. ¿Está proclamando María la redistribución de la riqueza y la desaparición de las clases sociales?. ¿Está María afirmando que en la lucha dialéctica entre las clases, ésta se decanta, por la intervención de Dios, por la clase humilde, para invertir la situación de injusticia en el mundo?. Creo que no. No es esa la orientación de María al proferir esta frase. Fijémonos que los tiempos verbales están en “pasado”, no en futuro. No es un deseo, sino una constatación. Es algo que ya ha ocurrido, que está ocurriendo constantemente. No se está refiriendo María a un cambio de estatus social material de la vida mundana. María nos dice lo que más adelante nos dirá Jesús en  Lc. 12, 13-21 (13 Uno de la gente le dijo: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo.» 14 El le respondió: «¡Hombre! ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?» 15 Y les dijo: «Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes.» 16 Les dijo una parábola: «Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; 17 y pensaba entre sí, diciendo: "¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?" 18 Y dijo: "Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, y edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo  y mis bienes,  19 y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea." 20 Pero Dios le dijo: "¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?" 21 Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios.») ; Mt. 19, 16-24 (En esto se le acercó uno y le dijo: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?» 17 El le dijo: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.» 18 «¿Cuáles?» - le dice él. Y Jesús dijo: = «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, = 19 = honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo.» = 20     Dícele el joven: «Todo eso lo he guardado; ¿qué más me falta?» 21 Jesús le dijo: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en  los cielos; luego ven, y sígueme.» 22 Al oír estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes. 23 Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «Yo os aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos. 24 Os lo repito, es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de los Cielos.») y las correspondencias de Mc. 10, 17-31 y Lc. 18, 18-30; así como, especialmente, en Lc. 16, 25 (Parábola de Lázaro[Pero Abraham le dijo: "Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado]). Se está refiriendo a la vida con Dios, donde las riquezas materiales no cuentan y las clases sociales son una pesadilla del pasado. Nos está hablando del Reino de Dios. Tras la muerte material, los ricos pierden su aureola y ésta pasa a los pobres. Los que han disfrutado de bienes, poderes y placeres en la vida material han  tenido su recompensa con su disfrute material, con la adoración de sus “diosecillos”. Los pobres, que nada han tenido pasan a ocupar el lugar de los potentados en recompensa a sus sufrimientos materiales. Esto, visto, así parece una simpleza, pero es una realidad. Obviamente habrá ricos a los que su fe les haya conducido a la contemplación de Dios y habrá pobres que en su debilidad y a causa de su sufrimiento se hayan alejado de Dios, pero son circunstancias particulares que sólo Dios podrá juzgar.

 

54 Socorrió a Israel su siervo, acordándose de su misericordia. 55 De la cual habló a nuestros padres para con Abraham y su descendencia para siempre.

54 Acogió a Israel, su siervo acordándose de la misericordia. 55 Como había anunciado a nuestros padres en favor de Abraham y de su linaje por los siglos.

54 Acogió a Israel, su siervo acordándose de la misericordia. 55 Según lo que le había prometido a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia para siempre

 

 

Su origen podemos encontrarlo en Is. 41, 8-10 (Y tú, Israel, siervo mío,  Jacob, a quien elegí, simiente de mi amigo Abraham; que te así desde los cabos de la tierra,  y desde lo más remoto te llamé y te dije: «Siervo mío eres tú, te he escogido y no te he rechazado»: No temas, que contigo estoy yo;  no receles, que yo soy tu Dios. Yo te he robustecido y te he ayudado,  y te tengo asido con mi diestra justiciera). He preferido juntar ambas frases porque están íntimamente ligadas entre sí. Estamos ante la constatación que María hace, el recuerdo que realiza de la “promesa” de Yahveh a Abraham en Gen. 15, 4-5 (4 Mas he aquí que la palabra de Yahveh le dijo: «No te heredará ése, sino que te heredará uno que saldrá de tus entrañas.» 5 Y sacándole afuera, le dijo: «Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas.» Y le dijo: «Así será tu descendencia.») y Gen. 17, 1-9 (1 Cuando Abram tenía 99 años, se le apareció Yahveh y le dijo: «Yo soy El Sadday, anda en mi presencia y sé perfecto. 2 Yo establezco mi alianza entre nosotros dos, y te multiplicaré sobremanera.» 3 Cayó Abram rostro en tierra, y Dios le habló así: 4 «Por mi parte he aquí mi alianza contigo: serás padre de una muchedumbre de pueblos. 5 No te llamarás más Abram, sino que tu nombre será Abraham, pues padre de muchedumbre de pueblos te he constituido. 6 Te haré fecundo sobremanera, te convertiré en pueblos, y reyes saldrán de ti. 7 Y estableceré mi alianza entre nosotros dos, y con tu descendencia después de ti, de generación en generación: una alianza eterna, de ser yo el Dios tuyo y el de tu posteridad. 8 Yo te daré a ti y a tu posteridad la tierra en que andas como peregrino, todo el país de Canaán, en posesión perpetua, y yo seré el Dios de los tuyos.»  9Dijo Dios a Abraham: «Guarda, pues, mi alianza, tú y tu posteridad, de generación en generación), así como a la experiencia de Dios que el pueblo de Israel  tiene a lo largo de toda su historia recogida en el A.T., especialmente en el libro del Éxodo.

Es la manifestación de María de que Yahveh es un Dios vivo. Un Dios que cumple siempre su palabra. Es un Dios que escucha y perdona (“acordándose de su misericordia”), un Dios paciente que arropa y acoge. Es la antítesis de los diosecillos materiales que duermen y están sordos a nuestras llamadas. Sólo esclavizan a sus invocadores, carecen de misericordia y poder de acogida.

Yahveh nos socorre a cada uno de nosotros cuando le invocamos, sólo necesitamos la fe de Abraham, la fe de Jacob (Israel) para obtener su misericordia y su amparo.

Dios no se cansa de estar con nosotros, no se cansa de ejercer su perdón porque Él es amor. Somos nosotros los que nos alejamos de Él. En muchas ocasiones renegamos de su presencia y la sustituimos por otras presencias más fáciles, como hizo Israel en el desierto a los pies del Sinaí. A pesar de ello, nos sigue amando y nos otorga su perdón nuevamente cuando volvemos nuestro rostro hacia su magnificencia.

 

 

Lc. 1, 56

56 Y se quedó María con ella como tres meses; después se volvió a su casa.

Hay varias razones por las que María podría haberse quedado con su prima Isabel, aunque el texto nada nos dice al respecto, pero dos de ellas parecen erigirse por encima de las demás.

En primer lugar podría haberse quedado con ella para ayudarla en sus quehaceres y cuidados durante su embarazo, tengamos en cuenta que cuando María acude a visitar a su prima, ésta está embarazada de 6 meses, que junto con los 3 meses que María pasa con ella, hacen los 9 de gestación lo que es razonable,  puesto  que Isabel era una mujer “mayor”, dentro de lo que este concepto podía significar en los textos evangélicos: alrededor de 40 años.

La segunda razón, y en mi opinión más creíble,  consiste en su alejamiento de la maledicencia y rumores de su aldea. Estamos ante una mujer sumamente joven que se encuentra embarazada antes de estar casada, por lo tanto, a los ojos de sus convecinos, de sus amigos y familiares de Nazaret, nos encontramos ante una pecadora.

Lo cierto es que se alejó de su pueblo durante este período, pasado el cual volvió a su casa, suponemos que paterna.

 

 

 

 

Lc. 1, 57-66

57 Cuando a Elisabet se le cumplió el tiempo de su alumbramiento, dio a luz un hijo. 58 Y cuando oyeron los vecinos y los parientes que Dios había engrandecido para con ella su misericordia, se regocijaron con ella. 59 Aconteció que al octavo día vinieron para circuncidar al niño; y le llamaban con el nombre de su padre, Zacarías; 60 pero respondiendo su madre, dijo: No; se llamará Juan. 61 Le dijeron: ¿Por qué? No hay nadie en tu parentela que se llame con ese nombre. 62 Entonces preguntaron por señas a su padre, cómo le quería llamar. 63 Y pidiendo una tablilla, escribió, diciendo: Juan es su nombre. Y todos se maravillaron. 64 Al momento fue abierta su boca y suelta su lengua, y habló bendiciendo a Dios. 65 Y se llenaron de temor todos sus vecinos; y en todas las montañas de Judea se divulgaron todas estas cosas. 66 Y todos los que las oían las guardaban en su corazón, diciendo: ¿Quién, pues, será este niño? Y la mano del Señor estaba con él.

 

Juan (hebreo = Yahweh es misericordioso)

Imaginemos la sorpresa de los parientes de Isabel y Zacarías, cuando la pareja, tras muchos años de infertilidad aporta un nuevo ser a la comunidad, y en lugar de adaptarse a la costumbre y tradición judías (tradicionalmente se otorgaba el nombre del padre o de algún pariente anterior) se empeñan en ponerle un nombre ajeno a su clan.

El nombre hebreo es mucho más que un identificativo. El nombre da y otorga características a la persona que lo ostenta. El Bautista recibe su nombre (Juan), por voluntad de sus padres, en aplicación del anuncio del ángel Gabriel y como expresión del agradecimiento de la pareja a Dios por escuchar y atender sus oraciones acerca de su descendencia.

En esta escena comprobamos, una vez más, el grado de cumplimiento de Dios de sus promesas, ya sean realizadas personalmente, o a través de sus mensajeros (ángeles).

Gabriel “castigó” por su incredulidad a Zacarías con el impedimento de la emisión de palabras, con lo que ello significa en la cultura judía; y mediante el cumplimiento de la anunciación, Zacarías queda liberado de dicha limitación.

La recuperación del habla por Zacarías tiene un simbolismo religioso importante, puesto que implica su reinserción en la “normalidad”. No es extraño entonces el asombro y miedo de los parientes ante esta recuperación “milagrosa” de la normalidad en Zacarías.

Vamos a comprobar, a lo largo del Evangelio, y podemos constatarlo en los textos del AT que la intervención directa de Dios en la historia humana siempre produce desconcierto y temor. Estamos ante el miedo a lo incontrolado, a los hechos que superan nuestra capacidad de estratificar y controlar nuestras vivencias.

Jesús se encargará de dar a nuestra existencia la verdadera dimensión respecto de la realidad inmediata y nuestras misiones en Mt. 6, 25-34 (25 «Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? 26 Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? 27 Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida? 28 Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. 29 Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. 30 Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con  vosotros, hombres de poca fe? 31 No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? 32 Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. 33 Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. 34 Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal) y su correspondencia en  Lc. 12, 22-31.

Es quizá el mayor de los pesos con que hemos de vivir: el de la incertidumbre ante lo venidero. Nuestra mente (el corazón para los judíos), necesita la “muleta” del control sobre el acontecer. Jesús nos ofrece la fe y confianza en Dios ante los acontecimientos. Desde la perspectiva de Cristo es mucho más fácil acometer la realidad circundante, aceptándola como llega, aunque nos resulte incontrolable, y depositando nuestra confianza en la “mano” de Dios y la ayuda del Espíritu Santo. Para el creyente es necesario depositar su confianza en el Creador y mirar hacia delante, de otra forma, el “agobio” de la cotidianidad acabará por mermar nuestra fe. Ello no significa dejación de funciones y acciones. El refranero popular español es muy rico en estos aspectos, y a propósito se me ocurre el sapientísimo: “a Dios rogando y con el mazo dando”. La fe y confianza en el apoyo de Dios no tiene sentido sin actividad. La parsimonia desembocaría en una suerte de predestinación que se aleja de nuestra esencia: seres libres. Santiago el menor en su carta lo afirma de forma categórica en St. 2, 14-26 (14 ¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: «Tengo fe», si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe? 15 Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, 16 y alguno de vosotros les dice: «Idos en paz, calentaos y hartaos», pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? 17 Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta. 18 Y al contrario, alguno podrá decir: «¿Tú tienes fe?; pues yo tengo obras. Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras mi fe. 19 ¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien. También los demonios lo creen y tiemblan. 20¿Quieres saber tú, insensato, que la fe sin obras es estéril? 21 Abraham nuestro padre ¿no alcanzó la justificación por las obras cuando = ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? = 22 ¿Ves cómo la fe cooperaba con sus obras y, por las obras, la fe alcanzó su perfección? 23 Y alcanzó pleno cumplimiento la Escritura que dice: = Creyó Abraham en Dios y le fue reputado como justicia = y fue llamado amigo de Dios.» 24 Ya veis cómo el hombre es justificado por las obras y no por la fe solamente. 25 Del mismo modo Rajab, la prostituta, ¿no quedó justificada por las obras dando hospedaje a los mensajeros y haciéndoles marchar por otro camino? 26 Porque así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta).

Otro de los símbolos que aparecen en este pequeño pasaje es la “mano de Dios”. La “mano”, el “brazo” de Dios es mucho más que una figura retórica o literaria. La mano o el brazo son el instrumento hacedor. Con la mano (o el brazo) se trabaja, se elabora, se lucha y se mata. La mano (o el brazo) de Dios representa la herramienta con que Dios manifiesta su poder ante los hombres. Debemos remitirnos a lo ya comentado respecto del “poder del brazo de Dios” al reflexionar sobre el Magnificat. El “brazo (mano) de Dios” sacó a los israelitas de Egipto, les guió por el desierto, les proporcionó victorias sobre los habitantes de Canaán...

La mano, a lo largo del Evangelio va a aparecer en muchas ocasiones, es un concepto muy cercano y familiar. Nos lo vamos a encontrar en las acciones de Jesús para la curación de enfermos, para resurrección de los muertos, como símbolo de seguridad y confianza. Es concluyente y sabia la consecuencia extraída por los familiares de Zacarías e Isabel: La mano de Dios está sobre él (sobre San Juan Bautista). Ante los signos (milagros) que están presenciando y la realidad incontrolable que evidencian, sólo el poder de Dios es competente.

 

 

Lc. 1, 67-79

67 Y Zacarías su padre fue lleno del Espíritu Santo, y profetizó, diciendo:

68 Bendito el Señor Dios de Israel, (1R, 1,48: y ha dicho así: "Bendito Yahveh, Dios de Israel, que ha permitido que un descendiente mío se siente hoy sobre mi trono y que mis ojos lo vean."»)

Que ha visitado y redimido a su pueblo, (Ex 3,16: «Ve, y reúne a los ancianos de Israel, y diles: "Yahveh, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, se me apareció y me dijo: Yo os he visitado y he visto lo que os han hecho en Egipto)

69 Y nos levantó un poderoso Salvador  (Sal 132, 17: «Allí suscitaré a David un fuerte vástago,          aprestaré una lámpara a mi ungido)

En la casa de David su siervo,

70 Como habló por boca de sus santos profetas que fueron desde el principio;  

71 Salvación de nuestros enemigos, y de la mano de todos los que nos aborrecieron; (Bar 4, 18: Aquel que trajo sobre vosotros los males os librará de la mano de vuestros enemigos)

72 Para hacer misericordia con nuestros padres,

Y acordarse de su santo pacto; (Sal. 105, 8: Él se acuerda por siempre de su alianza, palabra que impuso a mil generaciones)

73 Del juramento que hizo a Abraham nuestro padre, (Gn 22, 17-18: 17 yo te colmaré de bendiciones y acrecentaré muchísimo tu descendencia como las estrellas del cielo y como las arenas de la playa, y se adueñará tu descendencia de la puerta de sus enemigos. 18 Por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra, en pago de haber obedecido tú mi voz.» )

Que nos había de conceder

74 Que, librados de nuestros enemigos, (Dt 6, 19: que arrojaría a todos tus enemigos ante ti, como te ha dicho Yahveh)

Sin temor le serviríamos

75 En santidad y en justicia delante de él, todos nuestros días.

 

He dividido la profecía de Zacarías en dos partes, porque considero que esta oración tiene dos mitades bien diferenciadas.

La primera de ellas es una recreación de citas del AT y afirmación de la promesa de Dios, de la Alianza que empieza a ser cumplida con el nacimiento de Juan como precursor del Cristo.

El conocimiento de la Escritura por parte de Lucas, o su mentor Pablo, queda demostrado, una vez más en esta profecía que recoge las anteriores promesas recibidas de Dios.

Zacarías hace una constatación e historia evolutiva de la promesa. Es un resumen de la creencia más profunda de Israel: Son el pueblo elegido por Dios, el objeto de su Alianza en la tierra y por ello siempre han contado con el apoyo de su fuerte brazo. Estamos ante una experiencia religiosa  de quien proclama esta profecía. Desconozco si realmente fue Zacarías quien la pronunció, o si el evangelista pone en boca del tío de Jesús estas palabras porque convienen a la necesidad catequética de su escrito, pero, en cualquier caso, la experiencia de fe trasciende al autor porque es la constante teológica del pueblo de Israel.

No voy a detenerme más en esta parte de la profecía porque, como menciono más arriba, es la constatación de la Alianza y es más apropiado reflexionar sobre ella en los respectivos pasajes del AT que la recogen, no constituyendo propiamente un pasaje profético, por cuanto revela hechos ya producidos y que confieren exclusivamente a la fe de cada cual su asunción.

Sólo resaltar la impregnación que del AT está revestido el NT. La lectura de éste sin conocer aquél hace difícil su entendimiento global.

 

76 Y tú, niño, profeta del Altísimo serás llamado;

Porque irás delante de la presencia del Señor, para preparar sus caminos;

77 Para dar conocimiento de salvación a su pueblo,

Para perdón de sus pecados,

78 Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

Con que nos visitó desde lo alto la aurora,

79 Para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte;

Para encaminar nuestros pies por camino de paz.

 

 Profecía no es adivinación ni predicción. Los profetas, para los hebreos, eran personas iluminadas y tocadas con el carisma de la profecía que emitían oráculos acerca de la situación social o religiosa en la que se encontraban inmersos. Viene a ser como el portavoz de Dios para determinadas situaciones o acontecimientos. Esta inspiración provenía de revelaciones divinas directas o a través de mensajeros. Ya en el NT, el vehículo transmisor de la inspiración pasa a ser el Espíritu Santo, por eso Lucas afirma al principio de su Evangelio en varias ocasiones que el interlocutor se “halla lleno del Espíritu Santo”.

Sólo desde la inspiración que proporciona el poseer el Espíritu de Dios pueden emitirse proclamaciones como la que nos encontramos en este momento. Este pequeño oráculo proferido por Zacarías respecto de su hijo es todo un catálogo programático para la misión de Juan Bautista.

El versículo 76 procede de la profecía de Isaías 40, 3 (“Una voz clama: «En el desierto abrid camino a Yahweh, trazad en la estepa una calzada recta a nuestro Dios”). Es el cumplimiento de lo predicho por Isaías. Nuestras limitaciones precisan siempre que los anuncios y realidades de Dios, sus intervenciones en nuestra historia sean debidamente preparadas con una especie de prólogo y precursor. Cuando eso no sucede, nuestra reacción es de anonadamiento y temor (Ex 3, 6 [Y añadió: «Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.» Moisés se cubrió el rostro, porque temía ver a Dios]; Lc 1,12; Lc 1, 29.....). Lo que viene después de Juan es nada menos que la intervención divina más directa y constatable, no sólo en la historia de una familia o un pueblo, sino en la historia de la humanidad entera. Estamos ante el prólogo del mayor acontecimiento histórico de la humanidad: El descendimiento de Dios, por mor de su misericordia, a la tierra y su encarnación en figura de hombre mortal para completar la economía de la reconciliación y posibilitar la redención.

Dios no necesita precursores por sí mismo, son los hombres los que los necesitamos. Nos es necesaria una preparación y un anuncio de lo que nos espera. Juan tiene encomendada esa misión. Es el último profeta del AT y el primero del NT. Su acción se coloca a caballo de la antigua y nueva Alianza. Su predicación es novedosa con respecto a los profetas anteriores porque su misión también es diferente (aunque él no tuviese conciencia exacta de la misma: Mt 11, 2-3 [2 Juan, que en la cárcel había oído hablar de las obras de Cristo, envió a sus discípulos a decirle: 3 «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?»] y la correspondencia de Lc 7, 18-35). Juan, por intervención del Espíritu Santo, ostenta la posibilidad de facilitar a quien a él acude una vida nueva nacida del agua bautismal con la limpieza de sus pecados, pero exige la voluntad de neonacimiento y arrepentimiento (conversión; ver. 77).

Esta posibilidad que se nos anuncia no proviene de un impulso voluntarista o intelectual del propio Juan, sino, como dice el ver. 78, por la misericordia de Dios. La misericordia es la manifestación del amor de Dios por los hombres. Zacarías, además, coloca esta misericordia no en los aledaños de Dios, no como uno de sus adornos periféricos, sino que la coloca en lo más íntimo de Él: en sus entrañas.

El vocablo humano que mejor define las características de Dios es: amor. La misericordia, el perdón gratuito, es la mayor de las manifestaciones del amor. Sin perdón y reconciliación el amor no puede existir. Dios toma la iniciativa, movido en sus entrañas amorosas, para atraer de nuevo a sus hijos (la humanidad) a la posibilidad de salvación. Juan es el precursor de esta nueva situación, que quedará completada con la vida, predicación y muerte de su Hijo.

Podríamos caer en el error de considerar a Jesús como un apéndice de Juan, una extensión de su predicación. La realidad es la contraria: Juan es el pre-apéndice de Cristo. Juan proclamará el arrepentimiento como necesidad para alcanzar el reino de los cielos (paz en Dios) en Mt. 3, 11 (Yo os bautizo en agua para conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de  llevarle las sandalias. El os bautizará en Espíritu Santo y fuego). Cristo no continúa la predicación del Bautista, es Juan quien preconiza al que viene después que él.

Así también nuestra realidad actual tiene cierta semejanza con el acontecimiento histórico que se nos narra en estos pasajes. Los creyentes no somos los continuadores de la predicación de Jesús, sino los precursores de su nueva venida. Nuestra misión, al igual que la de Juan, está en preparar nuevamente el camino del Señor en su segunda venida. Cristo nos dejó la cercanía del reino de Dios, El instaló este reino entre nosotros, pero su construcción sólo se realizará por completo con la parusía de Cristo. Nuestra función es preparar, por el arrepentimiento y la conversión, el camino para la instalación definitiva del Reino.

Con respecto a Juan, nosotros tenemos una ventaja sin parangón, disponemos de la palabra de Cristo, de sus enseñanzas, de su ejemplo, de su amor, de nuestro hermanamiento en el Padre con Él. Juan no contaba con este precedente, por eso entraba dentro de la lógica sus dudas acerca de Jesús y su misión. Nosotros no tenemos excusa para nuestra misión de preparación y extensión de la Palabra. Cristo mismo nos lo deja encargado como acción fundamental en Mt. 28, 19-20 (19 Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, 20 y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.») y sus correspondencias en  Mc. 16, 14-18 y Lc. 24, 44-49.

 

Lc. 1, 80

80 Y el niño crecía, y se fortalecía en espíritu; y estuvo en lugares desiertos hasta el día de su manifestación a Israel.

Esta es la constatación de que no estamos ante un superhombre. Los profetas son hombres como los demás que, con la intervención del Espíritu de Dios, son capaces de interiorizar y reflexionar lo que les rodea y extraer una experiencia religiosa de ello, transmitiéndolo al pueblo que le escucha. De Juan no se sabe nada más, a través de los evangelios, pero teniendo en cuenta que, por indicaciones del ángel, su padre lo dedicó al Nazareo, su educación infantil y juvenil, dentro de una familia dedicada al culto a Yahweh, debió ser austera y estricta. Sólo cuando esta formación fue considerada suficiente por sus progenitores, Juan, con el apoyo del Espíritu Santo, comenzó su predicación como precursor del Mesías.

 

Jn. 1, 6-8

6 Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan. 7 Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él. 8 No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz.

 

La luz de que nos habla el evangelista Juan, y a que se refiere Lc 1, 78-79 (78 por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, que harán que nos visite una Luz de la altura, 79 a fin de iluminar = a los que habitan en tinieblas y sombras de muerte = y guiar nuestros pasos por el = camino de la paz.» =), como él mismo nos aclara, no está referida a Juan el Bautista, sino a Jesús, el Cristo, que vendrá después del Bautista.

La luz de que nos hablan ambos evangelistas es un símbolo recogido hasta 200 veces a lo largo de la Biblia.

Tras las repetidas transgresiones de la vieja Alianza por parte del pueblo elegido, la humanidad entera caminaba en tinieblas por su devenir. Las tinieblas son el pecado como expresión del alejamiento de Dios. La luz que nos anuncian estos pasajes, personificada en Cristo, es la que alumbra la posibilidad de una nueva vida. El mensaje de Cristo, a lo largo del Evangelio, en su conjunto, no es novedoso; ni en su contenido, ni en su ubicación histórica y geográfica. Sí lo es en cuanto a su actitud y formas de proclamarlo. Cristo realiza su predicación, nos entrega su luz desde una libertad plena y absoluta, al margen de cualquier atadura material. Nuestro caminar, desde Él y con Él está iluminado por su acción salvífica. Nuestros miedos, nuestras debilidades, incluso la muerte; todo puede ser vencido; y Cristo nos lo demuestra con su acción. Él inaugura una nueva era (Is. 2, 2-5: 2 Sucederá en días futuros que el monte de la Casa de Yahveh será asentado en la cima de los montes y se alzará por encima de las colinas.      Confluirán a él todas las naciones, 3 y acudirán pueblos numerosos. Dirán: «Venid, subamos al monte de Yahveh, a la Casa del Dios de Jacob, para que él nos enseñe sus caminos y nosotros sigamos sus senderos.» Pues de Sión saldrá la Ley, y de Jerusalén la palabra de Yahveh. 4 Juzgará entre las gentes,          será árbitro de pueblos numerosos. Forjarán de sus espadas azadones, y de sus lanzas podaderas. No levantará espada nación contra nación, ni se ejercitarán más en la guerra. 5 Casa de Jacob, andando, y vayamos, caminemos a la luz de Yahveh) en las que las tinieblas pueden soslayarse con la luz de Cristo.

Juan en este pasaje, refiriéndose al Bautista, nos da una imagen del mismo que no contiene equívocos: el Bautista es un enviado de Dios, lo que será refrendado después por Jesús en Mt. 11, 14 (Y, si queréis admitirlo, él es Elías, el que iba a venir); Mt 17, 11-13 (11 Respondió él: «Ciertamente, Elías ha de venir a restaurarlo todo. 12 Os digo, sin embargo: Elías vino ya, pero no le reconocieron sino que hicieron con él cuanto quisieron. Así también el Hijo del hombre tendrá que padecer de parte de ellos.» 13 Entonces los discípulos comprendieron que se refería a Juan el Bautista) y la correspondencia de Mc. 9, 11-13; el Elías prometido como precursor del Ungido, para testimoniar cual sería la nueva era inaugurada por el Mesías prometido.

 

Lc. 2.1-7

1 Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado. 2 Este primer censo se hizo siendo Cirenio gobernador de Siria. 3 E iban todos para ser empadronados, cada uno a su ciudad. 4 Y José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto era de la casa y familia de David; 5 para ser empadronado con María su mujer, desposada con él, la cual estaba encinta. 6 Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento. 7 Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.

 

La primera parte de este pasaje nos sitúa en una época histórica concreta. La minuciosidad del evangelista, a lo largo de todo el Evangelio de Jesucristo según San Lucas, es proverbial. Mima con precisión hasta el último detalle cronológico, para situar al lector en una posición concreta ante la historia.

Esta forma de redacción tiene, además, una lectura teológica. Dios interviene en nuestra historia, no sólo desde la totalidad, sino también en lo concreto. En los acontecimientos y momentos concretos, en la vida real y cotidiana.

Por su parte, el empadronamiento ordenado por Augusto tiene una motivación económica y fiscal. Las provincias o protectorados que conformaban el antiguo reino de Israel eran tributarias para con la metrópoli, y para recaudar los tributos se hace necesario un censo actual que determine la cuantía que debe aportarse a las arcas centrales.

Este hecho histórico es aprovechado por Dios para dar cumplimiento a las profecías del AT y hacer nacer a Jesús en el lugar prescrito por los profetas.

Existen interpretaciones antropológicas que afirman que Jesús de Nazaret no nació e Belén de Judea, sino en el propio Nazaret, y toman las afirmaciones evangélicas como recogidas de una leyenda necesaria para dar cumplimiento a las profecías, aprovechando el censo ordenado por Augusto, usando este movimiento ciudadano como excusa para hacer nacer a Jesús en Belén.

Lo cierto es que el lugar físico del nacimiento de Cristo, para mí, carece de importancia religiosa. Me resulta indiferente una ciudad u otra para ubicar su nacimiento. La verdad histórica, en este caso, no aporta nada a la experiencia religiosa que podamos extraer de la Buena Noticia.

Por otro lado, la segunda parte del pasaje tiene una mayor trascendencia religiosa y un enorme simbolismo y significado doctrinal y catequético.

Históricamente, no sería extraña la situación que se nos relata en este pasaje. Judea, en la época histórica que contemplamos, no era un tierra sobrada de infraestructuras turísticas u hoteleras. En ese momento había perdido la preponderancia que en su momento tuvo respecto al paso de caravanas y como lugar de tránsito hacia el Mediterráneo. Belén, más exactamente, no constituye un lugar estratégico de ningún tipo, ni económico, ni militar, ni religioso. Es solamente una aldea de la que no se vuelve a hablar en el NT (de hecho ni Marcos ni Juan hablan de ella). La primera vez que se habla de esta aldea es en Gen. 35,19 (Murió Raquel y fue sepultada en el camino de Efratá, o sea Belén), mencionándola como el lugar donde murió Raquel (la esposa de Jacob). Su mérito histórico principal, antes del nacimiento de Jesús está en ser la cuna de David (1 S 17,12[Era David hijo de un efrateo de Belén de Judá, llamado Jesé, que tenía ocho hijos. En tiempo de Saúl este hombre era ya anciano, muy entrado en años]).

Por lo tanto, no es sorprendente que en el momento del censo ordenado por Augusto, una familia que se desplazase a una aldea pequeña como Belén para cumplimentar la obligación impuesta por el invasor, se encontrase sin alojamiento al caer la noche.

Aunque este relato fuese una leyenda, no carece de fundamentos sociológicos que pudieran hacerla posible.

Sin embargo, lo importante de esta parte del pasaje anterior, no está en su veracidad histórica, sino en su simbología.

Estamos ante el nacimiento del Hijo de Dios, no de un niño cualquiera, sino ante el acontecimiento histórico más grande de la humanidad. Dios mismo desciende a la tierra y se encarna en un niño humilde, en una aldea perdida de Judá y escoge para el parto las condiciones más bajas y humildes posibles: ni siquiera nace en una casa, en una habitación y con ciertas comodidades. Lo hace en un establo y es acostado en el lugar donde comen los animales, recibiendo, como ornamentos unos simples y humildes pañales. La toma de postura de Dios es irrefutable: Jesús se hermana en condiciones existenciales con los más humildes y pobres de la tierra.

Se abstiene de nacer en un palacio rodeado de grandes cuidados y cortejos. Ni siquiera lo hace en una ciudad principal de Israel, lo hace en una aldea carente de las infraestructuras mínimas.

Toda una enseñanza y lección de humildad que rompe con la creencia religiosa de la época: el Mesías, como libertador, llegaría a la tierra rodeado de fasto y boato, mostrando toda su gloria a las naciones.

Pero una lección que permanece a lo largo de los siglos. No vemos un nacimiento asimilable a los de nuestros días para los personajes señalados. No tenemos una “buena cuna” en la que mecer al neonato, sólo un humilde pesebre. No es arropado con costosas y ricas vestiduras, solamente con unos simples pañales. Su madre, aún, tal y como nos relata el evangelista, no está bendecida por las instituciones sociales de la época, sino que, en el momento del alumbramiento, es una madre soltera (desposada con él  - no casada aún, o vinculada por el matrimonio). La situación económica de la familia tampoco debía ser excesivamente boyante, cuando no son capaces de encontrar un alojamiento digno. El único que debía empadronarse era José, no María (puesto que ella era originaria de Nazaret), pero ésta debió acompañarle para solventar su situación “socialmente delicada” de su pueblo.

No se puede decir más con menos. El Hijo de Dios ni siquiera es acogido en una casa. Desde su nacimiento es marginal. La economía de la redención comienza con un fracaso, si lo miramos desde una óptica materialista. Cristo nace dentro del grupo de los “pequeños”, de los “pobres”, de los Anawin (pobres de Yahweh).

Sin embargo, es el comienzo de su triunfo sobre los falsos dioses de entonces y de ahora. Dios obvia las consideraciones y categorías sociales que tenemos parametrizadas y elige la humildad como plataforma para elevarse por encima de las necesidades y esclavitudes materiales.

Un detalle a tener en cuenta es la mención de Lucas respecto de la primogenitura de Jesús. Podría entenderse que si Jesús es el primogénito, implica que después hay otros hijos de María que, obviamente,  no lo son. De hecho, a lo largo del Evangelio, en diferentes pasajes se habla de los “hermanos de Jesús”. Si esto fuese así, estaríamos ante la negación de la virginidad permanente de María, en sentido biológico exclusivamente. Carece de trascendencia religiosa si la primogenitura de Jesús constituye un ordenamiento de descendencia. La virginidad de María está fuera de toda duda, si la referimos a su sentido existencial, no solamente al biológico. En cualquier caso, la cultura hebrea daba el título de primogénito al que habría la matriz materna, independientemente de que posteriormente hubiese otros descendientes; y la consideración de “hermanos de Jesús”, en esa misma cultura, bien puede referirse a parientes próximos (primos) o, incluso, amigos cercanos a la familia.

Otra de las consideraciones a realizar consiste en la razón por la que, exclusivamente Lucas, recoge el momento del nacimiento de Jesús. Mateo ya lo sitúa nacido, mientras que Marcos comienza su Evangelio en la predicación de Cristo y Juan no recoge prácticamente nada de la vida privada de Jesús de Nazaret.

Para ello debemos volver a considerar el destino de los evangelios de cada uno de ellos. Volvamos a señalar que Lucas lo escribe para los gentiles de cultura helénica. A éstos no es posible, ni conveniente, por su formación cultural humanista, obviarles los orígenes humanos de Cristo. El resto de los evangelistas lo dan por hecho y ni siquiera lo estiman relevante. Lucas debe acentuar esta circunstancia para mayor credibilidad de su Evangelio.

Estamos ante el momento cumbre de la historia de la humanidad. El momento en que hasta el calendario cambia para adaptarse al acontecimiento que se nos narra en estas breves líneas.

Hasta entonces, existían varios calendarios, según la civilización que lo manejase. Incluso hoy, las diversas religiones marcan calendarios diferentes para cada cultura y seguidores. Sin embargo, el nacimiento de Cristo representa tal evento que todas las naciones de la tierra han adoptado un calendario común por el que regirse en sus relaciones internacionales, tomando como base la fecha del nacimiento de Cristo.

Es lo que se llama la ERA COMUN, ERA CRISTIANA, etc.

Sin embargo, cuando Dionisio el Exiguo en el año 533 se encargó de confeccionar un nuevo calendario sobre la base del nacimiento de Jesús, cometió un doble error de apreciación. En primer lugar hizo coincidir el nacimiento de Jesús con el 1 de enero del año 1, en lugar del año 0; en segundo lugar tomó como año base el 754 de la fundación de Roma, en lugar del 748 que sería el correcto. Por lo tanto, según nuestro actual calendario, cuando Jesús nació, realmente tendría 6 años.

Con respecto al día del año del nacimiento de Cristo, nada sabemos a través de los evangelios, pero reinando Constantino el Grande, la iglesia propuso que el 25 de diciembre se celebrara el nacimiento de Jesús por su coincidencia con la celebración romana del Sol Invictus.

En todo caso, en el año 345 dC. el día 25 era fiesta de Navidad en Occidente. Mientras que en Oriente la celebran el 6 de enero, pero la influencia de San Juan Crisóstomo, padre de la Iglesia de Oriente y patriarca de Alejandría, y de San Gregorio Nacianzeno, el teólogo, amigo de San Basilio, consiguió que adoptaran el 25 de diciembre.

En cualquier caso, estas “anomalías” históricas no influyen, en absoluto, en la consideración religiosa del nacimiento de Cristo.

 

Mt. 1, 1-17

1 Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham.

2 Abraham engendró a Isaac, Isaac a Jacob, y Jacob a Judá y a sus hermanos. 3 Judá engendró de Tamar a Fares y a Zara, Fares a Esrom, y Esrom a Aram. 4 Aram engendró a Aminadab, Aminadab a Naasón, y Naasón a Salmón. 5 Salmón engendró de Rahab a Booz, Booz engendró de Rut a Obed, y Obed a Isaí. 6 Isaí engendró al rey David, y el rey David engendró a Salomón de la que fue mujer de Urías. 7 Salomón engendró a Roboam, Roboam a Abías, y Abías a Asa. 8 Asa engendró a Josafat, Josafat a Joram, y Joram a Uzías. 9 Uzías engendró a Jotam, Jotam a Acaz, y Acaz a Ezequías. 10 Ezequías engendró a Manasés, Manasés a Amón, y Amón a Josías. 11 Josías engendróa Jeconías y a sus hermanos, en el tiempo de la deportación a Babilonia.

12 Después de la deportación a Babilonia, Jeconías engendróa Salatiel, y Salatiel a Zorobabel. 13 Zorobabel engendróa Abiud, Abiud a Eliaquim, y Eliaquim a Azor. 14 Azor engendróa Sadoc, Sadoc a Aquim, y Aquim a Eliud. 15 Eliud engendróa Eleazar, Eleazar a Matán, Matán a Jacob; 16 y Jacob engendróa José, marido de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo.

17 De manera que todas las generaciones desde Abraham hasta David son catorce; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce; y desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce.

 

Lc. 3.23-38

23 Jesús mismo al comenzar su ministerio era como de treinta años, hijo, según se creía, de José, hijo de Elí, 24 hijo de Matat, hijo de Leví, hijo de Melqui, hijo de Jana, hijo de José, 25 hijo de Matatías, hijo de Amós, hijo de Nahum, hijo de Esli, hijo de Nagai, 26 hijo de Maat, hijo de Matatías, hijo de Semei, hijo de José, hijo de Judá, 27 hijo de Joana, hijo de Resa, hijo de Zorobabel, hijo de Salatiel, hijo de Neri, 28 hijo de Melqui, hijo de Adi, hijo de Cosam, hijo de Elmodam, hijo de Er, 29 hijo de Josué, hijo de Eliezer, hijo de Jorim, hijo de Matat, 30 hijo de Leví, hijo de Simeón, hijo de Judá, hijo de José, hijo de Jonán, hijo de Eliaquim, 31 hijo de Melea, hijo de Mainán, hijo de Matata, hijo de Natán, 32 hijo de David, hijo de Isaí, hijo de Obed, hijo de Booz, hijo de Salmón, hijo de Naasón, 33 hijo de Aminadab, hijo de Aram, hijo de Esrom, hijo de Fares, hijo de Judá, 34 hijo de Jacob, hijo de Isaac, hijo de Abraham, hijo de Taré, hijo de Nacor, 35 hijo de Serug, hijo de Ragau, hijo de Peleg, hijo de Heber, hijo de Sala, 36 hijo de Cainán, hijo de Arfaxad, hijo de Sem, hijo de Noé, hijo de Lamec, 37 hijo de Matusalén, hijo de Enoc, hijo de Jared, hijo de Mahalaleel, hijo de Cainán, 38 hijo de Enós, hijo de Set, hijo de Adán, hijo de Dios.

 

Las genealogías que se recogen en La Biblia no tienen ninguna intención historicista. Suponen un mero instrumento catequético, al servicio del hagiógrafo, para mejor explicar o adaptarlo a sus necesidades narrativas y a su intención teológica.

De ello podemos darnos cuenta en las genealogías que se nos presentan aquí. Lucas hace remontar la ascendencia de Jesús hasta el propio Adán, pasando por Noé, Matusalén... porque así convenía a su proyecto evangélico, dirigido a gentiles.

Mateo, sin embargo, hace una genealogía de Cristo que se remonta exclusivamente hasta Abraham. Juega, para ello con el simbolismo numérico, tan extendido entre la cultura hebrea. Mateo hace tres tablas genealógicas de Cristo. El 3: Indica intensidad, énfasis; sobre todo cuando se repite tres veces una palabra o un gesto: Is 6, 3. Cada tabla está compuesta de 14 ascendientes ( 7 x 2 = 14 [2: El doble puede significar "de sobra", como en Is 40, 2; 61, 7; Ap 18, 6, mientras que 7 indica perfección: Núm 23, 4 (Salió Dios al encuentro de Balaam y éste le dijo: «Siete altares he preparado y he ofrecido en holocausto un novillo y un carnero sobre cada altar.»); Mt 15, 36 (Tomó luego los siete panes y los peces y, dando gracias, los partió e iba dándolos a los discípulos, y los discípulos a la gente); gran cantidad: Is 30, 26 (Será la luz de la luna como la luz del sol meridiano, y la luz del sol meridiano será siete veces mayor - con luz de siete días - el día que vende Yahveh la herida de su pueblo y cure la contusión de su golpe); Prov. 24, 16 (Que siete veces cae el justo, pero se levanta, mientras los malos se hunden en la desgracia); Mt 18, 22(Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.»)]),  por lo tanto, Jesús, en su ascendencia, es tres veces perfecto. Además, vemos como el devenir histórico que el evangelista quiere atribuir a Cristo va pasando por las tres épocas fundamentales del pueblo de Dios: fundación, establecimiento y deportación y retorno del exilio.

Si bien, ninguna de las dos genealogías que se nos presentan son históricamente correctas (de entrada su comienzo es José, cuando Jesús no es su hijo natural, sino sólo putativo y su Padre es el propio Yahweh), su inclusión en el Evangelio nos es casual ni caprichosa. Están llenas de simbolismo, pero el principal es que Dios se manifiesta a los hombres a través de la historia real.

La genealogía no es nueva en La Biblia. En varias ocasiones nos encontramos textos genealógicos referidos a diversos personajes bíblicos. Teniendo en cuenta que la cultura hebrea tampoco refleja literalmente nuestro concepto de padre de, o hijo de, es imprescindible tener muy presente que cuando la Biblia habla de que fulano engendró a zutano no siempre significa exactamente descendiente directo en primera línea. Estamos ante una tradición cultural que recoge grupos humanos y sociales mucho más amplios y ricos que los restringidos por la consanguinidad directa.

La no coincidencia entre ambos evangelistas para esta genealogía tampoco invalida sus relatos. Volvemos a la intencionalidad de cada uno de ellos para con los destinatarios inmediatos de sus redacciones.

 

 

Lc. 2, 8-20

8 Había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño. 9 Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor. 10 Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: 11 que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor. 12 Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre. 13 Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían:

14 ¡Gloria a Dios en las alturas,

Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!

15 Sucedió que cuando los ángeles su fueron de ellos al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: Pasemos, pues, hasta Belén, y veamos esto que ha sucedido, y que el Señor nos ha manifestado. 16 Vinieron, pues, apresuradamente, y hallaron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. 17 Y al verlo, dieron a conocer lo que se les había dicho acerca del niño. 18 Y todos los que oyeron, se maravillaron de lo que los pastores les decían. 19 Pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. 20 Y volvieron los pastores glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, como se les había dicho.

 

Fijémonos en los primeros versículos de este pasaje; veremos una historia de lo más cotidiana: unos pastores velando por la noche al cuidado de sus ganados. Hoy, en nuestra civilización, es una escena no muy corriente, pero sí lo sigue siendo todavía en países del 3er. mundo y, desde luego, también lo era para nosotros hasta hace relativamente poco tiempo (40 ó 50 años).

¿Qué significa esto? : que el acercamiento de Dios no se produce en momentos mágicos o de especial significación. No se precisa una preparación ni grandilocuencia de eventos. Dios se nos acerca en la cotidianidad, en las actividades más corrientes, en el trabajo (como a los pastores), en el desempeño de la función diaria (como a Zacarías), en el reposo (en el caso de José), o simplemente en los tiempos muertos del día (caso de María). Siempre dentro de la más absoluta normalidad.

No busquemos las llamadas grandilocuentes, rodeadas de gran boato y artificiosidad.

El recurso a la validación de las presencias divinas escenográficas, hemos de remontarlo a los estilos narrativos del AT (especialmente a los libros de los grandes profetas), pero debemos ubicar cada relato en su contexto apropiado.

Los profetas están dirigiendo sus oráculos hacia un escenario compuesto por elementos hostiles a la Alianza, que se empecina en su infidelidad hacia el Pacto, sustituyéndolo por "pactos" puntuales y más asequibles configurando idolatrías de diversa índole y procedencia, según la conveniencia de cada uno.

En este entorno, se hace necesaria una llamada de atención firme, elocuente y llamativa, con objeto de distraer su atención de lo superfluo.

No nos confundamos, estas situaciones no son privativas del AT, también en nuestros casos personales se dan circunstancias similares. Los ídolos han cambiado, pero las situaciones son similares. Por ello, en muchas ocasiones estamos impedidos para apreciar el acercamiento de Dios, ya que Él lo hace de puntillas en nuestra realidad existencial.

Los pastores nos ofrecen un ejemplo de lo que debe ser nuestra actitud ante la proximidad de Dios. Mantienen la mente abierta para escuchar y apreciar su presencia en la relación normal de la vida.

Observemos también otro detalle significativo. La aparición del mensajero se realiza ante unos pastores. Aquí debemos precisar y acercarnos a la circunstancia histórica: los pastores para la cultura hebrea de la época son una suerte de casta marginal. Vivían en las afueras de las ciudades, trabajaban y cuidaban a los animales y sus inmundicias, se les identificaba con una época que Israel  quisiera olvidar (su época pastoril y nómada, contrapuesta a la situación agrícola-sedentaria-urbana del momento).

Volvamos al núcleo del detalle.  El mensajero de Dios no se revela ante los poderes establecidos. No lo hace en el palacio de Herodes, ni ante el Prefecto Romano, ni siquiera ante los sacerdotes o escribas. Lo hace ante miembros del pueblo sencillo, incluso marginal, dando así una vuelta de tuerca a su inclinación y preferencia por los pequeños.

Siguiendo el discurso, nos encontramos con otro denominador común a otros pasajes. La presencia o percepción de Dios (o de sus mensajeros) asusta, sobrecoge el ánimo e induce a temor ante lo inesperado. Sin embargo, inmediatamente después, cuando se toma conciencia de su presencia, nos llega la paz absoluta. Nos sumergimos en el cobijo que su presencia nos facilita y el amparo que emana, calma la inquietud y el desasosiego. No otro es el significado del oráculo del mensajero: tranquilos, os anuncio un mensaje de paz. Os ha nacido un Salvador, el Cristo.

Estamos ante el punto culminante de la historia de la humanidad (cambió hasta el calendario).

Estamos ante el instante en que se da a conocer la encarnación y presencia real del Hijo de Dios en la tierra. De nada sirve que algo trascendente se produzca, si no es divulgado.

El que nace no es un niño más, es el Salvador, el que nos va a proporcionar una nueva Alianza y nos va a hermanar con Él en el Padre celestial. Es el Salvador, porque vencerá completamente las ataduras del pecado y proporcionará los caminos para la reconciliación de la humanidad con Dios. Él nos librará de la esclavitud del pecado y su última consecuencia: la muerte. Quien nace es el Mesías, el prometido por Isaías, Jeremías y Daniel.

Desde ese momento la historia cambia. Dios acerca su morada (el cielo donde habita, con la tierra, nuestra realidad) a través del nuevo nacido, un niño (proyecto de hombre) que, a su vez, es mucho más que eso: cielo y tierra se unen en Cristo. Las dos realidades existenciales tienen un nexo, y su existencia se da  a conocer a los pastores. Son los privilegiados primeros receptores del mensaje de la Buena Noticia. Es el primer núcleo de discípulos del Evangelio.

La escenografía posterior (ejército de ángeles, cánticos corales, etc.) hay que enmarcarla en la simbología retórica de la época.

La tradición cultural posterior ha hecho que se le dé más importancia a esta iconografía plástica que al hecho sublime de la revelación en sí.

Las diversas traducciones que se han hecho de La Biblia nos han proporcionado otras tantas construcciones gramaticales del cántico celestial, aunque todas ellas nos llevan a un núcleo común: paz en la tierra y buena voluntad para los hombres que aman al Señor.

La paz hebrea (Shalom) es mucho más que un saludo cortés, y el vocablo contiene una profundidad mayor que en nuestra terminología. No significa la ausencia de contiendas, sino que es la manifestación de un deseo real de estabilidad y felicidad en el bien = que todo te vaya bien en la tierra, que seas feliz.

Por su parte, la buena voluntad es, asimismo, la manifestación de otro deseo: el giro del espíritu humano hacia Dios, la ofrenda del amor a Dios manifestado por la bonanza de la voluntad. Es el anticipo del "ama al prójimo como a tí mismo".

El prefacio del cántico: Gloria a Dios en el cielo, es la explicitación de la realidad divina, de su ser grandioso. Él reúne todas las cualidades, por ello es acreedor a la gloria y es necesario que dicha gloria sea manifestada y reconocida su grandeza. Una gloria que se traslada a la tierra mediante el hecho que estamos observando.

Tras la vuelta de los ángeles a su morada original, el escenario que se nos muestra cambia radicalmente.

Los pastores, como primeros discípulos, cumplen con la misión encargada y comienzan a divulgar la Buena Noticia, no sin antes acarrear una buena cantidad de dudas que se manifiestan en su necesidad de acudir a Belén para comprobar lo que se les había manifestado.

Nosotros (los cristianos) somos ahora los pastores que reciben la revelación y es nuestra misión divulgar el cambio que la figura de Jesús introduce en nuestra vida.

Cuando los pastores acuden a ratificar lo anunciado por el ángel lo que se encuentran es una escena de lo más simple y sencilla: un recién nacido acompañado de sus padres.

Continúa la falta de estridencias en la presencia de Dios en nuestras vidas. No le busquemos en grandes y lujosas habitaciones o camas, porque lo encontraremos en moradas humildes y acostado sobre un pesebre.

No le busquemos en el poder y las riquezas, porque le encontraremos en la humildad y la pobreza.

Un detalle exclusivo de Lucas lo encontraremos en la afirmación de que María guarda en su corazón los acontecimientos que observa para evaluarlos y ponderarlos.

Según me adentro en los textos sagrados, la figura de la Madre de Jesús, se va engrandeciendo en mi consideración, pero no para acercarla a una situación de "semidiosa", sino todo lo contrario. Su figura, cada vez más, se me presenta como el paradigma de la persona humana.

Escéptica, humilde, reservada, plena de mansedumbre. No termina de creerse la misión que le ha sido encomendada. Jesús, para ella, es y será hasta Pentecostés, un misterio insondable, pero en  Él deposita su confianza y respeto. Asume la libertad de su Hijo hasta sus últimas consecuencias y le acompaña en los momentos más difíciles (al pie de la cruz), trascendiendo el dolor interior que debió producirle la observancia del fracaso de su hijo como profeta, y la muerte injusta y vejatoria a la que es sometido. Todo un ejemplo para los creyentes. Dios no nos pide fe ciega. María (guardaba estas cosas en su corazón ponderándolas) reflexiona sobre lo que observa y lo valora. Está ejerciendo su libertad. Desde esa posición decide apoyar a su Hijo, aunque no termina de entenderle.

Desde ese posicionamiento, también nosotros debemos afrontar nuestra experiencia de fe. Desde nuestra libertad recibimos los acontecimientos que nos rodean, percibimos la presencia de Dios y ponderamos el camino a tomar. Desde nuestras limitaciones tampoco podemos entender totalmente los caminos del Señor, tampoco terminamos de creernos totalmente "lo de Dios". Es comprensible, porque su inmensidad nos desborda, como lo de Jesús a María. Lo importante es que, como María, aunque no lo entendamos del todo, estemos dispuestos a seguir a su lado, incluso en los momentos de aflicción.

 

Mt. 2, 1-12

1 Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, 2 diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle. 3 Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él. 4 Y convocados todos los principales sacerdotes, y los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Cristo. 5 Ellos le dijeron: En Belén de Judea; porque así está escrito por el profeta:

6 Y tú, Belén, de la tierra de Judá,

No eres la más pequeña entre los príncipes de Judá;

Porque de ti saldrá un guiador,

Que apacentará a mi pueblo Israel.

7 Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos, indagó de ellos diligentemente el tiempo de la aparición de la estrella; 8 y enviándolos a Belén, dijo: Id allá y averiguad con diligencia acerca del niño; y cuando le halléis, hacédmelo saber, para que yo también vaya y le adore. 9 Ellos, habiendo oído al rey, se fueron; y he aquí la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño. 10 Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo. 11 Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. 12 Pero siendo avisados por revelación en sueños que no volviesen a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.

 

Para poder acceder al interior de estos versículos, se hace necesario realizar algunas precisiones previas.

La tradición nos ha legado una leyenda referida a la adoración de Jesús por tres reyes magos de oriente (Melchor, Gaspar y Baltasar). Esta leyenda ha ido siendo elaborada a partir de lo recogido en los llamados libros “apócrifos” (no incluidos en el canon), que, a su vez, toman los relatos de historias que circulaban en la época del nacimiento de Cristo, ya que ningún texto evangélico canónico recoge la adoración de los reyes, como tales.

Los magos, en la Mesopotamia y Palestina antiguas, no se corresponden con lo que nosotros entendemos por dicho término. No estamos ante personas que practican la “magia”, tal y como nosotros la concebimos.

Magos son sabios y estudiosos del cielo y los astros. Algo parecido a nuestros astrónomos, pero con una cultura más universal en el plano ético, filosófico y religioso.

Su procedencia de oriente no implica la lejanía que pudiera darnos a entender esta ubicación geográfica, sino la zona de Mesopotamia, Península Arábiga, etc. (Baltasar es un nombre de origen persa).

Como estudiosos de los astros y sus fenómenos, probablemente descubrieron un fenómeno en la noche que les llamó la atención: la conjunción de Júpiter y Saturno (que se produjo en esas fechas - se puso uno detrás del otro) que da origen a un punto extremadamente brillante en el cielo, desplazándose, por efecto de la rotación de la Tierra, desde oriente a occidente.

La profecía que contienen estos versículos proviene de: Miqueas, cap. 5, ver. 1, perfectamente conocida por los escribas (doctores de la Ley) de la época. (Mas tú, Belén Efratá, aunque eres la menor entre las familias de Judá, de ti me ha de salir aquel que ha de dominar Israel, y cuyos orígenes son de antigüedad, desde los días de antaño)

De todas estas circunstancias y detalles, plenamente asumibles racionalmente, el evangelista extrae una experiencia religiosa que conforma el texto que estamos examinando

Una vez vistas estas precisiones, volvamos al texto original que es exclusivo de Mateo.

Podemos observar un primer detalle consistente en la diferencia de actitud entre los magos y Herodes ante el mismo acontecimiento: las señales de Dios.

Los magos las escuchan y siguen, en búsqueda de la gloria que prometen.

Herodes se desconcierta, se asusta, se llena de desconfianza. Intriga e indaga ante los poderes terrenales. Pero ninguno le da la respuesta que espera. Y las que le dan aumentan su temor e inquietud.

A Herodes, la señal le resulta molesta e incómoda; e intenta, por todos los medios, soslayarla y hacerla desaparecer.

La pregunta inmediata es, ¿cómo reaccionamos nosotros ante las señales de Dios?, ¿hacemos como los magos que las escuchan y siguen, o, actuamos como Herodes, sintiéndonos incómodos y molestos por ellas y tratamos de alejarlas de nuestras vidas?.

Cuando los magos llegan donde está Jesús, Éste ya no está en el cobertizo, portal o cuadra en que se produjo su nacimiento (aunque debemos tener presente que Mateo no recoge el nacimiento de Jesús). Está en una casa y acompañado de su madre. Otra vez la escena de normalidad y sencillez. De nuevo la falta de estridencias y boato ante la presencia de Dios. ¡Cuán diferente a algunas de nuestras celebraciones religiosas!.

Sin embargo, los magos, aun con todo su bagaje sapiencial, se inclinan humildemente para adorarle, reconociendo al Señor donde realmente está: en la sencillez y humildad de los “pequeños”.

Los presentes que los magos ofrecen al niño Dios nos muestran un signo inequívoco de la sumisión material a la grandiosidad de Dios.

El ídolo de las riquezas y bienes materiales, representado por el oro, se pone al servicio de la causa de Dios.

Es la sumisión del dinero para explicitar que éste nunca puede estar por encima de Él. Con este ofrecimiento los magos nos manifiestan el hecho de que todos los bienes provienen de Dios y que nosotros sólo somos sus depositarios.

Qué hacemos, o qué uso hacemos de lo que se nos entrega, es una pregunta a la que cada cual deberá dar su propia respuesta. ¿Los retenemos para nosotros, o los ponemos al servicio de la justicia divina?.

El incienso representa el aroma de lo que es agradable a Dios. Estamos ante un símbolo de nuestras obras y aconteceres.

El incienso es un compuesto aromático que va anejo a las oblaciones presentadas a Dios. Representa el humo que asciende hasta Él para hacerle llegar nuestras plegarias y acciones.

Así nuestra vida, y dentro de ella nuestras acciones, son el incienso que ofrecemos a Dios. ¿Lo hacemos así, o vivimos con el fuego que quema el incienso apagado para reservar para nosotros mismos nuestras propias acciones?.

La mirra es una goma resinosa con efectos medicinales, utilizado como analgésico en los tiempos de Cristo.

Representa el bienestar que emana de la compañía de Dios, así como la salud espiritual que proviene de Él.

El último versículo nos plantea un mecanismo recurrente en la Biblia. El sueño, el sopor, es un momento muy utilizado por Dios para la transmisión de sus mensajes a sus respectivos destinatarios. El sueño bíblico, en todo caso, no es igual a nuestro concepto como opuesto a la vigilia. El sueño es el momento de mente abierta y capaz de recepcionar los mensajes divinos (como le sucedió a José en su revelación).

Lo más probable es que los magos percibieran la dualidad de intenciones de Herodes y decidiesen volver por otro camino para evitar enfrentamientos con el rey.

Hasta aquí mi interpretación reflexiva sobre el texto evangélico. Sin embargo, no quiero dejar pasar la ocasión para resaltar la realidad presente que, a expensas de estos versículos, ha montado toda una parafernalia consumista y materialista, totalmente contraria al espíritu primigenio de la Epifanía.

Si bien estamos ante una celebración religiosa celebrada universalmente por los cristianos, la adoración de los magos en nuestro país se ha convertido en una escenificación del materialismo más atroz y desgarrante (en España es la celebración de los magos, pero otro tanto podemos afirmar de las costumbres anglosajonas u orientales de Papá Noel, Santa Claus, etc.).

La civilización que hemos ido construyendo sobre la desigualdad, ha subvertido y trastocado muchos valores y enseñanzas evangélicas. Este es el caso de los versículos que anteceden.

El ofrecimiento de presentes a Jesús por los magos, que en su origen tiene un trasfondo de humillación de los poderes terrenos al niño Dios (sabiduría, riquezas, bienestar, obras) ha devenido en una desaforada celebración mercantilista con los papeles cambiados.

No celebramos nuestra sumisión al recién nacido, sino que, mediante el consumismo nos ponemos al servicio del dios dinero, comprando y regalando sin tino. Cuanto más valioso y caro sea el regalo mejor. Más se engrandece nuestra vanidad.

Tratamos de intercambiar o trocar regalos por recompensas inconfesables (dinero, regalos, juguetes = cariño de los destinatarios) y transmitimos a nuestros hijos la imagen de que nada es importante si no tiene recompensa material (si te portas bien tendrás regalos, si no lo haces te verás privado de ellos).

¡Qué contrasentido!. Sería conveniente que reflexionemos sobre esta subversión de valores y en el caso de conmemorar la Epifanía, lo hagamos en la misma línea de los magos, que regalaron  (compartieron) sus tesoros y bienes con un desconocido pobre, humilde y aparentemente desamparado.

Seguro que todos conocemos a alguien de nuestro alrededor que reúne estas características.

En él  encontraremos de nuevo al niño Dios, y no en quien está saturado de regalías y gratificaciones. Si con los regalos de reyes pretendemos demostrar nuestro amor por nuestros hijos o personas allegadas, estamos equivocando los términos. El amor trasciende el tiempo y la materialidad. Nuestro amor por los demás, no solamente por los seres allegados, es nuestro incienso a los pies de Jesús. Ofrezcamos entonces ese amor al recién nacido, pero no con regalos y furia consumista, sino con obras, hechos y ejemplos.

Si aún así queremos conmemorar esa fecha concreta con ofrendas, bien, pero sin olvidar la desigualdad que nos rodea. No sería mala conmemoración tratar de, al menos un día al año, paliar la injusticia que padecen los oprimidos, los pobres, los marginados y cuantos se encuentran excluidos de la “mirra” que proporciona nuestro bienestar y posición social.

 

Jn. 1, 1-5

1 En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. 2 Este era en el principio con Dios. 3 Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. 4 En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. 5 La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.

Jn. 1, 9-14

9 Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo. 10 En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. 11 A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. 12 Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; 13 los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.

14 Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.

 

Estos versículos no son correlativos en su colocación original, pero los he situado así porque contienen el mismo mensaje. Aun sacados de su contexto original, mantienen completo su sentido, los he incluido al comienzo de la fusión, porque se refieren al origen del Evangelio y su mensaje es previo a la predicación de Cristo.

Su contenido es esencial y condensa la figura de Cristo y la de su misión salvífica.

Si fuese necesario resumir en pocas palabras qué, quien y para qué existió Jesucristo, indudablemente, éstos serían los pasajes que escogería para hacerlo.

Resumen la esencia en los tres aspectos y voy a tratar de desmenuzarlos:

a).- Quien es Jesucristo.

b).- Qué es Jesucristo.

c).- Para qué se encarnó.

 

QUIEN ES

 

¿Quién es Jesús de Nazaret?, ¿Cuál es su origen?, ¿de donde viene su poder?. Estas son las preocupaciones constantes del evangelista a lo largo de toda su redacción.

El comienzo de este Evangelio tiene como premisa la definición de la persona de Cristo y de donde procede: el Verbo.

Este es un concepto poco utilizado en el AT. Otras ediciones del Evangelio de Juan traducen directamente este fonema como “la Palabra” (Logos en griego). La Palabra (el Verbo) aplicado a Cristo es, en este caso, mucho más que el significado que nosotros le atribuimos en nuestra lengua. La Palabra (Verbo), no es solamente lo que sale de la boca producto del pensamiento o la reflexión. La Palabra (verbo) es la esencia del ente que la emite. Jesús es la Palabra (Verbo) en sentido total. No es lo que Dios dice, sino la propia Palabra de Dios, es Dios mismo.

Jesús así considerado no es el mero transmisor o la herramienta de Dios para la comunicación de un mensaje a los hombres. Jesús es el propio Dios y no tiene principio, tal y como nosotros lo concebimos (momento de inicio de la existencia). El término utilizado por Juan es atemporal, no implica punto de comienzo. Es el equivalente a nuestro término ”siempre”.

El planteamiento de Juan al comienzo de su Evangelio ofrece su apoyo al misterio de la Santísima Trinidad. Jesús (Verbo) es Dios. No es semejante, ni sometido, ni derivado, ni dependiente, ni es un apéndice. Es Dios mismo en todos los sentidos. Participa en la creación realizando la propia creación . Juan nos lo dice con claridad (sin Él nada hubiese sido hecho). El evangelista nos está planteando la cosustancialidad de Cristo con Dios, desde el momento en que ambas figuras están plenamente aparejadas sin rango de dependencia.

 

QUÉ ES

 

Tomemos las frases del propio Juan: El Verbo se hizo carne; en Él estaba la vida; todas las cosas por Él fueron hechas; era la luz de los hombres; como el unigénito del Padre.

El Verbo se hizo carne: La Palabra de Dios, su esencia, su ser, se funde con el mundo material y se hace hombre. Su voluntad, su intención, es llegar hasta nosotros y, manteniendo su sustancia divina, se incluye en forma mortal. Juan nos presenta la dualidad de Jesu-Cristo: Jesús = hombre – Cristo = ungido de Dios.

Esta encarnación es fundamental para nuestra historia, porque Dios adopta nuestras limitaciones materiales, manteniendo su esencia divina. Nadie fuera de Él tiene capacidad para esta acción. Cualquier humano puede estar revestido de múltiples cualidades, pero éstas siempre serán plenamente humanas, jamás traspasarán el lindero entre lo material y lo divino.

El Verbo no. El Verbo dispone de la doble capacidad de ser Dios y hombre, aunando en esa figura las cualidades de ambas naturalezas.

En Él estaba la vida: Es, por tanto, en palabras de Juan, el depositario del ser. Fuera de Él nada existe. Ninguna vida espiritual puede ser concebida en su periferia y es el poseedor del impulso existencial original. Una cualidad consubstancial a su naturaleza divina.

Todas las cosas por Él fueron hechas: La preposición “por” puede tener dos sentidos:

a).- “por” como justificación para que todas las cosas fueran hechas.

b).- “por” como origen de la acción creadora.

Ambas opciones tienen cabida en Cristo. La segunda estaría inmersa en el sentido de la frase inmediatamente anterior ( en Él estaba la vida), mientras que la primera sería la predestinación universal de la encarnación.

Dentro de los planes de Dios se enmarca la posibilidad de que la libertad otorgada a los hombres derive hacia una situación en la que la encarnación, y por ende la economía de la redención, fuese preciso ser acometida.

Por tanto, para esta eventualidad, dando contenido real a esta acción: todas las cosas por (para) Él fueron hechas.

Él era la luz de los hombres: Antes de la encarnación la vida de los hombres tenía un límite infranqueable: la oscuridad de la muerte. Cristo representa la solución a esta tiniebla, porque sólo Dios tiene poder para trocar las tinieblas de la muerte en luz de esperanza. Nadie puede vencer a la muerte salvo la Palabra (Verbo). Él es la lámpara que nunca se apaga (puesto que es atemporal) y contra cuya luz ni siquiera la oscuridad de la muerte puede prevalecer.

La luz representa la guía y objetivo  de quien camina en la oscuridad. Esta es la situación de la humanidad hasta sernos regalada la Revelación de la Buena Noticia mediante la existencia de Cristo.

Como el unigénito del Padre: En el AT el calificativo de Padre, referido a Dios, es aplicado en contadas ocasiones. Es a partir del Evangelio cuando este calificativo adquiere su completo y real sentido.

Que el Verbo es como el unigénito del Padre (Dios) tiene la trascendencia de proporcionarnos un nexo de unión real de los hombres con Dios. El calificativo de “hijo” en la cultura hebrea no conlleva, necesariamente, la carga de dependencia (ni siquiera cronológica) de nuestra  cultura.

El hecho de ser “hijo”, en este caso, no presupone situación de inferioridad del Hijo frente al Padre. Es una forma de describir una relación de amor, no de dependencia o prelación.

Cristo es definido por Juan, no sólo como Hijo del Padre, sino como “unigénito”. Es decir, el único que tiene derecho a proclamarse, “per se”, Hijo del Padre. No hay ningún otro “hijo” del Padre.

Cristo no es otro más de los profetas. Es el Hijo de Dios. Esa característica le da el poder para transmitir la Palabra con la autoridad de quien es el propio origen de la Palabra.

 

PARA QUÉ

 

He obviado el “por qué”, ya que la causa quedará contestada con el efecto.

Recojamos, de nuevo, las palabras de Juan: La luz verdadera que alumbra a todo hombre venía a este mundo; a lo suyo vino y los suyos no le conocieron; a todos los que le recibieron dio potestad de ser hechos hijos de Dios; habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad.

 

La luz verdadera que alumbra a todo hombre venía a este mundo: El mundo estaba a oscuras porque la Alianza se había deteriorado como consecuencia del incumplimiento y desvirtuación de los hombres. Israel exclusivizó el Pacto y lo amoldó a sus propios y particulares intereses; por lo tanto, la humanidad navegaba en un mar de tinieblas compuesto por ídolos dormidos y dioses muertos. Cristo viene al mundo para renovar el Pacto y extenderlo, dando luz a la falta de guías y caminos. No otro es el sentido del calificativo de luz verdadera, ya que Él supone la única linterna auténtica, en contraposición a las lamparillas idolátricas que alumbran en tanto tienen aceite para mantenerlas y se apagan con el menor soplo de viento.

A lo suyo vino y los suyos no le conocieron: Expresión del aparente fracaso de Jesús de Nazaret. Como Dios es el Señor del Pacto. Lo suyo es el pueblo de Israel. A lo largo del Evangelio podemos comprobar cómo se desarrolla la acción de Cristo, y cómo es rechazado por el pueblo destinatario de la Alianza. Vemos como Él vino a cumplir con el encargo del Padre y fue ignorado por los primeros destinatarios de su mensaje.

A todos los que le recibieron dio potestad de ser hechos hijos de Dios: Éste es el núcleo central de la economía de la redención: la universalidad del mensaje y la elevación del ser humano con su hermanamiento con Él en el Padre.

Este mensaje es el “para qué” absoluto. En él se reúnen todas las características salvíficas y redentoras.

Es libertario porque respeta escrupulosamente la libertad de cada cual. Quien desea escuchar y acoger a Cristo dispondrá del poder para considerarse hijo del Padre. Por el contrario, quien rechace la presencia de Cristo, carecerá de tal poder y acarreará el alejamiento del Padre.

No hace distinciones de pueblos o naciones. Es un mensaje universal y total. Se dirige “a quien quiera recibirlo”. Abandona, por inútil y agotada, la exclusividad del “pueblo elegido”  y abarca la humanidad entera.

Ser hijos de Dios implica la participación en su heredad = el Reino de Dios. Sirve también para equiparar el género humano en su conjunto. La potestad de ser hijos de Dios tampoco hace distinciones de etnias o razas, ni de clases sociales o posicionamientos ideológicos.

La única premisa irrefutable es la escucha y práctica de la Palabra.

Los pobres, los oprimidos, los desheredados, los marginados y todos cuantos carecían de posibilidades existenciales, encuentran aquí el medio para dar sentido a su vida. Cristo, y su mensaje, se constituye en esperanza porque se hermana con todos, les restituye su dignidad y derechos y los equipara con el resto de los hombres. Su mensaje es claro: vuestra vida, vuestros sufrimientos, vuestra penuria, tiene sentido, porque al final disfrutaréis de la compañía del Padre por encima de la propia muerte.

Habitó entre nosotros, lleno de gracia y de verdad: Constituye el motivo final y misterioso de la vida de Cristo.

Su misión no era sólo la de anunciar y propagar la luz del Reino de Dios, sino la de compartir plenamente nuestro mundo (habitó entre nosotros). No solamente vino a pasar por nuestras vidas como el viento de la tormenta, sino para hacerse presente como la brisa suave, de forma eficaz y real, en nuestra historia a través de la gracia otorgada por su condición de cosustancialidad con el Padre; y de la verdad absoluta que emana de su vida y enseñanzas.

 

Mt. 2, 13-23

13 Después que partieron ellos, he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José y dijo: Levántate y toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y permanece allá hasta que yo te diga; porque acontecerá que Herodes buscará al niño para matarlo. 14 Y él, despertando, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto, 15 y estuvo allá hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta, cuando dijo: De Egipto llamé a mi Hijo.

16 Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos. 17 Entonces se cumplió lo que fue dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo:

18 Voz fue oída en Ramá,

Grande lamentación, lloro y gemido;

Raquel que llora a sus hijos,

Y no quiso ser consolada, porque perecieron.

19 Pero después de muerto Herodes, he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José en Egipto, 20 diciendo: Levántate, toma al niño y a su madre, y vete a tierra de Israel, porque han muerto los que procuraban la muerte del niño. 21 Entonces él se levantó, y tomó al niño y a su madre, y vino a tierra de Israel. 22 Pero oyendo que Arquelao reinaba en Judea en lugar de Herodes su padre, tuvo temor de ir allá; pero avisado por revelación en sueños, se fue a la región de Galilea, 23 y vino y habitó en la ciudad que se llama Nazaret, para que se cumpliese lo que fue dicho por los profetas, que habría de ser llamado nazareno.

 

 

Como en ocasiones anteriores, el “sueño” es el momento elegido para la transmisión de las revelaciones de los mensajeros de Dios (ángeles) a José.

Para Mateo es un método recurrente (más arriba he explicado su significado), pero es una tradición que proviene del AT, en la que se apoya constantemente el evangelista.

Probablemente, aunque esto es pura especulación mía, José fue informado por los magos de la actitud hostil de Herodes, y el padre de Jesús decidió el traslado urgente de la familia a Egipto para evitar males mayores.

Que esto se haga en la forma que describe el evangelista (de noche y a Egipto) tiene un simbolismo teológico indudable.

Nos proporciona una pista de lo que va a ser la vida de Jesús, así como un anticipo de las persecuciones cristianas posteriores.

Jesús primero, y los que le siguieron después, desde el propio inicio de su vida en la fe (literalmente en la vida en el caso de Jesús), son perseguidos por el “stablishment” de la época, porque introducen una cuña en la situación establecida, incómoda para quien ostenta el poder terrenal (religioso o político).

El mensaje de Cristo es tan radical que en muchos puntos es contrario a las prácticas habitualmente aceptadas, por lo tanto la persecución, la ocultación y la huida son inevitables.

La huida a Egipto y la mención del evangelista sobre la profecía es un recurso del mismo tomado “por los pelos” de Oseas, capítulo 11, versículo 1: Cuando Israel era niño, yo le amé, y de Egipto llamé a mi hijo.  

Israel es el pueblo de Dios, su heredad. Este pueblo, emigrado a Egipto y esclavizado por sus anfitriones, es llamado por Dios para establecerse en la tierra de Canaán. Este es el sentido primitivo de la profecía, aprovechada por Mateo para ser aplicada al Mesías huido a Egipto.

El simbolismo de la emigración, y la posterior vuelta de los versículos 19 a 21, hemos de buscarlo en la renovación del Pacto suscrito por Dios con Israel, de lo cual el principal protagonista es Jesús de Nazaret, como enviado para la transformación de ese antiguo pacto en una Nueva Alianza, la cual comienza con la rememoración de la salida de Israel de Egipto y su vuelta a Canaán, al igual que Jesús, vuelve de Egipto a la tierra de Israel para terminar por instaurar ese nuevo pacto con su Pascua eucarística.

El versículo 16 nos da una idea de lo que es capaz de lograr la cerrazón y egocentrismo de que quien está poseído por la idolatría terrenal (el poder). Desconozco si realmente se produjo la matanza descrita por el evangelista, ni tengo medios para averiguarlo, porque tampoco es un hecho recogido por el resto de los evangelistas, pero la simbología del relato sí es útil y no se nos presenta como algo descabellado (guerras de los Balcanes, guerras de los Grandes Lagos, guerra civil de Timor Oriental, guerra de Chechenia... ¿sigo?).

Si el poder establecido se ve amenazado, y su conciencia moral no tiene frenos, no dudará en utilizar cualquier medio a su alcance para su perpetuación, incluso el genocidio de inocentes.

Los versículos 17 y 18 son de los que se introducen en el Evangelio de Mateo con “calzador”.

La profecía relatada proviene de Jer. 31, 15: Así dice Yahveh: En Ramá se escuchan ayes, lloro amarguísimo. Raquel que llora por sus hijos, que rehúsa consolarse - por sus hijos -  porque no existen.

Lo cierto es que si cogemos el capítulo completo que contiene esa profecía, poco o nada tiene que ver con el contexto en que Mateo la incluye en su Evangelio. Mejor será dejar la valoración para cada cual.

Mateo comienza su Evangelio con la genealogía de Jesús y apenas recoge detalles de su nacimiento, ni aspectos sociales de su origen. La única mención anterior la encontramos en el “sueño” y revelación del ángel a José acerca del repudio a su esposa (María) al encontrarse ésta embarazada antes de la consumación contractual del matrimonio.

Si nos vamos al Evangelio de Lucas, nos daremos cuenta de que el asentamiento de la familia en Nazaret, tras el regreso de Egipto, obedece a una razón perfectamente lógica y natural.

María, y su familia, eran galileos, residentes en Nazaret. Tras la muerte de Herodes el Grande y el reparto de su territorio, Galilea queda fuera de la competencia política y autoridad de Arquelao  (el hijo de Herodes) que se hace cargo de Judea, por lo tanto, y, presuponiendo que la huida se produce por una persecución, el retorno a la zona de origen sería, cuando menos, arriesgado. Es necesario establecerse en una zona geográfica y culturalmente afín a la familia, pero que ofreciese alguna cobertura o protección para una familia presuntamente perseguida por los dirigentes de Judea. ¿Qué mejor lugar que la región vecina de Galilea, de mayor riqueza económica y donde, además, se cuenta con el paraguas de la familia de la esposa?.

Sin embargo, todo esto queda, como mínimo “en suspenso, o bajo sospecha” si nos atenemos a lo relatado por Lucas en su Evangelio, Capítulo 2, 21-39, donde no existe la huida a Egipto y el devenir de la familia de Jesús, y del propio Jesús, es de lo más tradicional y adaptado a los usos y costumbres judías, sin “aventuras” egipcias ni retornos accidentados a Nazaret.

No es extraño encontrarnos estas inconcordancias entre los distintos evangelios, que obedecen a las distintas fuentes usadas por sus redactores e intencionalidades y público de los mismos. Hemos de insistir, una vez mas, que los evangelios no son la biografía de Jesús de Nazaret, son un instrumento catequético y teológico, no una herramienta histórica, al igual que el resto de la Biblia.

Estas contradicciones o falta de concordancia entre los evangelistas, ¿invalida algún evangelio y valida otro?. En absoluto, los evangelios son complementarios entre sí, a pesar de sus contradicciones. Lo que sucede es que su lectura histórico-mecanicista naufraga por la colisión entre hechos tratados de forma distinta. También hemos de tener muy presente que la lectura literal o “fundamentalista” de estos textos también está abocada al fracaso, porque algunos de sus pasajes son meramente narrativos e imaginativos, o se trata de complementos estilísticos, bien de carácter épico, enfático, etc.

Donde no encontraremos contradicciones entre los textos evangélicos es en el mensaje profundo y de transformación que conlleva la Buena Noticia de la instauración del Reino de Dios en la tierra.

 

Lc. 2, 21-52

21 Cumplidos los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre JESÚS, el cual le había sido puesto por el ángel antes que fuese concebido.

22 Y cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, conforme a la ley de Moisés, le trajeron a Jerusalén para presentarle al Señor 23 (como está escrito en la ley del Señor: Todo varón que abriere la matriz será llamado santo al Señor), 24 y para ofrecer conforme a lo que se dice en la ley del Señor: Un par de tórtolas, o dos palominos. 25 Y he aquí había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él. 26 Y le había sido revelado por el Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor. 27 Y movido por el Espíritu, vino al templo. Y cuando los padres del niño Jesús lo trajeron al templo, para hacer por él conforme al rito de la ley, 28 él le tomó en sus brazos, y bendijo a Dios, diciendo:

29 Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz,

Conforme a tu palabra;

30 Porque han visto mis ojos tu salvación,

31 La cual has preparado en presencia de todos los pueblos;

32 Luz para revelación a los gentiles,

Y gloria de tu pueblo Israel.

33 Y José y su madre estaban maravillados de todo lo que se decía de él. 34 Y los bendijo Simeón, y dijo a su madre María: He aquí, éste está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha 35 (y una espada traspasará tu misma alma), para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones.

36 Estaba también allí Ana, profetisa, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad muy avanzada, pues había vivido con su marido siete años desde su virginidad, 37 y era viuda hacía ochenta y cuatro años; y no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones. 38 Esta, presentándose en la misma hora, daba gracias a Dios, y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén.

39 Después de haber cumplido con todo lo prescrito en la ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. 40 Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él.

41 Iban sus padres todos los años a Jerusalén en la fiesta de la pascua; 42 y cuando tuvo doce años, subieron a Jerusalén conforme a la costumbre de la fiesta. 43 Al regresar ellos, acabada la fiesta, se quedó el niño Jesús en Jerusalén, sin que lo supiesen José y su madre. 44 Y pensando que estaba entre la compañía, anduvieron camino de un día; y le buscaban entre los parientes y los conocidos; 45 pero como no le hallaron, volvieron a Jerusalén buscándole. 46 Y aconteció que tres días después le hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores de la ley, oyéndoles y preguntándoles. 47 Y todos los que le oían, se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas. 48 Cuando le vieron, se sorprendieron; y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con angustia. 49 Entonces él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar? 50 Mas ellos no entendieron las palabras que les habló. 51 Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos. Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón.

52 Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres.

 

Este pasaje tiene una lectura global y otra parcelada.

La lectura global, de conjunto, nos evidencia una conclusión que debemos tener muy presente para la lectura general de todo el Evangelio de Jesucristo (no sólo del redactado por Lucas, sino también para el de Mateo, Marcos y Juan).

Jesús de Nazaret, como hombre, no es un elemento extraño al contexto en que nace, se desarrolla y despliega su vida y actividad evangélica.

Nace dentro de una familia integrada en una cultura  y unas tradiciones, tanto sociales como religiosas. La familia de Jesús es judía y Él es judío por los cuatro costados.

Su familia cumple rigurosamente con los ritos y tradiciones de su religión (circuncisión, purificación presentación, fiesta de la pascua, etc.).

Esta característica tan obvia de Jesús, a menudo se olvida o se minimiza cuando se hace una lectura del Evangelio desde nuestra mentalidad occidental del siglo XX (o XXI), con lo que sesgamos y mutilamos las interpretaciones que hacemos de las enseñanzas de Cristo.

Cuando nos enfrentamos, por ejemplo, con las polémicas de Jesús con saduceos, fariseos, escribas y sacerdotes en general, lo hacemos, en la mayor parte de los casos, desde un prisma equivocado. Lo vemos como un enfrentamiento entre dos religiones que poco o nada tienen que ver, o que realmente son opuestas. Esto es rigurosamente falso. Jesús es judío, desarrolla su predicación en Israel, la dirige, en principio, para los judíos y desde su propia religión.

Los evangelios que a nosotros nos llegan no deben ser tomados como texto aislado. Un punto y a aparte respecto del AT, sino como una prolongación obvia  y modificativa de los textos anteriores de las Escrituras, en las que constantemente se apoyan y justifican.

El mensaje de Jesús se hará universal tras su resurrección, y muy especialmente, por la intervención de San Pablo en sus viajes evangelizadores ante los gentiles; pero la vida pública de Jesús y sus controversias religiosas se realizan dentro del judaísmo, fundamentalmente como consecuencia de la manipulación interesada que la casta sacerdotal ha ido configurando de la Alianza. Ante esta desvirtuación, Jesús termina por romper con este Pacto e instaurar una Nueva Alianza, pero con anclajes muy evidentes en la anterior.

En su globalidad, el mensaje cristiano no es original ni novedoso con respecto al mensaje bíblico general. Sí lo es, y de forma radical, la actitud de Cristo ante la vida y ante su relación con Dios y el prójimo, pero no en el cuerpo doctrinal genérico.

Conviene tener muy presente este hecho (el de la condición judía de Jesús, así como la de toda su familia y amigos) cuando denostemos y persigamos a los judíos de forma genérica. Jesús de Nazaret fue asesinado por la conspiración de una fracción del poder religioso establecido (dando cumplimiento y sentido a la economía de la redención), no por el pueblo judío en su conjunto. Este estigma debemos tenerlo plenamente claro. Otra cosa es que la nación o el Estado de Israel, o el movimiento sionista, o cualquier otra organización semejante, realice actos opresivos o de agresión para con otros pueblos o naciones. La condena moral estará siempre presente, incluso desde el Evangelio, pero no por el hecho de ser judío, sino por la naturaleza del acto.

Como en todos los pueblos, razas y etnias, dentro del pueblo  judío hay personas que escuchan y practican la palabra de Dios, y otras que prefieren ignorarla, pero en eso no se diferencian del resto de los humanos.

La especial característica de los judíos (o hebreos) está en que fue el único pueblo que escuchó, en su conjunto, las llamadas de Dios y las hizo suyas, integrándolas en su historia y devenir, constituyéndose en el núcleo social determinante para el mayor cambio que jamás ha existido en la historia de la humanidad.

Lucas escribe su evangelio para gentiles y judíos de cultura helena, cuyo conocimiento de las tradiciones de Israel no son tan precisos como el "público" de Mateo. Lucas no utiliza, por tanto, con la misma profusión las citas proféticas textuales. Sin embargo sí realiza aclaraciones (innecesarias para Mateo) de muchas de las acciones que narra como pertenecientes a la tradición religiosa de Israel.

Así comprobamos en ver. 31, que la circuncisión mencionada, proviene de Gen. 17, 12 (A los ocho días será circuncidado entre vosotros todo varón, de generación en generación, tanto el nacido en casa como el comprado con dinero a cualquier extraño que no sea de tu raza) y Lev. 12, 3 (Al octavo día será circuncidado el niño en la carne de su prepucio).

De la misma forma, en ver. 22, respecto de la purificación, debemos remontarnos a Lev. 12, 2-6 (2 Habla a los israelitas y diles: Cuando una mujer conciba y tenga un hijo varón, quedará impura durante siete días; será impura como en el tiempo  de sus reglas. 3 Al octavo día será circuncidado el niño en la carne de su prepucio; 4 pero ella permanecerá todavía 33 días purificándose de su sangre. No tocará ninguna cosa santa ni irá al santuario hasta cumplirse los días de su purificación. 5 Mas si da a luz una niña, durante dos semanas será impura, como en el tiempo de sus reglas, y permanecerá 66 días más purificándose de su sangre. 6 Al cumplirse los días de su purificación, sea por niño o niña, presentará al sacerdote, a la entrada de la Tienda  del Encuentro, un cordero de un año como holocausto, y un pichón o una tórtola como sacrificio por el pecado).

Con respecto a la presentación en el templo del ver. 23, su origen lo encontraremos en Ex. 13, 2 («Conságrame todo primogénito, todo lo que abre el seno materno entre los israelitas. Ya sean hombres o animales, míos son todos»).

Para la bajada anual a Jerusalén, hemos de buscarlo en 1 S, 1,3 (Este hombre subía de año en año desde su ciudad para adorar y ofrecer sacrificios a Yahveh Sebaot en Silo, donde estaban Jofní y Pinjás, los dos hijos de Elí, sacerdotes de Yahveh), mientras que la celebración de la pascua la veremos en Ex. 23, 14-15 (14 Tres veces al año me celebrarás fiesta. 15 Guardarás la fiesta de los ázimos. Durante siete días comerás ázimos, como te he mandado, en el tiempo señalado, en el mes de Abib; pues en él saliste de Egipto. Nadie se presentará delante de mí con las manos vacías).

La segunda lectura, más parcelada, nos llevará a examinar el texto con mayor detenimiento en cada una de las escenas que se nos presentan. Para ello lo dividiremos en: Lc. 2, 22-24; 25-32; 33-35; 36-38; 41-50 y 51-52.

Lc. 2, 22-24

Más arriba se hace mención al origen legal de estas prescripciones religiosas a las que se somete la familia de Jesús.

Hoy puede parecernos algo desusada la purificación de María, pero no es descabellado desde el punto de vista judío y en el contexto cultural en que se nos presenta la escena.

Para los judíos existían tres medios de inmundicia religiosa: los cadáveres, las relaciones sexuales y la lepra.

Toda recién parida era considerada impura porque su situación tenía que ver, o estaba relacionada, con una de estas fuentes de inmundicia.

No quiere decirse que estuviesen en pecado por haber faltado a alguna normativa, sino que su situación religiosa no era la adecuada para los rituales.

El razonamiento primario es lógico. Tras el parto se producen dos circunstancias elementales: la vuelta de los órganos reproductores femeninos (útero fundamentalmente) a su posición original y la secreción de leche para la alimentación del recién nacido.

Durante ese período (si bien la lactancia permanecerá durante más tiempo) de 40 días, la mujer debía ser "protegida" para permitir la readaptación de su cuerpo a la situación original. El reposo, la falta de actividad, se imponía como medida profiláctica. ¿Cómo hacerlo efectivo?: desde una norma religiosa que impusiera la cesación de todo tipo de actividad. Es el equivalente a nuestra "cuarentena".

En cuanto al ofrecimiento del niño al Señor, como varón primogénito (el que abre la matriz), es una consecuencia del carácter patriarcal de la cultura hebrea, heredada de la época nómada. Es la forma de "marcar" al heredero de la dinastía mediante su consagración a Dios.

Estamos ante la lectura teológica que el pueblo hebreo hace de la configuración patriarcal de la familia judía. ¿Cómo darle validez jurídica?: sacralizando (elevando = santificando) al primer varón nacido.

Por su parte, el ofrecimiento de los palominos o tórtola no implica ningún pago o impuesto. Estamos ante una acción de gracias del creyente. Todo lo que tenemos es propiedad de Dios. Si nos llega un hijo, la reflexión inmediata es que el impulso originario de la vida está en poder del Señor, por lo tanto el ofrecimiento de dones a Dios, en señal de agradecimiento supone una reafirmación de nuestra fe y amor a Dios, expresado con un símbolo material.

Hasta aquí el sentido teológico del ofrecimiento. En la práctica social, es una forma de contribución del creyente al sostenimiento del templo (el equivalente a nuestras limosnas depositadas en los cepillos).

Lc. 2, 25-32

De los versículos 25 a 28 nos encontramos con un personaje característico de la Biblia: un hombre justo y piadoso.

Por mucho que nos encontremos infidelidades e impiedades por parte del pueblo de Dios, siempre aparece la esperanza en la figura de "un hombre justo". Un hombre justo es el que hace lo correcto a los ojos de Dios. Simeón es el símbolo de la esperanza en la justicia. No sé si realmente existió o no, pero tampoco me importa demasiado el hecho concreto. Es la figura de quien, desde la observancia de la voluntad divina a través de la óptica de su fe, espera y ansía la compañía de Dios (el consuelo). Simeón nos representa a todos los cristianos, quienes, desde nuestra creencia en que Jesús es el enviado (el Ungido), damos gracias a Dios por habérnoslo dado a conocer.

Tras el conocimiento de Cristo todo lo demás resulta accesorio, incluso la muerte, ya que ese es precisamente su mensaje fundamental: hasta la muerte carece de importancia porque deviene en un puente entre la vida material y la verdadera vida al lado de Dios.

La consolación que Simeón esperaba corresponde contextualmente a la venida del Mesías. Para nosotros, igualmente, la consolación está en el conocimiento profundo, no sólo intelectual, de Cristo.

Los versículos 29 a 32 es un canto de alabanza y de agradecimiento a Dios por la oportunidad del conocimiento del Cristo.

Es un reconocimiento y una expresión de fe. Su contenido representa un cambio sustancial con respecto a los textos del AT.

El Mesías, el Salvador, el Consuelo, deja de ser una exclusividad de Israel, para extender su acción salvífica a todos los pueblos. La luz de Cristo es revelada a todos los gentiles, con lo que la historia cambia al proporcionársenos un nexo de unión con el Dios vivo.

La clase dirigente de Israel asesinará después a Jesús, pero la gloria de su pueblo no puede ser ignorada.

Lc. 2, 33-35

La dimensión humana de Jesús de Nazaret es puesta de manifiesto en estos versículos. El hombre es él mismo y  el conjunto relacional que le rodea. Jesús es miembro de una familia y un pueblo. Lo que Él hace y lo que le hacen, además de la trascendencia religiosa o teológica por su significación divina, tiene una repercusión humana y directa en su contexto relacional de grupo.

Todos nosotros llevamos aparejada esta circunstancia (obviamente, sin la dimensión divina). No existimos en aislamiento, sino en relación. Nuestras acciones inciden siempre en nuestro entorno, de una u otra forma.

José y María están perplejos por lo que están observando. También es un símbolo de nuestra perplejidad cuando nos acercamos a la grandiosidad de Dios.

María es advertida del dolor que sufrirá a causa de su hijo, porque su docencia incide directamente sobre las bases de la convivencia establecida (señal que será contradicha). De hecho, el mensaje de Cristo continúa siendo altamente conflictivo con nuestras prácticas habituales de hoy en día. La espada que traspasará el alma de María continúa hoy traspasando la de la comunidad cristiana cuando percibimos la perpetuación de la injusticia, pero ésto continúa siendo ignorado por las estructuras sociales de que nos hemos dotado y que, nosotros mismos, en nuestra debilidad y cobardía, somos incapaces de modificar.

Lc. 2, 36-38

Dios en su sabiduría nos dotó de una naturaleza material y de otra espiritual (alma).

La relación directa entre ambas, y la primacía de una sobre otra, marca nuestra existencia y nos faculta para percibir signos y acciones. Nuestra libertad es el péndulo que balancea nuestro camino. La sensibilidad de Ana (la profetisa viuda), la primacía de sus percepciones espirituales, la llevan a identificar el signo que se le presenta en el discurrir de su vida.

Fijémonos en el detalle de que estamos ante una viuda, y, en la cultura hebrea, esta circunstancia marca socialmente a quien se encuadra en ella. Las viudas (y los huérfanos), dada la característica patriarcal de la sociedad hebrea, conforman una clase social marginada y marginal, tanto por su dimensión de mujer, como por carecer de la "protección" del marido. La vida de las viudas , en Israel, está abocada al sufrimiento, o al pecado.

A pesar de ello, Ana tiene capacidad para identificar el signo de Dios y llenarse de alegría por ello.

Es el mensaje que se nos transmite. Jesús es la alegría, vida, luz, a pesar de las circunstancias negativas que puedan ensombrecer nuestra existencia.

Ana, aquí, se convierte en el primer discípulo de Jesús (junto con los pastores), proclamando, a quien quiera escucharla, la Buena Noticia de su existencia.

Nosotros contamos con una ventaja sobre ella, la revelación ya nos ha sido dada por entero. No contamos sólo con el signo, sino con la Palabra revelada de que nos habla Juan en su Evangelio. Que la propaguemos, o no, es nuestra exclusiva responsabilidad.

Lc. 2, 39-40

Estos versículos son el contrapunto y conflicto con Mt. 2, 23 (y fue a vivir en una ciudad llamada Nazaret; para que se cumpliese el oráculo de los profetas: = Será llamado Nazoreo).

Ambos nos sitúan en la misma escena: la vuelta de Jesús, y de su familia, a Nazaret, pero los caminos y vicisitudes para este viaje son bien diferentes.

Como la intención de ninguno de los dos evangelistas es la de presentarnos una biografía de Jesús, es imposible conocer la verdad histórica de esta vuelta, pero tampoco creo que tenga demasiada importancia.

Fijémonos solamente en el versículo 40 para comprobar que Jesús evoluciona en su existencia como cualquier hombre.

La gracia de Dios no es un don exclusivo ni diferenciador para Él. Este don es ofrecido gratuitamente por el Padre a todos sus hijos por mediación del Espíritu Santo. Nuestro ser libre es el que debe decidir si la aprovechamos o la ignoramos.

Una frase tan corta y tan sencilla contiene todo un mundo de doctrina. Las conclusiones quedan para la conciencia de cada cual: ¿he sido capaz de crecer en sabiduría, aprovechando los dones y la gracia que Dios pone a mi servicio, o los he dilapidado en beneficio personal?.

Lc. 2, 41-50

Ya he mencionado anteriormente los orígenes bíblicos de la bajada a Jerusalén para celebrar la pascua judía, por lo que no incidiré más en ello.

Quienes somos padres y hemos viajado con nuestros hijos (ya sea en excursiones de grupo o individualmente) hemos podido vivir, en mayor o menor medida, una situación similar a la descrita en los versículos 43 a 45, así como la angustia que supone esta desaparición momentánea de nuestros hijos.

Extraigamos la enseñanza religiosa de estas frases. El simbolismo nos lleva a la angustia que nos acomete cuando en nuestro discurrir por la vida extraviamos la compañía de Jesús, porque, ocupados en nuestros menesteres cotidianos, nos olvidamos de que debe acompañarnos en cada momento, o postergamos el cuidado de su compañía para otro momento; o nos despreocupamos de ella aduciendo excusas fútiles.

La reacción de los padres de Jesús es la que nosotros debemos aprender a identificar: volvamos sobre nuestros pasos y busquémosle de nuevo, cueste lo que cueste, e invirtamos el tiempo que sea necesario en ello. Seguro que al final lo encontraremos. En el templo, como José y María, en la realidad sangrante del hermano, en la sabiduría de las Escrituras, en la belleza de una flor o un paisaje... ¡en tantos sitios!.

Probablemente, cuando le reencontremos, nos sorprenderemos, porque nuestra limitación nos lleva a pensar que es de nuestra propiedad y que nunca debe alejarse de nuestro lado. Sin embargo, Cristo siempre estará "en los negocios del Padre". ¿Qué negocios?, ¿a qué se refiere Jesús?, ¿tampoco nosotros entendemos lo que Jesús nos transmite?.  Los "negocios" son la transmisión de la Palabra; y ésta nos lleva a la construcción del Reino en la tierra. Lo que jamás deberemos hacer es recriminar a Dios que se aleje de nosotros para atender otros asuntos, porque:

1º).- no se aleja Él, le perdemos nosotros.

2º).- Él no es de nuestra propiedad exclusiva. Los celos acaparadores del pensamiento humano sólo proporcionan egoísmo; y ésto es incompatible con Dios.

¿Podríamos afirmar, siguiendo al evangelista, que Jesús a sus 12 años, es ya consciente de quien es y para qué ha sido llamado a este mundo?. La respuesta sólo puede darla cada uno de nosotros desde su propia experiencia, pero, personalmente me inclino a creer que estamos ante una apología del evangelista carente de realidad. Es como si Lucas, bien por sí mismo, bien por influencia de quienes le relataron los hechos descritos en su evangelio, quisiera "resaltar" la inmensa sabiduría de un preadolescente de 12 años que ya posee el conocimiento de su condición dual de Dios-hombre.

El acervo cultural que Jesús podría tener a esa edad, el conocimiento e interpretación de las escrituras, probablemente, no diferiría de los que poseyeran el resto de niños de su edad. La capacidad intelectual de Jesús, a esa edad, sería similar a la de sus congéneres, de otra forma, es difícil explicar por qué "desperdició" 23 años de su vida (los que van desde los 12 a los 35 [probable edad en que comienza su ministerio público]) en una existencia anodina carente de reflejo en ningún texto evangélico.

Mi opinión es que Jesús de Nazareth, en un proceso reflexivo intenso y profundo, a lo largo de su vida, va intuyendo su realidad dual y "toma" el testigo que el Padre le ofrece para devenir en el "cordero" pascual de la redención.

Otra cosa es la experiencia de fe que cada uno de nosotros podamos extraer de estos versículos, así como de la enseñanza profunda e íntima que pueda atravesarnos en su lectura e interpretación.

Lc. 2, 51-52

El versículo 52 es reiteración del 40, por lo tanto no incidiré más en ello.

El versículo 51 nos muestra la humildad de Jesús y el camino de la preparación para su misión. Probablemente, en esta época, de la que nunca se vuelve a hablar en ningún evangelio, se conformó la formación religiosa de Jesús que, posteriormente, le llevaría a la polémica y enfrentamiento con escribas, fariseos y saduceos.

En todo caso, lo que se nos muestra es la normalidad de una familia humilde en una humilde aldea de Galilea: la normalidad de Dios.


MATEO MARCOSLUCAS-JUAN

El Santo Evangelio refundido

COMIENZO DE LA PREDICACIÓN

 

Mt. 3, 1-12

1 En aquellos días vino Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea, 2 y diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado. 3 Pues éste es aquel de quien habló el profeta Isaías, cuando dijo:

Voz del que clama en el desierto:

Preparad el camino del Señor,

Enderezad sus sendas.

4 Y Juan estaba vestido de pelo de camello, y tenía un cinto de cuero alrededor de sus lomos; y su comida era langostas y miel silvestre. 5 Y salía a él Jerusalén, y toda Judea, y toda la provincia de alrededor del Jordán, 6 y eran bautizados por él en el Jordán, confesando sus pecados.

7 Al ver él que muchos de los fariseos y de los saduceos venían a su bautismo, les decía: ¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? 8 Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, 9 y no penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras. 10 Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego.

11 Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. 12 Su aventador está en su mano, y limpiará su era; y recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará.

 

Mc. 1.2-8

2 Como está escrito en Isaías el profeta:

He aquí yo envío mi mensajero delante de tu faz,

El cual preparará tu camino delante de ti.

3 Voz del que clama en el desierto:

Preparad el camino del Señor;

Enderezad sus sendas.

4 Bautizaba Juan en el desierto, y predicaba el bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados. 5 Y salían a él toda la provincia de Judea, y todos los de Jerusalén; y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados. 6 Y Juan estaba vestido de pelo de camello, y tenía un cinto de cuero alrededor de sus lomos; y comía langostas y miel silvestre. 7 Y predicaba, diciendo: Viene tras mí el que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar encorvado la correa de su calzado. 8 Yo a la verdad os he bautizado con agua; pero él os bautizará con Espíritu Santo.

 

Lc. 3.1-17

1 En el año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo gobernador de Judea Poncio Pilato, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Felipe tetrarca de Iturea y de la provincia de Traconite, y Lisanias tetrarca de Abilinia, 2 y siendo sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. 3 Y él fue por toda la región contigua al Jordán, predicando el bautismo del arrepentimiento para perdón de pecados, 4 como está escrito en el libro de las palabras del profeta Isaías, que dice:

Voz del que clama en el desierto:

Preparad el camino del Señor;

Enderezad sus sendas.

5 Todo valle se rellenará,

Y se bajará todo monte y collado;

Los caminos torcidos serán enderezados,

Y los caminos ásperos allanados;

6 Y verá toda carne la salvación de Dios.

7 Y decía a las multitudes que salían para ser bautizadas por él: ¡Oh generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? 8 Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no comencéis a decir dentro de vosotros mismos: Tenemos a Abraham por padre; porque os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras. 9 Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto se corta y se echa en el fuego.

10 Y la gente le preguntaba, diciendo: Entonces, ¿qué haremos? 11 Y respondiendo, les dijo: El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo. 12 Vinieron también unos publicanos para ser bautizados, y le dijeron: Maestro, ¿qué haremos? 13 Él les dijo: No exijáis más de lo que os está ordenado. 14 También le preguntaron unos soldados, diciendo: Y nosotros, ¿qué haremos? Y les dijo: No hagáis extorsión a nadie, ni calumniéis; y contentaos con vuestro salario.

15 Como el pueblo estaba en expectativa, preguntándose todos en sus corazones si acaso Juan sería el Cristo, 16 respondió Juan, diciendo a todos: Yo a la verdad os bautizo en agua; pero viene uno más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de su calzado; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. 17 Su aventador está en su mano, y limpiará su era, y recogerá el trigo en su granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará.

 

Jn. 1, 15-28

15 Juan dio testimonio de él, y clamó diciendo: Este es de quien yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo. 16 Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia. 17 Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. 18 A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.

19 Este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron de Jerusalén sacerdotes y levitas para que le preguntasen: ¿Tú, quién eres? 20 Confesó, y no negó, sino confesó: Yo no soy el Cristo. 21 Y le preguntaron: ¿Qué pues? ¿Eres tú Elías? Dijo: No soy. ¿Eres tú el profeta? Y respondió: No. 22 Le dijeron: ¿Pues quién eres? para que demos respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo? 23 Dijo: Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.

24 Y los que habían sido enviados eran de los fariseos. 25 Y le preguntaron, y le dijeron: ¿Por qué, pues, bautizas, si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta? 26 Juan les respondió diciendo: Yo bautizo con agua; mas en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis. 27 Este es el que viene después de mí, el que es antes de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado. 28 Estas cosas sucedieron en Betábara, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando.

Por primera vez nos encontramos con un acontecimiento que es recogido, de forma similar, no sólo por los sinópticos, sino también por San Juan. Estamos ante la presentación, al comienzo de la predicación de Cristo, de las 5 fuentes originarias del Evangelio de Jesucristo: La de Marcos, la denominada "fuente Q", las propias de Mateo, las propias de Lucas y las de Juan. Todas ellas aunadas en este pasaje.

Es de las pocas ocasiones en que ésto sucede y no quiero desperdiciar la oportunidad para hacer dos intentos de lectura sobre el pasaje que se nos presenta.

Una primera lectura de tipo sociológico, marcando las coincidencias y divergencias entre los evangelistas, así como los razonamientos que lo justifican.

Una segunda lectura, más teológica, con las aportaciones que, de mi propia experiencia de Dios, puedo extraer del texto, tras una refundición de los cuatro textos en uno.

El hecho histórico que se nos presenta es el comienzo de la predicación de Juan el Bautista en la región establecida a lo largo de las riberas del Jordán.

Según las investigaciones que han llegado hasta nuestros días, Juan el Bautista, además de ser consagrado por su padre Zacarías como nazareo (Del griego NAZWRAIOS = coronado, consagrado). Se calificaban así a los varones o hembras consagrados a Dios. Debían abstenerse de beber vino o sidra, evitar la contaminación con los cadáveres y abstenerse de cortarse el pelo) por encargo del ángel (Lc. 1,15).

Se supone que pudo pertenecer, al menos durante algún tiempo,  a la secta de los esenios (Término griego que significa piadoso). Secta religiosa judía compuesta de sacerdotes disidentes del clero de Jerusalén y de laicos desterrados que se asentaba en las cercanías del Mar Muerto (QUMRAM). En 1946 se descubrieron una serie de manuscritos que recogen pasajes de la vida judía desde el siglo II a. C y diversos pasajes del AT. Vivían en comunidades con un sistema de vida muy severo de espiritualidad apocalíptica y convencidas de construir el verdadero pueblo de Dios. Su doctrina mantendrá muchos puntos de contacto con los fariseos pero mantendrá siempre la ruptura radical con el judaísmo oficial. Esperaban un Mesías para establecer el reino de los justos.

Tras su acercamiento a la civilización judía para extender su predicación, paulatinamente fue rodeándose de seguidores (discípulos) que propagaban y apoyaban su discurso. Probablemente el propio Jesús de Nazaret, en sus comienzos, fue unos de estos discípulos (ambos eran primos segundos).

El pasaje que estamos examinando se nos suele presentar como los comienzos de la predicación del Bautista, aunque, por lo que se puede desprender de él, no debemos estar ante los comienzos, sino más bien en el punto álgido de la misma, ya  que el propio texto nos habla de la multitud de gentes de varias comarcas que acudían a sus pláticas. No olvidemos que en el momento histórico en que nos encontramos, los medios de comunicación de masas eran inexistentes, por lo tanto para que algún personaje alcanzase la popularidad del Bautista, que parece desprenderse del texto, era necesario el transcurso de un período de tiempo prudencial ejerciendo una labor pública, suficiente para que el "boca a boca" de la época surtiese un efecto multiplicador apreciable.

De los cuatro textos contemplados, el de Lucas es el que recoge con mayor extensión y fidelidad la profecía contenida en Is. 40, 3-4.

Sin embargo, los cuatro evangelistas, intencionadamente, o fruto de un error de transcripción en los textos que ellos mismos manejaron, cometen el mismo error.

La profecía de Isaías comienza con "Una voz clama: en el desierto preparad el camino a Jehová..."

Sin embargo, los tres sinópticos transcriben: "voz del que clama en el desierto: preparad el camino del Señor..."

Juan, por su parte, atribuye estas palabras al propio Bautista: "Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: enderezad el camino del Señor..."

La diferencia entre los evangelistas y la profecía de Isaías está en la colocación de los dos puntos ":"

Mientras que en el sentido que Isaías los coloca, lo que ubica es la situación en que se debe preparar el camino del Señor: en el desierto, la colocación que otorgan los evangelistas a este símbolo gramatical cambia completamente el sentido de la proclamación. Es la voz que clama la que ubican en el desierto. El lugar desde donde se prepare el camino al Señor carece de relevancia para los evangelistas.

El sentido de Isaías es mucho más radical. El preparar el camino del Señor desde el desierto (tomado de forma literal da origen a la secta de los esenios, de la que formó parte el propio Bautista), implica el apartamiento de la vida social, conlleva la ruptura con todo lo establecido (el desierto es la nada) y partir desde la sequía, la soledad y el sufrimiento  que significaba para el pueblo hebreo el desierto. Es la recreación del "volver a empezar" procedente del Éxodo.

La preparación que proponen los evangelistas es la que se origina desde la cotidianidad, propuesto por alguien que viene desde la nada: el desierto.

Marcos, además, introduce en esta profecía una frase que no se corresponde con Isaías 40, 3-4, sino con Malaquías 3, 1: "he aquí que yo envío mi mensajero delante de tu faz".

Mateo y Lucas rompen con el judaísmo en la calificación de "raza de víboras" y abren el camino a los gentiles con "Dios puede levantar hijos de Abraham de estas piedras", relativizando, al mismo tiempo, la exclusividad que los judíos se atribuían de "pueblo elegido".

Marcos, sin embargo, omite estas menciones. La opción continuista de este evangelista queda puesta de manifiesto una vez más.

Mateo, aún, va mas allá en su descalificación, al dirigir estos "piropos" a fariseos y saduceos, mientras que Lucas los generaliza para la multitud que se acerca al Bautista.

Juan, por contra, no recoge ninguno de estos detalles, ya que lo que el Bautista hace, a través de su evangelio, es responder a sacerdotes y levitas del partido fariseo sobre preguntas acerca de él mismo.

Los cuatro evangelistas recogen el instrumento bautismal (bautismo = inmersión), así como la significación del mismo y la transformación de este rito en sacramento por el Mesías a través del bautismo con el Espíritu Santo (Juan omite esta circunstancia).

Por su parte, Mateo y Lucas acentúan el significado del bautismo como acto purificador con otro símbolo, atribuido al poder "del que viene detrás de mí": el fuego.

Lucas, en exclusiva, inserta en este pasaje unos versículos moralizantes y sociales (10 a 14).

Ni en Mateo, ni en Lucas se recoge el cuestionamiento de la personalidad del Bautista.

Sin embargo, en el texto de Juan, éste es el eje central del discurso, siendo también recogido dentro del evangelio de Lucas.

Algo exclusivo de Mateo y novedoso, es la mención del "reino de los cielos". Algo que nos vamos a encontrar en los otros evangelistas, pero como "reino de Dios".

Mientras que Lucas y Mateo otorgan al bautismo del Bautista la potestad del perdón de los pecados, Mateo sólo le cualifica como medio de arrepentimiento, no de perdón directo. Juan, por su lado, ni siquiera hace mención a este circunstancia.

El único que ubica, históricamente, este hecho es Lucas, precisando con minuciosidad el momento en que se desarrolla.

Así mismo, es Lucas el único que recoge la calificación de maestro, refiriéndose al Bautista, sin que ninguno de los otros evangelistas se refiera a él con este "sobrenombre".

Dada la premisa mesiánica del evangelio de Juan, éste ya, desde sus comienzos, da por sentado, incluyéndolo en ese contexto para que no haya dudas, la naturaleza divina del que viene tras el Bautista.

Ni Lucas ni Juan recogen la característica nazarea del Bautista. Lucas porque ya lo recogió en pasajes anteriores (Lc. 1, 15 [porque será grande ante el Señor; no beberá vino ni licor; estará lleno de Espíritu Santo ya desde el seno de su madre]), mientras que a Juan no le preocupa lo más mínimo.

Sin embargo, tanto Marcos como Mateo lo explicitan en la descripción de la vestidura y alimentación del Bautista (rememoración del Éxodo y característica de la secta esenia).

 

Hasta aquí la disección comparativa de los textos, desde una perspectiva sociológica y literaria.

A continuación vayamos a la refundición de los textos y al intento de extracción de sus enseñanzas, a la luz de mi propia y personal experiencia de fe.

 

Una primera reflexión. ¿Dónde sitúan los evangelistas la escena?: En el desierto, más concretamente, al otro lado del Jordán.

No es una ubicación gratuita. El desierto es una experiencia traumática y fundamental para Israel. No hay certeza histórica del origen del pueblo de Israel, pero su conformación como tal podemos dirigirla hacia el desierto del Sinaí (al menos desde la óptica religiosa, ya que las investigaciones antropológicas parecen deducir otros orígenes y evoluciones).

Su experiencia del Éxodo marcó su devenir histórico posterior: en el desierto conocieron la Ley, su travesía les dio la fuerza y dureza necesaria para la conquista de la tierra prometida, en el desierto se les reveló la presencia y acompañamiento de Yahveh, en el desierto aparecieron sus primeras infidelidades fruto de sus limitaciones y miedos, el desierto fue, como mínimo, la antesala de su historia como pueblo.

El desierto contiene una simbología aún más profunda. Significa la ausencia de medios de subsistencia, la penuria más absoluta, el lugar donde sólo puede mantenerte la fe porque el resto de los bagajes son intranscendentes, el lugar donde es imposible el inmovilismo porque significaría la muerte.

Desde la fe del creyente, el desierto es equiparable al pecado, a la soledad que implica la lejanía de Dios, pero también, y por la misma razón, el lugar donde más se "hecha de menos" a Dios.

Es el lugar ideal para alcanzar la identidad consigo mismo, y facilitar el acercamiento al Creador. Es el espacio donde sólo te encuentras a tí mismo y al Señor.

Es la antítesis de la "aldea global", donde multitud de interferencias distorsionan nuestro devenir, apartándonos del encuentro con Dios.

El desierto tiene, además, una segunda simbología. Implica las "afueras" de la civilización. A lo largo de toda la Biblia podemos ver como Dios suele manifestarse al creyente en los aledaños de las poblaciones, en lugares apartados.

Es como si Dios sintiera una cierta aversión a las urbes, por estimar que en ellas le resulta difícil contactar con los hombres debido a la cantidad de "escaparates" que les distraen.

Miremos a nuestro alrededor para buscar la razón de ese comportamiento. En la civilización se acumulan y manifiestan las desigualdades, las opresiones de los hombres por otros hombres y se explicita la injusticia de la construcción social.

Una última precisión sobre el lugar de la escena.

Los cuatro evangelistas hacen mención al desierto como el lugar de la predicación y origen de la misma por parte del Bautista. Además de constituir un posicionamiento existencial (apartamiento de lo material y abandono de las comodidades y prebendas de la civilización) para ejercitar su misión, el desierto tiene otra lectura objetiva.

Si lo tomamos como el espacio hacia el que dirigimos la predicación, podremos apreciar el fracaso. El Bautista es el prólogo de Cristo. Su predicación es incómoda para el "stablishment" (lo que le acarreará la muerte), pero será más radicalizada por el propio Jesús.

Ambos recogen y constatan su fracaso inmediato: predican en el desierto.

¿Quién de nosotros, a lo largo de nuestra vida cristiana, no ha sentido la soledad de Cristo en Getsemaní, la del Bautista en la cárcel de Herodes, o la amargura de Jesús en la cruz?. ¿De qué sirve nuestro esfuerzo por seguir a Cristo, por propagar la Buena Nueva, por tratar de acomodar nuestra existencia al ejemplo y docencia de Cristo, si "predicamos (con el ejemplo) en el desierto"?. ¿Quién no ha tenido la sensación de vivir en soledad, apartado del mundo, porque intentamos hacerlo según Jesús nos muestra?.

Este desierto, el destinatario de nuestra predicación como discípulos de Cristo desde su Pascua redentora, cada vez se hace más constatable dentro de la civilización materialista de que nos hemos dotado, pero más aún en los aledaños de la misma (3er y cuarto mundo), donde la soledad y desertización de objetivos, valores y sentimientos se entremezcla con la literalidad de la miseria y marginación.

Los evangelistas nos hablan de Juan, el primo de Jesús. Es el último de los profetas del AT y el primero del NT.

Tampoco es casual la relación entre ambos. Su diferencia de edad es mínima (6 ó 9 meses). Juan, por anuncio del ángel, fue consagrado al nazareo. Probablemente pasó algunos años con los esenios en sus retiros, pero decidió extender su predicación al pueblo de forma pragmática.

Tampoco es descartable que el propio Cristo formase parte de su grupo de discípulos durante algún tiempo, siguiendo a su primo.

De él se habla poco en el Evangelio. Apenas unos versículos, pero históricamente debió ser un personaje importante cuando el propio tetrarca de Galilea (Herodes Antipas), tuvo tanta preocupación por sus críticas y predicaciones.

El momento en que se desarrolla la escena debió corresponder al punto álgido de la predicación del Bautista (Y salía a él Jerusalén, y toda Judea, y toda la provincia de alrededor del Jordán).

Su diferencia con el resto de los profetas está en su radicalidad (no penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras), la presentación que hace de su predicación (diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado) y la novedad que implica su discurso Y él fue por toda la región contigua al Jordán, predicando el bautismo del arrepentimiento para perdón de pecados.

El bautismo, como figura teológica o religiosa, no es novedosa. Bautismo, del griego BAPTISMA = inmersión. La zambullida en el agua es símbolo de PURIFICACIÓN: al salir del agua, el bautizado es "otra persona".

La utilización del agua, especialmente del agua limpia y corriente del río, como elemento purificador es algo heredado de la tradición histórica.

La novedad que Juan introduce es la de su uso para el nacimiento de un hombre nuevo, como elemento liberador de las cargas que implican los pecados, pero exige el arrepentimiento.

Juan, por tanto, está dotado del carisma necesario para el perdón de los pecados. Es, por tanto, desde nuestra óptica, un sacerdote (aunque jurídicamente no lo fuese), utilizando para su misión un símbolo: el bautismo con agua.

Posteriormente, Jesús no volverá a utilizar este símbolo, por sí mismo, aunque sí sus discípulos (Jn. 4, 2aunque Jesús no bautizaba, sino sus discípulos), pero se sometería al rito para manifestar su equiparación con el resto de la humanidad.

Sin embargo, sí ordenará a sus seguidores que lo utilicen en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu (Mt. 28, 19: Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo).

Al mismo tiempo, es resaltable algunos aspectos de la personalidad de Juan.

Ésta queda manifestada por su atuendo, así como el énfasis social de sus palabras.

En estos pasajes observamos como alguien de "buena familia", por amor a Dios e imbuido del Espíritu, es capaz de abandonar su posición y comodidades para, desde la humildad y la miseria voluntaria, predicar la justicia del reino.

Sus palabras a los saduceos, fariseos, publicanos y soldados, son una anticipación de las enseñanzas de Cristo.

¿Cuantos de nosotros estamos dispuestos a seguir su ejemplo?

Nuestro desierto, como ya hemos comentado más arriba, no está lejos, ni es un mar de arena. Está a nuestro alrededor, vive con nosotros en nuestros barrios.

Juan nos propone el reparto de la riqueza, la utilización mesurada y ponderada del poder, la condena a la opresión.

¿No nos suena?. ¿Esta justicia que proclama el Bautista, no es aplicable a nuestros marginados, a nuestros pobres, a la opresión de las naciones, a los expoliados y expulsados de nuestra civilización...?

Fijémonos ahora en los siguientes versículos: Mt. 3, 10-12; Mc. 1, 7-8; Lc. 3, 9 y Lc. 3, 16-17.

Es el verdadero anuncio de Cristo.

El que viene, el que, para nosotros, ya llegó, no es otro profeta. En Él se reúnen las posibilidades definitivas de la salvación o la condena.

Cristo bautizará con el Espíritu porque en Él está el Espíritu.

Él posee el aventador y dispone del poder de quemar la paja porque es el Hijo de Dios.

Está dotado, no sólo del carisma, sino del poder absoluto, porque su origen es el Padre.

Ante Él, ninguno somos dignos de desatar la correa de su calzado, aunque Él nos lavará los pies cada vez que lo necesitemos.

Juan nos está presentando y anunciando la personificación del reino de Dios.

Por todo ello, Cristo será profeta, sacerdote y rey, aunando todas y cada una de sus características y posibilidades.

Cristo, a su vez, no necesita, "per se", de ningún precursor o anunciador, pero sí lo necesitamos nosotros.

Nuestras limitaciones y carencias nos obligan a disponer de un prólogo anunciador de lo que contemplamos. Es parte de la economía de la redención. Obedece a la planificación divina de la salvación y obedece al proyecto de la revelación divina.

La llegada del reino, la presencia de Jesús (en tanto que Dios hecho carne), es de tal magnitud que su asimilación sería imposible sin los precursores anteriores (profetas, de los cuales el último es el Bautista).

 

Otra novedad introducida por Juan es la ampliación o extensión de los destinatarios o herederos del reino.

El pueblo elegido pierde su exclusivismo. Una exclusividad autocomplaciente y auto-otorgada durante siglos. Una exclusividad excluyente de lo periférico.

La predicación de Juan amplía la descendencia de Abraham a cualquier persona. Dios es Padre de todos los hombres y Juan lo propaga a quien quiera escucharlo.

 

Hasta aquí los sinópticos. Mención aparte, como siempre, merece el evangelio según San Juan.

En este escrito, el núcleo no está, como en los sinópticos, alrededor de la predicación del Bautista, sino en la identificación del propio personaje.

El centro está en la reiteración del interés del Bautista para no ser confundido con el Ungido.

Es un testimonio que debiéramos tener muy presente quienes intentamos seguir a Cristo.

En estas pocas líneas vuelve a presentársenos la identidad del Mesías.

Se le identifica como la fuente de gracia (gracia sobre gracia) y de verdad.

Esta verdad es la absoluta, no un término constreñido a un concepto. De Él nace  toda respuesta a cualquier interrogante existencial.

La razón: estamos ante el Hijo de Dios, el unigénito, por ello tiene el poder de la fuente y se sitúa por encima de la Ley de Moisés.

 

Una vez finalizado el comentario, sólo una observación.

 

Estos pasajes son susceptibles de refundición en un sólo texto. La redacción, a nuestro estilo, bien podría ser como sigue:

 

1.      En el año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo gobernador de Judea Poncio Pilato, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Felipe tetrarca de Iturea y de la provincia de Traconite, y Lisanias tetrarca de Abilinia, y siendo sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y él fue por toda la región contigua al Jordán, predicando el bautismo del arrepentimiento para perdón de pecados.

2.      He aquí yo envío mi mensajero delante de tu faz y como el pueblo estaba en expectativa, preguntándose todos en sus corazones si acaso Juan sería el Cristo,  los judíos enviaron de Jerusalén sacerdotes y levitas para que le preguntasen: ¿Tú, quién eres? Confesó, y no negó, sino confesó: Yo no soy el Cristo. Y le preguntaron: ¿Qué pues? ¿Eres tú Elías? Dijo: No soy. ¿Eres tú el profeta? Y respondió: No.Le dijeron: ¿Pues quién eres? para que demos respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo?  Dijo:

3.      Yo soy la voz del que clama en el desierto:

4.      Preparad el camino del Señor;

5.      Enderezad sus sendas.

6.      Todo valle se rellenará,

7.      Y se bajará todo monte y collado;

8.      Los caminos torcidos serán enderezados,

9.      Y los caminos ásperos allanados;

10.Y verá toda carne la salvación de Dios.

11.Como está escrito en el libro de las palabras del profeta Isaías.

12.Y Juan estaba vestido de pelo de camello, y tenía un cinto de cuero alrededor de sus lomos; y su comida era langostas y miel silvestre. Y salía a él Jerusalén, y toda Judea, y toda la provincia de alrededor del Jordán, y eran bautizados por él en el Jordán, confesando sus pecados.

13.Al ver él que muchos de los fariseos y de los saduceos venían a su bautismo decía a las multitudes que salían para ser bautizadas por él: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.  ¡Oh generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no comencéis a decir dentro de vosotros mismos: Tenemos a Abraham por padre; porque os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras. Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto se corta y se echa en el fuego.

14.Y los que habían sido enviados eran de los fariseos. Y le preguntaron, y le dijeron: ¿Por qué, pues, bautizas, si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta?. Juan les respondió diciendo: Yo bautizo con agua; mas en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis del cual no soy digno de desatar la correa del calzado. Y predicaba, diciendo: Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. Su aventador está en su mano, y limpiará su era; y recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará.

15.Juan dio testimonio de Él, y clamó diciendo: Este es de quien yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo. Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia. Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.

16.Y la gente le preguntaba, diciendo: Entonces, ¿qué haremos? Y respondiendo, les dijo: El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo. Vinieron también unos publicanos para ser bautizados, y le dijeron: Maestro, ¿qué haremos?  Él les dijo: No exijáis más de lo que os está ordenado. También le preguntaron unos soldados, diciendo: Y nosotros, ¿qué haremos? Y les dijo: No hagáis extorsión a nadie, ni calumniéis; y contentaos con vuestro salario.

17.Estas cosas sucedieron en Betábara, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando.

 

Como puede comprobarse he utilizado las mismas frases y palabras que los evangelistas para no perjudicar el texto. Sólo he suprimido las expresiones comunes y he procedido a una "racionalización" de su estructura literaria en una secuencia más acorde con nuestros tiempos.

He tenido la tentación de analizar los pasajes en este formato, pero al final, he considerado que podría constituir una manipulación subjetiva del Evangelio, y nada más lejos de mi intención. No estoy reescribiendo, sino intentado comprender la Buena Noticia, por lo tanto, sólo queda como mera curiosidad.

 

Mt. 3, 13-17

13 Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él. 14 Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? 15 Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces le dejó. 16 Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. 17 Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.

 

Mc. 1.9-11

9 Aconteció en aquellos días, que Jesús vino de Nazareth de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. 10 Y luego, cuando subía del agua, vio abrirse los cielos, y al Espíritu como paloma que descendía sobre él. 11 Y vino una voz de los cielos que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia.

 

Lc. 3.21-22

21 Aconteció que cuando todo el pueblo se bautizaba, también Jesús fue bautizado; y orando, el cielo se abrió, 22 y descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como paloma, y vino una voz del cielo que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia.

 

Jn. 1, 29-34

29 El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. 30 Este es aquel de quien yo dije: Después de mí viene un varón, el cual es antes de mí; porque era primero que yo. 31 Y yo no le conocía; mas para que fuese manifestado a Israel, por esto vine yo bautizando con agua. 32 También dio Juan testimonio, diciendo: Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y permaneció sobre él. 33 Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquél me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo. 34 Y yo le vi, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.

 

 

Por segunda vez, los cuatro evangelistas, nos reflejan un mismo acontecimiento.

En esta ocasión, hasta los sinópticos marcan diferencias resaltables entre sí. No es sólo el evangelio redactado por Juan el diferenciable.

Vayamos por partes, porque estamos ante uno de los más pequeños acontecimientos reflejados en el Evangelio (en extensión), que constituye uno de los más grandes misterios del mismo.

Echemos primero un vistazo a las similitudes y diferencias entre las cuatro redacciones.

Sorprendentemente, el más escueto y simple lo constituye la redacción aportada por Lucas, cuando, por lo general, este evangelista suele ser el más explícito y pormenorizado.

A su vez, Lucas es el único que introduce en el bautismo de Jesús una acción causante de la aparición del Espíritu: "y orando, el cielo se abrió".

No es la única ocasión en que esta acción nos la encontraremos en el texto de Lucas.

La acción de la oración es determinante para el evangelista. Es el medio y el detonante para otras acciones ulteriores.

Efectivamente, la oración es el momento cumbre de la intimidad de la criatura con el Creador. Constituye el vehículo de comunicación directo y perfecto.

Lucas y Marcos coinciden en el tiempo verbal del verbo "ser" con el que el Padre se presenta y dirige sus palabras desde el cielo (eres). Ambos evangelistas presentan un diálogo del Padre con el Hijo. El Padre se dirige al Hijo: Tú eres mi hijo amado, en tí tengo complacencia.

Es la explicitación de filiación que dará origen al Abbá de Getsemaní. Es un diálogo de confianza e intimismo entre ambas personas que  aloja su propia diferenciación: un es del otro (ERES MI HIJO) y, por lo tanto, uno se complace en el otro.

Sin embargo, Mateo recoge un discurso del Padre dirigido en tercera persona, hacia el auditorio. Es una proclamación universal en lugar de un diálogo entre personas.

Por su parte, Juan recoge una versión diferente. El diálogo es de Dios con el propio Bautista. Es éste el narrador de la escena, a modo de testimonio.

Algo en lo que coinciden los cuatro evangelistas es en la corporización del Espíritu: una paloma.

Estamos ante un símbolo personificador del Espíritu. Este animal es utilizado a lo largo de la Biblia hasta en 25 ocasiones, siendo la más significativa la aparición en el Génesis de la mano de Noé, como mensajera de paz y estabilidad.

La paloma es un símbolo de docilidad, inocencia y paz. Es un intermediario y mensajero, por ello es utilizada en sacrificios rituales como vehículo transmisor de las necesidades de los hombres hasta Dios.

Antes de proseguir, hagamos una salvedad.

El texto de Juan, en ninguno de sus versículos, recoge el hecho del bautismo de Jesús de Nazaret.

He incluido este pasaje, junto con los sinópticos, en este apartado, por la similitud de narraciones contenidas, sobreentendiendo que cuando Juan dice: "El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él", Cristo se dirige al Bautista para cumplir con el rito de su predicación, pero el texto no lo explicita así.

Los tres sinópticos coinciden en la apertura celestial, aunque con diferencias matizables entre sí.

Mientras que  en Mateo los cielos fueron abiertos para Jesús, Marcos nos indica que éstos se abrieron por sí mismos ante la contemplación de Jesús. Por su parte, como hemos dicho antes, Lucas atribuye dicha apertura a la oración del nazareno.

Mientras que Lucas lo ignora, Mateo y Marcos precisan el lugar de procedencia de Jesús: Galilea. Incluso Marcos va mas allá al ubicar con exactitud el lugar de procedencia: Nazaret.

Esto parecería invalidar la teoría de que Jesús, durante algún tiempo, pudo pertenecer al discipulado del Bautista, pero no pasa de ser un recurso estilístico atemporal que no influye en la pertenencia, o no, de Cristo a los seguidores de Juan el Bautista.

Por su parte, Lucas, no recoge el hecho del bautismo de Jesús por el Bautista, sólo la circunstancia de su bautismo. Luego, según esta redacción, Jesús podría haber sido bautizado por cualquiera de los discípulos de Juan.

Mateo es el único que recoge la oposición de Juan al bautismo de Jesús. Es una manifestación del reconocimiento de la inferioridad de cualquiera ante la grandeza de Cristo, que después nos vamos a encontrar en las manifestaciones del centurión "no soy digno de que entres en mi casa...", o en la oposición de Pedro a ser lavado por Cristo en el cenáculo. Todas estas manifestaciones de oposición a la voluntad de Cristo, lo son por razones de humildad e inferioridad ante el Hijo de Dios.

Tal y como se nos presenta en los sinópticos, el bautizo de Juan parece equiparable a un rito iniciático que adquiere una dimensión trascendente y salvadora a partir de este momento.

El cambio está en que el que se bautiza es nada menos que el Hijo de Dios.

El texto de Juan introduce en el mundo nuevas posibilidades desconocidas hasta el momento. El calificativo que el Bautista otorga a Jesús, y la cualidad de que lo adorna (He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo), es esencial para nuestra fe.

Cordero de Dios es una denominación plena de simbolismo y sentido espiritual. En arameo, la misma palabra (Talya) identifica al cordero y al siervo. El cordero es el animal dócil al pastor (el Padre) y manso aunque sea llevado al matadero. Estos versículos cobran todo su significado a la luz de lo escrito en Is. 53.7  (fue oprimido y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como una oveja que ante los que la trasquilan está muda, él tampoco abrió la boca). Estamos ante el Siervo de Dios que adquiere el simbolismo del Cordero pascual, como víctima propiciatoria para la liberación del mundo de la esclavitud del pecado, como paralelismo del cordero que Israel sacrificó en Egipto para su liberación de la opresión esclavista.

De aquí nos llega la cualificación "que quita el pecado del mundo". Es la misión encomendada al Mesías por el Padre. Una misión libertaria y salvadora, sólo posible con su sacrificio en la nueva pascua.

Esta novedad es fundamental para nuestra vida. El hombre, por sí mismo, está incapacitado para su autoliberación del pecado y de la esclavitud que éste conlleva, porque es el propio hombre el generador del pecado. La salida, por tanto, sólo puede atisbarse con una mediación sacrificial: la del Cordero (Siervo) de Dios, como culminación última de una trayectoria histórica y vivencial de amor a los hombres.

Antes de esta presencia, los pecados eran mercantilizados y trocados con rituales, más o menos equitativos, pero esta práctica había degenerado en una suerte de chalaneo que anexionaba desigualdades, chantajes y cinismo, por cuanto adolecía de los elementos esenciales: arrepentimiento, caridad y amor.

Desde la Buena Nueva, un sólo sacrificio, el del Cordero de Dios, anula todos los sacrificios menores e individuales y posibilita la liberación real del pecado al aportar a su acción los elementos citados.

Con todo, las dos cuestiones fundamentales y esenciales contenidas en estos versículos consisten en:

a).- Si Jesús es el Hijo de Dios o el Cordero de Dios, y el bautismo de Juan es un instrumento de perdón de los pecados a través del arrepentimiento, y, por su propia naturaleza divina, Jesús está libre de pecado, ¿qué sentido tiene el bautismo de Jesús de Nazaret?.

b).- Es el único lugar del Evangelio en el que encontramos reunidas las tres personas del gran misterio de la Trinidad. Por decirlo en otras palabras, constituye la revelación a los hombres de la constitución interna de Dios  como uno y trino.

 

Primera cuestión: Bautismo de Jesús

¿Por qué se bautiza Jesús?. Puesto que nos ajustamos al texto evangélico, los sinópticos coinciden en que la aplicación del rito es para el arrepentimiento (Mt. 3, 11: Yo os bautizo en agua para conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de  llevarle las sandalias. El os bautizará en Espíritu Santo y fuego) y perdón de los pecados (Mc. 1,4 : apareció Juan bautizando en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados; y Lc. 3, 3: Y se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados).

Si tomamos, igualmente, Mc. 1,1: Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios, Jn, 1, 17-18: 17 Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. 18 A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado, Mt. 3, 17: Y una voz que salía de los cielos decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco.», Mc. 1,11: Y se oyó una voz que venía de los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco.», Lc. 3, 22: y bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma; y vino una voz del cielo: = «Tú eres mi hijo; yo hoy te he engendrado.» y Jn. 1, 29: Al día siguiente ve a Jesús venir hacia él y dice: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo; veremos que el que va a ser bautizado (para el perdón de los pecados) es el Hijo de Dios, y, como tal, tiene el poder, por sí mismo, para el perdón, es la verdad y la gracia (está libre de pecado).

¿Qué sentido tiene que alguien que es el origen del perdón y está libre de culpa y transgresión se someta a un ritual que tiene como objetivo, precisamente, lo que Él representa (el perdón y la reconciliación con Dios).

Tratemos de dar respuestas.

1).- Jesús se somete al bautismo por ser éste un rito de confirmación, o iniciático, del discipulado de Juan.

No parece ser ese el sentido que el Evangelio otorga a este ritual. Los evangelistas lo dejan meridianamente claro en sus textos (fariseos y saduceos acudían al bautismo de Juan; yo bautizo con agua para el arrepentimiento [no como proselitismo]; predicaba el bautismo para el perdón de los pecados; salían a él toda la provincia de Judea y todos los de Jerusalén [no sólo sus seguidores]).

Además, Jesús llegó al bautista con el sólo objetivo de bautizarse (Jesús vino de Nazaret de Galilea). No es algo casual o consecuencia del seguimiento de Juan. Estamos ante una acción premeditada e intencionada de Jesús. No es aceptable, entonces, esta premisa para explicar la actitud de Cristo. Otra cuestión es que Jesús llegase, o no, a pertenecer durante algún tiempo, al grupo de seguidores del Bautista. No sería descabellado considerarlo como una preparación para su propia predicación.

2).- Jesús, en ese momento, no es consciente de su condición dual de Dios-hombre.

Veamos, para ello, a Lc. 2, 49: El les dijo: «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?». Según Lucas, ya a sus 12 años, Jesús manifiesta conciencia intelectual de su dualidad. El evangelista nos quiere presentar que la cogniscibilidad de su dualidad no es algo que se evidencia en su persona en un momento determinado de su vida, sino que la posee desde su propio nacimiento. Por lo tanto, desde esta premisa, el propio Cristo reconoce lo extraño de la situación al manifestarle a Juan, ante sus reticencias a bautizarle: Deja ahora, porque así conviene. No es que Cristo lo encuentre lógico, sino que conviene a su ministerio hacerlo así.

Cristo parece ser (a la luz del texto de Lucas)  plenamente consciente de quien es y, por lo tanto,  de la improcedencia objetiva de su sometimiento a la limpieza bautismal, pero insiste en ello voluntariamente.

Tampoco me inclino por esta posibilidad, porque no tengo muy clara la cogniscencia intelectual de Jesús de Nazareth acerca de su "dualidad" en el momento histórico en que este acontecimiento se produce, y mucho menos, a la temprana edad en que parece "reconocérselo" el evangelista Lucas. Más bien me inclino a pensar que Jesús de Nazareth va encontrando, a lo largo de su vida, su SER interior y percibiendo en su humanidad la existencia de la dualidad, pero no tanto como una experiencia intelectual, sino como una intuición de su relación con el Padre que le llevará al final de su ministerio a la invocación del "Abbá" como culminación de dicha relación íntima.

3).- Jesús pasa por el rito para después utilizarlo en su práxis.

Sólo Juan recoge una alusión en este sentido en Jn. 4, 1-2: 1Cuando Jesús se enteró de que había llegado a oídos de los fariseos que él hacía más discípulos y bautizaba más que Juan 2aunque no era Jesús mismo el que bautizaba, sino sus discípulos.

Sólo poco antes de su ascensión, Cristo retoma este rito, no para sí mismo, sino como medio y símbolo para sus seguidores en Mt. 28, 19: Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, pero con una diferencia fundamental respecto del bautismo de Juan: encarga el bautismo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Desde esta óptica es desde donde podemos encontrar un atisbo de explicación a este misterio.

Cristo, comienza a intuir su dualidad Dios-hombre y, aun estimando no precisar, la limpieza que conlleva el bautismo, considera que debe igualarse al resto de los hombres pasando por el ritual como símbolo visible del nuevo nacimiento del hombre que, posteriormente,  tras la Pascua instituida por Él incorporará al sacramento el otro gran misterio de este pasaje: la Trinidad.

El bautismo de Jesús, pues, no tiene el sentido de la limpieza, arrepentimiento y perdón que tiene para el resto de los hombres, sino que Él se sumerge en el ritual para constatar y proclamar su personalidad humana y poder trascender después, desde su naturaleza divina, al bautismo como eje de la redención y símbolo de la reconciliación del hombre con Dios.

Esta redención, como después veremos en otro de los grandes misterios del Evangelio (el misterio de la cruz), no podría haberse realizado como una suerte de pantomima figurativa y escenográfica, sino desde toda la realidad y dramatismo de la historia humana real. Dios no plantea la posibilidad de reconciliación desde una atalaya altiva, sino desde la propia realidad del hombre y sus miserias. Por ello, su Hijo, el redentor, se inmiscuye totalmente en la humanidad, desciende a la miseria del hombre y renace, como hombre nuevo, con el bautismo, dando así lugar a la revelación última de la esencia de Dios: tres personas y un solo Dios.

Para nosotros, los cristianos, los discípulos de Cristo, y para el resto de los hombres, ¿qué sentido tiene el bautismo tomado por Cristo del Bautista y trascendido después de su resurrección?.

El propio Cristo nos lo deja meridianamente claro en Mc. 16, 16: El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará.

Sin embargo, una lectura integrista, sesgada y fundamentalista de esta cita nos llevaría a las cruzadas, la Inquisición, la colonización de América a golpe de cruz y espada...

El bautismo no es sólo un rito o símbolo de afiliación a una religión, sino una voluntad y una nueva forma de ser y de estar (en la vida).

De ser, porque se ES desde Cristo, para el Padre y con el Espíritu.

De estar, porque implica una nueva perspectiva de la vida y la existencia con su reflejo en el hermano y en el amor que debemos ofrecer a todos cuantos lo necesiten, siguiendo el ejemplo de Jesús.

El nuevo bautismo, tras la aparición de Cristo, conlleva el abandono del hombre viejo, si por viejo entendemos la priorización materialista, y el renacimiento de un hombre nuevo, nacido del agua purificadora que el propio Jesús ofertó a la Samaritana en Jn. 4,14: pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna.».

Este bautismo implica un compromiso con Cristo y, a través de él, un compromiso con el resto de la humanidad, nuestros hermanos, convertidos en tales, precisamente a través de la docencia de Cristo y su acción salvífica y redentora.

Lamentablemente, en nuestros días, el bautismo se ha cosificado por su ritualización.

Sorprendentemente, la catequesis preparatoria se da a los nuevos miembros de la comunidad cristiana a posteriori y como preparación iniciática de la Eucaristía, pero no como iniciación y docencia de las consecuencias de su incorporación al cuerpo místico de Cristo. Todo ello por un prejuicio absurdo fundado en la creencia de que el no bautizado no puede acceder a la gloria de Dios.

En los primeros tiempos de la Iglesia, sin embargo, el bautismo era el paso fundamental para la incorporación de cualquier nuevo miembro a la comunidad cristiana, y para ello se le preparaba concienzuda y minuciosamente. Sólo tras esta preparación y tras la constatación de que el aspirante tenía plena conciencia de las implicaciones que asumía con su pertenencia a la comunidad, era admitido en la misma.

Tampoco estaría de más que retomásemos esta práctica más lógica y menos determinante.

 

b).- La segunda gran cuestión de este pasaje conlleva el misterio de los misterios: Padre, Hijo y Espíritu, tres personas y un sólo Dios.

Es significativo que la Trinidad aparezca una sola vez reunida en el Evangelio y lo haga, precisamente, en el momento del bautismo de Cristo. Obviamente, obedece a los planes de la revelación, el que ésto sea así.

Se elige como momento idóneo para esta culminación de la revelación, el del renacimiento del hombre nuevo, reconciliado con Dios y simbolizado por el bautismo de Jesús de Nazaret.

La formulación de la Trinidad, como ente único y plural no está recogida en el Evangelio. Nos encontramos algunos apuntes en las epístolas de Pablo (2Co. 13,13: La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros; Co.12, 4-6: 4 Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; 5 diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; 6 diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra en todos; y Ef. 4, 4-6: 4 Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados. 5 Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, 6         un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos), pero no es algo explicitado evangélicamente, ni que la Iglesia primitiva asumiera como verdad hasta el Concilio Ecuménico de Nicea, en el año 325, complementado después con los dictámenes del Segundo Concilio Ecuménico de Constantinopla  en el año 381. Posteriormente, es en el Concilio de Constantinopla II, del año 553 y en el de Toledo XI en el año 675, cuando se formula la cosustancialidad de las tres personas, y de forma definitiva en el Concilio de Florencia del año 1442.

Con todo, la relación entre las tres personas, aunque no explicitadas como la figura unitaria de la Trinidad, no es extraña ni ajena al propio Evangelio.

La interrealación entre las personas, además de en este pasaje, podemos encontrarla en:

Mc. 9, 7: Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: «Este es mi Hijo amado,  escuchadle.»

Mt. 17, 5: Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle.»

Jn. 14, 11-17: 11     Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras.

12 En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre.

13 Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo.

14 Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré.

15 Si me amáis, guardaréis mis mandamientos;

16 yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre,

17 el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros.

Jn. 20, 22: Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo.

Lc. 11, 13: Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!»

Mc. 13, 11: «Y cuando os lleven para entregaros, no os preocupéis de qué vais a hablar; sino hablad lo que se os comunique en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu Santo.

Mt. 28, 19: Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo

Jn. 15, 26: Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí.

Jn. 16, 7-9: 7 Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré:

8 y cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia  y en lo referente al juicio;

9 en lo referente al pecado,  porque no creen en mí;

Pero muy especialmente vemos la relación de Jesús (el Hijo) con el Padre, en la oración de Getsemaní y en la propia cruz.

¿Cómo podemos, desde la racionalidad, explicar la configuración única y trinitaria a la vez?. Es imposible. La creencia en esta formulación corresponde a la fe, tomándola como una respuesta del hombre a la grandiosidad de Dios y a su revelación, no como el reflejo de un deseo.

¿Son las personas trinitarias diferentes manifestaciones de una misma esencia?. No, son tres personas independientes y dependientes al mismo tiempo, interrelacionadas entre sí por el amor y vinculadas, desde y hacia, la eternidad por su propia existencia igualitaria.

La formulación del Credo católico, dentro del símbolo Nicea-Costantinopla, puede conducir a equívocos si su proclamación no se reflexiona: Creo en un sólo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos...; Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo...

Tomada a la ligera, esta proclamación parece desprender dependencia y prelación entre las personas, incluido un orden institucional u orgánico y cronológico.

Esta interpretación sería una simplificación errónea de la relación interpersonal.

Dios no tiene origen ni final, porque ES el origen y el destino de todas las cosas. Es la fuerza, la verdad y la vida.

Así, sus tres personas revisten las mismas características y cualidades. Ninguna de ellas tiene origen o final, por lo tanto no han sido creadas una por cualquiera de las otras. Existen por sí mismas, desde siempre y para siempre, dentro de la unidad de esencia y naturaleza.

Tratar de conceptualizar a Dios y su misterio es inútil desde la capacidad limitada humana. Sólo puede llevar a la desesperación y la esquizofrenia, porque su grandiosidad desborda nuestro entendimiento finito.

Todo lo más, podemos acercarnos a su realidad, desde sus manifestaciones, pero nunca a su realidad íntima por estar ésta fuera de nuestro alcance.

Así, desde esta perspectiva pragmática, y a través del prisma de mi propia experiencia de Dios, entiendo a la persona del Padre como el Generador, el Ente Creador, al Hijo como la aproximación y plasmación de Dios en el hombre y al Espíritu como mediador y vehículo comunicativo entre Dios y el hombre y viceversa, pero todo ello, reconociendo todas las cualidades de cada persona en las otras dos y viceversa.

Seguro que no aporto ninguna luz a este misterio, pero es mi apreciación. Para un mayor detalle, remito al Catecismo de la Iglesia Católica y demás publicaciones teológicas dedicadas a este aspecto misterioso.

 

 

Mt. 4, 1-11

 

1 Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo. 2 Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre. 3 Y vino a él el tentador, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan. 4 Él respondió y dijo: Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. 5 Entonces el diablo le llevó a la santa ciudad, y le puso sobre el pináculo del templo, 6 y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está:

A sus ángeles mandará acerca de ti, y,

En sus manos te sostendrán,

Para que no tropieces con tu pie en piedra.

 

7 Jesús le dijo: Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios. 8 Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, 9 y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorares. 10 Entonces Jesús le dijo: Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás. 11 El diablo entonces le dejó; y he aquí vinieron ángeles y le servían.

 

Mc. 1.12-13

12 Y luego el Espíritu le impulsó al desierto. 13 Y estuvo allí en el desierto cuarenta días, y era tentado por Satanás, y estaba con las fieras; y los ángeles le servían.

 

 

Lc. 4.1-13

1 Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto 2 por cuarenta días, y era tentado por el diablo. Y no comió nada en aquellos días, pasados los cuales, tuvo hambre. 3 Entonces el diablo le dijo: Si eres Hijo de Dios, dí a esta piedra que se convierta en pan. 4 Jesús, respondiéndole, dijo: Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra de Dios. 5 Y le llevó el diablo a un alto monte, y le mostró en un momento todos los reinos de la tierra. 6 Y le dijo el diablo: A ti te daré toda esta potestad, y la gloria de ellos; porque a mí me ha sido entregada, y a quien quiero la doy. 7 Si tú postrado me adorares, todos serán tuyos. 8 Respondiendo Jesús, le dijo: Vete de mí, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás. 9 Y le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el pináculo del templo, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate de aquí abajo; 10 porque escrito está:

A sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden;

11 y, En las manos te sostendrán, Para que no tropieces con tu pie en piedra. 12 Respondiendo Jesús, le dijo: Dicho está: No tentarás al Señor tu Dios. 13 Y cuando el diablo hubo acabado toda tentación, se apartó de él por un tiempo.

 

Llegamos a otro de los capítulos sorprendentes y, a primera vista, incongruente, del Evangelio de Jesucristo: las tentaciones.

¿Qué sentido tienen las tentaciones en la persona de Jesucristo?, ¿cómo puede ser tentado el Hijo de Dios si, per se, es detentador de todos los poderes en su máxima expresión?, ¿qué son las tentaciones y el pecado para los hombres?.

Estas y otras cuestiones se plantean ante la lectura de este pasaje.

Intentaremos darles respuesta más adelante, pero sigamos el esquema acostumbrado y, en primer lugar, analicemos el texto.

Sólo los sinópticos recogen esta peripecia de Jesús, con ligeras diferencias entre Mateo y Lucas; y abismal entre ambos y la redacción facilitada por Marcos. Podemos asignar el origen de este pasaje en Marcos, aunque se evidencian aportaciones de la fuente Q, así como de las propias de Lucas y Mateo.

Probablemente estamos ante una narración relatada por Jesús a sus amigos y discípulos en algún momento de su vida comunitaria y los tres evangelistas la recogen en la forma que nos ha llegado hasta nosotros.

En este pasaje Marcos es sucinto y lacónico. Sólo narra el hecho del retiro de Jesús durante cuarenta días al desierto y vagamente recoge el hecho de la tentación sin entrar en detalles de la misma.

La aportación fundamental de Marcos podemos encontrarla en la convivencia de Jesús con las fieras.

Tanto Mateo como Lucas entran en detalle al describir y relatar las tentaciones, así como las reacciones de Jesús ante cada una de ellas.

Obviamente estamos ante una extrapolación del "quinto evangelio" o fuente "Q", para las redacciones de estos dos evangelistas.

Las diferencias entre ambos son más semánticas y de construcción literaria que de otra índole. En este caso no hay diferencias sustanciales entre ellos, salvo la referencia que Lucas hace del poder del tentador sobre los poderes terrenales, ausente en la redacción de Mateo.

Detengámonos primeramente en los símbolos que se nos presentan en el texto.

Es destacable la mención de los tres evangelistas al desencadenante del retiro de Jesús: llevado por el Espíritu, el Espíritu le impulsó al desierto, lleno del Espíritu Santo...llevado al desierto.

Luego no estamos ante un capricho o una casualidad en el acontecer de Cristo. Su retiro es premeditado y planeado. Tampoco obedece a un impulso personal del propio Cristo, sino que es conducido por la tercera persona de la Trinidad, en cumplimiento de uno más de los episodios planificados, que no predestinados, en la economía de la salvación.

Nuevamente aparece el desierto como significación de lugar de reflexión, apartamiento y preparación. Este pasaje, dentro de las tres redacciones sinópticas está ubicada inmediatamente antes del comienzo de la predicación de Jesús. Es el preludio de su vida pública.

Su retiro al desierto es una rememoración del peregrinaje de Israel por el desierto a su salida de Egipto, como preparación antes de la entrada en Canaán.

Otro detalle llamativo, por su simbolismo, es el número de días que se atribuyen a la estancia de Jesús en su retiro: 40

El cuarenta es uno de los números bíblicos por excelencia. Aparece en la Biblia más de 70 veces y en muy diversas circunstancias (diluvio universal, período de purificación, etc.). Como múltiplo directo del 4, que significa la totalidad por su analogía con los cuatro puntos cardinales de la tierra (todas las direcciones), nos lleva a pensar que su simbología obedece más a una intencionalidad del narrador que a una realidad histórica.

La conjunción del desierto y el número 40 nos retrotrae al período de extravío de Israel en el desierto ( Ex. 16, 35:Los israelitas comieron el maná por espacio de cuarenta años, hasta que llegaron a tierra habitada. Lo estuvieron comiendo hasta que llegaron a los confines del país de Canaán; Núm. 14, 33: y vuestros hijos serán nómadas cuarenta años en el desierto, cargando con vuestra infidelidad, hasta que no falte uno solo de vuestros cadáveres en el desierto) y, especialmente, a los días que Moisés convivió con Dios en el Sinaí (Ex. 24,18: Moisés entró dentro de la nube y subió al monte. Y permaneció Moisés en el monte cuarenta días y cuarenta noches; y Ex. 34, 28: Moisés estuvo allí con Yahveh cuarenta días y cuarenta noches, sin comer pan ni beber agua. Y escribió en las tablas las palabras de la alianza, las diez palabras.).

Obviamente estamos ante una recreación evangélica de estos pasajes del Éxodo. En ambos, Moisés, el artífice de la salida de Egipto, el primer "caudillo" de Israel, recibe los elementos de la Alianza de Dios con su pueblo. En el retiro de Cristo, éste prepara su acontecer predicatorio para la Nueva Alianza. El número es simbólico, probablemente ni Israel pasó 40 años en el desierto, ni Moisés 40 días subido al monte Sinaí, ni Jesús 40 días en el desierto sin comer ni beber, especialmente porque dada la radicalidad del clima desértico de Palestina, tal circunstancia hubiese acabado con la vida de cualquier persona.

La cifra de 40 días es equivalente a "todos los días que necesitó para su preparación".

Es también una rememoración de Is. 40, 3: En el desierto: abrid camino a Yahveh, trazad en la estepa una calzada recta a nuestro Dios.

Otro detalle significativo nos lo encontramos inmediatamente antes de las tentaciones: tuvo hambre.

Jesús es un hombre. Es el Hijo de Dios, pero encarnado en Jesús de Nazaret, e igual a nosotros en todo excepto en el pecado, por lo tanto tiene nuestras mismas necesidades y sufre las mismas limitaciones biológicas.

Esto es fundamental tenerlo en cuenta a lo largo del Evangelio para darnos cuenta y percibir que estamos ante Dios hecho hombre y que, como tal, dentro de esta faceta, siente, sufre, se desilusiona, tiene miedo, hambre y sed (no ya de justicia, que también, sino hambre y sed físicas).

Se ha especulado con la pertenencia de Jesús al partido esenio y este pasaje podría aducirse en tal sentido, como un retiro temporal de Cristo en el seno de esa comunidad en el desierto, pero ni los textos que estamos contemplando, ni ninguna otra literatura posterior apoyan esta especulación y, por otro lado, el comportamiento público de Jesús, a lo largo de su ministerio, más bien contradice tal posibilidad, puesto que Jesús sí toma partido y se implica en la realidad histórica de Israel y se "contamina" constantemente con pecadores e inmundos.

Antes de entrar en las tentaciones en sí, veamos tres símbolos resaltables: las fieras, los ángeles y el demonio (Satanás).

La mención de Marcos acerca de la convivencia de Jesús con las fieras es una figura retórica y simbólica de la convivencia del hombre desde su soledad personal con la tribu de males que le acechan.

Igualmente el servicio de los ángeles recogido por Mateo y Marcos, pero no por Lucas, es una forma de simbolizar el final del "mal trago" pasado. Tomar literalmente esta afirmación en el sentido de la aparición de "seres" esotéricos de procedencia divina, puestos al servicio de Jesús nos llevaría a la contradicción de su naturaleza humana y a la desnaturalización de su sufrimiento: no importa lo que pase, porque siempre estarán mis ángeles que me sacarán del apuro. Entraríamos en conflicto con sus propias afirmaciones en el momento de su arresto (Mt. 26, 53: ¿O piensas que no puedo yo rogar a mi Padre, que pondría al punto a mi disposición más de doce legiones de ángeles?).

Tomemos, por último el símbolo del diablo, demonio o Satanás.

Este es un personaje extraño y ajeno a la cultura y religión judía tradicional. Satanás, en hebreo, significa adversario, acusador.

En el AT aparece pocas veces (Zac. 3, 1 [Me hizo ver después al sumo sacerdote Josué, que estaba ante el ángel de Yahveh; a su derecha estaba el Satán para  acusarle]; Job. 1, 6-12 [6 El día que los Hijos de Dios venían a presentarse ante Yahveh, vino también entre ellos el Satán. 7 Yahveh dijo al Satán: «¿De dónde vienes?» El Satán respondió a Yahveh: «De recorrer la tierra y pasearme por ella.» 8 Y Yahveh dijo al Satán: «¿No te has fijado en mi siervo Job? ¡No hay nadie como él en la tierra; es un hombre cabal, recto, que teme a Dios y se aparta del mal!» 9 Respondió el Satán a Yahveh: «Es que Job teme a Dios de balde? 10 ¿No has levantado tú una valla en torno a él, a su casa y a todas sus posesiones? Has bendecido la obra de sus manos y sus rebaños hormiguean por el país. 11 Pero extiende tu mano y toca todos sus bienes; ¡verás si no te maldice a la cara!» 12 Dijo Yahveh al Satán: «Ahí tienes todos sus bienes en tus manos. Cuida sólo de no poner tu mano en él.» Y el Satán salió de la presencia de Yahveh]; 2, 1-7 [similar a la cita anterior]; 1 Cro. 21,1 [Alzóse Satán contra Israel, e incitó a David a hacer el censo del pueblo]) y siempre como adversario de los hombres, más que de Dios. Más parece un instrumento utilizado por Dios para probar la fidelidad de los hombres, que propiamente una personificación del mal, tal como lo concebimos hoy.

El término diablo es equivalente a acusador, calumniador.

Tras el destierro babilónico y la "contaminación" filosófica y cultural de Israel por otros pueblos: persas, griegos, romanos, egipcios, etc. , este personaje comienza a aparecer en sus tradiciones, como una importación necesaria para explicar acontecimientos de su propia realidad histórica. Es fruto de culturas y pensamientos ajenos a Israel y difícil de explicar desde la Torah y la doctrina deuteronómica, donde el mal es fruto del pecado y éste una consecuencia del egoísmo, la soberbia y la infidelidad de los hombres.

Otras culturas, especialmente la helena, sí contemplan la personificación del mal como ente separado, con personalidad propia (en todo su sentido). Es de estas culturas de donde nace la incorporación de Satanás o el diablo a la cultura y tradiciones judías.

En todo caso, cada uno de nosotros debe, individualmente, reflexionar cobre la existencia real, o no, de  este personaje; o discernir si estamos ante el fruto de nuestra necesidad intelectual de achacar nuestros males y reveses a algo ajeno a nosotros mismos, como evolución de nuestra propia soberbia e incapacidad de reconocer humildemente nuestras finitudes y limitaciones. Es la vuelta al Génesis, cuando Adán culpa de su caída a Eva y ésta a la serpiente, incapaces ambos de atribuirse la responsabilidad que les corresponde por su pretensión y altanería.

Por fin, entremos en el núcleo central del pasaje: las tentaciones en sí.

Una simple lectura nos hará ver que se nos presentan tres tipos de tentación, correspondiente a otros tantos tipos de pecado o transgresiones del hombre hacia la voluntad de Dios.

Mateo y Lucas las ordenan de forma diferente, pero ambos recogen esencialmente las tres, perfectamente definidas y separadas.

a).- Tentación "haz que estas piedras se conviertan en pan" -> correspondiente al pecado estructural.

b).- Tentación "Si eres el Hijo de Dios, échate abajo..."-> correspondiente al pecado existencial.

c).- Tentación "A tí te daré toda esta potestad ... si postrado me adorares" -> correspondiente al pecado moral.

 

Vayamos con la primera de las tentaciones.

Es una tentación sibilina y desafiante. Pone a prueba la templanza y los planes de la economía de la salvación.

Jesús-Cristo = Hombre-Dios siente hambre por la situación creada. Ante su condición dual Dios-hombre se plantea la duda y la tentación: ¿por qué debo sufrir si soy el Hijo de Dios y está en mi mano evitarlo utilizando mis posibilidades de transformación milagrosa o extemporánea?.

La tentación plantea la dialéctica entre hacer y contemplar.

Hacer, violentando la condición humana de Jesús, o contemplar desde la perspectiva divina del Cristo.

La reacción de Jesús está contenida en las palabras de Dt. 8, 3 (Te humilló, te hizo pasar hambre, te dio a comer el maná que ni tú ni tus padres habíais conocido, para mostrarte que no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca de Yahveh.)

El hambre real va más allá de la necesidad física.

Estamos ante el pecado estructural que condiciona nuestra existencia sin nuestra intervención.

Nacemos, vivimos y desarrollamos nuestra acción dentro de una sociedad relacional dotada de estructuras pecaminosas por injustas y desiguales.

Nosotros no somos los causantes directos, pero heredamos y participamos del pecado colectivo en tanto miembros de la misma.

La tentación es clara y condicionante: si eres el Hijo de Dios (si eres seguidor de Cristo, en nuestro caso), haz que estas piedras se conviertan en pan (modifica el entorno a tu capricho y conveniencia para que resulte más sencillo digerir la injusticia que te rodea).

Jesús responde ampliando el objetivo, elevando el destino y sublimando el acontecer: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

Las necesidades y perspectivas personales no son importantes. El cambio real y sustancial viene de la escucha y práctica de la Palabra, configurada como alimento fundamental del espíritu.

Lo importante no es mi hambre y mi visión sino las piedras que reflejan la realidad alienante con que me enfrento y a la que sólo puedo afrontar con la ayuda de la Palabra de Dios.

La tentación está en quedarse en la primera parte, perdiendo de vista el verdadero objetivo que se recoge en la respuesta de Cristo.

No importa lo que yo sea, o me crea ser, lo esencial es la construcción del reino con esfuerzo y trabajo cotidiano, oyendo y practicando la Palabra de Dios.

 

Segunda tentación

El diablo lleva a Jesús a un lugar emblemático y significativo: al pinacho del templo de Jerusalén.

Jerusalén es el centro del mundo judío, el hábitat por excelencia de los creyentes y fieles de Yahveh. Por la alianza de Dios con David y Salomón, la tradición indica que Yahveh reside en el templo, lugar de peregrinación y recogimiento, de recepción de ofrendas y sacrificios.

Es el lugar idóneo para el pecado existencial, donde nuestras reacciones ante la eventualidad nos pueden conducir a mostrar un ser diferente del real. Al aprovechamiento de nuestro posicionamiento, para presentarnos de forma diferente a lo que somos.

Esta es la tentación que Satanás le propone a Jesús: aprovecha que estás en el centro del mundo y presenta una imagen de tí mismo falsa, por parcial y alejada de tu misión, pero dulce para tu ego, de forma que todos te alaben.

También se utiliza una forma condicional: Si eres el Hijo de Dios = si no lo haces es que no eres realmente lo que dices ser. Es la coacción por el halago.

Las palabras de Satanás proviene del Salmo 91, 11-12: 11 que él dará orden sobre ti a sus ángeles de guardarte en todos tus caminos. 12 Te llevarán ellos en sus manos, para que en piedra no tropiece tu pie;

¿Cuál es la respuesta de Cristo?. Aquí no hay consideraciones ni alternativas. El rechazo es plano y rotundo. Utilizando Dt. 6, 16 (No tentaréis a Yahveh vuestro Dios, como le habéis tentado en Massá.) Cristo recuerda al diablo su limitación y, al mismo tiempo, nos lo recuerda a todos nosotros: no tientes a Dios y, si lo haces, asume las consecuencias.

 

Tercera de las tentaciones

Nuevamente el diablo utiliza otro símbolo: un monte muy alto.

Las alturas, los montes, tienen, para los judíos, una simbología clara.

La altura es equivalente a Dios. Desde lo alto de un monte les fueron entregadas las tablas de la Ley, en un monte ordenó Yahveh a Abraham el sacrificio de Isaac, en un monte se posó el arca de Noé...

Desde lo alto de los montes se divisan los contornos y las comarcas. De alguna manera, desde lo alto se posee un cierto poder sobre lo que oteas.

Si bien Mateo lo omite, es importante el contenido de Lucas respecto de la propiedad otorgada al diablo sobre el poder y las riquezas, que es lo que se ofrece a Jesús en esta tentación.

Lo importante de esta aseveración estriba en que, a través de ella, podemos constatar que los poderes terrenales y las riquezas están en propiedad del diablo, de la materialidad, no provienen, ni ellos, ni la gloria que proporcionan, de Dios.

Estamos ante el pecado moral. La faceta vinculada a la opción personal.

Mientras que en el pecado estructural y el existencial, la opción y la voluntad humanas están mediatizadas o, incluso, eliminadas, en el pecado moral es imprescindible.

El escaparate está servido y a nuestra disposición, pero sólo un impulso voluntario y consciente (postrarse y adorar) nos puede llevar a la inmersión en este pecado, al acepto de la tentación.

Es la sustitución del Dios de la justicia y el amor por el ídolo del poder y el dinero. Nosotros marcamos las diferencias y las prioridades de nuestra vida, dentro de los límites del pecado estructural y existencial, pero somos libres de asumir el pecado moral.

La respuesta de Jesús es meridiana y fulminante, aprovechando Dt. 6, 13 (A Yahveh tu Dios temerás, a él le servirás, por su nombre jurarás.).

No cabe interpretaciones o disimulo. La dialéctica está servida: o Dios o los poderes y riquezas materiales. Tú eliges. Jesús abundará en ello más adelante (Lc. 16, 13 [«Ningún criado puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero.»]; Lc. 22, 31 [«¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha  solicitado el poder cribaros como trigo]; Mt. 6, 24 [igual a Lucas 16,13]; Mc. 10, 21-23 [21 Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los  pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme.» 22 Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes. 23 Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el  Reino de Dios!»]; Mt. 19, 21-23 [igual a Marcos]; Lc. 18, 22-24 [igual a Marcos]).

Las tentaciones concluyen con una observación llamativa y sorprendente en la redacción de Lucas: el diablo se apartó por algún tiempo.

De ello se desprende una consecuencia lógica: Jesús no va a estar, a lo largo de su vida, libre de las tentaciones. Con ello contestamos a las cuestiones planteadas al principio de este comentario. ¿Qué sentido tiene la tentación en la persona de Jesucristo?. En la de Cristo, ninguno, en la de Jesús, toda, al igual que en cualquiera de nosotros. Es la reiteración de lo tratado con motivo de su bautismo. Jesús, cual hombre, desarrolla su ministerio en las mismas condiciones de finitud y limitaciones que el resto de los humanos, si no fuese así, su encarnación dejaría de tener poder salvífico y sólo sería una pantomima. Lo importante de este episodio es la forma en que Jesús hace frente a las tentaciones que le son planteadas, aun teniendo conciencia de su condición de Hijo de Dios. Tampoco creo que estuviésemos ante una conciencia intelectual de tal condición, sino de una intuición relacional con el Padre.

Todo ello al margen de que los pasajes examinados se ajusten históricamente a la realidad. Probablemente no, pero su carácter catequético y doctrinal es indudable y que Jesús, como hombre, tuvo tentaciones, es algo indudable y evidente a lo largo del Evangelio, veamos si no, los pasajes de Mt. 16, 23 (Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!), o sus miedos y ganas de abandonar en Getsemaní en Mt. 26, 38-39 (38 Entonces les dice: «Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo.» 39 Y adelantándose un poco, cayó rostro en tierra, y suplicaba así: «Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú.»), o la mismísima gran blasfemia proferida en lo alto de la cruz en Mt. 27, 46 (Y alrededor de la hora nona clamó Jesús con fuerte voz: = «¡Elí, Elí! ¿lemá sabactaní?», = esto es: = «¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?»)

A lo largo del Evangelio veremos muchas llamadas al AT, pero pocas tan claras y con tal concentración como las encontradas en estos pasajes, así como con esta intencionalidad.

Las llamadas vistas en estos pasajes, salvo la referida al Salmo 91, están todas referidas al libro del Deuteronomio. Es la confirmación, al principio de su ministerio, de la profesión de fe deuteronomista de un judío creyente, religioso y convencido: Jesús de Nazaret

 

Jn. 3, 22-36

22 Después de esto, vino Jesús con sus discípulos a la tierra de Judea, y estuvo allí con ellos, y bautizaba. 23 Juan bautizaba también en Enón, junto a Salim, porque había allí muchas aguas; y venían, y eran bautizados. 24 Porque Juan no había sido aún encarcelado.

25 Entonces hubo discusión entre los discípulos de Juan y los judíos acerca de la purificación. 26 Y vinieron a Juan y le dijeron: Rabí, mira que el que estaba contigo al otro lado del Jordán, de quien tú diste testimonio, bautiza, y todos vienen a él. 27 Respondió Juan y dijo: No puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del cielo. 28 Vosotros mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo, sino que soy enviado delante de él. 29 El que tiene la esposa, es el esposo; mas el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues, este mi gozo está cumplido. 30 Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe.

31 El que de arriba viene, es sobre todos; el que es de la tierra, es terrenal, y cosas terrenales habla; el que viene del cielo, es sobre todos. 32 Y lo que vio y oyó, esto testifica; y nadie recibe su testimonio. 33 El que recibe su testimonio, éste atestigua que Dios es veraz. 34 Porque el que Dios envió, las palabras de Dios habla; pues Dios no da el Espíritu por medida. 35 El Padre ama al Hijo, y todas las cosas ha entregado en su mano.

36 El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehusa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.

 

Por primera vez, y esto va a suceder en el futuro con bastante asiduidad, nos encontramos en esta refundición con un pasaje exclusivo de evangelio transmitido por San Juan y que carece de correspondencia con el resto de las redacciones evangélicas.

Antes de entrar en estos versículos, quizá sea llegado el momento de acercarnos o detenernos algo más en el propio Evangelio de Jesucristo según San Juan.

Probablemente ninguno de los cuatro evangelios fueron confeccionados por una sola persona, sino por una escuela de pensamiento inspirada por el teórico autor, pero mucho más evidente se hace en el caso del texto atribuido a Juan.

Juan fue uno de los 12 elegidos por Jesús, pero no solamente eso, sino que se constituyó en uno de los distinguidos de entre ellos.

A él, junto con Santiago y Pedro, les otorgó el Señor el honor de presenciar anticipadamente su gloria inmensa en la transfiguración (Mc. 9, 2: Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, y Mt. 17, 1-2: 1 Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. 2 Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos  como la luz).

Igualmente, se los lleva aparte en Getsemaní para separarles del grupo y "charlar" privadamente con ellos (Mt. 26, 37: Y tomando consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a sentir tristeza y angustia; y Mc. 14, 33: Toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir pavor y angustia).

Además, son innumerables las veces que este discípulo aparece con el apelativo de "el discípulo amado de Jesús" o frases similares.

Sus textos, presumiblemente, fueron los últimos en ser escritos, alrededor del año 100, bien en vida del propio apóstol en su destierro en la isla de Patmos, bien como legado de la escuela de pensamiento fundada a su alrededor.

Juan, además del evangelio que se le atribuye, es nominado como autor de 3 cartas y el libro del Apocalípsis, un texto enigmático y con una fuerte intención consoladora para con una comunidad (la incipiente comunidad cristiana) en grave riesgo de desaparición a consecuencia de las persecuciones, especialmente las promovidas por el Emperador Nerón.

El estilo de este evangelista no es similar a ninguno de los sinópticos y sus fuentes también son distintas, aunque coincida con ellos en algunos pasajes y acontecimientos.

Estamos ante el evangelio más teológico de los cuatro canónicos, y todo él está redactado a modo de testimonio del evangelista o sus personajes, partiendo de una premisa: Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios hecho carne (Jn. 1, 14: Y la Palabra se hizo carne,  y puso su Morada entre nosotros,  y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad).

Este evangelio carece de parábolas y los milagros son descritos en el texto, más que como hechos magníficos, como pilares y apoyo a la premisa inicial.

Cronológica e históricamente es un texto anárquico y carente de linealidad.

Es el único que nos presenta 3 pascuas vividas por Jesús (unos 4 años de predicación), y ya en los comienzos del mismo (Jn. 2, 13-22: 13 Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. 14 Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. 15 Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero  de los cambistas y les volcó las mesas; 16 y dijo a los que vendían palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado.» 17 Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: = El celo por tu Casa me devorará. = 18 Los judíos entonces le replicaron diciéndole: «Qué señal nos muestras para obrar así?» 19 Jesús les respondió: «Destruid este Santuario y en tres días lo levantaré.» 20 Los judíos le contestaron: «Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?» 21Pero él hablaba del Santuario de su cuerpo. 22 Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús ) sitúa a Cristo en Jerusalén echando a los vendedores del templo, cuando es algo que los sinópticos sitúan en el epílogo de su predicación, tras su entrada triunfal en Jerusalén, siendo uno de los desencadenantes de su persecución por saduceos y escribas (Mt. 21, 12-17: 12 Entró Jesús en el Templo y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el Templo; volcó las mesas de los  cambistas y los puestos de los vendedores de palomas. 13 Y les dijo: «Está escrito: = Mi Casa será llamada Casa de oración. = ¡Pero vosotros estáis haciendo de ella una  = cueva de bandidos!» = 14 También en el Templo se acercaron a él algunos ciegos y cojos, y los curó. 15 Mas los sumos sacerdotes y los escribas, al ver los milagros que había hecho y a los niños que gritaban en el Templo: «¡Hosanna al Hijo de David!», se indignaron 16 y le dijeron: «¿Oyes lo que dicen éstos?» «Sí - les dice Jesús -. ¿No habéis leído nunca que = De la boca de los niños y de los que aún maman te preparaste alabanza?» =17 Y dejándolos, salió fuera de la ciudad, a Betania, donde pasó la noche; Mc. 11, 15-19: 15 Llegan a Jerusalén; y entrando en el Templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y a los que compraban en el  Templo; volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas 16 y no permitía que nadie transportase cosas por el Templo. 17 Y les enseñaba, diciéndoles: «¿No está escrito: = Mi Casa será llamada Casa de oración para todas las gentes? = ¡Pero vosotros la tenéis hecha una = cueva de bandidos! =» 18 Se enteraron de esto los sumos sacerdotes y los escribas y buscaban cómo podrían matarle; porque le tenían miedo, pues toda la gente estaba asombrada de su doctrina. 19 Y al atardecer, salía fuera de la ciudad y Lc. 19, 45-48: 45 Entrando en el Templo, comenzó a echar fuera a los que vendían, 46 diciéndoles: «Está escrito: = Mi Casa será Casa de oración. = ¡Pero vosotros la habéis hecho = una cueva de bandidos!» = 47 Enseñaba todos los días en el Templo. Por su parte, los sumos sacerdotes, los escribas y también los notables del  pueblo buscaban matarle, 48 pero no encontraban qué podrían hacer, porque todo el pueblo le oía pendiente de sus labios).

Otra diferencia la encontraremos en el llamamiento que Cristo hace a sus discípulos, que Juan sitúa antes del encarcelamiento del Bautista, mientras que los sinópticos lo hacen inmediatamente después.

El episodio del bautismo de Jesús, otro ejemplo más, es omitido por Juan. Sí hace aparecer la paloma como materialización del Espíritu Santo, pero soslaya el hecho del bautismo en sí (Jn. 1, 29-34: 9 Al día siguiente ve a Jesús venir hacia él y dice: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.30 Este es por quien yo dije: Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo. 31 Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel.» 32 Y Juan dio testimonio diciendo: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él. 33 Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: "Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo." 34 Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios.»). Probablemente la razón de esta omisión hacia un hecho tan sustancial como el bautismo de Cristo debamos buscarlo en los problemas que tal circunstancia acarreaba a la incipiente Iglesia (contradicción entre el bautismo para el perdón de los pecados impartido por el Bautista y la ausencia de pecado, por definición, en el Hijo de Dios).

Podríamos continuar buscando ejemplos de incorcondancias entre los sinópticos y el evangelio de Juan, pero no es ésta la finalidad ni la intencionalidad de mi trabajo.

Sin embargo, estas discordancias no hacen del evangelio de Juan un texto minimizable con respecto a los sinópticos, sino todo lo contrario. En realidad, en mi opinión personal, su contenido es el más bello y catequizante de los cuatro.

El pasaje que vamos a examinar a continuación, originalmente, está mucho más atrás de donde yo lo he situado.

La única razón para trasponerlo hay que buscarla en la mención del versículo 24 "Porque Juan no había sido aún encarcelado".

Para este trabajo he escogido como base el evangelio atribuido a Mateo por dos razones fundamentales: a) es el más extenso de los cuatro y, b) tradicionalmente es el considerado como el más "eclesial" por haber sido escrito en clave apologética para los propios cristianos del interior de Israel.

Desde este punto, y puesto que tanto Mateo, como Marcos y Lucas (Mt. 4, 12: Cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea; Mc. 1, 14: Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios y Lc. 3, 20: añadió a todas ellas la de encerrar a Juan en la cárcel) sitúan el encarcelamiento del Bautista apriorísticamente con respecto al comienzo de la predicación de Jesús, este pasaje no podía colocarlo en otra ubicación posterior a dicho encarcelamiento.

En todo caso, este pasaje constituye lo que viene en llamarse "el tercer testimonio del Bautista" y tiene vida propia y sentido aun desgajado de su contexto original.

Entrando de lleno en el texto sacaremos una primera conclusión evidente, que además es una constante del evangelio de Juan: En la época en que nos movemos existe proliferación de figuras mesiánicas, dos de las cuales se nos presentan en el texto (El Bautista y Jesús de Nazaret).

Los judíos que contemplan esta avalancha mesiánica intentan enfrentar ambas figuras con la intención de posicionarse personalmente ante alguno de ellos.

Juan evangelista va a dedicar una buena parte de su evangelio a demostrar la primacía de Jesús sobre el Bautista, utilizando una herramienta estilística propia de su redacción: el testimonio.

Probablemente, en el momento de ser escrito el texto, es posible que nos encontrásemos ante una discusión teológica entre los seguidores del Bautista y los seguidores de Jesús (a través de Juan), que el  apóstol intenta sustanciar mediante los testimonios atribuidos al propio Bautista, aportando una fuerte carga catequética en el intento.

Al comienzo de este pasaje nos encontramos con una paradoja fruto de este enfrentamiento: ambos maestros utilizan el mismo símbolo como rito iniciático para sus prosélitos (bautizan con agua).

Hay una frase, a priori intrascendente, que nos posiciona respecto del acontecer de Jesús antes de principiar su ministerio: "...el que estaba contigo al otro lado del Jordán".

Si nos retrotraemos a Mt. 3, 4-6: 4 Tenía Juan su vestido hecho de pelos de camello, con un cinturón de cuero a sus lomos, y su comida eran langostas y miel silvestre. 5 Acudía entonces a él Jerusalén, toda Judea y toda la región del Jordán, 6 y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados; Mc. 1, 5: Acudía a él gente de toda la región de Judea y todos los de Jerusalén, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados; Lc. 3, 3: Y se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados y Jn. 1, 28: Esto ocurrió en Betania, al otro lado del Jordán, donde estaba Juan bautizando; veremos que el Bautista llevaba un tiempo realizando su predicación en el lugar señalado, y que dentro de su simbología, el bautismo ocupaba un lugar preferente.

Si a esto añadimos los contenidos de Mt. 3, 13: Entonces aparece Jesús, que viene de Galilea al Jordán donde Juan, para ser bautizado por él; Mc. 1, 9: Y sucedió que por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán y Jn. 1, 29: Al día siguiente ve a Jesús venir hacia él y dice: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo; parece desprenderse la certeza, apuntada en otra parte de este trabajo, de que Jesús pasó algún tiempo "preparándose" al lado de su primo segundo antes de iniciar su propio camino.

Especulemos un poco con esta situación.

Jesús tiene conciencia de la situación de desamparo de la humanidad (dentro de lo que este término podía significar para un judío del interior de Israel) y siente que Él está llamado a realizar algún tipo de aportación para alterar esta situación, pero, socialmente, es un pobre carpintero de Galilea sin preparación suficiente para acometer el ingente trabajo que dicha llamada precisa.

¿Cómo adquirir formación y asentamiento suficiente?, incorporándose a los seguidores de alguien que, como su primo, sí que disponía de esa formación por haber sido dedicado por su padre, Zacarías, al nazareo, así como por la experiencia adquirida en los años de su actividad pública y su posible estancia entre la comunidad esenia.

En un determinado momento, Jesús percibe que el mensaje de su primo no es suficiente y requiere una mayor radicalidad y enfrentamiento, no sólo con el poder político, sino también con el religioso. El mensaje del Bautista no acaba de llenarle y "rompe" con su primo para pasar a una predicación más radical fundamentada en el amor al hombre y la confianza absoluta en el Padre.

Posiblemente existieron, entre ambos, serias discusiones metodológicas y doctrinales; y, probablemente, en estos enfrentamientos, algunos de los seguidores del Bautista se "pasaron" al "bando" de Jesús (Jn. 1, 37: Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús)

No es una situación recogida en los textos, pero no es descabellado deducirla de los acontecimientos, añadiendo una significación trascendente.

A pesar de ser el Hijo de Dios, la encarnación sitúa a Jesús de Nazaret a nivel humano en cuanto a aptitudes y capacidades. Se hace mucho más humano y cercano a nosotros cuando se despoja de su rango divino y desciende a nuestro nivel para adquirir los conocimientos y preparación necesarios para su ministerio.

Estamos hablando de las herramientas e instrumentos propios del intelecto, porque los atribuibles al Espíritu, obviamente, ya moraban en Él desde antes de su concepción carnal.

Cristo acepta, con humildad, su discipulado del Bautista para, desde esa situación, conociendo a pie de calle la realidad con la que se va a enfrentar, emprender el camino de la salvación: nuevamente la naturalidad y ausencia de estridencias en el Dios hecho historia desde la propia historia.

La paradoja a que me refería antes la observamos al presentarnos a Jesús bautizando, al igual que Juan, cuando en el siguiente intento de enfrentarlos por parte de los fariseos, recogido en Jn. 4, 1-2: 1 Cuando Jesús se enteró de que había llegado a oídos de los fariseos que él hacía más discípulos y bautizaba más que Juan - 2 aunque no era Jesús mismo el que bautizaba, sino sus discípulos; se nos dice lo contrario.

De hecho, nunca más se hará mención a este rito (los sinópticos no lo recogen nunca) salvo al final de la presencia de Jesús en la tierra, una vez gloriosamente resucitado en Mt. 28, 19: Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y Mc. 16, 6: El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará, pero aquí estaríamos hablando de otro tipo de bautismo, otorgado por Cristo, en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que trataremos en su momento.

¿Por qué esta contradicción entre Jn. 3, 22 y Jn. 4, 2?. La ausencia posterior de este ritual en toda la predicación de Cristo nos hace suponer que Él, posiblemente, inició su ministerio con el mismo ritual que su primo, pero, en algún momento, optó por abandonarlo como una muestra más de radicalidad y diferenciación para con el ministerio del Bautista, centrando más su mensaje en el hecho sustancial: la instauración del reino de Dios en la tierra, por mor del amor del Padre.

Al utilizar el evangelio de Mateo como base, se pierde la perspectiva del resto de los textos, si éstos no confluyen con el de Mateo.

Este es uno de esos momentos, puesto que el pasaje nos sitúa a Jesús en un lugar geográfico (Judea) no coincidente con las ubicaciones de los sinópticos, dentro de los cuales, se sitúa el núcleo ministerial de Cristo en la periferia (Galilea) y, muy a última hora, en Jerusalén.

Sin embargo, Juan lo sitúa al comienzo de su evangelio, estamos en el capítulo 3, ya en Judea, con un grupo de seguidores y realizando una predicación activa y proselitista, cosa que los sinópticos no relatan hasta después del encarcelamiento del Bautista.

Este pasaje nos presenta también una suerte de competencia entre ambos primos y un intento de enfrentar al Bautista con el que había sido su discípulo. Sin embargo, Juan responde, una vez más, con una sabiduría profética propia de quien posee la gracia del Espíritu.

En cualquier caso, la veracidad de las declaraciones del Bautista tienen todos los visos de exactitud, puesto que cumplen con los criterios utilizados comúnmente para el examen de los textos evangélicos (discontinuidad, historicidad, etc.).

Entrando definitivamente en el testimonio de Juan. Obviamente desde mi perspectiva de creyente seguidor de Cristo, sus declaraciones no tienen el mismo peso que las emanadas del propio Jesús, pero, qué duda cabe que aportan una profunda catequesis y doctrina conductual.

La primera aseveración es básica  para cualquier creyente.

"No puede el hombre recibir nada si no le fuere dado del cielo".

La frase, en sí, dentro del contexto literario del pasaje es una respuesta "cortante" a la provocación que le acercan sus discípulos, pero contiene una de las más fundamentales verdades de nuestra fe.

¿Qué somos, cual es nuestro afán, cual será nuestro devenir, qué poseemos y en concepto de qué...?.

¿Qué derechos tenemos sobre lo que se nos entrega, cómo debemos usar nuestras capacidades, quien es el titular de todo, es propiedad privada nuestra vida...?.

Vayamos al Génesis 1: 1En el principio creó Dios los cielos y la tierra.

2  La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas.

3  Dijo Dios: «Haya luz», y hubo luz.

4  Vio Dios que la luz estaba bien, y apartó Dios la luz de la oscuridad;

5  y llamó Dios a la luz «día»,  y a la oscuridad la llamó «noche». Y atardeció y amaneció: día primero.

6  Dijo Dios: «Haya un firmamento por en medio de las aguas, que las aparte unas de otras.»

7  E hizo Dios el firmamento; y apartó las aguas de por debajo del firmamento, de las aguas de por encima del firmamento. Y así fue.

8  Y llamó Dios al firmamento «cielos». Y atardeció y amaneció: día segundo.

9  Dijo Dios: «Acumúlense las aguas de por debajo del firmamento en un solo conjunto, y déjese ver lo seco»; y así fue.

10  Y llamó Dios a lo seco «tierra», y al conjunto de las aguas lo llamó «mares»; y vio Dios que estaba bien.

11  Dijo Dios: «Produzca la tierra vegetación: hierbas que den semillas y árboles frutales que den fruto, de su especie, con su semilla dentro, sobre la tierra.» Y así fue.

12  La tierra produjo vegetación: hierbas que dan semilla, por sus especies, y árboles que dan fruto con la semilla  dentro, por sus especies; y vio Dios que estaban bien.

13  Y atardeció y amaneció: día tercero.

14  Dijo Dios: «Haya luceros en el firmamento celeste, para apartar el día de la noche, y valgan de señales para solemnidades, días y años;

15  y valgan de luceros en el firmamento celeste para alumbrar sobre la tierra.» Y así fue.

16  Hizo Dios los dos luceros mayores; el lucero grande para el dominio del día, y el lucero pequeño para el dominio de la noche,  y las estrellas;

17  y púsolos Dios en el firmamento celeste para alumbrar sobre la tierra,

18  y para dominar en el día y en la noche, y para apartar la luz de la oscuridad; y vio Dios que estaba bien.

19  Y atardeció y amaneció: día cuarto.

20  Dijo Dios: «Bullan las aguas de animales vivientes, y aves revoloteen sobre la tierra contra el firmamento celeste.»

21  Y creó Dios los grandes monstruos marinos y todo animal viviente, los que serpean, de los que bullen las aguas por sus especies, y todas las aves aladas por sus especies; y vio Dios que estaba bien;

22  y bendíjolos Dios diciendo: «sed fecundos y multiplicaos, y henchid las aguas en los mares, y las aves crezcan en la tierra.»

23  Y atardeció y amaneció: día quinto.

24  Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes de cada especie: bestias, sierpes y alimañas terrestres de cada especie.» Y así fue.

25  Hizo Dios las alimañas terrestres de cada especie, y las bestias de cada especie, y toda sierpe del suelo de cada especie: y vio Dios que estaba bien.

26  Y dijo Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en  las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra.

27  Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya,          a imagen de Dios le creó,          macho y hembra los creó.

28  Y bendíjolos Dios, y díjoles Dios: «Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra.»

29  Dijo Dios: «Ved que os he dado toda hierba de semilla que existe sobre la haz de toda la tierra, así como todo  árbol que lleva fruto de semilla; para vosotros será de alimento.

30  Y a todo animal terrestre, y a toda ave de los cielos y a toda sierpe de sobre la tierra, animada de vida, toda la hierba verde les doy de alimento.» Y así fue.

31  Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien. Y atardecío y amaneció: día sexto.

¿Quien aparece como Creador, Dios o el hombre?, ¿no fue todo hecho "por la Palabra"?.

Nuestra soberbia nos hace perder de vista esta primera verdad de nuestra fe. Lo que tenemos, lo que somos, lo que seremos, nuestra vida, nuestras capacidades, el medio en que vivimos, la tierra, los animales, todo es propiedad de Dios y nos es entregado, en fideicomiso, gracias al amor y bondad del Creador  (y vio Dios que estaba bien = era bueno). ¿Qué objeto tiene, pues, el orgullo sobre la propia inteligencia, la sabiduría, el poder, la riqueza o cualquier otro bien?, ¿qué nos dice el propio Jesús en Mt. 6, 27: "Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida?"?.

¿Acaso podemos incrementar nuestra inteligencia por voluntad propia?, podremos adquirir conocimientos o maestría, pero jamás podremos modificar el límite de nuestra cogniscibilidad.

¿Es posible, por nuestra intervención, adquirir el carisma emanado de Pentecostés?.

En definitiva, podremos prolongar nuestra vida por medio de instrumentos y manipulaciones químicas o físicas, pero ¿podemos vencer a la muerte si no es a través del impulso que da la fe, el amor de Dios y la confianza en la promesa de la resurrección, teniendo en cuenta que la fe es una dádiva gratuita del Espíritu?.

El regodeo en los bienes terrenales, ya sean intelectuales o materiales, sólo puede ser comprendido desde el alejamiento de Dios, como sucedió a Adán y Eva y a los constructores de la torre de Babel.

Cuidado, recordemos, una vez más la humildad del Bautista al verse superado por la grandiosidad de Jesús (su discípulo): "no puede el hombre recibir nada, si no le fuese dado del cielo", pero no confundamos los términos e, interesadamente, traspasemos esta aseveración al mundo del mal, porque éste es consustancial con el hombre y sus limitaciones, pero ajeno al Dios del amor. En el episodio de la creación no aparece la creación del mal. Éste entra en el mundo tras el alejamiento del hombre de Dios por la transgresión de sus normas, no antes.

El versículo 29 está imbuido de una gran belleza trascendente. La simbología utilizada por el Bautista en su testimonio es sutil y definitiva.

La esposa es la Gracia de Dios y el esposo es Jesús. Cristo posee la gracia en grado superlativo (es uno de sus atributos originales) porque es el Hijo de Dios, por lo tanto, sus amigos, los que le aman y reconocen como tal se alegran de su propia existencia.

El mayor gozo que podemos alcanzar es sentir a nuestro lado al poseedor (el esposo = Cristo) de la gracia del Padre (la esposa), porque contando con su amistad podremos afrontar con alegría el horizonte de nuestra vida, pero para ello es necesario que nosotros mengüemos y que Él se alce en nuestra vida como guía y camino de paz y amor.

El reconocimiento del Bautista en los versículos 31 a 36 es una reiteración del primer testimonio transcrito en el capítulo 1 del evangelio de Juan.

Si reconocemos a Cristo como Hijo de Dios encarnado, por voluntad divina, en la persona humana de Jesús de Nazaret, estamos afirmando su origen elevado y situándolo por encima de cualquier futilidad terrenal.

Como tal, como procedente del cielo, y puesto que está adornado con la gracia divina en su mayor grado, sus palabras sólo pueden tener el mismo origen y procedencia, puesto que la Palabra es asimilable a la persona que la emite.

El resto, todos los demás, exclusivamente cosas terrenales podemos tratar  hasta nuestra incorporación a la compañía de Dios tras la resurrección, tal y como el Bautista nos indica en el último versículo de este pasaje.

 

Lc. 3, 18-20

18 Con estas y otras muchas exhortaciones anunciaba las buenas nuevas al pueblo. 19 Entonces Herodes el tetrarca, siendo reprendido por Juan a causa de Herodías, mujer de Felipe su hermano, y de todas las maldades que Herodes había hecho, 20 sobre todas ellas, añadió además esta: encerró a Juan en la cárcel.

 

 

 

 

Los tres versículos del capítulo 3 del evangelio de Lucas (18 a 20) los he colocado en este lugar por una razón exclusivamente cronológica.

Mateo y Marcos, en sus textos, nos indican que el Bautista había sido encarcelado (en pasado), por lo tanto, la acción de su encarcelamiento, que se recoge en estos tres versículos, así como el motivo para el decreto de prisión (Lucas es el único que la señala), debería estar situado antes que el hecho de conocer la situación jurídica del Bautista por parte de Jesús.

Estos versículos, en sí, no entrañarían más trascendencia que la de darnos a conocer un acontecimiento histórico, si no fuera porque Lucas la sitúa, en su evangelio, de una forma peculiar e incomprensible para nuestra mentalidad historicista: la narración del encarcelamiento del Bautista está colocada, por el evangelista, inmediatamente antes del bautismo de Cristo.

Ante esta incongruencia aparente, tenemos dos opciones para su interpretación histórica.

a).- Jesús de Nazareth no fue bautizado por Juan el Bautista, sino por alguno de sus discípulos.

b).- El evangelista anticipa un hecho que ha de acontecer (la prisión del Bautista), antes de que suceda, como una suerte de recriminación directa hacia el comportamiento de Herodes Antipas (relación incestuosa con su cuñada [Herodías]).

Lucas escribe su evangelio, cronológicamente hablando, en tercer lugar, tras los escritos por Marcos y Mateo (o Mateo y Marcos, si tenemos en cuenta la versión aramea de Mateo). Lo hace tras intensas investigaciones personales y aprovechando los testimonios de quienes fueron testigos oculares de los hechos. Su escritura, además, está redactada en griego y para judíos helenizados y, según sus palabras, "por orden = ordenadamente" (Lc. 1, 1-4).

El último de los textos escritos, el evangelio de Juan, ni siquiera recoge el hecho del bautismo de Jesús.

Aunque ya hemos comentado anteriormente el bautismo de Cristo, en sus pasajes correspondientes, no está de mas que volvamos a incidir en este asunto, a la luz de los versículos citados.

Desde esta perspectiva, el relato del bautismo de Jesús se nos presenta, por los evangelistas, de una forma evolucionada, probablemente a causa del trastorno ideológico y de principio que tal circunstancia introduce en la incipiente formación de la comunidad cristiana primeriza.

1).- Marcos afirma que Juan bautiza a Jesús (según la tradición es el primer texto en escribirse).

2).- Mateo relata la oposición del Bautista a bautizarle, al tiempo que no afirma que fuese él quien físicamente le sumergiera en las aguas del Jordán. Su relato simplemente indica que, tras la explicación de Jesús, el Bautista le dejó bautizarse (es el segundo texto en aparecer a la luz pública). Ya vemos un paso eliminatorio con respecto al evangelio de Marcos.

3).- Lucas tampoco menciona que fuese el Bautista el ejecutor del bautismo de Jesús, simplemente afirma que "fue bautizado". Si vemos los versículos que citamos más arriba, el Bautista, en ese momento, ya estaría encarcelado (tercer evangelio en aparecer con un paso más sobre los dos anteriores: ni siquiera aparece el Bautista en el texto).

4).- Juan ni siquiera menciona el hecho del bautismo de Jesús (cuarto texto en aparecer y con un cambio sustancial respecto de los tres anteriores).

Si nos guiamos por las afirmaciones del propio Lucas (escribírtelos por orden), así como por el estilo del evangelista y la necesidad de que, por su auditorio, sus textos fuesen claros y ordenados, hemos de llegar a la conclusión de que la opción más creíble, para el bautismo de Jesús, sería la primera de las apuntadas anteriormente: Jesús no fue bautizado por Juan.

Esto entraría, sin embargo, en contradicción con los textos de Marcos y parcialmente con el de Mateo, pero también con los textos de Juan (si bien no por el relato del bautismo de Jesús, que él no recoge) a consecuencia del llamamiento a los primeros discípulos, ya que los sinópticos colocan esta llamada con el Bautista encarcelado, mientras que Juan nos relata un llamamiento a partir del propio Bautista (Jn. 1, 35-51).

Podría seguir especulando con este asunto, pero prefiero llegar a una conclusión contextual, ya reiterada en otros apartados de este trabajo: la narración de cualquiera de los textos no es ajustada cronológicamente a los hechos históricos que recogen, sino que estamos ante una redacción de carácter teológico y docente, desde el prisma de la experiencia de fe de cada evangelista (o escuela de pensamiento), muy matizada, además por el talante y composición del auditorio hacia quien, en principio, dirige su catequesis.

Por lo demás, estos tres versículos nos muestran lo molesta que puede resultar, para el poder establecido (en este caso político), una voz crítica hacia su proceder, cuando, además, está arropada por una cierta audiencia como, al parecer, ya tenía acreditada el Bautista.

Vienen a contarnos, estos versículos, que el Bautista no era un "charlatán" de caminos, sino alguien lo suficientemente peligroso y preocupante, por su influencia en las masas, como para que un dirigente político de la categoría del Tetrarca de Galilea se preocupase por sus palabras incriminatorias hasta el punto de ordenar, primero su prisión y después su ejecución.

Según las crónicas, el mandato de Herodes es un período controvertido en su época. Por parte del invasor romano no ocultaban su "molestia" ante el proceder abusivo y corrupto de Herodes, mientras que la clase dirigente judía (especialmente el partido fariseo) sentía una aversión absoluta y frontal hacia él por considerarle un colaboracionista con los romanos, al tiempo que despreciaban sus costumbres gentilicias y su origen idumeo.

 

 

Mt. 4, 12-25

12 Cuando Jesús oyó que Juan estaba preso, volvió a Galilea; 13 y dejando a Nazareth, vino y habitó en Capernaum, ciudad marítima, en la región de Zabulón y de Neftalí, 14 para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo:

15 Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí,

Camino del mar, al otro lado del Jordán,

Galilea de los gentiles;

16 El pueblo asentado en tinieblas vio gran luz;

Y a los asentados en región de sombra de muerte,

Luz les resplandeció.

17 Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado. 18 Andando Jesús junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores. 19 Y les dijo: Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres. 20 Ellos entonces, dejando al instante las redes, le siguieron. 21 Pasando de allí, vio a otros dos hermanos, Jacobo hijo de Zebedeo, y Juan su hermano, en la barca con Zebedeo su padre, que remendaban sus redes; y los llamó. 22 Y ellos, dejando al instante la barca y a su padre, le siguieron.

23 Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. 24 Y se difundió su fama por toda Siria; y le trajeron todos los que tenían dolencias, los afligidos por diversas enfermedades y tormentos, los endemoniados, lunáticos y paralíticos; y los sanó. 25 Y le siguió mucha gente de Galilea, de Decápolis, de Jerusalén, de Judea y del otro lado del Jordán

 

Mc. 1.14-20

14 Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, 15 diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio.

16 Andando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores. 17 Y les dijo Jesús: Venid en pos de mí, y haré que seáis pescadores de hombres. 18 Y dejando luego sus redes, le siguieron. 19 Pasando de allí un poco más adelante, vio a Jacobo hijo de Zebedeo, y a Juan su hermano, también ellos en la barca, que remendaban las redes. 20 Y luego los llamó; y dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, le siguieron.

 

Lc. 4.14-15

14 Y Jesús volvió en el poder del Espíritu a Galilea, y se difundió su fama por toda la tierra de alrededor. 15 Y enseñaba en las sinagogas de ellos, y era glorificado por todos.

 

Lc. 5.1-11

1 Aconteció que estando Jesús junto al lago de Genesaret, el gentío se agolpaba sobre él para oír la palabra de Dios. 2 Y vio dos barcas que estaban cerca de la orilla del lago; y los pescadores, habiendo descendido de ellas, lavaban sus redes. 3 Y entrando en una de aquellas barcas, la cual era de Simón, le rogó que la apartase de tierra un poco; y sentándose, enseñaba desde la barca a la multitud. 4 Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar. 5 Respondiendo Simón, le dijo: Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red. 6 Y habiéndolo hecho, encerraron gran cantidad de peces, y su red se rompía. 7 Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que viniesen a ayudarles; y vinieron, y llenaron ambas barcas, de tal manera que se hundían. 8 Viendo esto Simón Pedro, cayó de rodillas ante Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador. 9 Porque por la pesca que habían hecho, el temor se había apoderado de él, y de todos los que estaban con él, 10 y asimismo de Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Pero Jesús dijo a Simón: No temas; desde ahora serás pescador de hombres. 11 Y cuando trajeron a tierra las barcas, dejándolo todo, le siguieron.

 

Jn. 1, 35-51

35 El siguiente día otra vez estaba Juan, y dos de sus discípulos. 36 Y mirando a Jesús que andaba por allí, dijo: He aquí el Cordero de Dios. 37 Le oyeron hablar los dos discípulos, y siguieron a Jesús. 38 Y volviéndose Jesús, y viendo que le seguían, les dijo: ¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: Rabí (que traducido es, Maestro), ¿dónde moras? 39 Les dijo: Venid y ved. Fueron, y vieron donde moraba, y se quedaron con él aquel día; porque era como la hora décima. 40 Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan, y habían seguido a Jesús. 41 Este halló primero a su hermano Simón, y le dijo: Hemos hallado al Mesías (que traducido es, el Cristo). 42 Y le trajo a Jesús. Y mirándole Jesús, dijo: Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Pedro).

43 El siguiente día quiso Jesús ir a Galilea, y halló a Felipe, y le dijo: Sígueme. 44 Y Felipe era de Betsaida, la ciudad de Andrés y Pedro. 45 Felipe halló a Natanael, y le dijo: Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas: a Jesús, el hijo de José, de Nazareth. 46 Natanael le dijo: ¿De Nazareth puede salir algo de bueno? Le dijo Felipe: Ven y ve. 47 Cuando Jesús vio a Natanael que se le acercaba, dijo de él: He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño. 48 Le dijo Natanael: ¿De dónde me conoces? Respondió Jesús y le dijo: Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi. 49 Respondió Natanael y le dijo: Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel. 50 Respondió Jesús y le dijo: ¿Porque te dije: Te vi debajo de la higuera, crees? Cosas mayores que estas verás. 51 Y le dijo: De cierto, de cierto os digo: De aquí adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre.

 

Comienza el ministerio de Cristo, pero examinemos con un poco de atención estos pasajes, porque de la contemplación conjunta de los mismos podremos extraer algunas conclusiones válidas para nuestra propia situación ante la Buena Nueva.

El llamamiento a los primeros discípulos es un acontecimiento capital dentro del Evangelio de Jesucristo. Su importancia es doble. Por un lado viene a decirnos que el mensaje del que Jesús era portador sobrepasaba sus posibilidades mediáticas personales y, por tanto, precisaba de un "equipo" de ayuda que le sirviese tanto de altavoz y prolongación en el tiempo, como de infraestructura logística para la misión comenzada.

Por otra parte, está la personalidad y ubicación social de los escogidos. Cristo no elige a personajes elevados, cultos o de posición preeminente. Elige sus primeros acólitos de entre las clases más bajas de su entorno.

Son hombres sencillos y sumamente simples, con una cultura elemental y sin formación doctrinal sólida.

Pero lo que más relevancia tiene en este episodio es la forma de su incorporación al grupo de Jesús (especialmente el los relatos de los sinópticos, aunque también en el de Juan cuando se refiere al llamamiento a Felipe).

Estos primeros discípulos (aún no son apóstoles), son escogidos por el propio Jesús de forma personal y con autoridad. No son ellos (si "puenteamos" ligeramente el relato de Juan) los que eligen seguir a Jesús. Es el propio Cristo quien pide (con verbos en imperativo) que le sigan.

Dios entra en la historia de cada uno, pero lo hace de forma real, desde el interior de nuestra propia historia.

Pasa a nuestro lado, o se acerca a nosotros, entra en nuestro lugar de trabajo y, sobre todo, nos llama.

Nos llama por nuestro nombre, no hace una llamada amorfa, indeterminada o colectiva. Se dirige a nosotros tocando nuestra puerta y citando nuestro nombre.

Que le oigamos o no. Que escuchemos y atendamos su llamada, es algo que compete exclusivamente a la libertad de cada cual, pero llamarnos nos llama.

Entremos en los textos definitivamente.

Un mismo hecho y cuatro versiones diferentes, de los que podemos deducir la confluencia de las 5 fuentes originarias del Evangelio.

Ante esta disparidad de contenidos y estilos, resulta más sencillo y breve resaltar las pocas semejanzas entre ellos y acometer después su análisis, texto por texto, de forma individual.

Las coincidencias básicas son pocas, pero significativas:

- Los cuatro evangelistas relatan la llamada de Jesús a sus primeros discípulos coincidiendo en que tal llamada responde a una iniciativa de Jesús.

- Mateo, Marcos y Lucas coinciden en la ubicación del hecho en el lago de Genesaret (mar de Galilea). Juan cita la ciudad de Betsaida, relativamente próxima, pero no exactamente costera.

- Simón es el único que aparece en los cuatro textos, mientras que Andrés aparece en Mateo, Marcos y Juan y, a su vez, Juan y Jacobo (Santiago) lo hacen en Mateo, Marcos y Lucas (podríamos llegar a suponer que Juan, sin nombrarle, es uno de los dos discípulos del Bautista que siguen a Jesús, por lo que también aparecería en el texto del evangelista).

- Mateo, Marcos y Lucas coinciden en el oficio de los llamados: pescadores. Así como en el futuro que Cristo les promete: seréis pescadores de hombres.

Hasta aquí las coincidencias, entremos en los pasajes, uno por uno, por el mismo orden en que están colocados.

Mateo

Aun siendo continuación al pasaje en el que se nos relatan las tentaciones de Cristo, no parece que, cronológicamente, tenga mucho que ver con aquel, puesto que lo primero que se nos menciona es que Jesús oye que el Bautista está preso y, como consecuencia, vuelve a Galilea.

No olvidemos que el episodio de las tentaciones se produce en el desierto, donde difícilmente podría haberse enterado de la prisión del Bautista. Entre ambos pasajes debió existir un "ínterin" que el evangelista no menciona.

Apoyo esta opinión en la propia mención de Mateo "dejando Nazareth...", luego debió existir un paso intermedio entre el desierto y Cafarnaún que contuviese una estancia, mas o menos breve, en Nazareth. No es difícil suponer también que, tras su retiro espiritual al desierto, una vez posicionado ante la misión encomendada y tomada conciencia de ella, Jesús quisiera volver a su casa, en su pueblo, para informar de ello a su familia y, al mismo tiempo, despedirse de ellos.

La elección de Cafarnaún como "base logística" no es arbitraria ni caprichosa. Estamos ante una ciudad costera, próspera económicamente y situada en el paso de caminos desde Siria a Jerusalén, por la ruta del interior de Palestina.

Lo que no me resulta coherente con el relato de Mateo es que Jesús, siendo familia del Bautista, incluso, probablemente, habiendo pertenecido a su discipulado, tras la prisión de éste por orden de Herodes, al volver de su retiro quiera, precisamente, "viajar" por Galilea, cuando lo más prudente hubiese sido alejarse de esta zona y ubicar su residencia, por ejemplo en Judea, donde los tentáculos de Herodes no tendrían, aparentemente, tanta facilidad para alcanzarle.

Sin embargo, como veremos a lo largo del Evangelio, Herodes nunca mostró un interés especial por prender a Jesús, sino más bien al contrario, muestra cierta curiosidad por conocerle e incluso admiración por Él.

En todo caso, la residencia elegida por Jesús es aprovechada por el evangelista para dar una muestra más de su apología del Mesías en la persona de Jesús de Nazareth, metiendo en este pasaje un pequeño pasaje de Isaías (Is. 9, 1-2: 1 Mas no habrá siempre oscuridad para la que está ahora en angustia, tal como la aflicción que le vino en el tiempo que livianamente tocaron la primera vez a la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí; pues al fin llenará de gloria el camino del mar, de aquel lado del Jordán, en Galilea de los gentiles. 2 El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos).

Por lo que nos cuenta Mateo, a partir de este momento comienza la predicación (ministerio público) de Jesús de Nazareth, y ello es corroborado también por Marcos y Lucas (Criterio de testimonio múltiple).

El versículo 17 de este capítulo contiene una frase que es fundamental para nuestra fe: "arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado".

El resto de los evangelistas suelen referirse al "Reino de Dios". La expresión "reino de los cielos" es propia de Mateo y, si bien es una expresión equiparable a la del resto de los evangelistas, tiene sus matizaciones.

Supone la elevación a categoría teológica de un espacio, mas que de un SER. No en contraposición, sino en complementariedad con el Reino de Dios. Tomemos, sin embargo, la expresión de Mateo como equivalente a la del resto de los evangelistas para no confundir más el asunto.

Este pronunciamiento de Cristo es fundamental, porque es la expresión culminante de la redención, puesto que ésta de produce, no ya en un plano exclusivamente escatológico, como venía siendo determinado por el A.T. (especialmente por los libros proféticos), sino en el plano histórico real, próximo y cotidiano.

El reino de los cielos, el acercamiento de Dios al hombre, la extensión de su SER de justicia, amor y paz, es posible en la tierra, gracias a la llegada de Cristo. Obviamente, la plenitud del reino continúa siendo escatológica, como resultado de las limitaciones humanas, pero este reino ya está, ya es posible, entre nosotros por la intervención directa de Dios en la historia humana desde la propia historia (encarnación).

Como ya hemos apuntado más arriba, la acción de Jesús no es indeterminada en el espacio, sino que está perfectamente ubicada en la geografía palestina. Jesús, una vez decidido su cambio de residencia, camina, pasea por el lago (mar de Galilea) y observa lo que sucede a su alrededor. En esta actitud observa el trabajo y quehacer cotidiano de un grupo de gentes (Simón y Andrés) y, por analogía, les llama a seguirle para ser pescadores de hombres, junto con otra pareja de hermanos (Jacob [Santiago] y Juan).

Este es el núcleo central del pasaje: la llamada.

Esta llamada tiene una estructura concreta que es común a los sinópticos, incluso, salvando las distancias, al relato de Juan.

- Jesús está realizando una actividad: predicando mientras camina = la predicación es una actividad viva que implica movimiento, no-quietud ni estanqueidad.

- Jesús no es ajeno a lo que le rodea: no es un personaje abstraído del entorno; su predicación y actitud ante su mundo es de observación, no de ensimismamiento, abstracción o indiferencia.

- Se dirige al mundo del trabajo: busca sus seguidores, no entre los ociosos o contemplativos, ni siquiera lo intenta entre las clases elevadas; lo hace en el estrato más bajo: los pescadores.

- Emite su llamada con autoridad: no hay ruegos ni súplicas; no trata de comprar seguidores. Llama y deja en libertad al llamado para que su reclamo sea escuchado o ignorado.

- Utiliza un símbolo como prueba de su verdad: yo os haré pescadores de hombres. Es una analogía de la extensión de las redes del reino para capturar los corazones necesitados de consuelo, amor y paz.

- Los llamados le siguen incondicionalmente: ninguno de los que reciben su llamada, tras algunos titubeos de Pedro en Lc. 5, 8 y los cuestionamientos de Jn. 1, 38; hacen objeciones serias a la llamada y abandonan su "estar" actual para adentrarse en una ruptura con lo anterior y una aventura incierta.

¿Qué podemos extraer de esta lectura de cara a nuestra realidad actual?.

La llamadas siguen produciéndose a cada momento. La actividad de Cristo no concluye con su paso mortal por la tierra (Mt. 28, 20 enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo). La construcción del reino que Él proclama es una labor permanente y constante, para lo cual, Cristo sigue realizando su actividad predicadora. La Buena Nueva no es un conjunto de textos muertos y anclados en la historia, son noticia viva y actual. Hoy, quizá con mayor énfasis que en el pasado, hace falta esa noticia de esperanza que es la aproximación del reino de los cielos, gracias a la compañía de Cristo.

Jesús tampoco es ajeno a lo que sucede en el mundo actual .

La globalización, el neoliberalismo, la invasión de valores materialistas como bien supremo y deseable, han generado una suerte de sociedad secularizada que intenta desligar la vida real del individuo, como elemento de un conjunto social en el que se desarrolla y sufre, de la vida global de la persona tomada ésta como conjunto aunado de materialidad (carne) y espíritu (alma).

Cristo no está solamente en el Sagrario, en la mesa de la proposición, en los despachos episcopales o en el interior de los templos (cualquiera que sea su adscripción). Cristo permanece a nuestro lado, tomando conciencia de lo que vivimos y cómo vivimos, pero en todos y cada uno de los momentos de nuestro acontecer. Lo podemos ver en el rostro del marginado, del emigrante desarraigado, del torturado o masacrado por el poder, del drogodependiente por mor de la insatisfacción materialista. Desde ese mundo sigue llamando, predicando la necesidad de la construcción del reino de la igualdad y la caridad. Tratar de relegarle a los interiores de núcleos aislados de culto es una aberración para con su práxis ministerial y una negación de su enseñanza.

Cristo, a lo largo de su paso terrenal, siempre realizó una apología por los "pequeños", por los subyugados y los sometidos.

Continúa el mismo acontecer. Es difícil encontrar su imagen en el poder y las riquezas, nos llama y predica desde "abajo" (Lc. 5, 31: Les respondió Jesús: «No necesitan médico los que están sanos, sino los que están mal.). Es al mundo del dolor al que Cristo trae su mensaje salvífico y su esperanza de victoria. Al otro, al que oprime y detenta placer, poder y riquezas, Cristo ni lo intenta, ya tiene sus propios dioses y a ellos les rinde culto permanente (Mc. 10, 23: Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el  Reino de Dios!») (Lc. 16, 25: Pero Abraham le dijo: "Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado).

La llamada que nos sigue haciendo, constantemente, es persuasiva y con energía: ven y sígueme. Pero no es suplicante. Cristo no suplica adeptos, Él llama y se ofrece, quien le sigue lo ha de hacer desde el convencimiento y la confianza en su verdad, no en el premio a obtener (a esto se le llama fe). La llamada no es a dar, sino a compartir. A compartir su vida de amor a los hombres, pero desde su propia realidad. Este es el eslabón básico para la construcción del reino, junto con la gratuidad del seguimiento. La prueba irrefutable de su verdad es su victoria sobre el pecado y la muerte.

Nuestras redes, como instrumento de pesca, son nuestro ejemplo de vida. En nuestro espejo se mirarán quienes reciban nuestro mensaje y en función de lo que mostremos, la pesca será abundante o baldía (Mt. 5, 14-16: «Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte.15 Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos  los que están en la casa. 16 Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.).Igual de incondicional que es el acercamiento del reino de los cielos, ha de ser también nuestra aportación a su edificación. Carece de sentido alegar ocupaciones, menesteres o querencias, para amar a los demás. Condicionar el amor y el seguimiento no es mas que un intento de mercantilizar la relación con Dios y los hermanos(Lc. 9, 61- 62: 61 También otro le dijo: «Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa.» 62 Le dijo Jesús: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios.»).

Dios no compra ni vende su amor hacia nosotros, lo otorga sin condicionamientos ni limitaciones, hacer nosotros lo contrario hacia nuestros hermanos resulta, cuando menos, una muestra de ingratitud, falsedad y egoísmo.

Del versículo 23 al 25 se desprende un intento del evangelista de magnificar la figura de Jesús, aunque, en este momento, un tanto precipitada, puesto que estamos al comienzo de su ministerio. Su correspondencia la encontraremos en Lc. 4, 14-15, aunque éste relato mucho más escueto.

Son unos versículos atemporales e indeterminados en su prolongación, sólo destaca,  que  también recoge Lucas, la docencia de Jesús en las sinagogas de Galilea, algo reservado a maestros (Rabí) y, sorprendente en estos primeros momentos de la predicación.

En todo caso, si el hecho fuese histórico, respondería a un "rodaje" de Jesús en su ministerio, o bien es un párrafo de "enlace" para los posteriores pasajes.

Antes de abandonar el texto de Mateo, dos precisiones:

a).- Al referirse a Simón, Mateo le apoda "llamado Pedro".

No comentaré aquí este nombre o "apodo", porque, en su momento lo haré al llegar a Mt. 16, 18  (donde se produce el cambio de nombre y su motivación, siendo Mateo el único que recoge esta "justificación" para el cambio), Mc. 3, 16 y Lc. 6, 14. Por su parte, un poco más abajo veremos el cambio recogido por Juan en Jn. 1, 42 y haremos el comentario oportuno.

b).- Como en varias ocasiones, a lo largo del Evangelio, nos vamos a encontrar a Jacobo como uno de los apóstoles significados, junto con su hermano Juan y Simón (Pedro), no estará de más que señalemos que estamos ante nuestro Santiago. Dicha denominación proviene de la castellanización del nombre hebreo (Iacob) al que se le antepuso el prefijo latino "sant". Sant + Iacob = Santiacob -> Santiago.

Abandonemos el relato de Mateo señalando, por último, que si bien encontramos algunas aportaciones propias del evangelista o de sus fuentes (ver. 13 a 16 y 24-25), también nos encontramos incorporaciones de Q (ver. 23), pero, fundamentalmente, es un texto ampliado del mismo pasaje relatado por Marcos, donde parece haberse basado Mateo para su redacción.

Marcos

No me voy a detener demasiado en el comentario de este texto porque, básicamente, es igual al de Mateo, sólo que mucho más conciso, como corresponde al estilo marcano, tosco y directo. Alejado de alegorías y magnificencias y ocupado, casi en exclusiva, en presentar a Jesús revestido, por principio y sin que el evangelista considere necesario argumentarlo o justificarlo, del carácter de Hijo de Dios y poseedor, por tanto, de toda la autoridad para hablar en los términos en que lo hace.

En este sucinto relato de Marcos, vemos el paso de Jesús por el mar de Galilea y la inmediatez y naturalidad de la llamada a los cuatro primeros discípulos.

No hay diferencias apreciables respecto del relato de Mateo, sino una extrema concisión  en el mismo acontecimiento, dando a entender la contundencia del Hijo de Dios cuando actúa como tal.

Solamente un par de precisiones.

Tanto Marcos como Mateo recogen una frase atribuida a Jesús que podemos encontrar en labios de Juan el Bautista en Mt. 3, 2: «Convertíos (arrepentíos)  porque ha llegado el Reino de los Cielos.».

Si especulamos con la posibilidad de que Jesús hubiese sido, durante algún tiempo, discípulo del Bautista, antes de lanzarse a la predicación "en solitario", esta semejanza guarda una indudable coherencia entre la predicación del Bautista y la de Jesús de Nazareth (el Bautista precursor del anuncio y Cristo la confirmación de la instauración del reino).

La frase "el tiempo se ha cumplido" es exclusiva de Marcos. Ningún otro evangelista la recoge y tiene una gran trascendencia.

Esta misma afirmación, con un sentido similar, aunque diferente, la encontraremos en Ga. 4, 4 (Pero, al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley) y Ef. 1, 10 (para realizarlo en la plenitud de los tiempos:  hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra). Teniendo en cuenta que ambas epístolas paulinas son anteriores, ligeramente, al evangelio de Marcos, no sería descabellado pensar que Marcos tomó esta afirmación del apóstol de los gentiles, aunque ésto tiene sus dificultades, tanto logísticas como ideológicas, habida cuenta de las diferencias entre Pedro (maestro e inspirador de Marcos) y Pablo.

En todas las versiones de la Biblia que he consultado, esta frase va unida por una conjunción copulativa a la siguiente: "el reino de Dios se ha acercado (está próximo)".

Es la culminación de la promesa facilitada por Isaías y Daniel (básicamente), además de otros profetas.

El tiempo no se cumple cuando Jesús nace. Ésto es sólo el preludio. El cumplimiento de la promesa mesiánica se realiza cuando la práxis predicativa comienza a manifestarse.

Estamos ante la manifestación divina (por proceder de la boca de Jesús) de que la revelación ha llegado a su culmen.

Todo el proceso revelativo contenido y amparado en la historia de Israel tiene aquí su colofón: por fin el reino de Dios se acerca e instala en la tierra, por voluntad amorosa de Dios hacia los hombres y por la intermediación de su Hijo = Cristo.

Lucas

Lucas 4, 14-15 son dos versículos colocados aquí por ilación con los versículos 23 a 25 de Mateo 4, que es el evangelio base de este trabajo.

Su ubicación original es bien diferente, puesto que Lucas lo coloca como pasaje de indicativo de la vuelta de Jesús del desierto e inmediatamente después de las tentaciones. En esto es semejante al orden mateano y debemos suponer que ambos textos tienen un origen común, como ya hemos mencionado anteriormente (fuente Q). Sin embargo, Lucas, entre estos versículos y el pasaje de las llamadas, que vamos a examinar a continuación, relata unas vivencias de Jesús en Nazareth y por la región de Galilea en general (incluyendo ciertos milagros) que trataremos en otra parte de este trabajo (Mt. 13, Mc 6, Mt. 8, etc.).

El evangelista nos facilita, a continuación, una visión de la llamada a los primeros discípulos muy diferente de los otros sinópticos, fruto, posiblemente, de sus propias fuentes de investigación.

La llamada no es realizada hacia cuatro discípulos, sino solamente a tres. Falta la llamada a Andrés (hermano de Pedro).

Desconozco si la omisión es intencionada o fruto de un vacío informativo del evangelista, porque las otras tres redacciones evangélicas sí recogen a Andrés como beneficiario de la llamada en este instante, y, además, el propio Lucas le menciona como elegido en Lc. 6, 12-16; aunque éste es el único lugar en que el hermano de Pedro es citado por el evangelista.

Lucas, además, recoge un diálogo y controversia entre Jesús y Pedro que ningún otro evangelista cita y que comentaremos más adelante.

Por último, y esta es una diferencia esencial de Lucas con los sinópticos, al tiempo que similitud con la redacción de Juan, el discípulo de Pablo sitúa este acontecimiento en un estadío de predicación relativamente avanzado. Según Lucas, cuando esto sucede, Jesús había vuelto del retiro directamente a Nazareth, predicado en la sinagoga de su pueblo, expulsado de su tierra con riesgo de ser despeñado (Lc. 4, 16-30) (suceso que Mateo y Marcos sitúan en el punto álgido de la predicación [Mt. 13, 53-58 y Mc. 6, 1-6]), había realizado, el menos, 3 curaciones milagrosas (entre ellas la sanación de la suegra de Pedro, que Mateo coloca tras el descenso del sermón del monte [Mt. 8, 14-17] y Marcos después de las propias llamadas [Mc. 1, 29-31]); así como la expulsión de un espíritu inmundo que Marcos sitúa, igualmente, tras las llamadas (Mc. 1, 21-28).

Habida cuenta de la poca importancia que los evangelistas otorgan a la correlación cronológica de los acontecimientos que relatan, es imposible averiguar cual de las tres organizaciones sinópticas se ajusta a la realidad histórica, teniendo en cuenta la falta constatación histórica de los hechos milagrosos, que corresponden más a experiencias de fe que a realidad demostrables.

Lo que sí parece claro es que tanto Mateo como Lucas utilizan el texto de Marcos para recoger los hechos citados, aunque reorganizándolos en otro contexto cronológico.

No olvidemos que los evangelios se redactan a partir de tradiciones orales, que son puestas por escrito muchos años después de acontecer, por escuelas de pensamiento dispares que reciben estas tradiciones en forma fraccionada y desorganizada.

Si bien en su ubicación original, el milagro sobre la naturaleza que nos presenta esta narración no es el primero de los prodigios realizados por Jesús, sí lo es en el contexto de este intento de refundición y comentario que estamos acometiendo.

El signo que se nos muestra es meridianamente claro. No entro en la consideración de su veracidad histórica, porque ello se aleja de mis posibilidades e intenciones, y, ciertamente, no me preocupa en absoluto. Me importa su significación teológica y transmisión de experiencia de fe, no su constatación real.

Para mí, las redes extendidas por Simón y sus socios antes de la intervención de Cristo, son nuestra palabrería y acciones vacías de contenido que nada recogen del mar de la vida. Esto cambia sustancialmente cuando la misma acción se produce con el apoyo de Cristo. Las redes son las mismas, pero la cosecha es abundante porque contamos con el acompañamiento de Dios. Nada podemos por nosotros mismos sin contar con la ayuda de la gracia de Dios.

El diálogo de Pedro con Jesús tiene dos lecturas complementarias.

Por una parte nos da una imagen de la personalidad del apóstol que será una constante a lo largo de todo el evangelio.

Según Mateo (Mt. 16, 18: Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella), Simón es llamado Pedro por Jesús como analogía de la solidez de la roca (piedra), sobre la que edificará su Iglesia, pero muy bien podría haberle denominado así por su "cerrazón" y "cabezonería".

A lo largo del evangelio vamos a ver múltiples controversias de Pedro con Jesús, así como ausencia de entendimiento hacia cuanto acontece a su alrededor.

Pedro, posiblemente hasta Pentecostés, no terminará por entender, de verdad, qué y quien es su Maestro. Son múltiples las muestras de asombro y pasmación de Pedro (Transfiguración, la cuestión del perdón, la reprensión por el anuncio de su muerte, las negaciones, la negativa a ser lavado por Jesús, el ataque a espada a un siervo del Sumo Sacerdote en Getsemaní, etc.), pero también lo son las muestras que Cristo da de su preferencia por este apóstol "cabezón" y  primitivo, pero limpio de corazón y vehemente (institución como cabeza de la Iglesia, acompañamiento en la Transfiguración, en la oración privada de Getsemaní, el encargo de apacentar el rebaño, etc.).

Estamos ante un hombre de extracción humilde, de cultura elemental, asustadizo e impulsivo que, tras Pentecostés, toma la iniciativa y poco después se diluye tras la figura emergente de Pablo. Pedro es un personaje contradictorio que unas veces se pliega a la mayor personalidad de quien le rodea y otras se erige en portavoz del grupo. Hombre, en suma, controvertido y dual. Pleno de virtudes y defectos, ¡cómo cualquiera de nosotros!.

Personalmente me recuerda, salvando las distancias, a la personalidad del Moisés que nos reflejan los primeros capítulos del Éxodo, pasmándose ante la zarza y racionalmente negativo ante la misión que se le encomienda.

Este diálogo de Pedro con Jesús, me resulta muy análogo a aquél de Moisés con Yahweh, pero también similar al que cualquiera de nosotros podamos tener con Dios. La dialéctica entre la racionalidad (toda la noche hemos estado trabajando y nada hemos pescado) y la fe (mas en tu palabra echaré la red) se pone, una vez más de manifiesto en este diálogo, al tiempo que hace su aparición el miedo ante la constancia del poder y presencia de Dios (apártate de mi, Señor, porque soy hombre pecador).

Es, otra vez, el rechazo de la racionalidad, promovido por la comodidad, a la inmensidad y grandeza de Dios que viene a "complicarnos" la vida con su manifestación, contrapuesto, de nuevo, a la fe que, a pesar de todo, nos "engancha" y adhiere a su seguimiento (dejándolo todo le siguieron).

Es la primera muestra de la dialéctica de la vida entre la racionalidad materialista y la fe espiritual en la Palabra.

Utilizar la racionalidad para el perfeccionamiento de la fe, sin embargo, no solamente es benéfico, como dice San Agustín (has de entender para creer y has de creer para entender), sino absolutamente imprescindible para el auténtico creyente, como enseña el CVI: "la razón, usada rectamente, demuestra los fundamentos de la fe".

Ambos conceptos sólo son opuestos cuando alguno de ellos se utiliza como arma arrojadiza contra el otro, o se sobrepasa, interesadamente, su justa medida. Entrando de lleno en el integrismo, bien cultural, bien religioso, constituyéndose en posicionamientos parciales y excluyentes de todo lo no que se asimile al previo establecido como irrefutable.

Antes de pasar al relato de Juan, fijémonos en una frase de Pedro en este diálogo con Jesús.

- Maestro, toda la noche hemos estado trabajando... Esta pesca milagrosa es idéntica a la que Juan nos relata en Jn. 21, 3-6 (3 Simón Pedro les dice: «Voy a pescar.» Le contestan ellos: «También nosotros vamos contigo.» Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada.4Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. 5 Díceles Jesús: «Muchachos, ¿no tenéis pescado?» Le contestaron: «No.» 6 El les dijo: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.» La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces.), sólo que el apóstol la sitúa tras la resurrección de Cristo, en lugar de al comienzo de la predicación. La diferencia de contextos culturales hacia los que cada evangelista dirige sus escritos es lo único que podría darnos una explicación a tal disparidad de ubicaciones para el mismo hecho milagroso.

Juan

Como en anteriores ocasiones, y sucederá a lo largo de todo el evangelio, el texto de Juan es el más difícil de ubicar, por su anarquía cronológica.

Este pasaje en concreto, le he colocado en esta posición porque corresponde a la primera llamada al discipulado de 4 de los que, posteriormente, serán apóstoles (de la conversación con Natanael no se desprende la llamada, ni que éste siguiera a Jesús).

Es curioso que Juan no recoja, explícitamente, su propia llamada al seguimiento de Cristo. De hecho, el evangelista no recoge su nombre ni una sola vez en todo su testimonio. Siempre que ha de referirse a él mismo, lo hace con apelativos como "el discípulo amado" o expresiones similares, pero jamás cita su propio nombre. Ni siquiera nos da una lista de los apóstoles que Cristo eligió. En ello se contrapone a Mateo que sí recoge su propia llamada en Mt. 9, 9 (9Cuando se iba de allí, al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le  dice: «Sígueme.» El se levantó y le siguió.).

El comienzo de este pasaje nos sitúa, temporalmente, en un momento diferente de las llamadas relatadas en los sinópticos. El Bautista aún no ha sido encarcelado, por lo tanto, estamos ante un anacronismo entre este evangelio y los propios sinópticos, lo cual no resta veracidad a uno sobre los otros o viceversa, simplemente son interpretaciones diferentes y presentaciones distintas del mismo hecho, habida cuenta de la voluntad de los evangelistas de prescindir de la historicidad como herramienta catequética.

Los personajes llamados coinciden en dos nombres (Andrés y Pedro), pero no aparece ni Juan (como hemos dicho antes) ni su hermano Jacobo. Sí es llamado, sin embargo, Felipe, que no aparece en los sinópticos (aunque sí en la relación de apóstoles [Mt, 10, 1-4; Mc. 3, 13-19 y Lc. 6, 12-16]).

También aparece un cuarto discípulo, seguidor del Bautista,  del que no se menciona el nombre y que, por deducción, teniendo en cuenta el estilo del evangelista, se trataría del propio Juan.

También la llamada es totalmente distinta de los sinópticos, así como las circunstancias e iconografía de la misma.

Pero vayamos desmenuzando estos asuntos uno por uno.

Parece ser algo convenido por los expertos (teólogos y exegetas), que el evangelio de Juan (escrito en clave testimonial) es un texto nacido de una escuela de pensamiento (Ioanista) creada alrededor del propio apóstol en la ciudad de Éfeso (donde se encontraba desterrado) hacia finales del siglo I.

También parece convenirse que en dicha ciudad existía un núcleo importante de seguidores del pensamiento del Bautista que sostenía fuertes controversias con los cristianos acerca de la primacía de uno u otro maestro.

Una buena parte del evangelio de Juan parece estar redactado como un testimonio permanente para reafirmar la primacía de Jesús de Nazareth sobre la figura de Juan el Bautista. Uno de estos testimonios nos lo encontramos aquí.

De nuevo el evangelista pone en boca del Bautista la figura analógica del Cordero de Dios para referirse a la persona de Cristo. Ante este testimonio del Bautista, dos de sus discípulos (Andrés y presuntamente Juan evangelista) siguen a Jesús.

Este seguimiento es peculiar, puesto que no obedece a una iniciativa de Cristo, sino a una curiosidad voluntaria de los discípulos del Bautista.

Sin embargo, tras conocer a Jesús, ver su morada y presuntamente charlar con Él aquella tarde-noche (la hora décima citada correspondería a nuestras 16 horas) llega a ellos la evidencia de que se encuentran ante el Mesías. Obviamente, este razonamiento sólo puede llegar a ellos a través de la gracia del Espíritu, no de un convencimiento intelectual o cognitivo. Si bien es cierto que esta aseveración puesta en boca de Andrés por Juan, ha de tomarse con ciertas precauciones porque bien podría tratarse de un instrumento más del evangelista para reafirmar la supremacía de Jesús respecto del Bautista.

El siguiente discípulo es Simón, hermano de Andrés, a quien tampoco llama Jesús, sino que es su hermano quien le introduce en el círculo de Jesús.

El monólogo de Jesús hacia Pedro tampoco nos aclara la llamada de Simón. El texto no menciona la instrucción de seguirle, pero se desprende de los hechos posteriores.

En esta directiva de Jesús a Pedro hay un hecho llamativo que contrasta, nuevamente, con los sinópticos.

En el momento de conocerle, Jesús cambia el nombre a Simón y pasa a denominarle Cefas(Del griego PETROS y arameo KEFA = roca madre. En la lista de los 12 APÓSTOLES que Jesús llamó para que lo siguieran más de cerca (Mt 10, 2-4; Mc 3, 16-19; Lc 6, 14-16; Hch 1, 13), el primer nombre es siempre el de Simón. Jesús le cambio el nombre: lo llamó Cefas; en el NT, escrito en griego, se usa principalmente la forma griega Pedro (= roca, piedra).)

Este hecho lo recogen los sinópticos mucho más adelante (Mt. 16, 18: Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella; Mc. 3, 16: Instituyó a los Doce y puso a Simón el nombre de Pedro y Lc. 6, 14: A Simón, a quien llamó Pedro, y a su hermano Andrés; a Santiago y Juan, a Felipe y Bartolomé), tras una convivencia y una experiencia de sus reacciones ante la predicación.

Sorprende que Juan sitúe este cambio de nombre en el primer momento de su mutuo conocimiento.

El hecho del cambio de nombre no es banal en la cultura hebrea. El nombre es fundamental para el pueblo hebreo, puesto que describe a la propia persona, lo que es y lo que hace. Es más que una denominación distintiva de una persona hacia otra, le atañe absolutamente en todo su ser.

Cambiar de nombre a alguien implica tener cierto poder sobre él y proporcionarle una nueva vida, un nuevo proyecto de futuro. Así Dios cambia de nombre a Jacob (Gen. 32, 29: «En adelante no te llamarás Jacob sino Israel; porque has sido fuerte contra Dios y contra los hombres, y le has vencido.» ), a Abraham (Gen. 17, 5: No te llamarás más Abram, sino que tu nombre será Abraham, pues padre de muchedumbre de pueblos te he constituido.), Adán dio nombre a los animales por encargo de Dios (Gen. 2, 19: Y Yahveh Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre  para ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le diera), así como a la primera mujer (Gen. 2, 27: Entonces éste exclamó: «Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada mujer, porque del varón ha sido tomada.»), Yahveh cambia el nombre a la mujer de Abraham (Gen, 17, 15: Dijo Dios a Abraham: «A Saray, tu mujer, no la llamarás más Saray, sino que su nombre será Sara), etc.

Las muestras en el NT las encontraremos en Mt. 1, 21 (Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.»), Lc. 1, 13 (El ángel le dijo: «No temas, Zacarías, porque tu petición ha sido escuchada; Isabel, tu mujer, te dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Juan;) y Lc. 1, 31 (vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús.).

El propio nombre de Dios, que rebeló a Moisés en Ex. 3, 14 (Dijo Dios a Moisés: «Yo soy el que soy.» Y añadió: «Así dirás a los israelitas: "Yo soy" me ha enviado a vosotros.»), si bien no puede recoger todo lo que Dios es, sí nos permite atisbar algo de Él. YAHWEH(YHVH en hebreo) = YO SOY, EL QUE SOY: el modo propio y exclusivo de ser de Dios es que Él sea su Ser Subsistente, o sea, que en Él se identifican el Ser y la Esencia.

Así, Jesús, al cambiar el nombre de Simón por Cefas (Pedro) le otorga un nuevo ser y hacer. A partir de ese momento, Simón se convierte en la roca, la piedra, el fundamento firme y duradero. Ese parece ser el sentido del nuevo nombre asignado al apóstol, aunque también podría obedecer a la dureza de entendimiento del nuevo discípulo.

Hasta aquí vemos los tres primeros discípulos, pero, en ningún momento se nos cuenta nada de su quehacer, ni del desarrollo existencial del propio Jesús, ni de la situación geográfica del hecho (obviamente no estaba en Galilea, porque allí es donde se encamina Jesús al siguiente día [Jn. 1, 43: Al día siguiente, Jesús quiso partir para Galilea. Se encuentra con Felipe y le dice: «Sígueme.»]).

Que estamos ante pescadores lo sabemos por los sinópticos, pero no por Juan en este momento. Sin embargo, los sinópticos también nos dicen que estos hechos se desarrollan ya en Galilea, junto al lago de Genesaret. Entonces, si Jesús se encamina, según Juan,  al siguiente día hacia Galilea, con estos nuevos discípulos detrás (entre ellos Andrés y Pedro) ¿no es un contrasentido con los sinópticos?. Obviamente sí lo es, lo que sucede es que a Juan las ubicaciones geográficas y cronológicas le tienen sin cuidado a la hora de redactar su evangelio. Lo importante es el trasfondo teológico y de fe de los acontecimientos relatados, no los acontecimientos en sí y, mucho menos, sus circunstancias.

Lo cierto es que, de este pasaje, sólo podemos deducir una llamada, la de Jesús a Felipe, ya que es a éste al único que se dirige y le dice: "sígueme". El resto lo hacen por propia iniciativa, imantados por la magnificencia de Cristo.

El diálogo con Natanael, tanto de Felipe como de Jesús, es aprovechado por el evangelista para testimoniar, una vez más, el núcleo fundamental de su testimonio: Jesús es el Hijo de Dios y Mesías (Rey de Israel).

La respuesta despectiva de Natanael acerca del origen nazareno de Jesús tiene una fuerte carga teológica. Jesús tiene un origen humilde y periférico, tan humilde y tan periférico, que sus propios vecinos (Natananel era de Caná), desprecian la aldea de donde proviene. Esta circunstancia tiene una importancia fundamental para entender el apego de Jesús hacia los "pequeños" y marginados. Es la manifestación de que el Dios revelado tiene una especial predilección por los "situados en la periferia", tanto que hasta la encarnación de su Unigénito procede de un lugar denostado por un "verdadero israelita", como Jesús califica a Natanael.

La respuesta de Jesús a las dudas de Natanael es una razón más para la fe que citábamos anteriormente. La frase de Jesús es una recreación del sueño de Jacob contenida en Gn. 28, 12: Y tuvo un sueño; soñó con una escalera apoyada en tierra, y cuya cima tocaba los cielos, y he aquí que los ángeles de Dios subían y bajaban por ella, aplicada a su propia realidad futura.

 

Jn. 2, 1-12

1 Al tercer día se hicieron unas bodas en Caná de Galilea; y estaba allí la madre de Jesús. 2 Y fueron también invitados a las bodas Jesús y sus discípulos. 3 Y faltando el vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino. 4 Jesús le dijo: ¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora. 5 Su madre dijo a los que servían: Haced todo lo que os dijere. 6 Y estaban allí seis tinajas de piedra para agua, conforme al rito de la purificación de los judíos, en cada una de las cuales cabían dos o tres cántaros. 7 Jesús les dijo: Llenad estas tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba. 8 Entonces les dijo: Sacad ahora, y llevadlo al maestresala. Y se lo llevaron. 9 Cuando el maestresala probó el agua hecha vino, sin saber él de dónde era, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo, 10 y le dijo: Todo hombre sirve primero el buen vino, y cuando ya han bebido mucho, entonces el inferior; mas tú has reservado el buen vino hasta ahora. 11 Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él. 12 Después de esto descendieron a Capernaum, él, su madre, sus hermanos y sus discípulos; y estuvieron allí no muchos días.

        

Breve relato de Juan, que ninguno de los sinópticos recogen.

A pesar de su brevedad y aparente intrascendencia, integra diversa simbología e interpretación teológica, con fuerte implantación en la tradición patrística posterior, acogida por el magisterio de la Iglesia como un elemento sustancial de doctrina.

El pasaje está colocado por Juan, cronológicamente, tras las primeras llamadas a los discípulos (Andrés, Simón [Pedro], Felipe y, presumiblemente, el propio Juan), e inmediatamente antes de su primera subida a Jerusalén para la primera pascua.

No olvidemos que, mientras que los sinópticos nos relatan una sola pascua pasada por Jesús en Jerusalén, Juan nos relatará hasta 3 (e incluso 4) subidas de Jesús a Jerusalén.

Al hilo del relato de Juan, la situación temporal y geográfica es concordante (Jn. 1, 43: Al día siguiente, Jesús quiso partir para Galilea. Se encuentra con Felipe y le dice: «Sígueme.»), pero la historicidad del hecho debemos acreditarla con cuidado, aunque tampoco es descabellado afirmarla.

Si utilizamos los criterios manejados por los historiadores, comprobaremos que, para este hecho, se cumple el criterio de dificultad (el rechazo, a priori, de Jesús a la sugerencia de su madre, como una suerte de desobediencia, no se hubiese relatado si no se hubiese producido en realidad, puesto que supone, a priori, un descrédito para con el comportamiento y reacción de Jesús hacia su madre). El criterio de discontinuidad se cumpliría "por los pelos" si lo ceñimos a la conversión del agua, fundamental para las oblaciones, en vino. El criterio de testimonio múltiple, obviamente, no se cumpliría, puesto que Juan es el único en relatarlo. El criterio de coherencia también encajaría "muy ligeramente" a propósito de la muestra de misericordia de Jesús ante el apuro de los celebrantes, así como a que el milagro que se nos retrata no lo es en beneficio propio. El criterio de entorno histórico o ambiental sí es perfectamente recogido en la narración, de principio a fin. Lo mismo sucede con el criterio de presunción histórica, puesto que, presumiblemente, el propio evangelista, es testigo ocular del acontecimiento.

No podemos perder de vista que el relato va, en el evangelio de Juan, inmediatamente después del diálogo con Natanael, amigo de Felipe y residente en Caná, donde se celebra la boda, así pues, parece lógico que siendo Nazareth (ciudad de residencia de la familia de Jesús) y Caná, aldeas vecinas (unos 15 Km), su familia (y por extensión, Él mismo) fuese invitada a la boda.

El relato no nos dice el nombre de los contrayentes, pero tampoco sería fantasioso que el esposo fuese el Natanael del relato anterior de Juan, del cual no vuelve a darnos noticia el evangelista.

¿Quiere decir toda esta argumentación que el hecho que se nos relata es estrictamente histórico (en lo que a la boda e invitación a María y Jesús se refiere)?. En absoluto, pero sí que parece haber elementos suficientes para no dudar de su historicidad.

Tampoco es que, para mi experiencia de fe, tenga mucha importancia la historicidad del hecho, pero sirve para encuadrar el acontecimiento al margen de magnificencias y alegorías, además de que nos muestra a una familia (María y Jesús) integrada, con normalidad, en las costumbres sociales de su entorno social: acudiendo a una boda, como cualquier otro invitado.

Otra cosa son los símbolos y acciones que se nos presentan en el texto y que vamos a tratar de desmenuzar a continuación.

Circunstancias llamativas son: la presencia de la madre de Jesús, que, en el evangelio de Juan, sólo aparece en este pasaje y al pie de la cruz; estamos ante el primer milagro realizado por Jesús (sobre la naturaleza) según Juan, inconcordante con el texto de Lucas, puesto que éste relata 3 milagros antes de la llamada a los primeros discípulos; el relato del milagro, en si, es simple y carente de cualquier signo onomatopéyico, como algo natural y sencillo: Jesús = Mesías = Hijo de Dios = todopoderoso (capaz de cualquier maravilla sin estridencias) pero que reafirma la personalidad divina de Cristo.

Retomando la mención anterior respecto de los símbolos y signos, vemos que se nos exponen varios elementos simbólicos importantes.

- El agua como elemento básico y generador.

- El vino como fruto de la vid usado profusamente a lo largo y ancho, tanto del AT, como del NT, como elemento imprescindible para dar festividad a un acontecimiento.

- La transubstanciación de un elemento en otro, por intervención de la Palabra (anticipo de la transubstanciación fundamental de la Eucaristía).

- Preocupación de la madre de Jesús por la situación de apuro de sus anfitriones, como anticipo de las espadas que atravesarán su alma contenido en la profecía de Simeón en la presentación de Jesús en el Templo (Lc. 2, 35: ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! - a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos  corazones.»).

- Confianza de María en el poder de su Hijo, representando la fe absoluta puesta en la encarnación, aun cuando no sabe muy bien por qué y para qué.

- Recriminación del maestresala al anfitrión sobre la bondad del vino servido en último lugar, como representación escatológica de la bondad y felicidad plena que llegará con el fin de los tiempos.

Ya dentro del texto, estos pocos versículos han servido a la tradición y magisterio de la Iglesia para representar a María como la gran intercesora de los hombres ante Dios.

Sus palabras "no tienen vino", como demostración de la asunción, por la madre de Jesús de los problemas y dificultades del mundo, sirven para solicitar de su Hijo su intervención en la subsanación de estas dificultades de la vida cotidiana. Es la manifestación de la misión mediadora entre los hombres y Dios. Una suerte de abogacía o "atajo" hacia Dios.

Al mismo tiempo, en las instrucciones a los sirvientes, "haced lo que os dijere", se nos presenta la confianza absoluta de María en su Hijo. Es la incondicional fe en Cristo que María nos transmite.

Ese es el mensaje esencial: mediadora y depositaria de la fe en Cristo; a su vez es la renovación de la frase del faraón hacia sus siervos respecto de José (Gen. 41, 55:) Toda la tierra de Egipto sintió también hambre, y el pueblo clamó a Faraón pidiendo pan. Y dijo Faraón a todo Egipto: «Id a José: haced lo que él os diga.»).

Por su parte, las primeras palabras de Jesús a su madre, aunque, a primera vista, parezcan despectivas o menospreciadoras, no lo son en absoluto.

No es un trato despectivo llamarla "mujer" en lugar de madre. Esta denominación tiene su trasfondo teológico. Es la rememoración del Génesis (Gen 2,23: Entonces éste exclamó: «Esta vez sí que es hueso de mis huesos  y carne de mi carne. Esta será llamada mujer, porque del varón ha sido tomada.»). En ella, Jesús personifica toda la feminidad. La denominación hebrea no es despectiva, sino genérica. El propio Cristo volverá a dirigirse a ella en los mismo términos, en este caso para dotarla de magnificencia sobre la humanidad en Jn. 19, 25-27 (25 Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Clopás, y María Magdalena. 26 Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» 27 Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.).

Por otro lado, la resistencia de Jesús a la petición de María "¿qué tienes conmigo (y a mí qué me dices)?. Aún no ha venido mi hora", no implica desconsideración ni abstracción al problema que se le suscita, simplemente, en el relato de Juan, en este momento, Jesús no ha comenzado su ministerio. Intervenir en este momento le resulta precipitado e improcedente, especialmente porque implica hacerlo mediante una acción milagrosa antes de iniciar la predicación en sí.

Sin embargo, su caridad es inmensa, y fruto de ella, acoge la solicitud de su madre porque viene de ella y constata la necesidad el momento: si tienes un problema y acudes a mí con fe, Yo te lo puedo resolver. Ese es el contenido de su acción.

En el milagro en sí, comprobamos el hecho de la capacidad de Cristo para transformar un elemento en otro. Es un anticipo de la institución eucarística de Mt. 26, 27-28; Mc. 14, 23-24 y Lc. 22, 17-18.

Es la significación de que la intervención de Cristo, su ayuda, puede solventar cualquier situación de desesperanza que se presente, porque Él lo puede transformar en alegría.

El uso del agua y el vino (fruto de la vid = figura agrícola muy común en Palestina) en todos los evangelios es profusa. Pero también lo es en el AT.

Cristo utiliza el agua en muy diversas ocasiones, a lo largo de su vida pública, como elemento genérico "nacer del agua", "agua de vida", etc. que también sirve para transformar (limpiar) al hombre (Jn. 3, 5: Respondió Jesús: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios).

Aquí la utiliza como herramienta, instrumento, para la solución a un problema aparente, pero su trasfondo alegórico es importante: del agua (elemento primario) que Cristo maneja, nace el vino (elemento festivo = alegría).

 

Este acontecimiento también ha sido utilizado para mostrar la santificación sacramental del matrimonio, queriendo ver en la presencia de Jesús en esta celebración la ratificación sacramental del rito de unión entre dos personas.

El matrimonio, si nos atenemos a la Biblia, es directamente instituido por Dios (Gen. 2, 24: Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne), Cristo, con su presencia en las bodas de Caná, lo santifica y reafirma, volviendo a hacerlo en Mat. 5, 32 (Pues yo os digo: Todo el que repudia a su mujer, excepto el caso de fornicación, la hace ser adúltera; y el que se case con una repudiada, comete adulterio.); Mt. 19, 3-6 (3 Y se le acercaron unos fariseos que, para ponerle a prueba, le dijeron: «¿Puede uno repudiar a su mujer por un  motivo cualquiera?» 4 El respondió: «¿No habéis leído que el Creador, desde el comienzo, = los hizo varón y hembra, = 5 y que dijo: = Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola  carne? = 6 De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre.»); Mc. 10, 2-9 (2 Se acercaron unos fariseos que, para ponerle a prueba, preguntaban: «¿Puede el marido repudiar a la mujer?» 3 El les respondió: ¿Qué os prescribió Moisés?» 4 Ellos le dijeron: «Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla.» 5 Jesús les dijo: «Teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón escribió para vosotros este precepto. 6 Pero desde el comienzo de la creación, = El los hizo varón y hembra. = 7 = Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, = 8 = y los dos se harán una sola carne. = De manera que ya no son dos, sino  una sola carne. 9 Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre.») y Lc. 16, 18 («Todo el que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio; y el que se casa con una repudiada por su marido, comete adulterio).

Obviamente, históricamente, la institución matrimonial es fruto de la evolución social de la gens (clan) al pasar a ser tribu y luego pueblo como consecuencia de la aparición de la propiedad privada. Su evolución obedece a razones de pragmatismo económico y social, hasta alcanzar el estadio de contrato social actual.

El hecho de la existencia del matrimonio como institución, consistente en la unión carnal y vivencial de hombre y mujer con un objetivo común de intereses, como una realidad manifiesta de origen desconocido para el hagiógrafo del Génesis, fue aprovechado para sacralizar su origen y otorgar al convenio humano un origen divino.

El origen social evolutivo de este convenio, sin embargo, no es contrapuesto a la afirmación del Génesis. Este libro no pretende ser un tratado histórico o antropológico, sino la manifestación de la experiencia religiosa de un pueblo acerca de sus orígenes y los de la humanidad.

El versículo 11 del texto lo veremos repetido, con términos similares, a lo largo del evangelio de Juan, porque viene a resumir su intencionalidad para con los signos que este evangelista nos relata: manifiesta (Cristo) su gloria...y los que lo ven (discípulos, muchedumbres, etc.) creen en Él. Los signos (Juan nunca habla de milagros) son la manifestación de la gloria del Hijo de Dios.

El último versículo es conflictivo y aún pendiente de aclaración por los biblistas y exegetas.

La mención a "sus hermanos (los de Jesús)" tiene dos interpretaciones.

a).- Hermanos directos y consanguíneos que, a su vez, se desdoblaría en la posibilidad de hermanos sólo de padre o hermanos de padre y madre.

b).- Hermanos tomado en sentido amplio, afectando a esta palabra los parientes próximos (primos e incluso amigos), tal y como se desprende de la terminología hebrea, que por hermanos acoge mucho más que los lazos de fraternidad directa.

Esta última es la versión que se nos ha venido transmitiendo desde los comienzos de la Iglesia, con objeto de salvaguardar la virginidad de María (Concilio III de Letrán: permaneciendo indisoluble su virginidad aun después del parto).

Sin embargo, el evangelista Juan escribe en griego, y el original griego habla de "adelfos" = hermanos en sentido estricto.

No voy a entrar en esta polémica porque no me interesa lo más mínimo. No está en mi intención reafirmar o rebatir la virginidad perpetua de María. Al comienzo de este trabajo ya he dejado clara mi posición al respecto (a consecuencia de la anunciación) y no voy a incidir más en ello, porque, para mi fe, carece de trascendencia la virginidad "biológica" de María.

 

Jn. 4, 1-42

1 Cuando, pues, el Señor entendió que los fariseos habían oído decir: Jesús hace y bautiza más discípulos que Juan 2 (aunque Jesús no bautizaba, sino sus discípulos), 3 salió de Judea, y se fue otra vez a Galilea. 4 Y le era necesario pasar por Samaria. 5 Vino, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, junto a la heredad que Jacob dio a su hijo José. 6 Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta.

7 Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber. 8 Pues sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer. 9 La mujer samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí. 10 Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva. 11 La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva? 12 ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados? 13 Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; 14 mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna. 15 La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla.

16 Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido, y ven acá. 17 Respondió la mujer y dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido; 18 porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad. 19 Le dijo la mujer: Señor, me parece que tú eres profeta. 20 Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar. 21 Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. 22 Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. 23 Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. 24 Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren. 25 Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas. 26 Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo.

27 En esto vinieron sus discípulos, y se maravillaron de que hablaba con una mujer; sin embargo, ninguno dijo: ¿Qué preguntas? o, ¿Qué hablas con ella? 28 Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres: 29 Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo? 30 Entonces salieron de la ciudad, y vinieron a él.

31 Entre tanto, los discípulos le rogaban, diciendo: Rabí, come. 32 El les dijo: Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis. 33 Entonces los discípulos decían unos a otros: ¿Le habrá traído alguien de comer? 34 Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra. 35 ¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses para que llegue la siega? He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega. 36 Y el que siega recibe salario, y recoge fruto para vida eterna, para que el que siembra goce juntamente con el que siega. 37 Porque en esto es verdadero el dicho: Uno es el que siembra, y otro es el que siega. 38 Yo os he enviado a segar lo que vosotros no labrasteis; otros labraron, y vosotros habéis entrado en sus labores.

39 Y muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer, que daba testimonio diciendo: Me dijo todo lo que he hecho. 40 Entonces vinieron los samaritanos a él y le rogaron que se quedase con ellos; y se quedó allí dos días. 41 Y creyeron muchos más por la palabra de él, 42 y decían a la mujer: Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo.

 

Una vez mas, un relato exclusivo de Juan, nos sitúa ante la dualidad humana-divina de la personalidad de Jesús.

La historicidad del acontecimiento, en términos generales, podríamos considerarla como más que probable, puesto que en él confluyen los criterios de dificultad, discontinuidad, coherencia y ambiente.

Estamos ante un precioso pasaje, muy en la línea ioanista, de estilo testimonial y longitud discursiva, aunque en este caso nos presenta varios diálogos aprovechados por Cristo para manifestar su naturaleza divina y con un nivel teológico elevadísimo.

Poco a poco iremos desgranando sus relaciones con otros pasajes y acontecimientos bíblicos, porque este texto está plagado de interrelaciones.

Cuando hablamos de historicidad en las líneas precedentes nos estamos refiriendo a la posibilidad de que los dichos emitidos por Jesús, realmente, fuesen emitidos por Él, así como al hecho genérico del acontecimiento y a su entorno contextual.

Pasadas estas primeras líneas de presentación. Vayamos al texto que, dividiré en tres partes que responden, respectivamente, a presentación (ver. 1 a 6), desarrollo nuclear (ver. 7 a 26) y conclusión (ver. 27 a 42).

Ver. 1 a 6

Nos plantea una presentación del acontecimiento que se va a relatar después. El evangelista lo realiza con sutileza y se hacen necesarias algunas precisiones.

Según las investigaciones de biblistas y exegetas, los versículos 1 y 2 de este pasaje, lingüísticamente (en los textos originales que se conservan) son incoherentes con el estilo general del evangelio de Juan, de lo cual se extraen dos conclusiones:

a).- Estos versículos fueron añadidos "a posteriori", posiblemente por algún traductor cristiano que entendió que la acción de bautizar no era propia para el Mesías.

b).- Tras  su separación del grupo del Bautista y la incorporación de discípulos a su propio grupo, Jesús retoma el rito del bautismo, realizando una considerable cantidad de captaciones de nuevos adeptos a la predicación del "nuevo" Rabí.

Todas las ediciones de La Biblia que he consultado (Valera Reina, Nácar Colunga, Biblia de Jerusalén, etc.) coinciden en relacionar el viaje a Galilea recogido en el versículo 3 como el citado en los sinópticos dentro del episodio de las primeras llamadas al discipulado (Mat. 4, 12 [Cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea] y Mc. 1, 14 [Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios]), es decir, en el momento en que Jesús se entera del encarcelamiento del Bautista.

Al hilo del evangelio de Juan, hemos de tener presente que estamos tras la primera visita de Jesús a Jerusalén para la primera pascua judía que Cristo pasa en su "ministerio público" (Jn. 2, 13 Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén.)

Según este evangelista, los comienzos predicatorios de Jesús se realizan, no en Galilea como afirman los sinópticos, sino en Judea.

Obviamente, si echamos un vistazo al mapa de la región Palestina en los tiempos de Jesús, nos daremos cuenta de que para pasar desde Judea, más concretamente, desde Jerusalén, hacia Galilea, es imprescindible atravesar Samaría de Sur a Norte y pasar por el valle situado entre los montes Ebol y Garizín. Justo en el centro del valle situado entre ambos montes está ubicada la ciudad de Sicar que cita el evangelista.

Que el acontecimiento posterior se realice precisamente en esta zona no carece de significación teológica, puesto que el monte Garizín acogía al templo que concentraba la vida religiosa de los samaritanos, opuesto al templo de Jerusalén.

La heredad mencionada en el versículo 5 de este pasaje es la que nos encontramos en Gn 33, 19 (Compró a los hijos de Jamor, padre de Siquem, por cien años la parcela de campo donde había desplegado su tienda,) y Jos 24, 32 (Los huesos de José, que los hijos de Israel habían subido de Egipto, fueron sepultados en Siquem, en la parcela de campo que había comprado Jacob a los hijos de Jamor, padre de Siquem, por cien pesos, y que pasó a ser heredad de los hijos de José.), mientras que, por lo que se refiere al pozo del versículo 6, es un manantial de unos 30 mts. De profundidad que aún subiste en medio de una iglesia cristiana de origen bizantino.

La hora sexta señalada en el mismo versículo correspondería, aproximadamente, a las 12 del mediodía de nuestros parámetros horarios, y el cansancio del viaje no es extraño si tenemos en cuenta que la distancia, en línea recta, entre Jerusalén, desde donde supuestamente parten Jesús y sus discípulos, y la ciudad de Sicar es de unos 50 Km aproximadamente. Si, como parece lógico, el camino lo hicieron  a pie, hemos de suponer que entre la partida de Jerusalén y la llegada a Sicar habría de transcurrir, al menos, una noche, puesto que cubrir a pie los 50 Km en una sola jornada no parece razonable ni probable para el grupo de Jesús.

Lo que se nos va a relatar a continuación no deja de tener, además de su contenido teológico y doctrinal, un cierto morbo contradictorio para con los quehaceres de Jesús. Sólo tenemos que echar un vistazo a Mt. 10, 5 (A estos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones: «No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos;) para darnos cuenta de la contradicción que se plantea entre lo que Jesús, en este caso, hace y dice. No es una crítica, sólo una constatación de que Jesús, como cualquiera de nosotros, también está lleno de contradicciones  humanas sometidas al contexto y el entorno en que se mueve y al propio estado de ánimo del momento.

Ver. 7 a 26

En todo caso, en esta presentación del núcleo, vemos a un Galileo  que viene de predicar en Judea y que se detiene en Samaría a hablar con una mujer desconocida.

Algo que a nosotros nos puede parecer tan sencillo, simple y natural (detenerse al borde un pozo y solicitar agua a quien, provista de un cántaro, va a extraer agua del pozo) supone toda una ruptura radical con el mundo judío de la época. No es extraño que su salida de Judea resultase algo precipitada, probablemente ante un cierto acoso por parte de los fariseos, a quienes resultaba más cómoda la predicación "lejana" del Bautista que la de Cristo, que se introduce en sus propios lugares de culto para plantear cambios y críticas costumbristas.

Lo cierto es que, de lo que se desprende de estas líneas, la predicación de Cristo va tomando cada vez más cuerpo, y sus seguidores comienzan a contarse en un número respetable que hace inquietar al partido dominante y le obliga a "emigrar" de nuevo hacia Galilea.

Antes de proseguir vayamos a las interrelaciones que pueblan estos versículos.

En el ver. 9 se nos da un apunte de lo chocante de la situación planteada en la escena descrita por el evangelista  "porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí".

Para una explicación acerca de esta afirmación, así como a la perplejidad de la mujer ante el hecho de que un judío le pida agua, o simplemente que le dirija la palabra, hay que remontarse a Es 4, 1-5 (1Cuando los enemigos de Judá y de Benjamín se enteraron de que los deportados estaban edificando un santuario a  Yahveh, Dios de Israel, 2 se presentaron a Zorobabel, a Josué y a los cabezas de familia, y les dijeron: «Vamos a edificar junto con vosotros, porque, como vosotros, buscamos a vuestro Dios y le sacrificamos, desde los tiempos de Asarjaddón, rey de Asiria, que nos trajo aquí.» 3 Zorobabel, Josué y los restantes cabezas de familia israelitas les contestaron: «No podemos edificar juntos nosotros y vosotros una Casa a nuestro Dios: a nosotros solos nos toca construir para Yahveh, Dios de Israel, como nos lo ha mandado Ciro, rey de Persia.» 4 Entonces el pueblo de la tierra se puso a desanimar al pueblo de Judá y a meterles miedo para que no siguiesen edificando; 5 y sobornaron contra ellos a algunos consejeros para hacer fracasar su proyecto; así durante todo el tiempo de Ciro, rey de Persia, hasta el reinado de Darío, rey de Persia.) y Neh 3, 33-34 (o Neh 4, 1-2, según el texto que se consulte)(33Cuando Samballat se enteró de que estábamos reconstruyendo la muralla, montó en cólera y se irritó mucho. Se burlaba de los judíos, 34 y decía delante de sus hermanos y de la gente principal de Samaría: «¿Qué pretenden hacer esos miserables judíos? ¿Es que quieren terminar en un día? ¿Van a dar vida a esas piedras, sacadas de montones de escombros y  calcinadas?»).

Hagamos un inciso para entender esta animadversión. Los libros referenciados (Esdras y Nehemías) están escritos, probablemente, por el mismo autor (Esdras), sacerdote muy versado en la Ley de Moisés, que, en un principio, formaban un mismo cuerpo literario con los libros de las Crónicas (posiblemente también escritos por el mismo autor).

Estamos en el siglo VI-V a.C., en la época de la restauración del templo de Jerusalén, impulsada por estos dos personajes citados, con la vuelta del destierro. La rivalidad por la supremacía religiosa que se nos menciona en ambos libros da lugar al enfrentamiento religioso que explicita el texto de Juan y que confirman los sinópticos en Lc. 9, 52-53 (2 y envió mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada; 53 pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén.) y Mt. 10, 5(A estos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones: «No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos;).

La frase de Jesús, "agua viva" que la samaritana no entiende, proviene de Jer. 2, 13 (Doble mal ha hecho mi pueblo:  a mí me dejaron, Manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas, que el agua no retienen.) y Zac. 14, 8 (Sucederá aquel día que saldrán de Jerusalén aguas vivas, mitad hacia el mar oriental, mitad hacia el mar occidental: las habrá tanto en verano como en invierno.).

Por su parte, la adoración samaritana en el monte Garizín hay que buscarla en Gn 12, 6-7 (6 y Abram atravesó el país hasta el lugar sagrado de Siquem, hasta la encina de Moré. Por entonces estaban los cananeos en el país. 7 Yahveh se apareció a Abram y le dijo: «A tu descendencia he de dar esta tierra.» Entonces él edificó allí un altar a Yahveh que se le había aparecido.), Gn 13, 4 (el lugar donde había invocado Abram el nombre de Yahveh.), Gn 33, 18-20 (18 Jacob llegó sin novedad a la ciudad de Siquem, que está en el territorio cananeo, viniendo de Paddán Aram, y acampó frente a la ciudad. 19 Compró a los hijos de Jamor, padre de Siquem, por cien años la parcela de campo donde había desplegado su tienda, 20 erigió allí un altar, y lo llamó de «El», Dios de Israel.), Dt. 11, 29 (Cuando Yahveh tu Dios te haya introducido en la tierra a la que vas a entrar para tomarla en posesión, pondrás la bendición sobre el monte Garizín y la maldición sobre el monte Ebal.) y Jos. 8, 33 (Y todo Israel, sus ancianos, sus escribas y sus jueces, de pie a los lados del arca, delante de los sacerdotes  levitas que llevaban el arca de la alianza de Yahveh, todos, tanto forasteros como ciudadanos, se colocaron  la mitad en la falda del monte Garizín y la otra mitad en la falda del monte Ebal, según la orden de Moisés, siervo de Yahveh, para bendecir por primera vez al pueblo de Israel.), mientras que la de los judíos en Jerusalén, hay que cronicarla a partir de Gn 22, 2 (Díjole: «Toma a tu hijo, a tu único, al que amas, a Isaac, vete al país de Moria y ofrécele allí en holocausto en uno de los montes, el que yo te diga.»), 2 S 24, 18 (Vino Gad aquel día donde David y le dijo: «Sube y levanta un altar a Yahveh en la era de Arauná el jebuseo.»), 1 Cr 21,19 (Subió David, según la orden que Gad le había dado en nombre de Yahveh.) y 2 Cr 3, 1 (Empezó, pues, Salomón a edificar la Casa de Yahveh en Jerusalén, en el monte Moria, donde Dios se había manifestado a su padre David, en el lugar donde David había hecho los preparativos, en la era de Ornán el jebuseo.) todo ello, como consecuencia de Dt 12, 5 (sino que sólo vendréis a buscarle al lugar elegido por Yahveh vuestro Dios, de entre todas las tribus, para poner  en él la morada de su nombre.).

EL versículo 21 es una rememoración de Mal. 1, 11 (Pues desde el sol levante hasta el poniente, grande es mi Nombre entre las naciones, y en todo lugar se ofrece a mi Nombre un sacrificio de incienso y una oblación pura. Pues grande es mi Nombre entre las naciones, dice Yahveh Sebaot.), que también será reiterado por Pablo de Tarso en 1 Ti 2, 8 (Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar elevando hacia el cielo unas manos piadosas, sin ira ni discusiones.).

La recriminación del versículo 22  hemos de buscarla en 2 R 17, 28-34 (28 Vino entonces uno de los sacerdotes deportados de Samaría, se estableció en Betel y les enseñó cómo debían reverenciar a Yahveh. 29 Pero cada nación se hizo sus dioses y los pusieron en los templos de los altos que habían hecho los samaritanos, cada nación en las ciudades que habitaba. 30 Las gentes de Babilonia hicieron un Sukkot Benot, las gentes de Kutá hicieron un Nergal, las gentes de Jamat hicieron un Asimá, 31 los avvitas hicieron un Nibjaz y un Tartaq y los sefarvitas quemaban a sus hijos en honor de Adrammélek y Anammélek, dioses de los sefarvitas. 32 Veneraban también a Yahveh y se hicieron sacerdotes en los altos, tomados de entre ellos, que oficiaban por ellos en los templos de los altos. 33 Reverenciaban a Yahveh y servían a sus dioses según el rito de las naciones de donde habían sido deportados. 34 Hasta el día de hoy siguen sus antiguos ritos. No reverenciaban a Yahveh y no seguían sus preceptos y sus ritos, la ley y los mandamientos que había mandado Yahveh a los hijos de Jacob, al que dio el nombre de Israel.), mientras que la observación del versículo 24 proviene del Salmo 145, ver. 18 (= Qof. = cerca está Yahveh de los que le invocan, de todos los que le invocan con verdad.).

A su vez, el antecedente de la respuesta de la samaritana contenida en el ver. 25, lo encontraremos en Dt. 18, 18 (Yo les suscitaré, de en medio de sus hermanos, un profeta semejante a ti, pondré mis palabras en su boca, y él les dirá todo lo que yo le mande.).

Es conocida la predilección de Pablo por el evangelista Juan, por ello no es de extrañar que este texto recoja observaciones ya hechas por Pablo en sus epístolas, antes que el evangelio de Juan fuese redactado (ver. 22 -> Ro 3, 1-2 ¿Cuál es, pues, la ventaja del judío? ¿Cuál la utilidad de la circuncisión? 2 Grande, de todas maneras. Ante todo, a ellos les fueron confiados los oráculos de Dios. Y 9, 4-5 4 - los israelitas -, de los cuales es la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las  promesas, 5 y los patriarcas; de los cuales también procede Cristo según la carne, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos. Amén. [escrito en el año 58]).

Con esto concluyen las referencias de estos versículos, que, como vemos, están plagados de llamadas a la tradición judía y hebrea en general. No me cansaré de insistir en la necesidad de contemplar aunadamente A.T. y N.T. para una mejor comprensión de ambos.

Ahora vayamos al significado en interpretación del texto en sí.

Dentro de estos versículos también distingo dos cuerpos doctrinales, perfectamente diferenciados. El mensaje de profecía salvífica de los versículos 7 a 15 y el litúrgico-teológico de los versículos 16 a 26.

Muy en el estilo de Juan, nos encontramos con un discurso, o debate en este caso, amplio y que concluye con una sentencia aseverativa de Cristo que reafirma el "previo" del evangelista: Jesús de Nazareth = el Mesías = el Hijo de Dios = el Verbo hecho carne.

En la primera parte de la escena nos encontramos una "confusión" de la samaritana, probablemente intencionada por parte del redactor del texto. La mujer utiliza un gentilicio erróneo al dirigirse a Jesús (Como tú siendo judío...). Jesús era un Galileo, no un judío, jurídicamente hablando. La expresión de la mujer está obviamente, carente de sentido jurídico, sino que va dirigida al aspecto social y religioso de su interlocutor, no al político.

Puesto que no hay un diálogo anterior por el que Jesús de a conocer a la samaritana su condición religiosa o social, hemos de suponer que ella lo deduce de su aspecto y modo de comportarse, por lo tanto, aquí nos encontramos un detalle más para la afirmación de que Jesús fue y se comportó a lo largo de su vida, como un auténtico judío, hasta en los detalles más nimios.

Otra cuestión, que ya desarrollaremos más adelante, es la radicalidad de su comportamiento y la profundidad de su interpretación religiosa, pero no cabe duda de que estamos ante un judío pleno que, además lo parece a primera vista.

La escena es sumamente significativa, por cuanto judíos y samaritanos llevaban 500 años pugnando entre sí por razones religiosas y el desprecio entre unos y otros era exacerbado.

Sin embargo, Cristo no encuentra ningún problema en "integrar" en su práxis  a quienes están denostados por el oficialismo religioso (principio de discontinuidad). Toda una lección de ecumenismo para nuestras divisiones eclesiales, pero en esto entraremos un poco más adelante, al comentar los versículos 16 a 26.

La escena reviste unos tintes surrealistas apabullantes, por cuanto ambos personajes no están hablando de los mismo: se mueven en parámetros conceptuales diferentes, incluso opuestos.

Jesús, al comienzo, como humano, cansado del camino, tiene sed y pide de beber.

La mujer, a su vez, ante lo sorprendente de la situación que resulta del hecho de que un judío (masculino) se dirija a una samaritana (femenino), realiza una objeción  teológica o, cuando menos, religiosa.

Aquí cabe preguntarse sobre nuestra propia y personal respuesta cuando, por ejemplo, un marginado se dirige a la ventanilla de nuestro coche en demanda de una ayuda material (=dame de beber). ¿Abrimos la ventanilla y atendemos y escuchamos la necesidad del hermano necesitado o, por el contrario, adoptamos la actitud de la samaritana (como tú, un marginado, te diriges a mí, un "integrado", cuando ambos no se tratan), objetando nuestra propia "pega" moral (más vale que busque trabajo y deje de hacer el vago, o, no tiro mi dinero para que se lo gaste en vino o drogas)?.

Respondámonos cada uno de nosotros, porque es Cristo quien se acerca a nosotros pidiéndonos nuestra ayuda.

A veces de forma directa, y otras de forma sutil a través del conocimiento de las necesidades de nuestros hermanos.

A continuación, los planos se invierten. La samaritana "tiene los pies en la tierra" y Cristo eleva su mensaje, trascendiendo la materialidad y necesidades humanas.

La samaritana deviene en lo que la mayor parte de las veces es nuestra propia vida. Volvemos la cara a Dios para pedirle que nos libere de la parte incómoda de la vida: el sufrimiento y el dolor (=dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla).

Tratamos así de convertirle en nuestro propio "aguador" que nos evite tener que afrontar la vida en todas sus consecuencias. Cristo habla con un símbolo muy utilizado en el Evangelio: el agua. Cristo está tratando de cursar un mensaje de vida nueva y renacimiento. El agua que ofrece es Él mismo y su seguimiento. La sed de nuestro espíritu, la sed de paz interior, sólo puede ser saciada con el agua del Espíritu de Dios que Cristo nos transmite.

Son dos planos divergentes y opuestos. Nuevamente la dialéctica entre materialidad y espiritualidad.

La materialidad, entendida como materialismo inmediato y gratificante para el ego próximo, y la espiritualidad tomada como trascendencia de la finitud: la felicidad, la paz  (la saciedad auténtica) no proviene de la realidad material, sino del agua de vida que Cristo otorga con su presencia.

El agua que Cristo ofrece a la samaritana tiene, además, una cierta connotación bautismal. Cuando veamos el diálogo con Nicodemo incidiremos mayormente sobre este aspecto.

Este símbolo es la puerta a la verdadera vida, la vida plena con el Padre.

Cristo, en este mensaje, supera el símbolo del agua, puesto  que lo superpone con la fuente de vida que Él mismo significa. Una fuente que tiene su origen en su misión y que otorga, a quien le sigue, la posibilidad de convertirse, a su vez, en fuente de vida para el resto de los hermanos.

Es un mensaje no entendido por la samaritana. Ella, como muchos de nosotros, ante el mensaje de Cristo, sigue pagada a la tierra y sólo percibe de las palabras de Jesús la parte beneficiosa para sus intereses.

Está sesgando y fraccionando el mensaje de Cristo y ello me resulta muy familiar en nuestros entornos sociales, e incluso clericales.

La segunda parte del diálogo de Jesús con la samaritana reviste un carácter más litúrgico que doctrinal. En este diálogo se exponen las causas de las diferencias religiosas entre judíos y samaritanos.

Pero existe un discontinuidad en el texto que resulta chocante. De los versículos 16 a 19 el diálogo trascurre por unos cauces morales-costumbristas acerca de la situación conyugal de la samaritana que nada tienen que ver con el resto del diálogo entre ambos. Estos versículos parecen un apéndice, un tanto artificioso, que tiene su continuación más adelante en los versículos 28 a 30, pero no existe concordancia con los versículos 20 a 27.

También podemos pensar que el verdadero "añadido" lo puede constituir, precisamente, estos últimos versículos, puesto que el tono de la conversación entre ambos se encontraba muy lejos de las disquisiciones litúrgicas que contienen.

Sea como fuera, y no estoy capacitado para averiguarlo, los versículos 16 a 19 nos muestran, una vez más, que Cristo no siente la más mínima incomodidad por acercarse a quienes se encuentran en una situación, como mínimo, "delicada" o "anormal", socialmente hablando.

Por contra, la segunda parte del diálogo tiene un componente litúrgico explícito. Aprovechando la controversia entre la adoración en el monte Garizín o en el Templo de Jerusalén, Cristo nos hace una exposición meridiana sobre la personalidad de Dios y su posicionamiento litúrgico.

Sus palabras son claras y terminantes: Dios es Espíritu y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que le adoren.

Cristo nos muestra la verdad de la relación del Padre con los hombres y viceversa. No hace distinciones de liturgias ni religiones. De sus palabras sólo puede deducirse algo irrefutable: No importa el lugar, Dios no necesita templos para ser adorado, sólo la verdad y el espíritu de quienes le adoran.

Esta enseñanza es plenamente coherente con todo el mensaje cristiano y nos lo encontraremos también en Mt. 6, 5-8 (5 «Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. 6 Tú, en cambio, cuando vayas a orar, = entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora = a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. 7 Y al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. 8 No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo.) con la misma rotundidad.

Sin embargo, es una manifestación rupturista para con la religión oficial de la época que restringía el culto y la adoración al templo y con la mediación de sacerdotes (Lc. 1, 8-10: 8 Sucedió que, mientras oficiaba delante de Dios, en el turno de su grupo, 9 le tocó en suerte, según el uso del servicio sacerdotal, entrar en el Santuario del Señor para quemar el incienso. 10 Toda la multitud del pueblo estaba fuera en oración, a la hora del incienso.).

Toda una lección y enseñanza para nuestros tiempos, donde los cultos y adoraciones eclesiales eclipsan la verdadera esencia de la adoración a Dios, donde la espiritualidad de Dios se suele trocar por imaginerías rocambolescas y folclóricas.

Dos afirmaciones de este diálogo resulta llamativas a mis oídos.

La primera es la del versículo 22: la salvación viene de los judíos.

Esto es algo muy a tener en cuenta cuando hacemos una valoración superficial de la figura de Jesús, especialmente, porque es una constante en el ministerio de Cristo y en la tradición de la Iglesia primitiva, soslayada después por la predicación de Pablo.

Jesús de Nazareth (el Cristo) era un judío y asumió su papel en la historia desde un contexto judío.

Su paso por la tierra no es algo etéreo ni ubicuo. Jesús es la culminación de la revelación de Dios a los hombres proclamada a lo largo de todo el A.T. y éste también era judío (hebreo en general).

La salvación viene de la mano de Cristo, el Verbo hecho carne, pero como un personaje histórico real, con un tiempo y un espacio dentro de la historia de la humanidad e insertado indefectiblemente en un pueblo, el judío, del que toma su cultura y tradiciones para ser después completado con su ministerio y expandido al resto de la humanidad con el proceso evangelizador nacido en Pentecostés: Dios se hace presente en la historia a través de su unigénito de forma real.

La otra frase es la culminación del diálogo, contenida en el versículo 26: "Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo".

Dos precisiones a esta frase.

El evangelio de Juan no tiene reparos, sino todo lo contrario, en presentar a Jesús como el Mesías, el Cristo, el Ungido.

Juan parte de esa premisa: redacta el evangelio del Mesías. Da a conocer la Buena Noticia desde ese punto de partida apriorístico.

No es una conclusión a la que llegar, como en el caso de Marcos, o algo que sea necesario argumentar, como en el texto de Mateo. Jesús, para Juan, es el Mesías y desde esa perspectiva le presenta.

Toda una paradoja con los sinópticos (Mc. 8, 29-30: 29 Y él les preguntaba: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Pedro le contesta: «Tú eres el Cristo.» 30 Y les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de él; Mt. 16, 20: Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que él era el Cristo. Y Lc. 9, 20-21: 20 Les dijo: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Pedro le contestó: «El Cristo de Dios.» 21 Pero les mandó enérgicamente que no dijeran esto a nadie. )

La segunda precisión es la respuesta de Cristo en sí: Yo soy.

Fundamentalmente nos vamos a encontrar esta afirmación de Cristo en 3 ocasiones, dentro del evangelio de Juan.

Una es esta en la que nos encontramos, otra en Jn 8, 28 (Les dijo, pues, Jesús: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy, y que no hago nada por mi propia cuenta; sino que, lo que el Padre me ha enseñado, eso es lo que hablo) y Jn. 18, 5-6 (5 Le contestaron: «A Jesús el Nazareno.» Díceles: «Yo soy.» Judas, el que le entregaba, estaba también con ellos. 6 Cuando les dijo: «Yo soy», retrocedieron y cayeron en tierra.).

En esta afirmación de Cristo vemos, una vez más, la libertad inmensa con que Él actúa en su ministerio. Una libertad auténticamente soberana y única.

Estas dos palabras constituyen el nombre que Dios reveló a Moisés en Ex. 3, 14 (Dijo Dios a Moisés: «Yo soy el que soy.» Y añadió: «Así dirás a los israelitas: "Yo soy" me ha enviado a vosotros.») para darle a conocer su propia identidad.

Dentro de la tradición y cultura religiosa judías, el nombre de Dios era tan sagrado que era impronunciable. Sin embargo, Jesús no duda en usarlo, para sí mismo, en franca ruptura con el prejuicio teocrático judío.

Originalmente, el nombre revelado a Moisés era el Tetragrámaton YHUH. La U hebrea era una consonante que frecuentemente se ha cambiado en nuestros alfabetos por la W, por ser la consonante equivalente fonéticamente en muchos idiomas, dando lugar a YHWH.

Las copias posteriores de los libros bíblicos fueron sustituyendo el Tetragrámaton por ELOHA (Dios), ELOHIM (plural mayestático de ELHOA) o ADONAI (Señor), hasta que dejó de pronunciarse completamente.

La inclusión de las vocales de ALHOA en el Tetragrámaton dio lugar al nombre más conocido de YEHOUAH, que derivó, seguramente por la pronunciación samaritana, en YAHWEH.

La tradición nos enseña que éste es el nombre menos inadecuado para Dios, y viene a definirnos la esencia metafísica de Dios: en Él se identifican Ser y Esencia = Él es su Ser Subsistente.

Ver. 27-42

Una vez pasado el núcleo de la escena, nos queda la conclusión del acontecimiento.

Muy en el estilo de Juan (la reiteración) los versículos 27 a 30 y 39 a 42 contienen el mismo mensaje.

El evangelista nos muestra, una vez más, su punto inicial para la redacción de su evangelio: Jesús es el Mesías.

En este caso, además, apoya su manifestación con los testimonios, primero de la mujer y después por sus conciudadanos (oyentes de la predicación de Cristo).

Es la conclusión lógica de la escena anterior, en la que Cristo dialoga con la mujer y le presenta la Buena Noticia.

Ella y sus vecinos nos presentan una característica esencial para la escucha de la Palabra: mentes y oídos abiertos a la Verdad.

Una vez escuchada, no solamente oída, la Verdad se abre camino en nuestro espíritu y pasamos a la confianza (fe).

La escena anterior con la samaritana, como nos indica en ver. 6, se desarrolla en las "afueras" de la ciudad y como nos lo vuelve a reiterar en el ver. 30.

La preferencia de Jesús por los lugares periféricos es una constante que nos encontraremos en todas la redacciones evangélicas, no solamente en la de Juan.

Esta preferencia no es solamente un lugar geográfico, sino, sobre todo, social. Cristo utiliza especialmente la periferia para propagar su mensaje, pero no solamente la periferia física, sino los aledaños de la sociedad, porque allí es donde se encuentran los necesitados de la esperanza que Cristo conlleva (Mt. 9, 12: Mas él, al oírlo, dijo: «No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal.).

Difícilmente podrá acometerse la construcción del reino desde el centro del poder y la riqueza, porque la posición acomodaticia, fruto de la explotación directa o indirecta, se tambalearía con las proposiciones de Cristo y el reino que anuncia justicia, paz e igualdad.

Teniendo en cuenta el enfrentamiento entre judíos y samaritanos, resulta llamativo que los propios samaritanos pidieran a Jesús su permanencia con ellos.

De las palabras del texto puede deducirse que Jesús, además de ser todo lo que para nosotros es y representa, era un gran comunicador y alcanzaba las fibras sensibles del espíritu de todos aquellos que ansiaban conocer y allegarse a la esperanza de la Verdad de la Palabra.

Intercalados entre ambos grupos de versículos, nos encontramos con una exhortación a los discípulos.

También es una característica de texto ioanístico este tipo de exhortaciones directas, carentes de parábolas, con el uso de simbología (preferentemente agrícola) y un fuerte contenido doctrinal, desde la suprema autoridad del Cristo.

Los discípulos, como casi siempre, no pasan de la percepción terrenal, y muestran su preocupación por la estabilidad física de Jesús, incapaces de captar la simbología que Cristo utiliza para comunicar su doctrina.

Mientras que Cristo les habla, en la figura de la comida, del cumplimiento de la misión encargada por el Padre, ellos carecen de posibilidades de trascender la necesidad física del hambre.

No estaría de más que reflexionásemos sobre esta actitud de los discípulos, que se parece mucho a la que nosotros podemos adoptar respecto de nuestras necesidades materiales, cuando las priorizamos en relación con el fin verdadero de nuestra vida: la construcción del reino.

Las alegorías agrícolas son muy utilizadas en todos los textos evangélicos porque son bien entendidas por una sociedad sedentarizada, cuyo principal medio de subsistencia era el campo.

Estamos ante una cultura especialmente agrícola y campesina, que asimila perfectamente las figuras que Cristo utiliza, aunque él mismo no procediera de dicha extracción social, porque le son fácilmente identificables.

La figura utilizada por Cristo nos retrotrae a la época profética y patriarcal, pero es una figura con proyección de futuro.

La labor está inacabada. La siembra de la Palabra y la siega de los frutos que germina son algo permanente, cuyo fin encontraremos con la parusía.

Si los discípulos se aprovechaban de la siembra profética, nosotros nos aprovechamos de la siembra del propio Cristo y la de sus discípulos.

Para concluir, estos versículos tienen una conexión posterior en el tiempo con Hech. 8, 5-17 (5 Felipe bajó a una ciudad de Samaria y les predicaba a Cristo. 6 La gente escuchaba con atención y con un mismo espíritu lo que decía Felipe, porque le oían y veían las señales  que realizaba; 7 pues de muchos posesos salían los espíritus inmundos dando grandes voces, y muchos paralíticos y cojos quedaron  curados. 8 Y hubo una gran alegría en aquella ciudad. 9 En la ciudad había ya de tiempo atrás un hombre llamado Simón que practicaba la magia y tenía atónito al pueblo de Samaria y decía que él era algo grande. 10 Y todos, desde el menor hasta el mayor, le prestaban atención y decían: «Este es la Potencia de Dios llamada la Grande.» 11 Le prestaban atención porque les había tenido atónitos por mucho tiempo con sus artes mágicas. 12 Pero cuando creyeron a Felipe que anunciaba la Buena Nueva del Reino de Dios y el nombre de Jesucristo, empezaron a bautizarse hombres y mujeres. 13 Hasta el mismo Simón creyó y, una vez bautizado, no se apartaba de Felipe; y estaba atónito al ver las señales y grandes milagros que se realizaban. 14 Al enterarse los apóstoles que estaban en Jerusalén de que Samaria había aceptado la Palabra de Dios, les enviaron  a Pedro y a Juan. 15 Estos bajaron y oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo; 16 pues todavía no había descendido sobre ninguno de ellos; únicamente habían sido bautizados en el nombre del Señor  Jesús. 17 Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo) y 25 (Ellos, después de haber dado testimonio y haber predicado la Palabra del Señor, se volvieron a Jerusalén evangelizando muchos pueblos samaritanos.), donde vemos a los apóstoles (incluído al propio Juan) predicando nuevamente en Samaría.

 

Mc. 3, 7-12

7 Mas Jesús se retiró al mar con sus discípulos, y le siguió gran multitud de Galilea. Y de Judea, 8 de Jerusalén, de Idumea, del otro lado del Jordán, y de los alrededores de Tiro y de Sidón, oyendo cuán grandes cosas hacía, grandes multitudes vinieron a él. 9 Y dijo a sus discípulos que le tuviesen siempre lista la barca, a causa del gentío, para que no le oprimiesen. 10 Porque había sanado a muchos; de manera que por tocarle, cuantos tenían plagas caían sobre él. 11 Y los espíritus inmundos, al verle, se postraban delante de él, y daban voces, diciendo: Tú eres el Hijo de Dios. 12 Mas él les reprendía mucho para que no le descubriesen.

 

Lc. 6.17-19

17 Y descendió con ellos, y se detuvo en un lugar llano, en compañía de sus discípulos y de una gran multitud de gente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón, que había venido para oírle, y para ser sanados de sus enfermedades; 18 y los que habían sido atormentados de espíritus inmundos eran sanados. 19 Y toda la gente procuraba tocarle, porque poder salía de él y sanaba a todos.

 

La utilización del evangelio de Mateo como base para este trabajo tiene sus ventajas: es el más extenso y pormenorizado y el que más era utilizado en los primeros años de la Iglesia primitiva.

Sin embargo, tiene también serios inconvenientes, como es el caso de estos versículos, puesto que algunos pasajes de los otros evangelistas, al tratar de incrustarlos en el evangelio de Mateo, se quedan "descolgados" de la cronología mateana (me refiero a los pasajes de los sinópticos, porque el caso de Juan es atípico y especial).

Esta es la situación que nos encontramos en este momento, con los dos pasajes de referencia.

Este caso representa una de las ocasiones en que el evangelio de Lucas sigue las directrices (utiliza como fuente) del evangelio redactado por Marcos.

Ambos pasajes, en líneas generales, son similares, aunque podremos ver algunas diferencias ligeras entre ambos.

Su colocación en este lugar obedece a la guía mateana, puesto que el próximo pasaje a examinar de este evangelista es el "Sermón del monte" y el inmediatamente anterior corresponde al comienzo de la predicación Galilea (Mt. 4, 23-25: 23 Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. 24 Su fama llegó a toda Siria; y le trajeron todos los que se encontraban mal con enfermedades y sufrimientos diversos, endemoniados, lunáticos y paralíticos, y los curó. 25 Y le siguió una gran muchedumbre de Galilea, Decápolis, Jerusalén y Judea, y del otro lado del Jordán.), donde se recogen, vagamente, los signos que Jesús comienza a realizar en Galilea y que también nos encontramos en los pasajes que estamos comentando.

Teniendo en cuenta que los pasajes que estamos examinando ahora relatan también estos comienzos predicativos y el principio del seguimiento por parte de gran número de personas, podemos ver que son pasajes "a caballo" entre uno y otro acontecimiento.

Estamos ante pasajes "puente", vagos y atemporales que, en su mayor parte carecen de contenidos doctrinales, sino que sirven, dentro de cada redacción evangélica, para "unir" situaciones y acontecimientos.

El texto de Marcos, por ejemplo, está ubicado, dentro de su redacción, entre la curación del hombre de la mano seca  Mc. 3, 1-6 que también vemos En Mt. 12, 9-14  y Lc. 6. 6-11  y la elección de los 12 apóstoles Mc. 3, 13-15 que encontraremos en Mt. 10, 1-4  y Lc. 6, 12-16.

A su vez, el texto de Lucas, está colocado entre la elección de los 12 Lc. 6, 12-16 que encontraremos en Mat. 10, 1-4 y Mc. 3, 13-17 y las bienaventuranzas de Lc. 6, 20 y ss., que encontraremos en Mat. 5, 2 y ss.

Vemos, pues, que ambos textos, en las redacciones de Marcos y Lucas tienen una ubicación similar, aunque intercambiada con respecto a la elección de los 12 (en Marcos va después de este texto y en Lucas va inmediatamente antes).

En mi opinión, estamos ante pasajes copulativos que sirven de nexo entre acontecimientos más relevantes.

El pasaje de Lucas es el comienzo del sermón del monte de Mat. 5, que éste sitúa en lo alto de un monte, mientras que Lucas lo hace en el llano (algunas traducciones consultadas cambian llano por rellano o meseta).

Sin embargo, Marcos, no recoge nada absolutamente del sermón citado, pero en ello entraremos al comentar el capítulo 5 de Mateo.

Sea como fuere, ambos pasajes siguen siendo similares y ubican el hecho probablemente en las orillas del mar de Galilea, en un paraje llano, quizás algo elevado.

Lo que los evangelistas nos presentan es un Jesús en un momento dulce de su predicación, rodeado de grandes multitudes y con un importante número de discípulos detrás (el texto de Lucas comentado habla de "compañía de sus discípulos", pero otras traducciones bíblicas hablan de "gran multitud de discípulos"), por lo tanto nos encontramos con que la predicación comienza a dar sus frutos de forma rápida y contagiosa, si seguimos la guía de los sinópticos. Aunque si contemplamos la redacción de Juan, estaríamos en el segundo año de la predicación de Cristo.

En todo caso, la propagación de la fama de Jesús es  fulminante, si tenemos en cuenta que la única forma de proselitismo de la época es el "boca a boca".

Ambos evangelistas, en otras partes de sus textos, nos relatan de forma pormenorizada, milagros concretos de Jesús, mientras que en estos textos, nos hablan vagamente de curaciones y sanaciones diversas que, al parecer, son el detonante para este seguimiento multitudinario y rápido.

En detalle de Marcos resulta llamativo, por su insistencia a lo largo de toda su redacción. Me refiero a los versículos 11 y 12.

Va a ser una constante de Marcos este empeño de Jesús para que no se divulgase su naturaleza de Hijo de Dios. Es voluntad del evangelista, al plantearse su escueto evangelio, que sea el propio lector quien llegue a dicha conclusión , si bien, introduce, de forma sibilina en diversos pasajes, esta característica, e, incluso, comienza su evangelio con esa categorización.

Es algo típico de Marcos, que muy aisladamente veremos en los otros dos sinópticos, pero que contrasta con el evangelio de Juan que insiste, una y otra vez en presentar a Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios, el Ungido, el Cristo...

 


EL SERMON DEL MONTE

 

ESTRUCTURA DEL SERMON DEL MONTE (Mt. 5, 6 y 7)

 

 


 

 

 


Los textos que vamos a examinar a continuación (salvo Lc. 11, 27-28), pertenecen al llamado "Sermón del monte (o de la montaña)", pero antes se hace necesaria una precisión.

Mateo sitúa el sermón en un monte (el monte), mientras que Lucas lo sitúa en el llano  (rellano), puesto que este sermón es continuación de Lc. 6, 17-19.

Si tomamos las primeras palabras de Mateo "Viendo la multitud, subió al monte...", podemos hilvanarlo con Mc. 3, 13 (Subió al monte y llamó a los que él quiso; y vinieron donde él.), pero ése es el momento que Marcos utiliza para la elección de los 12, al igual que Lucas lo hace en Lc. 6, 12-16 (12 Sucedió que por aquellos días se fue él al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios. 13 Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles. 14 A Simón, a quien llamó Pedro, y a su hermano Andrés; a Santiago y Juan, a Felipe y Bartolomé, 15 a Mateo y Tomás, a Santiago de Alfeo  y Simón, llamado Zelotes; 16 a Judas de Santiago, y a Judas Iscariote, que llegó a ser un traidor.), mientras que Mateo fija esta elección bastante después de este sermón. Concretamente en Mt. 10, 1-4 (1Y llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar toda  enfermedad y toda dolencia. 2 Los nombres de los doce Apóstoles son éstos: primero Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés; Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan; 3 Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo y Tadeo; 4 Simón el Cananeo y Judas el Iscariote, el mismo que le entregó.).

Nuevamente nos encontramos ante una perplejidad dimanante de la falta de coordinación cronológica de los evangelistas en su discurso y, una vez más, citaremos aquí que la intención de los redactores evangélicos es catequista, no historicista, por lo tanto, desde su óptica, carece de interés la cronología mecánica de los aconteceres que relatan. Lo importante es su contenido doctrinal y salvífico y, a fe nuestra, que el Sermón del monte está plagado de estas características.

El Sermón del monte en general, y las bienaventuranzas en particular, constituyen uno de los pasajes evangélicos de mayor importancia y densidad doctrinal del Evangelio de Jesucristo. En este pasaje se recopila el conjunto de la doctrina cristiana que, a lo largo del ministerio público de Jesús, irá siendo desarrollada por Éste.

Tanto se ha disertado y escrito sobre estos capítulos que parece vano insistir sobre ellos, por cuanto poco o nada podría aportar a lo ya dicho por mentes más preclaras que la mía, pero siempre han constituido para mí, junto con la institución eucarística, un momento especialmente emocionante y vibrante del Evangelio y, por lo tanto, no puedo pasarlos por alto.

Siempre he sentido una especial predilección por el acontecimiento que Lucas y Mateo, fundamentalmente, nos relatan y, probablemente por ello sea la parcela del Evangelio donde más trabajo me cueste volcar al papel mis comentarios, ya que su lectura genera en mí una enorme y profunda cantidad de sentimientos íntimos difíciles de plasmar en palabras.

Procuraré no entrar en consideraciones lexicológicas respecto de los originales griegos, latinos o arameos. Voy a intentar remitirme a los textos canónicos en castellano de la Biblia de Jerusalén y Valera Reina, por estimarlos como los más fieles, en general, a sus respectivos originales.

En una primera parte, es mi propósito recorrer las bienaventuranzas (tanto de Mateo como de Lucas) y los "ayes" que Lucas plasma en su redacción, una por una, pero antes de ello, quisiera trasladar un comentario al comienzo del sermón.

Como ya hemos citado anteriormente, Lucas sitúa esta escena en un llano (o rellano), cuando Jesús se encontraba descendiendo del monte al que había subido a orar y donde realizó la elección de los 12 (Lc. 6, 12 [Sucedió que por aquellos días se fue él al monte a orar, y se pasó la noche en la oración de Dios.] y Lc. 6, 17 [Bajando con ellos se detuvo en un paraje llano; había una gran multitud de discípulos suyos y gran muchedumbre  del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón,]).

Tanto Lucas en este caso, como Mateo, como Marcos en Mc. 3, 13 (Subió al monte y llamó a los que él quiso; y vinieron donde él.) mencionan "el monte", utilizando un determinante concreto: artículo "el". No utilizan el adjetivo numeral indeterminado "un".

De ello podemos deducir que para los tres evangelistas, y para su auditorio, no se está hablando de un monte cualquiera, sino del  monte concreto al que Jesús solía acudir a orar. Desconocemos el nombre del monte, pero debía resultar innecesario citarlo por parte de los evangelistas, al considerarlo conocido de todos, ya que ninguno de ellos lo menciona por su toponímico exacto y sólo se refieren a él como "el monte".

Este sermón viene a representar, en términos de teoría política, la Constitución básica del cristianismo, entendido éste, no ya como religión, si ésta definición la conceptualizamos como un conjunto de normas, dogmas y cultos (en todo el evangelio hay ni una sola palabra que cite la voluntad de Jesús de crear una nueva religión, sino más bien todo lo contrario), sino como el seguimiento de la docencia de Jesús de Nazareth, el Hijo de Dios, compilada en este discurso y puesta en práctica por Él mismo a lo largo de su vida y ministerio redentor y reconciliador de los hombres con el Padre.

Al utilizar a Mateo como base, el Sermón del monte se convierte en un conjunto homogéneo por voluntad del evangelista. Veremos que este cuerpo doctrinal aúna 4 de las fuentes evangélicas esenciales, puesto que nos encontramos incorporaciones de Marcos (las menos), bastantes procedentes de Q, las propias fuentes mateanas y las lucanas.

La historicidad del sermón, como acontecimiento cierto en el espacio y el tiempo que Mateo lo presenta, obviamente es bastante dudosa. No así la historicidad de los dichos contenidos en la disertación, puesto que ellos se conjugan prácticamente todos los criterios de valoración histórica utilizados por los historiadores bíblicos. Lo que sucede es que, estos dichos, muy bien pudieron ser pronunciados por Jesús a lo largo de su ministerio público y Mateo los refundió en un sólo cuerpo temático en lugar de mantenerlos dispersos por el relato completo (como hace Lucas), pero ello no les quita validez, sino todo lo contrario.

 

 

Mt. 5, 1-12

1 Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos.

2 Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo:

3 Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

4 Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.

5 Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.

6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

7 Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

8 Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.

9 Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

10 Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

11 Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. 12 Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.

 

Lc. 6.20-26

20 Y alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.

21 Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis.

22 Bienaventurados seréis cuando los hombres os aborrezcan, y cuando os aparten de sí, y os vituperen, y desechen vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del Hombre. 23 Gozaos en aquel día, y alegraos, porque he aquí vuestro galardón es grande en los cielos; porque así hacían sus padres con los profetas.

24 Mas ¡ay de vosotros, ricos! porque ya tenéis vuestro consuelo.

25 ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados! porque tendréis hambre. ¡Ay de vosotros, los que ahora reís! porque lamentaréis y lloraréis.

26 ¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros! porque así hacían sus padres con los falsos profetas.

 

Lc. 11, 27-28

27 Mientras él decía estas cosas, una mujer de entre la multitud levantó la voz y le dijo: Bienaventurado el vientre que te trajo, y los senos que mamaste.

28 Pero Él dijo: Antes bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan.

 

Antes de entrar en los textos una aclaración.

Los versículos de Lucas 11, 27-28, no pertenecen al mismo contexto del resto. Están colocados en este lugar, exclusivamente porque contienen una bienaventuranza esencial, aunque su ubicación original, Lucas la sitúa fuera de su predicación en el llano, a pesar de que el capítulo 11 de Lucas contiene una buena parte que también está recogida en el "Sermón del Monte" de Mateo.

¿Por qué Lucas se desvía tanto, cronológicamente de Mateo, si su evangelio es posterior al de éste en ser acabado, respecto de estos acontecimientos?.

Las razones habría que buscarlas en dos vertientes: sus fuentes y su auditorio.

Con respecto a la primera, sus fuentes, son más tardías que las de Mateo. Depende exclusivamente de tradiciones orales de testigos presenciales o que escucharon a testigos presenciales de la vida de Jesús de Nazareth.

No es difícil suponer que a Lucas le llegan, por diversos cauces y de forma desordenada, hechos, dichos y avatares de la vida de Jesús. Ante ello, él, siguiendo un esquema catequético prefijado (católico = universal), los ordena como estima mejor para su finalidad: divulgar ante la gentilidad el Evangelio de Jesucristo.

Respecto de su auditorio, no parece el más indicado para afrontar un texto que, como el de Mateo, dedica 3 capítulos completos (5, 6 y 7) al mismo sermón.

Lucas, probablemente por deferencia hacia quienes va dirigida su redacción, estructura su evangelio con mayor dinamismo, y entre el sermón (Lc. 6, 20) que inicia con las bienaventuranzas y la continuación del mismo (según el esquema mateano) intercala una serie de acontecimientos, milagros, parábolas, desplazamientos, etc. que hacen del relato algo más asequible para la mentalidad, fundamentalmente helenística, gentil de quien es destinatario de su escrito.

Pero vayamos directamente al texto.

Bienaventuranza, bienaventurado, son signos lingüísticos compuestos por el adjetivo "bien", utilizado como morfema dependiente (prefijo) y el lexema sustantivo "ventura", el cual es asimilable a felicidad o dicha.

Luego estamos ante un concepto mayestático: la mayor felicidad o dicha posible = la felicidad perfecta.

Bienaventurado es un concepto que ha dejado de utilizarse en el idioma común, para ser reservado al léxico religioso y, habitualmente, lo sustituimos por dichoso o feliz, mientras que bienaventurado ha devenido en un participio que, una vez sustantivizado, define los dichos de Jesús emitidos al comienzo del Sermón del monte casi con exclusividad.

No hemos de confundirlo con buenaventura, que es aplicable a los dichos de los magos o adivinos paganos.

El contenido de estos dichos de Jesús, además de su propia esencia teológica y doctrinal, o quizá precisamente por eso, representan una ruptura con la teocracia judía de la época, por cuanto no son una imposición extrínseca, sino un núcleo de sugerencias, orientaciones y estilo de afrontar la vida y la relación con los demás.

No en balde, la Iglesia Católica, en su Catecismo, reserva a éste pasaje 14 de sus apartados (del 1718 al 1729), dentro de la Primera Sección, Capítulo Primero de la Tercera Parte de dicho texto.

 

El discurso que Lucas nos presenta consta de dos partes diferenciadas. La intimista dirigida hacia sus discípulos y la comunitaria (los "ayes").

Ambas son opuestas y forman una unidad dialéctica evidente. Cada bienaventuranza relatada por Lucas tiene su contrapunto en un "ay de vosotros".

El 4 (Lucas recoge 4 bienaventuranzas y 4 lamentaciones), bíblicamente es el número de la totalidad por asimilación con los 4 puntos cardinales de la tierra.

En este pasaje, Lucas, nos presenta la "totalidad" de la vida material del hombre en su relación con los demás.

Por su parte, Mateo nos presenta un discurso mucho más amplio y con un carácter docente más completo, revestido de mayor espiritualidad y profundidad.

Cristo, en la redacción mateana, nos regala un catálogo procedimental compuesto por 9 consignas que desarrollará posteriormente en el propio Sermón, o a lo largo de su ministerio.

Si prestamos un poco de atención a la estructura del texto de Mateo, observaremos que ni el número, ni su colocación, son arbitrarios o caprichosos.

Mateo, como buen judío, conoce plenamente, y maneja con habilidad, la simbología numérica presente en la cultura hebrea. Ya lo hizo con la genealogía de Jesús en Mt. 1, 1-16 (3 grupos generacionales compuesto cada uno de ellos por 14 [7 + 7] generaciones), en la oración fundamental (Padrenuestro) compuesto por 7 proclamaciones, y lo contemplamos ahora en las bienaventuranzas.

Si las vemos con cierto cuidado veremos que, por su temática, están agrupadas en 3 conjuntos de 3 bienaventuranzas cada uno de ellos (el 3 en la cultura hebrea indica intensidad, énfasis; especialmente cuando, como es el caso, se repite tres veces el mismo argumento).

1er grupo: Pobres de espíritu, los que lloran, los mansos = grupo de los débiles ante la sociedad.

2º  grupo: Hambre de justicia, misericordiosos, limpios = grupo de los sinceros y apegados a la justicia del Reino.

3er grupo: pacificadores, perseguidos, injuriados = grupo de los seguidores de las enseñanzas de Cristo y perjudicados por ello.

Las bienaventuranzas recogidas por Mateo son sólo el comienzo de un inmenso discurso que se va a prolongar a lo largo de 3 de los capítulos de su evangelio. En ese maravilloso discurso, Cristo pasa revista a todos los aspectos de la vida humana. A los aspectos íntimos, a su relación con Dios, a su relación con los demás, en todas sus vertientes, y al seguimiento de su doctrina.

Tomemos los dos primeros versículos del texto.

Ver. 1. "Viendo la multitud, subió al monte, se sentó y sus discípulos se le acercaron".

Es continuación de Mt. 4, 25 (Y le siguió una gran muchedumbre de Galilea, Decápolis, Jerusalén y Judea, y del otro lado del Jordán.)

Cristo observa lo que sucede a su alrededor y el impacto popular que está provocando el comienzo de su actividad pública. No es insensible a ello. El no habla para la galería ni se auto complace en escucharse. Su Ser no es para Sí mismo, sino para los demás. Su esencia está en darse, que no es otra cosa que el significado profundo de AMOR.

Por otro lado, ya no está solo, ni es un reducido grupo el que le sigue, sino una muchedumbre a la que no puede dirigirse si no es desde una elevación física (subió al monte).

El monte tiene un significado teológico, además de constituir una necesidad geográfica para la acción de Cristo.

El monte representa, para los hebreos, el lugar desde donde Dios se dirige al hombre y donde se le adora (Garizín para los samaritanos, Sión para los judíos).

El monte (el lugar alto) es donde se posó el arca de Noé (renacimiento de la humanidad) en Gen. 8, 4: y en el mes séptimo, el día diecisiete del mes, varó el arca sobre los montes de Ararat.

A un monte ordenó dirigirse Dios a Abrahám para realizar el sacrificio de Isaac (Gen. 22, 2: Díjole: «Toma a tu hijo, a tu único, al que amas, a Isaac, vete al país de Moria y ofrécele allí en holocausto en uno de los montes, el que yo te diga.» ).

En el Horeb recibió Moisés su primer mensaje divino (Ex. 3, 1: Moisés era pastor del rebaño de Jetró su suegro, sacerdote de Madián. Una vez llevó las ovejas más allá del desierto; y llegó hasta Horeb, la montaña de Dios.).

En el Sinaí se produjo la teofanía fundamental de la religión hebraica (Ex. 19, 3: Moisés subió hacia Dios. Yahveh le llamó desde el monte, y le dijo: «Así dirás a la casa de Jacob y esto anunciarás a los hijos de Israel: y Ex. 19, 20: Yahveh bajó al monte Sinaí, a la cumbre del monte; llamó Yahveh a Moisés a la cima de la montaña y Moisés subió.).

En el monte, Moisés recibió la ley (Dt. 9, 9: Yo había subido al monte a recoger las tablas de piedra, las tablas de la alianza que Yahveh había concluido con  vosotros. Permanecí en el monte cuarenta días y cuarenta noches sin comer pan ni beber aguay Dt. 10, 1: Yahveh me dijo entonces: «Labra dos tablas de piedra como las primeras y sube donde mí a la montaña; hazte también un arca de madera.).

En el monte Nabo, Moisés murió después de ver la tierra prometida sin alcanzarla (Dt. 34, 1: Moisés subió de las Estepas de Moab al monte Nebo, cumbre del Pisgá, frente a Jericó, y Yahveh le mostró la tierra entera: Galaad hasta Dan,).

Así podríamos seguir por mucho tiempo, mostrando la presencia ininterrumpida de los lugares altos (montes) respecto de la relación del pueblo con Dios.

La subida de Jesús al monte, pues, tiene un doble aspecto.

Por un lado la necesidad de abarcar con su verbo al mayor número posible de congregados (obviamente en esa época no existía la megafonía actual) y por otro, el significado teológico de que quien asciende para hablarles desde lo alto (como anteriormente hizo Dios con Israel) es el Unigénito de Dios, situándose, geográficamente, en el mismo lugar en que anteriormente lo hizo su Padre (en lo alto). Es una situación de equiparación con el Padre y de superioridad ante los hombres.

Ver. 2. "Tomando la palabra, les enseñaba diciendo:"

            "Y abriendo su boca..."

Ambas versiones de la Biblia difieren en el léxico de la primera frase pero no en su significado.

Blas de Otero decía: "me queda la palabra". A Cristo no le queda la palabra, es que es lo único que utiliza. Para el pueblo hebreo la palabra es mucho más que la expresión oral de una idea o pensamiento. La palabra es mucho más. Significa un objeto cargado de la fuerza del alma de quien la pronuncia.

En el contexto bíblico en que nos movemos, la palabra expresa la totalidad de la persona que la emite.

En este caso, y con respecto al Sermón del monte, esta definición es la más adecuada, por cuanto este sermón es la totalidad de la enseñanza de Cristo, ya que, como hemos dicho anteriormente, abarca todos los aspectos de la existencia humana individual y relacional (con otros individuos y con el Padre), luego, la frase, aparentemente trivial, incluye un significado teológico de gran fuerza. De hecho, Cristo es el Verbo (el LOGOS) hecho carne (Jn. 1, 14: Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.) y el Verbo existe desde siempre, es el fundamento y el motivo de la creación (Jn. 1, 1: En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios.).

La segunda frase contiene otro mensaje trascendente. Enseñar es más que hablar o predicar. Enseñar es transmitir, más allá de la simple comunicación oral, una idea, un proyecto, un futuro.

El que enseña da a quienes escuchan y aprenden, algo de sí mismo.

La enseñanza es el superlativo de la comunicación. Supera a ésta por cuanto presupone un binomio íntimo, imprescindible e indisoluble: el docente y el dicente.

El perceptor integra la enseñanza dentro de sí, la hace suya, y algo del docente pasa a formar parte de él. Implica una comunión de ideas que trasciende la comunicación informativa.

Toda la vida pública de Jesús es una docencia práctica, y ella comienza con este discurso amplio y generoso.

La enseñanza, además, implica un acto formativo vivo. No es una exposición pasiva de hechos o planteamientos, sino una posición activa que conlleva el traspaso de conocimientos y sabiduría.

A lo largo de su ministerio, veremos a Cristo posicionado de forma activa ante los aconteceres que se le presentan, y jamás en una actitud pasiva frente al mundo, su pueblo y las contradicciones humanas.

Entremos ya directamente en las bienaventuranzas propiamente dichas.

1).- Mt. Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.

      Lc. Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios.

      ¡Ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo.

En la primera de las bienaventuranzas nos encontramos una diferencia capital entre Lucas y Mateo (o Mateo y Lucas, por seguir el criterio utilizado para este trabajo) .

El propio mensaje de las bienaventuranzas no es novedoso, en esencia. Aunque sí lo son en su planteamiento. Prácticamente todas ellas son recreaciones y actualizaciones de los Salmos, y otras de sus sentencias las podemos rastrear en los libros proféticos del AT. La novedad que Cristo introduce con su proclamación hemos de buscarla más en el planteamiento que Él hace de las mismas que en su propio texto.

El Salmo 34 es uno de los mejores ejemplos de lo que se menciona más arriba.

Mientras que el Salmo es una oración de súplica, una imploración, una manifestación de deseo de justicia o ayuda de Dios,  Cristo proclama una aseveración y una sentencia.

En todas las bienaventuranzas nos encontramos dos partes: una proclamación y una justificación de la misma.

La primera de Mateo es diferente de la primera de Lucas en la proclamación de la sentencia, no en su justificación.

Mientras que Mateo habla de los "pobres de espíritu", Lucas se refiere exclusivamente a "los pobres".

A primera vista podría parecernos que ambos evangelistas, en la primera parte de la proclamación, están refiriéndose a dos grupos sociales diferentes: los pobres de espíritu (los simples, los sin ambiciones, los que no compiten por la mejora social o personal, los resignados) y los pobres, económicamente hablando (los sin recursos, los miserables, los indigentes).

Considerarlo así sería una simpleza y manifestaría un desconocimiento de la realidad social y cultural del entorno en que Jesús se mueve.

La pobreza, como grupo cultural y social en los tiempos de Jesús, aúna, en una sola, todas las parcelaciones que nuestra sociedad mercantilista segrega. Los pobres de Jesús lo son en todos los aspectos.

Son los excluidos, la periferia de la sociedad, lo marginal. Incluso de la religión, que ni siquiera les pide sus oblaciones sacrificiales.

Los pobres de Jesús son los que sólo tienen la esperanza en Dios y su ayuda. Su confianza no está puesta en el poder y las riquezas porque están segregados de su acción. Ni siquiera está en la religión oficial porque ésta también les excluye de su actividad por considerarlos un "desecho" social.

Su confianza, pues, sólo puede estar en el Reino de Dios (o de los cielos).

Por lo tanto, las diferencias de los evangelistas en esta primera proclamación es más aparente que real, si bien, los orígenes de la de Mateo podríamos buscarlos en Is. 61, 2 (a pregonar año de gracia de Yahveh, día de venganza de nuestro Dios; para consolar a todos los que lloran), mientras que los de Lucas estarían más en consonancia con Sof. 2, 3 (Buscad a Yahveh, vosotros todos, humildes de la tierra, que cumplís sus normas; buscad la justicia, buscad la humildad; quizá encontréis cobijo el Día de la cólera de Yahveh.).

La lectura e interpretación sesgada que se hace desde nuestra sociedad materialista, deviene en una manipulación intencionada. Separamos pobres de espíritu y simplemente pobres; y ello es una falsedad.

La justificación de la sentencia "porque suyo es el Reino de los cielos (de Dios)" es una consecuencia de su propia condición de exclusión.

A quien está al margen de todos los mecanismos, resortes y aparatos ideológicos de la comunidad, sólo puede quedarle la fe en un cambio radical, no que invierta la situación, como proponen las revoluciones sociales y materialistas, sino en una cambio que instale la equidad, la justicia y la paz. Esta alternativa sólo es factible con la instauración del Reino de Dios (de los cielos).

Cristo, en esta proclamación, supera y trasciende la lástima que cínicamente solemos mostrar en nuestra sociedad, tratando de paliarla o disimularla con limosnas y falsas solidaridades, entregando de "lo que nos sobra" en lugar de compartir realmente lo que poseemos.

El texto de Lucas, además, añade una consecuencia o lamentación: ¡"Ay de vosotros los ricos!..."

Esta proclamación la veremos reiterada a lo largo de la vida pública de Jesús, especialmente en la parábola de Lázaro en Lc. 16, 25 (Pero Abraham le dijo: "Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado).

Esta bienaventuranza es una llamada de atención a nuestra secularizada y materialista civilización. La orientación de Jesús es clara en Mt. 6, 21 (Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón).

Prefiero ser "pobre de espíritu" en esta sociedad, fijando mi tesoro en el Reino, que rico terrenal, donde mis tesoros, con mi muerte, no serán de utilidad para la vida verdadera.

A Dios no se le compra con riquezas o limosnas. Preguntémonos cada uno de nosotros ¿donde preferimos tener nuestro consuelo: en la tierra con los ídolos de la riqueza y los bienes materiales, o en el Reino de los cielos con la compañía del Padre?.

Según sea nuestra respuesta, así habremos de considerarnos y calificarnos.

¿Somos ricos y recibimos nuestro consuelo con el poder, la promoción económica, la consideración social y el goce de los bienes materiales que obviamente procederán, en mayor o menor medida, de la expoliación de otros hermanos?, o ¿preferimos ser considerados pobres de espíritu porque nuestro fin no está en la escala social, sino en obtener la compañía de Dios en el Reino de la justicia y el amor?.

Como siempre, Dios no impone, sólo muestra el camino y sugiere su adopción. Cada hombre es libre para decidirse por una u otra alternativa.

Para la segunda de las bienaventuranzas he optado por seguir el texto de la Biblia de Jerusalén, puesto que entre este texto y el de la Biblia Valera Reina hay una diferencia de orden. Ambas traducciones intercambian la segunda y tercera bienaventuranza (Ver. 4 y 5 del Cap. 5 de Mateo).

2).- Bienaventurados los mansos porque ellos poseerán la tierra en heredad.

Para esta bienaventuranza no existe complementaria en Lucas, por lo que es exclusiva de Mateo.

Muy en su línea, su origen debemos buscarlo en el Salmo 37, ver. 11 (mas poseerán la tierra los humildes,  y gozarán de inmensa paz.), así como en Is. 57, 15 (Que así dice el Excelso y Sublime, el que mora por siempre y cuyo nombre es Santo. «En lo excelso y sagrado yo moro, y estoy también con el humillado y abatido de espíritu, para avivar el espíritu de los abatidos, para avivar el ánimo de los humillados.).

El Diccionario de la Real Academia Española define el vocablo "manso" como "benigno y suave en su condición", asimilando otros significado como apacible, sosegado, tranquilo.

Una explicación bíblica la encontraremos en Pr.14, 30 (El corazón manso es vida del cuerpo; la envidia es caries de los huesos.), si tenemos en cuenta que los hebreos entendían por corazón lo que nosotros por mente o intelecto.

A su vez, el propio Cristo apoyará después su bienaventuranza (esta es una constante para todas ellas: Jesús las pronuncia en el Sermón de monte, para posteriormente desarrollarlas en su ministerio público) en Mt. 11, 29 (Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; = y hallaréis descanso para vuestras almas. =).

En este caso, la mansedumbre es una condición que va más allá del concepto de apacible, sosegado y tranquilo que mencionaba el Diccionario como sinónimos. Otras traducciones bíblicas utilizan en esta bienaventuranza el concepto del Salmo (humilde de corazón o, simplemente, humilde).

Esta mansedumbre definida por Cristo es el antónimo de la ira y la irascibilidad. Hace referencia, como continuación a la primera de las bienaventuranzas, a las personas sencillas, sin voz ni voto.

Una vez más, nos encontramos con una sentencia opuesta a los valores considerados como primordiales en nuestra civilización.

Nuestra cultura occidental, capitalista y neoliberal, prima a quien busca y procura la agresividad como medio para obtener la victoria en la competencia con los demás. Ya sea en el trabajo, en la política, en el arte, en la economía o en el marco social por excelencia: el mercado.

Dentro de la civilización de que nos hemos dotado, la mansedumbre, o la humildad, no es una virtud, sino todo lo contrario. Esta cualidad, que Cristo ostenta y proclama, es considerada, entre nosotros, una debilidad y freno para la armonía social y, a quien la manifiesta, se le soslaya, oprime y pisotea. Estamos ante la inversión de valores a que nos ha conducido la competencia.

La bienaventuranza de nuestra civilización sería la inversa: bienaventurados los agresivos y competitivos, porque ellos poseerán los bienes materiales de la sociedad.

Esta es la premisa de la economía de mercado que estructura la sociedad de consumo y libre competencia, donde sólo el ascenso en el escalafón social, sin importar el medio, es considerado. Todo lo demás es denostado y apartado.

La antítesis entre la sentencia de Cristo y la premisa funcional de nuestra cultura es evidente. Cada cual que saque sus propias conclusiones.

La consecuencia de la sentencia tiene un doble sentido.

La tierra, para el pueblo hebreo, tiene un significado más allá de lo material. Poseer la tierra es la culminación de la promesa hecha por Dios a los patriarcas, pero también es lo contrario al nomadismo y la provisionalidad. Significa estabilidad y sedentarismo.

A su vez, la tierra que cita Cristo, puede entenderse en un sentido mucho más amplio y global, extensión de los significados simbólicos patriarcales.

Quien posee la tierra tiene el poder. El sentido que, en mi opinión, quiere manifestar Jesús en su consecuencia está más dirigido hacia este símbolo.

Es creencia general que quien ostenta el poder y manda es, a su vez, el poseedor de la vida y voluntades de quien es mandado.

Cristo rompe con esta creencia. Él otorga la verdadera posesión a quienes padecen la opresión. Otra vez la trascendencia del Reino que va más allá de la detentación de bienes y poderes materiales. Ellos, los humildes, los tranquilos, los que no priorizar la lucha por el ascenso y la promoción, son lo que, en definitiva, serán dichosos, porque el auténtico poder que está en la mano del Padre, les será entregado en herencia puesto que esa es la voluntad del Dios manso y tardo en la ira.

3).- Mt. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Lc. Bienaventurados los que llorais ahora, porque reiréis.

¡Ay de vosotros los que ahora reís!, porque lamentaréis y lloraréis.

Los antecedentes de la redacción mateana podemos rastrearlos en Is. 61, 2 (a pregonar año de gracia de Yahveh,  día de venganza de nuestro Dios; para consolar a todos los que lloran).

No es casual la inclinación de Mateo por usar textos del mayor de los profetas hebreos, ya que su redacción, como ya hemos mencionado a lo largo de este trabajo en varias ocasiones, fue, originalmente concebido como instrumento catequético para los cristianos procedentes del judaísmo y que se desenvolvían en el interior de Palestina.

Cuando Cristo habla de los que lloran está ampliando la significación conceptual del verbo llorar, extendiéndolo al de "sufrir".

La voz pasiva del verbo obedece a una tradición hebra consistente en utilizar todo tipo de subterfugios para evitar la utilización del nombre de Yahweh. Esta frase podría sustituirse plenamente por: "porque Dios (Yahweh) os consolará".

La preocupación de Cristo, a lo largo de todo su ministerio, por el sufrimiento de los demás es la constante del mismo. De ahí se derivan sus acciones y signos milagrosos en evitación o mitigación del sufrimiento ajeno.

Las bienaventuranzas, en su conjunto, podríamos definirlas como un compendio programático del Reino de los cielos (de Dios), como alternativa a los reinos de la tierra (materialistas).

Que el Reino de los cielos se ha aproximado por la encarnación del Verbo lo sabemos a través de Mt. 4, 17 (Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: «Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado.»), pero su plenitud no se alcanzará hasta la parusía (segunda venida de Cristo) que podemos evidenciar en el inquietante capítulo 24 de Mateo.

Del propio contenido de las bienaventuranzas y de los textos evangélicos citados podemos desgranar un mensaje escatológico indudable.

Sin embargo, siempre he entendido el mensaje de Cristo como una llamada de vida y esperanza (Jn. 11, 25 [Jesús le respondió: «Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque muera, vivirá]), pero no sólo en el aspecto recogido en la perícopa de la resurrección de Lázaro, en cierto modo también escatológico, sino inserto en la vida real de cada uno de nosotros.

Desde la fe en Cristo me llega la proclama esperanzadora de que la vida, a pesar de todo, merece la pena ser vivida. No de otro modo puedo entender la sanación de paralíticos, ciegos, mudos y leprosos.

Cristo es la esperanza de la resurrección con el Padre, pero también el anuncio de que en esta vida no todo es desechable y que, desde ella podemos preparar su segunda visita contribuyendo a la construcción del Reino. El auténtico objetivo que nos puede servir de luz y guía.

Por eso, esta bienaventuranza siempre me ha creado cierto conflicto por su aparente carga fatalista y determinista.

¿Acaso no existe esperanza de consolación al sufrimiento terrenal, salvo el que provenga de la esperanza en la resurrección última?, y, en la redacción de Lucas ¿puede desprenderse que la alegría es inalcanzable en la tierra porque esa dicha, indefectiblemente, acarreará el llanto y sufrimiento tras el juicio?.

Quizás sea un planteamiento simplista, o no he captado el trasfondo de la bienaventuranza, pero me resisto a pensar que Jesús quiere decirme que me resigne al sufrimiento terrenal porque de esa forma obtendré la consolación del Padre en la vida eterna y, por extensión, cualquier alegría terrenal implica motivos de sufrimiento tras la resurrección.

Tampoco me encaja el mensaje escatológico de esta sentencia y consecuencia, y mucho menos la lamentación recogida por Lucas, en el conjunto de la Buena Noticia de la reconciliación con el Padre.

Desde este cuestionamiento, ¿qué mensaje de alegría podría darle a quien padece la postración por la enfermedad nunca buscada ni deseada, el sufrimiento de la marginación, la soledad o la opresión?. ¿Qué he de decirle: tienes suerte porque tus sufrimientos te serán recompensados cuando resucites tras tu muerte?. ¿Quizás debo decirle: sigue sufriendo porque en caso contrario perecerás para la vida eterna?. ¿No es un contrasentido con la resurrección de la hija de Jairo, la del propio Lázaro citado antes, el episodio de la viuda de Naín y tantas consolaciones recogidas en el ministerio de Cristo?. ¡Vaya un mensaje de esperanza que estaríamos ofreciendo desde esta inclinación puramente escatológica!.

Creo que no hemos nacido para sufrir. O, al menos, no solamente, para sufrir; sino también para buscar la felicidad en la vida terrenal a través de la búsqueda de la Verdad. De otra manera, ¿qué sentido tendría la nueva pascua de Cristo, sólo escatológica; o también una fuente de esperanza y alegría por la reconciliación y la evidencia de que la felicidad del Reino está entre nosotros?.

¿Cómo asimilar entonces esta bienaventuranza compatibilizando, además, mi creencia de que mi alegría es motivo de alegría para otros y que intento alcanzarla desde el atisbo de paz que otorga la colaboración en la edificación del Reino de Dios?.

Sólo se me ocurre una salida, y esta consiste en que la sentencia, la consecuencia y la lamentación están referidas al sufrimiento generado por la injusticia del hombre y que la risa recogida por Lucas sea considerada por el evangelista como la obtenida en base al sufrimiento de otros.

Desde esa perspectiva sí puedo encajar las aseveraciones de estas líneas, aun estimando que la construcción del Reino pasa por la lucha contra las situaciones generadoras de sufrimiento para otros hermanos, nunca desde la pasividad determinista o fatalista.

El destino del hombre es Dios y los caminos para alcanzar su compañía están en la vida terrenal, pero es nuestra capacidad optativa la que ha de guiarnos por las sendas correctas: el amor y la caridad.

4).- Mt. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos.

Lc. Bienaventurados los que tenéis hambre, porque seréis saciados.

¡Ay de vosotros, los que hora estáis hartos!, porque tendréis hambre.

La redacción mateana podemos remontarla, con algo de imaginación a Is. 55, 1 (¡Oh, todos los sedientos, id por agua, y los que no tenéis plata, venid, comprad y comed, sin plata, y sin pagar, vino y leche!), mientras que la lamentación de Lucas tendría su ascendiente en Is. 65, 13 (Por tanto, así dice el Señor Yahveh: Mirad que mis siervos comerán, mas vosotros tendréis hambre; mirad que mis siervos beberán, mas vosotros tendréis sed; mirad que mis siervos se alegrarán, mas vosotros padeceréis vergüenza).

Como en el caso de la 1a bienaventuranza, ambos evangelistas difieren en la redacción de la bienaventuranza, pero también es una apariencia redaccional, ya que el sentido de ambas es el mismo.

Lucas no puede referirse exclusivamente al hambre física, que también, sino, especialmente, al hambre de justicia; mientras que Mateo no ignora el hambre física, sino que la integra en la sentencia.

Esta bienaventuranza está ligada directamente con la tercera, puesto que la injusticia, el hambre y sed de justicia (que implica la situación de injusticia) genera sufrimiento y llanto.

Vuelvo a reiterar lo dicho con motivo de la anterior bienaventuranza, aunque con una mayor dedicación al plano social que se desprende de la presente.

La finitud y limitaciones humanas no son excusas para la opresión y generación de injusticias. Nunca podemos justificar la situación que supone la colocación de la dignidad del hombre por debajo del bienestar material de otro. Eso es la opresión.

Nunca podremos justificar que no todos los hombres tengan el mismo derecho real a acceder a los bienes materiales (es el desequilibrio de la detentación de la riqueza por una minoría en detrimento de la mayoría expoliada).

Nunca podremos justificar que cualquier hombre esté impedido para ejercer la libertad con que ha sido creado (es la situación de injusticia generada por la concentración del poder político, económico y social en manos de unos pocos, ejercido sobre el resto, incluso con violencia).

Aquí sí que el mensaje de la bienaventuranza es unívoco: la injusticia de las estructuras y aparatos ideológicos de la sociedad construida por los humanos no es arbitraria ni accidental, sino fruto del abuso de la libertad por parte de quienes han tenido un acceso más fácil a las fuentes del poder y riquezas terrenales o han manipulado en su beneficio los medios de que han sido dotados.

No es accidental la división de la población de la Tierra en 4 mundos diferentes y distanciados por grandes abismos.

Tampoco lo es que el primer mundo, constituida por la décima parte de la humanidad, concentre el 80% de las riquezas.

No es fruto de la casualidad que miles de millones de personas vivan por debajo de los umbrales de la pobreza absoluta, la indigencia, el analfabetismo y la miseria.

El hambre y la sed de justicia en el mundo son inmensos; y de la solventación de esta situación contraria a la voluntad del Padre, somos responsables todos, pero muy especialmente quienes pretendemos contribuir a la construcción del Reino de la justicia y la igualdad.

No vale delegar esta misión en los poderosos, porque es confiar el cuidado del rebaño a la manada de lobos. Tampoco a los representantes políticos o instrumentos sociales, porque sólo representan los intereses de la clase  o grupo que les sustenta.

Es responsabilidad de cada uno de nosotros el contribuir a mitigar el hambre en el mundo. Ayudar a la instauración de la justicia real para todos los hombres y saciar la sed de igualdad entre los pueblos.

Puesto que es una situación generada por voluntades, obviamente por voluntades puede ser alterada. No hacerlo, sí que conllevará la lamentación de Lucas, cuando cada cual deba presentarse ante el Padre (Mat. 25, 42 [Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber;]).

5).- Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Nos encontramos ante una bienaventuranza sin paralelo en Lucas y con raíces  fuertes en el AT.

Cristo utilizará esta acción (la misericordia) a lo largo de toda su vida pública con profusión y cómo algo esencial y contrapuesto al fingimiento sacrificial, ritual y litúrgico.

Centremos primero el vocablo para identificar a qué nos estamos refiriendo.

Una definición simple nos llevaría a identificar la misericordia como una virtud que induce a compadecer las miserias ajenas.

A su vez, la Iglesia Católica, en su Catecismo, la identifica como uno de los frutos de la caridad (1829:La caridad tiene por frutos el gozo, la paz y la misericordia. Exige la práctica del bien y la corrección fraterna; es benevolencia; suscita la reciprocidad; es siempre desinteresada y generosa; es amistad y comunión: La culminación de todas nuestras obras es el amor. Ese es el fin; para conseguirlo, corremos; hacia él corremos; una vez llegados, en él reposamos [S. Agustín, ep. Jo. 10,4]), al tiempo que su práxis la define como una acción de ayuda al necesitado (2447: Las obras de misericordia son acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales (cf. Is 58,6-7; Hb 13,3). Instruir, aconsejar, consolar, confortar, son obras de misericordia espiritual, como perdonar y sufrir con paciencia. Las obras de misericordia corporal consisten especialmente en dar de comer al hambriento, dar techo a quien no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos, enterrar a los muertos (cf Mt 25,31-46). Entre estas obras, la limosna hecha a los pobres (cf Tb 4, 5-11; Si 17,22) es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna; es también una práctica de justicia que agrada a Dios (cf Mt 6,2-4)).

Si bien la frase emitida por Cristo, tal y como la contemplamos aquí, no tiene parangón en el AT, sí la tiene la justificación de su origen veterotestamentario en Os. 6, 6 (Porque yo quiero amor, no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos); Is. 58, 6-7 (6 No será más bien este otro el ayuno que yo quiero: desatar los lazos de maldad, deshacer las coyundas del yugo, dar la libertad a los quebrantados, y arrancar todo yugo?  7 No será partir al hambriento tu pan, y a los pobres sin hogar recibir en casa?. ¿Que cuando veas a un desnudo le cubras,  y de tu semejante no te apartes?) y Ecl. 4, 8-10 (8 Inclina al pobre tus oídos, responde a su saludo de paz con dulzura. 9 Arranca al oprimido de manos del opresor, y a la hora de juzgar no seas pusilánime. 10 Sé para los huérfanos un padre, haz con su madre lo que hizo su marido. Y serás como un hijo del Altísimo; él te amará más que tu madre.).

El propio Cristo, después, en Mt. 9, 13 (Id, pues, a aprender qué significa aquello de: = Misericordia quiero, que no sacrificio. = Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.») y nuevamente en Mt. 12, 7 (Si hubieseis comprendido lo que significa aquello de: = Misericordia quiero, que no sacrificio, = no condenaríais  a los que no tienen culpa) hace su bandera de la cita de Oseas contra la falsedad cultista vacía de realidades pragmáticas con el prójimo.

Entiendo que Cristo va más allá, en su proclamación, de las definiciones expuestas más arriba.

Efectivamente estamos ante una acción virtuosa personal, pero también ante un acto de justicia reparadora de la iniquidad presente en la organización humana.

Esta bienaventuranza , pues, es una continuación y extensión de la anterior.

Observemos que Cristo, en ningún momento hace mención a la limosna.

La misericordia, la atención al necesitado, tanto en su forma espiritual (escucha, consejo, etc.), como en su aspecto material (saciar el hambre del hambriento, vestir al desnudo, acompañar al aislado, etc.), son una suerte de subversión de la injusticia presente.

El sentido cristiano de sentencia y consecuencia podemos encontrarlo en las propias palabras de Jesús más adelante, dentro de este mismo Sermón (Mt. 7, 12 [«Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la  Ley y los Profetas.]).

Existe otro sentido aplicado a la misericordia, no ya como acción reparadora de injusticias y desigualdades, sino asimilada al perdón y comprensión. Estamos ante la tolerancia de que Dios hace gala para con sus criaturas, perdonando, en su infinita misericordia, las ofensas con que le regalamos a cada momento.

Si volvemos a Mt. 7, 12, lo apabullante de la lógica nos hace contemplar con claridad que si esperamos el perdón y misericordia de Dios para nuestras necesidades y por nuestras faltas, obviamente habremos de poner en práctica la misma acción en nuestro acontecer personal y en nuestra relación con el prójimo.

Por lo tanto, el concepto misericordioso tiene un aspecto que trasciende la obra caritativa, para entrar a fondo en el espíritu del perdón y comprensión que ha de primar nuestra existencia.

6).- Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Tampoco esta bienaventuranza tiene paralelo en la redacción lucana.

Su antecedente veterotestamentario lo encontraremos claramente en el Salmo 24, ver. 4-5 (4El de manos limpias y puro corazón, el que a la vanidad no lleva su alma, ni con engaño jura. 5 El logrará la bendición de Yahveh, la justicia del Dios de su salvación.).

Para la cultura semítica, el corazón significaba la interioridad estática de la persona (convicciones, hábitos de actuación, ideología, etc.). Viene a equivaler, para nosotros, a la mente. El componente intelectual del individuo.

¿A quienes? o ¿ a qué se está refiriendo Jesús con el concepto "limpios de corazón"?.

El propio Jesús nos va a responder en Mt. 23 (todo un capítulo dedicado a la hipocresía y la intriga, dirigido a los fariseos) y Lc. 11, 42-47 (42 Pero, ¡ay de vosotros, los fariseos, que pagáis el diezmo de la menta, de la ruda y de toda hortaliza, y dejáis  a un lado la justicia y el amor a Dios! Esto es lo que había que practicar aunque sin omitir aquello. 43 ¡Ay de vosotros, los fariseos, que amáis el primer asiento en las sinagogas y que se os salude en las plazas! 44 ¡Ay de vosotros, pues sois como los sepulcros que no se ven, sobre los que andan los hombres sin saberlo!» 45 Uno de los legistas le respondió: «¡Maestro, diciendo estas cosas, también nos injurias a nosotros!» 46 Pero él dijo: «¡Ay también de vosotros, los legistas, que imponéis a los hombres cargas intolerables, y vosotros  no las tocáis ni con uno de vuestros dedos! 47 «¡Ay de vosotros, porque edificáis los sepulcros de los profetas que vuestros padres mataron!)

Dentro de estas citas, la más apropiada la encontraremos en Mt. 23, 27-28 (27 «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen  bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia! 28 Así también vosotros, por fuera aparecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad.).

Cristo nos está hablando de la hipocresía, de la intriga, de la hipoteca intelectual y mental.

Si alguien es paradigma de limpieza de corazón, esa fue su madre, María, tal como se reconoce en la anunciación (Lc. 1, 30: El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios;) y ella misma responde (Lc. 1, 38:Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el ángel dejándola se fue).

Esta es la pureza de corazón querida por Cristo y a quienes dota de dicha hasta el punto de poder alcanzar la gloria de ver a Dios.

Si algo es incompatible con la docencia cristiana, es la hipocresía y el empeño mental en acciones banales y fútiles. Cristo no enseña una religión, sino que es el ejemplo vivo de una actitud y posicionamiento existencial ante la vida relacional, tanto en el aspecto humano (con los demás), como en su sentido espiritual (de relación con Dios), aunque ambos no están separados, sino que forman una misma unidad con dos vertientes.

Este posicionamiento es imposible si el esfuerzo mental se pone al servicio de objetivos materiales caducos que se contraponen a la Verdad absoluta: el destino universal de los hombres es la compañía del Padre.

No es posible vislumbrar la presencia divina cuando nuestra existencia discurre por derroteros enrevesados e intrigantes.

¡Qué lejos estamos de esta sentencia y consecuencia cuando predicamos la igualdad y justicia del Reino y contribuimos con nuestras acciones a la marginación, la opresión y la insidia!.

¿Donde queda, en esos momentos, nuestra pureza de corazón, cuando nos repugna el trato con los periféricos de nuestra sociedad que nosotros mismos hemos contribuido a ubicar, y se nos llena la boca de falsa y hueca solidaridad?.

¿Seguimos a Cristo cuando utilizamos todos los recursos a nuestro alcance (difamación, calumnia, despecho, ignorancia) para medrar en nuestro escalafón social o socavar la situación del hermano?.

Cristo también nos aclara este punto en Mt. 6, 21 (Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón).

¡Cuidado donde ubicamos nuestros tesoros (objetivos), porque allí irán dirigidos todos los esfuerzos de nuestro corazón (mente)!. Y no tratemos de maquillar los actos, porque el maquillaje implica simulación; y ello es contrario a la limpieza pregonada por Cristo como imprescindible para alcanzar la vista de Dios.

7).- Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Nuevamente nos encontramos con una aseveración exclusiva de Mateo, sin paralelo en ningún otro evangelista.

La paz hebrea es mucho más que la ausencia de guerra o conflicto. El saludo judío (Shalom) tiene una carga real de deseo de bienestar y felicidad para quien es el receptor del mismo que supera grandemente nuestras salutaciones huecas.

La invasión mediática actual nos lleva, en ocasiones, a limitar y sesgar los términos conceptuales de comunicación.

La paz, en nuestros días, parece ser un término con reminiscencias políticas y gubernamentales, casi con exclusividad, que lo alejan de la cotidianeidad.

La lectura atenta del Evangelio nos devuelve a la realidad y la verdad.

La paz que Cristo cita en su dicho es la que emana del Príncipe de la paz de Is. 9, 5 (Porque una criatura nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Estará el señorío sobre su hombro, y se llamará su nombre «Maravilla de Consejero»,  «Dios Fuerte»,   «Siempre Padre»,  «Príncipe de Paz». ) y Ef. 2, 14 (Porque él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad,).

Dentro de este mismo Sermón, nuevamente Jesús va a dar explicación a esta bienaventuranza en Mt. 5, 44-45 (44 Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, 45 para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos.).

Los que trabajan por la paz (los pacificadores, los pacíficos), son aquellos que lejos de responder a la ofensa con el agravio, cumplen con lo indicado en Mt. 5, 39-42 (39 Pues yo os digo: no resistáis al mal; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra: 40 al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica déjale también el manto; 41 y al que te obligue a andar una milla vete con él dos. 42 A quien te pida da, y al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda.).

Cristo no sólo nos está hablando de la paz entre las naciones y los pueblos, que también, sino que sus palabras son más cercanas y próximas. El conflicto lo tenemos a diario, con nuestro vecino, con nuestro compañero, con nuestra pareja, con nuestros hijos, con nuestros familiares, con el conductor del coche de al lado, con el peatón, con el mendigo que nos importuna...

En estos espacios relacionales es imprescindible trabajar por la paz verdadera, si queremos ser reconocidos como hijos de Dios.

No está de más elevar grandes plegarias por la paz del mundo, pero no es suficiente con hacerlo y quedarse conformes con ello (especialmente porque los conflictos internacionales están sujetos a intereses políticos, estratégicos y, fundamentalmente, económicos, que escapan de nuestro control) sino trabajar en lo cotidiano y próximo. Si este viento limpio, cargado de paz, se derrama por todas las esferas sociales en las que actuamos, quedarían abolidos los conflictos (incluso las trifulcas internacionales). La proximidad haría presa en la lejanía y una marea de sosiego inundaría la humanidad.

No nos perdamos en lo inútil, porque el conflicto está a nuestro alcance, y su pacificación también.

¿Que es una ilusión, una utopía y una locura?, efectivamente. Seguir a Cristo es la más hermosa de las alucinaciones  y la utopía más alcanzable.

8).- Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.

Seguimos en la misma tónica de exclusividad mateana.

Cuando aprendí esta bienaventuranza en la escuela, y durante muchos años se mantuvo así, su redacción era diferente. Venía a decir, y aún se puede encontrar en ediciones bíblicas antiguas: bienaventurados los que padecen persecución por la justicia...

Esta redacción poco clara, siempre me resultó chocante y alarmante por su incongruencia. Ya que, a primera vista, se entendía que Jesús dotaba de dicha a quienes la justicia perseguía.

Es decir, el sujeto de la persecución era quienes atentaban contra la justicia, y ésta era el instrumento perseguidor. Tal redacción siempre me resultó incomprensible, hasta que la redacción actual pasó a poner las cosas en su debido lugar.

Así, el objeto de la persecución realmente no es el delincuente, como aparentaba en la primera redacción, sino el que, precisamente, intenta alcanzar la justicia.

La 1ª carta de Pedro, nos los reitera en su capítulo 3, ver. 14 (Dichosos de vosotros, si sois injuriados por el nombre de Cristo, pues el Espíritu de gloria, que es el = Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros. =), y el propio Cristo nos los advierte en Mt. 10, 17 (Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas;).

La persecución que Cristo está definiendo, no sólo es una referencia a las persecuciones de la Iglesia primitiva de los primeros siglos. También hoy continuamos persiguiendo a quienes luchan por la instauración de la justicia de que nos habla Jesús. O ¿qué pensamos que es la ofensa por difamación y desprecio hacia quienes se mezclan con los núcleos marginales de nuestra sociedad? y, aumentando el listón, ¿qué otra cosa es el asesinato de Yacuría o Monseñor Romero y tantos cooperantes seglares y religiosos que son escarnecidos, torturados y ejecutados por intentar proteger a los anawin (pobres de Yahweh) de tantas partes del mundo?.

Las persecuciones, la denostación de los ilusos que luchan por la construcción del Reino de la justicia son algo cotidiano y próximo.

En todo caso, esta bienaventuranza tiene sus raíces en todo el AT, puesto que se enmarca en la perplejidad del pueblo ante las persecuciones de que eran objeto los justos y la causa de Dios.

Como consecuencia de la sentencia, Cristo nos promete una luz de esperanza: aunque seáis perseguidos y maltratados por mi causa, estáis en el buen camino = la construcción del Reino.

9).- Mt.: Bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos, pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

Lc.:Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo. Pues de ese modo trataban sus padres a los profetas.

¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas.

Ultima de las bienaventuranzas contenidas en el Sermón del monte.

Para cerrar el catálogo nos encontramos una sentencia y consecuencia paralelas en las redacciones de Mateo y de Lucas, más explícita, incluso, en ésta última.

Cuando Lucas habla de "sus padres" está haciendo referencia, dentro de la cultura hebrea, no sólo a la prelación directa e inmediata de ascendiente familiar, sino a los antepasados étnicos y culturales, en general.

Si echamos un vistazo al AT, comprobaremos que desde José, Moisés, Elías, Eliseo y, prácticamente todos los profetas, son, en algún momento perseguidos, e incluso ejecutados, por el pueblo de Israel o sus dirigentes.

Cristo se lamenta de ello amargamente en Mt. 23, 37 («¡Jerusalén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus pollos bajo las alas, y no habéis querido!).

Esta bienaventuranza es una extensión de la 8ª, pero referida, con mayor precisión, al seguimiento de Cristo.

Así el versículo 12 de Mateo y el 23 de Lucas son una recreación de IICr. 36, 16 (Pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas, hasta que subió la ira de Yahveh contra su pueblo a tal punto que ya no hubo remedio.), que será reiterada en Hech 7, 52 (¿A qué profeta no persiguieron vuestros padres? Ellos mataron a los que anunciaban de antemano la venida del Justo, de aquel a quien vosotros ahora habéis traicionado y asesinado;) por Esteban.

A su vez, la profecía del versículo 11 de Mateo y 22 de Lucas, será después reafirmada, en plena persecución por Pedro en 1P 4, 14 (Dichosos de vosotros, si sois injuriados por el nombre de Cristo, pues el Espíritu de gloria, que es el = Espíritu de Dios, reposa sobre vosotros. =).

Por otra parte, el Hijo del hombre de Lc. 6, 22 es una reminiscencia de Daniel 7, 13 (Yo seguía contemplando en las visiones de la noche: Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre. Se dirigió hacia el Anciano y fue llevado a su presencia.), que anteriormente fue mencionado en Ez.  40, 4 (El hombre me dijo: «Hijo de hombre, mira bien, escucha atentamente y presta atención a todo lo que te voy a mostrar, porque has sido traído aquí para que yo te lo muestre. Comunica a la casa de Israel todo lo que vas a ver.»), aunque con sentidos diferentes en ambos casos. En el que nos ocupa de Lucas, su sentido es el de resaltar la dualidad de Cristo: Dios hecho hombre.

No solamente en este pasaje, sino a lo largo de todo su ministerio, Jesús advertirá de las persecuciones de que serán objeto sus seguidores, consciente de lo arriesgado y peligroso, por subversivo, de su mensaje. La crudeza de las exposiciones de Cristo y su posicionamiento contra la falsedad, la hipocresía, el materialismo y el egoísmo humanos resulta altamente conflictivo con lo establecido y admitido como "fórmula de convivencia". Pero no solamente lo era en su época, sino que tal enfrentamiento persiste, incluso con mayor virulencia, en nuestra época.

Así nos encontramos su advertencia en Mt. 10, 17-18 (17     Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas; 18 y por mi causa seréis llevados ante gobernadores y reyes, para que deis testimonio ante ellos y ante los gentiles.) y Lc. 10, 3 (Id; mirad que os envío como corderos en medio de lobos.).

El propio Jesús será el primero en padecer dicha persecución, como no podía ser de otra forma, en Mt. 26, 59-60 (59 Los sumos sacerdotes y el Sanedrín entero andaban buscando un falso testimonio contra Jesús con ánimo de darle  muerte, 60 y no lo encontraron, a pesar de que se presentaron muchos falsos testigos. Al fin se presentaron dos,) y Mc. 14, 56 (Pues muchos daban falso testimonio contra él, pero los testimonios no coincidían) .

Muchas son las razones que pueden aducirse para esta persecución desatada sobre un hombre manso y su doctrina que, como Él mismo afirma en Mt. 5, 17 («No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento.), no viene a subvertir la ley, por lo que los razonamientos jurídicos quedan fuera de lugar en este caso. La razón fundamental habría que buscarla en la libertad insultante con que Cristo se desempeña y la carga de limpieza y sinceridad que su mensaje transmite.

No se nos oculta que la posibilidad de salvación, el perdón de los pecados y la misericordia puesta en escena, no son motivos de persecución e injuria, sino lo que subyace en el mensaje cristiano, que sí subvierte el orden injusto basado en la desigualdad y la opresión, lo que origina la incomodidad de la clase dirigente hacia esta proclamación auténticamente revolucionaria: el Reino de los cielos se ha acercado.

El problema está en que, éste Reino, es el de la igualdad y la justicia y en él no caben ni el desprecio ni el egoísmo ni la acaparación. Ello sólo puede desencadenar el miedo entre quienes detentan el poder en la civilización desigual de que nos hemos dotado.

Lo que sucede es que éste proceder no sólo se desarrolla a niveles sociales elevados, sino que también se explicita en la cotidianeidad del acontecer de cualquier nivel.

Así, cuando se plasma ante nuestras conciencias la desigualdad, nuestra primera reacción suele ser de miedo e inmediato rechazo. ¿No es ésta una suerte de persecución, cuando, además, le añadimos el aditamento de nuestra aversión cultural hacia el diferente?.

Las persecuciones, las injurias, las críticas, pues, no acabaron en la Iglesia primitiva. Continúan en el presente, no sólo hacia personas ligadas a la estructura eclesial, sino hacia quienes, desde otros posicionamientos, o con esquemas críticos hacia la institucionalización cúltica, intentan la construcción del Reino por vías diferentes a las marcadas por el clero y clases dominantes.

Mención aparte merecen los versículos 27-28 de Lucas 11, porque, aunque contiene una bienaventuranza, su contexto y significación están completamente distanciados de los de las bienaventuranzas del Sermón del monte.

Los he colocado en este lugar porque si vemos con detenimiento su ubicación lucana, forma parte de una reacción popular ante un discurso extenso de Jesús que incluye la proclamación del Padrenuestro (ubicado por Mateo dentro del Sermón del monte).

Lucas estructura su evangelio de forma diferente al de Mateo y ésta es una de las aportaciones de las fuentes propias de Lucas, pues ningún otro evangelista recoge este acontecimiento.

La proclamación halagüeña de la mujer que trata de ensalzar la figura de la Madre de Jesús y, por extensión, a Él mismo, no es muy diferente de los contenidos en las tentaciones descritas por Mateo en Mt. 4 o Lc. 4.

Cristo, a su vez, reacciona, coherentemente, en la misma forma: lo esencial es la escucha de la palabra de Dios y su seguimiento.

Toda una lección de humildad con plena vigencia en nuestros días, donde lo primordial es la búsqueda del halago fácil y la primacía se enmarcan como las virtudes materialistas del éxito social.

 

Mt. 5, 13-16

13 Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres.

 

Mc.9 50

50 Buena es la sal; mas si la sal se hace insípida, ¿con qué la sazonaréis? Tened sal en vosotros mismos; y tened paz los unos con los otros.

 

 

Lc. 14, 34-35

34 Buena es la sal; mas si la sal se hiciere insípida, ¿con qué se sazonará? 35 Ni para la tierra ni para el muladar es útil; la arrojan fuera. El que tiene oídos para oír, oiga.

 

Situación típica de los sinópticos, en la que nos encontramos tres textos similares, aunque no idénticos, pero que, en su ubicación original, su cronología y situación geográfica, es completamente diferente.

El texto de Mateo está inserto en el Sermón del monte, el de Marcos lo encontramos en plena predicación en Galilea, concretamente en Cafarnaúm o sus alrededores tras la Transfiguración de Jesús, mientras que el de Lucas lo encontramos en pleno camino hacia Jerusalén para celebrar la pascua.

Si nos ajustamos a lo que es convención generalizada, aunque no unánime, entre los biblistas, Mateo y Lucas, en este caso, habrían utilizado el texto de Marcos para sus redacciones, incorporando sus propias aportaciones estilísticas y colocando el dicho de Jesús en el contexto predicativo que cada cual estima más adecuado conforme a sus intereses doctrinales o catequéticos.

Así vemos que Marcos incluye este dicho dentro de un discurso más amplio dirigido a sus discípulos a propósito de la caridad.

Mateo prefiere incluirlo dentro del cuerpo doctrinal completo del Sermón del monte, como una más de las enseñanzas de Jesús, sin ilación con las bienaventuranzas, aunque sí dentro de las semejanzas que definen a sus discípulos (sal, luz).

A su vez, Lucas lo aporta como una doxología del discurso de Jesús referido al precio que cuesta su seguimiento.

¿Cual sería el momento cierto en que Jesús pronunciase estas palabras, si es que, literalmente llegó a pronunciarlas?. Imposible saberlo, ya que desde el momento de su hipotética emisión, hasta el de su plasmación escrita por Marcos, transcurren no menos de 30 años y su proceso de "conservación" y "trasmisión" al evangelista se realiza mediante la tradición oral aislada, no dentro de un discurso concreto.

Esta situación se va a dar en repetidas ocasiones, a lo largo de esta refundición, por lo que cuanto comento como generalidades respecto de este texto será aplicable a los futuros casos similares.

Como ya he comentado en otros lugares de este trabajo, esta inconcordancia cronológica y contextual no invalida ninguna de las redacciones en favor de las otras o viceversa, sino que el criterio redacional del evangelista ubica los dichos de Jesús en el lugar que él estima más determinante para la estructura de su evangelio.

La mención de Jesús acerca de la sal es un símbolo usado repetidas veces a lo largo de la Biblia.

En los tiempos en que nos movemos, obviamente no existían los frigorífico ni los congeladores. Probablemente en Palestina el hielo era desconocido como agente conservador de alimentos. Por lo tanto, para evitar la corrupción de los mismos, los pueblos de la antigüedad utilizaban el cloruro sódico.

Este compuesto químico, por lo demás, era bastante común en la zona de Palestina, ya que su geografía genera lagos de alta densidad debida a su elevado contenido de sal a causa de la rápida evaporación e sus aguas (Mar Muerto) y los minerales y compuestos que los ríos y torrenteras arrastraban.

La cualidad conservadora de alimentos de la sal fue sacralizada por la tradición cultural del pueblo hebreo, hasta convertir a este compuesto en un símbolo de la incorruptibilidad y permanencia de la Alianza de Dios con su pueblo.

Así, mención a la sal como elemento indispensable de las oblaciones a Yahweh nos la encontraremos en Lev. 2, 13 (Sazonarás con sal toda oblación que ofrezcas; en ninguna de tus oblaciones permitirás que falte nunca la sal de la alianza de tu Dios; en todas tus ofrendas ofrecerás sal.) y respecto de la simbología de la perpetuidad de la Alianza, la contemplaremos en Num. 18, 19 (Todo lo reservado de las cosas sagradas que los israelitas reservan a Yahveh, te lo doy a ti y a tus hijos e hijas, por decreto perpetuo. Alianza de sal es ésta, para siempre, delante de Yahveh, para ti y tu descendencia.»).

Cada una de las 5 ediciones bíblicas que he consultado respecto de estos textos otorgan una traducción diferente a la pérdida del poder conservador de la sal, por lo que me quedaré con la de la Biblia de Jerusalén: si la sal se desvirtúa, se vuelve insípida.

Desde este aspecto, vemos también que la sal tiene dos cualidades, usadas por Jesús en su simbolismo: la de conservar y la de sazonar (dar sabor) a los alimentos.

Así, el texto de Mateo y el de Lucas, parecen ser más adaptables a la cualidad incorruptible de la sal, mientras que el de Marcos parece inclinarse por el del sabor alimentario.

La figura, en todo caso, está clara. Cristo dice a sus discípulos (el gentío que le escucha en el caso de Mateo), que ellos son el elemento de perdurabilidad y de sentido real y vivencial de la Buena Noticia y la enseñanza que están recibiendo; pero esta cualidad apriorística no es eterna ni inmanente. Ha de ser cuidada y alimentada con la puesta en práctica de la docencia recibida, de otra forma, si lo que se recibe no es llevado a la práctica real (si la sal se desvirtúa) la escucha no sirve para nada (para ser echada fuera y hollada por los hombres).

Hoy, como entonces, las palabras de Cristo siguen teniendo plena vigencia, puesto que quienes recibimos la llamada de Cristo y la atendemos, a priori, seguimos siendo el elemento conservante de su enseñanza (la sal), pero si nos quedamos en ese primer estadío, y no la transformamos en elemento dinamizador  de la justicia cristiana (sazonar), nuestra cualidad de instrumentos perpetuadores de la doctrina se perderá (se hará insípida) y de nada servirá calificarnos de cristianos porque nuestra sal habrá perdido su cualidad (se habrá desvirtuado y no servirá para nada. Sino para ser echada fuera y pisoteada por el maremagnum consumista de nuestra civilización).

Una aportación marcana merece ser resaltada: tened sal en vosotros viviendo en paz unos con otros.

Es un llamamiento a la comprensión y la ayuda. Es la plasmación de la caridad como manifestación del amor. Así, la sal es la figura de esta caridad y otorga la paz y armonía perdurable a los hombres que la poseen y cuidan.

 

 

Mt. 5, 14-16

14 Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. 15 Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. 16 Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.

 

 

Mc. 4, 21-25

21 También les dijo: ¿Acaso se trae la luz para ponerla debajo del almud, o debajo de la cama? ¿No es para ponerla en el candelero? 22 Porque no hay nada oculto que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de salir a luz. 23 Si alguno tiene oídos para oír, oiga. 24 Les dijo también: Mirad lo que oís; porque con la medida con que medís, os será medido, y aun se os añadirá a vosotros los que oís. 25 Porque al que tiene, se le dará; y al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará.

 

Lc. 8.16-18

16 Nadie que enciende una luz la cubre con una vasija, ni la pone debajo de la cama, sino que la pone en un candelero para que los que entran vean la luz. 17 Porque nada hay oculto, que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de ser conocido, y de salir a luz. 18 Mirad, pues, cómo oís; porque a todo el que tiene, se le dará; y a todo el que no tiene, aun lo que piensa tener se le quitará.

 

Lc. 11, 33

33 Nadie pone en oculto la luz encendida, ni debajo del almud, sino en el candelero, para que los que entran vean la luz.

 

Al igual que en la ocasión anterior, los sinópticos nos presentan el mismo dicho de Jesús en tres versiones y ubicaciones diferentes de su predicación.

Es el mismo caso que los versículos anteriores: un dicho recogido por Marcos que es utilizado e incrustado en su propia redacción, tanto por Mateo como por Lucas, de forma diferente.

En este caso, Lucas recoge con práctica similitud, la versión de Marcos, incluso en el aspecto contextual, ya que ambos ubican este dicho en el curso de la predicación en Galilea, poco antes del episodio de los gadarenos, e inmediatamente después de la parábola del sembrador.

En los textos de ambos evangelistas nos encontramos en el núcleo de una amplia disertación de Cristo, utilizando el estilo parabólico, tratando de divulgar las analogías del Reino de Dios.

Mateo, por contra, coloca este dicho dentro del Sermón del monte, como una más de las identificaciones analógicas de su discipulado (está inmediatamente después de "la sal de la tierra").

La coherencia estructural de las tres redacciones se mantiene, aunque la ubicación del dicho sea diferente.

A su vez, Mateo omite de este dicho frases recogidas por Marcos en  su versículo 22 y Lucas en el 17, recogiéndolos, sin embargo, en Mt. 10, 26, dentro de un contexto predicativo diferente (advertencias y profecías sobre las persecuciones).

Lo mismo sucede con los versículos 24-25 de Marcos y 18 de Lucas, que Mateo inscribe, curiosamente, en la explicación de la parábola del sembrador de Mt. 13, 12 (notemos la semejanza con Mc. y Lc. en su ubicación original).

La figura de la luz no es novedosa respecto del AT, pero sí lo es su aplicación en estos pasajes al discipulado.

La figura de la luz, como guía y símbolo de dirección correcta, así como origen y destino, lo encontraremos con claridad en el Salmo 104, 2 (103) (arropado de luz como de un manto, tú despliegas los cielos lo mismo que una tienda) y en el Salmo 36, 10 (35) (en ti está la fuente de la vida, y en tu luz vemos la luz.), pero referido a Dios, definiendo este símbolo como uno de sus atributos.

El evangelista Juan, lo reafirma en la primera de sus epístolas (1 Jn., 1,5: Y este es el mensaje que hemos oído de él y que os anunciamos: Dios es Luz, en él no hay tiniebla alguna).

Por extensión, este mismo evangelista, coloca este atributo en la persona de Jesús en Jn.1, 4-8 (4          En ella estaba la vida  y la vida era la luz de los hombres, 5 y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron. 6 Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. 7  Este vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. 8 No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz. 9 La Palabra era la luz verdadera  que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. 10 En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. 11 Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. 12 Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre) (prólogo de su evangelio, definitorio y punto de partida del mismo).

Sin embargo, es toda una osadía de Cristo atribuir esta figura a los hombres, cuando la tradición y la cultura hebreas se la adjudican al Creador.

La redacción mateana, como he dicho anteriormente, es un complemento de la definición de sus discípulos, siendo más concluyentes y completa la derivada de los textos marcano y lucano (prácticamente idénticos).

Pedro en 1P. 2,9 (Pero vosotros sois = linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, = para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz) y Pablo en Flp. 2, 15 (para que seáis irreprochables e inocentes, = hijos de Dios sin tacha en medio de una generación tortuosa y perversa, = en medio de la cual brilláis como antorchas en el mundo), nos dan una explicación diáfana de a qué se está refiriendo Cristo con este simbolismo.

Si alguna consecuencia obvia tiene el seguir a Cristo, ésta es la de propagar su mensaje; y ello, especialmente, a través de las obras.

Nosotros, como miembros de la comunidad prohijada por Dios en la figura de su Hijo, no somos nada si no es en relación con los demás.

Un elemento aislado, ni siquiera con el Padre puede relacionarse debidamente, si no lo hace a través del hermano. Por lo tanto, para los demás somos el espejo y el cristal sobre,  y a través, del que contemplan la verdad del Evangelio.

¿Qué objeto tendría la proclamación de la Buena Noticia y de su contenido, si la guardamos para exclusivizarla y secuestrarla (colocar la luz bajo el talmud) ocultándola a la observación de los otros?.

Es tan obvia esta manifestación que casi no necesita comentarios adicionales. Es una reiteración de lo indicado a propósito de la sinceridad y limpieza de corazón.

Las redacciones de Marcos y Lucas, van más allá, puesto que someten la actitud de cada cual al juicio y consecuencia divinos.

 Lo cierto es que, más que al juicio divino, al propio juicio y de los destinatarios del mensaje que se transmite con las acciones.

De nada servirá el fingimiento y la apariencia, porque "nada hay oculto que no haya de salir a la luz".

Siempre me han resultado inquietantes y enigmáticas las palabras que Marcos y Lucas ponen en boca de Jesús, contenidas en los versículos 25 y 18 respectivamente.

Vamos a hacer un apartado para estos versículos.

Jesús se está dirigiendo a un auditorio específico y cualificado: a sus discípulos. No está haciendo una proclamación universal, sino restringida a sus seguidores más cercanos. Ellos serán el núcleo de la futura Iglesia de Cristo, y a quienes encargará una misión evangelizadora concreta (ambos evangelistas sitúan esta cuestión un poco más adelante en Mc. 6, 7 [Y llama a los doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos] y Lc. 9, 1-2 [1 Convocando a los doce, les dio autoridad y poder sobre todos los demonios, y para curar enfermedades; 2 y los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar], mientras que Mateo sitúa esta primera misión evangelizadora en Mt. 10, 7 [Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca], aunque la institucionalización sólo la recoge éste último en Mt. 16, 18 [Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella]).

La frase de Cristo es una advertencia clara y terminante: cuidado, sois afortunados, se os da para que compartáis y divulguéis; en vuestra mano está decidir el uso que hacéis del privilegio de que se os está dotando (mirad cómo oís).

La consecuencia, pues, también vendrá derivada del uso que se ejercite sobre el privilegio otorgado, por lo tanto: al que tiene, si hizo buen uso, se le dará; y al que no tiene (debido al mal uso del privilegio), aun lo que no tiene se le quitará.

Estas palabras son plenamente aplicables a todos nosotros, los que nos llamamos cristianos (seguidores de Cristo).

Hemos de considerarnos privilegiados y afortunados por haber sido agraciados con la demanda (vosotros los que oís), pero nos confiere una responsabilidad elevada, ya que, desde ese momento, no podemos llamarnos a engaño: la Verdad nos ha sido revelada y no cabe argüir desconocimiento. Pablo nos lo dice con toda precisión en el capítulo 2 de su carta a los Romanos.

Este es el sentido de las palabras de Cristo: tú que oyes y recibes la Verdad, pregónalo con tus obras, convirtiéndote en "luz del mundo", porque has sido agraciado y afortunado; si no lo haces así, aun lo que has recibido y "secuestrado" te será quitado. Es tu responsabilidad, desde tu libertad.

 

 

Mt.5, 17-20

17 No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. 18 Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido. 19 De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielos. 20 Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.

 

 

Lc. 16, 16-17

16 La ley y los profetas eran hasta Juan; desde entonces el reino de Dios es anunciado, y todos se esfuerzan por entrar en él. 17 Pero más fácil es que pasen el cielo y la tierra, que se frustre una tilde de la ley.

 

En su mayor parte, estamos ante una perícopa fundamentalmente procedente de las fuentes propias de Mateo.

Las coincidencias entre Mateo (ver. 18) y Lucas (ver. 17), pueden provenir de Q, pero el resto es específicamente mateano, tanto por el contexto, como por el sentido que el evangelista da a su redacción.

Las palabras puestas en boca de Jesús por Lucas se producen dentro de una disertación del Nazareno a sus discípulos a mitad de camino hacia Jerusalén y nos aportan una aseveración fundamental en su ver. 16, ya que, con ella, Jesús da por cerrado el AT, finiquitándolo con Juan. Es la anticipación de la Nueva Alianza que será instituida por Él en la última cena (Lc. 22, 20 De igual modo, después de cenar, la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros).

En todo caso, esta afirmación de Jesús no deja de tener su base en la cultura y tradición hebreas.

La escritura que se manejaba en las sinagogas de su tiempo (y la que aún se maneja) había sido dada por cerrada para el culto. El canon judío estaba compuesto por 22 libros y no se añadieron más textos desde el rey persa Artajerjes (462-424 a.C.)(Flavio Josefo- Contra Apion, 1:8).

Sin embargo, estas palabras no deben ser entendidas como una invalidación de la ley, sino como un complemento de la misma, y para demostrarlo, volvemos al texto de Mateo.

Aquí nos encontramos con un texto plenamente judío, como judío es quien emitió dichas palabras.

No hay contraposición entre el texto de Mateo y el de Lucas, sino complementariedad.

Los apóstoles nos lo confirman en Ro. 31, 31 (Entonces ¿por la fe privamos a la ley de su valor? ¡De ningún modo! Más bien, la consolidamos) y Stg. 2, 8-10 (8 Si cumplís plenamente la Ley regia según la Escritura: = Amarás a tu prójimo como a ti mismo, = obráis bien; 9 ero si tenéis acepción de personas, cometéis pecado y quedáis convictos de trasgresión por la Ley. 10 Porque quien observa toda la Ley, pero falta en un solo precepto, se hace reo de todos).

De hecho, ambas epístolas, son, cronológicamente, anteriores a la redacción griega de Mateo (Romanos = 58 d.C. y Santiago al rededor del 60 d.C.; mientras que el evangelio de Mateo puede datarse alrededor del 75 d.C.). y, desde luego, anteriores al de Lucas (entre el 75 y el 85 d.C.).

A este respecto no podemos poner en duda la combatividad de Saulo de Tarso frente a la antigua Ley y, sin embargo, en la cita reflejada más arriba viene a confirmarnos su validez.

Por su parte, no nos caben dudas acerca de la intencionalidad del más judío de los apóstoles (Santiago).

Cristo, por tanto, en ningún caso, muestra intención alguna de anular la Ley. Lo que hace, a lo largo de toda su enseñanza, es trascenderla y darle su auténtica significación y dimensión como vehículo relacional de los hombres con los hombres y con Dios.

Él mismo nos lo explica en Mc. 2, 27 (Y les dijo: «El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado) donde viene a decirnos que la Ley (el Sabath) tiene un carácter de servicio al hombre y no a la inversa, como, integrista y rígidamente valoraban los fariseos.

Esta es una de las grandes aportaciones, en este aspecto, de la docencia de Cristo. No abroga la Ley, pero clarifica que su sola observancia no es razón suficiente para la justificación y el acceso al Reino.

Es la posición contraria a la mantenida por los miembros del partido saduceo y, en buena parte, el fariseo. Cristo supera su posicionamiento cuando afirma en el ver. 20: si vuestra justicia no fuese mayor...

¿Cuantas veces hemos oído decir en nuestro entorno, a personas de reconocida "buena vida", yo cumplo la ley, procuro no hacer daño a mis semejantes, no robo, no mato..., pero, igualmente, les vemos indiferentes ante la miseria física, ética y moral que nos rodea?. Para Cristo, ¿es ésto suficiente (la observancia de la ley)?. Rotundamente no. Cristo pide más. Pide, como no, el cumplimiento de los preceptos y de todos sus "pequeños mandamientos", pero exige una mayor radicalidad y trascendencia que la justicia emanada de la propia ley (desde entonces el Reino de Dios es anunciado y todos se esfuerzan por entrar en él).

El cumplimiento de la ley forma parte de la enseñanza cristiana, pero no como algo exclusivo ni excluyente. Este cumplimiento ha de ser fundamentado y planteado desde la respuesta que Cristo da al escriba en Mt. 22, 37-40 (37 El le dijo: = «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. = 38 Este es el mayor y el primer mandamiento. 39 El segundo es semejante a éste: = Amarás a tu prójimo como a ti mismo). De estas palabras, como Cristo dice, derivan toda la ley y los profetas.

 

 

Mt. 5, 21-26

21 Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. 22 Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego. 23 Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, 24 deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda. 25 Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel. 26 De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante.

 

Lc. 12.57-59

57 ¿Y por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo? 58 Cuando vayas al magistrado con tu adversario, procura en el camino arreglarte con él, no sea que te arrastre al juez, y el juez te entregue al alguacil, y el alguacil te meta en la cárcel. 59 Te digo que no saldrás de allí, hasta que hayas pagado aun la última blanca.

 

Un caso idéntico al anterior.

Retazos de Q en ambos textos (Mt. 5, 23-26 y Lc. 12, 58-59), y el resto, puramente mateano.

Estamos ante una pequeña disertación y advertencia de Jesús referida a la ira, como ampliación de la 7ª de las bienaventuranzas (pacificadores) y de la 3ª (mansos).

Lucas coloca esta disertación brevísima en un lugar indeterminado, tanto geográfica, como temporalmente (probablemente camino de Jerusalén), inserta en un discurso mucho más amplio dirigido a la muchedumbre que le escucha, y con clara intención de que sea oída por fariseos y escribas que, en esos estadios de su ministerio, pululaban por sus alrededores.

Mateo, a su vez, la coloca, estratégicamente, en el Sermón del monte, dentro de una subdivisión estructural dedicada a la interpretación de la Ley mosaica.

Por ello, comienza esta interpretación con uno de los mandamientos del decálogo, procedente de Ex. 20, 13 (No matarás).

Jesús amplía el sentido de este mandamiento, aplicándolo a la ira y extendiendo su sentido, no solamente a la muerte física del contrario, sino también al simple intento de agresión verbal o física.

En suma, lo extiende a cualquier tipo de violencia del hombre contra sus semejantes.

Así, según la edición bíblica que se consulte, aparecerán los términos enojar, encolerizar, irritar..., como sentimiento o actitud hacia el hermano; necio, imbécil, raca..., como insulto menor, o loco, malvado, renegado, fatuo..., como insultos mayores.

Jesús nos plantea una consideración progresiva para cada agresión.

Al encono con el hermano lo sancionará con reo de juicio. El insulto menor con la comparecencia ante el Sanedrín (concilio), mientras que al insulto grave, directamente lo condena con la gehena (infierno de fuego).

Es un proceso evolutivo de proporcionalidad entre castigo e infracción. Cristo, extiende la  aplicación de la proporcionalidad a los impulsos de la ira y el enfrentamiento entre hermanos.

Su argumentación la encontraremos a lo largo de toda su enseñanza. Cristo es el abanderado de la tolerancia, la misericordia, la caridad y el amor.

El mandamiento fundamental "amaos los unos a los otros como yo os he amado" de Jn. 13, 34, derivado de "amar al prójimo como a ti mismo" de Mt. 22, 39 y Mc. 12, 31, tiene como consecuencia directa la condena expresa de cualquier enfrentamiento entre hermanos, por ser una actitud contraria al espíritu de este mandamiento.

La alternativa que Cristo ofrece, y que explicita en los ver. 23 a 26 de Mateo y 58-59 de Lucas, no es otra que la negociación, el perdón y la tolerancia.

Pablo en Ef. 4, 25-26 (25Por tanto, desechando la mentira, = hablad con verdad cada cual con su prójimo, = pues somos miembros los unos  de los otros. 26 = Si os airáis, no pequéis; = no se ponga el sol mientras estéis airados) reafirma, de una forma peculiar, la necesidad de la "negociación" y la tolerancia: la limita en el tiempo (que no se ponga el sol sobre vuestro enojo) y Santiago apoya la prudencia y reflexión antes de la explosión airada que obnubila la razón en Stg. 1, 19-20 (19 Tenedlo presente, hermanos míos queridos: Que cada uno sea = diligente para escuchar y tardo = para hablar, tardo  para la ira. 20 Porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios).

A la vista de tan apabullante elocuencia acerca de la inconveniencia del enfrentamiento, ¿qué sentido tienen las guerras, la violencia fratricida entre los hombres, el insulto, la vejación, la agresión permanente (tanto institucional como personal) y demás "lindezas" de nuestra "evolucionada" civilización?.

La respuesta sólo puede ser una: vivimos de espaldas a la doctrina de Cristo, y seguimos perpetuando el cinismo mostrado por los dirigentes judíos que Mateo nos relata en Mt. 26, 4 (y resolvieron prender a Jesús con engaño y darle muerte), sin tener en cuenta sus enseñanzas, e ignorando reiteradamente sus ejemplos vivos.

No deberá extrañarnos que, en su momento, se cumplan las advertencias de Cristo en Mc. 11, 25-26 (25 Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas.  26 Porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestras ofensas) y Mt. 6, 14-15 (14 «Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; 15 pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas).

 

Los próximos 6 versículos de Mateo, junto con las aportaciones paulinas correspondientes, constituyen el fundamento básico de la doctrina de la religión cristiana acerca del núcleo de la sociedad de nuestro tiempo, evolucionada a partir de la aparición de la propiedad privada: la familia monogámica.

Este apartado, dedicado a la estabilidad familiar se subdivide, a su vez, en dos. Por un lado, Mt. 5, 27-30 y Mc. 9, 43-47 (dedicado al adulterio e infidelidad) y por otro Mt. 5, 31-32; Mc. 10, 11-12 y Lc. 16, 18 (dedicado a la disolución del vínculo [divorcio]).

Por lo tanto, intentaré abordar ambos aspectos por separado.

Primero presentaré una exposición sobre lo que interpreto acerca de las palabras de Jesús y, al final de Mt. 5, 27-30, expondré mi personal opinión sobre esta disertación de Cristo, a la luz de mi realidad inserta en la civilización actual, al igual que al final del comentario sobre Mt. 5, 31-32, haré lo propio respecto del divorcio.

 

Mt. 5, 27-30

27 Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. 28 Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón. 29 Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno. 30 Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.

 

Mc. 9, 43-47

43 Si tu mano te fuere ocasión de caer, córtala; mejor te es entrar en la vida manco, que teniendo dos manos ir al infierno, al fuego que no puede ser apagado, 44 donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga. 45 Y si tu pie te fuere ocasión de caer, córtalo; mejor te es entrar a la vida cojo, que teniendo dos pies ser echado en el infierno, al fuego que no puede ser apagado, 46 donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga. 47 Y si tu ojo te fuere ocasión de caer, sácalo; mejor te es entrar en el reino de Dios con un ojo, que teniendo dos ojos ser echado al infierno, 48 donde el gusano de ellos no muere, y el fuego nunca se apaga. 49 Porque todos serán salados con fuego, y todo sacrificio será salado con sal.

 

A su vez, este conjunto de versículos mateanos contiene dos parcelas moralizantes: la dedicada al adulterio en sí, y la referida al control de los impulsos sexuales (que es común para Mateo y Marcos).

La prohibición del adulterio proviene del decálogo. Concretamente de Ex. 20, 14 (No cometerás adulterio).

La mujer, dentro de la cultura hebrea, ocupaba uno de los escalafones más bajos de la pirámide social, ya que estamos ante una cultura sumamente patriarcal y misógina, donde todos los derechos reposaban en el hombre, dejando a la mujer el papel de elemento procreador y de trabajo (tanto dentro del hogar familiar bajo la responsabilidad del sostenimiento logístico de la familia, como en exterior, cuando los varones marchaban a las batallas de conquista o defensa).

Su papel era absolutamente secundario y despreciable dentro del orden social: no tenían derecho a la educación, estaban privadas del acceso a las escrituras (a su lectura e interpretación públicas), en las sinagogas eran colocadas, físicamente, en un escalón inferior al de los varones, carecían de titularidad sobre la propiedad de los bienes familiares, podían ser objeto de repudio por parte del marido sin otro requisito que la aquiescencia de un escriba (eran innecesarias las demandas y argumentaciones acusatorias o probatorias), contaban con un estatuto especial en caso de viudedad, por el que se veían obligadas a casarse con el hermano de su esposo fallecido si éste fenecía antes de que la pareja contase con descendencia (ley del levirato), era imperativo legal para ellas la purificación, tanto durante la menstruación como tras el parto, etc.

Aun inmerso en la cultura y religión judías, Jesús, con sus primeras palabras acerca del adulterio (vr. 27 y 28 de Mt. 5), intenta dignificar y equiparar la figura femenina a la del varón, dotándola de un derecho desconocido hasta entonces: el de la imagen e intimidad.

Las palabras de Cristo, dirigidas en exclusiva hacia los varones de su auditorio, sobrepasan el adulterio consumado, que era sancionado en Ex. 20, 14, para extenderlo al simple deseo carnal extramatrimonial emanado del varón, con lo que, por extensión, dota a la mujer de su tiempo de una dignidad ausente hasta el momento.

Con las palabras de Jesús, la mujer deja de ser un objeto de deseo sexual, ya que la condena de Cristo se extiende hacia todos los varones que tengan impulsos codiciatorios extramatrimoniales hacia cualquier mujer; toda vez que aun estando soltero el varón, a priori, desconoce la situación familiar o sentimental íntima de la hembra objeto de su codicia.

Desde ese instante, la mujer adquiere un derecho inalienable: el del respeto debido a su intimidad personal y sexual.

Es decir, Cristo sanciona con la condena, no ya el adulterio en sí mismo, sino la simple voluntad de adulterar por parte del varón. Fijémonos que las palabras de condena van dirigidas hacia los varones exclusivamente. No se hace ninguna mención de la posible codicia femenina, impensable por aquella época, dado el carácter de elemento pasivo atribuido a la mujer.

La segunda parte de la disertación de Cristo, está referida, en la orientación que Mateo le da, al control de los impulsos sexuales.

Estos versículos están tomados por Mateo de Marcos 9, 43-47, tal y como señalábamos en la cabecera del comentario, pero hemos de constatar que ambos evangelistas, nos presentan los mismos dichos de Jesús de forma diferente.

Mateo los hilvana con el adulterio y, por tanto, los refiere al comportamiento sexual de los hombres, mientras que Marcos sitúa estos dichos en un contexto predicativo de Jesús mucho más amplio, referido a las tentaciones en general, no restringido a la sexualidad.

Como tras este comentario me voy a referir a mi posición personal respecto de este asunto concreto, a continuación, expondré la interpretación que puedo extraer de las palabras de Jesús, al margen del contexto en que puedan ser ubicadas por uno u otro evangelista, porque este es uno de los casos típicos, en que la lectura parcelada del evangelio, de forma intencionada, puede sesgar y desvirtuar el mensaje cristiano.

Como en el episodio de las tentaciones, estamos ante la constatación y explicitación cristiana del  pecado moral.

Ante nuestra materialidad se encuentra el inmenso escaparate del mundo. Nuestros instintos animales, sin que sea un calificativo peyorativo, tienen una tendencia egoísta hacia la obtención del placer fácil y egocéntrico (el placer en el más amplio sentido del término, no sólo el sexual, sino también el que proporciona el poder sobre las vidas y voluntades ajenas, que tiene una mayor trascendencia).

Puesto que Dios nos creo a su imagen y semejanza (Gen. 1, 26: Y dijo Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en  las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra), nos dotó de capacidad de optar (libertad) y, desde la responsabilidad conferida por tal capacitación, aceptar o rechazar el pecado moral, imbuido en nuestras vidas mediante la tentación del mundo.

El pecado (la separación de Dios, sustituyéndolo por un ídolo material: sexo, dinero, poder, etc.) no es algo creado por Dios, sino generado por la voluntad humana como resultado de su opción libre.

Obedece, no exclusivamente a las circunstancias en que se desarrolla la existencia (pecado estructural), ni a las reacciones que tales circunstancias impelen al individuo (pecado existencial), sino también, y muy especialmente, al impulso voluntario de aceptar la substitución de ideales y prioridades (Dios [espíritu] por dios [materialidad = goce prensible]).

Entiendo que Cristo, en esta exhortación y advertencia, es a este pecado (al moral) al que se está refiriendo. Nos está advirtiendo de los peligros que acarrea la consideración materialista de la existencia y de la priorización de la inmediatez, enfrentada a la trascendencia espiritual de la compañía eterna de Dios.

Hasta aquí mis impresiones acerca de las palabras textuales de Jesús, tal y como Mateo y Marcos las recogen.

Estos cuatro versículos de Mateo, sin embargo, junto con el cuerpo doctrinal referido al mismo tema que se haya contenido en Ro. 8, 13 (pues, si vivís según la carne, moriréis. Pero si con el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis); 1 Co. 9, 27 (sino que golpeo mi cuerpo y lo esclavizo; no sea que, habiendo proclamado a los demás, resulte yo mismo descalificado) y Col. 3, 5 (Por tanto, mortificad vuestros miembros terrenos: fornicación, impureza, pasiones, malos deseos y la codicia, que es una idolatría), han dado origen a la configuración de una moral sexual represiva que, mediante el magisterio, la Iglesia ha ido elaborando a lo largo de los siglos y, que, hoy en día, se encuentra en franca decadencia y revisión, a consecuencia de su superación por la realidad social y científica.

La interpretación literal e integrista del dicho de Jesús y la ignorancia del contexto social y personal de Pablo, ha originado una moralidad sexual altamente perjudicial para el desarrollo integral del cristiano, cual persona, además de seguidor de Cristo.

Ignorar que las palabras de Jesús están dirigidas a un auditorio de tradición cultural misógina y que, por tanto, requería una llamada de atención sobre la dignidad, como persona, de la figura femenina, también en el aspecto sexual, es querer manipular el momento y la circunstancia histórica en que este acontecimiento se produce.

La no actualización de la doctrina de la religión cristiana de forma acompasada con la evolución social y relacional de los dos sexos, conlleva una inadecuación y desfase de tal doctrina con respecto a la realidad, que la aleja y extraña de la propia dinámica de Cristo, manifestada en su salto cualitativo con respecto a la Ley mosaica.

Ignorar, también, que las palabras de Jesús acerca del adulterio, tienen una segunda lectura teológica y simbólica por su relación directa con la prostitución de la antigua Alianza y el adulterio que, figuradamente, realiza el pueblo de Israel para con su relación con Dios, es mutilar el mensaje que Cristo nos quiere hacer llegar en estas palabras.

El principal mensaje que, personalmente, extraigo de la disertación de Jesús hacia sus oyentes (varones y hembras sin distinción) es doble: la mujer no es un simple objeto sexual a disposición de las apetencias del varón israelita, sino una persona igual, dotada de toda la dignidad inherente a su cualidad personal, así como que la fidelidad en el pacto (matrimonial o con Dios), es un elemento fundamental para la estabilidad emocional y espiritual del individuo.

De ello, a que, del resto de la exhortación (junto con los aditamentos paulinos), que está tomada de Marcos, donde tiene un sentido mucho más amplio y genérico frente a las tentaciones, se construya una suerte de moral sexual universal represora que, a priori, condena todo tipo de impulso y ejercicio sexual diferente del que, originariamente, fue prefijado en los textos veterotestamentarios (Génesis, Levítico y Deuteronomio) va un trecho demasiado grande que se me hace imposible de asimilar racionalmente.

La actitud recalcitrante de esta opción dogmática, ignora que esta acción represiva conlleva la generación de un numeroso grupo de traumas psíquicos y psicológicos que pueden desembocar en patologías peligrosas para la salud mental y física de quienes los padecen e, incluso, de quienes les rodean.

"Misericordia quiero y no sacrificios", nos dice Jesús, así como que "el día de reposo (la ley) está hecho para el hombre y no a la inversa".

Vayamos, con Cristo y desde su enseñanza progresiva, actualizando conceptos y contemplando la vida desde su realidad, no desde donde, intencionadamente, quisiéramos colocarla.

La represión indiscriminada, como elemento manipulador de conciencias y actitudes, lo que genera es, precisamente, reprimidos, no seres libres capaces de optar.

Esta represión acarrea abusos y desviaciones, tanto por exceso como por defecto, y ello nos aleja de la Verdad del Evangelio.

Centremos un poco más el asunto con algunos supuestos.

El visionado, por un adulto formado, de videos o fotografías de carácter erótico, incluso pornográfico, cuando éstos han sido confeccionados con la voluntad y aquiescencia de quienes posan o intervienen en ellos, no parece motivo de acción susceptible de ser considerada pecaminosa. Nadie sale perjudicado con tal acción. Todas las partes actúan en ejercicio de su libertad.

La cosa cambia cuando quienes visionan tales muestras son menores "subformados" que carecen de criterios y elementos defensivos suficientes para enfrentar lo que visionan. En ese caso, quien emite, permite o impulsa la visión, está generando escándalo moral en quien está situado en inferioridad (el menor o disminuido) y ello sí es reprobable, por cuanto atenta a la propia e inviolable dignidad del receptor mediático, disminuido en sus criterios y valoraciones.

Así también, si los intervinientes en la filmación lo son de forma coaccionada, ya sea por amenazas o pura necesidad, la contemplación de las escenas perpetúa la explotación de que son objeto, y, por lo tanto, también es rechazable, en cuanto está vulnerando la estabilidad mental y espiritual de alguna de las partes.

La relación homosexual o lésbica entre adultos, plena y libremente asumida por ambos, sólo implica una opción  sexual concreta y, en muchos casos, es una muestra de amor relacional entre semejantes y es, desde ahí, desde donde debe ser contemplada, sin que ello sirva de escándalo para nadie, puesto que se está ejerciendo su propia opción sexual.

Si esta relación, sin embargo, se exhibe con ánimo de provocación o agresión a las sensibilidades o conceptos morales de otras personas, tal acción es reprobable y condenatoria.

Podría seguir con más ejemplos, pero todos acabarían con la misma moraleja.

No considero pecaminosas las acciones, y mucho menos las intenciones o pensamientos, que no dañan la moral, costumbres, derechos y libertades de otros semejantes, o coadyuvan a la sustitución de Dios por el placer inmediato y la perversión.

Sí, en cambio, cualquier iniciativa, del tipo que sea, que implique un agravio, agresión o menoscabo de la integridad mental espiritual o física de otro semejante, ya sea por acción, o por omisión, en actitud activa o pasiva.

Creo que, desde aquí, me adapto más al espíritu docente de Cristo, donde prima, por encima de todo, el amor a los demás, la tolerancia, la comprensión hacia sus debilidades, la misericordia y el respeto por su dignidad y libertad.

Nada encuentro de ignominioso en la búsqueda del placer, por sí mismo o en compañía, como una vía de armonización entre cuerpo y mente, siempre que ello no implique menoscabo para el bienestar de los demás, y ésta búsqueda no conlleve la priorización o dependencia del placer por encima de la auténtica búsqueda placentera, que es la compañía del Padre.

En suma, no veo incompatibilidad entre el seguimiento a Cristo, con todo lo que conlleva de amor hacia los demás, y el equilibrio psico-físico que el ejercicio sexual puede aportar, cuando éste no implica vicio, dependencia o  explotación.

 

Mt.5, 31-32

31 También fue dicho: Cualquiera que repudie a su mujer, dele carta de divorcio. 32 Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio.

 

Mc. 10, 11-12

10 En casa volvieron los discípulos a preguntarle de lo mismo, 11 y les dijo: Cualquiera que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra ella; 12 y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio.

 

Lc. 16.18

18 Todo el que repudia a su mujer, y se casa con otra, adultera; y el que se casa con la repudiada del marido, adultera.

 

De nuevo los sinópticos nos ofrecen una prueba de concordancias en el texto e inconcordancias  en el contexto.

El texto de Mateo nos lo encontramos inmerso en el Sermón del monte, dentro del apartado de las relaciones humanas y en el subapartado dedicado a la familia. ,

Es una continuación del texto anterior referido al adulterio.

Por contra, Marcos lo sitúa tras un enfrentamiento con fariseos en Judea, que da origen a un discurso mucho más amplio referido al matrimonio.

El caso de Lucas, para este texto es un tanto peculiar.

El presente texto nada tiene que ver con la perícopa que le precede en la redacción lucana (parábola del mayordomo infiel), ni con la posterior (parábola del rico y Lázaro). Es decir, dentro de un discurso largo, dedicado al perdón y la misericordia, Lucas introduce este dicho de Jesús como un nexo copulativo entre la "infidelidad" del mayordomo y el egoísmo del rico.

Si bien los textos son similares, no son totalmente idénticos.

El derecho al libelo de repudio proviene de Dt. 24, 1 (Si un hombre toma una mujer y se casa con ella, y resulta que esta mujer no halla gracia a sus ojos, porque descubre en ella algo que le desagrada, le redactará un libelo de repudio, se lo pondrá en su mano y la despedirá de su casa), donde, en los versículos siguientes, se desarrolla vagamente el procedimiento de divorcio, sólo atribuido, como derecho, al varón.

Mateo volverá a tratar este asunto, dentro de su redacción evangélica, en Mt. 19, 3-9 (3  Y se le acercaron unos fariseos que, para ponerle a prueba, le dijeron: «¿Puede uno repudiar a su mujer por un  motivo cualquiera?» 4 El respondió: «¿No habéis leído que el Creador, desde el comienzo, = los hizo varón y hembra, =5 y que dijo: = Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola  carne? = 6 De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre.» 7 Dícenle: «Pues ¿por qué Moisés prescribió dar acta de divorcio y repudiarla?» 8 Díceles: «Moisés, teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón, os permitió repudiar a vuestras mujeres; pero al principio no fue así. 9 Ahora bien, os digo que quien repudie a su mujer - no por fornicación - y se case con otra, comete adulterio.»), donde nos encontramos una escena muy similar a la presentada por Marcos, aunque con algunos cambios: la respuesta de Jesús va dirigida a los fariseos y se refiere, exclusivamente, al marido (no como Marcos, donde también se condena a la mujer).

En su momento, por tanto, volveremos a tratar este asunto, cuando lleguemos a dicho apartado de la redacción mateana.

Por el momento, nos circunscribiremos al contenido del Sermón del monte.

En este discurso, Jesús emite una aseveración y una sentencia. Mateo es el único que incluye en su texto la salvedad "salvo, excepto, a no ser, en caso de...fornicación (adulterio)".

El original griego recoge la preposición "parektos", que puede tener sentido exclusivo o inclusivo, luego puede también traducirse como "además", con lo cual, Jesús otorga, en la versión mateana, una indisolubilidad al matrimonio, férrea y absoluta.

Tanto que alarmará a sus discípulos, que le replican en Mt. 19, 10 (Dícenle sus discípulos: «Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse.»).

Este texto guarda grandes diferencias con los paralelos de Marcos y Lucas.

Mateo recalca la responsabilidad del emisor del libelo de repudio, sobre el pecado de adulterio a que conduce a la repudiada, si ésta se casa nuevamente, así como al adulterio que cometería el segundo marido.

Marcos, por contra, en el mismo hilo que Mt. 19, 3-9, se constriñe al adulterio que cometen los esposos divorciados, si vuelven a contraer matrimonio.

Lucas sigue una línea idéntica a la de Marcos, aunque presenta algunas diferencias semánticas sin importancia, pero ninguno de ambos evangelistas menciona la "salvedad" señalada por Mateo.

Al margen de estas disquisiciones literarias, lo cierto es que la sentencia de Jesús es meridiana: aunque la ley permita el libelo de repudio, yo os digo que, a los ojos de Dios, tal formalidad, jurídica no disuelve el matrimonio, ni siquiera en el caso de adulterio.

Toda una fractura de Jesús con la tradición hebrea contemporánea que, según los criterios de historicidad aplicables al dicho, hacen más que probable que estas palabras correspondan ciertamente a las emitidas por Jesús de Nazareth (discontinuidad, testimonio múltiple, coherencia, persecución y ejecución).

El matrimonio, el contrato matrimonial, como base de fundamento y creación de la familia no se corresponde directamente con la ley natural. Ni siquiera proviene de las primeras organizaciones sociales humanas.

La evolución histórica de esta institución puede estudiarse en paralelo con la aparición de la propiedad privada, como herramienta necesaria para canalizar y perpetuar ésta, así como de los bienes y medios productivos (especialmente la tierra).

El pueblo hebreo, en su tradición teocrática, sacralizará ambas cosas, tanto la propiedad de los medios, como el vínculo matrimonial, aun admitiendo en sus comienzos históricos, muy en la línea de las costumbres y tradiciones de los pueblos orientales, tanto el matrimonio múltiple (poligamia en exclusiva), como la posibilidad de disolución del vínculo (libelo de repudio).

A la vista de todo ello, ¿por qué tal radicalidad en el comportamiento verbal de Jesús?. ¿Realmente está pregonando la absoluta indisolubilidad del vínculo matrimonial?.

Estas palabras de Jesús han llevado a la Iglesia Católica a la elaboración de una rígida doctrina matrimonial que condena el divorcio sin paliativos (el divorcio entendido como acto jurídico encaminado a la disolución del contrato matrimonial y, consecuentemente, con el restablecimiento pleno de su libertad para contraer nuevos contratos matrimoniales, si así lo desean).

El Catecismo de la Iglesia Católica no deja lugar a dudas en sus apartados 2382 a 2386, así como el Código de Derecho Canónico en 1141. 1151-1155, si bien admite la "separación" de los esposos, con mantenimiento del vínculo, por razones económicas o de cuidado de hijos.

A primera vista, la Iglesia Católica, no hace más que seguir puntualmente las palabras de Jesús y, por lo tanto, las desarrolla doctrinal y jurídicamente, en su literalidad (ni siquiera en caso de adulterio).

La radicalidad atribuida a Jesús, y continuada por la Iglesia, proviene de Gen. 2, 24 (Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne), sin tener en cuenta que, tal intransigencia, y con la misma inspiración divina, fue corregida en Dt. 24, 1 (Si un hombre toma una mujer y se casa con ella, y resulta que esta mujer no halla gracia a sus ojos, porque descubre en ella algo que le desagrada, le redactará un libelo de repudio, se lo pondrá en su mano y la despedirá de su casa), como ya hemos citado más arriba.

Esta intransigencia eclesial, ¿verdaderamente se corresponde con la intencionalidad de Jesús al emitir el dicho recogido por Mateo?.

Sinceramente creo que no. En el momento de ser pronunciado este dicho y, en el contexto en que Mateo lo inserta (en sus dos versiones [cap. 5 y 19]), creo que Jesús reitera su intento de equiparar la dignidad de la mujer dentro del matrimonio y trata de corregir el abuso a que Dt. 24, 1 había conducido.

La mujer, dentro del matrimonio (también dentro de la sociedad hebrea, en general), estaba considerada como una "propiedad", sin derechos, a la que libremente podía repudiarse y expulsar del núcleo social.

Es a este sentido de desviación hacia el que Cristo dirige su sentencia.

Los conceptos de divorcio y repudio sólo son parecidos en su consecuencia, no en su origen ideológico, ni mucho menos, en su articulación.

Mientras que el repudio se produce exclusivamente a "instancia de una parte (la del varón)" y arroja del círculo familiar a la repudiada, el divorcio, tal y como lo entendemos hoy, persigue la devolución del equilibrio social y psíquico de los firmantes del convenio matrimonial.

Cuando una sociedad humana, sea del tipo que sea, se vuelve inestable y amenaza la "salud " social, física o psíquica de sus intervinientes, la propia sociedad grupal se dota de mecanismos correctores para tal anormalidad, dentro de una base ideológica fundamental: el convenio, contrato o acuerdo, de convivencia, societario o de cualquier tipo que sea, ha sido contraído libremente por mutuo acuerdo; por lo tanto, y desde el mismo punto de partida, cuando sus contrayentes lo decidan libremente, también puede ser disuelto, salvando las responsabilidades contraídas, durante su vigencia, frente a terceros.

El matrimonio sacramental, bendecido por Cristo con su asistencia a las bodas de Caná y originado en Gen. 2, 24, es un convenio de convivencia que cuenta con un proyecto de futuro comunitario (de comunión) basado en el amor entre los contrayentes.

Obviamente, si las razones que originan la convivencia (el amor entre los cónyuges) desaparecen y son sustituidas por una suerte de vivencias extrañas a la armonía amorosa (despecho, desprecio, agresiones, indiferencia), el vínculo queda desvirtuado y lo más adecuado es su disolución, salvaguardando, también por convenio ratificado por un juez (persona imparcial), los derechos y compromisos de terceras personas (hijos, obligaciones contractuales, patrimonio, etc.).

Esta disolución, lo que conlleva, no es un atentado contra la ley natural (el convenio surge de un impulso voluntario, y así puede ser disuelto), como dice la Iglesia Católica, sino un intento por perpetuar la propia convivencia, tanto social como individual (a través de la disponibilidad que se facilita a los contrayentes para la reedificación de sus propios y personales proyectos de vida).

Como en el caso de la moral sexual, creo que la Iglesia ha cosificado el dicho de Jesús, sin mostrar capacidad de adaptación a la realidad social evolutiva, extendiendo a la generalidad un aserto de Cristo dirigido a situaciones concretas en el tiempo y en el espacio.

Por lo que a mí respecta, soy un hombre felizmente casado (canónicamente) desde hace, en este momento (año 2000), 24 años, que vive plenamente el amor correspondido con mi primera y única esposa, y ni me planteo una situación de conflicto conyugal que pudiera abocar nuestra unión hacia su disolución. Pero siguiendo la enseñanza cristiana de la tolerancia y misericordia, huyo de los radicalismos dogmáticos y de los corsés ideológicos, por lo que encajo plenamente el divorcio, aun dentro de una vida cristiana plena.

Quien esto dice, pues, no lo hace desde una situación personal de conflicto matrimonial, ni ha pasado, ni espera pasar, por tal circunstancia, pero no cierra las puertas de la posible felicidad a quienes, por una u otra razón, han agotado la vía de la convivencia armónica dentro de una institución (que como el sabath) fue hecha para el hombre y no a la inversa.

 

Mt. 5, 33-37

33 Además habéis oído que fue dicho a los antiguos: No perjurarás, sino cumplirás al Señor tus juramentos. 34 Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera; ni por el cielo, porque es el trono de Dios; 35 ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. 36 Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo cabello. 37 Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede.

 

Estamos ante una redacción típicamente mateana, probablemente procedente de sus propias fuentes, ya que carece de correspondencia en Marcos, Lucas y Juan.

La historicidad del dicho habríamos de apoyarla en los criterios de discontinuidad, coherencia y persecución y ejecución.

Partiendo del A.T., Jesús plantea una crítica abierta y directa para con la tradición y costumbres hebreas, respecto a la palabrería y juramentos.

Hoy en día, es una tradición en desuso, ya que el cumplimiento de compromisos y acciones se fundamenta en las relaciones contractuales regidas por los códigos civiles, mercantiles y penales, para la llamada sociedad civil y, por el Código de Derecho Canónico para los asuntos relativos al funcionamiento eclesial.

Sin embargo, no deja de tener su importancia y, en algunas de sus frases, es un texto con plena vigencia.

En la línea tradicional mateana, hagamos una cronología del dicho de Jesús y de sus relaciones con la Antigua Alianza y su continuación en las epístolas apostólicas.

Por lo que se refiere al juramento, como garantía válida para el cumplimiento de votos y promesas, el origen estaría en Dt. 6, 13 (A Yahveh tu Dios temerás, a él le servirás, por su nombre jurarás [en lo que se refiere al derecho de jurar por el nombre de Dios]); en Ex. 20, 7 (No tomarás en falso el nombre de Yahveh, tu Dios; porque Yahveh no dejará sin castigo a quien toma su nombre en falso [como advertencia para usar a la ligera el nombre de Dios]), en Lev. 19, 12 (No juraréis en falso por mi nombre: profanarías el nombre de tu Dios. Yo, Yahveh [para la advertencia contra la falsedad en los juramentos]); en Num. 30, 3 (Si un hombre hace un voto a Yahveh, o se compromete a algo con juramento, no violará su palabra: cumplirá todo lo que ha salido de su boca [para el cumplimiento de los juramentos emitidos]) y en Dt. 23, 22-24 (22 Si haces un voto a Yahveh tu Dios, no tardarás en cumplirlo, porque sin duda Yahveh tu Dios te lo reclamaría, y te cargarías con un pecado. 23 Si te abstienes de hacer voto, no habrá pecado en ti. 24 Pero lo que salga de tus labios lo mantendrás, y cumplirás el voto que has hecho voluntariamente a Yahveh tu Dios, lo que has dicho con tu propia boca [respecto del cumplimiento del voto o promesa realizada a Dios]).

Con respecto a la calificación del cielo y la tierra, la frase no es original de Mateo, sino que sus antecedentes podemos encontrarlos en 1 Cr. 28, 2 (Y, poniéndose en pie, dijo el rey David: «Oídme, hermanos míos y pueblo mío: Había decidido en mi corazón edificar una Casa donde descansa el arca de la alianza de Yahveh y sirviese de escabel de los pies de nuestro Dios. Ya había hecho yo preparativos para la construcción); Is. 66, 1 (Así dice Yahveh: Los cielos son mi trono y la tierra el estrado de mis pies, Pues ¿qué casa vais a edificarme, o qué lugar para mi reposo) y Sal. 48, 2 (3)(Grande es Yahveh, y muy digno de loa en la ciudad de nuestro Dios; su monte santo).

No acaba en este dicho la preocupación cristiana por la prudencia en el juramento, ya que encontraremos seguimiento al mismo en 2 Cor, 1, 17-19 (17 Al proponerme esto ¿obré con ligereza? O ¿se inspiraban mis proyectos en la carne, de forma que se daban en mí  el sí y el no? 18 ¡Por la fidelidad de Dios!, que la palabra que os dirigimos no es sí y no. 19 Porque el Hijo de Dios, Cristo Jesús, a quien os predicamos Silvano, Timoteo y yo, no fue sí y no; en él no hubo más que sí) y Stg. 5, 12 (Ante todo, hermanos, no juréis ni por el cielo ni por la tierra, ni por ningún otra cosa. Que vuestro sí sea sí, y el no, no; para no incurrir en juicio).

¿A qué tanta preocupación por el juramento por parte de Cristo y los primeros apóstoles?.

Para nosotros, el juramento es un acto reservado a celebraciones solemnes y rituales, o a la declaración de veracidad ante los tribunales, pero para los contemporáneos de Jesús, el juramento, usando el nombre de Dios, constituía un episodio fundamental para su convivencia social y religiosa. En la sociedad teocrática de la época, el nombre de Dios, tenía tal fuerza conminatoria, que cualquier compromiso apoyado en Él, era garantía de cumplimiento, bajo graves consecuencias para el infractor, al desatarse la cólera divina.

Al igual que en el caso del libelo de repudio, esta práctica, debió derivar en el abuso; y de ahí la preocupación de Jesús (y de los apóstoles) por desligar el nombre sagrado de Dios de los actos mundanos a los que constantemente era traído y sometiéndolo a banalización.

Desde esta perspectiva podemos entender el interés de Mateo por incluir este dicho de Jesús dentro del Sermón del monte.

Si bien la secularización de la vida social, ha dejado en muy segundo plano esta costumbre, no está de más que nos fijemos en la trascendencia de las palabras de Jesús (y de los apóstoles) a la hora de realizar declaraciones y promesas.

La limitación de Cristo al "sí, sí, no, no", es una llamada a la prudencia en las relaciones con los hermanos, no sólo en los aspectos contractuales, sino de todo orden.

Cristo, en coherencia con todo su mensaje, hace una apología de la sencillez, como posicionamiento contrapuesto a la demagogia y palabrería hueca.

Tal ha de ser la transparencia y limpieza del cristiano, que huelga la utilización de promesas y juramentos grandilocuentes e irrespetuosos para con el nombre de Dios. Ha de ser suficiente con la afirmación, o la negación, sencilla y clara, todo lo demás implicaría una suerte de desconfianza entre los intervinientes, incompatible con el amor y confianza proclamadas en la Buena Noticia.

 

 

Mt. 5, 38-42

38 Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. 39 Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; 40 y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; 41 y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos. 42 Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses.

 

Lc. 6, 29-30

29 Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite la capa, ni aun la túnica le niegues. 30 A cualquiera que te pida, dale; y al que tome lo que es tuyo, no pidas que te lo devuelva.

 

Los textos anteriores nos presentan la actualización, por parte de Cristo de la llamada "ley del talión", una de las normas básicas de la estructura jurídica mosaica. Tanto que aparece en los tres libros que contienen la Ley otorgada por Dios a Moisés (Ex. 21,24 [ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie]; Lev. 24, 20 [fractura por fractura, ojo por ojo, diente por diente; se le hará la misma lesión que él haya causado a otro] y Dt. 19, 21 [No tendrá piedad tu ojo. Vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie]).

Cristo no podía dejar pasar la oportunidad de acometer la crítica a esta norma legal, por cuanto contraviene el conjunto y la especificidad de su enseñanza.

La "ley del talión", supuso, en su tiempo, un avance considerable, en comparación con las normativas de los pueblos circundantes a Israel.

A pesar de la "brutalidad" que para nosotros pueda suponer desde la perspectiva de nuestros tiempos, es indudable que conlleva un progreso significativo respecto de la situación punitiva anterior.

Esta norma, introduce en la sociedad de su época, una premisa jurídica esencial: la proporcionalidad de la pena respecto del delito = la pena no puede ser mayor que la acción que la desencadena.

El texto que estamos contemplando, en una buena parte, probablemente procede de la fuente Q, recogido, con algunas variantes sin importancia, por Mateo y por Lucas. Aquel, sin embargo, incluye aportaciones propias que éste no recoge, como es la relación de esta actitud de mansedumbre respecto de la citada "ley del talión".

Ambos evangelistas sitúan esta disertación de Jesús en el mismo contexto: Sermón del monte para Mateo y "del llano" para Lucas.

La historicidad del dicho podríamos fundamentarla con los criterios de discontinuidad, coherencia y persecución y ejecución, mientras que el de testimonio múltiple quedaría muy mermado ante la posibilidad, casi cierta, del origen común para ambas redacciones.

La coherencia global de este dicho con el mensaje cristiano es determinante y directa.

Una de las esencias de la docencia de Cristo hay que buscarla en la segunda de las bienaventuranzas (bienaventurados los mansos...).

El criterio de Jesús es diáfano ante las ofensas recibidas a lo largo de todo su ministerio público: la no reacción.

Cristo proclama el Reino de Dios como imperio de la paz y el perdón, por lo tanto, excluye del mismo cualquier impulso vengador que implique reacción violenta ente la agresión (en este aspecto, el Reino no es coincidente directo con el Estado de Derecho, ya que éste se fundamenta sobre el "imperio de la ley", situando ésta por encima del hombre e, incluso, de Dios).

En la vida de Jesús, este posicionamiento pacifista y manso, es tan radical, que lo lleva hasta sus últimas consecuencias: se deja torturar y matar sin ningún tipo de reacción, apoyándose únicamente en su absoluta confianza (fe) en el Padre y en el amor hacia quienes le ofenden.

Tan radical es su postura, que en el momento cumbre de su ejecución, alcanza a pedir el perdón, que no el castigo, para quienes generan y ejercitan la ignominia de su muerte injusta (Lc. 23, 34: Jesús decía: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen.» Se repartieron sus vestidos, echando a suertes).

EL seguimiento de Cristo es nuestro camino, y en él encontramos muchas dificultades. Pero uno de los escollos más importantes nos lo encontramos en este pequeño e inmenso dicho de Jesús de Nazareth.

Alrededor de este pensamiento gira todo su mensaje y recurre el espíritu de su enseñanza.

No en vano, los apóstoles incidirán en este aspecto en Rom. 12,17 (Sin devolver a nadie mal por mal; procurando el bien ante  todos los hombres); 1 Cor. 6, 7 (De todos modos, ya es un fallo en vosotros que haya pleitos entre vosotros. ¿Por qué no preferís soportar la injusticia? ¿Por qué no dejaros más bien despojar?); 1 Tes. 5, 15 (Mirad que nadie devuelva a otro mal por mal, antes bien, procurad siempre el bien mutuo y el de todos) y 1 P 3, 9 (No devolváis mal por mal, ni insulto por insulto; por el contrario, bendecid, pues habéis sido llamados a heredar  la bendición).

Aun reconociendo su esencialidad, confieso, humildemente, mi debilidad y limitaciones sobre mi capacidad de dar cumplimiento al mismo.

Es la verdad cristiana que me resulta más difícil de poner en práctica, porque, además, no es susceptible de interpretaciones o desviaciones justificativas o que aminoren su radicalismo: el no devolver la ofensa, sólo puede interpretarse como está escrito en el N.T.; y de ninguna otra forma.

Dentro de nuestra civilización competitiva y agresiva, poner la otra mejilla es considerado, no como un signo de humildad, mansedumbre o amor, sino como una evidencia de debilidad y estupidez. A quien pone la otra mejilla, no sólo se le vuelve a pegar, sino que, si es posible, se la pisa la cabeza.

La supervivencia, en nuestro ambiente sociocultural, merma la posibilidad de cumplimiento de la directiva de Cristo.

No trato de justificarme, sino de constatar una realidad manifiesta.

Hoy por hoy, me siento incapaz de llegar a los extremos de Cristo en muchos aspectos, pero especialmente, en lo que se refiere al perdón de las ofensas, tanto sobre mí, como sobre las personas que me rodean y amo.

Sobre este dicho podría escribir largos textos expositivos que reflejaran la violencia humana y la espiral que se genera con la respuesta a la ofensa, pero esto sería pura demagogia, desde el instante en que, yo mismo, me siento incapacitado para cumplirla en su totalidad y sería contravenir otro de los asertos cristianos contenido en Mt. 5, 37 (Sea vuestro lenguaje: "Sí, sí"; "no, no": que lo que pasa de aquí viene del Maligno).

El dicho de Jesús es claro y no precisa explicaciones ni argumentaciones. Cada cual, individual y colectivamente, ha de reflexionar sobre sus posibilidades y disponibilidad de darle cumplimiento, especialmente a la luz de Dt. 32, 35 (A mí me toca la venganza y el pago para el momento en que su pie vacile. Porque está cerca el día de su ruina, ya se precipita lo que les espera); Lev. 19, 18 (No te vengarás ni guardarás rencor contre los hijos de tu pueblo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo, Yahveh); Ecl 1, 1 (El que se venga, sufrirá venganza del Señor, que cuenta exacta llevará de sus pecados) y Rom. 12, 19 (no tomando la justicia por cuenta vuestra, queridos míos, dejad lugar a la Cólera, pues dice la Escritura: = Mía  es la venganza: yo daré el pago merecido, = dice el Señor).

 

Mt. 5, 43-48

43 Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. 44 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; 45 para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. 46 Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? 47 Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles? 48 Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.

 

Lc. 6, 27-28

27 Pero a vosotros los que oís, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen; 28 bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian.

 

Lc. 6, 32-36

32 Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores aman a los que los aman. 33 Y si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores hacen lo mismo. 34 Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores prestan a los pecadores, para recibir otro tanto. 35 Amad, pues, a vuestros enemigos, y haced bien, y prestad, no esperando de ello nada; y será vuestro galardón grande, y seréis hijos del Altísimo; porque él es benigno para con los ingratos y malos. 36 Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso.

 

Este texto es una prolongación del dicho anterior de Mt. 5, 38-42 y Lc. 6, 29-30, tanto por su contenido, como por su ubicación en la obra de ambos evangelistas.

Al igual que en el caso anterior, los dos textos, aparentemente, tienen como fuente originaria a Q.

Las diferencias entre Mateo y Lucas, sin embargo, en este caso, aunque ligeras, son significativas.

Mateo es el único que retrotrae al A.T. para el comienzo el dicho de Jesús. Así hace referencia a Lv. 19, 18 (No te vengarás ni guardarás rencor contre los hijos de tu pueblo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo, Yahveh) para el "amor al prójimo" y a Dt. 23, 7 (El ammonita y el moabita...No buscarás jamás mientras vivas su prosperidad ni su bienestar) para "odiar al enemigo", aunque en este caso, el texto del Deuteronomio está referido a los ammonitas y  moabitas, no como una generalidad.

Dada la característica de Mateo, es lógica esta reiterada referencia al A.T. (judío que escribe para cristianos procedentes del judaísmo y situados en el interior de la Palestina ocupada por Roma).

Asimismo, Mateo habla de "perfección" (santidad) (Lv. 19, 2: Habla a toda la comunidad de los israelitas y diles: Sed santos, porque yo, Yahveh, vuestro Dios, soy santo) como exigencia para con los seguidores de Jesús, mientras que Lucas habla de "misericordiosos".

Otra diferencia, y esta fundamental, consiste en que Mateo habla de publicanos y gentiles como "espejo oscuro", mientras que Lucas utiliza exclusivamente a los "pecadores" en ese ejemplo.

Esta diferencia nos da una idea del público para el que escriben ambos evangelistas. Puesto que Lucas lo hace para gentiles y judíos helenizados, no sería lógico utilizar esa figura étnica (socio-cultural) en el tono despectivo que Mateo lo hace.

Sin embargo, y como hemos dicho antes, puesto que Mateo escribe para cristianos procedentes del judaísmo interior, utiliza las figuras más denostadas por el pueblo de Israel en aquel momento.

Si bien el calificativo de Padre no es desconocido en el Evangelio de Lucas, es en el de Mateo donde nos lo encontraremos con mayor profusión en referencia a la Primera Persona de la Trinidad.

Sin embargo, es resaltable el pronombre "vuestro" que ambos evangelistas anteponen al sustantivo.

Es la forma que Jesús utiliza para diferenciar su naturaleza de la del resto de la humanidad con respecto a la citada Primera Persona.

A lo largo del evangelio nos encontraremos varias veces con esta diferenciación: Jesús hablando de "mi" Padre cuando se refiere a su origen o a la procedencia de sus dones; mientras que habla de "vuestro" Padre, cuando lo hace en tono ejemplarizante, dando a entender la prohijación de la humanidad con su intervención.

El texto presente (en ambas versiones), además, de una extensión del inmediatamente anterior, supone una ampliación de la 5ª bienaventuranza de Mateo (bienaventurados los misericordiosos...), que Lucas no recoge, aplicada como fruto esencial y directo de la caridad.

Supone, además, un salto cualitativo con respecto al texto anterior, donde se hablaba de no responder a las ofensas y agravios. En este, además, Cristo va mucho más allá en el desarrollo de la caridad. La misericordia que proclama supera la pasividad de la ausencia de respuesta a la provocación y la ofensa, para trasponerla, no sólo en perdón, sino en amor hacia quien se presenta en nuestra existencia como nuestro contrario (enemigo).

La práctica de este posicionamiento radical en su existencia, la podemos evidenciar en Lc. 22, 50-51 (50 y uno de ellos hirió al siervo del Sumo Sacerdote y le llevó la oreja derecha. 51 Pero Jesús dijo: «¡Dejad! ¡Basta ya!» Y tocando la oreja le curó).

La justificación para tal actitud de amor y misericordia nos la da el propio Cristo en Jn. 18, 11 (Jesús dijo a Pedro: «Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?»). Aquí evidenciamos la absoluta confianza en los designios del Padre, lo que le proporciona la fuerza necesaria para acometer esta acción plena de amor: ama a tus enemigos, porque el amor del Padre está por encima de tus diferencias con tu hermano (hace salir el sol sobre buenos y malos).

Si el cumplimiento de la aseveración anterior ya me resultaba difícil, el seguimiento de ésta se me antoja inalcanzable, aun manifestando mi conciencia de carecer de enemigos, si como tales considero a hermanos que, por una u otra razón, tienen como objetivo procurar mi mal personal, o el de las personas que me rodean.

Lo cierto es que me considero tan insignificante, que hasta carezco de enemigos.

Obviamente sí habrá hermanos a los que le causaré aversión o antipatía, pero no tengo constancia de contar con enemigos declarados, por lo tanto, tampoco puedo divagar demasiado sobre un concepto que me resulta extraño en mi experiencia vivencial.

En todo caso, me remito a lo ya escrito para la sentencia anterior.

 

Mt. 6, 1

1 Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos.

 

Nos encontramos con un dicho de Jesús, plasmado por Mateo, procedente de sus propias fuentes, puesto que ningún otro evangelista recoge esta aseveración de Cristo.

Tampoco parece contar con antecedentes directos en el AT, por lo que habremos de conformarnos con la cita, tal cual nos la refiere el evangelista.

Con ser breve y conciso, este dicho contiene una gran carga doctrinal, puesto que eleva el punto de mira de la justicia por encima de la apariencia y la formalidad: la verdadera justicia no radica en los hombres, ni resulta importante la opinión que tengan de tus acciones, sino que se encuentra en el Reino de los cielos y las recompensas que en él podrás encontrar a causa de tus obras.

¿Ello es un impedimento para la aceptación de las leyes humanas y de la justicia que de ellas emana?. En absoluto, para ello vamos nuevamente a las palabras de Cristo en Mt. 5, 17 («No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento.), en Mt. 22, 21 (Dícenle: «Del César.» Entonces les dice: «Pues lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios.») (que es igual en Mc. 12, 17 y Lc. 20, 25); así como, especialmente, a Ro. 13, 1-5 (1 Sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas. 2 De modo que, quien se opone a la autoridad, se rebela contra el orden divino, y los rebeldes se atraerán sobre sí mismos la condenación. 3 En efecto, los magistrados no son de temer cuando se obra el bien, sino cuando se obra el mal. ¿Quieres no temer la autoridad? Obra el bien, y obtendrás de ella elogios, 4 pues es para ti un servidor de Dios para el bien. Pero, si obras el mal, teme: pues no en vano lleva espada: pues  es un servidor de Dios para hacer justicia y castigar al que obra el mal. 5 Por tanto, es preciso someterse, no sólo por temor al castigo, sino también en conciencia).

Lo que sucede es que el seguimiento a Cristo es más radical y exigente. No basta con la justicia humana. La verdadera justicia nos la vuelve a describir Pablo en Ro. 10, 4-7 (4 Porque el fin de la ley es Cristo, para justificación de todo creyente. 5 En efecto, Moisés escribe acerca de la justicia que nace de la ley: = Quien la cumpla, vivirá por ella. = 6 Mas la justicia que viene de la fe dice así: = No digas = en tu corazón = ¿quién subirá al cielo?, = es decir: para hacer bajar a Cristo; 7 o bien: ¿quién bajará al abismo?, es decir: para hacer subir a Cristo de entre los muertos).

Estamos ante una ampliación de la 4ª bienaventuranza de Mateo (bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia...).

La justicia divina supera las apariencias mundanas e incide directamente en la igualdad, por el amor que Él profesa hacia todos los hombres.

Nuestra justicia es válida, pero insuficiente por desigual, pero si, además, a ello añadimos nuestro afán por la apariencia, la justicia deviene en falsedad y se vacía de contenido, por lo tanto, ¡cuidado!, la justicia nace del espíritu y de la práctica de la voluntad del Padre. Poco importa la apariencia y formalidad, el motivo es íntimo y la recompensa el Reino de los cielos.

 

Mt. 6, 2-4

2 Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. 3 Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, 4 para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.

 

En la misma línea de continuidad de exclusividad de Mateo, nos encontramos este dicho de Jesús, directamente relacionado con la 6ª de las bienaventuranzas de Mateo (bienaventurados los limpios de corazón...), pero con una aplicación más concreta: la justicia social por la redistribución de los bienes a través de la limosna.

La costumbre hebrea de proclamar y divulgar las ofrendas voluntarias proviene de Am. 4, 5 (quemad levadura en acción de gracias, y pregonad las ofrendas voluntarias, voceadlas, ya que es eso lo que os gusta, hijos de Israel!, oráculo del Señor Yahveh).

Jesús, en este dicho, condena esta práctica farisaica, sin nombrar directamente a este partido. Su condena a la hipocresía (opuesta a la limpieza de corazón) la veremos de nuevo en Mt. 15, 7-9 (7 Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías cuando dijo: 8 "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. 9 En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres"); 22, 18 (Mas Jesús, conociendo su malicia, dijo: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis?) y, especialmente, en todo el capítulo 23.

A su vez, la omnisciencia y omnipresencia de Dios, podemos encontrarla, entre otros pasajes, en Sal. 139, 2-3 (2 sabes cuándo me siento y cuándo me levanto, mi pensamiento calas desde lejos; 3 esté yo en camino o acostado, tú lo adviertes, familiares te son todas mis sendas).

Cristo no es muy dado a proclamar o recomendar la limosna, probablemente porque, consideraba tal práctica como una suerte de falsedad mundana, destinada a calmar conciencias inquietas. Seguramente opinaba que la limosna supone una acción humillante y degradante, tanto para el que la da, como para el que la recibe.

Para el que la da, porque se desprenden de lo que le sobra, para el que la recibe porque le sitúa en plano de inferioridad por el agradecimiento a que le obliga.

Cristo aboga más por el reparto equitativo de la riqueza, la justicia social verdadera, en lugar de la dádiva otorgada para solventar la apariencia (Mt. 19, 21: Jesús le dijo: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en  los cielos; luego ven, y sígueme.»).

Cristo no se presenta a nosotros como un revolucionario subvertidor del orden económico establecido. No es un Robin Hood que expolia a los ricos para dárselo a los pobres, ni un Ché Guevara que lucha con las armas para invertir la situación y estatalizar y colectivizar la propiedad.

Cristo sustenta su justicia social en el Reino, y éste se fundamenta en la igualdad verdadera generada desde la profundidad de las conciencias y los espíritus, no en la subversión violenta ni en la expoliación materialista.

Él apela a la conciencia y la recompensa del Padre para promover el cambio y el reparto igualitario, porque considera insignificante la importancia de los bienes materiales, respecto del gran bien superior que es la compañía del Padre en el Reino de la justicia, la paz y el amor.

Jesús abundará en ello en Mt. 6, 19-21 (19    «No os amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. 20 Amontonaos más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven  y roben. 21 Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón) y, similarmente, Lc. 12, 32-34 (32         «No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino. 33 «Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos,  donde no llega el ladrón, ni la polilla; 34 porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón).

Fijémonos que cuando habla de limosna, no se está refiriendo a la pequeña dádiva sobrante, sino que radicaliza la práctica con la dialéctica que nos presenta en Mt. 6, 24 (Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero) y  su paralelo en Lc. 16, 13 («Ningún criado puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero.»).

La disyuntiva está clara: el Dios vivo o el dios muerto y de muerte representado por las riquezas. No nos habla de subversión, sino de justicia plena de igualdad, también en la detentación de las riquezas.

¡Cuan alejado el Reino de la división de nuestros 1º, 2º, 3º y 4º mundos!.

La proclamación de nuestras obras de "caridad" y "misericordia" a través de la limosna, obviamente ya lleva implícita la recompensa.

Es la continuación, en el plano económico de Mt. 6, 1.

 

Mt. 6, 5-15

5 Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. 6 Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.

7 Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos. 8 No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis. 9 Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. 10 Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. 11 El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. 12 Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. 13 Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén. 14 Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; 15 mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.

 

Mc. 11, 25-26

25 Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas. 26 Porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestras ofensas.

 

Lc. 11, 1-4

1 Aconteció que estaba Jesús orando en un lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos.2 Y les dijo: Cuando oréis, decid: Padre bienamado santificado sea tu nombre. Venga tu reino. 3 nuestro pan para mañana danoslo cada día 4 Y perdónanos nuestros pecados, pues también nosotros perdonamos a todos los que nos deben. Y no nos dejes caer en tentación

Estamos ante la oración por excelencia, probablemente procedente de la fuente Q, aunque, en estos versículos están mezcladas las 4 fuentes (Q, Marcos, Mateo y Lucas), pero el núcleo oracional sólo es recogido por Mateo y Lucas, por lo que podemos deducir su origen en Q.

Las fuentes propias podemos evidenciarlas en la doxología mateana del versículo 13 "porque tuyo es el reino...", mientras que la lucana la contemplaremos en el primero de los versículos recogidos.

A su vez, Mateo hace clara referencia en sus versículos 14 y 15, a Marcos 11, 25-26.

Por otra parte, Mateo y Lucas, aun coincidiendo en los términos oracionales, difieren en la ubicación geográfica de su pronunciación.

Mateo la ubica en el Sermón del monte, como uno de los aportes fundamentales de este discurso, mientras que Lucas lo hace en el camino hacia Jerusalén, como repuesta al requerimiento de uno de sus discípulos. Luego la motivación para la emisión de la oración, en el criterio de ambos evangelistas, es diferente, e incluso divergente: la propia iniciativa en Mateo y la satisfacción de una petición en el caso de Lucas, aunque, en ambos casos, está manifiesta la voluntad docente de Cristo en facilitar la relación oral con el Padre.

Mateo, para la presentación de esta oración, haciendo nuevamente apología de la humildad e intimidad del creyente con el Padre, hecha mano del AT para recomendar el proceder oratorio de Eliseo en 2 Re. 4, 33 (Entró y cerró la puerta detrás de ambos, y oró a Yahveh) y de Isaías en Is. 26, 20 (Vete, pueblo mío, entra en tus cámaras y cierra tu puerta detrás de ti, escóndete un instante hasta que pase la ira), aunque en éste se evidencia un sentido más temeroso que intimista; todo ello, en contraposición a la costumbre farisea, probablemente emanada de Dan. 6, 11 (Al saber que había sido firmado el edicto, Daniel entró en su casa. Las ventanas de su cuarto superior estaban  orientadas hacia Jerusalén y tres veces al día se ponía él de rodillas, para orar y dar gracias a su Dios; así lo había hecho siempre) y Tob. 3, 11 (Y en aquel momento, extendiendo las manos hacia la ventana, oró así: Bendito seas tú, Dios de misericordias, y bendito sea tu Nombre por los siglos, y que todas tus obras te bendigan por siempre) 

En el Evangelio de Jesús hay varios momentos cumbre en lo que a doctrina y enseñanzas morales y éticas se refiere.

Uno de esos momentos es el que nos encontramos aquí, en el Sermón de la Montaña (o Sermón del Monte), momento en el cual Cristo nos dice cómo hablar con el Padre junto con otras muchas enseñanzas.

Por su contenido y por su origen (el propio Jesús), es imprescindible detenernos en esta oración, paradigma de diálogo con Dios, para analizar y tratar de entender lo que cotidianamente repetimos, a veces como una letanía rutinaria, a veces sin darnos cuenta de que  se trata de la expresión de comunicación más directa con el Creador.

Cuando la recitamos deberíamos reflexionar sobre el significado de lo que estamos proclamando, de cada expresión y de cada palabra, con objeto de reafirmar o acentuar algunas de ellas, subrayar su sentido o extenderla y expandirla en función del momento en que estemos hablando con el Padre.

No constituye una irreverencia para con la oración heredada de Cristo, sino una forma de enriquecerla y seguir su consejo:” Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos ”.

La oración, para Cristo, deviene en un elemento fundamental en su existencia. Pero no la oración estereotipada, mojigata, mercantilista y beata, sino la acción limpia, sincera, directa e íntima, como sistema de comunicación con el Padre, mediante la cual, transmite a Dios, tanto sus necesidades, como sus acciones de gracias, así como el componente básico para la consolación en los momentos de flaqueza y aflicción.

Volviendo al Padrenuestro, al constituirse en la unidad oratoria única enseñada por Cristo a sus seguidores, se conforma como un conjunto oracional marco para encuadrar en él cualquier otro diálogo con Dios.

En ningún caso, el Padrenuestro ha de considerarse como fetiche u oración exclusiva, pero sí es un legado directo de Jesús y un ejemplo de condensación de petición y posicionamiento ético y moral. 

Prácticamente todos los expertos, además, parecen coincidir en que esta pieza es remontable al Jesús histórico, con origen en la fuente Q,  si bien su formulación primigenia queda en una cierta nebulosa, aunque podemos acercarnos mucho a la tradición más antigua de la misma, una vez eliminados los añadidos posteriores y señalando los que el propio texto de Mateo incluye como aportaciones del evangelista. 

Parece haber coincidencia entre los expertos de que la tradición más antigua que podemos alcanzar nos reflejaría un texto similar al siguiente : 

 Texto              Texto del     Mt. 6, 9-13   Lc. 11, 2-4     Qaddish          Didajé

primitivo          Catecismo

 probable          Católico            

                          actual

Padre bienamado

Santificado sea tu nombre

Venga tu reino

Nuestro pan para mañana, dánoslo hoy

Y perdónanos nuestras deudas, así como también nosotros, al decir estas palabras, perdonamos a nuestros deudores

Y no nos induzcas en tentación

 

Padre nuestro que estás en el cielo

Santificado sea tu nombre

Venga a nosotros tu reino

Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo

Danos hoy nuestro pan de cada día

Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden

No nos dejes caer en la tentación

Y líbranos del mal

 

9...Padre nuestro que estás en los cielos,

santificado sea tu nombre.

10 Venga tu reino.

Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.

11 nuestro pan para mañana, dánoslo hoy.

12 Y perdónanos nuestras deudas, así como también nosotros hemos perdonado  a nuestros deudores.

13 Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal;

porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén

 

2 ...Padre bienamado

santificado sea tu nombre.

Venga tu reino.

3 nuestro pan para mañana danoslo cada día

4 Y perdónanos nuestros pecados, pues también nosotros perdonamos a todos los que nos deben.

Y no nos dejes caer en tentación

Ensalzado y santificado sea su gran nombre en el mundo, que Él por su voluntad creó.

Haga prevalacer su reino en vuestras vidas y en los días vuestros y en la vida de toda la casa de Israel, presurosa-mente y en breve.

Y a esto decid: Amén

8:2 No ores como los hipócritas, sino como el Señor lo ha ordenado en Su evangelio, ora así: Padre Nuestro que estás en los Cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros Tu reino, hágase Tu voluntad así en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras deudas como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. No nos dejes caer en tentación y líbranos del mal . Tuya es la gloria y el poder por siempre.

 

 Como podemos comprobar, hay variaciones entre la formulación que hoy conocemos y recitamos y la que, originalmente, podría haber constituido su núcleo gestor, si bien estas diferencias son más de adaptación idiomática que de fondo. 

Respecto de las interpretaciones de esta oración, existen dos tendencias no excluyentes. 

Por un lado, está la tendencia escatológica, que interpreta la oración a la luz de la escatología predicatoria de Jesús, mientras que, por el otro, encontramos la tendencia ética-moral cotidiana, que interpreta la oración como una aplicación práctica del sentir creyente en su vida diaria. 

Como digo, ambas no son excluyentes y podríamos compaginar ambas tendencias, en función del momento espiritual en que la oración pudiera ser proclamada por cada uno de nosotros. 

En este texto se distinguen dos partes diferenciadas, generadas por los tiempos verbales que utilizan, al margen de la invocación introductoria (junto con el añadido mateano). 

Padre bienamado (nuestro que estás en los cielos) 

La evocación introductoria nos acerca a la percepción de filiación que Jesús tenía con Dios, al cual, repetidamente, llamará Padre. 

No es un calificativo desconocido en el Antiguo Testamento, pero las novedades que introduce Jesús en el tratamiento son, por un lado, la de extender universalmente esa paternidad hacia todos los hombres, no sólo amparando al "pueblo elegido" y por el otro, la de que el calificativo de Padre, cuando lo pronuncia desde la relación íntima entre Él y Dios, adquiere unas connotaciones de proximidad y confianza absoluta, de ahí el "Abbá" (papito, padre querido, aunque esta acepción está en discusión) de Marcos y Pablo, mientras que cuando lo hace como relación de paternidad hacia la humanidad, se refiere a Él como "vuestro Padre", con una connotación de ente protector y de acogimiento, pero desde el respeto debido al Creador. 

La primera frase, por tanto, nos introduce hacia el destinatario de la oración: el Padre (que Mateo apostilla como "nuestro, del cielo"). 

Por lo tanto, si bien es una oración enseñada por Jesús a un grupo de seguidores (receptores plurales de la enseñanza), la conforma como algo que ha de ser proclamado con individualidad, desde el interior de cada uno de nosotros, sin perder la perspectiva de que el Padre lo es de todos nosotros, alejando la exclusividad que pudiera  acometernos en nuestra individualidad. 

El añadido de Mateo sirve para ubicar y distinguir al Padre.  

No es un personaje indefinido, sino "nuestro Padre que vive en el cielo", si bien esta ubicación no es limitativa, sino extensiva de su presencia total y absoluta en cada instante y espacio de nuestra vida. 

Santificado sea tu nombre, venga  tu reino 

La primera parte de la oración que sigue a la invocación,  distinguida por su formulación en segunda persona singular, nos acerca, curiosamente, al Qaddish. Una oración judía sinagogal y de oración por los difuntos, antigua, cuyo origen anterior o posterior a Cristo está sometido a discusión por los expertos, si bien parece haber una coincidencia en unos orígenes arameos anteriores y que podría haber sido conocida y recitada usualmente por Jesús en la sinagoga. 

Es la única pieza oratoria judía que combina (como el Padrenuestro) la santificación del nombre de Dios, con la petición de venida de su gobierno. 

Que el Qaddish sea anterior o posterior a Cristo carece de importancia para nosotros, pero sí nos introduce a las raíces hebreas de la oración enseñada por Jesús. 

En esta parte de la oración es donde más puede darse la opción entre interpretación escatológica o ética. 

Santificar el nombre de Dios equivale a la proclamación del nombre de Dios.  

Santificar es elevar y proclamar la grandeza de Dios, pero no en abstracto, sino a través de su nombre. No es que Dios necesite que el hombre le santifique, ya es Santo por naturaleza. Somos nosotros los que necesitamos proclamar que lo es. 

El nombre es algo imprescindible para conocer y ser. 

A lo largo de la Biblia podemos encontrar un hilo conductor referido al nombre. A la nominación o cambio de nombres. Es un denominador común para dar identidad y nueva vida. Lo que no tiene nombre, prácticamente no existe o carece de importancia. El nombre identifica y condiciona. Da características a quien lo recibe y eleva a quien lo otorga. 

El propio Dios cambia u ordena el cambio de nombre a determinados elegidos (Abram por Abraham, Jacob por Israel...). 

En la anunciación, el mensajero de Dios indica a María el nombre que debe imponer a su hijo; y antes se lo había indicado a Zacarías para el después llamado “ Bautista”. 

Jesús mismo cambia de nombre a Simón y le confiere una nueva misión y una nueva vida. 

Nadie ha dado nombre a Dios, Él mismo se lo reveló a Moisés (YHVH = Yo soy), porque nadie puede elevarse por encima de Él como para tener el poder de ponerle nombre. 

En esta oración estamos proclamando la necesidad de que ese nombre, el que Él mismo nos reveló, sea engrandecido y exaltado. De que sea puesto por encima de cualquier otro nombre (y por lo tanto por encima de cualquier otra criatura o cosa), puesto que el nombre relaciona al ser que lo ostenta consigo mismo, con su esencia, y con todo lo demás: es la forma de identificarle. 

Aquí estamos relacionando al poseedor del nombre (Dios), con el resto de las criaturas, pero no en plano de igualdad, sino desde la premisa de la santificación de su nombre, de elevación y de proclamación de su grandeza. 

Con esta proclamación Dios es, por tanto, a través de su nombre, elevado por encima de cualquier criatura o cosa. 

El "venga tu reino", como decimos resume las dos perspectivas citadas. 

Desde el plano escatológico expresa el deseo de que se produzca el cambio de mundo. La instauración del gobierno de Dios como expresión máxima de la economía de revelación divina. 

Desde el plano ético-cotidiano, el creyente expresa su deseo de que se instale en la tierra el mismo gobierno de justicia e igualdad que ya existe en el cielo, como contrapunto a la sociedad desigual e injusta mundana. 

Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra 

Esta inclusión mateana de la primera parte de la oración supone una explicitación de la frase anterior: El que se haga la voluntad de Dios en la tierra es la traslación práctica de la instauración del Gobierno (Reino) de Dios. 

El deseo expresado supone una manifestación de fe del creyente en que la voluntad de Dios es lo mejor que puede suceder. Y utiliza, como analogía y espejo, el orden y justicia universal que éste percibe en el cielo: derivado de la construcción mitológica de la estructura celeste (Dios, ángeles, arcángeles y demás criaturas cósmicas) 

La premisa parte de que el deseo universal de Dios es la felicidad del hombre, basada en su justicia cósmica, por lo tanto, que a la tierra se extienda la voluntad divina implica que se nos aplique la gloria que de ella se desprende. 

nuestro pan para mañana, dánoslo hoy 

A partir de esta frase comienza la segunda parte de la oración, construida toda ella en primera persona del plural, que contiene la relación de peticiones que los creyentes trasladan al Padre invocado en el comienzo. 

Esta frase, originalmente, tenía el sentido referido al pan del mañana, como expresión de necesidad del creyente de contar con la seguridad y el aval de Dios para el futuro. 

Posiblemente, la expresión original tenía el sentido pragmático literal del alimento expresado en el pan, como extensión del pan divino (maná), recibido  de Dios por Israel en el desierto durante su peregrinación hacia la tierra prometida (Éxodo). 

A esta interpretación literal del deseo de seguridad del creyente, paulatinamente, se le ha ido dando otros sentidos espirituales, tomando al "pan" como imagen de alimento integral para la persona (elemento material y espiritual combinado), por lo que este pan expresado como tal en la oración original, pasa a asimilarse al "Pan de vida" joánico y al pan de la Eucaristía. 

Sea como fuera, lo que el creyente expresa al Padre en esta frase es su necesidad de contar con el apoyo y ayuda del mismo para continuar la subsistencia, tanto material como espiritual. 

Y perdónanos nuestras deudas, así como también nosotros hemos perdonado  a nuestros deudores 

La segunda frase de la parte plural del Padrenuestro es la única condicional del mismo. 

Su sentido es plenamente coherente con la globalidad del mensaje crístico: anteponer el perdón hacia los demás para así obtener la misericordia de Dios. 

La condición expresa de esta frase resulta de gran significado, ya que invalida la individualidad del trato social en relación con Dios, vinculando directamente esa relación con nuestro comportamiento hacia los demás. 

Parece una frase con fuerte incidencia  en el plano ético moral cotidiano, pero no carece de implicaciones escatológicas, ya que recoge la necesidad del creyente de obtener el perdón de los pecados por parte de Dios, que es el único que puede hacerlo, ante la inminencia del momento crucial del cambio de mundo anunciado. 

La segunda parte de la frase, la opción condicional, si bien se nos presenta en un tiempo presente, tiene una proyección indudable hacia el futuro, ya que carecería de sentido un perdón presente y una tolerancia para con los demás exclusiva del momento, si ambas situaciones no se reflejan en el futuro mediato e inmediato. 

Y no nos metas en tentación,  

Desde la percepción hebrea, la tentación no es algo ajeno a Dios, sino que se convierte en un instrumento probatorio del Padre para con la fidelidad de sus hijos. 

La evolución histórica de esta frase nos lleva a la pronunciación actual "no nos dejes caer en la tentación", como la expresión de nuestra debilidad ante Dios, al que solicitamos su ayuda para vencer las situaciones mundanas de peligro, ya que consideramos éstas como ajenas a la esencia divina. 

Sin embargo, la formulación original, desde el plano ético, nos acerca más a la petición al Padre de que no dirija ese instrumento probatorio hacia nosotros, tanto por desconfianza en nuestras fuerzas, como por intentar liberarnos del sufrimiento que lleva aparejado el combate contra las mismas. 

Desde la perspectiva escatológica, la petición va dirigida a librarnos del peligro de la tentación para mantener la limpieza espiritual ante la inminencia del cambio. 

mas líbranos del mal 

Esta inclusión mateana implica una reiteración de la petición anterior, ya que de las tentaciones derivan comportamientos pecaminosos asimilados con el  mal, por lo que, desde la escatología, se busca la liberación del mal generado por el pecado con objeto de poder afrontar con garantías el momento del cambio. 

Desde el punto de vista ético, esta petición aúna dos vertientes, el mal exógeno que nos puede llegar por las acciones u omisiones de los otros, y el mal propio como castigo por nuestros propios pecados, dentro del cual quedaría encuadrado, por ejemplo, el derivado de la enfermedad.

El Evangelio redactado por San Mateo añade una proclamación, como doxología final: “; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén”.

Es una reiteración de los reconocimientos de la propia oración y de otros pasajes del Evangelio. Supone, además, una justificación para solicitarle al Padre nuestras peticiones y proclamar su grandeza (suyo es el poder y la gloria). Si Él posee el poder, la totalidad del poder, es obvio que solamente a Él nos podemos dirigir para solicitar su ayuda ante la tentación, ante la defensa del maligno y cualquier otra petición.

Al estar unida a la última petición no rompe la estructura de “septeto” del conjunto  y más parece un “añadido” del redactor que palabras pronunciadas por Jesús en este contexto.

 

Mt. 6, 16-18

16 Cuando ayunéis, no seáis austeros, como los hipócritas; porque ellos demudan sus rostros para mostrar a los hombres que ayunan; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. 17 Pero tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu rostro, 18 para no mostrar a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.

 

Estamos ante una tradición hebrea muy utilizada en los tiempos pasados, pero en completo desuso en nuestros días, dentro de nuestra cultura, si la tomamos literalmente.

El ayuno es un símbolo de mortificación material para obtener la misericordia y el perdón de Dios por las transgresiones realizadas, o su ayuda en situaciones de necesidad.

La Ley mosaica prescribía un sólo día de ayuno obligatorio: el día de la fiesta de la expiación (10º día del 7º mes = equinoccio de otoño), fijado en Lev. 16, 29-31 (29 Será éste para vosotros un decreto perpetuo: En el mes séptimo, el día décimo del mes, ayunaréis, y no haréis trabajo alguno, ni el nativo ni el forastero que reside en medio de vosotros. 30 Porque en ese día se hará expiación por vosotros para purificaros. De todos vuestros pecados quedaréis limpios delante de Yahveh. 31 Será para vosotros día de descanso completo, en el que habéis de ayunar: decreto perpetuo), pero constituía una liturgia ritual muy utilizada para mostrar arrepentimiento, pena y solicitar el beneplácito y favor de Dios, por lo tanto, era muy usado en diversas ocasiones (funerales, sequías, calamidades, etc.).

La costumbre farisaica era, al igual que en el caso de las limosnas, pregonar y publicar la situación de abstinencia, obviando el aseo y presentando un cuerpo demacrado.

Es un texto muy hebreo, que procede, como no, de las fuentes propias de Mateo, al cual Jesús, en su predicación, le da un trasfondo y sentido superior, muy en la línea de Is. 58. 4-9 (4Es que ayunáis para litigio y pleito y para dar de puñetazos a malvados. No ayunéis como hoy, para hacer oír en las alturas vuestra voz. 5 ¿Acaso es éste el ayuno que yo quiero el día en que se humilla el hombre? ¿Había que doblegar como junco la cabeza, en sayal y ceniza estarse echado? ¿A eso llamáis ayuno y día grato a Yahveh? 6 ¿No será más bien este otro el ayuno que yo quiero: desatar los lazos de maldad, deshacer las coyundas del yugo, dar la libertad a los quebrantados y arrancar todo yugo? 7 ¿No será partir al hambriento tu pan, y a los pobres sin hogar recibir en casa? ¿Que cuando veas a un desnudo le cubras, y de tu semejante no te apartes? 8 Entonces brotará tu luz como la aurora, y tu herida se curará rápidamente. Te precederá tu justicia, la gloria de Yahveh te seguirá. 9 Entonces clamarás, y Yahveh te responderá, pedirás socorro, y dirá: «Aquí estoy.» Si apartas de ti todo yugo, no apuntas con el dedo y no hablas maldad,) y  2 S. 12, 20 (David se levantó del suelo, se lavó, se ungió y se cambió de vestidos. Fue luego a la casa de Yahveh y se postró. Se volvió a su casa, pidió que le trajesen de comer y comió [limpieza de David tras el ayuno de 7 días]).

El ayuno, en si, consistía en la privación de ingesta de alimentos, simbolizando la aproximación a la muerte y purificación del cuerpo, por su mortificación, para el acercamiento a Dios.

Con ello, con la privación de comida como signo de la materialidad y dependencia del cuerpo, se pretendía simbolizar que el ayunante estaba dispuesto a abstenerse de los bienes materiales para acercarse a Dios y obtener su perdón, misericordia o favor.

Cristo practica esta costumbre, como judío, pero con una profundidad y significación mayor. Así en su retiro al desierto, hace abstracción del mundo (incluidos los alimentos) para realizar el planteamiento global de su existencia y misión futura.

Mediante este texto, Jesús nos transmite, una vez más, la necesidad de eliminar el mercantilismo y la apariencia en las relaciones de los hombres con Dios.

Si quieres mortificar tu cuerpo, es tu voluntad, pero no pretendas, con ello, obtener el reconocimiento de tu hermano, porque ahí acabará tu recompensa.

Cristo nos enseña en el Padrenuestro, como relacionarnos con el Padre, y reitera la verdad de la actitud humana en sus relaciones con el Creador en Mt. 12, 7 (Si hubieseis comprendido lo que significa aquello de: = Misericordia quiero, que no sacrificio, = no condenaríais  a los que no tienen culpa).

Respecto del tema del ayuno, Cristo se enfrenta a las tradiciones hebreas en varias ocasiones, pero especialmente lo veremos en Mt. 9, 14-15 (14 Entonces se le acercan los discípulos de Juan y le dicen: «¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos, y tus discípulos no ayunan?» 15 Jesús les dijo: «Pueden acaso los invitados a la boda ponerse tristes mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán) y los correspondientes versículos de Marcos (2, 18-19) y Lucas (5, 33-34).

Él no impide, ni abroga la mortificación mediante el ayuno, deja libertad para practicarlo, o no. Lo que sí predica Cristo es la sinceridad en las acciones, superando los símbolos mundanos y colocando la relación con Dios en su justo término. La naturalidad y sencillez de Dios hecho historia y presente en la historia, desde la misma historia.

 Mt. 6,19-21

19 No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; 20 sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. 21 Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.

 

Lc. 12.32-34

32 No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino. 33 Vended lo que poseéis, y dad limosna; haceos bolsas que no se envejezcan, tesoro en los cielos que no se agote, donde ladrón no llega, ni polilla destruye. 34 Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.

 

Lc. 12, 13-21

13 Le dijo uno de la multitud: Maestro, di a mi hermano que parta conmigo la herencia. 14 Mas él le dijo: Hombre, ¿quién me ha puesto sobre vosotros como juez o partidor? 15 Y les dijo: Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee. 16 También les refirió una parábola, diciendo: La heredad de un hombre rico había producido mucho. 17 Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos? 18 Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes; 19 y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate. 20 Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será? 21 Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios.

 

He incluído aquí un texto de Mateo (6, 19-21), y otro de Lucas (12, 32-34) que, probablemente, tienen su origen en la fuente Q, y que son prácticamente idénticos (con algunas diferencias no esenciales), junto con Lucas 12, 13-21, porque éste último, con presentar un relato diferente, trata el mismo tema y con el mismo enfoque.

A pesar de haberlos juntado en esta refundición, los trataré de forma separada, porque su amplitud es diferente y su desarrollo distinto.

Los dos primeros textos nos plantean el mismo asunto y con la misma crudeza y realismo.

Mt. 6, 19-21 y Lc. 12, 32-34

Mateo lo incluye en el Sermón del monte, dentro del apartado de las relaciones de los hombres con Dios, mientras que Lucas lo ubica en la predicación camino de Jerusalén, ante una multitud que le escucha, como parte de un discurso multitemático.

Los versículos 20 y 21 de Mateo son idénticos, prácticamente, a los 33 y 34 de Lucas; y nos plantean la sentencia final de Cristo acerca de las riquezas materiales, así como la servidumbre a que ellas obligan.

Sin embargo, el prólogo de esta sentencia es diferente en ambos evangelistas.

Mateo nos presenta una exhortación, en tono recomendatorio, acerca del enriquecimiento y la avaricia, mientras que Lucas nos muestra, en el ver. 33, una alegoría pastoril, para introducir la regalía del Reino.

Es una figura muy usada por Jesús a lo largo de su predicación, porque, aunque Él no pertenecía a tal "gremio", sino al artesanal, era fácilmente entendida por su auditorio, y reflejaba plenamente su propia figura, y la del Padre, como pastores de la humanidad (el pastor es el que cuida, protege y dirige el rebaño).

Podemos encontrar, a este respecto, diversas referencias en el AT, pero, como ejemplo, escogeremos solamente el pastoreo que Isaías nos menciona en Is. 40, 11 (Como pastor pastorea su rebaño: recoge en brazos los corderitos, en el seno los lleva, y trata con cuidado a las paridas).

Lucas, al comienzo de su ver. 33, nos introduce en un proceder que será una constante en la predicación de Jesús: vende tus posesiones y dáselo a los pobres = deshazte de las ataduras y esclavitudes materiales repartiendo tus bienes y elevándote por encima de ellas.

Este proceder radical lo encontraremos de nuevo en Mt. 19, 21 (Jesús le dijo: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en  los cielos; luego ven, y sígueme.») y sus correspondencias en Mc. 10, 21 y Lc. 18, 22.

Cristo nos muestra la radicalidad y ruptura de su mensaje, apoyando y complementando la ley, pero dotando a su docencia de una fuerza, a veces opuesta a la tradición.

La docencia de Cristo reviste unas características de atemporalidad y permanencia que, a veces, sorprende y sobrecoge.

Éste es uno de los ejemplos más plausibles de la vigencia del mensaje cristiano.

La sentencia contenida en el ver. 21 de Mateo y 34 de Lucas, es la premisa, por excelencia, de nuestro tiempo.

Si sustituimos "corazón" por "interés", "afán" o "dedicación", comprobaremos la certeza de las palabras de Cristo, no en abstracto, sino en cada uno de nosotros.

Para esta sentencia certera no hacen falta referencias ni apoyos veterotestamentarios y, hoy, sigue teniendo la misma vitalidad e impacto, o aún más,  que hace 2000 años.

Si por algo se caracteriza nuestra cultura, y sobre algo se apoya la dominación capitalista neoliberal, es en la acumulación de las riquezas como objetivo y fin en sí mismo.

Acumulación ¿para qué?: Para seguir acumulando. Volveremos a tratar este asunto en Mt. 6, 24 y Lc. 16, 13, pero no quiero dejar pasar la ocasión sin resaltar la elevación a la categoría de dios que nuestra cultura ha otorgado al dinero.

Cristo rompe, y se enfrenta, a esta "cultura" de la acumulación con rotundidad. Su camino es inverso y contrapuesto: donde debemos acumular tesoros es en el cielo, mediante nuestras obras; porque allí no caducan con nuestra vida, mientras que en la tierra, los tesoros dejan de tener vigencia, para nosotros, con la propia muerte.

La acumulación, además, conlleva dos tipos de esclavitudes, contrarias a la doctrina cristiana: la explotación y la vigilancia (el afán).

La riqueza proviene de la plusvalía (diferencia entre valor y precio) y ello sólo es posible asimilarla mediante la incorporación del trabajo del hombre. La riqueza se genera, y acumula, en manos del propietario de los medios, como consecuencia de la sustracción que realiza en el pago del salario por el trabajo realizado. Esto se llama explotación, aunque, en términos económicos hablemos de "justo beneficio", por cuanto hurta una parte de la plusvalía generada por el trabajo acumulado, para distraerlo en la generación del "beneficio".

Así fue desde la aparición de la división del trabajo; y así es hoy en la economía globalizada del capitalismo tecnológico.

La acumulación hoy, disfraza su apariencia tras consorcios y corporaciones que traspasan las fronteras nacionales y continentales.

Aprovecha y excusa su expansión en la generación de puestos de trabajo y poder económico colectivo.

Cede prebendas calculadas a los no propietarios de los medios, con objeto de perpetuar la dominación; y se escuda en el desconocimiento de las grandes sociedades anónimas multitudinarias, pero el sistema se reconstruye y actualiza permanentemente su metodología, para conseguir su supervivencia.

Aun así, hoy como ayer, el reparto de la riqueza sigue siendo radicalmente injusto y desigual.

El problema básico consiste en que el propio sistema ha creado una conciencia acumulativa que extiende sus tentáculos hasta los niveles más primarios, y lo que es válido para las grandes multinacionales que detentan realmente, incluso, el poder político, por encima de las soberanías formales de los Estados nacionales, lo es también en la economía y proyectos elementales de los individuos.

Nuestro afán, como individuos mediatizados y manipulados por el mercado y la acumulación, está en el incremento de nuestros tesoros personales, concretizándolo en poseer cada vez más bienes y riquezas para alcanzar un mejor nivel de vida individual, para nosotros y para nuestras familias.

Insensatos, ¿a qué nos lleva esta vorágine materialista?. ¿La calidad de vida radica en acumular riquezas en la tierra?. ¿De qué vida estamos hablando, de la que genera la explotación infantil y que 3/4 partes de la población mundial esté sometida a los dictados económicos de la 1/4 parte restante?. ¿No nos damos cuenta de que cuanto más acumulemos, más esfuerzos habremos de dedicar a conservar lo conseguido, perdiendo perspectiva sobre la auténtica vida, cual es la compañía del Padre y que podemos apreciar en las "pequeñas" cosas del mundo (la flor, la luz, el viento, la música, la naturaleza, el silencio, la reflexión, la charla amistosa, etc.) y en la comunión con los hermanos?.

Sinceramente, en este proyecto de vida, ¿donde está nuestro corazón?. ¿En el bienestar, la paz, el amor, la justicia para toda la humanidad; o en la acumulación particular o societaria de riquezas y en el esfuerzo obsesivo por salvaguardar lo ya obtenido sin parar en los medios para conseguir ambos objetivos?.

Como siempre, la respuesta habrá de darla cada uno de nosotros en conciencia y en función de dónde hayamos depositado nuestro tesoro. Por mi parte no quiero hacer demagogia fácil en este asunto y lo doy por zanjado. Cada cual habrá de responderse a sí mismo respecto de estas cuestiones.

Lc. 12, 13-21

A pesar de no guardar relación con el Sermón del monte, ni por ubicación ni por origen de fuentes, he decidido incluir esta perícopa en este lugar, por estar íntimamente relacionada con el contexto de la acumulación de riquezas y la avaricia humanas que son tratadas por Jesús en Mt. 6, 19-21 y Lc. 12, 32-34.

Las fuentes de este texto, como ya anticipaba anteriormente, corresponden a las propias de Lucas y tienen un fuerte apoyo en el AT, y prolongación en las epístolas apostólicas.

El texto de Lucas, originariamente, está inserto en un discurso multitudinario proclamado por Jesús en su camino hacia Jerusalén, de carácter poli temático, atemporal e indeterminado geográficamente (Lc. 12, 1: En esto, habiéndose reunido miles y miles de personas, hasta pisarse unos a otros, se puso a decir primeramente a sus discípulos: «Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía) que abarca todo el capítulo 12 (probablemente ya en Judea).

En el párrafo escogido, distingo dos partes diferenciadas:

a).- La petición de un oyente de la disertación de Jesús, y la consiguiente respuesta de Éste (ver. 13 y 14), y

b).- la parábola que Jesús relata en apoyo de sus manifestaciones (ver. 15 a 21).

A mi entender, ambas parcelas del texto, aunque van unidas en la redacción lucana, poco, o nada tienen en común.

Parece más bien, que el evangelista recibió la información de ambos dichos de Jesús y estimó conveniente al esquema de su evangelio, aunarlos en un solo episodio, puesto que, si bien la petición del asistente al discurso está referida a unos bienes materiales, su solicitud, y la respuesta de Jesús, encajaría más en un contexto de justicia y juicio sobre litigios, que en una disertación acerca de la avaricia, ya que no parece ser esa la motivación, a priori, que mueve al oyente.

La primera parte de este episodio nos revela algo importante sobre la consideración de Jesús ante sus contemporáneos, así como sobre la actitud de Éste hacia la tentación del halago de que es objeto.

La historicidad del hecho relatado tiene muy pocos hilos para su sustento. Apenas le es aplicable el criterio de coherencia y el de persecución y ejecución. El resto de los criterios sería muy aventurado aplicárselos, y algunos de ellos imposible (testimonio múltiple y discontinuidad).

Aun así, y asumiendo como válido el hecho relatado, esta primera parte nos evidencia que Jesús es tratado de Maestro (los 5 textos castellanos que he consultado coinciden en este vocablo). Este calificativo sólo era aplicable a quien se le reconocía capacidad y autoridad para disertar e interpretar las Escrituras y que, incluso, enseñaba en las sinagogas (Lc. 13, 10: Estaba un sábado enseñando en una sinagoga). Luego, Jesús, en este estadio de su predicación, ha dejado de ser un desconocido, para pasar a congregar en sus discursos grandes multitudes (Lc. 12, 1: En esto, habiéndose reunido miles y miles de personas, hasta pisarse unos a otros,...), siéndole reconocida entre el pueblo, una categoría y autoridad suficiente como para estimar sus enseñanzas y pedirle consejo y mediación. Esta situación despertó la inquietud y los celos entre la clase dirigente de Israel (criterio de persecución y ejecución).

En la misma parte del acontecimiento nos encontramos la respuesta humilde de Jesús, rechazando el "honor" que se trata de hacerle al colocarle como juez de una controversia familiar de carácter económico. Jesús rechaza la categoría en que se le intenta colocar, en plena coherencia con el sentido global de su mensaje (Jn. 12, 47-48: 47 Si alguno oye mis palabras y no las guarda, yo no le juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. 48 El que me rechaza y no recibe mis palabras, ya tiene quien le juzgue: la Palabra que yo he hablado, ésa le juzgará el último día)(criterio de coherencia), ya que su misión, en esta encarnación, no pasa por el juicio, sino por la salvación y reconciliación a través de la divulgación de la Verdad de la Buena Noticia. Momento habrá después para el juicio (Mt. 25, 31-32: 31 «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. 32 Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa  las ovejas de los cabritos), pero aún no ha llegado el instante, e incluso a Él mismo le resulta desconocido el tiempo, como vemos en Mc. 13, 32 (Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre).

Hasta entonces, Cristo rehúsa arrogarse papeles que no le corresponden y rechaza la tentación halagatoria que se le presenta.

La segunda parte de la perícopa de Lucas nos coloca en una situación novedosa en el curso de este trabajo: la parábola.

Cronológicamente hablando, ésta no sería la primera parábola del Evangelio, ya que tal honor le correspondería a la que Marcos recoge en su capítulo 4 (parábola del sembrador), pero sí es la primera que nos encontramos en la refundición realizada sobre la base del evangelio de Mateo.

PARÁBOLA: En hebreo MASHAL. Es una comparación en forma de historia. Muchas veces, en la parábola las cosas suceden precisamente al contrario de lo que la gente esperaba; y es que no siempre vemos las cosas como Dios las ve. La parábola hace pensar, balancea ciertas convicciones que no vienen de Dios; lleva a encarar la vida desde un punto de vista NUEVO. Por eso, sólo entiende la parábola quien se abre a Dios, quien tiene fe. Cristo utilizó abundantemente este estilo oratorio por su gran contenido didáctico y docente, así como por su facilidad de asimilación para mentes encorsetadas por la Ley mosaica.

El prefacio o desencadenante de la parábola nos coloca ante la acumulación de las riquezas: avaricia.Considerando como tal al pecado que consiste en un amor desmedido por las riquezas materiales que puede llegar a constituir una idolatría sustituyendo al Dios vivo por el dios dinero.

Sobre esta concreción, podremos encontrar referencias en el AT tales como Sal. 52, 9 (7)(«¡Ese es el hombre que no puso en Dios su refugio, mas en su gran riqueza confiaba, se jactaba de su crimen!»); Jer. 17, 11 (La perdiz incuba lo que no ha puesto; así es el que hace dinero, mas no con justicia: en mitad de sus días lo ha de dejar y a la postre resultará un necio); Sal 39, 7 (6) (nada más una sombra el humano que pasa, sólo un soplo las riquezas que amontona, sin saber quién las recogerá.») y Ecl. (Si.) 11, 18-20 (18 Hay quien se hace rico a fuerza de engaño y avaricia,  y esta es la parte de su recompensa:  19 cuando dice: «Ya he logrado reposo,  ahora voy a comer de mis bienes», no sabe qué tiempo va a venir, morirá y se lo dejará a otros. 20 Mantente en tu quehacer y conságrate a él, en tu tarea envejece).

De cualquiera de estas citas podría extraerse la parábola que Cristo nos relata en el texto de Lucas, pero la cita que más se le aproxima es la de Jeremías, que es continuada y expandida por Pablo en 1 Ti. 6, 6-11 (6 Y ciertamente es un gran negocio la piedad, con tal de que se contente con lo que tiene. 7 Porque nosotros no hemos traído nada al mundo y nada podemos llevarnos de él. 8 Mientras tengamos comida y vestido, estemos contentos con eso. 9 Los que quieren enriquecerse caen en la tentación, en el lazo y en muchas codicias insensatas y perniciosas que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición. 10 Porque la raíz de todos los males es el afán de dinero, y algunos, por dejarse llevar de él, se extraviaron en la fe y se atormentaron con muchos dolores) y por Santiago en Stg. 4, 14 (vosotros que no sabéis qué será de vuestra vida el día de mañana... ¡Sois vapor que aparece un momento y después  desaparece!).

La doxología final de la parábola (ver. 20 y 21) es la enseñanza final y reiteración de los pasajes anteriores citados en Mat. 6, 19-21 y Lc. 12, 32-34.

Lo más llamativo de esta parábola es la inclusión del término "alma" en su redacción.

Todos los textos del NT que he consultado también coinciden en el término castellano "alma" como traducción del original.

Este es un concepto ajeno a la cultura hebrea tradicional. Procede de la helenización de Israel y muy adecuado para el evangelista Lucas (de cultura sirio-helena) y el público para el que escribe.

Entendemos por alma (lat. animam) el  principio espiritual que informa el cuerpo humano y con él constituye la esencia del hombre y la parte moral y emocional del mismo. En términos bíblicos es asimilable a la esencia de la persona. Yo = mi alma; tu = tu alma, etc.

La conceptualización griega de la persona, la subdividía en parte material (cuerpo, que incluía el intelecto) y espiritual (pneuma) (alma que utilizaba el cuerpo como soporte).

Lucas, en esta parábola, especifica el diálogo íntimo del rico insensato como acaecido entre él (como ente personal) y su propia esencia (su alma) existencial. De aquí es de donde proviene su insensatez, ya que, por su propia naturaleza (espiritual e incorpórea), el alma es insensible a lo que sí es sensible y cognoscible para el cuerpo (en este caso las riquezas o bienes materiales).

El alma, por definición, y Jesús nos lo explicita en el ver. 21, sólo puede aspirar a la riqueza para con Dios, que es El Espíritu por excelencia. Lo contrario deviene en abominación y e idolatría.

He aquí el trasfondo fundamental de la parábola. ¿Para qué la acumulación de riquezas si ellas no te van a aportar ni un sólo gramo de perdurabilidad y a lo que puede contribuir es a tu alejamiento de la verdadera vida?. Sólo resulta una desviación hacia la muerte eterna.

 

Mt. 6, 22-23

22 La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz; 23 pero si tu ojo es maligno, todo tu cuerpo estará en tinieblas. Así que, si la luz que en ti hay es tinieblas, ¿cuántas no serán las mismas tinieblas?

 

Lc. 11.34-36

34 La lámpara del cuerpo es el ojo; cuando tu ojo es bueno, también todo tu cuerpo está lleno de luz; pero cuando tu ojo es maligno, también tu cuerpo está en tinieblas. 35 Mira pues, no suceda que la luz que en ti hay, sea tinieblas. 36 Así que, si todo tu cuerpo está lleno de luz, no teniendo parte alguna de tinieblas, será todo luminoso, como cuando una lámpara te alumbra con su resplandor.

 

Pasaje con probable origen en la fuente Q, recogido por Mateo y Lucas en términos prácticamente iguales.

En tanto que Mateo lo incluye inserto en el Sermón del monte, como una más de las enseñanzas y alegorías de Jesús, Lucas lo ubica en el camino de Jerusalén, probablemente dentro de Judea y cerca de Betania, colocándolo dentro del discurso dedicado a sus discípulos que incluye, también, la enseñanza del Padrenuestro (que Mateo incluye en el Sermón del monte).

Estamos ente una analogía utilizada por Jesús para exponer la claridad que debe predominar el desarrollo del pensamiento y la mente humana.

El ojo, en la cultura hebrea, representa la luz de la mente, ya que por él se recibe el mayor caudal informativo necesario para el procesamiento intelectual.

Este dicho está directamente relacionado con la 6ª de las bienaventuranzas de Mateo (bienaventurados los limpios de corazón...), ya que en la mente reside el control del cuerpo y, a su través, se produce la relación con los demás.

Jesús viene a recomendarnos luz y claridad en las mentes, apoyando, con este dicho, la investigación y adquisición de conocimientos, con objeto de iluminar el intelecto, pero añadiendo una advertencia sobre tal acción: que la luz interior no sea de tiniebla = que el conocimiento y la sabiduría intelectual no sean utilizadas para el extravío del amor y caridad con los hermanos.

Si la luz interior es sana, toda la persona resplandecerá, coloreada por el amor. Será una lámpara que servirá de guía para el resto de la humanidad.

Él mismo se auto califica como luz, y se presta para servir de ayuda en el camino, como podemos contemplar en Jn. 8, 12 (Jesús les habló otra vez diciendo: «Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida.»). Aprovechémonos de ello para adquirir la luz y claridad necesarias para el desempeño de nuestra misión: la divulgación de su palabra de vida y verdad.

 

 

Mt. 6, 24

24 Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.

 

Lc. 16.13

13 Ningún siervo puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.

 

Nuevamente la fuente Q nos lleva a un texto idéntico para Mateo y Lucas.

Sólo cambia la ubicación original de cada evangelista. Mateo, siguiendo su proyecto, lo encuadra en el Sermón del monte, conectándolo con Mt. 6, 19-21, mientras que Lucas lo coloca en una disertación a sus discípulos en Judea, como moraleja final de la parábola del mayordomo infiel.

Aparentemente, este breve, pero terminante y enérgico dicho de Jesús, es una continuación del citado anteriormente a propósito de los tesoros en el cielo (Mt. 6, 19-21).

Sin embargo, sólo es una apariencia.

El dicho anterior se refería a la acumulación de riquezas que deviene en el pecado de avaricia, mientras que éste supone un paso más en el citado pecado que se transforma en idolatría materialista. Algo a lo que estamos muy acostumbrados en nuestros tiempos.

La avaricia es una acción obsesiva y compulsiva que anega el entendimiento y ciega el objetivo.

La idolatría que presupone la sustitución del Dios vivo por el dios dinero, supone, además, un esfuerzo voluntario y consentido por realizar este cambio que, además, y como Cristo nos indica, es selectivo y excluyente.

Cristo, con su dicho, nos plantea una dialéctica que incompatibiliza el servicio a ambas deidades.

El primer mandamiento del decálogo que Yahweh entregó a Moisés es diáfano y claro (Ex. 20, 3: No habrá para ti otros dioses delante de mí), y fue el primero de la Alianza en ser contravenido por el pueblo de Israel (Ex. 32, 3-4: 3 Y todo el pueblo se quitó los pendientes de oro que llevaba en las orejas, y los entregó a Aarón. 4 Los tomó él de sus manos, hizo un molde y fundió un becerro. Entonces ellos exclamaron: «Este es tu Dios, Israel, el que te ha sacado de la tierra de Egipto.»).

Esta transgresión, que aúna la violación del 1º y 2º de los preceptos, no es arbitraria ni casual.

El becerro que Israel confecciona está hecho de las piezas de oro de los miembros del pueblo elegido, lo que equivale a decir que fabricaron un ídolo con las riquezas que poseían para servirle y adorarle (sustitución del Dios vivo por el representado por las riquezas).

Hoy, como ayer, seguimos adorando este becerro que ha perdurado a lo largo de los siglos, otorgándole nuestras voluntades y dedicaciones, en clara contraposición con los preceptos citados del decálogo, aunque hoy lo "maquillamos" y disfrazamos con eufemismos como "mejor nivel de vida", "calidad de vida elevada", "alto standing", etc., mientras que el oro del becerro israelita ha sido sustituido por cuentas bancarias, depósitos, fondos de inversión, carteras de valores, inmuebles, automóviles y lujos de todo tipo.

Cristo nos lo viene a recordar, y saca sus consecuencias. La admiración del dios dinero, sordo y dormido, deviene en esclavitud e imposibilita la alabanza sincera al Dios vivo, origen y destino de la existencia.

La adoración al Padre conlleva la percepción de su amor, y la recompensa que Él oferta por el cumplimiento de su voluntad de amor es la paz y justicia eternas en su compañía.

La adoración de las riquezas implica esclavitud personal y ajena, con lo que añadimos opresión de vidas y voluntades.

Esclavitud para detentar e incrementar. Esclavitud para conservar y hacer perdurar de forma falsaria. Opresión para expoliar y sustraer al hermano.

Cristo no ordena, advierte y expone. Nuestra capacidad optativa nos acercará o alejará del servicio a Dios y nos colocará próximos o indiferentes ante la alabanza al becerro dorado.

La advertencia de Jesús no va dirigida exclusivamente a las grandes fortunas, o a los operadores económicos de alto nivel, ni siquiera a la ingeniería financiera de los "tiburones".

También, y especialmente, va dirigida a las personas sencillas deslumbradas por el brillo del becerro que nos hace perder la perspectiva existencial, y alterar nuestro rumbo, eligiendo la compañía de los dioses de muerte que nos ofrece la civilización idolátrica y mercantilista de que nos hemos dotado.

Así, cuando nuestra dedicación al trabajo, con objeto de procurarnos más ingresos que nos permitan subir un escalafón en la pirámide social, nos impide poner en práctica la comunión con nuestros hermanos, nos aleja de la familia más cercana, y nos hace perder la ilusión por las pequeñas cosas que Dios, gratuitamente, nos ofrece (un beso, una flor, un atardecer plácido, un paisaje, el silencio, la reflexión, la compañía, el diálogo, la escucha, etc.), también estamos cayendo en el mismo proceso idolátrico que los antiguos israelitas.

No nos engañemos, el becerro está en nuestro círculo próximo, y la separación de Dios también nos afecta de manera muy directa, cuando elegimos la adoración material y materialista de los bienes perecederos, antes que el seguimiento eterno del Dios de la vida.

 

Mt. 6, 25-34

25 Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? 26 Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? 27 ¿Y quién de vosotros podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura un codo? 28 Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan; 29 pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió así como uno de ellos. 30 Y si la hierba del campo que hoy es, y mañana se echa en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más a vosotros, hombres de poca fe? 31 No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? 32 Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. 33 Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.

34 Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal.

 

 

Lc. 12.22-31

22 Dijo luego a sus discípulos: Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué comeréis; ni por el cuerpo, qué vestiréis. 23 La vida es más que la comida, y el cuerpo que el vestido. 24 Considerad los cuervos, que ni siembran, ni siegan; que ni tienen despensa, ni granero, y Dios los alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que las aves? 25 ¿Y quién de vosotros podrá con afanarse añadir a su estatura un codo? 26 Pues si no podéis ni aun lo que es menos, ¿por qué os afanáis por lo demás? 27 Considerad los lirios, cómo crecen; no trabajan, ni hilan; mas os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió como uno de ellos. 28 Y si así viste Dios la hierba que hoy está en el campo, y mañana es echada al horno, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe? 29 Vosotros, pues, no os preocupéis por lo que habéis de comer, ni por lo que habéis de beber, ni estéis en ansiosa inquietud. 30 Porque todas estas cosas buscan las gentes del mundo; pero vuestro Padre sabe que tenéis necesidad de estas cosas. 31 Mas buscad el reino de Dios, y todas estas cosas os serán añadidas.

 

Texto común a Mateo y Lucas, probablemente procedente de la fuente Q, que guarda una gran similitud entre las redacciones de ambos evangelistas, salvo en la referencia que Mateo hace a los gentiles en el ver. 32 (que Lucas cambia por "gentes del mundo, como analogía a quienes carecen de fe) y la "moraleja" final del ver. 34, que Lucas no recoge en absoluto.

Si bien, ambos, sitúan la emisión de este dicho de Jesús en ubicaciones diferentes (Sermón del monte para Mateo y camino de Jerusalén, dirigido a la muchedumbre, para Lucas), el contexto de su pronunciación es similar.

La mecánica docente de Jesús se nos va haciendo cada vez más clara, aunque tomemos una u otra redacción evangélica.

Para nuestra exposición, escogeremos la redacción mateana, pero también es aplicable a la lucana, haciendo la salvedad de que su estructura es diferente, y los dichos los encontramos más dispersos que en el texto de Mateo.

Primero expone una síntesis, o catálogo, de enseñanza (bienaventuranzas, por ejemplo), después, temáticamente, va desarrollando y ampliando las sentencias emitidas, y cada cierta cadencia, recalca y justifica lo dicho anteriormente.

Es la enseñanza por la reiteración.

En los últimos textos que hemos contemplado, hemos visto a Jesús hablándonos de las riquezas, la avaricia, la sabiduría y la idolatría materialista.

En este texto nos resume todo ello, y expone un posicionamiento claro: todo ello es fútil y banal, la prioridad hay que adjudicársela a la búsqueda del Reino, porque todo lo demás vendrá por añadidura (la justicia, la ausencia de necesidades materiales, la posibilidad de acceso al conocimiento, etc.).

Cristo nos hace un canto alegórico a la grandiosidad de la naturaleza, como creación de Dios, para contraponer la inutilidad de la ansiedad por  "obtener" y "conseguir" que, al fin y a la postre, choca con la finitud y limitaciones del hombre (¿quien, por mucho que se afane, podrá añadir un codo a su estatura [una hora a su vida]?).

Jesús nos expone la realidad cruda y desnuda de nuestra naturaleza: la limitación y finitud de nuestra constitución orgánica; junto con una esperanza: la fe y confianza en el Padre que conoce nuestras necesidades.

Desde una lectura superficial y simplista, podríamos deducir que Cristo nos está transmitiendo un mensaje fatalista o determinista, pero tal apreciación quedaría anulada a la luz del ver. 33.

No es tal, sino una clarificación de prioridades, donde el comienzo, el camino y el fin están en la búsqueda y aproximación al Reino. Ya que, a través de Él, de su justicia y plenitud (por contar con la compañía del Padre), todo lo demás carece de importancia y trascendencia y, lógicamente, pasa a segundo plano en la existencia del creyente.

Cristo, en sus palabras, sitúa la realidad existencial del hombre en su justo término (¿no es la vida más que el alimento; y el cuerpo más que el vestido?): fijemos nuestros esfuerzos en lo que verdad tiene importancia y es primordial y alejemos nuestros afanes de lo superficial y secundario.

También nos facilita una alternativa a nuestro afán de control sobre el acontecer: no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán (mal).Todo ello, en contraposición a nuestra tendencia para mantener "bajo control" cuanto sucede a nuestro alrededor y dentro de cauces "manejables".

El núcleo de su disertación está en la confianza y fe en el Padre, que tiene su apoyo en Sal. 55, 23 (22) (Descarga en Yahveh tu peso, y Él te sustentará; no dejará que para siempre zozobre el justo) y Sal. 37, 3-5 (3 = Bet. = Ten confianza en Yahveh y obra el bien, vive en la tierra y crece en paz,  4 ten tus delicias en Yahveh, y te dará lo que pida tu corazón. 5 = Guimel. = Pon tu suerte en Yahveh, confía en Él, que Él obrará), pero transcendiéndolo y superándolo con la necesidad de la búsqueda del Reino.

La vigencia del mensaje global de Cristo está fuera de toda duda, pero estos versículos se insertan de lleno en nuestro ciclo vivencial actual, donde la ansiedad ha pasado de ser una situación puntual de la vida, para convertirse en una patología social alienante y permanente.

Jesús viene a explicitar la esclavitud de los afanes terrenales, contraponiéndolos con la autenticidad de la vida con el Padre.

Apoyos y seguimiento a este posicionamiento vivencial podemos encontrarlos en He. 13, 5 (Sea vuestra conducta sin avaricia; contentos con lo que tenéis, pues Él ha dicho:  No te dejaré ni te abandonaré) y 1P, 5, 7 (confiadle  todas  vuestras preocupaciones,  pues Él cuida de vosotros).

La frase con que Mateo cierra su capítulo 6 es clara y terminante: Cada día tiene bastante con su propio mal.

¿A qué fin nos conduce cargarlo con más preocupaciones por la búsqueda de más bienes, posesiones y posiciones?. Afrontemos nuestra realidad cotidiana tal como viene e intentemos vivirla desde la óptica cristiana, donde lo esencial no es lo material (vestido), sino la vida del espíritu en armonía con el Creador.

Es un texto globalizador del mensaje inmediatamente anterior y no se circunscribe a las riquezas, sino a todo objetivo desviacionista del auténtico camino de verdad y dicha: la compañía de Dios.

Como decía antes, no es una llamada a la pasividad y el abandono (sea lo que Dios quiera), sino un toque de atención a la búsqueda de la felicidad auténtica, que pasa por la construcción del Reino.

Desde esa base, todo lo demás se convierte en accesorio y carente de importancia. El afán es esa construcción, no el de nuestra particular "Torre de Babel" prepotente y desafiante, que, realmente, a donde nos conduce es a la frustración por insatisfacción, al no poder alcanzar nunca la plena felicidad por perseguir objetivos finitos.

La felicidad sólo es vislumbrable dentro del Reino, donde se superan las limitaciones materiales y se eleva el objetivo, trascendiendo el fin hacia la felicidad compartida y común de la humanidad en compañía del Padre.

 

Mt. 7, 1-6

1 No juzguéis, para que no seáis juzgados. 2 Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido. 3 ¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? 4 ¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo? 5 ¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano.

6 No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y os despedacen.

 

 

Lc. 6.37-42

37 No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados. 38 Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo; porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir.

39 Y les decía una parábola: ¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en el hoyo? 40 El discípulo no es superior a su maestro; mas todo el que fuere perfeccionado, será como su maestro.

41 ¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo? 42 ¿O cómo puedes decir a tu hermano: Hermano, déjame sacar la paja que está en tu ojo, no mirando tú la viga que está en el ojo tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja que está en el ojo de tu hermano.

 

Entramos en un nuevo capítulo de Mateo, con un dicho que reúne algunas características especiales con respecto a los demás.

Como en el caso de los últimos versículos del capítulo anterior, estamos de lleno en el  resumen doctrinal del Sermón del monte, según la estructura elegida por Mateo para su evangelio, por lo tanto es una reiteración de lo predicado anteriormente.

A este respecto, podríamos relacionarlo con la enseñanza de Jesús acera de la ley y la ira, así como con la 5ª de las bienaventuranzas recogidas por Mateo, e, incluso, con la 7ª de ellas.

Los textos de Mateo y Lucas resultan muy similares, siendo el de éste último el más completo y didáctico, incorporando una pequeña parábola, como analogía de la soberbia que ciega al que se arroga el papel de juez sobre los demás.

Ambos evangelistas ubican este dicho en el mismo contexto y situación cronológica y geográfica (Sermón del monte para Mateo y del "llano" para Lucas), por lo que su coincidencia es total.

A priori, estaríamos ante un pasaje procedente de la fuente Q. Sin embargo, la peculiaridad del mismo está en la inserción del ver. 2 de Mateo y parte del 38 de Lucas, que parecen tomados de Marcos 4, 24 (Les decía también: «Atended a lo que escucháis. Con la medida con que midáis, se os medirá y aun con creces), aunque éste sitúa la cita en un contexto predicatorio diferente, referido, todo él, a analogías y parábolas sobre las semejanzas del Reino de Dios.

Otra de sus especificidades nos la encontraremos en el ver. 40 de Lucas, que aparecerá en Mt. 10, 24 (No está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo por encima de su amo), con lo que podríamos deducir que su origen estaría, igualmente, en Q, si no fuera porque también lo encontraremos en Jn. 13, 16 (En verdad, en verdad os digo: no es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que le envía) y Jn. 15, 20 (Acordaos de la palabra que os he dicho: El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi Palabra, también la vuestra guardarán).

El criterio de testimonio múltiple, en este caso, si no para todo el dicho, sí, al menos, para su núcleo fundamental, se vería colmado y justificado.

Realmente, en estos casos, estaríamos ante tradiciones culturales arraigadas en los primeros tiempos del cristianismo primitivo, que llegaron hasta los evangelistas y que éstos recogieron en las formas señaladas, de acuerdo con sus propios esquemas, reafirmando la veracidad del contenido evangélico como emanado del Hijo de Dios.

Especialmente me refiero a la doctrina cristiana de: con la medida que mides serás medido, y si bien el discípulo no es superior al maestro, puede alcanzarse su equiparación a través de la escucha y seguimiento de la Palabra.

La preocupación fundamental de este dicho gira alrededor de la ligereza con la que caemos en la tentación de emitir juicios y sentencias sobre otros hermanos sin reparar en nuestros propios fallos, y ello permanece en la predicación apostólica. Así nos encontramos referencias a este respecto en Ro.2, 1-2 (1 Por eso, no tienes excusa quienquiera que seas, tú que juzgas, pues juzgando a otros, a ti mismo te condenas, ya que obras esas mismas cosas tú que juzgas, 2 y sabemos que el juicio de Dios es según verdad contra los que obran semejantes cosas) y 1 Co. 4, 3-5 (3 Aunque a mí lo que menos me importa es ser juzgado por vosotros o por un tribunal humano. ¡Ni siquiera me juzgo  a mí mismo! 4 Cierto que mi conciencia nada me reprocha; mas no por eso quedo justificado. Mi juez es el Señor. 5 Así que, no juzguéis nada antes de tiempo hasta que venga el Señor. Él iluminará los secretos de las tinieblas y pondrá de manifiesto los designios de los corazones. Entonces recibirá cada cual del Señor la alabanza que le corresponda), por parte de Pablo, y, como no, en la epístola católica por excelencia, la de Santiago, en Stg. 4, 11-12 (11 No habléis mal unos de otros, hermanos. El que habla mal de un hermano o juzga a su hermano, habla mal de la Ley y juzga a la Ley; y si juzgas a la Ley, ya no eres un cumplidor de la Ley, sino un juez. 12 Uno solo es el legislador y juez, que puede salvar o perder. En cambio tú, ¿quién eres para juzgar al prójimo?).

El ver. 6 de Mateo guarda coherencia con la predicación de Jesús (nos lo encontramos también, en forma similar,  en Mt. 15, 26 [fe de la mujer cananea]: Él respondió: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos.»), pero no parece concordar con el resto del pasaje que estamos examinando, siendo, quizás, una incorporación tardía a la redacción mateana sin mucho sentido contextual.

Uno de los pilares básicos de la predicación de Cristo lo constituye su divulgación de la misericordia, como fruto de la caridad para con el hermano.

No es de extrañar, pues, que Cristo predique, como fundamento de esta misericordia, la ausencia de juicio sobre los demás.

Aun contando con su especial circunstancia (Maestro, Rabbí, para sus contemporáneos, el Hijo de Dios para sus discípulos y nosotros), Él mismo renuncia, en plena coherencia con el contenido de su enseñanza, a emitir juicios sobre los demás. Así nos lo encontramos explícitamente en Jn. 12, 47 (Si alguno oye mis palabras y no las guarda, yo no le juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo), pero también, y con la misma contundencia, lo vemos en la respuesta a la adúltera de Jn. 8, 11 (Ella respondió: «Nadie, Señor.» Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.»).

No es de sorprender esta actitud ante la creencia proclamada reiteradamente, de que el juicio real sólo corresponde a Dios; y ello porque la emisión de juicios sobre otros implica una posición de preeminencia del juzgador sobre el juzgado, incompatible con la igualdad proclamada para el Reino.

No caigamos, sin embargo, en la simpleza fundamentalista que nos aproximaría al rechazo de toda autoridad civil, negándole la competencia para la regulación de la convivencia social, basándonos en la exclusividad del juicio divino.

Estamos hablando de otra cosa.

A lo que nos estamos refiriendo es a la condena moral, el juicio de intenciones, la maledicencia intencionada, la ligereza en la crítica para ocasionar perjuicio y, sobre todo, en el olvido permanente de que todos somos transgresores (la viga en el ojo propio) en mayor o menor medida; y ello nos incapacita para situarnos por encima de nadie y emitir opiniones sobre conductas o haceres; ya que, nosotros mismos tenemos nuestras propias cuentas pendientes (Jn. 8, 7: Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra.»).

Atendamos, pues, primero, a nuestras propias carencias y limpiemos nuestras conciencias ante Dios. Si el hermano tiene algo oscuro, no es a nosotros a quien deberá rendir cuentas, sino a nuestro Padre que ve en lo secreto.

 

Lc. 13, 1-9

1 En este mismo tiempo estaban allí algunos que le contaban acerca de los galileos cuya sangre Pilato había mezclado con los sacrificios de ellos. 2 Respondiendo Jesús, les dijo: ¿Pensáis que estos galileos, porque padecieron tales cosas, eran más pecadores que todos los galileos? 3 Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente. 4 O aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la torre en Siloé, y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos los hombres que habitan en Jerusalén? 5 Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente.

6 Dijo también esta parábola: Tenía un hombre una higuera plantada en su viña, y vino a buscar fruto en ella, y no lo halló. 7 Y dijo al viñador: He aquí, hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo hallo; córtala; ¿para qué inutiliza también la tierra? 8 El entonces, respondiendo, le dijo: Señor, déjala todavía este año, hasta que yo cave alrededor de ella, y la abone. 9 Y si diere fruto, bien; y si no, la cortarás después.

 

Pasaje que, originariamente, está ubicado por Lucas en el camino hacia Jerusalén, dentro de una predicación multitemática, y cuyas fuentes parecen ser las propias del evangelista, ya que ningún otro recoge este dicho.

Si bien su ubicación es extraña al contexto que estamos tratando en este apartado, he decidido incluir estos versículos en el lugar en que nos encontramos, debido a que aborda un tema que sí se está examinando ahora: los juicios hacia los demás.

En este texto de Lucas encuentro dos partes bien diferenciadas.

Una primera en la que Jesús se refiere a dos acontecimientos históricos; y otra en la que, utilizando una parábola del AT (Is. 5, 1-7: 1 Voy a cantar a mi amigo la canción de su amor por su viña. Una viña tenía mi amigo en un fértil otero. 2 La cavó y despedregó, y la plantó de cepa exquisita. Edificó una torre en medio de ella, y, además, excavó en ella un lagar. Y esperó que diese uvas, pero dio agraces.3 Ahora, pues, habitantes de Jerusalén y hombres de Judá, venid a juzgar entre mi viña y yo:  4 ¿Qué más se puede hacer ya a mi viña, que no se lo haya hecho yo? Yo esperaba que diese uvas. ¿Por qué ha dado agraces? 5 Ahora, pues, voy a haceros saber, lo que hago yo a mi viña: quitar su seto, y será quemada; desportillar su cerca, y será pisoteada.  6 Haré de ella un erial que ni se pode ni se escarde. crecerá la zarza y el espino, y a las nubes prohibiré llover sobre ella. 7 Pues bien, viña de Yahveh Sebaot es la Casa de Israel, y los hombres de Judá son su plantío exquisito.Esperaba de ellos justicia, y hay iniquidad; honradez, y hay alaridos), debidamente modificada, nos da una orientación sobre la misericordia divina.

Con respecto a los hechos históricos relatados, el primero de ellos me resulta desconocido. Probablemente se esté refiriendo a la represión de una revuelta galilea realizada por Pilato con derramamiento de sangre de los patriotas israelitas.

La segunda puede estar referida al hecho recogido en 2R, 25, 4 (se abrió una brecha en la ciudad y el rey partió con todos los hombres de guerra, durante la noche, por el camino de la Puerta, entre los dos muros que están sobre el parque del rey, mientras los caldeos estaban alrededor de la ciudad, y se fue por el camino de la Arabá) (caída de Jerusalén) y al derribo de la torre del estanque de Siloé que, posteriormente, fue reconstruida según nos cuentan en Neh. 3, 15 (La puerta de la Fuente la reparó Sallum, hijo de Kol Jozé, jefe del distrito de Mispá: la construyó, la cubrió y fijó sus hojas, barras y goznes. También restauró el muro de la alberca del canal, que está junto al huerto del rey, hasta las escaleras que bajan de la Ciudad de David).

El "castigo", tanto de los galileos, como de los patriotas aplastados por la torre, fue atribuido por la tradición teológica del pueblo de Israel, a la "consecuencia" de sus pecados, o de sus padres. Esta formulación viene de antiguo, proveniente de Ex. 20, 5 (No te postrarás ante ellas ni les darás culto, porque yo Yahveh, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian).

Cristo, con este relato, se encarga de afrontar la realidad del juicio, pecado y consecuencia, enmarcándolo, todo ello, en una circunstancia personal e inherente a cada individuo. Otorgando una posibilidad extraña para la doctrina tradicional: la salvación por el arrepentimiento (no la expiación mercantilista).

Los que con Él estaban, según se desprende de las respuestas de Jesús, emitían juicios acerca de los perjudicados por ambos acontecimientos. Cristo se encarga de desmentir y corregir estas posiciones tradicionales con las frases de los ver. 3 y 5.

Todos podemos perecer (para la vida eterna) si no pasamos por el arrepentimiento de nuestras propias trasgresiones.

Ninguno cargamos con la culpa de nadie (sólo Cristo lo hizo con las de todos nosotros [2 Co. 5, 21: A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él]), algo tratado profusamente por Pablo, en su carta a los Romanos principalmente, pero que constituye una preocupación fundamental a lo largo de su predicación.

Nadie, salvo Dios, tiene capacidad para juzgarnos y, por tanto, perdonarnos. Cristo nos facilita la salida y la posibilidad de reencuentro con Dios, siempre a través del arrepentimiento.

Esto no es algo extraño a nuestra vida cotidiana de hoy. O, ¿nunca hemos escuchado, o proferido, alguna condena y sentencia similar a: algo habrá hecho; referida a alguien que ha sido víctima de una agresión o, eufemísticamente, "ajuste de cuentas"?.

¿Qué otra cosa, si no un juicio injusto, es nuestro rechazo apriorístico hacia un mendigo, marginado, toxicómano o "gente de mal vivir"?.

Los juicios ligeros no son algo ajeno a nosotros y a nuestra vida. Los podemos percibir, si queremos verlos, en cada esquina de nuestras ciudades, con la condena, sin sentencia, a una vida extrañada para el resto de la sociedad, a que sometemos impositivamente a miles de personas.

Cristo, en la segunda parte, nos ofrece el contrapunto de la misericordia, del perdón, la caridad y la "segunda oportunidad" que el viñador pide para la higuera estéril.

Si Dios es capaz de ofrecer esta posibilidad, ¿quienes somos nosotros para "saltarnos" tal opción?. Lo fácil, sin embargo, es aplicar el hacha (juicio y condena) a quien está esperando esa capacidad de perdón y comprensión que Cristo proclama y enaltece con su parábola.

 

Mt. 7, 7-11

7 Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. 8 Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. 9 ¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra? 10 ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente? 11 Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?

 

Lc. 11.5-13

5 Les dijo también: ¿Quién de vosotros que tenga un amigo, va a él a medianoche y le dice: Amigo, préstame tres panes, 6 porque un amigo mío ha venido a mí de viaje, y no tengo qué ponerle delante; 7 y aquél, respondiendo desde adentro, le dice: No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis niños están conmigo en cama; no puedo levantarme, y dártelos? 8 Os digo, que aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo por su importunidad se levantará y le dará todo lo que necesite. 9 Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. 10 Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. 11 ¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿o si pescado, en lugar de pescado, le dará una serpiente? 12 ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? 13 Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?

 

Dentro de la estructura mateana del Sermón del monte y, a su vez, incluído en su resumen doctrinal final, nos encontramos con este precioso pasaje dedicado a la divulgación de los efectos de la fe y confianza en el Padre, por mediación del acto oratorio.

Este pasaje, común para Mateo y Lucas, probablemente tiene su origen en la fuente Q, aunque su contenido no es ajeno al resto de los evangelistas, como tampoco lo es al cuerpo epistolar de los apóstoles.

Así, respecto de la obtención de la ayuda del Padre, no encontraremos referencias similares en Mc. 11, 24 (Por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido y lo obtendréis); Jn. 14, 13 (Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo); Jn. 16, 24 (Hasta ahora nada le habéis pedido en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea colmado); Stg. 1, 5-6 (5 Si alguno de vosotros está a falta de sabiduría, que la pida a Dios, que da a todos generosamente y sin echarlo  en cara, y se la dará. 6 Pero que la pida con fe, sin vacilar; porque el que vacila es semejante al oleaje del mar, movido por el viento  y llevado de una a otra parte); 1 Jn. 3, 22 (y cuanto pidamos lo recibimos de él, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada) y 1 Jn. 5, 14-15 (14 En esto está la confianza que tenemos en él: en que si le pedimos algo según su voluntad, nos escucha. 15 Y si sabemos que nos escucha en lo que le pedimos, sabemos que tenemos conseguido lo que hayamos pedido), aunque algunas de estas citas nos manifiestan la intermediación del propio Cristo en las peticiones, a través del seguimiento de su palabra.

Entre las dos redacciones evangélicas, la correspondiente a Lucas resulta más explícita, amplia y generosa. Así como hilvanada con mayor esmero en un contexto oracional (este pasaje está situado, geográficamente, cerca de Betania, en el camino hacia Jerusalén e inmediatamente después de la enseñanza del Padrenuestro).

En tanto que Mateo se limita a recoger el pronunciamiento escueto de Jesús acerca de la disponibilidad del Padre para entregarnos, en su bondad, cuanto le pidamos; Lucas lo amplía con una pequeña parábola, procedente de sus propias fuentes, y  una modificación, respecto de Mateo en su última frase, al incluir entre las dádivas divinas, al propio Espíritu Santo.

Este pasaje nos muestra una coincidencia que va siendo reiterada a lo largo del evangelio. Me refiero a la frase "vuestro Padre que está en los cielos", ya recogida, en su significación, dentro del Padrenuestro.

Vemos como Jesús, cuando hace mención a la Primera Persona de la Trinidad, como referencia otorgante y aproximativa hacia la humanidad, se refiere a ella mediante la utilización del pronombre posesivo en segunda persona del plural. No dice "mi" Padre, que utiliza solamente en ocasiones concretas en las que muestra su relación de divinidad y unión sustancial, sino "vuestro" Padre, para extender la idea de comunidad humana prohijada por Dios a su través.

Puesto que todo el texto mateano está incluído en Lucas, y éste, lo amplía, tomemos la versión lucana para nuestra interpretación.

La introducción, mediante parábola, de una enseñanza, es común a todo el Evangelio. No es utilizada por Mateo en este caso por estar incluído dentro de un cuerpo doctrinal de mayor envergadura y extensión, pero, a lo largo de su redacción también contemplaremos este recurso oratorio con profusión.

La parábola viene a explicarnos la disponibilidad permanente del Padre para atender nuestras peticiones, asimilando su persona a la de un amigo que, solícito, a pesar de la extemporaneidad de la petición, atiende la necesidad de quien demanda su ayuda.

Así es el Padre con nosotros. Nunca rechaza, siempre está atento a nuestras necesidades y debilidades. No importa qué ni cuando se le llame. Él estará permanentemente a la escucha.

La enseñanza posterior contiene una analogía explícita, cuando Cristo, no sólo cita al Padre, sino que lo compara con la disponibilidad bondadosa del padre terrenal. Es una aproximación teológica de la figura de la Primera Persona de la Trinidad, actuando como si de un progenitor carnal se tratara.

La confianza en la bondad otorgante de Dios  que Cristo nos muestra no es un ejercicio retórico o doctrinal de Jesús en su predicación. Es la misma confianza que Él llevará a la práctica en sus signos milagrosos, en su oración en Getsemaní, o en la propia cruz.

Cristo, en su discurso vivencial, lleva hasta sus últimas consecuencias su predicación, aun contando con las contradicciones personales de su característica humana.

La enseñanza de Cristo, sin embargo, no debe llevarnos a confusión, abuso o engaño.

Pedid y se os dará está directamente relacionado con Mt. 6, 32 (Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso).

El Padre conoce plenamente nuestras auténticas necesidades, incluso las que nosotros mismos, en nuestros afanes mundanos nos generamos artificiosamente. Ello significa que no todo lo que pedimos, aunque creamos necesitarlo, realmente corresponde con la necesidad cierta de nuestra existencia.

Nuestra naturaleza egoísta, hedonista y acaparadora, nos hace concebir una realidad deseable que, en muchas ocasiones, se aleja de la auténtica realidad y necesidad.

Tratamos de construirnos un cosmos particular, donde las negatividades inherentes a nuestra finitud no tengan cabida, o sean aminoradas. Y ello es irreal.

Así, el pobre pedirá riquezas, el enfermo, salud, el perseguido justicia, el hambriento alimento, etc., llegando, incluso, a pedir la liberación de la muerte, el sufrimiento y el dolor.

No nos damos cuenta de que la vida, la existencia humana, por sí misma, está plagada de limitaciones que generan estas dolencias. Las plegarias, rogatorias y promesas nunca pueden ser usadas como monedas de cambio hacia las ayudas provenientes del Padre.

Pedid y se os dará tampoco implica un abandono del hacer. La inmersión en la pasividad mendicante es contraria al espíritu del Evangelio y la docencia de Cristo.

Él pidió al Padre su ayuda, de forma profusa y continua, pero jamás hizo dejación de su existencia material, sino que ejerció su ministerio con libertad, valentía y de forma consecuente con su naturaleza humana.

Es el ejemplo de petición  y oración que Cristo nos lega. El Padre siempre estará solícito a prestarnos su apoyo, pero nunca como resultado de mercadeo, o tras el abandono de nuestra obligación de vivir en el amor a los demás (ausencia de comunión fraterna).

Algo que siempre, en la observancia sociológica del mundo, me ha resultado chocante y contrario al mensaje evangélico, lo encuentro en las plegarias "contra alguien", siendo su muestra más extrema, la petición de victoria en las batallas, enfrentamientos o contiendas del tipo que sean.

¿Cómo podemos llegar a tal nivel de obcecación y necedad, que hasta imploramos la ayuda divina y su bendición para armas e instrumentos de muerte?.

¿Cómo podemos manipular y desvirtuar el mensaje cristiano, hasta el punto de arrogarnos la compañía del Padre en nuestros enfrentamientos con otros hermanos?.

Pedir e implorar la ayuda de Dios, no sólo es benéfico, sino que constituye nuestra obligación y derecho como hijos, pero teniendo en cuenta que HIJOS, somos TODOS. No sólo nosotros, aunque creamos estar en posesión de la razón y la verdad. Por lo que cualquier petición que se encamine hacia la exclusión de otro, o el enfrentamiento, está viciada en su origen.

La última frase de este pasaje de Lucas nos da la luz y la respuesta real a lo explicado más arriba.

La ayuda del Padre siempre estará encauzada a través del Espíritu Santo.

Esto es lo que el Padre siempre nos donará cuando nuestra petición se apoye realmente en la fe y confianza: El Espíritu Santo, como medio y camino para conseguir la perfección en el caminar.

No es que Dios nos vaya a proporcionar la salud que le pedimos cuando estamos enfermos, sino la fuerza espiritual para afrontar la realidad que nos rodee y, desde su asunción, captar la belleza del amor del Padre, aun desde el sufrimiento.

Tampoco es que el Padre nos entregue directamente el dinero que nos permita salir de la pobreza, sino la fuerza espiritual que nos haga vivir, con dignidad, nuestra situación de penuria y, desde ella, trabajar por su mejora, sin perder de vista las necesidades y derechos del hermano.

Jamás el Padre nos dará la fuerza para derrotar al hermano, sino el impulso espiritual suficiente para poner en práctica la misericordia y el perdón que permita afrontar con energía y caridad la convivencia.

Así hasta el infinito. El Espíritu es la clave de la ayuda de Dios, con Él podemos acometer cualquier avatar, puesto que nos impele una nueva visión y perspectiva de la existencia.

 

Mt. 7, 12

12 Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas.

 

Lc. 6, 31

31 Y como queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos.

 

Breve dicho, puesto en boca de Jesús por Mateo y Lucas (fuente Q), que ambos evangelistas colocan en partes similares de sus redacciones.

Mateo lo coloca en el Sermón del monte, dentro del resumen doctrinal final, como una más de las sentencias emitidas por Jesús, ya que nada tiene que ver con la inmediata anterior (la confianza en el Padre) ni con la siguiente (puerta estrecha).

A su vez, Lucas lo coloca en el Sermón del llano (similar al del monte de Mateo), como integrante de la enseñanza dedicada a mostrar el amor a los enemigos, por lo que su ubicación es perfectamente coherente con el resto del discurso.

En realidad, es una forma popular de decir el mandamiento contenido en Lev. 19, 18 (No te vengarás ni guardarás rencor contre los hijos de tu pueblo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo, Yahveh), que Jesús elevará a lo más alto en el escalafón teológico en Mt. 22, 39-40 (39 El segundo es semejante a éste: = Amarás a tu prójimo como a ti mismo. = 40 De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas.»), cuando le equipara con el "Oye Israel".

En esta "regla de oro" se resume el amor al prójimo. Lo que no quieras para tí, no se lo desees al hermano y viceversa.

La coherencia con el mensaje global y la lógica, son tan aplastantes que, prácticamente, no merece comentarios.

La sentencia es diáfana y se comenta por sí misma, convirtiéndose en una bandera para los seguidores de Cristo y el lema de la vida cristiana.

 

 

Mt. 7, 13-14

13 Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; 14 porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.

 

Lc. 13, 22-24

22 Pasaba Jesús por ciudades y aldeas, enseñando, y encaminándose a Jerusalén. 23 Y alguien le dijo: Señor, ¿son pocos los que se salvan? Y él les dijo: 24 Esforzaos a entrar por la puerta angosta; porque os digo que muchos procurarán entrar, y no podrán

 

En este dicho de Jesús volvemos a identificar 3 de las fuentes evangélicas que aportan las tradiciones que les dan cuerpo.

Así, vemos la fuente Q en el versículo 24 de Lucas, en consonancia con el tono general del dicho, en su redacción mateana.

La fuente propia de Mateo nos aporta la unión de la puerta y camino, junto con la disquisición teológico-filosófica resultante.

A su vez, las fuentes propias de Lucas nos permiten ubicar el dicho de Jesús en un contexto predicatorio y geográfico (ver. 22-23).

Mateo incluye este dicho en el resumen doctrinal del Sermón del monte, mientras que Lucas lo aporta en el camino hacia Jerusalén, como respuesta de Jesús a la pregunta de uno de sus seguidores.

A este respecto, es de resaltar que la pregunta del seguidor de Cristo es concreta y puntual. Lo que indaga el seguidor de Jesús es la cantidad de almas que pueden encontrar el consuelo de la salvación (la compañía de Dios).

Sin embargo, Jesús ignora la pregunta literal y aprovecha la respuesta para exhortar al auditorio respecto de la vía para obtener dicha salvación.

No es una actitud casual la que Jesús nos ofrece. En muchas ocasiones, a lo largo de su predicación, se intenta ponerle trabas y trampas con preguntas capciosas (la resurrección, por parte de los saduceos; la cuestión del tributo, el origen de su autoridad y poder, etc.).

Ante ellas, Jesús da muestra de una agilidad mental extraordinaria, aprovechando cada situación comprometida para descargar perlas de sabiduría y doctrina. Este es uno más de esos ejemplos.

Por su parte, el texto de Mateo, encierra una profunda carga simbólica en su redacción.

Contiene, además de la doctrina existencial, la unión de dos símbolos bíblicos importantes: la puerta y el camino.

La puerta, en la cultura hebrea, era mucho más que un lugar de acceso a un recinto. Puerta es símbolo de poder, autoridad, acceso a lo vedado para la generalidad.

Todo ello como reminiscencia de la preeminencia que, antiguamente, tenían las puertas de las ciudades, ya que éste era el lugar donde se celebraban las tertulias, los debates, se cerraban los pactos económicos, etc.

A su vez, el camino es el símbolo del devenir histórico de cada individuo y la vía para su destino final (Sal. 1, 6 [Porque Yahveh conoce el camino de los justos, pero el camino de los impíos se pierde] y Sal 5, 9 [Guíame, Yahveh, en tu justicia, por causa de los que me acechan, allana tu camino ante mí]).

Al unir ambos conceptos, Jesús fusiona el concepto de acceso y poder con el de dirección; juntando, además, la puerta ancha (acceso y poder fácil) con el camino espacioso (placentero para la materialidad) y, a su vez, la puerta estrecha (acceso riguroso), con el camino angosto (asunción de las dificultades).

El dicho de Jesús, una vez más, nos enfrenta directamente con nuestra libertad.

Él no ordena, sólo expone las posibilidades y advierte de las consecuencias.

Cristo, en su locución, nos muestra con claridad, que la vida en armonía con Dios y los hombres, la vida de seguimiento de la voluntad del Padre y de amor hacia los hermanos no es un camino fácil, sino lleno de dificultades (angosto) y el acceso a ese camino (la fe y la confianza en el Padre) resulta difícil de atravesar (puerta estrecha), ya que implica la renuncia al placer inmediato (camino espacioso) y la asunción del compromiso fraterno-filial con Dios, contrario al discurrir individualista (puerta ancha).

Qué duda cabe que la radicalidad del mensaje cristiano aporta aún más dificultades a esta elección de puerta y camino, ya que la complementariedad a la Ley que Cristo introduce, anula la muletilla de su estricto y superficial cumplimiento, puesto que trasciende la lite