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EL EVANGELIO DE JESUCRISTO PASO A PASO

TOMO II

PREDICACION ITINERANTE

Introducción al Tomo II

Lo que comenzó como un complemento y una curiosidad emanada de las lecturas del Evangelio por parte de un creyente, se ha transformado, poco a poco, en un trabajo medianamente complejo y estructurado, con aportaciones interpretativas y análisis exegéticos e históricos mínimos.

El primer tomo de este trabajo contenía, casi con exclusividad, mis propios comentarios, a la luz de mi experiencia de fe, de los textos que estaba contemplando.

Para la segunda parte de este trabajo cambiaré, ligeramente, la metodología.

Por un lado, el análisis histórico de los dichos y hechos que se nos presenten será más detenido, así como la posible exégesis del texto contemplado.

No por ello abandonaré la interpretación teológica que los textos me sugieran, ya que éste es el "leiv motiv" del trabajo.

Simplemente, abundaré principalmente en los aspectos técnicos del análisis.

Por otra parte, la propia mecánica y presentación también será ligeramente distinta, ya que en el caso de concordancia de textos, los presentaré en columnas que nos permitan una sinopsis más inmediata. Siempre manteniendo el evangelio de Mateo como base del estudio.

Las razones para este cambio, hay que buscarlas en el mayor aporte de conocimientos técnicos que, a lo largo del tiempo, he ido acumulando. Estas aportaciones vienen a constituirse en herramientas para el estudio de la Palabra de Dios, por lo que, en estos instantes, me encuentro con una mejora en mi posición y actitud ante el Evangelio de Jesucristo.

Podría haber acometido la corrección y actualización, mediante estas aportaciones, de lo escrito en el primer tomo.

Sin embargo, no lo he hecho así por dos razones:

He deseado mantener la frescura y espontaneidad de los primeros comentarios, aun siendo consciente de sus lagunas técnicas, como explicitación de lo que acudía a mi mente, la de un creyente incontaminado por las reglas y costumbres exegéticas tradicionales.

De cara a un posible lector, trato de transmitirle el mensaje de mi propia evolución. Experimentada en la aventura iniciada sobre el conocimiento y profundización del Evangelio, como una demostración más de lo apasionante que puede resultar contactar, bajo un prisma limpio de intenciones, con la palabra de Dios.

La estructuración del trabajo también ha sufrido variaciones con respecto a la idea originaria del trabajo.

Mi intención es estructurarlo en cuatro volúmenes que comprenderán:

1) Desde el nacimiento al final del Sermón del Monte (Llano) (desde Mt. 1. a Mt. 7, 29)

2) Predicación itinerante (Desde Mt. 8, 1 a Mt. 20, 34)

3) Predicación en Jerusalén (Mt. 21, 1 a Mt. 26, 35)

4) Pasión, muerte y resurrección (Mt. 26, 36 a Mt, 28, 20 [Jn. 22, 25])

El por qué de esta división del Evangelio de Jesucristo, como el resto del trabajo, obedece a una razón subjetiva.

Desde mi punto de vista, éstas son las etapas fundamentales de la vida de Jesús.

En primer lugar, la vida oculta de infancia, adolescencia y formación (probablemente al lado del Bautista), junto con los primeros pasos predicativos de Cristo en los alrededores del Mar de Galilea.

Después, la decisión de conformar un grupo de elegidos y amigos que le acompañen en la extensión de su palabra, haciendo que ésta, a diferencia del Bautista, sea llevada, a través de su itinerario por Palestina, al mayor número de rincones posibles, incluso "al otro lado" del Jordán, con toda la carga teológica y de ruptura que ello significa.

En tercer lugar, su entrada en el "ombligo" de su religión: Jerusalén. Donde, tras la predicación por todo el territorio, su fama como maestro, taumaturgo, profeta y exorcista, ya había llegado y donde Él, posiblemente, presentía que se produciría el desenlace de su atrevimiento libertario. En esta parcela nos encontraremos el núcleo central del componente escatológico (y apocalíptico) de su mensaje, así como sus diatribas y enfrentamientos con la clase sacerdotal de la época que, al fin y a la postre, desencadenaría su arresto, tortura y muerte.

Por último, acometeré la parte más penosa y triunfal del paso de Cristo por la tierra: su pasión, muerte y resurrección. El comienzo de esta parcela en Mt. 26, 36 lo he elegido porque entiendo que la pasión de Cristo comienza, precisamente, en la oración al Abbá en Getsemaní. Y su final no será según la redacción mateana, porque tenemos aportaciones de otros evangelistas que exceden el texto de Leví.

Abundando en este mismo propósito, y en orden a una mejor manejabilidad del trabajo, he decidido subdividir también la "predicación itinerante" en varias partes conforme al siguiente esquema:

Parte 1ª.- Sanaciones y adoctrinamiento (caps. 8 a 10)

Parte 2ª.- Exposición del Reino (caps. 11 a 14)

Parte 3ª.- El Reino enfrentado (caps. 15 a 17)

Parte 4ª.- Actualización de la ley (caps. 18 a 20)

Soy consciente de que ninguna de las redacciones evangélicas refleja cronológicamente la vida de Jesús de Nazaret. Ni siquiera el período de su ministerio público.

El Evangelio no es una biografía de Jesús de Nazaret y cualquiera de sus versiones agrupa los dichos y hechos en orden a ofrecer una mejor respuesta y apoyo a la intencionalidad de su autor en el momento de plantearse su redacción.

Por el momento, la metodología y estructura para este segundo volumen que comienza, pretendo que discurra por los siguientes cauces:

Como ya he anticipado al comienzo de este prólogo, colocaré en columnas sinópticas las diversas redacciones que contengan el mismo texto.

Análisis histórico del acontecimiento o dicho que se nos presente, con las aportaciones exegéticas que se me ocurran.

En ocasiones, resumen del texto en un idioma actualizado.

Interpretación teológica del mismo, a la luz de mi propia experiencia de fe.

Como en el primer tomo, que consiga trasladar al papel las sensaciones y sentimientos que la apasionante vida de Jesús de Nazaret suscitan en mi espíritu, es algo que queda por determinar por parte de los posibles lectores.

Igualmente, no hay ninguna predisposición sobre cada texto, por lo tanto, tampoco conozco, en este momento, lo que voy a escribir sobre lo que vaya incrustando en el trabajo.

Como soy consciente de que no todos los lectores de estos textos conocen los criterios habituales empleados para la verificación de la historicidad de un hecho o dicho de Jesús (entendemos por historicidad el que el dicho o el hecho pueda ser considerado como procedente del Jesús histórico, o su entorno), a continuación reseñaré brevemente lo que se entiende por cada uno de los criterios usados para este trabajo:

Criterio de testimonio múltiple. Este criterio es aplicable cuando el hecho o dicho a considerar nos es presentado, no sólo en dos, o más, versiones diferentes, sino que las fuentes de tales textos sean independientes. Un ejemplo es el episodio del establecimiento de la Eucaristía, donde, además de la fuente de Marcos, nos encontraremos con la fuente Q, las propias de Mateo y las propias de Lucas, siéndonos relatado también, dicho acontecimiento por Pablo en 1 Co. 11, 23-25 e, incluso, por Juan en Jn. 6, 50-59 = 6 fuentes independientes que coinciden en el hecho a considerar, aunque los relatos de Mateo, Marcos y Lucas, en una buena parte de sus textos son coincidentes por tener el mismo origen (Marcos). Este criterio también puede ser aplicado cuando la multiplicidad se da en contextos o géneros literarios (cuando un hecho o dicho se relata en formas diferentes por ubicación o estilo literario por el redactor).

Criterio de coherencia: Es aplicable cuando el texto a considerar es coincidente con la trayectoria vivencial, discursiva, predicatoria o intencional del global del Evangelio. Un ejemplo serían los relatos de los milagros de Jesús, ya que éstos son plenamente coherentes con la percepción escatológica que Jesús tenía de su ministerio (los milagros son signos visibles del acercamiento parcial del Reino de Dios) y nunca son en beneficio propio.

Criterio de dificultad: Es aplicable cuando el texto contemplado choca frontalmente con los intereses de la Iglesia primitiva, por lo que su inclusión en el Evangelio debe ser descartada como procedente de dicha Iglesia primitiva. Un ejemplo claro es el episodio del bautismo de Jesús, donde vemos al Nazareno someterse al bautismo de Juan, para el perdón de los pecados (en la versión marcana), que Mateo suaviza al no mencionar que es Juan quien le bautiza e incluye una discusión entre ellos, Lucas elimina directamente al Bautista al haber sido encarcelado ya por Herodes y Juan ni siquiera cita tal episodio.

Criterio de discontinuidad: Tal criterio es aplicable cuando el texto contemplado entra en conflicto abierto con las tradiciones y costumbres religiosas y sociales del judaísmo de la época de Jesús. Un ejemplo de este criterio es la costumbre de Jesús de comer con publicanos y pecadores, así como el tocar a muertos y leprosos, ya que tal contacto le convertía a Él, directamente, en impuro e indeseable.

Criterio de persecución y ejecución: Este criterio es aplicable al texto que estemos examinando cuando su contenido incluya hechos, acciones o manifestaciones de Jesús que contribuyeran a su arresto y ejecución en cruz por las autoridades de la época (romanas o religiosas judías). Un ejemplo serían los insultos e imprecaciones que Jesús dirige, en repetidas ocasiones a los miembros del partido fariseo. Otro podríamos encontrarlo en la purificación del Templo de Jerusalén, etc.

Estos son los criterios básicos de historicidad que han de ser aplicados a cada texto que nos encontremos, aunque no son los únicos, ya que, habitualmente, se manejan otros complementarios y secundarios, pero que sólo sirven de apoyo a alguno de los criterios aquí enumerados (ambiente palestino, evolución, rastro arameo, etc.).

La aplicación firme de alguno de estos criterios básicos (o de más de uno), no nos asegura al 100% la historicidad del dicho o hecho como procedente del Jesús histórico, pero sí nos aportan muchas garantías de que así fuese.

Por el contrario, la no-aplicación de ninguno de estos criterios con claridad, tampoco nos asegura que el texto deba ser descartado como no procedente del Jesús histórico, pero la no-aplicación de estos criterios aporta muchos elementos para considerar que el texto puede proceder, bien del propio redactor del mismo, o de constituir un añadido de algún redactor, copista o traductor de la Iglesia Primitiva.

 

 

TOMO II

PREDICACION ITINERANTE

1ª parte: Sanaciones y adoctrinamiento

Prólogo a la 1ª parte del TOMO II

Desde la conclusión del Sermón del monte hasta la elección y envío de los 12: Mc. 1, 21-28 a Lc 14, 28 -33

 

En el primer volumen de este trabajo hemos contemplado a un Jesús anunciado, un niño que evoluciona, un joven desconocido y un adulto que, en un determinado momento rompe con su vida, probablemente oscura y sencilla en Nazaret, para lanzarse a una aventura predicatoria extensiva de las enseñanzas recibidas, posiblemente de su mentor Juan (Bautista).

En la última parte del primer volumen hemos tenido acceso a la proclamación de los elementos básicos de la doctrina que Jesús va a expandir, así como al catálogo oratorio elemental del creyente y el anuncio escatológico de la esperanza en la arribada del Reino de Dios.

En esta primera parte del segundo volumen nos vamos a encontrar con un Jesús evolucionado y con una transformación cualitativa de su ministerio, según la redacción mateana del Evangelio.

Jesús va a poner en práctica una capacidad ya apuntada en los textos anteriores: la taumaturgia, como expresión de la presencia del Reino en la tierra y como instrumento, siquiera indirecto, de aproximación a las gentes de su pueblo.

También nos encontraremos con otra característica del Nazareno que, igualmente, nos era dibujada en los pasajes vistos en el primer volumen: el carisma de líder y su capacidad para ganar seguidores y detractores.

Las series de signos y milagros que se nos van a presentar nos van a permitir establecer, tanto un posicionamiento personal sobre tal acontecer, como una interpretación sobre la utilidad que dan a los mismos los diferentes evangelistas.

Según avancemos en la lectura e interpretación de los textos, nos iremos dando cuenta que los evangelios que han llegado hasta nosotros (canónicos) en sus diversas traducciones y retraducciones, contienen multitud de apéndices redaccionales, ideológicos e intencionales de los propios evangelistas (o de sus escuelas de pensamiento).

De ahí la importancia del exámen histórico de cada perícopa, en orden a rastrear su posible procedencia del Jesús histórico.

En más de una ocasión se me ha preguntado ¿qué importancia, o interés, puede tener que un determinado hecho o dicho se remonte al Jesús histórico, o no; si todos partimos de la base de que el Evangelio de Jesucristo, en cualquiera de sus redacciones, es un texto inspirado por el Espíritu Santo y, por lo tanto, sea o no, procedente del Jesús histórico, sigue siendo palabra de Dios?.

Sin dejar de ser cierto, y desde esa premisa partí al comienzo de este trabajo, como así lo atestigua el prólogo del primer volumen; que algún hecho o dicho pueda ser identificado como posiblemente procedente del Jesús histórico, al menos para mí, sí tiene una importancia relevante.

Para no extenderme demasiado, señalaré tres aspectos paradigmáticos de esta consideración:

El bautismo de Jesús.

El perfil humano y sentimental de Jesús.

La Eucaristía.

1).- Teniendo en cuenta que el Bautismo, para nosotros, se conforma como un sacramento (signo visible que hace perceptible la presencia de Dios invisible) primigenio e iniciático de nuestra fe, y aun siendo consciente de que nuestro sacramento (en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo) guarda diferencias importantes con el recibido por Jesús de manos de Juan (para arrepentimiento y perdón de los pecados); el que Jesús de Nazaret se sometiera a dicho rito y que ello pertenezca a la historia real del Nazareno, no me resulta intrascendente y me aproxima mucho más a Cristo que si tal circunstancia obedeciera a un giro estilístico o ideológico del evangelista de turno o a la Iglesia primitiva.

2).- Que Cristo comiese con pecadores y marginados. Que se estremeciera con la percepción de abandono de las masas que le siguen. Que mostrase su ternura y preferencia por los niños y los sencillos. Que se indignase ante la cerrazón de las castas sacerdotales de la época. Que hiciese patente su sufrimiento, fracaso y ganas de renuncia a todo en su plegaria de Getsemaní por lo que presumiblemente se le venía encima, me aproxima la imagen de un hombre completo que, sin dejar de ser Dios, asume nuestras mismas debilidades y frustraciones. Nuestros sentimientos, penas y alegrías, lejos del hieratismo asentimental de los dioses paganos de la época.

Esta imagen me acerca un Dios que es capaz de sentir lo mismo que yo puedo sentir ante la injusticia, la incomprensión y el amor, y me une a Él en una comunión más íntima, porque, además, vive con realismo total lo que predica.

Si estas circunstancias no fuesen generadas por el Jesús histórico, sino que hubieran sido fruto de intereses catequéticos de los evangelistas primitivos, mi percepción de Cristo, como hermano mayor y amigo, no sería la misma.

3).- Algo tan trascendente para nuestra creencia como la conmemoración de la última comida de Jesús con sus amigos, de la que nos hace partícipes totalmente en la celebración eucarística que, además da paso a su máxima expresión de amor por los hombres, al darse a ellos por entero en cuerpo y sangre; y que nos pone en íntima unión (comunión) con el resto de la comunidad cristiana al compartir un mismo alimento en el curso de una comida tan especial, no podría ser afrontado de igual forma si su institución ritual procediese de la necesidad redaccional de un evangelista o a las oportunidades redactoras de la Iglesia primitiva, que si realmente nos llega del Jesús histórico.

Podría continuar, pero creo que es innecesario y que con estos ejemplos queda suficientemente justificado y argumentado el interés y la importancia del exámen histórico de los textos recogidos en el Evangelio.

Por ello, a partir de esta 1ª parte del II Tomo del trabajo iniciado hace ya dos años, éste exámen jugará un papel fundamental en el comentario evangélico.

 

 

                                Mc. 1, 21-28                                                                       Lc. 4.31-37

21 Y entraron en Capernaum; y los días de reposo, entrando en la sinagoga, enseñaba. 22 Y se admiraban de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas. 23 Pero había en la sinagoga de ellos un hombre con espíritu inmundo, que dio voces, 24 diciendo: ¡Ah! ¿Qué tienes con nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Sé quién eres, el Santo de Dios. 25 Pero Jesús le reprendió, diciendo: ¡Cállate, y sal de él! 26 Y el espíritu inmundo, sacudiéndole con violencia, y clamando a gran voz, salió de él. 27 Y todos se asombraron, de tal manera que discutían entre sí, diciendo: ¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es esta, que con autoridad manda aun a los espíritus inmundos, y le obedecen? 28 Y muy pronto se difundió su fama por toda la provincia alrededor de Galilea.

31 Descendió Jesús a Capernaum, ciudad de Galilea; y les enseñaba en los días de reposo. 32 Y se admiraban de su doctrina, porque su palabra era con autoridad. 33 Estaba en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu de demonio inmundo, el cual exclamó a gran voz, 34 diciendo: Déjanos; ¿qué tienes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Yo te conozco quién eres, el Santo de Dios. 35 Y Jesús le reprendió, diciendo: Cállate, y sal de él. Entonces el demonio, derribándole en medio de ellos, salió de él, y no le hizo daño alguno. 36 Y estaban todos maravillados, y hablaban unos a otros, diciendo: ¿Qué palabra es esta, que con autoridad y poder manda a los espíritus inmundos, y salen? 37 Y su fama se difundía por todos los lugares de los contornos

Como ya he citado en alguna otra parte de este trabajo, nada más lejos de mi intención que rescribir el Evangelio de Jesucristo.

Tampoco está en mi mente reelaborar una biografía de Jesús, ni siquiera de su etapa ministerial.

Mi única intención es agrupar los dichos y aconteceres de Jesús de Nazaret, tal y como los recogen las diferentes redacciones evangélicas.

Este trabajo podría haberlo acometido bajo una estructura temática, o bien, como he decidido, usando como base una de las redacciones, e ir incorporando a ésta los textos coincidentes del resto de los escritos evangélicos.

El tomar la redacción mateana como apoyo para esta refundición cuenta con la ventaja de tener como base el texto más extenso, pero el inconveniente de que Mateo utiliza un criterio apologético para su orientación y, desde él, estructura su evangelio al margen de cronologías e historicidad de los dichos que presenta.

Esto hemos podido comprobarlo en el Sermón del monte con claridad, donde los dichos de Jesús están agrupados de acuerdo con la idea de Mateo, sin guardar el menor criterio cronológico.

Mateo nos facilita una predicación de Jesús agrupada en largos y amplios discursos, unidos entre sí por las citas de los movimientos geográficos del grupo, y salpicado por los signos milagrosos que el evangelista estima convenientes resaltar para marcar la eclesiología de su texto.

Para Leví, la trascendencia está en el contenido predicatorio y no en el lugar donde se produce, ni en el momento, ni siquiera priorizando los milagros. La estructuración mateana, tomada para este trabajo, nos hace perder perspectiva histórica, pero cuenta con la ventaja de mostrar agrupados los dichos de Jesús dentro de sus amplias disertaciones, con lo cual, una cosa compensa la otra, ya que tampoco es mi intención el reflejo historicista de la predicación cristiana.

Este es el caso del texto que nos ocupa, en el que vemos un acontecimiento vivido por Jesús, relatado por Marcos y recogido también por Lucas, aunque no por Mateo, que con relación al texto de éste último, bien podría haber sido emplazado junto a Mt. 4, 13 (Y dejando Nazaret, vino a residir en Cafarnaúm junto al mar, en el término de Zabulón y Neftalí), Mt. 8, 5 (Al entrar en Cafarnaúm, se le acercó un centurión y le rogó), o en el lugar en que lo he colocado, donde la relación con el texto mateano la encontraremos en Mt. 7, 28-29 (28 Y sucedió que cuando acabó Jesús estos discursos, la gente quedaba asombrada de su doctrina; 29 porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas).

Puesto que mi intención originaria no es científica ni historicista, la subjetividad en la que me amparo me permite ciertas licencias que, puede que no se ajusten a criterios exegéticos o teológicos reglados, pero responden a mi personal lectura evangélica.

Como vimos en Mt. 4, 13, Jesús elige la ciudad de Cafarnaúm (Capernaum) como "base de operaciones" para su predicación en Galilea, tomando la casa de Pedro como residencia de referencia.

Así vamos a verle entrar y salir de esta ciudad comercial y de pescadores en diversas ocasiones (Lc. 7, 1 [Cuando hubo acabado de dirigir todas estas palabras al pueblo, entró en Cafarnaúm]; Jn. 4, 46 [Volvió, pues, a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había un funcionario real, cuyo hijo estaba enfermo en Cafarnaúm]; Mt. 8, 5 [Al entrar en Cafarnaúm, se le acercó un centurión y le rogó]; Mc. 2, 1 [Entró de nuevo en Cafarnaúm; al poco tiempo había corrido la voz de que estaba en casa]; etc.).

Ambos evangelistas coinciden en la práctica totalidad del texto expuesto, probablemente porque Lucas lo tomó de Marcos.

Igualmente, aunque con algunas diferencias, coinciden en la cronología, al citar el hecho en los comienzos predicatorios de Jesús.

Sin embargo, Marcos lo coloca inmediatamente después de la llamada a los cuatro primeros discípulos; mientras que Lucas lo hace inmediatamente después de su expulsión violenta de Nazaret; y antes de la llamada.

En cualquier caso, ambos evangelistas coinciden en colocar este acontecimiento en un contexto milagroso (poseídos, suegra de Pedro, leproso, paralítico).

Curiosamente, el texto prácticamente comienza y finaliza con el mismo tema: la admiración que suscita la doctrina que Jesús proclama, sobre la base de la autoridad con que la imparte, y la expansión paulatina de su fama por los alrededores.

Como este aspecto ya lo hemos tratado con motivo de Mt. 7, 28-29, no volveremos a incidir en ello, limitándonos al núcleo central del hecho.

Llegados al momento en que nos enfrentamos ante un relato que nos sitúa frente a un hecho contrario a las leyes de la naturaleza, en este caso el primer rito exorcista que se nos presenta, en su versión literal, conviene que fijemos nuestra posición respecto de este tipo de acontecimientos.

A Cristo, evangélicamente, se le atribuyen, fundamentalmente 4 tipos de milagros:

1).- Sobre la naturaleza: Mt. 8, 23-27 (tempestad calmada); Mt. 14, 15-21 (alimentación de los 5000); Mt. 14, 22-23 (caminata sobre las aguas); Mt. 15, 32-39 (alimentación de los 4000); Jn. 2, 1-11 (transformación del agua en vino); Lc. 5, 4-8 (pesca milagrosa); Mt. 11, 12-14 y 20-21 (higuera seca). En total 7 milagros.

2).- Sobre los espíritus (demonios): Mt. 8, 28-34 (gadarenos); Mt. 9, 32-33 (mudo endemoniado); Mt. 12, 22-45 (endemoniado ciego y mudo); Mt. 15, 21-28 (mujer cananea); Mt. 17, 14-20 (hijo lunático); Mc. 1, 23-27 (espíritu inmundo en la sinagoga). En total 6 milagros. Curiosamente, Juan no relata ningún milagro de esta "especie".

3).- Sobre las enfermedades: Mt. 8, 1-15 (leproso); Mt. 8, 6-13 (siervo del centurión); Mt. 8, 14-17 (suegra de Pedro); Mt. 9, 1-7 (paralítico); Mt. 9, 20-22 (hemorroísa); Mt. 9, 27-31 (dos ciegos); Mt. 12, 9-13 (la mano seca); Mt. 20, 29-34 (dos ciegos); Mc. 7, 32-37 (sordomudo); Mc. 8, 22-26 (ciego de Betsaida); Lc. 13, 11-13 (encorvada); Lc. 14, 2-6 (hidrópico); Lc. 18, 35-43 (ciego de Jericó); Jn. 5, 10-18 (paralítico de Betsaida); Jn. 9, 1-34 (ciego de nacimiento); Lc. 17, 12-19 (10 leprosos); Jn. 4, 46-54 (hijo del noble de Cafarnaúm). En total 17 milagros.

4).- Sobre la muerte: Mt. 9, 18-19 y Mt. 9, 23-26 (hija de Jairo); Lc. 7, 12-15 (hija de la viuda de Naín); Jn. 11, 1-45 (Lázaro). En total 3 milagros.

El total de milagros tasados explícitamente es de 33 milagros. Hay otros muchos del estilo de "los sanó" (Mt. 4, 24: Su fama llegó a toda Siria; y le trajeron todos los que se encontraban mal con enfermedades y sufrimientos diversos, endemoniados, lunáticos y paralíticos, y los curó), "le trajeron todos los que estaban mal" (Mt. 14, 34: Al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos), "ponían los enfermos en las plazas" (Mc. 6, 56: Y dondequiera que entraba, en pueblos, ciudades o aldeas, colocaban a los enfermos en las plazas y le pedían que tocaran siquiera la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaban salvados), "grandes multitudes se reunían para ser sanados" (Lc. 5, 15: Su fama se extendía cada vez más y una numerosa multitud afluía para oírle y ser curados de sus enfermedades), "la gente trataba de tocarle porque los sanaba a todos" (Lc. 6, 19: Toda la gente procuraba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos) y algunos más.

Conviene, también, que nos detengamos, aunque sea ligeramente, en la estructuración y el rol que cada evangelista da a los milagros dentro de su redacción.

Mateo

No comienza a relatar milagros hasta después de concluido el Sermón del monte. Es decir, primero, este evangelista, nos expone la "carta magna" de la predicación cristiana y sólo después comienza con los relatos milagrosos.

Como buen conocedor de la numerología, suele estructurar los relatos milagrosos en series de 3 (el 3 en la Biblia indica intensidad, énfasis; sobre todo cuando se repite tres veces una palabra o un gesto) y tras cada serie, o en su interior, hay una pregunta o controversia, generalmente con la casta religiosa de la época (escribas, fariseos, saduceos, sacerdotes, etc.) = los milagros generan rechazo, por envidia o miedo, en la clase dirigente. Es una constatación de la eclesiología contenida en el evangelio de Mateo.

Cuando la predicación va tocando a su fin y ser acercan a Jerusalén, las series se reducen a milagros sueltos (sólo uno de ellos se realiza dentro de la ciudad) y las preguntas o controversias se extienden a sus propios discípulos. Ello implica un progreso en la institución eclesial y la traslación al discipulado del miedo. En total menciona 23 citas milagrosas:

* Leproso (8, 1-4) - siervo del centurión (8, 15-13) - suegra de Pedro (8, 14-17) -> pregunta de un escriba.

* Tempestad calmada (8, 23-27) - endemoniados gadarenos (8, 28-34) - paralítico (9, 1-8) - > acusación de blasfemia por los escribas.

* Hija de Jairo + hemorroísa (9, 18-26) - dos ciegos (9, 27-31) - mudo (9, 32-34) -> acusación de los fariseos.

* Mano seca (12, 9-14 ) - muchos (12, 15-21) - ciego y mudo (12, 22-23) -> repetición de la acusación de los fariseos.

* Alimentación de los 5.000 (14, 13-21) - anda sobre el mar ( 14, 22-33) - enfermos de Genesaret (14, 34-36) -> controversia con fariseos y escribas.

* Mujer cananea (15, 21-29) - mucha gente (15, 30-31) - alimentación de los 4.000 (15, 32-39) -> fariseos y saduceos piden señales.

* Hijo lunático (17, 14-21) -> pregunta de los que cobraban el didracma.

* Ciegos de Jericó (20, 29-34) -> aparentemente no hay preguntas ni controversias, pero va precedido, inmediatamente, por la polémica entre los discípulos y la madre de los hijos de Zebedeo.

* Algunos ciegos y cojos (21, 14) -> sumos sacerdotes y escribas se indignan (es el único milagro en Jerusalén).

* Maldición de la higuera (21, 18-22) -> sumos sacerdotes y ancianos preguntan a Jesús sobre su autoridad.

Marcos

A diferencia de Mateo, Marcos hace aparecer sus relatos milagrosos al comienzo de su redacción. También utiliza series, pero no son constantes. Pueden ser series de 4, 3, 2 ó 1 milagro.

El denominador común apreciado en las series marcanas está en su relación con el discipulado. Dentro de cara serie, o en sus aledaños, siempre existe una relación directa de Jesús con sus discípulos, ya sea instruyendo, enviando, llamando o recriminando. Los milagros parecen constituirse un uno de los pilares relacionales entre el ministerio de Jesús y sus seguidores. Ninguno de ellos se realiza en Jerusalén.

Marcos cita 22 acciones milagrosas:

* Espíritu inmundo (1, 21-28) - suegra de Pedro (1, 29-31) - muchos (1, 32-34) -> sus discípulos le buscan y Él contesta: "vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique".

* Expulsión de demonios en Galilea (1, 38) - leproso (1, 40-45) - paralítico (2, 1-12) -> llamada a Mateo.

* Mano paralizada (3, 1-6 ) - muchos (3, 10-12) -> institución de los doce.

* Tempestad calmada (4, 35-41) - endemoniado geraseno (5, 1-20) - hija de Jairo y hemorroísa (5, 21-43) -> envío de dos en dos.

* Alimentación de los 5.000 (6, 30-46) - anda sobre las aguas (6, 47-54) - muchos en Genesaret (6, 55-56) -> los discípulos rompen con las tradiciones farisaicas.

* Mujer sirio fenicia (7, 24-31) - sordo (7, 32-37) - alimentación de los 4.000 (8, 1-12) -> advertencia sobre la levadura de los fariseos.

* Ciego de Betsaida (8, 22-26) -> pregunta a los discípulos sobre su personalidad.

* Hijo con espíritu inmundo (9, 17-27) -> pregunta de los discípulos sobre su incapacidad para expulsar el demonio.

* Ciego Bartimeo (10, 46-52) -> envío de dos discípulos a recoger el pollino.

* Maldición de la higuera (11, 11-14) -> exhortación sobre la fe en Dios.

Lucas

La redacción lucana nos aporta una relación milagrosa con un marcado acento teológico. Sus series no guardan uniformidad cuantitativa y comienzan, como en el caso de Marcos, con el propio ministerio predicatorio, nada más ser expulsado de Nazaret.

Su estructura no es relacional, sino marcadamente apologética. La significación de los milagros es resaltar la gloria de Dios y la llegada del Reino por mediación de Cristo. Constituyen una demostración mesiánica de Jesús-Cristo, por ello, el esquema seguido con Mateo y Marcos; y luego con Juan, no es válido para Lucas. La significación o aplicación de los milagros a la exaltación está implícita, o explícita, así como la reacción de las gentes de temor, asombro y glorificación, en cada milagro o serie con frases como: "porque he sido enviado a anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios", "El poder del Señor le hacía obrar curaciones", "vuestro es el Reino de Dios", "Dios ha visitado a su pueblo", "se anuncia a los pobres la Buena Nueva", "cuenta lo que Dios ha hecho contigo"...

En total, cita 19 acciones milagrosas.

* Espíritu inmundo (4, 31-36) - suegra de Pedro (4, 38-44) - pesca milagrosa (5, 1-11) - leproso (5, 12-14) - paralítico (5, 17-26)

* Mano seca (6, 6-10) - muchos sanados (6, 17-19)

* Siervo del centurión (7, 1-17)

* Tempestad calmada (8, 22-26) - endemoniados gerasenos (8, 26-39) - hija de Jairo y hemorroísa (8, 40-56)

* Alimentación de los 5.000 (9, 12-17)

* Hijo endemoniado (9, 38-43)

* Encorvada (13, 11-13)

* Hidrópico (14, 2-6)

* 10 leprosos (17, 11-19)

* Ciego de Jericó (18, 35-43)

* Oreja del siervo del Sumo Sacerdote (22, 49-51)

Juan

Como es costumbre, el caso de Juan es singular.

La utilización de los signos o señales dentro de su evangelio es discursiva. El relato del signo es, para el evangelista una "anécdota" que reafirma lo citado en el prólogo de su evangelio (el Verbo era Dios) y que sirve para que el Verbo ponga en práctica su capacidad para hacer y para decir.

Es el que menos milagros recoge, sólo 7 (el número bíblico de la perfección) y siempre sirven para dar pie a una disertación de Cristo:

* Boda de Caná (2, 1-11) -> da pie a la purificación del Templo.

* Hijo del funcionario de Herodes (4, 46-54) - paralítico de Betesda (5, 1-9) - > genera el discurso sobre su autoridad.

* Alimentación de los 5.000 (6, 1-15) - anda sobre las aguas (5, 18-20) -> produce el discurso del pan de vida.

* Ciego de nacimiento (9, 1-7) -> discurso del Buen Pastor.

* Reavivación de Lázaro (11, 1-45) -> anuncio de su muerte.

Mi posicionamiento ante los milagros lo haré relacionando diversos aspectos y cuestiones que se plantean cuando afrontamos situaciones como la que nos presentan los evangelistas en este caso.

a).- Consideraciones generales sobre los milagros.

b).- Planteamientos subjetivos.

Consideraciones generales

1).- Conceptualización general de un acontecimiento como de carácter milagroso.

Resulta indiscutible que la calificación de una acción como encuadrada dentro del concepto milagroso no es de aplicación lineal, ni en el tiempo, ni desde el punto de vista sociológico, ni desde el punto de vista histórico.

Para fijar el concepto, digamos que, objetivamente, entenderíamos por milagro cualquier acontecimiento que escapa de una explicación racional, una vez utilizadas las herramientas empíricas y científicas disponibles, siempre que se den dos condiciones inexcusables: la intervención de Dios (o de un personaje celeste) y la mediación de un mortal, aunque en ocasiones quede difuminada o superpuesta la figura de medium y beneficiario.

Si nos atenemos a lo recogido por los evangelistas, donde nosotros entendemos milagro, los evangelistas mencionan signo o señal.

Quedaría fuera de este concepto todo fenómeno no explicable desde la racionalidad personal, no objetiva, de cada observador, así como las prácticas curanderas, mágicas, extrasensoriales o paranormales.

A la vista del concepto, queda claro que la calificación no sería la misma a lo largo de la historia de la humanidad, ya que ésta lleva aparejada una evolución científica y social que iría aportando explicaciones racionales a situaciones que anteriormente no las tenían.

De igual forma, no existe el mismo concepto de milagro desde una sociedad evolucionada social y tecnológicamente, que desde otra situada en un estadio inferior. (1er y tercer mundo, por ejemplo).

Tampoco se contemplaría la misma definición desde dos sociedades con raíces y tradiciones culturales distintas (no sería calificado igual un acontecimiento por una sociedad occidental que desde una percepción oriental).

Vemos, por tanto, que tenemos un primer escollo de partida a la hora de encarar este tipo de acontecimientos: ni siquiera podemos disponer de una formulación estándar.

Sin embargo, para podernos situar ante las acciones que se nos van a presentar, aceptemos como definición objetiva la expuesta más arriba, aun con todas las salvedades mencionadas, y algunas más que podríamos relacionar.

2).- Historicidad global sobre los relatos milagrosos

Entiéndase bien que esta consideración se referirá a la historicidad de los relatos milagrosos en su conjunto, como procedentes del entorno de Jesús, no a cada relato específico, sino al bloque de acciones milagrosas recogidas en los cuatro evangelios canónicos. En otras palabras, Entenderemos como histórico, o con sustrato histórico, lo que los propios contemporáneos de Jesús entienden como acto milagroso o extraordinario.

Para centrarnos en este aspecto, hagamos una exposición breve sobre los criterios de historicidad aplicables, habitualmente, a los acontecimientos evangélicos:

Testimonio múltiple: Las cinco fuentes evangélicas (Marcos, Q, Mateo, Lucas y Juan) recogen relatos de milagros, en diversas situaciones, contextos y formas literarias, pero, además, fuentes no cristianas (Flavio Josefo) también apoyan la existencia de acciones, cuando menos, "singulares", aunque no entren en detalle. Por lo tanto, este criterio, al global de los relatos milagrosos, sería de aplicación.

Dificultad: A priori, para los primeros seguidores cristianos y para la Iglesia primitiva que conformaron, que es la redactora de los evangelios, no parece que el reflejo de los relatos milagrosos pudiera suponerle ninguna dificultad, por lo tanto, este criterio no parece que fuese aplicable a estos acontecimientos.

Coherencia: Para el exámen de este criterio haremos dos apartados:

Coherencia entre los propios hechos. Si examinamos la lista de milagros atribuidos a Cristo, extraeremos varias conclusiones que les son comunes: Las acciones que Jesús realiza nunca son en beneficio propio, no son hechas con objetivos proselitistas (normalmente siempre despide al beneficiario), salvo en el caso de la higuera seca, ningún milagro es punitivo ni irrisorio para el beneficiario, casi siempre solventan situaciones de penuria para el beneficiario.

Coherencia con el mensaje global del evangelio. Los pilares básicos del mensajes evangélico pasan por la proclamación de la buena noticia de que el Reino de Dios ha arribado a la tierra y que Dios interviene en la historia del hombre, asumiendo el Hijo, la forma humana en su totalidad (salvo en el pecado). Desde este punto de partida, los milagros se ajustan a tal propósito, ya que, por su mediación, quienes carecen de esperanza o son objeto de exclusión a causa de deficiencias sociales o naturales, abandonan tal situación, por lo tanto, los hechos milagrosos guardan plena coherencia con el global del mensaje evangélico.

Discontinuidad: En el desarrollo de las acciones milagrosas que nos relatan los evangelios, podemos contemplar actitudes de Jesús contrarias a la tradición judía de la época. Para citar algunas: curaciones en sábado, tocar a los impuros (leprosos), tocar cadáveres, trasladarse al otro lado del Jordán, etc. Por lo tanto, el criterio de discontinuidad se vería cumplido en estos acontecimientos.

Ejecución: Si bien directamente, la realización de signos milagrosos no contribuye a la ejecución de Jesús de Nazaret, algunas de las consecuencias de estas realizaciones sí podrían contemplarse como parte de las razones para su ejecución. Entre ellas, la más importante estaría en el miedo generado a las autoridades religiosas judías la cantidad de gentes que seguían a Jesús, atraídos por su hacer milagroso, aunque ese no fuera el objetivo primario de Jesús. Además, los milagros son hechos en nombre del Padre (como demostración de la presencia del Reino), lo que suena a blasfémico ante dichas autoridades.

En resumen, vistos los criterios principales de historicidad, podemos contemplar que cuatro de ellos son aplicables al conjunto de la acción milagrosa, por lo tanto, desde esta constatación, me atrevo a afirmar que los relatos milagrosos tienen, al menos, un sustrato histórico que los fundamenta y soporta objetivamente.

Es decir, en el ministerio público de Jesús, se dan hechos y circunstancias imposibles de explicar con las herramientas de la racionalidad disponibles en la época y que sus congéneres, y el propio Jesús, interpretan como milagrosos (intervención de Dios en la historia concreta del hombre).

3).- Capacidad taumatúrgica de Jesús.

Además de los propios relatos milagrosos, hay otros detalles en el NT que nos hablan de la capacidad taumatúrgica de Jesús de Nazaret. El cuerpo epistolar nos muestra algunos de estos detalles y, dentro de los evangelios, los propios fariseos le reconocen tal poder al pedirle explicaciones respecto del origen del mismo.

Al margen de estas fuentes, Flavio Josefo, en Antigüedades Judías refleja esta capacidad de Jesús, por lo tanto no hay motivos para dudar de esta capacidad que, por otra parte, no era exclusiva de Jesús, sino que otros muchos personajes de la época realizaban acciones inexplicables desde la racionalidad de la época (Simón, Hechos), ya que ninguna de estas literaturas pone el acento en esta capacidad del Nazareno, sino en otros aspectos de su devenir personal.

4).- Presencia del reino en los milagros

En diversas ocasiones, Cristo nos cita que sus acciones están siempre orientadas a cumplir la voluntad del Padre que le envía. En la respuesta que la fuente Q da a los emisarios del Bautista, podemos contemplar la afirmación de que los ciegos ven, los cojos andan... como señales de la presencia del Reino de Dios.

La misión esencial de Cristo en la encarnación es precisamente esta: proclamar que el Reino de Dios ha llegado y que su realización plena reviste aspectos escatológicos e, incluso, apocalípticos, pero algunas de sus manifestaciones son sensibles en este momento. Es el caso de los milagros.

Hemos de tomarlos, precisamente como eso: signos visibles de la presencia real del reino. Especialmente porque aportan esperanzas y visos de felicidad a quienes, siendo beneficiarios de ellos, carecían de ellas. De algún modo, todos los milagros constituyen una manifestación epifánica.

Planteamientos subjetivos

1).- Percepción esotérica o mágica del acontecimiento.

Las consecuencias extraídas de las consideraciones objetivas, me llevan a no plantearme ninguna duda acerca de la existencia real de los milagros, tanto como acontecimientos históricos, como bajo el aspecto de una práctica habitual de Jesús de Nazaret. En otras palabras: no dudo de su existencia.

Que la realidad de cada hecho relatado en los evangelios, de forma pormenorizada, se ajuste exactamente a lo acontecido en la realidad es otro asunto bien distinto.

Tal y como nos son relatados en los evangelios, las acciones de Jesús, literalmente, recogen acciones manipuladoras de la realidad natural, que, por lo tanto, caerían bajo un aspecto esotérico y mágico.

Cuando nos enfrentamos ante un acontecimiento milagroso, desde el punto de vista histórico, tenemos una limitación, hoy por hoy, insalvable: Nos es imposible conocer, a ciencia cierta, el desarrollo exacto del proceso (qué, cómo y cuando se desenvolvieron los hechos).

Tampoco es posible conocer el estatus anterior del objeto o sujeto beneficiario del milagro antes de su realización (no podemos saber si el leproso sanado, realmente padecía dicha enfermedad o su patología consistía en una enfermedad cutánea leve; es imposible saber la forma en que la muchedumbre del monte fue abastecida de comida desde los cinco panes y 2 peces, ya fuera por una acción de compartir de lo que disponía, por la recolección de fondos entre los asistentes o cualquier otro aspecto; en la expulsión de un demonio, desconocemos si el poseso, realmente era tal o padecía una afección psicótica o epiléptica...)

Desde mi percepción de Dios, como ente amoroso y misericordioso, aunque poderoso, pero escrupulosamente respetuoso hacia la libertad humana, me resulta muy difícil asimilar una acción mágica de Jesús, manipuladora de la realidad existencial de quien tiene enfrente, que altere el curso de las leyes naturales emanadas de Él mismo, aunque le fuese solicitado. Este comportamiento caprichoso de Jesús se me antoja inapropiado e inconexo con la trayectoria general del Nazareno. A quien vemos, reiteradamente, exponiendo y nunca imponiendo, su doctrina, permitiendo la defección de sus discípulos, rechazando las tentaciones que reiteradamente se le presentan para liberarse de la negatividad del desarrollo de su ministerio; y asumiendo, plenamente, su realidad humana hasta la muerte.

2).- Atribución de capacidad interventora de Dios en la historia humana

Que Dios interviene en la historia del hombre, tanto en el ámbito colectivo como personal, es algo que forma parte de nuestra creencia y sobre la que se fundamenta nuestra creencia en la encarnación,

Que esta intervención se realice de forma ajena al marco de juego preestablecido es algo diferente.

Dios, efectivamente, interviene en la historia del hombre, pero lo hace desde la propia historia. Desde el ejercicio de su misericordia, pero asumiendo la realidad humana, nunca alterando contra la naturaleza y la voluntad humana su propia historia.

Que algo no pueda ser explicado con las herramientas de que dispone la racionalidad no significa que tal hecho sea atribuible a la intervención de Dios en el acontecimiento, sino simplemente a que no puede ser explicado en un determinado momento.

Atribuir a Dios esa capacidad interventora nos llevaría al absurdo de un Dios caprichoso, sin reglas y generador del mal, por consentidor de él: Si Dios puede intervenir para beneficiar a quien padece, carecería de explicación el sufrimiento de la humanidad por razones y acciones naturales (enfermedad, cataclismos, etc.). De ahí a cuestionar a Dios por qué permite la muerte sólo hay un paso. Con lo cual el absurdo revestiría tintes esperpénticos.

3).- Experiencia de Dios en los acontecimientos milagrosos

Que los evangelios, como toda la Biblia, son textos narrativos, ya lo hemos expuesto en varias ocasiones, sin que ello anule el componente histórico de ciertos hechos relatados.

Desde este punto de partida, los milagros que se nos muestran, y ya no sólo en el NT, sino también en los acontecimientos numerosos carentes de explicación del AT, nos muestran la experiencia de Dios de quienes perciben el hecho.

Es la puesta en escena de su propia experiencia de Dios ante un hecho que traspasa sus posibilidades racionales de explicación.

Algo sucede y quien lo observa, sin poderlo explicar desde la materialidad, extrae una conclusión que afecta a su posicionamiento ante la otra realidad trascendente: la presencia de Dios en la historia.

Esta consideración siempre es y será subjetiva, ya que imbrica directamente la percepción que cada uno hace de la presencia divina a nuestro lado.

Es la experiencia de Dios, no ya de fe, que cada uno tenga, la que marcará la pauta para estimar la existencia de la intervención divina en cada acontecer concreto.

En otras palabras, lo que para mí puede ser una manifestación de la intervención divina en la historia particular de un individuo (en mi propia historia) o en la de un grupo humano, susceptible de modificar el devenir previsiblemente objetivo, para otro espectador puede ser fruto de la casualidad, la suerte o, incluso, demostrativo de la capacidad humana.

Ante estas dificultades de aproximación y verificación, en lo sucesivo, y tal y como ya hice con los dos milagros anteriormente relatados en este trabajo, optaré por obviar la circunstancia histórico-científica del hecho milagroso (cuya afirmación o negación es imposible de sostener desde una óptica que no sea puramente la de una posición personal de fe concreta hacia el hecho preciso) para considerar, exclusivamente, sus aspectos simbólicos y de trascendencia teológica. Aspectos que sí pueden estar sometidos a la interpretación personal variada y plural, a la luz de la experiencia de fe particular del lector del texto, sin quedar encorsetado por el lacónico "creo" o "no creo" del hecho milagroso concreto sin más argumentaciones.

Por lo tanto, para éste y futuros milagros que aparezcan en el Evangelio, mi criterio será el citado anteriormente (interpretación del símbolo), absteniéndome de la valoración del hecho o afirmar o negar su verdadera realización, así como de la exposición de motivos para tal proceder, por haber sido expuestos en este momento.

Por el momento, vayamos al signo que nos ocupa.

¿Qué significado podemos extraer de esta curación?.

La posesión por "espíritus inmundos" tampoco hay que buscarla muy lejos de nosotros mismos.

Esta posesión es fácil de encontrar a nuestro lado, cuando el espíritu del mal hace presa en nuestra alma e induce nuestro comportamiento por derroteros alejados del amor al hermano.

El "espíritu inmundo" que Lucas personaliza en el demonio, no es otra cosa que nosotros mismos cuando ignoramos la Palabra de verdad y actuamos en contra de la voluntad del Padre, guiados del individualismo egoísta, convirtiéndonos en auténticos "energúmenos" para con nuestros semejantes, haciendo aflorar nuestro instinto animal y salvaje, pleno de violencia (verbal, psíquica y física) hacia los demás.

Desde esta perspectiva, no es extraño observar a Cristo llamando dentro de nosotros mismos, ordenando la salida del mal que nos aprisiona y esclaviza.

Cristo nos está mostrando, en este símbolo, el poder que le adorna para librarnos de esta esclavitud (la del pecado), representado por el espíritu maligno (el mal).

Obviamente, cuando nuestro camino discurre por los cauces espaciosos del mal, el cambio de orientación resulta penoso y conlleva una rebeldía de nuestra comodidad interior, sacudiéndonos con ímpetu cuando la Palabra de Dios nos penetra y expone a la superficie la realidad cruda de nuestro interior vacío y falso.

Nuestra primera reacción ante la constatación de la verdad de nuestra hipocresía y falsedad, siempre será idéntica a la expuesta en el texto del Evangelio ¿qué tienes conmigo?; ¡déjame vivir en paz, en la comodidad del camino espacioso!.

Sin embargo, la autoridad que emana de la Luz de Cristo se abre paso, para, desde nuestro interior, ordenar adecuadamente nuestro espíritu, librándonos de la inmundicia que lo pudre todo; aunque con tal sutileza, que su acción es inapreciable si nuestros ojos (los del alma) están obnubilados por el brillo del becerro idolátrico que nos es servido por el mundo.

Mt. 8, 1-4 Mc. 1.40-45 Lc. 5.12-16

1 Cuando descendió Jesús del monte, le seguía mucha gente

 

 

2 Y he aquí vino un leproso y se postró ante él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme

40 Vino a él un leproso, rogándole; e hincada la rodilla, le dijo: Si quieres, puedes limpiarme.

12 Sucedió que estando él en una de las ciudades, se presentó un hombre lleno de lepra, el cual, viendo a Jesús, se postró con el rostro en tierra y le rogó, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme.

3 Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció. 4 Entonces Jesús le dijo: Mira, no lo digas a nadie; sino ve, muéstrate al sacerdote, y presenta la ofrenda que ordenó Moisés, para testimonio a ellos.

41 Y Jesús, teniendo misericordia de él, extendió la mano y le tocó, y le dijo: Quiero, sé limpio. 42 Y así que él hubo hablado, al instante la lepra se fue de aquél, y quedó limpio. 43 Entonces le encargó rigurosamente, y le despidió luego, 44 y le dijo: Mira, no digas a nadie nada, sino ve, muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu purificación lo que Moisés mandó, para testimonio a ellos

13 Entonces, extendiendo él la mano, le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante la lepra se fue de él. 14 Y él le mandó que no lo dijese a nadie; sino ve, le dijo, muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu purificación, según mandó Moisés, para testimonio a ellos.

 

45 Pero ido él, comenzó a publicarlo mucho y a divulgar el hecho, de manera que ya Jesús no podía entrar abiertamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera en los lugares desiertos; y venían a él de todas partes

 

 

 

 

 

 

 

 

15 Pero su fama se extendía más y más; y se reunía mucha gente para oírle, y para que les sanase de sus enfermedades. 16 Mas él se apartaba a lugares desiertos, y oraba.

Estamos ante un pasaje originario de Marcos, que los otros dos sinópticos recogen, prácticamente, con literalidad, salvo por la omisión de Mateo respecto de la "desobediencia" del sanado a la recomendación de Jesús de no divulgar su curación.

Solamente en dos ocasiones veremos a Jesús tratando con leprosos explícitamente: la que nos ocupa y Lc. 17, 11-19.

La lepra era, en tiempos de Jesús, y posteriormente durante varios siglos, hasta hace muy poco (dentro incluso del siglo XX), una enfermedad maldita y asociada a un castigo divino (Núm. 12, 9-10: 9 Y se encendió la ira de Yahveh contra ellos. Cuando se marchó, 10 y la Nube se retiró de encima de la Tienda, he aquí que María estaba leprosa, blanca como la nieve. Aarón se volvió hacia María y vio que estaba leprosa).

Tal era la preocupación por esta enfermedad, que el libro del Levítico dedica, prácticamente, 2 capítulos (13 y 14) a su detección y tratamiento.

Durante siglos, esta enfermedad era considerada como una auténtica plaga y altamente contagiosa, con lo que los pacientes eran relegados a ghetos especiales (lazaretos), que no debían abandonar bajo ningún concepto.

En los tiempos de Cristo, los enfermos de lepra vagaban por los desiertos y aledaños de las poblaciones sin poder acercarse a ellas, bajo el riesgo de ser dilapidados, por temor al contagio.

Los hebreos englobaban bajo esta patología la práctica totalidad de ulceraciones en la piel, descamaciones y alteraciones cutáneas, extendiendo dicha denominación a infecciones por moho en tejidos y paredes.

La lepra es una enfermedad infecciosa crónica, producida por la bacteria Mycobacterium leprae y caracterizada por lesiones granulomatosas específicas en la piel, mucosas, nervios, huesos y vísceras. La lepra era una enfermedad ya conocida en el antiguo Egipto y en la India, quince siglos antes de Cristo, que se propagó por Europa con la expansión del Imperio romano. El tipo lepromatoso es el más grave: más contagioso y más mutilante, requiere un tratamiento permanente con objeto de estabilizar la enfermedad. El tipo tuberculoide, menos contagioso, afecta gravemente el sistema nervioso aunque admite curación al cabo de unos años de tratamiento.

Hoy sabemos que es una enfermedad con grandes posibilidades de curación gracias a los antibióticos. Fármacos que, obviamente, en el tiempo de Jesús no existían, así como que su contagio es fácilmente evitable con medidas profilácticas.

Dentro del Evangelio, esta enfermedad hay que tomarla con mucha precaución y atender más a su aspecto simbólico, por la marginación que implicaba para los pacientes, que al aspecto sanitario propiamente dicho.

La mención de los evangelistas respecto de la orden de Jesús al leproso para mostrarse al sacerdote, hay que remontarla a Lev. 14, 2-4 (2 Esta es la ley que ha de aplicarse al leproso en el día de su purificación. Se le conducirá al sacerdote, 3 y el sacerdote saldrá fuera del campamento; si, tras de haberlo examinado, comprueba que el leproso está ya curado de la llaga de lepra, 4 el sacerdote mandará traer para el que ha de ser purificado dos pájaros vivos y puros, madera de cedro, púrpura escarlata e hisopo); 14, 11 (El sacerdote que hace la purificación presentará ante Yahveh, junto con todas esas cosas, al hombre que ha de purificarse, a la entrada de la Tienda del Encuentro) y 14, 20-22 (20 Y ofrecerá sobre el altar el holocausto y la oblación. De esta manera el sacerdote hará expiación por él y quedará limpio. 21 Si es pobre y no tiene suficientes recursos, tomará un cordero como sacrificio de reparación, como ofrenda mecida, para hacer expiación por él, y además, como oblación, una décima de flor de harina amasada con aceite, un cuartillo de aceite, 22 y dos tórtolas o dos pichones, según sus recursos, uno como sacrificio por el pecado, y otro como holocausto). Una vez más, vemos como Jesús, en el desarrollo de su ministerio no deja de ajustarse a los preceptos mosaicos para sus acciones.

Prácticamente los tres evangelistas sitúan este episodio cerca de Cafarnaún; y en la misma situación predicativa (en sus comienzos).

Mateo, a su vez, hilvana este relato con el Sermón del monte, mediante el ver. 1 (Cuando descendió Jesús del monte, le seguía mucha gente).

Como ya he mencionado anteriormente, no voy a entrar en la consideración histórica de la curación milagrosa, ciñéndome a la simbología que este relato me facilita.

Si bien no lo especifican, Mateo y Marcos, dan a entender que el acontecimiento sucede en el campo, mientras que Lucas lo sitúa en una ciudad. Cosa harto difícil, puesto que la entrada de leprosos a las ciudades estaba vedada por miedo al contagio.

No tiene mayor importancia, pero no parece posible tal acción en la situación que Lucas la coloca.

Resaltemos los aspectos más significativo del pasaje:

a).- El leproso se arrodilla y ruega: si quieres, puedes limpiarme.

b).- Jesús tiene misericordia de su dolor y le toca.

c).- Cristo asiente: quiero, sé limpio.

d).- Jesús ordena que no se lo diga a nadie.

e).- Igualmente, le ordena que se presente al sacerdote para la ofrenda legal.

f).- El leproso desobedece y propaga el hecho.

g).- Jesús no puede entrar en las ciudades.

h).- Según Lucas, se apartaba a lugares desiertos para orar.

a).- La lepra, como símbolo, es un estigma asimilado a la suciedad espiritual proveniente del pecado.

Desde esta premisa, cualquiera de nosotros, en algún momento de nuestra vida, estaría en la misma situación que el leproso que se acerca a Jesús.

Cristo siempre estará pasando a nuestro lado. Podemos acercarnos a Él cuando sea preciso y, como el leproso, con la humildad que evidencia la postración, suplicar su ayuda.

Lo que éste leproso hace ante Cristo no es muy distinto del contenido de nuestro Sacramento de la Confesión.

Ante Dios (él ante Cristo, nosotros ante el sacerdote) exponemos nuestros males (pecados) y suplicamos su perdón desde un posicionamiento de fe absoluta: si quieres, puedes perdonarme (limpiarme).

El leproso vence el miedo y la vergüenza de su enfermedad. Públicamente se muestra y abre ante Jesús.

Nuestro acto confesional no dista mucho de tal actitud.

Públicamente (ante el sacerdote o la comunidad) vencemos nuestro pudor y vergüenza y exponemos nuestros males, implorando a Dios su perdón.

Sólo hay dos condicionamientos apriorísticos para que nuestra plegaria ante el Señor sea eficaz: la toma de conciencia de que estamos "sucios" (leprosos) o en pecado (que implica la voluntad de alterar tal situación) y la confianza en que Él puede, si quiere, ayudarnos.

Quedan fuera los condicionamientos mercantilistas del orden de "si me sanas te ofrezco sacrificios, promesas, etc.".

Para la limpieza y el perdón no puede haber más condicionantes que los expuestos más arriba: conciencia de pecado (y voluntad de limpieza) y fe en el poder de Dios para eliminarlo.

b).- Es la constante del comportamiento de Dios: la misericordia.

Nunca está ausente o sordo a nuestras plegarias. Permanentemente está a la escucha de nuestras llamadas.

La misericordia es uno de los atributos de Dios que Él posee en grado sumo. Así nos lo podemos encontrar en Ex. 20, 6 (y tengo misericordia por millares con los que me aman y guardan mis mandamientos) y Dt. 5, 10 (y tengo misericordia por mil generaciones con los que me aman y guardan mis mandamientos); amén de innumerables citas de, prácticamente todos los profetas, mayores y menores, aunque especialmente llamativas son las menciones del "profeta de la misericordia" (Tobías) en Tob. 3, 2 (Tú eres justo, Señor, y justas son todas tus obras. Misericordia y verdad son todos tus caminos. Tú eres el Juez del Universo); Tob. 13, 6 (Si os volvéis a él de todo corazón y con toda el alma, para obrar en verdad en su presencia, se volverá a vosotros sin esconder su faz. Mirad lo que ha hecho con vosotros y confesadle en alta voz. Bendecid al Señor de justicia y exaltad al Rey de los siglos. Yo le confieso en el país del destierro, y publico su fuerza y su grandeza a gentes pecadoras.¡Volved, pecadores! Practicad la justicia en su presencia. ¡Quién sabe si os amará y os tendrá misericordia!).

Puesto que partimos de la premisa de la naturaleza divina de Cristo, obviamente, Él también posee esta cualidad en grado sumo, por lo tanto, esta acción de apenarse por los dolores ajenos es una constante a lo largo de todo su ministerio, llegando a su punto álgido en la propia cruz de su oblación, en la que el supremo ejercicio de misericordia, le lleva a implorar el perdón para sus ejecutores y, por extensión, para toda la humanidad. Dando así cumplimiento a la economía de la redención que se basa, precisamente, en este motor: la inmensidad de la misericordia de Dios para con sus hijos (los hombres).

Mención aparte merece la cita evangélica respecto de la imposición de sus manos al leproso.

Es la praxis de la misericordia. No olvidemos que estamos ante una enfermedad que, en sus tiempos, era catalogada como altamente contagiosa, y el simple roce con el leproso contaminaba al tocador, con lo que la marginación del paciente era total.

Cristo lleva hasta el extremo su conmoción por el sufrimiento y "arriesga" su propia consideración social, no sólo escuchando al leproso, sino tocándole públicamente, con lo que, inmediatamente, pasa a ser considerado impuro. Lo que sucede es que para Él es mucho más trascendente el gesto de cercanía y amor que deriva de esta acción cariñosa, que la consideración que de Él tengan sus congéneres.

¿Estamos dispuestos nosotros a dar el mismo paso ante nuestros "leprosos"?.

c).- El momento cumbre de la acción salvadora. La consecuencia del amor de Dios: Él no se para en manifestar su misericordia, sino que la ejerce real y prácticamente liberándonos y limpiándonos de nuestros pecados.

Tras el roce de la mano de Jesús al leproso, éste queda limpio. No hay condicionamientos previos. Se manifiesta en esta curación la íntima relación de Dios con los hombres, respecto del pecado, en sus tres estadios:

1.- Toma de conciencia, voluntad de limpiarse y exposición de la situación, desde la confianza en el poder sanador de Dios.

2.- Escucha de la plegaria y conmoción del Señor ante la situación de sufrimiento y desamparo del hombre (misericordia).

3.- Liberación del mal por el ejercicio simple de la voluntad de Dios (salvación).

La sola palabra de Cristo, la constatación de que la voluntad de Dios pasa por la felicidad y ausencia de sufrimiento en los hombres, es suficiente para que el alma del doliente quede limpia de inmundicias. No hay mercadeo, sólo exposición de voluntades. Tal es el poder de Dios.

d), e) y f).- Todos estos apartados del hecho relatado se refieren al mismo aspecto, por lo tanto los trataré en conjunto.

En los sinópticos nos encontraremos habitualmente con esta paradoja: Jesús realiza sus prodigios y encarga fervientemente al beneficiario que no lo divulgue.

Especialmente insistente en este proceder es Marcos, por su constante en mantener el secreto mesiánico, aunque también lo encontraremos en menor medida en Lucas y mucho menos en Mateo, mientras que, en absoluto, en la redacción de Juan.

Ejemplos de ello podremos contemplarlos en Mc. 1, 44 («Mira, no digas nada a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que prescribió Moisés para que les sirva de testimonio.») y su correspondencia en Lc. 5, 14; Mc. 5, 19, con matizaciones, ya que sí indica al beneficiario que se lo cuente a los suyos (Pero no se lo concedió, sino que le dijo: «Vete a tu casa, donde los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido compasión de ti.») y su correspondencia en Lc. 8, 39; Mc. 5, 43 (Y les insistió mucho en que nadie lo supiera; y les dijo que le dieran a ella de comer) y su correspondencia con Lc. 8, 56; Mc. 7, 36 (Jesús les mandó que a nadie se lo contaran. Pero cuanto más se lo prohibía, tanto más ellos lo publicaban); Mc. 8, 26 (Y le envió a su casa, diciéndole: «Ni siquiera entres en el pueblo.») y Mt. 9, 30 (Y se abrieron sus ojos. Jesús les ordenó severamente: «¡Mirad que nadie lo sepa!»).

Esta disparidad de los evangelistas respecto del comportamiento de Jesús en los milagros, hemos de achacarla a la intencionalidad de cada cual.

Siempre me había preguntado la razón de este empeño de Jesús en mantener esta discreción acerca de sus prodigios extranaturales.

El razonamiento para su justificación sería diverso.

Por un lado, estaría la propia e inherente humildad mostrada por Cristo a lo largo de toda su vida y que parte desde su nacimiento, pasa por su período preparatorio (desaparición pública entre los años 0 y 30), superación de las tentaciones, rechazo de los halagos (Lc. 11, 27-28 [27 Sucedió que, estando Él diciendo estas cosas, alzó la voz una mujer de entre la gente, y dijo: «¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!» 28 Pero él dijo: «Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan.»]; Lc. 12, 14 [El le respondió: «¡Hombre! ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?»] y Mc. 10,18 [Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios] con su correspondencia el Lc. 18, 18) y su mansedumbre ante la iniquidad de sus acusadores, incluso ante las injurias y provocaciones.

De aquí se desprendería su voluntad para que fuese aceptado por su doctrina y enseñanzas, y no por la manifestación de sus prodigios, ya que, de ser así, hubiese quedado desvirtuada su misión salvadora, trocándose en una nebulosa prodigiosa y mágica.

Por otra parte, otro de los motivos podemos encontrarlo en los últimos versículos de los textos que estamos examinando y otros de similar construcción.

La divulgación de sus poderes extraordinarios traía, como primera consecuencia, el agolpamiento de muchedumbres en busca de soluciones a sus problemas personales y dolencias. Con ser esto importante, obviamente acarreaba un falseamiento del ministerio de Cristo.

El Verbo no se encarnó para sanar puntualmente las enfermedades físicas de la humanidad, porque éstas son inherentes a la naturaleza finita del hombre, sino para divulgar la Buena Noticia de que el Reino de los cielos se ha acercado, con lo que la esperanza de auténtica vida es real y la esclavitud del pecado y de la muerte podían ser vencidas.

La demostración más clara podemos encontrarla en la curación del paralítico de Mc. 2, 5-11 (5 Viendo Jesús la fe de ellos, dice al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados.»6 Estaban allí sentados algunos escribas que pensaban en sus corazones: 7 «¿Por qué éste habla así? Está blasfemando. ¿Quién puede perdonar pecados, sino Dios sólo?» 8 Pero, al instante, conociendo Jesús en su espíritu lo que ellos pensaban en su interior, les dice: «¿Por qué pensáis así en vuestros corazones? 9 ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: "Tus pecados te son perdonados", o decir: "Levántate, toma tu camilla y anda?" 10 Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados - dice al paralítico -:11"A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa."») (y su correspondencia en Lc. 5, 20-24), donde Cristo, en lugar de acometer la sanación del postrado, atiene la limpieza de su espíritu con prioridad.

Cristo quiere que se entienda bien su mensaje recogido en Jn. 12, 46 (Yo, la luz, he venido al mundo para que todo el que crea en mí no siga en las tinieblas) y no se extravíe y mutile por el reconocimiento de sus prodigios.

Una tercera justificación para este proceder hemos de buscarla en las reacciones que sus milagros suscitaban entre la clase dirigente del judaísmo oficial.

Los poderes evidenciados por Cristo despiertan el miedo entre los dirigentes religiosos, la envidia por el incremento de seguidores y presienten una amenaza contra sus posiciones sociales, religiosas y políticas.

De ello tenemos muchos ejemplos en el Evangelio: Mc. 3, 6 (Mt.12, 14 y Lc. 6, 11)( En cuanto salieron los fariseos, se confabularon con los herodianos contra él para ver cómo eliminarle); Mc. 5, 17 (Mt. 8, 34 y Lc. 8, 37) (Entonces comenzaron a rogarle que se alejara de su término); Mc. 3, 22 (Mt. 9, 34 y Lc. 11, 15) (Los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: «Está poseído por Beelzebúl» y «por el príncipe de los demonios expulsa los demonios.»); Mt. 12, 24 (Mas los fariseos, al oírlo, dijeron: «Este no expulsa los demonios más que por Beelzebúl, Príncipe de los demonios.»); Lc. 13, 14 (Pero el jefe de la sinagoga, indignado de que Jesús hubiese hecho una curación en sábado, decía a la gente: «Hay seis días en que se puede trabajar; venid, pues, esos días a curaros, y no en día de sábado.»); Jn. 5, 16 (Por eso los judíos perseguían a Jesús, porque hacía estas cosas en sábado) y Jn. 9, 16 (Algunos fariseos decían: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.» Otros decían: «Pero, ¿cómo puede un pecador realizar semejantes señales?» Y había disensión entre ellos).

La confluencia de la libertad expuesta por Cristo, la crítica a la falsedad e hipocresía de la élite religiosa judía, junto con las capacidades extraordinarias que pone en práctica, desencadenaban estas reacciones en los dirigentes, los cuales amenazaban con precipitar el desenlace que todos conocemos y dar al traste con la misión de Cristo antes de tiempo.

Él es consciente del riesgo que está corriendo y de las reacciones adversas que suscita y, en lo posible, procura enervar los ánimos lo menos posible. Una cuestión estratégica que, al final, desembocó en el aparente fracaso final con su muerte en cruz, ejecutado por el invasor romano.

Al margen de todas estas consideraciones, el proceder del leproso no es algo anecdótico, ni que debamos dejar pasar por alto.

Estamos ante un comportamiento muy cercano a todos nosotros y que debemos reflexionar.

El signo de discreción y humildad que Cristo pide al sanado, y que es contravenido por éste, se parece, como una gota de agua a otra gota de agua, a nuestras actitudes cuando nos detenemos a observar nuestros comportamientos ante nuestros éxitos profesionales, sociales o económicos.

¿Los aceptamos con humildad y mesura, guardándolos en nuestro interior y compartiéndolos, en agradecimiento, con Dios?, o ¿nos pavoneamos de ellos y utilizamos cuantos altavoces podamos encontrar para su divulgación con miras a la obtención del reconocimiento de nuestros semejantes?.

Otra vez, ¡cuan lejos de la humildad del nazareno!

g).- Que Jesús no pueda entrar en las ciudades tiene una doble lectura: una consecuente con sus comportamientos y otra teológica, extrapolada a nuestra realidad actual.

La consecuencia lógica de haber tocado y estar mezclado con los leprosos es la contaminación por posible contagio. Aquí hay, también, dos consideraciones: la sanitaria y la religiosa.

La sanitaria impide su acercamiento a los núcleos habitados por pura profilaxis: si ha estado en contacto directo con leprosos, puede estar contagiado y convertirse en vehículo propagador de la enfermedad; por lo tanto, la primera medida profiláctica es impedir su contacto con núcleos urbanos y evitar así la extensión de la enfermedad.

La religiosa nos remonta al Levítico (caps. 13 y 14). De tal forma que al haber tocado a un inmundo, por extensión, le convertiría en impuro y digno del rechazo social desde la óptica religiosa.

La lectura teológica, o de experiencia de Dios actual, nos lleva al mundo de la marginación. A nuestro 4º mundo.

Nuestra civilización también tiene sus "leprosos". Véanse: marginados sociales por desarraigo (marginación étnica de los emigrantes), marginación económica (mendigos y desposeídos), marginación por frustración (marginaciones por drogodependencias y SIDA), marginación religiosa (disidencias), ideológica, política, etc.

Todos ellos componen nuestro conjunto de "leprosos" altamente contagiosos e indeseables, cuya entrada en nuestras "ciudadelas" de bienestar y amoldadas a los estándares debe estar vedada, para evitar la contaminación a la gente que vive "como Dios manda".

Jesús continúa sin poder entrar en nuestras ciudades, porque sus comportamientos no son los que socialmente se han funcionalizado.

Nuestra civilización es puramente funcional y todo cuanto se sitúa al margen de lo establecido, aunque sea como resultado de las propias deficiencias del sistema, ha de ser mantenido fuera de los círculos decisorios y perpetuadores. Éstos han de estar "limpios".

Así, intentamos que Cristo quede constreñido a los templos, y su acción benéfica hacia la marginalidad periférica sea encauzada a través de los impulsos voluntaristas y caprichosos del sucedáneo de solidaridad que representa el voluntariado institucionalizado y controlado por los resortes y aparatos ideológicos de la propia sociedad que genera los "leprosos".

Continuamos impidiendo el paso a nuestras ciudades de la Verdad del Evangelio, porque sigue resultando, como entonces, incómoda y desagradable, además de contaminadora de la situación acomodaticia de que nos hemos dotado.

Sólo hay que darse una vuelta por nuestros barrios periféricos, pero por los periféricos de verdad, no los asimilados al status estándar.

Hemos de penetrar en el interior de sus chabolas y percibir la miseria y penuria en que se desarrolla su existencia, para explicarnos nuestras lacras sociales: violencia doméstica, dependencias, delincuencia, etc.

¡Si no les damos más alternativa que el combate desigual desde los aledaños de la civilización contra la propia civilización que les segrega!.

Cristo continúa en la periferia. Sigue siendo denostado y alejado de nuestro entorno, porque asumirle es demasiado corrosivo para nuestra estabilidad social.

h).- Directamente relacionado con el punto anterior, si no dejamos que Cristo entre en nuestras vidas y le mantenemos alejado de nuestras ciudades, ¿donde desarrollará su misión?: en el desierto y en los lugares solitarios. No le queda otra opción. No olvidemos que esto es así porque nosotros le obligamos. Luego, cuando algún "periférico" invade nuestras parcelas cómodas, ¿a qué viene la lamentación y la denostación de Dios, si nosotros mismos le hemos expulsado de nuestros aledaños?.

En esta situación, lógicamente, es más difícil percibir su presencia, pero no porque Él lo quiera así, sino porque nosotros le hemos echado lejos de nuestra proximidad.

Mt. 8, 5-13 Lc. 7.1-10 Jn. 4, 46-54

 

 

46 Vino, pues, Jesús otra vez a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Y había en Capernaum un oficial del rey, cuyo hijo estaba enfermo.

5 Entrando Jesús en Capernaum, vino a él un centurión, rogándole,

1 Después que hubo terminado todas sus palabras al pueblo que le oía, entró en Capernaum.

 

6 y diciendo: Señor, mi criado está postrado en casa, paralítico, gravemente atormentado

2 Y el siervo de un centurión, a quien éste quería mucho, estaba enfermo y a punto de morir. 3 Cuando el centurión oyó hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos, rogándole que viniese y sanase a su siervo.

47 Este, cuando oyó que Jesús había llegado de Judea a Galilea, vino a él y le rogó que descendiese y sanase a su hijo, que estaba a punto de morir.

 

4 Y ellos vinieron a Jesús y le rogaron con solicitud, diciéndole: Es digno de que le concedas esto; 5 porque ama a nuestra nación, y nos edificó una sinagoga

 

 

 

48 Entonces Jesús le dijo: Si no viereis señales y prodigios, no creeréis.

7 Y Jesús le dijo: Yo iré y le sanaré.

6 Y Jesús fue con ellos...

 

8 Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente dí la palabra, y mi criado sanará. 9 Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo mis órdenes soldados; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.

...6 Pero cuando ya no estaban lejos de la casa, el centurión envió a él unos amigos, diciéndole: Señor, no te molestes, pues no soy digno de que entres bajo mi techo; 7 por lo que ni aun me tuve por digno de venir a ti; pero di la palabra, y mi siervo será sano. 8 Porque también yo soy hombre puesto bajo autoridad, y tengo soldados bajo mis órdenes; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace

 

10 Al oírlo Jesús, se maravilló, y dijo a los que le seguían: De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe.

9 Al oír esto, Jesús se maravilló de él, y volviéndose, dijo a la gente que le seguía: Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe

49 El oficial del rey le dijo: Señor, desciende antes que mi hijo muera. 50 Jesús le dijo: Ve, tu hijo vive. Y el hombre creyó la palabra que Jesús le dijo, y se fue.

11 Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos; 12 mas los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.

 

 

13 Entonces Jesús dijo al centurión: Ve, y como creíste, te sea hecho. Y su criado fue sanado en aquella misma hora.

10 Y al regresar a casa los que habían sido enviados, hallaron sano al siervo que había estado enfermo.

51 Cuando ya él descendía, sus siervos salieron a recibirle, y le dieron nuevas, diciendo: Tu hijo vive. 52 Entonces él les preguntó a qué hora había comenzado a estar mejor. Y le dijeron: Ayer a las siete le dejó la fiebre. 53 El padre entonces entendió que aquella era la hora en que Jesús le había dicho: Tu hijo vive; y creyó él con toda su casa.

 

 

54 Esta segunda señal hizo Jesús, cuando fue de Judea a Galilea.

Quizá existan más razones para considerar el texto de Juan como algo ajeno a los de Mateo y Lucas, que las que pudieran apoyar su conjunción; pero, aún así, puesto que tratan un hecho similar, intentaré considerarlos conjuntamente.

Soy consciente de que, posiblemente, no estamos ante el mismo signo (el hecho se produce en Caná, no en Cafarnaún, aunque sí se cita esta ciudad como residencia del beneficiario; Juan nos presenta a un oficial del Tretarca de Galilea, en lugar de un oficial romano como los sinópticos; el enfermo no es un siervo, sino el propio hijo del oficial del rey; las fuentes de los sinópticos y las de Juan, habitualmente, no son coincidentes; los contextos redacionales de Mateo y Lucas son bien diferentes al de Juan...), pero tampoco sería descabellado pensar que se nos está relatando el mismo milagro en tres formas diferentes, puesto que también, entre los sinópticos existen fuertes diferencias; y bien pudiéramos estar ante un mismo acontecimiento que la tradición oral, propia de su difusión y conservación, haya ido desvirtuando hasta hacerla llegar a los evangelistas de forma diferenciada y que ellos, a su vez, adecuaron geográfica, redaccional y cronológicamente a sus propios esquemas intencionales.

Aun considerando el riesgo de error exegético, partiré de esta última posibilidad como hipótesis de trabajo para los textos que contemplamos; y puesto que la evidencia de origen común (fuente Q), para los sinópticos, es clara, trataré éstos en conjunto y algo más diferenciado el texto de Juan, aunque dentro de un mismo contexto interpretativo (testimonio múltiple de fuentes).

Coincidencias entre los tres textos

- Lugar del hecho: Cafarnaún, aunque Juan nos sitúa en Caná, si bien citando Cafarnaún como residencia del demandante del signo.

- Los tres textos recogen la circunstancia de que el centurión (sinópticos) y el oficial del rey (Juan) han oído hablar de Jesús, y que éste se encuentra en la zona. Por lo tanto se dirigen a Él (por uno u otros medios) con el mismo vocablo de respeto y magnificencia: Señor.

Con ello los evangelistas nos exponen la consideración y reconocimiento que la figura de Jesús tenía en este período entre sus convecinos.

- El núcleo central del relato estriba en la confianza que el demandante deposita en la palabra de Jesús. No tanto por su hacer, sino en su simple decir, como manifestación de voluntad y sin que sea necesaria su presencia física al lado del paciente, lo que muestra una diferencia importante con el resto de los milagros de Cristo.

- En los tres textos se nos relata la curación de un enfermo (no se indica la patología, pero se deduce una dolencia de cierta gravedad, a la vista de la preocupación de los intervinientes por la salud del paciente, si bien Mateo nos apunta una parálisis en el siervo del centurión).

- En los tres textos vemos a Jesús en una actitud "inocua": no está predicando, no está adoctrinando a sus discípulos, ni emitiendo discursos, sino en una situación de tránsito. No es Él quien muestra el primer impulso para obrar el milagro, sino que su acción se desencadena, a través de la palabra, por una petición concreta de alguien que sufre = permanente escucha de Dios ante nuestras demandas de ayuda.

Especificidades y divergencias

- Mateo sitúa esta acción en el momento en que Jesús baja del monte, donde ha pronunciado el Sermón del monte

- Lucas sitúa este milagro, en consonancia con la ubicación y momento de Mateo, al final del Sermón del llano (el equivalente al Sermón del monte mateano).

- Juan, por su parte, recoge este signo tras el episodio de la samaritana (Jn. 4, 4-43) y tras su vuelta a Galilea de la primera pascua pasada en Jerusalén y predicación en Judea.

- Mateo recoge un diálogo directo entre el centurión (centurión era el rango principal de los oficiales profesionales en el ejército romano. Cada centurión tenía a su cargo 100 hombres o centuria, la unidad más pequeña de la legión, ya que cada una constaba de 60 centurias. Normalmente eran de clase plebeya. Los centuriones tenían a su cargo la administración, instrucción, disciplina y disposición en orden de combate. Usaban una armadura más rica y ornamental que los soldados, y llevaban una vara de sarmiento que los distinguía y con la cual aplicaban castigos a sus inferiores) y el propio Jesús, que contiene las claves para la experiencia de fe del creyente. Estas claves también están recogidas por Lucas, pero éste utiliza intermediarios para la relación con Jesús, estamos ante un proceso de evolución sinóptica, que lleva a Lucas a una amortiguación de la relación de Jesús con el centurión (gentil).

No debemos perder de vista que el centurión es un oficial del ejército romano, por lo tanto un gentil, aunque en esa época, el ejército romano admitía mandos intermedios procedentes de diversas partes del Imperio, incluida Palestina y el resto del Medio Oriente, lo que no deja de ser sorprendente para el evangelio de Mateo, que en varias ocasiones nos va a mostrar diatribas contra ellos (Mt. 15, 24[Respondió él: «No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel.»] y Mt. 10, 5 [A estos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones: «No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos]), mientras que Lucas utiliza un elemento intermedio (ancianos de los judíos) para acercar la figura del gentil a Cristo, que, además, justifican ante Él las razones por las que le es pedido el milagro (ama a nuestra nación y nos edificó una sinagoga).

Si bien el origen del relato, probablemente está en la fuente Q, estamos viendo las propias aportaciones de Mateo y las de Lucas en este hecho.

Por su parte, Juan nada nos dice de la condición del oficial del rey, pero no es difícil deducir su condición de herodiano, que tras la sanación de su hijo, pasa a engrosar las filas de los seguidores de Cristo (creyó él con toda su casa).

- Mateo nos muestra, en su diálogo con el centurión, que la muestra simple de su voluntad a éste es suficiente para que el oficial romano manifieste su humildad y confianza absoluta en su persona y poderes, mientras que en el caso de Lucas, hay un intermedio de tiempo entre que Jesús recibe la petición de los ancianos, se pone en camino, y recibe la respuesta humilde del centurión, a través de sus siervos.

El diálogo que Mateo nos presenta es mucho más directo y rupturista para con la tradición hebrea, por cuanto, nadie indica a Jesús que el centurión sea acreedor del bien que solicita y Cristo le atiende solícito (discontinuidad).

Esta actitud rupturista de relación y beneficio directo hacia un miembro del ejército conquistador, debió resultar algo conflictiva para la Iglesia primitiva, o a los primeros núcleos de creyentes, por cuanto vemos a Lucas suavizando, justificando y mediatizando la acción de Cristo, que escucha el ruego de los judíos (no ya del gentil) y se pone en camino, aunque ambos evangelistas relatan la misma reacción de Jesús: admiración por la confianza y humildad mostrada, aquiescencia a su petición y constatación de que en Israel no había encontrado tanta fe (dificultad).

Juan, por el contrario, también nos presenta un diálogo directo entre el oficial herodiano y Jesús, pero los tonos y matices son diametralmente opuestos.

Jesús llega a recriminar al oficial su demanda de signos y no hace intención de acercarse a donde está su hijo enfermo (al revés que en el caso de los sinópticos, en los que Jesús hace intención de ir directamente).

Es un gesto de disgusto que viene a decirnos, en términos coloquiales: si no comprobáis mis poderes milagrosos no sois capaces de creer en Mí; ante lo cual se nos presenta la insistencia del oficial para obtener el favor de Cristo.

Sin embargo, aun a pesar de esta recriminación, y de las objeciones que parecen desprenderse de su respuesta, la sola manifestación de su voluntad (vé tu hijo vive) ante la reiteración del oficial, éste pasa a confiar y se retira de su lado, aunque con ciertas dudas, como se evidencia por la comprobación que realiza de la hora (hora séptima = las 13 horas de nuestros parámetros horarios) en que se produjo la mejoría de su hijo.

En todo caso, la recriminación de Jesús, no es exclusiva de Juan. También podemos encontrarla en Mt. 12, 38-39 (38 Entonces le interpelaron algunos escribas y fariseos: «Maestro, queremos ver una señal hecha por ti.» 39 Mas él les respondió: «¡Generación malvada y adúltera! Una señal pide, y no se le dará otra señal que la señal del profeta Jonás).

- El texto de Mateo, muy en su línea, es altamente crítico con la sociedad judía de la época, pero no es exclusiva. Lo recogido aquí en los ver. 10 a 12 podemos verlo también reflejado (aunque en otro contexto predicatorio) en Lc. 13, 28-29 (28 Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abraham, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, mientras a vosotros os echan fuera. 29 Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se pondrán a la mesa en el Reino de Dios), así como, con otras frases, aunque con el mismo sentido, lo podremos encontrar en Ro. 15, 9-12 (9 y para que los gentiles glorificasen a Dios por su misericordia, como dice la Escritura: "Por eso te bendeciré entre los gentiles y ensalzaré tu nombre" 10 Y en otro lugar: " Gentiles, regocijaos juntamente con su pueblo" 11 y de nuevo: "Alabad, gentiles todos, al Señor y cántenle himnos todos los pueblos" 12 Y a su vez Isaías dice: "Aparecerá el retoño de Jesé, el que se levanta para imperar sobre los gentiles. En él pondrán los gentiles su esperanza").

A su vez, la frase del "lloro y crujir de dientes", sin ser exclusiva, sí que es reiteradamente usada por Mateo, como advertencia. Así lo vemos, además del texto que estamos examinando, en Mt. 13, 42 (y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes); Mt. 22, 13 (Entonces el rey dijo a los sirvientes: "Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes.") y Mt. 25, 30 (Y a ese siervo inútil, echadle a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes."). Todo ello referido a la GEHENA, que en hebreo quiere decir Valle (de los hijos) de Hinnom, nombre del antiguo propietario cananeo, de quien no sabemos nada. El valle rodea Jerusalén por el este y el mediodía y fue donde los israelitas inmolaron a sus hijos al ídolo Moloch. Desde el tiempo del rey Josías (s. VII a. C.), era el lugar en donde se quemaban los desperdicios de la ciudad. El fuego que ardía continuamente en ese gran basurero pasó a ser símbolo del castigo de los impíos, en el sentido más profundo y definitivo del término. En el NT, por extensión, se denomina así al Infierno.

Hasta aquí el análisis de los textos. Vayamos, a continuación a la extracción de sus simbolismos, ya que, como he dicho en lugares anteriores de este trabajo, me abstengo de entrar en la historicidad de los hechos milagrosos.

El núcleo fundamental de los textos que contemplamos contiene dos aspectos: la fe en la voluntad de Dios y la humildad del hombre ante su grandiosidad.

Cristo nos lo va a confirmar después en Mt. 21, 22 (Y todo cuanto pidáis con fe en la oración, lo recibiréis).

Podemos extraer, además, otras enseñanzas a través de los símbolos que contienen los textos.

Así vemos la permanente disponibilidad de Cristo para atender nuestras demandas de ayuda. No importa el momento ni la circunstancia (centurión = gentil o oficial del rey). Él siempre estará dispuesto. Tampoco importa el lugar (entrada en Cafarnaúm, yendo hacia Caná...), da lo mismo. Cristo siempre nos va a atender, porque Él no está dispuesto a dejarse manipular y, aunque lo intentemos, no le vamos a encontrar exclusivamente en el interior de los templos, sino en cualquier lugar, pero, especialmente, donde se desarrolla la vida y la convivencia: en la calle.

Cristo no es una imagen recluida en el interior de un edificio, por muy fastuosa que sea la catedral que la cobije o sencilla la parroquia. Es nuestro compañero permanente si lo queremos acoger (Mt. 18, 20 [Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos] y Mt. 28, 20 [y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo]) y nos acompañará en el camino como a los discípulos que se dirigían a Emaús (Lc. 24, 15 [Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos]) aunque, como ellos, no le reconozcamos.

Sin embargo, la frase de Mateo 21, 22, no debe llevarnos a equívocos y manipulaciones.

El centurión y el oficial herodiano piden la sanación de un ser querido por ellos. Cristo, aun siendo consciente de que las enfermedades y dolencias humanas son producto de nuestra propia naturaleza (Mt. 5. 5 [Bienaventurados los que lloran (sufren), porque ellos serán consolados]), acepta la petición para simbolizar el poder que Dios tiene, con su sola palabra, de librarnos del mal que nos acecha (Mt. 6, 13 [y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal]): el pecado, como auténtica enfermedad del espíritu, que sólo puede ser sanado a través del propio reconocimiento del mismo, la humildad ante Dios y la petición de ayuda dirigida hacia su voluntad (Mt. 6,10 [venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo]).

Esto es lo que explicita el centurión ante Jesús y que Lucas acentúa más al utilizar los intermediarios ancianos judíos.

El centurión se dirige a Cristo en posición rogatoria, desprendiéndose de su categoría y humillándose ante un judío, cuando él forma parte del ejército conquistador.

Esta ha de ser nuestra actitud ante Dios cuando solicitamos su ayuda para liberarnos de la esclavitud del pecado (enfermedad del espíritu), nunca la de altivos comerciantes que mercadean su perdón y sanación a cambio de rogativas o promesas.

El romano reconoce su situación de necesidad de ayuda (asimilable, simbólicamente, a nuestra enfermedad del alma = pecado, alejamiento de Dios) y manifiesta, además de su voluntad de alterar esta situación (petición directa a Jesús = arrepentimiento del pecado), su inferioridad ante Cristo y su confianza absoluta en que la simple palabra del Señor será suficiente para el cambio en la situación presente (confianza = fe en la voluntad y el poder de Dios).

No debemos interpretar, sin embargo, la respuesta de Jesús (ve y como creíste te será hecho) como un cheque en blanco para solicitar cualquier prebenda que se nos ocurra para satisfacer las necesidades o situaciones que nos hemos creado.

Cristo mismo nos lo advierte en Mt. 6, 19 (No os amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban) y nos lo aclara en Mt. 6, 33 (Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura).

El centurión y el oficial, es precisamente lo que están simbolizando: la búsqueda del Reino, el acercamiento a Cristo. En humildad, abandonando posiciones preeminentes y despojándose de rangos, equiparándose al resto de los hermanos. Esa es la guía para poner en práctica nuestra fe: la búsqueda del Reino a través de Cristo, desde la premisa de la justicia y equidad absoluta entre todos los hombres.

Las palabras que Lucas pone en labios de los ancianos de los judíos "es digno que le concedas esto..." van a tener después confirmación en la carta de Santiago (Stg. 2, 17-18 [17 Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta. 18 Y al contrario, alguno podrá decir: «¿Tú tienes fe?; pues yo tengo obras. Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras mi fe] y Stg. 2, 22 [¿Ves cómo la fe cooperaba con sus obras y, por las obras, la fe alcanzó su perfección?]).

Es, una vez más, la confirmación de que no basta con proclamar la fe en Dios para obtener su cercanía.

Es preciso que dicha proclamación tenga su reflejo en la realidad cotidiana de la comunión con los hermanos.

Igual de significativa es la actitud del oficial herodiano, quien, a pesar de la recriminación que Cristo le hace, insiste en su petición.

Cuando pedimos y no se cumple lo solicitado, no es que Dios no nos escuche, sino que sus planes, que se escapan de nuestra comprensión, no siempre van en paralelo con nuestros intereses particulares.

No estará, por tanto, de más, como el oficial, insistir en ello, porque, como nos cuenta Juan, es posible hacer cambiar a Dios en sus planes, como él hizo con los de Jesús, quien, de lo que se deduce de sus palabras "si no viereis señales y prodigios, no creeréis", no parecía muy dispuesto a concederle, a priori, la demanda que le solicitaba, aunque, tras la reiteración del oficial, varió su actitud y accedió a lo pedido.

El texto mateano, por último, contiene una nueva advertencia hacia el elitismo religioso.

Los ver 11 y 12 son terminantes y clarificadores.

El encuadramiento ideológico dentro de una profesión religiosa no es un pasaporte para la vida eterna.

De nuevo volvemos a la carta de Santiago. El pasaporte se obtiene, entre otras muchas acciones y actitudes, con las obras de la fe, no sólo con la fe de las obras.

Lc. 7, 11-17

11 Aconteció después, que él iba a la ciudad que se llama Naín, e iban con él muchos de sus discípulos, y una gran multitud. 12 Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad. 13 Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo: No llores. 14 Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: Joven, a ti te digo, levántate. 15 Entonces se incorporó el que había muerto, y comenzó a hablar. Y lo dio a su madre. 16 Y todos tuvieron miedo, y glorificaban a Dios, diciendo: Un gran profeta se ha levantado entre nosotros; y: Dios ha visitado a su pueblo. 17 Y se extendió la fama de él por toda Judea, y por toda la región de alrededor.

Texto procedente de las fuentes propias de Lucas, ya que ningún otro evangelista recoge este milagro sobre la muerte.

Es el primer prodigio de Jesús sobre la muerte, de los tres que nos relatan los textos evangélicos: el presente, la resurrección de la hija de Jairo y la resurrección de su amigo Lázaro.

Estamos ante un caso curioso dentro del Evangelio.

Es un pasaje imposible de situar cronológicamente, por dos razones: porque carece de correspondencia o semejanza con cualquier otro pasaje de las otras tres redacciones y porque, además, el propio texto del evangelista nos despista, ya que está situado, redacionalmente, a continuación de la sanación del siervo del centurión (en Cafarnaún), hilvanando ambos el evangelista, cuando ambas ciudades distan entre sí más de 30 Km en línea recta, por lo que la secuencia continua entre ambos pasajes se hace harto difícil.

Si tenemos en cuenta, además, que Mateo relata la salida de Cafarnaúm como efectuada a través del Mar de Galilea en Mt. 8, 18 (Viéndose Jesús rodeado de la muchedumbre, mandó pasar a la otra orilla), en lo que coincide con Mc. 4, 35 (Este día, al atardecer, les dice: «Pasemos a la otra orilla.») mientras que Lucas sitúa, asombrosamente, este episodio (Lc. 8,22 [Sucedió que cierto día subió a una barca con sus discípulos, y les dijo: «Pasemos a la otra orilla del lago.» Y se hicieron a la mar]) después de haber recorrido las ciudades de Galilea (Lc. 8, 1 [Y sucedió a continuación que iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios; le acompañaban los Doce]), no como salida de Cafarnaún, el pasaje que estamos observando, en el que vemos a Jesús, y su grupo, alejándose de la villa costera, resulta imposible de ubicar cronológicamente.

Por lo tanto, y ante la falta de referencias claras, he decidido mantenerlo en su colocación original, a continuación de la sanación del siervo del centurión.

El relato de Lucas, en todo caso, aunque no se ajuste a criterios cronológicos, sí que lo hace a la intencionalidad del autor. Ya que, como hemos dicho en el curso del comentario al texto anterior, este evangelista utiliza los milagros como premisa para la predicación posterior.

Así contemplamos que el milagro anterior y el que nos ocupa, desembocan en la respuesta que Jesús da, inmediatamente después, a los mensajeros del Bautista en Lc. 7, 22 (Y les respondió: «Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva) y ss.

En apartados anteriores ya hemos comentado la situación de penuria de las viudas en el Israel contemporáneo a Jesús, situación que se agrava cuando, como es el caso, la viuda pierde el único medio de sustento que le quedaba (su hijo).

Esta circunstancia es aprovechada por el evangelista para introducir y justificar (aunque, a priori, no haría falta justificación alguna para mostrar misericordia) la conmoción de Jesús y desencadenar el impulso reparador unilateral, que resulta novedoso con respecto al resto de los milagros relatados en el Evangelio.

Este es el único caso en que Jesús, voluntariamente, y sin que nadie se lo demande o exista provocación indirecta, toma la iniciativa para ejercer una acción interventora sobre las personas (no considero los milagros sobre la naturaleza inerte [tempestad calmada, caminata sobre las aguas, etc.]). En todos los demás signos, éstos obedecen a una respuesta de Cristo ante una petición cursada. Esta es la única excepción, ya que estimo como respuesta la acción de sanar la oreja del siervo del Sumo Sacerdote recogida por Lc. 22, 51 (Pero Jesús dijo: ¡Dejad! ¡Basta ya!» Y tocando la oreja le curó). Al final del comentario veremos mi interpretación de este signo y veremos la explicación para este proceder.

Algo coincidente con los otros evangelistas lo vemos en la acción de "tocar" al beneficiario del signo. Es algo contenido en la mayoría de los milagros de Jesús. En el AT extender la mano es el gesto de alguien que tiene poder. Cuando Dios extiende la mano, puede significar enfermedad, plaga, muerte para los enemigos de Israel (Ex 3, 20[Pero yo extenderé mi mano y heriré a Egipto con toda suerte de prodigios que obraré en medio de ellos y después os dejará salir.»]; Sal 21, 9[Tu mano alcanzará a todos tus enemigos, tu diestra llegará a los que te odian]). En el NT generalmente es un gesto amigo de quien da o quiere recibir algo. Así podemos verlo en el episodio de la resurrección de la hija de Jairo de Mc. 5, 41 (Y tomando la mano de la niña, le dice: «= Talitá kum =», que quiere decir: «Muchacha, a ti te digo, levántate.») y sus correspondencias con Mt. 9, 25 y Lc. 8, 54.

Este es un gesto de cariño, cercanía, amor y transferencia, mediante el que Cristo contacta, literalmente, con el doliente, para transmitirle su poder.

Es un símbolo, más de cara al beneficiario, que de necesidad para la ejercitación del milagro (la sanación del siervo del centurión y del hijo del oficial del rey, así como de la resurrección de Lázaro, se producen sin que Jesús toque al beneficiario).

Es una forma de decir, con gestos: estoy a tu lado, te toco, no te rechazo, te acojo y, con el roce de mi cuerpo, te traslado mi voluntad de que sanes.

Así, después, veremos a Jesús imponiendo sus manos a los niños (Mc. 10, 13-16 [13 Le presentaban unos niños para que los tocara; pero los discípulos les reñían. 14 Mas Jesús, al ver esto, se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. 15 Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él.» 16 Y abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos] y sus correspondencias en Mt. 19, 13-15 y Lc. 18, 15-17) como símbolo de bendición y protección hacia su inocencia bienaventurada.

En el ver. 16 vemos al evangelista hilvanar la reacción de la gente con el A.T., ya que la frase "un profeta..." tiene su antecedente claro en Dt. 18, 15 (Yahveh tu Dios suscitará, de en medio de ti, entre tus hermanos, un profeta como yo, a quien escucharéis), expresión o calificativo que será utilizado profusamente por Juan en Jn. 4, 19(Le dice la mujer: «Señor, veo que eres un profeta[samaritana]); Jn. 6, 14 (Al ver la gente la señal que había realizado, decía: «Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo.» [multiplicación de panes y peces]); Jn. 7, 40 (Muchos entre la gente, que le habían oído estas palabras, decían: «Este es verdaderamente el profeta.»[opiniones de la gente acerca de Jesús]) y Jn. 9, 17 (Entonces le dicen otra vez al ciego: «¿Y tú qué dices de él, ya que te ha abierto los ojos?» El respondió: «Que es un profeta.»[curación de un ciego de nacimiento]).

A su vez, el miedo mostrado por los que observan el hecho, nos retrotrae a Ex. 3, 6 (Y añadió: «Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.» Moisés se cubrió el rostro, porque temía ver a Dios); y, por lo general, a todas las percepciones de las manifestaciones del poder de Dios. A este respecto, este mismo evangelista nos presenta claras demostraciones de tal proceder en la anunciación a Zacarías (Lc. 1, 12 [Al verle Zacarías, se turbó, y el temor se apoderó de él]) y en la anunciación a María de Lc. 1, 29 (Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo).

Por otra parte, retomando su propio discurso, la expresión "Dios ha visitado a su pueblo" es una reminiscencia de la profecía de Zacarías de Lc. 1, 68 (Bendito el Señor Dios de Israel porque ha visitado y redimido a su pueblo).

Para finalizar el análisis del texto, su último versículo resulta desconcertante, puesto que el hecho relatado acaece en Galilea (a unos 10  Km en línea recta de Nazaret), siendo, por tanto, difícil que tal acontecer se divulgue por Judea, al menos de forma inmediata, como da a entendernos el evangelista, ya que, en este estadio evangélico de la redacción lucana, Jesús no ha realizado ninguna incursión predicatoria en Judea.

Mas parece un recurso del redactor del texto con objetivo de enfatizar la preeminencia que Jesús va adquiriendo y una excusa para vincularlo con la provincia romana más significativa de Palestina.

Una vez desmenuzado el texto, acometemos el intento de su interpretación.

Es un texto, a mi entender, pleno de signos y gestos alegóricos, con trascendencia y significación teológicas.

En la viuda y su hijo podemos ver la dualidad de la humanidad y su camino perdido.

El hombre, en su debilidad (figura de la viuda) ha perdido (se le ha muerto) su único vínculo con Dios: la Alianza (el hijo).

El Verbo, en su infinito amor por los hombres, se plantea la necesidad de acometer la reconciliación (tuvo compasión de ella).

Así, desciende a la tierra y se encarna en la persona de Jesús de Nazaret (toca el féretro del muerto = se iguala al resto de los hombres).

La humanidad entera se pasma ante el acontecimiento (los que lo llevaban se pararon) y Cristo nos regala el acercamiento del Reino y la posibilidad de salvación (joven, a tí te digo: levántate).

Como consecuencia de la acción salvífica puesta en marcha, la instauración de la Nueva Alianza, devuelve a los hombres su nexo con Dios y la posibilidad de renacer a la vida eterna (se incorporó y se puso a hablar y Él se lo dio a su madre).

Los hombres, a pesar del gesto, rechazan a Jesús (el temor se apoderó de todos) y los creyentes pasan a dar gracias a Dios por la ventura que nos ha entregado proclamando el Evangelio (glorificaban a Dios diciendo) a todos los pueblos de la tierra, divulgando la Buena Nueva del Reino de Dios instaurado en la tierra (Dios nos ha visitado y lo que se decía de Él se propagó por toda Judea y por toda la región circundante).

Se nos presenta pues, en este relato de Lucas, una alegoría de la propia misión íntegra de Cristo, donde podemos contemplar la misericordia de Dios, que se conmueve ante nuestro extravío y fragilidad (viuda que pierde su único medio de vida y apoyo: a su hijo) y, por su propia iniciativa, sin que nosotros le llamemos (es la razón para la diferencia con el resto de los milagros), se acerca a nosotros para tocarnos (nos entrega a su Hijo) y, mediante este gesto de amor y cariño, devolvernos la posibilidad de una nueva vida en Cristo.

Lo que después hagamos con la nueva oportunidad que se nos ofrece es algo que sólo compete a nuestra libertad intrínseca y de lo que habremos de dar cuenta, en su momento, ante el ofertante del renacimiento.

Mt. 8, 14-17 Mc. 1.29-34 Lc. 4.38-41

14 Vino Jesús a casa de Pedro, y vio a la suegra de éste postrada en cama, con fiebre

29 Al salir de la sinagoga, vinieron a casa de Simón y Andrés, con Jacobo y Juan. 30 Y la suegra de Simón estaba acostada con fiebre; y enseguida le hablaron de ella.

38 Entonces Jesús se levantó y salió de la sinagoga, y entró en casa de Simón. La suegra de Simón tenía una gran fiebre; y le rogaron por ella.

15 Y tocó su mano, y la fiebre la dejó; y ella se levantó, y les servía.

31 Entonces él se acercó, y la tomó de la mano y la levantó; e inmediatamente le dejó la fiebre, y ella les servía

39 E inclinándose hacia ella, reprendió a la fiebre; y la fiebre la dejó, y levantándose ella al instante, les servía.

16 Y cuando llegó la noche, trajeron a él muchos endemoniados; y con la palabra echó fuera a los demonios, y sanó a todos los enfermos;

32 Cuando llegó la noche, luego que el sol se puso, le trajeron todos los que tenían enfermedades, y a los endemoniados; 33 y toda la ciudad se agolpó a la puerta. 34 Y sanó a muchos que estaban enfermos de diversas enfermedades, y echó fuera muchos demonios; y no dejaba hablar a los demonios, porque le conocían.

40 Al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos de diversas enfermedades los traían a él; y él, poniendo las manos sobre cada uno de ellos, los sanaba. 41 También salían demonios de muchos, dando voces y diciendo: Tú eres el Hijo de Dios. Pero él los reprendía y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Cristo.

17 para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias.

Pasaje común a los sinópticos, procedente de las fuentes de Marcos e idéntico, en contexto y ubicación, para Marcos y Lucas, ya que ambos evangelistas siguen un discurso paralelo (Mc. 1, 21-39 = Lc. 4, 32-44) en estos momentos (establecimiento de Jesús en Cafarnaúm) (Mt. 4, 13: Y dejando Nazaret, vino a residir en Cafarnaúm junto al mar, en el término de Zabulón y Neftalí).

Mateo, por su parte, ubica este acontecimiento dentro de la serie de signos, milagros y curaciones reunidos en sus capítulos 8 y 9 (tras la bajada del monte donde se proclamó el Sermón).

Según las concordias consultadas, este hecho podría haberse producido alrededor de los meses de enero y marzo del año 28. Un sábado (Mc. 1, 21 y Lc. 4, 31 : Llegan a Cafarnaúm. Al llegar el sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar), lo que explica que los enfermos y endemoniados fuesen llevados a su presencia al atardecer, ya que durante el día les estaba vedada cualquier actividad (Ex. 31, 14-15: 14 Guardad el sábado, porque es sagrado para vosotros. El que lo profane morirá. Todo el que haga algún trabajo en él será exterminado de en medio de su pueblo. 15 Seis días se trabajará; pero el día séptimo será día de descanso completo, consagrado a Yahveh. Todo aquel que trabaje en sábado, morirá ). También podremos encontrar menciones a la sacralidad del Sabath en Ex. 16, 29; Ex. 20, 10; Ex. 23, 12; Dt. 5, 12-14; Lv. 23, 3...

Mateo, muy en su línea, si bien toma el hecho de Marcos, lo relata adaptándolo a sus propósitos apologéticos e ilativos con el A.T. y la historia y tradición hebraicas. Introduce una mención a la profecía de Isaías acerca del Siervo de Dios que podemos encontrar en Is. 53, 4 (¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado), que, desde la experiencia de fe de Leví, transfiere a la persona de Cristo, presentándonoslo como el Siervo ideal.

Posteriormente, el apóstol Pedro va a retomar esta cita en 1 Pe. 2, 24 (el mismo que, sobre el madero, llevó nuestros pecados en su cuerpo, a fin de que, muertos a nuestros pecados, viviéramos para la justicia; con cuyas heridas habéis sido curados), pero ya desde una perspectiva plenamente cristiana y adaptada en simbología y significado.

En este pasaje vemos dos acciones de Jesús que he decidido unir en el análisis por la coincidencia de lugar, tiempo y acción, aunque, significativamente, la sanación de la suegra de Pedro es el hecho más relevante.

El caso de Lucas es algo especial, ya que el acontecimiento que relata (la sanación del familiar de Simón) se produce antes de que el apóstol sea llamado por Jesús (Lc. 5, 10: Y lo mismo de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran socios de Simón. Jesús dijo a Simón: «No temas. Desde ahora serás pescador de hombres»), de lo que podemos deducir que Jesús se afincó en Cafarnaúm, en la casa de Pedro, incluso antes de la llamada al discipulado. Y que ésta se produjo tras una cierta convivencia y conocimiento mutuo, lo que estaría en línea con las llamadas relatadas por Juan en Jn. 1, 39: Les respondió: «Venid y lo veréis.» Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima.

Esta es una de las pocas ocasiones en que el Evangelio nos deja entrever algo de las circunstancias personales de los personajes recogidos en su interior, y de su vida privada.

Así podemos contemplar que Pedro era un hombre casado, establecido (con casa propia) en Cafarnaúm, de profesión pescador y que tenía una sociedad mercantil con Juan y Santiago (Lc. 5, 10).

Ya hemos dicho que Simón estaba casado (si no lo hubiese estado, sino que hubiese sido viudo, el relato habría hecho alguna observación al respecto), pero nunca se nos menciona nada acerca de su esposa. Ni de sus reacciones ante la marcha de Pedro en pos de Jesús (Mt. 19, 27: Entonces Pedro, tomando la palabra, le dijo: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué recibiremos, pues?» y sus correspondencias en Mc. 10, 28 y Lc. 18, 28), ni si ella formaba parte del grupo de mujeres que acompañaba al grupo de Cristo, ni si, después de la muerte y resurrección de Cristo, sigue a su marido a Roma en su predicación. Nada. Es una figura entrevista en las páginas del N.T. que se difumina en el acontecer que se relata.

Así sucede con la mayoría de los familiares de los seguidores de Cristo, e, incluso, con su propia familia.

Una vez encontrado y conocido, la magnificencia del Mesías lo absorbe y desborda todo. Y su auténtico seguimiento es de tal radicalidad que hasta la familia y hacienda pasan a segundo plano (Lc. 14, 26: «Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío y su correspondencia en Mt. 10, 37).

Ciñéndonos al hecho que se nos muestra, la sanación del familiar de Pedro es recogido de forma similar por los tres sinópticos, pero hay algunas diferencias entre ellos que merece la pena resaltar.

Mateo ignora, por ubicación cronológica, la sinagoga. Para este evangelista es el propio Cristo quien se da cuenta de la enfermedad e la mujer, mientras que para Marcos y Lucas, son sus seguidores los que le ruegan por ella.

Para Mateo y Marcos, el hecho de ser tocada por Jesús origina la sanación de la mujer, mientras que para Lucas es la Palabra de Cristo la que produce tal efecto.

En el caso de los enfermos que le traen para ser curados sucede lo mismo, pero a la inversa. Mateo relata las curaciones mediante la Palabra, Marcos omite el procedimiento y Lucas utiliza la imposición de manos para la salvedad.

De nuevo estamos ante los signos y símbolos a que tan acostumbrados nos tienen los evangelistas.

La fiebre y postración que padece la suegra de Pedro es símbolo de la desidia y desánimo de quien guía su vida por caminos alejados de la Palabra. Es la calentura del mundo que inhabilita para la verdadera vida.

La presencia de Cristo, su roce o su Palabra, generan un efecto antipirético en el doliente y éste despierta a la vida verdadera. Rehace su existencia y asciende de la postración para, inmediatamente, pasar a servir a Cristo y a los que le rodean (se levantó y les servía [pronombre en plural]).

Lo mismo sucede con los enfermos y endemoniados que le acercan cuando el Sabath ha terminado: somos todos nosotros que nos acercamos a Cristo para buscar su consuelo y traspasarle nuestras dolencias (espirituales), renaciendo a la nueva vida tras la escucha de su Palabra y captar su roce acogedor.

Jn. 6, 22-24 + Jn. 12, 20-26 + Jn. 6, 25-71

22 El día siguiente, la gente que estaba al otro lado del mar vio que no había habido allí más que una sola barca, y que Jesús no había entrado en ella con sus discípulos, sino que éstos se habían ido solos. 23 Pero otras barcas habían arribado de Tiberias junto al lugar donde habían comido el pan después de haber dado gracias el Señor. 24 Cuando vio, pues, la gente que Jesús no estaba allí, ni sus discípulos, entraron en las barcas y fueron a Capernaum, buscando a Jesús.

Unos griegos buscan a Jesús

Jn. 12, 20-26

20 Había ciertos griegos entre los que habían subido a adorar en la fiesta. 21 Estos, pues, se acercaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaron, diciendo: Señor, quisiéramos ver a Jesús. 22 Felipe fue y se lo dijo a Andrés; entonces Andrés y Felipe se lo dijeron a Jesús. 23 Jesús les respondió diciendo: Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado. 24 De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto. 25 El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. 26 Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará.

Jn. 6, 25-71

25 Y hallándole al otro lado del mar, le dijeron: Rabí, ¿cuándo llegaste acá? 26 Respondió Jesús y les dijo: De cierto, de cierto os digo que me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis. 27 Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará; porque a éste señaló Dios el Padre. 28 Entonces le dijeron: ¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios? 29 Respondió Jesús y les dijo: Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado. 30 Le dijeron entonces: ¿Qué señal, pues, haces tú, para que veamos, y te creamos? ¿Qué obra haces? 31 Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Pan del cielo les dio a comer. 32 Y Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo. 33 Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo. 34 Le dijeron: Señor, danos siempre este pan.

35 Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás. 36 Mas os he dicho, que aunque me habéis visto, no creéis. 37 Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera. 38 Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. 39 Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero. 40 Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.

41 Murmuraban entonces de él los judíos, porque había dicho: Yo soy el pan que descendió del cielo. 42 Y decían: ¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre nosotros conocemos? ¿Cómo, pues, dice éste: Del cielo he descendido? 43 Jesús respondió y les dijo: No murmuréis entre vosotros. 44 Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero. 45 Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí. 46 No que alguno haya visto al Padre, sino aquel que vino de Dios; éste ha visto al Padre. 47 De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna. 48 Yo soy el pan de vida. 49 Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron. 50 Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él come, no muera. 51 Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo.

52 Entonces los judíos contendían entre sí, diciendo: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? 53 Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. 54 El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. 55 Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. 56 El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él. 57 Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí. 58 Este es el pan que descendió del cielo; no como vuestros padres comieron el maná, y murieron; el que come de este pan, vivirá eternamente. 59 Estas cosas dijo en la sinagoga, enseñando en Capernaum.

60 Al oírlas, muchos de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír? 61 Sabiendo Jesús en sí mismo que sus discípulos murmuraban de esto, les dijo: ¿Esto os ofende? 62 ¿Pues qué, si viereis al Hijo del Hombre subir adonde estaba primero? 63 El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida. 64 Pero hay algunos de vosotros que no creen. Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, y quién le había de entregar. 65 Y dijo: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre.

66 Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él. 67 Dijo entonces Jesús a los doce: ¿Queréis acaso iros también vosotros? 68 Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. 69 Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. 70 Jesús les respondió: ¿No os he escogido yo a vosotros los doce, y uno de vosotros es diablo? 71 Hablaba de Judas Iscariote, hijo de Simón; porque éste era el que le iba a entregar, y era uno de los doce

Pasajes procedentes de las fuentes propias de Juan, exclusivas, por tanto, de este evangelista, aunque no inconexos con el resto de las redacciones.

Su ubicación en este lugar la he decidido por la última frase del ver. 59: Estas cosas dijo en la sinagoga, enseñando en Cafarnaúm, lo que hilvana el pasaje con Mc. 1, 29 (Cuando salió de la sinagoga se fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés) y Lc. 4, 38 (Saliendo de la sinagoga, entró en la casa de Simón. La suegra de Simón estaba con mucha fiebre, y le rogaron por ella).

El pasaje de Jn. 12, 20-26, obviamente, nada tiene que ver, cronológica ni geográficamente hablando, con el resto del texto que contemplamos. Su inclusión en esta ubicación la justifico por el contexto doctrinal que contiene. Estamos ante una manifestación de la búsqueda de Jesús por parte de "unos griegos", por lo que la idea contenida coincide con una de las incluidas en el resto del texto expuesto.

Al menos en este caso, tenemos una conexión geográfica y, posiblemente, temporal, del texto joánico con las redacciones marcana y lucana y, por extensión, con la mateana.

Estamos ante un texto típico del estilo de Juan. De idioma extremadamente sencillo, disertación larga, no expositiva sino doctrinal y reiterada, girando alrededor de un puñado de ideas que nuclean el texto, pleno de alegorías y dobles sentidos que es necesario desentrañar para acercarnos a su comprensión.

Por ello, vamos a utilizar un método ligeramente distinto del usado hasta ahora.

A lo largo de este trabajo hemos procurado ceñirnos al orden del texto contemplado e intentar extraer sus enseñanzas en la misma cadencia, o de forma globalizada.

En este caso, tal intento sería inútil y baldío, porque el evangelista repite la misma idea, e incluso frase, en diversos estadios del discurso.

Es la enseñanza por la reiteración. Por lo que, el utilizar el mismo método, nos acarrearía una complicación añadida, totalmente innecesaria para nuestro propósito: volver 3 ó 4 veces a abordar el mismo tema, dentro de un mismo comentario, aunque de forma salteada.

El método que me propongo acometer es el de agrupar las ideas atendiendo a su intención doctrinal, para, desde esa posición, intentar acercarnos al mensaje cristiano, desentrañando la simbología presentada.

Antes de entrar en la metodología expuesta, hemos de considerar la historicidad de los dichos que se nos relatan.

El evangelio de Juan es el que más dificultades nos plantea a este respecto, ya que al ser un texto simple en su léxico (unos 700 vocablos diferentes en total) contiene una gran cantidad de repeticiones y reiteraciones, por lo que el criterio de coherencia, salta a la palestra de inmediato, sin que, en muchas ocasiones, sea de aplicación intrínseca.

Al mismo tiempo, la no coincidencia con los sinópticos, en la mayor parte de su desarrollo, nos priva, como es el caso, del criterio de testimonio múltiple, aunque, en el texto que nos ocupa podemos rastrear algunos paralelismos con los sinópticos, que vendrían a apoyar la historicidad de los dichos como propios de Jesús de Nazaret.

En esta parcela podemos incluir los ver. 30 (similar a Mt. 12, 38[Entonces le interpelaron algunos escribas y fariseos: «Maestro, queremos ver una señal hecha por ti.»]); 42 (asemejable a Lc. 4,22 [Y todos daban testimonio de él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es éste el hijo de José?»]) y 53-54 (directamente relacionados con Mt. 26, 26-28 [26 Mientras estaban comiendo, tomó Jesús pan y lo bendijo, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: «Tomad, comed, éste es mi cuerpo.» 27 Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio diciendo: «Bebed de ella todos, 28 porque ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados]; Mc. 14, 22-24 [22 Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: «Tomad, este es mi cuerpo.» 23 Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. 24 Y les dijo: «Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos]; Lc. 22, 19-20 [19 Tomó luego pan, y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío.» 20 De igual modo, después de cenar, la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros.] y 1Co. 11, 23-27[23 Porque yo recibí del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, 24 y después de dar gracias, lo partió y dijo: «Este es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en recuerdo mío.» 25 Asimismo también la copa después de cenar diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en recuerdo mío.» 26 Pues cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga. 27 Por tanto, quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor]).

A su vez, el ver. 24 de Jn. 12 es coincidente con 1Co. 15, 36 (¡Necio! Lo que tú siembras no revive si no muere), el 25, con ciertas matizaciones, se asemeja a Lc. 14, 26 («Si alguno viene donde mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío) y Mt. 10, 37 («El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí), mientras que el 26 de Jn. 12 lo es con 1Ts. 4, 17 (Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor).

Los rastros de Q y las semejanzas paulinas nos acercan al testimonio múltiple.

Por otra parte, el criterio de dificultad sería aplicable a las afirmaciones de Jesús respecto a dar a comer su cuerpo y a beber su sangre.

No parece que tales indicaciones pudieran ser inventadas por el redactor, debido a las consecuencias negativas que estas frases, de sentido antropofágico, podrían acarrear, como de hecho hicieron, a la Iglesia primitiva.

En otro orden, el criterio de ejecución estaría amparado por la reacción opuesta que desencadena la auto atribución de personalidad divina por parte de Jesús. Estaríamos ante una manifestación que sonaría blasfémica a los oídos de los juristas de la época. Al fin y a la postre, por tal motivo fue juzgado y condenado Jesús, aunque, formalmente, ante la autoridad romana, lo fuese por sedición.

El criterio de discontinuidad, por último habríamos de restringirlo a las manifestaciones respecto del maná comido por los israelitas en su peregrinación desértica, ya que la minusvaloración de esta tradición cultural y religiosa judía, por parte de Jesús, está en abierta contradicción con la creencia religiosa de la época.

Concluido este intermedio historicista, vayamos a la agrupación de ideas.

La simpleza, comentada más arriba, del léxico ioanístico, lleva aparejada una paradoja en su redacción. Las palabras son simples, pero al ser tan escasas en su variedad, éstas son utilizadas con diferentes significaciones, lo que nos ofrece un texto poético y bello, pero, a veces, resulta oculto y complejo para el proceso de su desentrañamiento.

En ejemplo de esta característica podemos observarlo, dentro de este grupo de versículos, en lo que se refiere al pan. Este vocablo pasa, en el texto de Juan que contemplamos, por diversas situaciones y significados: alimento milagroso de la multiplicación, comida en el desierto para Israel, figura de alimento de vida en la persona de Jesús, alimento del cielo que Dios oferta, pan vivo asimilado al propio cuerpo de Cristo...

Desde esa dificultad vamos a intentar el examen de este texto.

Desaparición, búsqueda y encuentro de Jesús

Jn. 6

22 El día siguiente, la gente que estaba al otro lado del mar vio que no había habido allí más que una sola barca, y que Jesús no había entrado en ella con sus discípulos, sino que éstos se habían ido solos. 23 Pero otras barcas habían arribado de Tiberias junto al lugar donde habían comido el pan después de haber dado gracias el Señor. 24 Cuando vio, pues, la gente que Jesús no estaba allí, ni sus discípulos, entraron en las barcas y fueron a Capernaum, buscando a Jesús. 25 Y hallándole al otro lado del mar, le dijeron: Rabí, ¿cuándo llegaste acá? 26 Respondió Jesús y les dijo: De cierto, de cierto os digo que me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis. 59 Estas cosas dijo en la sinagoga, enseñando en Capernaum.

Jn. 12, 20-26

20 Había ciertos griegos entre los que habían subido a adorar en la fiesta. 21 Estos, pues, se acercaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaron, diciendo: Señor, quisiéramos ver a Jesús. 22 Felipe fue y se lo dijo a Andrés; entonces Andrés y Felipe se lo dijeron a Jesús. 23 Jesús les respondió diciendo: Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado. 24 De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto. 25 El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. 26 Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará.

La primera parte de esta parcelación nos ofrece una realidad cotidiana en cada una de nuestras vidas.

Cuando creemos tener a Cristo a nuestro lado de forma estable y permanente, Él desaparece y nos vemos obligados a reiniciar una búsqueda reiterada. Es lo mismo que les sucede a las gentes que se habían alimentado del pan multiplicado por Cristo.

¿Por qué sucede este desencuentro?. ¿Por qué Cristo no está acompañándonos permanentemente una vez que le hayamos ganado a nuestro lado?.

El propio Jesús nos responde en el ver. 26 (Respondió Jesús y les dijo: De cierto, de cierto os digo que me buscáis, no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis).

Realmente lo primero que debemos preguntarnos es ¿qué buscamos en Él?, ¿Qué tipo de compañía pretendemos que Cristo nos regale?.

En la mayor parte de las ocasiones, la compañía que pretendemos es la inherente a su poder sanador.

Sanador de penas, desdichas, limitaciones e insuficiencias.

Estamos, en suma, ante una compañía egoísta demandada a Jesús. Tan egoísta que, incluso, pretendemos exclusivizarle y nos pasmamos cuando la vida nos devuelve la realidad.

No es que Cristo no pueda estar a nuestro lado cuando tales manifestaciones de necesidad se nos presentan, sino que nuestros planes y proyectos están generados sobre la base de nuestros intereses inmediatos y materiales y, por lo tanto, pueden no coincidir en el tiempo y el espacio con los propios planes de Cristo. Entonces, cicateramente, nos rebelamos ante la "defección" de Cristo. ¿Por qué no se cumple lo que yo quiero, cuando realmente lo necesito?. Nos olvidamos que Él mismo tuvo la misma tentación y frustración en Getsemaní (Mc. 14, 36: Y decía: «¡Abbá, Padre!; todo es posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú.»), pero tuvo la suficiente altura espiritual para afrontar la realidad y confiar ciegamente en el Abbá.

Como Él mismo nos manifiesta, no le buscamos por las señales (su amor y su Palabra), sino porque queremos su ayuda inmediata para nuestras necesidades (nos saciamos del pan de su poder restaurador de penurias). Queremos cambiar nuestra historia, en lugar de asumirla.

De lo que no nos percatamos es de que Él no se aleja de nosotros, sino que somos nosotros mismos, con nuestros egoísmos, los que le desplazamos de nuestras vidas, cuando anteponemos nuestras premisas existenciales inmediatas y finitas a la comunión fraterna amorosa imprescindible para la construcción del Reino.

La compañía de Cristo, por sí misma, es salvífica, pero nunca manipuladora de nuestra realidad humana.

Nuestra pasmación ante su ausencia ahonda en la tentación que Él mismo padeció en el desierto: haz que estas piedras se conviertan en pan = cambia, en tu provecho, la realidad que te hace sufrir en lugar de vivirla desde Él y su mensaje salvador de la Cruz.

Desde ese posicionamiento, buscarle y encontrarle se hace harto difícil, ya que lo hacemos desde una premisa errónea: Cristo, Dios, no es nuestra muletilla de apoyo cuando la vida y sus realidades no nos gustan. Él es el consuelo amoroso cuando nos acercamos con humildad, porque también vivió nuestras limitaciones y sufrimientos y comprende y acepta nuestras finitudes, pero nunca será el "mago" que deseamos para alterar las negatividades existenciales. Desde esa óptica, siempre estará a nuestro lado, pero jamás le encontraremos al pretender "puentear" nuestra realidad indeseada.

La segunda parte de esta porción, la contemplada en Jn. 12, 20-26, como he dicho antes, no coincide cronológica ni geográficamente con el resto del pasaje.

Sin embargo, sí que coincide en la idea manifestada y en su contenido doctrinal.

Es una abundancia en la búsqueda de Jesús que nos aporta ciertas claves para entender su presencia entre nosotros y la misión que nos corresponde, tanto como buscadores, como en nuestra faceta de seguidores del Señor.

Cuando Juan nos habla de "unos griegos", parece entrar en una contradicción, ya que, inmediatamente después, nos indica el motivo de su presencia "habían subido a adorar en la fiesta".

Nuestra cultura conceptual nos lleva inmediatamente a identificar griegos con procedencia u originarios de Grecia (por lo tanto, no judíos = gentiles).

No es el caso. En el NT la conceptualización de griego va mucho más allá, ya que tal denominación también es aplicable a los judíos de la diáspora de cultura helénica (no residentes en Palestina).

El Felipe de Betsaida que aparece en el texto es el mismo de Jn. 1, 43. El único que, en ese episodio, fue llamado por Jesús, ya que tanto Andrés, como su hermano Pedro, no fueron directamente llamados, sino que siguieron a Cristo de "motu propio".

El episodio que se nos relata en Jn. 12, 20-23 no es anecdótico ni carente de significación teológica.

Los llamados "griegos", para el judaísmo oficial, constituían una casta marginal, como consecuencia de su procedencia y de su cultura evolucionada. Estaban contaminados.

El pasaje nos muestra el fenómeno de la intermediación para alcanzar la proximidad divina.

Cristo, en una de sus misiones, se encargará de abolir esta tradición judía.

Cuando ÉL nos hermana en el Padre, usando su propia intermediación, elimina los canales tradicionales indirectos y nos entrega la posibilidad de diálogo directo con el Padre.

Esto podemos encontrarlo claramente en Mt. 6, 6 (Tú, en cambio, cuando vayas a orar, = entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora = a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará).

En ese sentido va la frase del ver. 23. Ha llegado la hora para que Él, el Hijo del hombre prometido, sea glorificado, ensalzado y reconocido como tal, por cuanto al aunar ambos calificativos: Hijo de Dios e Hijo del hombre, es la mediación única y perfecta para el prohijamiento de la humanidad con el Creador.

El resto de este pasaje nos ofrece las claves, primero para que la labor de Cristo y de todos los que pretendemos seguirle, sea fructífera, así como el método para buscarle y continuar a su lado.

La analogía del grano de trigo que debe morir para germinar, en el caso de Cristo, es profética y real. En nuestro caso, como continuadores de su labor, la analogía está referida al espíritu. Así, para que realmente podamos acceder a su compañía, y para que nuestro seguimiento fructifique en la extensión del Reino, nuestro espíritu viejo ha de perecer y renacer al espíritu del amor y la Palabra.

La búsqueda de Jesús nos queda diáfana en el resto de los versículos.

Cristo nos ofrece la radicalidad de su seguimiento, a través de la transformación en servidores y denostadores de la materialidad. Desde tal conceptualización siempre encontraremos a Jesús a nuestro lado, nunca desde el egoísmo miope hacia la propia vida individual.

¿Qué hacer?. ¿Cuál es la voluntad de Dios?

Jn. 6

27 Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará; porque a éste señaló Dios el Padre.28 Entonces le dijeron: ¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios? 29 Respondió Jesús y les dijo: Esta es la obra de Dios, que creáis en el que Él ha enviado. 36 Mas os he dicho, que aunque me habéis visto, no creéis. 37 Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera. 38 Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. 39 Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero. 40 Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.

Cuando estamos escuchando a Jesús, cuando leemos los dichos que le atribuyen los textos, cuando oímos a nuestros predicadores hablar sobre lo benéfico que resulta hacer la voluntad de Dios, siempre nos acometen las mismas preguntas íntimas y profundas: ¿Cuál es la voluntad de Dios?, ¿Cómo puedo diferenciar mis impulsos humanos de lo que Él intenta transmitirme?, ¿Cómo y bajo qué parámetros se comunica Dios conmigo?.

La volunta de Dios, conceptualmente hablando, es un misterio insondable para nuestro conocimiento finito y estructurado.

Sólo podemos llegar a entrever, empíricamente, hacia donde discurre ese impulso voluntario que siempre revestirá características comunes en cualquiera de sus manifestaciones: el amor de Dios por los hombres (caridad, misericordia, tolerancia, comprensión, perdón), el ejercicio de su libertad absoluta y el respeto escrupuloso por la nuestra.

Atisbar ese direccionamiento es un ejercicio práctico de experiencia de Dios, que trasciende el sentimiento religioso, para acercar la comunión del hombre con el Creador.

Jesús, en esta pequeña parcelación, intenta acercarnos a su propia experiencia del Padre, a través de algunos retazos relacionales entre ambos.

La oscuridad de esta parcelación nos obliga a su análisis pormenorizado, ya que una visión de conjunto acarrearía la pérdida de matizaciones sugerentes y fundamentales.

De los ver. 27 a 29 nos encontramos con una continuación de la "reprimenda" que Jesús otorga a quienes le han buscado y seguido, guiados por un impulso terrenal.

Así, en estos versículos, Cristo nos regala una enseñanza y consejo capital para nuestro devenir histórico personal.

El evangelista utiliza el símbolo de la comida para decir lo mismo que los sinópticos nos relatan en Mt. 6, 31-33 (31 No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? 32 Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. 33 Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.) y su correspondencia con Lc. 12, 29-31 (fuente Q).

No estamos ante una sentencia moral, sino ante un concepto existencial. Cristo no nos da una guía de comportamiento, sino una actitud global ante la vida. No constituye una amenaza, ni contiene elementos punitivos. Sólo un consejo dirigido hacia el aspecto más inmediato de nuestro devenir. ¿dónde está lo importante de nosotros: en nuestro SER o en nuestro ESTAR?.

Cotidianamente, solemos inclinarnos hacia la idolatría inmediata del escaparate del mundo. Priorizamos el ESTAR sobre el SER, sin darnos cuenta de que, tal posicionamiento, perece con nuestro cuerpo material y de que, cualquier esfuerzo en esa dirección, nos enfrenta al hermano: materialmente sólo podemos alcanzar parcelas de bienestar a costa de alguien.

Jesús nos advierte y aconseja respecto de lo que realmente importa: el hombre no es solamente un ser material perecedero, sino que la persona aúna un componente espiritual, inherente a su propia existencia, que trasciende la vida material y, cuyo alimento, difiere en parámetros y componentes de los aplicables al ESTAR. Todo ello desde una percepción helenista de la persona, lo que no es directamente aplicable a la mentalidad hebrea de Jesús o de quien elaboró esta perícopa, pero su paralelismo sí nos es útil en este estudio. Cuando el hombre dirige sus esfuerzos hacia una supremacía de la existencia material, su comportamiento espiritual se resiente y padece por inanición.

Sin embargo, si su ubicación existencial se coloca en la preeminencia del SER, alimentando su espíritu con la comida ofertada por Cristo, ambas parcelas de la persona conviven en armonía. Entre ambas, y con los demás.

Es lo que Jesús nos quiere mostrar: alimenta tu espíritu con el conocimiento profundo, no sólo cognitivo o intelectual, del Hijo del Hombre, porque esa comida te proporcionará vida eterna y, desde ese SER, seguidor de la Palabra, se evidenciará un ESTAR armónico en lo personal y en lo relacional.

Este impulso, además, es algo dinámico. La frase de Cristo rebosa movimiento y vida. No tiene un ápice de inmovilismo o quietud, sino que rezuma actividad dual por todos sus conceptos.

Trabajad -> comida de vida eterna - > el Hijo del Hombre os la dará.

El colofón del dicho de Jesús nos llega por la legitimación del oferente.

El Hijo del Hombre no se constituye, por sí mismo, como ente autónomo autocapacitado para dar la comida de vida eterna, sino que es constituido como emisor del alimento espiritual por el propio Creador (Dios personificado en el Padre).

Es importante que nos detengamos en la puntualización contenida en esta frase.

Esta construcción no es exclusiva de la versión que estamos tratando, sino común a diferentes versiones del NT, por lo que me inclino a pensar que proviene, como tal, del original griego.

Fijémonos en que al Ente legitimador se le complementa con el determinante EL, seguido del sustantivo PADRE actuando como calificativo.

Es decir, tal formulación nos aleja de la conceptualización lejana que, habitualmente, aplicamos a Dios, para ofrecernos la visión de un legitimador más cercano y perceptible por nuestro entendimiento.

Habitualmente, Jesús suele referirse al Padre como MI Padre, cuando se expresa en un entorno relacional íntimo y, a VUESTRO Padre cuando lo hace en un entorno relacional expandido.

Sin embargo, en esta frase, Dios es identificado como EL PADRE DE TODOS, no solamente de Cristo, ni extensivamente, de los posibles oyentes, sino como generador común de ambos sin cataloguizaciones.

Aun teniendo en cuenta las diferencias entre las tradiciones y fuentes ioanísticas con los sinópticos, el origen de la legitimación, por la relación filial entre Jesús y el Padre, podríamos encontrarla en Mt. 3 17 (Y una voz que salía de los cielos decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco) y Mt. 17. 5 (Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle), aun salvando la cita anterior respecto de la relación de intimidad y personalidad entre ambas personas trinitarias.

Vayamos, seguidamente, al resto de los versículos de la parcelación.

En ellos se encuentra explícita la pregunta fundamental del creyente: Si partimos de que la salvación pasa por el cumplimiento de la voluntad de Dios, ¿cual es esa voluntad? Y ¿cómo podemos distinguirla?.

Cristo nos responde con todo un catálogo de posibilidades que vamos a examinar.

1º) Que creáis en el que ÉL ha enviado, porque aunque me habéis visto no creéis

Es la verdad esencial y fundamental de la fe.

Situación similar nos la encontraremos en Mt. 13, 13 (Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden); Jn. 20, 29 (Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído); 2 Co. 5, 7 (pues caminamos en la fe y no en la visión); 1 Pe. 1, 8 (A quien amáis sin haberle visto; en quien creéis, aunque de momento no le veáis, rebosando de alegría inefable y gloriosa); Mt. 13, 16-17 (16 «¡Pero dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! 17 Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron)y su correspondencia con Lc. 10, 23-24 .

Cristo nos habla de la confianza en el Ungido, del conocimiento profundo de Él. No del atisbo intelectual, que resulta fácil de adquirir a través de estudios, textos y documentos, sino a la experiencia profunda que consiste en llegar a poner tu vida en sus manos, como Él hizo en la cruz.

A Jesús de Nazaret podemos "verle", como Tomás, en los libros de historia, en los escritos de biblistas y exegetas. Podemos alcanzar una información sobre Él, de carácter histórico o ideológico, pero no pasaríamos del límite aplicable a cualquier personaje histórico.

Sin embargo, también podemos "ver" a Cristo en la injusticia cometida contra un hermano, en la faz del marginado, del desplazado o del oprimido.

Depende de los ojos con que queramos mirar.

Los ojos del espíritu nos acercarán más al Cristo doliente por las miserias del mundo (Mt. 9, 36: Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor) y equiparador de los "pequeños" de Mt. 25, 45 (Y él entonces les responderá: "En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo."), porque desde su percepción real y su experiencia humana, podremos alcanzar la proximidad y la compañía de su mensaje salvífico (Mt. 11, 5: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva).

Por la fe se alcanza la justificación, nos indica Pablo en Ro. 1, 17 (Porque en él se revela la justicia de Dios, de fe en fe, como dice la Escritura: = El justo vivirá por la fe. =) y completa Santiago que por las obras, y no sólo por la fe (Stg. 2, 24: Ya veis cómo el hombre es justificado por las obras y no por la fe solamente).

Por la fe rotunda y absoluta de Cristo en el Padre, y por su hacer amoroso en la tierra, Jesús fue elevado y glorificado junto al Padre (Mc. 16, 19: Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios).

De esto es de lo que Él nos habla en su frase respecto de creer en Él. Nos habla de la fe en su mensaje salvador y liberador, portador de la esencia de la Encarnación: la instauración del Reino de Dios, como reino de justicia.

Nos está hablando de seguir su obrar, porque sus frutos son consecuencia de su fe, y Él no es un ente individual, sino el que Dios ha enviado para la reconciliación del hombre con el Padre.

El conocimiento "intelectual", el simple "yo creo", como dice Santiago, no vale. La fe sin obras está muerta (Stg. 2, 26: Porque así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta). Es ver a Cristo y aun viéndole no creer profundamente, sino como muletilla del "por si acaso".

2º).- Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y el que a mí viene, no le hecho fuera.

Estamos ante una verdad teológica proclamada en dos mitades complementarias y que, aisladamente, tienen su propio contenido teológico.

La primera de ellas es un axioma y nos enfrenta a nuestra realidad finita. Podemos profundizar y navegar en el conocimiento intelectual de Jesús por voluntad propia, pero llegar al profundo conocimiento espiritual del Señor, sólo podemos hacerlo porque el Padre nos guía hacia Él.

Llegar hasta Cristo, acceder a la fe en el Salvador, no obedece a un impulso voluntario, sino a la acción del Espíritu de Dios. Es el Padre quien nos entrega a Cristo (en ambas direcciones de la acción: Él a nosotros y nosotros a Él) en una acción dinámica que expresa movimiento y disposición espiritual.

Sin embargo, no malinterpretemos los términos ni las palabras de Cristo. Que seamos unos privilegiados por haber recibido la llamada de Dios y ser entregados al Hijo, no significa que exista algún hombre que no reciba esa misma llamada en lo profundo de su corazón.

Esa llamada a la salvación es perenne y constante y está abierta a toda la humanidad, lo que sucede es que no todos los hombres la perciben; como asimismo no todos los que la perciben están dispuestos a escucharla (Mt. 13, 3-9: 3 Y les habló muchas cosas en parábolas. Decía: «Una vez salió un sembrador a sembrar. 4 Y al sembrar, unas semillas cayeron a lo largo del camino; vinieron las aves y se las comieron. 5 Otras cayeron en pedregal, donde no tenían mucha tierra, y brotaron enseguida por no tener hondura de tierra; 6 pero en cuanto salió el sol se agostaron y, por no tener raíz, se secaron. 7 Otras cayeron entre abrojos; crecieron los abrojos y las ahogaron. 8 Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta. 9 El que tenga oídos, que oiga.»).

La persona del Hijo, dentro del contexto trinitario, es la de acogida por excelencia (Mt. 11, 28: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso) y esta frase que estamos examinando, tiene su complemento en Mt. 11, 27 (Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar), que procede de las fuentes propias del evangelista y que, por tanto, da cumplimiento al criterio de testimonio múltiple en orden a la historicidad del dicho como propio de Jesús.

La segunda parte de la verdad expresada es una consecuencia del carácter misericordioso de Cristo.

Misericordia es un vocablo compuesto por miseria y cordia (corazón), que equivale a poner en el corazón la miseria enfrentada.

Esta es la acción de Cristo. Todo el que accede a Él jamás es rechazado, sino acogido. Su cualidad de acogedor, en la misma línea de Mateo citada anteriormente, es puesta de manifiesto con esta afirmación negativa.

La misericordia es un fruto del amor y nadie lo ostenta en el grado sumo, salvo Cristo, cuanto que Dios.

Dentro del apartado que estamos considerando (la voluntad de Dios), ésta verdad cristológica nos orienta hacia el proceder del Padre y la manifestación de su voluntad. Así, desde ella, podemos evidenciar un camino que podríamos resumir en el siguiente diagrama, sin que la colocación de los componentes implique preeminencia de uno sobre otro.

3º).- Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Y esto es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero. Y esto es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo y cree en Él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.

Juan nos presenta en estos versículos una muestra del estilo de su evangelio, que va a constituir una constante a lo largo del mismo. Por un lado una cristología descendente (parte de la premisa inicial del Verbo hecho carne, con lo que comienza el prólogo de su redacción) y, por otro, la reiteración sistemática del núcleo doctrinal que quiere explicitar. Ambas condiciones las mantiene unidas a lo largo de todos sus textos, para conformar un mensaje evangélico permanente: Cristo es Dios y a su través se obtiene la salvación eterna. Ello repetido una y otra vez a lo largo de su redacción bajo distintas construcciones, pero siempre girando en torno a la misma idea.

Desmenuzando algo más el texto que estamos contemplando, nos encontramos reiteraciones como las contenidas en las siguientes frases: "he descendido del cielo para hacer la voluntad del que me envió"; "la voluntad del Padre, el que me envió" y "la voluntad del que me ha enviado".

De este primer grupo podemos extraer algunas claves ioánicas. Para Juan está meridianamente claro que Jesús tiene conciencia de su naturaleza divina. También queda explicitado que no actúa con soberanía, sino en ejercicio de una misión: hacer la voluntad del Padre que le envía.

Ante tales exposiciones, conviene que centremos nuestro propio posicionamiento.

El texto de Juan es el menos historicista de los cuatro canónicos y, por tanto, los dichos puestos en boca de Jesús, han de ser tomados, a este respecto, con muchísimas precauciones. Asimismo, el contexto en que este evangelio está redactado debe ser tenido muy presente. En el entorno de una pugna entre seguidores bautistas y cristianos, los textos de la escuela joánica tratan, por todos los medios, de remarcar la supremacía de Jesús sobre el que, en algún momento, pudo ser su maestro. Por ello, la insistencia en el conocimiento del propio Jesús respecto de su dualidad natural no es ajeno a este propósito. La intención está clara, a este respecto: no es la escuela evangélica de Juan la que dice que Jesús es Dios, sino el propio Jesús, en vida, quien lo afirma repetidamente.

Con referencia a esta conciencia de Jesús, respecto de su dualidad, hay más elementos, desde los sinópticos, que apoyan el aspecto contrario que corroboradores de tal afirmación joánica.

Así, podemos encontrar ejemplos desde los que podemos entender el desconocimiento cognitivo de Jesús en Mc. 13, 32 (Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre), su perplejidad en Getsemaní, o su exclamación de desamparo en la cruz.

Más parece que estemos ante una reelaboración cristológica del evangelista, o de su escuela, que ante una realidad emanada del propio Jesús.

Por lo que a mi respecta, ya he comentado en alguna parte de este trabajo (con motivo del extravío de Jesús a sus 12 años y su aparición en el templo, así como respecto al momento de su bautismo), que entiendo la realidad dual de Jesús, como un proceso espiritual intuitivo y evolutivo, de relación interpersonal, más que como un conocimiento intelectual de dicha dualidad.

En otras palabras, Jesús, cuan persona humana, en su devenir histórico personal, va adquiriendo una sensación de que en Él se da una característica aneja de proximidad relacional con el Padre, que le confiere una especificidad unívoca: es el Elegido (Cristo) para hacer la voluntad de Dios, consistente en la proclamación de su reino en la tierra, estando legitimado para ello por lazos relacionales amorosos y exclusivos.

Que tal intuición se produzca en un momento concreto o como consecuencia de su propia evolución personal, es algo intrascendente. El hecho es que esta situación está presente en la vida de Jesús y le permite, en sus postrimerías, la invocación del Padre como el "Abbá".

Desde esta percepción de la persona dual de Jesús - Cristo, me resulta más asequible la asunción de sus contradicciones y limitaciones, así como comprender, hasta donde me es posible, el misterio de su aparente fracaso y su muerte en la cruz, en toda su grandeza y, también, en toda su miseria. Siempre desde la totalidad del sufrimiento real padecido y contando con la ignorancia manifiesta de su inmediato futuro; toda vez que, al asumir plenamente la naturaleza humana, Dios se despoja de su rango (Fi. 2, 6-7: 6 El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. 7 Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; 8 y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz), para equipararse al resto de los hombres, sometiendo, incluso, su libertad absoluta, a la condición humana y, por tanto, a la contingencia histórica y pecaminosa.

Que, a posteriori, magnificando la figura de Jesús, la escuela joánica, e incluso los sinópticos, elabore una teología, emanada de su propia experiencia de fe, que nos traslade una figura que aúne ambas naturalezas en el mismo ser, no disminuye su inspiración paráclita, sino que colabora en nuestro intento de aproximarnos al conocimiento de la segunda persona de la Trinidad.

Volviendo al enunciado de este apartado, otro grupo de reiteraciones nos aproxima a desvelar el significado de la composición.

Así, al unir las frases anteriores con "todo lo que me diere no pierda yo nada, sino que le resucite en el día postrero" y "todo aquel que ve al Hijo y cree en Él, tenga vida eterna y yo le resucitaré en el día postrero", tendremos una respuesta acerca de lo que es la voluntad del Padre: ver al Hijo, creer en Él y, como consecuencia escatológica e, incluso apocalíptica, tener vida eterna a través de la resurrección que el Hijo nos proporciona ( 1Co. 15, 21-22: 21 Porque, habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos. 22 Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo)

Como tantas otras veces, no estamos ante una imposición, sino ante un ofrecimiento que Dios pone a nuestro alcance.

Con ello, y a través de la confianza y seguimiento del Hijo, el Padre nos ofrece la posibilidad de vida eterna en su compañía (no pierda yo nada).

Fijémonos en que el hilo de la construcción es el mismo que el del versículo 37.

Es nuevamente el Padre el que da al Hijo los espíritus susceptibles de ser salvados y éste, nuevamente, deviene en guarda y custodiador de los mismos, aunque se introduce una condición novedosa, común a toda la predicación evangélica (no sólo de Juan, sino también de los sinópticos): ver (conocer, seguir, aproximarse, interiorizar) al Hijo y creer en él (depositar la confianza total en su Palabra).

El acto libertario del hombre no queda al margen de la posibilidad de salvación. La inflexión está en creer en Cristo, no como una adhesión ideológica o ciega, sino desde la percepción de su verdad (viéndole).

Fijémonos, también, en que ambas frases están unidas por una conjunción copulativa, luego es necesario que ambas circunstancias se den de forma simultánea y no de forma alternativa.

Por lo tanto, aquí tenemos la manifestación universal de la voluntad del Padre: que todos los hombres tengan vida eterna, bajo la premisa de conocer profundamente al Hijo y, además, creer en Él.

Todo ello con una precisión existencial. Tal situación tiene una acotación temporal y formal: yo le resucitaré en el día postrero.

Cristo es, por tanto, el depositario del poder escatológico global. ¿El vehículo?, la resurrección. ¿El momento?, el día postrero, al final de la historia.

Aquí afrontamos la conclusión de la propuesta. Ya se nos ha explicado cual es la voluntad del Padre, consistente, básicamente, en: enviar al Hijo - > darle al Hijo la posibilidad salvífica y la guarda de los espíritus - > exigir para la salvación que se conozca al Hijo y se crea en Él.

La oferta se completa con esta última afirmación.

Démonos cuenta de que esta frase está compuesta de dos partes plenamente integradas y complementarias: tenga vida eterna -> yo le resucitaré en el día postrero.

La consecuencia es la adquisición permanente de la compañía del Padre con una vehiculación formal (resurrección) y otra temporal (en el día postrero).

El mensaje no es escatológico sino apocalíptico (1 Co. 15, 24-26: 24 Luego, el fin, cuando entregue a Dios Padre el Reino, después de haber destruido todo Principado, Dominación y Potestad. 25 Porque debe él reinar = hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. = 26 El último enemigo en ser destruido será la Muerte) . No se hace mención del juicio personal generado por el devenir histórico de cada cual, aunque, lógicamente, ese juicio estaría implícito en la condición para alcanzar la vida eterna (ver al Hijo y creer en él. Por exclusión, quien no cumpla con la misma queda fuera del beneficio eterno).

El dicho, por tanto, nos traslada al fin de la historia. A la parusía anunciada en Mt. 25, 31-32 (31 «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. 32 Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos).

La forma, a su vez, es la resurrección de la carne, tal como Pablo nos explica en 1 Co, 15, 44: se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual. Pues si hay un cuerpo natural, hay también un cuerpo espiritual.

El resultado del acontecimiento anunciado: el comienzo de una nueva "historia" sin final = la plenitud del Reino de Dios.

El plazo a transcurrir entre la muerte personal y ese momento glorioso carece de importancia y de relevancia, ya que el tiempo es una dimensión puramente humana y artificial, que deja de existir cuando la forma finita desaparece, por lo tanto no es algo digno de contemplar.

Escándalo y desconocimiento de Jesús. ¿Quién es éste?, ¿cuales son sus créditos?

Jn. 6

Para tratar este apartado de la parcelación, volveremos a realizar una nueva subdivisión, en orden a poderlo tratar con mayor claridad.

En este apartado, distinguiremos tres subdivisiones básicas, derivadas de las preguntas fundamentales: ¿quién eres, Jesús de Nazaret? y ¿cómo demuestras que eres quien dices ser?.

Así, nos encontramos con una primera subdivisión, centrada en el interrogante que se plantea su auditorio ante la escucha de su palabra: Danos una prueba de tu poder, ¿en qué fundamentas tus palabras?.

Una segunda, derivada de la respuesta de Jesús a la primera, que causa perplejidad y escándalo en sus oyentes, nucleada en torno a la siguiente reflexión: si este personaje nos es familiar, conocemos a su padre y a su madre, ¿cómo se atreve a afirmar lo que nos está proclamando?.

Por último, la tercera subdivisión, es una consecuencia directa de las dos primeras. Ante las respuestas de Cristo, incapaces de asumir su radicalidad, muchos de sus seguidores abandonan su compañía, evidenciando el primer fracaso aparente de su misión: sus palabras asustan a quienes las oyen y provocan en ellos el efecto contrario al buscado.

Vemos, pues, cómo el evangelista hilvana en este discurso de Jesús, un proceso de rechazo que, al final, le llevará a la muerte en cruz, pero vayamos por partes.

30 Le dijeron entonces: ¿Qué señal, pues, haces tú, para que veamos, y te creamos? ¿Qué obra haces? 31 Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Pan del cielo les dio a comer. 32 Y Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: No os dio Moisés el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo. 33 Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo. 34 Le dijeron: Señor, danos siempre este pan. 35 Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás.

Muéstranos quien eres mediante obras

Jesús en su predicación, no siempre entra en la provocación que sus interlocutores le plantean. En este caso soslaya la pregunta para responder con un axioma teológico.

De hecho podemos encontrar actitudes diferentes ante estas provocaciones, según el momento, el personaje y el lugar en que se realice.

Así, vemos una respuesta directa a los saduceos respecto de la resurrección en Mc. 12, 25 (Pues cuando resuciten de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en los cielos) y sobre el mandamiento principal en Mc. 12, 29-31 (29 Jesús le contestó: «El primero es: = Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, = 30 = y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, = con toda tu mente y = con todas tus fuerzas. = 31 El segundo es: = Amarás a tu prójimo como a ti mismo. = No existe otro mandamiento mayor que éstos.»). Sin embargo, podemos encontrar actitudes opuestas (con respuestas vagas o reflexivas) en Mc. 11, 33(Responden, pues, a Jesús: «No sabemos.» Jesús entonces les dice: «Tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto.»), respecto del origen de su autoridad y Mc. 12, 17 (Jesús les dijo: «Lo del César, devolvédselo al César, y lo de Dios, a Dios.» Y se maravillaban de él.), respecto del tributo.

Sólo por poner dos ejemplos marcanos dentro de un mismo contexto evangélico: la predicación en Jerusalén. Aunque podríamos encontrar muchos más.

La petición de señales para creer tampoco es algo inconexo al devenir de Cristo en su ministerio.

Situaciones como la planteada en estos versículos nos las encontraremos en Mt. 12, 38; (Entonces le interpelaron algunos escribas y fariseos: «Maestro, queremos ver una señal hecha por ti.»); Mc. 8, 11-12, con una respuesta rotunda por parte de Jesús (11 Y salieron los fariseos y comenzaron a discutir con él, pidiéndole una señal del cielo, con el fin de ponerle a prueba. 12 Dando un profundo gemido desde lo íntimo de su ser, dice: «¿Por qué esta generación pide una señal? Yo os aseguro: no se dará, a esta generación ninguna señal.»), Lc. 11, 16 (Otros, para ponerle a prueba, le pedían una señal del cielo.) y 29 (Habiéndose reunido la gente, comenzó a decir: «Esta generación es una generación malvada; pide una señal, y no se le dará otra señal que la señal de Jonás) y Jn. 2, 18 (Los judíos entonces le replicaron diciéndole: «Qué señal nos muestras para obrar así?»), con lo que el criterio de testimonio múltiple queda confirmado plenamente respecto de la historicidad, al menos, de la actitud de la gente hacia Jesús; toda vez que todos estos testimonios parecen tener orígenes y contextos diferentes (Marcos, Q y Juan).

Por si fuera poco, el criterio de coherencia podemos centrarlo en una de las tentaciones (Mt. 4, 6: [y le dice: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: = A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna.» =]), así como en Mt. 27, 40 («Tú que destruyes el Santuario y en tres días lo levantas, ¡sálvate a ti mismo, si eres Hijo de Dios, y baja de la cruz!»), Mc. 15, 32 (¡El Cristo, el Rey de Israel!, que baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos.» También le injuriaban los que con él estaban crucificados.) y Lc. 23, 35 (Estaba el pueblo mirando; los magistrados hacían muecas diciendo: «A otros salvó; que se salve a sí mismo si él es el Cristo de Dios, el Elegido.») y 37 (y le decían: «Si tú eres el Rey de los judíos, ¡sálvate!»), respecto de su negativa a realizar obras que demostrasen su divinidad. Especialmente, cuando estas obras eran demandadas a tal fin.

Los reparos y dificultades para depositar la fe en Cristo, ni siquiera son ajenos a los propios apóstoles, como el propio Tomás nos muestra en Jn. 20, 25 (Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.»).

Al igual que sus contemporáneos, y sus propios seguidores, hoy en día, continuamos el mismo discurso ante la enseñanza de Cristo.

En lugar de aceptar y asumir en nuestro espíritu el amor de Dios, seguimos empeñados en demandar señales que nos permitan reafirmar nuestra creencia en la misericordia y poder de Dios.

A pesar de todo el proceso evolutivo de la revelación y de la constatación expresa de su amor, contenida en Jn. 3, 16 (Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.), perseveramos en "chantajear" a Dios con peticiones de obras y señales dirigidas en nuestro beneficio para fundamentar, racionalmente, nuestra fe en Él. Es la misma actitud de Simón en Hc. 8, 13 (Hasta el mismo Simón creyó y, una vez bautizado, no se apartaba de Felipe; y estaba atónito al ver las señales y grandes milagros que se realizaban.)

La tentación de este pasaje muestra gran paralelismo con las que Mateo y Lucas recogen en Mt. 4, 6 y Lc. 4, 10-11 (citadas anteriormente). La formulación es dicotómica, como en el relato de los sinópticos:

Fundamentamos (los judíos interlocutores de Jesús, que en el evangelio de Juan se corresponde con un término genérico que define los opositores de Jesús) nuestra creencia en la ley de Moisés porque éste realizó, en nombre de Dios, obras sensibles, como dar a comer a nuestros padres maná en el desierto (pan del cielo les dio a comer; Ex. 16, 15 [Cuando los israelitas la vieron, se decían unos a otros: «¿Qué es esto?» Pues no sabían lo que era. Moisés les dijo: «Este es el pan que Yahveh os da por alimento]), luego, si tú eres quien dices ser, muéstranos obras celestiales y te creeremos.

A ello, Cristo responde con una corrección fundamental para nuestra fe: no os dio Moisés (ningún hombre) el pan del cielo, mas mi Padre os da el verdadero pan del cielo, porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo.

Es decir, no son los hombres los que otorgan la fe ni el alimento del espíritu, sino el propio Dios quien ofrece la posibilidad de acercarse a Él. La fe no proviene del empirismo, sino del alimento espiritual que Dios entrega gratuitamente.

La reacción de los oyentes nos retrotrae a la misma situación que se planteó con la samaritana: danos siempre de ese pan.

Danos de ese pan que da vida, porque así no pereceremos. Es la reacción inmediata ante la adversidad de la vida.

El pan que ellos deducen de las palabras de Jesús se constituye en un agente modificador de nuestra realidad existencial, que sirve para eliminar lo negativo de nuestra finitud y, por tanto, es deseable para nuestros propios fines.

Como en el episodio citado de la samaritana, ambos interlocutores se sitúan en planos comunicativos distintos. Los oyentes perciben sólo parcialmente el mensaje y lo que captan lo adaptan a sus intereses inmediatos.

Cristo trasciende la inmediatez y propone el alimento básico del espíritu, imprescindible para la salvación y, además, determina su origen y procedencia: mi Padre.

Nuevamente nos encontramos con la precisión relacional de Cristo al referirse a la primera persona trinitaria.

Puesto que su frase le relaciona directamente con el Padre, utiliza el posesivo MI, para remarcar su propia procedencia, ya que la siguiente frase nos sitúa ante el fundamento y camino de la salvación: yo soy el pan de vida, el que a mí viene nunca tendrá hambre.

Con esta formulación, Cristo nos muestra la profunda verdad de su misión: saciar el hambre espiritual de los hombres.

¿El vehículo?: Él mismo.

Con ello, Cristo responde a la pregunta originaria: ¿Qué obras haces?.

La obra básica que Cristo hace es el punto de partida de nuestra fe: se da a sí mismo como alimento de nuestro espíritu.

Pero este obrar es llevado hasta el extremo, no sólo en su formulación teológica o espiritual, sino, incluso, en su aspecto material, asumiendo las finitudes humanas de pecado estructural, sufrimiento, dolor y muerte.

De esta totalidad extraemos nuestro alimento.

No son las señales, más o menos esotéricas o taumatúrgicas, las que nos inducen a depositar nuestra fe en Cristo, sino, especialmente, la complementariedad que le da su propio devenir humano hasta morir en la cruz.

Así, ingerir en lo más profundo de nuestro espíritu, el alimento que Cristo representa en su totalidad, deviene en el único aporte energético capaz de trascender la materialidad finita, para trasladarnos a la realidad gloriosa de la saciedad que representa su compañía en la vida eterna.

41 Murmuraban entonces de él los judíos, porque había dicho: Yo soy el pan que descendió del cielo. 42 Y decían: ¿No es éste Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre nosotros conocemos? ¿Cómo, pues, dice éste: Del cielo he descendido 43 Jesús respondió y les dijo: No murmuréis entre vosotros. 44 Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero. 45 Escrito está en los profetas: Y serán todos enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí. 46 No que alguno haya visto al Padre, sino aquel que vino de Dios; éste ha visto al Padre. 47 De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna. 48 Yo soy el pan de vida. 49 Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron. 50 Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él come, no muera. 51 Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo. ? 52 Entonces los judíos contendían entre sí, diciendo: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? 53 Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. 54 El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. 55 Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. 56 El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él. 57 Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí. 58 Este es el pan que descendió del cielo; no como vuestros padres comieron el maná, y murieron; el que come de este pan, vivirá eternamente.

El escándalo

La segunda subdivisión nos presenta, a su vez, dos partes diferenciadas.

Una primera, en la que el sujeto son los oyentes de Jesús y el objeto las reacciones que se les suscitan ante sus palabras; y una segunda parte en la que, en un discurso evolutivo, Cristo se auto presenta y anticipa la Eucaristía.

Agrupemos primero estas subdivisiones.

En la primera de ellas estarían los versículos 41-42 y 52; mientras que en la segunda, nos encontraríamos el resto de los versículos. Es decir: 43-51 y 53-58.

Atendiendo a este orden, los versículos 41-42 nos mostrarían la perplejidad de sus oyentes, que también nos encontramos en Lc. 4, 22 (Y todos daban testimonio de él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es éste el hijo de José?»).

La magnitud de las declaraciones de este profeta escatológico que es Jesús, para ellos, golpean contra las mentes cerradas y encorsetadas por la ley mosaica.

El primer sentimiento que acude a estas mentes es el de la negación: A éste le conocemos, sabemos quien es su familia, ¿cómo dice que es el pan del cielo, si ha nacido y vivido entre nosotros?. No puede ser. Está loco.

A este sentimiento, tampoco es ajena la propia familia de Jesús, como vemos en Mc. 3, 21 (Se enteraron sus parientes y fueron a hacerse cargo de él, pues decían: «Está fuera de sí.»).

No hay que extrañarse demasiado. Nosotros mismos no estamos lejos de estas apreciaciones.

Cuando alguien se entrega por completo a la construcción del reino de Dios, tal acción nos resulta tan chocante con nuestra civilización retributiva, que, ordinariamente, lo tachamos de psicópata, ido o, cuando menos, de iluso o visionario.

¿Cómo vamos a aceptar desde nuestras mentes estructuradas bajo la retribución productiva, que alguien se pueda entregar por completo a algo de lo que no obtiene ningún beneficio personal? = ¿cómo vamos a aceptar que Cristo, sin ganar nada por ello, se dé a sí mismo como pan del cielo?.

El versículo 52 nos entroniza en un aspecto sumamente delicado, e imbricado con la explicación del discurso de Jesús a sus contertulios judíos.

La alegoría cristiana del pan, del alimento, explicitada en la carne de Cristo en el sacrificio pascual, es interpretada literalmente por sus oyentes, causando en ellos un impacto negativo que generará el rechazo frontal a su predicación.

Cuando Cristo habla de dar a comer su carne, la impresión antropofágica de sus palabras obnubilan cualquier otra interpretación y anulan el entendimiento de quienes le escuchan.

De ahí el escándalo generado y que tendrá gravísimas consecuencias posteriores, ya que ésta es una de las excusas argüidas por los perseguidores de la Iglesia primitiva para desatar sus persecuciones feroces contra los primeros fieles: los cristianos, en sus ceremonias litúrgicas, comen carne humana.

Sin embargo, para cualquier creyente, no debe pasar desapercibido que Cristo no anda muy descaminado en sus afirmaciones.

Obviamente no somos caníbales. Nos encontramos ante una figura estilística y retórica, pero Cristo, en su oblación, se da por entero a nosotros, ofreciendo el sacrificio completo de su ser para la reconciliación del mundo, por lo tanto, en el curso de esa acción, cada vez que nosotros, como destinatarios de su acción, nos acercamos Él, le consumimos por completo. Si no fuera así, si no le consumiéramos en su totalidad, incluida la aceptación de su muerte gloriosa y miserable a la vez, estaríamos parcelando su enseñanza y manipulando su mensaje (si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros).

La segunda parte de esta subdivisión nos lleva a un formato muy utilizado por Juan en su estilo redaccional: el testimonio, formulado como un discurso expositivo, de mayor o menor longitud.

En este caso, nos encontramos con un discurso progresivo, en el que Cristo va desde su presentación como el único que ha visto al Padre, porque viene de Él, partiendo de la premisa contenida en los versículos anteriores respecto de la aproximación por la fe y la resurrección, hasta la exposición cruda y real de la nueva Pascua eucarística.

En este discurso, Cristo se da a conocer abiertamente. Veamos un esquema de su formulación:

Todos serán enseñados por Dios (Is. 54,13 [Todos tus hijos serán discípulos de Yahveh, y será grande la dicha de tus hijos]) y el que oyó al Padre y aprendió de Él viene a mí.

POR TANTO

Nadie viene a mí si no le trae el Padre

QUIEN VIENE

Si cree en mí, tendrá vida eterna y yo le resucitaré en el día postrero

PORQUE

Yo soy el pan de vida, no como el maná del desierto que no evitó la muerte

SINO

Como el pan vivo venido del cielo

YA QUE

Yo vengo de Dios y he visto al Padre que me envió

PARA

Dar a conocer el pan de vida que es mi carne

CON OBJETO

De que el mundo tenga vida.

Visto así, esta presentación de Cristo, nos viene a decir:

1).- El anuncio de la posibilidad de salvación es universal, luego la llamada a reconciliación con el Padre se hace para todos los hombres.

2).- Es necesario oir la llamada, aprender lo que en ella se nos pide y que el Padre nos enseña y acercarnos a Cristo.

3).- No se llega a Cristo por un impulso voluntarista o intelectual, sino porque el Padre (a través del espíritu [ver.63]) te lleva hacia el Hijo.

4).- Para tener vida eterna, es exigencia indispensable, creer en Él y, a consecuencia, no como recompensa, Él nos resucitará en el día postrero.

5).- A diferencia de las construcciones ideológicas humanas, la globalidad del mensaje cristiano, personificado en Jesús de Nazaret, deviene en pan de vida que no perece tras la muerte, ya que no responde a motivaciones materiales, intereses concretos de grupos, personas o clases, sino que tiene su origen en el amor de Dios por los hombres y su objetivo no estriba en la instauración o subversión de ningún nuevo orden social, político o económico, sino en obtener la perfección del hombre en armonía con Dios, con el resto de los hombres y con su entorno.

6).- Quien realiza la proclamación no es un profeta más, ni un iluminado, sino el único que ha podido ver a Dios, porque viene de Él (forma parte de Él) (Jn. 1, 1-2: 1 En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. 2 Ella estaba en el principio con Dios ) y ha sido comisionado por Él para tal misión (Jn. 6, 38: porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado).

7).- Cristo no se limita a realizar una proclamación, más o menos ideológica, ni a elaborar una teología de la salvación en el plano teórico o filosófico, ni siquiera a elaborar un compendio de normas éticas o morales, sino que, en rescate por el extravío del mundo (Ro. 4, 25: quien = fue entregado por nuestros pecados, = y fue resucitado para nuestra justificación), carga con nuestros pecados y se ofrece a sí mismo, asimilando completamente la forma humana (He. 4, 15: Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado) y comprometiendo hasta el límite, y más allá del límite, su soberanía, sufriendo en su carne humana la violencia, el escarnio y la muerte propias de la humanidad. Todo ello para que el mundo pueda atisbar la posibilidad de vida que lleva implícita la salvación a través de Cristo y la instauración plena del reino de Dios.

Una vez hecha la presentación y expuesta la causalidad, el evangelista evoluciona, a partir del v. 53, para plasmar el vehículo mediante el cual se realiza la auténtica comunión de los hombres con Cristo y, por ende, con Dios: la Eucaristía.

Si bien no estamos, en el relato joánico que nos relata dicho acontecimiento, ante la instauración de la nueva Pascua establecida por Cristo en el cenáculo, estos versículos guardan una gran semejanza con los textos recogidos por los sinópticos en tal momento (Mt. 26, Mc. 14 y Lc. 22), así como con lo referido por Pablo en 1 Co. 11, 23-25 (23 Porque yo recibí del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, 24 y después de dar gracias, lo partió y dijo: «Este es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en recuerdo mío.» 25 Asimismo también la copa después de cenar diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en recuerdo mío.»).

Puesto que no es mi intención repetir argumentaciones, prefiero dejar el comentario de estos versículos para el momento en que lo haga con los pasajes de los sinópticos referidos anteriormente.

60 Al oírlas, muchos de sus discípulos dijeron: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír? 61 Sabiendo Jesús en sí mismo que sus discípulos murmuraban de esto, les dijo: ¿Esto os ofende? 62 ¿Pues qué, si viereis al Hijo del Hombre subir adonde estaba primero? 63 El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida. 64 Pero hay algunos de vosotros que no creen. Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, y quién le había de entregar. 65 Y dijo: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre. 66 Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él. 67 Dijo entonces Jesús a los doce: ¿Queréis acaso iros también vosotros? 68 Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. 69 Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. 70 Jesús les respondió: ¿No os he escogido yo a vosotros los doce, y uno de vosotros es diablo? 71 Hablaba de Judas Iscariote, hijo de Simón; porque éste era el que le iba a entregar, y era uno de los doce

El fracaso

Si partimos de la base, expuesta al comienzo de esta parcelación, de que en estos pasajes confluyen los criterios de testimonio múltiple, coherencia, dificultad y discontinuidad, en orden a otorgar una cierta seguridad histórica al pasaje como procedente del propio Jesús de Nazaret, no hay motivos para dudar que tal situación es extensible a los versículos que componen esta última subdivisión.

Precisemos que estoy hablando de la situación de abandono que se relata y de la fidelidad de los 12, ya que ambas situaciones son confirmadas por otras fuentes y contextos (Jn. 7, 5 [Es que ni siquiera sus hermanos creían en él] y Mc. 3, 21 [Se enteraron sus parientes y fueron a hacerse cargo de él, pues decían: «Está fuera de sí.»] y Mt. 16, 16 [y sus correspondencias marcana (Mc. 8, 29) y lucana (Lc. 9, 20) Simón Pedro contestó: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.»] y Mt. 14, 33 [Y los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: «Verdaderamente eres Hijo de Dios.»] para el reconocimiento de su personalidad como Hijo de Dios).

Los versículos doctrinales incluidos en esta subdivisión son reiteraciones de afirmaciones ya recogidas en versículos anteriores, por lo tanto no los consideraré de nuevo.

Respecto de las afirmaciones acerca del traidor, obviamente, estamos ante un añadido del redactor evangélico. Ya que, como hemos afirmado en otros apartados de este trabajo, Jesús, cuan hombre, disponía de la capacidad intelectual y cognitiva inherente a cualquier otro israelita de su época; por lo tanto, desconocía su futuro inmediato, aunque intuyese que la radicalidad de su predicación le acarrearía muchos y graves problemas.

Uno de estos problemas, el más inmediato y uno de los más sangrantes, puesto que va a acompañar a Jesús a lo largo de todo su ministerio, es el del rechazo de las gentes y la consiguiente frustración psíquica del Nazareno.

En este pasaje se nos da una muestra de ello, con la mención del abandono de muchos de sus discípulos.

Al mismo tiempo, aunque implícitamente, se nos dibuja el traumatismo que produce en Jesús el observar que el efecto de sus palabras es exactamente el contrario del diseñado en principio: Se prevé el seguimiento de su predicación y se obtiene la defección de sus seguidores.

Jesús se siente portador de una noticia ilusionante y esperanzadora: yo soy el pan de vida y os ofrezco la esperanza de salvación, con sólo creer en mí, porque estoy dispuesto a darlo todo, incluso mi vida (mi carne y mi sangre) en rescate vuestro a cambio de vuestros pecados.

Lo que suscita entre sus oyentes no es la adhesión o el seguimiento, aunque cierto es que Jesús nunca buscó seguidores próximos, mas allá de los 12 escogidos, sino el miedo, la postergación y el abandono.

Así no es extraño entrever, en las palabras de Jesús hacia los 12 (¿queréis acaso iros también vosotros?), un rictus de amargura y frustración por el fracaso cosechado.

De ello tendremos más ejemplos en los sinópticos, uno de los más relevantes es su fracaso en Nazaret, con consecuencias "delicadas" que nos muestra Lucas en Lc. 4, 29 (y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle).

Sin embargo, podría esperarse de Jesús alguna palabra de agradecimiento ante la respuesta conciliadora y consoladora de Pedro.

No es así. La radicalidad en la exigencia del seguimiento a Cristo es extrema e impide tal concesión.

Cristo reacciona a la respuesta apostólica con cierta brusquedad (¿no os he escogido yo a vosotros?).

Este acontecimiento, aparentemente sociológico, conlleva una carga teológica profunda y traslada a nuestras vidas la realidad del seguimiento a Cristo.

La radicalidad del mensaje cristiano, que a veces es maquillado y disfrazado por las iglesias y religiones establecidas, muchas veces suscita miedos, postergación y abandonos entre nosotros.

Cuando Cristo está tocando a un leproso, o se sienta a la mesa con publicanos, pecadores y prostitutas, nos está invitando a que hagamos lo mismo en nuestra vida. Y eso resulta muy difícil de asimilar (léase marginados, mendigos, prostitutas...)

Cuando nos dice que amemos a nuestros enemigos, no está introduciendo filtros ni matizaciones. Lo hace con todas las letras y sin ambages. Y eso resulta muy complicado de practicar en nuestra civilización competitiva.

Cuando nos dice que hagamos con los hombres como quisiéramos que ellos hagan con nosotros, nos está hablando de justicia e igualdad. Y eso, también, es impracticable en el contexto social de la sociedad de mercado consumista, donde prima el "tanto tienes, tanto vales".

Por lo tanto, hemos de preguntarnos, cada uno de nosotros, ¿dónde estamos?. ¿Entre los muchos que abandonan a Jesús, escandalizados por sus proclamas incendiarias? O ¿en el grupo que se queda con Él, aun a riesgo de perderlo todo por proclamar que es el Hijo de Dios vivo?.

Probablemente nuestra respuesta será oscilante: unas veces en un grupo y otras en otro, según convenga a nuestros intereses de cada momento y situación; pero ello nos lleva, de nuevo, al comienzo de esta parcelación: desaparición y búsqueda de Jesús.

Aun contando con que, en el mejor de los casos, nos encuadremos en el grupo de los que se quedan, ¿cual es nuestra actitud?. ¿La de exigir una recompensa a cambio?. Fijémonos en lo que Cristo le contesta a Pedro: yo os he elegido.

Continúa la exigencia, con mayor vigor si cabe, porque, si bien Él nos elige, somos nosotros los que decidimos quedarnos, libremente, pero asumiendo todas las consecuencias, incluidas las del seguimiento radical y exclusivo (Lc. 9, 57-62: 57 Mientras iban caminando, uno le dijo: «Te seguiré adondequiera que vayas.» 58 Jesús le dijo: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.» 59 A otro dijo: «Sígueme.» El respondió: «Déjame ir primero a enterrar a mi padre.» 60 Le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios.» 61 También otro le dijo: «Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa.» 62 Le dijo Jesús: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios.»)

Mt. 8, 18-22 Lc. 9.57-62

18 Viéndose Jesús rodeado de mucha gente, mandó pasar al otro lado.

 

19 Y vino un escriba y le dijo: Maestro, te seguiré adondequiera que vayas.

57 Yendo ellos, uno le dijo en el camino: Señor, te seguiré adondequiera que vayas.

20 Jesús le dijo: Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza. 21 Otro de sus discípulos le dijo: Señor, permíteme que vaya primero y entierre a mi padre. 22 Jesús le dijo: Sígueme; deja que los muertos entierren a sus muertos.

58 Y le dijo Jesús: Las zorras tienen guaridas, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza. 59 Y dijo a otro: Sígueme. El le dijo: Señor, déjame que primero vaya y entierre a mi padre. 60 Jesús le dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve, y anuncia el reino de Dios.

 

61 Entonces también dijo otro: Te seguiré, Señor; pero déjame que me despida primero de los que están en mi casa. 62 Y Jesús le dijo: Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios.

Textos procedentes, probablemente, de la fuente Q, con incrustaciones o aportaciones redaccionales de Lucas, o de sus fuentes propias, en el texto que éste nos ofrece.

Posiblemente la redacción original del dicho se ajuste más a la planteada por Mateo, ya que la mención de Lucas "tu vé y anuncia el Reino de Dios", más parece una aportación del evangelista que procedente del Jesús histórico.

Por otro lado, los versículos 61 y 62 del texto lucano constituyen una reminiscencia clara del contenido de 1 R. 19-20 (El abandonó los bueyes, corrió tras de Elías y le dijo: «Déjame ir a besar a mi padre y a mi madre y te seguiré.» Le respondió: «Anda, vuélvete, pues ¿qué te he hecho?»). Si bien la redacción lucana lo incluye en forma opuesta a la originaria del libro de los Reyes, con objeto de enfatizar la radicalidad del seguimiento de Cristo, en contraposición a la permisividad que Elías ofrece a su discípulo.

Comparando ambas redacciones, la de Mateo y la de Lucas, podemos contemplar la intencionalidad de ambos evangelistas a la hora de configurar sus textos.

Así, la eclesiología y religiosidad de Mateo queda de manifiesto al catalogar a los interpelantes de Jesús como un escriba (doctor de la ley mosaica) y uno de los discípulos de Jesús (principios de la Iglesia); mientras que la universalidad del evangelio lucano hace que ambos se difuminen en el anonimato, representativo de la humanidad entera.

La ubicación del dicho en ambos evangelistas también es contradictoria.

Mientras que Mateo lo coloca, geográficamente, al otro lado del Mar de Galilea, puesto que está colocado a continuación de la sanación de la suegra de Pedro en Cafarnaúm, en el curso de su predicación itinerante por esa región, Lucas lo sitúa en un lugar indeterminado "yendo ellos, uno le dijo en el camino...", en su viaje hacia Jerusalén. La inclusión del término "en el camino" no es caprichosa, sino plenamente intencionada y con una carga teológica importante. Así, vemos como Mateo hace recaer la provocación a Jesús sobre un escriba, alguien docto en la Torah, del centro del mundo, Lucas cita a "uno", alguien cualquiera, una persona sin identificación que pasa por el "camino". EL camino es la vida, por lo tanto, ese "uno" está en su lugar, en el camino, pasa por la vida, no está en el "centro" como el escriba. Lucas soslaya la eclesiología para abundar en la universalidad y apertura del evangelio al mundo real, del camino.

Respecto a la historicidad del dicho, como procedente del Jesús histórico, los elementos que podemos manejar son limitados, aunque suficientes.

Queda descartado el criterio de testimonio múltiple, puesto que, como ya hemos citado, ambas versiones derivan de la misma fuente (Q), sin que existan paralelos e otros textos neotestamentarios.

El criterio de coherencia sí parece cumplirse, puesto que el texto contemplado está en plena armonía con la generalidad evangélica de exigencia en el trato que Jesús otorga a sus seguidores, pero especialmente podemos fijarnos en Mt. 10, 37-39 (37 «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. 38 El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí. 39 El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará.) y sus correspondencias con Lc. 14, 26-27.

Por otro lado, para lo referido a la ausencia de riquezas y provisiones, podemos acercarnos a Mt. 10, 9-10 (9 No os procuréis oro, ni plata, ni calderilla en vuestras fajas; 10 ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; porque el obrero merece su sustento.) y sus correspondencias con Mc. 6, 8-11 y Lc. 9, 3-5.

A su vez, el criterio de dificultad se nos presenta diáfano, fundamentalmente porque a ningún redactor de la Iglesia primitiva se le ocurriría introducir, por su cuenta, textos tan contrarios, por su dureza, al proselitismo.

Por último, el criterio de discontinuidad podría alegarse en referencia a las palabras de Jesús respecto del entierro de los muertos, toda vez que la cultura y tradición hebreas de la época era exquisitamente escrupulosa para con la sepultura de sus cadáveres (II Mac. 9,1 5 [que equipararía con los atenienses a todos aquellos judíos que había considerado dignos, no de una sepultura, sino de ser arrojados con sus niños como pasto a las fieras]).

A la vista de estas consideraciones, podríamos arriesgarnos a afirmar que el dicho, aparentemente, procede del Jesús histórico, o, al menos, de su entorno, aunque carezca del apoyo multitestimonial.

Entrando directamente en los textos, obviando las diferencias de orientación de los evangelistas citadas anteriormente, nos encontramos, primero, con una respuesta del galileo chocante y, a priori, fuera de contexto.

El escriba mateano (o el anónimo lucano) no preguntan a Jesús si les permite seguirle. Tampoco se ofrecen a hacerlo, sino que afirman, taxativamente, que le van a seguir adondequiera que vaya.

Jesús reacciona con una frase dura y cortante, a modo de advertencia.

La lógica nos diría que un maestro que recibe una afirmación como la que se le hace a Jesús, respondería en tono afable y cariñoso, advirtiendo de la ausencia de recompensas por su seguimiento.

Sin embargo, Cristo, una vez más, rompe con la lógica humana para exponer, con toda crudeza, la ausencia de prebendas y privilegios que adornan su seguimiento.

Haciendo uso de la denominación extraída del libro de Daniel (Dan. 7, 13: Yo seguía contemplando en las visiones de la noche: Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre. Se dirigió hacia el Anciano y fue llevado a su presencia.) "hijo del Hombre", Jesús advierte de su carencia en otorgar recompensas y explicita, lacónicamente, su situación existencial voluntaria de abandono de poderes y bienes. ¡Qué distinto de lo que apreciamos en las religiones institucionalizadas de nuestros días!.

Cristo nos advierte de que su seguimiento no es un pasaporte al reconocimiento social o hacia la obtención de posiciones de privilegio.

Él no ofrece nada, salvo a Él mismo.

Su seguimiento es una ruptura radical y absoluta con el materialismo mundano.

A continuación, muy en su línea de profeta escatológico, ante el ruego de uno de sus discípulos, Cristo responde con la misma rotundidad y autoridad.

El mundo es una cosa y mi seguimiento otra: deja el mundo (sígueme) y que quien deseó permanecer en él que lo haga de forma consecuente (deja que los muertos [mundo] entierren a sus muertos [mundo]).

¿Por qué esta ruptura de Cristo con el mundo?. Parece como si fuese insensible a las necesidades materiales y afectivas de su discipulado.

No es así en absoluto.

La explicación ya nos la ha dado en Mt. 6, 33 (Buscad primero su Reino[el de Dios] y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura).

El núcleo central del discurso de Cristo es básico y simple. Se fundamenta en la premisa de la llegada del Reino de Dios. El cual se ha acercado con su presencia (Mc. 1, 15 [«El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva.»] y Mt. 4, 17 [Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: «Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado.»]).

La escatología atemporal de su mensaje hace que cualquier enfoque mundano pase a segundo plano ante la buena noticia de que es portador y proclamador: el Reino de Dios está próximo.

Dentro de ese gobierno del Padre, todas las cosas y preocupaciones mundanas quedan soslayadas, porque su gracia lo inunda todo y por lo tanto, carece de sentido cualquier otra consideración inmediata.

Cristo no es que desprecie las necesidades materiales o afectivas de los hombres.

El padrenuestro es un ejemplo y su ternura para con las muchedumbres objeto de las multiplicaciones alimentarias otro.

La misión que tiene encomendada es tan inmensa y de tal trascendencia que le obliga al abandono de su núcleo familiar y social, a la dejación de cualquier posesión por mor de su actividad predicativa itinerante, a la renuncia a cualquier vínculo afectivo estable que pudiese desviarle de su atención primaria (su misión).

Si Él se impone tales restricciones por considerarlas imprescindibles para su desempeño misional, su docencia se orienta hacia el cumplimiento de los mismos requisitos por parte de su discipulado, como vemos en las primeras llamadas de Mt. 4, 20 (Y ellos al instante, dejando las redes, le siguieron.) y 22 (Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron).

Aun siendo esto cierto, no lo es menos que Cristo siempre se preocupó de la estabilidad emocional de sus seguidores y nunca perdió el contacto totalmente con su familia (Jn. 19, 26-27: 26 Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» 27 Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.).

Tampoco debemos fundamentalizar las palabras de Cristo.

Como discípulos de Jesús hemos de vivir en el mundo y dar testimonio de Él, aunque, como también nos advierte en Jn. 15, 18 («Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros), el mundo nos aborrezca, pero una cosa es vivir en el mundo y otra muy distinta vivir para el mundo.

Como seguidores de Cristo, vivimos para el Reino de Dios en el mundo, pero en ese orden de prioridades.

El seguimiento, por tanto, es exigente y radical: Primero el Reino (núcleo de la predicación de Cristo), después el mundo, sin que su existencia permita privarnos de atisbar el primero.

Aun siendo consciente de la intervención redacional de Lucas, o de su tradición, en los versículos 61 y 62, no debemos dejar pasar por alto ambos versículos, ya que nos marcan el contrapunto condicional con el seguimiento de los dioses materiales.

Su extracción, como ya hemos citado al comienzo, nos llega de las palabras del profeta Elías a uno de sus discípulos.

Lucas lo extrapola para marcar la exigencia del seguimiento cristiano, que se antepone a la ley y los profetas.

Elías podía tolerar esa demora en su seguimiento porque su anuncio, aun revestido de la inspiración divina (profética), no se explicitaba en la inmediatez de la llegada, o acercamiento, del Reino de Dios.

Cristo no admite esa demora porque implica anteponer otros afectos y dedicaciones al mandato fundamental (Mt. 22, 37-38: 37 El le dijo: = «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. = 38 Este es el mayor y el primer mandamiento.).

Esta mención de Lucas, además, nos viene al pelo para exponer las incongruencias de nuestras civilizaciones, teóricamente derivadas de culturas impregnadas por el cristianismo.

Nunca hemos de olvidar estas palabras de Cristo cuando justificamos nuestras demoras en el seguimiento a Cristo a causa de nuestras necesidades adoratrices hacia los dioses mundanos que requieren inmediatez (es el momento adecuado para hacer esto, es mi oportunidad, cosas así sólo se presentan una vez en la vida...)

Mt. 8, 23-27 Mc. 4.35-41 Lc. 8.22-25

35 Aquel día, cuando llegó la noche, les dijo: Pasemos al otro lado.

23 Y entrando él en la barca, sus discípulos le siguieron

36 Y despidiendo a la multitud, le tomaron como estaba, en la barca; y había también con él otras barcas.

22 Aconteció un día, que entró en una barca con sus discípulos, y les dijo: Pasemos al otro lado del lago. Y partieron.

24 Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; ...

37 Pero se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba.

23... Y se desencadenó una tempestad de viento en el lago; y se anegaban y peligraban.

24... pero él dormía.

38 Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal; ...

23 Pero mientras navegaban, él se durmió. ...

25 Y vinieron sus discípulos y le despertaron, diciendo: ¡Señor, sálvanos, que perecemos!

38... y le despertaron, y le dijeron: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?

24 Y vinieron a él y le despertaron, diciendo: ¡Maestro, Maestro, que perecemos! ...

26 ... Entonces, levantándose, reprendió a los vientos y al mar; y se hizo grande bonanza.

39 Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza.

24 ... Despertando él, reprendió al viento y a las olas; y cesaron, y se hizo bonanza.

26 El les dijo: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe?...

40 Y les dijo: ¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?

25 Y les dijo: ¿Dónde está vuestra fe? ...

27 Y los hombres se maravillaron, diciendo: ¿Qué hombre es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen?

41 Entonces temieron con gran temor, y se decían el uno al otro: ¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?

25...Y atemorizados, se maravillaban, y se decían unos a otros: ¿Quién es éste, que aun a los vientos y a las aguas manda, y le obedecen?

 

Estamos ante uno de los ejemplos típicos de la confluencia sinóptica.

Los tres evangelistas nos relatan el mismo episodio, en el mismo orden, con la misma ubicación relativa y con la misma cadencia y estilos literarios.

La alternancia de construcciones sintácticas carece de relevancia, ya que es abrumadora la concordancia entre los tres textos.

Si admitimos que el evangelio más antiguo es el de Marcos, hemos de llegar a la conclusión de que estos tres pasajes tienen un origen común: las fuentes propias de la tradición marcana.

Mateo une esta perícopa con el resto del evangelio de la forma más lógica y lineal. A través de su versículo 18 de este mismo capítulo (Viéndose Jesús rodeado de mucha gente, mandó pasar al otro lado), este acontecimiento queda plenamente enmarcado en contexto y ubicación, así como por la perícopa siguiente (gadarenos).

A su vez, Marcos, lo encaja contextualmente como un paso de traslación en el proceso predicativo, quedando unido a la continuación evangélica por el acontecimiento del endemoniado gadareno.

Por último, Lucas, es quien de forma más deslavazada ubica el hecho. Muy en su línea, aun dentro de la predicación por Galilea, utiliza el indeterminado atemporal "un día" que desconecta con el proceso inmediatamente anterior, aunque, como los otros dos sinópticos, a continuación, recoge el mismo episodio que Marcos y Mateo (gadareno).

La historicidad del hecho que se nos relata es difícilmente acreditable con los instrumentos habituales, por cuanto, prácticamente, ninguno de los criterios al uso puede serle aplicado con claridad. Máxime tratándose de un episodio que enmarcaríamos entre los gestos o señales de Jesús sobre la naturaleza.

El criterio de testimonio múltiple, como hemos dicho al comienzo, queda descartado por la procedencia común de los tres textos y como consecuencia de la ausencia de correspondencias con otras literaturas neotestamentarias.

El criterio de dificultad carece de sentido ante este hecho porque la ostentación de poderío bien podría atribuirse a un redactor cristiano llevado de su celo por magnificar la figura de Cristo, sin que ello significara menoscabo, sino todo lo contrario, para la Iglesia primitiva.

El criterio de discontinuidad carece de sustentos plausibles. No hay nada en este relato que signifique controversia con las tradiciones y cultura hebreas del momento, salvo el hecho de "pasar al otro lado", que podría entenderse como un traslado a las afueras del núcleo religioso de la época: a la Transjordania, tierra de paganos y gentiles.

Por último, el criterio de coherencia sólo podría tomarse desde la globalidad del evangelio, en lo que a signos y milagros se refiere.

Estaríamos ante un milagro sobre la naturaleza que podría aparejarse al resto de las maravillas atribuidas a Jesús dentro de este género, pero nada más.

Solamente un criterio secundario, el de ambiente y entorno, podría aportarnos alguna posibilidad de historicidad, ya que el desplazamiento en barca por el lago, habida cuenta de la condición originaria de los acompañantes de Jesús (pescadores), así lo recomendaría.

A la vista de tan escasos elementos probatorios, me decanto por una razonable duda acerca de la historicidad del hecho, al margen de las consideraciones expuestas en otra parte de este trabajo respecto de los milagros atribuidos a Jesús de Nazaret (con motivo del comentario de Mc. 1, 21-28 y Lc. 4, 31-37).

Particularmente, me inclino a pensar en una leyenda construida por la tradición marcana en torno a una posible alegoría expuesta por el Maestro en el curso de su predicación.

Alguna reminiscencia lejana podemos encontrar en la literatura intertestamentaria. Como ejemplos, veamos el libro de la Sabiduría, capítulo 14, versículos 1 a 4 (1 Otro, preparándose a embarcar para cruzar el mar bravío, invoca a un leño más frágil que la nave que le lleva. 2 Que a la nave, al fin, la inventó el afán de lucro, y la sabiduría fue el artífice que la construyó; 3 y es tu Providencia, Padre, quien la guía, pues también en el mar abriste un camino, una ruta segura a través de las olas, 4 mostrando así que de todo peligro puedes salvar para que hasta el inexperto pueda embarcarse.) y el episodio de Jonás en el libro que lleva su nombre, así como el libro del Eclesiástico, 49, 9-12 (9 porque se acordó de los enemigos en la tempestad, y favoreció a los que seguían el camino derecho. 10 Cuanto a los doce profetas, que sus huesos reflorezcan en su tumba. Porque ellos consolaron a Jacob, y lo rescataron por la fidelidad y la esperanza. 11 ¿Cómo celebraremos a Zorobabel? ¡Fue él como sello en la mano derecha, 12 así como Josué hijo de Josedec! Ellos en sus días construyeron la Casa y levantaron el Templo consagrado al Señor, destinado a una gloria eterna).

Es probable que este relato procediese de una parábola pronunciada por Jesús, no recogida en los textos evangélicos, mediante la cual, el Señor asemejase la comunidad nucleada en su entorno a una frágil barca que navegase por un mar en calma y a la que, súbitamente, azota un bravo temporal, abocando al pánico a quienes la tripulan al observar cómo los peligros acechan mientras su capitán está alejado de ellos (duerme).

La falta de convencimiento y fortaleza espiritual de quienes bogan en la travesía les lleva a dudar de la seguridad en su trayectoria y claman a su dirigente en busca de ayuda y apoyo.

Cuando Él es despertado de su somnolencia, les recrimina su debilidad y, para su tranquilidad, reorganiza los agentes generadores de la intranquilidad y la calma vuelve a reinar en el bote, pero la convivencia queda dañada por la desconfianza del capitán hacia sus tripulantes.

Obviamente, esto es pura especulación, pero no resultaría extraña una circunstancia similar para explicar el origen de la perícopa.

La interpretación de este texto, tradicionalmente, ha sido, y sigue siendo, la de la simbología pura.

La barca es asimilada a la Iglesia de Cristo.

Los discípulos seríamos las comunidades cristianas.

Jesús, dormido en la barca y despertado por los gritos y clemencias de los discípulos es el Cristo muerto y resucitado, pero ausente físicamente de nuestra compañía, aunque presente en el espíritu y siempre presto a la ayuda cuando ésta le es implorada.

El Mar de Galilea es el devenir histórico en el mundo. El lugar donde la Iglesia ha de desenvolverse y llevar a cabo su travesía misional: transportar a Cristo vivo y dar testimonio de Él.

Este mar, quieto en ocasiones, se vuelve, por momentos, bravío y amenazador, acosando a la barca y sus tripulantes con embates y empujes hasta generar un peligro cierto de naufragio y pánico entre sus tripulantes.

Sin embargo, Cristo, siempre presente, está presto a la colaboración y a la subsanación de nuestras limitaciones y miedos, para, desde la fuerza que aporta su compañía, acometer estas amenazas, solventando nuestras carencias y desconfianzas en el camino emprendido.

La travesía ordenada por Cristo hacia el otro lado es un símbolo de la misión encargada a sus discípulos. El otro lado es la construcción del Reino de Dios y en esa travesía, a pesar de las acometidas del mundo, de las persecuciones anunciadas, de los desprecios profetizados, La Iglesia, con Cristo al frente, continuará su travesía por la historia de la humanidad.

A pesar de nuestros momentos de debilidad y desánimo ante las dificultades. Aun contando con nuestra falta de fe, en ocasiones, cuando el devenir del viaje se hace complicado, la Iglesia siempre contará con un baluarte que la mantendrá unida y a flote: Cristo está vivo y a nuestro lado, aunque nuestra miopía, a veces, nos lo presente dormido.

Mt. 8, 28-34 Mc. 5.1-20 Lc. 8.26-39

28 Cuando llegó a la otra orilla, a la tierra de los gadarenos, vinieron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros, feroces en gran manera, tanto que nadie podía pasar por aquel camino.

1 Vinieron al otro lado del mar, a la región de los gadarenos. 2 Y cuando salió él de la barca, en seguida vino a su encuentro, de los sepulcros, un hombre con un espíritu inmundo, 3 que tenía su morada en los sepulcros, y nadie podía atarle, ni aun con cadenas. 4 Porque muchas veces había sido atado con grillos y cadenas, mas las cadenas habían sido hechas pedazos por él, y desmenuzados los grillos; y nadie le podía dominar. 5 Y siempre, de día y de noche, andaba dando voces en los montes y en los sepulcros, e hiriéndose con piedras.

26 Y arribaron a la tierra de los gadarenos, que está en la ribera opuesta a Galilea. 27 Al llegar él a tierra, vino a su encuentro un hombre de la ciudad, endemoniado desde hacía mucho tiempo; y no vestía ropa, ni moraba en casa, sino en los sepulcros.

29 Y clamaron diciendo: ¿Qué tienes con nosotros, Jesús, Hijo de Dios? ¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo?

6 Cuando vio, pues, a Jesús de lejos, corrió, y se arrodilló ante él. 7 Y clamando a gran voz, dijo: ¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes.

28 Este, al ver a Jesús, lanzó un gran grito, y postrándose a sus pies exclamó a gran voz: ¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te ruego que no me atormentes.

 

8 Porque le decía: Sal de este hombre, espíritu inmundo. 9 Y le preguntó: ¿Cómo te llamas? Y respondió diciendo: Legión me llamo; porque somos muchos.

31 Y le rogaban que no los mandase ir al abismo.

 

10 Y le rogaba mucho que no los enviase fuera de aquella región.

32 Había allí un hato de muchos cerdos que pacían en el monte; y le rogaron que los dejase entrar en ellos; y les dio permiso. 33 Y los demonios, salidos del hombre, entraron en los cerdos; y el hato se precipitó por un despeñadero al lago, y se ahogó.

30 Estaba paciendo lejos de ellos un hato de muchos cerdos. 31 Y los demonios le rogaron diciendo: Si nos echas fuera, permítenos ir a aquel hato de cerdos. 32 El les dijo: Id. Y ellos salieron, y se fueron a aquel hato de cerdos; y he aquí, todo el hato de cerdos se precipitó en el mar por un despeñadero, y perecieron en las aguas

11 Estaba allí cerca del monte un gran hato de cerdos paciendo. 12 Y le rogaron todos los demonios, diciendo: Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos. 13 Y luego Jesús les dio permiso. Y saliendo aquellos espíritus inmundos, entraron en los cerdos, los cuales eran como dos mil; y el hato se precipitó en el mar por un despeñadero, y en el mar se ahogaron.

34 Y los que apacentaban los cerdos, cuando vieron lo que había acontecido, huyeron, y yendo dieron aviso en la ciudad y por los campos.

33 Y los que los apacentaban huyeron, y viniendo a la ciudad, contaron todas las cosas, y lo que había pasado con los endemoniados.

14 Y los que apacentaban los cerdos huyeron, y dieron aviso en la ciudad y en los campos. Y salieron a ver qué era aquello que había sucedido.

35 Y salieron a ver lo que había sucedido; y vinieron a Jesús, y hallaron al hombre de quien habían salido los demonios, sentado a los pies de Jesús, vestido, y en su cabal juicio; y tuvieron miedo. 36 Y los que lo habían visto, les contaron cómo había sido salvado el endemoniado.

 

15 Vienen a Jesús, y ven al que había sido atormentado del demonio, y que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio cabal; y tuvieron miedo. 16 Y les contaron los que lo habían visto, cómo le había acontecido al que había tenido el demonio, y lo de los cerdos.

 

 

 

 

 

37 Entonces toda la multitud de la región alrededor de los gadarenos le rogó que se marchase de ellos, pues tenían gran temor. Y Jesús, entrando en la barca, se volvió

34 Y toda la ciudad salió al encuentro de Jesús; y cuando le vieron, le rogaron que se fuera de sus contornos.

 

17 Y comenzaron a rogarle que se fuera de sus contornos. 18 Al entrar él en la barca, el que había estado endemoniado le rogaba que le dejase estar con él. 19 Mas Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti. 20 Y se fue, y comenzó a publicar en Decápolis cuán grandes cosas había hecho Jesús con él; y todos se maravillaban.

38 Y el hombre de quien habían salido los demonios le rogaba que le dejase estar con él; pero Jesús le despidió, diciendo: 39 Vuélvete a tu casa, y cuenta cuán grandes cosas ha hecho Dios contigo. Y él se fue, publicando por toda la ciudad cuán grandes cosas había hecho Jesús con él.

Algunas versiones de la Biblia, en este pasaje, hablan de la región de los geresenos y otras de la región de los gergesenos, además de, como la presente, de los gadarenos.

Para aclararnos un poco ante esta confusión de términos, echemos un vistazo al mapa de Palestina en la época de Jesús.

En este pasaje se menciona una región (Mc. 5, 20) que nos ayudará a su identificación: la Decápolis.

Esta no era, en la época de la dominación romana, un territorio preciso (Deca = 10; polis = ciudades). Se trata de un territorio, bajo la jurisdicción del Gobernador de Siria, que toma su denominación de la agrupación administrativa de 10 ciudades.

Se encuentra al sureste del Mar de Galilea, limitando con Perea, el propio mar, Galilea y Samaría al Oeste, Iturea al Norte y Nabatea al Sur.

Estamos ante un territorio desértico e inhóspito. Hoy pertenece a Jordania y Siria.

Entre esas diez ciudades, nos encontraríamos: Gérgesa, Gadara y Gérasa. De ahí la validez de cualquiera de los tres gentilicios recogidos en las distintas versiones bíblicas, aunque, siguiendo el discurso del texto que contemplamos, lo más lógico sería pensar en la región de los gergesenos, ya que Gérgesa, es la única ciudad de las tres citadas que se encuentra a orillas del Mar de Galilea (Mc. 5, 2), mientras que las otras dos están más al interior (sureste del punto de desembarco del grupo de Jesús).

La puntualización geográfica puede resultar innecesaria para los instruidos en la geografía bíblica, pero los diversos gentilicios usados por las varias versiones bíblicas podrían generar confusión en lectores no avezados.

Ciñéndonos al texto, hagamos, a priori, dos consideraciones, respecto de su posible historicidad.

a) la historicidad de la actividad exorcista de Jesús.

b) la historicidad del hecho concreto que se nos relata.

a) Que Jesús aunaba en su persona, además de las dotes de maestro, predicador moral, profeta escatológico y taumaturgo, las de exorcista, es algo en lo que coinciden todos los expertos historiadores de la figura de Jesús de Nazaret. Fundamentalmente, esta coincidencia, se basa en la cantidad de testimonios múltiples, dentro y fuera de los textos evangélicos y cristianos, que señalan tal característica.

Que, a su vez, los exorcistas eran algo "común" en aquella época, también forma parte de la historia cultural y sociológica del pueblo de Israel, así como que la facultad de expulsar demonios, no era una prerrogativa de Jesús en ese instante. Ni siquiera el componente más significativo de su ministerio.

Podemos contemplar esta capacidad en otras personas de su tiempo en Mt. 12, 27 (Y si yo expulso los demonios por Beelzebúl, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces.) y su correspondencia en Lc. 11, 17; Hc. 19, 11-17 (11 Dios obraba por medio de Pablo milagros no comunes, 12 de forma que bastaba aplicar a los enfermos los pañuelos o mandiles que había usado y se alejaban de ellos las enfermedades y salían los espíritus malos. 13 Algunos exorcistas judíos ambulantes intentaron también invocar el nombre del Señor Jesús sobre los que tenían espíritus malos, y decían: «Os conjuro por Jesús a quien predica Pablo.» 14 Eran siete hijos de un tal Esceva, sumo sacerdote judío, los que hacían esto. 15 Pero el espíritu malo les respondió: «A Jesús le conozco y sé quién es Pablo; pero vosotros, ¿quiénes sois?» 16 Y arrojándose sobre ellos el hombre poseído del mal espíritu, dominó a unos y otros y pudo con ellos de forma que tuvieron que huir de aquella casa desnudos y cubiertos de heridas. 17 Llegaron a enterarse de esto todos los habitantes de Éfeso, tanto judíos como griegos. El temor se apoderó de todos ellos y fue glorificado el nombre del Señor Jesús.) y Mc. 9, 38-40 (38 Juan le dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no viene con nosotros y tratamos de impedírselo porque no venía con nosotros.» 39 Pero Jesús dijo: «No se lo impidáis, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí. 40 Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros.»).

Por lo tanto, no cabe duda de la historicidad, que sus contemporáneos le reconocían, acerca de la capacidad exorcizadora de Jesús de Nazaret.

b) Respecto de la historicidad del hecho concreto que se nos relata, la cosa cambia, pero vayamos por partes.

El texto examinado nos es presentado por los sinópticos de forma dispar.

Marcos y Lucas lo hacen de forma prácticamente idéntica, mientras que Mateo difiere grandemente de los textos marcano y lucano.

Sin embargo, los tres concuerdan plenamente en la ubicación geográfica, histórica y contextual, lo que ya nos aporta un dato, puesto que tal concordancia no es usual entre los tres evangelistas.

Los sinópticos recogen el acontecimiento en el centro de una serie de milagros.

Marcos y Lucas en paralelo: tempestad calmada, endemoniado gadareno, hemorroísa y reavivación de la hija de Jairo.

Por su parte, Mateo, si bien recoge estos mismos hechos extraordinarios en la misma secuencia temporal, introduce, entre ellos, la sanación de un paralítico a la vuelta de Jesús a Nazaret (Mt. 9, 1-8 = Mc. 2, 3-12 y Lc.5, 18-26), el llamamiento al propio evangelista (Mt. 9, 9-13 = Mc. 2, 14-17 y Lc. 5, 27-32]) y un discurso sobre el ayuno, en respuesta a una controversia con los discípulos del Bautista (Mt. 9, 9-13 = Mc. 2, 14-17 y Lc. 5, 27-32)

Siguiendo con la consideración histórica del hecho presentado, hemos de precisar, primeramente, lo que entendemos por exorcismo como acción.

Tal acción es entendida como un conjunto de ritos o disposiciones que permiten al exorcista liberar a una persona de la posesión de un espíritu, generalmente demoníaco, maligno o inmundo, que anula sus capacidades mentales y físicas, sin que su minusvalía pueda ser achacada a patologías físicas o mentales reconocidas por la ciencia y la medicina.

Si bien en la literatura veterotestamentaria, el exorcismo y la posesión demoníaca que lo origina, no es desconocido, sí es singular. Ya que lo encontraremos exclusivamente en 1Sm. 16, 14-23 (14 El espíritu de Yahveh se había apartado de Saúl y un espíritu malo que venía de Yahveh le perturbaba. 15 Dijéronle, pues, los servidores de Saúl: «Mira, un espíritu malo de Dios te aterroriza; 16 permítenos, señor, que tus siervos que están en tu presencia te busquen un hombre que sepa tocar la cítara, y cuando te asalte el espíritu malo de Dios tocará y te hará bien.» 17 Dijo Saúl a sus servidores: «Buscadme, pues, un hombre que sepa tocar bien y traédmelo.» 18 Tomó la palabra uno de los servidores y dijo: «He visto a un hijo de Jesé el belemita que sabe tocar; es valeroso, buen guerrero, de palabra amena, de agradable presencia y Yahveh está con él.» 19 Despachó Saúl mensajeros a Jesé que le dijeran: «Envíame a tu hijo David, el que está con el rebaño.» 20 Tomó Jesé cinco panes, un odre de vino y un cabrito y lo envió a Saúl con su hijo David. 21 Llegó David donde Saúl y se quedó a su servicio. Saúl le cobró mucho afecto y le hizo su escudero. 22 Mandó Saúl a decir a Jesé: «Te ruego que tu hijo David se quede a mi servicio, porque ha hallado gracia a mis ojos.» 23 Cuando el espíritu de Dios asaltaba a Saúl, tomaba David la cítara, la tocaba, Saúl, encontraba calma y bienestar y el espíritu malo se apartaba de él.) y 18, 10-11 (10 Al día siguiente se apoderó de Saúl un espíritu malo de Dios y deliraba en medio de la casa; David tocaba como otras veces. Tenía Saúl la lanza en la mano. 11 Blandió Saúl la lanza y dijo: «Voy a clavar a David en la pared.» Pero David le esquivó dos veces.), dentro del canon judío, mientras que encontraremos más ejemplos en los deuterocanónicos (Libro de Tobías fundamentalmente).

Sin embargo, sí es algo frecuente en la literatura judía intertestamentaria (referido, fundamentalmente, a las capacidades exorcizadoras del rey Salomón).

A su vez, este tipo de hechos y actividades, figuran en culturas tan antiguas como las sumeria y acadia, por no decir de la babilónica, asiria o egipcia (dentro del contexto cultural y geográfico del Medio Oriente).

Por lo tanto, no estamos ante algo ajeno a la cultura temporal y geográfica en que nos movemos.

Desde nuestro presente, la mención del exorcismo nos retrotrae a relatos de terror y fantasía más que a realidades espirituales ciertas.

No en vano, la cultura griega antigua, de la que bebemos, es bastante reacia a este tipo de posesiones.

No obstante, la figura del exorcista es real, hoy en día, en la Iglesia Católica Romana y, aunque muy ocasionalmente, aún se siguen practicando ritos de tal especie.

Sin embargo, cuando nos acercamos al mundo judío del siglo I, con referencia a ritos exorcistas, hemos de hacerlo con sumo cuidado, toda vez que, ésta cultura, englobaba en tal categoría, patologías psíquicas y mentales que hoy están catalogadas y reciben tratamiento clínico (por ejemplo la epilepsia).

Por lo tanto, respecto de la veracidad histórica del hecho que se nos relata, tal cual, me inclino por las mismas consideraciones hechas en otra parte de este trabajo respecto de otro tipo de milagros y curaciones atribuidas a Jesús de Nazaret: es imposible, por falta de datos empíricos y pruebas médicas, conocer la realidad del paciente antes de la sanación.

A consecuencia, ante relatos como el que nos ocupa, me limitaré a considerarlos como experiencias de fe de las tradiciones que le dan lugar.

Más concretamente, respecto del endemoniado que nos presenta Marcos, las descripciones psicopatológicas que el evangelista describe, resultan de un asombroso parecido con la sintomatología de los afectados por el Síndrome de Gilles de la Tourette (que personalmente conozco a la perfección), ya que se da la confluencia de gritos extemporáneos, autolesiones, fuerza inusitada, etc., todas ellas manifestaciones de los llamados "trastornos asociados" de la citada patología.

A este respecto, conviene realizar algunas puntualizaciones acerca de las fuentes del texto contemplado.

A primera vista, podríamos decir que el origen estaría en la tradición marcana como suele ser habitual cuando los sinópticos coinciden en un relato.

Sin embargo, en este caso, hay fundadas sospechas de que nos encontremos ante dos tradiciones confluyentes, pero diferentes.

Por un lado estaría la tradición marcana, que genera su propio texto y el de Lucas, ya que ambos son coincidentes en texto y estructura, aunque se distinguen diversos aportes del evangelista que inducen a una cristología inmanente (Mc. 5, 7; Lc. 8, 28 y Lc. 8, 38).

Por otro lado estaría la tradición mateana, a través de las fuentes propias de este evangelista, ya que las diferencias entre su texto y el de Marcos (y Lucas) son básicas y elementales:

1) Para mateo son dos los endemoniados que se acercan a Jesús, mientras que Marcos y Lucas sólo relatan uno.

2) Mateo omite absolutamente las circunstancias personales de los endemoniados.

3) Mateo, en su ver. 29, introduce una temporalidad que está ausente del resto de los sinópticos.

4) También omite completamente el diálogo primigenio de Jesús con el espíritu.

5) De este evangelista está ausente la constatación de la liberación del poseso por sus conciudadanos.

6) Tampoco recoge la intencionalidad del liberado de seguir a Jesús y el rechazo de éste.

Tantas diferencias hacen pensar que los orígenes de los textos son diferentes, aunque el hecho recogido sea el mismo, con lo cual, estaríamos ante una manifestación de testimonio múltiple que nos acercaría a la historicidad del relato, sin entrar en consideraciones sobre el acontecimiento real.

Siguiendo nuestro esquema de trabajo, hagamos un repaso sobre los textos para desentrañar algunos de sus significados.

Lo primero que resalta es la situación geográfica. Jesús, y su grupo, pasan "al otro lado", a la Decápolis. Esto no es banal, porque estamos en tierra de infieles y gentiles. Son las afueras de Israel y, por tanto, despreciables.

Jesús obvia este circunstancia, continúa llevando el Reino a quien lo necesita. Carece de importancia que esté dentro o fuera del reducto teocrático del pueblo de la alianza. Más bien reviste mayor importancia su actitud de "desplazarse afuera" que la contraria. La predicación y enseñanza de Cristo comienza a rebelarse como algo extensivo a la humanidad, no sólo al pueblo elegido. Es una predicación itinerante. Él va en busca de otros horizontes que rompan el corsé religioso de la época. Habríamos de fijarnos detenidamente en esta actitud abierta de Cristo para compararla con la nuestra, inclinada sobre nosotros mismos y, generalmente, centrípeta y pasiva.

El segundo aspecto resaltable del texto lo encontramos en la acción del poseso.

Va en busca de Cristo, nada más bajar de la barca que le ha depositado en esa tierra.

Ante esta actitud podríamos preguntarnos nosotros mismos. ¿Vamos en busca de Cristo?, O ¿nos quedamos cómodamente en nuestras ciudadelas postmodernas ensimismados en nuestra autocomplacencia?.

El poseso (posesos en el caso de Mateo) viven en las afueras, no sólo de la civilización elegida, sino en los aledaños de la ciudad gentil. Los sepulcros de que nos hablan los evangelistas no son los cementerios de nuestra época. En aquella época, los sepulcros se encontraban excavados en los montes, lejos de las ciudades, apartados de ellas para evitar cualquier tipo de contaminación.

Al endemoniado se le había atado con cadenas y grilletes, pero él se había liberado en su desesperación, haciendo que nadie pudiera pasar por donde él habitaba.

Este relato guarda grandes semejanzas con nuestros guetos de exclusión y marginación.

De la misma forma tratamos nosotros a nuestros particulares "endemoniados". A los drogadictos, a los emigrantes, etc.

Los obligamos a vivir en nuestras afueras, en nuestros "sepulcros" exteriores a nuestra comodidad civilizada por los que no pasamos nunca y jamás escuchamos sus gritos de justicia. Eso sí, cuando podemos, los engrilletamos y encerramos en cárceles y presidios que carecen de utilidad salvadora, pues el poseso, cuando vuelve al exterior, se ve abocado a reintegrarse en el mundo que conoce: la exclusión crea un círculo vicioso del que es imposible salir si no se presenta un espíritu como el de Cristo que, con su palabra, aporta una esperanza cierta de salvación y futuro.

Otro aspecto significativo del relato es la fórmula que Cristo utiliza para la salvación del endemoniado.

El exorcismo, salvo en el caso de Cristo, se hace mediante complejos ritos y siempre en nombre de alguien. Los primeros cristianos, incluso los apóstoles, exorcizaban "en nombre de Jesús-Cristo".

El texto que contemplamos nos da una muestra de la predicación y misión cristiana: el Reino de Dios se ha acercado y algunas de sus realidades ya se hacen presentes.

Cristo, por sí mismo, sin necesidades de otros conjuros, aporta la verdad de la esperanza (yo soy la verdad y la vida, el cree en mí vivirá eternamente). Su Palabra es, en sí misma, capaz de liberarnos de nuestros propios y personales demonios, que, como los del poseso del evangelio, son legión = muchos.

Estos demonios nos atenazan y engrilletan a la materialidad de la vida superficial y placentera: el poder, el dinero, la indiferencia, el desprecio, la violencia, el individualismo egoísta...

Cuando, tras recibir la Palabra de Cristo, somos capaces de expulsar nuestras ataduras demoníacas, éstas se revisten de su más baja condición (en Israel, el cerdo era el animal más inmundo e inútil) y son despeñadas y alejadas definitivamente de nosotros (se ahogaron en el mar). Pero para ello es necesario: 1) ir en busca de Jesús, 2) reconocer en Él al Hijo de Dios Altísimo y 3) permitir que su palabra nos invada y expulse y aleje de nosotros los demonios que nos trastornan para la vida.

La reacción de las gentes vecinas del endemoniado tampoco difiere demasiado de nuestras propias reacciones ante los rehabilitados de nuestra sociedad: simplemente no nos lo terminamos de creer. Pero no solamente mantenemos el rechazo hacia el sanado, sino que también lo hacemos extensivo hacia quienes se mezclan con ellos. El miedo a que sea incierta su recuperación nos obliga a sostener la exclusión y exigimos que ambos se alejen de nuestra comodidad.

La última parte del relato nos da una muestra de la misericordia y tolerancia de Cristo.

Cristo ofrece sus dones de forma gratuita. No pide nada a cambio, ni siquiera que le sigamos o que se lo agradezcamos. Cuando el salvado de los demonios pretende irse con Él, Cristo, sorprendentemente para nuestra lógica materialista, le conmina a que vuelva a su casa, a sus quehaceres normales, a la cotidianeidad y propague la misericordia de Dios y la realidad de su Reino. No nos pide un seguimiento rígido. Desde la normalidad de nuestra vida, tras la asunción de la Palabra, también se puede servir a la construcción del Reino, sólo hemos de reconocer el poder sanador de Cristo y hacer partícipes de ello a quienes nos rodean, con objeto de constituirnos en bálsamo sanador para nuestro entorno.

Mt. 9, 1-8 Mc. 2.1-12 Lc. 5.17-26

1 Entonces, entrando Jesús en la barca, pasó al otro lado y vino a su ciudad.

 

 

 

1 Entró Jesús otra vez en Capernaum después de algunos días; y se oyó que estaba en casa.

 

 

 

17 Aconteció un día, que él estaba enseñando, y estaban sentados los fariseos y doctores de la ley, los cuales habían venido de todas las aldeas de Galilea, y de Judea y Jerusalén; y el poder del Señor estaba con él para sanar.

 

2 E inmediatamente se juntaron muchos, de manera que ya no cabían ni aun a la puerta; y les predicaba la palabra.

 

2 Y sucedió que le trajeron un paralítico, tendido sobre una cama;...

3 Entonces vinieron a él unos trayendo un paralítico, que era cargado por cuatro.

4 Y como no podían acercarse a él a causa de la multitud, descubrieron el techo de donde estaba, y haciendo una abertura, bajaron el lecho en que yacía el paralítico.

18 Y sucedió que unos hombres que traían en un lecho a un hombre que estaba paralítico, procuraban llevarle adentro y ponerle delante de él.

19 Pero no hallando cómo hacerlo a causa de la multitud, subieron encima de la casa, y por el tejado le bajaron con el lecho, poniéndole en medio, delante de Jesús.

... 2 y al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados.

5 Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados

20 Al ver él la fe de ellos, le dijo: Hombre, tus pecados te son perdonados.

3 Entonces algunos de los escribas decían dentro de sí: Este blasfema.

6 Estaban allí sentados algunos de los escribas, los cuales cavilaban en sus corazones:

7 ¿Por qué habla éste así? Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?

21 Entonces los escribas y los fariseos comenzaron a cavilar, diciendo: ¿Quién es éste que habla blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?

4 Y conociendo Jesús los pensamientos de ellos, dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? 5 Porque, ¿qué es más fácil, decir: Los pecados te son perdonados, o decir: Levántate y anda?

8 Y conociendo luego Jesús en su espíritu que cavilaban de esta manera dentro de sí mismos, les dijo: ¿Por qué caviláis así en vuestros corazones? 9 ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decirle: Levántate, toma tu lecho y anda?

22 Jesús entonces, conociendo los pensamientos de ellos, respondiendo les dijo: ¿Qué caviláis en vuestros corazones? 23 ¿Qué es más fácil, decir: Tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate y anda?

6 Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dice entonces al paralítico): Levántate, toma tu cama, y vete a tu casa

10 Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico):11 A ti te digo: Levántate, toma tu lecho y vete a casa.

24 Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico): A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa.

7 Entonces él se levantó y se fue a su casa.

12 Entonces él se levantó enseguida, y tomando su lecho, salió delante de todos, ...

25 Al instante, levantándose en presencia de ellos, y tomando el lecho en que estaba acostado, se fue a su casa, glorificando a Dios.

8 Y la gente, al verlo, se maravilló y glorificó a Dios, que había dado tal potestad a los hombres.

...12 de manera que todos se asombraron, y glorificaron a Dios, diciendo: Nunca hemos visto tal cosa.

26 Y todos, sobrecogidos de asombro, glorificaban a Dios; y llenos de temor, decían: Hoy hemos visto maravillas.

Perícopa recogida al unísono por los sinópticos, procedente de las fuentes de Marcos y seguido con exactitud por Lucas y, menos, por Mateo.

Aunque los evangelistas nos están presentando una acción milagrosa de Jesús, el núcleo fundamental de esta perícopa está en la cristología derivada de las frases "hijo, tus pecados te son perdonados" y "para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar los pecados...".

En esta perícopa se conjugan tres estilos literarios del Evangelio.

Por un lado, tenemos el relato del milagro, donde se nos hace una presentación del acontecimiento, con una preparación rocambolesca por parte de Marcos y Lucas, que Mateo omite (llevan al paralítico entre cuatro y, como no pueden entrar por la puerta porque está repleta de gente, lo descuelgan por el tejado para presentárselo a Jesús), correspondiendo al estilo narrativo y con una gran carga teológica utilizada por los evangelistas para remarcar la importancia de la fe para alcanzar los bienes del Reino.

Por otra parte, tenemos la controversia con fariseos y doctores de la ley (escribas para Mateo), a causa de la sentencia de Jesús (tus pecados te son perdonados -> éste blasfema), que correspondería al estilo dialéctico.

Por último, nos entrega un pequeño discurso de Jesús, hacia los religiosos, mediante el cual, Cristo nos revela su dualidad natural (para que veáis que el Hijo del Hombre...), correspondiente al estilo discursivo.

Comparativamente, las exposiciones marcana y lucana son equivalentes y prácticamente idénticas, tanto en su estructura, como en el núcleo expositivo.

Tenemos aportaciones de Lucas en el ver. 17, muy en su línea intencional, dirigidas a remarcar la popularidad de Jesús y, por ende, su mesianismo (el poder del Señor estaba con Él para sanar), así como en el ver. 25 que reitera la glorificación a Dios recogida también en el 26, aunque personalizándolo en el sanado.

Los tres evangelistas colocan este hecho en el curso de la predicación Galilea del Nazareno, precisando Marcos su ubicación en Cafarnaúm.

Por su parte, Mateo, aunque cita "su ciudad", parece claro que no se refiere a Nazaret, donde volveremos a verle en Mt. 13, 54 (Viniendo a su patria, les enseñaba en su sinagoga, de tal manera que decían maravillados: «¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros?), sino a la propia Cafarnaúm, en la que Jesús había fijado su residencia (en casa de Pedro), como veíamos en Mt. 4, 13 (Y dejando Nazaret, vino a residir en Cafarnaúm junto al mar, en el término de Zabulón y Neftalí;), de ahí la calificación de "su ciudad" referida a Cafarnaúm.

Mateo es el más escueto en el relato, omitiendo los adornos de los otros dos evangelistas, acerca de la peripecia del tejado, aunque sí recoge la admiración de Jesús por la fe de los que trasportaban al paralítico.

Sin embargo, los tres evangelistas coinciden en el núcleo de la perícopa que hemos citado anteriormente, por lo que el análisis lo realizaremos en conjunto.

Como es costumbre en este trabajo, no entraré en la historicidad del hecho milagroso que se nos presenta, sino en su significación teológica desde mi experiencia de fe.

En este caso, alterando la mecánica utilizada en esta obra, y dada la trascendencia cristológica de las palabras de Jesús, abordaré primero esa significación teológica del signo, para acometer después la controversia con la casta religiosa y la sentencia de Jesús.

Lo primero que llama la atención del milagro relatado, es la libertad puesta de manifiesto por Cristo en su actitud.

Tal como nos relata la exposición evangélica, a Jesús, aprovechando su fama taumatúrgica, le presentan un paralítico para que sea curado. Sin embargo, la pretensión de curación no aparece explícita en el texto, por lo que hemos de suponerla a la luz de los acontecimientos que se nos narran.

Jesús entiende que la acción extraordinaria de los amigos, o familiares, del paralítico, está encaminada a presentárselo para que lo libere de su esclavitud, la cual se explicita por su postración en una camilla y que, por tanto (la parálisis significa inmovilismo), le imposibilita para la vida cotidiana normalizada, pero también en el plano espiritual.

Desde ese posicionamiento, Cristo afronta la sanación del postrado atendiendo prioritariamente a su parálisis espiritual, cuando lo que todos esperábamos era la liberación de su esclavitud fisiológica.

En ello vemos nuestra propia actitud de acercamiento a Cristo.

Solemos utilizarle como muletilla para solventar nuestras penurias materiales inmediatas, cuando, lo prioritario, desde la óptica de Dios, es la esclavitud del pecado que nos genera parálisis. Situación que, para Cristo, es primigenia respecto de cualquier otra (Mt. 6, 31-33: 31 No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿Qué vamos a beber?, ¿Con qué vamos a vestirnos? 32 Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. 33 Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura), aunque ello cause sorpresa, rechazo y pasmación en los espectadores y demandantes de sus favores.

Con su actitud, Cristo nos traslada un mensaje fundamental para nuestra vida de creyentes: Aun desde la enfermedad se puede atisbar el Reino y la felicidad, ya que ésta no pasa por cuotas de "calidad de vida", sino por "cuotas de cercanía a Dios" y ello sólo es posible tras la liberación de las ataduras materiales y su sustitución por la libertad verdadera emanada de la limpieza de espíritu.

El aspecto básico de la existencia, desde la perspectiva cristiana, no se prioriza mediante la "normalidad" o la estabilidad material, sino en la liviandad espiritual, una vez arrojado el lastre de pecado que todos arrastramos.

La verdadera libertad se alcanza por el camino estrecho del seguimiento a Cristo, no por el amplio de la disponibilidad materialista que nuestra sociedad materialista nos propone.

Así es ahora, como también lo era en la época del Jesús histórico, por lo cual tiene pleno sentido y vigencia la frase de Cristo a escribas y fariseos "¿qué es más fácil, decir: los pecados te son perdonados, o decir: levántate y anda?".

Es la pregunta permanente que Cristo nos dirige a todos nosotros, porque dispone de plena capacidad para hacerla, ya que Él sí era capaz de introducir en su corazón las miserias del que tiene enfrente (miseri-cordia) y, desde ese posicionamiento, acometer el perdón de los pecados del hermano. Todo lo contrario a lo que nuestros modelos sociales nos reflejan, donde el impulso primario nos dirige, fundamentalmente, a la cobertura de las necesidades inmediatas (reales o generadas), con lo cual, la parálisis, cuando no las alcanzamos, nos aprisiona en el marasmo consumista y competitivo, asilándonos en nuestros reductos individualistas desde los que es imposible atisbar las miserias ajenas porque las propias lo invaden todo.

Una vez introducida la significación teológica que el milagro me sugiere, desde mi experiencia de fe, pasaremos al análisis del texto, ya que éste, se encuentra liberado de la carga teológica del relato que acabamos de contemplar.

En esta parcelación, distinguimos una cristología poco habitual en los sinópticos, derivada de la toma de postura, por parte de Jesús, respecto de las auto-atribuciones que Él mismo realiza sobre su persona en los ver. 6 de Mt., 10-11 de Mc. y 24 de Lc., muy semejantes a la intencionalidad global del Evangelio redactado por Juan.

Vayamos por partes hacia la disección del texto contemplado.

Las claves del relato hemos de anclarlas en los siguientes fragmentos:

- Ver. 2 de Mt. Ver. 5 de Mc. Ver. 20 de Lc.

- Ver. 3-5 de Mt. Ver. 6-9 de Mc. Ver. 21-23 de Lc.

- Ver. 6 de Mt. Ver. 10-11 de Mc. Ver. 24 de Lc.

En orden a rastrear los dichos y actitudes contenidas en estos versículos, como procedentes del Jesús histórico, o de su entorno, y no como generados por la Iglesia primitiva, o los propios evangelistas, pasaremos a aplicarles los criterios habituales.

El testimonio múltiple aplicado a las tres redacciones no nos resulta de utilidad, ya que, claramente, los textos lucano y mateano, derivan del original marcano. Más en el caso de aquél que en el de éste, donde se nos presenta un relato más conciso y categórico.

Sin embargo, sí podríamos llegar a aplicárselo, como consecuencia de la gran semejanza de las frases contenidas en esta perícopa con respecto al relato que Juan nos presenta en Jn. 5, 1-18 (curación del paralítico de Betsaida).

Así, vemos un enorme paralelismo general entre ambos relatos (imposibilidad del afectado para demandar la sanación y la indicación de Jesús hacia la estabilidad espiritual del paralítico). Ni en el relato sinóptico que contemplamos, ni en el citado de Juan, el paralítico pide directamente a Jesús su sanación, sino que se constituyen en un sujeto pasivo de la acción del Nazareno.

Para mayor abundancia, no sólo encontramos semejanzas generales, sino, incluso, frases paralelas entre ambos relatos.

Así en Jn. 5, 8 (Jesús le dice: «Levántate, toma tu camilla y anda.»), se contempla una equivalencia con la segunda parte de Mt. 9, 6; Mc. 2, 11 y Lc. 5, 24 (final).

Semejanza, también, entre Jn. 5, 14 (Más tarde Jesús le encuentra en el Templo y le dice: «Mira, estás curado; no peques más, para que no te suceda algo peor.») con la intencionalidad de Mt. 9, 2 (par.); Mc. 2, 5 y Lc. 5, 20.

A la vista de las semejanzas, junto con la reacción de los judíos de Jn. 5, 18 (Por eso los judíos trataban con mayor empeño de matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios.), en comparación con Mt. 9, 3; Mc. 2, 7 y Lc. 5, 21; nos llevan a determinar que la aplicación del testimonio múltiple, en este caso, contextual y literariamente, es de plena vigencia.

El criterio de coherencia, referido al perdón de los pecados, podemos aplicarlo en base a Jn. 8, (11 Ella respondió: «Nadie, Señor.» Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.» ); Mt. 18, 22 (Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.»)y su correspondencia con Lc. 17, 4; Mt. 6, 14-15 (14 «Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; 15 pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas.); Mt. 12, 31 («Por eso os digo: Todo pecado y blasfemia se perdonará a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada.) y sus correspondencias con Mc. 3, 28-29 y Lc. 12, 10.

Para mayor abundancia, si partimos de la premisa, supuesta en otra parte de este trabajo, de la pertenencia de Jesús, en algún momento anterior al inicio de su ministerio, al discipulado del Bautista, el perdón de los pecados conformaba una parte fundamental de la predicación de éste, como podemos ver en Mc. 1, 4 (apareció Juan bautizando en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados.) y su correspondencia con Lc. 3,3. Aun salvando las distancias entre ambos predicadores, es probablemente de aquí, de donde Jesús toma la idea y la aplica a su propia predicación escatológica que gravita sobre la llegada del Reino.

El criterio de discontinuidad, salta inmediatamente a la palestra al contemplar Mt. 9, 2, Mc. 2, 5 y Lc. 5, 20.

La tradición religiosa judía, como los escribas manifiestan en Mc. 2, 7 y Lc. 5, 21 (par.), otorga a Dios, con exclusividad, la posibilidad de perdonar los pecados.

Para reafirmar esta consideración, disponemos de diversos ejemplos, tanto en la literatura veterotestamentaria, salmista o intertestamentaria.

Así podemos contemplar esta capacidad en Ex. 34, 7 (que mantiene su amor por millares, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado, pero no los deja impunes; que castiga la iniquidad de los padres en los hijos y en los hijos de los hijos hasta la tercera y cuarta generación.») y 9 (diciendo: «Si en verdad he hallado gracia a tus ojos, oh Señor, dígnese mi Señor venir en medio de nosotros, aunque sea un pueblo de dura cerviz; perdona nuestra iniquidad y nuestro pecado, y recíbenos por herencia tuya.»); Lev. 4 (completo); Lev. 5 (parcialmente); Num. 15, 25-28 (25 El sacerdote expiará por toda la comunidad de los israelitas, y se les perdonará, porque ha sido un descuido. Cuando presenten sus ofrendas, como manjar abrasado a Yahveh, y su sacrificio por el pecado delante de Yahveh por su descuido, 26 se le perdonará a la comunidad de los israelitas y al forastero que reside entre ellos, pues el pueblo entero lo ha hecho por inadvertencia. 27 En el caso de que una sola persona haya pecado por inadvertencia, ofrecerá en sacrificio por el pecado una cabrita de un año. 28 El sacerdote expiará delante de Yahveh por la persona que se ha descuidado con ese pecado de inadvertencia; cuando se haga expiación por ella, se le perdonará,); 1R 8, 30 («Oye, pues, la plegaria de tu siervo y de tu pueblo Israel cuando oren en este lugar. Escucha tú desde el lugar de tu morada, desde el cielo, escucha y perdona.) y 39 (escucha tú desde los cielos, lugar de tu morada, perdona y da a cada uno según sus caminos, pues tú conoces su corazón y sólo tú conoces el corazón de todos los hijos de los hombres,); Sal. 130, 4 (Mas el perdón se halla junto a ti, para que seas temido) y Si. 5, 6 (No digas: «Su compasión es grande, él me perdonará la multitud de mis pecados.» Porque en él hay misericordia, pero también hay cólera, y en los pecadores se desahoga su furor.)

En todas estas citas vemos cómo, de una forma u otra, la capacidad de perdón se atribuye a Dios, aunque, a veces, se utilicen mediaciones sacerdotales y/o sacrificiales, pero, jamás se otorga esta capacidad a persona distinta de Yahweh.

La auto-atribución que Jesús hace de esta capacidad indulgente, que se manifiesta en los versículos citados, además de en Mt. 9, 6; Mc. 2, 10 y Lc. 5, 24, rompe totalmente con la tradición religiosa de la época, lo que justifica la acusación teológica de "blasfemo" por parte de escribas y fariseos y ampara la aplicación del criterio de discontinuidad.

Por lo que se refiere a la capacidad de Cristo para el perdón de los pecados, además de los textos contemplados, podemos encontrarlo en Hc. 5, 31 (A éste le ha exaltado Dios con su diestra como Jefe y Salvador, para conceder a Israel la conversión y el perdón de los pecados); Hc. 10, 43 (De éste todos los profetas dan testimonio de que todo el que cree en él alcanza, por su nombre, el perdón de los pecados.»); Hc. 13, 38 («Tened, pues, entendido, hermanos, que por medio de éste os es anunciado el perdón de los pecados; y la total justificación que no pudisteis obtener por la Ley de Moisés); Hc. 26, 18 (para que les abras los ojos; para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás a Dios; y para que reciban el perdón de los pecados y una parte en la herencia entre los santificados, mediante la fe en mí."); Ef. 1, 7 (En él tenemos por medio de su sangre la redención, el perdón de los delitos, según la riqueza de su gracia) y, contextualmente, en Jn. 5, 27 (y le ha dado poder para juzgar, porque es Hijo del hombre), con lo que, además de la coherencia y discontinuidad, tendríamos un caso claro de testimonio múltiple de fuentes, contextos y formulación literaria, teniendo su culminación en la formulación eucarística de Mt. 26, 28 (porque ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados.).

El criterio de dificultad estaría directamente conectado con el anterior.

No parece razonable que algún redactor de la Iglesia primitiva introdujese, por su cuenta, frases como "¿Quien puede perdonar los pecados, sino sólo Dios?", o el propio contexto global del relato, donde la taumaturgia de Jesús, que era uno de los pilares apologéticos del principio del cristianismo, queda en un segundo plano frente a la acción misericordiosa del Maestro.

Por último, el criterio de ejecución queda patente en la calificación de blasfemo por parte de escribas y fariseos, lo cual queda apoyado por el contenido multitestimonial de Mt. 26, 65 (Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestidos y dijo: «¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia.); Mc. 14, 64 (Habéis oído la blasfemia. ¿Qué os parece?» Todos juzgaron que era reo de muerte.) y Jn. 5, 18 (Por eso los judíos trataban con mayor empeño de matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios).

Tras esta incursión historicista, queda, en mi opinión, meridianamente claro el carácter de autenticidad de los dichos contenidos en esta perícopa, por lo que, con una cierta garantía, podrían ser atribuidos al Jesús histórico, así como el contexto global del relato.

En otras palabras, que Jesús realizó prodigios en Cafarnaúm es algo reiterado a lo largo del Evangelio. Que esta curación sucediera tal y como nos la presentan los evangelistas, es algo imposible de dilucidar con las herramientas historicistas de que disponemos, pero los dichos contenidos en esta parcelación sí parecen proceder del Jesús histórico, por lo que no es descabellado hacer extensiva esta consideración hacia el resto del relato, aunque posiblemente, las cosas no sucedieran como nos son narradas.

En este texto vemos a Jesús rodeado de una multitud de seguidores (inmediatamente se juntaron muchos, de manera que ya no cabían, ni aún a la puerta), precedido de una fama taumatúrgica y predicatoria que impide a los necesitados e impedidos acercarse a Él, por lo que han de utilizar las formas que le sean posibles para tal acercamiento (lo bajaron por el tejado). Se nos dan dos datos con una carga teológica importante: muchos son los que le siguen, atraídos por el resplandor de su poder sanador, hasta el punto de que quienes, en verdad le necesitan, no pueden acercarse a Él, aunque, sin embargo, impelidos por su fe, usan de todo tipo de artimañas para disfrutar de su compañía.

Ante la contundencia de los medios utilizados para solventar la necesidad de sanación, Cristo hace apología de la fe mostrada y, en lugar de una acción sanadora del cuerpo, acomete la salvación de su alma, como uno más de los signos de la presencia del Reino en la tierra (Hijo, tus pecados te son perdonados). Las obras de la fe son las que Cristo aprecia (Stg. 2, 22 [¿Ves cómo la fe cooperaba con sus obras y, por las obras, la fe alcanzó su perfección?]) y por ellas ejerce su misericordia e indulgencia.

Esta actitud rupturista y libertaria genera rechazo en la casta religiosa que se constituye en observadora y se cree depositaria exclusiva de la posibilidad mediadora entre Dios y el hombre, por lo que Cristo, tomando conciencia de esta falacia y cicatería, ejerce un acto demostrativo de su poder dual sanador, liberando al inválido, no sólo de su esclavitud física, sino, especialmente, de la que aquejaba a su espíritu. Así, además, se constituye en vehículo directo de salvación, obviando intermediaciones y recovecos. El que perdona los pecados (salva y sana) es directamente Cristo, soslayando cualquier mediación.

El signo que hemos presenciado revela el carácter absoluto que emana de la presencia de Dios gobernando la historia, desde la propia historia, pero respetando la libertad humana con exquisita escrupulosidad.

Mc. 1, 35-39 Lc. 4.42-44

35 Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba.

42 Cuando ya era de día, salió y se fue a un lugar desierto; ...

36 Y le buscó Simón, y los que con él estaban; 37 y hallándole, le dijeron: Todos te buscan.

42...y la gente le buscaba, y llegando a donde estaba,...

42... le detenían para que no se fuera de ellos.

38 El les dijo: Vamos a los lugares vecinos, para que predique también allí; porque para esto he venido.

43 Pero él les dijo: Es necesario que también a otras ciudades anuncie el evangelio del reino de Dios; porque para esto he sido enviado.

39 Y predicaba en las sinagogas de ellos en toda Galilea, y echaba fuera los demonios.

44 Y predicaba en las sinagogas de Galilea.

Como cualquier otro relato narrativo, el Evangelio, tiene momentos de intensidad y otros de carácter copulativo que sirven de nexo entre un y otro episodio.

Este es uno de esos momentos hilativos, que nos sirve para unir dos momentos en las dos redacciones que nos lo presentan.

La fuente de este acontecer parece claramente fijada en Marcos, de donde, posiblemente, Lucas toma sus referencias para incluirlo en su redacción. Ambas redacciones son equivalentes y nos sitúan a Jesús en plena predicación en Galilea.

Por su parte, Marcos coloca este nexo entre dos milagros realizados en Cafarnaúm, el de la sanación de la suegra de Pedro y el de la limpieza del leproso. El pasaje que estamos contemplando, por lo tanto, tiene la utilidad fundamental de recoger, siquiera someramente, el periplo predicativo de Jesús en Galilea, ya que el ver. 39, nos lo presenta recorriendo esta región, mientras que los dos milagros citados, como mencionamos anteriormente, se producen en la ciudad de residencia habitual de Jesús (Cafarnaúm).

A su vez, Lucas sitúa este acontecimiento entre el mismo milagro de la sanación de la suegra de Pedro y el de la pesca milagrosa del lago de Genesaret, el cual, da lugar a la llamada de los primeros apóstoles.

La intencionalidad de ambos evangelistas, pues, es paralela: reseñar que Jesús recorrió las sinagogas de Galilea predicando, aunque ambos vuelven al mismo punto(Cafarnaúm) para ubicar los milagros mencionados.

La primera circunstancia resaltable de esta perícopa nos la encontramos al comienzo de la redacción marcana.

La circunstancia de soledad en la oración por parte de Jesús, a lo largo de todo el Evangelio, es una constante que otorga diferencias fundamentales para con las costumbres de la época (criterio de discontinuidad).

Así nos encontramos a Cristo predicando la soledad en la oración en Mt. 6, 6-7 (al hilo de Dan. 6, 11[Al saber que había sido firmado el edicto, Daniel entró en su casa. Las ventanas de su cuarto superior estaban orientadas hacia Jerusalén y tres veces al día se ponía él de rodillas, para orar y dar gracias a su Dios; así lo había hecho siempre]), orando en soledad, en lugares apartados, en Mt. 14, 23 y su correspondencia con Mc. 6, 46 (inmediatamente antes de su caminata sobre las aguas); Mt. 26, 36 y su correspondencia con Lc. 22, 44 (Getsemaní); Lc. 5, 16 (limpieza del leproso); Lc. 6, 12 (inmediatamente antes de la elección de los 12); Lc. 9, 18 (la confesión de Pedro); Lc. 9, 28 (la transfiguración) y Lc. 11, 1 (proclamación del Padrenuestro).

En la misma línea, vemos al grupo de Pablo orando en lugar apartado en Hc. 16, 13 (El sábado salimos fuera de la puerta, a la orilla de un río, donde suponíamos que habría un sitio para orar. Nos sentamos y empezamos a hablar a las mujeres que habían concurrido.).

Esta relación de situaciones, nos aporta un dato importante, ya que en ella se da la confluencia de criterios historicistas importantes, puesto que además del citado de discontinuidad, tal aglomeración de oraciones en solitario nos ofrece un testimonio múltiple de fuentes, formas y contextos.

A su vez, el de coherencia quedaría apoyado con la cita realizada de Mt. 6, 6-7 (6 Tú, en cambio, cuando vayas a orar, = entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora = a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. 7 Y al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados.), ya que en este par de versículos, Cristo nos enseña la privacidad de la oración, como apología del diálogo íntimo del creyente con el Padre.

De todo lo anterior, podemos deducir que la tradición de la soledad en la oración procede, muy probablemente, del Jesús histórico, por lo que la perícopa contemplada, que a priori, sólo constituía un nexo entre acontecimientos, cobra cierta importancia.

En el mismo sentido, la situación de privacidad que nos relatan los evangelistas, tiene un significado teológico importante, ya que nos resalta la humildad de quien eleva sus plegarias al Padre y el modo en que debe hacerlo: en soledad e intimidad, lejos de la parafernalia ritual y litúrgica de nuestros tiempos. La oración es un momento especial de diálogo franco y abierto con Dios, no un instrumento de escaparate hacia el mundo. Cristo huye de que las gentes le observen orando y se refugia en la soledad para acercarse más al Padre. Es importante que tomemos nota de su ejemplo y abandonemos la simulación que se deriva de los "saraos" semifestivos de nuestras celebraciones, donde el acento se realiza más sobre su aspecto social que sobre el hecho religioso en sí.

¿Significa esto que la oración colectiva queda anulada o minimizada sobre la oración individual?. Con honestidad, hemos de responder que no. El cristiano lo es por sí mismo, como una opción personal fruto de la llamada del Padre, pero también lo es, y de forma inequívoca, como fruto de una relación amorosa con los demás. Para apoyar esta afirmación sólo hemos de remitirnos a las palabras del propio Cristo a sus apóstoles en Jn. 13, 34-35 (34 Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. 35 En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros.»).

O como vemos en Hc. 2, 42 (42 Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones), en Hc. 4, 31 (Acabada su oración, retembló el lugar donde estaban reunidos, y todos quedaron llenos del Espíritu Santo y predicaban la Palabra de Dios con valentía) o en Hc. 6, 6-7 (6 los presentaron a los apóstoles y, habiendo hecho oración, les impusieron las manos. 7 La Palabra de Dios iba creciendo; en Jerusalén se multiplicó considerablemente el número de los discípulos, y multitud de sacerdotes iban aceptando la fe.), la oración comunitaria es habitual entre la Iglesia primitiva, ya que la comunidad cristiana forma un solo cuerpo místico, cuya cabeza es el propio Cristo.

El punto de inflexión. El contrapunto que Cristo nos presenta, está en relación con lo recogido en Mt. 6, 5 («Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga.).

Es la hipocresía y la simulación lo que ha de evitarse en el momento oratorio. Si ésta simulación y apariencia proviene del "acto social" del rito litúrgico, o de nuestra actitud ante ese rito, obviamente, estaríamos incurriendo en la falsedad criticada por Cristo en este último versículo.

En los ver. 36-37 de Marcos y 42 de Lucas (par.) nos encontramos con otra constante evangélica: la búsqueda de Jesús por parte de sus discípulos y seguidores. Este es un tema ya tratado como consecuencia del comentario acerca de Jn. 12, 20, por lo que no insistiremos sobre ello. Sólo, de pasada, recalcaremos que esta búsqueda se configura desde la soledad del hombre. Una vez conocido Cristo, el devenir histórico de cada uno, nos genera separaciones y alejamientos de su persona, por lo que, una vez percibida esta lejanía, hemos de volver constantemente a la búsqueda de nuestro "hermano mayor", ya que sin su compañía, la vacuidad de la vida se hace patente y asfixiante para el espíritu.

El diálogo de los ver. 38 de Marcos y 43 de Lucas nos marca dos diferencias entre los evangelistas y nos anuncia el programa misional de Cristo.

Por una lado está la personalización de este diálogo que hace Marcos, entre Jesús y Pedro. Ello no es de extrañar si tenemos en cuenta el contexto redaccional de este evangelista.

Como discípulo de Pedro, Marcos sigue los relatos escuchados de su maestro, por lo tanto, su figura, dentro de su evangelio, queda en lugar preeminente respecto del resto de las redacciones evangélicas.

Por su parte, Lucas procura huir de estas personalizaciones y elimina de su texto la referencia al llamado "príncipe de los apóstoles", para diluir este diálogo entre Jesús y "la gente" (probablemente discípulos seguidores). Ello guarda plena coherencia con el sentido general de su redacción: universalista y abierta, a consecuencia, tanto de su origen pagano, como de sus fuentes doctrinales (Pablo de Tarso).

En lo que sí coinciden ambos evangelistas es en la definición de la misión. Cristo responde a quienes le cuestionan su alejamiento con una sentencia rotunda: no tratéis de exclusivizar mi predicación, porque ésta ha de ser expandida a otros pueblos y ciudades.

A lo largo del Evangelio, Cristo hace pocas incursiones en el mundo gentil (ninguna dentro del texto joánico, salvo las vagas referencias "al otro lado del Jordán"), pero sí podemos atisbar la universalidad de su mensaje en pasajes similares al presente, aunque esta sentencia más parece que se refiera a la predicación galilea, a la luz del ver. 39 de Marcos y 44 de Lucas.

Sin embargo, no es desconocida su actuación en los aledaños de la tierra de Israel. Así le vemos en la región de Tiro (Mt. 15, 21: Saliendo de allí Jesús se retiró hacia la región de Tiro y de Sidón.) (y su correspondencia con Mc. 7, 24); en la Decápolis en Mc. 5, 1 (Y llegaron al otro lado del mar, a la región de los gerasenos.) y su correspondencia con Lc. 8, 16; al otro lado del Jordán en Jn. 3, 26 (Fueron, pues, donde Juan y le dijeron: «Rabbí, el que estaba contigo al otro lado del Jordán, aquel de quien diste testimonio, mira, está bautizando y todos se van a él.») y Jn. 10, 40 (Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había estado antes bautizando, y se quedó allí.).

Aunque el mensaje cristiano, en sus orígenes, está dirigido al pueblo elegido, dado su carácter escatológico y de cumplimiento de la promesa, con la arribada del Reino de Dios, como se muestran en las orientaciones de Jesús hacia esta exclusividad del mensaje (Mt. 15, 24 [Respondió él: «No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel.»] y Mt. 10, 5-6 [5 A estos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones: «No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; 6 dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel.]), no es ajena a su predicación, la posibilidad de la extensión del mensaje al mundo gentil, como podemos ver en Mt. 10, 18: (y por mi causa seréis llevados ante gobernadores y reyes, para que deis testimonio ante ellos y ante los gentiles) y, especialmente, en Mc. 16, 15 (Y les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación).

La apertura cristiana, pues, si bien toma carta de naturaleza hacia el mundo gentil con la misión de Pablo de Hc. 9, 15 (El Señor le contestó: «Vete, pues éste me es un instrumento de elección que lleve mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel), ya estaba apuntada en la propia predicación de Cristo.

El significado está meridianamente claro: ante el intento de relativizar la presencia de Cristo entre colectivos reducidos y localistas, el propio Cristo responde con elevación de miras para con su mensaje y su extensión a "lugares vecinos" y "otras ciudades ", con una coletilla final rotunda (porque para eso he venido).

Lo mismo nos sucede a nosotros, cuando, a nuestro nivel de experiencia de fe, tratamos de exclusivizar a Cristo. Él no está sólo para nosotros, sino también para el resto de los hermanos. La consideración es fundamental cuando nuestras plegarias tienen un componente peticional lesivo para el hermano.

Mt. 9, 9-13 Mc. 2.13-17 Lc. 5.27-32

 

13 Después volvió a salir al mar; y toda la gente venía a él, y les enseñaba.

 

9 Pasando Jesús de allí, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y se levantó y le siguió.

14 Y al pasar, vio a Leví hijo de Alfeo, sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y levantándose, le siguió.

27 Después de estas cosas salió, y vio a un publicano llamado Leví, sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. 28 Y dejándolo todo, se levantó y le siguió.

10 Y aconteció que estando él sentado a la mesa en la casa, he aquí que muchos publicanos y pecadores, que habían venido, se sentaron juntamente a la mesa con Jesús y sus discípulos.

15 Aconteció que estando Jesús a la mesa en casa de él, muchos publicanos y pecadores estaban también a la mesa juntamente con Jesús y sus discípulos; porque había muchos que le habían seguido.

29 Y Leví le hizo gran banquete en su casa; y había mucha compañía de publicanos y de otros que estaban a la mesa con ellos.

11 Cuando vieron esto los fariseos, dijeron a los discípulos: ¿Por qué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores? 12 Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos.

16 Y los escribas y los fariseos, viéndole comer con los publicanos y con los pecadores, dijeron a los discípulos: ¿Qué es esto, que él come y bebe con los publicanos y pecadores? 17 Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos...

30 Y los escribas y los fariseos murmuraban contra los discípulos, diciendo: ¿Por qué coméis y bebéis con publicanos y pecadores? 31 Respondiendo Jesús, les dijo: Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos.

13 Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. ...

   

13...Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento.

17...No he venido a llamar a justos, sino a pecadores.

32 No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento

Perícopa procedente, probablemente, de Marcos, que los otros dos sinópticos recogen con casi mimetismo, aunque podemos observar algunas aportaciones de los propios evangelistas y algún rastro de Q.

Curiosamente, los tres evangelistas coinciden en texto, contexto y ubicación (tanto geográfica como redaccional), ya que todos ellos colocan este acontecer inmediatamente después de la curación del paralítico, en las orillas del Mar de Galilea, dentro del periplo predicativo de Jesús en Galilea.

Dentro de la perícopa se incluyen dos acontecimientos que se corresponden con dos estilos literarios del Evangelio.

Por una parte tenemos el acontecimiento de la llamada de Mateo y, por otra, la polémica suscitada con escribas y fariseos generada por la comida del grupo de Jesús con éste y otros publicanos y pecadores.

Para centrar los temas que esta perícopa contiene, hagamos una pequeña aclaración de los términos utilizados en ella.

En primer lugar, veamos el nombre del evangelista que es llamado por Jesús.

MATEO: Del hebreo MATTAN-YAH = regalo de Yahweh. Hombre culto, de formación helenista, llamado Leví (Mc 2, 14; Lc 5, 27). Recaudador de impuestos, publicano en Cafarnaúm. Escribió su Evangelio en arameo, reuniendo, en función apologética, las pruebas del mesianismo de Cristo y los argumentos que servían de base a las nuevas posturas adoptadas por los cristianos en el culto y en la observancia de la ley. Mateo presenta a Jesús como el Enmanuel o "el Dios con nosotros" (Mt 1, 23). Es el Mesías que cumple todas las promesas hechas en el AT. Es el Maestro que vino a realizar la justicia (Mt 3, 15). Su Evangelio es, tradicionalmente, considerado el primero y colocado siempre en ese lugar en todos los textos del NT. Sin embargo, por orden cronológico no le corresponde ese lugar, sino el 2º o 3er. lugar (escrito hacia los años 70-80 de nuestra era). Su evangelio es considerado el más eclesial y escrito fundamentalmente para los judíos de Jerusalén en una época en la que la fuerza política y religiosa principal de Israel eran los fariseos, ya que los saduceos habían caído en desgracia, por ello contiene multitud de ataques y controversias contra dicha casta religiosa. Mateo parece ser un sobrenombre o apodo, ya que, según Marcos y Lucas, su nombre era Leví, aunque, ambos, en la relación de los doce ya le llaman por el apodo (Mc. 3, 18 y Lc.6, 15). Este último nombre está tomado de la tradición religiosa judía, corresponde a uno de los hijos de Jacob (Leví = afiliarse), que, según la tradición bíblica, dio origen a la tribu de los levitas, a la que se le encargó la custodia del Arca, en principio, y del Templo después, por lo que no se le otorgó territorio en la Tierra Prometida tras el asentamiento israelita.

Por otra parte tenemos los PUBLICANOS: En el tiempo del NT, se cobraban muchos tipos de impuestos. Por eso, también había distintas clases de cobradores, llamados publicanos. Eran mal vistos por el pueblo, que los consideraba ladrones y pecadores; pues además de los impuestos, el pueblo tenía que pagar sumas muchas veces arbitrarias para el sustento de esos publicanos. El odio de los judíos hacia estos cobradores de impuestos viene apoyado por el sentimiento nacionalista del pueblo hebreo: los publicanos, en cuanto colaboradores del opresor romano, en un aspecto sumamente hiriente, como era la recaudación de tributos, se convertían en la imagen más reprobable de la opresión colonialista. Estamos ante individuos renegados de su origen, colaboracionistas con el opresor y de vida licenciosa. Si a ello añadimos los abusos a que su profesión les inclinaba, podremos entender la aversión del pueblo judío hacia esta subclase social a la que pertenecía el evangelista llamado en esta perícopa.

En el otro "bando", tenemos a los FARISEOS: Proviene de un vocablo hebreo que significa "separado". Se trataba de un partido político-religioso mayoritario en los tiempos de Jesús, aunque con tintes religiosos más acentuados que los saduceos. No contemplaban la venida del Mesías Tenían una importante presencia en el Sanedrín, especialmente a través de los escribas. Dominaban al pueblo a través del control ideológico que ejercían, ya que poseían la interpretación "legal" de las escrituras. En los evangelios se les cita hasta 87 veces, ya que son el principal grupo religioso opuesto al cristianismo en el momento de ser redactados éstos, tras la desaparición de los saduceos. Los fariseos eran piadosos, estudiosos, observantes y maestros de la Ley. Creían en la vida eterna y valoraban la tradición de sus antepasados. Eran estimados por el pueblo y los defectos de algunos de ellos, anotados en el NT (Mt 23) no nos deben llevar a un juicio negativo de todo el grupo; pero son defectos serios y debemos tenerlos en cuenta.

Asimismo se nos menciona a los DOCTORES DE LA LEY: Especialistas en la Biblia. También se les dice escribas. No quiere decir que por su especialidad sean quien mejor aprovechaba la Biblia (Mt 11, 25; Jn 3, 10). Al contrario: corrían el riesgo de usar su saber no como servicio, sino como fuente de gloria y de poder (Mc 12, 38-40; 1 Cor. 1, 17-31).

Esta pequeña incursión terminológica nos sirve para hacernos una idea de las razones que motivan la agria disputa contenida en esta perícopa y que desarrollaremos un poco más adelante.

Vayamos ahora al desglose del texto, guiándonos por las dos subdivisiones mencionadas anteriormente. Por lo tanto, acometeremos, en primer lugar, el episodio de la llamada de Mateo.

Mateo es el único evangelista que, dentro de su propia redacción, habla de sí mismo y de su llamada, si hacemos excepción de las vaguedades contenidas en el texto joánico respecto de la llamada de Juan en Jn. 1, 35-39 (35 Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. 36 Fijándose en Jesús que pasaba, dice: «He ahí el Cordero de Dios.» 37 Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús. 38 Jesús se volvió, y al ver que le seguían les dice: «¿Qué buscáis?» Ellos le respondieron: «Rabbí - que quiere decir, "Maestro" - ¿dónde vives?» 39 Les respondió: «Venid y lo veréis.» Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima.)

No hay motivos para dudar de la historicidad del relato, a pesar de que no contamos con el apoyo del testimonio múltiple inmediato, puesto que, como hemos citado anteriormente, las tres redacciones parecen tener un mismo origen. La única referencia a Mateo, fuera de los textos evangélicos, nos la encontraremos en Hc. 1, 13 (Y cuando llegaron subieron a la estancia superior, donde vivían, Pedro, Juan, Santiago y Andrés; Felipe y Tomás; Bartolomé y Mateo; Santiago de Alfeo, Simón el Zelotes y Judas de Santiago.), aunque resulta muy débil, al ser originaria de Lucas, por lo que el multitestimonio de fuentes no sería directamente aplicable, aunque sí el de formas.

Sin embargo, el criterio que con más fuerza apoyaría su historicidad, sería el de discontinuidad, ya que la inclusión en el grupo de seguidores de un publicano recaudador de impuestos, es absolutamente contrario a las costumbres y tradiciones religiosas y sociales del Israel de la época.

Por otra parte, la inclusión en su propia redacción de la llamada que Cristo le hace, teniendo en cuenta que el relato procede, originariamente, de Marcos, reafirmaría la certeza de su pertenencia al grupo. No parece razonable que si Mateo no hubiese pertenecido al grupo, él mismo se incluyera en el mismo, aun siguiendo el relato de Marcos, por lo tanto, el criterio de dificultad, aunque de soslayo, podríamos aplicarlo al hecho relatado.

La llamada, en sí, es similar, en formas y contexto a las realizadas hacia otros discípulos. Así, vemos la semejanza con Jn. 1, 43 (Al día siguiente, Jesús quiso partir para Galilea. Se encuentra con Felipe y le dice: «Sígueme.»), Mc. 1, 20 (y al instante los llamó. Y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras él.), por lo que el criterio de coherencia también resulta aplicable, de forma inmediata.

Sin embargo, no todas las llamadas que Jesús hace son atendidas por el requerido. Así comprobamos como la llamada de Jesús es rechazada en Mt. 8, 22 y su correspondencia con Lc. 9, 59 (Dícele Jesús: «Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos.») y Mt. 19, 21-22 y su correspondencia con Mc. 10, 21 y Lc. 18, 22(21 Jesús le dijo: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme.» 22 Al oír estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes.)

El contenido teológico de la llamada se nos presenta con claridad meridiana.

Cristo pasa por nuestras vidas, irrumpe en ellas y nos llama. Lo hace desde un escrupuloso respeto a nuestra libertad, pero también con la energía y rotundidad que estamos viendo. No nos ofrece prebendas ni regalías sino exigencia y esfuerzo (Mt. 8, 20: Dícele Jesús: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.») y nos pide la misma gratuidad con que Él ofrece sus dones.

Desde nuestra libertad, como Felipe, los pescadores o Mateo, podemos escuchar la llamada y atenderla, haciendo comunión de nuestra vida con Cristo y el resto de seguidores, o, como el joven rico o el huérfano reciente, escuchar la llamada pero anteponer a ella nuestras necesidades materiales inmediatas.

Entre el episodio de la llamada y el de la polémica con escribas y fariseos, nos encontramos con un acontecimiento copulativo entre ambos y que da origen directo a dicha polémica.

Nos estamos refiriendo a la comida celebrada en casa de Mateo. Lucas nos informa que Leví le hizo a Jesús un gran banquete en su casa, mientras que Marcos nos indica que Jesús, y su grupo, se encontraban comiendo en casa del nuevo discípulo. Sin embargo, Mateo, deja en el aire la propiedad de la casa en la que se celebra la comida, ya que sólo cita ésta con un ambiguo "la casa".

Dentro del ministerio de Jesús, éste utiliza diversas "herramientas" para llevarlo a cabo. Fundamentalmente, éstas podrían subdividirse en dos grandes apartados: los hechos y los dichos.

A su vez, los hechos los subdividiríamos en milagros (signos, señales), comidas y trato.

Por su parte, los dichos quedarían subdivididos en: sentencias, discursos, polémicas, parábolas y oraciones.

Las comidas, en el ministerio de Jesús, tienen una importancia esencial, ya que son reflejo de varias consideraciones teológicas, como pueden ser la comunión, la acción de compartir y el símbolo del banquete escatológico del reino. En esta línea, la comida que se nos narra tiene plena coherencia con lo recogido en Mt. 8, 10 y su correspondencia con Lc. 14, 19 (Y os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se pondrán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos,).

A su vez, como citábamos antes con referencia a la llamada de Mateo, la discontinuidad queda acreditada por el hecho de sentarse a comer con núcleos de proscritos, como eran los publicanos y pecadores, ya que todo contacto con ellos generaba contaminación espiritual.

El testimonio múltiple nos llega por el contenido de Mt. 12, 19 y su correspondencia con Lc. 7, 34 (Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: "Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores." Y la Sabiduría se ha acreditado por sus obras.»), Lc. 15, 2 (y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este acoge a los pecadores y come con ellos.») donde vemos las diatribas que le lanzan los fariseos a propósito de su relación con los excluidos de la teocracia imperante.

Vemos, pues, que la actitud rupturista de Cristo, respecto de la exclusividad religiosa, puesta de manifiesto con actos como el presente, le granjean la animadversión de la casta religiosa, con lo que el criterio de persecución y ejecución también es aplicable.

De ello deducimos que esta parcelación se ajusta plenamente a los criterios de búsqueda histórica, por lo que este acontecimiento podría ubicarse con ciertas garantías, dentro del contexto del Jesús histórico.

Visto el primer acontecimiento de la llamada y el nexo entre el mismo y el suceso posterior, podemos pasar a examinar la polémica que se desata con fariseos y escribas.

Como hemos dicho anteriormente, dentro del ministerio de Jesús, una de sus herramientas la constituye este tipo de acontecimientos dialécticos.

Mediante la polémica con la clase dirigente religiosa, Jesús marca el contrapunto con la predicación del Reino. Éste se constituye como un espacio abierto a todos cuantos son llamados, escuchan la llamada y la siguen, sin que en la llamada se realice distinción acerca de clase social, constitución religiosa o situación espiritual. La frase de Jesús "no necesitan médico los sanos, sino los enfermos", resulta determinante en esta polémica.

La exclusividad religiosa, configurada alrededor de la cosificación de la Ley que practicaban los dirigentes judíos, choca frontalmente con la universalidad del Reino proclamado por Cristo.

No vamos a entrar en las consideraciones históricas del hecho, porque estimo que su historicidad está más que atestiguada, dada la confluencia de criterios que se aúnan en este relato (discontinuidad, dificultad, testimonio múltiple, persecución y ejecución), toda vez que su pormenorización extendería sobremanera este comentario.

Sí que señalaremos una circunstancia. En otras polémicas entre Jesús y los fariseos y escribas, el enfrentamiento es más sutil y la discusión más de tipo "rabínico" (se responde a una pregunta con otra pregunta, dejando que el propio cuestionante saque sus conclusiones). El caso presente nos refleja un enfrentamiento abierto, doctrinal y de base.

El encasillamiento en los preceptos de la ley lleva a estos religiosos a un desprecio total de quienes, por una u otra razón, se han visto apartados de ella. Ello difiere, por principio con la interpretación que Jesús hace de su misión. Lo importante, para Jesús, no es cómo considere la ley a la persona, sino cómo la considera Dios y, desde esa premisa, ejercer la misericordia, la tolerancia, la comprensión y el perdón. Se trata de poner en práctica el segundo de los preceptos mayores que Cristo nos ha regalado: amar al prójimo como a ti mismo.

Sólo haremos algunas llamadas puntuales a situaciones relatadas en textos diferentes de los sinópticos.

Así, vemos la Iglesia primitiva predicando la apertura a pecadores en Hc. 24, 15 (y tengo en Dios la misma esperanza que éstos tienen, de que habrá una resurrección, tanto de los justos como de los pecadores.); a Pablo afirmando la cosificación de la Ley en 1 Ti. 1, 9 (teniendo bien presente que la ley no ha sido instituida para el justo, sino para los prevaricadores y rebeldes, para los impíos y pecadores, para los irreligiosos y profanadores, para los parricidas y matricidas, para los asesinos,) y reconociendo la misión salvadora de Cristo, en 1 Ti. 1, 15 (Es cierta y digna de ser aceptada por todos esta afirmación: Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores; y el primero de ellos soy yo.).

Sólo un par de consideraciones antes de pasar al resumen final del comentario sobre este pasaje.

Por una parte, el ver. 13 de Mateo es una aportación redaccional del evangelista, muy en su línea eclesial y judía, que nos retrotrae a Os. 6, 6 (Porque yo quiero amor, no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos). Esta es una cita reiterada de Mateo (caso único en el NT), que vemos también en Mt. 12, 7 (Si hubieseis comprendido lo que significa aquello de: = Misericordia quiero, que no sacrificio, = no condenaríais a los que no tienen culpa.). No es extraña la rememoración de este profeta por Mateo, al que podemos considerar como el "profeta de la misericordia". OSEAS: Es el profeta engañado por su esposa a la que nunca dejó de amar. Este amor no correspondido excedió la experiencia personal para anunciar la relación de Dios, siempre vivo y lleno de amor, abandonado por su pueblo que prefirió prostituirse con todo tipo de injusticias (4, 7-12). Anuncia el amor misericordioso de Dios que llama a su pueblo a los amores del desierto donde lo tratará nuevamente como a una esposa amada. (2, 4-25); o como a un hijo (11).

Por otra parte, al comienzo de este comentario hemos citado la posibilidad de que la perícopa contuviese ciertos rastros de la fuente Q. La base para tal afirmación la encontraríamos en el ver. 13 de Mateo y el 31 de Lucas. Ambos evangelistas, añaden al párrafo un complemento que está ausente en la redacción marcana. Nos estamos refiriendo al añadido "al arrepentimiento".

La coincidencia entre ambas redacciones y la ausencia de este complemento en Marcos nos llevan a pensar que este dicho, originalmente, podría proceder de la citada fuente Q, recogida por las tradiciones de los dos sinópticos. No parece probable que ambos evangelistas añadieran por separado y "de su cosecha", este complemento idéntico.

Pasemos ahora al resumen interpretativo de la perícopa.

Vemos a Jesús pasando por la calle, observa a un recaudador de impuestos en el ejercicio de su función y le llama. Éste, escucha y sigue la llamada y, en agradecimiento, prepara un banquete para Jesús y su grupo, invitando al mismo a otros publicanos y pecadores (marginados y excluidos). La casta religiosa de la época, los que se auto-consideran limpios y rectos de acuerdo con los cánones y los estándar sociales y religiosos, se escandalizan de esta confluencia y critican abiertamente esta actitud, a la que Cristo responde con la apertura de su misericordia hacia los que realmente necesitan de ella, superando la exclusividad de quienes pretenden estar en posesión de la verdad y rectitud moral y religiosa.

Aun siendo un relato generado hace más de 2000 años, su contenido no es ajeno a nuestra realidad social actual. Nuestra sociedad de pensamiento único utiliza los mismo parámetros que los fariseos y escribas de la época de Jesús: todo el que se aparta de los cánones establecidos debe quedar al margen y no es digno de recibir siquiera la compañía de los limpios. La hipocresía de que hacemos gala no es diferente de la mostrada por los religiosos de la época de Jesús y no caemos en la cuenta de que la predicación cristiana, precisamente, donde pone su acento es en los "pequeños", en los necesitados, en los periféricos, en los excluidos, en función de una razón básica y elemental: quien necesita sanación, como Cristo nos enseña, son los enfermos, no los sanos.

Mt. 9, 14-17 Mc. 2.18-22 Lc. 5.33-39

18 Y los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunaban;...

14 Entonces vinieron a él los discípulos de Juan, diciendo: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos muchas veces, y tus discípulos no ayunan?

18...y vinieron, y le dijeron: ¿Por qué los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunan, y tus discípulos no ayunan?

33 Entonces ellos le dijeron: ¿Por qué los discípulos de Juan ayunan muchas veces y hacen oraciones, y asimismo los de los fariseos, pero los tuyos comen y beben?

15 Jesús les dijo: ¿Acaso pueden los que están de bodas tener luto entre tanto que el esposo está con ellos? Pero vendrán días cuando el esposo les será quitado, y entonces ayunarán. 16 Nadie pone remiendo de paño nuevo en vestido viejo; porque tal remiendo tira del vestido, y se hace peor la rotura. 17 Ni echan vino nuevo en odres viejos; de otra manera los odres se rompen, y el vino se derrama, y los odres se pierden; pero echan el vino nuevo en odres nuevos, y lo uno y lo otro se conservan juntamente.

19 Jesús les dijo: ¿Acaso pueden los que están de bodas ayunar mientras está con ellos el esposo? Entre tanto que tienen consigo al esposo, no pueden ayunar. 20 Pero vendrán días cuando el esposo les será quitado, y entonces en aquellos días ayunarán. 21 Nadie pone remiendo de paño nuevo en vestido viejo; de otra manera, el mismo remiendo nuevo tira de lo viejo, y se hace peor la rotura. 22 Y nadie echa vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el vino nuevo rompe los odres, y el vino se derrama, y los odres se pierden; pero el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar.

34 Él les dijo: ¿Podéis acaso hacer que los que están de bodas ayunen, entre tanto que el esposo está con ellos? 35 Mas vendrán días cuando el esposo les será quitado; entonces, en aquellos días ayunarán. 36 Les dijo también una parábola: Nadie corta un pedazo de un vestido nuevo y lo pone en un vestido viejo; pues si lo hace, no solamente rompe el nuevo, sino que el remiendo sacado de él no armoniza con el viejo. 37 Y nadie echa vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el vino nuevo romperá los odres y se derramará, y los odres se perderán. 38 Mas el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar; y lo uno y lo otro se conservan. 39 Y ninguno que beba del añejo, quiere luego el nuevo; porque dice: El añejo es mejor.

De nuevo nos encontramos con una perícopa común a los tres sinópticos, probablemente procedente de Marcos y que Mateo y Lucas siguen al unísono, aunque se incluyen evoluciones o aportaciones de los propios evangelistas o sus tradiciones.

Los tres evangelistas ubican este hecho en el mismo lugar y contexto, por lo que la coincidencia, a salvo de las matizaciones que veremos después, es total.

Estamos, de nuevo, ante una perícopa de polémica, en este caso, no queda claro si con los fariseos y escribas, o con los discípulos de Juan el Bautista.

La construcción de esta parte del evangelio, en cualquiera de sus tres versiones, es llamativa, ya que nos encontramos en una parcela del Evangelio en la que se suceden las polémicas de Jesús.

Veamos una comparativa entre los sinópticos:

Pesca milagrosa -> polémica con Pedro: Lc. 5, 1-11

Curación del paralítico -> polémica con los fariseos: Mt. 9, 1-11

Curación del paralítico -> polémica con escribas: Mc. 2, 1-12

Curación del paralítico -> polémica con escribas: Lc. 5, 17-26

Llamada de Mateo - polémica con fariseos: Mt. 9, 9-13

Llamada de Leví -> polémica con escribas y fariseos: Mc. 2, 13-17

Llamada de Leví -> polémica con escribas y fariseos: Lc. 2-13-17

A propósito del ayuno -> polémica con los discípulos de Juan: Mt. 9, 14-17

A propósito del ayuno -> polémica con los fariseos: Mc. 2, 18-22

A propósito del ayuno -> polémica con escribas y fariseos: Lc. 6, 1-5

Arrancar espigas en sábado -> polémica con fariseos: Mc. 2, 23-28

Arrancar espigas en sábado -> polémica con fariseos: Lc. 6, 1-5

Curación de mano paralizada en sábado -> polémica con fariseos y herodianos: Mc. 3, 1-5

Curación de mano seca en sábado -> polémica con escribas y fariseos: Lc. 6, 6-11

Al igual que en su momento cuando vimos las series de milagros, surge inmediatamente una pregunta: ¿Jesús tenía las polémicas con la casta religiosa de la época por series?, ¿Se dedicaba a discutir con ellos de forma continua, dejaba la polémica y volvía a la misma?.

Obviamente, hemos de responder que no.

Dependiendo de la posible historicidad de cada episodio que nos relatan los evangelistas, estas polémicas no se debieron de producir de forma seriada, sino que, cada una de ellas forma parte de la tradición que los evangelistas manejan para la redacción de sus textos y ellos las recogen y ubican en la forma que estiman más conveniente, de acuerdo con su intencionalidad redactora o catequética.

Tras este excursus comparativo, vayamos al texto que nos ocupa, porque, amén de la polémica en sí, contiene otros datos de interés respecto de la figura de Jesús y de su marco relacional.

Aun contando con la misma procedencia de fuentes (tradición de Marcos), hay diferencias entre las tres redacciones que, si bien no son substanciales, sí inducen a cierta confusión.

Vayamos, por ejemplo al primer versículo.

Marcos incluye un párrafo que resulta claramente introductorio. La primera parte del ver. 18 de Marcos contiene una llamada apriorística para introducirnos a lo que va a seguir a continuación. De forma deliberada, Marcos, realiza esa introducción con un vago "y los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunaban".

Los fariseos, por sí mismos, constituían un partido religioso, pero no hay noticias de que dentro de este colectivo existiese discipulado. Existía este discipulado como anexo a líderes religiosos o políticos de la época, pero no como sub-colectivo de un partido. Es lo mismo que sucedía con los esenios, los saduceos o los herodianos. Si Marcos se está refiriendo a "novicios" dentro del partido fariseo, es algo sobre lo que sólo podemos especular, porque tampoco hay reseñas en tal sentido.

El caso de Lucas es similar, probablemente porque éste evangelista está siguiendo a Marcos en este aspecto, aunque no en otros, como veremos más adelante.

Mateo es más claro en este sentido, ya que identifica taxativamente a los discípulos del Bautista y a los fariseos, de los cuales (de ambos), sí tenemos noticias que practicaban el ayuno con regularidad y como un componente esencial de su práctica religiosa.

La segunda observación llamativa desde este primer versículo es la atemporalidad de que hacen gala, tanto Mateo como Marcos y que contrasta con la redacción lucana, donde esta polémica se nos presenta como continuación, incluso geográfica (no existe ninguna ruptura con la perícopa anterior de la polémica en casa de Leví), del enfrentamiento a propósito de la comida con publicanos y pecadores, por lo que Lucas hilvana esta polémica con la inmediatamente anterior (fariseos y escribas).

Por su parte, las redacciones marcana y mateana rompen con la polémica anterior al introducir los vocablos "entonces" (Mateo) y "vinieron" (Marcos).

¿Cuál es la versión más antigua y que se ajuste con mayor exactitud a la realidad?. Imposible saberlo con certeza, pero la ruptura de Marcos y Mateo parece más plausible que la línea continuista de Lucas. Es difícil imaginarse una polémica tan extensa en la casa de Leví que abarque tantos aspectos doctrinales como Lucas nos quiere presentar (connivencia con publicanos y pecadores, renuncia al ayuno y presentación escatológica de la figura de Jesús), especialmente después de la acritud del enfrentamiento primero por la comida y la llamada a publicanos.

El tercer aspecto difuso en este versículo se refiere a la "personalidad" de los interpelantes.

Si dejamos al margen el caso de Lucas, quien, como hemos dicho, prosigue la polémica anterior suscitada entre Jesús y los fariseos y escribas, las redacciones de Mateo y Marcos presentan una disparidad desconcertante.

Si partimos de la creencia generalizada de que el texto de Marcos es el más antiguo, vemos a este evangelista presentando a unos interpelantes difusos: "Y los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunaban; y vinieron, y le dijeron: ¿Por qué los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunan, y tus discípulos no ayunan?.

La vaguedad del versículo deja en el aire ciertas cuestiones acerca de la personalidad de los que "vinieron" y "le dijeron" que hemos de resolver por pura deducción.

La introducción del versículo nos da una relativa pista. Tal como nos la presenta Marcos es una oración enunciativa. Sólo nos sirve para informarnos, atemporalmente, que los discípulos de Juan y los de los fariseos ayunan.

La vaguedad del verbo "vinieron" no permite deducir de forma automática que los que vinieron y le dijeron son los mismos que practicaban el ayuno (los discípulos de Juan y los de los fariseos), por lo que hemos de deducir que los interpelantes son otros personajes indeterminados, pero que no pertenecían a ninguno de los dos grupos que practicaban el ayuno. Si hubiesen pertenecido, la construcción oracional hubiese sido en primera persona del plural (nosotros, los discípulos de Juan ayunamos..., o, nosotros, los discípulos de los fariseos ayunamos...).

Esta es la construcción a que Mateo parece llegar con su redacción. En su afán por "matizar" las vaguedades marcanas, Mateo sí personaliza a los interpelantes en el grupo de los discípulos de Juan, a los que complementa con los fariseos (no con los discípulos de los fariseos).

Conclusión: Estamos ante una polémica diferente de la anterior, surgida en algún momento de la predicación de Cristo, pero aprovechada por los evangelistas para incluirla en un contexto polémico; quienes interpelan a Jesús sobre el ayuno y las razones por las que sus discípulos no ayunan son un grupo indeterminado de personas que se dirigen a Jesús.

Fijémonos en que la interpelación no va dirigida hacia las razones por las que el propio Jesús no ayuna, sino a por qué no ayunan sus discípulos. De esta matización, sí podemos deducir que, si bien los discípulos de Jesús no ayunaban, Él, posiblemente, sí lo hacía, como de hecho lo hemos visto con motivo de su retiro al desierto en la preparación de su ministerio (Mt. 4, 2: Y después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre.) y en la predicación del Sermón del Monte, donde no rechaza el ayuno, sino que lo adecua a la limpieza de acciones y frente a la hipocresía y ostentación (Mt. 6, 16: «Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya reciben su paga).

El surgimiento de esta polémica nos ofrece, de paso, dos aportaciones respecto de la historicidad del acontecimiento. Por un lado nos encontraríamos con el criterio de discontinuidad, ya que la ausencia de ayuno por parte de sus discípulos choca frontalmente con la práctica religiosa de la época. No olvidemos que para el ayuno la Ley mosaica sólo preveía un día obligatorio al año (día 10 del 7º mes), aunque fuesen celebrados muchos otros por causas concretas.

Por otra parte, también se nos ofrece el criterio de dificultad, ya que la Iglesia primitiva, sí ejercía la abstinencia de alimentos como práctica habitual, con lo que la incongruencia con lo practicado por el Maestro nos refleja la imposibilidad de que esta circunstancia, la renuncia al ayuno, fuese introducida por algún redactor o corrector cristiano (Hc. 13, 2: Mientras estaban celebrando el culto del Señor y ayunando, dijo el Espíritu Santo: «Separadme ya a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado.»; Hc. 14, 23: Designaron presbíteros en cada Iglesia y después de hacer oración con ayunos, los encomendaron al Señor en quien habían creído y 2 Cor. 6: en azotes, cárceles, sediciones; en fatigas, desvelos, ayunos).

La segunda parte de esta parcelación, la que contiene la respuesta de Jesús a la interpelación, tal y como nos la entregan los evangelistas, tiene otro cariz bien distinto.

La dependencia de Mateo y Lucas del texto marcano parece más clara, aunque existen aportaciones de cada uno de ellos, posiblemente como fruto de la evolución de las tradiciones, que no alteran el sentido, ni el contenido básico del texto de Marcos.

La diferencia de entonación y estilo entre la primera parte de esta perícopa y, especialmente, la segunda parte de la respuesta de Jesús, nos inclina a pensar que estamos ante una colección de dichos o parábolas (en la redacción de Lucas), que originalmente pudieron estar en otra ubicación y que el evangelista ha aprovechado para enfatizar la respuesta de Jesús.

Probablemente, las redacciones primitivas se circunscribían a la interpelación que personajes indeterminados realizaban a Jesús sobre la falta de ayuno de sus discípulos y a la respuesta rabínica de éste último (contestación con otra pregunta). Sin embargo, la redacción que nos llega junta la respuesta de Jesús (ver. 19 y 20) con una parábola o alegoría respecto de los viejos tiempos y los nuevos, aprovechando el paño nuevo (y viejo) y los odres nuevos (y viejos).

Veamos, por tanto, la primera parte de esta respuesta, de forma separada a la alegoría citada.

Jesús, en su respuesta, está utilizando la figura retórica que ya fue usada en el AT (especialmente por Isaías) de la boda de Dios con Israel. Desde ese posicionamiento, Él se equipara a la figura de Yahweh y sus discípulos con la de Sión.

La carga escatológica de esta respuesta interrogativa es apabullante. En esta respuesta, queda, sin embargo, en el aire un inquietante "vendrán días en que el esposo les será quitado (arrebatado)", como preanuncio de su final ministerial, aunque no se mencione, en modo alguno, la formulación de este final.

Al mismo tiempo, la respuesta, aun escatológica, como decimos anteriormente, no reviste tintes apocalípticos, sino más inmediatos y referidos a la propia persona de Jesús como personificación de la alegría de la boda, manteniendo ésta, no sólo en el momento de la celebración, sino haciéndola extensiva a todo el momento en que el novio está con los invitados.

Hay un gran paralelismo entre esta figura utilizada por Jesús en su respuesta y la que se contiene en Jn. 3, 29, como respuesta del Bautista a la pregunta sobre su mesianismo (El que tiene a la novia es el novio; pero el amigo del novio, el que asiste y le oye, se alegra mucho con la voz del novio. Esta es, pues, mi alegría, que ha alcanzado su plenitud.), por ello, a los criterios citados anteriormente de dificultad y discontinuidad, habríamos de añadir el de testimonio múltiple de fuentes y estilos.

Por último, la última parte de esta perícopa, en la que se contiene la alegoría sobre los paños y los odres, como hemos citado anteriormente, parece fuera de contexto respecto de toda la polémica anterior, ya que esta alegoría o parábola nos está presentando la explicitación de la nueva alianza, de los nuevos tiempos surgidos con el acercamiento del Reino que Jesús personifica, mientras que la polémica gira alrededor del ayuno y la pena que tal acción significa.

Se estarían tomando, pues, categorías diferentes y conceptualizaciones dispares dentro de una misma parcelación, por lo que me inclino a pensar que esta parábola, aun suponiendo que procediera del Jesús histórico, está fuera de contexto en el lugar que los evangelistas la sitúan.

En todo caso, no existen criterios que apoyaran la historicidad de esta parábola, ya que no contamos con elementos suficientes para serle aplicados.

Sólo nos queda, el acostumbrado resumen final y la interpretación teológica, a la luz de la experiencia de fe personal.

El resumen final nos presentaría a un Jesús predicando, al que se acercan personajes indeterminados y le reprochan que sus discípulos no ayunan, utilizando como bandera el ayuno de los discípulos del Bautista y los fariseos.

A ello, Jesús les contesta con un planteamiento interrogativo referido a la alegría que rodea a los invitados a una boda y a la permanencia de ésta mientras el novio está con ellos, personificando en la figura el novio a Él mismo y en la de los invitados a sus seguidores, por lo cual queda fuera de lugar la muestra de abatimiento o penitencia que implica el ayuno.

Al mismo tiempo, aprovecha para presentar la realidad de los nuevos tiempos que llegan con Él y la predicación del Reino que nos está ofreciendo, utilizando, para ello, la alegoría del vino en odres nuevos, o viejos, según su edad, y la del remiendo con paño nuevo sobre vestido viejo.

La interpretación teológica de esta perícopa pasaría, primero por la limpieza y sinceridad en las acciones. Lo importante no es tanto la observancia de los preceptos de la ley, para que tal observancia sea apreciada por el entorno, sino que nuestro espíritu viva realmente en la alegría de la compañía de Cristo.

En el momento de su proclamación, la desaparición física del "novio" era algo predecible, dado su enfrentamiento con los poderes establecidos. En nuestros momentos, la desaparición del "novio" y , por tanto, los días de ayuno, nos llegarán por nuestra separación voluntaria de su palabra y amor.

Cristo siempre vivirá con nosotros, cuando nosotros le queramos a nuestro lado, se trata, pues de aprovechar la alegría que emana de su presencia y amor para encontrar sentido real a nuestra existencia. Ello no lo vamos a conseguir con sufrimientos y privaciones inferidas, sino con la constatación de que el Reino ya está, al menos parcialmente, entre nosotros y por lo tanto, ya se ha instaurado una nueva era que no puede ser contemplada bajo el prisma de la anterior.

La era que Cristo instaura es plena de esperanza, porque el Hijo de Dios, despojándose de su categoría, quiso vivir con nosotros, por nosotros y para nosotros nuestras propias miserias, quedando éstas superadas por la Buena Noticia que Él representa y llevado a su culminación con su victoria sobre el pecado y su mayor consecuencia: la muerte, no sólo del cuerpo, sino también del espíritu. Una muerte superada por la misericordia y el inmenso amor de Dios a los hombres.

Mt. 9, 18-26 Mc. 5.21-43 Lc. 8.40-56

21 Pasando otra vez Jesús en una barca a la otra orilla, se reunió alrededor de él una gran multitud; y él estaba junto al mar

40 Cuando volvió Jesús, le recibió la multitud con gozo; porque todos le esperaban.

18 Mientras él les decía estas cosas, vino un hombre principal y se postró ante él, ...

22 Y vino uno de los principales de la sinagoga, llamado Jairo; y luego que le vio, se postró a sus pies,

41 Entonces vino un varón llamado Jairo, que era principal de la sinagoga, y postrándose a los pies de Jesús, le rogaba que entrase en su casa;

18...diciendo: Mi hija acaba de morir; mas ven y pon tu mano sobre ella, y vivirá

23 y le rogaba mucho, diciendo: Mi hija está agonizando; ven y pon las manos sobre ella para que sea salva, y vivirá.

42 porque tenía una hija única, como de doce años, que se estaba muriendo...

19 Y se levantó Jesús, y le siguió con sus discípulos.

24 Fue, pues, con él; y le seguía una gran multitud, y le apretaban.

42...Y mientras iba, la multitud le oprimía.

20 Y he aquí una mujer enferma de flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto;

25 Pero una mujer que desde hacía doce años padecía de flujo de sangre, 26 y había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba peor, 27 cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás entre la multitud, y tocó su manto

43 Pero una mujer que padecía de flujo de sangre desde hacía doce años, y que había gastado en médicos todo cuanto tenía, y por ninguno había podido ser curada, 44 se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto;...

21 porque decía dentro de sí: Si tocare solamente su manto, seré salva

28 Porque decía: Si tocare tan solamente su manto, seré salva.

29 Y en seguida la fuente de su sangre se secó; y sintió en el cuerpo que estaba sana de aquel azote

44,,,y al instante se detuvo el flujo de su sangre.

30 Luego Jesús, conociendo en sí mismo el poder que había salido de él...

46 Pero Jesús dijo: Alguien me ha tocado; porque yo he conocido que ha salido poder de mí.

30...volviéndose a la multitud, dijo: ¿Quién ha tocado mis vestidos?

45 Entonces Jesús dijo: ¿Quién es el que me ha tocado? ...

31 Sus discípulos le dijeron: Ves que la multitud te aprieta, y dices: ¿Quién me ha tocado?

45...Y negando todos, dijo Pedro y los que con él estaban: Maestro, la multitud te aprieta y oprime, y dices: ¿Quién es el que me ha tocado?

32 Pero él miraba alrededor para

ver quién había hecho esto.

33 Entonces la mujer, temiendo y temblando, sabiendo lo que en ella había sido hecho, vino y se postró delante de él, y le dijo toda la verdad.

47 Entonces, cuando la mujer vio que no había quedado oculta, vino temblando, y postrándose a sus pies, le declaró delante de todo el pueblo por qué causa le había tocado, y cómo al instante había sido sanada.

22 Pero Jesús, volviéndose y mirándola, dijo: Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado. Y la mujer fue salva desde aquella hora.

34 Y él le dijo: Hija, tu fe te ha hecho salva; vé en paz, y queda sana de tu azote.

48 Y él le dijo: Hija, tu fe te ha salvado; ve en paz.

35 Mientras él aún hablaba, vinieron de casa del principal de la sinagoga, diciendo: Tu hija ha muerto; ¿para qué molestas más al Maestro? 36 Pero Jesús, luego que oyó lo que se decía, dijo al principal de la sinagoga: No temas, cree solamente. 37 Y no permitió que le siguiese nadie sino Pedro, Jacobo, y Juan hermano de Jacobo.

49 Estaba hablando aún, cuando vino uno de casa del principal de la sinagoga a decirle: tu hija ha muerto; no molestes más al Maestro. 50 Oyéndolo Jesús, le respondió: No temas; cree solamente, y será salva. 51 Entrando en la casa, no dejó entrar a nadie consigo, sino a Pedro, a Jacobo, a Juan, y al padre y a la madre de la niña.

23 Al entrar Jesús en la casa del principal, viendo a los que tocaban flautas, y la gente que hacía alboroto, 24 les dijo: Apartáos, porque la niña no está muerta, sino duerme...

38 Y vino a casa del principal de la sinagoga, y vio el alboroto y a los que lloraban y lamentaban mucho. 39 Y entrando, les dijo: ¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no está muerta, sino duerme

52 Y lloraban todos y hacían lamentación por ella. Pero él dijo: No lloréis; no está muerta, sino que duerme.

24,,,Y se burlaban de él.

40 Y se burlaban de él...

53 Y se burlaban de él, sabiendo que estaba muerta.

25 Pero cuando la gente había sido echada fuera, entró...

42,,,Mas él, echando fuera a todos, tomó al padre y a la madre de la niña, y a los que estaban con él, y entró donde estaba la niña.

25,,,y tomó de la mano a la niña, y ella se levantó. 26 Y se difundió la fama de esto por toda aquella tierra.

41 Y tomando la mano de la niña, le dijo: Talita cumi; que traducido es: Niña, a ti te digo, levántate. 42 Y luego la niña se levantó y andaba, pues tenía doce años. Y se espantaron grandemente. 43 Pero él les mandó mucho que nadie lo supiese, y dijo que se le diese de comer.

54 Mas él, tomándola de la mano, clamó diciendo: Muchacha, levántate. 55 Entonces su espíritu volvió, e inmediatamente se levantó; y él mandó que se le diese de comer. 56 Y sus padres estaban atónitos; pero Jesús les mandó que a nadie dijesen lo que había sucedido

Nos encontramos ante una perícopa, aparentemente, procedente de las fuentes de Marcos, que es seguida por Lucas con cierta precisión y por Mateo con algunas diferencias importantes que comentaremos más adelante.

Este episodio contiene un caso único en el Evangelio. La realización de dos milagros de forma simultánea y uno de ellos (la curación de la hemorroísa), generado, prácticamente, de forma involuntaria por Jesús.

Además de la concordancia escénica, ambos milagros poseen un nexo común paradigmático: la fe del solicitante en el poder sanador de Jesús.

Sin embargo, para facilitar el análisis, separaremos ambos acontecimientos.

En primer lugar, examinaremos la curación de la hemorroísa y después la reavivación de la hija de Jairo.

Curación de la hemorroísa

20 Y he aquí una mujer enferma de flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto;

25 Pero una mujer que desde hacía doce años padecía de flujo de sangre, 26 y había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba peor, 27 cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás entre la multitud, y tocó su manto

43 Pero una mujer que padecía de flujo de sangre desde hacía doce años, y que había gastado en médicos todo cuanto tenía, y por ninguno había podido ser curada, 44 se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto;...

21 porque decía dentro de sí: Si tocare solamente su manto, seré salva

28 Porque decía: Si tocare tan solamente su manto, seré salva.

29 Y en seguida la fuente de su sangre se secó; y sintió en el cuerpo que estaba sana de aquel azote

44,,,y al instante se detuvo el flujo de su sangre.

30 Luego Jesús, conociendo en sí mismo el poder que había salido de él...

46 Pero Jesús dijo: Alguien me ha tocado; porque yo he conocido que ha salido poder de mí.

30...volviéndose a la multitud, dijo: ¿Quién ha tocado mis vestidos?

45 Entonces Jesús dijo: ¿Quién es el que me ha tocado? ...

31 Sus discípulos le dijeron: Ves que la multitud te aprieta, y dices: ¿Quién me ha tocado?

45...Y negando todos, dijo Pedro y los que con él estaban: Maestro, la multitud te aprieta y oprime, y dices: ¿Quién es el que me ha tocado?

32 Pero él miraba alrededor para

ver quién había hecho esto.

33 Entonces la mujer, temiendo y temblando, sabiendo lo que en ella había sido hecho, vino y se postró delante de él, y le dijo toda la verdad.

47 Entonces, cuando la mujer vio que no había quedado oculta, vino temblando, y postrándose a sus pies, le declaró delante de todo el pueblo por qué causa le había tocado, y cómo al instante había sido sanada.

Vemos primero las características de esta curación que le confieren una especificidad exclusiva en el conjunto del Evangelio:

Es la única curación de un caso de patología ginecológica.

Es el único caso en que Jesús obra un milagro sin que medie su voluntad específica, aunque después de realizado e identificado, sí confirme su voluntad de sanar a la demandante.

Es la única ocasión en que el milagro se produce por tocamiento del demandante hacia Jesús (sus ropas) y no al contrario.

Es el único momento en que Jesús da muestras de percibir que de Él ha salido una energía sanadora a consecuencia de la cual se realiza el milagro.

Si bien el poder taumatúrgico de Jesús ya ha sido acreditado como histórico en otra parte de este trabajo, este milagro se escapa de los parámetros habituales del resto, ya que, además de las características específicas y diferenciadoras ya citadas, la "operativa" del mismo le confieren una cierta aureola esotérica y mágica que le alejan del común denominador de todos los demás.

Al tener su origen en una fuente única (Marcos) y carecer de paralelismos en otros textos, nos vemos privados del testimonio múltiple como criterio de apoyo histórico.

Dada la tradición cultural y religiosa judía respecto de la impureza de los flujos femeninos, especialmente el menstrual, el hecho de que Jesús llegue a tener algún tipo de relación, aunque mínima, con una mujer enferma con síntomas de padecer hemorragias vaginales permanentes (12 años), podría acercarnos al criterio de discontinuidad, pero el hilo es demasiado débil para sostener dicho criterio.

Lo rocambolesco de la narración y la elaboración que nos presentan los evangelistas, hacen difícilmente asimilable que este hecho tuviera su origen en algún redactor de la Iglesia primitiva. Máxime cuando este acontecimiento está hilvanado, redacionalmente, con el milagro "estrella" de la perícopa, por lo que el criterio de dificultad, si bien por razones diferentes a las habituales, sí parece que pudiera serle de aplicación.

Obviamente, el criterio de coherencia, quedaría englobado en el común de los relatos milagrosos, aunque, como hemos dicho anteriormente, las características de éste, en concreto, le alejarían de la uniformidad básica del resto.

A la vista de los pocos apoyos con los que podemos contar, me inclino hacia la opinión de que el milagro que se nos relata procede más de una tradición o leyenda dirigida a magnificar el poder sanador de Jesús, que de un hecho histórico real del entorno del Jesús histórico. Aunque dicha tradición se remonte a los tiempos reales del acontecimiento que se nos narra.

Si comparamos los textos examinados, veremos que Marcos y Lucas siguen una misma línea narrativa, si bien vemos a éste último introduciendo aportaciones redaccionales propias (diálogo entre Jesús y sus discípulos personalizado en Pedro, explicación exhaustiva de su acción y motivaciones por parte de la mujer...).

Sin embargo, el texto de Mateo es mucho más conciso y concreto. En Leví desaparece todo rastro esoterismo en la actitud de Jesús y se limita a referir el acontecimiento de forma esquemática: Una mujer aquejada de hemorragias vaginales, piensa que Jesús tiene poder para sanarla y se acerca a tocar su manto. Jesús se vuelve hacia ella y realiza el milagro en una acción voluntaria recompensatoria de la fe depositada en Él por la mujer.

Este estilo mateano sí se ajusta, en todos sus parámetros, a los denominadores comunes del resto de los milagros. Si bien se mantiene la unicificidad de la patología, desaparecen la involuntariedad de Jesús y su percepción de que de Él ha salido una energía reparadora.

Con todas las salvedades posibles, el relato de Mateo parece proceder más de sus propias fuentes que de una trascripción del relato marcano. Sin embargo, esta consideración quedaría anulada en atención a diversos aspectos básicos, como son su ubicación geográfica y redaccional (camino de la casa de Jairo para proceder a la sanación de la hija de éste, la argumentación de fe de la mujer y su acción de tocar el borde del manto de Jesús y, especialmente, las palabras de Jesús: tu fe te ha salvado).

Por lo tanto, lo que podríamos argumentar como una posibilidad de testimonio múltiple queda diluida ante un examen más profundo del texto.

La argumentación procedimental de este relato nos remontaría a Lv. 12, 7 (El sacerdote lo ofrecerá ante Yahweh, haciendo expiación por ella, y quedará purificada del flujo de su sangre. Esta es la ley referente a la mujer que da a luz a un niño o una niña.), Lv. 15, 19 (La mujer que tiene flujo, el flujo de sangre de su cuerpo, permanecerá en su impureza por espacio de siete días. Y quien la toque será impuro hasta la tarde.) y especialmente Lv. 15, 25-27 (25 Cuando una mujer tenga flujo de sangre durante muchos días, fuera del tiempo de sus reglas o cuando sus reglas se prolonguen, quedará impura mientras dure el flujo de su impureza como en los días del flujo menstrual. 26 Todo lecho en que se acueste mientras dura su flujo será impuro como el lecho de la menstruación, y cualquier mueble sobre el que se siente quedará impuro como en la impureza de las reglas. 27 Quien los toque quedará impuro y lavará sus vestidos, se bañará en agua u quedará impuro hasta la tarde.)

A su vez, el número 12, de los doce años que padecía flujo de sangre la mujer sanada, probablemente no se refiere a un período de tiempo concreto, sino que, el evangelista, toma esta cantidad como símbolo. Este número es repetido, hasta la saciedad en el AT, siempre girando alrededor de los 12 hijos de Jacob y, consecuentemente, a las 12 tribus de Israel.

Así, vemos este número refiriéndose a los 12 profetas, los 12 príncipes, las 12 fuentes, las 12 estelas, los 12 principales, etc. Traer aquí las innumerables sitas a este número procedentes del AT harían de este comentario un texto extensísimo y aportaría poco a su aclaración.

Por otro lado, la sangre, dentro de la tradición judía, representaba mucho más que un fluido corporal y un elemento biológico de transporte de alimentos para las células. Simbolizaba la propia vida y el alojamiento del espíritu. Así podemos ver referencias a este respecto en Gen. 9, 4 (Sólo dejaréis de comer la carne con su alma, es decir, con su sangre,), que tiene como consecuencia la prohibición de Lv. 7, 26 (Tampoco comeréis sangre, ni de ave ni de animal, en ninguno de los lugares en que habitaréis.) y Lv. 17, 10-11 (10 Si un hombre cualquiera de la casa de Israel, o de los forasteros que residen en medio de ellos, come cualquier clase de sangre, yo volveré mi rostro contra el que coma sangre y los exterminaré de en medio de su pueblo.11 Porque la vida de la carne está en la sangre, y yo os la doy para hacer expiación en el altar por vuestras vidas, pues la expiación por la vida, con la sangre se hace.)

Por lo tanto, el relato que se nos presenta, se realiza alrededor de un conjunto de símbolos religiosos con significado y trascendencia teológica: la mujer que se acerca a Jesús y toca el borde de su manto, lleva muchos años (12, símbolo de multitud) impura (flujo de sangre), por lo tanto marginada, ya que todo cuanto tocara (incluido el manto de Jesús) quedaba contaminado. Esa impureza, además, se traducía en una pérdida paulatina de la vida interior, por lo que trascendía la patología física evidente. Sin embargo, desde su marginación e inferioridad, la confianza que Cristo despierta en ella le lleva a una acción atrevida y arriesgada, tocar a la fuente del bien con la esperanza cierta de que con ese roce su mal (azote) quede eliminado.

La traducción, desde nuestra experiencia de fe, nos coloca en un cierto paralelismo con la hemorroísa. Así, nosotros también somos pacientes hemorrágicos que perdemos nuestra vida espiritual a cada instante a través de la comisión de nuestras acciones de pecado. Al igual que en el caso de la mujer, nuestra esperanza está en que la fe en el poder de Cristo pueda detener nuestra pérdida de fluido espiritual. Nuestro acercamiento y el roce con su periferia transmitirá hacia nosotros una energía salvífica que nos librará de nuestras culpas y devolverá a nuestro espíritu la paz de Cristo.

Reavivación de la hija de Jairo

21 Pasando otra vez Jesús en una barca a la otra orilla, se reunió alrededor de él una gran multitud; y él estaba junto al mar

40 Cuando volvió Jesús, le recibió la multitud con gozo; porque todos le esperaban.

18 Mientras él les decía estas cosas, vino un hombre principal y se postró ante él, ...

22 Y vino uno de los principales de la sinagoga, llamado Jairo; y luego que le vio, se postró a sus pies,

41 Entonces vino un varón llamado Jairo, que era principal de la sinagoga, y postrándose a los pies de Jesús, le rogaba que entrase en su casa;

18...diciendo: Mi hija acaba de morir; mas ven y pon tu mano sobre ella, y vivirá

23 y le rogaba mucho, diciendo: Mi hija está agonizando; ven y pon las manos sobre ella para que sea salva, y vivirá.

42 porque tenía una hija única, como de doce años, que se estaba muriendo...

19 Y se levantó Jesús, y le siguió con sus discípulos.

24 Fue, pues, con él; y le seguía una gran multitud, y le apretaban.

42...Y mientras iba, la multitud le oprimía.

35 Mientras él aún hablaba, vinieron de casa del principal de la sinagoga, diciendo: Tu hija ha muerto; ¿para qué molestas más al Maestro? 36 Pero Jesús, luego que oyó lo que se decía, dijo al principal de la sinagoga: No temas, cree solamente. 37 Y no permitió que le siguiese nadie sino Pedro, Jacobo, y Juan hermano de Jacobo.

49 Estaba hablando aún, cuando vino uno de casa del principal de la sinagoga a decirle: tu hija ha muerto; no molestes más al Maestro. 50 Oyéndolo Jesús, le respondió: No temas; cree solamente, y será salva. 51 Entrando en la casa, no dejó entrar a nadie consigo, sino a Pedro, a Jacobo, a Juan, y al padre y a la madre de la niña.

23 Al entrar Jesús en la casa del principal, viendo a los que tocaban flautas, y la gente que hacía alboroto, 24 les dijo: Apartáos, porque la niña no está muerta, sino duerme...

38 Y vino a casa del principal de la sinagoga, y vio el alboroto y a los que lloraban y lamentaban mucho. 39 Y entrando, les dijo: ¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no está muerta, sino duerme

52 Y lloraban todos y hacían lamentación por ella. Pero él dijo: No lloréis; no está muerta, sino que duerme.

24,,,Y se burlaban de él.

40 Y se burlaban de él...

53 Y se burlaban de él, sabiendo que estaba muerta.

25 Pero cuando la gente había sido echada fuera, entró...

42,,,Mas él, echando fuera a todos, tomó al padre y a la madre de la niña, y a los que estaban con él, y entró donde estaba la niña.

25,,,y tomó de la mano a la niña, y ella se levantó. 26 Y se difundió la fama de esto por toda aquella tierra.

41 Y tomando la mano de la niña, le dijo: Talita cumi; que traducido es: Niña, a ti te digo, levántate. 42 Y luego la niña se levantó y andaba, pues tenía doce años. Y se espantaron grandemente. 43 Pero él les mandó mucho que nadie lo supiese, y dijo que se le diese de comer.

54 Mas él, tomándola de la mano, clamó diciendo: Muchacha, levántate. 55 Entonces su espíritu volvió, e inmediatamente se levantó; y él mandó que se le diese de comer. 56 Y sus padres estaban atónitos; pero Jesús les mandó que a nadie dijesen lo que había sucedido

Este milagro constituye el núcleo fundamental de la perícopa que estamos contemplando, ya que la curación de la hemorroísa es un intercalado que reafirma la motivación fundamental de ambos milagros: la fe de los demandantes y el poder con el que Cristo está investido.

Antes de proseguir, conviene que hagamos una precisión sobre los términos empleados.

Hablo de reavivación y no de resurrección de una forma consciente e intencionada.

La única resurrección que entiendo como tal, dentro del Evangelio, es la del propio Cristo, ya que es el único que abandona la muerte para "resucitar" a una nueva vida de gloria.

El resto de las "vueltas a la vida", las considero reavivaciones, desde el punto en que esos personajes retoman la vida en el mismo punto en que la dejaron y, aunque no hay un seguimiento evangélico sobre sus destinos, es fácil deducir que transcurrido un plazo más o menos largo, vuelven a morir para esperar la verdadera resurrección a la Vida.

Por resurrección entiendo lo que Pablo nos relata en Ro. 6, 5 (Porque si hemos hecho una misma cosa con él por una muerte semejante a la suya, también lo seremos por una resurrección semejante;); o 1Co. 15, 42 (Así también en la resurrección de los muertos: se siembra corrupción, resucita incorrupción;). Así como el contenido de Heb. 6, 2 (de la instrucción sobre los bautismos y de la imposición de las manos; de la resurrección de los muertos y del juicio eterno).

Por lo tanto, al hablar de resurrección, estaríamos colocándonos en una dimensión escatológica propia del fin de los tiempos, no de un momento puntual en la vida (muerte) material de una persona, donde lo propio sería conceptualizar el acontecimiento como reavivación (vuelta a la vida). Algo muy diferente de la "nueva Vida" prometida.

En todo el Evangelio sólo se recogen tres reavivaciones de cadáveres: la del hijo de la viuda de Naín (recogida exclusivamente por Lucas), la presente (recogida por los tres sinópticos) y la de Lázaro, el amigo de Jesús (recogida exclusivamente por Juan).

Estas reavivaciones tienen una cierta progresión, ya que el fallecimiento del hijo de la viuda de Naín y el caso que nos ocupa, son recientes. La muerte de la persona reavivada acaba de producirse, mientras que en el caso de Lázaro, éste lleva ya cuatro días sepultado.

Respecto del grupo de milagros sobre la muerte, vemos, pues, que disponemos de tres fuentes independientes: las tradiciones propias de Lucas, Marcos y Juan. Por lo tanto, el testimonio múltiple es de plena aplicación a este tipo de milagros. Desconocemos cómo y en qué circunstancias acontecieron los hechos, pero lo que no cabe duda es que existen testimonios distintos que recogen la actividad reavivadora de Jesús.

Su coherencia es plena con el global del mensaje evangélico, principalmente con el Evangelio de la vida (Juan): Jn 11, 25 (Jesús le respondió: «Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá;). Y más específicamente, con lo recogido en Jn. 10, 18 (Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre.»), Jn. 17, 2 (Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú le has dado.)

Por otra parte, el criterio de discontinuidad quedaría acreditado por la acción de Jesús de tocar a la niña (tomando de la mano a la niña), ya que esta actitud es contraria las tradiciones judaicas, provenientes de, p. Ej. Lv. 21. 11 (ni se acercará a ningún cadáver; ni siquiera por su padre o por su madre puede hacerse impuro); Núm. 5, 2 («Manda a los israelitas que echen del campamento a todo leproso, al que padece flujo y a todo impuro por contacto de cadáver) y, más concretamente, de Núm. 19,11 (El que toque a un muerto, cualquier cadáver humano, será impuro siete días).

Además de la aplicación de este criterio a la acción que estamos comentando, al contravenir una ley religiosa, el criterio de ejecución, también le sería aplicable por extensión.

Si bien es un criterio de los llamados secundarios, el correspondiente a rastros de arameo, también quedaría aplicado a esta parcelación, toda vez que la conservación de las palabras arameas "Talita cumi", sugiere un apoyo más sobre la procedencia del acontecimiento del Jesús histórico.

Comparando los textos de los tres sinópticos, contemplamos ciertas diferencias literarias y contextuales.

Mientras que Mateo ubica el acontecimiento dentro de un contexto milagroso (tras la polémica sobre el ayuno y llamamiento de Mateo, que, a su vez, es continuación de la curación del paralítico; y antes de la curación de dos ciegos y un endemoniado mudo), Marcos lo coloca como una vuelta a Galilea tras el episodio de los gerasenos e inmediatamente antes del regreso del grupo a Nazaret. Lucas, en la línea de Marcos, lo coloca tras el mismo episodio de los endemoniados gerasenos e inmediatamente antes de la misión de los 12.

En el aspecto literario, Lucas y Marcos, prácticamente coinciden en la redacción, salvo algunas aportaciones y omisiones evolutivas de Lucas.

Sin embargo, es Mateo quien muestra más diferencias con respecto a los otros dos sinópticos. Tantas que más parece un relato extraído de las propias fuentes de Mateo que originadas por las de Marcos.

Veamos las más resaltables:

Para Marcos y Lucas, el que acude a solicitar la ayuda de Jesús es un principal de la sinagoga llamado Jairo. Mientras que para Mateo, es un hombre principal anónimo.

Para Marcos y Lucas, la hija de Jairo se está muriendo en el momento de la demanda de ayuda, pero aún está viva. Mientras que para Mateo, la niña ya ha muerto y lo que le solicita es, directamente la reavivación.

Para Marcos y Lucas, tras la sanación de la hemorroísa, llegan de casa de Jairo para avisar que la niña ha muerto, por lo que le indican que ya no es necesaria la presencia del Maestro para curarla, a lo cual, Jesús responde con un aliento de esperanza, apoyado en la fe del demandante e insiste en ir aun cuando la niña ya ha muerto. Mateo, obviamente omite este viaje de los mensajeros, puesto que la niña ya había muerto. También omite cualquier mención a la fe del "principal", ya que ésta se da por supuesta con la propia demanda y es la iniciativa de Jesús en la reavivación la que actúa.

Para Marcos y Lucas, Jesús se hace acompañar sólo por Pedro, Santiago y Juan (más los padres de la niña). En el caso de Mateo le siguen sus discípulos, en general.

Marcos y Lucas relatan, dentro de la propia acción milagrosa, además de tomar de la mano a la niña, un diálogo entre Jesús y ella, consistente en una orden del Maestro a la niña: "niña a ti te digo, levántate" (Marcos); "muchacha, levántate" (Lucas). Mateo soslaya esta orden y refiere simplemente la acción de tomarla de la mano, motivo por el cual, la niña se levanta.

Marcos y Lucas recogen la edad de la niña (12 años). Una edad significativa, pues correspondía a la "mayoría de edad" religiosa de la época. Sin embargo, en Mateo esta circunstancia se encuentra totalmente ausente.

Marcos y Lucas recogen la voluntad de Jesús, trasmitida a sus familiares, de que no se divulgase lo sucedido. Sin embargo, Mateo relata todo lo contrario, la divulgación del milagro por toda la región.

Todas estas diferencias, más las ya citadas referidas al contexto, que no solamente afectan al matiz, sino que incumben de lleno al núcleo del relato, nos hacen reafirmarnos en que, para este relato, disponemos de dos fuentes relativamente independientes: Marcos y las propias de Mateo, por lo que el testimonio múltiple, si bien ya está atestiguado para los milagros de reavivaciones, queda más acentuado en el caso concreto que nos ocupa.

Como crónica del acontecimiento, éste podríamos relatarlo de la siguiente forma: Jesús vuelve a Galilea (permanece en esa tierra en un periplo milagroso, para Mateo) y va a buscarle un elemento principal de la sinagoga que tiene una hija a punto de morir. Éste pide al maestro que interceda por ella y la sane, a lo cual, Jesús accede y se pone en camino. En el ínterin se produce la "interrupción" de la hemorroísa, lo cual entretiene al Maestro y da lugar a que la niña fallezca, ello le es comunicado a través de mensajeros enviados de la casa de Jairo. Ante la turbación del padre por esta noticia, Jesús le consuela y pide su fe en su poder, prosiguiendo el camino hacia su casa. Cuando llega, acompañado de los padres de la niña y tres de sus discípulos, se encuentra con la algarabía propia de un funeral. Procede a expulsar a plañideras y lamentadores porque, para Él, la niña duerme, aun a costa de las burlas de los presentes. Entra en el aposento de la fallecida, la toma de la mano y la ordena que se levante, tras lo cual, la niña, de 12 años, se levanta y se pone a comer. Como conclusión, pide a los presentes que guarden el secreto de lo acontecido.

Como en el caso de la hemorroísa, el hilo conductor del relato lo constituye la fe en Cristo.

La conjunción de ambos milagros nos ofrece una enseñanza teológica importante. Estamos ante una evolución en la pérdida de vida espiritual de la persona. Por una parte, mientras que la hemorroísa va perdiendo su vida poco a poco y esta situación es restaurada por Jesús a través de la fe de la mujer, La hija de Jairo, viva en el momento en que el padre hace explicitación de su confianza en el Maestro, en el transcurso de la aproximación de Cristo, ésta pierde completamente la vida, por lo cual, la acción de fe ha de ser manifestada con mayor énfasis, ya que no se trata de detener la pérdida paulatina de vida, sino de recuperar la vida que se ha perdido completamente.

Esto, aplicado a nuestra vivencia personal nos acerca a la evolución histórica de cada uno de nosotros.

Nuestro alejamiento de la Vida de que nos habla Mateo en Mt. 18, 8-9 (8 «Si, pues, tu mano o tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo y arrójalo de ti; más te vale entrar en la Vida manco o cojo que, con las dos manos o los dos pies, ser arrojado en el fuego eterno. 9 Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te vale entrar en la Vida con un solo ojo que, con los dos ojos, ser arrojado a la gehenna del fuego.) y Juan en Jn. 14, 6 (Le dice Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí.) se produce de forma paulatina, desde el mismo instante de nuestra existencia, ya que desde ese mismo momento, confluyen en nosotros las diversas instancias de situación de pecado (estructural, existencial y moral), por lo tanto, nuestro espíritu, inmerso en el pecado, va perdiendo vida, como si de una hemorragia constante se tratara. Sin embargo, la fe en Cristo, nuestro acercamiento a tocar, aunque sólo sea el borde de su manto (su periferia), nos recupera de la vida que hemos ido perdiendo, aunque, nuevamente, volvamos a comenzar de nuevo a perderla en un movimiento cíclico inherente a nuestras limitaciones y existencia material. Este movimiento cíclico, en algún momento, puede quedar truncado por el "entretenimiento" del Maestro (nuestro no acercarnos lo suficiente, o con la suficiente fe), escapando de nosotros la poca vida que nos queda y quedando nuestro espíritu fuera de la Vida.

Esto no implica el fin último, sino que la intercesión, nuevamente, de la fe en Cristo y el ejercicio de su misericordia, reaviva en nosotros el espíritu, recuperando la vida que parecía perdida y que, para el poder de Cristo, solamente estaba dormida.

La reavivación que acabamos de contemplar es un anticipo de la de Lázaro, mucho más compleja y elaborada, que, a su vez, es anticipo de la resurrección, que no reavivación, del propio Cristo.

También tenemos una imagen de la propia resurrección de todos nosotros, con los tintes escatológicos propios de la predicación cristiana.

En este aspecto, es nuestra propia ubicación y confianza la que, en el momento último del fin de la historia, nos hará resucitar al lado de Cristo o al margen de la compañía divina.

Mt. 9, 27-31

27 Pasando Jesús de allí, le siguieron dos ciegos, dando voces y diciendo: ¡Ten misericordia de nosotros, Hijo de David! 28 Y llegado a la casa, vinieron a él los ciegos; y Jesús les dijo: ¿Creéis que puedo hacer esto? Ellos dijeron: Sí, Señor. 29 Entonces les tocó los ojos, diciendo: Conforme a vuestra fe os sea hecho. 30 Y los ojos de ellos fueron abiertos. Y Jesús les encargó rigurosamente, diciendo: Mirad que nadie lo sepa. 31 Pero salidos ellos, divulgaron la fama de él por toda aquella tierra.

Perícopa procedente de las fuentes propias de Mateo, sin paralelo directo con las redacciones de los otros sinópticos o la de Juan.

Este acontecimiento, Mateo lo coloca dentro de la serie milagrosa iniciada en el capítulo 8 y que terminará al final del presente capítulo 9 en el curso de su periplo por Galilea.

En este acontecimiento se da una circunstancia especial, dentro del Nuevo Testamento. Prácticamente es el mismo relato que el propio Mateo nos refleja en Mt. 20, 30-34 (30 En esto, dos ciegos que estaban sentados junto al camino, al enterarse que Jesús pasaba, se pusieron a gritar: «¡Señor, ten compasión de nosotros, Hijo de David!» 31 La gente les increpó para que se callaran, pero ellos gritaron más fuerte: «¡Señor, ten compasión de nosotros, Hijo de David!» 32 Entonces Jesús se detuvo, los llamó y dijo: «¿Qué queréis que os haga?» 33 Dícenle: «¡Señor, que se abran nuestros ojos!» 34 Movido a compasión Jesús tocó sus ojos, y al instante recobraron la vista; y le siguieron).

Los puntos de coincidencia entre ambos relatos son tantos que, a primera vista, pudiera parecer que Mateo nos repite el milagro de la curación de dos ciegos en dos zonas de su redacción.

Sin embargo, hay suficientes razones para pensar que se trata de dos relatos diferentes y, que, por lo tanto, Mateo, en su redacción recoge dos curaciones de ciegos independientes.

El texto que contemplamos nos refiere al periplo galileo del Maestro, mientras que el recogido en el capítulo 20 nos lleva a la aproximación del grupo a Jerusalén.

El texto que estamos examinando lo encontramos en un contexto milagroso, cuya referencia es la fe de quienes solicitan el milagro, mientras que el del capítulo 20 está incrustado en el adoctrinamiento a sus discípulos.

En este texto, los ciegos siguen a Jesús y su súplica se dirige hacia su misericordia, mientras que en el capítulo 20, los ciegos están sentados al borde del camino y la súplica se dirige hacia la compasión de Jesús. Esta es una diferencia fundamental por su gran significación teológica. La ubicación de los ciegos (siguiendo a Jesús, o al borde del camino) cambia radicalmente el enfoque del acontecimiento desde el prisma teológico.

También cambia este enfoque el diálogo sostenido por Jesús con los dos ciegos. Mientras que en el texto presente, en relación directa a la fe de los demandantes, Jesús les interroga sobre si ellos piensan que Él tiene poder para sanarles, en el texto del capítulo 20, les pregunta por lo que quieren que les haga, lo que entroncaría este último milagro, junto con su situación al borde del camino, con el recogido por Marcos en Mc. 10, 46 (ciego Bartimeo) y Lc. 18, 35.

En este texto, Jesús pide a los ciegos que no divulguen su sanación y ellos, a su vez, desobedeciendo esta recomendación, se marchan pregonando su curación. En la curación del capítulo 20, los ciegos, una vez curados, siguen a Jesús, al igual que Bartimeo en el relato marcano.

Por lo tanto, y a la vista de estas diferencias, como indicamos anteriormente, el texto que estamos contemplando nos remite a la curación de dos ciegos diferentes de los señalados en el capítulo 20, siendo su origen, por tanto, las tradiciones propias de Mateo.

Aunque parezca una simpleza, la diferenciación de este relato respecto del contenido en el capítulo 20 y los relatos marcano y lucano, cobra cierta importancia al plantearnos la historicidad de las curaciones de ciegos por parte de Jesús, toda vez que la independencia de fuentes del texto contemplado, añadida a los relatos citados, junto con los contenidos en Mc. 8, 22 (ciego de Betsaida) y Jn. 9, 1 (ciego de nacimiento), nos aporta una multiplicidad de testimonios en cuanto a sanaciones de ciegos.

En el caso que nos ocupa, respecto del criterio de coherencia, está meridianamente clara su aplicación, ya que el relato, enmarcado en un contexto milagroso, gira alrededor de la fe de los demandantes, con lo que es plenamente coherente con el global evangélico y con el contexto en que se ubica dicho relato.

Los criterios de ejecución y dificultad no parecen tener hilos suficientes para ser aplicados en este caso, por lo que no los consideraremos como elementos de apoyo histórico.

A su vez, el criterio de discontinuidad, tendría ciertos visos de aplicación si nos remontamos a lo recogido en las tradiciones judías procedentes de Lev. 21, 17-18 (17 Habla a Aarón y dile: Ninguno de tus descendientes en cualquiera de sus generaciones, si tiene un defecto corporal, podrá acercarse a ofrecer el alimento de su Dios; 18 pues ningún hombre que tenga defecto corporal ha de acercarse: ni ciego ni cojo ni deforme ni monstruoso) y 2 Sa. 5, 8 (Y dijo David aquel día: «Todo el que quiera atacar a los jebuseos que suba por el canal..., en cuanto a los ciegos y a los cojos, David los aborrece.» Por eso se dice: «Ni cojo ni ciego entrarán en la Casa») donde podemos comprobar que los ciegos constituían una suerte de casta apartada de cualquier ceremonial litúrgico y social. Por lo tanto, la aproximación de Jesús y su atención a estos enfermos, entraría en cierta contradicción con la tradición judía de la época.

Por lo que se refiere al poder sanador sobre los ciegos, el Salmo 146 (147), ver. 8, adjudica este poder directamente a Dios (Yahveh abre los ojos a los ciegos, Yahveh a los encorvados endereza, Ama Yahveh a los justos), mientras que vemos una evolución para este mismo poder en Is. 42, 7 (para abrir los ojos ciegos, para sacar del calabozo al preso, de la cárcel a los que viven en tinieblas), donde, dentro del canto del siervo de Yahweh, esta capacidad le es adjudicada a dicho siervo.

Mateo utiliza muy apropiadamente esta capacidad profetizada por Isaías para aplicársela a Jesús, en apoyo de su planteamiento evangélico: en Jesús se cumplen todas las profecías mesiánicas del AT.

El título "Hijo de David" es un título mesiánico que Mateo utiliza con profusión, aunque también podemos encontrarlo, en menor medida, en los textos de Marcos y Lucas, aunque no en los de Juan, ni tampoco en el resto de la literatura neotestamentaria. Su origen hemos de buscarlo en las palabras que el profeta Natán le transmite a David procedentes de Yahweh (2 Sam.7, 12-16: 12 Y cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza. 13 (El constituirá una casa para mi Nombre y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre.) 14 Yo seré para él padre y él será para mí hijo. Si hace mal, le castigaré con vara de hombres y con golpes de hombres, 15 pero no apartaré de él mi amor, como lo aparté de Saúl a quien quité de delante de mí. 16 Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí; tu trono estará firme, eternamente.»)

La atribución de este título de forma pública, sí que nos acercaría al criterio de ejecución, pues, como veremos más adelante en Mt. 21, 15 (Mas los sumos sacerdotes y los escribas, al ver los milagros que había hecho y a los niños que gritaban en el Templo: «¡Hosanna al Hijo de David!», se indignaron), tal atribución indignaba a la casta sacerdotal.

Como resumen del texto, vemos a Jesús realizando por Galilea varios signos o milagros, en apoyo de su predicación acerca de la fe. Según pasa, dos ciegos le siguen vociferando y solicitando su misericordia, a lo cual, Jesús les responde, rabínicamente, con otra pregunta respecto de su creencia en el poder de que está investido. Ante la aquiescencia de los ciegos, Jesús, apoyándose en la fe de los demandantes, les toca y éstos comienzan a ver, tras lo cual, en contra de las recomendaciones del Nazareno, se dedican a divulgar el prodigio recibido.

Una vez examinado el texto, pasemos a la posible interpretación del mismo, a la luz de nuestra propia experiencia de fe.

Cristo pasa por la vida, por cada una de nuestras vidas, en cada momento. Podemos dejarle pasar o, como los ciegos, seguirle. La ceguera que el texto nos presenta, es asimilable a la ceguera de nuestras vidas, cuando el resplandor del escaparate del mundo nubla nuestras percepciones y nos impide atisbar la verdadera vida. También es asimilable al obnubilamiento del odio, el desencuentro, la soledad y la ira. En uno u otros casos, nuestra vida camina en la oscuridad por derroteros insospechados, sin dirección, sin saber adonde vamos ni para qué. Es la ceguera que genera el vacío espiritual de quien se aleja de Cristo.

Como los ciegos, podemos correr tras Él y pedir a gritos su misericordia, porque Él es pleno de ella. Su capacidad para asimilar en su corazón nuestras miserias y limitaciones es inmensa, por lo tanto, también lo es su capacidad de comprender nuestra desgracia e infelicidad, así como nuestros devaneos y alejamientos.

Cuando ello sucede, siempre retumbará en nuestro interior la misma pregunta reiterada: ¿crees que realmente puedo ayudarte?.

Si nuestra confianza es real y la limpieza de intenciones también lo es, la mano misericordiosa de Cristo se acercará a nosotros y su roce se constituirá en bálsamo sanador para nuestra oscuridad. Esta simple acción es suficiente para producir la apertura de nuestros ojos a la verdadera luz de la vida que Él nos anuncia en Jn. 8, 12 (Jesús les habló otra vez diciendo: «Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida»).

La ayuda de Cristo, como siempre, es gratuita. No nos pide nada a cambio, sólo la confianza en Él. La misma que Él depositó en el Abbá cuando constató su total abandono del mundo.

Mt. 9, 32-34

32 Mientras salían ellos, he aquí, le trajeron un mudo, endemoniado. 33 Y echado fuera el demonio, el mudo habló; y la gente se maravillaba, y decía: Nunca se ha visto cosa semejante en Israel. 34 Pero los fariseos decían: Por el príncipe de los demonios echa fuera los demonios.

Perícopa procedente de las fuentes propias de Mateo, con la que sucede algo similar a lo referido con respecto a la curación de los dos ciegos.

La curación de un mudo también está repetida por Mateo en otra parte de su redacción, (Mt. 12, 22-24: 22 Entonces le fue presentado un endemoniado ciego y mudo. Y le curó, de suerte que el mudo hablaba y veía. 23 Y toda la gente atónita decía: «¿No será éste el Hijo de David?» 24 Mas los fariseos, al oírlo, dijeron: «Este no expulsa los demonios más que por Beelzebúl, Príncipe de los demonios»), que, realmente se correspondería con un relato con origen en Q, modificado por Mateo para no identificarlo exactamente con el que nos ocupa y que, originalmente, sería el que se ajustase con mayor fidelidad a la tradición primitiva, aunque, aquí, Mateo, lo utiliza como elemento redaccional en apoyo de la línea que su redacción está siguiendo en estos momentos.

Hay que distinguir una parcela en este relato. En los tiempos en que nos movemos, la mayoría de las patologías minusválicas, para la mentalidad judía, eran producto de una posesión demoníaca, la cual llevaba aparejada el impedimento físico que se nos plantee en cada texto.

Para la afirmación de que estamos ante una necesidad redaccional del evangelista, nos apoyamos en esta afirmación en que el contexto del relato que se nos presenta, está totalmente fuera de lugar el ver. 34 referido a los fariseos, quienes, por otra parte, salvo que algún grupo de este partido siguiera permanentemente a Jesús, han desaparecido de escena tras la comida en casa de Leví.

Por otra parte, la frase contenida en el ver. 33 par. "la gente se maravillaba y decía...", más parece una enfatización del evangelista que algo proveniente de la tradición original del relato.

Por lo tanto, el hecho, como originalmente pudiera haber sido recibido por Mateo, se parecería mucho a: 32 Mientras salían ellos, he aquí, le trajeron un mudo, endemoniado. 33 Y echado fuera el demonio, el mudo habló.

Respecto de curaciones de mudos, no hay muchos testimonios en el Evangelio. Tan sólo tres: el que estamos contemplando, el citado de Mt. 12, 22-24 (Lc. 11,14) y la curación del hijo mudo de Mc. 9, 12.

La diferencia de fuentes y contextos de estas tres curaciones nos llevan a la aplicación del testimonio múltiple, para la posible historicidad de las curaciones de mudos. En su apoyo, además, vemos multitestimonios redaccionales en Mt. 15, 30 (Y se le acercó mucha gente trayendo consigo cojos, lisiados, ciegos, mudos y otros muchos; los pusieron a sus pies, y él los curó.) y Mc. 7, 37 (Y se maravillaban sobremanera y decían «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»);

A su vez, como en el caso de los ciegos, su correspondencia con las características generales de los milagros de Jesús y el global del mensaje evangélico (son los enfermos los que necesitan médico, no los sanos), nos aproximarían al criterio de coherencia, pero ningún otro de los criterios historicistas le sería aplicable a este hecho concreto, dada su gran precariedad narrativa.

Si bien, como hemos citado, son pocos los relatos de curaciones de mudos específicas, en todas ellas nos encontramos un denominador común: la mudez es producto de una posesión demoníaca (espíritu inmundo), lo que entra en contradicción con las palabras de Yahweh a Moisés de Ex. 4, 11 (Le respondió Yahveh: «¿Quién ha dado al hombre la boca? ¿Quién hace al mudo y al sordo, al que ve y al ciego? ¿No soy yo, Yahveh?) y Lev. 19, 14 (No maldecirás a un mudo, ni pondrás tropiezo ante un ciego, sino que temerás a tu Dios. Yo, Yahveh.)

Es en la literatura intertestamentaria, en los textos deuterocanónicos, donde podemos encontrar alguna justificación a esta cualificación posesiva. Así en II Mac. 3, 19 (Mientras él yacía mudo y privado de toda esperanza de salvación, a causa del poder divino), aunque vemos la intervención del poder divino, podemos entrever la posesión en la privación de esperanza de salvación (alejamiento de Dios) y Sab. 10, 21 (porque la Sabiduría abrió la boca de los mudos e hizo claras las lenguas de los pequeñuelos), de donde, por extensión, si es la Sabiduría la que abre la boca de los mudos, éstos estarían privados de ella y, por tanto, poseídos por un espíritu contrario a ella.

En todo caso, para la cultura judía de la época, la mudez trascendía la patología que impedía emitir sonidos articulados, ya que para esta cultura, la palabra era mucho más que la expresión de una idea. Era la idea misma. Quien está privado de la palabra, prácticamente esta privado de espíritu y de esencia vital, toda vez que la palabra es inherente al ser humano, a la persona, y dice todo acerca de ella misma. Estaríamos, pues, ante algo más que una minusvalía física. Nos encontraríamos ante una privación espiritual que es trocada, por acción de un espíritu demoníaco o inmundo, en la imposibilidad de comunicación, expresión y, por lo tanto, de manifestación de su persona.

La parquedad del relato mateano no nos permite profundizar mucho más en la "operativa" del milagro, ya que no nos aporta ningún dato respecto de la forma en que Jesús echa o expulsa al demonio generador de la mudez, por lo tanto, no hay mucho más que aportar respecto de este relato.

En cuanto a la interpretación teológica, ésta quedaría muy interconectada con el pensamiento hebreo acerca de la mudez. Cristo es el sanador de almas que limpia éstas de sus incapacidades expresivas y las devuelve la posibilidad de contactar, relacionar y expresar sus esencias para con Dios y con el resto de los hermanos.

Mt. 9, 35-38 Lc. 10, 2

35 Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. 36 Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor

 

37 Entonces dijo a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos. 38 Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies.

2 Y les decía: La mies a la verdad es mucha, mas los obreros pocos; por tanto, rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies

Perícopa procedente de la fuente Q, que ambos evangelistas recogen con práctica equivalencia en lo que se refiere al dicho central de Jesús respecto del símil de la mies.

El resto de la perícopa de Mateo constituye un añadido redacional del evangelista que contiene una enorme carga simbólica y teológica que analizaremos después, pero, por el momento, nos limitaremos al dicho central.

Los símiles agrícolas constituyen algo usual en la Biblia. No en vano, estamos ante la historia sacralizada de un pueblo que, en origen, procede de tribus nómadas (patriarcas) y que, evolutivamente, ha ido asentándose en Palestina y sederentarizando su establecimiento, pasando de las labores propias del nomadismo (pastoreo) a las de una nación establecida (labores agrícolas). Por ello, estos símiles son bien entendidos por el pueblo de Israel y profusamente utilizados, tanto en el AT como en el NT.

Más concretamente, la mies/es aparece hasta 14 veces en la Biblia, la mayoría de ellas referidas a labores y trabajos agrícolas (adoctrinamiento sobre estos trabajos). Esto es lo que nos encontramos en los libros del Éxodo, Levítico, Deuteronomio, Proverbios y Jeremías.

Otras veces, en uso símil, la mies es utilizada en tonos apocalípticos. Así podemos ver en Is. 17, 5 (Será como cuando apuña un segador la mies, y su brazo las espigas siega; será como espigador en el valle de Refaím); Jo. 4, 13 (Meted la hoz, porque la mies está madura; venid, pisad, que el lagar está lleno, y las cavas rebosan, tan grande es su maldad) y Ap. 14, 15 (Luego salió del Santuario otro Ángel gritando con fuerte voz al que estaba sentado en la nube: = «Mete tu hoz = y siega, porque ha llegado la hora de segar; = la mies = de la tierra = está madura). En estos pasajes, la mies es asimilada a los tiempos del caos, al final de la historia. El momento en que el fruto (la mies) está madura y se hace necesaria su recogida.

Al igual que en estos pasajes, en el dicho de Jesús, el sujeto (el segador, el Señor, el Ángel de la nube, etc.), de una u otra forma, representa a Dios (o sus enviados).

Sin embargo, en los pasajes que hemos visto, el objeto (la mies, el fruto, la cosecha) es la propia humanidad que habrá de ser recogida en el momento final, mientras que en el dicho de Jesús, este objeto, si bien sigue siendo la humanidad (la mies es mucha = el trabajo pastoral a realizar es inmenso), carece del sentido apocalíptico de los pasajes contemplados, pasando a una temporalidad real continua con la necesidad del aporte de obreros (discípulos, evangelizadores, catequizadores, etc.).

La coherencia del dicho con el resto del Evangelio queda atestiguada por la necesidad de la expansión de la predicación de la Buena Nueva, expresada en los encargos que Jesús hace a los 12 y a los 70.

Precisamente, esta es una de las diferencias contextuales de este dicho en ambos evangelistas.

Mientras que Mateo lo inserta como una doxología final de su periplo milagroso, o como una enseñanza apriorística a la designación de los 12 (el texto contemplado está inserto entre ambos momentos), Lucas lo incluye en una exhortación más amplia hacia los 70 enviados.

Por lo tanto, si bien la multiplicidad de testimonios de fuentes no es aplicable, al tener la misma procedencia, sí podría encajar el testimonio múltiple contextual.

La evidencia de criterios historicistas, pues, es demasiado débil como para decantarse por una afirmación categórica acerca de la procedencia del dicho del Jesús histórico, por lo tanto, dejaremos esta consideración en suspenso.

Vayamos al texto de Mateo, ya que su consideración simbólica y teológica sí que contiene valiosos y diversos elementos.

Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas,

enseñando en las sinagogas de ellos,

y predicando el evangelio del reino,

y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor.

Entonces dijo a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies.

6 frases, simples o compuestas, que resumen la casi totalidad del mensaje evangélico.

1ª) Jesús recorre las ciudades y aldeas.

Es una constante de Cristo. Él no está quieto o pasivo. Su mensaje es dinámico y de cercanía. Él viene hacia nosotros, hacia todos nosotros (todas las ciudades y aldeas). No se limita a los centros de poder, a los lugares importantes o núcleos de influencia. Viaja por todos los lugares, grandes y pequeños, centrales y periféricos. Nos están reflejando la universalidad y apertura del Evangelio, que es para todos los hombres, sin distinción de razas, etnias, clases o cualquier otra peculiaridad.

Todos los hombres son visitados por Cristo. No existe elitismo ni castas. Los términos evangélicos son claros y terminantes (todas las ciudades y aldeas).

El movimiento expresado por la frase contrasta con la quietud de nuestra actualidad pastoral. La Iglesia de Cristo es una Iglesia en movimiento, que se desplaza por los lugares donde la gente habita, no se queda en el interior de los templos, se mueve por las ciudades y aldeas. Su misión es pastoral y dinámica, no pasiva y de recepción. Es, al mismo tiempo, una ruptura con las prácticas del que, en algún momento, pudo ser su maestro: Juan Bautista. A diferencia de Juan, que predicaba en el desierto, en las riberas del Jordán, Cristo recorre el territorio. No hay que ir a buscarle, como a Juan, para encontrarle, Él viene a nosotros. Su interés somos nosotros y, por ello, nos busca y nos visita.

2ª) Enseñando en las sinagogas de ellos.

3ª) Predicando el evangelio del Reino

4ª) Sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo

Esta es la actividad de Cristo en sus periplos. Enseña porque es el Verbo, la Palabra. Tiene toda la sabiduría heredada del Padre y, por tanto, autoridad y capacidad suficiente para enseñar. El calificativo de Maestro que tantas veces veremos en el Evangelio es mucho más que un título aplicado a Cristo. Es una cualidad. Cristo no es un Maestro, sino El Maestro. Nos enseña la nueva vida que Él acerca con su predicación del Reino. Nos enseña cómo nos ve Dios a los humanos. Nos enseña cómo hemos de relacionarnos con los hermanos. Nos enseña que toda la ley y los profetas se resumen en dos preceptos: amarás a Dios con todo tu corazón y al prójimo como a ti mismo. La docencia de Cristo es universal, no sólo en su aspecto espacial, sino, especialmente, en su contenido y contexto.

No estamos ante una enseñanza religiosa, sino existencial. Aplicable a todos y cada uno de nuestros actos más cotidianos.

Predica una nueva era, anticipada por Isaías en su capítulo 2. El Reino, el Gobierno de Dios, se ha acercado. Ya está entre nosotros. Su predicación es escatológica, pero algunas realidades de la presencia del Reino ya se hacen presentes.

No está predicando un cambio político o social, sino una nueva historia que se fundamenta en el amor de Dios a los hombres hasta el punto de encarnarse en la persona de su Hijo.

El Reino de Dios no es otra cosa que su aquiescencia a gobernar. Los términos, a veces, se quedan pequeños para contener la grandiosidad del mensaje. El gobierno de Dios, el Reino de Dios, no adquiere los tintes políticos que el término nos sugiere. El Reino va más allá de las formaciones e ideologías porque implica la totalidad de la persona, no sólo los aspectos relacionales inter individuales o colectivos. También el espíritu forma parte de ese Gobierno. El Reino trasciende las leyes (hasta Juan, la Ley y los profetas) humanas. Desde Cristo, el Reino.

Una de las realidades del Reino son sus sanaciones (independientemente de la historicidad de los hechos que se nos narren). Cristo se constituye en sanador de almas dolientes.

La soledad, la distancia, la lejanía, el aislamiento del espíritu, encuentra en Cristo el bálsamo para todas sus dolencias.

Con el advenimiento del Reino, y desde el Reino, tienen sentido las limitaciones humanas. Desde la predicación del Reino, la felicidad es vislumbrable y, por lo tanto, incluso desde la enfermedad, la vida tiene sentido. El sentido que le da la entrega que Cristo nos enseña y predica.

5ª) Al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor.

Esta frase siempre me ha causado un especial sentimiento de cercanía a Cristo.

Representa la entraña del Maestro.

El Dios hecho hombre no es insensible ni hierático. El Dios que encarna Cristo siente compasión y percibe nuestras miserias (siente misericordia).

Es consciente de nuestra soledad y desamparo. Este es el motivo fundamental de la encarnación.

Dios no necesitaba, por sí mismo, entrar en la historia real del mundo. Era el mundo el que necesitaba, y necesita, la presencia de Dios.

Cristo nos muestra en esta actitud su compasión y cercanía a los hombres. Él también es un hombre y, por lo tanto, está revestido de las mismas limitaciones (salvo el pecado) que el resto de la humanidad. Desde la cercanía de su forma humana, puede percibir con una proximidad única la soledad del hombre en multitud.

Hacia él se dirige su enseñanza y predicación.

El desamparo y dispersión del rebaño sin pastor precisan de un guía (el pastor) que cuide, organice y aúne al rebaño.

Esta es la misión pastoral de la predicación cristiana. El Pastor es Cristo (repetido hasta la saciedad en el Evangelio, especialmente en la redacción joánica), el rebaño lo conformamos todos nosotros y nuestro Pastor comprende y asume nuestro desamparo, para ello nos facilita los medios e instrumentos existenciales precisos para solventar esta situación: viene a nosotros, nos enseña, predica la existencia del Reino y sana nuestros males.

6ª) La mies es mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies.

El dicho que hemos examinado al principio es el colofón y la consecuencia de todo lo anterior. La construcción del evangelista es admirable, ya que nos introduce a este dicho mediante una argumentación global del contenido evangélico, para concluir con la oración de Cristo al Padre.

El trabajo por hacer es mucho. El Reino está presente entre nosotros, pero su construcción está inacabada. Para esa construcción, sólo finita en términos escatológicos, precisamos de la colaboración de muchos obreros. El proceso evangelizador es permanente y constante. Nada está terminado, porque la historia está inconclusa. En tanto nuestra historia, la que vivimos cada día, permanezca inacabada, la mies seguirá pendiente de recoger y seguirán siendo precisa la concurrencia de muchos obreros.

El Señor de la mies es quien nos llama (nadie viene a Mi si no es por el Padre), pero hemos de seguir pidiéndole que siga aportando obreros porque los que hay no son suficientes.

Esta frase recoge una llamada al apostolado, una llamada que pasa por el Padre y nos dirige hacia el Hijo, a través del Espíritu. Estamos ante la plenitud de Dios en la misión pastoral, docente y predicatoria del Hijo.

Mt. 10, 1-4 Mc. 3.13-19 Lc. 6.12-16

 

 

12 En aquellos días él fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios.

 

13 Después subió al monte, y llamó a sí a los que él quiso; y vinieron a él.

13 Y cuando era de día, llamó a sus discípulos,...

1 Entonces llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia.

14 Y estableció a doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar, 15 y que tuviesen autoridad para sanar enfermedades y para echar fuera demonios:

13...y escogió a doce de ellos, a los cuales también llamó apóstoles:

2 Los nombres de los doce apóstoles son estos: primero Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano; Jacobo hijo de Zebedeo, y Juan su hermano; 3 Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo el publicano, Jacobo hijo de Alfeo, Lebeo, por sobrenombre Tadeo, 4 Simón el cananista, y Judas Iscariote, el que también le entregó.

16 a Simón, a quien puso por sobrenombre Pedro; 17 a Jacobo hijo de Zebedeo, y a Juan hermano de Jacobo, a quienes apellidó Boanerges, esto es, Hijos del trueno; 18 a Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Jacobo hijo de Alfeo, Tadeo, Simón el cananista, 19 y Judas Iscariote, el que le entregó...

14 a Simón, a quien también llamó Pedro, a Andrés su hermano, Jacobo y Juan, Felipe y Bartolomé, 15 Mateo, Tomás, Jacobo hijo de Alfeo, Simón llamado Zelote, 16 Judas hermano de Jacobo, y Judas Iscariote, que llegó a ser el traidor.

 

19...Y vinieron a casa.

 

Antes de continuar con nuestro análisis, hagamos un pequeño inciso metodológico.

La base tomada para este trabajo (el Evangelio según San Mateo), como ya hemos mencionado en otras ocasiones en este trabajo, tiene sus exigencias metodológicas.

Hemos llegado a un punto crucial en el discurso del Evangelio: la elección de los 12.

En este asunto, los evangelistas muestran grandes diferencias contextuales que se hace preciso mencionar antes de proseguir.

Mateo Dedica un capítulo completo (10) a este menester, ya que, dentro de su redacción, no se limita a mencionar la elección y presentar la lista de los elegidos, sino que aprovecha esta elección para incluir un discurso doctrinal y catequético para estos elegidos. Es como si el evangelista haya recogido de sus tradiciones los dichos referidos a este adoctrinamiento y los hubiese refundido dentro de este capítulo, inmediatamente después de la designación. Es la misma metodología que ya hemos visto en el sermón del monte: Recopilación de dichos sueltos y agrupamiento de éstos en un contexto predicativo concreto.

Marcos, en su línea concisa y primitiva, refleja la elección de los 12 en el periplo galileo, incrustado entre dos polémicas (la de la curación de la mano seca y la referida al origen del poder de Cristo), pero no nos presenta ningún adoctrinamiento directo a los 12 en este momento. La enseñanza directa a los 12 la encontraremos desperdigada, con dichos sueltos, a lo largo de su redacción. El evangelista, pues, nos presenta la elección del grupo más allegado a Jesús como un reportaje periodístico: Está predicando, sanando y polemizando y, entremedias, elige a 12 para sean sus amigos más cercanos.

Lucas, a su vez, sitúa esta elección a continuación de la misma sanación que Marcos, pero inmediatamente después inicia el sermón del llano (equivalente al sermón del monte de Mateo). Lo curioso de Lucas es que este sermón, en principio, aunque delante de mucha gente, parece dirigirlo hacia sus discípulos, como una suerte de adoctrinamiento mucho más extenso que el reflejado por Mateo, quien en su redacción, recoge exhortaciones dirigidas exclusivamente hacia los elegidos y referidas al método pastoral y evangelizador. Un pequeño resumen del discurso mateano, lo encontraremos en Lucas, mucho más adelante, al comienzo de su capítulo 9.

Juan, por su parte, si bien menciona varias veces a "los doce", en ningún momento de su redacción recoge la lista de sus nombres, aunque algunos de ellos los va citando en diversas partes de sus textos por acontecimientos puntuales referidos a cada uno de ellos (Pedro, Andrés, Tomás, etc.)

Una vez hayamos concluído el análisis del capítulo 10 de Mateo (y sus equivalencias marcana y lucana), daremos por terminada la primera parte del 2º tomo de este trabajo, que está dedicado a la predicación itinerante de Jesús.

Recordemos, que este trabajo está estructurado en cuatro partes diferenciadas: infancia y primeros pasos predicatorios, predicación itinerante, predicación en Jerusalén y pasión, muerte y resurrección de Cristo.

Una vez realizado este inciso, vayamos al texto que nos ocupa, porque, aun siéndonos presentado un acontecimiento aparentemente "cronical", contiene elementos teológicos y simbólicos que merecen la pena ser destacados.

Como es costumbre, vayamos al análisis histórico del texto.

Simón, llamado Pedro

Simón, a quien puso por sobrenombre Pedro

Simón, a quien también llamó Pedro

Andrés su hermano

Jacobo hijo de Zebedeo

Andrés su hermano

Jacobo hijo de Zebedeo

Juan hermano de Jacobo, a quienes apellidó Boanerges, esto es, Hijos del trueno

Jacobo

Juan su hermano

Andrés

Juan

Felipe

Felipe

Felipe

Bartolomé

Bartolomé

Bartolomé

Tomás

Mateo

Mateo

Mateo el publicano

Tomás

Tomás

Jacobo hijo de Alfeo

Jacobo hijo de Alfeo

Jacobo hijo de Alfeo

Lebeo, por sobrenombre Tadeo

Tadeo

Simón llamado Zelote

Simón el cananista,

Simón el cananista

Judas hermano de Jacobo

Judas Iscariote, el que también le entregó

Judas Iscariote, el que le entregó

Judas Iscariote, que llegó a ser el traidor

A primera vista, esta relación de apóstoles, tendría su origen en Marcos, fuente de la que beberían tanto Mateo como Lucas, pero, sin embargo, si contemplamos la lista que nos reflejan los evangelistas, vemos que, si bien coinciden los nombres, no lo hace el orden en que están relacionados, ni algunos de los sobrenombres asignados.

Mientras que el orden de Marcos comienza por Pedro, Santiago (Jacobo) y Juan, que componen el trío de elegidos entre los elegidos, a los que Jesús realiza sus más íntimas confidencias, a quienes se lleva en el episodio de la Transfiguración, a quienes aparta en Getsemaní..., Mateo y Lucas siguen un orden cronológico de llamada.

A su vez, el apelativo de "hijos del trueno" asignado a Santiago y Juan por Marcos, es omitido por Mateo y Lucas, mientras que el complemento de Mateo (el publicano), sólo es recogido por el propio evangelista, sin que se mencione en Marcos y Lucas.

Lucas omite también las relaciones parentales entre Santiago y Juan, mientras que al Lebeo (por sobrenombre Tadeo) de Mateo, que Marcos recoge sólo por su apodo, Lucas le asigna el nombre de Judas.

Éste evangelista, también altera el orden final de la relación, a partir de Tadeo, ya que sitúa a éste en último lugar, de la misma forma que cambia el complemento de Simón (cananista para Mateo y Marcos), asignándole el de "el zelote".

¿Podríamos estar ante una evolución de las tradiciones que cada uno recoge?. Es posible, pero en algo tan, aparentemente inocuo como una lista de discípulos, esta evolución carecería de sentido.

En mi opinión, lo que nos estarían reflejando estas diferencias es la diversidad de fuentes utilizadas por los evangelistas para elaborar la lista de apóstoles, de donde nos encontraríamos con tres tradiciones independientes que afluyen hacia la elaboración de tres listas coincidentes en nombres, pero no en orden ni en apelativos.

Ello nos llevaría al testimonio múltiple de fuentes, que, por otra parte, quedaría apoyado por las fuentes propias de Juan, el cual, como hemos citado anteriormente, no reseña la lista completa, pero sí recoge en diversas partes de su redacción el número de 12 como el de los elegidos, aunque sin denominarlos apóstoles.

Precisamente, a este respecto, al término de apóstoles (APÓSTOL: Del griego APOSTOLOS = enviado delante, comisionado. Dios llama a alguien y lo envía a los hermanos para algún servicio a la comunidad), también le sería aplicado el criterio de testimonio múltiple de fuentes, pues además de Mateo y Lucas (posible fuente Q), estaríamos añadiendo los múltiples testimonios sobre los apóstoles contenidos en el libro de los Hechos, así como varias citas de Pablo, entre las que destaca 1 Co. 15, 5-7 (5 que se apareció a Cefas y luego a los Doce; 6 después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron. 7 Luego se apareció a Santiago; más tarde, a todos los apóstoles), donde, además del calificativo de apóstoles, vemos también reiterado el número de 12.

En realidad, este criterio, el de testimonio múltiple, tanto de fuentes como de estilos, es casi el único, aunque muy fuerte, que sería de aplicación a este pasaje, toda vez que el resto, a priori, podríamos descartarlos por falta de base.

En todo caso, podríamos acercarnos ligeramente al de ejecución, si consideramos que el establecimiento de una organización estructurada dentro del grupo de seguidores y discípulos de Jesús, podría dar pie a los dirigentes judíos de la época a considerar al grupo como una posible "banda" sediciosa, pero nada más y, aun esto, sería pura especulación ideológica.

Teniendo en cuenta la posible procedencia de Jesús, como antiguo seguidor del bautista, la conformación de este núcleo de proximidad, sí que resulta rupturista para con la tradición heredada de su posible maestro, ya que éste, aun contando con discipulado (Mt. 9 14, par [Entonces se le acercan los discípulos de Juan y le dicen...]; Mc. 2, 18, par. [Como los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayunando...]; Lc. 5, 33, par. [Ellos le dijeron: «Los discípulos de Juan ayunan frecuentemente...] y Jn. 3, 25 [Se suscitó una discusión entre los discípulos de Juan y un judío acerca de la purificación]), no existe ninguna cita en toda la literatura neotestamentaria que nos lleve a pensar que el Bautista había conformado un grupo de "elegidos" más cercano.

Esto nos acercaría, ligeramente, al criterio de coherencia, ya que a Jesús, sí le vemos, además del caso que estamos estudiando, organizando "comisiones" o grupos de elegidos para la predicación, como podemos comprobar en Lc. 10, 1 (Después de esto, designó el Señor a otros 72, y los envió de dos en dos delante de sí, a todas las ciudades y sitios a donde él había de ir).

Aun así, vista la fortaleza del testimonio múltiple, no hay muchas dudas de la historicidad acerca del núcleo elegido por Jesús como grupo más próximo.

Una vez fijados los criterios de historicidad, pasemos a analizar los aspectos simbólicos y teológicos de la elección.

Una constante de Jesús es la oración a Dios. Constantemente encontraremos citas en el Evangelio que nos remiten a esta acción de Cristo, presente en un diálogo permanente con el Padre.

Siguiendo sus propias recomendaciones (Mt. 6, 5-6: 5«Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. 6 Tú, en cambio, cuando vayas a orar, = entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora = a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará), siempre vamos a verle orando en solitario y recogimiento. Normalmente en horas avanzadas de la tarde/noche y concluyendo su oración al amanecer.

De esta actitud podemos extraer una primera conclusión inmediata: la oración, como diálogo de la persona con el Padre, es imprescindible realizarlo con asiduidad. Como en otros aspectos de la vida, no vale cualquiera, estamos ante un modo de orar concreto, que reúne unas características precisas: recogimiento, soledad (intimidad), profundidad (tiempo de sosiego) e intimismo (Cristo ora al atardecer).

El momento de la llamada tiene una significación especial.

Es Cristo quien llama. No son los discípulos los que se dirigen a Él para pedirle su pertenencia a un grupo de elegidos.

Como cita Marcos con rotundidad: Él llamó a los que quiso.

Aquí también podemos contemplar plena coherencia con el resto del Evangelio. Podemos contemplarlo en Mt. 4, 18-19 (18 Caminando por la ribera del mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, echando la red en el mar, pues eran pescadores, 19 y les dice: «Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres.») y sus correspondencias con Mc. 1, 17 y Lc. 5, 10, pero especialmente podemos verlo en Jn. 6, 70 (Jesús les respondió: «¿No os he elegido yo a vosotros, los Doce? Y uno de vosotros es un diablo»).

El otro aspecto relevante de la elección es el número.

Estamos en un momento fundamental de la predicación de Cristo. Jesús de Nazaret va adquiriendo tintes de profeta importante. Las multitudes se agolpan alrededor de sus discursos y son muchos los que le siguen, bien atraídos por su palabra, bien por su fama taumatúrgica.

El discipulado que se le acompaña con cierta asiduidad va adquiriendo, también, una cierta entidad cuantitativa y Cristo entiende que ha llegado el momento de constituir un grupo más selecto, de entre sus seguidores, a los que va a encargarles la propagación del Evangelio y les va a conferir poderes especiales.

Hemos de pensar también en la necesidad que comienza a evidenciarse de contar con una mínima infraestructura organizativa que permita los movimientos del grupo, que vele por la logística, los aposentos en los desplazamientos, administre los fondos que, con toda probabilidad, iban recaudando, etc.

Jesús, tras la reflexión que nos apunta Lucas, decide escoger a 12 de entre sus discípulos, para integrarlos en ese grupo selecto. Los llamará apóstoles, como avanzadilla del núcleo predicatorio que se está formando.

Este número no es caprichoso. El 12 es un número bíblico que nos trae reminiscencias de las 12 tribus de Israel.

La elección de 12 discípulos para conformar este grupo tiene un sentido escatológico claro. Representan a las 12 tribus que se sentarán en el banquete del final de los tiempos. No otra es la razón por la que, en la llamada "última cena", la cena de despedida de Jesús con sus allegados, son estos doce los que le acompañarán en esos momentos de tribulación, como anticipo de ese banquete final que se nos anuncia en Lc. 13, 29 (Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se pondrán a la mesa en el Reino de Dios.)

Sólo restan dos particularidades.

Respecto del sobrenombre de Simón (cananista en Mateo y Marcos y zelote en Lucas), este apóstol es llamado cananeo en el texto griego de Mt 10, 4 y de Mc 3, 18. Algunas traducciones lo presentan como zelota. Y tienen razón, porque ahí cananeo no quiere decir de Canaán o de la ciudad de Caná, sino que corresponde a una palabra aramea que significa celoso. ZELOTES / CELOSO: Del griego zelotes = celante o celoso. Yahvé es llamado Dios celoso (Ex 20, 3-6); como decir que no admite otro dios ni otra "esposa". Celoso se le aplica también a la persona que se interesa por una causa, especialmente por la de Dios; es el caso de Finés (Núm 25, 1-13) y, en sentido mucho más profundo, de Jesús (Jn 2, 17). En el año 6 d. C. Los romanos depusieron al rey judío y tomaron el poder de Judea; organizaron un nuevo censo de la población, para poder recoger mejor los impuestos. Muchos judíos se pusieron furiosos. Un grupo de ellos comenzó una resistencia más radical: aceptar el dominio del emperador romano y pagarle impuestos va contra la Ley (Mc 12, 17); pero no hay que esperar que Dios mande al Mesías salvador; hay que resistir con la fuerza. Los romanos los llamaron bandidos; pero el pueblo los respetaba y los llamaba celosos o zelotes. En la lucha desigual contra los romanos el movimiento fue eliminado.

Estaríamos, pues, ante la incorporación al grupo de los elegidos de un miembro de la fracción más combativa de los grupúsculos judíos opuestos a la ocupación romana. Este hecho sí nos acercaría al criterio de ejecución, no ya por parte de la casta religiosa judía, sino por la propia autoridad romana.

Por último, la frase final de Marcos "y vinieron a casa", es exclusiva de este evangelista.

Es imposible saber si realmente el grupo elegido, una vez constituido, se nuclea alrededor de Jesús hasta el punto de residir con Él en la misma casa, o si estamos ante un añadido del redactor para reafirmar la proximidad del grupo.

Lo cierto es que la proximidad existe, porque en el resto del Evangelio, vamos a ver a Jesús marcando una diferencia entre estos doce y el resto del discipulado y, por supuesto, con el resto del pueblo al que dirige su predicación.

La exigencia para con este grupo va a ser mucho más estricta, hasta el punto de levantar algunas protestas y quejas entre ellos, como podemos entrever e Lc. 18, 28 (Dijo entonces Pedro: «Ya lo ves, nosotros hemos dejado nuestras cosas y te hemos seguido.»). Incluso, dentro de este reducido grupo, saltarán las diferencias y las pugnas por ser los más cercanos a Cristo, como podemos contemplar en Mt. 20, 21-27 (21 El le dijo: «¿Qué quieres?» Dícele ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino.» 22 Replicó Jesús: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?» Dícenle: «Sí, podemos.» 23 Díceles: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre. 24 Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos. 25 Mas Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. 26 No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, 27 y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo;) y su equivalente en Mc. 10, 35.

Es decir, incluso dentro del grupo más reducido y próximo a Jesús, la presión y la ansiedad por situaciones de preeminencia hacen mella. En el momento del prendimiento, todos los que le acompañaban, incluidos los 12, huyen del lugar abandonando al Maestro.

Lo que nos muestra la frase de Marcos es la intimidad del grupo, lo cual no implica una fidelidad absoluta del mismo, como iremos contemplando más adelante. No es que Jesús lo quiera así, es que la condición limitada del hombre, así lo realiza. Aprendamos pues de ello, porque aunque Cristo nos llame y nos lleve a su casa, incluso dentro del grupo de los elegidos, hemos de estar vigilantes ante nuestras limitaciones.

Mt. 10, 5-15          Mc. 6.7-13            Lc. 9.1-6 Lc. 10, 1, 4-12

5 A estos doce envió Jesús, y les dio instrucciones, diciendo: Por camino de gentiles no vayáis, y en ciudad de samaritanos no entréis,

 
 

7 Después llamó a los doce, y comenzó a enviarlos de dos en dos; y les dio autoridad sobre los espíritus inmundos.

1 Habiendo reunido a sus doce discípulos, les dio poder y autoridad sobre todos los demonios, y para sanar enfermedades.

1 Después de estas cosas, designó el Señor también a otros setenta, a quienes envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar adonde él había de ir

6 sino id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel. 7 Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado. 8 Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia.

2 Y los envió a predicar el reino de Dios, y a sanar a los enfermos.

8 En cualquier ciudad donde entréis, y os reciban, comed lo que os pongan delante; 9 y sanad a los enfermos que en ella haya, y decidles: Se ha acercado a vosotros el reino de Dios.

9 No os proveáis de oro, ni plata, ni cobre en vuestros cintos; 10 ni de alforja para el camino, ni de dos túnicas, ni de calzado, ni de bordón; porque el obrero es digno de su alimento. 11 Mas en cualquier ciudad o aldea donde entréis, informaos quién en ella sea digno, y posad allí hasta que salgáis. 12 Y al entrar en la casa, saludadla.

8 Y les mandó que no llevasen nada para el camino, sino solamente bordón; ni alforja, ni pan, ni dinero en el cinto,

9 sino que calzasen sandalias, y no vistiesen dos túnicas.10 Y les dijo: Dondequiera que entréis en una casa, posad en ella hasta que salgáis de aquel lugar.

3 Y les dijo: No toméis nada para el camino, ni bordón, ni alforja, ni pan, ni dinero; ni llevéis dos túnicas. 4 Y en cualquier casa donde entréis, quedad allí, y de allí salid.

4 No llevéis bolsa, ni alforja, ni calzado; y a nadie saludéis por el camino. 7 Y posad en aquella misma casa, comiendo y bebiendo lo que os den; porque el obrero es digno de su salario. No os paséis de casa en casa.

13 Y si la casa fuere digna, vuestra paz vendrá sobre ella; mas si no fuere digna, vuestra paz se volverá a vosotros.

   

5 En cualquier casa donde entréis, primeramente decid: Paz sea a esta casa. 6 Y si hubiere allí algún hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; y si no, se volverá a vosotros.

14 Y si alguno no os recibiere, ni oyere vuestras palabras, salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies. 15 De cierto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma y de Gomorra, que para aquella ciudad.

11 Y si en algún lugar no os recibieren ni os oyeren, salid de allí, y sacudid el polvo que está debajo de vuestros pies, para testimonio a ellos. De cierto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para los de Sodoma y Gomorra, que para aquella ciudad.

5 Y dondequiera que no os recibieren, salid de aquella ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos.

10 Mas en cualquier ciudad donde entréis, y no os reciban, saliendo por sus calles, decid: 11 Aun el polvo de vuestra ciudad, que se ha pegado a nuestros pies, lo sacudimos contra vosotros. Pero esto sabed, que el reino de Dios se ha acercado a vosotros. 12 Y os digo que en aquel día será más tolerable el castigo para Sodoma, que para aquella ciudad.

 

12 Y saliendo, predicaban que los hombres se arrepintiesen. 13 Y echaban fuera muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos, y los sanaban.

6 Y saliendo, pasaban por todas las aldeas, anunciando el evangelio y sanando por todas partes.

 

En esta parcelación, nos encontramos con un texto en el que se aúnan 4 de las fuentes evangélicas (Marcos, Q, Mateo y Lucas).

Para un mejor estudio de este texto, intentaremos más adelante una disección del texto, ordenándolo de acuerdo con las fuentes de procedencia de cada parcela.

Primero vayamos a la ubicación estructural que cada evangelista le otorga a la parcelación contemplada.

Las concordias consultadas parecen datar este acontecimiento hacia finales del año 28 (Sep a Nov.).

Redacionalmente, vemos que Mateo, como hemos citado al comienzo de este capítulo, coloca su texto como parte integrante de la exhortación catequética hacia los doce recién elegidos.

El capítulo 10 de Mateo está enmarcado por la serie de milagros de los capítulos 8 y 9 de este evangelista y el discurso del capítulo 11. Estamos, por tanto, de lleno en una etapa discursiva de la predicación del Nazareno, si bien, la reavivación de la hija de Jairo no está muy alejada del comienzo del capítulo 10, por lo que podemos encontrar cierta similitud con el resto de los sinópticos, aunque Mateo marque su propia estructura redacional, como es su costumbre, con la agrupación de dichos, ya sea por temas (este capítulo) o intenciones (sermón del monte).

A su vez, Marcos, coloca este texto en Nazaret, tras la reavivación de la hija de Jairo y la narración de la muerte del Bautista. El evangelista aprovecha el fracaso cosechado en su pueblo para dibujarnos a Jesús encargando una labor misionera a sus apóstoles.

Por su parte, Lucas, coloca el texto en la misma ubicación que Marcos, con los mismos límites redaccionales que éste (la reavivación de la hija de Jairo y la muerte del Bautista), si bien omite cualquier mención a la situación geográfica, fundamentalmente, porque el fracaso de Jesús en Nazaret, este evangelista, lo recoge al comienzo de su ministerio en el capítulo 4 de su texto y con mayor virulencia que el propio Marcos (Lc. 4, 29-30: 29 y levantándose, le echaron fuera de la ciudad, y le llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba edificada la ciudad de ellos, para despeñarle. 30 Mas él pasó por en medio de ellos, y se fue).

De cualquier forma, el caso de Lucas es peculiar en esta parcelación, ya que el discurso contenido en estos versículos, que se encuentra dirigido hacia los apóstoles, aun guardando mucho parecido con el contenido de Mateo y Marcos, está muy abreviado.

Sin embargo, una ampliación del mismo, con dichos literalmente iguales a Mateo y Marcos, lo encontraremos en Lc. 10, 1, 3-12 que hacemos figurar en la columna derecha de la sinopsis. Este discurso lucano está dirigido, no hacia los 12 elegidos, sino hacia los 72 discípulos enviados por Jesús y, además, originalmente, contiene las diatribas contra las ciudades ingratas que Mateo señala en su capítulo 11, 22-24.

Una vez vista la estructuración redacional de cada evangelista para este pasaje, intentemos la agrupación de su contenido por fuentes originarias, apuntando, que esta disección, sólo tiene una función metodológica para un mejor análisis del texto. Cuando concluyamos el análisis de los textos aportados por cada fuente, como viene siendo costumbre, realizaremos un resumen final del conjunto de la parcelación contemplada.

 

Fuente: Marcos

 

7 Después llamó a los doce, y comenzó a enviarlos de dos en dos; y les dio autoridad sobre los espíritus inmundos.

1 Habiendo reunido a sus doce discípulos, les dio poder y autoridad sobre todos los demonios, y para sanar enfermedades.

1 Después de estas cosas, designó el Señor también a otros setenta, a quienes envió de dos en dos delante de él a toda ciudad y lugar adonde él había de ir

9 No os proveáis de oro, ni plata, ni cobre en vuestros cintos; 10 ni de alforja para el camino, ni de dos túnicas, ni de calzado, ni de bordón; porque el obrero es digno de su alimento. 11 Mas en cualquier ciudad o aldea donde entréis, informaos quién en ella sea digno, y posad allí hasta que salgáis. 12 Y al entrar en la casa, saludadla.

8 Y les mandó que no llevasen nada para el camino, sino solamente bordón; ni alforja, ni pan, ni dinero en el cinto,

9 sino que calzasen sandalias, y no vistiesen dos túnicas.10 Y les dijo: Dondequiera que entréis en una casa, posad en ella hasta que salgáis de aquel lugar.

3 Y les dijo: No toméis nada para el camino, ni bordón, ni alforja, ni pan, ni dinero; ni llevéis dos túnicas. 4 Y en cualquier casa donde entréis, quedad allí, y de allí salid.

4 No llevéis bolsa, ni alforja, ni calzado; y a nadie saludéis por el camino. 7 Y posad en aquella misma casa, comiendo y bebiendo lo que os den; porque el obrero es digno de su salario. No os paséis de casa en casa.

14 Y si alguno no os recibiere, ni oyere vuestras palabras, salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies. 15 De cierto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra de Sodoma y de Gomorra, que para aquella ciudad.

11 Y si en algún lugar no os recibieren ni os oyeren, salid de allí, y sacudid el polvo que está debajo de vuestros pies, para testimonio a ellos. De cierto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el castigo para los de Sodoma y Gomorra, que para aquella ciudad.

5 Y dondequiera que no os recibieren, salid de aquella ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio contra ellos.

10 Mas en cualquier ciudad donde entréis, y no os reciban, saliendo por sus calles, decid: 11 Aun el polvo de vuestra ciudad, que se ha pegado a nuestros pies, lo sacudimos contra vosotros. Pero esto sabed, que el reino de Dios se ha acercado a vosotros. 12 Y os digo que en aquel día será más tolerable el castigo para Sodoma, que para aquella ciudad.

 

12 Y saliendo, predicaban que los hombres se arrepintiesen. 13 Y echaban fuera muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos, y los sanaban.

   

Ya en el momento de la elección de los doce, Marcos recoge la voluntad de Jesús de otorgar poder a los elegidos para expulsar demonios y sanar enfermedades (Mc. 3, 14-15: 14 Y estableció a doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar, 15 y que tuviesen autoridad para sanar enfermedades y para echar fuera demonios), por lo tanto, la mención que el evangelista nos hace en su versículo 7 de tal poder es una reiteración del otorgamiento anterior, al igual que sucede con la misión encomendada de predicar, aunque, la novedad, en este caso, está en enviarlos de dos en dos. Lo cierto es que en el capítulo 3 citado, parece que la intención del evangelista está en reflejar una intención futurible de Jesús para con sus apóstoles, que se hace realidad en el momento presente (criterio de coherencia).

Por su parte, Lucas, no hace otra cosa que recoger aquí lo que no hizo en el momento de la elección. Y ello es reflejar la voluntad de Jesús de que los elegidos por Él para expandir la predicación del Reino, estuviesen investidos de autoridad para con los espíritus inmundos y sobre las dolencias del pueblo. Con respecto al discurso expandido de Lucas, vemos que no está dirigido hacia los 12, sino hacia los 72 de la segunda comisión.

Esta voluntad de Cristo volcada hacia sus elegidos, que Mateo recogió en Mt. 10, 1 (Entonces llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, y para sanar toda enfermedad y toda dolencia), no implica otra realidad que la plasmación de la presencia real del Reino a través de signos visibles. Cristo proclama el Gobierno de Dios con unos tintes escatológicos, pero anticipa esta presencia con signos visibles de su poder y extiende esta capacidad hacia quienes ha designado para conformar su comité misional.

Teniendo en cuenta el origen marcano de esta afirmación y, aun contando con las diferentes ubicaciones y redacciones de los otros dos sinópticos, el criterio de testimonio múltiple no podría ser aplicado rigurosamente a este dicho, por sí mismo, pero contamos con las aportaciones del libro de los Hechos, que, si bien tiene un origen relativamente común (Lucas), su diferente contexto y redacción lo legitima como aportación multitestimonial. Pero por si esto fuera poco, disponemos de la afirmación clara y rotunda de Pablo en 1 Cor. 12 (Y así los puso Dios en la Iglesia, primeramente como apóstoles; en segundo lugar como profetas; en tercer lugar como maestros; luego, los milagros; luego, el don de las curaciones, de asistencia, de gobierno, diversidad de lenguas).

Además de la mención anterior, el criterio de coherencia tiene una enorme fuerza, ya que vamos a ver a los discípulos en plena actividad sanadora y exorcista en varios momentos del Nuevo Testamento.

Así en Lc. 10, 17 (Regresaron los 72 alegres, diciendo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.»), vemos a los discípulos, no solamente a los apóstoles, regocijándose del poder que Cristo les había otorgado. En Mt. 17, 16 (Se lo he presentado a tus discípulos, pero ellos no han podido curarle.») y sus correspondencias con Mc. 9, 18 y Lc. 9,40, contemplamos como los discípulos, a pesar de sus intenciones y poderes de que están investidos por Cristo, son incapaces de exorcizar a un niño (joven), probablemente epiléptico.

Pero donde más se pone de manifiesto este poder que Jesús otorga a sus discípulos es en el libro de los Hechos. Donde, en diversas partes, vemos a varios de ellos realizar sanaciones y exorcismos. Así en Hc. 3, 6 (Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda), Pedro realiza el primer signo en nombre de Cristo; en 9, 34 (Y le dijo Pedro: Eneas, Jesucristo te sana; levántate, y haz tu cama. Y enseguida se levantó), actúa nuevamente Pedro, así como en 9, 40 (Entonces, sacando a todos, Pedro se puso de rodillas y oró; y volviéndose al cuerpo, dijo: Tabita, levántate. Y ella abrió los ojos, y al ver a Pedro, se incorporó), esta vez con una reavivación. Pero no solamente Pedro es el agente sanador. También contemplamos a Pablo en 16, 18 (Y esto lo hacía por muchos días; mas desagradando a Pablo, éste se volvió y dijo al espíritu: Te mando en el nombre de Jesucristo, que salgas de ella. Y salió en aquella misma hora) realizar exorcismos y reavivaciones en 20, 9-10 (9 y un joven llamado Eutico, que estaba sentado en la ventana, rendido de un sueño profundo, por cuanto Pablo disertaba largamente, vencido del sueño cayó del tercer piso abajo, y fue levantado muerto. 10 Entonces descendió Pablo y se echó sobre él, y abrazándole, dijo: No os alarméis, pues está vivo), o curaciones en 28, 8 (Precisamente el padre de Publio se hallaba en cama atacado de fiebres y disentería. Pablo entró a verle, hizo oración, le impuso las manos y le curó)

También Felipe realiza prodigios, como nos muestra 8, 6-7 (6 Y la gente, unánime, escuchaba atentamente las cosas que decía Felipe, oyendo y viendo las señales que hacía. 7 Porque de muchos que tenían espíritus inmundos, salían éstos dando grandes voces; y muchos paralíticos y cojos eran sanados).

De todo ello deducimos que aunque el dicho, en sí mismo, tiene pocos apoyos para ser atribuido al entorno del Jesús histórico, no podemos decir lo mismo de la capacidad sanadora de los discípulos, primero, y de los apóstoles en concreto, dada la abrumadora aportación multitestimonial (de fuentes y contextos) y de coherencia plena.

La lectura teológica pasaría por el encargo misional con que Cristo inviste a sus elegidos y que no cesa en este dichos, sino que se expande después hacia todos cuantos pretendemos seguir sus enseñanzas y predicaciones. El mensaje es claro y diáfano: Cristo envía y otorga poder para la sanación, no ya de enfermedades, que también, sino de las almas solitarias en busca de un apoyo. El único aporte que Cristo ofrece es su palabra y la fe en ella de que han de hacer gala quienes le siguen y son elegidos y enviados.

Los versículos 8-10 de Marcos (y sus correspondencias mateana y lucana), constituyen la segunda aportación de este evangelista a la parcelación que estamos contemplando.

Hay algunas diferencias entre los tres sinópticos que merece la pena resaltar.

Por una parte, Lucas es el más escueto en su relato. Se limita a recoger la recomendación de Jesús acerca de la pobreza que ha de DISTINGUIR A SUS ENVIADOS, en lo que se refiere al discurso hacia los 12, pero más concreto y preciso dentro del discurso hacia los 72, donde recomienda aspectos de conducta (la comida) y estancia.

Los tres evangelistas, además, entran en detalles sobre el "equipaje" del enviado y sobre el comportamiento y actitud del mismo en el lugar donde llegue.

Tanto Mateo como Lucas, recogen en su redacción que el enviado no debe llevar "bordón" (bastón) para el camino, mientras que Marcos indica todo lo contrario. El bordón (bastón) es lo único que debe llevar el misionero. Probablemente estamos ante un error interpretativo o de traducción de los redactores de Mateo y Lucas, porque sí parece razonable que para estos viajes, el caminante dispusiese de un apoyo en el bastón para continuar su camino.

Mateo entra más detenidamente en la actitud del enviado hacia el lugar que visite, ya que recoge la recomendación de que éste indague sobre la dignidad de la casa hacia la que dirigir sus pasos, así como a la premisa de saludar a dicha casa cuando haga su entrada.

No es una recomendación baladí ni caprichosa. Su significado es que no vale cualquier alojamiento. Que el misionero no acude para realizar "cualquier cosa", sino que va para anunciar la llegada del Reino y, por lo tanto, ha de tomar sus precauciones sobre con quien se relaciona en el lugar de destino.

En todo caso, estamos ante una aportación, o evolución, de la redacción mateana con respecto a los otros dos sinópticos.

Su lectura teológica pasa por el marco relacional del misionero.

Cristo es muy inclinado a una relación cercana con los "pequeños", los desheredados y gente marginal. Cuida mucho su relación con los poderosos y mantiene sus distancias. Sabe que los favores de los poderosos tienen un precio y no está dispuesto a hipotecar su misión ante ellos, por eso la dirige, fundamentalmente hacia quienes nada tienen para pagar los favores recibidos.

Es una llamada hacia la independencia y primacía de la misión sobre cualquier otra consideración materialista.

A su vez, otra aportación, en este caso de Q, la encontraremos en la segunda mitad del ver. 10 de Mateo y 7 de Lucas (porque el obrero es digno de su alimento).

Esta aportación nos lleva a 1 Co. 9, 10 (O bien, ¿no lo dice expresamente por nosotros? Por nosotros ciertamente se escribió, pues el que ara, en esperanza debe arar; y el que trilla, con la esperanza de recibir su parte) y, más explícitamente, a 1 Ti. 5, 18 (La Escritura, en efecto, dice: = No pondrás bozal al buey que trilla, = y también: = El obrero tiene derecho a su salario. =).

El testimonio múltiple, al menos en lo que a esta frase se refiere, es inmediato. Se nos presenta como una doxología respecto de las motivaciones para viajar ligeros de equipaje. Es una coherencia plena con el mensaje contenido en Mt. 6, 33 (Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura). La lectura que nos ofrece nos lleva a que las recompensas, como Mateo recoge en 10, 41 («Quien reciba a un profeta por ser profeta, recompensa de profeta recibirá, y quien reciba a un justo por ser justo, recompensa de justo recibirá), la recompensa por el trabajo misional va implícita en el propio trabajo. No estaríamos ante una sentencia político social, sino ante el reconocimiento de que nunca se trabaja en balde cuando se desempeña en la proclamación y extensión de la Palabra de Dios.

Por su parte, Marcos se detiene con más detalle en la indumentaria y equipaje del misionero. Lo que el evangelista nos ofrece es la continuación de lo proclamado en el sermón del monte respecto de la humildad y el ejemplo, o escaparate, que han de constituir los seguidores de Cristo (Mt. 5, 16: Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos y Mt. 8, 20: 20 Dícele Jesús: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.»). La enseñanza de Cristo nos lleva muy lejos de la ostentación, del boato y la riqueza en el discurso misional. ¡Qué diferente de lo que percibimos de nuestra Iglesia actual, constituida en un auténtico poder político, social y económico!.

La redacción marcana (y también la mateana y lucana) tiene una curiosa observación en su final, referida a la estabilidad y fidelidad del misionero para con quien le ofrece su acogida.

Cristo nos indica con esa estabilidad que el misionero no ha de constituirse en una suerte de "saltimbanqui" que mariposea de casa en casa allí donde vaya, olisqueando casas y haciendas.

En la línea de lo recogido anteriormente, el misionero, además de persona, es una suerte de embajador de quien le envía y, por tanto, además de evitar la ostentación, el lujo y la riqueza, ha de mantener una coherencia con su misión, estabilizando ésta y guardando fidelidad a quien le acoja.

La coherencia de estas afirmaciones, globalmente tomadas, es completa con lo que después vamos a contemplar en el libro de los Hechos de los Apóstoles, tanto en lo que se refiere a los primeros periplos misionales de los apóstoles en el interior de Palestina, como, especialmente, en lo recogido para los viajes y estancias de Pablo en sus andanzas por el mundo gentil.

A la vista de cuanto antecede, por la aplicación del criterio de coherencia y, en algunos detalles, el de testimonio múltiple, así como al ambiente palestino que se deriva de la descripción, la viveza del relato y la evolución que se deriva de la contemplación sinóptica de esta parcelación, los dichos contenidos en ella parecen dibujarnos grandes posibilidades de que su procedencia originaria sería el Jesús histórico, o su entorno.

El tercer apartado de la fuente marcana nos lleva a la consecuencia del rechazo de la palabra.

Los tres evangelistas recogen el dicho con práctica similitud. Aunque Lucas es mucho más parco, aunque mantiene el núcleo del dicho, en el discurso a los 12, pero igual de literal en el dirigido hacia los 72.

La expresión "sacudid el polvo de vuestros pies" podemos encontrárnosla de nuevo en Hc. 13, 51 (Estos sacudieron contra ellos el polvo de sus pies y se fueron a Iconio), pero teniendo en cuenta que el autor de este libro es el mismo evangelista Lucas, y que su datación es algo posterior al propio evangelio, el criterio de testimonio múltiple no puede ser tenido en cuenta.

Sin embargo, es una expresión singular que viene a decirnos algo parecido a "no conservéis nada de quien no os ha escuchado, ni siquiera el polvo en vuestro calzado". Ello no implica una procedencia directa del Jesús histórico, porque bien puede provenir de una aportación del evangelista.

La durísima advertencia de Jesús, sí que guarda plena coherencia con el mensaje global del Evangelio, ya que éste es una Buena Nueva salvífica y quien rechaza la Palabra, está rechazando, no sólo al que la proclama, sino a quien le envía, como podemos atestiguar con Lc. 10, 16 («Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado»); Jn. 5, 24 (En verdad, en verdad os digo: el que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida); Jn. 8, 47 (El que es de Dios, escucha las palabras de Dios; vosotros no las escucháis, porque no sois de Dios»); Jn. 14, 24 (El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado) y Heb. 12, 25 (Guardaos de rechazar al que os habla; pues si los que rechazaron al que promulgaba los oráculos desde la tierra no escaparon al castigo, mucho menos nosotros, si volvemos la espalda al que nos habla desde el cielo.). Pero donde definitivamente vemos la firmeza de este aserto es en Mc. 16, 15-16 (15 Y les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. 16 El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará). Luego, si bien no parece que haya elementos suficientes para considerar el dicho exacto como procedente del Jesús histórico, intencionalmente, obviamente sí que tiene tal procedencia, a la vista de la cantidad de testimonios diferentes, tanto de fuentes como de contextos y estilos, junto con la coherencia del mensaje emitido en los dichos citados.

Por otra parte, el contenido del ver. 15 de Mateo y de la segunda mitad del 11, es similar a la advertencia que la fuente Q hace en Mt. 11, 22-24 (22 Por eso os digo que el día del Juicio habrá menos rigor para Tiro y Sidón que para vosotras.23 Y tú, Cafarnaúm, ¿hasta el cielo te vas a encumbrar? = ¡Hasta el Hades te hundirás! = Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que se han hecho en ti, aún subsistiría el día de hoy. 24 Por eso os digo que el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma que para ti») y Lc. 10, 12-14 (12 Os digo que en aquel Día habrá menos rigor para Sodoma que para aquella ciudad. 13 ¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, tiempo ha que, sentados con sayal y ceniza, se habrían convertido. 14 Por eso, en el Juicio habrá menos rigor para Tiro y Sidón que para vosotras.) cuando estas diatribas, Jesús las dirige sobre las ciudades malditas, por lo tanto, teniendo en cuenta la diferencia de fuentes, bien podemos afirmar que el dicho, aunque en contextos diferentes, sí parece proceder del Jesús histórico.

La lectura teológica de estos dos versículos de Mateo (11 de Marcos y 5 de Lucas), podría inducirnos a considerar que Cristo está imponiendo la escucha de la predicación encargada a sus apóstoles y que, el mismo tiempo, en caso de no hacerse así, envía una amenaza contra quienes no lo hagan.

Nada más lejos de la realidad.

Cristo no impone nada, sólo anuncia una realidad salvífica y anticipa las consecuencias de no acogerla, pero nunca vulnera la libertad individual o colectiva de los oyentes.

Cada uno de nosotros, en algún momento de nuestra vida, recibiremos a los enviados de Cristo, en las múltiples formas y personalidades de los mismos (sacerdote, clérigo, fraile, seglar, laico, cristiano de base, anuncios indirectos de la Palabra, etc.). Que la recibamos y escuchemos sólo depende de nosotros. Nadie nos impone que lo hagamos. Cristo lo que anuncia es que si rechazamos la predicación, a quien estamos rechazando no es sólo al predicador, sino a quien le envía. Y quien le envía es Él mismo, el Hijo de Dios, quien, a su vez, es enviado por el Padre. Por lo tanto, por extensión, a quien estamos rechazando es al propio Dios y, desde ese posicionamiento de rechazo, en el momento escatológico final, el Reino quedará alejado de nosotros. No como castigo, sino por nuestra propia voluntad al rechazar su presencia y manifestaciones.

Por último, los ver. 12-13 de Marcos constituyen la última aportación de este evangelista a la parcelación que estamos contemplando.

No parece que dispongamos de elementos para acreditar la historicidad del dicho y, dada su estructura, más parece un añadido típico de Marcos a su redacción.

Estamos ante un texto vago en su estructuración, que comienza, como otros muchos, por la conjunción "Y", lo que le aporta atemporalidad y le otorga indefinición geográfica.

Estamos ante un complemento incrustado por el evangelista que remarca las cualidades que Cristo otorgó a sus apóstoles.

Como ya hemos mencionado anteriormente, no parece que haya dudas acerca del poder que los apóstoles ostentaban a partir de su investidura como tales por Cristo, por lo tanto, no abundaremos más en este aspecto.

Sí merece la pena resaltar que Marcos incluye en su texto la necesidad del arrepentimiento como núcleo central de la predicación, lo que estaría en concordancia con la percepción escatológica de la venida del Reino en un momento no demasiado lejano.

El arrepentimiento no es algo obsesivo dentro del texto marcano, ya que sólo vamos a verlo en tres ocasiones dentro de su redacción y, curiosamente, a través de tres personajes perfectamente diferenciados, por lo que, sin ser, como decimos, obsesivo, sí constituye un pilar básico de la predicación cristiana desde la perspectiva de Marcos.

La primera mención al arrepentimiento la encontramos al comienzo de su texto, en Mc. 1, 4 (Bautizaba Juan en el desierto, y predicaba el bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados), en la persona de Juan el Bautista.

La segunda, la contemplamos, sólo un poco más adelante, en Mc. 1, 15 (diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio), esta vez en boca del propio Jesús, constituyendo una premisa sine qua non de su predicación y colocada al comienzo de la misma.

La tercera es la que estamos contemplando. Esta vez son los apóstoles de Cristo los que proclaman la necesidad del arrepentimiento, también al comienzo de su predicación. Si hacemos caso de los textos lucanos del Libro de los Hechos, esta necesidad de arrepentimiento, sí que va a constituir una línea discursiva permanente en la predicación apostólica, no solamente derivada de los 12, sino también de Pablo, lo que queda también atestiguado, aunque más matizadamente, en sus epístolas, donde la prioridad está en la conversión y la doctrina moral.

Como también hemos visto anteriormente, la capacidad exorcizadora de los apóstoles (incluido Pablo) queda atestiguada por diversos testimonios diferentes de fuentes, contextuales y de estilo, por lo tanto, tampoco insistiremos más sobre ello, sólo mencionar el momento en que el propio Cristo les reconoce el poder que les ha conferido en Lc. 10, 19-20 (19 Mirad, os he dado el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones, y sobre todo poder del enemigo, y nada os podrá hacer daño; 20 pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos.»).

Lo que sí merece la pena resaltar de este par de versículos es el detenimiento del evangelista sobre la forma en que los apóstoles ejercían el poder sanador que les había sido otorgado: ungiendo con aceite a los enfermos.

Teniendo en cuenta el significado del vocablo judío Mesías (La palabra original hebrea es MASHIAJ. En hebreo significa ungido; la palabra griega corresponde a CRISTOS. Los israelitas ungían a sus reyes y, más tarde, a sus sumos sacerdotes. Poco a poco pasaron a esperar a alguien, ungido de modo muy especial: al Mesías o Cristo. La comunidad cristiana ve en Jesús de Nazaret al Mesías esperado y, por eso, lo llama Cristo. En otras palabras, Ungido, Mesías, Cristo, pueden significar lo mismo. El simbolismo de la unción es muy bonito: así como el ÓLEO fortifica, sana, impermeabiliza, nada deberá enflaquecer o corromper a este ungido; su vida tiene que ser agradable al Señor, como el perfume del óleo), la utilización de este "instrumento" sanador encierra un enorme simbolismo ligado a la persona de Jesús de Nazaret (otorgante del poder sanador y "Ungido, Mesías, Cristo").

De esta práctica apostólica deriva nuestro actual sacramento de la Unción de los enfermos, como recoge el Catecismo de la Iglesia Católica en su apartado 1511: La Iglesia cree y confiesa que, entre los siete sacramentos, existe un sacramento especialmente destinado a reconfortar a los atribulados por la enfermedad: la Unción de los enfermos:

Esta unción santa de los enfermos fue instituida por Cristo nuestro Señor como un sacramento del Nuevo Testamento, verdadero y propiamente dicho, insinuado por Mc (cf. Mc 6,13), y recomendado a los fieles y promulgado por Santiago, apóstol y hermano del Señor [cf. St 5,14-15] (Cc. de Trento: DS 1695), por lo tanto no carece de trascendencia la mención de Marcos en este texto que será ampliada, después por Santiago en St. 5, 14 (¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor).

 

Fuente: Q

7 Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado. 8 Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia.

2 Y los envió a predicar el reino de Dios, y a sanar a los enfermos.

9 y sanad a los enfermos que en ella haya, y decidles: Se ha acercado a vosotros el reino de Dios.

13 Y si la casa fuere digna, vuestra paz vendrá sobre ella; mas si no fuere digna, vuestra paz se volverá a vosotros.

   

5 En cualquier casa donde entréis, primeramente decid: Paz sea a esta casa. 6 Y si hubiere allí algún hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; y si no, se volverá a vosotros

La fuente Q aporta pocas novedades a esta parcelación que no hayan sido tratadas ya dentro del análisis de la fuente marcana.

Mateo y Lucas recogen con grandes diferencias, lo que Marcos indica como un hecho en sus ver. 12 y 13.

La diferencia entre los dos sinópticos y la fuente marcana la encontraríamos en la temporalidad de los verbos utilizados.

Mientras lo que para Marcos es un hecho realizado, con verbos en pretérito imperfecto, para Mateo es un imperativo, una orden de Jesús a sus apóstoles, una instrucción sobre lo que han de hacer y, para Lucas una acción en pasado perfecto pero con intencionalidad de futuro en el discurso a los 12 y simplemente de futuro intencional en el discurso a los 72.

Ya hemos abundado anteriormente sobre la capacidad sanadora de los enviados, por lo que no insistiremos sobre ello.

La decisión para enmarcar estos versículos como procedentes de la fuente Q la he tomado, además de por la diferencia temporal de los verbos, citada anteriormente, por la mención que ambos evangelistas hacen del objeto de la predicación: el reino de Dios (cielos).

Sin embargo, soy consciente de que ambos textos podrían constituir apéndices propios de cada evangelista destinados enmarcar y remarcar la misión encargada.

No obstante, la coincidencia de la cita del Reino en ambos textos me ha decidido a encuadrarlos como procedentes de la fuente Q, en lugar de tratarlos como aportaciones independientes.

Ambos textos, además, contienen una reiteración de lo indicado en Mt. 3, 2 (y diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado) en boca del Bautista, pero trasladado a la boca del propio Jesús, como base del encargo misional.

Otra de las novedades incorporadas por Mateo es la frase final de su ver. 8: de gracia lo recibisteis (gratis), dad de gracia.

Una frase suelta, sin relación aparente con el resto del texto. Un añadido claro del evangelista, pero con una fuerte carga trascendente.

Esta frase nos abre la puerta a la realidad inconmensurable del amor de Dios por los hombres. Un amor siempre dispuesto y gratuito. Cristo, con esta frase, nos traslada el posicionamiento del Padre hacia sus hijos. Lo que recibimos gratis de Dios, ¿por qué no hemos de ofrecerlo al mismo precio?. ¿Por qué nos empeñamos en poner precio a nuestros ofrecimientos?. Esta afirmación mateana contacta con la actitud cristiana hacia los demás proclamada en Mt. 22, 39 (Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo).

El ver. 13 está incluido en el grupo de la fuente Q, porque es la misma expresión que veremos en Lc. 10, 6 (Y si hubiere allí un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; si no, se volverá a vosotros), por lo que estaríamos, realmente, ante un aporte de esta fuente, ya que Marcos omite esta consideración. Por lo tanto, como procedente de Q vamos a tratarla, si bien, la coincidencia del texto lucano lo es en su literalidad, pero no en su contexto, toda vez que este evangelista, incluye esta cita dentro de las instrucciones dadas por Jesús a la "segunda" comisión misionera enviada (los 72), en lugar de la encargada a los 12 elegidos.

Sin embargo, esta diferencia contextual no nos aportaría multiplicidad testimonial, sino que vendría a indicarnos que el dicho tiene su origen en una tradición antigua que ambos evangelistas recogen, pero que intercalan en sus redacciones de forma diferente.

No hay una relación directa entre origen Q e historicidad del dicho, por lo tanto, y ante la carencia de multitestimonialidad, habremos de buscar su apoyo historicista en otros criterios, de los cuales, el que inmediatamente podemos encontrar es el de coherencia.

Podríamos reflejar innumerables citas evangélicas en las que la paz juega un papel central de la predicación, pero nos fijaremos solamente en el saludo que Cristo resucitado les da a sus discípulos en Lc. 24, 36 (Estaban hablando de estas cosas, cuando Él se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros») y Jn. 20, 19 (Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: La paz con vosotros), donde se explicita de forma terminante el deseo y el saludo genuinamente cristiano, que queda apoyado por Jn. 14, 27 (Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde).

La paz hebrea es mucho más que un saludo cordial. Implica un auténtico deseo de felicidad para el que le es ofrecida. Realmente significa: deseo fervientemente que todo te vaya bien y seas feliz, no sólo en el aspecto material, sino, especialmente, en el plano espiritual.

Desde esa óptica y teniendo en cuenta la coherencia multitestimonial de los deseos de paz, el dicho de Q considerado sí parece tener un origen próximo al Jesús histórico.

La lectura teológica pasaría por la búsqueda de dignidad citada por Mateo en el ver. 11. Como enviados de Cristo, somos portadores de paz para todos los hombres. La paz derivada del mensaje salvífico y de esperanza que constituye la Buena Noticia.

Si nuestro mensaje de alegría es rechazado, la indignidad estará presente en quien lo escucha y la paz que portamos, la alegría y deseo de felicidad que ofrecemos, nos será devuelto, ya que hemos cumplido con nuestra misión, pero ésta no ha sido aceptada. Es la misma paz y felicidad que vuelve a Cristo tras su muerte y resurrección, toda vez que su oferta de libertad y felicidad fue rechazada por sus contemporáneos, lo que no implica que Él no cumpliese completamente con la misión que el Padre le había encomendado.

Fuente: Mateo

5 A estos doce envió Jesús, y les dio instrucciones, diciendo: Por camino de gentiles no vayáis, y en ciudad de samaritanos no entréis,

6 sino id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel.

 

Los ver. 5 y 6 de Mateo, que constituyen una aportación de las fuentes propias de Mateo a esta parcelación, nos enfrentan con una incongruencia de este evangelista con el global del mensaje evangélico.

Esta incongruencia sólo se da en los textos mateanos, por lo que hemos de deducir que estamos ante aportaciones intencionales del evangelista, en línea con su personal idea a la hora de configurar la estructura y redacción de su Evangelio.

Mateo, como ya hemos citado en otras partes de este trabajo, escribe para cristianos procedentes del judaísmo, desde el interior y para el interior de Palestina, por lo tanto, teniendo en cuenta que los cristianos primitivos, como podemos ver en el Libro de los Hechos, se configuraban como una secta dentro del judaísmo y, guardaban fielmente los preceptos de la Ley Mosaica, la relación con gentiles y samaritanos estaba vedada. Por lo tanto, no es extraño encontrarnos este tipo de observaciones puestas por el evangelista en boca de Jesús.

Puesto que ni los otros evangelistas, ni ninguna otra literatura neotestamentaria, apoya esta tesis, sino más bien al contrario, hemos de considerar este tipo de observaciones como derivadas de las tesis personales del redactor evangélico y no procedentes del Jesús histórico.

Las diatribas contra los gentiles, dentro del texto mateano podemos encontrarlas reiteradas en Mt. 5, 47 (Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles?); Mt. 6, 7 (Y al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados); Mt. 6, 32 (Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso); Mt. 18, 17 (Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano) y Mt. 20, 19 (y le entregarán a los gentiles, para burlarse de él, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará).

Sin embargo, si tomamos el resto de las redacciones evangélicas, nos encontraremos, bien ausencias significativas de relación con gentiles, como es el caso de Marcos, donde sólo encontraremos una mención respecto de los gentiles en Mc. 10, 33 («Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles), similar a la cita anterior de Mt. 20, 19, sin que encontremos ninguna cita respecto de los samaritanos; reconocimiento de la universalidad de la misión cristiana, como es el caso de Lucas en Lc. 2, 32 (luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel.»), algunas diatribas sueltas, pero con intencionalidad comparativa, como en Lc. 12, 30 (Que por todas esas cosas se afanan los gentiles del mundo; y ya sabe vuestro Padre que tenéis la necesidad de eso) y Lc. 18, 32 (similar a Mc. 10, 33 y Mt. 20, 19) (pues será entregado a los gentiles, y será objeto de burlas, insultado y escupido), advertencias escatológicas sobre el advenimiento de los gentiles al Reino, como en Lc. 21,24 (y caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones, y = Jerusalén = será = pisoteada por los gentiles, = hasta que se cumpla el tiempo de los gentiles), reprensiones de Jesús sobre la intencionalidad de sus apóstoles por castigar a los samaritanos que no les han recibido, como en Lc. 9, 52-55 (52 y envió mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada; 53 pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén. 54 Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?» 55 Pero volviéndose, les reprendió) y rechazo de la generalización de maldad para con los samaritanos, como en la parábola de prójimo de Lc. 10, 33 (Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión) o Lc, 17, 16-19 (16 y postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias; y éste era un samaritano. 17 Tomó la palabra Jesús y dijo: «¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? 18 ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios sino este extranjero?» 19 Y le dijo: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado»).

Si nos vamos al texto joánico, aunque no encontraremos ninguna cita acerca de los gentiles, sí resulta significativo y contradictorio con la afirmación mateana la relación de Jesús con la samaritana del capítulo 4 en el curso de su visita y predicación en dicha región.

Por si fuera poco, dentro del Evangelio, veremos a Jesús varias veces extender su predicación a tierras de gentiles, en abierta contradicción con lo indicado por Mateo. Así le vemos, en alguna ocasión, dentro del texto de Juan, pasar al "otro lado del Jordán", como en Jn. 10, 40 (Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había estado antes bautizando, y se quedó allí), o visitar la Decápolis en Mc. 7, 31 (Se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la Decápolis), o, en el propio Mateo, visitar la región de Tiro y Sidón, en Mt. 15, 21 (Saliendo de allí Jesús se retiró hacia la región de Tiro y de Sidón).

Por lo tanto, dentro de los propios evangelios hay multitud de testimonios que contradicen la afirmación de Mateo, pero, además, los propios apóstoles, desoyen esta instrucción de forma taxativa y extienden la predicación a otros puntos fuera de Judea y Galilea, como podemos contemplar en el Libo de los Hechos, primero en Hc. 1, 8 (sino que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra»), en boca del propio Cristo resucitado o en Hc. 8, 5 (Felipe bajó a una ciudad de Samaria y les predicaba a Cristo), donde vemos a Felipe predicando directamente en la región que Mateo indica como que no debe ser visitada.

Respecto de los gentiles, este mismo libro, nos ofrece el momento clave en que la predicación a los gentiles es instituida como objetivo, especialmente, desde Hc. 9, 15 (El Señor le contestó: «Vete, pues éste me es un instrumento de elección que lleve mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel) y Hc. 22, 21 (Y me dijo: "Marcha, porque yo te enviaré lejos, a los gentiles"»), donde el propio Dios, primero a Annanías y después a Saulo, encarga la extensión de la Buena Nueva a la gentilidad.

Ello por no recoger los innumerables testimonios del cuerpo epistolar paulino, donde las menciones a su misión evangelizadora específicamente dirigida a los gentiles es tratada abundantemente.

Toda esta argumentación nos lleva a reafirmarnos en la idea de que estos versículos constituyen una aportación redaccional de Mateo y no pueden ser atribuidos al Jesús histórico.

¿Quiere ello decir que Mateo falsea el mensaje cristiano, poniendo en boca de Jesús palabras e intenciones que se contradicen con los hechos contrastados?. En absoluto.

Como hecho dicho anteriormente, se trata de un añadido redaccional y conexo con la intencionalidad y público del texto mateano. Siendo Leví judío y escribiendo para judíos, sería mal entendido por un pueblo sojuzgado en esos momentos por el opresor romano y que esperaba el cumplimiento de la promesa mesiánica de salvación, que esta salvación se extendiese hacia quienes son sus enemigos naturales (samaritanos) y políticos (romanos y gentiles en general).

Pero, además, estamos en el comienzo de la actividad misional. Es la primera salida y el primer encargo predicativo que Jesús hace a sus apóstoles. No parecería lógico que en este estadio de desarrollo del embrión de la Comunidad Cristiana, ésta se difuminase en una predicación expansiva hacia pueblos y gentes alejados de las regiones palestinas más inmediatas. No olvidemos, además, que lo que aquí se nos presenta es una actividad misional embrionaria, parcial y limitada, tanto en el tiempo como en el espacio, por lo que parece conveniente, estratégicamente, dimensionar y adecuar ésta a las posibilidades reales de los misioneros.

La clave podría dárnosla el comienzo del ver. 6, ya que éste incluye un adverbio temporal (antes) que no exclusiviza la predicación hacia los hijos de Israel, sino que la prioriza, como así fue en la realidad.

De hecho, en Mt. 15, 22-28 (22 En esto, una mujer cananea, que había salido de aquel territorio, gritaba diciendo: «¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada.» 23 Pero él no le respondió palabra. Sus discípulos, acercándose, le rogaban: «Concédeselo, que viene gritando detrás de nosotros.» 24 Respondió él: «No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel.» 25 Ella, no obstante, vino a postrarse ante él y le dijo: «¡Señor, socórreme!» 26 Él respondió: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos.» 27 «Sí, Señor - repuso ella -, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.» 28 Entonces Jesús le respondió: «Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas.» Y desde aquel momento quedó curada su hija), contemplamos como el propio Cristo, aun manteniendo que su misión estaba restringida a los hijos de Israel, accede al exorcismo de la hija de una gentil, abriendo la puerta de la presencia del Reino a los gentiles por medio de este signo visible.

Fuente: Lucas

   

6 Y saliendo, pasaban por todas las aldeas, anunciando el evangelio y sanando por todas partes.

8 En cualquier ciudad donde entréis, y os reciban, comed lo que os pongan delante;

El último versículo a considerar, el 6 de Lucas, es un texto intrascendente y copulativo.

No tiene otra significación que finalizar el discurso lanzado por Jesús a sus apóstoles.

Lo único resaltable, muy en la línea universalista del evangelista, es la mención de "todas las aldeas", ya que ello confiere universalidad al anuncio evangélico y la sanación (no sólo física) que ello conlleva.

Por otro lado, la recomendación contenida en el discurso a los 72, respecto de la comida, es una simple recomendación de urbanidad y educación, tan lógica como aplastante en su simpleza. Una muestra de reconocimiento y agradecimiento

Una vez finalizado el análisis de los textos, pasamos a realizar un pequeño resumen del texto, a modo cronical.

Así podríamos relatar que Jesús llama a sus apóstoles y los envía en misión evangelizadora de dos en dos con un encargo específico: anunciar que el Reino de Dios se ha acercado. Este acercamiento es visible por el poder que les confiere de expulsar demonios y sanar enfermedades y padecimientos. Sin embargo, les pone condicionantes, tanto en los destinatarios, como en la forma. Deben expandir la Palabra, con prioridad, a los hijos de Israel y cuando lo hagan han de procurar buscar dignidad en la casa de donde han de alojarse, mostrarse humildes y no hacer alardes de riqueza y equipaje, han de ser mensajeros de paz y mantenerse en una misma casa hasta que finalice su predicación en la ciudad donde se encuentren.

Si se encuentran con un rechazo de su predicación, no han de ofenderse, sino simplemente salir del lugar y olvidarse del rechazo sufrido, ya que en el momento del juicio quienes no hayan escuchado habrán de asumir sus responsabilidades.

Como la interpretación teológica de los dichos ya ha sido incluida en cada uno de ellos, no abundaremos más sobre el asunto, sólo destacar que la misión que Cristo confía a sus apóstoles no se limita a los 12 elegidos, sino que es extensiva para todos los que pretendemos seguirle, porque una vez hayamos recibido la llamada y escuchado ésta, nos convertimos en misioneros del Evangelio y nuestras pautas de comportamiento en dicha misión habrán de pasar, indefectiblemente, por las indicaciones que Cristo señala a sus apóstoles: humildad, sencillez, mensajeros de paz, ausencia de enfrentamientos y rencores y sanadores de almas mediante la alegría que se desprende del anuncio el Reino presente en la tierra.

Lc. 8, 1-3

1 Aconteció después, que Jesús iba por todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios, y los doce con él, 2 y algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malos y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena, de la que habían salido siete demonios, 3 Juana, mujer de Chuza intendente de Herodes, y Susana, y otras muchas que le servían de sus bienes.

 

Perícopa procedente de las fuentes propias de Lucas, que nada tiene que ver con el contexto que venimos examinando en los últimos textos (elección de los 12 e instrucciones a los mismos).

La única razón para su ubicación en este lugar en la refundición está en la mención que contiene de que "Jesús iba por todas las ciudades y aldeas...y los doce con Él". La propia atemporalidad y ambigüedad geográfica de la perícopa permite colocarla en cualquier parte de la refundición, pero dado que incluye una referencia predicativa de conjunto con los 12, he decidido colocarla aquí.

Es un pasaje aséptico y sin trascendencia, que sólo nos refleja un movimiento del grupo. Lucas lo coloca entre el episodio de la casa de Simón el fariseo (Lc. 7, 36-50) y un contexto discursivo que incluye la parábola del sembrador y otros dichos que, en su momento, Mateo recogía en el sermón del monte.

La aportación de este pasaje no reviste tanto características teológicas como sociológicas.

Su trascendencia hay que buscarla en el dato que nos aporta, referido a que el grupo de Jesús ya está perfectamente conformado y estructurado.

Le acompañan los 12 elegidos, más algunas mujeres, de diferentes extracciones sociales, que servían de apoyo al grupo.

Entre ellas, el evangelista destaca a María Magdalena, a quien vamos a ver varias veces en el Evangelio, en lugares significados.

Así la encontramos al pie de la cruz en Mt. 27, 56 y sus equivalencias en Mc. 15, 40 y Jn. 19, 25 (Entre ellas estaban María Magdalena, María la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo), acompañando el cuerpo de Jesús en el momento de su sepultura en Mc. 15, 47 (María Magdalena y María la de Joset se fijaban dónde era puesto) a la puerta del sepulcro en Mt. 27, 61 (Estaban allí María Magdalena y la otra María, sentadas frente al sepulcro), en el mismo lugar cuando el Ángel del Señor anuncia la resurrección en Mt. 28, 1 y sus equivalentes en Mc. 16, 1 (Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro), en la primera aparición de Jesús resucitado en Mc. 16, 9 y Jn. 20, 15 (Jesús resucitó en la madrugada, el primer día de la semana, y se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios), revelando a los apóstoles la resurrección de Cristo en Lc. 24, 10 y su equivalente en Jn. 20, 1 y Jn. 20, 18 (Las que decían estas cosas a los apóstoles eran María Magdalena, Juana y María la de Santiago y las demás que estaban con ellas).

No parece que existan muchas dudas acerca de la pertenencia al grupo de María Magdalena, como tampoco de que el seguimiento de ella era una muestra de agradecimiento por haber sido exorcizada de siete demonios por Jesús, a la vista de la multiplicidad de testimonios de fuentes, estilos y contextos en los que aparece su nombre.

La proximidad de esta mujer a Jesús nos la revela el hecho de ser la primera persona a quien el resucitado se aparece y el amor de ella por Cristo queda atestiguado por su permanencia al lado de Jesús en los momentos más difíciles y comprometidos (al pie de la cruz, en el momento de su sepultura y en el embalsamamiento del cadáver).

El sobrenombre de Magdalena le viene por su origen en la ciudad de Magdala (aldea de Galilea, del hebreo migdal = grandioso, atalaya); y mucho se ha especulado sobre la relación, incluso amorosa o íntima entre Jesús y María.

Que así fuese o estemos ante una leyenda o especulación intencionada, no aporta ni quita nada al hecho de su pertenencia próxima al grupo.

La otra posible significación que podríamos extraer de este pasaje es la propia configuración del grupo, donde las mujeres pasan a jugar un papel relevante, a modo de ruptura con la tradición religiosa y cultural judía de la época.

La inclusión de mujeres en el reducto próximo a Jesús lo que nos manifiesta es la dignificación que Cristo devuelve a la mujer, prácticamente equiparándola al resto de sus íntimos varones.

La predicación de la cercanía del Reino no hace distinciones entre sexos. El anuncio de la salvación por Cristo llega tanto para varones como para mujeres, por lo tanto la igualdad es completa.

Mc. 9, 38-40 Lc. 9, 49-50

38 Juan le respondió diciendo: Maestro, hemos visto a uno que en tu nombre echaba fuera demonios, pero él no nos sigue; y se lo prohibimos, porque no nos seguía. 39 Pero Jesús dijo: No se lo prohibáis; porque ninguno hay que haga milagro en mi nombre, que luego pueda decir mal de mí. 40 Porque el que no es contra nosotros con nosotros es.

49 Entonces respondiendo Juan, dijo: Maestro, hemos visto a uno que echaba fuera demonios en tu nombre; y se lo prohibimos, porque no sigue con nosotros. 50 Jesús le dijo: No se lo prohibáis; porque el que no es contra nosotros, por nosotros es.

Pasaje procedente de las fuentes de Marcos, que Lucas recoge con práctica literalidad.

Ambos evangelistas ubican originalmente este diálogo en un contexto didáctico y de controversia entre Jesús y sus discípulos en Galilea, por ello, aun reconociendo que su ubicación en esta refundición no sería la idónea, teniendo en cuenta la temática contenida, he decidido incluirla en este lugar.

No existe posibilidad de plantear comparaciones, ni multitestimoniales ni de ningún otro tipo, para intentar verificar la historicidad del dicho porque no hay paralelismo con cualquier otra perícopa.

El único testimonio que podríamos utilizar a este respecto, nos remontaría a la controversia entre Jesús y los fariseos acerca de la autoridad con que Él expulsaba los demonios de Mt. 12, 27 y Lucas, 11, 19 (fuente Q) (Y si yo expulso los demonios por Beelzebúl, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces), donde podemos encontrar una mención independiente de que había otros exorcistas realizando estos ritos al mismo tiempo que Jesús.

Pero este testimonio múltiple es demasiado débil para considerarlo como apoyo histórico del dicho, por lo tanto, evitaremos pronunciarnos sobre tal historicidad.

La lectura teológica del acontecimiento relatado por ambos evangelistas nos llevaría a cuestionar el exclusivismo religioso de que se ha revestido nuestra cultura y tradición.

En estas breves frases de Jesús apreciaremos la apertura que Él muestra hacia quien practica el bien. En ningún momento exclusiviza, sino todo lo contrario. Si no se está abiertamente contra Él, se está con Él. No se admiten tibiezas. Pero dentro de estos posicionamientos, las indefiniciones caen del lado contrario al de Cristo, como podemos comprobar en Ap. 3, 16 (Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca).

Sin embargo, el propio Cristo reconoce que no es necesario portar el carné de cristiano para andar por los caminos del bien y situarse a su lado. Más recientemente, el Concilio Vaticano II abundó en la multiplicidad de posibilidades para alcanzar la percepción de Dios en su documento "NOSTRA AETATE".

No caigamos, pues, en el error de Juan, en ese tribalismo mojigato y primitivo, de considerar sólo como aceptables los que se enmarcan o encuadran en un determinado dibujo ideológico o espiritual, porque lo que conseguiremos será la injusta exclusión y marginación de quienes, por una u otra razón, se ubiquen en posiciones diferentes a las establecidas por la generalidad, las cuales no garantizan, en ningún caso, la corrección e identificación con la verdad.

Lc. 9, 51-56

51 Cuando se cumplió el tiempo en que Él había de ser recibido arriba, afirmó su rostro para ir a Jerusalén. 52 Y envió mensajeros delante de él, los cuales fueron y entraron en una aldea de los samaritanos para hacerle preparativos. 53 Mas no le recibieron, porque su aspecto era como de ir a Jerusalén. 54 Viendo esto sus discípulos Jacobo y Juan, dijeron: Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como hizo Elías, y los consuma? 55 Entonces volviéndose él, los reprendió, diciendo: Vosotros no sabéis de qué espíritu sois; 56 porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas. Y se fueron a otra aldea.

Perícopa procedente de las propias fuentes de Lucas, con algunos rastros de Q y con fuertes anclajes en el AT.

En algún momento de este trabajo ya hemos citado nuestra opinión de que la percepción de Jesús acerca de su propia dualidad era, mas bien, un proceso evolutivo, por lo que la "adivinanza" que Lucas cita en su ver. 51 sólo puede obedecer a su propia interpretación "a posteriori" de los sucesos acaecidos después.

Lucas coloca esta perícopa en un contexto didáctico de Jesús hacia sus discípulos, ya que dentro de este contexto nos encontraremos la discusión sobre quien es el mayor (Lc. 9, 46-48), la reprensión a Juan por prohibir los exorcismos en nombres de Jesús (Lc. 9, 49-50), el discurso sobre las exigencias del seguimiento de Cristo (Lc. 9, 57-62) y la misión de los 72 (Lc. 10, 1-24).

Podría argüirse como una incongruencia que Jesús envíe sus mensajeros delante de Él para que le hagan los preparativos de alojamiento, avituallamiento, etc., a una ciudad samaritana, cuando antes, al enviar a sus apóstoles les ha recomendado no entrar en ciudad de samaritanos, pero sería una apreciación errónea y falsa, toda vez que esa recomendación no está recogida en el texto lucano y sólo procede de las fuentes mateanas de Mt. 10, 5, por lo tanto, y teniendo en cuenta que este acontecimiento se realiza en Galilea y que la intención del grupo es dirigirse a Jerusalén, resulta obvio que han de pasar, necesariamente por Samaría para realizar el trayecto, salvo que den un rodeo a través del Lago de Genesaret o la Decápolis.

Aun reconociendo la intervención del evangelista en esta narración, no está exenta de elementos de coherencia con otros pasajes evangélicos e, incluso, de relación multitestimonial con citas similares de otros evangelistas.

Así, por ejemplo, la intención de subir a Jerusalén tendría su correspondencia con las 3 pascuas que Jesús pasa en Jerusalén según el texto joánico mientras que las razones para subir a la ciudad santa, hemos de buscarlas en 1 S, 1,3 (Este hombre subía de año en año desde su ciudad para adorar y ofrecer sacrificios a Yahveh Sebaot en Silo, donde estaban Jofní y Pinjás, los dos hijos de Elí, sacerdotes de Yahveh)

La no-recepción de los samaritanos ya era explicada por Juan en Jn. 4, 9 (las razones eran expuestas en este mismo trabajo como comentario a dicho pasaje).

Los rastros de Q podemos contemplarlos, con ciertas salvedades en el ver. 56, que es muy similar a Mt. 18, 11 (Porque el Hijo del Hombre ha venido para salvar lo que se había perdido).

La expresión recogida en esta versión (afirmó su rostro para subir a Jerusalén), otras versiones bíblicas la recogen como "decidió resueltamente subir a Jerusalén"o "se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén"; por lo tanto, estamos, según el evangelista, en el momento en que Jesús da por finalizado su periplo predicatorio por Galilea, donde se encuentra en estos momentos con su grupo, para participar esta predicación a la ciudad santa. Estaríamos ante un cambio cualitativo en dicha predicación, ya que, hemos de suponer, aunque los sinópticos no lo recojan, que durante el tiempo que Jesús pasó predicando por Palestina, anualmente, habría de haber subido a Jerusalén, sólo o con sus discípulos, ya que era prescripción de la Ley Mosaica a la que Jesús nos tiene acostumbrados a mostrar su respeto (de hecho su asentamiento en Betania, sus andanzas por los alrededores de Jerusalén [monte de los olivos, Getsemaní, etc.] su amistad con la familia de Lázaro, su probable alojamiento para la cena de despida en casa de Marcos, etc., no hubieran sido posibles de no haber estado en otras ocasiones en Jerusalén).

Lo que el evangelista nos cita aquí, pues, no es una subida rutinaria a Jerusalén, sino una firme intención de hacerlo como culminación del proceso predicatorio llevado hasta el momento.

No es muy difícil suponer, además, que los efectos de su predicación, las multitudes que le acompañaban, su fama taumatúrgica y exorcista, etc., habrían llegado hasta los oídos de las autoridades religiosas y políticas de Judea, y que éstas habrían de serle hostiles, tanto por el contenido de su predicación, como por el quebranto legal de algunos preceptos mosaicos que Jesús reiteraba (el sábado, el ayuno, incorporación a su grupo de publicanos y zelotes, comidas con publicanos y pecadores, tocar leprosos y cadáveres, atribuirse su filiación divina, etc.). De ello nos habla Juan en Jn. 5, 18 (Por eso los judíos trataban con mayor empeño de matarle, porque no sólo quebrantaba el sábado, sino que llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios) y Jn. 7, 1 (Después de esto, Jesús andaba por Galilea, y no podía andar por Judea, porque los judíos buscaban matarle), ya con las primeras subidas de Jesús a Jerusalén, según la redacción joánica.

Por lo tanto, su aproximación a Jerusalén, con visos de extender la predicación a esa ciudad, además de un reto (teniendo en cuenta el fracaso de Nazaret y otras ciudades que el propio Lucas nos cita en Lc. 10, 13-16) implicaba un riesgo real para su vida que era contemplado por Cristo, pero considerado igual de necesario.

Desde su percepción escatológica de la llegada del Reino, ésta sólo podía pasar por Jerusalén, por lo tanto carecería de sentido último restringir la predicación del Evangelio al resto de Palestina. Una condición indispensable para dar cumplimiento a su misión era la de pasar por Jerusalén y ejercer allí su ministerio. De otro modo, la predicación resultaría inconclusa.

La amenaza que los "hijos del trueno" hacen sobre la ciudad que no les ha recibido proviene de 2 R. 10 y12 (10 Respondió Elías y dijo al jefe de cincuenta: «Si soy hombre de Dios, que baje fuego del cielo y te devore a ti y a tus cincuenta.» Bajó fuego del cielo que le devoró a él y a sus cincuenta - 12 Respondió Elías y le dijo: «Si soy hombre de Dios, que baje fuego del cielo y te devore a ti y a tus cincuenta.» Bajó fuego del cielo que le devoró a él y a sus cincuenta). Es el fuego purificador de Yahweh que limpia la inmundicia y elimina a los enemigos del pueblo elegido. Algo muy apropiado para los samaritanos, encontrados gravemente con los judíos por las razones religiosas ya expuestas con motivo del comentario del episodio de la samaritana de Juan 4.

Si bien no hay muchos elementos para afirmar la historicidad del acontecimiento que Lucas nos relata, lo cierto es que tampoco los hay para afirmar lo contrario, por lo tanto, dejaremos en suspenso esta definición, para pasar a la interpretación del acontecimiento que se nos narra.

Lo que podemos extraer de estos pocos versículos de Lucas, es que la exclusión étnica y religiosa no es algo contemporáneo, o generado por los enfrentamientos entre cristianos y miembros de otras religiones, sino que es algo permanente desde que el hombre existe.

El grupo de Jesús, por el hecho de dirigirse a Jerusalén y, por tanto practicar el rito judío de alabanza, es rechazado por quienes siguen otro ritual diferente de adoración al mismo Dios.

No se nos menciona ninguna consideración a un rechazo sobre su predicación o doctrina (la de Jesús), sino que tal rechazo proviene de su propia condición de judíos.

Esta circunstancia será una constante a lo largo de los siglos practicada por la comunidad cristiana hacia quienes profesaban una creencia diferente a la considerada recta y verdadera. Por ello, la Iglesia actual, reconociendo sus errores, ha debido pedir perdón y retractarse de los motivos que originaron las persecuciones e instituciones como la Inquisición.

Pero no es algo tan lejano ni desconocido en nuestros tiempos. Este rechazo no es muy diferente del que nosotros practicamos en estos tiempos hacia quienes se ven obligados a dejar su tierra, familia y raíces para buscar el sustento en los escaparates que les ofrecemos desde el primer mundo.

Nuestros emigrantes también son rechazados por el simple hecho de serlo, por ser diferentes de nosotros en alguna circunstancia, ya sea su color, su nacionalidad, su idioma, su credo religioso o cualquier otra característica diferenciadora.

Poco importa que el rechazo se disimule con excusas socio económicas o de orden público. Lo cierto es que el rechazo es visceral y generado por la propia diferencia.

Nuestra civilización homogeneizadora nos acostumbra a plantear la convivencia en planos falsos de igualdad y todo aquello que se escapa de esa homogeneización recibe el mismo trato. Es el pensamiento único que invade el hombre masa de nuestra época y que fue llevado hasta el paroxismo y la locura con el holocausto y la magnificación del ideal racial de la época hitleriana y, más sutilmente en nuestros días, ofrece su apoyo a las legislaciones del primer mundo sobre emigración y extranjería.

Siguiendo el relato evangélico, si Juan y Santiago nos estuviesen observando, pedirían a Jesús que hiciese descender sobre nosotros el fuego de Elías, aunque, afortunadamente para nosotros, siempre contaremos con la tolerancia de Cristo hacia nuestras limitaciones y miedos.

Lo que sucede es que, si bien no seremos consumidos por el fuego justiciero, sí que acarrearemos la consecuencia que el relato nos señala: Jesús y su grupo se alejan de nosotros y se van a otra aldea por nuestra incapacidad para ofrecer acogida a los viajeros que nos la demandan.

Mt. 10, 16-25 Mc. 13, 9-13 Lc. 21, 12-17

16 He aquí, yo os envío como a ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas.

 

Lc. 10, 3 Id; he aquí yo os envío como corderos en medio de lobos

17 Y guardaos de los hombres, porque os entregarán a los concilios, y en sus sinagogas os azotarán; 18 y aun ante gobernadores y reyes seréis llevados por causa de mí, para testimonio a ellos y a los gentiles.

9 Pero mirad por vosotros mismos; porque os entregarán a los concilios, y en las sinagogas os azotarán; y delante de gobernadores y de reyes os llevarán por causa de mí, para testimonio a ellos.

12 Pero antes de todas estas cosas os echarán mano, y os perseguirán, y os entregarán a las sinagogas y a las cárceles, y seréis llevados ante reyes y ante gobernadores por causa de mi nombre. 13 Y esto os será ocasión para dar testimonio.

 

10 Y es necesario que el evangelio sea predicado antes a todas las naciones.

 

19 Mas cuando os entreguen, no os preocupéis por cómo o qué hablaréis; porque en aquella hora os será dado lo que habéis de hablar. 20 Porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros. 21 El hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; y los hijos se levantarán contra los padres, y los harán morir. 22 Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo.

11 Pero cuando os trajeren para entregaros, no os preocupéis por lo que habéis de decir, ni lo penséis, sino lo que os fuere dado en aquella hora, eso hablad; porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu Santo. 12 Y el hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; y se levantarán los hijos contra los padres, y los matarán. 13 Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo.

14 Proponed en vuestros corazones no pensar antes cómo habéis de responder en vuestra defensa; 15 porque yo os daré palabra y sabiduría, la cual no podrán resistir ni contradecir todos los que se opongan. 16 Mas seréis entregados aun por vuestros padres, y hermanos, y parientes, y amigos; y matarán a algunos de vosotros; 17 y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre.

23 Cuando os persigan en esta ciudad, huid a la otra; porque de cierto os digo, que no acabaréis de recorrer todas las ciudades de Israel, antes que venga el Hijo de Hombre.

24 El discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor. 25 Bástale al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su señor. Si al padre de familia llamaron Belcebú, ¿cuánto más a los de su casa?

   

 

En este pasaje se conjugan tres de las fuentes evangélicas que redactan el Evangelio de Jesucristo: Mateo, Marcos y Q.

En el caso de la fuente Q, nos referimos al ver. 16 de Mateo, que es idéntico a Lc. 10, 3, aunque éste último tiene una ubicación contextual bien diferente, ya que forma parte del discurso de Jesús a los 72, en lugar del dirigido a los 12. Estaríamos, por tanto, ante un dicho suelto de Q, que ambos evangelistas colocan en dos situaciones redaccionales diferentes, según entienden se adaptan más a su construcción evangélica.

El núcleo fundamental de la perícopa procede de Marcos, siendo tomado, con algunas variaciones, por Mateo y con una mayor diferencia por Lucas.

La adjudicación del dicho, en su conjunto, e incluso en partes puntuales del mismo, como procedente del Jesús histórico, no parece que revista demasiadas dificultades.

El testimonio múltiple nos vendría dado por la semejanza de su contenido con Jn. 15, 18-27 (18 «Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. 19 Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo. 20 Acordaos de la palabra que os he dicho: El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi Palabra, también la vuestra guardarán. 21 Pero todo esto os lo harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado. 22 Si yo no hubiera venido y no les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa de su pecado. 23 El que me odia, odia también a mi Padre. 24 Si no hubiera hecho entre ellos obras que no ha hecho ningún otro, no tendrían pecado; pero ahora las han visto, y nos odian a mí y a mi Padre. 25 Pero es para que se cumpla lo que está escrito en su Ley: = Me han odiado sin motivo. = 26 Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí. 27 Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio), donde, además de dicha semejanza, encontramos frases idénticas al contenido mateano (ver 24 de Mateo = ver 20 de Juan [par]).

Para mayor abundancia en el multitestimonio, fijémonos en el ver. 17 de Mateo, 9 de Marcos (par) y 12 de Lucas (par), que tiene una correspondencia directa con Hc. 22, 19 (Yo respondí: "Señor, ellos saben que yo andaba por las sinagogas encarcelando y azotando a los que creían en ti) y 26, 22 (Frecuentemente recorría todas las sinagogas y a fuerza de castigos les obligaba a blasfemar y, rebosando furor contra ellos, los perseguía hasta en las ciudades extranjeras), donde vemos a Pablo dando cumplimiento del anuncio de Cristo.

Lo mismo nos sucede con el ver. 18 de Mateo, nuevamente parte del 9 de Marcos y 12 de Lucas, con respecto de Hc. 12, 1 (Por aquel tiempo el rey Herodes echó mano a algunos de la Iglesia para maltratarlos) y 24, 10 (Entonces el procurador concedió la palabra a Pablo y éste respondió: «Yo sé que desde hace muchos años vienes juzgando a esta nación; por eso con toda confianza voy a exponer mi defensa), donde, igualmente, contemplamos la praxis de la anticipación de Cristo, esta vez respecto de reyes y gobernadores y el testimonio que los apóstoles aprovechan para practicar en tales circunstancias.

Para una mayor comprobación, respecto de la inspiración paráclita, tenemos las aportaciones de Hc. 4, 8 (Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: «Jefes del pueblo y ancianos) y 2 Ti. 4, 17 (Pero el Señor me asistió y me dio fuerzas para que, por mi medio, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todos los gentiles. Y fui = librado de la boca del león. =).

Bien es cierto que las llamadas al Libro de los Hechos de los Apóstoles tendrían una fuente lateral común con esta perícopa (Lucas), pero son tan diferentes sus contextos y estilos literarios, que pueden tomarse, sin ningún sonrojo, como fuentes independientes del texto que estamos observando.

Estas coincidencias, además, vienen a apoyar el criterio de coherencia, el cual, además, tendría sus anclajes en Mt. 24, 9 («Entonces os entregarán a la tortura y os matarán, y seréis odiados de todas las naciones por causa de mi nombre) para la intencionalidad global del discurso de Jesús; y con Mt. 16, 28 (Yo os aseguro: entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre venir en su Reino.») para el anuncio escatológico del ver. 23 mateano.

Por si ambos criterios fuesen insuficientes, el de dificultad salta inmediatamente a la mente cuando se contemplan estos versículos, toda vez que es difícil de conjugar su contenido con su introducción por algún redactor, copista o traductor de la primitiva Iglesia, ya que en estos versículos, lo que se anuncia precisamente, son las persecuciones de que serán objeto los seguidores cristianos, por lo que su añadido por la Iglesia primitiva entraría en abierta contradicción con el propósito proselitista de los primeros tiempos, al anunciar persecuciones y padecimientos por su adscripción a la nueva creencia.

Por lo que se refiere al criterio de discontinuidad, no parece que sea aplicable a estos versículos, mientras que el de persecución y ejecución, obviamente, está presente en todo el discurso porque ese es precisamente su contenido profético, pero, además, una de las razones por las que fue perseguido Jesús la encontraremos en su atribución mesiánica del ver. 23 de Mateo y los anuncios sediciosos de los ver. 21 y 22 de Mateo (12 y 13 de Marcos y 16-17 de Lucas).

En apoyo de estos criterios fundamentales, tenemos los secundarios de viveza en el relato, ambiente palestino (sinagogas, azotes, etc.) y la evolución sinóptica que se deriva de la contemplación de las tres redacciones, donde el ejemplo más significativo lo podemos encontrar en la acción del Espíritu Santo (en el caso de Marcos), el Espíritu de vuestro Padre (para Mateo) y el propio Cristo (en versión de Lucas).

En este aspecto, en el de la evolución, si bien Mateo ya introduce aportaciones propias (ver. 16 completo, la mención a los gentiles del ver. 17 y ver. 23 a 25), es el texto de Lucas el que más evolucionado encontramos con respecto al original de Marcos; ya que en el mismo encontramos giros literarios bien diferentes en todo su contenido, cuando lo acostumbrado, en los casos en que Lucas sigue a Marcos, es que la copia lucana del texto marcano sea cuasi literal.

Una vez fijada la consideración histórica de la perícopa, veamos la diferente ubicación que cada evangelista le da a este discurso, ya que pocas veces se da tanta disparidad en su ubicación redacional.

Mientras que Mateo lo inserta como una parte de la enseñanza y advertencias hacia los 12 elegidos, Marcos los coloca como parte de un discurso escatológico de Cristo a sus discípulos en el monte de los Olivos (ya en Jerusalén), mucho más extenso, en el que se recogen referencias al Templo y advertencias sobre los falsos profetas.

Lucas, a su vez, lo coloca en la misma ubicación geográfica de Marcos, pero incluye algunos aspectos más drásticos acerca del momento final que le dan tintes apocalípticos (el tiempo de los gentiles).

Como ya hemos citado en otras ocasiones, vemos como los evangelistas disponen de una tradición anterior (en este caso Marcos recoge primariamente esta tradición) y recolocan su contenido de acuerdo con su personal percepción e intencionalidad de su redacción. Es el mismo dicho, pero cada evangelista lo ubica en el momento que le parece más apropiado para el global de su redacción. Probablemente estaríamos ante un dicho suelto de Jesús dirigido a sus seguidores, a la vista de los enfrentamientos que su predicación estaba generando con las autoridades religiosas y políticas de la época, advirtiéndoles de las penurias que podrían sobrevenirles por este seguimiento, y que Marcos y Lucas colocan como integrante de un discurso escatológico-apocalíptico en plena predicación jerosimilitana, mientras que Mateo prefiere introducirlo en la disertación didáctica global hacia los 12 elegidos.

Mención aparte merece el ver. 10 de Marcos, ya que tiene todo el aspecto de tratarse de una inclusión personal del redactor, copista o traductor primitivo.

Su estilo y contenido rompe con la dinámica del discurso en el que le vemos inmerso, por lo que me inclino a pensar que es una cuña artificial introducida, bien por el redactor, bien por algún copista o traductor, para remarcar la necesidad de la predicación evangélica antes de que se produzca el momento escatológico final.

Ni antes, ni después de este discurso se hace mención a la predicación evangélica y este versículo se encuentra totalmente fuera de contexto y estilo.

Lo más probable es que el dicho de la tradición original estuviese constituido, como recogen Mateo y Lucas, por los ver. 9, 11-13 de Marcos, sin que este dicho formase parte de él.

Una vez examinado el texto, en orden a su posible historicidad, como es tradicional, vayamos a la interpretación del mismo, junto con un resumen en lenguaje actualizado.

Cristo se dirige a sus discípulos para advertirles de que van a ser enviados a una misión ardua y compleja. Para el desempeño de ella han de hacer acopio de prudencia y sencillez, procurando evitar las alabanzas fáciles y equívocas, toda vez que tales loas están dirigidas a su propia persecución y juicio ante tribunales y autoridades políticas.

Sin embargo, esta presencia ante las autoridades ha de ser aprovechada para testimoniar el seguimiento de Cristo y proclamar su palabra, sin que deban preocuparse por lo que deben decir o hacer, porque en defensa de su misión siempre estarán acompañados por el Espíritu Santo.

Tal es la radicalidad del mensaje que les encarga transmitir que incluso podrán ser traicionados por sus propias familias y serán denostados a causa de la defensa de la Verdad.

La última advertencia la dirige hacia el rencor y la venganza. Si son rechazados o excluidos en una determinada zona, habrán de alejarse de ella y proseguir en otra donde sean más receptivos hacia su predicación, teniendo prudencia hacia el ensimismamiento y el narcisismo, no pretendiendo alcanzar cotas de preeminencia improcedentes, sino amparándose en la humildad del siervo.

La lectura teológica pasaría por la sinceridad y limpieza de intenciones de Cristo, como no podría ser de otra manera.

Lo que Cristo nos exige, a sus seguidores con mayor virulencia y radicalidad, es afrontar las penurias que su seguimiento conlleva.

No nos engaña, no nos miente ni nos presenta un camino de rosas. La verdad cristiana entra en conflicto abierto con la mayor parte de las estructuras culturales, sociales, políticas, morales y éticas de nuestras civilizaciones.

La priorización del amor al hermano y de la misión por construir el Reino, choca frontalmente con las competitividad, el egoísmo, el aislamiento, el endiosamiento del becerro dorado, el mercantilismo y el materialismo que prima en nuestras vidas.

No existen medias tintas ni paños calientes. El seguimiento nos enfrentará, incluso, con los más allegados; y por defender su nombre y verdad nos encontraremos con denostaciones y exclusiones, pero tampoco hemos de preocuparnos demasiado. En defensa de la verdad nunca estaremos solos. Él siempre estará con nosotros, por sí mismo, o a través del Espíritu Santo.

Pero no hemos de equivocarnos. Lo fundamental es la misión en sí, con la carga salvífica que acarrea, no nuestro propio engrandecimiento. El discípulo no es más que su maestro es una advertencia clara y diáfana hacia la instrumentalización religiosa e ideológica. No somos nosotros, tomados uno a uno, nuestra propia vanagloria, lo que se busca, sino la propagación de la Buena Noticia de que, desde Cristo, la esperanza del Reino está en la tierra.

Por más que la defensa de la predicación cristiana confronte de pleno con las ideologías mundanas, no estamos ante una nueva ideología, sino ante una nueva forma de afrontar la vida. Es un planteamiento existencial de base: Dios me ama, y como a mí a todos mis hermanos. Dios quiere que me salve y que sea feliz, pero como lo quiere para mí, también lo hace para todos mis hermanos, sin distinciones.

Esta igualdad desde la diferencia y la libertad es opuesta a los parámetros clasistas de nuestras sociedades. Por ello, la defensa de los postulados de Cristo habrá de llevarnos al enfrentamiento con los poderes encargados de mantener y perpetuar el status, presuntamente inamovible, de la civilización construida sobre la base de la explotación y la lucha.

Cristo nos lo hace ver con claridad y crudeza. Respeta nuestra libertad, pero advierte del compromiso que se contrae y las consecuencias que dicho compromiso acarrea. Que estemos dispuestos a aceptar, o no, el precio que el camino de la verdad nos exige, como siempre, queda a nuestro criterio y nuestra opción.

Él mismo nos señala en Mt. 22, 14: Porque muchos son llamados, mas pocos escogidos, pero para esta elección hemos de tener en cuenta sus propias palabras de Mt. 7, 13-14: 13 «Entrad por la entrada estrecha; porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; 14 mas ¡qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y poco son los que lo encuentran, sabiendo, además, que no se nos prometen recompensas ni prebendas en la tierra, porque, como nos indica en Mt. 8, 20: Dícele Jesús: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.», la recompensa estará en otra dimensión, no en la materialista, como también nos afirma en Mc. 10, 28-30: 28 Pedro se puso a decirle: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.» 29 Jesús dijo: «Yo os aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, 30 quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna. 31 Pero muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros.», ya que, como vemos en Mt. 6, 20: Amontonaos más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben, el lugar para atesorar es en la casa del Padre.

Todo ello es difícilmente asimilable por la sociedad regida por el mercado en la que vivimos, donde todo se cuantifica en relación a su utilidad inmediata y la valoración personal de cada cual pasa por su capacidad para la prosperidad economicista, con lo cual, la persecución y el rechazo están servidos.

Mt. 10, 26-33 Lc. 12.1-9

 

1 En esto, juntándose por millares la multitud, tanto que unos a otros se atropellaban, comenzó a decir a sus discípulos, primeramente: Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía.

26 Así que, no los temáis; porque nada hay encubierto, que no haya de ser manifestado; ni oculto, que no haya de saberse.

27 Lo que os digo en tinieblas, decidlo en la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde las azoteas.

 

28 Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.

 

 

 

 

29 ¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre.

 

30 Pues aun vuestros cabellos están todos contados.

31 Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos.

32 A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos.

33 Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos.

2 Porque nada hay encubierto, que no haya de descubrirse; ni oculto, que no haya de saberse.

 

3 Por tanto, todo lo que habéis dicho en tinieblas, a la luz se oirá; y lo que habéis hablado al oído en los aposentos, se proclamará en las azoteas.

4 Mas os digo, amigos míos: No temáis a los que matan el cuerpo, y después nada más pueden hacer.

5 Pero os enseñaré a quién debéis temer: Temed a aquel que después de haber quitado la vida, tiene poder de echar en el infierno; sí, os digo, a éste temed.

6 ¿No se venden cinco pajarillos por dos cuartos? Con todo, ni uno de ellos está olvidado delante de Dios.

7 Pues aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; más valéis vosotros que muchos pajarillos.

8 Os digo que todo aquel que me confesare delante de los hombres, también el Hijo del Hombre le confesará delante de los ángeles de Dios;

9 mas el que me negare delante de los hombres, será negado delante de los ángeles de Dios.

 

Pasaje procedente de la fuente Q en su totalidad, ya que el primer versículo de Lucas tiene su correspondencia con Mt. 16, 6 (Jesús les dijo: «Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y saduceos.») y que, por lo tanto, volveremos a tratar cuando lleguemos a esa parcelación de Mateo.

Si bien Mateo coloca este pasaje, como parte integrante de la disertación docente hacia los 12 elegidos, con lo que guarda una línea temática, Lucas lo hace en un contexto más generalizado y confuso. Este evangelista lo ubica a continuación de las diatribas contra fariseos y escribas, como una proclama general hacia la muchedumbre, aunque el evangelista acota este discurso en el primer versículo, redireccionándolo hacia sus discípulos. En todo caso, el discurso que Lucas nos presenta carece de ilación y va saltando de un tema a otro sin aparente conexión, ya que dentro de él, además de esta advertencia, nos encontramos el aviso respecto de la blasfemia contra el Espíritu Santo, una advertencia sobre la codicia, etc., por lo tanto, hemos de considerar que Lucas toma estos dichos sueltos y los agrupa en un discurso multitemático, doctrinal y moralizante.

En todo caso, tomando esta parcelación de forma aislada, podemos distinguir tres partes fundamentales en la misma:

La referida al testimonio que han de dar los seguidores de Cristo de su predicación (ver. 26-27 de Mateo)

La dirigida a solventar los miedos por las persecuciones, aclaratoria de dónde se encuentra el verdadero peligro (ver. 28-30 de Mateo).

La dedicada al testimonio real y futuro de los seguidores de Cristo acerca de ellos mismos y su condición (Ver. 32-33 de Mateo).

Respecto de la historicidad de la parcelación, como ya hemos citado en ocasiones anteriores, la procedencia de Q no implica garantías, por sí misma, para acreditar dicha historicidad, por lo que se hace necesaria la aplicación de los criterios acostumbrados.

El criterio de testimonio múltiple hemos de aplicarlo de forma aislada para cada versículo. Así pues, los ver. 26-27 de Mateo (2-3 de Lucas), son semejantes en contenido y significado a Mc. 4, 21-22 (21 Les decía también: «¿Acaso se trae la lámpara para ponerla debajo del celemín o debajo del lecho? ¿No es para ponerla sobre el candelero? 22 Pues nada hay oculto si no es para que sea manifestado; nada ha sucedido en secreto, sino para que venga a ser descubierto), que a su vez, tenían sus correspondencias con Mt. 5, 14-16 y Lc. 8, 16-18), pero dada la diferencia contextual entre estas citas y la que estamos observando, podríamos inclinarnos como que los versículos que estamos contemplando tienen un origen diferente de las mencionadas.

La reiteración de Lucas y Mateo de un dicho parecido en la cita anterior, nos lleva directamente al criterio de coherencia por cuanto queda demostrado el empeño de los evangelistas por trasmitir la preocupación de Cristo porque su predicación no quede constreñida a círculos elitistas, sino que se constituya en luz del mundo para iluminación de los hombres.

Por otro lado, los versículos 28-29 de Mateo, guardan un ligero parecido con Mt. 6, 26 (Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?), pero dado el origen mateano de este dicho, no podríamos aplicarle la multitestimonialidad, aunque sí nos servirá, plenamente para la aplicación del criterio de coherencia, toda vez que observamos la intencionalidad de Cristo por transmitir la idea de la importancia que para el Padre tienen sus hijos.

Donde más claramente se nos manifiestan ambos criterios sería en los ver. 32-33 de Mateo (8-9 de Lucas), ya que, en el mismo sentido podemos encontrar citas evangélicas de fuentes independientes como las siguientes: Jn. 12, 26 (Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el Padre le honrará); Jn. 14, 21 (El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él); Jn. 17, 24 (Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo, para que contemplan mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo) y Mc. 8, 38 (Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles).

Todas ellas, junto con las que estamos contemplando, nos muestran a Cristo afirmando la misma verdad: quien testimonie de Él ante los hombres recibirá el testimonio de Cristo acerca de él ante el Padre.

El criterio de testimonio múltiple y de coherencia, al mismo tiempo, queda suficientemente acreditado para este grupo de versículos. No me cabe ninguna duda, pues, sobre que estos dichos proceden, si no literalmente sí en términos similares, del Jesús histórico.

El criterio de dificultad, como en ocasiones anteriores, no parece que muestre demasiadas dificultades en ser aplicado al conjunto de la parcelación, toda vez que nos encontramos con duras advertencias de Cristo sobre las consecuencias de su seguimiento que difícilmente podrían haber sido introducidas por miembros de la Iglesia primitiva si no respondieran a una tradición real heredada de los entornos del Jesús histórico.

Por su parte, el criterio de persecución y ejecución, aunque de soslayo, también le sería aplicable, en dos partes.

El ver. 28 de Mateo (4-5 de Lucas) contiene una velada alusión a los dirigentes religiosos judíos de la época, hacia los que, en la versión lucana, acaba de dirigir Cristo unas fuertes diatribas y acusaciones, aunque este criterio, para estos versículos habría de tomarse con ciertas precauciones por su falta de concreción.

Sin embargo, no cabe duda de la aplicación de este criterio para los ver. 32-33 de Mateo (8-9 de Lucas), ya que en ellos se contiene una de las acusaciones básicas del Sanedrín contra Jesús para determinar su condena: la atribución de ser Hijo de Dios (Mt. 26, 63-65: 63 Pero Jesús seguía callado. El Sumo Sacerdote le dijo: Yo te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios. 64 Dícele Jesús: Sí, tú lo has dicho. Y yo os declaro que a partir de ahora veréis = al hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo = 65 Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestidos y dijo: «¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia)

Por lo que se refiere al criterio de discontinuidad, no parece que pueda ser aplicado con claridad a esta parcelación, aunque con los examinados y aplicados hasta ahora hay más que suficiente para acreditar la probable historicidad de los dichos contenidos en ella.

Por último, y como criterio complementario, disponemos del de evolución sinóptica, que donde se nos muestra con mayor claridad es en los ver. 33-34 de Mateo y 8-9 de Lucas, ya que mientras Mateo refleja la confesión y negación delante del Padre, Lucas suaviza los términos para reseñar dicha confesión delante de los ángeles (mensajeros) de Dios.

La lectura teológica pasaría por la preocupación que Cristo nos muestra acerca de que su predicación devenga en una suerte de ideología elitista y que tal carácter la constriña a círculos cerrados y sacristías o concilios.

El mensaje de Cristo es universal, para todos los hombres. La salvación que Él nos acerca y el mensaje de amor del Padre por sus hijos ha de ser expandido a todos los vientos y con la mayor claridad posible. Jamás puede ser secuestrado por quienes "saben" o "entienden" de las escrituras. Como Él mismo nos indica en Mt. 11, 25 (En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños), la Verdad ha sido revelada para la salvación universal, no sólo para los grupúsculos de intelectuales y camarillas de café que discuten sobre lo divino y lo humano sin que su semilla traspase el borde del camino, porque sólo la expansión de la Verdad, como nos dice en Jn. 8, 32 (y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres) nos acercará realmente a la auténtica libertad.

Al mismo tiempo, Cristo nos despeja los temores mundanos. Sus palabras sirven para identificar claramente donde se encuentran los peligros.

Muchas veces nuestras preocupaciones no alcanzan más allá de la inmediatez material, sin darnos cuenta de que, es en esas priorizaciones donde se encuentra el peligro real. La distracción de nuestros objetivos nos acerca a la muerte del cuerpo y del alma en el infierno, porque nos distancian de la compañía y aproximación a Dios, en beneficio de los diosecillos materiales de muerte (dinero, poder, placer, etc).

Sobre estos generadores de muerte espiritual y esclavitud material es sobre los que Cristo nos advierte, señalándonos la preocupación del Padre por todos nosotros, aunque esta preocupación y protección sólo podrá ser eficaz si nosotros la deseamos y depositamos en Él nuestra confianza.

Por último, la tercera parte de esta parcelación nos lleva, junto con las citas mencionadas de Juan y Marcos, a la sinceridad en el seguimiento.

El seguimiento de Cristo, la asunción de su enseñanza no puede ser tomado como algo ocasional o de conveniencia.

La predicación cristiana es mucho más que una ideología o una religión. Es un componente existencial y su asimilación ha de ser completa y permanente sin que pueda estar sujeta a coyunturas.

Cristo nos lo deja claro en sus palabras hacia los que pretendían seguirle en Lc. 9, 59-62 (59 A otro dijo: «Sígueme.» Él respondió: «Déjame ir primero a enterrar a mi padre.» 60 Le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios.» 61 También otro le dijo: «Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa.» 62 Le dijo Jesús: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios.»).

Cristo lo que nos transmite es una idea de permanencia y constancia. No sirve el hoy sí y mañana ya veremos. No podemos estar rogándole hoy y negándole mañana. Cuando decidimos seguirle, ejerciendo nuestra libertad, ha de ser con todas sus consecuencias y de forma constante. El seguimiento a Cristo no es un abrigo que se pone cuando hace frío y se desviste cuando llega la primavera. Si nos lo quitamos, Él también nos lo quitará delante de su Padre y también habremos de asumir las consecuencias.

Jn. 3, 1-21

1 Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos. 2 Este vino a Jesús de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él. 3 Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. 4 Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? 5 Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. 6 Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. 7 No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. 8 El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu. 9 Respondió Nicodemo y le dijo: ¿Cómo puede hacerse esto? 10 Respondió Jesús y le dijo: ¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto? 11 De cierto, de cierto te digo, que lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto, testificamos; y no recibís nuestro testimonio. 12 Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales? 13 Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo. 14 Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, 15 para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. 16 Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. 17 Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. 18 El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. 19 Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. 20 Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. 21 Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios.

Pasaje procedente de las fuentes propias de Juan, situado a continuación de la primera Pascua pasada en Jerusalén por Jesús y su grupo e inmediatamente antes del tercer testimonio del Bautista.

Su ubicación geográfica es indefinida, pero podemos deducir que se realiza en Galilea, a la vista de lo recogido en Jn. 2, 23 (Mientras estuvo en Jerusalén, por la fiesta de la Pascua, creyeron muchos en su nombre al ver las señales que realizaba), cuyos tiempos verbales en pasado nos sugieren que abandonaban la ciudad santa, así como por lo señalado en Jn. 7, 52 (Ellos le respondieron: «¿También tú eres de Galilea? Indaga y verás que de Galilea no sale ningún profeta.») en el que vemos a otros miembros del partido fariseo dirigirse a Nicodemo e identificarle como procedente de Galilea.

Los pasajes procedentes de Juan, en su mayor parte, son difícilmente historificables, ya que la estructura de su redacción es testimonial, mientras que su intencionalidad es más teológica que narrativa o descriptiva.

El denominador común de los procesos discursivos recogidos por Juan en sus textos podemos encontrarlo en la intervención de personajes ajenos a Jesús, que le interrogan, interpelan o cuestionan. Estas intervenciones ajenas dan pie a la pronunciación de amplios discursos que contienen giros literarios reiterados y un lenguaje muy corto en términos, por lo que son constantes las repeticiones de vocablos y frases.

Este tipo de discursos, normalmente multitemáticos, en los que se incide sobre diversos temas y se va saltando de uno a otro sin solución de continuidad, son imposibles de verificar históricamente, ya que estamos ante una elaboración muy cuidada por parte del redactor. Lo que no quiere decir que, algunas de las frases contenidas y que la intencionalidad de los mismos estén alejados del entorno de Jesús, pero distan mucho de los estilos recogidos en las otras fuentes evangélicas.

Soy consciente de que el discurso que estamos examinando poco tiene que ver con el contexto de la catequesis que Cristo está impartiendo a sus apóstoles según el capítulo 10 de Mateo. La única razón para su ubicación en este lugar de la refundición hay que buscarla en los ver. 15 a 18, ya que su intencionalidad es similar a la contenida en Mt. 10, 32 (A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos) en lo que se refiere al seguimiento de Cristo y la creencia en su predicación.

En cuanto a la utilización de los criterios habituales de historicidad, sólo podremos hacerlo para con temas generales de su contenido. Más para las ideas que intentan expresar, que para las expresiones propiamente dichas.

Primero parcelemos el propio discurso en función de los temas que aborda.

Así, nos encontramos con la siguiente subdivisión:

1).- Ver. 1 a 8: El nuevo hombre, la nueva era que Cristo nos acerca.

2).- Ver. 9 a 14: De dónde procede la inspiración para el testimonio que Cristo está realizando.

3).- Ver. 15 a 21: Consecuencias de aceptar, o no, la predicación de Cristo.

Vayamos con la primera subdivisión.

1 Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos.

2 Este vino a Jesús de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él.

3 Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.

4 Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?

5 Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.

6 Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.

7 No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo.

8 El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu.

Lo primero es identificar al personaje que sirve para la pronunciación del discurso.

Ningún otro evangelista, fuente o literatura bíblica, recoge al personaje que nos introduce al discurso de Jesús.

Nicodemo es, según Juan, un fariseo de elevada casta y renombre entre los judíos. En su evangelio aparece tres veces. La primera es la que contemplamos, la segunda en Jn. 7, 50 como consecuencia de la discusión generada entre los fariseos por las proclamas de Jesús en el templo con motivo de la fiesta y, una tercera en Jn. 19, 39, acompañando a José de Arimatea para embalsamar el cuerpo muerto de Jesús.

Esta sucesión de apariciones e intervenciones en la vida de Jesús, en momentos tan diferentes y distantes, no parece que den pie a la invención del personaje por el redactor del texto, por lo que hemos de asumir su existencia histórica real (testimonio múltiple de contextos).

Por otro lado, el contenido del ver. 3 está directamente relacionado con lo recogido en Ga. 6, 15 (Porque nada cuenta ni la circuncisión, ni la incircuncisión, sino la creación nueva).

Esto nos lleva al multitestimonio de fuentes para la idea del renacimiento, de la nueva creación, que es la que se corresponde con el mensaje transmitido por Cristo a Nicodemo.

Para mayor abundancia en la idea expresada, el ver. 5 tiene plena correspondencia con, salvando las distancias, Mc. 16, 16 (El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará) en lo que se refiere a la renovación por el agua y el Espíritu, así como con Hc. 2, 38 (Pedro les contestó: «Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo) para la recepción del Espíritu y, por último, con Tit. 3, 5 (él nos salvó, no por obras de justicia que hubiésemos hecho nosotros, sino según su misericordia, por medio del baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo) con una mayor precisión para la formulación del instrumento de salvación.

Por último, el ver. 6, contiene similitudes con lo expresado por Pablo en 1 Co. 15, 50 (Os digo esto, hermanos: La carne y la sangre no pueden heredar el Reino de los cielos: ni la corrupción hereda la incorrupción).

Toda esta relación de citas y concordancias tiene el objetivo de argumentar la multitestimonialidad de fuentes de la idea expresada por Juan en estos versículos y que se ve acreditada por esa misma idea global de necesidad de renacimiento, expresada también por otras fuentes evangélicas independientes del propio Juan.

Así, por tanto, si aceptamos la realidad histórica de Nicodemo y comprobamos que la idea contenida en estos 8 versículos tiene su correspondencia con la misma, pero en otras formulaciones y otros contextos, en otras literaturas neotestamentarias sin una conexión clara entre ellas para sus fuentes, podremos argumentar sin demasiados problemas que la idea transmitida por Jesús a Nicodemo procede del Jesús histórico.

Otra cosa es que la formulación de la misma se realizara en las formas que el evangelista nos presenta aquí, cosa más que dudosa porque se contempla una elaboración exhaustiva del discurso y de las preguntas y respuestas que dan lugar a los dichos que la expresan, pero ello no le quita realidad histórica.

La idea, o lectura teológica del dicho de Jesús podría formularse, en términos más asequibles para nuestra cultura, en algo parecido a que Cristo proclama que la salvación del hombre, o lo que es lo mismo, su posibilidad de entrada en el Reino de Dios, pasa, indefectiblemente, por su renovación total, su renacimiento, a través del agua del bautismo, del perdón y la conversión, mediante la cual se hace presente en él la presencia del Espíritu Santo, que es quien, al fin y a la postre, generará ese hombre nuevo capaz de acercarse a la realidad suprema del Gobierno de Dios.

Cristo le está exponiendo a Nicodemo el camino para que dicha salvación sea posible, siempre a través de símbolos que el fariseo no parece entender. El agua es el símbolo de la vida, al tiempo que herramienta primaria para la limpieza. Es a su través, con la mediación del Espíritu Santo, por la que el hombre viejo, arroja de sí toda su carga y deviene en un hombre nuevo, renacido a una vida nueva, limitado por la carne, pero fortalecido por el Espíritu. Porque lo que recibe, el impulso vital del Espíritu, no proviene del mundo, sino de Dios. Aquí radica el misterio contenido en el versículo 8, ya que desde nuestras percepciones materiales, no nos es posible captar los caminos e instrumentos del Espíritu de Dios para procurar la salvación de los hombres.

Pasemos a la segunda parte del discurso.

9 Respondió Nicodemo y le dijo: ¿Cómo puede hacerse esto?

10 Respondió Jesús y le dijo: ¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto?

11 De cierto, de cierto te digo, que lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto, testificamos; y no recibís nuestro testimonio.

12 Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales?

13 Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo.

14 Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado

Esta segunda idea, de las que contiene la entrevista entre Jesús y Nicodemo, la referida a la legitimidad del testimonio (predicación) de Jesús, tiene más dificultades multitestimoniales, ya que es uno de los pilares sobre los que se asienta la redacción joánica completa.

Con vistas a su historicidad, por tanto, obviaremos el criterio de testimonio múltiple, para fijar nuestra atención en el de coherencia.

En esta forma, contemplamos, como el ver. 11, tiene plena coherencia con lo recogido por el mismo evangelista en Jn. 3, 31-34 (31 El que viene de arriba está por encima de todos: el que es de la tierra, es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo, 32 da testimonio de lo que ha visto y oído, y su testimonio nadie lo acepta. 33 El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz. 34 Porque aquel a quien Dios ha enviado habla las palabras de Dios, porque da el Espíritu sin medida).

El ver. 13, está reafirmado por Jn. 6, 62 (¿Y cuando veáis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?...), como el 14 lo es por Jn. 8, 28 (Les dijo, pues, Jesús: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy, y que no hago nada por mi propia cuenta; sino que, lo que el Padre me ha enseñado, eso es lo que hablo) y Jn. 12, 32 y 34 (32 Y yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí - 34 La gente le respondió: «Nosotros sabemos por la Ley que el Cristo permanece para siempre. ¿Cómo dices tú que es preciso que el Hijo del hombre sea levantado? ¿Quién es ese Hijo del hombre?»).

Por cierto, la cita referida a Moisés, tiene su origen en Núm. 21, 9 (Hizo Moisés una serpiente de bronce y la puso en un mástil. Y si una serpiente mordía a un hombre y éste miraba la serpiente de bronce, quedaba con vida).

Por lo tanto, en orden a la procedencia de la idea del Jesús histórico, la insistencia de Juan en su redacción para mostrar la preocupación de Cristo acerca de que su palabra sea escuchada y creída, no porque proceda de alguien sabio, o por su cataloguización como profeta o Maestro, sino porque es el Hijo de Dios y, por lo tanto, su testimonio es, por extensión, el testimonio del propio Dios, nos dice que tal preocupación tiene muchos visos de contar con elementos históricos reales.

La lectura teológica hemos de partirla, precisamente, de la última cita mosaica.

Lo que el libro de los números nos relata es el símbolo de la propia cruz de Cristo. La serpiente (símbolo de la astucia) que Moisés eleva en un mástil para que sea contemplada por quien es agredido por dicho animal, es una profecía de la cruz de Cristo, constituida en guía de salvación para quienes vuelvan su rostro hacia ella y toda la carga salvífica que en ella se deposita.

Mirar hacia la Cruz de Cristo implica la asimilación del misterio de la encarnación, la predicación y la muerte del Hijo de Dios en rescate de los pecados de los hombres.

Para que esa Cruz levantada de la tierra tenga esa carga salvífica, obviamente, el que en ella está colgado ha de estar revestido de una cualidad y naturaleza capaz de generar el citado vehículo de salvación.

Es ahí donde entra la preocupación de Cristo por mostrar que no es sólo un hombre el que habla y predica, sino que este hombre, además, aúna en su persona la especificidad de ser el Hijo de Dios, bajado (descendido) del cielo (donde mora Dios), para dar el testimonio que nos está mostrando y que, mediante la asunción de la verdad contenida en él, es posible acercarse al renacimiento por el agua y el Espíritu y, por tanto, al Reino de Dios.

Si el testimonio que Jesús está practicando no proviniese de Dios, su palabra no pasaría de ser una ideología más procedente de un hombre justo.

Lo que la distingue y confiere el poder de salvación es que su emisor testimonia lo que ha visto de su Padre y lo que de Él ha aprendido.

El lamento de Cristo no contiene una carga de frustración egocéntrica, sino la que es generada por el sentimiento de fracaso por la incredulidad de los oyentes, aun siendo consciente de estar en posesión de la verdad. Una verdad dirigida a la salvación de quienes no quieren creerla.

Por último, tomemos la última división del discurso, que contiene el epílogo de las dos parcelaciones anteriores. La consecuencia de no renacer del agua y el espíritu y no creer en el testimonio de Cristo: la oscuridad por el rechazo de la salvación ofrecida por Dios a través de su Hijo.

15 para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

16 Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

17 Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.

18 El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.

19 Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.

20 Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas.

21 Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios

En este final del texto analizado, vamos a ver conjugarse los dos criterios principales: testimonio múltiple y coherencia, para los versículos contemplados.

Así, el ver. 15 nos lleva a Jn. 6, 40 y 47 (40 Porque esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día - 47 En verdad, en verdad os digo: el que cree, tiene vida eterna) para observar la recompensa reservada para quien cree en Cristo (coherencia), mientras que el 16 nos acerca a Ro. 5, 8 (mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros), acreditando el testimonio múltiple de fuentes respecto de la demostración del amor de Dios por el mundo hasta entregarnos a su Hijo; 1 Jn 4, 9 (En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él), donde contemplamos a Juan reiterando la misma idea, pero en un contexto totalmente diferente (epístola) y Ro. 8, 32 (El que no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas?) para finalizar el multitestimonio de la misma apreciación.

En otro orden de cosas, el ver. 17 guarda correspondencias con Mt. 18, 11 (Porque el Hijo del Hombre ha venido para salvar lo que se había perdido), respecto de la misión encomendada por el Padre al Hijo.

El ver. 18 nos lleva, con coherencia plena, a Jn. 5, 24 (En verdad, en verdad os digo: el que escucha mi Palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida) en referencia a la consecuencia de depositar nuestra fe en Cristo y su palabra.

Igualmente, el 19 es una reafirmación de lo ya indicado por Juan en Jn. 1, 4, 5 y 9 (4 En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres – 5 y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron - 9 La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo), respecto de la simbología lumínica de Cristo.

Finalmente, el ver. 20 nos acerca al multitestimonio de fuentes con Ro. 13,12 ( La noche está avanzada. El día se avecina. Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz) y Ef. 5, 8 (Porque en otro tiempo fuisteis tinieblas; mas ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz) respecto de la idea dialéctica entre luz y tinieblas y su relación con el bien y el mal.

Si bien las correspondencias con otras fuentes, como ya hemos citado anteriormente, no lo son en textos o frases exactas, sí lo son en la idea contenida y que se quiere expresar, por lo tanto, el testimonio múltiple es perfectamente aplicable.

La coincidencia de ideas y frases con otros pasajes del mismo evangelio de Juan, obviamente, nos entrega el criterio de coherencia para esta última parcelación que, conjugado con el manifestado anteriormente de testimonio múltiple, hacen muy probable que estas ideas se aproximen al Jesús histórico como lugar de procedencia.

Globalmente, la lectura teológica de esta parcelación nos entrega una idea fundamental para nuestra fe: la misión de Cristo no es la de juzgar al mundo, sino la de ofertarle la posibilidad de salvación.

El mundo se juzga a sí mismo y se sitúa frente a Dios, en función de su posicionamiento respecto de la doctrina y predicación de Cristo.

Nuestra fe nos indica que Cristo es el Hijo de Dios, que el mundo lo rechazó y condenó a muerte y que el Padre, derrochando su amor por los hombres, admitió que la libertad del mundo rechazase la luz que se le ofrecía.

Aun a pesar de ello, del empecinamiento por vivir en tinieblas, la puerta de salvación, por la palabra de Cristo, que es la de Dios, continúa abierta para quienes crean en Él.

A pesar de la posibilidad de vida eterna que Cristo nos ofrece, el que prefiera perpetuarse en la oscuridad del mundo y la materialidad, obviamente, no será condenado por Dios. Es él mismo quien se condena al apartar de sí la luz de vida que Cristo representa.

He dejado para el final, de forma intencionada, la consideración de los otros criterios de historicidad que venimos manejando, ya que éstos sólo pueden ser aplicados al conjunto del texto contemplado y no, como los dos anteriores (testimonio múltiple y coherencia), sobre ideas y partes concretas de la parcelación.

Así, el criterio de discontinuidad nos viene dado por la permanencia expresa o implícita del Espíritu como agente renovador. Esta ruptura con el hombre viejo, con las tradiciones y creencias anteriores, choca con la tradicionalidad hebrea de la época, anclada en la ley mosaica y los profetas.

Es precisamente a ese hombre viejo al que Jesús se refiere al señalarle a Nicodemo la necesidad de renacimiento por el agua y el Espíritu. Un hombre viejo que, desde la óptica farisaica, basaba su salvación en el cumplimiento estricto de la ley (sólo obras) y no en el cambio de talante y perspectiva existencial que Cristo proclama fundamentada en la fe y el amor (fe y obras conjugadas).

El criterio de dificultad no parece que estrictamente sea aplicable a este pasaje, ya que no hay contenidos enfrentados con las pretensiones básicas de la Iglesia primitiva o que pudieran representar algún conflicto para ella.

Sin embargo, el de persecución y ejecución es plenamente aplicable, ya que todo el conjunto del texto gira alrededor de la misma idea fundamental: Jesús es el Hijo de Dios y su misión no es la de juzgar, sino la de salvar. Quien se condena es porque rechaza la palabra emitida por Cristo y, por extensión, rechaza la luz de vida eterna que Dios pone a nuestra disposición entregándonos a su Hijo. Pero para asumir esta nueva verdad, el hombre ha de renunciar a sí mismo y su carga anterior para renacer en la nueva vida que Cristo nos acerca.

Esta proclamación blasfémica a oídos de la casta religiosa de la época, sí que nos lleva directamente al criterio citado. Por esta razón, por su atribución de Hijo de Dios, por su atribución de capacidad salvífica y poder vivificador, es por la que Cristo fue condenado por el Sanedrín judío.

En resumen, el texto que hemos contemplado, si bien, literalmente es muy probable que no proceda del Jesús histórico, estoy convencido de que intrínsecamente sí está generado en su contenido ideario desde Él y, por lo tanto, sí puedo considerarlo como procedente del propio Jesús.

Mt. 10, 34-42 Marcos Lucas

34 No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. 35 Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; 36 y los enemigos del hombre serán los de su casa

 

Lc.12, 51-53: 51¿Pensáis que he venido para dar paz en la tierra? Os digo: No, sino disensión. 52 Porque de aquí en adelante, cinco en una familia estarán divididos, tres contra dos, y dos contra tres. 53 Estará dividido el padre contra el hijo, y el hijo contra el padre; la madre contra la hija, y la hija contra la madre; la suegra contra su nuera, y la nuera contra su suegra.

37 El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; 38 y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí

 

Lc. 14, 25-27: 25 Grandes multitudes iban con él; y volviéndose, les dijo: 26 Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. 27 Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo

39 El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará. 40 El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió. 41 El que recibe a un profeta por cuanto es profeta, recompensa de profeta recibirá; y el que recibe a un justo por cuanto es justo, recompensa de justo recibirá.

   

42 Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa.

Mc. 9, 41 Y cualquiera que os diere un vaso de agua en mi nombre, porque sois de Cristo, de cierto os digo que no perderá su recompensa.

 
   

Lc 14, 28 -33 Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla? 29 No sea que después que haya puesto el cimiento, y no pueda acabarla, todos los que lo vean comiencen a hacer burla de él, 31 ¿O qué rey, al marchar a la guerra contra otro rey, no se sienta primero y considera si puede hacer frente con diez mil al que viene contra él con veinte mil? 32 Y si no puede, cuando el otro está todavía lejos, le envía una embajada y le pide condiciones de paz. 33 Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.

 

Episodio final del capítulo 10 de Mateo, con el que pretendemos concluir la primera parte del segundo tomo de este trabajo sobre el Evangelio de Jesucristo.

Para finalizar nos encontramos con un caso especial dentro del Evangelio.

El final de la arenga de Cristo a sus discípulos contiene algunos de los dichos de Jesús más duros y exigentes de su predicación.

Pero no sólo su contenido es especial, sino que su propia construcción resulta llamativa, ya que algunos de los dichos contenidos en este pasaje son repetidos por los evangelistas en otro lugar de sus propias redacciones y podemos contemplar en el cuadro sinóptico de más arriba, que el seguir la línea mateana nos hace saltar a varios capítulos de Lucas para encontrar las correspondencias de los dichos.

En esta parcelación nos encontraremos 4 de las fuentes evangélicas que dan origen al Evangelio de Jesucristo: Mateo, Marcos, Lucas y Q.

Para una mayor claridad, procuraremos agrupar los dichos de forma temática para, a continuación, tratar de examinarlos.

REALIDAD DE LA MISIÓN:

34 No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. 35 Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; 36 y los enemigos del hombre serán los de su casa

Lc.12, 51-53: 51¿Pensáis que he venido para dar paz en la tierra? Os digo: No, sino disensión. 52 Porque de aquí en adelante, cinco en una familia estarán divididos, tres contra dos, y dos contra tres. 53 Estará dividido el padre contra el hijo, y el hijo contra el padre; la madre contra la hija, y la hija contra la madre; la suegra contra su nuera, y la nuera contra su suegra.

Dichos procedentes de Q, con aportaciones de los redactores lucanos.

Probablemente, el dicho original, recogido en alguna antigua tradición y que Q aporta al Evangelio, sería similar al texto mateano, ya que este dicho es una reminiscencia de Miq. 7, 6 (Porque el hijo ultraja al padre, la hija se alza contra su madre, la nuera contra su suegra, y enemigos de cada cual son los de su casa), convenientemente ampliado y adaptado a las circunstancias de Cristo y vemos como Mateo recoge, en su ver. 36, la cita completa de Miqueas acerca de la situación de los enemigos, mientras que Lucas omite esta circunstancia.

En el texto lucano, a su vez, vemos una evolución respecto del dicho original, introduciendo los números (5) y suavizando el término de "espada" por el de disensión.

En orden a la historicidad del dicho, el de testimonio múltiple no le es aplicable al no existir fuentes independientes que recojan los términos e intenciones del que contemplamos.

A su vez, en orden al criterio de coherencia, sólo podemos encontrar las referencias a Mt. 10, 21 (21 El hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; y los hijos se levantarán contra los padres, y los harán morir) y sus correspondencias con Mc. 13, 12 y Lc. 21, 16, pero el contexto de esta cita es muy diferente, ya que estaríamos ante la exhortación a los apóstoles acerca de las persecuciones derivadas del seguimiento a Cristo y sus consecuencias.

En un aspecto muy general, podríamos acercarnos a los criterios de dificultad, persecución y ejecución, pero su aplicación sería muy colateral. Quizá con mayor justificación en el caso del primero, por cuanto el contenido, si no respondiese a una realidad histórica pronunciada, no parece que encontrásemos muchas justificaciones para pensar que fuese incluido por algún redactor o traductor cristiano primitivo por el rechazo que tal aseveración pudiese desatar entre los posibles prosélitos.

La ubicación de estos textos, en cada una de las redacciones evangélicas, también difiere en contexto y geografía.

Mientras que Mateo los inserta en la enseñanza y advertencias a los apóstoles para su misión, en el momento en que los envía a la predicación, Lucas los ubica en la predicación itinerante larga camino de Jerusalén, en el curso de un discurso mucho más amplio y multitemático, similar al Sermón del monte.

Como consecuencia, respecto de la procedencia del dicho del Jesús histórico, no disponemos de muchos elementos que puedan apoyar esta procedencia, por lo que lo dejaremos en suspenso.

Cuando se procede a la lectura interpretativa o teológica del dicho, lo primero que sorprende es la dureza de su contenido y la aparente contradicción del mismo con respecto al mensaje de paz del Evangelio, pero ello no es mas que una interpretación errónea, ya que Cristo, con su aseveración sólo hace que advertir a sus oyentes de que su persona despertará entre los hombres fuertes diferencias, lo que se constituye en profecía cierta si nos fijamos en la historia de la humanidad en los dos últimos siglos y relacionamos ésta con las guerras de origen y justificación religiosa. Pero ello no sólo sucede en el ámbito colectivo, sino que a niveles mucho más próximos e íntimos, también la disensión se asienta entre las relaciones parentales y amistosas. Sólo tenemos que fijarnos en el episodio de los hijos del trueno de Mt. 20, 24 (Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos), la controversia con los discípulos con motivo de la unción en Betania de Mt. 26, 8 (Al ver esto los discípulos se indignaron y dijeron: «¿Para qué este despilfarro?), las disputas de los primeros tiempos de la Iglesia recogidas en el capítulo 15 del Libro de los Hechos de los Apóstoles, o las controversias de Pablo con Pedro recogidas en Ga. 2.

Por lo tanto, lo que recogen estos dichos proféticos no son otra cosa que la constatación de que la nueva vida que Cristo anuncia no siempre será interpretada de la misma forma por diferentes personas, por lo tanto, y dada su radicalidad, es inevitable que la figura de Cristo y su palabra siembren discordia entre quienes la pretenden seguir o escuchar. La palabra y la figura es una, pero la interpretación y lo que se pretende extraer de ellas está condicionada por la circunstancialidad de quien la percibe, por lo tanto el enfrentamiento de ideas e intereses mundanos está, si no justificado, sí obedece a nuestras propias limitaciones y finitudes.

No es que Cristo pretenda enfrentar a unos contra otros, es que la radicalidad de su mensaje genera ese enfrentamiento, no por sí mismo, sino por su choque con las estructuras ideológicas, culturales y socioeconómicas de quienes lo escuchan.

EXIGENCIAS DEL SEGUIMIENTO A CRISTO

37 El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí; 38 y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí

Lc. 14, 25-27: Grandes multitudes iban con él; y volviéndose, les dijo: 26 Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. 27 Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo

39 El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará.

 

Llegamos a uno de los pasajes con mayor dureza afectiva del Evangelio y que no siempre es debidamente entendido por quien se acerca a él.

Nos encontramos con un dicho, en su mayor parte, procedente de la fuente Q, con aportaciones de las fuentes propias de Mateo e incrustaciones evolutivas de cada uno de los redactores.

En este pasaje se da la curiosa circunstancia de que alguna de sus partes nos las vamos a encontrar repetidas en otras ubicaciones evangélicas con práctica literalidad.

Así nos encontramos con que los ver. 38 y 39 de Mateo (Mc. 8, 34-35 y Lc. 14, 27 – Lc- 9, 24) nos los volveremos a encontrar en los textos que hago seguir a continuación:

Mt. 16, 24-25 (24 Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. 25 Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará); Mc. 8, 34-35 (34 Llamando a la gente a la vez que a sus discípulos, les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. 35 Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará) y Lc. 9, 23-24 (23 Decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. 24 Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará).

Esta circunstancia podría inducirnos a pensar que sería un error atribuir su origen a la fuente Q, cuando tenemos a Marcos como origen de los textos señalados inmediatamente antes.

Sin embargo, Los textos que estamos contemplando, si bien contienen las mismas frases e ideas, tienen un contexto totalmente diferente del que rodea a Mt. 16, Mc. 8 y Lc. 9. Los tres sinópticos, en la repetición citada, ubican estos dichos en el mismo contexto: anuncio profético de la muerte de Jesús y advertencia sobre las consecuencias de seguir a un perseguido. La construcción de los tres sinópticos, en ese caso es la misma, la estructura es similar y el lenguaje es idéntico. El episodio subsiguiente a esta proclamación, en los tres casos es la Transfiguración, por lo que su colocación redaccional también es idéntica.

Ello me induce a pensar que los dichos que estamos comentando y los similares de otros pasajes tienen procedencia diferente e independiente. La diferencia enfática del dicho comentado con la entonación condicional de los similares sinópticos marcano, mateano y lucano, también me inclinan hacia la consideración de dos tradiciones independientes que los evangelistas recogen de la misma manera: separadamente y con independencia.

El ver. 37 de Mateo (26 de Lucas), es una reminiscencia contrapuesta con 1 Re. 19, 20 (Él abandonó los bueyes, corrió tras de Elías y le dijo: «Déjame ir a besar a mi padre y a mi madre y te seguiré.» Le respondió: «Anda, vuélvete, pues ¿qué te he hecho?»).

Mientras que Elías permite a Eliseo volver a su casa para despedirse de sus padres antes de proseguir la misión profética con su maestro, Cristo rompe con esta tradición para exigir un seguimiento total y pleno (criterio de discontinuidad).

A su vez, el criterio de coherencia nos viene dado por lo recogido en Mt. 8, 22 (Dícele Jesús: «Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos») en el que vemos una exigencia similar a la contenida en los pasajes comentados.

El criterio de dificultad, como en la mayor parte de las ideas recogidas en el capítulo 10 de Mateo, nos viene dado por la rigidez y exigencia del seguimiento. Lo cual, si no correspondiese con un origen histórico real, difícilmente hubiese sido introducido por redactores, copistas o traductores de la Iglesia primitiva. No puedo concebir esta introducción artificial, a sabiendas de que lo que se estaba incluyendo en el texto contenía una exigencia de tal calibre que hubiese espantado a cualquier posible seguidor que tuviese intención de acercarse a la nueva doctrina.

Por último, el criterio de testimonio múltiple, aunque parcialmente, nos lo encontraremos en la aportación de la fuente mateana contenida en el ver. 39, ya que guarda un gran paralelismo con Jn. 12, 25 (El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna), tanto en su literalidad, como en la idea transmitida.

Sin embargo, lo que sí podríamos atribuir a una fuente cristiana es el ver. 38 de Mateo y 27 de Lucas, ya que la mención de la cruz, como símbolo de las cargas personales de cada cual, es improcedente, históricamente hablando, a estas alturas del Evangelio.

La cruz sólo comienza a ser un símbolo cristiano bastante después de la ejecución de Cristo. Carece de sentido histórico mencionarla en este momento porque, al nivel cronológico que nos encontramos, nadie conocía, primero que Jesús iba a ser ejecutado y segundo, que su ejecución sería realizada por muerte en cruz. Por lo tanto, su procedencia cristiana parece ser meridianamente clara.

Como conclusión del análisis histórico, parece que, en su mayor parte, estos dichos podrían tener su origen en el Jesús histórico, con la salvedad del ver 38 de Mateo y 27 de Lucas. Aunque, como siempre, estas afirmaciones hay que tomarlas con las debidas precauciones.

En orden a la interpretación, tenemos tres planos de exigencia en el seguimiento de Cristo.

El primero es la prioridad del amor a Dios. El segundo en la asunción de que seguir a Cristo no es un escudo o justificación frente a la propia historia y el tercero que dicho seguimiento no puede ser un medio para medrar personalmente.

El primer plano, quizá el más controvertido, es usualmente malinterpretado. Cristo lo que nos está mostrando es un seguimiento del propio decálogo entregado por Yahweh a Moisés en el Sinaí.

Si nos fijamos en Dt. 5, 7 («No habrá para ti otros dioses delante de mí), el primer mandamiento que Dios nos entrega es el de serle fiel, que queda reiterado y aclarado con Dt. 6, 5 (Amarás a Yahveh tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza).

En Dt. 5, 16 (Honra a tu padre y a tu madre, como te lo ha mandado Yahveh tu Dios, para que se prolonguen tus días y seas feliz en el suelo que Yahveh tu Dios te da) nos encontramos el cuarto mandamiento relativo al amor hacia los progenitores, luego la priorización no nos llega de la mano de Jesús, sino que ya antes nos encontramos con las prioridades impuestas en el decálogo y, puesto que nuestra creencia nos lleva a la convicción de que Jesucristo es Dios (Jn. 1, 1: En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios), sólo estaríamos ante una reiteración del propio decálogo.

No es, pues, una sorpresa la afirmación de Cristo, que no nos impele al rechazo de nuestra familia, sino que nos indica las prioridades del seguimiento que ya estaban dadas con anterioridad y que Él certifica. Pero, además no es algo ajeno a su propio comportamiento, como podemos ver en Mt. 12, 50 (Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.») y sus correspondencias con Mc. 3, 35 y Lc. 8, 21.

Cristo no nos está proponiendo que abandonemos el amor a nuestros padres, sino que nos advierte de que el amor primero, la dedicación absoluta no ha de buscarse en la tierra, sino en Dios. Todo lo demás, incluido padre, madre, esposo/a, hijos, hermanos, etc. constituyen una manifestación y extensión del amor de Dios a los hombres, por lo que la atención y manifestación de amor hacia ellos también es una manifestación del amor a Dios.

Respecto del segundo plano de exigencia, cada uno de nosotros tenemos tras de sí una historia y un bagaje, intelectual, cultural, experiencial y vivencial que ha de ser asumido por cada cual. Nunca puede escudarse una renuncia a la realidad personal en el seguimiento de Cristo. Este seguimiento ha de ser planteado, tal y como Dios mismo nos acepta, desde la realidad personal, tomando y arrastrando consigo nuestras propias miserias y experiencias, porque ellas son parte de nosotros mismos. Lo que Él nos dice es que si no somos capaces de asumir nuestra realidad de pecadores y desde ella encaminar nuestras vidas por el camino del seguimiento a Cristo, no somos dignos de tal discipulado.

El tercer plano nos lleva a un posicionamiento materialista y mercantil. La vida verdadera, como vimos con ocasión de la disputa entre Jesús y Nicodemo, sólo es posible desde el renacimiento del hombre nuevo del agua y del Espíritu. Si lo que buscamos es medrar y posicionarnos en la vida en unos planos de comodidad y estabilidad, a costa del alimento de nuestro espíritu, estaríamos ante el hombre viejo que se limita al cumplimiento de las normas y fundamenta su vida en objetivos mundanos e inmediatos, con lo cual, encontraremos una vida material, pero perderemos la perspectiva de la auténtica vida junto a Dios.

Sólo rompiendo con la vida ficticia, como consecuencia del seguimiento a Cristo, podremos afrontar una nueva vida real de paz espiritual en el amor de Dios.

Lc 14, 28 -33 Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla? 29 No sea que después que haya puesto el cimiento, y no pueda acabarla, todos los que lo vean comiencen a hacer burla de él, 31 ¿O qué rey, al marchar a la guerra contra otro rey, no se sienta primero y considera si puede hacer frente con diez mil al que viene contra él con veinte mil? 32 Y si no puede, cuando el otro está todavía lejos, le envía una embajada y le pide condiciones de paz. 33 Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.

Dentro del mismo apartado nos encontramos con este pasaje propio de Lucas, sin ningún tipo de correspondencia con cualquier otra cita evangélica o neotestamentaria, por lo que nos vemos privados del criterio de testimonio múltiple.

No así del de coherencia, ya que el mensaje contenido se corresponde fielmente con lo expresado en los versículos anteriormente comentados.

Es un paso más en la exigencia de Cristo para su seguimiento que se nos expone de una forma más explícita: es necesario renunciar a todo lo que nos impide el seguimiento para acercarnos a él.

Sin embargo, el evangelista liga esta exigencia a una parábola doble que nos hace una llamada a la prudencia y la mesura, lejos de la soberbia y autosuficiencia habitual.

Viene a decirnos Lucas con su parábola que si bien el seguimiento es exigente hasta el límite, cada cual ha de medir sus fuerzas para afrontarlo, toda vez que resulta imprudente ponerse cotas o metas demasiado elevadas para las capacidades de cada uno de forma que lleguen a resultar inalcanzables, con lo que estaríamos abocados al fracaso.

Sigamos a Cristo, renaciendo del agua y del Espíritu, planteando una nueva existencia y abandonando todo lo que nos lo pudiera impedir, pero midiendo nuestras fuerzas y capacidades, ya que lo contrario estaría acercándonos a la frustración y al abandono del seguimiento en un plazo más o menos inmediato.

RECOMPENSA POR EL SEGUIMIENTO

40 El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió. 41 El que recibe a un profeta por cuanto es profeta, recompensa de profeta recibirá; y el que recibe a un justo por cuanto es justo, recompensa de justo recibirá.

 

42 Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa.

Mc. 9, 41 Y cualquiera que os diere un vaso de agua en mi nombre, porque sois de Cristo, de cierto os digo que no perderá su recompensa.

Pasaje con dos fuentes originarias. Por un lado, las propias de Mateo para los ver. 40-41 y, por otro, las de Marcos para el resto de la parcelación.

En orden a la historicidad del dicho, los ver 40-41 de Mateo guardan cierta correspondencia con Jn. 13, 20 (En verdad, en verdad os digo: quien acoja al que yo envíe me acoge a mí, y quien me acoja a mí, acoge a Aquel que me ha enviado.») y Lc. 10, 16 («Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado.»), por lo que el criterio de testimonio múltiple queda debidamente acreditado.

A su vez, el ver. 42 de mateo (41 de Marcos), está directamente relacionado con Hb. 6, 10 (Porque no es injusto Dios para olvidarse de vuestra labor y del amor que habéis mostrado hacia su nombre, con los servicios que habéis prestado y prestáis a los santos) y Mt. 25, 40 (Y el Rey les dirá: "En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis."), con lo que nos acercamos al criterio de coherencia.

No parece que ninguno de los otros criterios para la verificación histórica puedan serles de aplicación, por lo que habremos de contentarnos con estos dos que, de por sí, ya tienen suficiente peso como para identificar estos dichos como procedentes, probablemente, del Jesús histórico.

La lectura interpretativa no tiene demasiada dificultad, puesto que los dichos son suficientemente explícitos en sí mismos.

El discípulo enviado lo es en comisión, no por iniciativa propia. Luego, quien rechaza la predicación recibida de un enviado, a quien está rechazando es a quien le envía (en este caso a Cristo) y, por extensión, está rechazando a quien envía a Cristo (el Padre). Luego, la consecuencia del rechazo de la predicación es el rechazo al propio Dios, lo que implica el alejamiento del Padre y la condenación a la muerte espiritual por el extrañamiento de la compañía de la fuente de Vida.

 

FIN