Una advertencia, a modo de introducción
Antes de nada una precisión. El contenido de este "trabajo", "reflexión" o como quiera denominarse a lo que sigue a continuación, está realizado desde una experiencia de fe, tal y como la define el Catecismo de la Iglesia Católica en su artículo 150 y ss (la fe es una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo, e inseparablemente, el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado).
En otras palabras, en ningún caso está en mi intención realizar una exégesis del Evangelio, ni mucho menos una interpretación historicista del mismo. Ni mi capacidad, ni mis conocimientos me lo permitirían. Pero tampoco está en mi voluntad tal cometido.
Mi enfrentamiento con el Evangelio lo realizo desde la sentencia contenida en el Catecismo de la Iglesia Católica en su artículo 81: La Sagrada Escritura es la palabra de Dios, en cuanto escrita por inspiración del Espíritu Santo.
Ello, por convencimiento, no porque lo diga el Catecismo. Desde mi libertad y mediante la interiorización de las verdades contenidas en la Escritura.
Qué duda cabe que el Evangelio, tomado como cuerpo cierto y completo, no solamente como estilo literario, pero también, y muy especialmente, el A.T., contienen errores históricos de bulto (cronológicos, políticos, sociales, costumbristas, etc.), pero ello no invalidan el carácter de la Biblia como Libro de libros y medio para la Revelación de Dios al hombre a través de la historia.
Por ello, a lo largo de mi "trabajo" procuraré ceñirme a lo que a mí, desde mi propia experiencia existencial, me dice el texto evangélico, procurando evitar la exégesis y la investigación histórica, aunque, a veces, será imposible soslayar estas actuaciones.
No soy tan ingenuo como para pensar que el Evangelio de Jesucristo (en cualquiera de sus cuatro redacciones) contiene exactamente los dichos y acciones de Jesús con literalidad mecanicista. A través de la abundante documentación consultada he podido constatar que ésto no sólo no es así, sino que, en su mayor parte, es muy probable que las redacciones evangélicas, fruto de la trascripción de tradiciones orales de los seguidores de la Iglesia primitiva, contengan perícopas, dichos y acciones atribuidas a Jesús que, realmente, corresponden a aportaciones de los propios redactores evangélicos e, incluso, "añadidos" muy tardíos (del siglo II o posteriores).
Sin embargo, esta inexactitud histórica no priva al Evangelio de Jesucristo de su mensaje salvífico y de su inspiración espiritual. Tampoco minora mi creencia de que estos textos, aunque no contengan literalmente las palabras de Jesús de Nazareth, sí contienen su enseñanza y doctrina. Por lo tanto, y a pesar de ello, seguirá siendo "la Palabra de Dios" y sobre ella asiento mi fe, no sobre la exactitud empírica de su contenido (ya sea en sus versiones griegas, arameas o cualquiera de las lenguas en que nos llegue el mensaje de Cristo).
PRÓLOGO
Cuando nos enfrentamos a la lectura de cuatro textos, con cuatro autores diferentes, como son los evangelios que vamos a examinar a continuación, y vemos que relatan un mismo acontecimiento en forma dispar, la pregunta es obvia: ¿por qué ante un mismo hecho o circunstancia, los evangelistas redactan sus textos de forma, no sólo diferente, sino que, en ocasiones, hasta divergente?, ¿es que no perciben el mismo hecho?.
Hagamos una primera precisión. La época histórica y sociológica en que se redactan los evangelios es bien diferente de la que vivimos. Hoy nos preocupa, del hecho que se nos narre, no sólo el hecho en sí, sino también, y de forma unida indefectiblemente, sus circunstancias (fecha, cronología, desarrollo ordenado de acontecimientos, etc.).
No es el caso, ni de los evangelistas, ni de su cultura, ni de su audiencia. No es el hecho histórico, tomado tal cual lo concebimos hoy, lo que les preocupa, sino el trasfondo que le acompaña, lo que les preocupa.
Vamos a dejar bien sentada una premisa. Si bien todos los evangelistas tienen un propósito común: propagar la Buena Noticia de la Redención y reconciliación de la humanidad con el Padre, en el Hijo, a través del Espíritu, cada uno lo hace desde una base cultural diferente, hacia un auditorio distinto y utilizando fuentes, a veces coincidentes y otras veces no.
Vayamos por orden, al menos cronológico.
Marcos escribe en Roma, para los judíos del ombligo del mundo de la época, de la mano de Pedro. Podría decirse que el Evangelio de Marcos es realmente el Evangelio de Pedro. Pedro es, posiblemente, el más conservador de los apóstoles, y al que más le costó romper con el judaísmo oficial. Por ello su evangelio, que es el primero en escribirse, contiene un mensaje menos incisivo que los de Mateo y Lucas para con la sociedad judía; y nos presenta la obra de Jesús de forma más aséptica, dejando al lector la respuesta a la pregunta esencial: ¿quién es Jesús?, aunque él mismo, al comienzo de su evangelio, aporta su propia respuesta (Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios).
Mateo (Leví), es uno de los 12 elegidos por Cristo. Escribe desde Israel y para los judíos (en arameo), publicano en Cafarnaún y de formación helenística.
Es el más combativo de todos los evangelistas para con la sociedad judía de la época.
Su evangelio se apoya constantemente en citas, cuasi literales, del AT para demostrar que en Cristo se dan todas las profecías anteriores sobre el Mesías, circunstancia que él da por sentado como base de su evangelio. No se ocupa de describir o justificar tradiciones sociales o religiosas, sino que intenta aprovechar éstas para sus fines apologéticos.
Lucas es un médico originario de Antioquía. Su origen pagano y su cercanía a Pablo nos ofrecen un evangelio más descriptivo y pormenorizado, antropológicamente hablando. La influencia de Pablo, y los destinatarios originales de sus escritos (judíos de cultura helena y gentiles), hacen de sus textos una narración más universalista. Posiblemente es el evangelio más católico de todos (en la acepción literal: católico = universal). El Reino de Dios está abierto para todos, sin exclusiones.
El Evangelio de Jesucristo según San Juan es el más teológico y de contenido catequético de los cuatro. Quizá porque probablemente fue el último en ser redactado y en unas circunstancias especiales (prisión o destierro del evangelista) y probablemente porque sus fuentes no son las mismas que las de los sinópticos.
La utilización de los textos de las escrituras por los evangelistas, no es, sin embargo, una exclusividad de Mateo. Todos ellos, en mayor o menor medida, apoyan sus afirmaciones y calificaciones sobre Cristo en textos anteriores. Es su forma de ratificar su experiencia de fe y de expandir la Buena Noticia con apoyo documental, como diríamos en nuestros tiempos.
Este estilo argumental debemos razonarlo en dos vertientes: por un lado para rebatir los argumentos de los escribas, fariseos y saduceos acerca de la falsedad de Jesús como Mesías; y, por otro, para reafirmar sus propias creencias y las de sus discípulos.
No debemos perder de vista que los evangelios se redactan entre los años 70 y 100 de nuestra era, en momentos críticos para el nacimiento de la nueva Iglesia y con un colectivo sometido a persecuciones y controversias con la religión oficial judía.
No olvidemos tampoco que el cristianismo no es identificado como algo desgajado del judaísmo hasta algún tiempo después, ya que en sus orígenes, era una secta marginal dentro del judaísmo.
Tampoco debemos obviar que Jesús no escribió, ni mandó escribir, ningún texto acerca de sus enseñanzas y doctrinas (al menos que nos haya llegado hasta nosotros). Por lo tanto, los evangelios los escriben dos apóstoles que convivieron con Él su etapa de predicación (Mateo y Juan), un discípulo-ayudante de Pedro (Marcos) y un médico, discípulo de Pablo (Lucas) con un propósito catequético y de divulgación, junto con un trasfondo proselitista.
Si bien Mateo y Juan vivieron, de primera mano, la vida pública de Cristo, el momento espiritual de sus vivencias con Él tampoco era el más apropiado para acometer una explicitación escrita de las mismas. Fue bastantes años después de la Ascensión, que optaron por la transcripción escrita de sus recuerdos y percepciones junto a Jesús de Nazaret.
El caso de Lucas y Marcos es semejante entre ellos y diferente de los anteriores. Ninguno de los dos conoció a Jesús.
Redactan sus escritos por los relatos de quienes les rodean.
La semejanza de los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas ha dado origen a la teoría de un "quinto" evangelio nunca encontrado: la fuente "Q" (del alemán Quelle = fuente), en el que se inspirarían Mateo y Lucas. Y éstos, a su vez, también beben de la fuente del evangelio de Marcos. Sin embargo, con ser semejantes, estos tres evangelios mantienen diferencias, no sólo de matiz, sino cronológicas y ,especialmente de estilo e intenciones. Tendríamos, por lo tanto, cinco fuentes evangélicas: Q, Marcos, fuentes propias de Mateo, fuentes propias de Lucas y fuentes propias de Juan.
Los evangelios no son, en ningún caso, una biografía de Jesús de Nazaret. Nunca fueron redactados con esa intención.
Hoy por hoy, aún no se ha escrito una biografía de Cristo porque, además de carecer de datos biográficos fiables, su figura trasciende el personaje histórico.
Jesús no es un nuevo profeta, no es solamente un hombre bueno y justo, tampoco es el fundador de una nueva religión (en todo el evangelio jamás encontraremos una sola frase de Cristo en ese sentido).
Jesús, para los que seguimos, valoramos y creemos en su predicación y enseñanza, como dice Marcos al comienzo de su texto, es EL HIJO DE DIOS. Por lo tanto, su paso por la tierra no puede restringirse solamente a una fría relación cronológica de hechos, datos, fechas, cifras y crónicas. Lo que emana de Jesús es un Nuevo Orden, no sólo social, sino inter relacional e integral del hombre consigo mismo, con sus semejantes y, especialmente, con Dios (Padre). Que los hechos relatados por los cuatro evangelistas no se ajusten exactamente al acontecer histórico, que se muestren diferencias entre uno y oro relato, carecen de importancia si evaluamos el evangelio en su conjunto y en relación con los antecedentes que lo motivan, porque no debemos olvidar que, en origen, el evangelio es judío y se apoya firmemente en la tradición y cultura hebreas. Por lo tanto, la contemplación del Nuevo Testamento (no sólo del evangelio, sino también del conjunto de las epístolas de los apóstoles, el libro de los Hechos y el Apocalípsis) de forma desgajada del Antiguo Testamento nos conduciría a errores interpretativos importantes y a lagunas de comprensión fundamentales. A la inversa, desde nuestras creencias, la lectura aislada del AT nos dejaría una sensación de inconclusión y provisionalidad.
A partir de estas "iniciaciones", vamos a intentar acometer una reflexión global sobre EL EVANGELIO DE JESUCRITO bajo los siguientes parámetros de trabajo:
a).- No tengo interés doctrinal o proselitista alguno.
b).- Mi única intención es la de plasmar, por escrito, lo que acude a mi mente cuando leo los pasajes evangélicos. Por lo tanto, las interpretaciones que pueda transcribir son totalmente subjetivas.
c).- Mi intención es partir de una base de análisis acrítica, pero, obviamente, desde una creencia católica, aunque totalmente laica y libre de ataduras institucionales.
d).- Mi formación teológica y religiosa es "elemental". Serán las reflexiones sencillas de un hombre simple que se apasiona por descubrir, día a día, la presencia de Jesús en cada acontecer.
e).- Apriorísticamente no tengo establecida ninguna reflexión concreta sobre cada pasaje, aunque sí, lógicamente, sobre el conjunto evangélico, por lo tanto, al día de hoy, desconozco absolutamente lo que voy a escribir.
Si mis limitaciones, tanto formativas, como culturales, me llevan a alguna apreciación que pueda resultar errónea conforme a los cánones establecidos, lo siento, pero seguirán siendo MIS apreciaciones, fruto exclusivo de mi pensamiento, aunque abierto a las aportaciones que puedan incorporarse a mi escaso bagaje intelectual.
Sin embargo, si alguna de ellas puede resultar molesta o escandalizadora para algún posible lector, vaya por delante mi disculpa. Jamás ha estado, ni estará, en mi intención "violar" la conciencia o creencia íntima de nadie.
MATEO – MARCOS –LUCAS- JUAN
EVANGELIOS DE LA INFANCIA
Mc.1, 1
1 Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.
El comienzo del texto refundido, es, a su vez, el comienzo del Evangelio de Jesucristo según San Marcos.
Fijémonos en esta frase, porque contiene principios básicos, a pesar de su simplicidad aparente.
El Evangelio, como Buena Noticia o Buena Nueva, es de Jesucristo. No, como habitualmente solemos denominarlo: Evangelio de Mateo, Marcos, Lucas o Juan.
La Buena Noticia es el propio Cristo. Su venida, su cercanía y su acción salvífica. Por lo tanto, la noticia que se nos narra, la alegría que se nos transmite no procede del evangelista de turno, sino del propio Cristo. La esencia evangelizadora (transmisión de la alegría de la reconciliación con Dios-Padre) es que Jesús = Hijo de Dios, se ha encarnado y nos ofrece su Palabra de vida.
Marcos comienza su escrito con la conclusión a que debemos llegar todos los cristianos. Con la esencia nuclear de nuestra fe: Jesucristo es la Buena Noticia porque es el Hijo de Dios.
Hombres buenos y justos que han proclamado sus noticias ha habido muchos en la historia de la humanidad. Jesús no es sólo eso, que también, sino que su Buena Noticia (la instauración del reino de Dios en la tierra) se legitima, además, por su origen: Dios mismo.
Lc. 1, 1-4
1 Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden la historia de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas, 2 tal como nos lo enseñaron los que desde el principio lo vieron con sus ojos, y fueron ministros de la palabra, 3 me ha parecido también a mí, después de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas por orden, oh excelentísimo Teófilo, 4 para que conozcas bien la verdad de las cosas en las cuales has sido instruido.
Desde aquí, hasta Lc. 2, 52, nos encontramos con lo que se ha venido en llamar “Los evangelios de la infancia”. Se trata de pasajes muy breves y sucintos que recogen muy esquemáticamente el anuncio, nacimiento y primera infancia de Jesús de Nazareth, entremezclados con el anuncio y nacimiento de Juan el Bautista.
Tanto de uno como de otro, los textos bíblicos nos ofrecen pocas referencias históricas de su época infantil y juvenil, ni siquiera narrativas. Lo poco que se ha podido añadir a los textos canónicos y que se conserva en las tradiciones culturales de los pueblos, ha sido extraído de los evangelios apócrifos.
Es una lástima no poder conocer en mayor profundidad los hechos relativos a la infancia, adolescencia y juventud de Jesús, porque ello nos hubiese aportado un mayor bagaje de conocimientos empíricos sobre el posterior desarrollo de la enseñanza de Cristo.
Si desconocemos la mayor parte de estos años es, obviamente, porque el propio Jesús no quiso revelar sus vivencias a sus amigos. Y, si lo hizo, lo haría bajo la premisa de confidencialidad y, como Él mismo nos aporta en Jn. 2, 4 (4 Jesús le dijo: ¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora.). Son 30 años de la vida de Jesús (Lc. 3, 23: Tenía Jesús, al comenzar, unos treinta años, y era según se creía hijo de José, hijo de Helí) que quedan prácticamente en el anonimato, ya sea por voluntad del propio Jesús, ya sea por omisión voluntaria de los evangelistas, o por alguno de esos guiños históricos tan comunes y desconcertantes que hacen desaparecer hechos y circunstancias en el limbo del olvido histórico.
Si bien Mateo y Lucas dedican un reducido espacio a la infancia de Cristo, San Lucas es el único que dedica pasajes enteros a determinados acontecimientos relevantes en la vida del Jesús infantil, aunque ninguno a su adolescencia y juventud.
Hemos de suponer que durante todos esos años, Cristo desarrolló una vida familiar (en Nazaret) no muy diferente de la del resto de los niños hebreos. Seguramente ayudaría a su padre en la carpintería. Con toda seguridad se educó y formó en el conocimiento de la Escritura y recibió una enseñanza religiosa de acuerdo con la costumbre y tradición de la época.
Vayamos, entonces, al intento que nos ocupa, ciñéndonos a lo recogido en los textos evangélicos, ya que cualquier otra consideración sobre los años “perdidos” no pasaría de ser una pura especulación, tanto histórica como teológica.
Lc. 1, 5-23
5 Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, de la clase de Abías; su mujer era de las hijas de Aarón, y se llamaba Elisabet. 6 Ambos eran justos delante de Dios, y andaban irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor. 7 Pero no tenían hijo, porque Elisabet era estéril, y ambos eran ya de edad avanzada. 8 Aconteció que ejerciendo Zacarías el sacerdocio delante de Dios según el orden de su clase, 9 conforme a la costumbre del sacerdocio, le tocó en suerte ofrecer el incienso, entrando en el santuario del Señor. 10 Y toda la multitud del pueblo estaba fuera orando a la hora del incienso. 11 Y se le apareció un ángel del Señor puesto en pie a la derecha del altar del incienso. 12 Y se turbó Zacarías al verle, y le sobrecogió temor. 13 Pero el ángel le dijo: Zacarías, no temas; porque tu oración ha sido oída, y tu mujer Elisabet te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Juan. 14 Y tendrás gozo y alegría, y muchos se regocijarán de su nacimiento; 15 porque será grande delante de Dios. No beberá vino ni sidra, y será lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre. 16 Y hará que muchos de los hijos de Israel se conviertan al Señor Dios de ellos. 17 E irá delante de Él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto. 18 Dijo Zacarías al ángel: ¿En qué conoceré esto? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada. 19 Respondiendo el ángel, le dijo: Yo soy Gabriel, que estoy delante de Dios; y he sido enviado a hablarte, y darte estas buenas nuevas. 20 Y ahora quedarás mudo y no podrás hablar, hasta el día en que esto se haga, por cuanto no creíste mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo. 21 Y el pueblo estaba esperando a Zacarías, y se extrañaba de que él se demorase en el santuario. 22 Pero cuando salió, no les podía hablar; y comprendieron que había visto visión en el santuario. Él les hablaba por señas, y permaneció mudo. 23 Y cumplidos los días de su ministerio, se fue a su casa.
Examinemos primero la escena que se nos presenta en este primer pasaje del Evangelio según San Lucas.
Tenemos a Zacarías, personaje relativamente acomodado, de buena posición y reconocido en su ciudad, de la que no se nos informa del nombre, (aunque sabemos que estaba ubicada geográficamente en Judea. No tanto porque se mencione en este pasaje, como porque después se la menciona, sin citar su nombre, en Lc. 1, 39: En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá) sacerdote, y, por lo tanto, en una situación de influencia social y política en su mundo. Tiene, sin embargo, una mácula en su historia: su mujer es estéril. En Israel, los hijos son considerados una bendición de Dios (consideración que llega hasta nuestros días, por influencia de la propia cultura y tradición judeocristiana) (Gen. 4,1: Conoció el hombre a Eva, su mujer, la cual concibió y dio a luz a Caín, y dijo: «He adquirido un varón con el favor de Yahveh.»).
Por su parte, su mujer, Elisabet, proviene de la familia del hermano de Moisés, por lo tanto, de buena cuna.
Ambos son considerados justos y cumplidores de la Ley, por lo tanto, y teniendo en cuenta la tradición hebraica, difícilmente justificable su ausencia de paternidad, al menos como consecuencia de sus pecados.
A la luz de esta presentación, la situación de esta pareja es injusta a los ojos de los hombres.
Sin embargo, Dios utiliza otros parámetros para sus consideraciones. Él elige, para el desarrollo de sus planes, a quien considera más idóneo, al margen de cómo sean calificados en el mundo material.
En la acción de Zacarías podemos ver dos símbolos específicamente bíblicos y hebraicos: la suerte y el incienso.
La suerte, el echar a suertes, es una costumbre hebrea muy utilizada porque mediante esta acción se quería ver la intervención directa de Dios en los acontecimientos posteriores. Cada semana los sacerdotes echaban a suertes las funciones a realizar en los oficios del templo.
El incienso, como oblación agradable a Dios, proviene de una costumbre agrícola muy arraigada. La costumbre de ofrecer incienso proviene del Éxodo (Ex. 25, 6: aceite para el alumbrado, aromas para el óleo de la unción y para el incienso aromático). Aparece 89 veces en la Biblia, siempre como una ofrenda a Dios. El incienso simboliza el aroma de lo bueno que es agradable y perfumado y sube a Dios cuando es quemado y ofrecido.
Continuemos con la escena que Lucas nos ofrece.
Zacarías entra en el Santuario para ofrecer la oblación que le había tocado en suerte, mientras el pueblo queda fuera. También es una constante, especialmente en el AT, que la relación con Dios se realice exclusivamente por la intermediación de alguien: sacerdote, profeta, caudillo (jueces, reyes, etc.), mientras que el pueblo queda al margen (queda fuera) del diálogo con Dios.
Cristo se encargará, a lo largo de su predicación, de acercar la figura de Dios, el Padre en boca de Jesús, al hombre. Mientrastanto, el pueblo (el hombre de a pie) queda marginado de la relación con Dios, lo que conlleva una suerte de dominación, sutil y efectiva, por parte de la casta elitista.
Sin embargo, Dios es el Señor de todos los hombres, no sólo de los “elegidos” para realizar su culto. El Creador se ha ido revelando de forma paulatina al hombre en la economía de la redención, hasta el clímax personificado por Cristo y el establecimiento del Reino de Dios en la tierra.
Por lo tanto, la relación con Dios no precisa de intermediación. Es directa y personal de cada individuo con el Padre. Ha de ser una relación íntima y de confianza (de fe), basada en el amor y la caridad. Desde esa perspectiva, desde la igualdad que la relación con Dios ofrece, podemos encarar la relación con el otro, con el hermano. El otro es nuestro reflejo, es el espejo de nuestra realidad y el camino directo hacia la intimidad con Dios.
Sigamos con la escena.
Zacarías está ofreciendo el incienso, tal y como le había tocado en suertes. De repente se le aparece un ser desconocido a la derecha del altar del incienso. Por definición: un ángel (más concretamente el arcángel Gabriel).
El hecho de aparecer “a la derecha” del altar del incienso no es caprichoso. La derecha es la parte noble del estrado (trono) de Dios. Todo cuanto está a su derecha es ensalzado y elevado. Por el contrario, lo colocado a la izquierda, es distinguido y diferenciado como negativo. Si consideramos el altar del incienso como el lugar donde Dios se encuentra, la aparición del ángel a la derecha del mismo implica su categoría y significación elevada como mensajero directo de Dios. La dignificación de la derecha lo podemos encontrar en numerosos pasajes bíblicos, tanto en el Antiguo, como en el Nuevo Testamento (son las partes derechas del cuerpo de Aarón las que se marcan con la sangre del sacrificio [Ex. 29, 20: Una vez inmolado, tomarás su sangre y untarás con ella el lóbulo de la oreja derecha de Aarón y el lóbulo de la oreja derecha de sus hijos; el pulgar de su mano derecha y el pulgar de su pie derecho, y derramarás la sangre alrededor del altar], la derecha es el lugar donde el sabio tiene el corazón [Ecl. 10, 2 El sabio tiene el corazón a la derecha, el necio tiene el corazón a la izquierda], etc.; también es el lugar donde el Pastor pondrá a las ovejas [Mt. 25, 33: Pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda], o el lugar donde Cristo está sentado [1 P 3, 22: Que, habiendo ido al cielo, está a la diestra de Dios, y le están sometidos los Ángeles, las Dominaciones y las Potestades]).
Imaginemos el susto que Zacarías se llevó ante esta aparición. Especialmente cuando el “mensajero” le informa de que va a tener un hijo.
Ante este anuncio, la reacción de Zacarías es puramente humana: no se lo cree, le asaltan las dudas y desconfía del anuncio.
Su mente opera con la lógica humana: tanto él como su esposa son mayores para la concepción. El hecho que se le anuncia es imposible de concebir por la mentalidad humana, por ello no es extraño que Zacarías, ante la propia impresión quede mudo.
Probablemente, los hechos reales no discurrieron por estos cauces. Estamos ante una narración típica de la época y cultura hebrea del momento. Una cultura teocrática, que ante circunstancias extrañas a lo considerado factible por la mente humana de la época, achacan a Dios la acción misteriosa.
Lucas escribe este pasaje 80 ó 90 años después de acaecido, y siempre sobre la base de relatos de diversas personas no identificadas en el propio Evangelio. No es extraña, entonces, la fabulación, magnificación y atribución milagrosa del acontecimiento. Tampoco importa demasiado, estamos ante una experiencia de fe, una experiencia religiosa de unos personajes reales.
Ante esta circunstancia, los hechos históricos reales pasan a un segundo plano.
La narración es docente y catequista. Se trata de transmitir la creencia de que para Dios nada es imposible. Ni siquiera la fertilidad de una pareja infértil.
Desde nuestra mentalidad materialista y “científica”, es imposible aceptar literalmente este relato. Sólo podemos contemplarlo desde su significado y trasfondo religiosos.
Zacarías, ante la situación de “injusticia” que vive por la ausencia de descendencia, reza, ruega y pide la ayuda de Dios para que esta situación cambie.
Probablemente la infertilidad de la pareja obedecía a circunstancias naturales o psíquicas que en un determinado momento varían y permiten la concepción. En todo caso, lo que en aquella época se consideraba como “mayor”, para nosotros sería una edad “desaconsejable” para la procreación, pero no imposible (40 – 50 años).
Cuando dichas circunstancias cambian e Isabel concibe, Zacarías ve la intervención de Dios en su propia y personal historia. Entiende que sus ruegos han sido escuchados y ante esta convicción religiosa se hace el propósito de dedicar a su hijo al “nazareo” (lo dedica a Dios, por ello no puede beber ninguna bebida fermentada, ni raparse el cabello, etc.) y le impone el nombre de Juan (Juan en hebreo significa Yahweh es misericordioso).
Volvamos al texto literal.
El fenómeno de la anunciación mediante un ángel (mensajero), o la intervención de Dios ante la esterilidad, no es novedoso en la Biblia. Veamos varios ejemplos: anunciación a Abraham en Gen. 18, 10 (Dijo entonces aquél: «Volveré sin falta a ti pasado el tiempo de un embarazo, y para entonces tu mujer Sara tendrá un hijo.» Sara lo estaba oyendo a la entrada de la tienda, a sus espaldas); también lo encontramos con Isaac en Gen. 25, 21 (Isaac suplicó a Yahveh en favor de su mujer, pues era estéril, y Yahveh le fue propicio, y concibió su mujer Rebeca) y con Jacob en Gen. 30, 22 (Entonces se acordó Dios de Raquel. Dios la oyó y abrió su seno).
Estamos ante un hilo conductor común. Es la enseñanza por la reiteración. Dios interviene en nuestra historia, incluso en la cotidiana e inmediata. Lo específico de nuestra creencia es la experiencia de fe que podemos extraer de los acontecimientos que se presentan ante nuestra vida. La experiencia de Dios que seamos capaces de reconocer.
Esto es lo que Zacarías en este texto, y anteriormente los patriarcas, extrajeron de su realidad inmediata.
Todos ellos daban por sentado que sus mujeres eran estériles, y, sin embargo, concibieron. ¿Cómo?, por la intervención de Dios.
Hay también un hilo conductor común, no solo en estos casos, sino prácticamente en casi todas las apariciones. Nos referimos al temor primero y la desconfianza después, de lo que les es anunciado en cada una de ellas. Esto también lo vamos a encontrar a lo largo del propio Evangelio, y no ya mediante anunciaciones más o menos celestiales o esotéricas, sino ante las predicciones y anuncios del propio Jesús a sus apóstoles.
Sin embargo, en todos los casos de personajes elegidos por el Señor, lo que resalta finalmente es la confianza (fe) con que todos ellos terminan por aceptar la voluntad de Dios. Es la voluntad que pedimos se realice cuando proclamamos el Padrenuestro. Es la expresión de la fe desde la libertad. Dios nos propone y ofrece su voluntad, nosotros aceptamos o rechazamos su oferta.
Veamos lo que manifiestan uno y otro intervinientes en la escena de la anunciación.
El ángel, en primera instancia, borra el miedo que su aparición produce y la justifica para dar cumplimiento a la plegaria elevada por Zacarías a Dios, después anuncia a Zacarías la próxima venida de su hijo y le informa de los deseos y voluntades del Señor para él.
Esta también es una constante en la Biblia. Dios escucha las oraciones y plegarias y acude a las necesidades de sus hijos, así como la expresión de la voluntad de Dios para lo anunciado (en este caso el futuro del próximo hijo).
Esta situación nos la podemos encontrar en los anuncios a los patriarcas citados más arriba, así como en las apariciones a Moisés, Josué y jueces y reyes.
Hay que resaltar una circunstancia sumamente importante en la revelación del ángel a Zacarías: No beberá vino ni sidra, y será lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre. Es la primera vez que aparece el Espíritu Santo en el Evangelio. Es importante el hecho de que aparece antes de que el propio Jesús haya sido concebido. Ya anteriormente, en el AT, el Espíritu Santo es mencionado, aunque, en la mayoría de las ocasiones con otro nombre (Ag. 2, 5[según la palabra que pacté con vosotros a vuestra salida de Egipto, y en medio de vosotros se mantiene mi Espíritu: no temáis!]; Ez. 39, 29 [No les ocultaré más mi rostro, porque derramaré mi Espíritu sobre la casa de Israel, oráculo del Señor Yahveh]; Is. 63, 10 , 11 y 14 [10 Mas ellos se rebelaron y contristaron a su Espíritu santo, y él se convirtió en su enemigo, guerreó contra ellos. 11 Entonces se acordó de los días antiguos, de Moisés su siervo. ¿Dónde está el que los sacó de la mar, el pastor de su rebaño? ¿Dónde el que puso en él su Espíritu santo 14 cual ganado que desciende al valle?. El Espíritu de Yahveh los llevó a descansar. Así guiaste a tu pueblo, para hacerte un nombre glorioso]; Joel 3, 1 y 2 [1 «Sucederá después de esto que yo derramaré mi Espíritu en toda carne. Vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. 2 Hasta en los siervos y las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días]; Neh. 9, 20[Tu Espíritu bueno les diste para instruirles, el maná no retiraste de su boca, y para su sed les diste agua] y 30 [Tuviste paciencia con ellos durante muchos años; les advertiste por tu Espíritu, por boca de tus profetas; pero ellos no escucharon. Y los pusiste en manos de las gentes de los países]; Zac. 4, 6 [Prosiguió él y me habló así: Esta es la palabra de Yahveh a Zorobabel. No por el valor ni por la fuerza, sino sólo por mi Espíritu - dice Yahveh Sebaot -]), pero es en la Buena Noticia cuando esta expresión adquiere todo su grandioso significado. El AT se refería al Espíritu como a la intención y dones de Dios. A partir de ahora, el Espíritu Santo comienza a sernos revelado como lo que realmente es: Una de las personas de Dios, uno y trino. Es la manifestación, no ya de su voluntad o dones, sino de todo Él en los hombres. Esto es lo que le anuncia el ángel a Zacarías: tu hijo poseerá dentro de él al propio Dios, no solo su voluntad o dones, sino el Espíritu, por ello estará en disposición de preparar el camino a Jesús y tendrá autoridad para remover conciencias.
Jesús, como Dios, no necesita de un precursor, sino que son los propios hombres los que precisan de un prólogo para intentar asumir la grandiosidad que se les viene encima.
Es el anticipo de la Nueva Alianza que Jesús nos otorga en la institución eucarística. Dios siempre estuvo a nuestro lado, ahora se manifiesta y revela. Es la culminación de la economía de la revelación.
Zacarías, por su parte, reacciona con desconfianza, por lo cual, como Moisés en Ex. 4,1 (Respondió Moisés y dijo: «No van a creerme, ni escucharán mi voz; pues dirán: "No se te ha aparecido Yahveh."»), recibe, no un castigo, sino la consecuencia de su incredulidad: queda mudo.
Esta deficiencia va mas allá de la imposibilidad física de hablar. Para los hebreos la palabra es más que la expresión verbal de un pensamiento. Es la manifestación de la propia persona, de su ser y su existencia. Por lo tanto, el mudo, privado de la palabra deviene en un ser inferior al resto de los humanos ya que no tiene posibilidad de manifestar, por la palabra, su propia existencia. Zacarías, con su incredulidad, se margina y separa del resto de los mortales mediante su mudez.
Sólo nos queda por ver la reacción del pueblo ante la transformación de Zacarías.
Para el pueblo, que está al margen de cuanto sucede en el santuario, la marginación de Zacarías implica algo trascendental sucedido en el misterio de la interioridad del templo.
Aquí tenemos una muestra más de la antítesis de lo que después nos predicará Cristo: la relación con Dios no es privativa de castas o elegidos. Dios es Padre de todos los hombres, no sólo de los iniciados, por lo tanto nuestra relación con Él no pasa por el misterio y opacidad del interior de los santuarios, templos, sacristías o despachos episcopales. El culto no es privado sino comunitario, como nos encontramos en los primeros tiempos de la Iglesia (Hch. 2, 42 y ss [Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones]).
Lc. 1, 24-25
24 Después de aquellos días concibió su mujer Elisabet, y se recluyó en casa por cinco meses, diciendo: 25 Así ha hecho conmigo el Señor en los días en que se dignó quitar mi afrenta entre los hombres.
Una vez más estamos ante la confirmación de que Dios cumple sus promesas: cumplió ante Abraham, ante Moisés, ante David y Salomón, etc., y ahora cumple con Isabel y Zacarías.
A pesar de la desconfianza mostrada por Zacarías, Dios cumple. El ruego de la pareja es escuchado y su deseo se plasma.
La actitud de Isabel es encomiable. Ante su embarazo sorprendente, humildemente se recluye en su casa y atribuye la nueva realidad a la voluntad de Dios que la libera de la esclavitud que suponía su esterilidad.
Otra vez nos encontramos ante la experiencia de Dios de uno de los personajes elegidos por Dios. Isabel acepta que su nueva situación obedece a la intervención de Dios en su vida.
Dentro de la cultura hebrea, profundamente patriarcal y machista, la mujer siempre desempeñaba un papel secundario dentro de la familia y, por supuesto, en la sociedad en la que se encuentra inmersa. Salvo en el caso de los eunucos reconocidos, es impensable para los hebreos pensar que la infertilidad de una pareja sea “culpa” del hombre. Esta circunstancia siempre será aparejada a un defecto de la mujer, o un castigo divino colectivo. El oprobio social que significa la infertilidad, jamás recaerá sobre el hombre. De hecho, esta circunstancia, en la mayor parte de las veces producida por causas naturales (físicas o psíquicas), daba derecho al marido para proclamar el libelo de repudio, por considerar impura y objeto de castigo a la esposa.
Jesús, a lo largo de su predicación, dentro de las posibilidades culturales con que se enfrenta, restituye en cierta medida la dignidad a la mujer: son mujeres las que se encargan de la logística del grupo, son ellas las que le acompañan en su pasión, son las que se encuentran al pie de la cruz, se encargan del embalsamamiento de sus restos mortales y son las primeras personas que reciben su aparición tras la resurrección.
Cristo abroga el libelo de repudio, ante la manifiesta injusticia de su propio contenido por la desigualdad de tratamiento a los comportamientos de hombres y mujeres.
Jesús, cuando nos hermana a todos en el Padre, no hace distinciones entre hombres y mujeres.
En el caso que nos ocupa, Isabel, inmersa en un contexto cultural adverso, reconoce su situación de inferioridad y agradece a Dios la liberación y equiparación que le proporciona su embarazo.
El hecho de retirarse durante 5 meses en su casa, probablemente obedece a una razón médica elemental. Al tratarse de una persona de edad avanzada para la procreación, lo más aconsejable es cuidar el embarazo con todos los medios a su alcance, por lo tanto, el reposo y estabilización del feto es la medida profiláctica más aconsejable en estos casos.
En el anunciamiento del nacimiento de Jesús hay dos partes, recogidas por dos evangelistas de forma diferente. Mientras que Lucas se ocupa del anunciamiento propiamente dicho a María, Mateo se ocupa del anunciamiento a José.
Por su parte, tanto Marcos como Juan omiten cualquier referencia al nacimiento y anunciación del nacimiento de Jesús.
¿Significa esto que las diferencias en la narración del origen humano de Cristo minimiza unos evangelios respecto de los otros?. En absoluto, estas diferencias son producidas por intencionalidad de cada autor. Cada uno compone y redacta su evangelio con una voluntad diferente y dirigido hacia un auditorio distinto. Por ello, todos los evangelios son complementarios entre sí y es recomendable su lectura conjunta para captar una visión completa de la Buena Noticia.
Sé que este tipo de observaciones figuran en otros capítulos de mis reflexiones, pero no me cansaré de repetirlas porque considero de la mayor importancia tener claras estas diferencias para comprender las inexactitudes, diferencias e incluso divergencias entre los cuatro evangelios.
Lc. 1, 26-38
26 Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, 27 a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era María. 28 Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres. 29 Mas ella, cuando le vio, se turbó por sus palabras, y pensaba qué salutación sería esta. 30 Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. 31 Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS. 32 Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; 33 y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin. 34 Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? pues no conozco varón. 35 Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios. 36 Y he aquí tu parienta Elisabet, ella también ha concebido hijo en su vejez; y este es el sexto mes para ella, la que llamaban estéril; 37 porque nada hay imposible para Dios. 38 Entonces María dijo: He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra. Y el ángel se fue de su presencia.
Tiene su importancia el hecho de que San Lucas mencione, con tanta exactitud, los plazos y fechas de cada acontecimiento relatado. Prácticamente es el único de los evangelistas que resulta tan escrupuloso a la hora de ubicar cronológica e históricamente cada hecho mencionado. La circunstancia de “los seis meses” mencionados al comienzo de este pasaje tiene relación directa con Lc. 1, 56 (María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa) y explica los tres meses que María pasó con su prima Isabel tras el parto de ésta.
Esta aparición y anunciación reúne muchas similitudes con la aparición y anunciación a Zacarías de Lc. 1 5-23, aunque con ciertas diferencias.
Sigamos el mismo esquema de análisis utilizado para la aparición a Zacarías.
Veamos los intervinientes:
El ángel Gabriel: es el mismo que se le aparece a Zacarías. Estamos, pues, ante un mensajero de Dios reiterado. Su ubicación dentro del “organigrama” celestial debe ser “elevado”, puesto que es el encargado de anunciar el nacimiento del precursor de Jesús y seis meses después transmite la anunciación del nacimiento del Hijo de Dios.
Es de resaltar la observación del evangelista de que Gabriel es enviado “de parte de Dios” (enviado por Dios). Es decir, Gabriel no actúa de “motu propio”, sino como simple transmisor de la voluntad de Dios, por ello su misión es aún más trascendental, ya que está divulgando, directamente, las intenciones de Dios.
Sus apariciones debieron ser majestuosas e impactantes, puesto que tanto en el caso de Zacarías, como en el de María, lo primero que producen es turbación y miedo ante sus interlocutores. Sin embargo, su elocuencia debió ser igual de grandiosa, puesto que ambos calman su turbación ante unas simples palabras tranquilizadoras del ángel.
Vayamos a sus palabras, porque son el núcleo central de dogmas de fe católicos, origen de oraciones y justificación de las devociones marianas extendidas por todo el mundo.
¡Salve, muy favorecida! .(versión de Casiodoro-Reina)
Alégrate,llena de gracia (versión Biblia de Jerusalén)
Salve, llena de gracia (versión Nácar-Colunga)
“Salve” es la traducción latina del imperativo griego “alégrate”, “regocíjate”. Este es el saludo tradicional entre los helenos, y no olvidemos que Lucas es de origen y cultura helenística. El saludo va mas allá de la simple toma de contacto formal de nuestros días. Es un imperativo que se justifica con la segunda parte de la salutación: “Llena de gracia” es la traducción que las versiones antiguas dan al participio “agraciada”, “favorecida”, pero en superlativo. En el mayor grado posible.
El ángel está diciéndole a María: alégrate porque has sido elegida por Dios para algo trascendental, no sólo en tu historia personal, sino en la de todos los hombres, o, alégrate porque a los ojos de Dios, quien me envía, estas llena de dones y virtudes agradable a Él.
Entendamos por gracia los dones del cuerpo o del alma con que se gana la benevolencia o el favor de los demás y el beneplácito de Dios, de donde se deriva toda la economía de la redención. También significa los dones de la fe y de la justicia con que se santifica el alma, así como los dones carismáticos que cooperan al progreso del Evangelio. Es la manifestación gratuita de la bondad de Dios.
Si el reconocimiento de alguien ante los otros resulta gratificante y halagador, el reconocimiento ante Dios es sublime.
La gracia es algo ajeno a la voluntad del hombre. Su adquisición no se realiza por el intelecto. Su posesión está condicionada por la historia global de la persona. Es potestad y atributo de Dios otorgar la gracia a cada hombre, en función de sus acciones, no simplemente porque la pida o intente comprarla con sacrificios y liturgias. La gracia no es una manifestación religiosa, ni alcanzable por caminos materiales o psíquicos. No es un dos objetivo: si se cumplen unas premisas tienes la gracia. No, la gracia es subjetiva. Dios es subjetivo siempre en sus relaciones con los hombres. Él trasciende nuestros parámetros y utiliza el subjetivismo condicional de cada individuo.1
María cuenta con esta benevolencia divina porque Él había encontrado en ella las condiciones subjetivas inherentes a la misión que va a encomendarle: ser la madre de Jesús, por ello, el ángel la reconoce “llena de gracia”. María ha encontrado el favor de Dios, se lo ha ganado con su existencia y fe, por ello el mensajero proclama el primer imperativo: “alégrate”.
Veámoslo también desde otra óptica positivista. El anuncio que Gabriel trae a María, a priori, desde una óptica social humana, es profundamente problemática y tiene consecuencias existenciales graves para ella: Va a anunciarle que quedará embarazada antes de la ceremonia matrimonial con su esposo, por lo tanto quedará marcada, a los ojos de los hombres, como mujer infiel al esposo y acreedora del libelo de repudio, primero, y ser oprobio general después.
¿Cómo compensar esta circunstancia negativa del anuncio?, mediante un mensaje positivista que supere la negatividad del hecho que se anuncia: “alégrate María, porque a pesar de que vas a tener problemas por lo que te voy a anunciar, es mucho más importante que sepas que Dios se ha fijado en ti y, a sus ojos, estás llena de gracia”.
Estas primeras palabras del ángel otorgan a María un carisma que la coloca por encima del resto de los hombres. Con esta significación ya es digna de devoción, puesto que el propio Dios la distingue al encontrarla llena de gracia.
Es el comienzo del Ave María, la oración cristiana por excelencia dirigida a María. Desde entonces María pasa a engrosar, en lugar preeminente, la nómina de personajes históricos que por su significación divina merecen nuestra devoción, que no nuestra adoración, ya que ésta sólo es posible ofrecérsela a Dios.
El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres.(versión Casiodoro-Reina)
El Señor está contigo (versión Biblia de Jerusalén y Nácar-Colunga)
La versión de Casiodoro-Reina agrega en este pasaje una frase que no recogen las otras versiones en este lugar (bendita tú entre las mujeres.), sino que queda incluida en la respuesta de su prima Isabel cuando María va a visitarla, por lo tanto, obviaremos su comentario para hacerlo posteriormente en el otro acontecimiento citado.
“El Señor es contigo” o “el Señor está contigo” es una frase fundamental para nuestra fe.
Semánticamente las dos versiones de la Biblia no significan lo mismo. Es bien distinto que el Señor esté contigo, o que el Señor sea contigo.
Los verbos ser y estar pueden ser equivalentes en determinadas ocasiones y vamos a considerar ésta como una de ellas, aunque, a priori, ambas afirmaciones no sean iguales.
La tradición de la Iglesia Católica recoge la primera de las afirmaciones “El Señor es contigo” en la oración a María (Catecismo de la Iglesia Católica, 2676), aunque en la explicación recoge también la segunda afirmación del ángel.
Teniendo en cuenta el contexto en que esta afirmación se produce, y así como que su proclamación se realiza en conexión con la primera frase de salutación de Gabriel a María, que Dios (el Señor) esté, o sea, con María es primordial.
María, no sólo está llena de gracia ante los ojos de Dios, sino que Él está con ella.
La vida de María no es solamente suya porque posee un aporte excepcional del que carecen el resto de los hombres: Dios vive con ella.
Esta particularidad, consecuencia inmediata de su posesión total de gracia, hace de María un personaje más allá de la historia y con carisma diferenciado de cualquier otro. Los santos, los justos, los apóstoles, todos a cuantos la Iglesia reconoce el carisma digno de devoción, son distinguidos porque han manifestado los dones del Espíritu Santo y reconocemos en ellos el poder de Dios.
María es diferente, posee el carisma de forma apriorística. Dios la distingue con su compañía (está contigo) con anterioridad a cualquier otra acción que María pueda realizar. Dios está con María, per se. No es necesaria su manifestación carismática o milagrosa posterior. Tal es la justicia que Él encuentra en María que la distingue sin mayor justificación de acción.
Estamos ante la premisa de la devoción mariana. María es digna de alabanza y devoción porque está llena de gracia y Dios está con ella. No es preciso que se conozcan o manifiesten acciones carismáticas para reconocer su magnificencia. Reconocemos en ella esta característica, no porque lo haya demostrado, sino por el simple hecho de que el propio Dios, a través de su mensajero Gabriel, lo manifiesta en el Evangelio.
Continuemos con la escena de la anunciación.
La reacción de María, al igual que primero Zacarías, es de temor y sobresalto, de perplejidad y asombro. Sin embargo, tiene la suficiente entereza para tratar de discernir lo que le estaba ocurriendo.
La intervención de Dios en nuestras propias historias siempre produce una reacción similar. Nos anonadamos ante la grandiosidad de su presencia y vemos disminuida nuestra capacidad interpretativa de los acontecimientos.
Gabriel, al igual que en el caso de Zacarías, tranquiliza a María con el gran anuncio: Concebirá y dará a luz al Hijo de Dios.
Es la tranquilidad que da la palabra de Dios. María no ha de tener miedo porque Dios le transmite su apoyo. Él le ha hallado llena de gracia y le promete su apoyo. Igualmente le transmite la confirmación de la realización de la promesa realizada a los patriarcas y al rey David. María es la receptora privilegiada del anuncio de la llegada del Mesías, del Cristo. Pero, va mas allá, María misma es la que llevará en su seno la forma humana del propio Hijo de Dios. Estamos ante el mayor acontecimiento histórico de la humanidad: Dios, el Creador, el origen y destino de todas las cosas, anuncia a un mortal (María) que ya ha llegado el momento cumbre de la economía de la redención, que se ha cumplido el plazo de la promesa hecha a los patriarcas y que para la reconciliación del hombre con Dios, va a encarnarse y aproximar su Reino a las capacidades humanas.
La Biblia está llena de misterios, pero éste es uno de los más grandes y maravillosos.
El amor de Dios por los hombres es tan grande que decide una intervención histórica real y perceptible: nos envía a la segunda persona de la Trinidad para modificar el camino emprendido, pero no impone su presencia ni su dominio. Desde ese momento nos ofrece la posibilidad de la salvación por Cristo, con Él y en Él, pero nos deja en plena libertad para aceptar, o no, su palabra.
Que Jesús es Dios es algo que afecta exclusivamente a la fe de cada uno y jamás lo he puesto en duda.
Que se encarnó de María es un hecho histórico, además de formar parte de nuestras creencias religiosas más arraigadas. Cualquiera de las traducciones evangélicas que lo recogen lo hace en estos o parecidos términos y, por lo tanto es comúnmente aceptado.
El diálogo entre María y el ángel acerca de la viabilidad del embarazo es el núcleo del misterio de la encarnación y el origen de disensiones religiosas entre diferentes confesiones.
Es importante que nos detengamos en la expuesta de María: “¿cómo puede ser esto, si no conozco varón?” (con ligeras diferencias poco importantes, todas las traducciones del Evangelio recogen esta frase en el mismo tiempo verbal [presente]). “Conocer” para los judíos tiene un significado más amplio que para nosotros. No es sólo tener la idea, sino la experiencia vivida de una realidad: es sentir, penetrar. Como cuando decimos: conocer la vida, el dolor, la realidad. Conocer a Dios es ser íntimo suyo (Jn 1, 18). Así se entiende por qué en la Biblia conocer se puede referir a las relaciones conyugales. La perplejidad de María se justifica ante la circunstancia personal de un embarazo sorprendente, cuando ella no ha tenido relaciones sexuales con ningún hombre. Sobre esta frase, apoyada por Lc. 1,27 (a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María) y Mt. 1,18 (La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo), se construye la mitificación de María y su concepción milagrosa.
El hecho de que María fuese o no virgen, biológicamente hablando, y que la concepción de Jesús fuese natural o con intervención divina en plano milagroso, es algo que tampoco importa demasiado para el sustento de mi fe.
Incluso iría más allá. Que la concepción del Hijo de Dios, como máxima expresión del amor del Padre por todos nosotros se viese envuelta en un halo de misticismo, magia y misterio me parecería incongruente con la misión encomendada a Cristo.
¿Mienten los evangelistas entonces al mencionar el anunciamiento angelical y la concepción extracorporal de Jesús?. En absoluto. Nos están reflejando una experiencia de fe. Adaptando sus textos a lo anticipado por los hagiógrafos anteriores del Antiguo Testamento. Además, no fantasean en lo que a la virginidad y limpieza espiritual de María se refiere.
Jesús, además de Dios posee la naturaleza humana en todos sus aspectos, salvo en lo que se refiere al mal y al pecado, por lo tanto, me parece de lo más lógico que su concepción humana pasase por los cauces habituales y naturales.
A María la considero virgen en otro sentido. No en el sentido carnal y biológico, que no me importa lo más mínimo de cara a mi fe. La considero virgen de pecado, dócil a la voluntad de Dios, no sometida al mundo y entregada exclusivamente a Dios
Aquí es donde radica su diferencia con el resto de las mujeres: fue elegida por Dios para parir a su encarnación humana porque estaba libre de ataduras materiales y solamente era capaz de someterse a su voluntad a través de su propia libertad. Esa es su virginidad.
Es posible que el Padre hubiese elegido anteriormente a otras mujeres para tal menester, no está escrito y no podemos saberlo, pero si así fuese, es obvio que estas mujeres no accedieron a la voluntad de Dios y, por lo tanto, no eran vírgenes de ataduras mundanas y capaces de concebir a Cristo, pero esto es pura especulación.
María da muestras de su docilidad, humildad y dimensión humana. María duda, se asusta, pero acoge la revelación del mensajero de Dios tras la interiorización de la misma. A pesar de su miedo y la vergüenza que para ella pueda suponer el convertirse en madre soltera en un pequeño pueblo perdido de Galilea, acepta la posibilidad que Dios la ofrece. La acepta desde su libertad y en todas sus consecuencias.
Aquí encontramos una diferencia con la anunciación precedente a Zacarías. Las dudas de Zacarías parecen acarrearle un “castigo": queda mudo hasta que la promesa se cumpla.
María manifiesta sus dudas al ángel y lo que recibe es una consolación, una explicación y la promesa de que Dios, mediante la acción del Espíritu Santo, se ocupará de ello.
María aparece poco en los textos evangélicos, pero lo hace en los momentos cruciales de la vida de Cristo (en los inicios y en su final). Poco sabemos históricamente hablando de la Madre de Dios, pero hemos de suponer que se trataba de una joven (prácticamente una adolescente) que llevaba una vida rutinaria y miserable en una pequeña aldea sin importancia (Jn. 1, 46: Le respondió Natanael: «¿De Nazareth puede haber cosa buena?» Le dice Felipe: «Ven y lo verás.»)
Por primera vez, en el Nuevo Testamento, se nos evidencia la decantación de Dios por los “pequeños”. Por primera vez contemplamos cómo Dios tiene una inclinación manifiesta por los “suburbios”, por las “afueras”. No elige alguien “bien situado” para encarnar a su hijo, sino la más humilde entre las jóvenes. No elige alguien que vive en el “centro” del mundo conocido, ni siquiera que viva en las ciudades principales de Israel. Lo hace con alguien que vive en un pueblecito de la Galilea denostada por los ortodoxos de Judea. A Dios le preocupan más bien poco las situaciones sociales y los aposentamientos humanos. Sus planes “pasan” de los caprichos humanos y de nuestras lógicas. Nuestros reyes, nuestros gobernantes, nuestras mentes preclaras suelen extraerse de un contexto social “preparado” o “sembrado”. Dios elige la zona más baja de nuestras sociedades para manifestar sus voluntades.
Esto no es nuevo en la Biblia, lo es en el Evangelio porque estamos al comienzo de los mismos, pero es un hilo conductor a lo largo de toda la Escritura: Abel, Jacob, David, Elías...
Es el contrapunto del comportamiento de Dios con respecto a nuestros hábitos sociales. Nosotros procuramos buscar entre las élites. Veneramos a los sabios y a los poderosos como símbolos de preeminencia. Dios mira mucho más allá de las dotaciones intelectuales o materiales. Mira el interior y la justicia y paz interior. A Dios le importa nuestro espíritu, no nuestra formación cultural o intelectual; y mucho menos nuestra posición social. A Dios le interesa lo importante, lo que transciende y no muere. A nosotros nos importa lo superficial, lo caduco y perecedero.
La respuesta del ángel a María resume el misterio de la encarnación y de la redención y en prueba de que le está diciendo la verdad le anuncia el embarazo de su prima. La última frase de la respuesta del ángel es definitiva: “nada hay imposible para Dios”.
María está recibiendo el anuncio de la voluntad de Dios. Éste se le está manifestando, a través de Gabriel, con claridad y rotundidad. María tiene dos opciones: aceptar la voluntad de Dios, o, por el contrario, rechazar el honor que se le ofrece, a la vista de las complicaciones que puede acarrearle la nueva situación.
“Hágase en mí según tu palabra” es la muestra de la docilidad cristiana ante la voluntad de Dios, no por imposición, sino por convencimiento. Es la expresión mayor de fe y confianza en Dios: someto mi voluntad a la de Dios porque estoy convencido de que la suya implica un mayor beneficio global que la mía. No hablamos de beneficio particular o privado, sino del beneficio de la comunidad humana, de la familia global que Cristo establecerá con su hermanamiento.
¿Por qué obvia San Lucas las relaciones sexuales para la concepción de Jesús?. Para ello hay que remitirse a las tradiciones costumbres hebreas de los primeros tiempos. Son impuras dos cosas por excelencia: los cadáveres y las relaciones sexuales.
Desde esta óptica, el Hijo de Dios no puede proceder de una relación considerada impura por la tradición. Para el Evangelista es necesario dar una explicación diferente para la concepción de Jesús: la atribuye a la intervención directa de Dios. Una vez más la experiencia de fe de quien intenta transmitir su experiencia religiosa de los acontecimientos que relata. El propio texto recoge una frase del ángel que lo resume y justifica: El poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Esta frase tiene una doble lectura: “te cubrirá”, en el sentido de relación del esposo sobre la esposa (cubrir = realizar el acto de procreación); y “te cubrirá” en el sentido protector como reminiscencia de la protección y cobertura otorgada por Dios al pueblo de Israel en su peregrinaje por el desierto, porque lo que se le viene encima a María es una auténtica travesía del desierto, del desierto de la incomprensión, de la maledicencia, de la marginación, de la postración y del sufrimiento.
Es importante que nos detengamos un momento en la descripción que Gabriel hace del niño cuya concepción ha venido a anunciar: 31 Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS. 32 Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; 33 y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.
Primero el nombre. En Israel el nombre es mucho más que un distintivo. El nombre judío implica y define a la persona entera (Jn 12, 28[Padre, glorifica tu Nombre.» Vino entonces una voz del cielo: «Le he glorificado y de nuevo le glorificaré.»]). Dar nombre a alguien o cambiárselo significa tener autoridad sobre él. Cuando Dios le cambia el nombre a alguien, le da un nuevo proyecto de vida, un nuevo ser y en este caso está transmitiendo a María su deseo de que el nombre de su Hijo sea Jesús. Este nombre no es banal, en arameo YSHUA (yod.shin.vav.ayin) y en hebreo YHOSHUA (YHWH YSHA = ÉL es Salvador). Jesús de Nazareth, el Hijo de Dios, la segunda persona de la Trinidad representa la única predestinación humana prescrita por Dios antes de todos los siglos: ser el salvador de la humanidad, por ello, hasta su nombre invoca esta predestinación. Jesús no es el único, ni el primero de los personajes bíblicos en llevar este nombre (Josué es quizá el más conocido), pero es el único que da contenido real a su significado.
Gabriel profetiza, y hasta que punto, la grandeza de Cristo. Una grandeza que se ha ido consolidando con el paso de los siglos. Si Cristo significó, en su momento histórico, una revolución existencial y vivencial, la trascendencia de su mensaje se ha ido acrecentando con la propia evolución de la humanidad. Nunca, como ahora, Jesús ha sido tan grande y tan necesario para la perspectiva vivencial del hombre, y, probablemente, lo será más en el futuro.
Al decir el ángel que le dará el trono de David, su padre, está, al mismo tiempo, legitimando la paternidad de José (puesto que María no pertenecía a la descendencia directa de la casa de David) y anunciando a María que su futuro personal tiene visos de felicidad, porque le está anticipando que su esposo no la va repudiar.
La “casa de Jacob” = Israel, y la acción de “reinar para siempre” + “reino que no tendrá fin” son figuras literarias. No estamos ante un “reinado” al uso mundano. Cristo se lo confirma a Pilato en Jn. 18, 36 ( “mi reino no es de este mundo”). La “casa de Jacob” adquiere así un carácter universal que hasta ese momento no había tenido. Cristo reina en otro plano, nos acerca un reino nuevo, una vida diferente que carece del mayor de sus aspectos negativos: la muerte. El Bautista lo preconiza después en Mt. 3, 2 («Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos.»)y Jesús mismo lo corrobora en Mt. 4, 17 (Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: «Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado.»).
Mt. 1, 18-25
18 El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo. 19 José su marido, como era justo, y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente. 20 Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. 21 Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. 22 Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta, cuando dijo:
23 He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo,
Y llamarás su nombre Enmanuel,
que traducido es: Dios con nosotros. 24 Y despertando José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer. 25 Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre JESÚS.
El presente pasaje es una segunda visión de la anunciación. Mientras que Lucas refleja la anunciación lógica: de Dios (a través del ángel) directamente a la madre de Jesús; Mateo, prácticamente ignora la madre para reflejar la justificación de José. La cultura hebrea es tremendamente patriarcal, por lo tanto, para el evangelista tiene mucha mayor relevancia lo que sucede con el “patriarca”, en este caso José, que lo acaecido con el centro de la encarnación: la madre.
Da la sensación de que José interviene en la historia de Cristo, “por casualidad o necesidad”, como simple instrumento de adaptación de la genealogía de Jesús hasta hacerla remontarse a David. La tradición hebraica haría impensable otra posibilidad. La promesa y profecía así lo afirman, y cualquier otra posibilidad, a priori, es descartada; por lo tanto, es imprescindible contar con un nexo de unión entre Jesús y la “casa de David”, imposible de encontrar por la ascendencia de María.
La coincidencia de ambos evangelistas en la situación jurídica de los cónyuges (desposados), así como la mención por ambos de la ausencia de relaciones sexuales, da solidez a la tradición y parece apoyar la virginidad biológica de María. Vuelvo a repetir que es algo que no me preocupa en absoluto y me inclino más por pensar que esta calificación obedece más a una justificación cultural que a una realidad biológica.
El desposorio era un status equivalente a nuestro noviazgo, pero con más enjundia y seriedad. El siguiente paso era el matrimonio en sí, pero se trataba de una ceremonia que prácticamente se reduce al traslado de la esposa al domicilio del marido. En la situación en que ambos se encontraban, si bien su compromiso ya era firme, probablemente por designio y acuerdo de los padres de ambos, las relaciones sexuales no eran posibles, legalmente, quedaba el último rito para poder acceder a la plenitud matrimonial. No es extraño, entonces, la sorpresa de José al conocer el embarazo de María.
El pensamiento más lógico e inmediato que atraviesa la mente de José es la infidelidad de su esposa, y su reacción, también acorde con la ley es el repudio de la misma y la ruptura del compromiso matrimonial.
Nada se dice de la divulgación de esta situación entre sus vecinos, pero no es difícil suponer que en una pequeña aldea, como era Nazaret, el embarazo de María “antes de tiempo” no pudo pasar inadvertido y los rumores, críticas, chascarrillos y maledicencias sobre la pareja estarían en boca de todos. Si, además, se conocía que el padre de la criatura no era José, podemos imaginar lo violento de la situación para José y para María.
El repudio, en caso de que José lo hubiese llevado a cabo, hubiese significado para María un estigma imborrable para el resto de sus días, por lo tanto, José debió meditar muy mucho la decisión que debía adoptar, por las consecuencias que su opción acarrearía a la otra persona.
Del pasaje anterior algo que siempre me ha llamado la atención es la docilidad de José y la experiencia religiosa que él extrae de los acontecimientos que le sobrevienen.
De José, históricamente, a través de los textos evangélicos, nada se sabe. Tras estas apariciones efímeras en los comienzos del Evangelio se diluye en el olvido más absoluto. Obviamente tuvo que tener una importancia fundamental en la educación y formación cultural de Jesús. Probablemente le enseñó el oficio de carpintero que él desempeñaba, posiblemente sabía leer y así se lo transmitió a su hijo putativo. Incluso le inculcó el conocimiento de las Escrituras y la participación en las celebraciones religiosas de la sinagoga de su pueblo.
La práctica desaparición de José a lo largo de la vida pública de Jesús nos lleva a pensar que probablemente murió antes del cenit en la vida de Cristo. Si no fue así resultaría difícil de entender su falta de compañía al lado de su hijo y su mujer en los pasajes posteriores del Evangelio.
Reconocemos el lado humano de José igual que antes Zacarías y la propia María. Le sobreviene el miedo y la duda, pero a pesar de ello confía en la palabra que le es dada. Aparece la experiencia de fe de José. Una experiencia ajena a la lógica, ajena a las consideraciones humanas, a todo cuanto racionalmente puede pedirse a un hombre. Sin embargo, él cree y confía. Deja su destino en manos de Dios. Eso es fe, la respuesta del hombre a la intervención misteriosa de Dios.
Acepta a María, según la Escritura, a pesar de llevar en su seno un hijo que supuestamente no era suyo.
Resulta ejemplarizante su creencia y pragmatismo religioso. Nunca debemos juzgar (y condenar) a los otros por las apariencias que sus actos nos reflejan. La realidad no siempre se corresponde con lo que parece. Sólo Dios está capacitado para ejercer ese juicio justo porque conoce la realidad interior de cada uno de forma global y absoluta.
Por otro lado, predomina el sentimiento de amor y respeto de José hacia María, por encima de las dudas que pudieran acometerle sobre la honestidad de su esposa.
El amor es el sentimiento motor y fundamental que nos vamos a encontrar a lo largo y ancho de la existencia pública de Cristo. Es la base de su predicación y su ejemplo. El mayor atributo de Dios.
El versículo 25 Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito; y le puso por nombre JESÚS resulta chocante y sorprendente, respecto de la tradición y el resto de los textos evangélicos. Si partimos de la base de que “conocer” en la cultura hebrea, y en el contexto bíblico más concretamente, implica la relación íntima entre dos personas (incluida la sexual), esta frase conlleva un mensaje inequívoco: José “conoció” (tuvo relaciones sexuales) a María tras el parto de ésta, por lo tanto, la figura de los “hermanos” de Jesús que más adelante aparecerá en los textos evangélicos no sería retórica, sino real y plenamente natural. Es decir, nos encontraríamos ante una familia “normal”, dentro del contexto histórico en el que se desenvuelve, salvo por el hecho de que el primer hijo (el primogénito) no tiene como padre al marido y patriarca de la familia.
La profecía mencionada en este pasaje proviene de Is 7, 14(Pues bien, el Señor mismo va a daros una señal: He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel). Intentar leer el NT de forma aislada con el AT es una costumbre vana e inútil. El NT está permanentemente atravesado por citas, tradiciones y reminiscencias de la historia anterior de Israel. No podría ser de otra manera en un pueblo celoso de sus tradiciones, orgulloso de su historia y con plena conciencia y convencimiento de ser un pueblo “elegido” por Dios. Israel es EL PUEBLO DE DIOS, su heredad, por lo tanto, cualquier acontecer pasado, presente o futuro, tiene una reminiscencia divina. La venida del Mesías no puede ser de otra manera, especialmente porque estamos ante el clímax de la teología judía. La sentencia de Isaías no ha lugar a interpretaciones: los vocablos “doncella” y “encinta” alejan cualquier duda sobre la intervención divina. Especialmente si nos remontamos al origen de la sentencia y a su contexto histórico: estamos ante una señal directa de Yahweh.
Lc. 1, 39-45
39 En aquellos días, levantándose María, fue deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; 40 y entró en casa de Zacarías, y saludó a Elisabet. 41 Y aconteció que cuando oyó Elisabet la salutación de María, la criatura saltó en su vientre; y Elisabet fue llena del Espíritu Santo, 42 y exclamó a gran voz, y dijo: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. 43 ¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí? 44 Porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. 45 Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor.
Sólo la intervención del Espíritu Santo es el medio para que los hombres puedan acercarse a las maravillas del hacer divino.
Isabel no podría haber confeccionado por sí misma el maravilloso saludo que le dedicó a María. Un saludo que después se ha convertido en parte de la oración por excelencia dedicada a María. De la misma forma el Espíritu de Dios hace que Isabel proclame la grandeza de la Madre de Jesús.
Con Isabel tenemos el contrapunto de María. Estamos ante una mujer casada con un sacerdote de Dios, que vive en una ciudad de Judea y que debemos suponer disfrutaba de una posición social y económica bien distinta de la María. Se trata de alguien considerada socialmente, con una posición estable, dentro de un ámbito elitista en la sociedad judía.
Probablemente María se dirige a casa de su prima apoyándose en esta situación para buscar consuelo, comprensión y ayuda ante su situación personal “delicada” (embarazada antes del matrimonio).
Isabel, por su parte, no sólo la acoge y comprende, sino que ensalza la condición de su prima y se reconoce, a los ojos de Dios, en un plano inferior por cuanto se encuentra ente la Madre de Dios.
María se convierte así en la madre de todos los hombres porque lleva en su vientre al que nos reconcilia con Dios. Al que derrama su amor por nosotros hasta el punto de entregarse en la cruz por la salvación de la humanidad.
Es de apreciar también la humildad de ambas. María al visitar a su prima. Isabel al reconocer en María no solamente a un familiar cercano, sino a la más grande de las mujeres nacidas de otra mujer. Bendita (bien dicha, se dirá bien de ti) entre todas las mujeres. María ha recibido el mayor honor que le puede caber a un humano: dar cobijo al Bendito entre todos: a Jesús.
Nuevamente aparece la figura del Espíritu Santo, y ya se convertirá, a lo largo del Evangelio, en una constante al lado de Cristo y sus vicisitudes. Es la culminación de la economía de la revelación: la aparición, incluso de forma simultánea, de las tres personas de la Trinidad. Dios se revela al mundo tal y como es. El Señor considera que la humanidad está en disposición de asimilar su realidad, al menos en lo que le sea posible, y nos revela su personalidad una y trina.
Vayamos a la escena y tomemos las palabras que continúan conformando la oración por excelencia dedicada, por la tradición, a María:
42 y exclamó a gran voz, y dijo: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre (versión Valera-Reina)
42 y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno (versión Nácar-Colunga y Biblia de Jerusalén)
La versión de Casiodoro-Reina recoge parte de la salutación de Isabel “Bendita entre las mujeres”, además de en este pasaje, también en la salutación del ángel Gabriel a María en el momento de la anunciación, por ello no lo hemos tratado antes, para tratarlo ahora, junto con el resto de las versiones.
“Bendito el fruto de tu vientre” es una reminiscencia de Dt. 28, 4 (Bendito será el fruto de tus entrañas, el producto de tu suelo, el fruto de tu ganado, el parto de tus vacas y las crías de tus ovejas) (nuevamente encontramos las llamadas al AT), mientras que “bendita entre todas las mujeres” proviene de Jdt 13, 18 (Ozías dijo a Judit: «¡Bendita seas, hija del Dios Altísimo más que todas las mujeres de la tierra!. Y bendito sea Dios, el Señor, Creador del cielo y de la tierra, que te ha guiado para cortar la cabeza del jefe de nuestros enemigos).
No es de extrañar estas ilaciones con las Escrituras, si tenemos en cuenta la cultura, formación e inspiración del evangelista. Si no él, por sí mismo, es indudable que su maestro (Pablo de Tarso) conocía perfectamente las Escrituras y la recurrencia a citas anteriores al momento histórico del hecho que se narra son apropiadas.
Al margen de estas consideraciones teológicas, la elevación de María por encima del resto de las mujeres de la tierra (bendita tú entre todas las mujeres) es la constatación de un hecho indiscutible desde la experiencia de fe de los personajes intervinientes. Isabel recibe la revelación de que el hijo que María lleva en su seno es el Mesías, el Ungido, el Cristo. La culminación histórica de los creyentes. Isabel es la receptora de un inmenso mensaje: tienes ante ti a una persona elegida por Dios directamente y a la que le ha conferido el honor de gestar y parir a la forma humana de su Hijo. En nuestra vida cotidiana muchas veces nos llegan mensajes similares (no de tal trascendencia, obviamente, porque este mensaje es único en la historia) y somos incapaces de descifrarlos, porque nuestro entendimiento está ofuscado con la inmediatez de los cotidiano o la materialidad de nuestro afán. Así cuando nos enfrentamos cara a cara con la miseria, la pobreza, la marginación y la violencia humanas, somos incapaces de percibir el mensaje que Dios nos está transmitiendo desde las víctimas: En estos hermanos “pequeños” estoy Yo. Como mucho alcanzamos a articular una mueca de desagrado, molestia o fastidio por la conciencia que se nos revela en el espejo de los demás, pero somos incapaces de descubrir al Dios vivo en su realidad más patente.
Isabel ha sabido, o podido, con ayuda del Espíritu, no sólo reconocer la bendición de que es objeto María, sino, obviamente, La razón por la que es bendecida, lo que lleva en su vientre: Jesús, Hijo de Dios.
Lc. 1, 46-55
Lo que sigue es el “Magnificat”, una de las oraciones más sublimes de acción de gracias recogidas en cualquier texto evangélico, litúrgico o teológico. Es obvio que quien redactase esta oración era un gran conocedor de la Escritura, ya que la mayoría de sus proclamaciones son recreaciones de pasajes del A.T. (especialmente hay que remitirse al “canto de Ana” en 1 S 2, 1-10 (Entonces Ana dijo esta oración: «Mi corazón exulta en Yahveh, mi cuerno se levanta en Dios, mi boca se dilata contra mis enemigos, porque me he gozado en tu socorro. No hay Santo como Yahveh, (porque nadie fuera de ti), ni roca como nuestro Dios. No multipliquéis palabras altaneras. No salga de vuestra boca la arrogancia. Dios de sabiduría es Yahveh, suyo es juzgar las acciones. El arco de los fuertes se ha quebrado, los que tambalean se ciñen de fuerza. Los hartos se contratan por pan, los hambrientos dejan su trabajo. La estéril da a luz siete veces, la de muchos hijos se marchita. Yahveh da muerte y vida, hace bajar al sheol y retornar. Yahveh enriquece y despoja, abate y ensalza. Levanta del polvo al humilde, alza del muladar al indigente para hacerle sentar junto a los nobles, y darle en heredad trono de gloria, pues de Yahveh los pilares de la tierra y sobre ellos ha sentado el universo. Guarda los pasos de sus fieles, y los malos perecen en tinieblas, (pues que no por la fuerza triunfa el hombre). Yahveh, ¡quebrantados sus rivales! el Altísimo truena desde el cielo. Yahveh juzga los confines de la tierra, da pujanza a su Rey, exalta el cuerno de su Ungido. »). Dada la importancia de este pasaje, uno de los más fundamentales y bellos del Evangelio, lo recojo en tres versiones de la Biblia.
No me preocupa que María no haya pronunciado textualmente estas palabras. Probablemente no lo hizo, si tenemos en cuenta que históricamente estamos hablando de una mujer sumamente joven, campesina y con una formación cultural elemental. Un miembro de los “Anawin” (los pobres de Yahveh). Lo grandioso es el contenido y significado de su interior. Contiene tal volumen de reconocimientos y proclamaciones que merece la pena examinarla detenidamente.
VERSION CASIODORO-REINA
VERSION BIBLIA DE JERUSALEN
VERSION NACAR-COLUNGA
46 Entonces María dijo: Mi alma engrandece al Señor
46 Y dijo María: Engrandece mi alma al Señor
46 Dijo María: Engrandece mi alma al Señor
El antecedente de esta primera proclamación podemos encontrarlo en el Salmo 34, 4 (Guimel. ¡Magnificad conmigo a Yahveh, ensalcemos a una su nombre!,)así como a 1 S 2,1 (Entonces Ana dijo esta oración: Mi corazón exulta en Yahveh, mi cuerno se levanta en Dios, mi boca se dilata contra mis enemigos, porque me he gozado en tu socorro). El alma, la parte inmaterial del hombre si lo miramos desde la óptica griega (San Lucas poseía una cultura helenística) (para los hebreos el alma era la “esencia” de la persona) se pone al servicio de la grandeza de Dios. Reconoce su altitud y su enorme diferencia con la finitud humana. Engrandece y magnifica a Dios porque Él está por encima de nosotros. Su poder es inmenso e inalcanzable para nosotros y nuestra capacidad de comprensión. Dios no es otro ente igual sino EL ENTE por excelencia, el más grande, nada hay por encima de Él. Por ello, al sentir su presencia y su intervención en nuestra historia, en la de cada uno de nosotros, no podemos hacer otra cosa que engrandecerle (magnificarle) a través de la parte de nosotros que puede entrar en contacto con Él (nuestra alma).
47 y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador
47 y exulta de júbilo mi espíritu en Dios mi Salvador.
Su origen puede estar en 1 S 2, 1. Aun reconociendo su grandeza y su diferencia con nosotros, nuestro espíritu procede de Él y su sola contemplación, la percepción de que el Creador se ha fijado en cualquiera de nosotros, acerca nuestro espíritu al suyo y por lo tanto encuentra su complementariedad. La expresión máxima de la alegría y totalidad existencial. Él es, además, EL SALVADOR, porque su cercanía nos cubre y ampara del mal. No de los males físicos o materiales, que son inherentes a nuestra naturaleza material, sino al mal espiritual (pecado). Su apoyo nos permite solventar y percibir la existencia con otra óptica. Con la óptica de la esperanza y la “salvación”. La salvación no es otra cosa que la aproximación a Dios. Él es la plenitud y su acción es salvífica por sí misma, puesto que representa la justicia y paz total. La salvación implica la libertad, la verdadera libertad, cuando ésta sólo puede ser contemplada desde la perspectiva de la liberación que la proximidad de Dios implica sobre la esclavitud del pecado y la idolatría materialista.
48 porque ha mirado la humildad de su sierva
Es el reconocimiento de la humildad y sumisión del hombre a los designios de Dios, sin que ello implique esclavitud sobre su voluntad. Dios nos hace y crea libres. María se reconoce sierva de Dios (a su servicio), reconoce lo poca cosa que significa la persona en comparación con la amplitud de Dios. También está manifestando María el honor que supone que Él se haya fijado en ella para la misión encomendada. Sin embargo, a pesar de la diferencia Él mira a los hombres. Mirar no sólo es fijar la vista, es contemplar al hombre como algo amado y querido. La servidumbre aquí expresada, la puesta a su servicio explicita la voluntad de María de seguir su voluntad y sus designios, de forma libre y voluntaria, no por la imposición de Dios, sino por convencimiento de que es lo más conveniente y deseado por Él. María percibe que Dios se ha fijado en ella, y esta circunstancia le impele para ponerse a su servicio y cumplir su voluntad. Podría rechazar la “mirada” de Dios, muchas veces lo hacemos todos nosotros, pero ella acepta la deferencia que Él ha tenido y se somete a su voluntad. No sabe para qué, ni en qué consistirá su voluntad, pero realiza un acto de fe en el Creador, con libertad y sin condiciones.
Dios mira a todos los hombres, Él nos ofrece su amor y protección, lo que sucede es que nosotros, en muchas ocasiones preferimos mirar para otro lado y acogernos a la mirada fácil de los ídolos materiales, poniéndonos a su servicio. En otras palabras, esto es el pecado. El rechazo a la mirada de Dios, a su compañía.
por eso todas las generaciones me llamarán bienaventurada
Esta es la verdad más universal referida a María. Desde este momento la Madre de Dios, cuando es reconocida como tal por los creyentes, sólo puede ser bendecida y bienaventurada. Sobre ella ha recaído la mayor de las venturas (bienaventurada), llevar en su seno al que ha de ser el Salvador y Reconciliador del mundo con Dios. María no va a dar a luz un gran personaje histórico que pudiera introducir en la sociedad de su tiempo el germen del cambio político o social, como creían los hebreos habría de ser la figura del Mesías, sino que va a dar constitución material humana a la encarnación del Verbo. María se convierte así en el vehículo de intermediación por excelencia entre Dios y los hombres. María es una criatura humana, como nosotros. Reúne nuestras mismas características. Tiene miedo, dudas, preocupaciones cotidianas, etc., pero tiene algo que jamás tuvo ni tendrá mujer alguna: es la elegida para traer al mundo al ungido, al Cristo.
Dios, una vez más, se inclina por los débiles. En el contexto histórico de estos acontecimientos, dentro de la sociedad hebrea, la mujer constituía el núcleo de marginación más numeroso: en la práctica carecía de derechos civiles, sociales y políticos, estaba sometida en toda su existencia a los hombres, podía ser repudiada con una simple declaración del hombre, en caso de adulterio podía ser dilapidada, carecía de potestad sobre bienes y hacienda, las viudas eran consideradas como objetos marginales. Sólo eran instrumentos de procreación y trabajo. En lo referido a la religión mosaica se les impedía la lectura e interpretación pública de las Escrituras, en las sinagogas ocupaban un lugar aparte del de los hombres, incluso físicamente se situaban en un escalón inferior dentro de la asamblea sin derecho a manifestación de sus pensamientos y en los tribunales su testimonio carecía de valor.
Dios ignora todas estas circunstancias sociales, políticas y religiosas. Elige a una mujer, a una mujer humilde y le otorga la gracia de ser la portadora del Redentor. Rompe la lógica humana y sus estructuras y enaltece a la mujer. La equipara al hombre, e incluso la eleva por encima de él.
Desde ese momento la mujer en general, en la persona de María, pasa a ser bienaventurada, porque Dios dignifica y eleva el hecho de la maternidad sin tener en cuenta los condicionamientos sociales. Él podría haberse encarnado sin intervención humana. Podría haber aparecido en la Tierra revestido de toda su dignidad y majestuosidad. Sin embargo, prefiere utilizar un vehículo humano para dar al misterio de la encarnación su verdadera dimensión humana. Jesús nace, como todos los hombres, de una mujer. Por ello, por su elección por Dios, en cuanto a su dimensión de mujer, María se eleva, y con ella todas las mujeres, a la dignidad propia de cualquier ser humano, pero en mayor medida quien, por su aceptación del designio divino, está destinada a traer al mundo al Hijo del Hombre y por ello sólo puede ser considerada por las generaciones futuras como afortunada (ventura) con la gracia de Dios (bien).
49 Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso Santo es su nombre
49 Porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso Santo es su nombre
49 porque ha hecho en mi maravillas el Poderoso cuyo nombre es Santo
María reconoce, mediante esta expresión, proveniente del Sal. 107, 8 (¡Den gracias a Yahveh por su amor, por sus prodigios con los hijos de Adán! ),varias cosas importantísimas para los creyentes.
La primera es el poder de Dios para intervenir en la historia humana. Dios no existe al margen de los hombres. Él vive con nosotros, a nuestro lado, frente a nosotros y en nuestro interior. Sólo es preciso reconocerle. Estamos ante un Dios vivo que interviene en nuestras vidas. Empujándonos, ayudándonos, sosteniéndonos, dando ánimos y atendiendo nuestras súplicas y oraciones. Perdonando nuestras ofensas y acogiendo nuestras miserias, pero respetando escrupulosamente nuestra libertad, jamás imponiendo su voluntad sin contar con la del hombre. Dios no maneja nuestras vidas ni las manipula. Se manifiesta a través de su palabra, pero se abstiene de dirigir nuestro discurso. Si le aceptamos, a nuestro lado está. Si le rechazamos, se retira. Si le volvemos a llamar, disculpa y vuelve a nuestro lado. Es su manifestación del amor. Así hizo con María. Se le manifestó a través de su mensajero. Le mostró sus maravillas, pero dejó a María la decisión de aceptar, o no, sus propuestas. Una vez que aceptamos a Dios, a su amor, Él nos explicita su poder. Una vez que depositamos en Él nuestra fe y nuestra confianza, nos traslada sus maravillas. Con la intervención de su palabra cambia nuestra vida. A través del cristal de Dios nuestra existencia cambia de aspecto. Ya no estamos solos ante el mundo y sus miserias. Tenemos a nuestro lado el “favor” del “Poderoso” y mediante su intervención podremos contemplar sus “maravillas”.
María reconoce el favor del Creador. Él la ha elegido y enaltecido. Ella ha aceptado su elección y reconoce la maravilla que Dios le propone: ser la Madre de Dios.
La segunda, y no menos importante verdad manifestada por María es el reconocimiento del nombre de Dios.
Estamos ante una anticipación de la oración de oraciones: “El Padrenuestro”, que Jesús proclamará en el Sermón de la Montaña.
Santo significa enaltecido, elevado, por encima de todo. Ligar este vocablo al sustantivo “nombre” tiene una enorme importancia.
Nada existe si carece de nombre. El nombre (dentro de la cultura hebrea en que nos estamos moviendo) implica identidad y características. Para los judíos, y para los hebreos en general, está vedado pronunciar el nombre de Dios (YHVH). Utilizan multitud de subterfugios para evitar su pronunciación. Lo sustituyen por innumerables vocablos: Ehloí, Adonai, Jehová, etc.
María, inmersa en esa cultura religiosa, sigue el mismo denominador. Evita la pronunciaciación del nombre de Dios, el que Él mismo reveló a Moisés (YHVH) y lo sustituye por el nombre mayor entre todos: SANTO. Es la misma idea que subyace en el “Padrenuestro”: Santificado sea de tu nombre (elevado, magnificado, proclamado, elevado por encima de todo). Llamar Santo a Dios es reconocer su grandeza y elevación por encima de cualquier otra persona o cosa. Es lo que María constata.
50 Y su misericordia es de generación en generación a los que le temen.
50 Y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen
50 Su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen
Aunque con ligeros matices semánticos, las tres versiones coinciden en el texto.
¿Qué proclama María en esta frase?, ¿qué intenta darnos a conocer con ella?, ¿de donde procede o toma María esta proclamación?.
Esta frase procede de Dt. 5, 10 (“y tengo misericordia por mil generaciones con los que me aman y guardan mis mandamientos.”). Es el momento cumbre en que Dios da a conocer a su pueblo el Decálogo, a través de Moisés. Resulta obvio que quien pronuncia esta frase conoce las Escrituras, aunque cambia el término “aman” por el de “temen”, quizá para dar mayor énfasis a la proclamación.
Detengámonos en la frase porque contiene uno de los atributos de Dios: “Misericordia”. Un sustantivo repetido hasta la saciedad a lo largo de la Biblia.
Pero ¿qué entendemos por misericordia?. El Catecismo de la Iglesia Católica, en su artículo 269 nos dice: “por su misericordia infinita (la de Dios), pues muestra su poder en el más alto grado perdonando libremente los pecados.” Y en el 1050: “Gracias a su misericordia, nosotros también, hombres, hemos recibido la promesa indefectible de la vida eterna “. El Diccionario de la Real Academia Española la define como: “Atributo de Dios, en cuya virtud, sin sentir tristeza o compasión por los pecados y miserias de sus criaturas, los perdona y remedia”.
Estamos, por tanto, ante uno de los más significativos y grandiosos atributos de Dios. La capacidad de perdonar. De perdonar sin preguntar, de forma gratuita y definitiva. El perdón, como ejercicio de la misericordia es la mayor muestra de amor que un ser puede ofrecer a otro. La misericordia condicionada no es tal, sino mercadería. El propio Jesús, posteriormente nos lo dirá claramente en Mt. 9,13 (“misericordia quiero y no sacrificios”).
No debemos entender la segunda parte de la cita del Deuteronomio como un condicionante de Dios para ofrecer su misericordia, sino una consecuencia lógica. Quien no conoce a Dios no puede pedir su misericordia. La situación de NO-DIOS=PECADO implica la negación de Dios, el desconocimiento voluntario de su voluntad, de sus virtudes y atributos, por lo tanto no podemos solicitar algo que no aceptamos como existente. El extrañamiento de Dios en la vida del hombre produce indefectiblemente el alejamiento de sus dones y la ausencia de su paternidad. No es que Dios nos pida que le temamos (o amemos) como condición inexcusable para disfrutar de su misericordia, es que es imposible acercarse a Él si tú mismo le expulsas de tu vida.
La compañía de Dios (el amarle o conocerle) conlleva su amor y el ejercicio supremo del mismo. Dios nos ama, incluso aunque nosotros le denostemos, aunque pequemos contra Él o sus criaturas. En el ejercicio de éste su amor por nosotros nos ofrece su infinita misericordia desde el momento que volvemos nuestra alma hacia Él (con lo que mostramos nuestro amor y temor por Él) en demanda de su misericordia.
51 Hizo proezas con su brazo esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones.
51 Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón
51 Desplegó el poder de su brazo y dispersó a los que se engríen con los pensamientos de su corazón
Su origen podemos buscarlo en Prov. 3, 34 (Con los arrogantes es también arrogante, otorga su favor a los pobres y en Sam I, 2, 3: No multipliquéis palabras altaneras. No salga de vuestra boca la arrogancia. Dios de sabiduría es Yahveh, suyo es juzgar las acciones).
Puntualicemos primero lo que en la época histórica de María, y en general en la cultura hebraica, se entendía por corazón. Esta cultura distingue plenamente entre corazón y espíritu. El corazón es para los hebreos lo que para nosotros es la mente. El corazón no es una víscera bombeadora de sangre, sino todo el conjunto de pensamientos, ideologías y haceres de la persona. Bien distinto de lo que consideran espíritu, que representa el conjunto de sentimientos y fe.
Una vez realizada esta precisión acometemos el análisis de la proclamación de María. No es otro su significado que el reconocimiento del poder de Dios para difuminar el enaltecimiento de los sabios. Es la anticipación de las palabras de Cristo de Mt. 11, 25 (En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños ) y la correspondencia de Lc. 10, 21. Dentro de esta constatación tienen cabida los engreídos, los soberbios, los que por conocer alguna parcela concreta de la ciencia piensan estar en la posesión de la verdad absoluta y reflejan su desprecio por quien, por una u otra razón, carece del conocimiento adquirido por ellos. También están incluidos, y muy especialmente, quienes por disponer de conocimientos culturales o teológicos, imponen a los demás su altivez y pensamiento, haciendo anatema de todo lo no que se adapte a su esquema. El conocer las escrituras, el memorizar la Palabra no es causa justificante para colocarse por encima de quien vive una experiencia religiosa más simple y entiende esa misma palabra desde la sencillez del pueblo, ya que ello no supone mas que otra forma de opresión.
La proclamación de María viene a ser la antítesis de la prepotencia y la soberbia, vamos hacia el paradigma de la tolerancia de Jesús, hacia la humildad de Cristo. Nadie es más que otro porque tenga más conocimientos o cultura. Nadie es más por afincarse en una u otra ideología. Todos tienen cabida en Dios, nadie es despreciado por sus capacidades o adscripciones, pero no dentro de un escalafón, como en las estructuras sociales imperantes, sino en plano de igualdad. Dios se encargará de dispersar el engreimiento y la soberbia de cada cual para colocarle en la dimensión que le corresponde con el resto de los hermanos.
De esta actitud novedosa de María, nos dará numerosas muestras su Hijo a lo largo de los textos siguientes. Veremos que es una constante en la predicación de Cristo.
La frase “hizo proezas con su brazo” o la equivalente en las otras versiones, no es un adorno o expresión banal.
Es una constante del AT la mención de admiración o temor hacia la fuerza del “brazo de Dios” (o mano). El brazo, o la mano (de Dios) significa para los hebreos la manifestación del poder de Dios. Es el instrumento material de que Él se sirve para ejercitar su poder sobre los hombres. El brazo es el símbolo “asumible” para el conocimiento de la cultura de los tiempos de Jesús (y de María) de la manifestación del poder divino. Con el brazo se trabaja, se transforma, se lucha y se mata al enemigo. El “brazo de Dios”, es pues, la herramienta de acción del Señor. P. ej. Vemos en Deut. 7, 19 (“de las grandes pruebas que tus ojos vieron, las señales y prodigios, la mano fuerte y el tenso brazo con que Yahweh tu Dios te sacó (de Egipto). Lo mismo hará Yahweh tu Dios con todos los pueblos a los que temes” ) o en Deut. 9, 29 (“Pero ellos (Israel) son tu pueblo, tu heredad, aquellos a quienes tú sacaste (de Egipto) con tu gran fuerza y tu tenso brazo”)y tantos otros ejemplos. Explicita el temor que el pueblo hebreo tenía a la acción del “brazo de Dios”, ya que no existe fuerza que pudiera contraponérsele. La acción de este poder es la que María proclama para el menoscabo de los soberbios y orgullosos, mediante su aplicación, Dios salvó a los israelitas de sus enemigos e impuso su fuerza ante los poderosos.
52 Quitó de los tronos a los poderosos y exaltó a los humildes.
52 Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes
52 Derribó a los potentados de sus tronos y ensalzó a los humildes
Nos encontramos ante una de nuestras mayores preocupaciones contemporáneas, pero ya debía serlo en aquella época. De cierto que el “diosecillo” principal de la pléyade humana está en el contenido de esta proclamación de María.
El poder como instrumento de dominación de unos hombres sobre otros es y ha sido el objetivo prioritario de la humanidad a todos los niveles, en el plano familiar, local, comarcal, nacional o universal. Entre clases sociales o entre etnias. Entre religiones e ideologías.
Estamos ante la abolición por la justicia de Dios de la dominación del hombre por el hombre. María proclama la acción justiciera de Dios en el sentido más literal. Todos los hombres son hijos de Dios, por lo tanto no tiene cabida dentro de la comunidad la opresión de minorías sobre mayorías, ni siquiera de mayorías sobre minorías. La frase representa la subversión del orden establecido por mor de clase social, poder económico o político, cultura e ideología dominante, etc.
Para Dios no existen tales categorías. Su justicia real se implanta con equidad y para ello es necesario exaltar a los humildes en detrimento de los poderosos. Una vez más contemplamos una anticipación de la predicación de Jesús, quien, a lo largo de su vida tomó partido de forma preclara por los humildes, a quienes hizo sus amigos, sus hermanos y con quienes compartió predicación y comida en contraposición a la clase dominante de su tiempo (fariseos, saduceos, herodianos, escribas y sacerdotes) a quienes criticó abiertamente.
Es un ejemplo del orden imperante en el Reino de Dios que Jesús estableció con su venida. Un Reino que aún está por construirse y que es nuestra misión llevar a cabo por las sendas marcadas por Cristo.
El origen de esta proclamación podremos encontrarlo en el libro del Eclesiastés 33, 12 (A unos los bendijo y ensalzó, los santificó y los puso junto a sí; a otros los maldijo y humilló y los derribó de su puesto” ) y en 1 S 2, 4 (El arco de los fuertes se ha quebrado, los que tambalean se ciñen de fuerza).
Es perfectamente vano e inútil acaparar poder terrenal porque ello implicará indefectiblemente la opresión del objeto del poder. La acumulación de poder pervierte nuestro espíritu, desviando nuestra atención sobre las circunstancias esenciales de nuestra existencia. Nosotros no somos nada por nosotros mismos, lo somos en cuanto reflejo de y hacia los demás. Si ese reflejo lo realizamos mediante el ejercicio de la dominación, nuestra esencia se pervierte, nuestra atención se concentra en la conservación del status y nos alejamos de Dios sustituyéndole por el ídolo adquirido, usurpando la función divina contenida en la frase del Evangelio de San Mateo como final del “Padrenuestro”: porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.
El poder, en sí mismo no es negativo. Es el uso que de él hacen los hombres el que lo convierte en perverso, por cuanto contraviene el orden divino. El poder, como instrumento directivo u organizativo, usado en aras de una sociedad más libre, más justa y más igualitaria es un elemento más en la construcción del reino. El poder como arma coactiva y opresora envilece a quien lo ostenta y humilla a quien lo padece. Produce rencor e iniquidad y, fundamentalmente, desigualdad. Postulados, todos ellos, alejados de la voluntad de Dios a quien se está sometiendo María en estos instantes, y a la que debemos someternos todos nosotros, no por acción esclavista, sino por búsqueda de la auténtica justicia y libertad. Parece una incongruencia hablar de sometimiento a la voluntad de Dios, al mismo tiempo que manifestar que ese es el auténtico camino de libertad, sin embargo, no es así en absoluto. La voluntad de Dios no es una voluntad caprichosa y manipuladora. Tampoco está orientada hacia su propio beneficio. Dios no necesita beneficios. La voluntad de Dios lleva explícito su amor gratuito y su deseo real de felicidad para todos sus hijos, por ello el sometimiento a su voluntad que supone la máxima expresión del bien absoluto es el mayor acto libertario que podemos realizar. La dificultad está en discernir la verdadera voluntad de Dios, no la que nos cuentan o la que nos quieren imponer (otro ejercicio de poder humano y material, aunque pueda provenir de supuestos servidores de Dios). El camino o la orientación adecuada podemos encontrarla en lo reseñado más arriba respecto de nuestro reflejo en y hacia los demás. Si el reflejo es el bien hacia los otros y la justicia, estaremos en la senda apropiada. Vemos el diálogo de Jesús con un intérprete de la ley de Lc. 10, 25-28 (25 Y he aquí un intérprete de la ley se levantó y dijo, para probarle: Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna? 26 Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees? 27 Aquél, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. 28 Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás). Ahí es donde radica el verdadero camino hacia la voluntad de Dios: el prójimo, el otro, el hermano, el objeto de nuestro amor, tras el amor a Dios. Por ahí está la voluntad divina.
53 A los hambrientos colmó de bienes, y a los ricos envió vacíos.
53 A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada.
53 A los hambrientos los llenó de bienes y a los ricos los despidió vacíos
Volvamos al Salmo 34, 11( “Kaf. Empobrece los ricos y pasan hambre, pero a los que buscan a Yahveh no les falta bien alguno. Selah”) y a 1 S 2, 7-8 (Yahveh enriquece y despoja, abate y ensalza Levanta del polvo al humilde, alza del muladar al indigente para hacerle sentar junto a los nobles, y darle en heredad trono de gloria, pues de Yahveh los pilares de la tierra y sobre ellos ha sentado el universo). Éstos parecen ser los antecedentes de la proclamación ante la que nos encontramos, aunque podemos encontrar dentro del A.T. muchas más referencias a la voluntad divina de justicia social. Es una continuación de la proclamación inmediatamente anterior, pero referida más concretamente a los bienes y riquezas, a lo cotidiano y material. Al poder económico, en suma. Otro de los ídolos erigidos por los hombres en su caminar. Un sustituto fácil y asequible, tanto al entendimiento, como a las posibilidades finitas del hombre. Un dios que, sin embargo, está sordo y dormido y se constituye en un dios de muerte, ya que quien no le adora está muerto a la vida social establecida. La acumulación de riquezas es más un fin en sí mismo que un instrumento. Se acumulan riquezas para acumular más riquezas con las que obtener bienes y goces terrenales. La acaparación de riqueza conlleva la obnubilación y la minimización de otro objetivo que no sea la acumulación en sí misma. Para ello no se duda en utilizar el poder político, militar, ideológico, o de cualquier orden que tengamos a mano. Todo es válido para seguir sumando. Es quizá el ídolo más perverso de cuantos podemos acoger, por cuanto genera expoliación, desigualdad, injusticia, desequilibrio y corrupción. El poder político, por ejemplo, no siempre ha de ir asociado con poder económico o acumulación de riquezas, al tiempo que su detentación en las formas y fines adecuados trasciende a quien lo ostenta. La acumulación de riquezas (el poder económico) siempre lleva aparejado poder político usado para la opresión, ya que es imprescindible la detentación de poder político para mantener el poder económico y la sujeción de los oprimidos en su estrato. En todo caso, la riqueza en sí misma, no trasciende nunca a quien la ostenta.
¿Estamos quizá ante la culminación de la revolución socialista?. ¿Se convierte Dios en el Robin Hood que despoja a los ricos para dárselo a los pobres?. ¿Está proclamando María la redistribución de la riqueza y la desaparición de las clases sociales?. ¿Está María afirmando que en la lucha dialéctica entre las clases, ésta se decanta, por la intervención de Dios, por la clase humilde, para invertir la situación de injusticia en el mundo?. Creo que no. No es esa la orientación de María al proferir esta frase. Fijémonos que los tiempos verbales están en “pasado”, no en futuro. No es un deseo, sino una constatación. Es algo que ya ha ocurrido, que está ocurriendo constantemente. No se está refiriendo María a un cambio de estatus social material de la vida mundana. María nos dice lo que más adelante nos dirá Jesús en Lc. 12, 13-21 (13 Uno de la gente le dijo: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo.» 14 El le respondió: «¡Hombre! ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?» 15 Y les dijo: «Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes.» 16 Les dijo una parábola: «Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; 17 y pensaba entre sí, diciendo: "¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?" 18 Y dijo: "Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, y edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, 19 y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea." 20 Pero Dios le dijo: "¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?" 21 Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios.») ; Mt. 19, 16-24 (En esto se le acercó uno y le dijo: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?» 17 El le dijo: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.» 18 «¿Cuáles?» - le dice él. Y Jesús dijo: = «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, = 19 = honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo.» = 20 Dícele el joven: «Todo eso lo he guardado; ¿qué más me falta?» 21 Jesús le dijo: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme.» 22 Al oír estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes. 23 Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «Yo os aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos. 24 Os lo repito, es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de los Cielos.») y las correspondencias de Mc. 10, 17-31 y Lc. 18, 18-30; así como, especialmente, en Lc. 16, 25 (Parábola de Lázaro[Pero Abraham le dijo: "Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado]). Se está refiriendo a la vida con Dios, donde las riquezas materiales no cuentan y las clases sociales son una pesadilla del pasado. Nos está hablando del Reino de Dios. Tras la muerte material, los ricos pierden su aureola y ésta pasa a los pobres. Los que han disfrutado de bienes, poderes y placeres en la vida material han tenido su recompensa con su disfrute material, con la adoración de sus “diosecillos”. Los pobres, que nada han tenido pasan a ocupar el lugar de los potentados en recompensa a sus sufrimientos materiales. Esto, visto, así parece una simpleza, pero es una realidad. Obviamente habrá ricos a los que su fe les haya conducido a la contemplación de Dios y habrá pobres que en su debilidad y a causa de su sufrimiento se hayan alejado de Dios, pero son circunstancias particulares que sólo Dios podrá juzgar.
54 Socorrió a Israel su siervo, acordándose de su misericordia. 55 De la cual habló a nuestros padres para con Abraham y su descendencia para siempre.
54 Acogió a Israel, su siervo acordándose de la misericordia. 55 Como había anunciado a nuestros padres en favor de Abraham y de su linaje por los siglos.
54 Acogió a Israel, su siervo acordándose de la misericordia. 55 Según lo que le había prometido a nuestros padres, a Abraham y a su descendencia para siempre
Su origen podemos encontrarlo en Is. 41, 8-10 (Y tú, Israel, siervo mío, Jacob, a quien elegí, simiente de mi amigo Abraham; que te así desde los cabos de la tierra, y desde lo más remoto te llamé y te dije: «Siervo mío eres tú, te he escogido y no te he rechazado»: No temas, que contigo estoy yo; no receles, que yo soy tu Dios. Yo te he robustecido y te he ayudado, y te tengo asido con mi diestra justiciera). He preferido juntar ambas frases porque están íntimamente ligadas entre sí. Estamos ante la constatación que María hace, el recuerdo que realiza de la “promesa” de Yahveh a Abraham en Gen. 15, 4-5 (4 Mas he aquí que la palabra de Yahveh le dijo: «No te heredará ése, sino que te heredará uno que saldrá de tus entrañas.» 5 Y sacándole afuera, le dijo: «Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas.» Y le dijo: «Así será tu descendencia.») y Gen. 17, 1-9 (1 Cuando Abram tenía 99 años, se le apareció Yahveh y le dijo: «Yo soy El Sadday, anda en mi presencia y sé perfecto. 2 Yo establezco mi alianza entre nosotros dos, y te multiplicaré sobremanera.» 3 Cayó Abram rostro en tierra, y Dios le habló así: 4 «Por mi parte he aquí mi alianza contigo: serás padre de una muchedumbre de pueblos. 5 No te llamarás más Abram, sino que tu nombre será Abraham, pues padre de muchedumbre de pueblos te he constituido. 6 Te haré fecundo sobremanera, te convertiré en pueblos, y reyes saldrán de ti. 7 Y estableceré mi alianza entre nosotros dos, y con tu descendencia después de ti, de generación en generación: una alianza eterna, de ser yo el Dios tuyo y el de tu posteridad. 8 Yo te daré a ti y a tu posteridad la tierra en que andas como peregrino, todo el país de Canaán, en posesión perpetua, y yo seré el Dios de los tuyos.» 9Dijo Dios a Abraham: «Guarda, pues, mi alianza, tú y tu posteridad, de generación en generación), así como a la experiencia de Dios que el pueblo de Israel tiene a lo largo de toda su historia recogida en el A.T., especialmente en el libro del Éxodo.
Es la manifestación de María de que Yahveh es un Dios vivo. Un Dios que cumple siempre su palabra. Es un Dios que escucha y perdona (“acordándose de su misericordia”), un Dios paciente que arropa y acoge. Es la antítesis de los diosecillos materiales que duermen y están sordos a nuestras llamadas. Sólo esclavizan a sus invocadores, carecen de misericordia y poder de acogida.
Yahveh nos socorre a cada uno de nosotros cuando le invocamos, sólo necesitamos la fe de Abraham, la fe de Jacob (Israel) para obtener su misericordia y su amparo.
Dios no se cansa de estar con nosotros, no se cansa de ejercer su perdón porque Él es amor. Somos nosotros los que nos alejamos de Él. En muchas ocasiones renegamos de su presencia y la sustituimos por otras presencias más fáciles, como hizo Israel en el desierto a los pies del Sinaí. A pesar de ello, nos sigue amando y nos otorga su perdón nuevamente cuando volvemos nuestro rostro hacia su magnificencia.
Lc. 1, 56
56 Y se quedó María con ella como tres meses; después se volvió a su casa.
Hay varias razones por las que María podría haberse quedado con su prima Isabel, aunque el texto nada nos dice al respecto, pero dos de ellas parecen erigirse por encima de las demás.
En primer lugar podría haberse quedado con ella para ayudarla en sus quehaceres y cuidados durante su embarazo, tengamos en cuenta que cuando María acude a visitar a su prima, ésta está embarazada de 6 meses, que junto con los 3 meses que María pasa con ella, hacen los 9 de gestación lo que es razonable, puesto que Isabel era una mujer “mayor”, dentro de lo que este concepto podía significar en los textos evangélicos: alrededor de 40 años.
La segunda razón, y en mi opinión más creíble, consiste en su alejamiento de la maledicencia y rumores de su aldea. Estamos ante una mujer sumamente joven que se encuentra embarazada antes de estar casada, por lo tanto, a los ojos de sus convecinos, de sus amigos y familiares de Nazaret, nos encontramos ante una pecadora.
Lo cierto es que se alejó de su pueblo durante este período, pasado el cual volvió a su casa, suponemos que paterna.
Lc. 1, 57-66
57 Cuando a Elisabet se le cumplió el tiempo de su alumbramiento, dio a luz un hijo. 58 Y cuando oyeron los vecinos y los parientes que Dios había engrandecido para con ella su misericordia, se regocijaron con ella. 59 Aconteció que al octavo día vinieron para circuncidar al niño; y le llamaban con el nombre de su padre, Zacarías; 60 pero respondiendo su madre, dijo: No; se llamará Juan. 61 Le dijeron: ¿Por qué? No hay nadie en tu parentela que se llame con ese nombre. 62 Entonces preguntaron por señas a su padre, cómo le quería llamar. 63 Y pidiendo una tablilla, escribió, diciendo: Juan es su nombre. Y todos se maravillaron. 64 Al momento fue abierta su boca y suelta su lengua, y habló bendiciendo a Dios. 65 Y se llenaron de temor todos sus vecinos; y en todas las montañas de Judea se divulgaron todas estas cosas. 66 Y todos los que las oían las guardaban en su corazón, diciendo: ¿Quién, pues, será este niño? Y la mano del Señor estaba con él.
Juan (hebreo = Yahweh es misericordioso)
Imaginemos la sorpresa de los parientes de Isabel y Zacarías, cuando la pareja, tras muchos años de infertilidad aporta un nuevo ser a la comunidad, y en lugar de adaptarse a la costumbre y tradición judías (tradicionalmente se otorgaba el nombre del padre o de algún pariente anterior) se empeñan en ponerle un nombre ajeno a su clan.
El nombre hebreo es mucho más que un identificativo. El nombre da y otorga características a la persona que lo ostenta. El Bautista recibe su nombre (Juan), por voluntad de sus padres, en aplicación del anuncio del ángel Gabriel y como expresión del agradecimiento de la pareja a Dios por escuchar y atender sus oraciones acerca de su descendencia.
En esta escena comprobamos, una vez más, el grado de cumplimiento de Dios de sus promesas, ya sean realizadas personalmente, o a través de sus mensajeros (ángeles).
Gabriel “castigó” por su incredulidad a Zacarías con el impedimento de la emisión de palabras, con lo que ello significa en la cultura judía; y mediante el cumplimiento de la anunciación, Zacarías queda liberado de dicha limitación.
La recuperación del habla por Zacarías tiene un simbolismo religioso importante, puesto que implica su reinserción en la “normalidad”. No es extraño entonces el asombro y miedo de los parientes ante esta recuperación “milagrosa” de la normalidad en Zacarías.
Vamos a comprobar, a lo largo del Evangelio, y podemos constatarlo en los textos del AT que la intervención directa de Dios en la historia humana siempre produce desconcierto y temor. Estamos ante el miedo a lo incontrolado, a los hechos que superan nuestra capacidad de estratificar y controlar nuestras vivencias.
Jesús se encargará de dar a nuestra existencia la verdadera dimensión respecto de la realidad inmediata y nuestras misiones en Mt. 6, 25-34 (25 «Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? 26 Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? 27 Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida? 28 Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. 29 Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. 30 Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe? 31 No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? 32 Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. 33 Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. 34 Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal) y su correspondencia en Lc. 12, 22-31.
Es quizá el mayor de los pesos con que hemos de vivir: el de la incertidumbre ante lo venidero. Nuestra mente (el corazón para los judíos), necesita la “muleta” del control sobre el acontecer. Jesús nos ofrece la fe y confianza en Dios ante los acontecimientos. Desde la perspectiva de Cristo es mucho más fácil acometer la realidad circundante, aceptándola como llega, aunque nos resulte incontrolable, y depositando nuestra confianza en la “mano” de Dios y la ayuda del Espíritu Santo. Para el creyente es necesario depositar su confianza en el Creador y mirar hacia delante, de otra forma, el “agobio” de la cotidianidad acabará por mermar nuestra fe. Ello no significa dejación de funciones y acciones. El refranero popular español es muy rico en estos aspectos, y a propósito se me ocurre el sapientísimo: “a Dios rogando y con el mazo dando”. La fe y confianza en el apoyo de Dios no tiene sentido sin actividad. La parsimonia desembocaría en una suerte de predestinación que se aleja de nuestra esencia: seres libres. Santiago el menor en su carta lo afirma de forma categórica en St. 2, 14-26 (14 ¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: «Tengo fe», si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe? 15 Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, 16 y alguno de vosotros les dice: «Idos en paz, calentaos y hartaos», pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? 17 Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta. 18 Y al contrario, alguno podrá decir: «¿Tú tienes fe?; pues yo tengo obras. Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras mi fe. 19 ¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien. También los demonios lo creen y tiemblan. 20¿Quieres saber tú, insensato, que la fe sin obras es estéril? 21 Abraham nuestro padre ¿no alcanzó la justificación por las obras cuando = ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? = 22 ¿Ves cómo la fe cooperaba con sus obras y, por las obras, la fe alcanzó su perfección? 23 Y alcanzó pleno cumplimiento la Escritura que dice: = Creyó Abraham en Dios y le fue reputado como justicia = y fue llamado amigo de Dios.» 24 Ya veis cómo el hombre es justificado por las obras y no por la fe solamente. 25 Del mismo modo Rajab, la prostituta, ¿no quedó justificada por las obras dando hospedaje a los mensajeros y haciéndoles marchar por otro camino? 26 Porque así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta).
Otro de los símbolos que aparecen en este pequeño pasaje es la “mano de Dios”. La “mano”, el “brazo” de Dios es mucho más que una figura retórica o literaria. La mano o el brazo son el instrumento hacedor. Con la mano (o el brazo) se trabaja, se elabora, se lucha y se mata. La mano (o el brazo) de Dios representa la herramienta con que Dios manifiesta su poder ante los hombres. Debemos remitirnos a lo ya comentado respecto del “poder del brazo de Dios” al reflexionar sobre el Magnificat. El “brazo (mano) de Dios” sacó a los israelitas de Egipto, les guió por el desierto, les proporcionó victorias sobre los habitantes de Canaán...
La mano, a lo largo del Evangelio va a aparecer en muchas ocasiones, es un concepto muy cercano y familiar. Nos lo vamos a encontrar en las acciones de Jesús para la curación de enfermos, para resurrección de los muertos, como símbolo de seguridad y confianza. Es concluyente y sabia la consecuencia extraída por los familiares de Zacarías e Isabel: La mano de Dios está sobre él (sobre San Juan Bautista). Ante los signos (milagros) que están presenciando y la realidad incontrolable que evidencian, sólo el poder de Dios es competente.
Lc. 1, 67-79
67 Y Zacarías su padre fue lleno del Espíritu Santo, y profetizó, diciendo:
68 Bendito el Señor Dios de Israel, (1R, 1,48: y ha dicho así: "Bendito Yahveh, Dios de Israel, que ha permitido que un descendiente mío se siente hoy sobre mi trono y que mis ojos lo vean."»)
Que ha visitado y redimido a su pueblo, (Ex 3,16: «Ve, y reúne a los ancianos de Israel, y diles: "Yahveh, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, se me apareció y me dijo: Yo os he visitado y he visto lo que os han hecho en Egipto)
69 Y nos levantó un poderoso Salvador (Sal 132, 17: «Allí suscitaré a David un fuerte vástago, aprestaré una lámpara a mi ungido)
En la casa de David su siervo,
70 Como habló por boca de sus santos profetas que fueron desde el principio;
71 Salvación de nuestros enemigos, y de la mano de todos los que nos aborrecieron; (Bar 4, 18: Aquel que trajo sobre vosotros los males os librará de la mano de vuestros enemigos)
72 Para hacer misericordia con nuestros padres,
Y acordarse de su santo pacto; (Sal. 105, 8: Él se acuerda por siempre de su alianza, palabra que impuso a mil generaciones)
73 Del juramento que hizo a Abraham nuestro padre, (Gn 22, 17-18: 17 yo te colmaré de bendiciones y acrecentaré muchísimo tu descendencia como las estrellas del cielo y como las arenas de la playa, y se adueñará tu descendencia de la puerta de sus enemigos. 18 Por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra, en pago de haber obedecido tú mi voz.» )
74 Que, librados de nuestros enemigos, (Dt 6, 19: que arrojaría a todos tus enemigos ante ti, como te ha dicho Yahveh)
Sin temor le serviríamos
75 En santidad y en justicia delante de él, todos nuestros días.
He dividido la profecía de Zacarías en dos partes, porque considero que esta oración tiene dos mitades bien diferenciadas.
La primera de ellas es una recreación de citas del AT y afirmación de la promesa de Dios, de la Alianza que empieza a ser cumplida con el nacimiento de Juan como precursor del Cristo.
El conocimiento de la Escritura por parte de Lucas, o su mentor Pablo, queda demostrado, una vez más en esta profecía que recoge las anteriores promesas recibidas de Dios.
Zacarías hace una constatación e historia evolutiva de la promesa. Es un resumen de la creencia más profunda de Israel: Son el pueblo elegido por Dios, el objeto de su Alianza en la tierra y por ello siempre han contado con el apoyo de su fuerte brazo. Estamos ante una experiencia religiosa de quien proclama esta profecía. Desconozco si realmente fue Zacarías quien la pronunció, o si el evangelista pone en boca del tío de Jesús estas palabras porque convienen a la necesidad catequética de su escrito, pero, en cualquier caso, la experiencia de fe trasciende al autor porque es la constante teológica del pueblo de Israel.
No voy a detenerme más en esta parte de la profecía porque, como menciono más arriba, es la constatación de la Alianza y es más apropiado reflexionar sobre ella en los respectivos pasajes del AT que la recogen, no constituyendo propiamente un pasaje profético, por cuanto revela hechos ya producidos y que confieren exclusivamente a la fe de cada cual su asunción.
Sólo resaltar la impregnación que del AT está revestido el NT. La lectura de éste sin conocer aquél hace difícil su entendimiento global.
76 Y tú, niño, profeta del Altísimo serás llamado;
Porque irás delante de la presencia del Señor, para preparar sus caminos;
77 Para dar conocimiento de salvación a su pueblo,
Para perdón de sus pecados,
78 Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
Con que nos visitó desde lo alto la aurora,
79 Para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte;
Para encaminar nuestros pies por camino de paz.
Profecía no es adivinación ni predicción. Los profetas, para los hebreos, eran personas iluminadas y tocadas con el carisma de la profecía que emitían oráculos acerca de la situación social o religiosa en la que se encontraban inmersos. Viene a ser como el portavoz de Dios para determinadas situaciones o acontecimientos. Esta inspiración provenía de revelaciones divinas directas o a través de mensajeros. Ya en el NT, el vehículo transmisor de la inspiración pasa a ser el Espíritu Santo, por eso Lucas afirma al principio de su Evangelio en varias ocasiones que el interlocutor se “halla lleno del Espíritu Santo”.
Sólo desde la inspiración que proporciona el poseer el Espíritu de Dios pueden emitirse proclamaciones como la que nos encontramos en este momento. Este pequeño oráculo proferido por Zacarías respecto de su hijo es todo un catálogo programático para la misión de Juan Bautista.
El versículo 76 procede de la profecía de Isaías 40, 3 (“Una voz clama: «En el desierto abrid camino a Yahweh, trazad en la estepa una calzada recta a nuestro Dios”). Es el cumplimiento de lo predicho por Isaías. Nuestras limitaciones precisan siempre que los anuncios y realidades de Dios, sus intervenciones en nuestra historia sean debidamente preparadas con una especie de prólogo y precursor. Cuando eso no sucede, nuestra reacción es de anonadamiento y temor (Ex 3, 6 [Y añadió: «Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.» Moisés se cubrió el rostro, porque temía ver a Dios]; Lc 1,12; Lc 1, 29.....). Lo que viene después de Juan es nada menos que la intervención divina más directa y constatable, no sólo en la historia de una familia o un pueblo, sino en la historia de la humanidad entera. Estamos ante el prólogo del mayor acontecimiento histórico de la humanidad: El descendimiento de Dios, por mor de su misericordia, a la tierra y su encarnación en figura de hombre mortal para completar la economía de la reconciliación y posibilitar la redención.
Dios no necesita precursores por sí mismo, son los hombres los que los necesitamos. Nos es necesaria una preparación y un anuncio de lo que nos espera. Juan tiene encomendada esa misión. Es el último profeta del AT y el primero del NT. Su acción se coloca a caballo de la antigua y nueva Alianza. Su predicación es novedosa con respecto a los profetas anteriores porque su misión también es diferente (aunque él no tuviese conciencia exacta de la misma: Mt 11, 2-3 [2 Juan, que en la cárcel había oído hablar de las obras de Cristo, envió a sus discípulos a decirle: 3 «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?»] y la correspondencia de Lc 7, 18-35). Juan, por intervención del Espíritu Santo, ostenta la posibilidad de facilitar a quien a él acude una vida nueva nacida del agua bautismal con la limpieza de sus pecados, pero exige la voluntad de neonacimiento y arrepentimiento (conversión; ver. 77).
Esta posibilidad que se nos anuncia no proviene de un impulso voluntarista o intelectual del propio Juan, sino, como dice el ver. 78, por la misericordia de Dios. La misericordia es la manifestación del amor de Dios por los hombres. Zacarías, además, coloca esta misericordia no en los aledaños de Dios, no como uno de sus adornos periféricos, sino que la coloca en lo más íntimo de Él: en sus entrañas.
El vocablo humano que mejor define las características de Dios es: amor. La misericordia, el perdón gratuito, es la mayor de las manifestaciones del amor. Sin perdón y reconciliación el amor no puede existir. Dios toma la iniciativa, movido en sus entrañas amorosas, para atraer de nuevo a sus hijos (la humanidad) a la posibilidad de salvación. Juan es el precursor de esta nueva situación, que quedará completada con la vida, predicación y muerte de su Hijo.
Podríamos caer en el error de considerar a Jesús como un apéndice de Juan, una extensión de su predicación. La realidad es la contraria: Juan es el pre-apéndice de Cristo. Juan proclamará el arrepentimiento como necesidad para alcanzar el reino de los cielos (paz en Dios) en Mt. 3, 11 (Yo os bautizo en agua para conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de llevarle las sandalias. El os bautizará en Espíritu Santo y fuego). Cristo no continúa la predicación del Bautista, es Juan quien preconiza al que viene después que él.
Así también nuestra realidad actual tiene cierta semejanza con el acontecimiento histórico que se nos narra en estos pasajes. Los creyentes no somos los continuadores de la predicación de Jesús, sino los precursores de su nueva venida. Nuestra misión, al igual que la de Juan, está en preparar nuevamente el camino del Señor en su segunda venida. Cristo nos dejó la cercanía del reino de Dios, El instaló este reino entre nosotros, pero su construcción sólo se realizará por completo con la parusía de Cristo. Nuestra función es preparar, por el arrepentimiento y la conversión, el camino para la instalación definitiva del Reino.
Con respecto a Juan, nosotros tenemos una ventaja sin parangón, disponemos de la palabra de Cristo, de sus enseñanzas, de su ejemplo, de su amor, de nuestro hermanamiento en el Padre con Él. Juan no contaba con este precedente, por eso entraba dentro de la lógica sus dudas acerca de Jesús y su misión. Nosotros no tenemos excusa para nuestra misión de preparación y extensión de la Palabra. Cristo mismo nos lo deja encargado como acción fundamental en Mt. 28, 19-20 (19 Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, 20 y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.») y sus correspondencias en Mc. 16, 14-18 y Lc. 24, 44-49.
Lc. 1, 80
80 Y el niño crecía, y se fortalecía en espíritu; y estuvo en lugares desiertos hasta el día de su manifestación a Israel.
Esta es la constatación de que no estamos ante un superhombre. Los profetas son hombres como los demás que, con la intervención del Espíritu de Dios, son capaces de interiorizar y reflexionar lo que les rodea y extraer una experiencia religiosa de ello, transmitiéndolo al pueblo que le escucha. De Juan no se sabe nada más, a través de los evangelios, pero teniendo en cuenta que, por indicaciones del ángel, su padre lo dedicó al Nazareo, su educación infantil y juvenil, dentro de una familia dedicada al culto a Yahweh, debió ser austera y estricta. Sólo cuando esta formación fue considerada suficiente por sus progenitores, Juan, con el apoyo del Espíritu Santo, comenzó su predicación como precursor del Mesías.
6 Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan. 7 Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él. 8 No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz.
La luz de que nos habla el evangelista Juan, y a que se refiere Lc 1, 78-79 (78 por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, que harán que nos visite una Luz de la altura, 79 a fin de iluminar = a los que habitan en tinieblas y sombras de muerte = y guiar nuestros pasos por el = camino de la paz.» =), como él mismo nos aclara, no está referida a Juan el Bautista, sino a Jesús, el Cristo, que vendrá después del Bautista.
La luz de que nos hablan ambos evangelistas es un símbolo recogido hasta 200 veces a lo largo de la Biblia.
Tras las repetidas transgresiones de la vieja Alianza por parte del pueblo elegido, la humanidad entera caminaba en tinieblas por su devenir. Las tinieblas son el pecado como expresión del alejamiento de Dios. La luz que nos anuncian estos pasajes, personificada en Cristo, es la que alumbra la posibilidad de una nueva vida. El mensaje de Cristo, a lo largo del Evangelio, en su conjunto, no es novedoso; ni en su contenido, ni en su ubicación histórica y geográfica. Sí lo es en cuanto a su actitud y formas de proclamarlo. Cristo realiza su predicación, nos entrega su luz desde una libertad plena y absoluta, al margen de cualquier atadura material. Nuestro caminar, desde Él y con Él está iluminado por su acción salvífica. Nuestros miedos, nuestras debilidades, incluso la muerte; todo puede ser vencido; y Cristo nos lo demuestra con su acción. Él inaugura una nueva era (Is. 2, 2-5: 2 Sucederá en días futuros que el monte de la Casa de Yahveh será asentado en la cima de los montes y se alzará por encima de las colinas. Confluirán a él todas las naciones, 3 y acudirán pueblos numerosos. Dirán: «Venid, subamos al monte de Yahveh, a la Casa del Dios de Jacob, para que él nos enseñe sus caminos y nosotros sigamos sus senderos.» Pues de Sión saldrá la Ley, y de Jerusalén la palabra de Yahveh. 4 Juzgará entre las gentes, será árbitro de pueblos numerosos. Forjarán de sus espadas azadones, y de sus lanzas podaderas. No levantará espada nación contra nación, ni se ejercitarán más en la guerra. 5 Casa de Jacob, andando, y vayamos, caminemos a la luz de Yahveh) en las que las tinieblas pueden soslayarse con la luz de Cristo.
Juan en este pasaje, refiriéndose al Bautista, nos da una imagen del mismo que no contiene equívocos: el Bautista es un enviado de Dios, lo que será refrendado después por Jesús en Mt. 11, 14 (Y, si queréis admitirlo, él es Elías, el que iba a venir); Mt 17, 11-13 (11 Respondió él: «Ciertamente, Elías ha de venir a restaurarlo todo. 12 Os digo, sin embargo: Elías vino ya, pero no le reconocieron sino que hicieron con él cuanto quisieron. Así también el Hijo del hombre tendrá que padecer de parte de ellos.» 13 Entonces los discípulos comprendieron que se refería a Juan el Bautista) y la correspondencia de Mc. 9, 11-13; el Elías prometido como precursor del Ungido, para testimoniar cual sería la nueva era inaugurada por el Mesías prometido.
1 Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado. 2 Este primer censo se hizo siendo Cirenio gobernador de Siria. 3 E iban todos para ser empadronados, cada uno a su ciudad. 4 Y José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto era de la casa y familia de David; 5 para ser empadronado con María su mujer, desposada con él, la cual estaba encinta. 6 Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento. 7 Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.
La primera parte de este pasaje nos sitúa en una época histórica concreta. La minuciosidad del evangelista, a lo largo de todo el Evangelio de Jesucristo según San Lucas, es proverbial. Mima con precisión hasta el último detalle cronológico, para situar al lector en una posición concreta ante la historia.
Esta forma de redacción tiene, además, una lectura teológica. Dios interviene en nuestra historia, no sólo desde la totalidad, sino también en lo concreto. En los acontecimientos y momentos concretos, en la vida real y cotidiana.
Por su parte, el empadronamiento ordenado por Augusto tiene una motivación económica y fiscal. Las provincias o protectorados que conformaban el antiguo reino de Israel eran tributarias para con la metrópoli, y para recaudar los tributos se hace necesario un censo actual que determine la cuantía que debe aportarse a las arcas centrales.
Este hecho histórico es aprovechado por Dios para dar cumplimiento a las profecías del AT y hacer nacer a Jesús en el lugar prescrito por los profetas.
Existen interpretaciones antropológicas que afirman que Jesús de Nazaret no nació e Belén de Judea, sino en el propio Nazaret, y toman las afirmaciones evangélicas como recogidas de una leyenda necesaria para dar cumplimiento a las profecías, aprovechando el censo ordenado por Augusto, usando este movimiento ciudadano como excusa para hacer nacer a Jesús en Belén.
Lo cierto es que el lugar físico del nacimiento de Cristo, para mí, carece de importancia religiosa. Me resulta indiferente una ciudad u otra para ubicar su nacimiento. La verdad histórica, en este caso, no aporta nada a la experiencia religiosa que podamos extraer de la Buena Noticia.
Por otro lado, la segunda parte del pasaje tiene una mayor trascendencia religiosa y un enorme simbolismo y significado doctrinal y catequético.
Históricamente, no sería extraña la situación que se nos relata en este pasaje. Judea, en la época histórica que contemplamos, no era un tierra sobrada de infraestructuras turísticas u hoteleras. En ese momento había perdido la preponderancia que en su momento tuvo respecto al paso de caravanas y como lugar de tránsito hacia el Mediterráneo. Belén, más exactamente, no constituye un lugar estratégico de ningún tipo, ni económico, ni militar, ni religioso. Es solamente una aldea de la que no se vuelve a hablar en el NT (de hecho ni Marcos ni Juan hablan de ella). La primera vez que se habla de esta aldea es en Gen. 35,19 (Murió Raquel y fue sepultada en el camino de Efratá, o sea Belén), mencionándola como el lugar donde murió Raquel (la esposa de Jacob). Su mérito histórico principal, antes del nacimiento de Jesús está en ser la cuna de David (1 S 17,12[Era David hijo de un efrateo de Belén de Judá, llamado Jesé, que tenía ocho hijos. En tiempo de Saúl este hombre era ya anciano, muy entrado en años]).
Por lo tanto, no es sorprendente que en el momento del censo ordenado por Augusto, una familia que se desplazase a una aldea pequeña como Belén para cumplimentar la obligación impuesta por el invasor, se encontrase sin alojamiento al caer la noche.
Aunque este relato fuese una leyenda, no carece de fundamentos sociológicos que pudieran hacerla posible.
Sin embargo, lo importante de esta parte del pasaje anterior, no está en su veracidad histórica, sino en su simbología.
Estamos ante el nacimiento del Hijo de Dios, no de un niño cualquiera, sino ante el acontecimiento histórico más grande de la humanidad. Dios mismo desciende a la tierra y se encarna en un niño humilde, en una aldea perdida de Judá y escoge para el parto las condiciones más bajas y humildes posibles: ni siquiera nace en una casa, en una habitación y con ciertas comodidades. Lo hace en un establo y es acostado en el lugar donde comen los animales, recibiendo, como ornamentos unos simples y humildes pañales. La toma de postura de Dios es irrefutable: Jesús se hermana en condiciones existenciales con los más humildes y pobres de la tierra.
Se abstiene de nacer en un palacio rodeado de grandes cuidados y cortejos. Ni siquiera lo hace en una ciudad principal de Israel, lo hace en una aldea carente de las infraestructuras mínimas.
Toda una enseñanza y lección de humildad que rompe con la creencia religiosa de la época: el Mesías, como libertador, llegaría a la tierra rodeado de fasto y boato, mostrando toda su gloria a las naciones.
Pero una lección que permanece a lo largo de los siglos. No vemos un nacimiento asimilable a los de nuestros días para los personajes señalados. No tenemos una “buena cuna” en la que mecer al neonato, sólo un humilde pesebre. No es arropado con costosas y ricas vestiduras, solamente con unos simples pañales. Su madre, aún, tal y como nos relata el evangelista, no está bendecida por las instituciones sociales de la época, sino que, en el momento del alumbramiento, es una madre soltera (desposada con él - no casada aún, o vinculada por el matrimonio). La situación económica de la familia tampoco debía ser excesivamente boyante, cuando no son capaces de encontrar un alojamiento digno. El único que debía empadronarse era José, no María (puesto que ella era originaria de Nazaret), pero ésta debió acompañarle para solventar su situación “socialmente delicada” de su pueblo.
No se puede decir más con menos. El Hijo de Dios ni siquiera es acogido en una casa. Desde su nacimiento es marginal. La economía de la redención comienza con un fracaso, si lo miramos desde una óptica materialista. Cristo nace dentro del grupo de los “pequeños”, de los “pobres”, de los Anawin (pobres de Yahweh).
Sin embargo, es el comienzo de su triunfo sobre los falsos dioses de entonces y de ahora. Dios obvia las consideraciones y categorías sociales que tenemos parametrizadas y elige la humildad como plataforma para elevarse por encima de las necesidades y esclavitudes materiales.
Un detalle a tener en cuenta es la mención de Lucas respecto de la primogenitura de Jesús. Podría entenderse que si Jesús es el primogénito, implica que después hay otros hijos de María que, obviamente, no lo son. De hecho, a lo largo del Evangelio, en diferentes pasajes se habla de los “hermanos de Jesús”. Si esto fuese así, estaríamos ante la negación de la virginidad permanente de María, en sentido biológico exclusivamente. Carece de trascendencia religiosa si la primogenitura de Jesús constituye un ordenamiento de descendencia. La virginidad de María está fuera de toda duda, si la referimos a su sentido existencial, no solamente al biológico. En cualquier caso, la cultura hebrea daba el título de primogénito al que habría la matriz materna, independientemente de que posteriormente hubiese otros descendientes; y la consideración de “hermanos de Jesús”, en esa misma cultura, bien puede referirse a parientes próximos (primos) o, incluso, amigos cercanos a la familia.
Otra de las consideraciones a realizar consiste en la razón por la que, exclusivamente Lucas, recoge el momento del nacimiento de Jesús. Mateo ya lo sitúa nacido, mientras que Marcos comienza su Evangelio en la predicación de Cristo y Juan no recoge prácticamente nada de la vida privada de Jesús de Nazaret.
Para ello debemos volver a considerar el destino de los evangelios de cada uno de ellos. Volvamos a señalar que Lucas lo escribe para los gentiles de cultura helénica. A éstos no es posible, ni conveniente, por su formación cultural humanista, obviarles los orígenes humanos de Cristo. El resto de los evangelistas lo dan por hecho y ni siquiera lo estiman relevante. Lucas debe acentuar esta circunstancia para mayor credibilidad de su Evangelio.
Estamos ante el momento cumbre de la historia de la humanidad. El momento en que hasta el calendario cambia para adaptarse al acontecimiento que se nos narra en estas breves líneas.
Hasta entonces, existían varios calendarios, según la civilización que lo manejase. Incluso hoy, las diversas religiones marcan calendarios diferentes para cada cultura y seguidores. Sin embargo, el nacimiento de Cristo representa tal evento que todas las naciones de la tierra han adoptado un calendario común por el que regirse en sus relaciones internacionales, tomando como base la fecha del nacimiento de Cristo.
Es lo que se llama la ERA COMUN, ERA CRISTIANA, etc.
Sin embargo, cuando Dionisio el Exiguo en el año 533 se encargó de confeccionar un nuevo calendario sobre la base del nacimiento de Jesús, cometió un doble error de apreciación. En primer lugar hizo coincidir el nacimiento de Jesús con el 1 de enero del año 1, en lugar del año 0; en segundo lugar tomó como año base el 754 de la fundación de Roma, en lugar del 748 que sería el correcto. Por lo tanto, según nuestro actual calendario, cuando Jesús nació, realmente tendría 6 años.
Con respecto al día del año del nacimiento de Cristo, nada sabemos a través de los evangelios, pero reinando Constantino el Grande, la iglesia propuso que el 25 de diciembre se celebrara el nacimiento de Jesús por su coincidencia con la celebración romana del Sol Invictus.
En todo caso, en el año 345 dC. el día 25 era fiesta de Navidad en Occidente. Mientras que en Oriente la celebran el 6 de enero, pero la influencia de San Juan Crisóstomo, padre de la Iglesia de Oriente y patriarca de Alejandría, y de San Gregorio Nacianzeno, el teólogo, amigo de San Basilio, consiguió que adoptaran el 25 de diciembre.
En cualquier caso, estas “anomalías” históricas no influyen, en absoluto, en la consideración religiosa del nacimiento de Cristo.
Mt. 1, 1-17
1 Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham.
2 Abraham engendró a Isaac, Isaac a Jacob, y Jacob a Judá y a sus hermanos. 3 Judá engendró de Tamar a Fares y a Zara, Fares a Esrom, y Esrom a Aram. 4 Aram engendró a Aminadab, Aminadab a Naasón, y Naasón a Salmón. 5 Salmón engendró de Rahab a Booz, Booz engendró de Rut a Obed, y Obed a Isaí. 6 Isaí engendró al rey David, y el rey David engendró a Salomón de la que fue mujer de Urías. 7 Salomón engendró a Roboam, Roboam a Abías, y Abías a Asa. 8 Asa engendró a Josafat, Josafat a Joram, y Joram a Uzías. 9 Uzías engendró a Jotam, Jotam a Acaz, y Acaz a Ezequías. 10 Ezequías engendró a Manasés, Manasés a Amón, y Amón a Josías. 11 Josías engendróa Jeconías y a sus hermanos, en el tiempo de la deportación a Babilonia.
12 Después de la deportación a Babilonia, Jeconías engendróa Salatiel, y Salatiel a Zorobabel. 13 Zorobabel engendróa Abiud, Abiud a Eliaquim, y Eliaquim a Azor. 14 Azor engendróa Sadoc, Sadoc a Aquim, y Aquim a Eliud. 15 Eliud engendróa Eleazar, Eleazar a Matán, Matán a Jacob; 16 y Jacob engendróa José, marido de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo.
17 De manera que todas las generaciones desde Abraham hasta David son catorce; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce; y desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce.
Lc. 3.23-38
23 Jesús mismo al comenzar su ministerio era como de treinta años, hijo, según se creía, de José, hijo de Elí, 24 hijo de Matat, hijo de Leví, hijo de Melqui, hijo de Jana, hijo de José, 25 hijo de Matatías, hijo de Amós, hijo de Nahum, hijo de Esli, hijo de Nagai, 26 hijo de Maat, hijo de Matatías, hijo de Semei, hijo de José, hijo de Judá, 27 hijo de Joana, hijo de Resa, hijo de Zorobabel, hijo de Salatiel, hijo de Neri, 28 hijo de Melqui, hijo de Adi, hijo de Cosam, hijo de Elmodam, hijo de Er, 29 hijo de Josué, hijo de Eliezer, hijo de Jorim, hijo de Matat, 30 hijo de Leví, hijo de Simeón, hijo de Judá, hijo de José, hijo de Jonán, hijo de Eliaquim, 31 hijo de Melea, hijo de Mainán, hijo de Matata, hijo de Natán, 32 hijo de David, hijo de Isaí, hijo de Obed, hijo de Booz, hijo de Salmón, hijo de Naasón, 33 hijo de Aminadab, hijo de Aram, hijo de Esrom, hijo de Fares, hijo de Judá, 34 hijo de Jacob, hijo de Isaac, hijo de Abraham, hijo de Taré, hijo de Nacor, 35 hijo de Serug, hijo de Ragau, hijo de Peleg, hijo de Heber, hijo de Sala, 36 hijo de Cainán, hijo de Arfaxad, hijo de Sem, hijo de Noé, hijo de Lamec, 37 hijo de Matusalén, hijo de Enoc, hijo de Jared, hijo de Mahalaleel, hijo de Cainán, 38 hijo de Enós, hijo de Set, hijo de Adán, hijo de Dios.
Las genealogías que se recogen en La Biblia no tienen ninguna intención historicista. Suponen un mero instrumento catequético, al servicio del hagiógrafo, para mejor explicar o adaptarlo a sus necesidades narrativas y a su intención teológica.
De ello podemos darnos cuenta en las genealogías que se nos presentan aquí. Lucas hace remontar la ascendencia de Jesús hasta el propio Adán, pasando por Noé, Matusalén... porque así convenía a su proyecto evangélico, dirigido a gentiles.
Mateo, sin embargo, hace una genealogía de Cristo que se remonta exclusivamente hasta Abraham. Juega, para ello con el simbolismo numérico, tan extendido entre la cultura hebrea. Mateo hace tres tablas genealógicas de Cristo. El 3: Indica intensidad, énfasis; sobre todo cuando se repite tres veces una palabra o un gesto: Is 6, 3. Cada tabla está compuesta de 14 ascendientes ( 7 x 2 = 14 [2: El doble puede significar "de sobra", como en Is 40, 2; 61, 7; Ap 18, 6, mientras que 7 indica perfección: Núm 23, 4 (Salió Dios al encuentro de Balaam y éste le dijo: «Siete altares he preparado y he ofrecido en holocausto un novillo y un carnero sobre cada altar.»); Mt 15, 36 (Tomó luego los siete panes y los peces y, dando gracias, los partió e iba dándolos a los discípulos, y los discípulos a la gente); gran cantidad: Is 30, 26 (Será la luz de la luna como la luz del sol meridiano, y la luz del sol meridiano será siete veces mayor - con luz de siete días - el día que vende Yahveh la herida de su pueblo y cure la contusión de su golpe); Prov. 24, 16 (Que siete veces cae el justo, pero se levanta, mientras los malos se hunden en la desgracia); Mt 18, 22(Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.»)]), por lo tanto, Jesús, en su ascendencia, es tres veces perfecto. Además, vemos como el devenir histórico que el evangelista quiere atribuir a Cristo va pasando por las tres épocas fundamentales del pueblo de Dios: fundación, establecimiento y deportación y retorno del exilio.
Si bien, ninguna de las dos genealogías que se nos presentan son históricamente correctas (de entrada su comienzo es José, cuando Jesús no es su hijo natural, sino sólo putativo y su Padre es el propio Yahweh), su inclusión en el Evangelio nos es casual ni caprichosa. Están llenas de simbolismo, pero el principal es que Dios se manifiesta a los hombres a través de la historia real.
La genealogía no es nueva en La Biblia. En varias ocasiones nos encontramos textos genealógicos referidos a diversos personajes bíblicos. Teniendo en cuenta que la cultura hebrea tampoco refleja literalmente nuestro concepto de padre de, o hijo de, es imprescindible tener muy presente que cuando la Biblia habla de que fulano engendró a zutano no siempre significa exactamente descendiente directo en primera línea. Estamos ante una tradición cultural que recoge grupos humanos y sociales mucho más amplios y ricos que los restringidos por la consanguinidad directa.
La no coincidencia entre ambos evangelistas para esta genealogía tampoco invalida sus relatos. Volvemos a la intencionalidad de cada uno de ellos para con los destinatarios inmediatos de sus redacciones.
Lc. 2, 8-20
8 Había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño. 9 Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor. 10 Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: 11 que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor. 12 Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre. 13 Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían:
14 ¡Gloria a Dios en las alturas,
Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!
15 Sucedió que cuando los ángeles su fueron de ellos al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: Pasemos, pues, hasta Belén, y veamos esto que ha sucedido, y que el Señor nos ha manifestado. 16 Vinieron, pues, apresuradamente, y hallaron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. 17 Y al verlo, dieron a conocer lo que se les había dicho acerca del niño. 18 Y todos los que oyeron, se maravillaron de lo que los pastores les decían. 19 Pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. 20 Y volvieron los pastores glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, como se les había dicho.
Fijémonos en los primeros versículos de este pasaje; veremos una historia de lo más cotidiana: unos pastores velando por la noche al cuidado de sus ganados. Hoy, en nuestra civilización, es una escena no muy corriente, pero sí lo sigue siendo todavía en países del 3er. mundo y, desde luego, también lo era para nosotros hasta hace relativamente poco tiempo (40 ó 50 años).
¿Qué significa esto? : que el acercamiento de Dios no se produce en momentos mágicos o de especial significación. No se precisa una preparación ni grandilocuencia de eventos. Dios se nos acerca en la cotidianidad, en las actividades más corrientes, en el trabajo (como a los pastores), en el desempeño de la función diaria (como a Zacarías), en el reposo (en el caso de José), o simplemente en los tiempos muertos del día (caso de María). Siempre dentro de la más absoluta normalidad.
No busquemos las llamadas grandilocuentes, rodeadas de gran boato y artificiosidad.
El recurso a la validación de las presencias divinas escenográficas, hemos de remontarlo a los estilos narrativos del AT (especialmente a los libros de los grandes profetas), pero debemos ubicar cada relato en su contexto apropiado.
Los profetas están dirigiendo sus oráculos hacia un escenario compuesto por elementos hostiles a la Alianza, que se empecina en su infidelidad hacia el Pacto, sustituyéndolo por "pactos" puntuales y más asequibles configurando idolatrías de diversa índole y procedencia, según la conveniencia de cada uno.
En este entorno, se hace necesaria una llamada de atención firme, elocuente y llamativa, con objeto de distraer su atención de lo superfluo.
No nos confundamos, estas situaciones no son privativas del AT, también en nuestros casos personales se dan circunstancias similares. Los ídolos han cambiado, pero las situaciones son similares. Por ello, en muchas ocasiones estamos impedidos para apreciar el acercamiento de Dios, ya que Él lo hace de puntillas en nuestra realidad existencial.
Los pastores nos ofrecen un ejemplo de lo que debe ser nuestra actitud ante la proximidad de Dios. Mantienen la mente abierta para escuchar y apreciar su presencia en la relación normal de la vida.
Observemos también otro detalle significativo. La aparición del mensajero se realiza ante unos pastores. Aquí debemos precisar y acercarnos a la circunstancia histórica: los pastores para la cultura hebrea de la época son una suerte de casta marginal. Vivían en las afueras de las ciudades, trabajaban y cuidaban a los animales y sus inmundicias, se les identificaba con una época que Israel quisiera olvidar (su época pastoril y nómada, contrapuesta a la situación agrícola-sedentaria-urbana del momento).
Volvamos al núcleo del detalle. El mensajero de Dios no se revela ante los poderes establecidos. No lo hace en el palacio de Herodes, ni ante el Prefecto Romano, ni siquiera ante los sacerdotes o escribas. Lo hace ante miembros del pueblo sencillo, incluso marginal, dando así una vuelta de tuerca a su inclinación y preferencia por los pequeños.
Siguiendo el discurso, nos encontramos con otro denominador común a otros pasajes. La presencia o percepción de Dios (o de sus mensajeros) asusta, sobrecoge el ánimo e induce a temor ante lo inesperado. Sin embargo, inmediatamente después, cuando se toma conciencia de su presencia, nos llega la paz absoluta. Nos sumergimos en el cobijo que su presencia nos facilita y el amparo que emana, calma la inquietud y el desasosiego. No otro es el significado del oráculo del mensajero: tranquilos, os anuncio un mensaje de paz. Os ha nacido un Salvador, el Cristo.
Estamos ante el punto culminante de la historia de la humanidad (cambió hasta el calendario).
Estamos ante el instante en que se da a conocer la encarnación y presencia real del Hijo de Dios en la tierra. De nada sirve que algo trascendente se produzca, si no es divulgado.
El que nace no es un niño más, es el Salvador, el que nos va a proporcionar una nueva Alianza y nos va a hermanar con Él en el Padre celestial. Es el Salvador, porque vencerá completamente las ataduras del pecado y proporcionará los caminos para la reconciliación de la humanidad con Dios. Él nos librará de la esclavitud del pecado y su última consecuencia: la muerte. Quien nace es el Mesías, el prometido por Isaías, Jeremías y Daniel.
Desde ese momento la historia cambia. Dios acerca su morada (el cielo donde habita, con la tierra, nuestra realidad) a través del nuevo nacido, un niño (proyecto de hombre) que, a su vez, es mucho más que eso: cielo y tierra se unen en Cristo. Las dos realidades existenciales tienen un nexo, y su existencia se da a conocer a los pastores. Son los privilegiados primeros receptores del mensaje de la Buena Noticia. Es el primer núcleo de discípulos del Evangelio.
La escenografía posterior (ejército de ángeles, cánticos corales, etc.) hay que enmarcarla en la simbología retórica de la época.
La tradición cultural posterior ha hecho que se le dé más importancia a esta iconografía plástica que al hecho sublime de la revelación en sí.
Las diversas traducciones que se han hecho de La Biblia nos han proporcionado otras tantas construcciones gramaticales del cántico celestial, aunque todas ellas nos llevan a un núcleo común: paz en la tierra y buena voluntad para los hombres que aman al Señor.
La paz hebrea (Shalom) es mucho más que un saludo cortés, y el vocablo contiene una profundidad mayor que en nuestra terminología. No significa la ausencia de contiendas, sino que es la manifestación de un deseo real de estabilidad y felicidad en el bien = que todo te vaya bien en la tierra, que seas feliz.
Por su parte, la buena voluntad es, asimismo, la manifestación de otro deseo: el giro del espíritu humano hacia Dios, la ofrenda del amor a Dios manifestado por la bonanza de la voluntad. Es el anticipo del "ama al prójimo como a tí mismo".
El prefacio del cántico: Gloria a Dios en el cielo, es la explicitación de la realidad divina, de su ser grandioso. Él reúne todas las cualidades, por ello es acreedor a la gloria y es necesario que dicha gloria sea manifestada y reconocida su grandeza. Una gloria que se traslada a la tierra mediante el hecho que estamos observando.
Tras la vuelta de los ángeles a su morada original, el escenario que se nos muestra cambia radicalmente.
Los pastores, como primeros discípulos, cumplen con la misión encargada y comienzan a divulgar la Buena Noticia, no sin antes acarrear una buena cantidad de dudas que se manifiestan en su necesidad de acudir a Belén para comprobar lo que se les había manifestado.
Nosotros (los cristianos) somos ahora los pastores que reciben la revelación y es nuestra misión divulgar el cambio que la figura de Jesús introduce en nuestra vida.
Cuando los pastores acuden a ratificar lo anunciado por el ángel lo que se encuentran es una escena de lo más simple y sencilla: un recién nacido acompañado de sus padres.
Continúa la falta de estridencias en la presencia de Dios en nuestras vidas. No le busquemos en grandes y lujosas habitaciones o camas, porque lo encontraremos en moradas humildes y acostado sobre un pesebre.
No le busquemos en el poder y las riquezas, porque le encontraremos en la humildad y la pobreza.
Un detalle exclusivo de Lucas lo encontraremos en la afirmación de que María guarda en su corazón los acontecimientos que observa para evaluarlos y ponderarlos.
Según me adentro en los textos sagrados, la figura de la Madre de Jesús, se va engrandeciendo en mi consideración, pero no para acercarla a una situación de "semidiosa", sino todo lo contrario. Su figura, cada vez más, se me presenta como el paradigma de la persona humana.
Escéptica, humilde, reservada, plena de mansedumbre. No termina de creerse la misión que le ha sido encomendada. Jesús, para ella, es y será hasta Pentecostés, un misterio insondable, pero en Él deposita su confianza y respeto. Asume la libertad de su Hijo hasta sus últimas consecuencias y le acompaña en los momentos más difíciles (al pie de la cruz), trascendiendo el dolor interior que debió producirle la observancia del fracaso de su hijo como profeta, y la muerte injusta y vejatoria a la que es sometido. Todo un ejemplo para los creyentes. Dios no nos pide fe ciega. María (guardaba estas cosas en su corazón ponderándolas) reflexiona sobre lo que observa y lo valora. Está ejerciendo su libertad. Desde esa posición decide apoyar a su Hijo, aunque no termina de entenderle.
Desde ese posicionamiento, también nosotros debemos afrontar nuestra experiencia de fe. Desde nuestra libertad recibimos los acontecimientos que nos rodean, percibimos la presencia de Dios y ponderamos el camino a tomar. Desde nuestras limitaciones tampoco podemos entender totalmente los caminos del Señor, tampoco terminamos de creernos totalmente "lo de Dios". Es comprensible, porque su inmensidad nos desborda, como lo de Jesús a María. Lo importante es que, como María, aunque no lo entendamos del todo, estemos dispuestos a seguir a su lado, incluso en los momentos de aflicción.
Mt. 2, 1-12
1 Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, 2 diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle. 3 Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él. 4 Y convocados todos los principales sacerdotes, y los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Cristo. 5 Ellos le dijeron: En Belén de Judea; porque así está escrito por el profeta:
6 Y tú, Belén, de la tierra de Judá,
No eres la más pequeña entre los príncipes de Judá;
Porque de ti saldrá un guiador,
Que apacentará a mi pueblo Israel.
7 Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos, indagó de ellos diligentemente el tiempo de la aparición de la estrella; 8 y enviándolos a Belén, dijo: Id allá y averiguad con diligencia acerca del niño; y cuando le halléis, hacédmelo saber, para que yo también vaya y le adore. 9 Ellos, habiendo oído al rey, se fueron; y he aquí la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño. 10 Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo. 11 Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. 12 Pero siendo avisados por revelación en sueños que no volviesen a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.
Para poder acceder al interior de estos versículos, se hace necesario realizar algunas precisiones previas.
La tradición nos ha legado una leyenda referida a la adoración de Jesús por tres reyes magos de oriente (Melchor, Gaspar y Baltasar). Esta leyenda ha ido siendo elaborada a partir de lo recogido en los llamados libros “apócrifos” (no incluidos en el canon), que, a su vez, toman los relatos de historias que circulaban en la época del nacimiento de Cristo, ya que ningún texto evangélico canónico recoge la adoración de los reyes, como tales.
Los magos, en la Mesopotamia y Palestina antiguas, no se corresponden con lo que nosotros entendemos por dicho término. No estamos ante personas que practican la “magia”, tal y como nosotros la concebimos.
Magos son sabios y estudiosos del cielo y los astros. Algo parecido a nuestros astrónomos, pero con una cultura más universal en el plano ético, filosófico y religioso.
Su procedencia de oriente no implica la lejanía que pudiera darnos a entender esta ubicación geográfica, sino la zona de Mesopotamia, Península Arábiga, etc. (Baltasar es un nombre de origen persa).
Como estudiosos de los astros y sus fenómenos, probablemente descubrieron un fenómeno en la noche que les llamó la atención: la conjunción de Júpiter y Saturno (que se produjo en esas fechas - se puso uno detrás del otro) que da origen a un punto extremadamente brillante en el cielo, desplazándose, por efecto de la rotación de la Tierra, desde oriente a occidente.
La profecía que contienen estos versículos proviene de: Miqueas, cap. 5, ver. 1, perfectamente conocida por los escribas (doctores de la Ley) de la época. (Mas tú, Belén Efratá, aunque eres la menor entre las familias de Judá, de ti me ha de salir aquel que ha de dominar Israel, y cuyos orígenes son de antigüedad, desde los días de antaño)
De todas estas circunstancias y detalles, plenamente asumibles racionalmente, el evangelista extrae una experiencia religiosa que conforma el texto que estamos examinando
Una vez vistas estas precisiones, volvamos al texto original que es exclusivo de Mateo.
Podemos observar un primer detalle consistente en la diferencia de actitud entre los magos y Herodes ante el mismo acontecimiento: las señales de Dios.
Los magos las escuchan y siguen, en búsqueda de la gloria que prometen.
Herodes se desconcierta, se asusta, se llena de desconfianza. Intriga e indaga ante los poderes terrenales. Pero ninguno le da la respuesta que espera. Y las que le dan aumentan su temor e inquietud.
A Herodes, la señal le resulta molesta e incómoda; e intenta, por todos los medios, soslayarla y hacerla desaparecer.
La pregunta inmediata es, ¿cómo reaccionamos nosotros ante las señales de Dios?, ¿hacemos como los magos que las escuchan y siguen, o, actuamos como Herodes, sintiéndonos incómodos y molestos por ellas y tratamos de alejarlas de nuestras vidas?.
Cuando los magos llegan donde está Jesús, Éste ya no está en el cobertizo, portal o cuadra en que se produjo su nacimiento (aunque debemos tener presente que Mateo no recoge el nacimiento de Jesús). Está en una casa y acompañado de su madre. Otra vez la escena de normalidad y sencillez. De nuevo la falta de estridencias y boato ante la presencia de Dios. ¡Cuán diferente a algunas de nuestras celebraciones religiosas!.
Sin embargo, los magos, aun con todo su bagaje sapiencial, se inclinan humildemente para adorarle, reconociendo al Señor donde realmente está: en la sencillez y humildad de los “pequeños”.
Los presentes que los magos ofrecen al niño Dios nos muestran un signo inequívoco de la sumisión material a la grandiosidad de Dios.
El ídolo de las riquezas y bienes materiales, representado por el oro, se pone al servicio de la causa de Dios.
Es la sumisión del dinero para explicitar que éste nunca puede estar por encima de Él. Con este ofrecimiento los magos nos manifiestan el hecho de que todos los bienes provienen de Dios y que nosotros sólo somos sus depositarios.
Qué hacemos, o qué uso hacemos de lo que se nos entrega, es una pregunta a la que cada cual deberá dar su propia respuesta. ¿Los retenemos para nosotros, o los ponemos al servicio de la justicia divina?.
El incienso representa el aroma de lo que es agradable a Dios. Estamos ante un símbolo de nuestras obras y aconteceres.
El incienso es un compuesto aromático que va anejo a las oblaciones presentadas a Dios. Representa el humo que asciende hasta Él para hacerle llegar nuestras plegarias y acciones.
Así nuestra vida, y dentro de ella nuestras acciones, son el incienso que ofrecemos a Dios. ¿Lo hacemos así, o vivimos con el fuego que quema el incienso apagado para reservar para nosotros mismos nuestras propias acciones?.
La mirra es una goma resinosa con efectos medicinales, utilizado como analgésico en los tiempos de Cristo.
Representa el bienestar que emana de la compañía de Dios, así como la salud espiritual que proviene de Él.
El último versículo nos plantea un mecanismo recurrente en la Biblia. El sueño, el sopor, es un momento muy utilizado por Dios para la transmisión de sus mensajes a sus respectivos destinatarios. El sueño bíblico, en todo caso, no es igual a nuestro concepto como opuesto a la vigilia. El sueño es el momento de mente abierta y capaz de recepcionar los mensajes divinos (como le sucedió a José en su revelación).
Lo más probable es que los magos percibieran la dualidad de intenciones de Herodes y decidiesen volver por otro camino para evitar enfrentamientos con el rey.
Hasta aquí mi interpretación reflexiva sobre el texto evangélico. Sin embargo, no quiero dejar pasar la ocasión para resaltar la realidad presente que, a expensas de estos versículos, ha montado toda una parafernalia consumista y materialista, totalmente contraria al espíritu primigenio de la Epifanía.
Si bien estamos ante una celebración religiosa celebrada universalmente por los cristianos, la adoración de los magos en nuestro país se ha convertido en una escenificación del materialismo más atroz y desgarrante (en España es la celebración de los magos, pero otro tanto podemos afirmar de las costumbres anglosajonas u orientales de Papá Noel, Santa Claus, etc.).
La civilización que hemos ido construyendo sobre la desigualdad, ha subvertido y trastocado muchos valores y enseñanzas evangélicas. Este es el caso de los versículos que anteceden.
El ofrecimiento de presentes a Jesús por los magos, que en su origen tiene un trasfondo de humillación de los poderes terrenos al niño Dios (sabiduría, riquezas, bienestar, obras) ha devenido en una desaforada celebración mercantilista con los papeles cambiados.
No celebramos nuestra sumisión al recién nacido, sino que, mediante el consumismo nos ponemos al servicio del dios dinero, comprando y regalando sin tino. Cuanto más valioso y caro sea el regalo mejor. Más se engrandece nuestra vanidad.
Tratamos de intercambiar o trocar regalos por recompensas inconfesables (dinero, regalos, juguetes = cariño de los destinatarios) y transmitimos a nuestros hijos la imagen de que nada es importante si no tiene recompensa material (si te portas bien tendrás regalos, si no lo haces te verás privado de ellos).
¡Qué contrasentido!. Sería conveniente que reflexionemos sobre esta subversión de valores y en el caso de conmemorar la Epifanía, lo hagamos en la misma línea de los magos, que regalaron (compartieron) sus tesoros y bienes con un desconocido pobre, humilde y aparentemente desamparado.
Seguro que todos conocemos a alguien de nuestro alrededor que reúne estas características.
En él encontraremos de nuevo al niño Dios, y no en quien está saturado de regalías y gratificaciones. Si con los regalos de reyes pretendemos demostrar nuestro amor por nuestros hijos o personas allegadas, estamos equivocando los términos. El amor trasciende el tiempo y la materialidad. Nuestro amor por los demás, no solamente por los seres allegados, es nuestro incienso a los pies de Jesús. Ofrezcamos entonces ese amor al recién nacido, pero no con regalos y furia consumista, sino con obras, hechos y ejemplos.
Si aún así queremos conmemorar esa fecha concreta con ofrendas, bien, pero sin olvidar la desigualdad que nos rodea. No sería mala conmemoración tratar de, al menos un día al año, paliar la injusticia que padecen los oprimidos, los pobres, los marginados y cuantos se encuentran excluidos de la “mirra” que proporciona nuestro bienestar y posición social.
1 En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. 2 Este era en el principio con Dios. 3 Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. 4 En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. 5 La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.
Jn. 1, 9-14
9 Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo. 10 En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. 11 A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. 12 Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; 13 los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.
14 Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.
Estos versículos no son correlativos en su colocación original, pero los he situado así porque contienen el mismo mensaje. Aun sacados de su contexto original, mantienen completo su sentido, los he incluido al comienzo de la fusión, porque se refieren al origen del Evangelio y su mensaje es previo a la predicación de Cristo.
Su contenido es esencial y condensa la figura de Cristo y la de su misión salvífica.
Si fuese necesario resumir en pocas palabras qué, quien y para qué existió Jesucristo, indudablemente, éstos serían los pasajes que escogería para hacerlo.
Resumen la esencia en los tres aspectos y voy a tratar de desmenuzarlos:
a).- Quien es Jesucristo.
b).- Qué es Jesucristo.
c).- Para qué se encarnó.
QUIEN ES
¿Quién es Jesús de Nazaret?, ¿Cuál es su origen?, ¿de donde viene su poder?. Estas son las preocupaciones constantes del evangelista a lo largo de toda su redacción.
El comienzo de este Evangelio tiene como premisa la definición de la persona de Cristo y de donde procede: el Verbo.
Este es un concepto poco utilizado en el AT. Otras ediciones del Evangelio de Juan traducen directamente este fonema como “la Palabra” (Logos en griego). La Palabra (el Verbo) aplicado a Cristo es, en este caso, mucho más que el significado que nosotros le atribuimos en nuestra lengua. La Palabra (Verbo), no es solamente lo que sale de la boca producto del pensamiento o la reflexión. La Palabra (verbo) es la esencia del ente que la emite. Jesús es la Palabra (Verbo) en sentido total. No es lo que Dios dice, sino la propia Palabra de Dios, es Dios mismo.
Jesús así considerado no es el mero transmisor o la herramienta de Dios para la comunicación de un mensaje a los hombres. Jesús es el propio Dios y no tiene principio, tal y como nosotros lo concebimos (momento de inicio de la existencia). El término utilizado por Juan es atemporal, no implica punto de comienzo. Es el equivalente a nuestro término ”siempre”.
El planteamiento de Juan al comienzo de su Evangelio ofrece su apoyo al misterio de la Santísima Trinidad. Jesús (Verbo) es Dios. No es semejante, ni sometido, ni derivado, ni dependiente, ni es un apéndice. Es Dios mismo en todos los sentidos. Participa en la creación realizando la propia creación . Juan nos lo dice con claridad (sin Él nada hubiese sido hecho). El evangelista nos está planteando la cosustancialidad de Cristo con Dios, desde el momento en que ambas figuras están plenamente aparejadas sin rango de dependencia.
QUÉ ES
Tomemos las frases del propio Juan: El Verbo se hizo carne; en Él estaba la vida; todas las cosas por Él fueron hechas; era la luz de los hombres; como el unigénito del Padre.
El Verbo se hizo carne: La Palabra de Dios, su esencia, su ser, se funde con el mundo material y se hace hombre. Su voluntad, su intención, es llegar hasta nosotros y, manteniendo su sustancia divina, se incluye en forma mortal. Juan nos presenta la dualidad de Jesu-Cristo: Jesús = hombre – Cristo = ungido de Dios.
Esta encarnación es fundamental para nuestra historia, porque Dios adopta nuestras limitaciones materiales, manteniendo su esencia divina. Nadie fuera de Él tiene capacidad para esta acción. Cualquier humano puede estar revestido de múltiples cualidades, pero éstas siempre serán plenamente humanas, jamás traspasarán el lindero entre lo material y lo divino.
El Verbo no. El Verbo dispone de la doble capacidad de ser Dios y hombre, aunando en esa figura las cualidades de ambas naturalezas.
En Él estaba la vida: Es, por tanto, en palabras de Juan, el depositario del ser. Fuera de Él nada existe. Ninguna vida espiritual puede ser concebida en su periferia y es el poseedor del impulso existencial original. Una cualidad consubstancial a su naturaleza divina.
Todas las cosas por Él fueron hechas: La preposición “por” puede tener dos sentidos:
a).- “por” como justificación para que todas las cosas fueran hechas.
b).- “por” como origen de la acción creadora.
Ambas opciones tienen cabida en Cristo. La segunda estaría inmersa en el sentido de la frase inmediatamente anterior ( en Él estaba la vida), mientras que la primera sería la predestinación universal de la encarnación.
Dentro de los planes de Dios se enmarca la posibilidad de que la libertad otorgada a los hombres derive hacia una situación en la que la encarnación, y por ende la economía de la redención, fuese preciso ser acometida.
Por tanto, para esta eventualidad, dando contenido real a esta acción: todas las cosas por (para) Él fueron hechas.
Él era la luz de los hombres: Antes de la encarnación la vida de los hombres tenía un límite infranqueable: la oscuridad de la muerte. Cristo representa la solución a esta tiniebla, porque sólo Dios tiene poder para trocar las tinieblas de la muerte en luz de esperanza. Nadie puede vencer a la muerte salvo la Palabra (Verbo). Él es la lámpara que nunca se apaga (puesto que es atemporal) y contra cuya luz ni siquiera la oscuridad de la muerte puede prevalecer.
La luz representa la guía y objetivo de quien camina en la oscuridad. Esta es la situación de la humanidad hasta sernos regalada la Revelación de la Buena Noticia mediante la existencia de Cristo.
Como el unigénito del Padre: En el AT el calificativo de Padre, referido a Dios, es aplicado en contadas ocasiones. Es a partir del Evangelio cuando este calificativo adquiere su completo y real sentido.
Que el Verbo es como el unigénito del Padre (Dios) tiene la trascendencia de proporcionarnos un nexo de unión real de los hombres con Dios. El calificativo de “hijo” en la cultura hebrea no conlleva, necesariamente, la carga de dependencia (ni siquiera cronológica) de nuestra cultura.
El hecho de ser “hijo”, en este caso, no presupone situación de inferioridad del Hijo frente al Padre. Es una forma de describir una relación de amor, no de dependencia o prelación.
Cristo es definido por Juan, no sólo como Hijo del Padre, sino como “unigénito”. Es decir, el único que tiene derecho a proclamarse, “per se”, Hijo del Padre. No hay ningún otro “hijo” del Padre.
Cristo no es otro más de los profetas. Es el Hijo de Dios. Esa característica le da el poder para transmitir la Palabra con la autoridad de quien es el propio origen de la Palabra.
PARA QUÉ
He obviado el “por qué”, ya que la causa quedará contestada con el efecto.
Recojamos, de nuevo, las palabras de Juan: La luz verdadera que alumbra a todo hombre venía a este mundo; a lo suyo vino y los suyos no le conocieron; a todos los que le recibieron dio potestad de ser hechos hijos de Dios; habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad.
La luz verdadera que alumbra a todo hombre venía a este mundo: El mundo estaba a oscuras porque la Alianza se había deteriorado como consecuencia del incumplimiento y desvirtuación de los hombres. Israel exclusivizó el Pacto y lo amoldó a sus propios y particulares intereses; por lo tanto, la humanidad navegaba en un mar de tinieblas compuesto por ídolos dormidos y dioses muertos. Cristo viene al mundo para renovar el Pacto y extenderlo, dando luz a la falta de guías y caminos. No otro es el sentido del calificativo de luz verdadera, ya que Él supone la única linterna auténtica, en contraposición a las lamparillas idolátricas que alumbran en tanto tienen aceite para mantenerlas y se apagan con el menor soplo de viento.
A lo suyo vino y los suyos no le conocieron: Expresión del aparente fracaso de Jesús de Nazaret. Como Dios es el Señor del Pacto. Lo suyo es el pueblo de Israel. A lo largo del Evangelio podemos comprobar cómo se desarrolla la acción de Cristo, y cómo es rechazado por el pueblo destinatario de la Alianza. Vemos como Él vino a cumplir con el encargo del Padre y fue ignorado por los primeros destinatarios de su mensaje.
A todos los que le recibieron dio potestad de ser hechos hijos de Dios: Éste es el núcleo central de la economía de la redención: la universalidad del mensaje y la elevación del ser humano con su hermanamiento con Él en el Padre.
Este mensaje es el “para qué” absoluto. En él se reúnen todas las características salvíficas y redentoras.
Es libertario porque respeta escrupulosamente la libertad de cada cual. Quien desea escuchar y acoger a Cristo dispondrá del poder para considerarse hijo del Padre. Por el contrario, quien rechace la presencia de Cristo, carecerá de tal poder y acarreará el alejamiento del Padre.
No hace distinciones de pueblos o naciones. Es un mensaje universal y total. Se dirige “a quien quiera recibirlo”. Abandona, por inútil y agotada, la exclusividad del “pueblo elegido” y abarca la humanidad entera.
Ser hijos de Dios implica la participación en su heredad = el Reino de Dios. Sirve también para equiparar el género humano en su conjunto. La potestad de ser hijos de Dios tampoco hace distinciones de etnias o razas, ni de clases sociales o posicionamientos ideológicos.
La única premisa irrefutable es la escucha y práctica de la Palabra.
Los pobres, los oprimidos, los desheredados, los marginados y todos cuantos carecían de posibilidades existenciales, encuentran aquí el medio para dar sentido a su vida. Cristo, y su mensaje, se constituye en esperanza porque se hermana con todos, les restituye su dignidad y derechos y los equipara con el resto de los hombres. Su mensaje es claro: vuestra vida, vuestros sufrimientos, vuestra penuria, tiene sentido, porque al final disfrutaréis de la compañía del Padre por encima de la propia muerte.
Habitó entre nosotros, lleno de gracia y de verdad: Constituye el motivo final y misterioso de la vida de Cristo.
Su misión no era sólo la de anunciar y propagar la luz del Reino de Dios, sino la de compartir plenamente nuestro mundo (habitó entre nosotros). No solamente vino a pasar por nuestras vidas como el viento de la tormenta, sino para hacerse presente como la brisa suave, de forma eficaz y real, en nuestra historia a través de la gracia otorgada por su condición de cosustancialidad con el Padre; y de la verdad absoluta que emana de su vida y enseñanzas.
Mt. 2, 13-23
13 Después que partieron ellos, he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José y dijo: Levántate y toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y permanece allá hasta que yo te diga; porque acontecerá que Herodes buscará al niño para matarlo. 14 Y él, despertando, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto, 15 y estuvo allá hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta, cuando dijo: De Egipto llamé a mi Hijo.
16 Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos. 17 Entonces se cumplió lo que fue dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo:
18 Voz fue oída en Ramá,
Grande lamentación, lloro y gemido;
Raquel que llora a sus hijos,
Y no quiso ser consolada, porque perecieron.
19 Pero después de muerto Herodes, he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José en Egipto, 20 diciendo: Levántate, toma al niño y a su madre, y vete a tierra de Israel, porque han muerto los que procuraban la muerte del niño. 21 Entonces él se levantó, y tomó al niño y a su madre, y vino a tierra de Israel. 22 Pero oyendo que Arquelao reinaba en Judea en lugar de Herodes su padre, tuvo temor de ir allá; pero avisado por revelación en sueños, se fue a la región de Galilea, 23 y vino y habitó en la ciudad que se llama Nazaret, para que se cumpliese lo que fue dicho por los profetas, que habría de ser llamado nazareno.
Como en ocasiones anteriores, el “sueño” es el momento elegido para la transmisión de las revelaciones de los mensajeros de Dios (ángeles) a José.
Para Mateo es un método recurrente (más arriba he explicado su significado), pero es una tradición que proviene del AT, en la que se apoya constantemente el evangelista.
Probablemente, aunque esto es pura especulación mía, José fue informado por los magos de la actitud hostil de Herodes, y el padre de Jesús decidió el traslado urgente de la familia a Egipto para evitar males mayores.
Que esto se haga en la forma que describe el evangelista (de noche y a Egipto) tiene un simbolismo teológico indudable.
Nos proporciona una pista de lo que va a ser la vida de Jesús, así como un anticipo de las persecuciones cristianas posteriores.
Jesús primero, y los que le siguieron después, desde el propio inicio de su vida en la fe (literalmente en la vida en el caso de Jesús), son perseguidos por el “stablishment” de la época, porque introducen una cuña en la situación establecida, incómoda para quien ostenta el poder terrenal (religioso o político).
El mensaje de Cristo es tan radical que en muchos puntos es contrario a las prácticas habitualmente aceptadas, por lo tanto la persecución, la ocultación y la huida son inevitables.
La huida a Egipto y la mención del evangelista sobre la profecía es un recurso del mismo tomado “por los pelos” de Oseas, capítulo 11, versículo 1: Cuando Israel era niño, yo le amé, y de Egipto llamé a mi hijo.
Israel es el pueblo de Dios, su heredad. Este pueblo, emigrado a Egipto y esclavizado por sus anfitriones, es llamado por Dios para establecerse en la tierra de Canaán. Este es el sentido primitivo de la profecía, aprovechada por Mateo para ser aplicada al Mesías huido a Egipto.
El simbolismo de la emigración, y la posterior vuelta de los versículos 19 a 21, hemos de buscarlo en la renovación del Pacto suscrito por Dios con Israel, de lo cual el principal protagonista es Jesús de Nazaret, como enviado para la transformación de ese antiguo pacto en una Nueva Alianza, la cual comienza con la rememoración de la salida de Israel de Egipto y su vuelta a Canaán, al igual que Jesús, vuelve de Egipto a la tierra de Israel para terminar por instaurar ese nuevo pacto con su Pascua eucarística.
El versículo 16 nos da una idea de lo que es capaz de lograr la cerrazón y egocentrismo de que quien está poseído por la idolatría terrenal (el poder). Desconozco si realmente se produjo la matanza descrita por el evangelista, ni tengo medios para averiguarlo, porque tampoco es un hecho recogido por el resto de los evangelistas, pero la simbología del relato sí es útil y no se nos presenta como algo descabellado (guerras de los Balcanes, guerras de los Grandes Lagos, guerra civil de Timor Oriental, guerra de Chechenia... ¿sigo?).
Si el poder establecido se ve amenazado, y su conciencia moral no tiene frenos, no dudará en utilizar cualquier medio a su alcance para su perpetuación, incluso el genocidio de inocentes.
Los versículos 17 y 18 son de los que se introducen en el Evangelio de Mateo con “calzador”.
La profecía relatada proviene de Jer. 31, 15: Así dice Yahveh: En Ramá se escuchan ayes, lloro amarguísimo. Raquel que llora por sus hijos, que rehúsa consolarse - por sus hijos - porque no existen.
Lo cierto es que si cogemos el capítulo completo que contiene esa profecía, poco o nada tiene que ver con el contexto en que Mateo la incluye en su Evangelio. Mejor será dejar la valoración para cada cual.
Mateo comienza su Evangelio con la genealogía de Jesús y apenas recoge detalles de su nacimiento, ni aspectos sociales de su origen. La única mención anterior la encontramos en el “sueño” y revelación del ángel a José acerca del repudio a su esposa (María) al encontrarse ésta embarazada antes de la consumación contractual del matrimonio.
Si nos vamos al Evangelio de Lucas, nos daremos cuenta de que el asentamiento de la familia en Nazaret, tras el regreso de Egipto, obedece a una razón perfectamente lógica y natural.
María, y su familia, eran galileos, residentes en Nazaret. Tras la muerte de Herodes el Grande y el reparto de su territorio, Galilea queda fuera de la competencia política y autoridad de Arquelao (el hijo de Herodes) que se hace cargo de Judea, por lo tanto, y, presuponiendo que la huida se produce por una persecución, el retorno a la zona de origen sería, cuando menos, arriesgado. Es necesario establecerse en una zona geográfica y culturalmente afín a la familia, pero que ofreciese alguna cobertura o protección para una familia presuntamente perseguida por los dirigentes de Judea. ¿Qué mejor lugar que la región vecina de Galilea, de mayor riqueza económica y donde, además, se cuenta con el paraguas de la familia de la esposa?.
Sin embargo, todo esto queda, como mínimo “en suspenso, o bajo sospecha” si nos atenemos a lo relatado por Lucas en su Evangelio, Capítulo 2, 21-39, donde no existe la huida a Egipto y el devenir de la familia de Jesús, y del propio Jesús, es de lo más tradicional y adaptado a los usos y costumbres judías, sin “aventuras” egipcias ni retornos accidentados a Nazaret.
No es extraño encontrarnos estas inconcordancias entre los distintos evangelios, que obedecen a las distintas fuentes usadas por sus redactores e intencionalidades y público de los mismos. Hemos de insistir, una vez mas, que los evangelios no son la biografía de Jesús de Nazaret, son un instrumento catequético y teológico, no una herramienta histórica, al igual que el resto de la Biblia.
Estas contradicciones o falta de concordancia entre los evangelistas, ¿invalida algún evangelio y valida otro?. En absoluto, los evangelios son complementarios entre sí, a pesar de sus contradicciones. Lo que sucede es que su lectura histórico-mecanicista naufraga por la colisión entre hechos tratados de forma distinta. También hemos de tener muy presente que la lectura literal o “fundamentalista” de estos textos también está abocada al fracaso, porque algunos de sus pasajes son meramente narrativos e imaginativos, o se trata de complementos estilísticos, bien de carácter épico, enfático, etc.
Donde no encontraremos contradicciones entre los textos evangélicos es en el mensaje profundo y de transformación que conlleva la Buena Noticia de la instauración del Reino de Dios en la tierra.
21 Cumplidos los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre JESÚS, el cual le había sido puesto por el ángel antes que fuese concebido.
22 Y cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, conforme a la ley de Moisés, le trajeron a Jerusalén para presentarle al Señor 23 (como está escrito en la ley del Señor: Todo varón que abriere la matriz será llamado santo al Señor), 24 y para ofrecer conforme a lo que se dice en la ley del Señor: Un par de tórtolas, o dos palominos. 25 Y he aquí había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él. 26 Y le había sido revelado por el Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor. 27 Y movido por el Espíritu, vino al templo. Y cuando los padres del niño Jesús lo trajeron al templo, para hacer por él conforme al rito de la ley, 28 él le tomó en sus brazos, y bendijo a Dios, diciendo:
29 Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz,
Conforme a tu palabra;
30 Porque han visto mis ojos tu salvación,
31 La cual has preparado en presencia de todos los pueblos;
32 Luz para revelación a los gentiles,
Y gloria de tu pueblo Israel.
33 Y José y su madre estaban maravillados de todo lo que se decía de él. 34 Y los bendijo Simeón, y dijo a su madre María: He aquí, éste está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha 35 (y una espada traspasará tu misma alma), para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones.
36 Estaba también allí Ana, profetisa, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad muy avanzada, pues había vivido con su marido siete años desde su virginidad, 37 y era viuda hacía ochenta y cuatro años; y no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones. 38 Esta, presentándose en la misma hora, daba gracias a Dios, y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención en Jerusalén.
39 Después de haber cumplido con todo lo prescrito en la ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. 40 Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él.
41 Iban sus padres todos los años a Jerusalén en la fiesta de la pascua; 42 y cuando tuvo doce años, subieron a Jerusalén conforme a la costumbre de la fiesta. 43 Al regresar ellos, acabada la fiesta, se quedó el niño Jesús en Jerusalén, sin que lo supiesen José y su madre. 44 Y pensando que estaba entre la compañía, anduvieron camino de un día; y le buscaban entre los parientes y los conocidos; 45 pero como no le hallaron, volvieron a Jerusalén buscándole. 46 Y aconteció que tres días después le hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores de la ley, oyéndoles y preguntándoles. 47 Y todos los que le oían, se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas. 48 Cuando le vieron, se sorprendieron; y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con angustia. 49 Entonces él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar? 50 Mas ellos no entendieron las palabras que les habló. 51 Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos. Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón.
52 Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres.
Este pasaje tiene una lectura global y otra parcelada.
La lectura global, de conjunto, nos evidencia una conclusión que debemos tener muy presente para la lectura general de todo el Evangelio de Jesucristo (no sólo del redactado por Lucas, sino también para el de Mateo, Marcos y Juan).
Jesús de Nazaret, como hombre, no es un elemento extraño al contexto en que nace, se desarrolla y despliega su vida y actividad evangélica.
Nace dentro de una familia integrada en una cultura y unas tradiciones, tanto sociales como religiosas. La familia de Jesús es judía y Él es judío por los cuatro costados.
Su familia cumple rigurosamente con los ritos y tradiciones de su religión (circuncisión, purificación presentación, fiesta de la pascua, etc.).
Esta característica tan obvia de Jesús, a menudo se olvida o se minimiza cuando se hace una lectura del Evangelio desde nuestra mentalidad occidental del siglo XX (o XXI), con lo que sesgamos y mutilamos las interpretaciones que hacemos de las enseñanzas de Cristo.
Cuando nos enfrentamos, por ejemplo, con las polémicas de Jesús con saduceos, fariseos, escribas y sacerdotes en general, lo hacemos, en la mayor parte de los casos, desde un prisma equivocado. Lo vemos como un enfrentamiento entre dos religiones que poco o nada tienen que ver, o que realmente son opuestas. Esto es rigurosamente falso. Jesús es judío, desarrolla su predicación en Israel, la dirige, en principio, para los judíos y desde su propia religión.
Los evangelios que a nosotros nos llegan no deben ser tomados como texto aislado. Un punto y a aparte respecto del AT, sino como una prolongación obvia y modificativa de los textos anteriores de las Escrituras, en las que constantemente se apoyan y justifican.
El mensaje de Jesús se hará universal tras su resurrección, y muy especialmente, por la intervención de San Pablo en sus viajes evangelizadores ante los gentiles; pero la vida pública de Jesús y sus controversias religiosas se realizan dentro del judaísmo, fundamentalmente como consecuencia de la manipulación interesada que la casta sacerdotal ha ido configurando de la Alianza. Ante esta desvirtuación, Jesús termina por romper con este Pacto e instaurar una Nueva Alianza, pero con anclajes muy evidentes en la anterior.
En su globalidad, el mensaje cristiano no es original ni novedoso con respecto al mensaje bíblico general. Sí lo es, y de forma radical, la actitud de Cristo ante la vida y ante su relación con Dios y el prójimo, pero no en el cuerpo doctrinal genérico.
Conviene tener muy presente este hecho (el de la condición judía de Jesús, así como la de toda su familia y amigos) cuando denostemos y persigamos a los judíos de forma genérica. Jesús de Nazaret fue asesinado por la conspiración de una fracción del poder religioso establecido (dando cumplimiento y sentido a la economía de la redención), no por el pueblo judío en su conjunto. Este estigma debemos tenerlo plenamente claro. Otra cosa es que la nación o el Estado de Israel, o el movimiento sionista, o cualquier otra organización semejante, realice actos opresivos o de agresión para con otros pueblos o naciones. La condena moral estará siempre presente, incluso desde el Evangelio, pero no por el hecho de ser judío, sino por la naturaleza del acto.
Como en todos los pueblos, razas y etnias, dentro del pueblo judío hay personas que escuchan y practican la palabra de Dios, y otras que prefieren ignorarla, pero en eso no se diferencian del resto de los humanos.
La especial característica de los judíos (o hebreos) está en que fue el único pueblo que escuchó, en su conjunto, las llamadas de Dios y las hizo suyas, integrándolas en su historia y devenir, constituyéndose en el núcleo social determinante para el mayor cambio que jamás ha existido en la historia de la humanidad.
Lucas escribe su evangelio para gentiles y judíos de cultura helena, cuyo conocimiento de las tradiciones de Israel no son tan precisos como el "público" de Mateo. Lucas no utiliza, por tanto, con la misma profusión las citas proféticas textuales. Sin embargo sí realiza aclaraciones (innecesarias para Mateo) de muchas de las acciones que narra como pertenecientes a la tradición religiosa de Israel.
Así comprobamos en ver. 31, que la circuncisión mencionada, proviene de Gen. 17, 12 (A los ocho días será circuncidado entre vosotros todo varón, de generación en generación, tanto el nacido en casa como el comprado con dinero a cualquier extraño que no sea de tu raza) y Lev. 12, 3 (Al octavo día será circuncidado el niño en la carne de su prepucio).
De la misma forma, en ver. 22, respecto de la purificación, debemos remontarnos a Lev. 12, 2-6 (2 Habla a los israelitas y diles: Cuando una mujer conciba y tenga un hijo varón, quedará impura durante siete días; será impura como en el tiempo de sus reglas. 3 Al octavo día será circuncidado el niño en la carne de su prepucio; 4 pero ella permanecerá todavía 33 días purificándose de su sangre. No tocará ninguna cosa santa ni irá al santuario hasta cumplirse los días de su purificación. 5 Mas si da a luz una niña, durante dos semanas será impura, como en el tiempo de sus reglas, y permanecerá 66 días más purificándose de su sangre. 6 Al cumplirse los días de su purificación, sea por niño o niña, presentará al sacerdote, a la entrada de la Tienda del Encuentro, un cordero de un año como holocausto, y un pichón o una tórtola como sacrificio por el pecado).
Con respecto a la presentación en el templo del ver. 23, su origen lo encontraremos en Ex. 13, 2 («Conságrame todo primogénito, todo lo que abre el seno materno entre los israelitas. Ya sean hombres o animales, míos son todos»).
Para la bajada anual a Jerusalén, hemos de buscarlo en 1 S, 1,3 (Este hombre subía de año en año desde su ciudad para adorar y ofrecer sacrificios a Yahveh Sebaot en Silo, donde estaban Jofní y Pinjás, los dos hijos de Elí, sacerdotes de Yahveh), mientras que la celebración de la pascua la veremos en Ex. 23, 14-15 (14 Tres veces al año me celebrarás fiesta. 15 Guardarás la fiesta de los ázimos. Durante siete días comerás ázimos, como te he mandado, en el tiempo señalado, en el mes de Abib; pues en él saliste de Egipto. Nadie se presentará delante de mí con las manos vacías).
La segunda lectura, más parcelada, nos llevará a examinar el texto con mayor detenimiento en cada una de las escenas que se nos presentan. Para ello lo dividiremos en: Lc. 2, 22-24; 25-32; 33-35; 36-38; 41-50 y 51-52.
Lc. 2, 22-24
Más arriba se hace mención al origen legal de estas prescripciones religiosas a las que se somete la familia de Jesús.
Hoy puede parecernos algo desusada la purificación de María, pero no es descabellado desde el punto de vista judío y en el contexto cultural en que se nos presenta la escena.
Para los judíos existían tres medios de inmundicia religiosa: los cadáveres, las relaciones sexuales y la lepra.
Toda recién parida era considerada impura porque su situación tenía que ver, o estaba relacionada, con una de estas fuentes de inmundicia.
No quiere decirse que estuviesen en pecado por haber faltado a alguna normativa, sino que su situación religiosa no era la adecuada para los rituales.
El razonamiento primario es lógico. Tras el parto se producen dos circunstancias elementales: la vuelta de los órganos reproductores femeninos (útero fundamentalmente) a su posición original y la secreción de leche para la alimentación del recién nacido.
Durante ese período (si bien la lactancia permanecerá durante más tiempo) de 40 días, la mujer debía ser "protegida" para permitir la readaptación de su cuerpo a la situación original. El reposo, la falta de actividad, se imponía como medida profiláctica. ¿Cómo hacerlo efectivo?: desde una norma religiosa que impusiera la cesación de todo tipo de actividad. Es el equivalente a nuestra "cuarentena".
En cuanto al ofrecimiento del niño al Señor, como varón primogénito (el que abre la matriz), es una consecuencia del carácter patriarcal de la cultura hebrea, heredada de la época nómada. Es la forma de "marcar" al heredero de la dinastía mediante su consagración a Dios.
Estamos ante la lectura teológica que el pueblo hebreo hace de la configuración patriarcal de la familia judía. ¿Cómo darle validez jurídica?: sacralizando (elevando = santificando) al primer varón nacido.
Por su parte, el ofrecimiento de los palominos o tórtola no implica ningún pago o impuesto. Estamos ante una acción de gracias del creyente. Todo lo que tenemos es propiedad de Dios. Si nos llega un hijo, la reflexión inmediata es que el impulso originario de la vida está en poder del Señor, por lo tanto el ofrecimiento de dones a Dios, en señal de agradecimiento supone una reafirmación de nuestra fe y amor a Dios, expresado con un símbolo material.
Hasta aquí el sentido teológico del ofrecimiento. En la práctica social, es una forma de contribución del creyente al sostenimiento del templo (el equivalente a nuestras limosnas depositadas en los cepillos).
Lc. 2, 25-32
De los versículos 25 a 28 nos encontramos con un personaje característico de la Biblia: un hombre justo y piadoso.
Por mucho que nos encontremos infidelidades e impiedades por parte del pueblo de Dios, siempre aparece la esperanza en la figura de "un hombre justo". Un hombre justo es el que hace lo correcto a los ojos de Dios. Simeón es el símbolo de la esperanza en la justicia. No sé si realmente existió o no, pero tampoco me importa demasiado el hecho concreto. Es la figura de quien, desde la observancia de la voluntad divina a través de la óptica de su fe, espera y ansía la compañía de Dios (el consuelo). Simeón nos representa a todos los cristianos, quienes, desde nuestra creencia en que Jesús es el enviado (el Ungido), damos gracias a Dios por habérnoslo dado a conocer.
Tras el conocimiento de Cristo todo lo demás resulta accesorio, incluso la muerte, ya que ese es precisamente su mensaje fundamental: hasta la muerte carece de importancia porque deviene en un puente entre la vida material y la verdadera vida al lado de Dios.
La consolación que Simeón esperaba corresponde contextualmente a la venida del Mesías. Para nosotros, igualmente, la consolación está en el conocimiento profundo, no sólo intelectual, de Cristo.
Los versículos 29 a 32 es un canto de alabanza y de agradecimiento a Dios por la oportunidad del conocimiento del Cristo.
Es un reconocimiento y una expresión de fe. Su contenido representa un cambio sustancial con respecto a los textos del AT.
El Mesías, el Salvador, el Consuelo, deja de ser una exclusividad de Israel, para extender su acción salvífica a todos los pueblos. La luz de Cristo es revelada a todos los gentiles, con lo que la historia cambia al proporcionársenos un nexo de unión con el Dios vivo.
La clase dirigente de Israel asesinará después a Jesús, pero la gloria de su pueblo no puede ser ignorada.
Lc. 2, 33-35
La dimensión humana de Jesús de Nazaret es puesta de manifiesto en estos versículos. El hombre es él mismo y el conjunto relacional que le rodea. Jesús es miembro de una familia y un pueblo. Lo que Él hace y lo que le hacen, además de la trascendencia religiosa o teológica por su significación divina, tiene una repercusión humana y directa en su contexto relacional de grupo.
Todos nosotros llevamos aparejada esta circunstancia (obviamente, sin la dimensión divina). No existimos en aislamiento, sino en relación. Nuestras acciones inciden siempre en nuestro entorno, de una u otra forma.
José y María están perplejos por lo que están observando. También es un símbolo de nuestra perplejidad cuando nos acercamos a la grandiosidad de Dios.
María es advertida del dolor que sufrirá a causa de su hijo, porque su docencia incide directamente sobre las bases de la convivencia establecida (señal que será contradicha). De hecho, el mensaje de Cristo continúa siendo altamente conflictivo con nuestras prácticas habituales de hoy en día. La espada que traspasará el alma de María continúa hoy traspasando la de la comunidad cristiana cuando percibimos la perpetuación de la injusticia, pero ésto continúa siendo ignorado por las estructuras sociales de que nos hemos dotado y que, nosotros mismos, en nuestra debilidad y cobardía, somos incapaces de modificar.
Lc. 2, 36-38
Dios en su sabiduría nos dotó de una naturaleza material y de otra espiritual (alma).
La relación directa entre ambas, y la primacía de una sobre otra, marca nuestra existencia y nos faculta para percibir signos y acciones. Nuestra libertad es el péndulo que balancea nuestro camino. La sensibilidad de Ana (la profetisa viuda), la primacía de sus percepciones espirituales, la llevan a identificar el signo que se le presenta en el discurrir de su vida.
Fijémonos en el detalle de que estamos ante una viuda, y, en la cultura hebrea, esta circunstancia marca socialmente a quien se encuadra en ella. Las viudas (y los huérfanos), dada la característica patriarcal de la sociedad hebrea, conforman una clase social marginada y marginal, tanto por su dimensión de mujer, como por carecer de la "protección" del marido. La vida de las viudas , en Israel, está abocada al sufrimiento, o al pecado.
A pesar de ello, Ana tiene capacidad para identificar el signo de Dios y llenarse de alegría por ello.
Es el mensaje que se nos transmite. Jesús es la alegría, vida, luz, a pesar de las circunstancias negativas que puedan ensombrecer nuestra existencia.
Ana, aquí, se convierte en el primer discípulo de Jesús (junto con los pastores), proclamando, a quien quiera escucharla, la Buena Noticia de su existencia.
Nosotros contamos con una ventaja sobre ella, la revelación ya nos ha sido dada por entero. No contamos sólo con el signo, sino con la Palabra revelada de que nos habla Juan en su Evangelio. Que la propaguemos, o no, es nuestra exclusiva responsabilidad.
Lc. 2, 39-40
Estos versículos son el contrapunto y conflicto con Mt. 2, 23 (y fue a vivir en una ciudad llamada Nazaret; para que se cumpliese el oráculo de los profetas: = Será llamado Nazoreo).
Ambos nos sitúan en la misma escena: la vuelta de Jesús, y de su familia, a Nazaret, pero los caminos y vicisitudes para este viaje son bien diferentes.
Como la intención de ninguno de los dos evangelistas es la de presentarnos una biografía de Jesús, es imposible conocer la verdad histórica de esta vuelta, pero tampoco creo que tenga demasiada importancia.
Fijémonos solamente en el versículo 40 para comprobar que Jesús evoluciona en su existencia como cualquier hombre.
La gracia de Dios no es un don exclusivo ni diferenciador para Él. Este don es ofrecido gratuitamente por el Padre a todos sus hijos por mediación del Espíritu Santo. Nuestro ser libre es el que debe decidir si la aprovechamos o la ignoramos.
Una frase tan corta y tan sencilla contiene todo un mundo de doctrina. Las conclusiones quedan para la conciencia de cada cual: ¿he sido capaz de crecer en sabiduría, aprovechando los dones y la gracia que Dios pone a mi servicio, o los he dilapidado en beneficio personal?.
Lc. 2, 41-50
Ya he mencionado anteriormente los orígenes bíblicos de la bajada a Jerusalén para celebrar la pascua judía, por lo que no incidiré más en ello.
Quienes somos padres y hemos viajado con nuestros hijos (ya sea en excursiones de grupo o individualmente) hemos podido vivir, en mayor o menor medida, una situación similar a la descrita en los versículos 43 a 45, así como la angustia que supone esta desaparición momentánea de nuestros hijos.
Extraigamos la enseñanza religiosa de estas frases. El simbolismo nos lleva a la angustia que nos acomete cuando en nuestro discurrir por la vida extraviamos la compañía de Jesús, porque, ocupados en nuestros menesteres cotidianos, nos olvidamos de que debe acompañarnos en cada momento, o postergamos el cuidado de su compañía para otro momento; o nos despreocupamos de ella aduciendo excusas fútiles.
La reacción de los padres de Jesús es la que nosotros debemos aprender a identificar: volvamos sobre nuestros pasos y busquémosle de nuevo, cueste lo que cueste, e invirtamos el tiempo que sea necesario en ello. Seguro que al final lo encontraremos. En el templo, como José y María, en la realidad sangrante del hermano, en la sabiduría de las Escrituras, en la belleza de una flor o un paisaje... ¡en tantos sitios!.
Probablemente, cuando le reencontremos, nos sorprenderemos, porque nuestra limitación nos lleva a pensar que es de nuestra propiedad y que nunca debe alejarse de nuestro lado. Sin embargo, Cristo siempre estará "en los negocios del Padre". ¿Qué negocios?, ¿a qué se refiere Jesús?, ¿tampoco nosotros entendemos lo que Jesús nos transmite?. Los "negocios" son la transmisión de la Palabra; y ésta nos lleva a la construcción del Reino en la tierra. Lo que jamás deberemos hacer es recriminar a Dios que se aleje de nosotros para atender otros asuntos, porque:
1º).- no se aleja Él, le perdemos nosotros.
2º).- Él no es de nuestra propiedad exclusiva. Los celos acaparadores del pensamiento humano sólo proporcionan egoísmo; y ésto es incompatible con Dios.
¿Podríamos afirmar, siguiendo al evangelista, que Jesús a sus 12 años, es ya consciente de quien es y para qué ha sido llamado a este mundo?. La respuesta sólo puede darla cada uno de nosotros desde su propia experiencia, pero, personalmente me inclino a creer que estamos ante una apología del evangelista carente de realidad. Es como si Lucas, bien por sí mismo, bien por influencia de quienes le relataron los hechos descritos en su evangelio, quisiera "resaltar" la inmensa sabiduría de un preadolescente de 12 años que ya posee el conocimiento de su condición dual de Dios-hombre.
El acervo cultural que Jesús podría tener a esa edad, el conocimiento e interpretación de las escrituras, probablemente, no diferiría de los que poseyeran el resto de niños de su edad. La capacidad intelectual de Jesús, a esa edad, sería similar a la de sus congéneres, de otra forma, es difícil explicar por qué "desperdició" 23 años de su vida (los que van desde los 12 a los 35 [probable edad en que comienza su ministerio público]) en una existencia anodina carente de reflejo en ningún texto evangélico.
Mi opinión es que Jesús de Nazareth, en un proceso reflexivo intenso y profundo, a lo largo de su vida, va intuyendo su realidad dual y "toma" el testigo que el Padre le ofrece para devenir en el "cordero" pascual de la redención.
Otra cosa es la experiencia de fe que cada uno de nosotros podamos extraer de estos versículos, así como de la enseñanza profunda e íntima que pueda atravesarnos en su lectura e interpretación.
Lc. 2, 51-52
El versículo 52 es reiteración del 40, por lo tanto no incidiré más en ello.
El versículo 51 nos muestra la humildad de Jesús y el camino de la preparación para su misión. Probablemente, en esta época, de la que nunca se vuelve a hablar en ningún evangelio, se conformó la formación religiosa de Jesús que, posteriormente, le llevaría a la polémica y enfrentamiento con escribas, fariseos y saduceos.
En todo caso, lo que se nos muestra es la normalidad de una familia humilde en una humilde aldea de Galilea: la normalidad de Dios.
MATEO – MARCOS –LUCAS-JUAN
El Santo Evangelio refundido
COMIENZO DE LA PREDICACIÓN
Mt. 3, 1-12
1 En aquellos días vino Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea, 2 y diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado. 3 Pues éste es aquel de quien habló el profeta Isaías, cuando dijo:
Voz del que clama en el desierto:
Preparad el camino del Señor,
Enderezad sus sendas.
4 Y Juan estaba vestido de pelo de camello, y tenía un cinto de cuero alrededor de sus lomos; y su comida era langostas y miel silvestre. 5 Y salía a él Jerusalén, y toda Judea, y toda la provincia de alrededor del Jordán, 6 y eran bautizados por él en el Jordán, confesando sus pecados.
7 Al ver él que muchos de los fariseos y de los saduceos venían a su bautismo, les decía: ¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? 8 Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, 9 y no penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras. 10 Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego.
11 Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. 12 Su aventador está en su mano, y limpiará su era; y recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará.
Mc. 1.2-8
2 Como está escrito en Isaías el profeta:
He aquí yo envío mi mensajero delante de tu faz,
El cual preparará tu camino delante de ti.
3 Voz del que clama en el desierto:
Preparad el camino del Señor;
Enderezad sus sendas.
4 Bautizaba Juan en el desierto, y predicaba el bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados. 5 Y salían a él toda la provincia de Judea, y todos los de Jerusalén; y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados. 6 Y Juan estaba vestido de pelo de camello, y tenía un cinto de cuero alrededor de sus lomos; y comía langostas y miel silvestre. 7 Y predicaba, diciendo: Viene tras mí el que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar encorvado la correa de su calzado. 8 Yo a la verdad os he bautizado con agua; pero él os bautizará con Espíritu Santo.
Lc. 3.1-17
1 En el año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo gobernador de Judea Poncio Pilato, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Felipe tetrarca de Iturea y de la provincia de Traconite, y Lisanias tetrarca de Abilinia, 2 y siendo sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. 3 Y él fue por toda la región contigua al Jordán, predicando el bautismo del arrepentimiento para perdón de pecados, 4 como está escrito en el libro de las palabras del profeta Isaías, que dice:
Voz del que clama en el desierto:
Preparad el camino del Señor;
Enderezad sus sendas.
5 Todo valle se rellenará,
Y se bajará todo monte y collado;
Los caminos torcidos serán enderezados,
Y los caminos ásperos allanados;
6 Y verá toda carne la salvación de Dios.
7 Y decía a las multitudes que salían para ser bautizadas por él: ¡Oh generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? 8 Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no comencéis a decir dentro de vosotros mismos: Tenemos a Abraham por padre; porque os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras. 9 Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto se corta y se echa en el fuego.
10 Y la gente le preguntaba, diciendo: Entonces, ¿qué haremos? 11 Y respondiendo, les dijo: El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo. 12 Vinieron también unos publicanos para ser bautizados, y le dijeron: Maestro, ¿qué haremos? 13 Él les dijo: No exijáis más de lo que os está ordenado. 14 También le preguntaron unos soldados, diciendo: Y nosotros, ¿qué haremos? Y les dijo: No hagáis extorsión a nadie, ni calumniéis; y contentaos con vuestro salario.
15 Como el pueblo estaba en expectativa, preguntándose todos en sus corazones si acaso Juan sería el Cristo, 16 respondió Juan, diciendo a todos: Yo a la verdad os bautizo en agua; pero viene uno más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de su calzado; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. 17 Su aventador está en su mano, y limpiará su era, y recogerá el trigo en su granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará.
Jn. 1, 15-28
15 Juan dio testimonio de él, y clamó diciendo: Este es de quien yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo. 16 Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia. 17 Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. 18 A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.
19 Este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron de Jerusalén sacerdotes y levitas para que le preguntasen: ¿Tú, quién eres? 20 Confesó, y no negó, sino confesó: Yo no soy el Cristo. 21 Y le preguntaron: ¿Qué pues? ¿Eres tú Elías? Dijo: No soy. ¿Eres tú el profeta? Y respondió: No. 22 Le dijeron: ¿Pues quién eres? para que demos respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo? 23 Dijo: Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías.
24 Y los que habían sido enviados eran de los fariseos. 25 Y le preguntaron, y le dijeron: ¿Por qué, pues, bautizas, si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta? 26 Juan les respondió diciendo: Yo bautizo con agua; mas en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis. 27 Este es el que viene después de mí, el que es antes de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado. 28 Estas cosas sucedieron en Betábara, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando.
Por primera vez nos encontramos con un acontecimiento que es recogido, de forma similar, no sólo por los sinópticos, sino también por San Juan. Estamos ante la presentación, al comienzo de la predicación de Cristo, de las 5 fuentes originarias del Evangelio de Jesucristo: La de Marcos, la denominada "fuente Q", las propias de Mateo, las propias de Lucas y las de Juan. Todas ellas aunadas en este pasaje.
Es de las pocas ocasiones en que ésto sucede y no quiero desperdiciar la oportunidad para hacer dos intentos de lectura sobre el pasaje que se nos presenta.
Una primera lectura de tipo sociológico, marcando las coincidencias y divergencias entre los evangelistas, así como los razonamientos que lo justifican.
Una segunda lectura, más teológica, con las aportaciones que, de mi propia experiencia de Dios, puedo extraer del texto, tras una refundición de los cuatro textos en uno.
El hecho histórico que se nos presenta es el comienzo de la predicación de Juan el Bautista en la región establecida a lo largo de las riberas del Jordán.
Según las investigaciones que han llegado hasta nuestros días, Juan el Bautista, además de ser consagrado por su padre Zacarías como nazareo (Del griego NAZWRAIOS = coronado, consagrado). Se calificaban así a los varones o hembras consagrados a Dios. Debían abstenerse de beber vino o sidra, evitar la contaminación con los cadáveres y abstenerse de cortarse el pelo) por encargo del ángel (Lc. 1,15).
Se supone que pudo pertenecer, al menos durante algún tiempo, a la secta de los esenios (Término griego que significa piadoso). Secta religiosa judía compuesta de sacerdotes disidentes del clero de Jerusalén y de laicos desterrados que se asentaba en las cercanías del Mar Muerto (QUMRAM). En 1946 se descubrieron una serie de manuscritos que recogen pasajes de la vida judía desde el siglo II a. C y diversos pasajes del AT. Vivían en comunidades con un sistema de vida muy severo de espiritualidad apocalíptica y convencidas de construir el verdadero pueblo de Dios. Su doctrina mantendrá muchos puntos de contacto con los fariseos pero mantendrá siempre la ruptura radical con el judaísmo oficial. Esperaban un Mesías para establecer el reino de los justos.
Tras su acercamiento a la civilización judía para extender su predicación, paulatinamente fue rodeándose de seguidores (discípulos) que propagaban y apoyaban su discurso. Probablemente el propio Jesús de Nazaret, en sus comienzos, fue unos de estos discípulos (ambos eran primos segundos).
El pasaje que estamos examinando se nos suele presentar como los comienzos de la predicación del Bautista, aunque, por lo que se puede desprender de él, no debemos estar ante los comienzos, sino más bien en el punto álgido de la misma, ya que el propio texto nos habla de la multitud de gentes de varias comarcas que acudían a sus pláticas. No olvidemos que en el momento histórico en que nos encontramos, los medios de comunicación de masas eran inexistentes, por lo tanto para que algún personaje alcanzase la popularidad del Bautista, que parece desprenderse del texto, era necesario el transcurso de un período de tiempo prudencial ejerciendo una labor pública, suficiente para que el "boca a boca" de la época surtiese un efecto multiplicador apreciable.
De los cuatro textos contemplados, el de Lucas es el que recoge con mayor extensión y fidelidad la profecía contenida en Is. 40, 3-4.
Sin embargo, los cuatro evangelistas, intencionadamente, o fruto de un error de transcripción en los textos que ellos mismos manejaron, cometen el mismo error.
La profecía de Isaías comienza con "Una voz clama: en el desierto preparad el camino a Jehová..."
Sin embargo, los tres sinópticos transcriben: "voz del que clama en el desierto: preparad el camino del Señor..."
Juan, por su parte, atribuye estas palabras al propio Bautista: "Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: enderezad el camino del Señor..."
La diferencia entre los evangelistas y la profecía de Isaías está en la colocación de los dos puntos ":"
Mientras que en el sentido que Isaías los coloca, lo que ubica es la situación en que se debe preparar el camino del Señor: en el desierto, la colocación que otorgan los evangelistas a este símbolo gramatical cambia completamente el sentido de la proclamación. Es la voz que clama la que ubican en el desierto. El lugar desde donde se prepare el camino al Señor carece de relevancia para los evangelistas.
El sentido de Isaías es mucho más radical. El preparar el camino del Señor desde el desierto (tomado de forma literal da origen a la secta de los esenios, de la que formó parte el propio Bautista), implica el apartamiento de la vida social, conlleva la ruptura con todo lo establecido (el desierto es la nada) y partir desde la sequía, la soledad y el sufrimiento que significaba para el pueblo hebreo el desierto. Es la recreación del "volver a empezar" procedente del Éxodo.
La preparación que proponen los evangelistas es la que se origina desde la cotidianidad, propuesto por alguien que viene desde la nada: el desierto.
Marcos, además, introduce en esta profecía una frase que no se corresponde con Isaías 40, 3-4, sino con Malaquías 3, 1: "he aquí que yo envío mi mensajero delante de tu faz".
Mateo y Lucas rompen con el judaísmo en la calificación de "raza de víboras" y abren el camino a los gentiles con "Dios puede levantar hijos de Abraham de estas piedras", relativizando, al mismo tiempo, la exclusividad que los judíos se atribuían de "pueblo elegido".
Marcos, sin embargo, omite estas menciones. La opción continuista de este evangelista queda puesta de manifiesto una vez más.
Mateo, aún, va mas allá en su descalificación, al dirigir estos "piropos" a fariseos y saduceos, mientras que Lucas los generaliza para la multitud que se acerca al Bautista.
Juan, por contra, no recoge ninguno de estos detalles, ya que lo que el Bautista hace, a través de su evangelio, es responder a sacerdotes y levitas del partido fariseo sobre preguntas acerca de él mismo.
Los cuatro evangelistas recogen el instrumento bautismal (bautismo = inmersión), así como la significación del mismo y la transformación de este rito en sacramento por el Mesías a través del bautismo con el Espíritu Santo (Juan omite esta circunstancia).
Por su parte, Mateo y Lucas acentúan el significado del bautismo como acto purificador con otro símbolo, atribuido al poder "del que viene detrás de mí": el fuego.
Lucas, en exclusiva, inserta en este pasaje unos versículos moralizantes y sociales (10 a 14).
Ni en Mateo, ni en Lucas se recoge el cuestionamiento de la personalidad del Bautista.
Sin embargo, en el texto de Juan, éste es el eje central del discurso, siendo también recogido dentro del evangelio de Lucas.
Algo exclusivo de Mateo y novedoso, es la mención del "reino de los cielos". Algo que nos vamos a encontrar en los otros evangelistas, pero como "reino de Dios".
Mientras que Lucas y Mateo otorgan al bautismo del Bautista la potestad del perdón de los pecados, Mateo sólo le cualifica como medio de arrepentimiento, no de perdón directo. Juan, por su lado, ni siquiera hace mención a este circunstancia.
El único que ubica, históricamente, este hecho es Lucas, precisando con minuciosidad el momento en que se desarrolla.
Así mismo, es Lucas el único que recoge la calificación de maestro, refiriéndose al Bautista, sin que ninguno de los otros evangelistas se refiera a él con este "sobrenombre".
Dada la premisa mesiánica del evangelio de Juan, éste ya, desde sus comienzos, da por sentado, incluyéndolo en ese contexto para que no haya dudas, la naturaleza divina del que viene tras el Bautista.
Ni Lucas ni Juan recogen la característica nazarea del Bautista. Lucas porque ya lo recogió en pasajes anteriores (Lc. 1, 15 [porque será grande ante el Señor; no beberá vino ni licor; estará lleno de Espíritu Santo ya desde el seno de su madre]), mientras que a Juan no le preocupa lo más mínimo.
Sin embargo, tanto Marcos como Mateo lo explicitan en la descripción de la vestidura y alimentación del Bautista (rememoración del Éxodo y característica de la secta esenia).
Hasta aquí la disección comparativa de los textos, desde una perspectiva sociológica y literaria.
A continuación vayamos a la refundición de los textos y al intento de extracción de sus enseñanzas, a la luz de mi propia y personal experiencia de fe.
Una primera reflexión. ¿Dónde sitúan los evangelistas la escena?: En el desierto, más concretamente, al otro lado del Jordán.
No es una ubicación gratuita. El desierto es una experiencia traumática y fundamental para Israel. No hay certeza histórica del origen del pueblo de Israel, pero su conformación como tal podemos dirigirla hacia el desierto del Sinaí (al menos desde la óptica religiosa, ya que las investigaciones antropológicas parecen deducir otros orígenes y evoluciones).
Su experiencia del Éxodo marcó su devenir histórico posterior: en el desierto conocieron la Ley, su travesía les dio la fuerza y dureza necesaria para la conquista de la tierra prometida, en el desierto se les reveló la presencia y acompañamiento de Yahveh, en el desierto aparecieron sus primeras infidelidades fruto de sus limitaciones y miedos, el desierto fue, como mínimo, la antesala de su historia como pueblo.
El desierto contiene una simbología aún más profunda. Significa la ausencia de medios de subsistencia, la penuria más absoluta, el lugar donde sólo puede mantenerte la fe porque el resto de los bagajes son intranscendentes, el lugar donde es imposible el inmovilismo porque significaría la muerte.
Desde la fe del creyente, el desierto es equiparable al pecado, a la soledad que implica la lejanía de Dios, pero también, y por la misma razón, el lugar donde más se "hecha de menos" a Dios.
Es el lugar ideal para alcanzar la identidad consigo mismo, y facilitar el acercamiento al Creador. Es el espacio donde sólo te encuentras a tí mismo y al Señor.
Es la antítesis de la "aldea global", donde multitud de interferencias distorsionan nuestro devenir, apartándonos del encuentro con Dios.
El desierto tiene, además, una segunda simbología. Implica las "afueras" de la civilización. A lo largo de toda la Biblia podemos ver como Dios suele manifestarse al creyente en los aledaños de las poblaciones, en lugares apartados.
Es como si Dios sintiera una cierta aversión a las urbes, por estimar que en ellas le resulta difícil contactar con los hombres debido a la cantidad de "escaparates" que les distraen.
Miremos a nuestro alrededor para buscar la razón de ese comportamiento. En la civilización se acumulan y manifiestan las desigualdades, las opresiones de los hombres por otros hombres y se explicita la injusticia de la construcción social.
Una última precisión sobre el lugar de la escena.
Los cuatro evangelistas hacen mención al desierto como el lugar de la predicación y origen de la misma por parte del Bautista. Además de constituir un posicionamiento existencial (apartamiento de lo material y abandono de las comodidades y prebendas de la civilización) para ejercitar su misión, el desierto tiene otra lectura objetiva.
Si lo tomamos como el espacio hacia el que dirigimos la predicación, podremos apreciar el fracaso. El Bautista es el prólogo de Cristo. Su predicación es incómoda para el "stablishment" (lo que le acarreará la muerte), pero será más radicalizada por el propio Jesús.
Ambos recogen y constatan su fracaso inmediato: predican en el desierto.
¿Quién de nosotros, a lo largo de nuestra vida cristiana, no ha sentido la soledad de Cristo en Getsemaní, la del Bautista en la cárcel de Herodes, o la amargura de Jesús en la cruz?. ¿De qué sirve nuestro esfuerzo por seguir a Cristo, por propagar la Buena Nueva, por tratar de acomodar nuestra existencia al ejemplo y docencia de Cristo, si "predicamos (con el ejemplo) en el desierto"?. ¿Quién no ha tenido la sensación de vivir en soledad, apartado del mundo, porque intentamos hacerlo según Jesús nos muestra?.
Este desierto, el destinatario de nuestra predicación como discípulos de Cristo desde su Pascua redentora, cada vez se hace más constatable dentro de la civilización materialista de que nos hemos dotado, pero más aún en los aledaños de la misma (3er y cuarto mundo), donde la soledad y desertización de objetivos, valores y sentimientos se entremezcla con la literalidad de la miseria y marginación.
Los evangelistas nos hablan de Juan, el primo de Jesús. Es el último de los profetas del AT y el primero del NT.
Tampoco es casual la relación entre ambos. Su diferencia de edad es mínima (6 ó 9 meses). Juan, por anuncio del ángel, fue consagrado al nazareo. Probablemente pasó algunos años con los esenios en sus retiros, pero decidió extender su predicación al pueblo de forma pragmática.
Tampoco es descartable que el propio Cristo formase parte de su grupo de discípulos durante algún tiempo, siguiendo a su primo.
De él se habla poco en el Evangelio. Apenas unos versículos, pero históricamente debió ser un personaje importante cuando el propio tetrarca de Galilea (Herodes Antipas), tuvo tanta preocupación por sus críticas y predicaciones.
El momento en que se desarrolla la escena debió corresponder al punto álgido de la predicación del Bautista (Y salía a él Jerusalén, y toda Judea, y toda la provincia de alrededor del Jordán).
Su diferencia con el resto de los profetas está en su radicalidad (no penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre; porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras), la presentación que hace de su predicación (diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado) y la novedad que implica su discurso Y él fue por toda la región contigua al Jordán, predicando el bautismo del arrepentimiento para perdón de pecados.
El bautismo, como figura teológica o religiosa, no es novedosa. Bautismo, del griego BAPTISMA = inmersión. La zambullida en el agua es símbolo de PURIFICACIÓN: al salir del agua, el bautizado es "otra persona".
La utilización del agua, especialmente del agua limpia y corriente del río, como elemento purificador es algo heredado de la tradición histórica.
La novedad que Juan introduce es la de su uso para el nacimiento de un hombre nuevo, como elemento liberador de las cargas que implican los pecados, pero exige el arrepentimiento.
Juan, por tanto, está dotado del carisma necesario para el perdón de los pecados. Es, por tanto, desde nuestra óptica, un sacerdote (aunque jurídicamente no lo fuese), utilizando para su misión un símbolo: el bautismo con agua.
Posteriormente, Jesús no volverá a utilizar este símbolo, por sí mismo, aunque sí sus discípulos (Jn. 4, 2aunque Jesús no bautizaba, sino sus discípulos), pero se sometería al rito para manifestar su equiparación con el resto de la humanidad.
Sin embargo, sí ordenará a sus seguidores que lo utilicen en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu (Mt. 28, 19: Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo).
Al mismo tiempo, es resaltable algunos aspectos de la personalidad de Juan.
Ésta queda manifestada por su atuendo, así como el énfasis social de sus palabras.
En estos pasajes observamos como alguien de "buena familia", por amor a Dios e imbuido del Espíritu, es capaz de abandonar su posición y comodidades para, desde la humildad y la miseria voluntaria, predicar la justicia del reino.
Sus palabras a los saduceos, fariseos, publicanos y soldados, son una anticipación de las enseñanzas de Cristo.
¿Cuantos de nosotros estamos dispuestos a seguir su ejemplo?
Nuestro desierto, como ya hemos comentado más arriba, no está lejos, ni es un mar de arena. Está a nuestro alrededor, vive con nosotros en nuestros barrios.
Juan nos propone el reparto de la riqueza, la utilización mesurada y ponderada del poder, la condena a la opresión.
¿No nos suena?. ¿Esta justicia que proclama el Bautista, no es aplicable a nuestros marginados, a nuestros pobres, a la opresión de las naciones, a los expoliados y expulsados de nuestra civilización...?
Fijémonos ahora en los siguientes versículos: Mt. 3, 10-12; Mc. 1, 7-8; Lc. 3, 9 y Lc. 3, 16-17.
Es el verdadero anuncio de Cristo.
El que viene, el que, para nosotros, ya llegó, no es otro profeta. En Él se reúnen las posibilidades definitivas de la salvación o la condena.
Cristo bautizará con el Espíritu porque en Él está el Espíritu.
Él posee el aventador y dispone del poder de quemar la paja porque es el Hijo de Dios.
Está dotado, no sólo del carisma, sino del poder absoluto, porque su origen es el Padre.
Ante Él, ninguno somos dignos de desatar la correa de su calzado, aunque Él nos lavará los pies cada vez que lo necesitemos.
Juan nos está presentando y anunciando la personificación del reino de Dios.
Por todo ello, Cristo será profeta, sacerdote y rey, aunando todas y cada una de sus características y posibilidades.
Cristo, a su vez, no necesita, "per se", de ningún precursor o anunciador, pero sí lo necesitamos nosotros.
Nuestras limitaciones y carencias nos obligan a disponer de un prólogo anunciador de lo que contemplamos. Es parte de la economía de la redención. Obedece a la planificación divina de la salvación y obedece al proyecto de la revelación divina.
La llegada del reino, la presencia de Jesús (en tanto que Dios hecho carne), es de tal magnitud que su asimilación sería imposible sin los precursores anteriores (profetas, de los cuales el último es el Bautista).
Otra novedad introducida por Juan es la ampliación o extensión de los destinatarios o herederos del reino.
El pueblo elegido pierde su exclusivismo. Una exclusividad autocomplaciente y auto-otorgada durante siglos. Una exclusividad excluyente de lo periférico.
La predicación de Juan amplía la descendencia de Abraham a cualquier persona. Dios es Padre de todos los hombres y Juan lo propaga a quien quiera escucharlo.
Hasta aquí los sinópticos. Mención aparte, como siempre, merece el evangelio según San Juan.
En este escrito, el núcleo no está, como en los sinópticos, alrededor de la predicación del Bautista, sino en la identificación del propio personaje.
El centro está en la reiteración del interés del Bautista para no ser confundido con el Ungido.
Es un testimonio que debiéramos tener muy presente quienes intentamos seguir a Cristo.
En estas pocas líneas vuelve a presentársenos la identidad del Mesías.
Se le identifica como la fuente de gracia (gracia sobre gracia) y de verdad.
Esta verdad es la absoluta, no un término constreñido a un concepto. De Él nace toda respuesta a cualquier interrogante existencial.
La razón: estamos ante el Hijo de Dios, el unigénito, por ello tiene el poder de la fuente y se sitúa por encima de la Ley de Moisés.
Una vez finalizado el comentario, sólo una observación.
Estos pasajes son susceptibles de refundición en un sólo texto. La redacción, a nuestro estilo, bien podría ser como sigue:
1. En el año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo gobernador de Judea Poncio Pilato, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Felipe tetrarca de Iturea y de la provincia de Traconite, y Lisanias tetrarca de Abilinia, y siendo sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y él fue por toda la región contigua al Jordán, predicando el bautismo del arrepentimiento para perdón de pecados.
2. He aquí yo envío mi mensajero delante de tu faz y como el pueblo estaba en expectativa, preguntándose todos en sus corazones si acaso Juan sería el Cristo, los judíos enviaron de Jerusalén sacerdotes y levitas para que le preguntasen: ¿Tú, quién eres? Confesó, y no negó, sino confesó: Yo no soy el Cristo. Y le preguntaron: ¿Qué pues? ¿Eres tú Elías? Dijo: No soy. ¿Eres tú el profeta? Y respondió: No.Le dijeron: ¿Pues quién eres? para que demos respuesta a los que nos enviaron. ¿Qué dices de ti mismo? Dijo:
3. Yo soy la voz del que clama en el desierto:
4. Preparad el camino del Señor;
5. Enderezad sus sendas.
6. Todo valle se rellenará,
7. Y se bajará todo monte y collado;
8. Los caminos torcidos serán enderezados,
9. Y los caminos ásperos allanados;
10.Y verá toda carne la salvación de Dios.
11.Como está escrito en el libro de las palabras del profeta Isaías.
12.Y Juan estaba vestido de pelo de camello, y tenía un cinto de cuero alrededor de sus lomos; y su comida era langostas y miel silvestre. Y salía a él Jerusalén, y toda Judea, y toda la provincia de alrededor del Jordán, y eran bautizados por él en el Jordán, confesando sus pecados.
13.Al ver él que muchos de los fariseos y de los saduceos venían a su bautismo decía a las multitudes que salían para ser bautizadas por él: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado. ¡Oh generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no comencéis a decir dentro de vosotros mismos: Tenemos a Abraham por padre; porque os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras. Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto se corta y se echa en el fuego.
14.Y los que habían sido enviados eran de los fariseos. Y le preguntaron, y le dijeron: ¿Por qué, pues, bautizas, si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta?. Juan les respondió diciendo: Yo bautizo con agua; mas en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis del cual no soy digno de desatar la correa del calzado. Y predicaba, diciendo: Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. Su aventador está en su mano, y limpiará su era; y recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará.
15.Juan dio testimonio de Él, y clamó diciendo: Este es de quien yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo. Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia. Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.
16.Y la gente le preguntaba, diciendo: Entonces, ¿qué haremos? Y respondiendo, les dijo: El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo. Vinieron también unos publicanos para ser bautizados, y le dijeron: Maestro, ¿qué haremos? Él les dijo: No exijáis más de lo que os está ordenado. También le preguntaron unos soldados, diciendo: Y nosotros, ¿qué haremos? Y les dijo: No hagáis extorsión a nadie, ni calumniéis; y contentaos con vuestro salario.
17.Estas cosas sucedieron en Betábara, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando.
Como puede comprobarse he utilizado las mismas frases y palabras que los evangelistas para no perjudicar el texto. Sólo he suprimido las expresiones comunes y he procedido a una "racionalización" de su estructura literaria en una secuencia más acorde con nuestros tiempos.
He tenido la tentación de analizar los pasajes en este formato, pero al final, he considerado que podría constituir una manipulación subjetiva del Evangelio, y nada más lejos de mi intención. No estoy reescribiendo, sino intentado comprender la Buena Noticia, por lo tanto, sólo queda como mera curiosidad.
Mt. 3, 13-17
13 Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán, para ser bautizado por él. 14 Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí? 15 Pero Jesús le respondió: Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia. Entonces le dejó. 16 Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él. 17 Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.
Mc. 1.9-11
9 Aconteció en aquellos días, que Jesús vino de Nazareth de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. 10 Y luego, cuando subía del agua, vio abrirse los cielos, y al Espíritu como paloma que descendía sobre él. 11 Y vino una voz de los cielos que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia.
Lc. 3.21-22
21 Aconteció que cuando todo el pueblo se bautizaba, también Jesús fue bautizado; y orando, el cielo se abrió, 22 y descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como paloma, y vino una voz del cielo que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia.
Jn. 1, 29-34
29 El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. 30 Este es aquel de quien yo dije: Después de mí viene un varón, el cual es antes de mí; porque era primero que yo. 31 Y yo no le conocía; mas para que fuese manifestado a Israel, por esto vine yo bautizando con agua. 32 También dio Juan testimonio, diciendo: Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y permaneció sobre él. 33 Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquél me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo. 34 Y yo le vi, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.
Por segunda vez, los cuatro evangelistas, nos reflejan un mismo acontecimiento.
En esta ocasión, hasta los sinópticos marcan diferencias resaltables entre sí. No es sólo el evangelio redactado por Juan el diferenciable.
Vayamos por partes, porque estamos ante uno de los más pequeños acontecimientos reflejados en el Evangelio (en extensión), que constituye uno de los más grandes misterios del mismo.
Echemos primero un vistazo a las similitudes y diferencias entre las cuatro redacciones.
Sorprendentemente, el más escueto y simple lo constituye la redacción aportada por Lucas, cuando, por lo general, este evangelista suele ser el más explícito y pormenorizado.
A su vez, Lucas es el único que introduce en el bautismo de Jesús una acción causante de la aparición del Espíritu: "y orando, el cielo se abrió".
No es la única ocasión en que esta acción nos la encontraremos en el texto de Lucas.
La acción de la oración es determinante para el evangelista. Es el medio y el detonante para otras acciones ulteriores.
Efectivamente, la oración es el momento cumbre de la intimidad de la criatura con el Creador. Constituye el vehículo de comunicación directo y perfecto.
Lucas y Marcos coinciden en el tiempo verbal del verbo "ser" con el que el Padre se presenta y dirige sus palabras desde el cielo (eres). Ambos evangelistas presentan un diálogo del Padre con el Hijo. El Padre se dirige al Hijo: Tú eres mi hijo amado, en tí tengo complacencia.
Es la explicitación de filiación que dará origen al Abbá de Getsemaní. Es un diálogo de confianza e intimismo entre ambas personas que aloja su propia diferenciación: un es del otro (ERES MI HIJO) y, por lo tanto, uno se complace en el otro.
Sin embargo, Mateo recoge un discurso del Padre dirigido en tercera persona, hacia el auditorio. Es una proclamación universal en lugar de un diálogo entre personas.
Por su parte, Juan recoge una versión diferente. El diálogo es de Dios con el propio Bautista. Es éste el narrador de la escena, a modo de testimonio.
Algo en lo que coinciden los cuatro evangelistas es en la corporización del Espíritu: una paloma.
Estamos ante un símbolo personificador del Espíritu. Este animal es utilizado a lo largo de la Biblia hasta en 25 ocasiones, siendo la más significativa la aparición en el Génesis de la mano de Noé, como mensajera de paz y estabilidad.
La paloma es un símbolo de docilidad, inocencia y paz. Es un intermediario y mensajero, por ello es utilizada en sacrificios rituales como vehículo transmisor de las necesidades de los hombres hasta Dios.
Antes de proseguir, hagamos una salvedad.
El texto de Juan, en ninguno de sus versículos, recoge el hecho del bautismo de Jesús de Nazaret.
He incluido este pasaje, junto con los sinópticos, en este apartado, por la similitud de narraciones contenidas, sobreentendiendo que cuando Juan dice: "El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él", Cristo se dirige al Bautista para cumplir con el rito de su predicación, pero el texto no lo explicita así.
Los tres sinópticos coinciden en la apertura celestial, aunque con diferencias matizables entre sí.
Mientras que en Mateo los cielos fueron abiertos para Jesús, Marcos nos indica que éstos se abrieron por sí mismos ante la contemplación de Jesús. Por su parte, como hemos dicho antes, Lucas atribuye dicha apertura a la oración del nazareno.
Mientras que Lucas lo ignora, Mateo y Marcos precisan el lugar de procedencia de Jesús: Galilea. Incluso Marcos va mas allá al ubicar con exactitud el lugar de procedencia: Nazaret.
Esto parecería invalidar la teoría de que Jesús, durante algún tiempo, pudo pertenecer al discipulado del Bautista, pero no pasa de ser un recurso estilístico atemporal que no influye en la pertenencia, o no, de Cristo a los seguidores de Juan el Bautista.
Por su parte, Lucas, no recoge el hecho del bautismo de Jesús por el Bautista, sólo la circunstancia de su bautismo. Luego, según esta redacción, Jesús podría haber sido bautizado por cualquiera de los discípulos de Juan.
Mateo es el único que recoge la oposición de Juan al bautismo de Jesús. Es una manifestación del reconocimiento de la inferioridad de cualquiera ante la grandeza de Cristo, que después nos vamos a encontrar en las manifestaciones del centurión "no soy digno de que entres en mi casa...", o en la oposición de Pedro a ser lavado por Cristo en el cenáculo. Todas estas manifestaciones de oposición a la voluntad de Cristo, lo son por razones de humildad e inferioridad ante el Hijo de Dios.
Tal y como se nos presenta en los sinópticos, el bautizo de Juan parece equiparable a un rito iniciático que adquiere una dimensión trascendente y salvadora a partir de este momento.
El cambio está en que el que se bautiza es nada menos que el Hijo de Dios.
El texto de Juan introduce en el mundo nuevas posibilidades desconocidas hasta el momento. El calificativo que el Bautista otorga a Jesús, y la cualidad de que lo adorna (He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo), es esencial para nuestra fe.
Cordero de Dios es una denominación plena de simbolismo y sentido espiritual. En arameo, la misma palabra (Talya) identifica al cordero y al siervo. El cordero es el animal dócil al pastor (el Padre) y manso aunque sea llevado al matadero. Estos versículos cobran todo su significado a la luz de lo escrito en Is. 53.7 (fue oprimido y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como una oveja que ante los que la trasquilan está muda, él tampoco abrió la boca). Estamos ante el Siervo de Dios que adquiere el simbolismo del Cordero pascual, como víctima propiciatoria para la liberación del mundo de la esclavitud del pecado, como paralelismo del cordero que Israel sacrificó en Egipto para su liberación de la opresión esclavista.
De aquí nos llega la cualificación "que quita el pecado del mundo". Es la misión encomendada al Mesías por el Padre. Una misión libertaria y salvadora, sólo posible con su sacrificio en la nueva pascua.
Esta novedad es fundamental para nuestra vida. El hombre, por sí mismo, está incapacitado para su autoliberación del pecado y de la esclavitud que éste conlleva, porque es el propio hombre el generador del pecado. La salida, por tanto, sólo puede atisbarse con una mediación sacrificial: la del Cordero (Siervo) de Dios, como culminación última de una trayectoria histórica y vivencial de amor a los hombres.
Antes de esta presencia, los pecados eran mercantilizados y trocados con rituales, más o menos equitativos, pero esta práctica había degenerado en una suerte de chalaneo que anexionaba desigualdades, chantajes y cinismo, por cuanto adolecía de los elementos esenciales: arrepentimiento, caridad y amor.
Desde la Buena Nueva, un sólo sacrificio, el del Cordero de Dios, anula todos los sacrificios menores e individuales y posibilita la liberación real del pecado al aportar a su acción los elementos citados.
Con todo, las dos cuestiones fundamentales y esenciales contenidas en estos versículos consisten en:
a).- Si Jesús es el Hijo de Dios o el Cordero de Dios, y el bautismo de Juan es un instrumento de perdón de los pecados a través del arrepentimiento, y, por su propia naturaleza divina, Jesús está libre de pecado, ¿qué sentido tiene el bautismo de Jesús de Nazaret?.
b).- Es el único lugar del Evangelio en el que encontramos reunidas las tres personas del gran misterio de la Trinidad. Por decirlo en otras palabras, constituye la revelación a los hombres de la constitución interna de Dios como uno y trino.
Primera cuestión: Bautismo de Jesús
¿Por qué se bautiza Jesús?. Puesto que nos ajustamos al texto evangélico, los sinópticos coinciden en que la aplicación del rito es para el arrepentimiento (Mt. 3, 11: Yo os bautizo en agua para conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de llevarle las sandalias. El os bautizará en Espíritu Santo y fuego) y perdón de los pecados (Mc. 1,4 : apareció Juan bautizando en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados; y Lc. 3, 3: Y se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados).
Si tomamos, igualmente, Mc. 1,1: Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios, Jn, 1, 17-18: 17 Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. 18 A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado, Mt. 3, 17: Y una voz que salía de los cielos decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco.», Mc. 1,11: Y se oyó una voz que venía de los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco.», Lc. 3, 22: y bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma; y vino una voz del cielo: = «Tú eres mi hijo; yo hoy te he engendrado.» y Jn. 1, 29: Al día siguiente ve a Jesús venir hacia él y dice: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo; veremos que el que va a ser bautizado (para el perdón de los pecados) es el Hijo de Dios, y, como tal, tiene el poder, por sí mismo, para el perdón, es la verdad y la gracia (está libre de pecado).
¿Qué sentido tiene que alguien que es el origen del perdón y está libre de culpa y transgresión se someta a un ritual que tiene como objetivo, precisamente, lo que Él representa (el perdón y la reconciliación con Dios).
Tratemos de dar respuestas.
1).- Jesús se somete al bautismo por ser éste un rito de confirmación, o iniciático, del discipulado de Juan.
No parece ser ese el sentido que el Evangelio otorga a este ritual. Los evangelistas lo dejan meridianamente claro en sus textos (fariseos y saduceos acudían al bautismo de Juan; yo bautizo con agua para el arrepentimiento [no como proselitismo]; predicaba el bautismo para el perdón de los pecados; salían a él toda la provincia de Judea y todos los de Jerusalén [no sólo sus seguidores]).
Además, Jesús llegó al bautista con el sólo objetivo de bautizarse (Jesús vino de Nazaret de Galilea). No es algo casual o consecuencia del seguimiento de Juan. Estamos ante una acción premeditada e intencionada de Jesús. No es aceptable, entonces, esta premisa para explicar la actitud de Cristo. Otra cuestión es que Jesús llegase, o no, a pertenecer durante algún tiempo, al grupo de seguidores del Bautista. No sería descabellado considerarlo como una preparación para su propia predicación.
2).- Jesús, en ese momento, no es consciente de su condición dual de Dios-hombre.
Veamos, para ello, a Lc. 2, 49: El les dijo: «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?». Según Lucas, ya a sus 12 años, Jesús manifiesta conciencia intelectual de su dualidad. El evangelista nos quiere presentar que la cogniscibilidad de su dualidad no es algo que se evidencia en su persona en un momento determinado de su vida, sino que la posee desde su propio nacimiento. Por lo tanto, desde esta premisa, el propio Cristo reconoce lo extraño de la situación al manifestarle a Juan, ante sus reticencias a bautizarle: Deja ahora, porque así conviene. No es que Cristo lo encuentre lógico, sino que conviene a su ministerio hacerlo así.
Cristo parece ser (a la luz del texto de Lucas) plenamente consciente de quien es y, por lo tanto, de la improcedencia objetiva de su sometimiento a la limpieza bautismal, pero insiste en ello voluntariamente.
Tampoco me inclino por esta posibilidad, porque no tengo muy clara la cogniscencia intelectual de Jesús de Nazareth acerca de su "dualidad" en el momento histórico en que este acontecimiento se produce, y mucho menos, a la temprana edad en que parece "reconocérselo" el evangelista Lucas. Más bien me inclino a pensar que Jesús de Nazareth va encontrando, a lo largo de su vida, su SER interior y percibiendo en su humanidad la existencia de la dualidad, pero no tanto como una experiencia intelectual, sino como una intuición de su relación con el Padre que le llevará al final de su ministerio a la invocación del "Abbá" como culminación de dicha relación íntima.
3).- Jesús pasa por el rito para después utilizarlo en su práxis.
Sólo Juan recoge una alusión en este sentido en Jn. 4, 1-2: 1Cuando Jesús se enteró de que había llegado a oídos de los fariseos que él hacía más discípulos y bautizaba más que Juan 2aunque no era Jesús mismo el que bautizaba, sino sus discípulos.
Sólo poco antes de su ascensión, Cristo retoma este rito, no para sí mismo, sino como medio y símbolo para sus seguidores en Mt. 28, 19: Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, pero con una diferencia fundamental respecto del bautismo de Juan: encarga el bautismo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Desde esta óptica es desde donde podemos encontrar un atisbo de explicación a este misterio.
Cristo, comienza a intuir su dualidad Dios-hombre y, aun estimando no precisar, la limpieza que conlleva el bautismo, considera que debe igualarse al resto de los hombres pasando por el ritual como símbolo visible del nuevo nacimiento del hombre que, posteriormente, tras la Pascua instituida por Él incorporará al sacramento el otro gran misterio de este pasaje: la Trinidad.
El bautismo de Jesús, pues, no tiene el sentido de la limpieza, arrepentimiento y perdón que tiene para el resto de los hombres, sino que Él se sumerge en el ritual para constatar y proclamar su personalidad humana y poder trascender después, desde su naturaleza divina, al bautismo como eje de la redención y símbolo de la reconciliación del hombre con Dios.
Esta redención, como después veremos en otro de los grandes misterios del Evangelio (el misterio de la cruz), no podría haberse realizado como una suerte de pantomima figurativa y escenográfica, sino desde toda la realidad y dramatismo de la historia humana real. Dios no plantea la posibilidad de reconciliación desde una atalaya altiva, sino desde la propia realidad del hombre y sus miserias. Por ello, su Hijo, el redentor, se inmiscuye totalmente en la humanidad, desciende a la miseria del hombre y renace, como hombre nuevo, con el bautismo, dando así lugar a la revelación última de la esencia de Dios: tres personas y un solo Dios.
Para nosotros, los cristianos, los discípulos de Cristo, y para el resto de los hombres, ¿qué sentido tiene el bautismo tomado por Cristo del Bautista y trascendido después de su resurrección?.
El propio Cristo nos lo deja meridianamente claro en Mc. 16, 16: El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará.
Sin embargo, una lectura integrista, sesgada y fundamentalista de esta cita nos llevaría a las cruzadas, la Inquisición, la colonización de América a golpe de cruz y espada...
El bautismo no es sólo un rito o símbolo de afiliación a una religión, sino una voluntad y una nueva forma de ser y de estar (en la vida).
De ser, porque se ES desde Cristo, para el Padre y con el Espíritu.
De estar, porque implica una nueva perspectiva de la vida y la existencia con su reflejo en el hermano y en el amor que debemos ofrecer a todos cuantos lo necesiten, siguiendo el ejemplo de Jesús.
El nuevo bautismo, tras la aparición de Cristo, conlleva el abandono del hombre viejo, si por viejo entendemos la priorización materialista, y el renacimiento de un hombre nuevo, nacido del agua purificadora que el propio Jesús ofertó a la Samaritana en Jn. 4,14: pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna.».
Este bautismo implica un compromiso con Cristo y, a través de él, un compromiso con el resto de la humanidad, nuestros hermanos, convertidos en tales, precisamente a través de la docencia de Cristo y su acción salvífica y redentora.
Lamentablemente, en nuestros días, el bautismo se ha cosificado por su ritualización.
Sorprendentemente, la catequesis preparatoria se da a los nuevos miembros de la comunidad cristiana a posteriori y como preparación iniciática de la Eucaristía, pero no como iniciación y docencia de las consecuencias de su incorporación al cuerpo místico de Cristo. Todo ello por un prejuicio absurdo fundado en la creencia de que el no bautizado no puede acceder a la gloria de Dios.
En los primeros tiempos de la Iglesia, sin embargo, el bautismo era el paso fundamental para la incorporación de cualquier nuevo miembro a la comunidad cristiana, y para ello se le preparaba concienzuda y minuciosamente. Sólo tras esta preparación y tras la constatación de que el aspirante tenía plena conciencia de las implicaciones que asumía con su pertenencia a la comunidad, era admitido en la misma.
Tampoco estaría de más que retomásemos esta práctica más lógica y menos determinante.
b).- La segunda gran cuestión de este pasaje conlleva el misterio de los misterios: Padre, Hijo y Espíritu, tres personas y un sólo Dios.
Es significativo que la Trinidad aparezca una sola vez reunida en el Evangelio y lo haga, precisamente, en el momento del bautismo de Cristo. Obviamente, obedece a los planes de la revelación, el que ésto sea así.
Se elige como momento idóneo para esta culminación de la revelación, el del renacimiento del hombre nuevo, reconciliado con Dios y simbolizado por el bautismo de Jesús de Nazaret.
La formulación de la Trinidad, como ente único y plural no está recogida en el Evangelio. Nos encontramos algunos apuntes en las epístolas de Pablo (2Co. 13,13: La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros; Co.12, 4-6: 4 Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; 5 diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; 6 diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra en todos; y Ef. 4, 4-6: 4 Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados. 5 Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, 6 un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos), pero no es algo explicitado evangélicamente, ni que la Iglesia primitiva asumiera como verdad hasta el Concilio Ecuménico de Nicea, en el año 325, complementado después con los dictámenes del Segundo Concilio Ecuménico de Constantinopla en el año 381. Posteriormente, es en el Concilio de Constantinopla II, del año 553 y en el de Toledo XI en el año 675, cuando se formula la cosustancialidad de las tres personas, y de forma definitiva en el Concilio de Florencia del año 1442.
Con todo, la relación entre las tres personas, aunque no explicitadas como la figura unitaria de la Trinidad, no es extraña ni ajena al propio Evangelio.
La interrealación entre las personas, además de en este pasaje, podemos encontrarla en:
Mc. 9, 7: Entonces se formó una nube que les cubrió con su sombra, y vino una voz desde la nube: «Este es mi Hijo amado, escuchadle.»
Mt. 17, 5: Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle.»
Jn. 14, 11-17: 11 Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras.
12 En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre.
13 Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo.
14 Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré.
15 Si me amáis, guardaréis mis mandamientos;
16 yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre,
17 el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros.
Jn. 20, 22: Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo.
Lc. 11, 13: Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!»
Mc. 13, 11: «Y cuando os lleven para entregaros, no os preocupéis de qué vais a hablar; sino hablad lo que se os comunique en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu Santo.
Mt. 28, 19: Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo
Jn. 15, 26: Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí.
Jn. 16, 7-9: 7 Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré:
8 y cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio;
9 en lo referente al pecado, porque no creen en mí;
Pero muy especialmente vemos la relación de Jesús (el Hijo) con el Padre, en la oración de Getsemaní y en la propia cruz.
¿Cómo podemos, desde la racionalidad, explicar la configuración única y trinitaria a la vez?. Es imposible. La creencia en esta formulación corresponde a la fe, tomándola como una respuesta del hombre a la grandiosidad de Dios y a su revelación, no como el reflejo de un deseo.
¿Son las personas trinitarias diferentes manifestaciones de una misma esencia?. No, son tres personas independientes y dependientes al mismo tiempo, interrelacionadas entre sí por el amor y vinculadas, desde y hacia, la eternidad por su propia existencia igualitaria.
La formulación del Credo católico, dentro del símbolo Nicea-Costantinopla, puede conducir a equívocos si su proclamación no se reflexiona: Creo en un sólo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos...; Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo...
Tomada a la ligera, esta proclamación parece desprender dependencia y prelación entre las personas, incluido un orden institucional u orgánico y cronológico.
Esta interpretación sería una simplificación errónea de la relación interpersonal.
Dios no tiene origen ni final, porque ES el origen y el destino de todas las cosas. Es la fuerza, la verdad y la vida.
Así, sus tres personas revisten las mismas características y cualidades. Ninguna de ellas tiene origen o final, por lo tanto no han sido creadas una por cualquiera de las otras. Existen por sí mismas, desde siempre y para siempre, dentro de la unidad de esencia y naturaleza.
Tratar de conceptualizar a Dios y su misterio es inútil desde la capacidad limitada humana. Sólo puede llevar a la desesperación y la esquizofrenia, porque su grandiosidad desborda nuestro entendimiento finito.
Todo lo más, podemos acercarnos a su realidad, desde sus manifestaciones, pero nunca a su realidad íntima por estar ésta fuera de nuestro alcance.
Así, desde esta perspectiva pragmática, y a través del prisma de mi propia experiencia de Dios, entiendo a la persona del Padre como el Generador, el Ente Creador, al Hijo como la aproximación y plasmación de Dios en el hombre y al Espíritu como mediador y vehículo comunicativo entre Dios y el hombre y viceversa, pero todo ello, reconociendo todas las cualidades de cada persona en las otras dos y viceversa.
Seguro que no aporto ninguna luz a este misterio, pero es mi apreciación. Para un mayor detalle, remito al Catecismo de la Iglesia Católica y demás publicaciones teológicas dedicadas a este aspecto misterioso.
Mt. 4, 1-11
1 Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo. 2 Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre. 3 Y vino a él el tentador, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan. 4 Él respondió y dijo: Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. 5 Entonces el diablo le llevó a la santa ciudad, y le puso sobre el pináculo del templo, 6 y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está:
A sus ángeles mandará acerca de ti, y,
En sus manos te sostendrán,
Para que no tropieces con tu pie en piedra.
7 Jesús le dijo: Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios. 8 Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, 9 y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorares. 10 Entonces Jesús le dijo: Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás. 11 El diablo entonces le dejó; y he aquí vinieron ángeles y le servían.
Mc. 1.12-13
12 Y luego el Espíritu le impulsó al desierto. 13 Y estuvo allí en el desierto cuarenta días, y era tentado por Satanás, y estaba con las fieras; y los ángeles le servían.
Lc. 4.1-13
1 Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto 2 por cuarenta días, y era tentado por el diablo. Y no comió nada en aquellos días, pasados los cuales, tuvo hambre. 3 Entonces el diablo le dijo: Si eres Hijo de Dios, dí a esta piedra que se convierta en pan. 4 Jesús, respondiéndole, dijo: Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra de Dios. 5 Y le llevó el diablo a un alto monte, y le mostró en un momento todos los reinos de la tierra. 6 Y le dijo el diablo: A ti te daré toda esta potestad, y la gloria de ellos; porque a mí me ha sido entregada, y a quien quiero la doy. 7 Si tú postrado me adorares, todos serán tuyos. 8 Respondiendo Jesús, le dijo: Vete de mí, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás. 9 Y le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el pináculo del templo, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate de aquí abajo; 10 porque escrito está:
A sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden;
11 y, En las manos te sostendrán, Para que no tropieces con tu pie en piedra. 12 Respondiendo Jesús, le dijo: Dicho está: No tentarás al Señor tu Dios. 13 Y cuando el diablo hubo acabado toda tentación, se apartó de él por un tiempo.
Llegamos a otro de los capítulos sorprendentes y, a primera vista, incongruente, del Evangelio de Jesucristo: las tentaciones.
¿Qué sentido tienen las tentaciones en la persona de Jesucristo?, ¿cómo puede ser tentado el Hijo de Dios si, per se, es detentador de todos los poderes en su máxima expresión?, ¿qué son las tentaciones y el pecado para los hombres?.
Estas y otras cuestiones se plantean ante la lectura de este pasaje.
Intentaremos darles respuesta más adelante, pero sigamos el esquema acostumbrado y, en primer lugar, analicemos el texto.
Sólo los sinópticos recogen esta peripecia de Jesús, con ligeras diferencias entre Mateo y Lucas; y abismal entre ambos y la redacción facilitada por Marcos. Podemos asignar el origen de este pasaje en Marcos, aunque se evidencian aportaciones de la fuente Q, así como de las propias de Lucas y Mateo.
Probablemente estamos ante una narración relatada por Jesús a sus amigos y discípulos en algún momento de su vida comunitaria y los tres evangelistas la recogen en la forma que nos ha llegado hasta nosotros.
En este pasaje Marcos es sucinto y lacónico. Sólo narra el hecho del retiro de Jesús durante cuarenta días al desierto y vagamente recoge el hecho de la tentación sin entrar en detalles de la misma.
La aportación fundamental de Marcos podemos encontrarla en la convivencia de Jesús con las fieras.
Tanto Mateo como Lucas entran en detalle al describir y relatar las tentaciones, así como las reacciones de Jesús ante cada una de ellas.
Obviamente estamos ante una extrapolación del "quinto evangelio" o fuente "Q", para las redacciones de estos dos evangelistas.
Las diferencias entre ambos son más semánticas y de construcción literaria que de otra índole. En este caso no hay diferencias sustanciales entre ellos, salvo la referencia que Lucas hace del poder del tentador sobre los poderes terrenales, ausente en la redacción de Mateo.
Detengámonos primeramente en los símbolos que se nos presentan en el texto.
Es destacable la mención de los tres evangelistas al desencadenante del retiro de Jesús: llevado por el Espíritu, el Espíritu le impulsó al desierto, lleno del Espíritu Santo...llevado al desierto.
Luego no estamos ante un capricho o una casualidad en el acontecer de Cristo. Su retiro es premeditado y planeado. Tampoco obedece a un impulso personal del propio Cristo, sino que es conducido por la tercera persona de la Trinidad, en cumplimiento de uno más de los episodios planificados, que no predestinados, en la economía de la salvación.
Nuevamente aparece el desierto como significación de lugar de reflexión, apartamiento y preparación. Este pasaje, dentro de las tres redacciones sinópticas está ubicada inmediatamente antes del comienzo de la predicación de Jesús. Es el preludio de su vida pública.
Su retiro al desierto es una rememoración del peregrinaje de Israel por el desierto a su salida de Egipto, como preparación antes de la entrada en Canaán.
Otro detalle llamativo, por su simbolismo, es el número de días que se atribuyen a la estancia de Jesús en su retiro: 40
El cuarenta es uno de los números bíblicos por excelencia. Aparece en la Biblia más de 70 veces y en muy diversas circunstancias (diluvio universal, período de purificación, etc.). Como múltiplo directo del 4, que significa la totalidad por su analogía con los cuatro puntos cardinales de la tierra (todas las direcciones), nos lleva a pensar que su simbología obedece más a una intencionalidad del narrador que a una realidad histórica.
La conjunción del desierto y el número 40 nos retrotrae al período de extravío de Israel en el desierto ( Ex. 16, 35:Los israelitas comieron el maná por espacio de cuarenta años, hasta que llegaron a tierra habitada. Lo estuvieron comiendo hasta que llegaron a los confines del país de Canaán; Núm. 14, 33: y vuestros hijos serán nómadas cuarenta años en el desierto, cargando con vuestra infidelidad, hasta que no falte uno solo de vuestros cadáveres en el desierto) y, especialmente, a los días que Moisés convivió con Dios en el Sinaí (Ex. 24,18: Moisés entró dentro de la nube y subió al monte. Y permaneció Moisés en el monte cuarenta días y cuarenta noches; y Ex. 34, 28: Moisés estuvo allí con Yahveh cuarenta días y cuarenta noches, sin comer pan ni beber agua. Y escribió en las tablas las palabras de la alianza, las diez palabras.).
Obviamente estamos ante una recreación evangélica de estos pasajes del Éxodo. En ambos, Moisés, el artífice de la salida de Egipto, el primer "caudillo" de Israel, recibe los elementos de la Alianza de Dios con su pueblo. En el retiro de Cristo, éste prepara su acontecer predicatorio para la Nueva Alianza. El número es simbólico, probablemente ni Israel pasó 40 años en el desierto, ni Moisés 40 días subido al monte Sinaí, ni Jesús 40 días en el desierto sin comer ni beber, especialmente porque dada la radicalidad del clima desértico de Palestina, tal circunstancia hubiese acabado con la vida de cualquier persona.
La cifra de 40 días es equivalente a "todos los días que necesitó para su preparación".
Es también una rememoración de Is. 40, 3: En el desierto: abrid camino a Yahveh, trazad en la estepa una calzada recta a nuestro Dios.
Otro detalle significativo nos lo encontramos inmediatamente antes de las tentaciones: tuvo hambre.
Jesús es un hombre. Es el Hijo de Dios, pero encarnado en Jesús de Nazaret, e igual a nosotros en todo excepto en el pecado, por lo tanto tiene nuestras mismas necesidades y sufre las mismas limitaciones biológicas.
Esto es fundamental tenerlo en cuenta a lo largo del Evangelio para darnos cuenta y percibir que estamos ante Dios hecho hombre y que, como tal, dentro de esta faceta, siente, sufre, se desilusiona, tiene miedo, hambre y sed (no ya de justicia, que también, sino hambre y sed físicas).
Se ha especulado con la pertenencia de Jesús al partido esenio y este pasaje podría aducirse en tal sentido, como un retiro temporal de Cristo en el seno de esa comunidad en el desierto, pero ni los textos que estamos contemplando, ni ninguna otra literatura posterior apoyan esta especulación y, por otro lado, el comportamiento público de Jesús, a lo largo de su ministerio, más bien contradice tal posibilidad, puesto que Jesús sí toma partido y se implica en la realidad histórica de Israel y se "contamina" constantemente con pecadores e inmundos.
Antes de entrar en las tentaciones en sí, veamos tres símbolos resaltables: las fieras, los ángeles y el demonio (Satanás).
La mención de Marcos acerca de la convivencia de Jesús con las fieras es una figura retórica y simbólica de la convivencia del hombre desde su soledad personal con la tribu de males que le acechan.
Igualmente el servicio de los ángeles recogido por Mateo y Marcos, pero no por Lucas, es una forma de simbolizar el final del "mal trago" pasado. Tomar literalmente esta afirmación en el sentido de la aparición de "seres" esotéricos de procedencia divina, puestos al servicio de Jesús nos llevaría a la contradicción de su naturaleza humana y a la desnaturalización de su sufrimiento: no importa lo que pase, porque siempre estarán mis ángeles que me sacarán del apuro. Entraríamos en conflicto con sus propias afirmaciones en el momento de su arresto (Mt. 26, 53: ¿O piensas que no puedo yo rogar a mi Padre, que pondría al punto a mi disposición más de doce legiones de ángeles?).
Tomemos, por último el símbolo del diablo, demonio o Satanás.
Este es un personaje extraño y ajeno a la cultura y religión judía tradicional. Satanás, en hebreo, significa adversario, acusador.
En el AT aparece pocas veces (Zac. 3, 1 [Me hizo ver después al sumo sacerdote Josué, que estaba ante el ángel de Yahveh; a su derecha estaba el Satán para acusarle]; Job. 1, 6-12 [6 El día que los Hijos de Dios venían a presentarse ante Yahveh, vino también entre ellos el Satán. 7 Yahveh dijo al Satán: «¿De dónde vienes?» El Satán respondió a Yahveh: «De recorrer la tierra y pasearme por ella.» 8 Y Yahveh dijo al Satán: «¿No te has fijado en mi siervo Job? ¡No hay nadie como él en la tierra; es un hombre cabal, recto, que teme a Dios y se aparta del mal!» 9 Respondió el Satán a Yahveh: «Es que Job teme a Dios de balde? 10 ¿No has levantado tú una valla en torno a él, a su casa y a todas sus posesiones? Has bendecido la obra de sus manos y sus rebaños hormiguean por el país. 11 Pero extiende tu mano y toca todos sus bienes; ¡verás si no te maldice a la cara!» 12 Dijo Yahveh al Satán: «Ahí tienes todos sus bienes en tus manos. Cuida sólo de no poner tu mano en él.» Y el Satán salió de la presencia de Yahveh]; 2, 1-7 [similar a la cita anterior]; 1 Cro. 21,1 [Alzóse Satán contra Israel, e incitó a David a hacer el censo del pueblo]) y siempre como adversario de los hombres, más que de Dios. Más parece un instrumento utilizado por Dios para probar la fidelidad de los hombres, que propiamente una personificación del mal, tal como lo concebimos hoy.
El término diablo es equivalente a acusador, calumniador.
Tras el destierro babilónico y la "contaminación" filosófica y cultural de Israel por otros pueblos: persas, griegos, romanos, egipcios, etc. , este personaje comienza a aparecer en sus tradiciones, como una importación necesaria para explicar acontecimientos de su propia realidad histórica. Es fruto de culturas y pensamientos ajenos a Israel y difícil de explicar desde la Torah y la doctrina deuteronómica, donde el mal es fruto del pecado y éste una consecuencia del egoísmo, la soberbia y la infidelidad de los hombres.
Otras culturas, especialmente la helena, sí contemplan la personificación del mal como ente separado, con personalidad propia (en todo su sentido). Es de estas culturas de donde nace la incorporación de Satanás o el diablo a la cultura y tradiciones judías.
En todo caso, cada uno de nosotros debe, individualmente, reflexionar cobre la existencia real, o no, de este personaje; o discernir si estamos ante el fruto de nuestra necesidad intelectual de achacar nuestros males y reveses a algo ajeno a nosotros mismos, como evolución de nuestra propia soberbia e incapacidad de reconocer humildemente nuestras finitudes y limitaciones. Es la vuelta al Génesis, cuando Adán culpa de su caída a Eva y ésta a la serpiente, incapaces ambos de atribuirse la responsabilidad que les corresponde por su pretensión y altanería.
Por fin, entremos en el núcleo central del pasaje: las tentaciones en sí.
Una simple lectura nos hará ver que se nos presentan tres tipos de tentación, correspondiente a otros tantos tipos de pecado o transgresiones del hombre hacia la voluntad de Dios.
Mateo y Lucas las ordenan de forma diferente, pero ambos recogen esencialmente las tres, perfectamente definidas y separadas.
a).- Tentación "haz que estas piedras se conviertan en pan" -> correspondiente al pecado estructural.
b).- Tentación "Si eres el Hijo de Dios, échate abajo..."-> correspondiente al pecado existencial.
c).- Tentación "A tí te daré toda esta potestad ... si postrado me adorares" -> correspondiente al pecado moral.
Vayamos con la primera de las tentaciones.
Es una tentación sibilina y desafiante. Pone a prueba la templanza y los planes de la economía de la salvación.
Jesús-Cristo = Hombre-Dios siente hambre por la situación creada. Ante su condición dual Dios-hombre se plantea la duda y la tentación: ¿por qué debo sufrir si soy el Hijo de Dios y está en mi mano evitarlo utilizando mis posibilidades de transformación milagrosa o extemporánea?.
La tentación plantea la dialéctica entre hacer y contemplar.
Hacer, violentando la condición humana de Jesús, o contemplar desde la perspectiva divina del Cristo.
La reacción de Jesús está contenida en las palabras de Dt. 8, 3 (Te humilló, te hizo pasar hambre, te dio a comer el maná que ni tú ni tus padres habíais conocido, para mostrarte que no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca de Yahveh.)
El hambre real va más allá de la necesidad física.
Estamos ante el pecado estructural que condiciona nuestra existencia sin nuestra intervención.
Nacemos, vivimos y desarrollamos nuestra acción dentro de una sociedad relacional dotada de estructuras pecaminosas por injustas y desiguales.
Nosotros no somos los causantes directos, pero heredamos y participamos del pecado colectivo en tanto miembros de la misma.
La tentación es clara y condicionante: si eres el Hijo de Dios (si eres seguidor de Cristo, en nuestro caso), haz que estas piedras se conviertan en pan (modifica el entorno a tu capricho y conveniencia para que resulte más sencillo digerir la injusticia que te rodea).
Jesús responde ampliando el objetivo, elevando el destino y sublimando el acontecer: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
Las necesidades y perspectivas personales no son importantes. El cambio real y sustancial viene de la escucha y práctica de la Palabra, configurada como alimento fundamental del espíritu.
Lo importante no es mi hambre y mi visión sino las piedras que reflejan la realidad alienante con que me enfrento y a la que sólo puedo afrontar con la ayuda de la Palabra de Dios.
La tentación está en quedarse en la primera parte, perdiendo de vista el verdadero objetivo que se recoge en la respuesta de Cristo.
No importa lo que yo sea, o me crea ser, lo esencial es la construcción del reino con esfuerzo y trabajo cotidiano, oyendo y practicando la Palabra de Dios.
Segunda tentación
El diablo lleva a Jesús a un lugar emblemático y significativo: al pinacho del templo de Jerusalén.
Jerusalén es el centro del mundo judío, el hábitat por excelencia de los creyentes y fieles de Yahveh. Por la alianza de Dios con David y Salomón, la tradición indica que Yahveh reside en el templo, lugar de peregrinación y recogimiento, de recepción de ofrendas y sacrificios.
Es el lugar idóneo para el pecado existencial, donde nuestras reacciones ante la eventualidad nos pueden conducir a mostrar un ser diferente del real. Al aprovechamiento de nuestro posicionamiento, para presentarnos de forma diferente a lo que somos.
Esta es la tentación que Satanás le propone a Jesús: aprovecha que estás en el centro del mundo y presenta una imagen de tí mismo falsa, por parcial y alejada de tu misión, pero dulce para tu ego, de forma que todos te alaben.
También se utiliza una forma condicional: Si eres el Hijo de Dios = si no lo haces es que no eres realmente lo que dices ser. Es la coacción por el halago.
Las palabras de Satanás proviene del Salmo 91, 11-12: 11 que él dará orden sobre ti a sus ángeles de guardarte en todos tus caminos. 12 Te llevarán ellos en sus manos, para que en piedra no tropiece tu pie;
¿Cuál es la respuesta de Cristo?. Aquí no hay consideraciones ni alternativas. El rechazo es plano y rotundo. Utilizando Dt. 6, 16 (No tentaréis a Yahveh vuestro Dios, como le habéis tentado en Massá.) Cristo recuerda al diablo su limitación y, al mismo tiempo, nos lo recuerda a todos nosotros: no tientes a Dios y, si lo haces, asume las consecuencias.
Tercera de las tentaciones
Nuevamente el diablo utiliza otro símbolo: un monte muy alto.
Las alturas, los montes, tienen, para los judíos, una simbología clara.
La altura es equivalente a Dios. Desde lo alto de un monte les fueron entregadas las tablas de la Ley, en un monte ordenó Yahveh a Abraham el sacrificio de Isaac, en un monte se posó el arca de Noé...
Desde lo alto de los montes se divisan los contornos y las comarcas. De alguna manera, desde lo alto se posee un cierto poder sobre lo que oteas.
Si bien Mateo lo omite, es importante el contenido de Lucas respecto de la propiedad otorgada al diablo sobre el poder y las riquezas, que es lo que se ofrece a Jesús en esta tentación.
Lo importante de esta aseveración estriba en que, a través de ella, podemos constatar que los poderes terrenales y las riquezas están en propiedad del diablo, de la materialidad, no provienen, ni ellos, ni la gloria que proporcionan, de Dios.
Estamos ante el pecado moral. La faceta vinculada a la opción personal.
Mientras que en el pecado estructural y el existencial, la opción y la voluntad humanas están mediatizadas o, incluso, eliminadas, en el pecado moral es imprescindible.
El escaparate está servido y a nuestra disposición, pero sólo un impulso voluntario y consciente (postrarse y adorar) nos puede llevar a la inmersión en este pecado, al acepto de la tentación.
Es la sustitución del Dios de la justicia y el amor por el ídolo del poder y el dinero. Nosotros marcamos las diferencias y las prioridades de nuestra vida, dentro de los límites del pecado estructural y existencial, pero somos libres de asumir el pecado moral.
La respuesta de Jesús es meridiana y fulminante, aprovechando Dt. 6, 13 (A Yahveh tu Dios temerás, a él le servirás, por su nombre jurarás.).
No cabe interpretaciones o disimulo. La dialéctica está servida: o Dios o los poderes y riquezas materiales. Tú eliges. Jesús abundará en ello más adelante (Lc. 16, 13 [«Ningún criado puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero.»]; Lc. 22, 31 [«¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo]; Mt. 6, 24 [igual a Lucas 16,13]; Mc. 10, 21-23 [21 Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme.» 22 Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes. 23 Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!»]; Mt. 19, 21-23 [igual a Marcos]; Lc. 18, 22-24 [igual a Marcos]).
Las tentaciones concluyen con una observación llamativa y sorprendente en la redacción de Lucas: el diablo se apartó por algún tiempo.
De ello se desprende una consecuencia lógica: Jesús no va a estar, a lo largo de su vida, libre de las tentaciones. Con ello contestamos a las cuestiones planteadas al principio de este comentario. ¿Qué sentido tiene la tentación en la persona de Jesucristo?. En la de Cristo, ninguno, en la de Jesús, toda, al igual que en cualquiera de nosotros. Es la reiteración de lo tratado con motivo de su bautismo. Jesús, cual hombre, desarrolla su ministerio en las mismas condiciones de finitud y limitaciones que el resto de los humanos, si no fuese así, su encarnación dejaría de tener poder salvífico y sólo sería una pantomima. Lo importante de este episodio es la forma en que Jesús hace frente a las tentaciones que le son planteadas, aun teniendo conciencia de su condición de Hijo de Dios. Tampoco creo que estuviésemos ante una conciencia intelectual de tal condición, sino de una intuición relacional con el Padre.
Todo ello al margen de que los pasajes examinados se ajusten históricamente a la realidad. Probablemente no, pero su carácter catequético y doctrinal es indudable y que Jesús, como hombre, tuvo tentaciones, es algo indudable y evidente a lo largo del Evangelio, veamos si no, los pasajes de Mt. 16, 23 (Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!), o sus miedos y ganas de abandonar en Getsemaní en Mt. 26, 38-39 (38 Entonces les dice: «Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos aquí y velad conmigo.» 39 Y adelantándose un poco, cayó rostro en tierra, y suplicaba así: «Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú.»), o la mismísima gran blasfemia proferida en lo alto de la cruz en Mt. 27, 46 (Y alrededor de la hora nona clamó Jesús con fuerte voz: = «¡Elí, Elí! ¿lemá sabactaní?», = esto es: = «¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?»)
A lo largo del Evangelio veremos muchas llamadas al AT, pero pocas tan claras y con tal concentración como las encontradas en estos pasajes, así como con esta intencionalidad.
Las llamadas vistas en estos pasajes, salvo la referida al Salmo 91, están todas referidas al libro del Deuteronomio. Es la confirmación, al principio de su ministerio, de la profesión de fe deuteronomista de un judío creyente, religioso y convencido: Jesús de Nazaret
Jn. 3, 22-36
22 Después de esto, vino Jesús con sus discípulos a la tierra de Judea, y estuvo allí con ellos, y bautizaba. 23 Juan bautizaba también en Enón, junto a Salim, porque había allí muchas aguas; y venían, y eran bautizados. 24 Porque Juan no había sido aún encarcelado.
25 Entonces hubo discusión entre los discípulos de Juan y los judíos acerca de la purificación. 26 Y vinieron a Juan y le dijeron: Rabí, mira que el que estaba contigo al otro lado del Jordán, de quien tú diste testimonio, bautiza, y todos vienen a él. 27 Respondió Juan y dijo: No puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del cielo. 28 Vosotros mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo, sino que soy enviado delante de él. 29 El que tiene la esposa, es el esposo; mas el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues, este mi gozo está cumplido. 30 Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe.
31 El que de arriba viene, es sobre todos; el que es de la tierra, es terrenal, y cosas terrenales habla; el que viene del cielo, es sobre todos. 32 Y lo que vio y oyó, esto testifica; y nadie recibe su testimonio. 33 El que recibe su testimonio, éste atestigua que Dios es veraz. 34 Porque el que Dios envió, las palabras de Dios habla; pues Dios no da el Espíritu por medida. 35 El Padre ama al Hijo, y todas las cosas ha entregado en su mano.
36 El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehusa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.
Por primera vez, y esto va a suceder en el futuro con bastante asiduidad, nos encontramos en esta refundición con un pasaje exclusivo de evangelio transmitido por San Juan y que carece de correspondencia con el resto de las redacciones evangélicas.
Antes de entrar en estos versículos, quizá sea llegado el momento de acercarnos o detenernos algo más en el propio Evangelio de Jesucristo según San Juan.
Probablemente ninguno de los cuatro evangelios fueron confeccionados por una sola persona, sino por una escuela de pensamiento inspirada por el teórico autor, pero mucho más evidente se hace en el caso del texto atribuido a Juan.
Juan fue uno de los 12 elegidos por Jesús, pero no solamente eso, sino que se constituyó en uno de los distinguidos de entre ellos.
A él, junto con Santiago y Pedro, les otorgó el Señor el honor de presenciar anticipadamente su gloria inmensa en la transfiguración (Mc. 9, 2: Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos, y Mt. 17, 1-2: 1 Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. 2 Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz).
Igualmente, se los lleva aparte en Getsemaní para separarles del grupo y "charlar" privadamente con ellos (Mt. 26, 37: Y tomando consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a sentir tristeza y angustia; y Mc. 14, 33: Toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir pavor y angustia).
Además, son innumerables las veces que este discípulo aparece con el apelativo de "el discípulo amado de Jesús" o frases similares.
Sus textos, presumiblemente, fueron los últimos en ser escritos, alrededor del año 100, bien en vida del propio apóstol en su destierro en la isla de Patmos, bien como legado de la escuela de pensamiento fundada a su alrededor.
Juan, además del evangelio que se le atribuye, es nominado como autor de 3 cartas y el libro del Apocalípsis, un texto enigmático y con una fuerte intención consoladora para con una comunidad (la incipiente comunidad cristiana) en grave riesgo de desaparición a consecuencia de las persecuciones, especialmente las promovidas por el Emperador Nerón.
El estilo de este evangelista no es similar a ninguno de los sinópticos y sus fuentes también son distintas, aunque coincida con ellos en algunos pasajes y acontecimientos.
Estamos ante el evangelio más teológico de los cuatro canónicos, y todo él está redactado a modo de testimonio del evangelista o sus personajes, partiendo de una premisa: Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios hecho carne (Jn. 1, 14: Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad).
Este evangelio carece de parábolas y los milagros son descritos en el texto, más que como hechos magníficos, como pilares y apoyo a la premisa inicial.
Cronológica e históricamente es un texto anárquico y carente de linealidad.
Es el único que nos presenta 3 pascuas vividas por Jesús (unos 4 años de predicación), y ya en los comienzos del mismo (Jn. 2, 13-22: 13 Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. 14 Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. 15 Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; 16 y dijo a los que vendían palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado.» 17 Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: = El celo por tu Casa me devorará. = 18 Los judíos entonces le replicaron diciéndole: «Qué señal nos muestras para obrar así?» 19 Jesús les respondió: «Destruid este Santuario y en tres días lo levantaré.» 20 Los judíos le contestaron: «Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?» 21Pero él hablaba del Santuario de su cuerpo. 22 Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús ) sitúa a Cristo en Jerusalén echando a los vendedores del templo, cuando es algo que los sinópticos sitúan en el epílogo de su predicación, tras su entrada triunfal en Jerusalén, siendo uno de los desencadenantes de su persecución por saduceos y escribas (Mt. 21, 12-17: 12 Entró Jesús en el Templo y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el Templo; volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas. 13 Y les dijo: «Está escrito: = Mi Casa será llamada Casa de oración. = ¡Pero vosotros estáis haciendo de ella una = cueva de bandidos!» = 14 También en el Templo se acercaron a él algunos ciegos y cojos, y los curó. 15 Mas los sumos sacerdotes y los escribas, al ver los milagros que había hecho y a los niños que gritaban en el Templo: «¡Hosanna al Hijo de David!», se indignaron 16 y le dijeron: «¿Oyes lo que dicen éstos?» «Sí - les dice Jesús -. ¿No habéis leído nunca que = De la boca de los niños y de los que aún maman te preparaste alabanza?» =17 Y dejándolos, salió fuera de la ciudad, a Betania, donde pasó la noche; Mc. 11, 15-19: 15 Llegan a Jerusalén; y entrando en el Templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y a los que compraban en el Templo; volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas 16 y no permitía que nadie transportase cosas por el Templo. 17 Y les enseñaba, diciéndoles: «¿No está escrito: = Mi Casa será llamada Casa de oración para todas las gentes? = ¡Pero vosotros la tenéis hecha una = cueva de bandidos! =» 18 Se enteraron de esto los sumos sacerdotes y los escribas y buscaban cómo podrían matarle; porque le tenían miedo, pues toda la gente estaba asombrada de su doctrina. 19 Y al atardecer, salía fuera de la ciudad y Lc. 19, 45-48: 45 Entrando en el Templo, comenzó a echar fuera a los que vendían, 46 diciéndoles: «Está escrito: = Mi Casa será Casa de oración. = ¡Pero vosotros la habéis hecho = una cueva de bandidos!» = 47 Enseñaba todos los días en el Templo. Por su parte, los sumos sacerdotes, los escribas y también los notables del pueblo buscaban matarle, 48 pero no encontraban qué podrían hacer, porque todo el pueblo le oía pendiente de sus labios).
Otra diferencia la encontraremos en el llamamiento que Cristo hace a sus discípulos, que Juan sitúa antes del encarcelamiento del Bautista, mientras que los sinópticos lo hacen inmediatamente después.
El episodio del bautismo de Jesús, otro ejemplo más, es omitido por Juan. Sí hace aparecer la paloma como materialización del Espíritu Santo, pero soslaya el hecho del bautismo en sí (Jn. 1, 29-34: 9 Al día siguiente ve a Jesús venir hacia él y dice: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.30 Este es por quien yo dije: Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo. 31 Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel.» 32 Y Juan dio testimonio diciendo: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él. 33 Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: "Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo." 34 Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios.»). Probablemente la razón de esta omisión hacia un hecho tan sustancial como el bautismo de Cristo debamos buscarlo en los problemas que tal circunstancia acarreaba a la incipiente Iglesia (contradicción entre el bautismo para el perdón de los pecados impartido por el Bautista y la ausencia de pecado, por definición, en el Hijo de Dios).
Podríamos continuar buscando ejemplos de incorcondancias entre los sinópticos y el evangelio de Juan, pero no es ésta la finalidad ni la intencionalidad de mi trabajo.
Sin embargo, estas discordancias no hacen del evangelio de Juan un texto minimizable con respecto a los sinópticos, sino todo lo contrario. En realidad, en mi opinión personal, su contenido es el más bello y catequizante de los cuatro.
El pasaje que vamos a examinar a continuación, originalmente, está mucho más atrás de donde yo lo he situado.
La única razón para trasponerlo hay que buscarla en la mención del versículo 24 "Porque Juan no había sido aún encarcelado".
Para este trabajo he escogido como base el evangelio atribuido a Mateo por dos razones fundamentales: a) es el más extenso de los cuatro y, b) tradicionalmente es el considerado como el más "eclesial" por haber sido escrito en clave apologética para los propios cristianos del interior de Israel.
Desde este punto, y puesto que tanto Mateo, como Marcos y Lucas (Mt. 4, 12: Cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea; Mc. 1, 14: Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios y Lc. 3, 20: añadió a todas ellas la de encerrar a Juan en la cárcel) sitúan el encarcelamiento del Bautista apriorísticamente con respecto al comienzo de la predicación de Jesús, este pasaje no podía colocarlo en otra ubicación posterior a dicho encarcelamiento.
En todo caso, este pasaje constituye lo que viene en llamarse "el tercer testimonio del Bautista" y tiene vida propia y sentido aun desgajado de su contexto original.
Entrando de lleno en el texto sacaremos una primera conclusión evidente, que además es una constante del evangelio de Juan: En la época en que nos movemos existe proliferación de figuras mesiánicas, dos de las cuales se nos presentan en el texto (El Bautista y Jesús de Nazaret).
Los judíos que contemplan esta avalancha mesiánica intentan enfrentar ambas figuras con la intención de posicionarse personalmente ante alguno de ellos.
Juan evangelista va a dedicar una buena parte de su evangelio a demostrar la primacía de Jesús sobre el Bautista, utilizando una herramienta estilística propia de su redacción: el testimonio.
Probablemente, en el momento de ser escrito el texto, es posible que nos encontrásemos ante una discusión teológica entre los seguidores del Bautista y los seguidores de Jesús (a través de Juan), que el apóstol intenta sustanciar mediante los testimonios atribuidos al propio Bautista, aportando una fuerte carga catequética en el intento.
Al comienzo de este pasaje nos encontramos con una paradoja fruto de este enfrentamiento: ambos maestros utilizan el mismo símbolo como rito iniciático para sus prosélitos (bautizan con agua).
Hay una frase, a priori intrascendente, que nos posiciona respecto del acontecer de Jesús antes de principiar su ministerio: "...el que estaba contigo al otro lado del Jordán".
Si nos retrotraemos a Mt. 3, 4-6: 4 Tenía Juan su vestido hecho de pelos de camello, con un cinturón de cuero a sus lomos, y su comida eran langostas y miel silvestre. 5 Acudía entonces a él Jerusalén, toda Judea y toda la región del Jordán, 6 y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados; Mc. 1, 5: Acudía a él gente de toda la región de Judea y todos los de Jerusalén, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados; Lc. 3, 3: Y se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados y Jn. 1, 28: Esto ocurrió en Betania, al otro lado del Jordán, donde estaba Juan bautizando; veremos que el Bautista llevaba un tiempo realizando su predicación en el lugar señalado, y que dentro de su simbología, el bautismo ocupaba un lugar preferente.
Si a esto añadimos los contenidos de Mt. 3, 13: Entonces aparece Jesús, que viene de Galilea al Jordán donde Juan, para ser bautizado por él; Mc. 1, 9: Y sucedió que por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán y Jn. 1, 29: Al día siguiente ve a Jesús venir hacia él y dice: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo; parece desprenderse la certeza, apuntada en otra parte de este trabajo, de que Jesús pasó algún tiempo "preparándose" al lado de su primo segundo antes de iniciar su propio camino.
Especulemos un poco con esta situación.
Jesús tiene conciencia de la situación de desamparo de la humanidad (dentro de lo que este término podía significar para un judío del interior de Israel) y siente que Él está llamado a realizar algún tipo de aportación para alterar esta situación, pero, socialmente, es un pobre carpintero de Galilea sin preparación suficiente para acometer el ingente trabajo que dicha llamada precisa.
¿Cómo adquirir formación y asentamiento suficiente?, incorporándose a los seguidores de alguien que, como su primo, sí que disponía de esa formación por haber sido dedicado por su padre, Zacarías, al nazareo, así como por la experiencia adquirida en los años de su actividad pública y su posible estancia entre la comunidad esenia.
En un determinado momento, Jesús percibe que el mensaje de su primo no es suficiente y requiere una mayor radicalidad y enfrentamiento, no sólo con el poder político, sino también con el religioso. El mensaje del Bautista no acaba de llenarle y "rompe" con su primo para pasar a una predicación más radical fundamentada en el amor al hombre y la confianza absoluta en el Padre.
Posiblemente existieron, entre ambos, serias discusiones metodológicas y doctrinales; y, probablemente, en estos enfrentamientos, algunos de los seguidores del Bautista se "pasaron" al "bando" de Jesús (Jn. 1, 37: Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús)
No es una situación recogida en los textos, pero no es descabellado deducirla de los acontecimientos, añadiendo una significación trascendente.
A pesar de ser el Hijo de Dios, la encarnación sitúa a Jesús de Nazaret a nivel humano en cuanto a aptitudes y capacidades. Se hace mucho más humano y cercano a nosotros cuando se despoja de su rango divino y desciende a nuestro nivel para adquirir los conocimientos y preparación necesarios para su ministerio.
Estamos hablando de las herramientas e instrumentos propios del intelecto, porque los atribuibles al Espíritu, obviamente, ya moraban en Él desde antes de su concepción carnal.
Cristo acepta, con humildad, su discipulado del Bautista para, desde esa situación, conociendo a pie de calle la realidad con la que se va a enfrentar, emprender el camino de la salvación: nuevamente la naturalidad y ausencia de estridencias en el Dios hecho historia desde la propia historia.
La paradoja a que me refería antes la observamos al presentarnos a Jesús bautizando, al igual que Juan, cuando en el siguiente intento de enfrentarlos por parte de los fariseos, recogido en Jn. 4, 1-2: 1 Cuando Jesús se enteró de que había llegado a oídos de los fariseos que él hacía más discípulos y bautizaba más que Juan - 2 aunque no era Jesús mismo el que bautizaba, sino sus discípulos; se nos dice lo contrario.
De hecho, nunca más se hará mención a este rito (los sinópticos no lo recogen nunca) salvo al final de la presencia de Jesús en la tierra, una vez gloriosamente resucitado en Mt. 28, 19: Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y Mc. 16, 6: El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará, pero aquí estaríamos hablando de otro tipo de bautismo, otorgado por Cristo, en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que trataremos en su momento.
¿Por qué esta contradicción entre Jn. 3, 22 y Jn. 4, 2?. La ausencia posterior de este ritual en toda la predicación de Cristo nos hace suponer que Él, posiblemente, inició su ministerio con el mismo ritual que su primo, pero, en algún momento, optó por abandonarlo como una muestra más de radicalidad y diferenciación para con el ministerio del Bautista, centrando más su mensaje en el hecho sustancial: la instauración del reino de Dios en la tierra, por mor del amor del Padre.
Al utilizar el evangelio de Mateo como base, se pierde la perspectiva del resto de los textos, si éstos no confluyen con el de Mateo.
Este es uno de esos momentos, puesto que el pasaje nos sitúa a Jesús en un lugar geográfico (Judea) no coincidente con las ubicaciones de los sinópticos, dentro de los cuales, se sitúa el núcleo ministerial de Cristo en la periferia (Galilea) y, muy a última hora, en Jerusalén.
Sin embargo, Juan lo sitúa al comienzo de su evangelio, estamos en el capítulo 3, ya en Judea, con un grupo de seguidores y realizando una predicación activa y proselitista, cosa que los sinópticos no relatan hasta después del encarcelamiento del Bautista.
Este pasaje nos presenta también una suerte de competencia entre ambos primos y un intento de enfrentar al Bautista con el que había sido su discípulo. Sin embargo, Juan responde, una vez más, con una sabiduría profética propia de quien posee la gracia del Espíritu.
En cualquier caso, la veracidad de las declaraciones del Bautista tienen todos los visos de exactitud, puesto que cumplen con los criterios utilizados comúnmente para el examen de los textos evangélicos (discontinuidad, historicidad, etc.).
Entrando definitivamente en el testimonio de Juan. Obviamente desde mi perspectiva de creyente seguidor de Cristo, sus declaraciones no tienen el mismo peso que las emanadas del propio Jesús, pero, qué duda cabe que aportan una profunda catequesis y doctrina conductual.
La primera aseveración es básica para cualquier creyente.
"No puede el hombre recibir nada si no le fuere dado del cielo".
La frase, en sí, dentro del contexto literario del pasaje es una respuesta "cortante" a la provocación que le acercan sus discípulos, pero contiene una de las más fundamentales verdades de nuestra fe.
¿Qué somos, cual es nuestro afán, cual será nuestro devenir, qué poseemos y en concepto de qué...?.
¿Qué derechos tenemos sobre lo que se nos entrega, cómo debemos usar nuestras capacidades, quien es el titular de todo, es propiedad privada nuestra vida...?.
Vayamos al Génesis 1: 1En el principio creó Dios los cielos y la tierra.
2 La tierra era caos y confusión y oscuridad por encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las aguas.
3 Dijo Dios: «Haya luz», y hubo luz.
4 Vio Dios que la luz estaba bien, y apartó Dios la luz de la oscuridad;
5 y llamó Dios a la luz «día», y a la oscuridad la llamó «noche». Y atardeció y amaneció: día primero.
6 Dijo Dios: «Haya un firmamento por en medio de las aguas, que las aparte unas de otras.»
7 E hizo Dios el firmamento; y apartó las aguas de por debajo del firmamento, de las aguas de por encima del firmamento. Y así fue.
8 Y llamó Dios al firmamento «cielos». Y atardeció y amaneció: día segundo.
9 Dijo Dios: «Acumúlense las aguas de por debajo del firmamento en un solo conjunto, y déjese ver lo seco»; y así fue.
10 Y llamó Dios a lo seco «tierra», y al conjunto de las aguas lo llamó «mares»; y vio Dios que estaba bien.
11 Dijo Dios: «Produzca la tierra vegetación: hierbas que den semillas y árboles frutales que den fruto, de su especie, con su semilla dentro, sobre la tierra.» Y así fue.
12 La tierra produjo vegetación: hierbas que dan semilla, por sus especies, y árboles que dan fruto con la semilla dentro, por sus especies; y vio Dios que estaban bien.
13 Y atardeció y amaneció: día tercero.
14 Dijo Dios: «Haya luceros en el firmamento celeste, para apartar el día de la noche, y valgan de señales para solemnidades, días y años;
15 y valgan de luceros en el firmamento celeste para alumbrar sobre la tierra.» Y así fue.
16 Hizo Dios los dos luceros mayores; el lucero grande para el dominio del día, y el lucero pequeño para el dominio de la noche, y las estrellas;
17 y púsolos Dios en el firmamento celeste para alumbrar sobre la tierra,
18 y para dominar en el día y en la noche, y para apartar la luz de la oscuridad; y vio Dios que estaba bien.
19 Y atardeció y amaneció: día cuarto.
20 Dijo Dios: «Bullan las aguas de animales vivientes, y aves revoloteen sobre la tierra contra el firmamento celeste.»
21 Y creó Dios los grandes monstruos marinos y todo animal viviente, los que serpean, de los que bullen las aguas por sus especies, y todas las aves aladas por sus especies; y vio Dios que estaba bien;
22 y bendíjolos Dios diciendo: «sed fecundos y multiplicaos, y henchid las aguas en los mares, y las aves crezcan en la tierra.»
23 Y atardeció y amaneció: día quinto.
24 Dijo Dios: «Produzca la tierra animales vivientes de cada especie: bestias, sierpes y alimañas terrestres de cada especie.» Y así fue.
25 Hizo Dios las alimañas terrestres de cada especie, y las bestias de cada especie, y toda sierpe del suelo de cada especie: y vio Dios que estaba bien.
26 Y dijo Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y manden en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la tierra.
27 Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó.
28 Y bendíjolos Dios, y díjoles Dios: «Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra.»
29 Dijo Dios: «Ved que os he dado toda hierba de semilla que existe sobre la haz de toda la tierra, así como todo árbol que lleva fruto de semilla; para vosotros será de alimento.
30 Y a todo animal terrestre, y a toda ave de los cielos y a toda sierpe de sobre la tierra, animada de vida, toda la hierba verde les doy de alimento.» Y así fue.
31 Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien. Y atardecío y amaneció: día sexto.
¿Quien aparece como Creador, Dios o el hombre?, ¿no fue todo hecho "por la Palabra"?.
Nuestra soberbia nos hace perder de vista esta primera verdad de nuestra fe. Lo que tenemos, lo que somos, lo que seremos, nuestra vida, nuestras capacidades, el medio en que vivimos, la tierra, los animales, todo es propiedad de Dios y nos es entregado, en fideicomiso, gracias al amor y bondad del Creador (y vio Dios que estaba bien = era bueno). ¿Qué objeto tiene, pues, el orgullo sobre la propia inteligencia, la sabiduría, el poder, la riqueza o cualquier otro bien?, ¿qué nos dice el propio Jesús en Mt. 6, 27: "Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida?"?.
¿Acaso podemos incrementar nuestra inteligencia por voluntad propia?, podremos adquirir conocimientos o maestría, pero jamás podremos modificar el límite de nuestra cogniscibilidad.
¿Es posible, por nuestra intervención, adquirir el carisma emanado de Pentecostés?.
En definitiva, podremos prolongar nuestra vida por medio de instrumentos y manipulaciones químicas o físicas, pero ¿podemos vencer a la muerte si no es a través del impulso que da la fe, el amor de Dios y la confianza en la promesa de la resurrección, teniendo en cuenta que la fe es una dádiva gratuita del Espíritu?.
El regodeo en los bienes terrenales, ya sean intelectuales o materiales, sólo puede ser comprendido desde el alejamiento de Dios, como sucedió a Adán y Eva y a los constructores de la torre de Babel.
Cuidado, recordemos, una vez más la humildad del Bautista al verse superado por la grandiosidad de Jesús (su discípulo): "no puede el hombre recibir nada, si no le fuese dado del cielo", pero no confundamos los términos e, interesadamente, traspasemos esta aseveración al mundo del mal, porque éste es consustancial con el hombre y sus limitaciones, pero ajeno al Dios del amor. En el episodio de la creación no aparece la creación del mal. Éste entra en el mundo tras el alejamiento del hombre de Dios por la transgresión de sus normas, no antes.
El versículo 29 está imbuido de una gran belleza trascendente. La simbología utilizada por el Bautista en su testimonio es sutil y definitiva.
La esposa es la Gracia de Dios y el esposo es Jesús. Cristo posee la gracia en grado superlativo (es uno de sus atributos originales) porque es el Hijo de Dios, por lo tanto, sus amigos, los que le aman y reconocen como tal se alegran de su propia existencia.
El mayor gozo que podemos alcanzar es sentir a nuestro lado al poseedor (el esposo = Cristo) de la gracia del Padre (la esposa), porque contando con su amistad podremos afrontar con alegría el horizonte de nuestra vida, pero para ello es necesario que nosotros mengüemos y que Él se alce en nuestra vida como guía y camino de paz y amor.
El reconocimiento del Bautista en los versículos 31 a 36 es una reiteración del primer testimonio transcrito en el capítulo 1 del evangelio de Juan.
Si reconocemos a Cristo como Hijo de Dios encarnado, por voluntad divina, en la persona humana de Jesús de Nazaret, estamos afirmando su origen elevado y situándolo por encima de cualquier futilidad terrenal.
Como tal, como procedente del cielo, y puesto que está adornado con la gracia divina en su mayor grado, sus palabras sólo pueden tener el mismo origen y procedencia, puesto que la Palabra es asimilable a la persona que la emite.
El resto, todos los demás, exclusivamente cosas terrenales podemos tratar hasta nuestra incorporación a la compañía de Dios tras la resurrección, tal y como el Bautista nos indica en el último versículo de este pasaje.
Lc. 3, 18-20
18 Con estas y otras muchas exhortaciones anunciaba las buenas nuevas al pueblo. 19 Entonces Herodes el tetrarca, siendo reprendido por Juan a causa de Herodías, mujer de Felipe su hermano, y de todas las maldades que Herodes había hecho, 20 sobre todas ellas, añadió además esta: encerró a Juan en la cárcel.
Los tres versículos del capítulo 3 del evangelio de Lucas (18 a 20) los he colocado en este lugar por una razón exclusivamente cronológica.
Mateo y Marcos, en sus textos, nos indican que el Bautista había sido encarcelado (en pasado), por lo tanto, la acción de su encarcelamiento, que se recoge en estos tres versículos, así como el motivo para el decreto de prisión (Lucas es el único que la señala), debería estar situado antes que el hecho de conocer la situación jurídica del Bautista por parte de Jesús.
Estos versículos, en sí, no entrañarían más trascendencia que la de darnos a conocer un acontecimiento histórico, si no fuera porque Lucas la sitúa, en su evangelio, de una forma peculiar e incomprensible para nuestra mentalidad historicista: la narración del encarcelamiento del Bautista está colocada, por el evangelista, inmediatamente antes del bautismo de Cristo.
Ante esta incongruencia aparente, tenemos dos opciones para su interpretación histórica.
a).- Jesús de Nazareth no fue bautizado por Juan el Bautista, sino por alguno de sus discípulos.
b).- El evangelista anticipa un hecho que ha de acontecer (la prisión del Bautista), antes de que suceda, como una suerte de recriminación directa hacia el comportamiento de Herodes Antipas (relación incestuosa con su cuñada [Herodías]).
Lucas escribe su evangelio, cronológicamente hablando, en tercer lugar, tras los escritos por Marcos y Mateo (o Mateo y Marcos, si tenemos en cuenta la versión aramea de Mateo). Lo hace tras intensas investigaciones personales y aprovechando los testimonios de quienes fueron testigos oculares de los hechos. Su escritura, además, está redactada en griego y para judíos helenizados y, según sus palabras, "por orden = ordenadamente" (Lc. 1, 1-4).
El último de los textos escritos, el evangelio de Juan, ni siquiera recoge el hecho del bautismo de Jesús.
Aunque ya hemos comentado anteriormente el bautismo de Cristo, en sus pasajes correspondientes, no está de mas que volvamos a incidir en este asunto, a la luz de los versículos citados.
Desde esta perspectiva, el relato del bautismo de Jesús se nos presenta, por los evangelistas, de una forma evolucionada, probablemente a causa del trastorno ideológico y de principio que tal circunstancia introduce en la incipiente formación de la comunidad cristiana primeriza.
1).- Marcos afirma que Juan bautiza a Jesús (según la tradición es el primer texto en escribirse).
2).- Mateo relata la oposición del Bautista a bautizarle, al tiempo que no afirma que fuese él quien físicamente le sumergiera en las aguas del Jordán. Su relato simplemente indica que, tras la explicación de Jesús, el Bautista le dejó bautizarse (es el segundo texto en aparecer a la luz pública). Ya vemos un paso eliminatorio con respecto al evangelio de Marcos.
3).- Lucas tampoco menciona que fuese el Bautista el ejecutor del bautismo de Jesús, simplemente afirma que "fue bautizado". Si vemos los versículos que citamos más arriba, el Bautista, en ese momento, ya estaría encarcelado (tercer evangelio en aparecer con un paso más sobre los dos anteriores: ni siquiera aparece el Bautista en el texto).
4).- Juan ni siquiera menciona el hecho del bautismo de Jesús (cuarto texto en aparecer y con un cambio sustancial respecto de los tres anteriores).
Si nos guiamos por las afirmaciones del propio Lucas (escribírtelos por orden), así como por el estilo del evangelista y la necesidad de que, por su auditorio, sus textos fuesen claros y ordenados, hemos de llegar a la conclusión de que la opción más creíble, para el bautismo de Jesús, sería la primera de las apuntadas anteriormente: Jesús no fue bautizado por Juan.
Esto entraría, sin embargo, en contradicción con los textos de Marcos y parcialmente con el de Mateo, pero también con los textos de Juan (si bien no por el relato del bautismo de Jesús, que él no recoge) a consecuencia del llamamiento a los primeros discípulos, ya que los sinópticos colocan esta llamada con el Bautista encarcelado, mientras que Juan nos relata un llamamiento a partir del propio Bautista (Jn. 1, 35-51).
Podría seguir especulando con este asunto, pero prefiero llegar a una conclusión contextual, ya reiterada en otros apartados de este trabajo: la narración de cualquiera de los textos no es ajustada cronológicamente a los hechos históricos que recogen, sino que estamos ante una redacción de carácter teológico y docente, desde el prisma de la experiencia de fe de cada evangelista (o escuela de pensamiento), muy matizada, además por el talante y composición del auditorio hacia quien, en principio, dirige su catequesis.
Por lo demás, estos tres versículos nos muestran lo molesta que puede resultar, para el poder establecido (en este caso político), una voz crítica hacia su proceder, cuando, además, está arropada por una cierta audiencia como, al parecer, ya tenía acreditada el Bautista.
Vienen a contarnos, estos versículos, que el Bautista no era un "charlatán" de caminos, sino alguien lo suficientemente peligroso y preocupante, por su influencia en las masas, como para que un dirigente político de la categoría del Tetrarca de Galilea se preocupase por sus palabras incriminatorias hasta el punto de ordenar, primero su prisión y después su ejecución.
Según las crónicas, el mandato de Herodes es un período controvertido en su época. Por parte del invasor romano no ocultaban su "molestia" ante el proceder abusivo y corrupto de Herodes, mientras que la clase dirigente judía (especialmente el partido fariseo) sentía una aversión absoluta y frontal hacia él por considerarle un colaboracionista con los romanos, al tiempo que despreciaban sus costumbres gentilicias y su origen idumeo.
Mt. 4, 12-25
12 Cuando Jesús oyó que Juan estaba preso, volvió a Galilea; 13 y dejando a Nazareth, vino y habitó en Capernaum, ciudad marítima, en la región de Zabulón y de Neftalí, 14 para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo:
15 Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí,
Camino del mar, al otro lado del Jordán,
Galilea de los gentiles;
16 El pueblo asentado en tinieblas vio gran luz;
Y a los asentados en región de sombra de muerte,
Luz les resplandeció.
17 Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado. 18 Andando Jesús junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores. 19 Y les dijo: Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres. 20 Ellos entonces, dejando al instante las redes, le siguieron. 21 Pasando de allí, vio a otros dos hermanos, Jacobo hijo de Zebedeo, y Juan su hermano, en la barca con Zebedeo su padre, que remendaban sus redes; y los llamó. 22 Y ellos, dejando al instante la barca y a su padre, le siguieron.
23 Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. 24 Y se difundió su fama por toda Siria; y le trajeron todos los que tenían dolencias, los afligidos por diversas enfermedades y tormentos, los endemoniados, lunáticos y paralíticos; y los sanó. 25 Y le siguió mucha gente de Galilea, de Decápolis, de Jerusalén, de Judea y del otro lado del Jordán
14 Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, 15 diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio.
16 Andando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores. 17 Y les dijo Jesús: Venid en pos de mí, y haré que seáis pescadores de hombres. 18 Y dejando luego sus redes, le siguieron. 19 Pasando de allí un poco más adelante, vio a Jacobo hijo de Zebedeo, y a Juan su hermano, también ellos en la barca, que remendaban las redes. 20 Y luego los llamó; y dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, le siguieron.
14 Y Jesús volvió en el poder del Espíritu a Galilea, y se difundió su fama por toda la tierra de alrededor. 15 Y enseñaba en las sinagogas de ellos, y era glorificado por todos.
Lc. 5.1-11
1 Aconteció que estando Jesús junto al lago de Genesaret, el gentío se agolpaba sobre él para oír la palabra de Dios. 2 Y vio dos barcas que estaban cerca de la orilla del lago; y los pescadores, habiendo descendido de ellas, lavaban sus redes. 3 Y entrando en una de aquellas barcas, la cual era de Simón, le rogó que la apartase de tierra un poco; y sentándose, enseñaba desde la barca a la multitud. 4 Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar. 5 Respondiendo Simón, le dijo: Maestro, toda la noche hemos estado trabajando, y nada hemos pescado; mas en tu palabra echaré la red. 6 Y habiéndolo hecho, encerraron gran cantidad de peces, y su red se rompía. 7 Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban en la otra barca, para que viniesen a ayudarles; y vinieron, y llenaron ambas barcas, de tal manera que se hundían. 8 Viendo esto Simón Pedro, cayó de rodillas ante Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador. 9 Porque por la pesca que habían hecho, el temor se había apoderado de él, y de todos los que estaban con él, 10 y asimismo de Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Pero Jesús dijo a Simón: No temas; desde ahora serás pescador de hombres. 11 Y cuando trajeron a tierra las barcas, dejándolo todo, le siguieron.
Jn. 1, 35-51
35 El siguiente día otra vez estaba Juan, y dos de sus discípulos. 36 Y mirando a Jesús que andaba por allí, dijo: He aquí el Cordero de Dios. 37 Le oyeron hablar los dos discípulos, y siguieron a Jesús. 38 Y volviéndose Jesús, y viendo que le seguían, les dijo: ¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: Rabí (que traducido es, Maestro), ¿dónde moras? 39 Les dijo: Venid y ved. Fueron, y vieron donde moraba, y se quedaron con él aquel día; porque era como la hora décima. 40 Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan, y habían seguido a Jesús. 41 Este halló primero a su hermano Simón, y le dijo: Hemos hallado al Mesías (que traducido es, el Cristo). 42 Y le trajo a Jesús. Y mirándole Jesús, dijo: Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Pedro).
43 El siguiente día quiso Jesús ir a Galilea, y halló a Felipe, y le dijo: Sígueme. 44 Y Felipe era de Betsaida, la ciudad de Andrés y Pedro. 45 Felipe halló a Natanael, y le dijo: Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas: a Jesús, el hijo de José, de Nazareth. 46 Natanael le dijo: ¿De Nazareth puede salir algo de bueno? Le dijo Felipe: Ven y ve. 47 Cuando Jesús vio a Natanael que se le acercaba, dijo de él: He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño. 48 Le dijo Natanael: ¿De dónde me conoces? Respondió Jesús y le dijo: Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi. 49 Respondió Natanael y le dijo: Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel. 50 Respondió Jesús y le dijo: ¿Porque te dije: Te vi debajo de la higuera, crees? Cosas mayores que estas verás. 51 Y le dijo: De cierto, de cierto os digo: De aquí adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre.
Comienza el ministerio de Cristo, pero examinemos con un poco de atención estos pasajes, porque de la contemplación conjunta de los mismos podremos extraer algunas conclusiones válidas para nuestra propia situación ante la Buena Nueva.
El llamamiento a los primeros discípulos es un acontecimiento capital dentro del Evangelio de Jesucristo. Su importancia es doble. Por un lado viene a decirnos que el mensaje del que Jesús era portador sobrepasaba sus posibilidades mediáticas personales y, por tanto, precisaba de un "equipo" de ayuda que le sirviese tanto de altavoz y prolongación en el tiempo, como de infraestructura logística para la misión comenzada.
Por otra parte, está la personalidad y ubicación social de los escogidos. Cristo no elige a personajes elevados, cultos o de posición preeminente. Elige sus primeros acólitos de entre las clases más bajas de su entorno.
Son hombres sencillos y sumamente simples, con una cultura elemental y sin formación doctrinal sólida.
Pero lo que más relevancia tiene en este episodio es la forma de su incorporación al grupo de Jesús (especialmente el los relatos de los sinópticos, aunque también en el de Juan cuando se refiere al llamamiento a Felipe).
Estos primeros discípulos (aún no son apóstoles), son escogidos por el propio Jesús de forma personal y con autoridad. No son ellos (si "puenteamos" ligeramente el relato de Juan) los que eligen seguir a Jesús. Es el propio Cristo quien pide (con verbos en imperativo) que le sigan.
Dios entra en la historia de cada uno, pero lo hace de forma real, desde el interior de nuestra propia historia.
Pasa a nuestro lado, o se acerca a nosotros, entra en nuestro lugar de trabajo y, sobre todo, nos llama.
Nos llama por nuestro nombre, no hace una llamada amorfa, indeterminada o colectiva. Se dirige a nosotros tocando nuestra puerta y citando nuestro nombre.
Que le oigamos o no. Que escuchemos y atendamos su llamada, es algo que compete exclusivamente a la libertad de cada cual, pero llamarnos nos llama.
Entremos en los textos definitivamente.
Un mismo hecho y cuatro versiones diferentes, de los que podemos deducir la confluencia de las 5 fuentes originarias del Evangelio.
Ante esta disparidad de contenidos y estilos, resulta más sencillo y breve resaltar las pocas semejanzas entre ellos y acometer después su análisis, texto por texto, de forma individual.
Las coincidencias básicas son pocas, pero significativas:
- Los cuatro evangelistas relatan la llamada de Jesús a sus primeros discípulos coincidiendo en que tal llamada responde a una iniciativa de Jesús.
- Mateo, Marcos y Lucas coinciden en la ubicación del hecho en el lago de Genesaret (mar de Galilea). Juan cita la ciudad de Betsaida, relativamente próxima, pero no exactamente costera.
- Simón es el único que aparece en los cuatro textos, mientras que Andrés aparece en Mateo, Marcos y Juan y, a su vez, Juan y Jacobo (Santiago) lo hacen en Mateo, Marcos y Lucas (podríamos llegar a suponer que Juan, sin nombrarle, es uno de los dos discípulos del Bautista que siguen a Jesús, por lo que también aparecería en el texto del evangelista).
- Mateo, Marcos y Lucas coinciden en el oficio de los llamados: pescadores. Así como en el futuro que Cristo les promete: seréis pescadores de hombres.
Hasta aquí las coincidencias, entremos en los pasajes, uno por uno, por el mismo orden en que están colocados.
Mateo
Aun siendo continuación al pasaje en el que se nos relatan las tentaciones de Cristo, no parece que, cronológicamente, tenga mucho que ver con aquel, puesto que lo primero que se nos menciona es que Jesús oye que el Bautista está preso y, como consecuencia, vuelve a Galilea.
No olvidemos que el episodio de las tentaciones se produce en el desierto, donde difícilmente podría haberse enterado de la prisión del Bautista. Entre ambos pasajes debió existir un "ínterin" que el evangelista no menciona.
Apoyo esta opinión en la propia mención de Mateo "dejando Nazareth...", luego debió existir un paso intermedio entre el desierto y Cafarnaún que contuviese una estancia, mas o menos breve, en Nazareth. No es difícil suponer también que, tras su retiro espiritual al desierto, una vez posicionado ante la misión encomendada y tomada conciencia de ella, Jesús quisiera volver a su casa, en su pueblo, para informar de ello a su familia y, al mismo tiempo, despedirse de ellos.
La elección de Cafarnaún como "base logística" no es arbitraria ni caprichosa. Estamos ante una ciudad costera, próspera económicamente y situada en el paso de caminos desde Siria a Jerusalén, por la ruta del interior de Palestina.
Lo que no me resulta coherente con el relato de Mateo es que Jesús, siendo familia del Bautista, incluso, probablemente, habiendo pertenecido a su discipulado, tras la prisión de éste por orden de Herodes, al volver de su retiro quiera, precisamente, "viajar" por Galilea, cuando lo más prudente hubiese sido alejarse de esta zona y ubicar su residencia, por ejemplo en Judea, donde los tentáculos de Herodes no tendrían, aparentemente, tanta facilidad para alcanzarle.
Sin embargo, como veremos a lo largo del Evangelio, Herodes nunca mostró un interés especial por prender a Jesús, sino más bien al contrario, muestra cierta curiosidad por conocerle e incluso admiración por Él.
En todo caso, la residencia elegida por Jesús es aprovechada por el evangelista para dar una muestra más de su apología del Mesías en la persona de Jesús de Nazareth, metiendo en este pasaje un pequeño pasaje de Isaías (Is. 9, 1-2: 1 Mas no habrá siempre oscuridad para la que está ahora en angustia, tal como la aflicción que le vino en el tiempo que livianamente tocaron la primera vez a la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí; pues al fin llenará de gloria el camino del mar, de aquel lado del Jordán, en Galilea de los gentiles. 2 El pueblo que andaba en tinieblas vio gran luz; los que moraban en tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos).
Por lo que nos cuenta Mateo, a partir de este momento comienza la predicación (ministerio público) de Jesús de Nazareth, y ello es corroborado también por Marcos y Lucas (Criterio de testimonio múltiple).
El versículo 17 de este capítulo contiene una frase que es fundamental para nuestra fe: "arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado".
El resto de los evangelistas suelen referirse al "Reino de Dios". La expresión "reino de los cielos" es propia de Mateo y, si bien es una expresión equiparable a la del resto de los evangelistas, tiene sus matizaciones.
Supone la elevación a categoría teológica de un espacio, mas que de un SER. No en contraposición, sino en complementariedad con el Reino de Dios. Tomemos, sin embargo, la expresión de Mateo como equivalente a la del resto de los evangelistas para no confundir más el asunto.
Este pronunciamiento de Cristo es fundamental, porque es la expresión culminante de la redención, puesto que ésta de produce, no ya en un plano exclusivamente escatológico, como venía siendo determinado por el A.T. (especialmente por los libros proféticos), sino en el plano histórico real, próximo y cotidiano.
El reino de los cielos, el acercamiento de Dios al hombre, la extensión de su SER de justicia, amor y paz, es posible en la tierra, gracias a la llegada de Cristo. Obviamente, la plenitud del reino continúa siendo escatológica, como resultado de las limitaciones humanas, pero este reino ya está, ya es posible, entre nosotros por la intervención directa de Dios en la historia humana desde la propia historia (encarnación).
Como ya hemos apuntado más arriba, la acción de Jesús no es indeterminada en el espacio, sino que está perfectamente ubicada en la geografía palestina. Jesús, una vez decidido su cambio de residencia, camina, pasea por el lago (mar de Galilea) y observa lo que sucede a su alrededor. En esta actitud observa el trabajo y quehacer cotidiano de un grupo de gentes (Simón y Andrés) y, por analogía, les llama a seguirle para ser pescadores de hombres, junto con otra pareja de hermanos (Jacob [Santiago] y Juan).
Este es el núcleo central del pasaje: la llamada.
Esta llamada tiene una estructura concreta que es común a los sinópticos, incluso, salvando las distancias, al relato de Juan.
- Jesús está realizando una actividad: predicando mientras camina = la predicación es una actividad viva que implica movimiento, no-quietud ni estanqueidad.
- Jesús no es ajeno a lo que le rodea: no es un personaje abstraído del entorno; su predicación y actitud ante su mundo es de observación, no de ensimismamiento, abstracción o indiferencia.
- Se dirige al mundo del trabajo: busca sus seguidores, no entre los ociosos o contemplativos, ni siquiera lo intenta entre las clases elevadas; lo hace en el estrato más bajo: los pescadores.
- Emite su llamada con autoridad: no hay ruegos ni súplicas; no trata de comprar seguidores. Llama y deja en libertad al llamado para que su reclamo sea escuchado o ignorado.
- Utiliza un símbolo como prueba de su verdad: yo os haré pescadores de hombres. Es una analogía de la extensión de las redes del reino para capturar los corazones necesitados de consuelo, amor y paz.
- Los llamados le siguen incondicionalmente: ninguno de los que reciben su llamada, tras algunos titubeos de Pedro en Lc. 5, 8 y los cuestionamientos de Jn. 1, 38; hacen objeciones serias a la llamada y abandonan su "estar" actual para adentrarse en una ruptura con lo anterior y una aventura incierta.
¿Qué podemos extraer de esta lectura de cara a nuestra realidad actual?.
La llamadas siguen produciéndose a cada momento. La actividad de Cristo no concluye con su paso mortal por la tierra (Mt. 28, 20 enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo). La construcción del reino que Él proclama es una labor permanente y constante, para lo cual, Cristo sigue realizando su actividad predicadora. La Buena Nueva no es un conjunto de textos muertos y anclados en la historia, son noticia viva y actual. Hoy, quizá con mayor énfasis que en el pasado, hace falta esa noticia de esperanza que es la aproximación del reino de los cielos, gracias a la compañía de Cristo.
Jesús tampoco es ajeno a lo que sucede en el mundo actual .
La globalización, el neoliberalismo, la invasión de valores materialistas como bien supremo y deseable, han generado una suerte de sociedad secularizada que intenta desligar la vida real del individuo, como elemento de un conjunto social en el que se desarrolla y sufre, de la vida global de la persona tomada ésta como conjunto aunado de materialidad (carne) y espíritu (alma).
Cristo no está solamente en el Sagrario, en la mesa de la proposición, en los despachos episcopales o en el interior de los templos (cualquiera que sea su adscripción). Cristo permanece a nuestro lado, tomando conciencia de lo que vivimos y cómo vivimos, pero en todos y cada uno de los momentos de nuestro acontecer. Lo podemos ver en el rostro del marginado, del emigrante desarraigado, del torturado o masacrado por el poder, del drogodependiente por mor de la insatisfacción materialista. Desde ese mundo sigue llamando, predicando la necesidad de la construcción del reino de la igualdad y la caridad. Tratar de relegarle a los interiores de núcleos aislados de culto es una aberración para con su práxis ministerial y una negación de su enseñanza.
Cristo, a lo largo de su paso terrenal, siempre realizó una apología por los "pequeños", por los subyugados y los sometidos.
Continúa el mismo acontecer. Es difícil encontrar su imagen en el poder y las riquezas, nos llama y predica desde "abajo" (Lc. 5, 31: Les respondió Jesús: «No necesitan médico los que están sanos, sino los que están mal.). Es al mundo del dolor al que Cristo trae su mensaje salvífico y su esperanza de victoria. Al otro, al que oprime y detenta placer, poder y riquezas, Cristo ni lo intenta, ya tiene sus propios dioses y a ellos les rinde culto permanente (Mc. 10, 23: Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!») (Lc. 16, 25: Pero Abraham le dijo: "Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado).
La llamada que nos sigue haciendo, constantemente, es persuasiva y con energía: ven y sígueme. Pero no es suplicante. Cristo no suplica adeptos, Él llama y se ofrece, quien le sigue lo ha de hacer desde el convencimiento y la confianza en su verdad, no en el premio a obtener (a esto se le llama fe). La llamada no es a dar, sino a compartir. A compartir su vida de amor a los hombres, pero desde su propia realidad. Este es el eslabón básico para la construcción del reino, junto con la gratuidad del seguimiento. La prueba irrefutable de su v