- ¿Qué podemos extraer de las vivencias humanas de Jesús para mejorar nuestra percepción de la existencia desde la enfermedad


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A mi hija, Angélica, cuya afectación por el ST

me llevó a reconsiderar muchas de mis posturas

existenciales y a revisar mis lecturas del Evangelio.

A mi esposa, Reme, de quien aprendí, sobre todo,

a buscar la felicidad en las cosas pequeñas de la vida

e impidió que me perdiera en disquisiciones

místicas y filosóficas alejadas de la realidad vivencial

de todos nosotros

El Síndrome de Gilles de la Tourette a la luz del Evangelio de Jesucristo

 

 

 

Ø     Introducción

Ø     Generalidades sobre el Síndrome de Gilles de la Tourette

§        Descripción de la enfermedad

§        Trastornos asociados y sus descripciones

§        Tratamientos farmacológicos más generalizados

§        Tratamientos socio-psicológicos apropiados

§        Repercusiones sociales para el afectado

§        Enfermedad física con manifestaciones psiquiátricas

Ø     Aproximación histórica del Síndrome en el Evangelio

§        La situación de enfermedad en el Evangelio

§        El Síndrome de Tourette en el Evangelio

Ø     Afrontamiento del Síndrome desde las enseñanzas de Cristo

§        Desde la perspectiva de una situación de enfermedad

§        Desde  la perspectiva de la marginación

§        Referencias

Ø    Glosario de términos y conceptos

 

 



INTRODUCCIÓN

 

Cualquier situación de enfermedad conlleva, para el paciente y su entorno afectivo, multitud de sensaciones de negatividad que le apartan y alejan de las perspectivas normalizadas de afrontamiento de su situación existencial.

 

El impacto de una situación de disminución física con respecto a los demás, genera una situación traumática que le obliga a un replanteamiento de su realidad, siempre desde una situación de debilidad.

 

Si la situación patológica, además, se encuadra dentro de las categorías denominadas "raras" por las autoridades sanitarias, se presenta un añadido de factores inmovilizantes para su afrontamiento:

- retraso diagnóstico,

- desconocimiento técnico,

- tratamiento deficiente,

- carencias estructurales en los sistemas sanitarios.

 

En el caso del Síndrome de Gilles de la Tourette, especialmente a causa de la comorbilidad que suele ir aparejada, además de todo lo anterior, nos encontramos con situaciones graves de marginación social y exclusión de los círculos relacionales normalizados, como explicaremos más adelante.

 

Uno de los primeros puntos adversos con que debemos enfrentarnos al conocer el diagnóstico de Tourette,  por su característica de enfermedad "rara", es nuestra propia ignorancia sobre la enfermedad, sus síntomas, su tratamiento, su duración, la gravedad que la acompaña, su etiología, etc.

 

La extravagancia de algunas de sus muestras nos produce confusión y rechazo hacia la posibilidad racional de que lo que estamos presenciando esté generado por una patología involuntaria, en lugar de comportamientos caprichosos o defectos formativos.

 

La dificultad en asumir acciones y conductas tan contrarias a las costumbres y normas sociales nos conducen a situaciones de incredulidad y desesperanza; y todos, en algún momento de nuestra relación con el Tourette nos hemos hecho dos preguntas básicas:

- ¿Por qué me tiene que pasar esto a mí? (o a la persona querida)

- ¿No estaré presenciando una posesión diabólica?

 

Todas las enfermedades, como decía al principio, conllevan un componente de dificultad para su asunción como realidad existencial de la persona, pero el conocimiento empírico de una buena parte de ellas, conducen a nuestra racionalidad a una mejor  interiorización de su presencia en nuestras historias.

 

Esto no es diferente en nuestro caso, salvo que, a priori, nuestra patología carece de la divulgación precisa y común en otras enfermedades. Por lo tanto, la pasmación y la angustia se apodera de nosotros cuando somos informados de su presencia en nuestras vidas y ello da origen a las dos preguntas citadas anteriormente.

 

La primera de ellas es común también al resto de patologías y tiene su fundamento en un mecanismo defensivo elemental, pero carente de apoyos racionales y alejado de lo que, en teoría, habría de constituir los fundamentos del creyente.

 

Este mecanismo defensivo nos lleva, en determinados momentos de angustia y desesperación, a alzar los ojos en plegaria buscando, fuera de nosotros (en Dios), la salida a una situación que supera nuestras previsiones y que nos gustaría alejar de nosotros.

 

La incongruencia del creyente le lleva a bucear en su pasado tratando de buscar razones que justifiquen el que, una carga como la que supone la enfermedad, haya recaído sobre sus hombros, como si de un castigo divino se tratara a causa de supuestos pecados cometidos en el pasado.

 

Ello no supone otra cosa que buscar en el exterior lo que sólo radica en nuestra esencia: Ninguna enfermedad se constituye en castigo del Padre sobre sus hijos por los pecados cometidos, porque el castigo del pecador es su propio alejamiento de Dios, mientras que la enfermedad (como la propia muerte) sólo es una consecuencia de nuestro carácter de criaturas creadas, finitas y limitadas y, por lo tanto, incompletas. O bien, una derivación directa de nuestros hábitos indebidos y contrarios a la luz natural.

 

Esa búsqueda de respuestas en Dios sobre nuestras miserias tiene su principio en el origen del dolor como explicitación personal del mal y la derivación interesada del concepto de creador en la persona de Dios: Puesto que Dios es creador de todas las cosas, también lo es del mal y debo buscar alguna razón para que ese mal se haya canalizado hacia mi persona por Él.

 

Esta reflexión no pasa de ser un ejercicio de prepotencia y soberbia similar al de Adán en el paraíso tratando de justificar su desobediencia a las indicaciones de Dios al considerarse imbuido a ella por la seducción y sugerencia de Eva.

 

Como creyentes, seamos más humildes y realistas y busquemos, si es que cabe, las razones para nuestro dolor en nosotros mismos, sin tratar de escapar de nuestras limitaciones y carencias, buscando agentes externos que nos lo impongan. Puesto que el mal y el dolor sólo constituyen una idea subjetiva, sometida a la apreciación del pensamiento humano, y la enfermedad es una consecuencia natural de determinadas circunstancias, también naturales, fruto de nuestra propia constitución finita o de nuestras acciones inadecuadas.

 

La segunda pregunta tiene un mayor apoyo en las tradiciones bíblicas y, si bien queda claro por la descripción de la enfermedad que haremos más adelante, que el Síndrome de Tourette no conlleva ninguna intervención de persona o ente alguno ajeno al propio afectado y sus ancestros, durante largo tiempo, incluso para los propios descubridores del Síndrome, el afectado era considerado como un poseso y, en ocasiones, sometido a ritos exorcistas, tan inútiles como ineficaces.

 

Como seguidor de Cristo, y desde mi personal óptica, el Evangelio se constituye como una guía vivencial en la que siempre trato de buscar, y normalmente encuentro, respuestas a los interrogantes existenciales que me acucian, pero, es menester mencionar aquí que nunca,  al menos intencionadamente, utilizo la Palabra de Dios como una muletilla o apoyo suplementario para caminar por la vida.  Creo que sería un error y se conformaría como una suerte de superchería o fetiche alejado de la verdadera intencionalidad de la predicación del Nazareno.

 

Llevo varios años estudiando, con los escasos medios materiales e intelectuales de que dispongo, La Biblia y, especialmente, el Evangelio porque creo que su contenido es tan sublime y útil que todos los creyentes deberíamos profundizar más en sus significados y mensajes, si es que, realmente, deseamos considerarnos cristianos de hecho y no sólo de número, pero esa es otra cuestión que nos alejaría del cometido actual.

 

A lo largo de estos años he podido constatar que una buena parte de los textos canónicos no se corresponde con la realidad histórica de Jesús de Nazaret y que muchas de las palabras puestas en su boca por los evangelistas, posiblemente nunca fueron pronunciadas por Él, sino que corresponden a tradiciones orales primitivas que son aprovechadas por los hagiógrafos.

 

Sin embargo, siempre he mantenido que, a pesar de estas disfunciones historicistas, el Evangelio, no es un mero texto ético, un catálogo de comportamientos moralistas, o una reflexión de otro filósofo acerca de la vida, los hombres y Dios, sino que, realmente, estos textos constituyen la Palabra de Dios, como expresión de lo que en la cultura hebrea suponía la palabra: la esencia de quien la emite.

 

Desde esa consideración, por tanto, me acerco a la Palabra de Dios, aun siendo consciente de que algunos de sus contenidos no responden a realidades históricas ciertas, pero no dejan de tener el valor de ser manifestaciones reveladas por el Espíritu para ser transmitidas al resto de la humanidad.

 

Prepotente e iluso sería por mi parte, si tratase de imitar a Cristo en sus comportamientos y actitudes, pero sí intento adecuar sus predicaciones y enseñanzas a mi realidad cotidiana, porque si no puedo cambiar mi realidad, sí puedo, al menos, verla a través del amor que emana de Jesús. Y ello cambia sustancialmente las perspectivas a que debo enfrentarme.

 

Este es el propósito de este trabajo. No tanto aportar alternativas o soluciones a los afectados de Tourette (o cualquier enfermedad), como transmitirles la esperanza de que, desde Cristo, el dolor de la postración puede tener otros significados distintos de la negatividad que le son inherentes.

 

Con objeto de hacer asequible este trabajo a cualquier lector interesado al margen de su preparación cultural, he procurado utilizar un lenguaje alejado de tecnicismos y próximo al idioma de la calle.

 

Que le sirva, o no, a algún lector, sólo el tiempo lo dirá, pero, con toda seguridad, ha tenido una utilidad balsámica para mí mismo, puesto que ha devenido en un recipiente en el que he vertido mis propias inquietudes y métodos para afrontar nuestra realidad.

Lo que sí tengo interés en dejar claro es que nunca ha estado en mi voluntad confeccionar un discurso moralista o sermón, sino solamente un prisma para afrontar el Síndrome desde el Evangelio, lógicamente a partir de mis propias percepciones.

 

 

Jorge Martín-Aragón

Marzo 2003


 

Capítulo I

 

Generalidades sobre el Síndrome de Gilles de la Tourette

 

Como soy consciente de que no todos los lectores están en el conocimiento, siquiera somero, de lo que es y representa, como patología, el Síndrome de Gilles de la Tourette, este capítulo está dedicado a proporcionar un repaso sucinto sobre lo que conceptualizamos como Síndrome de Tourette.

 

Puesto que quien esto escribe no es médico ni profesional de la medicina o la psicología en ninguna de sus variantes, este repaso está constituido por informaciones técnicas recogidas en diversos medios, complementada por mis propias aportaciones que ya han sido divulgadas en formas diferentes, aunque, fundamentalmente, y ya que la descripción de la enfermedad es un concepto relativamente objetivo, las fuentes principales las constituyen el resumen de las 1as. Jornadas Informativas sobre el Síndrome de Gilles de la Tourette y Trastornos Asociados, auspiciadas por la Asociación Madrileña de Pacientes con Síndrome de Tourette y Trastornos Asociados (A.M.P.A.S.T.T.A.), celebradas entre enero y febrero de 2001 en la localidad madrileña de Móstoles (España), publicadas en el Boletín nº 1 de dicha Asociación, así como parte de mi Ponencia presentada al 1er. Congreso Nacional sobre el Síndrome de Gilles de la Tourette, celebrado en Córdoba (España), los días 13 y 14 de septiembre de 2002.

 

Descripción de la enfermedad

 

DEFINICION 

 

Para la definición general del Síndrome, tomaremos la incluida en el trabajo publicado en Internet por el Dr. Fernando Ferreira, Residencia de Medicina de Familia. Hospital Regional Enrique Vera Barros(Rioja, Argentina).

 

“El síndrome de Gilles de la Tourette (TS) es un trastorno neurológico heredado que se caracteriza por movimientos involuntarios repetidos y sonidos vocales (fónicos) incontrolables e involuntarios que se llaman tics.

En algunos casos, tales tics incluyen palabras y frases inapropiadas.

 

Esta enfermedad también ha tenido diferentes nombres o sinónimos como:

· Tics Crónicos Múltiples.

· Gilles de la Tourette, Síndrome de

· Síndrome de Espasmos Habituales.

· Paulitis.

· Tic Motor Crónico.

· Tourette, Síndrome de

 

El trastorno lleva el nombre del médico Dr. Georges Gilles de la Tourette, quien fue uno de los alumnos favoritos de Charcot. Trabajó en Salpêtrière en los estudios de nuevas técnicas terapéuticas tales como suspensión, vibración e hipnoterapia.

Los logros más substanciales de Gilles de la Tourette estaban en el estudio de la histeria y de las ramificaciones medico-legales del hipnotismo. Era un hombre dinámico, apasionado, abierto, reflejó sus propias obligaciones, así como los intereses de sus jefes queridos Brouardel y Charcot.

 

Georges Gilles de la Tourette paradójicamente, por su comportamiento perturbado, en 1902 hizo necesario su retiro del ámbito profesional, y su internación, muriendo en un hospital mental en Lausanne en junio de 1904.

 

Este neurólogo pionero francés describió en la Literatura Medica, y en los anales de la psiquiatría, el primer caso en el año 1875. En este describe a una mujer de la nobleza francesa de 86 años de edad llamada Marquesa de Dampierre (conocida por sus exquisitos modales), cuyos síntomas incluían los tics involuntarios en muchas partes de su cuerpo y varias vocalizaciones incluyendo coprolalia y ecolalia; [.... cambiaba bruscamente su comportamiento cívico; delante de los invitados y la servidumbre comenzaba a ladrar como un perro, a maullar, a insultar a sus contertulios o decir obscenidades. La noble dama parecía poseída por el diablo, anfitriona de un salón literario donde frecuentemente se reunían, solía incurrir en movimientos y contusiones bruscas, acompañados de palabras soeces impropias de su alto rango]...."

 

Sesenta años después, este neurólogo francés y discípulo de Charcot, revisó este caso y agregó el de otros pacientes más. En su original descripción del síndrome, destaca la tríada que incluye:

· Múltiples tics

· Ecolalia (repetición de palabras o frases de otros).

· Coprolalia.

Consciente o no, lo concreto es que personajes tan célebres como Napoleón, Moliere, Pedro el Grande, Samuel Johnson, Mozart (quien, además de sus tics motores, escribía garabatos, lo que se conoce como coprografia) y el escritor francés André Malraux tuvieron que convivir con sus tics.”

 

 

Síndrome: Conjunto de signos y síntomas, siendo los signos manifestaciones objetivas y los síntomas apreciaciones subjetivas de las mismas.

En el caso del ST, se consideran signos del mismo los tics.

 

Signos (tics)

 

Definición y Características de los tics:  

-         Son movimientos o sonidos involuntarios, repetitivos, y breves.

-         Suelen tener una sensación premonitoria (por ejemplo quemazón en los ojos antes de parpadear).

-         Existe una sensación de alivio tras la realización de los tics.

-         Pueden ser suprimidos por un espacio variable de tiempo.

-         Son variables.  Pueden existir remisiones parciales o exacerbaciones del cuadro de forma fluctuante.

 

Tics Motores Simples

Tics Motores Complejos

Parpadeo o guiño de los ojos

Golpearse a sí mismo

Sacudidas verticales

Saltar

Sacudidas horizontales de la cabeza

Copropaxia

Encogimiento de hombros

Tocarse a sí mismo

Tic de todo el brazo

Tocar a otros

Muecas faciales

Olerse las manos

Abrir la boca

Olfatear objetos

Tic de la mano

Ecopraxia o ecocinesis

Tic de toda la pierna

 

Tic de todo el torso

Tics fónicos simples

Tic del abdomen

Aclararse la garganta

Tic del brazo

Gruñir

Tic del antebrazo

Sorber por la nariz

Tic de los labios

Chillar

Sacar la lengua

Toser

Contracción de la nariz

Gritar

Tic del pie

Bufar

Contracción de la frente

Ladrar

Tic del tórax

Zumbar

Tic del muslo

Escupir

 

Silbar o sisear

Tics fónicos complejos:

Chasquear

Coprolalia

Acentuar palabras

Ecolalia

 

Palilalia

 

 

 

Diagnostico del ST

 

De acuerdo con las guías presentadas por el Tourette Síndrome Study Group (1993), para realizar el diagnóstico de ST, se requieren las siguientes características:

·        La presencia de tics motores y vocales, que no son atribuibles a otras condiciones médicas, y son observados por el médico.

·        Deben estar presentes durante al menos 1 año.

·        Los síntomas empiezan antes de los 21 años.

·        Existen cambios con respecto a la severidad, frecuencia y distribución anatómica. 

 

Presentación histórica de los tics y su investigación:

 

Tic = galicismo tomado del italiano “ticquio” = CAPRICHO.

Como hemos citado antes, en el siglo XIX, el médico Gilles de la Tourette define los tics como trastornos del movimiento, alejándolos del componente caprichoso. El mismo médico comienza a identificar dicho trastorno con componentes hereditarios.

 

En el siglo XX se intenta dar una explicación psíquica a los tics, marginando el componente biológico.

 

Aunque existen pocos estudios en cerebros humanos, se han encontrado alteraciones en diferentes neurotransmisores (1990).  El principal neurotransmisor implicado es la dopamina, con un aumento de su actividad secundaria y un acrecentamiento de la inervación dopaminérgica en ciertas estructuras cerebrales, como son los ganglios basales (encargados de coordinar los movimientos) y el sistema límbico (responsable en parte de la conducta y emociones humanas).  Otros neurotransmisores implicados serían: la serotonina y la adrenalina.

 

A partir de este momento, para referirse a los tics,  se abandona el concepto de “caprichoso” y se adopta el de inevitabilidad.

 

En los años 90 se retoma la investigación genética y aunque hasta la fecha actual no se ha podido identificar el gen responsable, se cree que existe más de uno implicado en la transmisión hereditaria del ST, por lo tanto se trata de una herencia poligénica.

 

Factores coadyuvantes a los tics:

 

La aparición de los tics no obedece exclusivamente a factores genéticos, sino que es necesaria la confluencia de los factores “Epigenéticos” (moduladores de los factores genéticos) y “Ambientales”.

 

Factores Epigenéticos

 

Embarazo estresante en la madre

Embarazo mal alimentado o ingestión de fármacos inadecuados

Acción de andrógenos

Problemas durante el parto

Sexo de  los padres: los padres suelen transmitir los tics, y las madres el trastorno obsesivo-compulsivo.

 

Factores Ambientales

 

Estrés, ansiedad

Situación social complicada

Circunstancias familiares (abandonos, exigencias extremas, etc.)

 

TRASTORNOS ASOCIADOS (Síntomas)

 

Si bien, más adelante entraremos con más detalle en ellos, conviene que reflejemos aquí algunas definiciones breves sobre algunos de ellos.

 

Aunque la presencia de alteraciones neuropsiquiátricas y conductuales no son necesarias para el diagnóstico de ST, suelen estar frecuentemente asociadas.  Por tanto, además de los tics, en muchos casos de afectados por el ST, se presentan cuadros de acciones, omisiones o reacciones ante situaciones cotidianas o límites que suponen un desajuste con lo considerado socialmente normal (comorbilidad). A  este conjunto de síntomas se le denomina Trastornos. En una buena parte de los afectados, estos trastornos revisten mayor importancia y gravedad que los propios tics.

 

Se cree que forman parte de un espectro clínico y genético donde ciertos individuos pueden expresar solo tics, y otros, tics y trastornos asociados. 

 

Tipos de trastornos asociados al ST

 

Trastorno Obsesivo Compulsivo

 

Obsesiones: pensamientos y/o imágenes que acuden a la mente sin voluntariedad

Compulsión: comportamientos que se realizan involuntariamente para evitar el miedo a la obsesión

 

Déficit de atención

 

Imposibilidad de sostener la atención permanentemente durante espacios prolongados de tiempo

 

Problemas de aprendizaje

 

Dificultad para asumir los sistemas docentes estandarizados

 

Dificultades para el control de impulsos y agresividad

 

Imposibilidad de controlar impulsos

 

Conductas autolesivas

 

Auto agresiones que pueden ir desde leves a graves, con lesiones importantes en diversas partes del cuerpo, especialmente en la cabeza y las extremidades

 

Falta de autoestima

 

No es un síntoma en sí mismo, sino una consecuencia de la problemática asociada al ST.

 

Aspectos clínicos y farmacológicos

 

La prevalencia observada para el ST se encuentra entre 1’2 y 4%, siendo mayor en hombres que en mujeres. En aquellos resaltan más los tics (imposibilidad de suprimir movimientos involuntarios), mientras que en las mujeres son más acentuados los “Trastornos Asociados”.

 

Todavía no se conoce la etiología (causa) del ST.  Diferentes estudios han encontrado alteraciones morfológicas, funcionales, e inmunológicas.

 

Alteraciones encontradas en el ST

 

Neuroanatomía

 

Pérdida de la asimetría en ganglios de base y afectación del cuerpo calloso (se identifica mediante estudios volumétricos con resonancia magnética cerebral)

 

Neuroimagen funcional

 

SPECT y PET: evaluación del funcionamiento del circuito subcortical (alteración de las estructuras de control del movimiento)

 

Neurotransmisores

 

Alteraciones en los siguientes neurotransmisores: dopamina (tics), Serotonina (Trastorno Obsesivo Compulsivo), Noradrenalina (Déficit de atención)

 

Genética

 

Herencia poligénica probable.

 

Inmunológico

 

Anticuerpos contra el Streptococcus A beta-hemolítico, que dañan los ganglios basales.

 

Diagnostico:

 

El diagnostico del ST se realiza sobre la base de los criterios diagnósticos explicados anteriormente, y se fundan, por tanto, en la historia clínica y exploraciones complementarias. No existe indicación para realizar pruebas complementarias, salvo en aquellos casos donde la exploración neurológica o historia hagan sospechar de otra etiología que puedan explicar el ST (ST secundario). 

 

Existen diferentes escalas usadas para medir la severidad de los tics

 

Escalas usadas

 

Rush Video-Based Rating Scale

 

Filiación del paciente. La medición de los tics se realiza sobre la base de la distribución anatómica y complejidad.

 

Yale Global Tics Severity Scale
Basada en la distribución, frecuencia y complejidad de los tics según el paciente y el examinador.

 

Diagnóstico Diferencial

 

No todo paciente con tics tiene el ST.  Existen otras entidades médicas que pueden presentar tics como parte de su sintomatología.  Se habla de diagnóstico diferencial cuando el paciente presenta signos o síntomas, normalmente encuadrados en el ST, pero que provienen de otras patologías. En estos casos, denominamos a estas patologías como "Tourette Secundario".

 

Tourette Secundario (Tics asociados a otras patologías)

v    Tóxicos y drogas: cocaína, anfetaminas, monóxido de carbono

v    Enfermedades hereditarias: enfermedad de Huntington, neuroacantocitosis, enfermedad de Wilson, etc.

v    Infecciones: encefalitis, corea de Sydenham, neurosifilis, etc.

v    Fármacos: levodopa, carbamacepina, lamotrigina, fenobarbital, etc.

v    Trastornos propios del desarrollo: retraso mental, autismo, etc.

v    Alteraciones cromosómicas: Síndrome de Down, etc.

v    Otros: traumatismo craneoencefálico, infartos cerebrales, esquizofrenia.

 

Tratamientos

 

Antes de incidir en el desarrollo de las diferentes opciones terapéuticas, se hace necesario realizar algunas precisiones:

·        No existe un tratamiento curativo que erradique completamente todos los síntomas del ST.  Solamente son herramientas que nos ayudan mejorar sintomáticamente los tics y trastornos asociados, y ofrecer una mejor calidad de vida.

·        Es un trastorno generalmente benigno con un pronostico excelente.  Aproximadamente en el 90% de los casos, los tics mejoran claramente al llegar a la edad adulta.  Sólo un porcentaje pequeño de los pacientes, especialmente durante la adolescencia, y aquellos que se acompañan de trastornos asociados, requieren tratamiento.

·        Se cree que esta mejora tan importante de los tics al llegar a la edad adulta se debe a una maduración cerebral o a una mejor supresión.

·        El pronóstico a largo plazo de  los trastornos asociados es más incierto.

·        No todo paciente con tics requiere tratamiento.  Son candidatos a tratamiento aquellos pacientes en los que su sintomatología produce una importante repercusión funcional en el ámbito personal, laboral o social.

·        Es importante la educación del paciente, familia y entorno escolar o laboral.  La mejor compresión del ST hará que mejore radicalmente el rechazo social y laboral que frecuentemente se produce, y una mejor adecuación del entorno que le rodea.

·        Una vez tomada la decisión de que el paciente necesita tratamiento, debemos:

 

Primer paso: Identificar el síntoma diana que más afecta funcionalmente al paciente.

Por ejemplo una consecuencia de la problemática asociada al ST es el fracaso escolar.  Debemos identificar cual es el síntoma, o síntomas, que conllevan al fracaso escolar (déficit de atención, presencia de tics que interrumpen el desarrollo normal de tareas escolares, síntomas obsesivos, etc.). 

Es importante el diagnóstico correcto, porque muchas veces requieren abordajes terapéuticos diferentes.

 

Segundo paso: Decidir el tipo de tratamiento necesario. 

Existen tratamientos no farmacológicos o farmacológicos, que pueden aconsejarse separada o conjuntamente.

 

Tratamientos no farmacológicos

-         A través de la educación de los padres y cuidadores.

-         Reforzar técnicas de supresión, siempre que ello no genere estrés.

-         Adoptar técnicas de relajación y autocontrol.

-         Adecuación del entorno laboral y escolar, evitando situaciones límite de cansancio, saturación y agobio, procurando intercalar períodos de descanso en la actividad y habilitar un espacio donde puedan darse rienda suelta y libre a los tics.

 

Tratamientos farmacológicos

 

Neurolépticos: fármacos de elección.  Tienen una acción antidopaminérgica.   Algunos de ellos son; pimozide, haloperidol, flufenazina, etc.  Pueden tener como principales efectos secundarios la aparición de discinesias tardías (trastornos del movimiento que aparecen durante o después de la administración de neurolépticos).  Neurolépticos atípicos (raramente pueden producir discinesias tardías) como: risperidona, clozapina, etc.  Existen también otros fármacos antidopaminérgicos como son la tetrabenazina y reserpina.

Agonistas Dopaminérgicos: Son compuestos que en dosis pequeñas inhiben la liberación de dopamina.

Fármacos anti TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo): Se utilizan para aquellos casos donde es difícil diferenciar un tic de una compulsión.  Serían los inhibidores de la recaptación de la serotonina (IRS): fluoxetina, paroxetina, o antidepresivos tricíclicos como: imipramina, desipramina.  A veces se usa la combinación de IRS + neurolépticos

Clonidina: tiene una acción débil sobre los tics.

Toxina botulínica: Realiza un efecto a nivel local debilitando el músculo. Su acción dura 3 meses.

Anticolinesterásicos: Son compuestos normalmente utilizados para trastornos de memoria.  Existen algunas evidencias de que podrían mejorar los tics y  déficit de atención.

Cannabinoides: Su implementación está aún en estudio, pero parece desprenderse de la observación actual que elementos como la marihuana ejercen efectos antidopaminérgicos.

Nicotina: Al igual que el anterior, está en fase de estudio, pero también parece disponer de efectos antidopaminérgicos. Tanto los cannabinoides como la nicotina han de ser manejados con sumo cuidado en pacientes situados en edad de crecimiento por sus efectos secundarios.

 

Otros tratamientos

 

Teniendo en cuenta que los síntomas neuropsiquiátricos y conductuales se asocian frecuentemente al ST, su abordaje farmacológico puede hacerse con los tratamientos habituales para estas patologías:

1.      Déficit de atención (ADHD)

-         Agonistas α 2adrenérgicos – Guanfacine,  Clonidina

-         Estimulantes del SNC (Sistema Nervioso Central): Metilfenidato, Dextroanfetaminas, Pemolina

-         Selegilina

2.      Trastorno obsesivo-compulsivo:

-         IRS: fluxetina, paroxetina, etc.

-         Antidepresivos triclícos: imipramina, etc.

3.      Trastorno conductual con impulsividad:

-         Clonidina, paroxetina, IRS.

 

Cirugía en el ST:

 

Recientemente se han publicado casos aislados de pacientes que han recibido tratamiento quirúrgico con resultados prometedores, debido al fracaso de las terapias farmacológicas convencionales.  Hoy en día no son todavía recomendables porque no existe demasiada experiencia y por la posibilidad de efectos secundarios derivados del acto quirúrgico como hemorragias, infecciones, y lesiones de estructuras vecinas.  Se han descrito:

·        Estimulación cerebral profunda del tálamo (1 caso).

·        Leucotomía límbica, cingulotomía, y capsulotomía anterior. (Pequeñas series de pacientes con tics y TOC).

 

Afrontamiento del ST

 

El ST puede ser afrontado como un “Ego sintónico”, cuando el problema no es percibido por el paciente, sino que sus consecuencias negativas lo son para los demás en exclusiva; o como un “Ego distónico”, cuando el problema es percibido y detectado por el propio paciente como algo intrínseco a su existencia.

 

Por otra parte, y en relación con el ST, se deben aclarar algunos conceptos y términos que normalmente son socialmente catalogados como elementos diferenciadores y vulgarmente estimados como sinónimos, pero que entrañan significaciones diferentes y, en ningún caso, suponen minoración de derechos civiles o sociales.

 

Concepto: Deficiencia                   Ámbito: Fisiológico/anatómico

Pérdida o anormalidad de una estructura o función psicológica, fisiológica o anatómica. No siempre se conoce su etiología, todos sus alcances, los mecanismos subyacentes y los mecanismos para su superación. El ST es considerado como una deficiencia porque existe una alteración en los ganglios basales. Estamos, pues, ante una alteración anatómica que conlleva alteraciones en el funcionamiento neurológico.

 

Concepto: Discapacidad       Ámbito: Funcional

Significa una menor capacidad para la realización de funciones personales o sociales, dentro de un margen que se considera normal para un ser humano. A la vista de la siguiente relación, el ST sí conlleva discapacidad porque incapacita, a través de los trastornos asociados, para el control de conductas y comportamientos.

-         Motriz: Cuando afecta miembros o extremidades motoras

-         Cognitiva: Cuando afecta a capacidades mentales (retraso mental)

-         Sensorial: Cuando afecta a órganos sensoriales (ceguera, sordera, mudez)

-         Conducta social: Cuando afecta a la relación del individuo con la sociedad (Comportamientos considerados socialmente anómalos)

-         Afectiva: Depresiones, euforias, trastornos bipolares, etc.

-         De cuidado y seguridad personal: Cuando  afecta a funciones automáticas y cotidianas del individuo (Alzeimer)

 

Concepto : Minusvalía              Ámbito: Social

Situación desventajosa para una persona, consecuencia social de una deficiencia o una discapacidad que implica una limitación en las actividades/roles en el desempeño social normalizado. El ST conlleva minusvalía por la repercusión social de la conducta de sus afectados, así como por las manifestaciones de su patología (tics y Trastornos Asociados)

 

La confluencia de los tres conceptos implica marginación social e interactúan entre ellos, por lo que la ruptura del círculo vicioso generado sólo es posible de ser acometida desde el afrontamiento de la discapacidad a través de la potenciación de las capacidades reales del individuo.

 

 

Desarrollo de la discapacidad en el ST

 

Tres áreas fundamentales contribuyen al desarrollo de la discapacidad dentro del ST

A).- CONDUCTAS DESADAPTIVAS:

·        TOC: Trastornos Obsesivos Compulsivos

·        DAH: Déficit de atención con hiperactividad

·        TCI: Trastornos de control de impulsos, siendo éste un trastorno explosivo intermitente con posibles conductas agresivas (heteroagresivas o autolesivas)

·        Trastornos del sueño

B).- EFECTOS SECUNDARIOS DE LA FARMACOLOGÍA APLICADA:

·        Sedación:                                 Somnolencia

·        Inquietud:                                Recrudecimiento de los tics

·        Alteraciones motrices:              Discinecia tardía

·        Falta de claridad:                      Embotamiento, confusión

·        Desmotivación:                       Depresión anímica/conductual

·        Alteración fisiológica:               Miedo/aislamiento

C).- REACCIONES ESTRESANTES DEL PACIENTE Y EL ENTORNO:

·        Alteraciones en el procesamiento e interpretación de la información emocional

·        Conductas disruptivas: carácter impredecible del trastorno

·        Recrudecimiento en períodos vulnerables del desarrollo que, a su vez, conllevan:

-                    Aislamiento social – retraso madurativo – depresión

-                    Miedos/fobias que desembocan en trastornos de pánico

-                    Rabia/ira con estallidos de agresividad en la familia

 

D).- FUNCIONES Y APLICACIONES DE LA TERAPIA PSICOLÓGICA:

·        Tiene como objetivo la Psicoeducación hacia el paciente, como medio  para conseguir la comprensión  propia y del medio: familiar/escolar/laboral

·        Mediante este tipo de intervención, se intenta alcanzar el autocontrol y la reestructuración cognitiva, para mejorar la tolerancia, el apoyo social y el ajuste adecuado en expectativas y demandas.

·        La finalidad es la modificación de hábitos y conductas (tanto observables como derivadas de los sentimientos y pensamientos) y  para ello han de utilizarse los sistemas de  refuerzos (premios y castigos) como contingencias ambientales.

·        La consecuencia buscada es una mejor adaptación al medio social y relacional para conseguir una reducción de elementos estresores y una mejor calidad de vida.

 

Estrés

Uno de los componentes que más inciden en las alteraciones propias del ST son las situaciones de estrés en los afectados, para lo cual se hace necesario definir este concepto con objeto de evitar interpretaciones equivocadas.

 

Se entra en procesos de estrés cuando se percibe que las demandas del medio son superiores a las capacidades personales. Se trata de una situación destructiva, tanto en el plano individual como en la vertiente social.

 

CONSECUENCIAS DEL ESTRÉS

-         Malestar emocional

-         Excesos cuantitativos

-         Carencia de recursos al afrontamiento del mismo

-         Tensión mantenida

-         Alteraciones en la percepción del control

-         Deterioro del rendimiento

 

FACTORES SOCIO FAMILIARES DE RIESGO DE ESTRÉS

 

-         Desestructuración familiar (divorcios, separaciones, violencia doméstica, etc.)

-         Fallecimiento de allegados

-         Medio familiar extremadamente rígido con:

·                   intolerancia a los fallos

·                   hipercrítica

·                   represión emocional

-         Ambivalencia en el rol de los padres, variando entre excesivamente permisivos  o exacerbadamente autoritarios.

-         Desconocimiento de padres o tutores de las necesidades evolutivas de los afectados

-         Alteraciones en la dinámica y la comunicación familiar (falta de diálogo)

 

VARIACIONES EN LA SINTOMATOLOGÍA

 

FACTORES Y SITUACIONES

AGRAVANTES

FACTORES Y SITUACIONES

ATENUANTES

Ansiedad (presente o anticipatoria)

Relajación

Estrés

Sueño

Aburrimiento

Actividades placenteras

Fatiga/sobrecarga atencional

Concentración en tareas controlables

Represión motriz o emocional

Expresión/comunicación asertiva

Contingencias sociales aversivas

Apoyo social percibido

Estimulantes (anfetaminas, cafeína)

Alcohol

Tensión premenstrual

Orgasmo

Cambios de temperatura

Sensación de autocontrol / eficacia

 

 

Personalidad

 

Conocemos como PERSONALIDAD el conjunto de rasgos y características individuales que conforman el comportamiento de la persona, tanto en el ámbito individual como social. En la conformación de la personalidad se detectan:

·        Factores genéticos: derivados de la herencia genética

·        Factores vivenciales: derivados de la historia y experiencia del individuo a lo largo de su vida.

 

RASGOS DE LA PERSONALIDAD QUE SE ACENTÚAN EN EL ST

A causa de la interacción de los  “factores biológicos”, “las experiencias personales” y la propia “acción del medio” en que se desenvuelve la vida del individuo, los rasgos de personalidad que quedan más acentuados en afectados por el ST son los siguientes:

-         Loabilidad = inestabilidad emocional: con elevados niveles de ansiedad -> miedo -> preocupaciones - > depresión. Sus consecuencias son un negativismo exacerbado, auto culpa global y permanente, desconfianza sobre el futuro mediato e inmediato.

-         Expectativas de éxito y eficacia: En el caso de los afectados por el ST, éstas expectativas son sumamente bajas, lo que genera inseguridad y desconfianza en las propias posibilidades.

-         Locus de control externo para el logro de objetivos: Consiste en la creencia permanente de que es imposible ejercer un control sobre sus propias vidas, con lo cual se genera “desmotivación aparente” (vagancia) y “predominio de actuaciones negativas” (miedos).

-         Baja tolerancia al fracaso: Los afectados por el ST disponen de mecanismos de tolerancia al fracaso en las acciones emprendidas muy por debajo de la normalidad, con lo cual se genera “baja motivación para el logro de objetivos”, “estrategias de minimización de riesgos” y “dependencia” de otras personas.

-         Tendencia permanente a la culpa

-         Hipersensibilidad: lo que conlleva una “dificultad para el control de impulsos”, “insistencia permanente”, “impaciencia”, “irritabilidad constante”, “agresividad exacerbada”, “necesidad de cariño constante”, “necesidad de caricias” y de “contacto físico con las personas queridas”.

-         Ensimismamiento: lo que deriva en un grado elevado de introversión. Consecuentemente, aparecen factores de “baja socialización”, “dificultades de integración” y “momentos de exhibicionismo” tendentes a contrapesar el aislamiento.

-         Disminución de la autoestima

-         Dificultad para la empatía (capacidad para entender al otro): la consecuencia inmediata de su incapacidad de comprender las circunstancias y necesidades de las otras personas son los fallos en el reconocimiento emocional.

 

Dificultades escolares y/o laborales del ST

-         Problemas de aprendizaje a causa de sus incapacidades para sostener la concentración por períodos elevados de tiempo, trayendo, como consecuencia, errores en los procesos atencionales y fallos en los procesos de memoria.

-         Posibles dislexias (dificultad para coordinación de lectura/escritura) y, por lo tanto, trastornos perceptivos.

-         Dificultades en tareas automáticas: tales como lectura, escritura, cálculo aritmético, manipulado de enseres, etc.

-         Aparición inoportuna de los tics: con lo que en los entornos docentes o laborales, se tiende más a atender los fallos y los momentos de los tics que a los aciertos y esfuerzos del afectado.

-         Dificultad para el control de impulsos: las consecuencias más inmediatas son peleas, burlas de los otros, humillaciones, aislamientos, castigos debido a la incomprensión y etiquetado, con lo cual, la interacción sobre las conductas de los afectados derivan en evidencia y sensación subjetiva de fracaso, miedo, ansiedad y sensación permanente de adversidad, recrudecimiento de los tics y trastornos asociados y la articulación de estrategias de escape y evitación. Todo ello, nuevamente, acentúa la percepción social de ser un inadaptado, volviendo a las consecuencias enumeradas al comienzo de este apartado, por lo que se crea un círculo vicioso difícil de romper.

 

Consecuencias sobre la conducta (modificables con apoyo familiar, escolar y psicológico)

 

-         Evidencias / Sensación subjetiva de fracaso

-         Miedo /ansiedad ante situaciones escolares/laborales aversivas

-         Recrudecimiento de tics y trastornos asociados

-         Estrategias de escape /evitación (Pella, fobia escolar, absentismo, enfermedades psicosomáticas)

-         Consecuencias aversivas del medio escolar/laboral (suspensos, repetición de curso, castigos, críticas, despido...), con lo que volvemos al principio (fracaso)

 

Estrategias para modificación de conductas

 

Introducción a la Modificación de Conducta (MC)

 

El objetivo fundamental de la MC es contribuir al desarrollo de nuevas conductas y habilidades que permitan una actuación más adecuada ante los problemas o las demandas del medio

 

TÉCNICAS DE CONTROL DE CONTINGENCIAS:

-         Dos maneras de describir una conducta:

o       Punto de vista topográfico: cómo se emite o realiza la conducta (qué hace el sujeto = descripción del tic)

o       Punto de vista funcional: antecedentes de la conducta y efecto que ejerce sobre el medio (qué ocurrió antes y después de la acción realizada = qué factores contribuyen a la aparición y mantenimiento del tic)

-         El análisis funcional de la conducta permite detectar:

o       las causas de una conducta

o       las motivaciones que llevan al sujeto a realizarla

o       los estímulos o circunstancias que hacen que esa conducta se mantenga o desaparezca

-         Cómo puede alterar el medio una conducta:

o       Añadiendo estímulos que no estaban antes: refuerzo positivo

o       Retirando estímulos que existían antes de su realización:  refuerzo negativo

-         Tipos de estímulos o refuerzos que podemos utilizar:

o       Apetitivos o reforzadores: eventos, conductas u objetos apetecibles deseados por el sujeto; actúan como recompensa: comida, bebida, juguetes, ropa, dinero, halagos, caricias, paseos, permisos, juegos, etc. Su presentación aumenta la probabilidad de que una conducta deseada se manifiesta con mayor frecuencia.

o       Aversivos, no deseados o temidos por el sujeto: castigos corporales, amenazas, burlas, insultos, etc. Su presentación aumenta la probabilidad de que una conducta no deseada disminuya su frecuencia.

 

 

Métodos

Estímulo apetitivo

Evolución

Estímulo aversivo

Evolución

Presentación contingente

Refuerzo positivo: premiso

Aumenta

Castigo positivo

Disminuye

Retiro contingente

Tiempo fuera costo de respuesta: quitar lo que le gusta

Disminuye

Refuerzo negativo: dar lo que le gusta

Aumenta

Contingencia discontinua

Extinción de conductas: dejar de dar lo que motiva una conducta

Disminuye

Recuperación de conductas: propiciar lo que motiva una conducta

Aumenta

 

EJEMPLOS DE APLICACIÓN DE LOS DISTINTOS PROCEDIMIENTOS:

-         Refuerzo positivo: tras la emisión de una conducta objetiva, se entrega un estímulo apetitivo (golosina, juguete, halago), para que el sujeto aumente la frecuencia de emisión de dicha conducta.

-         Castigo positivo: tras la emisión de una conducta no deseada (romper materiales), se suministra un estímulo aversivo (grito, gesto de desaprobación), para que el sujeto disminuya dicha conducta.

-         Tiempo fuera y costo de respuesta: tras la emisión de una conducta no deseada, se retira un estímulo apetitivo (el derecho a permanecer en clase, a ver TV, a salir al recreo), para que disminuya dicha conducta.

-         Refuerzo negativo: tras una conducta deseada, se retira el estímulo aversivo (la prohibición de salir al recreo o de hablar con los compañeros) para que la conducta se emita con mayor frecuencia.

-         Extinción: tras la emisión de una conducta, no se produce ningún cambio en el medio, cuando habitualmente lo seguía un estímulo reforzador, para que esta conducta disminuya su probabilidad de aparición.

-         Recuperación: tras la emisión de la conducta (trabajar en clase), no se produce ningún cambio en el medio, cuando habitualmente era seguida por un estímulo aversivo (burlas de los compañeros), para que aumente la probabilidad de aparición de dicha conducta.

 

En orden a una mejor utilización de los procedimientos, es conveniente el asesoramiento psicológico del grupo familiar para elegir en cada caso los procedimientos que mejor se adapten al afectado y su entorno. Estos procedimientos pueden usarse en el medio escolar y familiar, pero siempre conociendo sus posibilidades, limitaciones y “efectos secundarios”.

 

Técnicas de solución de problemas (TSP)

 

Problema: situación para la que el sujeto no encuentra o no posee una alternativa de respuesta eficaz. Las TSP establecen auto instrucciones o reglas  eficaces para afrontar del modo más adecuado los problemas.

 

La falta de habilidades para resolución de problemas es una característica habitual de personas con trastornos de conducta.

 

Se debe impedir que el sujeto actúe guiado por emociones o automáticamente, para luego establecer un procedimiento o conjunto de reglas que organice y dirija su actuación.

 

Cotidianamente tenemos que resolver situaciones más o menos problemáticas, y las decisiones tomadas influyen nuestras experiencias, nuestro estilo personal y los condicionantes externos de situación.

 

Si bien es imposible tener la solución para todos los problemas, el aprender a afrontarlos de un modo objetivo, equilibrado y flexible, permitiéndonos márgenes de error, permite mitigar los conflictos personales e interpersonales derivados de la resolución de problemas y el impacto que estas situaciones estresantes producen en la salud física y mental.

 

Es de destacar la importancia de aprender a resolver los problemas o conflictos que se presenten en el medio familiar de un modo que se propicie el diálogo y la comprensión y se minimicen los estados de tensión y ansiedad tan perjudiciales para los afectados por el ST.

 

Es fundamental que los jóvenes aprendan a ver los problemas como retos o desafíos para poder superarlos a partir de sus propias capacidades y del valioso recurso que ofrece el apoyo familiar.

 

Resolución de conflictos (método CIGEEP)

 

C:      Calmarse

I:       Identificación del problema

G:      Generar todas las soluciones posibles

E:      Evaluar las ventajas y desventajas de las soluciones propuestas

E:      Elegir la solución que se considere más beneficiosa o posible

P:      Planificar los pasos a seguir para implementar la solución elegida

 

Repercusiones sociales para el afectado

 

Estas se pueden contemplar desde tres ámbitos diferenciados, pero comunes en su consecuencia: marginación y exclusión.

 

Ámbito familiar y relacional:

 

Nos referimos al aspecto relacional en el entorno más próximo del afectado, tanto en su vertiente familiar, como en sus relaciones de amistad con congéneres de igual tipo social y de edad, ya que es en estos núcleos donde primero se percibe el problema del paciente y donde inicialmente se sufren sus consecuencias.

 

La carencia de información ante las manifestaciones que observamos, la tardanza en el diagnóstico definitivo y tratamiento de la enfermedad, junto con la ausencia de pautas de comportamiento claras, una vez identificado el problema, generan en la familia: primero estupor, después miedo, angustia, incertidumbre y, en caso de no-asimilación de la realidad existencial del afectado, rechazo.

 

La primera puntualización consiste en que, aunque éste parezca un asunto privado y que debiera ser resuelto en el interior de las familias, el enfoque cicatero y miedoso del problema, lo único que generará será un aumento de la dificultad en su abordaje.

 

De nada sirve tratar de ocultar o privatizar la realidad con que nos encontremos. Fundamentalmente, porque esta realidad va a seguir persistiendo aunque la escondamos.

 

Tengamos en cuenta que la primera posibilidad de marginación y exclusión derivará de la forma en que nosotros mismos afrontemos el síndrome en nuestro interior, tanto como personas individuales, como desde la perspectiva de grupo social cercano al afectado. El reflejo que les ofrezcamos a ellos de nuestro abordaje, tendrá una importancia capital para la forma en que ellos mismos habrán de hacerlo a lo largo de su vida.

 

Por otra parte, debemos desterrar conceptos equívocos. El Síndrome de Gilles de la Tourette es una enfermedad neurológica, con una fuerte carga social, más por sus manifestaciones externas que por su propia naturaleza.

 

Desde esa óptica, resulta evidente que, como cualquier otra patología, representa una complicación para el desarrollo normalizado de la vida. Tanto para quien la padece directamente, como para quienes lo hacen desde su compañía.

 

Sin embargo, somos muchos los que pensamos que, más que un problema, el Tourette es una forma diferente de vivir, de afrontar la existencia y de percibir la realidad.

 

Quizá, ahí es donde radique la dificultad. Las percepciones de la realidad de los afectados, en muchos casos, son diferentes de las de quienes no lo estamos. Pero ellos no pueden adaptarse a las percepciones normalizadas.

 

El esfuerzo ha de partir de  los llamados "normales", por intentar empatizar con sus vivencias.

 

Este punto de partida excluiría las conceptualizaciones de capricho, mala educación, intenciones perversas, desafío constante a las reglas y normas, actuaciones contrarias a las buenas costumbres, etc., como derivadas de un carácter de animadversión hacia las normas o estructuras sociales.

 

La consideración de las exposiciones touréticas bajo estos prismas, lo que originará será nuestro propio rechazo del afectado, como extensión del rechazo hacia sus manifestaciones.

 

La consecuencia, desde el interior del paciente, será inmediata y fulminante: si mi propia familia y entorno me estima como algo raro e inadaptado, quizá lo sea y, consecuentemente, el mundo es mi enemigo, por lo tanto me excluyo de cualquier contacto amable con él porque nunca me va a acoger y dedicaré mis esfuerzos a combatirlo.

 

La asunción de que el Tourette es una diferencia, con la que vamos a vivir el resto de nuestra vida, es el paso imprescindible para su afrontamiento inicial.

 

Sólo el ejercicio amplio y generoso de la comprensión y la tolerancia podrán mitigar el choque cultural de las manifestaciones touretianas.

 

Otra apreciación importante es la evidencia de que uno de los sentimientos más exacerbados en la personalidad del tourette consiste en su sensibilidad hacia el afecto de y hacia los demás.

 

Si a todos nos causa cierto malestar el rechazo a una caricia, en el caso de los afectados, este rechazo supone una agresión hacia su, ya dañada, autoestima.

 

Por lo tanto, el cariño demostrado, el afecto real, no sólo formal, se constituye como otro coadyuvante a la superación de su realidad.

 

Un aspecto fundamental es el informativo.

 

Es necesario proveerse de documentación e información adecuada sobre cómo afrontar las vicisitudes del Tourette.

 

Pero no basta con obtenerla y guardársela para sí mismo, sino que es necesario que esa información fluya con soltura en el entorno del afectado y, que él mismo, conozca sus condiciones con todo tipo de detalles.

 

Si una circunstancia es paradigmática para generar rechazo, ésta es la ignorancia de lo que le sucede al que tenemos enfrente, cuando esta persona realiza actos ajenos a lo considerado "normal".

 

Por lo tanto, el entorno más próximo al afectado también ha de estar informado puntualmente de que lo que ocurre no es algo diabólico o producto de arrebatos de locura, sino reacciones plenamente consecuentes con una afección neurológica que, dentro de los límites, es controlable o abordable.

 

Por último, pero no menos importante, nos referiremos a los ambientes relacionales de amistad, que han de ser escrupulosamente cuidados, tanto por la vulnerabilidad del enfermo ante situaciones de conflicto, como por la alarma social que las manifestaciones del síndrome podría conllevar.

 

Otra característica identificativa de los tourette, especialmente de los aquejados por trastornos de hiperactividad, es la falta de constancia en sus acciones. Situación que se hace extensiva a las relaciones interpersonales. Por lo tanto, el tipo de reacciones de tipo “saltamontes” (hoy estoy con éstos, pero mañana ya no me apetece y me voy con otros) han de ser apreciadas en su justa medida; y las posibles recomendaciones deberán tener en cuenta tal circunstancia, al igual que la información adecuada al grupo de amistades a quienes afecten.

 

Ámbito Formativo:

 

Nuestro sistema educacional estandarizado, por regla general, desconoce la existencia del síndrome, tanto a niveles docentes como directivos, por lo tanto su dotación para el afrontamiento de alumnos con nuestra patología no es que sea insuficiente, sino que es inexistente.

 

El sistema de integración, aunque mejora las condiciones ambientales y lectivas, adolece de la preparación específica de los profesionales que lo imparten, por lo que, al encontrarse con alumnos que presentan cuadros conductuales conflictivos derivados del síndrome, con déficit de atención e hiperactividad, dislexias generadas por el mismo, trastornos obsesivos compulsivos y respuestas agresivas desproporcionadas a los desencadenantes, sólo aciertan a reaccionar de la forma más escapista posible: La consideración del alumno como maleducado, caprichoso o inadaptado, el apartamiento del alumno del conjunto docente y, por último, la presión sobre la familia para el traslado del alumno hacia otro centro o alternativas formativas.

 

Difícilmente encontraremos un centro cuyos profesionales, en principio, conozcan el síndrome.

 

Después, una vez informados de su sintomatología, que estén dispuestos a abordar las consecuencias del mantenimiento de un alumno en esas condiciones y, por último, que disponga de instalaciones adecuadas y personal pertinente para atender las necesidades específicas de nuestros afectados. La conflictividad generada por ellos supera las capacidades de asunción del profesorado, a causa de su déficit de preparación específica.

 

Ante esta situación, cuando la realidad se hace insostenible, por la marginación a que es sometido el alumno, las burlas de los compañeros que hacen insoportable la convivencia escolar, las permanentes agresiones y trifulcas entre ellos, las  reiteradas quejas de profesores y padres de otros estudiantes por la falta de progreso y la alarma que conductas auto lesivas, agresivas o extemporáneas de nuestros afectados producen en el colectivo, sólo se nos presentan tres alternativas:

 

·        Mantener la situación, aun a costa de perpetuar la negatividad de la misma sobre la educación del interesado.

·        Iniciar un peregrinaje por centros distintos hasta encontrar alguno en el que estos trastornos sean asumidos y minimizados, cosa harto difícil.

·        Excluir a nuestros afectados de la formación reglada tradicional y optar por adiestraciones alternativas, donde las rigideces institucionales pasen a un segundo plano y prime la consideración personal específica del alumno.

 

Qué duda cabe que  un alumno afectado con determinados trastornos asociados es:

·        incapaz de progresar al ritmo del resto de la clase,

·        reacciona con intolerancia hacia las normas y disciplinas, y

·        presenta cuadros de agresividad verbal o física, tanto hacia compañeros como hacia profesores.

 

Ello genera una situación difícilmente asumible por los cuadros tradicionales de educadores y formadores estandarizados.

 

No es menos cierto que, entre los propios compañeros del afectado, este tipo de reacciones generan miedo primero y rechazo después, con lo que la exclusión y la marginación la tenemos servida en los dos niveles relacionales del escolar en esta situación.

 

Sin embargo, si nuestros profesionales docentes tuviesen:

·        una formación suficiente para afrontar situaciones límites como las expuestas,

·        dispusieran de información suficiente sobre cómo acometerlas,

·        trasladasen al conjunto de compañeros un espíritu de tolerancia y comprensión para quienes viven con esta patología,

·        tuviesen una dotación de espacios físicos imprescindibles para que en ellos pudiesen desarrollarse las manifestaciones más virulentas del síndrome,

 

estaríamos acarreando los primeros ladrillos para romper la marginación descrita.

 

Los afectados por el ST necesitan una educación integral personalizada que no quede supeditada a los esquemas rígidos de formas y normas.

 

Su cuadro no ha de ser geométrico, sino variable y dúctil para con los momentos y necesidades puntuales del individuo. Que atienda más a la formación de la persona que a la del productor.

 

Nuestros pacientes no son disminuidos psíquicos o deficientes intelectuales, sino personas con la inteligencia conservada que pueden incorporar deficiencias cognitivas y de aprendizaje perfectamente corregibles, y que, además,  están dotados de una elevada sensibilidad hacia el rechazo.

 

No estamos ante carencias educacionales o caprichos individuales, como es la creencia general ante las manifestaciones del síndrome, sino de especificidades inevitables, fruto de una patología no deseada.

 

Ámbito Laboral/profesional:

 

Teniendo en cuenta que la actividad laboral, en nuestro sistema social, es el elemento de socialización principal en la edad adulta, se hace necesaria la exposición de los condicionantes que el Síndrome de Tourette conlleva en este aspecto social.

 

Así, las dificultades que el Síndrome de Tourette aporta a la integración laboral, podríamos extractarlas en:

1.      Las derivadas de la situación de enfermedad en general, con la acumulación de sensaciones negativas y que es común a cualquier patología.

2.      Las derivadas del propio síndrome, que podemos resumir en los siguientes apartados:

 

·        Problemas de aprendizaje y entrenamiento

·        Un importante quebranto en hábitos de trabajo

·        Dificultad para realizar tareas rutinarias

·        Déficit en prácticas y técnicas de estudio y actualización de conocimientos

·        Autoestima profesional y personal en niveles muy bajos

·        Disminución de la motivación

·        Intereses profesionales difusos

·        Distanciamiento y dificultades sociales en la relación con los compañeros

·        Itinerario formativo laboral desajustado

 

Por otra parte, en la sociedad actual, donde la productividad y la competencia representan el marco fundamental de la actividad laboral, nos encontraremos con los siguientes condicionantes negativos para nuestros afectados, derivadas de las propias características estructurales del  mercado laboral:

 

·        Contratación eventual        

·        Métodos de selección exigentes

·        Organismos privados de intermediación abusivos

·        Avance tecnológico

·        Especialización cada vez más puntual

·        Reestructuración de los puestos de trabajo

·        Nuevos sectores de población que se van incorporando

·        Exigencia social de buena imagen

·        Valoración de puestos de trabajo

 

Teniendo en cuenta la diversidad de manifestaciones del síndrome, tanto en los movimientos estereotipados, como en los trastornos asociados, especialmente a causa del amplio abanico de éstos, es obvia la tremenda dificultad de integración  de una buena parte de nuestros afectados.

 

Por referirnos a los ejemplos más simples, imaginemos la dificultad de un afectado con Tourette para sostener una jornada laboral de 7 ú 8 horas continuadas de actividad rutinaria, si uno de sus trastornos asociados se corresponde con el de hiperactividad.

 

En otro plano, pensemos el trance de un afectado de Tourette al necesitar presentar buena imagen, cuando le aqueja un cuadro de tics motores faciales.

 

Si tenemos claro que uno de los trastornos asociados que mayor problema social presenta es el de dificultad para el control de impulsos y agresividad, conjeturemos el tipo de desempeño laboral que puede tener alguien afectado,  cuando sus reacciones a una recriminación por parte de un superior revisten caracteres desproporcionados,  o su incapacidad de adaptación y sujeción a normas y reglamentos rígidos.

 

¿Cuánto tiempo podrá sostener su puesto de trabajo?.

 

Las posibilidades de inadaptación social y de discriminación, desde la perspectiva de estas puntualizaciones son infinitas, pero no se corresponden solamente con una apreciación subjetiva, sino que ya existen precedentes  documentados, agravados por la evolución tecnológica del intercambio informativo y la biotecnología, especialmente en lo referido a la investigación sobre el Genoma Humano.

 

Si hemos estimado como premisa que el mundo del trabajo es el principal elemento de socialización, y contemplamos la dificultad para la incorporación a este mundo en igualdad de condiciones, las consecuencias reactivas apuntadas cuando examinamos la marginación docente, dentro de este apartado, se acentúan y agravan hasta límites insospechados.

 

Sólo desde una acción de inserción laboral, que contemple la concertación de puestos de trabajo adaptables a las posibilidades y características de los afectados y que sea capaz de tener en cuenta las capacidades y limitaciones específicas de cada persona, será posible acometer la eliminación de la exclusión social productiva.

 

Si la comprensión y la tolerancia resultaba básica en la docencia, en el mundo de la empresa es imprescindible, pero difícilmente imaginable bajo la premisa de la competencia y la productividad como guías y puntales de la ocupación.

 

Aun contando con los certificados de minusvalía pertinentes, la inserción laboral normalizada se presenta como algo inalcanzable para muchos de los afectados.

 

La tarea educativa y de modificación de tendencias es una alternativa poco viable, ya que, en caso de obtener algún resultado, siempre será muy a largo plazo y su implementación será lenta y parsimoniosa.

 

Entendemos que, en nuestra cultura retributiva, es difícil mentalizar a un empresario para que contrate personal con características como las que hemos ido citando.

 

Para tener alguna posibilidad en ese sentido, deberíamos cambiar la mentalidad productiva,  no de uno, sino de todos los contratantes. Algo imposible de alcanzar.

 

La alternativa, como hemos apuntado anteriormente, pasa por centros de recuperación e inserción laboral que:

·        formen laboralmente a los afectados,

·        los eduquen en el comportamiento social dentro de este ámbito 

·        les provean de las herramientas técnicas y mentales suficientes para desempeñarse en el mismo

·        y puedan vehicular su inserción social en el mundo del trabajo, mediante colocaciones retribuidas en empresas concertadas dispuestas a la inserción, mediante el establecimiento de puestos de trabajo susceptibles de adaptarse a las cualidades, limitaciones y posibilidades de los afectados.

 

Puede que dispongamos de calificaciones minusválicas, pero los tourette no son individuos incapaces de realizar todo tipo de funciones o labores productivas.

 

Estarán limitados en determinados trabajos, pero serán obreros excelentes en  los puestos y con el trato adecuados. La dificultad está en armonizar los intereses empresariales con las características del afectado.

 

Enfermedad neurológica con manifestaciones psiquiátricas, asimilables a la locura o a la posesión diabólica

 

Si bien, en el apartado anterior ya hemos ido mencionando algunas de las manifestaciones que vamos a ver a continuación, dada su variedad y complejidad, estimamos necesario examinar, un poco más detalladamente, las implicaciones neuropsiquiátricas del ST, con objeto de fijar una posible relación entre la patología biológica que le da origen y el sentimiento subyacente que genera en la sociedad la idea errónea de que los afectados del ST poco menos que deben ser considerados "locos" o "posesos".

 

Partimos de la consideración generalizada entre los expertos, de que el ST es una patología neuropsiquiátrica con fuentes anclajes poligénicos en su  etiología (60%), por lo que, en su mayor parte, el afectado dispone de antecedentes familiares con ST o, al menos, afecciones de tics entre sus antecesores, lo que no significa que, necesariamente, sus antecedentes estén en la primera línea de ante cesión. A esta particularidad se añade la incidencia de factores ambientales y psicosociales que modificarían la manifestación de los genes susceptibles de generar la enfermedad.

 

A nivel bioquímico, estaríamos ante una sensibilización dopaminérgica en el circuito corticoestriatotálamocortical y sus enlaces límbicos.

 

Investigaciones relativamente recientes han detectado que determinados procesos infecciosos (estreptococos)  contribuyen a la aparición de la enfermedad, así como que elementos psicosociales coadyuvan a la misma, por lo que no podemos hablar de un Síndrome de Tourette en términos generales, sino de una expresión clínica individualizada para cada afectado.

 

A su vez, la incidencia en varones es superior (de 4 a 1) sobre la que se detecta en las mujeres, si bien en éstas tienen mayor repercusión los Trastornos Asociados, mientras que en aquellos lo son las manifestaciones de tics.

 

La aparición de los tics no se conforma como un proceso evolutivo (de menos a más), sino que aparecen de forma brusca y se acentúan en situaciones de estrés. Al igual que no se mantienen fijos en una de sus modalidades, sino que son sucesivamente modificados con la desaparición de unos y la aparición de otros de forma consecutiva.

 

Sin embargo, si bien, como hemos visto anteriormente, los tics suponen una importante molestia, éstos pueden ser precedidos o acompañados por trastornos emocionales y de comportamiento que suponen un elemento invalidante mayor que los propios tics, ya que, además, aunque éstos desaparezcan, la comorbilidad conductual puede permanecer e, incluso, aumentar.

 

Las dos manifestaciones psicopatológicas que se presentan con mayor asiduidad, como trastornos asociados al ST son el Déficit de Atención con Hiperactividad y el Trastorno Obsesivo Compulsivo.

 

Sin embargo, no son los únicos síntomas que se adhieren al ST, ya que otros trastornos psiquiátricos, como los derivados de la ansiedad, del estado de ánimo, déficit de aprendizaje, trastornos de vocalización, del sueño, de la personalidad, de conducta y comportamiento, déficit de control de impulsos, tricotilomanía (arrancarse el cabello), cleptomanía (hurto compulsivo) y trastornos alimentarios (ingesta compulsiva de alimentos), también son cataloguizados aparejados al ST.

 

En tanto que parece una convención estandarizada, considerar los trastornos obsesivos compulsivos y los derivados de la falta de atención e hiperactividad, como directamente relacionados con el ST, e, incluso, con una base genética común, el resto de trastornos asociados suscitan diversas opiniones entre los expertos, ya que entre ellos hay quienes los consideran una comorbilidad directa del ST, mientras que otros los achacan a otro tipo de explicaciones, si bien parecen coincidir todos ellos en que podrían derivar del hecho de tener que "vivir con el ST".

 

Dentro de esas "otras explicaciones", las más comunes se inclinan hacia la "esperabilidad" de la comorbilidad, achacando el resto de trastornos a una derivación de las perturbaciones "principales".

 

Así, por ejemplo, un afectado con Trastorno Obsesivo Compulsivo, no es difícil que derive hacia trastornos de conducta y déficit de control de impulsos.

 

Otra consideración plausible es la teoría del desgaste que supone tener que vivir con el ST y la frustración que ello supone para los afectados, a lo cual contribuye enormemente la tardanza en el diagnóstico.

 

Para una mayor claridad, iremos pasando por cada uno de los trastornos mencionados anteriormente con cierto detalle.

 

El primero que citaremos es el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad.

 

Este trastorno conlleva, para quien lo padece, una imposibilidad para sostener su atención durante períodos prolongados de tiempo en una misma actividad.

 

Si además, como sucede en la mayoría de los casos, va aparejado a un trastorno de hiperactividad, el afectado deviene en un individuo difícil de controlar e integrar en actividades normalizadas, sean del tipo que sean.

 

Para quienes portan este trastorno, es imposible sostener su atención en una actividad, como hemos dicho, durante largos períodos de tiempo (clase, trabajo, etc.), pero no solamente referida a espacios temporales inmediatos (una o dos horas), sino que se extiende hacia cualquier actividad que se convierta en rutinaria en plazos temporales más extensos. Por ejemplo, les resulta imposible acudir periódicamente a la misma actividad durante meses o semanas porque se aburren y sienten la necesidad imperiosa de cambiar.

 

Si este trastorno, además, se extiende al marco relacional, el afectado intenta cambiar constantemente de entorno, con lo que su capacidad de socialización se reduce grandemente.

 

No es difícil deducir el sentimiento de fracaso continuado que este cambio permanente genera en el afectado, lo que le vuelve irritable y pendenciero, haciendo gala de una impulsividad ofensiva para quienes le rodean.

 

En el plano académico, el Déficit de Atención e Hiperactividad, conlleva dificultades cognitivas, tales como la planificación de tareas y actividades, problemas de organización y secuenciación, dificultades de sostener la atención y problemas de autocontrol.

 

De ello derivan comportamientos antisociales que hacen de los afectados personas poco agradables para el resto de sus compañeros, ya que sus actitudes impulsivas, la inquietud permanente, la necesidad imperiosa de inmediatez para cualquier requisito y la escasa tolerancia a la frustración, chocan frontalmente con las necesidades de armonización social precisas en cualquier grupo.

 

Si, como hemos comentado anteriormente, el  ST, habitualmente, es diagnosticado tardíamente, fácilmente podremos deducir que la reiteración de fracasos  pueden llevar al afectado a la caída generalizada de la autoestima, la desesperanza y la ansiedad.

 

De situaciones así, especialmente cuando se combina con factores psicosociales, se siguen conductas desadaptativas y problemas comportamentales tales como crisis de rabia, tendencias asociales, depresiones, consumo de drogas, etc.

 

El sostenimiento continuado de estas realidades complejas, que no olvidemos, tienen su origen en el ST, generan un fuerte desgaste tanto en los propios afectados como en quienes conforman su entorno existencial (padres, compañeros, profesores, amigos, etc.) hasta desembocar en un sentimiento de frustración permanente y una no aceptación de la enfermedad como causa primigenia, causando, como elemento de autodefensa psíquica, un rechazo frontal hacia la sociedad, por culparla a ella de no comprender sus dificultades.

 

En otras ocasiones, el exceso de problemáticas comórbidas generan una actitud de autocomplacencia en la desgracia o la justificación abusiva de conductas disociales, o de ausencia de acciones, en la propia enfermedad.

 

El siguiente de los "trastornos asociados principales" es el Trastorno Obsesivo Compulsivo.

 

La aparición de conductas repetitivas o ritualistas, tanto en los ambientes familiares y relacionales, como en los específicamente encuadrados en la actividad académica o laboral,  interfieren grandemente en cualquier actividad, ya que estamos hablando de conductas que representan una gran hipersensibilidad, intolerancia temperamental, necesidad de simetrías, reiteración de comportamientos, incluso autolesivos, etc. que causan extrañeza y alarma en quienes los observan.

 

Su conjunción comórbida contribuye a la aparición de sentimientos de "extravío" y "locura", causando agotamiento y descenso de autoestima en el afectado y rechazo en los que le rodean.

 

Las otras afecciones, digamos, "no principales", podemos encuadrarlas dentro de un amplio espectro referido a Problemas de Conducta y Comportamiento, que, clínicamente, se presentan bajo dos modalidades:

§        Trastorno Negativista Desafiante

Consiste en una tendencia del afectado para presentar problemas interpersonales, argumentar constantemente con otros individuos, desafiar límites y normas, insultar a sus semejantes y adoptar una posición negativa frente a cualquier reto o desafío. Su consecuencia, por el fracaso continuado, es la caída de la autoestima y el apartamiento social.

§        Trastorno Disocial

Consiste en una reiteración de conductas que atentan contra los derechos de los demás o las normas sociales establecidas. Los afectados suelen tener comportamientos destructivos, agresivos con personas, animales y cosas, abusan del engaño  y alcanzan, en ocasiones, a robar para mostrar su disconformidad normativa.

 

Para identificar, aisladamente, cada uno de estos trastornos, podemos relacionarlos de la siguiente manera:

·        Déficit de control de impulsos

·        Trastorno explosivo interminente (crisis de rabia o agitación)

·        Conductas autolesivas

·        Otros trastornos psiquiátricos

 

Vamos a pasar, ligeramente, por cada una de ellos, pero hemos de señalar que no todos los afectados por ST reúnen trastornos comórbidos como los citados en la relación anterior. Ni siquiera, para verificar un diagnóstico cierto de Síndrome de Tourette, es preciso que se presente comorbilidad asociada del tipo del Trastorno Obsesivo Compulsivo o el Trastorno de Déficit de Atención con Hiperactividad.

 

Como señalamos más arriba en el apartado dedicado al diagnóstico, basta que los tics se presenten durante, al menos, un año y que éstos no sean residuales de otras patologías, para el diagnóstico.

 

Sin embargo, entre el 35 y el 44% de los afectados por ST, se ha detectado una confluencia de tics con Trastornos Asociados. Especialmente de los denominados "principales", si bien no es extraña la comorbilidad de las afecciones relacionadas más arriba, ya sea de forma aislada o en ramilletes, cuyas manifestaciones se acentúan o decrecen en períodos concretos de tiempo, incluso estacionales. Siendo  más acusados en los cambios de primavera  a verano y otoño a invierno.

 

Un sentimiento muy extendido entre los afectados por alguna, o algunas, de estas problemáticas es el de culpabilidad. Se ven a sí mismos como individuos peligrosos y difíciles de controlar con escasas posibilidades de relación e integración social, todo ello como reflejo de la impopularidad, el rechazo y estigmatismo que reciben de la sociedad a causa de la extravagancia de sus conductas.

 

La capacidad de autocontrol sobre estas afecciones es mínima, en tanto que los fármacos antiticosos tienen muy poca incidencia en su minoración.

 

Determinados elementos psicosociales agravan estas problemáticas, tales como familias desectructuradas o  tumultuosas, situaciones de ansiedad o estrés, la carencia de límites, padres permisivos o excesivamente autoritarios, etc.

 

 

- Déficit de control de impulsos

 

A causa del problema neurobiológico de base que afecta a los touréticos, éstos se conforman como individuos especialmente sensibles a los déficits de control de impulsos.

 

Este trastorno consiste en la imposibilidad de controlar un impulso o la necesidad imperiosa de realizar algún tipo de acción, aunque ésta pueda ser perjudicial para el propio afectado u otras personas.

 

Si bien, en el caso de la puesta en práctica de acciones negativas para él mismo o para los demás, suele acometer un sentimiento de arrepentimiento o culpa, a quien lo padece le resulta imposible resistirse a llevar a cabo la acción, ya que, incluso, en el momento de realizarla siente liberación de la tensión acumulada.

 

- Trastorno explosivo interminente (crisis de rabia o agitación)

 

Este suele ser un trastorno muy frecuente entre los afectados por Tourette.

 

Está directamente relacionado con el anterior (Déficit de control de impulsos) y consiste en explosiones de ira o rabia desproporcionadas con el detonante, durante los cuales se despliegan grandes dosis de agresividad (autolesivas o heteroagresivas).

 

De entre todos los trastornos asociados al ST, éste se conforma como el que más consultas produce y siembra una mayor inquietud en familias y entornos de afectados por el ST.

 

Posiblemente es la manifestación comórbida más espectacular del ST y la que genera mayores dosis de marginación social.

 

Su desencadenamiento puede iniciarse por una frustración, por mínima que sea, una contrariedad o, en ocasiones, sin motivo cercano aparente, si bien se trata de episodios aislados.

 

En el curso de las crisis, el afectado no pierde la conciencia y es receptivo a todo lo que sucede a su alrededor, pero es incapaz de controlar sus reacciones e, incluso, sus músculos y miembros.

 

En su desarrollo interviene una panoplia amplia de manifestaciones que van desde agresiones verbales hacia quines le rodean, agresividad, normalmente autolesiva (se muerden manos, labios, brazos, etc.), movimientos bruscos de cabeza y extremidades (en casos agudos, retuercen el tronco) y vocalizaciones incoherentes (gruñidos, gemidos, gritos, etc.).

 

Cuando el paciente es atendido por personas que desconocen su patología tourética, pueden ser confundidos con crisis epilépticas.

 

El control de estas crisis de rabia o agitación se realiza mediante la administración de fármacos sedantes (normalmente benzodiazepinas) y suelen ceder a los pocos minutos, si bien hay momentos en que su duración se prolonga durante más de una hora.

 

A la finalización de estas crisis el paciente entra en un profundo sopor, como consecuencia de los calmantes administrados, y le acomete una fuerte sensación de cansancio y agotamiento (posiblemente como consecuencia del gran esfuerzo realizado durante la crisis).

 

De todas las manifestaciones comórbidas es la que más se asemeja al desarrollo de posesiones diabólicas y la que más miedo produce en los acompañantes del afectado, dando lugar a un fuerte rechazo y marginación social a causa de la dificultad de su control y lo imprevisible e impredecible de su desencadenamiento.

 

Conductas autolesivas

 

Síntoma también ligado con el déficit de control de impulsos y que, la mayor parte de los expertos, coinciden en considerar como parte indisociable del ST, como así hizo el propio Gilles de la Tourette.

 

Se suele presentar en el 45% de los casos con ST y va desde simples rasguños en la piel, hasta casos extremos en los que el paciente ha llegado a arrancarse uñas e, incluso, un ojo; pasando por las mordeduras, golpes con la cabeza en el pavimento o contra objetos duros, puñetazos y patadas a paredes, cortes con objetos punzantes o cortantes, pinchazos, etc.

 

Dentro de las crisis de rabia citadas anteriormente, también se producen episodios autolesivos, por lo que el contar con el trastorno explosivo intermitente parece conllevar la comorbilidad del síntoma presente, si bien hay pacientes que presentan este síntoma sin que, al mismo tiempo, se produzcan crisis de rabia o agitación.

 

- Otros trastornos psiquiátricos asociados al ST

 

Se trata de otros trastornos de carácter psiquiátrico que se presentan con menor asiduidad en pacientes con ST, por lo que muchos expertos optan por achacarlos a otros factores psicosociales, más que directamente al ST.

 

§        Cleptomanía: hurto compulsivo de objetos inservibles para el uso del paciente, independientemente de su valor monetario. Puede considerarse asociado con el Trastorno Disocial que ya hemos visto anteriormente.

§        Piromanía: Comportamiento impulsivo por el que algunos afectados tienden a provocar incendios por el simple placer de provocarlos. Existen diversas referencias hacia la atracción de algunos touréticos por el fuego.

§        Tricotilomanía: Es un trastorno por el que el afectado recurre reiteradamente a arrancarse sus propios cabellos para liberar sus tensiones internas Estas acciones no se limitan al cuero cabelludo, sino que se extienden a cualquier parte del cuerpo donde crezca cabello. Su incidencia es pequeña entre los afectados de ST, siendo considerado como una manifestación del Trastornos Obsesivo Compulsivo.

§        Trastornos de ansiedad: Por estos trastornos, el paciente desarrolla diversas fobias (espaciales o personales, etc.), inquietud y ansiedad creciente ante determinadas separaciones (ya sea de personas, lugares u objetos) y ansiedades de las consideradas sociales (miedos a la relación interpersonal, etc.).

§        Trastornos del estado de ánimo: Dada la inestabilidad emocional de muchos de los afectados por el ST, no es extraño encontrarse con casos de pacientes que desarrollen trastornos del estado de ánimo con grandes altibajos en su estado emocional (trastorno bipolar), trastornos depresivos y cambios de humor bruscos motivados, o no. Posiblemente, tales trastornos no tengan un origen común al ST, pero sí pueden desarrollarse a causa del desgaste de vivir con el Síndrome.

§        Trastornos de vocalización: No es muy frecuente, pero sí se han registrado casos en los que el  afectado desarrolla determinadas dificultades de vocalización, produciéndose tartamudeces o la conocida como "lengua de trapo", a causa de las cuales  resulta muy difícil entenderles. Sin embargo, en la mayor parte de los casos, estos trastornos de vocalización suelen ir asociados a los efectos secundarios de la medicación administrada (dopaminérgicos), desapareciendo cuando ésta es modificada.

§        Trastornos del sueño: Tampoco es un síntoma muy común entre los afectados, pero sí se han observado casos en los que el sueño de los pacientes se ve alterado, momentos en los que hablan, se levantan y caminan dormidos (sonambulismo), manifiestan inquietud en el sueño con sueños irritantes y pesadillas y, especialmente, quedan trastocados los horarios de sueño y vigilia, al tiempo que podemos encontrarnos con períodos en los que el paciente presenta necesidades imperantes de largas horas de sueño, en tanto que, en otros,  podemos encontrarnos con  todo lo contrario.

§        Trastornos alimentarios: Este es un trastorno que suele ir asociado como manifestación específica del Trastorno Obsesivo Compulsivo, mediante el cual, el paciente ingiere grandes cantidades de alimentos de forma compulsiva. En ocasiones se ha detectado la aparición de este  síntoma como efecto secundario de determinados medicamentos, generando aumento de peso desproporcionado.

 

Con esto terminamos el repaso por las manifestaciones psiquiátricas de una enfermedad cuya etiología es neurológica, pero cuyas manifestaciones más invalidantes se desempeñan en el campo neuropsiquiátrico.

 

No nos cansaremos de insistir en que el Síndrome de Tourette se caracteriza (Tourette puro), específicamente por los tics (movimientos involuntarios estereotipados) y que ellos son los elementos de diagnóstico esenciales.

 

Sin embargo, en muchos casos, son los Trastornos Asociados los que generan un mayor componente de incapacitación para la convivencia y el desenvolvimiento en la vida social, si bien, no todos los afectados por el ST presentan comorbilidad psiquiátrica (aparición conjunta de tics y síntomas psiquiátricos), de la misma forma que no todas  las personas que presentan alguno o varios de los síntomas relacionados anteriormente, padecen, necesariamente, el Síndrome de Gilles de la Tourette.

 

La comorbilidad neuropsiquiátrica en el ST lo que conlleva, debido a la espectacularidad de sus manifestaciones externas, es el rechazo social, la marginación de determinados círculos relacionales y, en casos concretos, la exclusión social.

 

Como hemos podido ir comprobando en el desarrollo de cada uno de los síntomas, la variedad que puede presentarse, así como la manifestación conjunta de varios de ellos, hace muy difícil la asunción de los mismos como producto de una enfermedad neurológica, ya que someten, tanto al paciente como a su entorno, a un desgaste que propicia la aparición de otros síntomas que, originalmente, nada tendrían que ver con el ST.

 

En suma, no es de extrañar que en el caso de comorbilidad de afecciones como el Déficit de Control de Impulsos, Trastornos Explosivos Intermitentes y los propios tics del ST, el paciente sea considerado como "loco" o "poseso", dada la espectacularidad y extravagancia de las manifestaciones que presenta.

 

Lo que nos permite engarzar con determinadas situaciones de enfermedad reflejadas en los Evangelios canónicos.

 

 


Capítulo II

 

Aproximación histórica del Síndrome en el Evangelio

 

La situación de enfermedad en el Evangelio

 

A través de los relatos de los cuatro evangelistas, en los textos canónicos podemos contemplar múltiples situaciones de penurias derivadas de situaciones patológicas.

 

Sin embargo, todas ellas son encuadradas en sanaciones y curaciones milagrosas.

 

Prácticamente ninguna es presentada, directamente, desde la perspectiva del sufrimiento del paciente, así como tampoco nos encontramos referencias directas a enfermedades sufridas por Jesús o su entorno más próximo, salvo las que nos acercan a la sanación de la suegra de Pedro (Mt. 8, 14-17; Mc. 1, 29-34 y Lc. 4, 38-41) y la enfermedad, desembocada en muerte y reavivación, de Lázaro, el amigo de Jesús (Jn. 11, 1-44).

 

En contadas ocasiones podemos atisbar indicios de cómo Cristo afronta la enfermedad, como es el caso de la curación del paralítico de Mt. 9, 1-8; Mc. 2, 1-12 y Lc. 5, 17-26.

 

Otra referencia al sufrimiento, aunque entremezcladas pobreza, miseria y dolor, nos lo encontraríamos en la parábola de  Lc. 16, 19-31, si bien, la intencionalidad de este relato nos lleva más hacia la dialéctica premio/castigo, en función de las recompensas materiales disfrutadas en la vida material de la persona.

 

El conjunto de acciones taumatúrgicas de Jesús, característica que cuenta con todos los elementos válidos para ser considerado un hecho histórico, sin embargo, nos aproxima directamente hacia la sensibilidad del Nazareno para con quienes sufren dolor por la enfermedad de sus cuerpos o espíritus.

 

Parte I: los milagros

 

Al llegar a este punto, conviene que nos detengamos en un aspecto de los textos evangélicos  que cuenta con grandes dosis de controversia entre exegetas y teólogos: los milagros de Jesús.

 

La palabra “milagro” proviene del latín “miraculu”, que se refiere a una acción extraordinaria al margen de las leyes naturales.

 

Por su lado, en hebreo existen cinco palabras que significan milagro: ôt (señal), mofet (prodigio o portento), pele o nifla (maravilloso) y nora (aterrador).

 

Por último, en griego sus acepciones son thaumasia (algo espantoso, que, curiosamente es de donde deriva nuestro vocablo taumaturgia), dynámeis (potencia, que es la acepción más utilizada para lo que nosotros entendemos por milagro, como explicitación del poder de Dios, personificado en Jesús), semeion (señal) y teras (portento).

 

Por qué considero necesaria una incursión histórico-teológica en los milagros de Jesús relatados en los textos evangélicos obedece a una apreciación subjetiva de tales acontecimientos: Estimo imprescindible que el creyente, o el que no lo es, conozca qué son los milagros que nos reflejan los evangelios, qué significado tienen y qué simbolismo llevan aparejado.

 

La funcionalidad de esta extensa explicación referida a los milagros es la aclaración de posturas al respecto, con objeto de evitar a los afectados (directa o indirectamente) del ST la creación de expectativas alejadas de la realidad, tanto física y material como, incluso, desde la perspectiva de la propia fe.

 

A Cristo, evangélicamente, se le atribuyen, fundamentalmente 4 tipos de milagros:

1)      Sobre la naturaleza: Mt. 8, 23-27 (tempestad calmada); Mt. 14, 15-21 (alimentación de los 5000); Mt. 14, 22-23 (caminata sobre las aguas); Mt. 15, 32-39 (alimentación de los 4000); Jn. 2, 1-11 (transformación del agua en vino); Lc. 5, 4-8 (pesca milagrosa); Mt. 11, 12-14 y 20-21 (higuera seca). En total 7 milagros.

2)      Sobre los espíritus (demonios): Mt. 8, 28-34 (gadarenos); Mt. 9, 32-33 (mudo endemoniado); Mt. 12, 22-45 (endemoniado ciego y mudo); Mt. 15, 21-28 (mujer cananea); Mt. 17, 14-20 (hijo lunático); Mc. 1, 23-27 (espíritu inmundo en la sinagoga). En total 6 milagros. Curiosamente, Juan no relata ningún milagro de esta "especie".

3)     Sobre las enfermedades: Mt. 8, 1-5 (leproso); Mt. 8, 6-13 (siervo del centurión);  Mt. 8, 14-17 (suegra de Pedro); Mt. 9, 1-7 (paralítico); Mt. 9, 20-22 (hemorroísa); Mt. 9, 27-31 (dos ciegos); Mt. 12, 9-13 (la mano seca); Mt. 20, 29-34 (dos ciegos); Mc. 7, 32-37 (sordomudo); Mc. 8, 22-26 (ciego de Betsaida); Lc. 13, 11-13 (encorvada); Lc. 14, 2-6 (hidrópico); Lc. 18, 35-43 (ciego de Jericó); Jn. 5, 10-18 (paralítico de Betsaida); Jn. 9, 1-34 (ciego de nacimiento); Lc. 17, 12-19 (10 leprosos); Jn. 4, 46-54 (hijo del noble de Cafarnaúm). En total 17 milagros.

4)     Sobre la muerte: Mt. 9, 18-19 y Mt. 9, 23-26 (hija de Jairo); Lc. 7, 12-15 (hija de la viuda de Naín); Jn. 11, 1-45 (Lázaro). En total 3 milagros.

 

El total de milagros tasados explícitamente es de 33. Hay otros muchos del estilo de "los sanó" (Mt. 4, 24: Su fama llegó a toda Siria; y le trajeron todos los que se encontraban mal con enfermedades y sufrimientos diversos, endemoniados, lunáticos y paralíticos, y los curó), "le trajeron todos los que estaban mal" (Mt. 14, 34: Al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos), "ponían los enfermos en las plazas" (Mc. 6, 56: Y dondequiera que entraba, en pueblos, ciudades o aldeas, colocaban a los enfermos en las plazas y le pedían que  tocaran siquiera la orla de su manto; y cuantos la tocaron quedaban salvados), "grandes multitudes se reunían para ser sanados" (Lc. 5, 15: Su fama se extendía cada vez más y una numerosa multitud afluía para oírle y ser curados de sus enfermedades), "la gente trataba de tocarle porque los sanaba a todos" (Lc. 6, 19: Toda la gente procuraba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos) y algunos más.

 

Conviene, también, que nos detengamos, aunque sea ligeramente, en la estructuración y el rol que cada evangelista da a los milagros dentro de su redacción.

 

Mateo

No comienza a relatar milagros hasta después de concluido el Sermón del monte. Es decir, primero, este evangelista, nos expone la "carta magna" de la predicación cristiana y sólo después comienza con los relatos milagrosos.

 

Como buen conocedor de la numerología, suele estructurar los relatos milagrosos en series de 3 (el 3 en la Biblia indica intensidad, énfasis; sobre todo cuando se repite tres veces una palabra o un gesto) y tras cada serie, o en su interior, hay una pregunta o controversia, generalmente con la casta religiosa de la época (escribas, fariseos, saduceos, sacerdotes, etc.) = los milagros generan rechazo, por envidia o miedo, en la clase dirigente. Es una constatación de la eclesiología contenida en el evangelio de Mateo.

 

Cuando la predicación va tocando a su fin y se acercan a Jerusalén, las series se reducen a milagros sueltos (sólo uno de ellos se realiza dentro de la ciudad) y las preguntas o controversias se extienden a sus propios discípulos. Ello implica un progreso en la institución eclesial y la traslación al discipulado del miedo. En total menciona 23 citas milagrosas:

v    Leproso (8, 1-4) - siervo del centurión (8, 15-13) - suegra de Pedro (8, 14-17) -> pregunta de un escriba.

v    Tempestad calmada (8, 23-27) - endemoniados gadarenos (8, 28-34) - paralítico (9, 1-8) - > acusación de blasfemia por los escribas.

v    Hija de Jairo + hemorroísa (9, 18-26) - dos ciegos (9, 27-31) - mudo (9, 32-34)  -> acusación de los fariseos.

v    Mano seca (12, 9-14 ) - muchos (12, 15-21) - ciego y mudo (12, 22-23) -> repetición de la acusación de los fariseos.

v    Alimentación de los 5.000 (14, 13-21) - anda sobre el mar ( 14, 22-33) - enfermos de Genesaret (14, 34-36) -> controversia con fariseos y escribas.

v    Mujer cananea (15, 21-29) - mucha gente (15, 30-31) - alimentación de los 4.000 (15, 32-39) -> fariseos y saduceos piden señales.

v    Hijo lunático (17, 14-21) -> pregunta de los que cobraban el didracma.

v    Ciegos de Jericó (20, 29-34) -> aparentemente no hay preguntas ni controversias, pero va precedido, inmediatamente, por la polémica entre los discípulos y la madre de los hijos de Zebedeo.

v    Algunos ciegos y cojos (21, 14) -> sumos sacerdotes y escribas se indignan (es el único milagro en Jerusalén).

v    Maldición de la higuera (21, 18-22) -> sumos sacerdotes y ancianos preguntan a Jesús sobre su autoridad.

 

Marcos

 

A diferencia de Mateo, Marcos hace aparecer sus relatos milagrosos al comienzo de su redacción. También utiliza series, pero no son constantes.

 

Pueden ser series de 4, 3, 2 ó 1 milagro.

 

El denominador común apreciado en las series marcanas está en su relación con el discipulado. Dentro de cada serie, o en sus aledaños, siempre existe una relación directa de Jesús con sus discípulos, ya sea instruyendo, enviando, llamando o recriminando. Los milagros parecen constituirse en uno de los pilares relacionales entre el ministerio de Jesús y sus seguidores. Ninguno de ellos se realiza en Jerusalén.

 

Marcos cita 22 acciones milagrosas:

v    Espíritu inmundo (1, 21-28) - suegra de Pedro (1, 29-31) - muchos (1, 32-34)  -> sus discípulos le buscan y Él contesta: "vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique".

v    Expulsión de demonios en Galilea (1, 38) - leproso (1, 40-45) - paralítico (2, 1-12) -> llamada a Mateo.

v    Mano paralizada (3, 1-6 ) - muchos (3, 10-12) -> institución de los doce.

v    Tempestad calmada (4, 35-41) - endemoniado geraseno (5, 1-20) - hija de Jairo y hemorroísa (5, 21-43) -> envío de dos en dos.

v    Alimentación de los 5.000 (6, 30-46) - anda sobre las aguas (6, 47-54) - muchos en Genesaret (6, 55-56) -> los discípulos rompen con las tradiciones farisaicas.

v    Mujer sirio fenicia (7, 24-31) - sordo (7, 32-37) - alimentación de los 4.000 (8, 1-12) -> advertencia sobre la levadura de los fariseos.

v    Ciego de Betsaida (8, 22-26) -> pregunta a los discípulos sobre su personalidad.

v    Hijo con espíritu inmundo (9, 17-27) -> pregunta de los discípulos sobre su incapacidad para expulsar el demonio.

v    Ciego Bartimeo (10, 46-52) -> envío de dos discípulos a recoger el pollino.

v    Maldición de la higuera (11, 11-14) -> exhortación sobre la fe en Dios.

 

Lucas

 

La redacción lucana nos aporta una relación milagrosa con un marcado acento teológico. Sus series no guardan uniformidad cuantitativa y comienzan, como en el caso de Marcos, con el propio ministerio predicatorio, nada más ser expulsado de Nazaret.

 

Su estructura no es relacional, sino marcadamente apologética. La significación de los milagros es resaltar la gloria de Dios y la llegada del Reino por mediación de Cristo. Constituyen una demostración mesiánica de Jesús-Cristo, por ello, el esquema seguido con Mateo y Marcos; y luego con Juan, no es válido para Lucas. La significación o aplicación de los milagros a la exaltación está implícita, o explícita, así como la reacción de las gentes de temor, asombro y glorificación,  en cada milagro o serie con frases como: "porque he sido enviado a anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios", "El poder del Señor le hacía obrar curaciones", "vuestro es el Reino de Dios", "Dios ha visitado a su pueblo", "se anuncia a los pobres la Buena Nueva", "cuenta lo que Dios ha hecho contigo"...

 

En total, cita 19 acciones milagrosas.

v    Espíritu inmundo (4, 31-36) - suegra de Pedro (4, 38-44) - pesca milagrosa (5, 1-11) - leproso (5, 12-14) - paralítico (5, 17-26)

v    Mano seca (6, 6-10) - muchos sanados (6, 17-19)

v    Siervo del centurión (7, 1-17)

v    Tempestad calmada (8, 22-26) - endemoniados gerasenos (8, 26-39) - hija de Jairo y hemorroísa (8, 40-56)

v    Alimentación de los 5.000 (9, 12-17)

v    Hijo endemoniado (9, 38-43)

v    Encorvada (13, 11-13)

v    Hidrópico (14, 2-6)

v    10 leprosos (17, 11-19)

v    Ciego de Jericó (18, 35-43)

v    Oreja del siervo del Sumo Sacerdote (22, 49-51)

 

Juan

 

Como es costumbre, el caso de Juan es singular.

 

La utilización de los signos o señales dentro de su evangelio es discursiva. El relato del signo es, para el evangelista, una "anécdota" que reafirma lo citado en el prólogo de su evangelio (el Verbo era Dios) y que sirve para que el Verbo ponga en práctica su capacidad para hacer y decir.

 

Es el que menos milagros recoge, sólo 7 (el número bíblico de la perfección) y siempre sirven para dar pie a una disertación de Cristo:

v    Boda de Caná (2, 1-11) -> da pie a la purificación del Templo.

v    Hijo del funcionario de Herodes (4, 46-54) - paralítico de Betesda (5, 1-9) - > genera el discurso sobre su autoridad.

v    Alimentación de los 5.000 (6, 1-15) - anda sobre las aguas (5, 18-20) -> produce el discurso del pan de vida.

v    Ciego de nacimiento (9, 1-7) -> discurso del Buen Pastor.

v    Reavivación de Lázaro (11, 1-45) -> anuncio de su muerte.

 

Desde mi perspectiva personal, afronto los milagros con los siguientes parámetros:

 

a)       Consideraciones generales sobre los milagros.

b)     Planteamientos subjetivos.

 

Consideracionesobjetivas

 

1).- Conceptualización general de un acontecimiento como de carácter milagroso.

 

Resulta indiscutible que la calificación de una acción como encuadrada dentro del concepto milagroso no es de aplicación lineal, ni en el tiempo, ni desde el punto de vista sociológico, ni desde el punto de vista histórico.

 

Para fijar el concepto, digamos que, objetivamente, entenderíamos por milagro cualquier acontecimiento que escapa de una explicación racional, una vez utilizadas las herramientas empíricas y científicas disponibles, siempre que se den dos condiciones inexcusables: la intervención de Dios (o de un personaje celeste) y la mediación de un mortal, aunque en ocasiones quede difuminada o superpuesta la figura de médium y beneficiario.

 

Quedaría fuera de este concepto todo fenómeno no explicable desde la racionalidad personal, no objetiva,  de cada observador, así como las prácticas curanderas, mágicas, extrasensoriales o paranormales.

 

A la vista del concepto, queda claro que la calificación no sería la misma a lo largo de la historia de la humanidad, ya que ésta lleva aparejada una evolución científica y social que iría aportando explicaciones racionales a situaciones que anteriormente no las tenían.

 

De igual forma, no existe el mismo concepto de milagro desde una sociedad evolucionada social y tecnológicamente, que desde otra situada en un estadio inferior. (1er y tercer mundo, por ejemplo).

 

Tampoco se contemplaría la misma definición desde dos sociedades con raíces y tradiciones culturales distintas (no sería calificado igual un acontecimiento por una sociedad occidental que desde una percepción oriental).

 

Vemos, por tanto, que tenemos un primer escollo de partida a la hora de encarar este tipo de acontecimientos: ni siquiera podemos disponer de una formulación estándar.

 

Sin embargo, para podernos situar ante las acciones que se nos van a presentar, aceptemos como definición objetiva la expuesta más arriba, aun con todas las salvedades mencionadas, y algunas más que podríamos relacionar.

 

2).- Historicidad global sobre los relatos milagrosos

 

Entiéndase bien que esta consideración se referirá a la historicidad de los relatos milagrosos en su conjunto, como procedentes del entorno de Jesús, no a cada relato específico, sino al bloque de acciones milagrosas recogidas en los cuatro evangelios canónicos. En otras palabras, Entenderemos como histórico, o con sustrato histórico, lo que los propios contemporáneos de Jesús entienden como acto milagroso o extraordinario.

Para centrarnos en este aspecto, hagamos una exposición breve sobre los criterios de historicidad aplicables, habitualmente, a los acontecimientos evangélicos:

-         Testimonio múltiple: Las cinco fuentes evangélicas (Marcos, Q, Mateo, Lucas y Juan) recogen relatos de milagros, en diversas situaciones, contextos y formas literarias, pero, además, fuentes no cristianas (Flavio Josefo) también apoyan la existencia de acciones, cuando menos, “singulares”, aunque no entren en detalle. Por lo tanto, este criterio, al global de los relatos milagrosos, sería de aplicación.

-         Dificultad: A priori, para los primeros seguidores cristianos y para la Iglesia primitiva que conformaron, que es la redactora de los evangelios, no parece que el reflejo de los relatos milagrosos pudiera suponerle ninguna dificultad, por lo tanto, este criterio no parece que fuese aplicable a estos acontecimientos.

-         Coherencia: Para el examen de este criterio haremos dos apartados:

·        Coherencia entre los propios hechos. Si examinamos la lista de milagros atribuidos a Cristo, extraeremos varias conclusiones que les son comunes: Las acciones que Jesús realiza nunca son en beneficio propio, no son hechas con objetivos proselitistas (normalmente siempre despide al beneficiario), ningún milagro es punitivo ni irrisorio para el beneficiario, salvo en el caso de la higuera seca,  y casi siempre solventan situaciones de penuria para el beneficiario.

·        Coherencia con el mensaje global del evangelio. Los pilares básicos del mensaje evangélico pasan por la proclamación de la buena noticia de que el Reino de Dios ha arribado a la tierra y que Dios interviene en la historia del hombre, asumiendo el Hijo la forma humana en su totalidad (salvo en el pecado). Desde este punto de partida, los milagros se ajustan a tal propósito, ya que, por su mediación, quienes carecen de esperanza o son objeto de exclusión a causa de deficiencias sociales o naturales, abandonan tal situación, por lo tanto, los hechos milagrosos guardan plena coherencia con el global del mensaje evangélico.

 

-         Discontinuidad: En el desarrollo de las acciones milagrosas que nos relatan los evangelios, podemos contemplar actitudes de Jesús contrarias a la tradición judía de la época. Para citar algunas: curaciones en sábado, tocar a los impuros (leprosos), tocar cadáveres, trasladarse al otro lado del Jordán, etc. Por lo tanto, el criterio de discontinuidad se vería cumplido en estos acontecimientos.

 

-         Ejecución: Si bien directamente, la realización de signos milagrosos no contribuye a la ejecución de Jesús de Nazaret, algunas de las consecuencias de estas realizaciones sí podrían contemplarse como parte de las razones para su ejecución. Entre ellas, la más importante estaría en el miedo generado a las autoridades religiosas judías la cantidad de gentes que seguían a Jesús, atraídos por su hacer milagroso, aunque ese no fuera el objetivo primario de Jesús. Además, los milagros son hechos en nombre del Padre (como demostración de la presencia del Reino), lo que suena a blasfémico ante dichas autoridades.

 

En resumen, vistos los criterios principales de historicidad, podemos contemplar que cuatro de ellos son aplicables al conjunto de la acción milagrosa, por lo tanto, desde esta constatación, me atrevo a afirmar que los relatos milagrosos tienen, al menos, un sustrato histórico que los fundamenta y soporta objetivamente.

 

Es decir, en el ministerio público de Jesús, se dan hechos y circunstancias imposibles de explicar con las herramientas de la racionalidad disponibles en la época y que sus congéneres, y el propio Jesús, interpretan como milagrosos (intervención de Dios en la historia concreta del hombre).

 

3).- Capacidad taumatúrgica de Jesús.

 

Además de los propios relatos milagrosos, hay otros detalles en el NT que nos hablan de la capacidad taumatúrgica de Jesús de Nazaret. El cuerpo epistolar nos muestra algunos de estos detalles y, dentro de los evangelios, los propios fariseos le reconocen tal poder al pedirle explicaciones respecto del origen del mismo.

 

Al margen de estas fuentes, el historiador judío, no cristiano, Flavio Josefo, en Antigüedades Judías, refleja esta capacidad de Jesús, por lo tanto no hay motivos para dudar de esta capacidad que, por otra parte, no era exclusiva de Jesús, sino que otros muchos personajes de la época realizaban acciones inexplicables desde la racionalidad de la época, y  ninguna de estas literaturas pone el acento en esta capacidad del Nazareno, sino en otros aspectos de su devenir personal, por lo que hemos de considerar que esta capacidad no era especialmente relevante, en sí misma, para la consideración del protagonista.

 

4).- Presencia del Reino en los milagros

 

En diversas ocasiones, Cristo nos cita que sus acciones están siempre orientadas a cumplir la voluntad del Padre que le envía. En la respuesta que la fuente Q da a los emisarios del Bautista, podemos contemplar la afirmación de que los ciegos ven, los cojos andan... como señales de la presencia del Reino de Dios.

 

La misión esencial de Cristo en la encarnación es precisamente esta: proclamar que el Reino de Dios ha llegado y que su realización plena reviste aspectos escatológicos e, incluso, apocalípticos, pero algunas de sus manifestaciones son sensibles en este momento. Es el caso de los milagros.

 

Hemos de tomarlos, precisamente como eso: signos visibles de la presencia real del Reino. Especialmente porque aportan esperanzas y visos de felicidad a quienes, siendo beneficiarios de ellos, carecían de ellas. De algún modo, todos los milagros constituyen una manifestación epifánica.

 

Consideraciones subjetivas

 

1).- Percepción esotérica o mágica del acontecimiento.

 

Las consecuencias extraídas de las consideraciones objetivas, me llevan a no plantearme ninguna duda acerca de la existencia real de los milagros, tanto como acontecimientos históricos, como bajo el aspecto de una práctica habitual de Jesús de Nazaret. En otras palabras: no dudo de su existencia.

 

A este respecto hay que hacer algunas precisiones, ya que los relatos incluidos en el Evangelio están rodeados de una aureola legendaria y teológica, por lo que, si realmente ocurrieron, están seriamente mediatizados por estos factores. Nos son pocos los autores que dudan de los milagros de reavivación y sobre la naturaleza, atribuyéndolos a reelaboraciones cristianas posteriores, acentuando la perspectiva teológica.

 

Que la realidad de cada hecho relatado en los evangelios, de forma pormenorizada, se ajuste exactamente a lo acontecido en la realidad es otro asunto bien distinto.

 

Como apoyo a esta tesis, y en el apartado de los milagros, podemos dirigirnos, a modo de ejemplo para la no-interpretación literal de los signos mostrados, a dos acontecimientos atribuidos a Jesús.

 

Por un lado, nos encontraríamos con la repetición de milagros, utilizados por los evangelistas en la construcción de los evangelios según sus propios diseños o ideologías.

 

Así, por ejemplo, veremos cómo Mateo utiliza un mismo acontecimiento en dos partes diferentes de su texto, cambiando algunas frases o palabras

 

Mt. 9, 27-31

27 Pasando Jesús de allí, le siguieron dos ciegos, dando voces y diciendo: ¡Ten misericordia de nosotros, Hijo de David! 28 Y llegado a la casa, vinieron a él los ciegos; y Jesús les dijo: ¿Creéis que puedo hacer esto? Ellos dijeron: Sí, Señor. 29 Entonces les tocó los ojos, diciendo: Conforme a vuestra fe os sea hecho. 30 Y los ojos de ellos fueron abiertos. Y Jesús les encargó rigurosamente, diciendo: Mirad que nadie lo sepa. 31 Pero salidos ellos, divulgaron la fama de él por toda aquella tierra

Mt. 12, 22-23

22 Entonces fue traído a él un endemoniado, ciego y mudo; y le sanó, de tal manera que el ciego y mudo veía y hablaba. 23 Y toda la gente estaba atónita, y decía: ¿Será éste aquel Hijo de David?

 

 

Otra situación paradigmática en este sentido, se nos ofrece con la curación del siervo del centurión de Mt. 8, 5-13 y Lc. 7, 1-10, mientras que Juan nos presenta, en Jn. 4, 46-54, al centurión convertido en oficial del rey.

 

Entre las redacciones de Mateo y Lucas, aun procediendo de la misma fuente (fuente Q), ya hay bastantes diferencias, atribuibles, bien a la intencionalidad del redactor, bien a las evoluciones de las tradiciones que les llegan a cada uno de ellos, etc. Pero, si cambiamos de fuente (de Q a las propias de Juan), la modificación es sustancial, hasta el punto de parecer que se nos presentan dos señales diferentes, cuando en realidad estamos ante el mismo acontecimiento.

 

Tal y como nos son relatados en los evangelios, las acciones de Jesús, literalmente, recogen acciones manipuladoras de la realidad natural, que, por lo tanto, caerían bajo un aspecto esotérico y mágico.

 

Cuando nos enfrentamos ante un acontecimiento milagroso, desde el punto de vista histórico, tenemos una limitación, hoy por hoy, insalvable: Nos es imposible conocer, a ciencia cierta, el desarrollo exacto del proceso (qué, cuando y cómo se desenvolvieron los hechos).

 

Tampoco es posible conocer el estatus anterior del objeto o sujeto beneficiario del milagro antes de su realización (no podemos saber si el leproso sanado, realmente padecía dicha enfermedad o su patología consistía en una enfermedad cutánea leve; es imposible saber la forma en que la muchedumbre del monte fue abastecida de comida desde los cinco panes y dos peces, ya fuera por una acción de compartir de lo que disponía, por la recolección de fondos entre los asistentes o cualquier otro aspecto; en la expulsión de un demonio, desconocemos si el poseso, realmente era tal o padecía una afección psicótica o epiléptica...)

 

En otras palabras, desconocemos si las curaciones reflejadas en el Evangelio obedecen a acciones extraordinarias del “dedo” o “mano” de Dios o, si, por el contrario, como sostienen algunos autores, se deben a sugestiones o autosugestiones, procesos hipnóticos, interpretaciones religiosas de procesos naturales o simples coincidencias aprovechadas por los redactores evangélicos para apologizar la mesianidad y poder de Jesús

 

Desde mi percepción de Dios, como ente amoroso y misericordioso, aunque poderoso, pero escrupulosamente respetuoso hacia la libertad humana, me resulta muy difícil asimilar una acción mágica de Jesús, manipuladora de la realidad existencial de quien tiene enfrente, que altere el curso de las leyes naturales emanadas de Él mismo, aunque le fuese solicitado. Este comportamiento caprichoso de Jesús se me antoja inapropiado e inconexo con la trayectoria general del Nazareno. A quien vemos, reiteradamente, exponiendo y nunca imponiendo, su doctrina, permitiendo la defección de sus discípulos, rechazando las tentaciones que reiteradamente se le presentan para liberarse de la negatividad del desarrollo de su ministerio; y asumiendo, plenamente, su realidad humana hasta la muerte.

 

Cierto es que los procedimientos utilizados por Jesús, en algunos casos, se asemejan a lo considerado mágico. Ya que:

        i.            Se presenta como agente divino con poder sobre espíritus, cosas y elementos naturales

      ii.            Utiliza fórmulas o palabras concretas

    iii.            Realiza súplicas y oraciones

    iv.            Pone en práctica una panoplia de gestos simbólicos (rituales)

      v.            Pronuncia maldiciones (especialmente en los exorcismos)

 

Sin embargo, también hay elementos que distinguen esencialmente sus procedimientos de los rituales mágicos o esotéricos:

        i.            No pronuncia sortilegios o estimula cultos específicos diferentes de la alabanza a Dios Padre; ni siquiera sobre su persona, sino todo lo contrario

      ii.            No busca proselitismo con sus milagros, sino que los utiliza para establecer fuertes polémicas con las castas religiosas

    iii.            No están dirigidos a una clase específica o clientela, sino que abarcan desde la marginación hasta personajes de la corte o principales del culto tradicional

    iv.            En ningún caso obtiene beneficio personal de sus acciones, sino todo lo contrario

      v.            La idea subyacente en todos ellos es la puesta en práctica del bien, como signo inequívoco de la presencia real, aunque parcial,  del Reino

    vi.            Sus formulaciones no son indirectas, sino que las dirige siempre al enfermo

  vii.            Si bien, como hemos citado, utiliza rituales, éstos son simples y directos y, en el caso de utilizar agentes externos (barro, saliva, etc.) éstos son inmediatos a la acción

viii.            Apoya la beneficencia de la fe del enfermo en Él, como enviado de Dios

    ix.            Su fuerza no se la atribuye a sí mismo, sino que siempre la manifiesta como facilitada por el Padre o el Espíritu

 

En resumen, los milagros de Cristo obedecen a un plan divino por el que nos muestra realidades tangibles de la presencia del Reino, trascendiendo el concepto de señales para obtener prosélitos o beneficios personales.

 

2).- Atribución de capacidad interventora de Dios en la historia humana

 

Que Dios interviene en la historia del hombre, tanto en el ámbito colectivo como personal, es algo que forma parte de nuestra creencia y sobre la que se fundamenta nuestra fe en la encarnación.

 

Que esta intervención se realice de forma ajena al marco de juego preestablecido es algo diferente.

 

Dios, efectivamente, interviene en la historia del hombre, pero lo hace desde la propia historia. Desde el ejercicio de su misericordia, pero asumiendo la realidad humana, nunca alterando, contra la naturaleza y la voluntad humana, esa historia.

 

Que algo no pueda ser explicado con las herramientas de que dispone la racionalidad no significa que tal hecho sea atribuible a la intervención de Dios en el acontecimiento, sino simplemente a que no puede ser explicado en un determinado momento.

 

Atribuir a Dios esa capacidad interventora nos llevaría al absurdo de un Dios caprichoso, sin reglas y generador del mal, por consentidor de él: Si Dios puede intervenir para beneficiar a quien padece, carecería de explicación el sufrimiento de la humanidad por razones y acciones naturales (enfermedad, cataclismos, etc.). De ahí a cuestionar a Dios por qué permite la muerte sólo hay un paso. Con lo cual el absurdo revestiría tintes esperpénticos.

 

3).- Experiencia de Dios en los acontecimientos milagrosos

 

Que buena parte del Evangelio está compuesta por textos narrativos, es algo de uso común, sin que ello anule el componente histórico de ciertos hechos relatados.

 

Desde este punto de partida, los milagros que se nos muestran, y ya no sólo en el NT, sino también en los acontecimientos numerosos carentes de explicación del AT, nos muestran la experiencia de Dios de quienes perciben el hecho.

 

Es la puesta en escena de su propia experiencia de Dios ante un hecho que traspasa sus posibilidades racionales de explicación.

 

Algo sucede y quien lo observa, sin poderlo explicar desde la racionalidad, extrae una conclusión que afecta a su posicionamiento ante la otra realidad trascendente: la presencia de Dios en la historia.

 

Esta consideración siempre es y será subjetiva, ya que imbrica directamente la percepción que cada uno hace de la presencia divina a nuestro lado.

 

Es la experiencia de Dios, no ya de fe, que cada uno tenga, la que marcará la pauta para estimar la existencia de la intervención divina en cada acontecer concreto.

 

En otras palabras, lo que para mí puede ser una manifestación de la intervención divina en la historia particular de un individuo (en mi propia historia) o en la de un grupo humano, susceptible de modificar el devenir previsiblemente objetivo, para otro espectador puede ser fruto de la casualidad, la suerte o, incluso, demostrativo de la capacidad humana.

Parte II: la enfermedad

 

Una vez sentado el posicionamiento sobre los hechos milagrosos, volvemos al tema que encabeza este capítulo: La situación de enfermedad dentro del Evangelio.

 

Como hemos visto por la relación de milagros, Cristo realiza 17 sanaciones  de enfermedades, además de las menciones genéricas de curación, todas ellas procedentes de patologías, digamos, biológicas.

 

Cuestión aparte son los exorcismos, ya que la cultura hebrea atribuye posesión diabólica, o por espíritus inmundos, a cualquier patología no encuadrada en el catálogo de etiologías conocido en ese momento histórico.

 

Un ejemplo significativo lo encontraremos en la expulsión del espíritu inmundo relatada en Mc. 9, 17-27, donde, a la luz de los conocimientos actuales, podríamos deducir que la patología descrita corresponde a una epilepsia.

 

Por lo tanto, si sumamos los 6 exorcismos a las 17 curaciones "convencionales", nos encontraremos con que la intervención de Cristo sobre pacientes concretos asciende a 23.

 

No puede ser casual que tantos relatos de curaciones vengan reflejados en unos textos como los que estamos contemplando.

 

Siendo la aproximación del Reino de Dios a la tierra una de las tareas básicas de las que es portador Jesús de Nazaret, su manifestación visible es la aportación de esperanza que le es inherente, en contrapunto a la limitación y finitud del hombre.

 

Así lo podemos contemplar en la respuesta de Cristo a los mensajeros del Bautista en los textos procedentes de la fuente Q, incluidos en Mt. 11, 1-19 y Lc. 7, 18-35 (Respondiendo Jesús, les dijo: id., y haced saber a Juan las cosas que oís y veis. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio), si bien, esta frase tiene fuertes anclajes en el Antiguo Testamento, especialmente en el libro de Isaías (35, 5-6 5 Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, y las orejas de los sordos se abrirán. 6 Entonces saltará el cojo como ciervo, y la lengua del mudo lanzará gritos de júbilo. Pues serán alumbradas en el desierto aguas, y torrentes en la estepa] y 61, 1 [El espíritu del Señor Yahvé está sobre mí, por cuanto que me ha ungido Yahvé. A anunciar la buena nueva a los pobres me ha enviado, a vendar los corazones rotos; a pregonar a los cautivos la liberación, y a los reclusos la libertad]).

 

Ello nos conduce a una conclusión ineludible: la situación de enfermedad no es anecdótica dentro del Evangelio, sino que se conforma como uno de los pilares fundamentales para la definición del hombre desde el ministerio de Cristo.

 

Él contempla al hombre en su miseria y lo asume en su debilidad, mostrando una sensibilidad especial y concreta hacia su sufrimiento por la enfermedad, pero no se conforma con la lamentación, sino que le aporta la esperanza del Reino para la superación de la negatividad presente, dando además, a su actividad taumatúrgica, una simbología no carente de importancia.

 

Algunos detalles de esta simbología podemos observarlos en que:

§        la mayoría de ellos se realizan en lo que sería la “periferia” de Israel (Galilea, Decápolis, región de Tiro y Sidón, etc.),

§        su actividad se realiza, generalmente al atardecer (cuando el día cae) y muchas de sus acciones son en sábado, con objeto de reivindicar la preeminencia del hombre sobre la ley,

§        la mayor parte de sus sanaciones son sobre órganos de los sentidos (ciegos, sordos, mudos) haciendo a los beneficiarios testigos de su propio mensaje,

§        las sanaciones sobre paralíticos implican vivacidad del mensaje y movimiento, en contraposición a la ley anquilosada,

§        los exorcismos simbolizan la victoria sobre el mal que atenaza al hombre, significando en los espíritus poseedores, los demonios del pecado que inmovilizan el camino del alma hacia Dios,

§        las reavivaciones, como nos señala Juan en su texto, lo son para manifestación de la gloria de Dios sobre el mayor de los males del hombres: la muerte,

§        la limpieza de leprosos, en los que vemos a Jesús tocándolos y aproximándose a ellos significa la ruptura con el prejuicio conceptual y la limpieza exterior, por encima de la interior,

§        como hemos citado antes, su actividad abarca todo tipo de gentes y categorías, por lo tanto, simboliza la universalidad del mensaje, en contraposición a la exclusividad de la norma judía y como ruptura de la marginación generada por ella inherente al propio sistema (marginados eran los enfermos de cualquier tipo, paganos alejados de la salvación y días concretos en los que el bien no puede ser realizado porque la norma impide cualquier actuación.

 

El Síndrome de Tourette en el Evangelio

 

Si tenemos en cuenta que el Síndrome de Gilles de la Tourette, como hemos visto en el Capítulo I de este trabajo, fue identificado como tal sólo a partir de las experiencias del Dr. que le da nombre en el siglo XIX, resulta obvio que esta patología, era desconocida en los tiempos de Jesús.

 

Sin embargo, desde mi perspectiva, siempre he mantenido que el episodio de los endemoniados Gerasenos, o Gaderenos (según la versión de La Biblia que se consulte) relatado en Marcos 5, 1-20, se corresponde con la sanación de un afectado de Tourette.

 

Mt. 8, 28-34                 Mc. 5.1-20                    Lc. 8.26-39

 

28 Cuando llegó a la otra orilla, a la tierra de los gadarenos, vinieron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros, feroces en gran manera, tanto que nadie podía pasar por aquel camino.

1 Vinieron al otro lado del mar, a la región de los gadarenos. 2 Y cuando salió él de la barca, en seguida vino a su encuentro, de los sepulcros, un hombre con un espíritu inmundo, 3 que tenía su morada en los sepulcros, y nadie podía atarle, ni aun con cadenas. 4 Porque muchas veces había sido atado con grillos y cadenas, mas las cadenas habían sido hechas pedazos por él, y desmenuzados los grillos; y nadie le podía dominar. 5 Y siempre, de día y de noche, andaba dando voces en los montes y en los sepulcros, e hiriéndose con piedras.

26 Y arribaron a la tierra de los gadarenos, que está en la ribera opuesta a Galilea. 27 Al llegar él a tierra, vino a su encuentro un hombre de la ciudad, endemoniado desde hacía mucho tiempo; y no vestía ropa, ni moraba en casa, sino en los sepulcros.

29 Y clamaron diciendo: ¿Qué tienes con nosotros, Jesús, Hijo de Dios? ¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo?

6 Cuando vio, pues, a Jesús de lejos, corrió, y se arrodilló ante él. 7 Y clamando a gran voz, dijo: ¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes.

28 Este, al ver a Jesús, lanzó un gran grito, y postrándose a sus pies exclamó a gran voz: ¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te ruego que no me atormentes.

 

8 Porque le decía: Sal de este hombre, espíritu inmundo. 9 Y le preguntó: ¿Cómo te llamas? Y respondió diciendo: Legión me llamo; porque somos muchos.

31 Y le rogaban que no los mandase ir al abismo.

 

10 Y le rogaba mucho que no los enviase fuera de aquella región.

32 Había allí un hato de muchos cerdos que pacían en el monte; y le rogaron que los dejase entrar en ellos; y les dio permiso. 33 Y los demonios, salidos del hombre, entraron en los cerdos; y el hato se precipitó por un despeñadero al lago, y se ahogó.

 30 Estaba paciendo lejos de ellos un hato de muchos cerdos. 31 Y los demonios le rogaron diciendo: Si nos echas fuera, permítenos ir a aquel hato de cerdos. 32 El les dijo: Id. Y ellos salieron, y se fueron a aquel hato de cerdos; y he aquí, todo el hato de cerdos se precipitó en el mar por un despeñadero, y perecieron en las aguas

11 Estaba allí cerca del monte un gran hato de cerdos paciendo. 12 Y le rogaron todos los demonios, diciendo: Envíanos a los cerdos para que entremos en ellos. 13 Y luego Jesús les dio permiso. Y saliendo aquellos espíritus inmundos, entraron en los cerdos, los cuales eran como dos mil; y el hato se precipitó en el mar por un despeñadero, y en el mar se ahogaron.

34 Y los que apacentaban los cerdos, cuando vieron lo que había acontecido, huyeron, y yendo dieron aviso en la ciudad y por los campos.

33 Y los que los apacentaban huyeron, y viniendo a la ciudad, contaron todas las cosas, y lo que había pasado con los endemoniados.

14 Y los que apacentaban los cerdos huyeron, y dieron aviso en la ciudad y en los campos. Y salieron a ver qué era aquello que había sucedido.

35 Y salieron a ver lo que había sucedido; y vinieron a Jesús, y hallaron al hombre de quien habían salido los demonios, sentado a los pies de Jesús, vestido, y en su cabal juicio; y tuvieron miedo. 36 Y los que lo habían visto, les contaron cómo había sido salvado el endemoniado.

 

15 Vienen a Jesús, y ven al que había sido atormentado del demonio, y que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio cabal; y tuvieron miedo. 16 Y les contaron los que lo habían visto, cómo le había acontecido al que había tenido el demonio, y lo de los cerdos.

 

37 Entonces toda la multitud de la región alrededor de los gadarenos le rogó que se marchase de ellos, pues tenían gran temor. Y Jesús, entrando en la barca, se volvió

34 Y toda la ciudad salió al encuentro de Jesús; y cuando le vieron, le rogaron que se fuera de sus contornos.

 

17 Y comenzaron a rogarle que se fuera de sus contornos. 18 Al entrar él en la barca, el que había estado endemoniado le rogaba que le dejase estar con él. 19 Mas Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti. 20 Y se fue, y comenzó a publicar en Decápolis cuán grandes cosas había hecho Jesús con él; y todos se maravillaban.

38 Y el hombre de quien habían salido los demonios le rogaba que le dejase estar con él; pero Jesús le despidió, diciendo: 39 Vuélvete a tu casa, y cuenta cuán grandes cosas ha hecho Dios contigo. Y él se fue, publicando por toda la ciudad cuán grandes cosas había hecho Jesús con él.

 

A primera vista, podríamos decir que el origen estaría en la tradición marcana, como suele ser habitual cuando los sinópticos coinciden en un relato.

 

Sin embargo, en este caso, hay fundadas sospechas de que nos encontremos ante dos tradiciones confluyentes, pero diferentes.

 

Por un lado estaría la tradición marcana, que genera su propio texto y el de Lucas, ya que ambos son coincidentes en texto y estructura, aunque se distinguen diversos aportes del evangelista que inducen a una cristología inmanente (Mc. 5, 7; Lc. 8, 28 y Lc. 8, 38).

 

Por otro lado estaría la tradición mateana, a través de las fuentes propias de este evangelista, ya que las diferencias entre su texto y el de Marcos (y Lucas) son básicas y elementales:

1)     Para Mateo son dos los endemoniados que se acercan a Jesús, mientras que Marcos y Lucas sólo relatan uno.

2)     Omite absolutamente las circunstancias personales de los endemoniados.

3)     En su ver. 29, introduce una temporalidad que está ausente del resto de los sinópticos.

4)     También omite completamente el diálogo primigenio de Jesús con el espíritu.

5)     De este evangelista está ausente la constatación de la liberación del poseso por sus conciudadanos.

6)     Tampoco recoge la intencionalidad del liberado de seguir a Jesús y el rechazo de éste.

 

Tantas diferencias hacen pensar que los orígenes de los textos son diferentes, aunque el hecho recogido sea el mismo, con lo cual, estaríamos ante una manifestación de testimonio múltiple que nos acercaría a la historicidad del relato, sin entrar en consideraciones sobre el acontecimiento real.

 

Como ya hemos mencionado anteriormente, para la cultura hebrea de la época, cualquier patología no incluida en su particular "vademécum" era considerada como posesión diabólica y tratada como un exorcismo.

 

Esta es, en mi opinión, la situación que se nos presenta en la narración citada: la de un enfermo con manifestaciones psíquicas que, al no responder a los parámetros habituales de enfermedades conocidas, es considerado como un poseso y tratado como tal, tanto por sus congéneres y vecinos, como por el sanador que va a solventar su problema (en este caso, Cristo).

 

Para evitar confusiones y desviaciones, nos fijaremos exclusivamente en el texto de Marcos, obviando los de los otros dos evangelistas.

 

En orden a la historicidad del relato, como ya hemos visto, tendríamos el "testimonio múltiple" de fuentes, al contar con las de Marcos (y Lucas que lo toma de él)  y las propias de Mateo.

 

Que Jesús aunaba en su persona, además de las dotes de maestro, predicador moral, profeta escatológico y taumaturgo, las de exorcista, es algo en lo que coinciden todos los expertos historiadores de la figura de Jesús de Nazaret. Fundamentalmente, esta coincidencia, se basa en la cantidad de testimonios múltiples, dentro y fuera de los textos evangélicos y cristianos, que señalan tal característica.

 

Que, a su vez, los exorcistas eran algo "común" en aquella época, también forma parte de la historia cultural y sociológica del pueblo de Israel, así como que la facultad de expulsar demonios, no era una prerrogativa de Jesús en ese instante.

 

Podemos contemplar esta capacidad en otras personas de su tiempo en Mt. 12, 27 (Y si yo expulso los demonios por Belcebú, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros  jueces) y su correspondencia en Lc. 11, 17; Hc. 19, 11-17 (11   Dios obraba por medio de Pablo milagros no comunes, 12 de forma que bastaba aplicar a los enfermos los pañuelos o mandiles que había usado y se alejaban de ellos las  enfermedades y salían los espíritus malos. 13 Algunos exorcistas judíos ambulantes intentaron también invocar el nombre del Señor Jesús sobre los que tenían  espíritus malos, y decían: «Os conjuro por Jesús a quien predica Pablo.» 14 Eran siete hijos de un tal Esceva, sumo sacerdote judío, los que hacían esto. 15 Pero el espíritu malo les respondió: «A Jesús le conozco y sé quién es Pablo; pero vosotros, ¿quiénes sois?» 16 Y arrojándose sobre ellos el hombre poseído del mal espíritu, dominó a unos y otros y pudo con ellos de forma que tuvieron que huir de aquella casa desnudos y cubiertos de heridas. 17 Llegaron a enterarse de esto todos los habitantes de Éfeso, tanto judíos como griegos. El temor se apoderó de todos ellos y fue glorificado el nombre del Señor Jesús.) y Mc. 9, 38-40 (38  Juan le dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no viene con nosotros y tratamos de impedírselo porque no venía con nosotros.» 39 Pero Jesús dijo: «No se lo impidáis, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea  capaz de hablar mal de mí. 40 Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros.»).

 

Por lo tanto, no cabe duda de la historicidad, que sus contemporáneos le reconocían, acerca de la capacidad exorcizadora de Jesús de Nazaret.

 

El hecho de que el acontecimiento relatado se realice fuera de los límites del Israel centralizado (en la Decápolis), nos aproxima al criterio de discontinuidad, mientras que el desarrollo del milagro y su finalización, nos acerca al criterio de coherencia (el hecho no es beneficio propio, sino del presunto poseso, y, a su vez, a pesar de la intención de éste una vez liberado, de continuar con Jesús, es despedido por Él para que vuelva a su casa).

 

Por lo tanto, no parecen existir dudas acerca de que algo, presentado como exorcismo por los evangelistas, sucedió en la Decápolis que, además, generó la petición de sus habitantes a Jesús de que saliera de sus tierras por miedo a su poder.

 

En orden a la asimilación del enfermo al Síndrome de Gilles de la Tourette, fijémonos en lo que nos cuenta el texto de Marcos sobre la sintomatología presentada y el entorno social que acompaña al hecho:

 

             I.      tenía su morada en los sepulcros, y nadie podía atarle, ni aun con cadenas

         II.      porque muchas veces había sido atado con grillos y cadenas, mas las cadenas habían sido hechas pedazos por él, y desmenuzados los grillos; y nadie le podía dominar

      III.      siempre, de día y de noche, andaba dando voces en los montes y en los sepulcros, e hiriéndose con piedras

      IV.      clamando a gran voz, dijo: ¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes

          V.      Legión me llamo; porque somos muchos

      VI.      los que apacentaban los cerdos huyeron

   VII.      ven al que había sido atormentado del demonio, y que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio cabal; y tuvieron miedo

 

 

Comparemos ahora esta descripción de síntomas con el conjunto de tics, trastornos asociados y consecuencias sociales para los afectados relacionados en el capítulo 1 de este trabajo.

 

- ... y nadie podía atarle, ni aun con cadenas... porque muchas veces había sido atado con grillos y cadenas, mas las cadenas habían sido hechas pedazos por él, y desmenuzados los grillos; y nadie le podía dominar

 

Quien convive, o ha convivido, con un afectado por Tourette, cuando la afección del Síndrome se corresponde con la categoría denominada "plus", sabe que en el desarrollo de las crisis de rabia o agitación, los pacientes ponen de manifiesto una fuerza inusitada que carece de relación con las posibilidades estándar de la complexión física del individuo.

 

La inmovilización mecánica del afectado en determinados momentos se hace imposible si en ella no intervienen dos o más personas y, particularmente he presenciado cómo los medios de inmovilización utilizados en los hospitales (cintas y arneses de sujeción) eran destrozados en los momentos álgidos de estas crisis.

 

Esta circunstancia, por sí misma, no nos identifica al poseso como afectado de Tourette, puesto que desempeños similares también los desarrollan otras patologías psiquiátricas, pero sí nos sirve para introducir la hipótesis que estamos manejando.

 

- siempre, de día y de noche, andaba dando voces en los montes y en los sepulcros, e hiriéndose con piedras

 

En esta parcelación podemos observar tres posibilidades de afección de Tourette:

1).- El "siempre, de día y de noche", nos acerca a los trastornos del sueño identificados por los facultativos como uno de los "trastornos asociados", mediante el cual, algunos afectados, se despiertan frecuentemente, hablan dormidos e incluso padecen episodios de sonambulismo.

2).- La frase "andaba dando voces..." nos lleva a lo recogido por el Dr. Fernando Ferreira - Residencia de Medicina de Familia -Hospital Regional Enrique Vera Barros.(Rioja, Argentina) en su trabajo sobre El Síndrome de Gilles de la Tourette.

 

"Dentro de los aspectos psicológicos a tener en cuenta son:

 

La Angustia: Este es un Trastorno de la conducta, consecutivo a una situación existencial dramática. La angustia es producida por un suceso traumatizante que emerge del individuo, el cual, incapaz de afrontarlo, reacciona, según su temperamento, con gritos o sollozos, con el desgaste o el suicidio"

 

 En la misma línea, dentro de la relación de tics fónicos simples nos encontramos con el chillar, gruñir, gritar, etc., descritos también por el Dr. Gilles de la Tourette respecto de la Marquesa de Dampierre.

 

3).- Por  último, "hiriéndose con piedras" es identificable con dos aspectos de los afectados por Tourette:

-         Como una manifestación de los tics motores complejos

-         Como una consecuencia de los Trastornos de Conducta y Comportamiento o Trastorno de Déficit de Control de Impulsos

 

Al igual que en el caso de las cadenas y grilletes, quienes hemos presenciado y convivido con las crisis de agitación de nuestros afectados, podemos atestiguar que la autolesión es el componente fundamental en el desarrollo de las mismas.

 

En ocasiones, incluso, el paciente llega a autolesionarse tan gravemente, al golpearse contra paredes, pavimentos o simples piedras de la calle, que precisa atención traumatológica específica.

 

- clamando a gran voz, dijo: ¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes

 

Esta parcelación, a priori, puede parecer carente de interés para nuestra argumentación, ya que contendría componentes teológicos sin relación con la misma.

 

Sin embargo, deteniéndonos un poco más sobre ella, podemos descubrir la reacción de un afectado de Tourette que, al mismo tiempo, desarrolla un trastorno asociado de Déficit de Control de Impulsos o Trastornos de Conducta y Comportamiento.

 

También quienes hemos presenciado las reacciones de los afectados ante los intentos de apoyo y ayuda en sus momentos de crisis, hemos comprobado como los pacientes reaccionan con agresividad, violencia y rechazo hacia quienes pretendemos ayudarles a superarlas, mezclando las frases despectivas con los insultos personales y los conatos de agresión.

 

Como es nuestra costumbre ajustarnos a lo que el texto bíblico nos dice, no introduciremos especulaciones sobre lo que realmente pudo decirle el poseso a Jesús cuando intentó sanarle, pero no es muy difícil imaginar la sarta de insultos y agresiones verbales que podría encadenar.

 

- Legión me llamo; porque somos muchos

 

En esta pequeña frase podemos encontrar la comorbilidad que aparece en muchos de nuestros afectados que, además de los tics propios del Síndrome, acarrean multitud de manifestaciones psiquiátricas en los denominados "Trastornos Asociados" que hemos relacionado en el capítulo 1 de este trabajo.

 

Efectivamente, un afectado de ST Plus, ha de padecer, no sólo las incomodidades de los tics motores, verbales o fónicos, sino que, además, se ve acuciado por otras manifestaciones touréticas más invalidantes aún que podemos encontrar en la relación citada  anteriormente. Luego el calificativo de "legión, porque somos muchos" del Evangelio es de plena aplicación para un afectado de estas características.

 

- tenía su morada en los sepulcros...

 

Entramos en la parcela que podríamos identificar como de "aspectos sociales", nucleados alrededor del episodio que se nos cuenta.

 

Dentro de este apartado, la mención del evangelista (en este caso coincidente en los tres textos sinópticos), tiene un significado singular y determinante.

 

Esta afirmación no nos sitúa ante un personaje extrañado, exiliado o retirado, en cuyo caso se nos mostraría un hábitat correspondiente al desierto o simplemente a lugares solitarios, sino que se nos presenta el caso de un individuo rechazado que se ve obligado a habitar en las afueras de la ciudad, en el lugar más inmundo para la cultura hebrea: entre los sepulcros, entre la muerte.

 

El excluido, el marginado evangélico, es un auténtico muerto en vida que, además, posee todas sus facultades intelectuales conservadas, como se desprendería de los diálogos sostenidos entre él y Jesús en la continuación del texto, pero es que, además de expulsado de la vida social, es un  perseguido, como se deduciría de haber sido atado con grillos y cadenas repetidamente.

 

Obviamente, actualmente, nuestros afectados no viven entre los sepulcros. Ni siquiera se les envía a guetos aislados, pero se les obliga a llevar una vida de aislamiento y marginación de la vida social que no difiere demasiado del aislamiento del sanado en el Evangelio.

 

-         los que apacentaban los cerdos huyeron

-         ven al que había sido atormentado del demonio, y que había tenido la legión, sentado, vestido y en su juicio cabal; y tuvieron miedo

 

Otro tanto sucede con estas dos observaciones evangélicas, respecto del marco relacional de nuestros afectados por el Tourette en los tiempos presentes.

 

Como en los párrafos anteriores, hemos de echar mano de nuestras experiencias personales de convivencia con el Síndrome, y ellas nos reafirman en el contenido del texto evangélico respecto de las reacciones de "la gente" ante las manifestaciones touréticas más virulentas.

 

¿Cuántas veces habremos constatado que "la gente" huye literalmente del entorno de nuestros afectados cuando presencian algún episodio de crisis de agitación?.

 

¿Cuántas veces habremos escuchado el comentario respecto del miedo que acomete a quienes le acompañaban hasta el momento de la aparición de alguno de estos episodios?.

 

Hemos de conceder que la extravagancia de algunas manifestaciones, la violencia y agresividad de ciertos episodios críticos y el comportamiento, ciertamente asocial, impelido por los trastornos asociados componen un cuadro de características personales que contribuyen a la aparición de estos miedos. Es comprensible, por tanto,  la marginación del poseso evangélico y el espanto entre sus vecinos, aun después de su sanación, al igual que también son comprensibles los miedos, fundamentalmente generados por el desconocimiento, que acuden a quienes rodean a un afectado y que se ven en la necesidad de escapar de su lado, aun después de pasada la crisis.

 

No debe asustarnos el paralelismo que intentamos aquí entre el poseso evangélico y los afectados por el ST, ya que esta consideración no sería privativa de épocas tan remotas como la que nos refiere el Evangelio.

 

En la historia real del adolescente estadounidense acaecida en 1949 y que dio origen a la novela  "El Exorcista", de William Peter Blatty que, a su vez, sirvió de apoyo y guión para la película del mismo título, aunque protagonizada por una niña, determinados especialistas sostuvieron que las manifestaciones observadas en el paciente provenían de crisis agudas producidas por el Síndrome de Tourette.

 

La Iglesia Católica, para la calificación de posesión diabólica, especifica al síndrome como una de las principales patologías a descartar  antes de acometer el posible exorcismo.

 

Psicólogos como Barry Beyerstein, de la Universidad Simón Frasier en la Columbia Británica de Canadá, indican que las conductas que se suelen describir asociadas a fenómenos de posesión diabólica son normalmente reconocibles como trastornos psiquiátricos y, por tanto, tratables, como el Síndrome de Tourette.

 

En palabras del propio Dr. Gilles de la Tourette al describir la sintomatología de la Marquesa de Dampierre, nos dice: ".... cambiaba bruscamente su comportamiento cívico; Delante de los invitados y la servidumbre comenzaba a ladrar como un perro, a maullar, a insultar a sus contertulios o decir obscenidades. La noble dama parecía poseída por el diablo....".

 

Por lo tanto, cualquier lector puede, o no, estar de acuerdo con la hipótesis planteada de que el exorcismo practicado por Cristo al endemoniado geraseno, realmente podría tratarse de la sanación de un afectado por el ST, pero no cabe duda de que, a los ojos del hombre de la calle, algunas de las manifestaciones touréticas inducen a pensar en una posesión diabólica.


Capítulo III

 

Afrontamiento del Síndrome desde las enseñanzas de Cristo (cristología sobre la enfermedad y la exclusión social)

 

Este tercer capítulo lo dedicaremos, de lleno, al afrontamiento del Síndrome desde el Evangelio, haciéndolo a partir de tres parámetros de observación:

 

-         Desde la situación de enfermedad

-         Desde la perspectiva de la marginación social que acucia al afectado

-         La búsqueda de referentes evangélicos como imagen para nuestro propio comportamiento hacia el Síndrome, tanto desde la experiencia del afectado, como para quienes les rodeamos y vivimos impotentes su sufrimiento.

 

Para el abordaje desde estos parámetros, intentaremos el ensayo de una serie de cuestionamientos, tanto generales como específicos. Las respuestas a estos cuestionamientos van a estructurar nuestro propio posicionamiento de creyentes y seguidores de Cristo ante el Síndrome, si bien, muchas de estas respuestas son extensibles a cualquier enfermedad y situación de marginación y exclusión social generadas por otras causas (pobreza, emigración, drogadicción, etc.).


 

Desde la situación de enfermedad

 

-         ¿Cómo percibe un afectado su situación patológica?.

 

Vaya por delante, que quien esto escribe,  no está afectado por el Síndrome de Tourette. Por lo tanto, estas estimaciones se corresponden con lo que he venido observando, escuchando y apreciando en las manifestaciones, actitudes y comportamientos de las personas que sí padecen esta patología.

 

Se trata, por tanto, de un reflejo empírico, pero con grandes dosis emocionales y subjetivas, de lo que contemplo.

 

Por mi parte puedo tratar de comprender y asimilar, en cierta forma, estas actitudes y comportamientos, pero no puedo experimentar mas que mis propios sufrimientos (en este caso como observador del sufrimiento de alguien a quien amo).

 

Es imposible que viva los sufrimientos de otro, por más que lo intente. A lo sumo puedo acompañar su sufrimiento y experimentar un profundo dolor por su situación, pero jamás podré sufrir por él. Esa es una prerrogativa de Dios, quien, mediante uno de sus atributos, que posee en grado infinito, (la misericordia) es capaz de sentir en sí mismo el sufrimiento del hombre.

 

Sin embargo, y desde mi limitación, debida a mi condición de ente finito, he intentado empatizar con las vivencias de los propios afectados, tratando de interpretar cómo viven ellos su propia situación de negatividad a consecuencia del trastorno que padecen.

 

Esta interpretación, como cito más arriba, no es objetiva ni científica, sino que está preñada de emotividad y atravesada por el subjetivismo que emana de los sentimientos de amor y ternura.

 

Es,  por tanto, una interpretación que no resulta de los sentidos, sino del pensamiento y, como tal, del espíritu. Por ello, puede que no se ajuste a la verdad objetiva, pero, puesto que se conforma como una idea profunda, jamás podrá ser falsa.

 

Cualquier situación de enfermedad enfrenta al hombre con su propia miseria y debilidad: se contempla disminuido en sus capacidades y en inferioridad con respecto a su situación anterior.

 

En los afectados del ST se dan circunstancias específicas que les diferencian de otros pacientes aquejados por diversas enfermedades:

ü     El Síndrome de Tourette no es una enfermedad grave, si por “grave” entendemos las patologías que conllevan peligro de muerte para el paciente.

Efectivamente, por sí mismo, el ST, no se conforma como una enfermedad que ponga en peligro la vida del paciente. Sin embargo, algunas de sus manifestaciones comórbidas, léase Trastornos de Conducta y Comportamiento, Déficit de Control de Impulsos, etc., sí que pueden, en determinadas circunstancias, poner en riesgo la vida del afectado, ya que éste no es consciente del riesgo que sus acciones pueden aparejar, tanto para su propia integridad, como para la de quienes le rodean.

De la misma forma, el ST no es una patología degenerativa, por lo que, alcanzado su cenit, deviene en un "acompañamiento" en la vida del afectado que, en ocasiones, puede verse minorado o presentar picos insospechados que suelen coincidir con cambios estacionales o situaciones de agitación emocional.

ü     El Síndrome de Tourette no “duele”.

El ST, como tal, no produce dolor directo derivado de la disfunción en los neurotransmisores. Ello no significa que algunas de sus manifestaciones no generen dolores en el afectado, ya que son frecuentes las migrañas y, la reiteración de tics motores, producen dolor en las partes del cuerpo afectadas, pero no están derivados directamente por la etiología del ST.

Esta circunstancia conlleva, para el afectado, una doble vertiente:

a)     por un lado pierde la referencia del dolor como manifestación propia de la situación de enfermedad, con lo que el ST deviene en una suerte de “enfermedad funcional”, en la que determinados órganos del cuerpo, a pesar de encontrarse, biológicamente, en perfectas condiciones, no ejercen debidamente sus funciones,

b)    por el otro, el tourético no es plenamente consciente de su situación de paciente afectado por una patología. Se siente diferente, pero no claramente enfermo. Vive su enfermedad como una especificidad de su personalidad, no como una afección biológica. Esta es una de las razones que contribuyen al retraso diagnóstico, ya que, en muchos casos,  sólo cuando las manifestaciones touréticas se presentan como invalidantes para la convivencia, se acude a los facultativos en demanda de diagnóstico y ayuda profesional.

 

Estas características nos llevan a lo indicado en el Capítulo I, respecto de la apreciación de la enfermedad como Ego sintónico”, cuando el problema no es percibido por el paciente, sino que sus consecuencias negativas lo son para los demás en exclusiva; o como un “Ego distónico”, cuando el problema es percibido y detectado por el propio paciente como algo intrínseco a su existencia.

 

Generalmente, los touréticos perciben su enfermedad más como un rasgo típico de su personalidad y, por lo tanto, desde una perspectiva de sintónica, ya que la viven como el reflejo que causan en los demás sus acciones y comportamientos, más que como una disminución de capacidades intrínseca e inherente a su propia historia.

 

No es infrecuente encontrarse afectados que se niegan a reconocer que, efectivamente, están enfermos y que, como mucho, se consideran, y son considerados por quienes les rodean, como “raritos”, más que como enfermos.

 

Esta situación deviene en mayores dosis de incomprensión por parte de quienes les observan y menores posibilidades de asunción respecto de sus “extravagancias”, con lo que el círculo se cierra alrededor del afectado, dotándole de una aureola de ensimismación y sentimiento de “no ser comprendido” por los demás, generando una sensación de culpabilidad,  llegando a considerarse a sí mismos como individuos fuera de control, peligrosos y dañinos; con lo que el estigma se interioriza y adquiere carta de naturaleza en su personalidad.

 

-         La enfermedad como explicitación directa del mal en el hombre.¿Qué sentido tiene para Jesús el dolor patológico del hombre?, ¿cómo encajar la enfermedad en la Buena Noticia?. Fatalismo, resignación o esperanza.

 

Obviamente, nuestra mentalidad occidental, mediatizada por la tecnología y la información científica o pseudo científica, nos impide reflexionar sobre la enfermedad en la misma forma que lo hacía, en su momento, el pueblo hebreo, en cuyo seno nace y se desenvuelve Jesús de Nazaret.

 

Para una mejor aproximación y buscar los orígenes de la conceptualización de la enfermedad y el dolor físico como relación causa-efecto con acciones contrarias a la voluntad de Dios (mal-pecado), vamos a utilizar diversos textos del Antiguo Testamento.

 

No son los únicos que podríamos relacionar a este respecto, pero sí nos sirven para darnos cuenta de hasta qué punto esta idea formaba parte de la cultura hebrea, ya que esta relación nos la vamos a encontrar en todas las literaturas veterotestamentarias.

 

Así, dentro del Pentateuco (los 5 libros básicos del judaísmo), nos lo encontramos en dos de sus textos de características bien diferentes.

 

En el libro del Génesis, capítulo 38, versículo 10, vemos el castigo a Onán: "Pareció mal a Yahvé lo que hacía y le hizo morir también a él", dentro de un contexto histórico-narrativo, donde contemplamos como el obrar contrario a la voluntad de Yahvé de Onán, acarrea sobre él un castigo directo de enfermedad que le lleva a la muerte.

 

A su vez, en Deuteronomio 28, en otro contexto literario bien diferente, como es el estilo legislativo, dentro de la pronunciación de la ley por Moisés en el desierto, correspondiendo a  un texto de la tradición Yavista, sus versículos 58 al 61: "58 Si no cuidas de poner en práctica todas las palabras de esta Ley escritas en este libro, temiendo a ese nombre  glorioso y temible, a Yahvé tu Dios, 59 Yahvé hará terribles tus plagas y las de tu descendencia: plagas grandes y duraderas, enfermedades perniciosas  y tenaces. 60 Hará caer de nuevo sobre ti aquellas epidemias de Egipto a las que tanto miedo tenías, y se pegarán a ti. 61 Más todavía, todas las enfermedades y plagas que no se mencionan en el libro de esta Ley, las suscitará Yahvé contra ti, hasta destruirte", nos exponen los orígenes de la enfermedad y toda clase de dolencias y sufrimientos, por no observar la Ley que promulga Moisés por mandato directo de Dios.

 

Pasando a otro tipo de literatura, fuera del Pentateuco, concretamente la correspondiente a la de carácter histórico, nos encontramos con dos piezas ilustrativas de la idea que estamos comentando.

 

En el segundo libro de Samuel, capítulo 12, podemos observar la profecía de Natán a David en sus versículos 9 a 15:"9 ¿Por qué has menospreciado a Yahvé haciendo lo malo a sus ojos...15 Y Natán se fue a su casa. Hirió Yahvé al niño que había engendrado a David la mujer de Urías y enfermó gravemente", en el que, tras las justificación del origen del sufrimiento que le va a llegar, como consecuencia de su apartamiento de la voluntad de Dios, el profeta advierte a David del dolor que asolará su casa y que se concreta en la enfermedad mortal del hijo ilegítimo del rey israelita, que le llevará hasta la muerte a pesar de las súplicas oratorias del monarca.

 

Este texto nos da una pista más sobre el origen de la enfermedad, ya que quien enferma (y muere), no es quien directamente obró el mal, sino su hijo, por lo que se establece una vinculación directa del mal (manifestación del pecado), no ya sobre el autor del mismo, sino también hacia su entorno.

 

En otro texto de los conocidos como "históricos", el segundo libro de las  Crónicas, capítulo 21, podemos leer el escrito de Elías al rey Joram, en sus versículos 6 al 15: "6 Anduvo por el camino de los reyes de Israel, como había hecho la casa de Ajab, porque se había casado con una mujer de la familia de Ajab, e hizo el mal a los ojos de Yahvé...15 tú mismo padecerás grandes enfermedades y una dolencia de entrañas tal, que día tras día se te saldrán fuera a causa de la enfermedad", donde tras constatar en qué consiste el pecado del rey, el profeta le anuncia la tragedia que le va a sobrevenir y que, a la postre, le acarreará la muerte.

 

Pasando a otro tipo de literatura, en este caso a la conocida como "sapiencial", nos encontramos el libro de Job como paradigma de justificación del sufrimiento humano.

 

Sólo de pasada conviene que nos fijemos en que este libro es un intento filosófico-religioso del pueblo judío para encontrar y justificar el origen del sufrimiento del hombre, ya que si partimos de que Dios es el origen de todo, y acompañamos la premisa de que Dios es justo, y que el mal que se explicita en el sufrimiento lo es como consecuencia del mal obrar (pecado personal) ¿cómo explicar el sufrimiento en las personas justas a las que no se les reconoce ningún pecado?.

 

Desde esta incongruencia, el redactor construye la narración de este libro, personificándolo en un individuo ajeno al pueblo hebreo (Job), por el que se introduce un nuevo personaje al que se puede achacar el envío del sufrimiento sobre personas que, teóricamente, no serían acreedoras de él a causa de su buen hacer y justificación ante los ojos de Dios: Satán. Quien, a partir de este momento se constituye en el canalizador del mal hacia los hombres.

 

Si bien todo el libro es una joya que nos acerca hacia el posicionamiento del hombre ante su propia miseria, he elegido el pasaje del capítulo 2, en la que el agente maligno solicita de Dios que le permita enviar la enfermedad sobre Job para probarle en su fortaleza, dentro de sus versículos 7 a 10: "7 El Satán salió de la presencia de Yahvé, e hirió a Job con una llaga maligna desde la planta de los pies hasta  la coronilla de la cabeza.10 Pero él le dijo: «Hablas como una estúpida cualquiera. Si aceptamos de Dios el bien, ¿no aceptaremos el mal?» En  todo esto no pecó Job con sus labios", donde podemos comprobar cómo Job responde al planteamiento "racional" de su esposa con una asignación del origen del bien y del mal que le está llegando.

 

Como hemos comentado, no hay mal obrado por Job que justifique la aparición de la enfermedad, ya que es un hombre justo, por ello, el redactor introduce a "Satán" como ente vehiculador de la desgracia humana cuando ésta es aparentemente injusta, dejando a salvo la conceptualización de Dios como ente absolutamente justo.

 

Dentro de la literatura "sapiencial", el libro de Los Proverbios nos ofrece varias perlas de la sabiduría popular. No olvidemos que éste, junto con los otros libros "sapienciales" (Job, Eclesiatés [Cohélet], Eclesiástico [Sirácida] y Sabiduría) conforman una riquísima colección de lo que hoy podríamos conocer como "refranes" que compendian la sacralización de la sabiduría popular y el "sentido común".

 

De este libro he elegido, dentro de su capítulo 3, los versículos 7 y 8: "7 No seas sabio a tus propios ojos, teme a Yahvé y apártate del mal 8 medicina será para tu carne y refrigerio para tus huesos", con objeto de contemplar cómo, dentro de la "sabiduría llana del pueblo" estaba arraigada la idea de que el mal (pecado) acarrea el sufrimiento y que, por el contrario, el apartamiento de él (el bien hacer y la justicia) conllevan el bienestar, no sólo espiritual, sino también el físico.

 

Por último, he elegido un pasaje de uno de los libros deuterocanónicos, para cerrar esta hipótesis sobre el origen de la enfermedad desde la mentalidad hebrea de la época de Jesús.

 

Me refiero al segundo libro de Macabeos, capítulo 9, versículo 18: "Como sus dolores de ninguna forma se calmaban, pues había caído sobre él el justo juicio de Dios, desesperado de su estado...", donde contemplamos la enfermedad de Antíoco generada por el "juicio justo de Dios" y que nos permite extender hasta los últimos tiempos anteriores a Jesús, durante la dinastía hasmonea, la idea del origen de la enfermedad, donde a pesar de que, en esos momentos, la cultura hebrea ya se encontraba influenciada por las corrientes helenísticas de la época, se continúa aferrando a la misma idea del origen del dolor y la enfermedad.

 

Vistos estos antecedentes, y teniendo en cuenta que nuestras culturas occidentales beben de las tradiciones religiosas judeocristianas y que, tales tradiciones tienen un fuerte anclaje en la literatura veterotestamentaria, no es de extrañar que determinados conceptos relativos al origen de la enfermedad y el sufrimiento se encuentren fuertemente arraigados en el subconsciente popular y, que, en determinados momentos irreflexivos y de desesperación, afloren los viejos conceptos por los que nuestros males y sufrimientos biológicos se atribuyen a castigos divinos por nuestros pecados o defectos morales.

 

Sin embargo, es una consideración que no se sostiene ni por la fe cristiana, si como tal consideramos la que intenta seguir la enseñanza y praxis de Cristo, ni, obviamente, por la racionalidad. Siendo éste un punto en el que ambos posicionamientos personales confluyen y coinciden en sus apreciaciones, cuando éstas se realizan con sosiego y alejamiento de mitos, fetiches y prejuicios.

 

Desde la perspectiva crística que nos muestran los evangelios, para apreciar el sentido que para Jesús tienen las dolencias patológicas, sólo tenemos que aproximarnos a los textos de los evangelistas para descubrir enseguida que Cristo se conforma como el actualizador de la Ley y las tradiciones veterotestamentarias. También, y especialmente, en lo que a la consideración de enfermedad se refiere.

 

Un repaso por la cantidad de curaciones que le son atribuidas con precisión, así como por las citas de curaciones genéricas o masivas nos aproximan a su sensibilidad por los dolientes, a quienes considera los "pequeños" del Reino y a los que dedica una buena parte de su tiempo misional, sin que, en ningún momento, interrogue al enfermo sobre sus posibles pecados por los que, supuestamente, le habría llegado su enfermedad.

 

Bien al contrario, como observamos en el episodio de Mt. 9, 2 (En esto le trajeron un paralítico postrado en una camilla. Viendo Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: «¡ Animo!, hijo, tus pecados te son perdonados»), Cristo, además de beneficiar al doliente con sus poderes sanadores, procede al perdón de los pecados sin preguntar. Poniendo en práctica el ejercicio supremo de la misericordia.

 

Jesús, no lo olvidemos, es un judío nacido y formado en la observancia tradicional de la Ley, como podemos contemplar en los pasajes lucanos dedicados a la infancia y juventud de Jesús.

 

A lo largo de su periplo misional, además, nos da muestras de ello en repetidas ocasiones (predicación en las sinagogas en sábado, subidas a Jerusalén para las fiestas judías, pago de los tributos, etc.), pero, su actualización legislativo-religiosa le lleva, en este punto, a proclamar una novedad rupturista con la cultura imperante: la enfermedad (y por extensión, la muerte), no es un castigo de Dios, sino una debilidad humana, destinada, dentro de su misión, a realzar la gloria de Dios y la presencia del Reino.

 

Dos parcelas del texto de Juan lo ilustran con claridad.

 

La primera se refiere a la curación del ciego de nacimiento que encontramos en Juan 9, 1-3 (1 Vio, al pasar, a un hombre ciego de nacimiento. 2 Y le preguntaron sus discípulos: «Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?» 3 respondió Jesús: «Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios»), que, posteriormente, da apertura al discurso de buen pastor.

 

En esta pequeña parcelación podemos contemplar cómo Cristo se desmarca de la tradición hebrea respecto del origen de la enfermedad y con rotundidad niega el pecado (mal) como agente causal de la patología del ciego, reconociendo ésta como una debilidad del hombre y, en este caso, la utiliza para manifestación del poder de Dios.

 

La otra parcelación joánica la encontramos en Juan 11, ver. 1 a 4 (1 Había un cierto enfermo, Lázaro, de Betania, pueblo de María y de su hermana Marta. 2 María era la que ungió al Señor con perfumes y le secó los pies con sus cabellos; su hermano Lázaro era el enfermo. 3 Las hermanas enviaron a decir a Jesús: «Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo.» 4 Al oírlo Jesús, dijo: «Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella») donde apreciamos como Cristo identifica nuevamente la enfermedad, y posterior fallecimiento, de su amigo Lázaro como una deficiencia humana que sirve para glorificar el poder de Dios y, por extensión, el suyo propio.

 

En este pasaje contemplamos a Cristo sanando y culminando las debilidades y finitudes humanas que, como en este caso, llegan hasta la limitación suprema del hombre: la muerte, que es superada por Él como anticipo de su propia muerte humana y gloriosa resurrección.

 

Luego, para Cristo, la enfermedad, como vemos, tiene un sentido doble.

 

Por un lado, la reconoce como inherente a la condición del hombre como ente finito y, por el otro, la entiende como instrumento de superación, mediante la intervención de Dios en la historia del hombre, de la propia debilidad humana hacia la felicidad que proviene de la salud, no  sólo física, sino, especialmente, espiritual, al quedar al margen el estigma del pecado como agente desencadenador de la patología.

 

Como hemos venido contemplando en las líneas precedentes, la enfermedad forma parte fundamental de la Buena Noticia, por cuanto, desde la perspectiva de Cristo, se conforma como una limitación superable, siendo utilizada, en sus acciones taumatúrgicas, para integrar, mediante la superación de la misma como consecuencia de la intervención de Dios a través de la presencia del Reino, a todos los marginados que lo son a causa de esta finitud.

 

El punto de partida lo tendríamos en la declaración programática de Jesús a los enviados del Bautista contenida en Mt. 11, 1-19 y Lc. 7, 18-35 (Respondiendo Jesús, les dijo: Id, y haced saber a Juan las cosas que oís y veis. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio) donde Cristo declara, como parte fundamental de su ministerio, la curación de enfermedades.

 

Si, como hemos visto anteriormente, los milagros atribuidos a Jesús, tienen un componente simbólico fundamental, y la situación de enfermedad ya no se constituye como un estigma del mal, el mensaje evangelizador deviene en mensaje de ilusión, superando el fatalismo o la resignación. Ya que, desde el Evangelio, todos los hombres y, por supuesto, muy especialmente, los enfermos, disponen de una luz esperanzadora por cuanto la enfermedad no engloba toda la existencialidad del hombre, cuyo fin último es la búsqueda del Reino.

 

-         Bienaventurados los que lloran. Actitudes de los enfermos del Evangelio

 

El llamado "Sermón del Monte"  (en versión de Mateo) o "del Llano" (en versión de Lucas), nos introduce mediante esta bienaventuranza (3ª de Mateo, en Mt. 5, 5 [Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados] y 3ª también de Lucas en Lc.  6, 21 [...Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis]) en la preocupación de Jesús por la aflicción de los hombres.

 

Qué duda cabe que la enunciación de la bienaventuranza tiene unas connotaciones de consuelo mucho más amplias que las referidas a situaciones de enfermedad, pero difícilmente podríamos encontrar una justificación mayor para el llanto que la postración patológica.

 

El Sermón del Monte (llano) es recogido en los dos textos sinópticos con ciertas diferencias, pero éstas no impiden vislumbrar una fuente común en su origen (posiblemente el documento Q, más los añadidos de las tradiciones especiales de Mateo y Lucas), y ambos evangelistas otorgan a este discurso largo de Jesús una relevancia primordial en sus redacciones, hasta el punto de conformarse como el discurso programático por excelencia. Más en el caso de Mateo (llegando a ocupar tres de los capítulos de su redacción) que en el de Lucas, ya que Leví no se limita a recoger el pronunciamiento de las bienaventuranzas, sino que lo amplía con una colección de dichos, muchos de ellos procedentes de sus propias fuentes, que abarcan toda la panoplia existencial del hombre, conformándose como un discurso moral y ético, en el que se incluye la oración básica del creyente (el Padrenuestro) y que ampara todas las pautas de comportamiento y de relación del hombre consigo mismo, con el resto de los hombres y, claro está, con Dios Padre.

 

Que dentro de este discurso, y más concretamente, dentro de las bienaventuranzas, se incluya una llamada específica para los afligidos, no parece que responda a una casualidad o simple intencionalidad del evangelista, sino que guarda plena coherencia con el mensaje global consolador del Evangelio como auténtica Buena Noticia y medio para superar nuestras finitudes.

 

¿Qué mejor forma de consolar a los que lloran que haciendo realidad una de sus aspiraciones, como es la de que se introduzca la posibilidad de superar el motivo para el llanto?.

 

Eso es lo que vamos a contemplar a continuación: las actitudes de los enfermos sanados por Jesús. Ello, sin perder de vista un apotegma recogido por Mateo dentro de ese discurso del monte que siempre me ha parecido básico para el afrontamiento de nuestra existencia. Me refiero al contenido en Mt. 6, 25: Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?, que se conforma como toda una joya de actitud ante la vida que queda definitivamente complementado con lo recogido a continuación en Mt. 6, 32-34: 32 Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. 33 Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. 34 Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal.

 

Mediante estos pocos versículos podemos detectar cual era el posicionamiento de Jesús ante la vida, en su más amplio aspecto: la de obtener la felicidad a través de la búsqueda del Reino, porque una vez encontrado éste, todo lo demás queda superado. Incluso las situaciones de postración patológica.

 

Hemos relacionado anteriormente los milagros atribuidos a Jesús y, ahora, nos vamos a fijar exclusivamente en algunos referidos a sanaciones y exorcismos, toda vez que la cultura hebrea imputaba a posesiones demoníacas cualquier patología no identificada como tal por la ciencia de la época.

 

Entrando de lleno en la consolación real de la que es vehículo Jesús, trataremos de contemplar las reacciones de los pacientes, o del entorno, tras su sanación.

 

El primer caso elegido es el que nos sirvió al comienzo de este trabajo para engarzar nuestro síndrome con el Evangelio. Me refiero al exorcismo que recoge Marcos sobre un endemoniado en la región de los gadarenos en Mc. 5.1-20.

 

Una vez producida la liberación, la reacción del sanado la vemos en los  versículos 18 a 20: 18 Al entrar Él en la barca, el que había estado endemoniado le rogaba que le dejase estar con él. 19 Mas Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti. 20 Y se fue, y comenzó a publicar en Decápolis cuán grandes cosas había hecho Jesús con él; y todos se maravillaban

 

La primera reacción, como muestra de agradecimiento, es la de seguir a Cristo, si bien Éste le ordena, con energía, que vuelva a sus quehaceres normales y retome la convivencia con su entorno habitual.

 

Cristo nos enseña que, también desde la rutina y la normalidad se puede proclamar la esperanza que nos llega por la superación de nuestras miserias.

 

El simbolismo de este exorcismo, o sanación de un afectado de Tourette, como nosotros mantenemos, está en la liberación que se produce en el afectado por la cercanía del Reino, que se hace presente por mediación de Cristo, lo cual llena de tal gozo al sanado que, a pesar de la orden recibida, no duda en divulgar los bienes de que ha sido objeto.

 

El segundo caso que vamos a contemplar es la curación de un sordo-mudo que Marcos nos refleja en Mc. 7, 31-37.

 

En este caso, Jesús utiliza un ritual específico para la sanación, ya que emplea su saliva, la introducción de sus dedos en las orejas del enfermo y una invocación “Efata =ábrete” tras una imploración oratoria.

 

Como en otras ocasiones, Jesús ordena que no se divulgue la maravilla (36 Y les mandó que no lo dijesen a nadie; pero cuanto más les mandaba, tanto más y más lo divulgaban. 37 Y en gran manera se maravillaban, diciendo: bien lo ha hecho todo; hace a los sordos oír, y a los mudos hablar) pero, nuevamente, el gozo por la liberación de la enfermedad es de tal calibre que los beneficiarios se ven incapaces de resistirse a la proclamación de la alegría que les genera el contacto con Cristo.

 

El tercer caso, recogido en Mc. 9,14-29, nos lleva a la sanación de un epiléptico, considerado lunático por su entorno.

 

De este caso, mi intención es señalar dos aspectos del acontecimiento:

-         La indignación de Jesús por la falta de confianza de sus discípulos, a los que había conferido poderes para sanar.

-         La actitud del padre, decepcionado por la incapacidad de los discípulos, pero que vuelve a depositar su confianza en Cristo, a pesar de que todo desaconsejaba tal proceder.

 

El versículo 19 (Y respondiendo él, les dijo: ¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de soportar? Traédmelo) nos refleja la indignación de Cristo por la incredulidad de sus discípulos que había generado la imposibilidad de curación del afectado.

 

Ello nos acerca, aún más, a la figura del Galileo, por cuanto nos expresa uno de los momentos de debilidad del mismo: un instante de ira por la ineptitud de sus enviados.

 

¿Cuántas veces, en nuestros tiempos de desesperanza, en los picos de las manifestaciones touréticas,  hemos perdido la confianza en nosotros mismos y en nuestro futuro, añadiendo sobre nosotros y sobre los que nos rodean, mayores dosis de ansiedad?

 

El Maestro, desde este pasaje, nos recrimina esa debilidad, haciendo gala de otra debilidad humana: la ira que le causa nuestra incredulidad en nuestras posibilidades de superación y nuestra situación de abatimiento.

 

La actitud del padre, a pesar de que los elementos empíricos lo desaconsejaban, podemos encontrarla a continuación, en los versículos 23 y 24 (23 Jesús le dijo: Si puedes creer, al que cree todo le es posible. 24 E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: Creo; ayuda mi incredulidad).

 

Cristo le ofrece una mano tendida sobre su confianza. El padre, a pesar de la experiencia de frustración continuada, la toma y pide ayuda para vencer sus últimas reticencias.

 

Cuándo el abatimiento por la característica crónica del ST hace presa en nosotros, cuando la reiteración de nuestras crisis de rabia o agitación obnubilan nuestra perspectiva de futuro, cuando la soledad y el aislamiento a causa de las manifestaciones del ST nos enseñan el lado más miserable de nuestra sociedad, nuestra desconfianza también nos impide sobreponernos a nuestra situación de enfermos, pero Cristo siempre estará a nuestro lado para ofrecernos el asidero que supone depositar nuestra fe en Él y, con ello, la ayuda para vencer nuestra situación de debilidad.

 

Pasando a otras patologías, el siguiente caso, que Marcos relata en Mc. 1.40-45, nos reafirma en dos aspectos ya tratados en los milagros anteriores:

-         La confianza en las posibilidades de superación de la enfermedad

-         La alegría desbordante porque la enfermedad puede ser afrontada y superada

 

En orden al primero de estos aspectos, el diálogo sostenido entre Jesús y el leproso que se acerca a Él es paradigmático y todo un ejemplo de confianza en la superación de la esclavitud de la enfermedad.

 

Este diálogo, explicitado en los versículos 40 y 41 (40 Vino a él un leproso, rogándole; e hincada la rodilla, le dijo: Si quieres, puedes limpiarme. 41 Y Jesús, teniendo misericordia de él, extendió la mano y le tocó, y le dijo: Quiero, sé limpio), nos aproxima a la actitud del enfermo hacia su propia enfermedad: Si quiero, puedo vencerla.

 

No vamos a caer en la simpleza de afirmar que cualquier afectado por ST (u otra patología), por el simple hecho de proponérselo, ir a un templo o rezarle a una imagen de Jesús, va a quedar curado. Eso es una ilusión y caeríamos en una suerte de discurso demagógico, fuera de contexto e intención y, además, estaríamos faltando a la verdad.

 

Lo que intentamos transmitir es que la voluntad del afectado por asumir su realidad y hacer que su enfermedad se convierta, no en el centro, sino en una más de las características de su vida, deviene en contingente lo que, de otra forma, cuando todo se mira desde la enfermedad, se aprecia como imposible: la limpieza de espíritu y, por tanto, la posibilidad de mirar la vida de frente y con esperanza de futuro.

 

El “si quieres puedes limpiarme” que el leproso le espeta a Jesús y la respuesta del Nazareno “quiero, sé limpio”, son acciones que los afectados de ST podemos aplicarnos a nosotros mismos.

 

También nosotros podemos solicitar esa ayuda de Cristo y, con toda seguridad, si lo hacemos desde la humildad y apelando a la misericordia del Hijo, recibiremos de Él el mismo impulso clarificador que el leproso de Marcos.

 

Hemos de querer, con la fe puesta en nuestras posibilidades y en la ayuda que Él nos va aprestar.

 

En el otro aspecto señalado, hemos de precisar, primeramente, que la lepra, en los tiempos de Jesús, se constituía como un estigma excluyente, tanto para el que la padecía, como para el que se atreviese a contactar con los afectados, de ahí que, tras la divulgación de esta sanación, y puesto que Jesús había estado en contacto con un ser inmundo, el Maestro no pudiese entrar en las ciudades.

 

Además, la lepra tenía una connotación directa de castigo divino, proveniente de  Núm. 12, 9-10: 9 Y se encendió la ira de Yahveh contra ellos. Cuando se marchó, 10 y la Nube se retiró de encima de la Tienda, he aquí que María estaba leprosa, blanca como la nieve. Aarón se volvió hacia María y vio que estaba leprosa.

 

Tal era la preocupación por esta enfermedad, que el libro del Levítico dedica, prácticamente, 2 capítulos (13 y 14) a su detección y tratamiento.

 

Por lo tanto, quien ha sido limpiado de esta maldición, no es extraño que, como nos relatan los versículos 44 y 45 (44 y le dijo: Mira, no digas a nadie nada, sino ve, muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu purificación lo que Moisés mandó, para testimonio a ellos. 45 Pero ido él, comenzó a publicarlo mucho y a divulgar el hecho, de manera que ya Jesús no podía entrar abiertamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera en los lugares desiertos; y venían a él de todas partes), a pesar de las órdenes de Jesús, no pudiera evitar divulgar su nuevo estado de limpieza.

 

Como hemos visto en otras sanaciones anteriores, esta alegría se conforma como una reacción uniforme en la mayoría de ellas.

 

Del ST no nos vamos a curar con la misma facilidad, pero sí podemos hacernos partícipes de cierta alegría, si relegamos nuestro padecimiento al lugar que debe ostentar en nuestra vida: una de nuestras características existenciales, pero no la única y, ni siquiera la prioritaria.

 

Podríamos explayarnos más sobre las reacciones de los sanados, pero no es mi deseo extenderme más, por lo que concluiremos este apartado con un último episodio, reflejado por Marcos en  Mc. 10, 46-52.

 

Este es un caso especial dentro del Evangelio, por dos razones concretas:

-         Es de los pocos milagros que son realizados por Jesús en los que se señala exactamente el nombre del beneficiario.

-         Es prácticamente el único sanado que, tras su liberación, sigue a Jesús “en el camino” = en la vida.

 

Como no es el lugar apropiado, no vamos a entrar en la exégesis de este pasaje, pero sí conviene señalar que se trata de la sanación que se encuentra arropada por una narración con el mayor contenido simbólico de todo el Evangelio y que, además, tiene grandes posibilidades de tener sus orígenes en el Jesús histórico.

 

En lo que a nosotros nos afecta, tomaremos algunas de estas simbologías para mejor acercar nuestra realidad a la enseñanza desprendida del acontecimiento.

 

Así, por ejemplo, el ciego Bartimeo, se encuentra “sentado junto al camino”  cuando escucha que pasa Jesús.

 

Junto al camino es una analogía de la propia vida de cada uno de nosotros. Nuestras vidas son nuestro camino y, a causa de nuestra enfermedad, estamos sentados al borde de nuestra vida mendigando y ciegos para contemplarla y participar de ella.

 

Si oímos que Jesús se aproxima, tenemos dos opciones, seguir ensimismados en nuestra miseria, paralizados al borde del camino, o, como Bartimeo, rebelarnos contra ella y pedir ayuda a Jesús.

 

Posiblemente, como al ciego, muchos nos recriminarán tal comportamiento, pero está en nuestra potestad, como seres libres y plenos de derechos, desoír esas recriminaciones e insistir en nuestra demanda de ayuda.

 

Otro símbolo lo constituye la actitud de Jesús hacia quien le grita: se para y le manda llamar.

 

A pesar de que nosotros pensemos que somos muy poca cosa para  que Dios se fije en nosotros, su apreciación es bien distinta: somos lo más importante para Él. Especialmente porque pertenecemos al grupo de los “pequeños”, de los bienaventurados porque lloramos.

 

Con toda seguridad, si desde nuestro borde, gritamos a Jesús para demandar su apoyo, Él se va a parar y nos va a llamar.

 

Cuando, como el ciego, tiremos nuestra capa (otro simbolismo como analogía de nuestras cargas mundanas) y corramos a su encuentro, estaremos en disposición de pedirle, igual que Bartimeo, que nos libere de nuestra ceguera.

 

Cristo nos responderá de la misma forma que hizo con el ciego, si nuestra confianza es la misma que la suya: vete tu fe te ha salvado.

 

Aplicándolo a nuestra realidad, después, podremos continuar en el camino, en la vida, superando nuestra limitación, acompañando a Jesús y proclamando nuestro gozo por haber sido liberados.

 

Como conclusión a este apartado, sólo resta señalar la uniformidad de actitudes de los enfermos sanados: confianza (fe) en que, a pesar de su situación, disponen de una posibilidad de futuro y alegría inmensa por haber alcanzado la superación de su mal.

 

Es la lección fundamental que podemos extraer de ellos.

 

 

-         Si no se registran en el Evangelio, situaciones directas de enfermedad de Jesús o su entorno más próximo,  ¿Qué podemos extraer de las vivencias humanas de Jesús para mejorar nuestra percepción de la existencia desde la enfermedad?, ¿cómo se relaciona Jesús con los enfermos?. Jesús como sanador de cuerpos y almas.

 

El Evangelio no nos muestra enfermedades de Jesús, su familia o amigos (salvo las referidas a la suegra de Pedro y la de su amigo Lázaro),  pero sí nos transmite su identificación con los enfermos.

 

Al margen de las sanaciones y exorcismos, que ya hemos visto, diversos pasajes evangélicos nos pueden acercar a esta realidad del plan misional de Cristo.

 

La intencionalidad redaccional de Mateo, apologética respecto de la mesianidad de Jesús, le hace incluir, como premisa misional con referencia a la enfermedad y debilidades humanas, una vinculación de la persona de Jesús, como Mesías, con el siervo de Isaías, en Mateo 8, 17: para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades, cita que proviene del libro de Isaías, capítulo 53, ver. 4: "¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba!. Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado" y que corresponde al tercer Isaías, cuyos propósitos originales eran animar a la comunidad que abandonó el destierro y regresó a Jerusalén.

 

Ciertamente es una cita tomada “por los pelos” por el evangelista, ya que le atribuye un anuncio mesiánico que originalmente no tenía; pero sí nos compendia, fielmente, la idea que la primera generación cristiana tenía de la acción y actividades de Jesús y su proximidad hacia los dolientes.

 

Hasta qué punto, sin padecer ninguna patología que conozcamos, Cristo se identifica con las dolencias físicas humanas que, en el encargo misional a sus discípulos de Mt. 10, 8 podemos leer “Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis”, comprobando que la atención a los enfermos se constituye como expresión básica de la presencia del Reino, como nos explica mejor aún Lucas en Lc. 10, 9 (curad los enfermos que haya en ella, y decidles: “El Reino de Dios está cerca de vosotros”), donde la sanación de enfermedades es la primera misión encargada por el Maestro a sus enviados y, como nos ratifica Marcos en su capítulo 6, ver. 12 y 13 (12 Y, yéndose de allí, predicaron que se convirtieran; 13 expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban), ellos ponen en práctica contando aún con la compañía de Jesús. Si bien es, tras Pentecostés, en los primeros tiempos de la Iglesia primitiva, cuando el poder sanatorio es utilizado con asiduidad por los apóstoles, como podemos ver, repetidamente, en el libro de los Hechos de los Apóstoles.

 

Por si este encargo, realizado por el Jesús terrenal,  no fuese suficiente, vuelve a ser reiterado en el mensaje postpascual del resucitado, como vemos en Mc. 16, 17-18 (17 Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas,18      agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien), donde la atención y preocupación de Cristo por los enfermos trasciende la acción limpiadora o sanadora, para convertirse en signo identificador de quienes le siguen y depositan en Él su confianza.

 

Pero, para mayor abundancia, cuando, dentro del capítulo 25 de Mateo, en  estilo apocalíptico, Jesús anuncia el momento del juicio personal como final de la historia, vemos cómo, Él mismo, se solidariza con los pacientes, trasponiéndose en su lugar como hipotético beneficiario de las atenciones de los hombres. Acciones por las cuales habremos de ser juzgados en su momento (36 estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme;.. 40   Y el Rey les dirá: En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis)

 

Por lo tanto, dando respuesta a la primera de las cuestiones de este apartado, las vivencias y actitudes de Jesús hacia la enfermedad nos aportan un asidero fundamental para la percepción de la nuestra, desde el momento en que la dolencia física se establece como núcleo alrededor del que se instrumentaliza el mensaje crístico, ya que:

a)     La sanación es la primera misión apostólica, conformándose pues, como elemento pastoral de la predicación

b)    Es, también, uno de los vehículos por los que se manifiesta la presencia cierta del Reino

c)     El poder de sanar es la señal mediante la que se hace patente el seguimiento y fe en Cristo

d)    Nuestra actitud hacia los enfermos es componente de juicio en la escatología personal de cada cual, al ser considerada como elemento básico para el pronunciamiento sobre el destino final de las almas.

 

Luego, nuestra percepción vital, desde la enfermedad, a la luz del Evangelio, no reviste los tintes negativistas con que habitualmente la interiorizamos, sino que éste nos aporta varios elementos positivos fundamentales para el discurrir espiritual.

 

A lo largo de este trabajo, venimos hablando de "enfermos", "pacientes", "dolientes", "afectados", etc. Siempre en plural. Extendiendo las percepciones hacia un grupo humano concreto: el de los enfermos (en nuestro caso, afectados por el Síndrome de Tourette).

 

Sin embargo, no debemos perder de vista que en la realidad existencial de cada enfermo, ésta no se percibe como tal (como miembro de una colectividad), sino que, en cada caso, en cada familia, en cada persona, la enfermedad se vive como un drama particular.

 

La inmediatez de las necesidades particulares, por tanto, nos enfrenta, no tanto a la pregunta de "¿cuándo, o cómo, me llegará la ayuda de Dios en mi padecer?", sino que nos aproxima más al cuestionamiento más primario de "¿dónde está  Dios?, ¿cómo puedo percibirle desde mi miseria?".

 

La lectura del Evangelio, desde esta necesidad básica e imperiosa: la de alcanzar la salud, nos puede conducir a equívocos en la percepción del mensaje evangélico y cristiano, en general.

 

Si bien nuestra precariedad impele a nuestra voluntad y a nuestra psique hacia intentar obtener, a través de Dios, lo que no tenemos: la salud; incluso deseando que se produzcan en nosotros fenómenos y avatares lejos de las leyes de la naturaleza, lo adecuado, desde la experiencia vivida de Jesús, sería contemplar cómo en la situación de inhumanidad (concepto tomado exclusivamente como contraste con la estabilidad humana del sano), también se puede generar la transformación interior de la persona, de suerte que la inhumanidad se troca en humanidad.

 

La experiencia crística, relatada en el Evangelio nos refleja la realidad sensible del Nazareno hacia el dolor humano, ya que Él nunca permanece indiferente, sino que, a lo largo de todo su ministerio público, le vamos a encontrar en la actitud dinámica de buscar a las multitudes, acercarse a los enfermos y procurar la compañía de los pecadores.

 

Esta actitud nos está trasladando la percepción que Jesús tiene del Padre (quien le envía): un progenitor preocupado por sus hijos, que quiere una existencia plenamente humana para todos ellos, libre de las esclavitudes del pecado y la enfermedad, como traslación del primer mensaje liberador del Éxodo.

 

Desde esta apreciación, pues, la enseñanza que Jesús nos facilita con su vida y actitudes, respecto de la enfermedad, nos conduce hacia la superación de cualquier traba que impide a la persona sentirse identificado con el plan del Padre. Es, por lo tanto, una victoria sobre las ataduras con que las dolencias físicas someten al hombre. En eso consiste la Buena Noticia que nos llega con Cristo: aun desde la esclavitud de la enfermedad podemos interiorizar la idea de Dios, que se encuentra a nuestro lado realmente, con lo que se puentea el enfrentamiento de la realidad con Dios.

 

Para ello, Jesús utiliza su  aproximación directa hacia los que soportan una mayor dosis de sufrimiento, "enfermos, posesos, pecadores", sin hacer preguntas al respecto. El signo de aproximación es precisamente ese: el de soportar el dolor y el padecimiento físico o psíquico. Con lo cual, podemos extraer dos lecturas inequívocas de la vivencia humana de Cristo respecto de la enfermedad:

 

-         Desde la desesperación del dolor podemos alcanzar la esperanza a través de la realidad próxima del Padre como ente amoroso.

-         A pesar de la debilidad que confiere la enfermedad, desde esa debilidad podemos sentir la fuerza de Dios.

 

Como explicaba Pablo en su carta a los Filipenses, capítulo 2, ver. 6 a 11, Dios, mediante el misterio de la Encarnación, se despojó de sí mismo y se hizo hombre,  pero, como se explicita en el significado de Belén, lo hizo desde la debilidad: nada hay más débil que un recién nacido privado de todo boato.

 

La modalidad escogida para la Encarnación denota la intencionalidad de Dios de hacerse pequeño, uno más entre los hombres, asumiendo sus debilidades carnales.

 

Es desde ese escalón de debilidad, el que acompaña a la enfermedad, desde  donde podemos identificarnos con el Hijo, que se puso a nuestra altura para culminar la economía de la redención. También desde la enfermedad.

 

A lo largo de su vida, Cristo cura enfermedades y expulsa demonios, liberando al hombre de la esclavitud del mal.

 

Esta realización parcial de la presencia del Reino llena de esperanza a los "pequeños" y a los "que lloran" (bienaventurados), porque su especificidad les confiere el carisma de estar destinados al beneficio del Reino, siempre y cuando, depositando la confianza en el Padre, acojamos la esperanza que Cristo representa, pudiendo así, afrontar cada cual nuestra particularidad, superando las negatividades de la propia vida, la enfermedad y la muerte.

 

Desde ese lugar, el mensaje salvífico de Cristo deviene en salud inmediata, tanto para el cuerpo como, especialmente, para el espíritu.

 

Una vez llegados a este punto, cabe repetirnos la misma pregunta que genera toda esta disquisición pero alterando su formulación: como enfermo, ¿qué lectura de mi realidad puedo sostener desde la experiencia del Evangelio?.

 

Obviamente, ésta no pasaría por la aplicación literal de las maravillas y milagros de Cristo sobre enfermos y dolientes.

 

Tampoco por realizar un enfrentamiento dialéctico del contenido evangélico con la realidad del mundo.

 

Sino percibiendo que Cristo está presente a nuestro lado y forma parte de nuestra realidad. Hemos de interiorizar nuestra vivencia para vislumbrar que el camino de verdad y vida nos lleva hasta el Padre, por el Hijo y a través del Espíritu.

 

Como hombres, sólo podremos considerarnos verdaderamente humanos, si nuestra realidad existencial se apoya en el Padre y esto nos lo ofrece la proximidad de Cristo y la impresionante coherencia entre su vida y su predicación.

 

Respecto del segundo cuestionamiento de este apartado, los afectados por el ST saben de la soledad y la marginación social, si bien este es un aspecto que trataremos con profundidad más adelante, pero tal situación nos acerca aún más a Cristo, ya que Él, a lo largo de sus relaciones con los diversos enfermos que trata, pone de manifiesto:

-            proximidad al enfermo, tocando incluso a los considerados inmundos (leprosos),

-            muestra compasión por sus dolencias,

-            ejerce la misericordia y se conmueve,

-            manifiesta ternura y comprensión

 

Este comportamiento para con los enfermos, desde la perspectiva del hombre occidental del siglo XX ó XXI no resulta excesivamente relevante, ya que, en teoría, la medicina científica por un lado y el humanismo por otro, nos aportarían, al menos formalmente, estos mismos comportamientos o similares.

 

Sin embargo, debemos insistir en que la apreciación adecuada debemos hacerla desde la perspectiva de la cultura teológica de la Palestina del siglo I, donde, como ya hemos comentado, la enfermedad llevaba aparejadas unas connotaciones religiosas básicas, mediante las cuales, los pacientes, y sus familias, se encontraban bajo graves sospechas al considerar que la enfermedad (el mal) obedecía a un castigo divino causado por el pecado del enfermo o sus ascendientes.

 

Al mismo tiempo, quienes osaban acercarse o tocar a los enfermos, eran, inmediatamente, asimilados como contagiados por la inmundicia del tocado.

 

La figura de Cristo como sanador y exorcista es algo que, tradicionalmente, ha venido siendo relegado a un segundo plano por nuestra tradición cultural y religiosa, si bien, en los últimos años, los investigadores del Jesús de la historia han reivindicado esta faceta del Maestro como elemento fundamental para su conocimiento.

 

Cristo, como también hemos comentado, no era el único sanador de la época, pero su práctica sí que se conformaba como exclusiva.

 

Sanar en el nombre del Padre (atribuyéndose una filiación divina directa), hacerlo como expresión de la presencia del Reino (arrogándose el carácter de mensajero o instaurador del Gobierno de Dios), mezclarse con pecadores, enfermos y posesos (denotando una libertad absoluta, por encima de los prejuicios y normas sociales de la época) y, especialmente, tocar sin reparo a los enfermos (para transmitirles la cercanía cierta del Reino), son manifestaciones contraculturales únicas en la figura de Jesús, plenas de significado y simbolismo.

 

Esta actitud de Jesús, recogida en diversas formas y lugares de los cuatro textos canónicos, tiene todos los visos de proceder de una antigua tradición oral que los evangelistas se ocuparon de transmitir fielmente, dada su importancia. A este respecto, hemos de señalar que sus opositores (fundamentalmente los miembros de las castas religiosas y sus funcionarios), no cuestionan nunca el hacer de Jesús, sino su forma (curaciones en sábado, expulsar demonios en nombre de Belcebú, etc.), por lo que hemos de entender que esta particularidad sanadora de Jesús era contemplada como cierta. Por lo tanto, con las precauciones adecuadas, hemos de considerarla como procedente del Jesús histórico.

 

Volviendo a la pequeña reseña de actitudes para con los enfermos, la proximidad a los pacientes nos queda puesta de manifiesto en la mayoría de sus curaciones. A saber:

·        Mt. 8, 1-4, Mc. 1, 40-45 y Lc. 5, 12-16 (leproso sanado): 3 Él extendió la mano, le tocó y dijo: «Quiero, queda limpio.» Y al instante quedó limpio de su lepra

·        Mt. 8-14-17, Mc. 1, 29-34 y Lc. 4, 38-41 (curación de la suegra de Pedro):  15 Le tocó la mano y la fiebre la dejó; y se levantó y se puso a servirle

·        Mt. 9, 27-31 y Mc. 8, 22-26 (curación de dos ciegos): 29 Entonces les tocó los ojos diciendo: «Hágase en vosotros según vuestra fe.»

·        Mt. 20, 29-34, Mc. 10,46-52  y Lc. 18, 35-43 (curación de los ciegos de Jericó, ciego Bartimeo): Movido a compasión Jesús tocó sus ojos, y al instante recobraron la vista; y le siguieron

·        Mc. 7, 31-37 (curación de un sordo y mudo): 33 Y tomándole aparte de la gente, metió los dedos en las orejas de él, y escupiendo, tocó su lengua; 34 y levantando los ojos al cielo, gimió, y le dijo: Efata, es decir: Sé abierto. 35 Al momento fueron abiertos sus oídos, y se desató la ligadura de su lengua, y hablaba bien

·        Mc. 8, 22-26 (curación ciego de Betsaida): 23 Entonces, tomando la mano del ciego, le sacó fuera de la aldea; y escupiendo en sus ojos, le puso las manos encima, y le preguntó si veía algo. 24 El, mirando, dijo: Veo los hombres como árboles, pero los veo que andan. 25 Luego le puso otra vez las manos sobre los ojos, y le hizo que mirase; y fue restablecido, y vio de lejos y claramente a todos

·        Mc. 9, 17-27 (exorcismo sobre hijo con espíritu inmundo): 27 Pero Jesús, tomándole de la mano, le enderezó; y se levantó

·        Lc. 13, 10-17 (curación de mujer encorvada): 13 Y puso las manos sobre ella; y ella se enderezó luego, y glorificaba a Dios

·        Lc. 14, 1-6 (curación de un hidrópico): 4 Mas ellos callaron. Y él, tomándole, le sanó, y le despidió

·        Jn. 9, 1-7 (curación del ciego de nacimiento): 6 Dicho esto, escupió en tierra, e hizo lodo con la saliva, y untó con el lodo los ojos del ciego

 

Vemos, pues, como en todas estas sanaciones, Jesús muestra la proximidad de Dios a los enfermos (Dios está en la realidad de cada uno), tocándolos y haciéndose presente en sus vidas.

 

Este ritual sanador de Cristo va más allá de ser un método de sanación, ya que simboliza la cercanía de la liberación de la esclavitud a que el hombre está sometido por la enfermedad, quedando superada ésta por el roce de la mano de Cristo, que se convierte así en vehículo de culminación del mensaje salvífico.

 

La segunda de las actitudes de Cristo, con respecto a la enfermedad y el dolor humano es la de compasión y de ella nos hablan los evangelistas  en:

·        Mt. 9, 35-36: 35 Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y  sanando toda enfermedad y toda dolencia. 36 Y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen  pastor

·        Mt. 14, 14: Al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos.

·        Mt. 20,  34: Movido a compasión Jesús tocó sus ojos, y al instante recobraron la vista; y le siguieron.

·        Mc. 5, 19: Pero no se lo concedió, sino que le dijo: «Vete a tu casa, donde los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido compasión de ti.»

·        Lc. 7, 13 (reavivación del hijo de la viuda de Naín): Al verla el Señor, tuvo compasión de ella, y le dijo: «No llores»

 

Obviamente, la compasión es un sentimiento que se genera en el espíritu (el alma) y que es inherente al hombre, como también lo es a Dios, quien lo detenta en grado sumo, al constituirse en uno de sus atributos, tal y como podemos comprobar por las siguientes citas del Antiguo Testamento (especialmente dentro de la literatura salmista):

·        Éxodo 23, 26: porque con él se abriga; es el vestido de su cuerpo. ¿Sobre qué va a dormir, si no? Clamará a mí, y yo le oiré, porque soy compasivo.

·        Tobías  13, 2: Porque Él es quien castiga y tiene compasión; el que hace descender hasta el más profundo Hades de la tierra y el que hace subir de la gran Perdición, sin que haya nada que escape de su mano.

·        Salmo 86 (85), 15: Mas tú, Señor, Dios clemente y compasivo, tardo a la cólera, lleno de amor y de verdad.

·        Salmo 103 (102), 8: Clemente y compasivo es Yahveh, tardo a la cólera y lleno de amor.

·        Salmo 145 (144), 8: Jet. Clemente y compasivo es Yahveh, tardo a la cólera y grande en amor.

·        Eclesiástico 2, 11: Que el Señor es compasivo y misericordioso, perdona los pecados y salva en la hora de la tribulación.

·        Joel 2, 13: Desgarrad vuestro corazón y no vuestros vestidos, volved a Yahveh vuestro Dios, porque él es clemente y compasivo, tardo a la cólera, rico en amor, y se ablanda ante la desgracia.

 

No me cabe duda sobre el sentimiento de compasión que Jesús, dentro de su humanidad, pudiera sentir hacia las dolencias de sus semejantes, equivalente al que nosotros podamos sentir por el dolor de un amigo, familiar, conocido o cualquier otra persona. Pero, en Cristo, este sentimiento se hace palpable de forma activa. No es una actitud simplemente receptiva y de pasividad, sino que dinamiza la respuesta al mismo y despliega su capacidad para solventar el dolor ajeno, como manifestación del plan de Dios para, desde su compasión, liberar al hombre de sus ataduras de sufrimiento.

 

La tercera de las actitudes nos lleva hacia la misericordia de Cristo para con los dolientes.

 

La misericordia consiste en la capacidad de interiorizar en nuestro espíritu la miseria del semejante, que produce la conmoción del espíritu por lo que estamos contemplando y nos impele a obrar para remediar el mal que enfrentamos. Por eso, vulgarmente, se identifica misericordia con perdón de ofensas, ya que tal acción (la de perdonar) es la equivalente a la de apreciar la maldad en el otro y disponer el mecanismo de olvido para borrar el mal en quien nos ofende.

 

Puesto que la misericordia es otro de los atributos que Dios detenta en grado sumo, tal y como se nos explica en Éxodo 20, 6 (y tengo misericordia por millares con los que me aman y guardan mis mandamientos), dentro de la emisión del decálogo, Cristo, en su cualidad de segunda persona de la Trinidad, también lo posee en la misma medida y ejerce tal capacidad con generosidad.

 

Qué duda cabe que éste es el motor principal para todas las acciones sanatorias de Jesús a lo largo de todo su ministerio público, puesto que a través del impulso que genera la misericordia, siempre se pone en marcha el componente liberador de la acción sanadora.

 

No en vano, Cristo coloca este proceder entre los principales de observancia y práctica, tal y como recrimina a los fariseos en Mt. 23, 23: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del aneto y del comino, y descuidáis lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe! Esto es lo que había que practicar, aunque sin descuidar aquello».

 

La última de las actitudes reseñadas nos engarza con la figura simbólica del Pastor, ya que es en ese símil donde Cristo pone de manifiesto su ternura para con los dolientes, comprendiendo sus miserias y actuando para remediarlas.

 

Rescatando a los enfermos, con sus cuerpos atormentados, Jesús hace patente la ternura de Dios. La liberación del doliente no se conforma como algo externo al Reino, sino que en ella se manifiesta la presencia del Reino entre nosotros.

 

Por último, tomemos la tercera parte del cuestionamiento original: Cristo como sanador de cuerpos y almas

 

Dos veces aparece el concepto de médico en los textos evangélicos, en auto-atribución de tal profesión por Jesús:

-         Lc. 4, 23 (Él les dijo: Sin duda me diréis este refrán: Médico, cúrate a ti mismo; de tantas cosas que hemos oído que se han hecho en Capernaum, haz también aquí en tu tierra).

-         Mt, 9,12 (Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos); Mc. 2, 17 (Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores) y Lc. 5, 31 (Respondiendo Jesús, les dijo: Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos)

 

La primera de ellas proviene del fracaso estrepitoso de la predicación de Jesús en Nazaret.

 

Este episodio, bastante más amplio y con procedencia de dos fuentes independientes, reviste una gran importancia en varios ámbitos, tanto en el  histórico, como en el teológico, pero vamos a circunscribirnos a la auto-atribución de médico por parte de Jesús.

 

El relato de Lucas es bastante paradójico en este aspecto, ya que según esta redacción, Jesús llega a Nazaret precedido de una gran fama taumatúrgica, procedente de los milagros y sanaciones realizadas a orillas del Mar de Galilea, cuando, en realidad, el evangelista no ha reflejado todavía ninguna, puesto que el incidente acaecido en su tierra, sucede inmediatamente después de las tentaciones y se conforma como la primera actividad pública de su ministerio.

 

Ello no obsta para que el calificativo de médico que Jesús se arroga carezca de apoyos empíricos, ya que, si atendemos a las redacciones de los otros dos sinópticos, este episodio ocurre bastante avanzado el ministerio, después de un periplo importante por toda la Galilea y, por lo tanto, en ese momento acumulaba diversas sanaciones y exorcismos

 

Sin embargo, el rechazo hacia su persona que se suscita en su pueblo es de tal magnitud que, no sólo se ve impedido para predicar en su tierra y curar a sus enfermos, sino que ha de salir huyendo de la zona como si de un delincuente se tratara.

 

Centrándonos en el título de médico, no es de extrañar que alguien que ha realizado ya diversas curaciones y exorcismos y cuya fama ha trascendido las fronteras de su tierra, pueda ser considerado como alguien con poderes sanadores y, por tanto, calificado de médico.

 

Lo que sucede es que a lo largo de la actividad de Jesús antes de ese episodio, si nos fijamos en el texto de Mateo, el poder sanador de Cristo no se remite a la curación de cuerpos, sino que se extiende, especialmente, a la sanación y paz de los espíritus, puesto que el mayor bloque evangélico anterior al incidente de Nazaret lo constituyen,  el Sermón del Monte y el Discurso Largo en Parábolas, mientras que en Marcos se han sucedido varias curaciones y polémicas con las castas religiosas, entre ellas la generada por el perdón de los pecados a un paralítico, antes de proceder a su curación física.

 

Por  lo tanto, la conceptualización de Jesús como médico, no carece  de certeza en la memoria histórica de sus contemporáneos, pero, para nosotros, dicho concepto se expande y adquiere su verdadera dimensión en la sanación de los espíritus por vía de la palabra y enseñanzas proclamadas, como camino cierto de salvación, no sólo de la enfermedad que nos pueda aquejar, sino, sobre todo, como senda hacia el Padre.

 

El otro momento evangélico en el que el término aparece se corresponde con la llamada al apostolado de Mateo (Leví) y se pronuncia dentro de un contexto polémico con escribas y fariseos que va a continuar a lo largo de los siguientes versículos.

 

Si bien, cuando el término aparece (en los tres sinópticos), ya se habían producido sanaciones y, por lo tanto, al igual que en el caso anterior, la experiencia real de la taumaturgia de Jesús ya era conocida, esta frase del Maestro tiene unas connotaciones más teológicas que conceptuales.

 

Dentro de la propia polémica, la frase se conforma como un apotegma (dicho o sentencia breve) que, probablemente tiene su origen en la sabiduría popular, ya que su contenido es tan apabullantemente lógico que huelga cualquier comentario sobre su literalidad.

 

Otra cosa es el significado que tal sentencia tiene dentro del contexto que se pronuncia, ya que, aprovechando su actividad sanadora de cuerpos, Cristo extiende esta capacidad hacia los que se encuentran excluidos de la sociedad cerrada de Israel a causa de los llamados "males religiosos" (pecadores).

 

Ante la recriminación de las castas religiosas por su connivencia con publicanos, recaudadores de impuestos y pecadores, Cristo ejerce de agente integrador de todos ellos, porque su integración en el Reino es el núcleo fundamental de su misión.

 

Por lo tanto, con este dicho, Cristo aúna y funde en un mismo cuerpo social a toda la masa de excluidos de la sociedad hebrea, ya fueran por motivos religiosos (pecadores, enfermos), como por motivos sociales (pobres, recaudadores), con objeto de constituirse en médico de todo el que lo necesite, ya provenga su mal del cuerpo o del espíritu, puesto que para Él, el mal que aqueja al hombre y le sume en el dolor (físico o espiritual) tiene su superación medicinal con la arribada del Reino.

 

Para Cristo, la curación es un signo que indica que su misión es reintegrar al hombre a su plena dignidad y salud. Las enfermedades físicas se convierten en emblemas de imposibilidades fundamentales del hombre: servidumbre interior, ceguera para conocer la verdad, sordera para oír a Dios, cojera para caminar por la senda del Reino...

 

Jesús, dentro de la conceptualización de médico, al curar las enfermedades físicas, se presenta como el reparador de todas las potencialidades humanas, como el que da la vida en plenitud.

 

Pero es necesario significar que Cristo no representa a un Dios justiciero de pecadores, que necesitara defenderse a sí mismo castigando y fulminando a los que contravienen sus designios, sino a un Dios-médico, Padre lleno de compasión y misericordia.

 

-         El sufrimiento de Jesús (frustración, angustia personal ante el fracaso, dolor físico propio).

 

Ya hemos visto que los textos evangélicos no nos cuentan ningún padecimiento patológico de Jesús o su entorno, pero ello no significa que el sufrimiento psíquico y físico estuviese ausente en su persona a lo largo de su vida pública (sobre los años ocultos sólo podríamos especular).

 

Jesús no fue un triunfador desde las perspectivas humanas del triunfo, sino todo lo contrario: fue desechado por sus vecinos más próximos, perseguido por las autoridades religiosas y políticas de su país, abandonado por todos sus amigos en los momentos difíciles y juzgado, y ejecutado, como delincuente en la forma más baja conocida en su momento histórico.

 

El triunfo de Jesús no pasa, pues, por los parámetros sociales habituales, sino que hemos de buscarlo en otras dimensiones, si bien, en este apartado, nos vamos a circunscribir al reflejo que el Nuevo Testamento nos muestra del sufrimiento psíquico y físico de Jesús, con objeto de conocer como el Hijo de Dios, desde su  humanidad, soporta su particular padecimiento.

 

Por lo tanto, la pregunta básica de este apartado sería: Jesús, en su vertiente humana, y desde lo que se puede desprender de los relatos evangélicos, ¿qué enseñanza de afrontamiento del sufrimiento nos ofrece?.

 

Obviamente, como en el caso de cualquier otra persona, el sufrimiento humano de Jesús tendrá dos vertientes: el físico y el psíquico.

 

Sobre el primero no parece que puedan existir muchas controversias respecto del padecimiento aparejado a la situación de  tortura física derivada de la pasión: golpes, azotes, coronación de espinas, clavamiento y, por último, fallecimiento por asfixia en la cruz.

 

Qué duda cabe que durante el desarrollo de este proceso de tortura, el padecimiento físico de Jesús, el dolor que estos procedimientos agresivos contra su cuerpo, pudieron generarle tuvo que ser inmenso, pero no más que el inferido a cualquier otro torturado en la  misma forma.

 

Si bien existen algunas diferencias entre los cuatro relatos canónicos de la pasión, las coincidencias entre ellos, contando con la detección de diversas  tradiciones orales independientes como origen de los mismos, nos coloca en presencia del multitestimonio de fuentes para dicha narración, con lo que podemos afirmar que, históricamente, Jesús no sólo fue crucificado, sino que, además, padeció la tortura previa a su ejecución relatada en el Evangelio.

 

Puesto que es la única referencia que estos textos nos facilitan respecto del padecimiento de dolor físico de Jesús, a ella nos debemos restringir.

 

La significación teológica del sufrimiento físico de la pasión es de una importancia fundamental para el entendimiento global del mensaje cristiano. Sin embargo, en lo que a la especificidad del dolor padecido, dadas las especiales circunstancias en que se produce, ésto no tiene demasiado valor para nuestro propósito, puesto que las reacciones comportamentales de Jesús están altamente mediatizadas por la situación y la intencionalidad redactora de los evangelistas o de las primeras generaciones cristianas, que fueron las encargadas de la transmisión oral de cuanto ocurrió.

 

Por lo tanto, y para no caer en una dinámica demagógica ajena a nuestro interés, es preferible descartar, como referencia, la opción del dolor físico de Jesús en la pasión, por lo que fijaremos nuestra atención hacia el padecimiento psíquico que nos reflejan los relatos evangélicos. Vertiente en la que sí tenemos diversas muestras, todas ellas relacionadas con las respuestas recogidas por Jesús de su entorno familiar y social acerca de su ministerio público.

 

Para no repetirnos con lo que veremos en el apartado global referido a la marginación, obviaremos en este momento la negatividad procedente de esa constatación, fijándonos en que para Él no es trascendente que quienes le contemplan no entiendan su proceder, sino que el mensaje de que es portador (la llegada del Reino) logre siquiera penetrar los primeros obstáculos.

 

Es decir, Jesús tiene un objetivo claro y una percepción de sí mismo, como mensajero del Reino, que supera cualquier otra atadura o consideración social.

 

Por ello, y a pesar de ello, va a sufrir de la incomprensión, el rechazo, el  abandono y el fracaso, por lo que haremos una reflexión sobre cada uno de estos aspectos,  unas manifestaciones y actitudes de los demás que, por lo que a nosotros se refiere, sonarán muy cercanas a determinados afectados por el ST, especialmente a los que lo padecen en su modalidad "plus" (comorbilidad neuropsiquiátrica).

 

- Incomprensión

 

Es esta una sensación que Jesús va a percibir a lo largo de toda su existencia (no sólo pública, sino también privada, si hacemos caso de los "Evangelios de la Infancia" de Lucas)  y que va a desencadenar el resto de reacciones hacia Él por parte de quienes le rodearon, constituyendo la respuesta básica y elemental de cuantos rodearon al Jesús terreno, pero que se extendió incluso hasta los acontecimientos postpascuales.

 

- Por parte de su familia

 

Sin entrar en la historicidad de los relatos referidos a la gestación y nacimiento de Jesús, si nos atenemos a lo reflejado por Lucas en la anunciación a María, podemos extraer un primer elemento de pasmación e incomprensión en su madre.

 

Las respuestas de María al ángel que le anuncia su misteriosa concepción denotan una falta de entendimiento de lo que está sucediendo, que culmina con la frase de resignación contenida en Lc. 1, 38 (Entonces María dijo: He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra).

 

Si bien esta última respuesta de María se interpreta, en clave teológica, como de asunción y sometimiento a la voluntad de Dios, originariamente nos transmite la sensación de "no entender nada" por parte de una joven campesina galilea que, ante lo que se le viene encima, coloca su psique en actitud de conformismo con la nueva situación que se le plantea.

 

El mismo evangelista, a lo largo de su capítulo 2, nos va a reafirmar en la falta de entendimiento de María hacia su hijo, como muestra en su versículo 19 (Pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón), ante la adoración de los pastores y, nuevamente, con motivo del episodio del extravío de Jesús en el templo de Jerusalén (ver.48 a 51: 48 Cuando le vieron, se sorprendieron; y le dijo su madre: Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con angustia. 49 Entonces él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar? 50 Mas ellos no entendieron las palabras que les habló. 51 Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos. Y su madre guardaba todas estas cosas en su corazón)

 

Esta frase del evangelista referida a la actitud de María, de "guardar estas cosas en su corazón", lo que nos informa es de la falta de sintonía de esta mujer extremadamente joven hacia los acontecimientos que rodeaban a los primeros tiempos de convivencia con su hijo.

 

Probablemente, los primeros capítulos del texto de Lucas coincidan muy poco con la veracidad histórica de los acontecimientos y respondan, más bien, a elaboraciones narrativas del evangelista o de las primeras comunidades cristianas, pero nos reflejan la idea y experiencia de fe que de estos sucesos tenían los primitivos cristianos y, por lo tanto, tienen un importante valor testimonial respecto de la percepción que de Jesús tenía su entorno más próximo en los primeros tiempos (los de su infancia).

 

En el episodio del Templo, la respuesta de Jesús hacia la incomprensión de sus padres (obviamente no es la respuesta de un niño de 12 años, sino que responde a la intencionalidad redactora del evangelista), nos va a anticipar ya las líneas y cauces que Jesús va a poner en práctica para con estas carencias de entendimiento hacia su misión: la instauración y predicación del Reino están por encima de cualquier  otra consideración hacia su persona.

 

Una de las situaciones de incomprensión más paradigmáticas que nos reflejan los textos canónicos es la señalada por Marcos en su capítulo 3, ver. 21 (Cuando lo oyeron los suyos, vinieron para prenderle; porque decían: Está fuera de sí), que, tiene su continuación en Mc. 3, 31-35 (31 Vienen después sus hermanos y su madre, y quedándose afuera, enviaron a llamarle. 32 Y la gente que estaba sentada alrededor de él le dijo: Tu madre y tus hermanos están afuera, y te buscan. 33 Él les respondió diciendo: ¿Quién es mi madre y mis hermanos? 34 Y mirando a los que estaban sentados alrededor de él, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. 35 Porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre)

 

Este acontecimiento, al revés que en el caso citado de los primeros capítulos de Lucas, sí que posee todos los aditamentos para ser considerado como generado por el Jesús histórico, ya que el versículo 21 nos muestra una actitud de incomprensión, por parte de su familia, de tal calibre, que es imposible que fuese recogida por las tradiciones orales de las fuentes de Marcos si no hubiese sucedido en realidad (criterio de dificultad), además de otras consideraciones historicistas en las que no nos vamos a extender.

 

Tal es la dificultad para asumir esta situación por parte de las primeras comunidades cristianas, que el resto de los evangelistas silencian el acontecimiento, si bien recogen la continuación del mismo.

 

Como vemos en la prolongación de esta perícopa, la reacción de Jesús ante la falta de entendimiento por parte de su familia, es la que anunciábamos anteriormente: extender su mensaje de forma universal (globalizar) por encima de consideraciones personalistas, porque el Reino es superior a cualquier consideración humana.

 

Curiosamente, es el texto menos histórico de los cuatro canónicos (el de Juan), el que mejor nos acerca a la incomprensión de su misión por parte de su familia.

 

Así en Juan, capítulo 7, ver. 5 al 7, leemos: 5 Es que ni siquiera sus hermanos creían en él. 6 Entonces les dice Jesús: "Todavía no ha llegado mi tiempo, en cambio vuestro tiempo siempre está a mano. 7 El mundo no puede odiaros; a mí sí me aborrece, porque doy testimonio de que sus obras son perversas.

 

Sabida es la intencionalidad testimonial del texto joánico y su extremo cuidado para con el tratamiento que dispensa a la familia de Jesús este evangelista. No en vano, María, la madre de Jesús pasó los últimos años de su vida en compañía del “discípulo amado” del Maestro.

 

Por lo tanto, una afirmación tan rotunda acerca de la incredulidad de sus próximos, no deja de resultar significativa dentro de esta redacción, lo que le da aún mayores visos de verosimilitud histórica a este comportamiento.

 

Nuevamente, la reacción de Cristo vuelve a ser de despego hacia la actitud de quienes no le comprenden y permanece fiel al objetivo primigenio: la predicación escatológica de la llegada del Reino.

 

- Por parte de sus discípulos/apóstoles

 

Cristo se rodea de 12 de sus discípulos, haciendo de ese grupo el núcleo central de sus seguidores. Estos apóstoles (del griego apostolos = enviado delante, comisionado), a priori, deberíamos considerarlos como los más próximos a Jesús y quienes mejor entenderían su misión.

 

No es así, ni mucho menos.

 

En Marcos, capítulo 9, ver. 28 (Juan le respondió diciendo: Maestro, hemos visto a uno que en tu nombre echaba fuera demonios, pero él no nos sigue; y se lo prohibimos, porque no nos seguía), vemos como Juan, haciéndose portavoz de todos ellos, esgrime una suerte de tribalismo exclusivista, alejado totalmente de la universalidad del mensaje de Cristo, siendo reconvenido por el Nazareno y colocando la totalidad del mensaje cristiano por encima de las parcialidades humanas.

 

El episodio de la transfiguración nos acerca una nueva incomprensión de los apóstoles, en este caso de Pedro, si bien este pasaje nos sitúa en la traslación evangélica de acontecimientos postpascuales al relato prepascual.

 

En Mateo 8, 27, con motivo de la tormenta calmada, y aun contando con las escasas probabilidades de verosimilitud histórica del acontecimiento, el evangelista nos refleja la pasmación e incomprensión de sus seguidores hacia la persona que les dirige y adoctrina (Y aquellos hombres, maravillados, decían: «¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen?»)

 

El apartado de las parábolas resulta paradigmático en este sentido, ya que es donde podemos contemplar reflejada, con mayor abundancia testimonial, la incomprensión de los suyos hacia la predicación impartida.

 

Algunas muestras de esta actitud podemos verlas en: Mateo 13, 36: Entonces despidió a la multitud y se fue a casa. Y se le acercaron sus discípulos diciendo: «Explícanos la parábola de la cizaña del campo» y, especialmente, en Mateo 15, 15-18: Tomando Pedro la palabra, le dijo: «Explícanos la parábola.» 16 El dijo: «¿También vosotros estáis todavía sin inteligencia?17¿No comprendéis que todo lo que entra en la boca pasa al vientre y luego se echa al excusado?18 En cambio lo que sale de la boca viene de dentro del corazón, y eso es lo que contamina al hombre, que, como vemos, desencadena una reacción airada del Maestro ante la dureza de entendimiento de sus oyentes.

 

Una reacción similar la encontramos en Mateo 16, 5-12, en esta ocasión referida a la incomprensión de los apóstoles respecto de la predicación preceptual de Cristo: 5 Los discípulos, al pasar a la otra orilla, se habían olvidado de tomar panes. 6 Jesús les dijo: «Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y saduceos.»7 Ellos hablaban entre sí diciendo: «Es que no hemos traído panes.» 8 Mas Jesús, dándose cuenta, dijo: «Hombres de poca fe, ¿por qué estáis hablando entre vosotros de que no tenéis panes? 9 ¿Aún no comprendéis, ni os acordáis de los cinco panes de los 5.000 hombres, y cuántos canastos recogisteis? 10 ¿Ni de los siete panes de los 4.000, y cuántas espuertas recogisteis? 11 ¿Cómo no entendéis que no me refería a los panes? Guardaos, sí, de la levadura de los fariseos y saduceos.» 12 Entonces comprendieron que no había querido decir que se guardasen de la levadura de los panes, sino de la doctrina  de los fariseos y saduceos.

 

Pero donde más podemos observar la indignación de Jesús para con la incomprensión de sus allegados es en los dos pasajes siguientes, de Mateo.

 

En el primero de ellos, correspondiente a Mateo 16, 22-23, nos encontramos con la enigmática ira de Jesús hacia Pedro, cuando ante el anuncio profético de su pasión, Cefas se atreve a reconvenir su pesimismo, amparado por su incomprensión global de la misión jesuática, y recibe una respuesta del Nazareno que, dado el contexto discursivo del pasaje, se antoja desmedida por su firmeza: 22 Tomándole aparte Pedro, se puso a reprenderle diciendo: «¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!» 23 Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!.

 

Se trata de un pasaje procedente de las fuentes de Marcos, con incrustaciones de la fuente Q y que sorprende por la firmeza, incluso violencia verbal, de la respuesta de Jesús a Pedro, sobre todo porque el pasaje está encuadrado en un momento declarativo, de orden escatológico, e inmediatamente después de la declaración de fe de Pedro al Maestro.

 

Al margen de consideraciones exegéticas o hermenéuticas, el pasaje, en sí mismo sí nos sirve para ilustrar la falta de sintonía entre los más allegados a Jesús y la percepción que Él mismo tiene de su misión.

 

Otro tanto podemos extraer del episodio del exorcismo del hijo de uno de la multitud, contenido en Mateo 17, 19-20 (19 Entonces los discípulos se acercaron a Jesús, en privado, y le dijeron: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle? 20 Díceles: «Por vuestra poca fe. Porque yo os aseguro: si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: “Desplázate de aquí allá”, y se desplazará, y nada os será imposible»), donde, en otro pasaje procedente de las fuentes de Marcos,  la recriminación de Jesús se dirige, esta vez, hacia la poca calidad de la fe de sus discípulos, puesto que ellos no terminan de comprender cual es el encargo que Cristo les ha realizado y cuales los fundamentos del poder que les ha otorgado.

 

Podríamos continuar relatando muestras de incomprensión de los allegados a Jesús hacia su persona y su predicación, pero parece innecesario con las pinceladas que ya hemos relacionado.

 

- Por parte de los ajenos

 

En este apartado podremos encontrar diversos y variados ejemplos de incomprensión de los oyentes hacia la predicación y misión de Jesús.

 

Para no hacer exhaustiva la relación procuraremos reseñar los pasajes más significativos.

 

El primero de ellos, procedente de las fuentes de Marcos, nos lleva a lo recogido en Mt. 9, 2-3: (2 En esto le trajeron un paralítico postrado en una camilla. Viendo Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: «¡ Animo!, hijo, tus pecados te son perdonados.»3 Pero he aquí que algunos escribas dijeron para sí: «Este está blasfemando.»), correspondiendo a la sanación de un paralítico, al que Cristo, como sanador de cuerpos y almas, primero limpia de sus pecados antes de acometer la sanación del cuerpo. Démonos cuenta de que los oyentes no cuestionarán la sanación del paralítico, sino que su incomprensión se dirige hacia la actitud libertaria de Jesús que, desde su visión escatológica de presente, hace realidad la presencia del Reino, reintegrando a la sociedad al inválido (marginado), borrando el origen de su enfermedad, según la mentalidad hebrea de la época (sus pecados).

 

Dentro del mismo contexto polémico, y también con origen en las tradiciones marcanas, la siguiente muestra de incomprensión la encontraremos en el mismo capítulo, en los ver. 11 a 13: (11 Al verlo los fariseos decían a los discípulos: «¿Por qué come vuestro maestro con los publicanos y pecadores?»12 Mas él, al oírlo, dijo: «No necesitan médico los que están fuertes sino los que están mal.13 Id, pues, a aprender qué significa aquello de:  Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.»).

 

Esta perícopa nos introduce en la llamada a Mateo (Leví) y nos muestra dos de las características de la predicación jesuática: como son las comidas con los marginados (publicanos y pecadores) y su convencimiento de que al Reino están llamados, especialmente, los que en la sociedad humana se encuentran excluidos por razones sociales, políticas o religiosas (enfermos, disidentes y estigmatizados socialmente). Una vez más se nos muestra la escatología de presente de su predicación, por cuanto asume plenamente que el nuevo mundo tiene como principal característica la de su universalidad y apertura a quienes por unas u otras razones, en la sociedad anterior, han estado marginados.

 

Tal situación choca con las percepciones y tradiciones sociales, políticas y religiosas de la época y no alcanzan a ser comprendidas por quienes las escuchan.

 

Si bien en el siguiente pasaje no podríamos hablar estrictamente de un personaje ajeno a Jesús, puesto que el Bautista no era tal, desde el momento en que, probablemente, el propio Jesús había sido su discípulo, tal fue su distanciamiento posterior que  sí podríamos encuadrarle entre los ajenos, por cuanto, ni el Bautista, ni la mayor parte de sus seguidores (aunque sí algunos de ellos a título individual), entendieron después la predicación del Galileo.

 

Se trata del pasaje procedente de la fuente Q que, tradicionalmente, se atribuye al entorno histórico de Jesús por la cantidad de criterios historicistas que reúne, y que ya hemos manejado e otros lugares de este trabajo.

 

Nos referimos a Mateo 11, 1-6 (1 Y sucedió que, cuando acabó Jesús de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades. 2 Juan, que en la cárcel había oído hablar de las obras de Cristo, envió a sus discípulos a decirle: 3 «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?» 4 Jesús les respondió: «Id y contad a Juan lo que oís y veis: 5 los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva; 6 ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!»), donde podemos contemplar la incomprensión del Bautista hacia la persona y predicación de Jesús y la advertencia velada de Éste hacia el que pudo ser su maestro en otros tiempos contenida en la bienaventuranza final.

 

Tradicionalmente se considera esta perícopa como el resumen programático de Jesús como profeta escatológico de presente y futuro, ya que en la respuesta a los discípulos de Juan se condensa la esperanza de futuro en la predicación del Evangelio a los pobres y la realidad presente del cambio para los ciegos, cojos, leprosos, sordos y muertos (toda la panoplia de miserias físicas y espirituales del hombre).

 

Otra muestra la encontramos en la opinión de Herodes hacia Jesús que encontramos en Mt. 14, 1-2 (1En aquel tiempo se enteró el tetrarca Herodes de la fama de Jesús, 2 y dijo a sus criados: «Ese es Juan el Bautista; él ha resucitado de entre los muertos, y por eso actúan en él fuerzas milagrosas.»), también procedente de las fuentes de Marcos, posiblemente derivada de la creencia hebrea en la resurrección de los profetas carismáticos.

 

Por último, vamos a reseñar dos muestras más de la incomprensión que rodeaba a Jesús, no porque aquí se acaben los testimonios que nos reseñan tal actitud, sino porque su relación completa haría de este trabajo algo demasiado extenso en uno de sus aspectos y no corresponde a nuestra intención.

 

La perícopa, procedente del material especial de Lucas, recogida en Lc. 15, 1-2 (1 Se acercaban a Jesús todos los publicanos y pecadores para oírle, 2 y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Este a los pecadores recibe, y con ellos come) nos refleja la mezquindad de la opinión sostenida por la casta religiosa hacia la predicación de Jesús, ya que se limita a resaltar aspectos formales sin profundizar en la trascendencia de su mensaje. Sin embargo, estos aspectos formales, para Jesús, tenían una importancia capital, ya que a través de sus actos, no sólo de su palabra, ponía de manifiesto los efectos reales de la presencia parcial del Reino en su escatología presente, y relacionándose con los pecadores (proscritos religiosos de su sociedad), reintegraba a tales colectivos en la universalidad esperanzadora del Reino.

 

La última reseña que vamos a recoger proviene de las fuentes joánicas.

 

Posiblemente las menos historicistas de todas, pero que vienen a aportarnos un multitestimonio de fuentes respecto de la incomprensión generalizada hacia Jesús.

 

Jn. 7, 12-15 (12 Y había gran murmullo acerca de él entre la multitud, pues unos decían: Es bueno; pero otros decían: No, sino que engaña al pueblo. 13 Pero ninguno hablaba abiertamente de él, por miedo a los judíos. 14 Mas a la mitad de la fiesta subió Jesús al templo, y enseñaba. 15 Y se maravillaban los judíos, diciendo: ¿Cómo sabe éste letras, sin haber estudiado?) nos muestra, tanto la división popular respecto de las opiniones hacia Jesús, como el asombro por sus conocimientos.

 

Ambas muestras tienen una gran importancia respecto de la consideración popular hacia Jesús, ya que una opinión unánime sobre Él, reflejada por los evangelistas, resultaría, como mínimo, sospechosa. Mientras que una controversia popular acerca del Galileo nos aporta más certeza histórica sobre la imagen de Jesús entre el pueblo llano.

 

A su vez, el asombro por sus conocimientos, aun contando con su carencia de formación letrada, refleja una realidad histórica, ya que el talante rabínico de algunas de sus exhortaciones y el despliegue de conocimientos instrumentales de la Torá, desde la conciencia popular, sólo era comprensible si el que enseñaba era un letrado. Caso que no correspondía a la realidad de Jesús, pero sí nos aporta la justificación de trato de "maestro", "rabí" o "rabuní" que encontramos en otros pasajes evangélicos.

 

¿Qué nos aporta toda esta disquisición sobre la incomprensión sufrida por Jesús para nuestra perspectiva intencional, desde la necesidad de contemplar la vida a través del Tourette y la incomprensión que nuestras manifestaciones touréticas generan en nuestro entorno?.

 

Partimos de la premisa de que nuestras manifestaciones resultan extravagantes, chocantes e, incluso, provocadoras para con la mentalidad estandarizada y uniforme de  nuestra sociedad.

 

Muy pocos de los que presencian nuestra realidad más virulenta son capaces de profundizar en ella y ofertar su comprensión.

 

La mayoría reaccionamos con incomprensión porque nos quedamos en la superficie de las manifestaciones. En las formas y maneras discordantes con lo establecido y convenido socialmente.

 

Jesús, aun manteniéndose dentro de los cánones religiosos judíos, resulta provocador tanto por la radicalización que realiza de algunos preceptos de la ley (especialmente los éticos), como por la laxitud a que somete otros (fundamentalmente los cultuales).

 

Gracias a su actitud, recibe incomprensión y reacciona hacia ella. ¿Con abandono de su discurrir?. No, con perseverancia en el mismo porque está convencido de que lo que hace es lo apropiado. Claro que le importa no ser comprendido y, en ocasiones, como hemos visto, reacciona con ira hacia la cerrazón de sus acompañantes, pero hace gala de pragmatismo y no espera ser comprendido por todos. Su misión consiste en facilitarnos, dentro de su predicación escatológica, los medios para la salvación. No la de imponer dichos medios. El resumen de su percepción podríamos condensarlo en que para Jesús, el destino final del hombre depende de la voluntad de Dios, junto con la voluntad personal de cada cual. Por lo tanto, aun sabiendo que no es comprendido por muchos, prosigue su misión en la seguridad de estar ofertando al orbe la visión de un nuevo mundo basado en los dos mandamientos principales: el amor a Dios y el amor a los hombres.

 

Nuestra posición de afectados por una enfermedad que nos obliga a realizar actos considerados asociales nos coloca en una situación similar, salvando las distancias.

 

Tampoco somos comprendidos, pero hemos de estar en el convencimiento de que lo que hacemos no es motivo de culpabilización o estigmatización social.

 

No podemos evitar hacer lo que hacemos y el no ser comprendidos no puede sumirnos en la postración absoluta.

 

Si no se nos entiende, no es simplemente porque lo que hacemos se desvía del convencionalismo, sino porque los receptores se quedan en la superficialidad y, por lo tanto, tal incomprensión no dejará de ser "su problema".

 

Tampoco en este caso podemos caer en la simpleza de abandonarnos totalmente a nuestra vivencia y desdeñar los efectos que nuestra circunstancia tiene en la vida social más inmediata.

 

Como el propio Jesús nos muestra en diversos pasajes (el tributo al templo de Mt. 17,  27: Sin embargo, para no ofenderles, ve al mar, y echa el anzuelo, y el primer pez que saques, tómalo, y al abrirle la boca, hallarás un estatero; tómalo, y dáselo por mí y por tí; o la orden de presentarse a los sacerdotes a los leprosos limpiados de Mc. 1.44: y le dijo: Mira, no digas a nadie nada, sino ve, muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu purificación lo que Moisés mandó, para testimonio a ellos, etc.), aun relativizando los preceptos cultuales para evitar el escándalo, también muestra su humildad plegándose a tales preceptos.

 

Por lo tanto, aun teniendo presente que nuestra realidad existencial conlleva unos componentes disgregadores de la sociabilidad convencional, no debemos abandonar nuestros intentos por superarlos y adquirir las herramientas comportamentales suficientes para integrar nuestra existencia en el resto de la sociedad, porque tampoco podemos desarrollar nuestra existencia totalmente al margen de ella.

 

Puede que no nos podamos curar de nuestro síndrome,  que nuestras manifestaciones sigan sin ser bien entendidas, pero sí podemos, y debemos, intentar modular nuestras actitudes a lo considerado como estándar.

 

Tenemos el derecho de ser considerados y reconocidos en nuestra especificidad social, pero también tenemos la obligación de intentar integrarnos socialmente y respetar los miedos e incomprensiones ajenas.

 

- Rechazo

 

Este apartado de la actitud social de la época hacia Jesús nos acerca a una relación efectual derivada, sin solución de continuidad, con el apartado anterior.

 

Si la predicación y actitudes de Jesús no son asimilados por la mentalidad social y religiosa de sus contemporáneos, incluido su círculo más próximo, la primera consecuencia es el rechazo hacia quien genera tal incomprensión.

 

Tampoco aquí vamos a extendernos por todos los pasajes evangélicos que nos muestran actitudes de rechazo frontal hacia el Galileo, porque nos dilataríamos excesivamente en aspectos puntuales, sino que, como en los casos anteriores, elegiremos algunas manifestaciones recogidas en los textos evangélicos.

 

En el propio prólogo del "Evangelio del testimonio" (Juan), tenemos la primera muestra de este rechazo, ya que el propio  evangelista nos dice en Jn. 1, 9-11: Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo. 10 En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. 11 A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.

 

Ya en la presentación del texto joánico podemos contemplar cómo sus propios discípulos tenían conciencia del rechazo suscitado por Jesús entre sus convecinos, hasta el punto de no ser entendido y, posteriormente, ejecutado como delincuente.

 

El episodio del exorcismo que nuclea una buena parte de este trabajo (los endemoniados gaderenos) es otro de los momentos claves del rechazo hacia la persona de Jesús, incluso entre los que, aunque indirectamente, han sido beneficiados por su actividad, como podemos ver en Mc. 5, 17: (Y comenzaron a rogarle que se fuera de sus contornos)

 

El propio Jesús es consciente de este rechazo y de ello advierte a sus seguidores en el momento en que éstos son enviados en misión en Mc. 13, 9: (Pero mirad por vosotros mismos; porque os entregarán a los concilios, y en las sinagogas os azotarán; y delante de gobernadores y de reyes os llevarán por causa de mí, para testimonio a ellos), dándose en este dicho una circunstancia especialmente importante, para la intencionalidad de este trabajo.

 

Nos referimos a la frase "para testimonio de ellos", también recogida por Marcos en la recomendación al leproso limpiado.

 

Esta frase implica el reconocimiento de Jesús de que la persecución y rechazo de que es objeto y que se prolongará en el futuro hacia sus discípulos, como podremos comprobar en el libro de los Hechos de los Apóstoles, no se deriva tanto de la esencia y contenido de su predicación, como de la necesidad social de defenderse del mensaje revolucionario del Galileo por parte de las clases dirigentes.

 

Otro testimonio directo de Jesús nos lo encontraremos en su maldición sobre las ciudades ingratas contenido en Mt. 11, 20-21: (20 Entonces comenzó a reconvenir a las ciudades en las cuales había hecho muchos de sus milagros, porque no se habían arrepentido, diciendo: 21 ¡Ay de ti, Corazín!. ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en vosotras, tiempo ha que se hubieran arrepentido en cilicio y en ceniza).

 

Si bien no contamos con testimonios sobre la actividad de Jesús en tales ciudades, fácilmente se puede deducir, del dicho recogido, que en dichas poblaciones no fue aceptada su acción y claramente fue rechazado, hasta el punto de generar en Jesús una reacción hacia ellas de maldición, que supone una actitud discontinua para con el resto de los textos evangélicos.

 

 

En la misma línea cultual señalada en el apartado anterior podemos contemplar el rechazo que genera su actividad sanadora entre los dirigentes religiosos, no tanto por la curación realizada, que nadie cuestiona, como por haber sido realizada contraviniendo el precepto sabático. Si bien, en este caso específico, como se comprueba en Mc. 3.1-6 (1 Otra vez entró Jesús en la sinagoga; y había allí un hombre que tenía seca una mano. 2 Y le acechaban para ver si en el día de reposo le sanaría, a fin de poder acusarle. 3 Entonces dijo al hombre que tenía la mano seca: Levántate y ponte en medio. 4 Y les dijo: ¿Es lícito en los días de reposo hacer bien, o hacer mal; salvar la vida, o quitarla? Pero ellos callaban. 5 Entonces, mirándolos alrededor con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: Extiende tu mano. Y él la extendió, y la mano le fue restaurada sana. 6 Y salidos los fariseos, tomaron consejo con los herodianos contra él para destruirle) no parece que exista acción de obrar por parte de Jesús, sino sanación a través de la palabra y tal acción no estaba prohibida por el precepto.

 

Sin embargo, la acción sanadora genera entre los asistentes una actitud de rechazo frontal de tal magnitud que es percibida por el Nazareno y modela en Él un comportamiento de enojo poco habitual.

 

Nuevamente los textos joánicos nos testimonian el rechazo de parientes y extraños ante la actividad de Cristo, como podemos ver en Jn. 12, 37: Pero a pesar de que había hecho tantas señales delante de ellos, no creían en él.

 

Pero si algún testimonio sobre el rechazo hacia Jesús puede resultar paradigmático, éste lo encontraremos en el incidente acaecido en su pueblo (Nazaret) en el curso de su predicación en la sinagoga que ya hemos recogido anteriormente.

 

Nos referimos al contenido de Lc. 4, 29-30 (29 y levantándose, le echaron fuera de la ciudad, y le llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba edificada la ciudad de ellos, para despeñarle. 30 Mas él pasó por en medio de ellos, y se fue), donde podemos observar que el rechazo es de tal magnitud que sus vecinos intentan lincharle.

 

Este incidente, además, tiene todos los aditamentos para ser considerado histórico, puesto que al criterio de dificultad (algo tan escandaloso no se cuenta si realmente no hubiese sucedido), se añade el de multitestimonio de fuentes, toda vez que el episodio es recogido por los sinópticos con tal disparidad que fácilmente pueden reconocerse en el texto, dos y hasta tres, tradiciones independientes.

 

Este rechazo, además, no sucede inocuamente, sino que conlleva unas consecuencias inmediatas en la predicación de Cristo.

 

Por un lado, renuncia a proseguir su predicación en su tierra y, por el otro, decide que ya ha llegado el momento de dirigirse a Jerusalén para culminar la misma.

 

Una última cita, del texto de Juan, nos acerca a las motivaciones político-religiosas para el rechazo de la predicación crística.

 

Nos referimos al contenido de Jn. 11.45-53 (45 Entonces muchos de los judíos que habían venido para acompañar a María, y vieron lo que hizo Jesús, creyeron en él. 46 Pero algunos de ellos fueron a los fariseos y les dijeron lo que Jesús había hecho. 47 Entonces los principales sacerdotes y los fariseos reunieron el concilio, y dijeron: ¿Qué haremos? Porque este hombre hace muchas señales. 48 Si le dejamos así, todos creerán en él; y vendrán los romanos, y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación. 49 Entonces Caifás, uno de ellos, sumo sacerdote aquel año, les dijo: Vosotros no sabéis nada; 50 ni pensáis que nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca. 51 Esto no lo dijo por sí mismo, sino que como era el sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús había de morir por la nación; 52 y no solamente por la nación, sino también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos. 53 Así que, desde aquel día acordaron matarle).

 

Si eliminamos los añadidos claramente cristianos, nos encontraremos con el miedo desarrollado entre los dirigentes judíos por el proselitismo (no buscado) de Jesús, el seguimiento creciente de las masas y, especialmente, su crítica directa hacia las formas y normas esclerotizadas de culto en el Templo.

 

La lectura que estos dirigentes realizan del fenómeno social que están contemplando no puede ser menos espiritualista: contemplan a Jesús como cabecilla de una revolución popular que podría generar la represión romana y conllevar la eliminación de la principal seña de identidad nacional (el Templo), con lo que ellos, a su vez, serían arrojados de las situaciones de privilegio que detentaban en ese momento (como al final sucedió en la guerra judía de los años 60-70 d.C.).

 

No aparecen consideraciones teológicas, ideológicas o religiosas, sino simple pánico ante la reacción del invasor por el incremento de seguidores del Nazareno, uno de cuyos pilares ideológicos es su crítica al Templo.

 

Como en el caso del apartado anterior, existen en los textos de los evangelistas más precisiones que nos acercarían a la situación de rechazo, pero parece inútil abundar en ellas. Con las mencionadas tenemos de sobra para nuestro enfoque.

 

Si profundizamos más en los textos contemplados, y en los que no hemos reseñado, podríamos comprobar como en la mayor parte de las ocasiones la actitud de Jesús ante el rechazo no es inerme, sino que desencadenan en Él una reacción, unas veces de tristeza y pesadumbre por la incomprensión recibida, y otras de ira hacia quienes, a pesar de la bondad del mensaje facilitado, se niegan a aceptarlo y lo objetan por unas u otras razones.

 

Esta es la lectura que a nosotros, los afectados por el Tourette, nos interesa resaltar.

 

El rechazo que recibimos de los demás por la incomprensión y el miedo ante nuestras acciones, a lo que no debe conducirnos es a la pasividad y ensimismamiento, sino a la reacción ante él para combatirlo, tanto por la injusticia que emana del mismo, como por el egoísmo que presupone.

 

Una actitud de conformismo y resignación hubiese salvado a Cristo de la cruz, pero hubiese falseado su misión.

 

Nuestra resignación e interiorización del rechazo hacia nosotros por nuestras características sólo abona la exclusión social y la depresión personal.

 

Se hace necesaria la reacción, especialmente aclaratoria e informativa, hacia quienes muestran el rechazo, haciéndoles ver lo injusto de su posicionamiento ante quien muestra comportamientos diferentes, pero que demanda un trato igualitario, digno y respetuoso con sus especificidades.

 

- Abandono

 

Una penúltima consideración, dentro de este apartado, nos lleva a la soledad y abandono, como una situación directamente ligada con las consideraciones anteriores de incomprensión y rechazo y que, además, acentúa la sensación de fracaso contemplada inmediatamente después.

 

En cualquier movimiento social, sea del tipo que sea, en el que una figura se erige en conductor o cabeza del mismo y otros individuos deciden seguirle, siempre se produce una acción dinámica de flujo y reflujo de personas.

 

Unas se incorporan y permanecen, otras, tras conocer el mensaje que nuclea el movimiento, lo abandonan, etc.

 

El grupo de Jesús no es diferente en ello a todos los demás.

 

La actividad de Jesús, históricamente hablando, podemos encuadrarla como la de un profeta carismático itinerante, que tiene su contrapunto, por ejemplo, en la actividad del Bautista, cuya actividad es sedentaria y fija en un determinado lugar geográfico de Palestina.

 

El seguimiento de los carismáticos itinerantes, como podríamos comprobar fácilmente en los textos evangélicos, tiene unas exigencias superiores al de otras figuras proféticas de la época.

 

Así tenemos, por ejemplo, la exigencia de abandono de bienes y familia, la carencia de lugar fijo de residencia, la ausencia de posesiones, la dependencia de la voluntad de los demás cuando son enviados a la predicación, la inseguridad de sustento y manutención, etc.

 

Si eso añadimos que el código ético y moral que Jesús predica, y que podemos resumir en el Sermón del Monte (Mateo) o del llano (Lucas), propugna una radicalización de la ley mosaica en esos aspectos, y que Jesús exige que se acepte puntualmente por parte de sus seguidores, aunque muestra cierta laxitud para quienes no optan por un seguimiento directo, fácil es deducir que las defecciones de seguidores no resultan algo extraño al grupo. Entendiéndose bien que no estamos contemplando las multitudes que acuden a sus discursos o proclamas, sino al grupo de apóstoles y discípulos más próximos.

 

La primera de estas defecciones múltiples la podemos encontrar en el texto joánico, más concretamente en Jn. 6, 66-67 (66 Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él. 67 Dijo entonces Jesús a los doce: ¿Queréis acaso iros también vosotros?), donde tras el discurso del pan de vida, su contenido escandaliza de tal forma a sus seguidores y oyentes que el abandono es inmediato.

 

Posiblemente, dicho discurso procede de una traslación de la realidad postpascual a la predicación prepascual y tenga su origen en reflexiones de la escuela joánica o de la Iglesia primitiva, aunque contenga algunos aspectos relacionables con el Jesús histórico (la formulación eucarística, fundamentalmente).

 

En la misma línea, es más que probable que las defecciones discipulares se sucedieran a lo largo de toda la actividad pública de Jesús, al igual que las incorporaciones, más o menos estables.

 

La inclusión de esta realidad en este lugar de la redacción de Juan es un intento por justificar estos abandonos y mostrar el exquisito respeto del Nazareno por la libertad y voluntad de sus compañeros, pero no deja de resultar chocante que sea el evangelista más "teológico" o "mesiánico" quien mencione el hecho del abandono del seguimiento de Jesús por parte de un grupo de seguidores.

 

El otro  abandono, quizá el más sonado, es el de Judas Iscariote, que es recogido por los cuatro evangelistas, aunque de forma sensiblemente distinta.

 

Existen varias opiniones respecto de esta defección que desembocó en traición y acabó trágicamente con la muerte de los dos protagonistas, pero todas ellas tienen en cuenta la compleja personalidad del Iscariote.

 

No existe absoluta seguridad, pero hay una tendencia generalizada a considerar a Judas como perteneciente a una corriente nacionalista judía próxima a los zelotes.

 

Posiblemente Judas se aproximó al grupo de Jesús desde la esperanza mesiánica hebrea (caudillo libertador de la opresión romana) y se sintió defraudado, cuando su Maestro mostraba una actitud de no-enfrentamiento o confrontación nacionalista o política con el opresor, llevándole, en su frustración, a tratar de empujar al propio Jesús hacia un posicionamiento más radical en dicho sentido, provocando su  detención por parte de los dirigentes judíos e intentar así hacer reaccionar a Jesús en contra de ella.

 

Otra tendencia trata de explicar la traición de judas en un aspecto puramente crematístico, ya que era el encargado de las finanzas del grupo.

 

A este respecto, el momento decisorio para su defección parece fijarse en la unción de Jesús por una pecadora en casa de Simón el leproso (Mt. 6, 26-13  y Mc. 14, 3-9), un  fariseo (Lc. 7, 36-50) o la vivienda de Lázaro (Jn. 12, 1-8).

 

Este acontecimiento parece reunir todos los elementos de historicidad como para tener un origen en el Jesús histórico (multitestimonio de fuentes, dificultad, evolución, ambiente, etc.)

 

En esta línea, también hay dos tendencias sobre la decisión de Judas.

 

Por un lado su desacuerdo con el manejo que Jesús hacía del patrimonio del grupo, generándose una fuerte controversia pública entre ambos en el momento de la unción, por el derroche que, en su opinión, se había realizado, y por otra parte, la posible utilización de los fondos comunitarios por parte de Judas para otros fines diferentes de los previstos, circunstancia que pudiera haber sido descubierta, bien por el propio Jesús o sus compañeros.

 

La tradición cristiana posterior ha demonizado la actitud de Judas, con objeto de explicar, 1): su defección y posible traición; y 2): la pasmación que supuso la detención y ejecución de su Maestro.

 

El tercer abandono sonado se produce, en masa, en el momento de la detención de Jesús en el Huerto de los  Olivos (Mc. 14, 50: Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron)

 

El momento de la defección en masa es recogido de forma singular por los evangelistas, ya que, mientras Marcos la recoge de forma categórica, añadiendo la de un joven que huye desnudo, Mateo (Mt. 26, 56: Mas todo esto sucede, para que se cumplan las Escrituras de los profetas. Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron) también la recoge, pero suavizándola con una justificación profética procedente de Is. 53, 7-10 (7 Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca. 8 Tras arresto y juicio fue arrebatado, y de sus contemporáneos, ¿quién se preocupa? Fue arrancado de la tierra de los vivos; por las rebeldías de su pueblo ha sido herido; 9 y se puso su sepultura entre los malvados y con los ricos su tumba, por más que no hizo atropello ni hubo engaño en su boca. 10 Mas plugo a Yahveh quebrantarle con dolencias.Si se da a sí mismo en expiación, verá descendencia, alargará sus días, y lo que plazca a Yahveh se cumplirá por su mano), mientras que Lucas (de elaboración posterior) y Juan (más tardía aún), silencian esta defección.

 

Vemos pues, que la incomprensión de fondo de los discípulos y la radicalidad de la exigencia en el seguimiento van minando el apoyo de sus seguidores y, al final, cuando el momento cumbre se presenta, la fortaleza de los discípulos se resquebraja y Jesús se ve sólo y abandonado por todos.

 

Desde nuestra posición de afectados por el Tourette se nos plantea una situación similar.

 

Convivir con un afectado grave de Tourette es sumamente exigente para con la tolerancia y la paciencia de sus acompañantes.

 

Si la ligazón entre afectado y acompañantes no está suficientemente sustentada por lazos de amor profundo y comprensión hacia la realidad existencial del afligido, las defecciones serán consecuentes, tanto con el miedo, como con la comodidad del estilo de vida individualizado que pregona nuestro sistema social.

 

No es algo que deba preocuparnos en exceso.

 

Hemos de contar con esos abandonos y soledades, porque las carencias afectivas siempre minarán las capacidades de soportar determinados comportamientos  touréticos.

 

Al final, como veremos más adelante, Jesús contó, en los peores momentos, con la compañía de quienes, venciendo el miedo, antepusieron su amor por el Nazareno a sus propios prejuicios: Juan, María (su madre), María Magdalena e, incluso, Pedro.

 

Estoy seguro de que otro tanto sucede en los hogares de los touréticos gravemente afectados.

 

Al final, quienes anteponen el amor por la persona a la situación de afectación, serán los que continúen a su lado, venciendo inconvenientes y molestias.

 

 

- Fracaso

 

En tanto que la incomprensión, el rechazo y el abandono son conceptos objetivables por la mente humana, el fracaso corresponde a un sentimiento íntimo y subjetivo o, bien, a una consideración exógena al sujeto que podría entrar en tensión con la consideración propia.

 

Desde una perspectiva periférica al entorno jesuático, o desde una consideración social puramente mecanicista, es obvio que Jesús fracasó en sus postulados y apreciaciones.

 

Los comienzos predicatorios que nos refleja el texto de Marcos, en Mc. 1.14-15 (14 Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, 15 diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio) nos muestra la idea de Jesús sobre una escatología inminente que después, ante la tardanza en su plasmación, los otros dos sinópticos silencian, así como Juan.

 

Una idea que, como se va a evidenciar a lo largo de los textos evangélicos, va a irse moderando ante el reconocimiento del error apreciativo de partida.

 

De hecho, dentro del mini Apocalipsis de Marcos, concretamente en Mc. 13, 30 (De cierto os digo, que no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca) vemos la inmediatez de este momento escatológico que, sin embargo, ha  de ser pospuesto, "sine die", en Mc. 13, 32-33  (32 Pero de aquel día y de la hora nadie sabe, ni aun los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre. 33 Mirad, velad y orad; porque no sabéis cuándo será el tiempo)

 

Otro aspecto del fracaso habremos de reflexionarlo desde nuestras propias apreciaciones, ante la particular consideración respecto de la persona de Jesús.

 

Si la reflexión la hacemos desde la fe cristiana y bajo la consideración de que la misión de Cristo fue la de fundar una nueva religión, apoyada en la revelación primeriza contenida en el Antiguo Testamento, el triunfo de Jesús es indudable, puesto que, no sólo se fundó tal religión y ésta ha venido progresando hasta convertirse en la de mayor profesión de fe (si juntamos todas sus vertientes), sino que, sociológicamente hablando, hasta el calendario que mide y parametriza los "tempos" de nuestra historia, ha cambiado en función del nacimiento del fundador del cristianismo.

 

Obviamente, a este respecto han de tenerse en cuenta dos precisiones: el error de 6 años en el calendario y que Jesús, en ningún momento de su predicación, habló de fundar una nueva religión, especialmente porque no lo necesitaba (Jesús era un judío convencido que respetaba y guardaba las tradiciones culturales de su pueblo).

 

Si la reflexión la hacemos, también desde la fe, pero estimando la figura de Cristo como el mensajero de Dios, la verdadera encarnación del Verbo de los textos joánicos, cuya misión fue el acercamiento del Reino (gobierno) de Dios en la tierra y la transmisión del mensaje escatológico de esperanza y salvación que tendrá su realización plena en el nuevo mundo futuro, pero presente parcialmente en los momentos presentes, también hemos de constatar su triunfo, porque ese es, fundamentalmente, el mensaje que la ética y la moral predicada por Jesús nos hace llegar, así como las realidades de su actividad taumatúrgica.

 

Sin embargo, si la consideración la hacemos desde la perspectiva hebrea de esperanza en un Mesías salvador transformador de la realidad de un pueblo sojuzgado que, según sus previsiones, a causa de la alianza y elección divina, pondrá a Israel a la cabeza del mundo, claro es el fracaso, porque ni en el momento histórico real de Jesús, ni en los tiempos posteriores, tal situación se ha dado.

 

Pero lo que a nosotros nos interesa, sobre todo, no son este tipo de consideraciones (y otras más que podríamos reseñar) que, al fin y a la postre, cuentan con tantas variables conceptuales como personas realicen la reflexión y que, en cualquier caso, resultan cataloguizaciones de la personalidad de Jesús. Quien, por otra parte, a lo largo de su predicación, da abundantes muestras de despego sobre la opinión que los demás pudiesen tener de Él.

 

Lo que nos interesa es la percepción de fracaso que Él, en su interior, pudiese tener acerca de haber llevado a cabo la misión para la que se sentía llamado,  o no.

 

La primera sensación íntima de fracaso hemos de considerarla a partir del abandono cierto de parte de sus compañeros en el curso de la predicación y de la totalidad de ellos al final de la misma, como hemos visto en el apartado anterior.

 

Por otro lado, para el sentimiento íntimo de fracaso, habremos de fijarnos en dos momentos cumbres de su pasión:

- La oración en el huerto de Getsemaní

- La plegaría al Padre desde la propia cruz.

 

Para ello tomemos la versión que Marcos nos aporta sobre lo sucedido en dicho huerto en Mc. 14, 32-42, si bien, como se desprende del propio relato, se trata de una situación sin posibilidad de testigos presenciales y, por lo tanto, la narración sólo puede proceder de una tradición cristiana idealizante de la personalidad de Jesús, no de una tradición con sustento histórico, salvo en lo que se refiere al calificativo de "Abbá" dedicado al Padre: (32 Vinieron, pues, a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: Sentaos aquí, entre tanto que yo oro. 33 Y tomó consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan, y comenzó a entristecerse y a angustiarse. 34 Y les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí y velad. 35 Yéndose un poco adelante, se postró en tierra, y oró que si fuese posible, pasase de él aquella hora. 36 Y decía: Abbá, Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú. 37 Vino luego y los halló durmiendo; y dijo a Pedro: Simón, ¿duermes? ¿No has podido velar una hora? 38 Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil. 39 Otra vez fue y oró, diciendo las mismas palabras. 40 Al volver, otra vez los halló durmiendo, porque los ojos de ellos estaban cargados de sueño; y no sabían qué responderle. 41 Vino la tercera vez, y les dijo: Dormid ya, y descansad. Basta, la hora ha venido; he aquí, el Hijo del Hombre es entregado en manos de los pecadores. 42 Levantaos, vamos; he aquí, se acerca el que me entrega)

 

Tres aspectos de este episodio nos pueden acercar al sentimiento personal de fracaso que Jesús tiene en ese momento:

v    La imposibilidad material de mantener despiertos a sus seguidores.

v    La constatación de que ha llegado al final de su período predicatorio y de que las fuerzas político-sociales-religiosas de la época van a acometer esta finalización súbita por no poder tolerar más tiempo su provocación.

v    Su deseo, no cumplido, de que las cosas pudieran ser de otra manera.

 

El primero de estos aspectos podría, en principio, parecer baladí o intrascendente, pero tiene una significación de primera magnitud con respecto al sentimiento de frustración y fracaso que después va a desembocar en la plegaria al "Abbá", ya que, si presuponemos que estamos ante un grupo que se viene comportando en los últimos tiempos como un grupo clandestino (no durmiendo nunca en la misma casa, saliendo de Jerusalén al anochecer, refugiándose en el Monte de los Olivos, utilizando consignas para la elección del lugar donde celebrar la pascua, etc), todos los integrantes habrían de ser conscientes del peligro cierto que corrían y, sin embargo, los seguidores de Jesús no son capaces de mantenerse vigilantes, a pesar de habérselo encomendado así su Mentor.

 

¡Cómo no va a sentirse  fracasado Jesús si se ve incapaz de mantener vigilantes a sus más inmediatos seguidores, a pesar de la sensación de peligro y persecución de que eran objeto en esos momentos!

 

Aun contando con que la frase final de la perícopa podría derivarse de un añadido redaccional, la sensación de que el cerco se estrecha en su  entorno por parte de las autoridades religiosas judías era cierta.

 

¿Qué mayor sentimiento de fracaso puede cosecharse por parte de quien está convencido de ser el mensajero de la esperanza y el nuevo mundo, cuando es consciente de que las autoridades religiosas de su pueblo lo rechazan y están al acecho para detenerle y entregarle a la autoridad política invasora?

 

El diálogo íntimo y profundo de Cristo con el "Abbá", durante el que, en un momento de debilidad, solicita del Padre que altere el rumbo de los acontecimientos, lo que denota es su percepción de total fracaso en la misión encomendada. El abatimiento y la angustia de esta constatación le lleva a solicitar, de quien todo lo puede, que intervenga directamente para enmendar el itinerario de las cosas.

 

Pero esta sensación de fracaso se explicita aún más cuando los sucesos posteriores le hacen ver que Dios no va a intervenir directamente para modificar el curso de los acontecimientos.

 

Tal es el escándalo que estos eventos generan en sus seguidores y en el cristianismo primitivo que el evangelista Juan, suaviza tales acontecimientos, introduciendo la pieza oratoria por los discípulos de Jn. 17, 1-26 (1 Estas cosas habló Jesús, y levantando los ojos al cielo, dijo: Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti; 2 como le has dado potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a todos los que le diste...) en la que, la cristología joánica, intenta mitigar y justificar la sensación de fracaso que acomete a todos los seguidores de Cristo tras su detención y posterior ejecución.

 

Lo que nos lleva al segundo momento cumbre de la percepción de fracaso: la cruz.

 

¿Qué mayor vergüenza y fracaso puede acometer a un judío religioso, que ha desempeñado una misión de profeta itinerante y carismático, que la de ser entregado a la autoridad militar invasora para ser ejecutado en la forma más humillante para un judío: crucificado entre ladrones?

 

Pero el momento álgido y final de la frustración personal sobreviene con la frase blasfémica de Mc. 15, 34 (Y a la hora novena Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿lama sabactani?, que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?), por la que, ante la inoperancia del Padre a favor de su enviado, el propio Jesús se atreve a dudar de Dios y le recrimina violentamente su soledad ante el fracaso.

 

Desde una perspectiva mesiánica podría argumentarse que las capacidades proféticas de Jesús pasaban por la posibilidad de adivinación del futuro y que, por lo tanto, según se recoge en varios pasajes evangélicos, Él ya sabía que le iban a crucificar y que, además, tal circunstancia formaba parte del plan divino de salvación, incluyéndolo dentro de la misión del Cristo.

 

Lo cierto es que esto no deja de ser una interpretación a posteriori de lo acaecido, como digo más arriba, desde una óptica mesiánica y cristiana.

 

Soy más de la opinión de que las capacidades adivinatorias de Jesús no se diferenciaban, en lo sustancial, de las del resto de los mortales, ya que su filiación divina corresponde más a una toma de conciencia e identificación progresiva desarrollada con el discurrir de su misión, que a una circunstancia que posibilitase la percepción futurista.

 

Para las observaciones premonitorias sobre la crucifixión en los textos evangélicos podemos disponer de dos explicaciones.

1)     Éstas obedecen a añadidos postpascuales, bien de los propios redactores, bien del cristianismo primitivo como realce de las capacidades divinas de Jesús.

2)     Si las remontamos directamente al Jesús histórico, que tampoco sería descabellado, estarían más en la línea de la inevitabilidad consecuente con la práctica habitual. En otras palabras, si la línea predicatoria de Jesús le lleva a constantes polémicas y enfrentamientos con las castas dirigentes del judaísmo, especialmente las derivadas del ataque de Jesús al Templo, no es difícil deducir que estas castas, en un momento u otro, van a reaccionar a la provocación, actuando virulentamente contra quien, además, va adquiriendo carta de naturaleza como profeta escatológico y al que sigue una, cada vez mayor, cantidad de gentes de toda extracción social, convirtiéndose en un fenómeno social peligroso, incluso, para la autoridad política romana.

 

A partir de esta argumentación, que ya tiene su antecedente en Getsemaní, la esperanza jesuática de intervención de Dios para alterar el curso de los acontecimientos se ve, de alguna forma, defraudada y frustrada, con lo que la sensación de fracaso se apodera del Nazareno y le impele a la pronunciación de la invectiva directa al Padre desde la cruz, cuando comprueba que tal intervención no responde a sus propias previsiones.

 

¿Cuál es la enseñanza o lectura que nosotros, como afectados por el Tourette, podemos extraer de estos comportamientos y sentimientos de Cristo?.

 

No todos los afectados por el Síndrome lo son de la misma forma y en la misma intensidad, pudiendo decir que cada afectado arrastra una circunstancia personal y específica que le hace encarar su circunstancia vital con más o menos invalidaciones existenciales de partida.

 

Por lo tanto, si bien conocemos afectados que, a pesar de su situación patológica, ésta no les ha impedido progresar socialmente y desarrollan una vida que puede considerarse encuadrada en la normalidad, también hay otros muchos que se ven impedidos, especialmente por la comorbilidad asociada, al desempeño normalizado de la convivencia con grandes y graves dificultades en el ámbito relacional (familiar y de amistades), docente y formativo y, especialmente, laboral.

 

Si como hemos visto en el capítulo 1 de este trabajo, la autoestima del afectado, por unas u otras razones, es un aspecto muy sensible y ligado a su convivencia con el Síndrome, la incomprensión y el rechazo que muchos de ellos soportan, como consecuencia directa de comportamientos extraños, inciden directamente en esa autoestima y en la consideración personal que tienen de ellos mismos, abocándoles, en casos extremos a procesos depresivos agudos y, en los más leves, a sensaciones de fracaso continuado y reiterado.

 

También el afectado en esa situación pide, implora y espera algún tipo de intervención que pudiera alterar la situación angustiosa que vive y también, como Cristo en Getsemaní y en la cruz, le abate la frustración cuando comprueba que tal intervención no se produce y que la rutina diaria le lleva siempre por los mismos angostos caminos. Esta sensación de fracaso llega a apoderarse de todos los ambientes de actuación del afectado, aureándole de un sentimiento de abandono similar al de Cristo en la cruz.

 

¿Qué hacer entonces?. ¿Cómo abordar el incierto futuro?.

 

Cristo nos marca pautas, tanto en Getsemaní como en la cruz.

 

Su actitud no es la de resignación. Tras el abatimiento por la angustia, se sobrepone al mismo y asume su realidad. En su caso, depositando su confianza en el Padre (en la voluntad de Dios en Getsemaní y entregando su espíritu al Padre desde la cruz).

 

Obviamente nosotros no somos Jesús de Nazaret, ni mucho menos Cristo doliente o crucificado.

 

Hemos de seguir viviendo con nuestras taras e incapacidades tal cual son, ayudados por la farmacología oportuna y las terapias pertinentes, pero sabemos que ni la una ni las otras nos van a aportar una solución definitiva a nuestra problemática, pero esa constatación lo que no debe conllevar es la sensación de fracaso personal. Ni siquiera de los demás o de la ciencia hacia nosotros.

 

Nuestra tarea pasaría por la asunción de nuestra realidad y la superación de la misma y del posible sentimiento de fracaso, porque sólo en esa circunstancia podremos entrever nuestro futuro, puesto que el abandono resignado al devenir, soslayando nuestra propia intervención, nunca comportará una solución, sino un agravamiento del problema.

 

El creyente, además, dispone de una herramienta adicional para vencer el fracaso, que consiste en seguir el ejemplo de Cristo, depositando nuestra esperanza en el Padre. Porque, aunque su intervención no se realice de forma directa y de acuerdo con lo que nosotros desearíamos, no nos puede caber ninguna duda de que sí interviene y que, en tales circunstancias, siempre estará a nuestro lado, amparando, protegiendo y consolando a sus "pequeños", puesto que, tal como podemos contemplar a lo largo de todo el Evangelio, es la tendencia uniforme y la inclinación divina hacia los hombres.

 

 

-         La oración como instrumento relacional con el Padre (Padrenuestro) y medio de consuelo en la postración y el abatimiento (diálogo íntimo con el Creador).

 

A lo largo del Evangelio, Jesús utiliza este recurso en repetidas ocasiones. Casi siempre de forma individual y en aislamiento y privacidad, si bien, en algunas de ellas, las proclamaciones o plegarias son emitidas en presencia de sus seguidores, hasta conformar todo un género literario específico dentro de los textos evangélicos: el género oratorio.

 

El Padrenuestro cristiano es un caso único dentro del Evangelio, ya que es la única pieza oratoria atribuida a Jesús, que éste proclama como enseñanza y medio de comunicación con el Padre.

 

Que se trate de la única pieza ritual enseñada por Jesús es plenamente coherente con lo recogido por Mateo en Mt. 6, 5-8 (5 Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa. 6 Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público. 7 Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos. 8 No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis), donde vemos cómo Jesús se inclina por considerar la oración como un diálogo íntimo, privado y profundo del creyente con Dios, lejos de rituales y liturgias repetitivas prefijadas y prediseñadas por personas ajenas a las necesidades del orante.

 

La impresionante coherencia de la enseñanza de Jesús con su práctica real nos lleva, en este asunto, a observar cómo, no sólo predica el intimismo relacional de cada persona con el Padre en el momento de orar, sino que Él lo practica asiduamente, como puede comprobarse en los siguientes textos evangélicos (no recogemos todos, pero sí algunos de los más significativos): Lc. 5, 16 ; Mc. 1, 35; Lc. 6, 12; Mt. 14, 23; Jn. 6, 15; Lc. 9, 18; Lc. 9.28; Mt. 26, 39.

 

En todos estos apartados podremos contemplar a Jesús en relación íntima con el Padre, retirado a lugares apartados y dialogando con Él.

 

Para Cristo, la oración no reviste sólo el aspecto peticional y nunca está sujeta a clichés prescritos, sino que se conforma como una acción dinámica relacional del individuo con el Creador, mediante la que se establece un flujo de intercambio entre ambos participantes y se comunican necesidades y acciones.

 

La utilización práctica que Jesús le otorga a la oración también podemos contemplarla dentro de los textos, en las siguientes parcelaciones:

Ø     Mt. 5, 44-45: 44 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; 45 para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos, como instrucción ética superadora de la Ley del Talión veterotestamentaria.

Ø     Mc. 11, 25: 25 Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas, como actitud moralista de praxis del perdón y superación de ofensas.

Ø     Mt. 17, 21: Pero este género no sale sino con oración y ayuno, como elemento desecandenante de poder exorcista.

Ø     Mt. 19, 13: Entonces le fueron presentados unos niños, para que pusiese las manos sobre ellos, y orase; y los discípulos les reprendieron, como vehículo para trasmitir la gracia.

Ø     Mt. 21, 22: Y todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis, como sistema para encauzar y transmitir al Padre la fe y la confianza en Él.

Ø     Mt. 24, 20: Orad, pues, que vuestra huida no sea en invierno ni en día de reposo, en el momento escatológico cumbre, como tabla de esperanza y espera hacia la salvación en el nuevo mundo.

Ø     Mc. 13, 33:  Mirad, velad y orad; porque no sabéis cuándo será el tiempo, en la vida cotidiana, a la espera del momento escatológico, como instrumento de vigilancia y atención.

Ø     Lc. 18, 1: También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar, como herramienta para obtener la justicia del Reino.

Ø     Mt. 26, 39: Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú, como medio para hacer llegar las súplicas de ayuda al Padre.

Ø     Mt. 26, 41: Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil, para superar las debilidades materiales que inciden en el espíritu.

Ø     Jn. 11, 41-43: Entonces quitaron la piedra de donde había sido puesto el muerto. Y Jesús, alzando los ojos a lo alto, dijo: Padre, gracias te doy por haberme oído. 42 Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado. 43 Y habiendo dicho esto, clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera!, para glorificar a Dios por su intervención en nuestra historia.

Ø     Mt. 11, 25: En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños, para agradecer a Dios su acción de justicia y equiparación.

 

Vemos, pues, que la oración, para Cristo, deviene en un elemento fundamental en su existencia. Pero no la oración estereotipada, mojigata, mercantilista y beata, sino la acción limpia, sincera, directa e íntima, como sistema de comunicación con el Padre, mediante la cual, transmite a Dios, tanto sus necesidades, como sus acciones de gracias, así como el componente básico para la consolación en los momentos de flaqueza y aflicción.

 

Volviendo al Padrenuestro, al constituirse en la unidad oratoria única enseñada por Cristo a sus seguidores, se conforma como un conjunto oracional marco para encuadrar en él cualquier otro diálogo con Dios.

 

En ningún caso, el Padrenuestro ha de considerarse como fetiche u oración exclusiva, pero sí es un legado directo de Jesús y un ejemplo de condensación de petición y posicionamiento ético y moral.

 

Prácticamente todos los expertos, además, parecen coincidir en que esta pieza es remontable al Jesús histórico, si bien su formulación primigenia queda en una cierta nebulosa, aunque podemos acercarnos mucho a la tradición más antigua de la misma, una vez eliminados los añadidos posteriores y señalando los que el propio texto de Mateo incluye como aportaciones del evangelista.

 

Parece haber coincidencia entre los expertos de que la tradición más antigua que podemos alcanzar nos reflejaría un texto similar al siguiente (se señalan en cursiva los añadidos mateanos):

 

            Texto primitivo                        Texto del Catecismo Católico

 

Padre

Nuestro del cielo (Mateo)

Santificado sea tu nombre

Venga tu reino

Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo (Mateo)

Nuestro pan cotidiano, dánoslo hoy

Y perdónanos nuestras deudas, que también nosotros perdonamos a nuestros deudores

Y no nos induzcas en tentación

Sólo líbranos del mal (Mateo)

Padre nuestro que estás en el cielo

Santificado sea tu nombre

Venga a nosotros tu reino

Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo

Danos hoy nuestro pan de cada día

Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden

 

No nos dejes caer en la tentación

Y líbranos del mal

 

 

 

Como podemos comprobar, hay variaciones entre la formulación que hoy conocemos y recitamos y la que, originalmente, podría haber constituido su núcleo gestor, si bien estas diferencias son más de adaptación idiomática que de fondo.

 

Respecto de las interpretaciones de esta oración, existen dos tendencias no excluyentes.

 

Por un lado, está la tendencia escatológica, que interpreta la oración a la luz de la escatología predicatoria de Jesús, mientras que, por el otro, encontramos la tendencia ética-moral cotidiana, que interpreta la oración como una aplicación práctica del sentir creyente en su vida diaria.

 

Como digo, ambas no son excluyentes y podríamos compaginar ambas tendencias, en función del momento espiritual en que la oración pudiera ser proclamada por cada uno de nosotros.

 

En este texto se distinguen dos partes diferenciadas, generadas por los tiempos verbales que utilizan, al margen de la invocación introductoria (junto con el añadido mateano).

 

Padre (nuestro que estás en los cielos)

 

La evocación introductoria nos acerca a la percepción de filiación que Jesús tenía con Dios, al cual, repetidamente, llamará Padre.

 

No es un calificativo desconocido en el Antiguo Testamento, pero las novedades que introduce Jesús en el tratamiento son, por un lado, la de extender universalmente esa paternidad hacia todos los hombres, no sólo amparando al "pueblo elegido" y por el otro, la de que el calificativo de Padre, cuando lo pronuncia desde la relación íntima entre Él y Dios, adquiere unas connotaciones de proximidad y confianza absoluta, de ahí el "Abbá" (papito, padre querido, aunque esta acepción está en discusión) de Marcos y Pablo, mientras que cuando lo hace como relación de paternidad hacia la humanidad, se refiere a Él como "vuestro Padre", con una connotación de ente protector y de acogimiento, pero desde el respeto debido al Creador.

 

La primera frase, por tanto, nos introduce hacia el destinatario de la oración: el Padre (que Mateo apostilla como "nuestro, del cielo").

 

Por lo tanto, si bien es una oración enseñada por Jesús a un grupo de seguidores (receptores plurales de la enseñanza), la conforma como algo que ha de ser proclamado con individualidad, desde el interior de cada uno de nosotros, sin perder la perspectiva de que el Padre lo es de todos nosotros, alejando la exclusividad que pudiera  acometernos en nuestra individualidad.

 

El añadido de Mateo sirve para ubicar y distinguir al Padre.

 

No es un personaje indefinido, sino "nuestro Padre que vive en el cielo", si bien esta ubicación no es limitativa, sino extensiva de su presencia total y absoluta en cada instante y espacio de nuestra vida.

 

Santificado sea tu nombre, venga  tu reino

 

La primera parte de la oración que sigue a la invocación,  distinguida por su formulación en segunda persona singular, nos acerca, curiosamente, al Qaddish. Una oración judía antigua, cuyo origen anterior o posterior a Cristo está sometido a discusión por los expertos.

 

Es la única pieza oratoria judía que combina (como el Padrenuestro) la santificación del nombre de Dios, con la petición de venida de su gobierno.

 

Que el Qaddish sea anterior o posterior a Cristo carece de importancia para nosotros, pero sí nos introduce a las raíces hebreas de la oración enseñada por Jesús.

 

En esta parte de la oración es donde más puede darse la opción entre interpretación escatológica o ética.

 

Santificar el nombre de Dios equivale a la proclamación del nombre de Dios.

 

Santificar es elevar y proclamar la grandeza de Dios, pero no en abstracto, sino a través de su nombre. No es que Dios necesite que el hombre le santifique, ya es Santo por naturaleza. Somos nosotros los que necesitamos proclamar que lo es.

 

El nombre es algo imprescindible para conocer y ser.

 

A lo largo de la Biblia podemos encontrar un hilo conductor referido al nombre. A la nominación o cambio de nombres. Es un denominador común para dar identidad y nueva vida. Lo que no tiene nombre, prácticamente no existe o carece de importancia. El nombre identifica y condiciona. Da características a quien lo recibe y eleva a quien lo otorga.

 

El propio Dios cambia u ordena el cambio de nombre a determinados elegidos (Abram por Abraham, Jacob por Israel...).

 

En la anunciación, el mensajero de Dios indica a María el nombre que debe imponer a su hijo; y antes se lo había indicado a Zacarías para el después llamado “ Bautista”.

 

Jesús mismo cambia de nombre a Simón y le confiere una nueva misión y una nueva vida.

 

Nadie ha dado nombre a Dios, Él mismo se lo reveló a Moisés (YHVH = Yo soy), porque nadie puede elevarse por encima de Él como para tener el poder de ponerle nombre.

 

En esta oración estamos proclamando la necesidad de que ese nombre, el que Él mismo nos reveló, sea engrandecido y exaltado. De que sea puesto por encima de cualquier otro nombre (y por lo tanto por encima de cualquier otra criatura o cosa), puesto que el nombre relaciona al ser que lo ostenta consigo mismo, con su esencia, y con todo lo demás: es la forma de identificarle.

 

Aquí estamos relacionando al poseedor del nombre (Dios), con el resto de las criaturas, pero no en plano de igualdad, sino desde la premisa de la santificación de su nombre, de elevación y de proclamación de su grandeza.

 

Con esta proclamación Dios es, por tanto, a través de su nombre, elevado por encima de cualquier criatura o cosa.

 

El "venga tu reino", como decimos resume las dos perspectivas citadas.

 

Desde el plano escatológico expresa el deseo de que se produzca el cambio de mundo. La instauración del gobierno de Dios como expresión máxima de la economía de revelación divina.

 

Desde el plano ético-cotidiano, el creyente expresa su deseo de que se instale en la tierra el mismo gobierno de justicia e igualdad que ya existe en el cielo, como contrapunto a la sociedad desigual e injusta mundana.

 

Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo

 

Esta inclusión mateana de la primera parte de la oración supone una explicitación de la frase anterior: El que se haga la voluntad de Dios en la tierra es la traslación práctica de la instauración del Gobierno (Reino) de Dios.

 

El deseo expresado supone una manifestación de fe del creyente en que la voluntad de Dios es lo mejor que puede suceder. Y utiliza, como analogía y espejo, el orden y justicia universal que éste percibe en el cielo: derivado de la construcción mitológica de la estructura celeste (Dios, ángeles, arcángeles y demás criaturas cósmicas)

 

La premisa parte de que el deseo universal de Dios es la felicidad del hombre, basada en su justicia cósmica, por lo tanto, que a la tierra se extienda la voluntad divina implica que se nos aplique la gloria que de ella se desprende.

 

Nuestro pan cotidiano, dánoslo hoy

 

A partir de esta frase comienza la segunda parte de la oración, construida toda ella en primera persona del plural, que contiene la relación de peticiones que los creyentes trasladan al Padre invocado en el comienzo.

 

Esta frase, originalmente, tenía el sentido referido al pan del mañana, como expresión de necesidad del creyente de contar con la seguridad y el aval de Dios para el futuro.

 

Posiblemente, la expresión original tenía el sentido pragmático literal del alimento expresado en el pan, como extensión del pan divino (maná), recibido  de Dios por Israel en el desierto durante su peregrinación hacia la tierra prometida (Éxodo).

 

A esta interpretación literal del deseo de seguridad del creyente, paulatinamente, se le ha ido dando otros sentidos espirituales, tomando al "pan" como imagen de alimento integral para la persona (elemento material y espiritual combinado), por lo que este pan expresado como tal en la oración original, pasa a asimilarse al "Pan de vida" joánico y al pan de la Eucaristía.

 

Sea como fuera, lo que el creyente expresa al Padre en esta frase es su necesidad de contar con el apoyo y ayuda del mismo para continuar la subsistencia, tanto material como espiritual.

 

Y perdónanos nuestras deudas, que también nosotros perdonamos a nuestros deudores

 

La segunda frase de la parte plural del Padrenuestro es la única condicional del mismo.

 

Su sentido es plenamente coherente con la globalidad del mensaje crístico: anteponer el perdón hacia los demás para así obtener la misericordia de Dios.

 

La condición expresa de esta frase resulta de gran significado, ya que invalida la individualidad del trato social en relación con Dios, vinculando directamente esa relación con nuestro comportamiento hacia los demás.

 

Parece una frase con fuerte incidencia  en el plano ético moral cotidiano, pero no carece de implicaciones escatológicas, ya que recoge la necesidad del creyente de obtener el perdón de los pecados por parte de Dios, que es el único que puede hacerlo, ante la inminencia del momento crucial del cambio de mundo anunciado.

 

La segunda parte de la frase, la opción condicional, si bien se nos presenta en un tiempo presente, tiene una proyección indudable hacia el futuro, ya que carecería de sentido un perdón presente y una tolerancia para con los demás exclusiva del momento, si ambas situaciones no se reflejan en el futuro mediato e inmediato.

 

Y no nos induzcas en tentación

 

Desde la percepción hebrea, la tentación no es algo ajeno a Dios, sino que se convierte en un instrumento probatorio del Padre para con la fidelidad de sus hijos.

 

La evolución histórica de esta frase nos lleva a la pronunciación actual "no nos dejes caer en la tentación", como la expresión de nuestra debilidad ante Dios, al que solicitamos su ayuda para vencer las situaciones mundanas de peligro, ya que consideramos éstas como ajenas a la esencia divina.

 

Sin embargo, la formulación original, desde el plano ético, nos acerca más a la petición al Padre de que no dirija ese instrumento probatorio hacia nosotros, tanto por desconfianza en nuestras fuerzas, como por intentar liberarnos del sufrimiento que lleva aparejado el combate contra las mismas.

 

Desde la perspectiva escatológica, la petición va dirigida a librarnos del peligro de la tentación para mantener la limpieza espiritual ante la inminencia del cambio.

 

Sólo líbranos del mal (Mateo)

 

Esta inclusión mateana implica una reiteración de la petición anterior, ya que de las tentaciones derivan comportamientos pecaminosos asimilados con el  mal, por lo que, desde la escatología, se busca la liberación del mal generado por el pecado con objeto de poder afrontar con garantías el momento del cambio.

 

Desde el punto de vista ético, esta petición aúna dos vertientes, el mal exógeno que nos puede llegar por las acciones u omisiones de los otros, y el mal propio como castigo por nuestros propios pecados, dentro del cual quedaría encuadrado, como hemos visto en otros apartados de este trabajo, el derivado de la enfermedad.

 

Una vez visto y analizado el Padrenuestro en su contexto e interpretaciones, conviene que intentemos la aplicación de esta oración a nuestro propósito, como vehículo sanador para las percepciones del afectado por Tourette.

 

Llegados a este punto, surge la siguiente reflexión: Bien, ya sabemos que Jesús utiliza la oración para afrontar diversos aspectos existenciales; que, abundando en esa trayectoria, enseña a sus discípulos una oración como el Padrenuestro para que sea utilizada en los momentos de intimidad con el Padre, pero, a mí, como afectado de Tourette, ¿de qué me sirve el Padrenuestro, al margen de conformarse como una oración estándar que todos recitamos de memoria, con lo que entraríamos en conflicto con lo enseñado por el propio Jesús, cuando recomienda, en el Sermón del Monte "no seáis como los gentiles que utilizan vanas palabrerías y creen ser escuchados"?.

 

El momento de la oración, como hemos expuesto antes, es el de mayor intimidad del creyente con Dios (Padre), por lo tanto, aunque se utilicen textos estadandarizados y memorizados, como sería el caso del Padrenuestro, no se entraría en ese conflicto si se reflexiona sobre cada palabra y frase que se está recitando y éstas se aplican al motivo específico que motiva ese diálogo oratorio.

 

Hablamos bien de diálogo en el momento de orar, aunque el diálogo implica la intervención de dos elementos dialogantes y cuando un creyente ora, puede parecer que es sólo uno el que habla: el que reza.

 

Sin embargo, el diálogo existe en realidad. Cuando el creyente ora desde su fe y confianza en ser escuchado, éste percibe cómo en el transcurso de la oración, su propia percepción de la realidad se va alterando a causa de estar recibiendo de Dios el consuelo, la estabilidad espiritual o la afirmación en la fe.

 

Desde la situación de afectación por Tourette, y cuando la oración (el Padrenuestro), lo expresamos reflexivamente hacia el consuelo en la aflicción, podríamos contemplarlo en forma similar al siguiente ensayo oratorio:

 

Padre nuestro, soy uno de tus "pequeños" y me dirijo a Ti como tu hijo necesitado de ayuda.

Que estás en los cielos, y que, por lo tanto, dotado de ubicuidad, sabes cual es mi situación de penuria a causa de mi enfermedad.

Santificado sea tu nombre, porque aunque Tú eres Santo por naturaleza, es necesario que desde mi finitud exprese tu elevación por encima de todo y de todos, incluida mi propia situación.

Venga a nosotros tu reino, porque cuando ello se realice, el Tourette no dejará de ser una anécdota insignificante y tu Reino de justicia acabará con mi entorno de sufrimiento y marginación.

Hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo, puesto que Tú todo lo puedes, líbrame de la cruz con la que me veo cargado, pero no se haga mi voluntad sino la tuya, porque ella es la que dirige la perfección del cielo (universo) y ha de ser aplicada a la tierra para corregir nuestras limitaciones, dentro de las cuales está mi enfermedad y ayúdame a asumir mi realidad y a proseguir mi existencia con tu compañía.

Danos hoy nuestro pan de cada día, porque el alimento de tu presencia es lo que me aporta la energía necesaria para vencer los momentos de abatimiento en que me veo sumido por la presencia reiterada de mis manifestaciones touréticas, que tanto me alejan de la convivencia armónica con el resto de los hombres.

Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, puesto que, en muchos momentos de mi discurrir por la vida cargando con la enfermedad, el decaimiento de espíritu y confianza me han llevado, y me llevarán, a desconfiar de tu presencia y apoyo e, incluso, a ofenderte gravemente, pero no me lo tengas en cuenta porque viene causado por el peso de mi realidad, para lo cual me impongo la obligación de intentar comprender y tolerar a los que me rechazan y no me entienden a causa del síndrome, aunque su rechazo me ofenda y duela tanto o más que mi propia enfermedad.

No nos dejes caer en la tentación, ya que mi debilidad humana, agravada por el síndrome, me hace proclive a la tentación del abandono en el esfuerzo y a la respuesta, incluso violenta, frente a la incomprensión ajena.

Y líbranos del mal, tanto del mal que me aqueja, si ello entra en tus planes para mí, como del mal que me acecha desde el exterior a causa de no ser entendido.

 

Obviamente, en ningún caso quiero exponer que ésta sea la forma de proclamar el Padrenuestro para un afectado de Tourette, sino solamente un ejemplo reflexivo de dicha oración, deteniéndose en cada una de las frases emitidas y complementándolas con algunos pensamientos cercanos a las necesidades del afectado.

 

La grandeza de esta oración radica en que, si bien está articulada mediante vocablos más o menos fijos, es el momento espiritual del creyente que la proclama lo que le otorga su sentido último.

 

Su amplitud nos permite una aplicación específica para cada momento y lugar, convirtiéndose en el vehículo ideal para exponer al Padre nuestras peticiones y necesidades en cada instante.

 

También el afectado por Tourette puede utilizarla para su diálogo con el Padre, porque la afectación, aun implicando unas percepciones vivenciales negativas, no pasa de ser una situación existencial concreta desde la que es posible la proclamación del Padrenuestro adaptado al instante espiritual que invada al tourético.

 

 

 

-         La debilidad de Dios para con los hombres. El amor de Dios como puente esperanzador.

 

 

A Dios sólo podemos  conocerle, o concebirle, por las analogías de sus atributos.

 

De Dios percibimos su ubicuidad, su omnipotencia, su justicia, etc., pero el atributo que más nos interesa aquí es su inmensa capacidad de amar.

 

En apartados anteriores hemos visto cómo Dios, para nosotros, desde la antigüedad y, especialmente, desde la encarnación del Verbo, es interpretado como Padre (que actúa como  madre) y, aun conservando todos sus atributos, el que más nos es señalado desde el Evangelio es su manifestación de amor por los hombres.

 

El pasaje paradigmático en ese sentido podemos encontrarlo en el texto de Juan 3, 16: Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

 

Si partimos de la revelación postpascual, por la que los títulos mesiánicos (Hijo del hombre, Hijo de Dios, Mesías, etc.) son aplicados a Jesús, los mismos atributos divinos serían dedicados al Nazareno, entre los cuales, por supuesto, se encuentra su inmenso amor por los hombres, de forma que la muerte del Jesús terreno en la cruz deviene en sacrificio pascual por la salvación y reconciliación de los hombres con Dios.

 

La expresión más palpable de este amor por los hombres es la debilidad con que se reviste la encarnación del Verbo.

 

Así, para su nacimiento, Dios se reviste de debilidad. Belén nos muestra ese criterio.

 

Culturalmente, el Dios hebreo es diferente en muchos aspectos de los dioses paganos de su entorno, pero esa diferencia queda mucho más marcada en la culminación de la revelación: la encarnación.

 

En esa circunstancia su estilo abandona las manifestaciones mayestáticas veterotestamentarias y se acerca más a un bebé que a un gran general. El Saddai de la antigua alianza deviene en ternura.

 

Jesús, en el relato evangélico, se nos muestra como algo ínfimo.

 

No recibió ni los honores de un príncipe, ni el eco de la vencidad.

 

Nace en los aledaños de la civilización judía preeminente (Nazaret), indicándonos que Dios gusta de mostrarse en la periferia, en los lugares que denostamos por estimarlos ajenos.

 

Obviamente hacemos una referencia al nacimiento evangélico. Si bien, la intencionalidad del redactor y las investigaciones históricas nos acercan al convencimiento de que tal acontecimiento no se ajusta a la realidad histórica, al menos en lo que a su ubicación geográfica se refiere, ya que, probablemente, Jesús nació realmente en Nazaret, aunque la intención apologética de Mateo y su necesidad para hacer cumplir en la persona de Jesús las profecías mesiánicas del Antiguo Testamento, le llevan a reflejar una narración, respecto de su nacimiento, hasta colocarle en Belén, ubicación seguida por Lucas, aunque por otros derroteros.

 

Ello no quita valor de interpretación teológica al texto mateano (y lucano), ya que, independientemente del lugar geográfico de su nacimiento y de las circunstancias que rodeasen al mismo, lo cierto es que la encarnación no se produce en un personaje palaciego, ni en un poderoso, ni siquiera en el centro del mundo judío de la época (Judea), sino en una aldea perdida de la Galilea denostada y pobre y en el seno de una familia humilde y desconocida (plausibilidad histórica), o en otra aldea judía citada exclusivamente como cuna de David (Belén).

 

La mitificación religiosa de la predicación cristiana, a  lo largo de la historia,  nos hace buscar a Dios en lugares "interiores" (en nuestra familia, en el seno de la comunidad parroquial, en la institución eclesial, en el templo...), pero Él se empeña en permanecer fuera de tales recintos y círculos, como nos demuestra el discurrir ministerial de Jesús, y prefiere impelernos a nosotros a salir en su búsqueda.

 

Ese impulso que nos obliga a buscarle, al mismo tiempo, sirve para darnos carta de naturaleza y nos otorga la posibilidad de SER. No sólo de estar, sino de configurarnos como personas, e identificarnos con la filiación que Jesús nos proclama.

 

Aplicando tales disquisiciones a nuestra realidad de afectados, pero en una interpretación dirigida más a quienes nos contemplan y rodean, habría que decirles que a Dios no han de buscarle en sus intimidades cerradas y centrípetas, sino en la dinámica centrífuga de nuestra realidad.

 

Dios nos muestra su debilidad en el amor por los hombres y nosotros, como personas dotadas de una debilidad añadida a causa del síndrome, nos constituimos en receptores privilegiados y necesarios de ese amor. En otras palabras: nuestra debilidad se fortalece por el amor de Dios y Él, por tanto, está con nosotros.

 

Sin embargo, el amor del que estamos hablando no tiene una connotación ñoña y mojigata.

 

El amor por el débil de que hace gala Jesús a lo largo de todo su ministerio, le lleva al combate público y a la reivindicación de la justicia en cualquier entorno social, incluso acarreándole enfrentamientos agrios con dirigentes y principales de su sociedad.

 

La instauración del Reino que proclama Jesús tiene, en esta vertiente, una significación social integradora, ya que la justicia que de él emana permite la reinserción, en igualdad, de los débiles que, por tal circunstancia, se encontraban excluidos de los beneficios derivados de la Alianza y la Torá.

 

Esto implica, para nosotros una gran esperanza,  porque nos viene a significar que "Dios está en el interior de la vida",  aunque ésta esté debilitada desde  las percepciones sociales estándar, como es nuestro caso.

 

Esa constatación nos lleva a identificar la realidad de Dios como camino de esperanza desde la desesperación, porque desde Él podemos descubrir caridad en la maldad del mundo.

 

Esa esperanza se manifiesta en la posibilidad de sentirnos dignos con detalles insignificantes, de identificar el amor en una caricia, en una palabra amable, en un gesto de amistad, en la ternura del acompañamiento, en la comprensión de quienes nos aman, y poder así vivir con casi nada, descubriendo que lo más importante es vivir.

 

Nuestra debilidad muestra la debilidad de Dios, pero se convierte en más poderosa que nuestras supuestas fuerzas.

 

En nuestra debilidad, poseemos la llave para el acceso al Padre, porque a Él no se llega por la puerta espaciosa del poder, el bienestar, la posición social o la riqueza. Ni siquiera por la de la salud física o mental, sino por la angosta de la debilidad que es la que realmente conduce a la vida (Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos). Sólo tenemos que comprobarlo en las propias palabras de Jesús en Mt. 18, 10-11: 10 Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños; porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos. 11 Porque el Hijo del Hombre ha venido para salvar lo que se había perdido.

 

El modelo teológico de Belén nos ha traído un Dios que ha decidido empequeñecerse a través de su Hijo, el cual, además será maltratado, escarnecido y ejecutado entre delincuentes y se despojó de su señorío para equipararse al resto de los hombres.

 

Por ello, cuanto más descendemos en los niveles humanos y nos acercamos a los dolientes y postrados, marginados de la sociedad por una u otra causa, como es nuestra circunstancia, más nos acercamos a Dios porque es en esa condición desde donde Él nos sale al encuentro.

 

El inmenso amor de Dios por los hombres le ha llevado hasta los específico y concreto de cada persona, por ello la economía de la redención y la culminación de su revelación se produjo en la historia, desde la propia historia: con un hombre concreto (Jesús), un instante histórico y un lugar preciso. No se realizó dentro de una generalidad universal y abstracta, sino que descendió a lo preciso.

 

Esa es nuestra situación, cada uno de nosotros, desde nuestra afección,  arrastramos nuestra cruz particular y especifica, y con ella nos acercamos más y más a la realidad del amor de Dios, porque somos su debilidad.

 

-         La obediencia no acrítica, la fe y la confianza en el amor del Padre como herramientas en auxilio del postrado. Buscad el Reino y lo demás os será dado por añadidura. Vuestro Padre sabe que tenéis necesidad de todo ello, ¿a qué preocuparse por lo que sucederá mañana?. Cada día tiene su propio mal.

 

Entramos en la última parte de este capítulo dedicado al afrontamiento del Síndrome mediante las enseñanzas de Cristo, desde la situación de enfermedad que nos invade.

 

Conscientemente he dejado este apartado para el final porque considero que la confianza (la fe) se constituye en nuestro baluarte definitivo y el mejor de nuestros apoyos para el afrontamiento de nuestra realidad.

 

Según la definición del Catecismo de la Iglesia Católica (art. 26), “la fe es la respuesta del hombre a Dios que se revela y se entrega a él, dando al mismo tiempo una luz sobreabundante al hombre que busca el sentido último de su vida”.

 

El mismo texto, en su artículo 143 nos dice: “Por la fe, el hombre somete completamente su inteligencia y su voluntad a Dios. Con todo su ser, el hombre da su asentimiento a Dios que revela” y nuevamente en el 144  nos dice que “Obedecer ("ob-audire") en la fe, es someterse libremente a la palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, la Verdad misma”.

 

Para centrar el tema, hemos de distinguir entre los conceptos que habitualmente se manejan respecto de este vocablo.

 

Así, consideramos FE el conjunto de dogmas obligatorios que conforman la estructura básica de una religión, asimilando el concepto al de religión o filosofía creyente. Por ello podemos hablar de fe cristiana, fe musulmana, fe judía, etc.

 

Sin embargo, la conceptualización que a nosotros nos interesa es la de este vocablo cuando lo referimos a la acción espiritual del hombre por la que éste deposita su confianza absoluta (cree) en algo, incluso por encima de la racionalidad esperable.

 

Es a este concepto al que se refieren los artículos del catecismo que citamos más arriba, el que Jesús evidencia en su desempeño ministerial y el que quiere transmitir en su predicación.

 

La fe cae dentro del grupo de los sentimientos, no de las percepciones, por lo tanto pertenece al entorno del espíritu, el cual se comunica directamente con Dios.

 

Este sentimiento siempre es dual. Se tiene fe en algo o alguien, no en abstracto y Jesús deposita siempre su fe en el Padre, que es lo que nos intenta trasladar con su mensaje.

 

Además, se conforma como un sentimiento activo sobre la voluntad, de tal forma que deviene en obediencia para con la voluntad del depositario de la misma.

 

Pero una obediencia crítica, distinta de la que podemos encontrar en nuestras militancias humanas (políticas, económicas o militares), que se presentan como obediencias acríticas. Por lo que supone la mayor expresión de nuestra libertad desde la premisa de que del Padre, tal como Mateo expone en la doxología final del Padrenuestro (tuyo es el poder y la gloria) proviene la vida, la libertad y la felicidad, por ser la fuente de la verdad absoluta y objetiva.

 

La fe en el Padre tiene, además, una característica específica, que la distingue sobre todas las demás muestras de confianza que podamos desplegar los hombres.

 

En tanto que la adscripción sobre ideologías y personajes se asientan sobre datos empíricos, recibidos por canales diversos (el conocimiento, la proximidad, la experiencia, etc.), la fe en el Padre se asienta en la propia fe.

 

No hay datos empíricos que aconsejen o encaucen nuestra creencia en Dios, sino el propio sentimiento que nos impulsa a depositar nuestra confianza en  Él y a reconocer en Él los atributos que la sustentan.

 

Ante la situación de sinsentido en que vive la humanidad, y que la persona percibe y ve, el creyente, busca su propio sentido en el depósito de su confianza en Dios, a quien no ve, pero sí percibe su presencia y proximidad, precisamente porque tiene su confianza entregada a Él.

 

La fe, entonces, se nos presenta, no como una superstición, sino como una postura ante la vida. A través de la carga de amor que ella supone, el hombre arriesga toda su vida, conjugando su experiencia histórica con el conocimiento y la presencia de Dios.

 

No parece que nos pueda caber ninguna duda acerca de la fe que  Jesús depositaba en la acción y ayuda del Padre.

 

Así podemos comprobarlo en la oración de Getsemaní, en lo alto de la cruz, o en la sanación de su amigo Lázaro, como ejemplos más significativos, aunque no únicos.

 

Sin embargo, con ser esto importante, lo que a nosotros más nos interesa es recoger sus enseñanzas y doctrinas sobre la fe en el Padre impartida a sus discípulos y oyentes, porque es en ese grupo donde nos podemos encuadrar y desde el cual podemos aprovechar sus enseñanzas para afrontar nuestra particularidad de afectados, apoyándonos en la confianza en Dios que Cristo nos enseña.

 

A este respecto hemos de distinguir tres tipos de dichos acerca de la fe:

- La recriminación por la falta de fe

- Las alabanzas y venturas por la fe mostrada

- Las exposiciones relativas a la bondad de la fe

 

v    Recriminaciones por la falta de fe:

-       Mt. 6. 30 (Y si así viste Dios la hierba que hoy está en el campo, y mañana es echada al horno, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe?) y Lc. 12, 28

-       Mc. 4, 40 (Y les dijo: ¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?), Mt. 8, 26 y Lc. 8, 25

-        Mt. 16, 8 (Y entendiéndolo Jesús, les dijo: ¿Por qué pensáis dentro de vosotros, hombres de poca fe, que no tenéis pan?)

-       Mc. 9, 19 (Y respondiendo él, les dijo: ¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de soportar? Traédmelo), Mt. 17, 20 y Lc. 9, 41

-        Mt. 14, 31 (Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él, y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?) (Caminata sobre el lago).

 

v    Alabanzas y venturas por la fe mostrada:

-         Mt. 8, 10 (Al oírlo Jesús, se maravilló, y dijo a los que le seguían: De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe), Lc. 7, 9 y Jn. 4, 53 (Curación del siervo del centurión [hijo del oficial herodiano en versión de Juan])

-         Mc. 2, 5 (Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados), Mt. 9, 2 y Lc. 5, 20 (Curación del paralítico).

-         Mc. 5, 34 (Y él le dijo: Hija, tu fe te ha hecho salva; vé en paz, y queda sana de tu azote), Mt. 9, 22 y Lc. 8, 48 (Curación hemorroísa).

-         Mt. 9, 29 (Entonces les tocó los ojos, diciendo: Conforme a vuestra fe os sea hecho) (Curación de ciegos).

-         Mc. 7, 29 (Entonces le dijo: Por esta palabra, ve; el demonio ha salido de tu hija) y Mt. 15, 28 (Curación de la hija de la mujer siriofenicia [cananea]).

-         Lc. 17, 19 (Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado) (Curación de 10 leprosos).

-         Mc. 10, 52 (Y Jesús le dijo: Vete, tu fe te ha salvado. Y en seguida recobró la vista, y seguía a Jesús en el camino) y Lc. 18, 42 (Curación del ciego Bartimeo).

-         Lc. 7, 50 (Pero él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, vé en paz) (Unción de Jesús).

 

v    Exposiciones relativas a la bondad de la fe:

 

-         Mt. 17, 20 (Jesús les dijo: Por vuestra poca fe; porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible)

-         Mc. 11, 22-24 (22 Respondiendo Jesús, les dijo: Tened fe en Dios. 23 Porque de cierto os digo que cualquiera que dijere a este monte: Quítate y échate en el mar, y no dudare en su corazón, sino creyere que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho. 24 Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá), Mt. 21, 21-22 y Lc. 17, 5-6

-         Mt. 23, 23 (¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello)

-         Lc. 18, 8 (Os digo que pronto les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?)

-         Jn. 11, 15 (y me alegro por vosotros, de no haber estado allí, para que creáis; mas vamos a él) y 25-27 (25 Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. 26 Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto? 27 Le dijo: Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo)

 

Podríamos exponer más situaciones al respecto, pero las señaladas ya parecen suficientes para nuestro propósito.

 

Son tres vertientes de la fe desde la perspectiva crística, pero un denominador común las atraviesa e impregna.

 

El sentimiento de fe es lo que conduce al hombre a la vida y la felicidad, como resume en el último dicho presentado en la versión joánica (posiblemente no histórico, y probablemente extraído de una vivencia postpascual, trasladada al Jesús terreno, pero sí certero y compendio de todos los demás).

 

Para Jesús, la confianza en Dios, la fe absoluta en la bondad de sus designios y voluntades, es el instrumento para la superación de todas nuestras finitudes y calamidades.

 

El poder taumatúrgico de Jesús que nos relatan los textos evangélicos puede, de alguna manera, ensombrecer la importancia de la fe en lo no visible (Dios), ya que los hechos extraordinarios atribuidos al Nazareno encauzan fácilmente los sentimientos de fe sostenidos por las realidades perceptibles, pero es algo con lo que debemos contar a la hora de reflexionar sobre el poder balsámico derivado del depósito de la confianza en lo que no nos es perceptible por los sentidos, pero que ha de conformarse como parte fundamental de nuestra existencia: Dios, como Padre (actuando como madre) tierno y amoroso con sus hijos.

 

Sería ilusorio pensar que la simple expresión de nuestra fe en Dios puede solventar nuestras preocupaciones o sanar nuestras enfermedades.

 

Eso sería una superstición y una superchería, alejada del mensaje real de Cristo.

 

Lo que sí nos aporta  el convencimiento interior de nuestra confianza en que hacer la voluntad de Dios es el mejor de los caminos, es la limpieza de espíritu que se intuye en la curación de los leprosos, la vuelta a la vida en la compañía de Dios de Lázaro, la visión clara de los ciegos sanados, lejos de la ceguera material, o la recuperación de las ganas de vivir de la hemorroísa curada.

 

El poder que la fe nos entrega, nos permitirá mover las montañas de la incomprensión y fijar nuestra atención en lo que realmente importa, sin por ello dejar de atender las obligaciones cotidianas.

 

No se trata de que en cada uno de nosotros se ejecute un portento por el que el Tourette desaparezca de nuestras vidas, porque ello está lejos de lo factible, sino de que, a través de la fe (en Cristo y, por su mediación, en el Padre), los ojos con los que miramos nuestras miserias, desplacen su objetivo y se aclaren, permitiéndonos ver que, aun dentro de nuestra penuria y padecimientos, la simple compañía de Cristo hace que la vida merezca la pena de ser vivida.

 

Por manifestar nuestra confianza en Dios, el Síndrome no va a minorarse (para ello están los medicamentos y las terapias), pero desde el posicionamiento de nuestra fe en el Padre, estaremos en disposición de recibir el calor de su acompañamiento y superar la soledad a que nos empuja el síndrome, afrontar sus manifestaciones con mejor animosidad e interiorizar la tolerancia precisa para abordar las situaciones de marginación y exclusión producto de las incomprensiones ajenas.

 

Esas son las montañas que la fe puede mover, esa es la esperanza de vida que Cristo nos promete si creemos en su doctrina, esa es la justicia que se deriva de la práctica del amor y la misericordia, porque, tal y como el propio Jesús nos enseña: "haced con los hombres como queráis que ellos hagan con vosotros".

 

Aquí radica la salvación, no material, sino espiritual, en la que los dolientes depositamos nuestra esperanza, como la mujer que ungió a Jesús, o el paralítico al que le son perdonados sus pecados.

 

No hemos cometido ningún pecado como para hacernos acreedores de la patología que nos acecha. El síndrome es una manifestación natural de nuestra finitud humana.

 

La fe no lo va a hacer desaparecer, pero es el elemento indispensable para poder convivir con él, porque esa limitación nos introduce en el grupo de "los pequeños" destinados a heredar el Reino de los cielos.

 

Lo paradójico es que la fe en Cristo se apoya, especialmente, en la confianza de que ella es beneficiosa, pero eso constituye un posicionamiento que cada uno de nosotros debe reflexionar y a la que, de forma individual, habremos de llegar en nuestra intimidad con Dios. Pero a ello no podrá contribuir una creencia supersticiosa en que la acción divina va a alejar de nosotros nuestras calamidades o a alterar nuestra realidad existencial.

 

Desde la perspectiva de marginación

 

Si bien nuestra patología, como hemos repetido en diversas ocasiones a lo largo de este trabajo, se conforma como una enfermedad neurológica, su comorbilidad de manifestaciones psiquiátricas la hacen revestirse de unas características especiales.

 

Una de ellas es la marginación social a que el afectado se encuentra sometido en la mayoría de los casos.

 

Por ello, a esta especificidad vamos a dedicar un apartado completo, con la intención de comprobar, por un lado, cómo se manifiesta la marginación social en el afectado del ST y, por el otro, cómo podemos engarzar, y superar, la marginación con el Evangelio.

 

-         ¿Cualquier enfermedad conlleva marginación social?

 

Obviamente una persona aquejada de cualquier enfermedad se encuentra en una situación de inferioridad con respecto a los "sanos".

 

La gradación de esa inferioridad estará en función de los elementos invalidantes que converjan en las manifestaciones patológicas.

 

Sin embargo, la situación de inferioridad no implica, necesariamente, marginación social, ya que podemos encontrarnos con situaciones de esta índole en personas que se encuentran plenamente integradas y sin asomo de rechazo, de la misma forma que podemos contemplar situaciones de marginación sin que éstas vayan aparejadas con manifestaciones patológicas.

 

Por lo tanto, ambos términos no poseen una relación causal-efectual, salvo en los casos en que la marginación es la respuesta social a las manifestaciones de la enfermedad, ya sea por la presencia de conductas y comportamientos asociales o disociales, bien porque en la conciencia de la sociedad se aloja un sentimiento de miedo o rechazo hacia la enfermedad, como la que puede derivarse del peligro de contagio, por ejemplo.

 

Esta situación la veremos más claramente mediante la exposición de sendos ejemplos.

 

Un paciente aquejado de una cardiopatía, puede arrastrar un sentimiento de inferioridad con respecto a los demás porque está imposibilitado para realizar determinadas actividades que son corrientes en la vida cotidiana (ejercicios violentos, riesgo de agravamiento ante situaciones estresantes, etc.), pero en ningún caso puede considerarse marginado de la vida social, porque su enfermedad no incide en el aspecto relacional o costumbrista,  sino que desarrolla su vida con normalidad dentro de las estructuras sociales estandarizadas, con las limitaciones operativas que le impone su patología.

 

Por el contrario, un paciente aquejado de una patología psiquiátrica, como podría ser la esquizofrenia, por ejemplo, tendrá graves dificultades para desarrollar una vida social normalizada, a causa de las manifestaciones disociales de su padecimiento, siendo excluido de los círculos sociales y, en casos graves, internado en instituciones cerradas, por períodos más o menos dilatados, para salvaguardar, tanto su propia seguridad como la de quienes le rodean, aunque su  enfermedad no conlleve una limitación física inmediata.

 

Por lo tanto, al menos en nuestra sociedad, no todas las enfermedades implican, de forma inmediata, una situación  de marginación, sino que son los reflejos sociales de la misma los que condicionan la aparición, o no, de este comportamiento de los demás hacia el enfermo.

 

-         El afectado por ST, ¿es necesariamente un marginado?

 

A esta cuestión habremos de responder mediante una vinculación hacia el grado de afectación del paciente.

 

Si estamos contemplando un  afectado que sólo presenta manifestaciones leves, de tics faciales o motores simples, obviamente esta sintomatología puede que genere algún tipo de sorpresa inicial en su entorno social, pero no suele conllevar una suerte de marginación o rechazo específico, fuera de las primeras burlas, por lo que su vida puede desarrollarse con normalidad a lo largo de toda su existencia. Tenemos constancia de grandes profesionales en campos como la medicina, las artes o la ingeniería que, aun estando afectados por el ST, no han detectado circunstancias especiales de rechazo y el síndrome nunca ha supuesto un hándicap en su desarrollo, tanto personal como profesional (Tourette puro).

 

Si, por el contrario, estamos contemplando a un afectado con el denominado Tourette plus, con manifestaciones comórbidas de Déficit de Atención, con o sin, Hiperactividad; Trastornos de Déficit de Control de Impulsos o problemas graves conductuales con intentos autolesivos o heteroagresivos, obviamente la perspectiva cambia profundamente.

 

Alguien con este cuadro patológico, difícilmente sostendrá un nivel de integración social mínimo y se verá rechazado, por miedo o falta de información, tanto por sus allegados, como por un posible entorno de amistades.

 

Dentro de los ambientes docente y laboral, sus comportamientos asociales no serán asumidos y caerá en la exclusión de dichos espacios, con lo que, claramente estaremos ante un marginado a causa de su afectación tourética.

 

Un término intermedio lo tendremos en los afectados por el Tourette completo (afectación de tics motores, más o menos complejos, junto con tics vocálicos y/o fónicos).

 

El rechazo hacia estos afectados, si bien no será frontal, sí que revestirá tintes acusados en determinados ámbitos sociales, en función de las manifestaciones que se presenten.

 

Así, por ejemplo, la coprolalia y/o la ecolalia son factores alienantes y marginantes para determinados contextos sociales, de los que, posiblemente, pueda ser excluido. Es difícil imaginar la aceptación de este tipo de afectados en actividades que precisen, por ejemplo, una presencia continua de atención al público, o en el seno de un aula normalizada.

 

Sin embargo, no habrá excesivos problemas para su aceptación en otro tipo de ambientes relacionales, como los deportivos, por ejemplo.

 

Por lo tanto, no hay una respuesta categórica o única a la pregunta del comienzo, ya que la marginación del afectado estará en función de su nivel de afectación.

 

Esto es una constatación de la realidad social que venimos contemplando, lo que no significa un asentimiento a la necesidad ineludible de que el afectado de ST, aunque lo sea en nivel plus, deba considerarse indefectiblemente en un ser marginal por su padecimiento.

 

La constatación a que nos estamos refiriendo, a lo largo de nuestra experiencia de convivencia con diversos afectados, hemos podido comprobar que deviene en comprensión y tolerancia cuando los espacios relacionales en los que ha de desenvolverse están compuestos por personas formadas adecuadamente en la sensibilidad para con los comportamientos asociales de nuestros pacientes y, además, se les nutre de información objetiva sobre la sintomatología del síndrome.

 

Por lo tanto, si bien no hay una respuesta uniforme hacia la realidad de la marginación social del afectado, sino que ésta se presenta en función del grado de afectación, sí que podemos afirmar, con rotundidad, que esa marginación, en ningún caso, es ineludible, sino que está generada por la estructura comportamental de nuestra sociedad, donde las deficiencias y especificidades son difícilmente asumibles, a causa de una mentalidad uniforme y estandarizada.

 

Es, por tanto, una insuficiencia y defecto de nuestra sociedad la que ocasiona las reacciones marginantes, no algo inherente a los afectados por el síndrome, ya que, con el adoctrinamiento informativo y la formación adecuada, quienes se relacionan con afectados son capaces de presentar actitudes de comprensión e integradoras para con ellos.

 

-         ¿Qué entendemos por marginación social para un afectado de ST

 

Pasando del todo a la parte, habremos de puntualizar cómo se manifiesta la marginación social para nuestros afectados.

 

Ya hemos visto en los primeros capítulos de este trabajo cuales son las manifestaciones comórbidas de aspecto psiquiátrico de nuestra enfermedad, por lo que no incidiremos más sobre ello.

 

Sin embargo, sí es interesante identificar el concepto de marginación social que afecta a nuestros pacientes.

 

En este orden, como ya hemos venido contemplando en apartados anteriores, habremos de distinguir varios aspectos, cada uno identificado con las líneas de actuación y convivencia social del individuo.

 

En el entorno familiar: entendemos por marginado, al afectado de Tourette que es rechazado por las personas que le rodean en el núcleo más próximo, generalmente a causa de las repercusiones que sobre ese núcleo familiar tienen las manifestaciones asociales del paciente, o bien, directamente, por las manifestaciones de agresividad y rechazo del propio paciente hacia personas concretas del grupo familiar. Habitualmente, este rechazo podría ser solventado con la adecuada información de sus allegados acerca de la enfermedad, ya que la carencia informativa lleva a considerar sus comportamientos como caprichosos, desafiantes o producto de defectos formativos o educacionales, por lo que las reacciones ante sus manifestaciones más agudas, suelen ser de rechazo, castigo e, incluso, agresión hacia el afectado, con lo que se agrava aún más su situación.

 

En el entorno docente: consideramos que un afectado por Tourette es marginado dentro de este ámbito social, cuando ante la manifestación de su sintomatología, los responsables institucionales reaccionan con la separación del alumno de las actividades educativas normales, se le somete a burlas o postergación dentro de las mismas o se le estima como un alumno inferior, privándole, además, de la atención personalizada y específica que se precisa para su formación integral y armónica.

 

Dentro de este mismo espacio, el acoso a que puede ser sometido el afectado por parte de sus compañeros, la exclusión de los grupos de actividades escolares por parte de los mismos e, incluso, las agresiones de que pueden ser objeto, se constituyen en otro factor marginante en el entorno docente.

 

En el entorno laboral: puesto que el ámbito laboral es el principal medio de socialización en la edad adulta dentro de nuestra sociedad competitiva y retributiva, consideramos marginado a causa del ST, a quienes, debido a las manifestaciones teouréticas se ven en la imposibilidad de acceder, en igualdad de condiciones, a un puesto de trabajo digno y adecuado a sus características.

 

También podemos considerar como factor marginante la imposibilidad de dotarse, por parte del afectado, de los elementos formativos suficientes para optar a mejoras laborales y promociones internas, así como los impedimentos y trabas que las empresas o instituciones interpongan para que tal promoción pueda realizarse por el afectado.

 

Es susceptible de marginación, asimismo, la minoración de las retribuciones otorgadas a compañeros que desempeñan labores equivalentes, así como la minusvaloración de sus capacidades y aptitudes o el menosprecio personal, todo ello como consecuencia de las manifestaciones touréticas, sean éstas de la índole que sean.

 

Otro elemento marginante y ofensivo para la dignidad de la persona consiste en la valoración minusválica por debajo de los índices que otorgan derecho a la percepción de pensiones y ayudas, cuando afectados por otras patologías con manifestaciones menos invalidantes sí tienen reconocidos estos derechos.

 

En el ámbito relacional amistoso: Creemos que un afectado entra dentro de la consideración de marginado, en este aspecto vivencial, cuando se ve privado de relaciones de amistad estables y normalizadas a causa del escándalo que sus manifestaciones genera entre sus iguales, encontrándose abocado a la soledad y el aislamiento relacional, viéndose restringidas sus acciones de ocio y esparcimiento a las que puedan derivarse de las actividades escolares, laborales o exclusivamente familiares.

 

En el ámbito social-institucional: Estimamos que un afectado puede considerarse marginado por los estamentos institucionales o de asistencia pública, cuando, ante la demanda de asistencia sociosanitaria, derivada de elevaciones bruscas de las manifestaciones touréticas, no somos capaces de encontrar alternativas de soluciones válidas que puedan ser ofertadas por entidades responsables de la atención social y/o sanitaria.

 

Un ejemplo nos dará mayor claridad al enfoque.

 

Cuando un afectado acude a un establecimiento sanitario aquejado de un agravamiento de sus manifestaciones psiquiátricas comórbidas, habitualmente, estas instituciones lo derivan hacia centros psiquiátricos cerrados, con internamientos variables en el tiempo según la gravedad, en lugar de acometer de forma integral la problemática originaria de la afección. Es decir, no se dispone de centros de atención especializados para afectados por el síndrome que puedan ofrecer, no sólo una atención sanitaria de urgencia, sino también un cuidado global hacia la problemática social del paciente.

 

-         Cómo vive la marginación un afectado

 

La respuesta a este cuestionamiento, estará muy en función de la propia percepción que el afectado tenga de su enfermedad.

 

Si el paciente asume, dentro de su historia personal, su enfermedad como una realidad que le acompaña y le limita intrínsecamente, la vivencia de la marginación será contemplada como una más de las limitaciones inherentes a la enfermedad, no como una afrenta hacia su dignidad personal. Por lo tanto, estará en mejor disposición de abordar comportamientos de los demás hacia él que, a priori, serían considerados injustos.

 

Desde este posicionamiento, el afectado puede acometer la superación de la marginación con herramientas más eficaces, puesto que se encontraría en disposición de comprender los miedos que acometen a los demás a causa de sus manifestaciones y a partir de ahí, transmitir a su entorno sus propios estados de ánimo, aclaratorios de las expresiones touréticas.

 

Desde nuestra experiencia, resulta asombroso el cambio que se puede operar en las personas que se relacionan con touréticos, cuando están debidamente informadas, por el propio afectado o sus próximos, de que lo que le sucede no obedece a intencionalidades desafiantes, agresivas o simples defectos formativos, sino que provienen de patologías involuntarias y, hasta cierto punto, incontrolables.

 

Sin embargo, si el paciente vive su enfermedad de espaldas a ella, no asumiéndola dentro de su realidad, sino como una característica de su personalidad, lo que se genera es un sentimiento de frustración permanente causado por una sensación de injusticia continuada hacia su persona y una aureola de incomprensión total.

 

En ese supuesto, la primera consecuencia es el ensimismamiento personal, el aislamiento, la caída progresiva y continua de la autoestima, la incapacidad para la relación, la depresión y el abandono de cualquier tipo de lucha por los derechos de igualdad inherentes a cada persona.

 

Por lo tanto, la vivencia de la marginación, desde el punto de vista personal, depende, fundamentalmente, de la actitud con que cada uno de nosotros afrontemos nuestra realidad existencial, como afectados por el Tourette, pero, sin perder de vista que, antes que afectados, somos personas en plenitud de derechos, si bien, tampoco podemos perder de vista que el resto del mundo también tiene plena libertad de percibirnos como algo inusitado, a causa de nuestros comportamientos, y que, por lo tanto, pueden acometerles miedos y aprehensiones susceptibles de generar rechazo y marginación.

 

-         Breve descripción social de la Palestina del Siglo I

 

Para poder engarzar la perspectiva de la marginación social de nuestros afectados con la posible vivencia marginal del Jesús histórico, lo primero que debemos conocer, aunque sea someramente, es la situación sociopolítica de la zona en la que se desarrolló su existencia terrena.

 

En los tiempos de Jesús, cuando se produce su nacimiento, reinaba en Israel Herodes, llamado “el Grande” (40-3 a.C.) que fue entronizado como tal por Marco Antonio y Octavio (luego Augusto).

 

Este rey consiguió reunificar el territorio y acometer grandes obras urbanísticas y arquitectónicas (construcción del Templo de Jerusalén,  etc.), recuperando el sentimiento nacional judío y manteniendo el país en relativa calma, tanto interior como con respecto al dominador romano, el cual se limitaba a recaudar sus impuestos y a ejercer una cierta vigilancia para que los disturbios no pasaran a mayores.

 

Tras su muerte, el territorio fue repartido por el César Augusto entre sus hijos en la siguiente forma: Arquelao (como etnarca = Jefe de la nación), gobernó Judea, Samaría e Idumea; Herodes Antipas (como tetrarca = el que comparte su reino con otros tres), gobernó Galilea y Perea, mientras que Filipo recibió Gaulanitis, Batanea, Trachonitis y Hauranitis; y a Salomé, hermana de Herodes el Grande, las ciudades de Jamminia, Ashdod y Fasael. Por su parte, Gaza, Gadara e Hippos recobraron su autonomía y quedaron bajo la autoridad del gobernador romano de Siria

 

Tras el fiasco de Arquelao, éste fue depuesto por los romanos y su territorio quedó, políticamente hablando, dependiendo de un “prefecto” romano que, a su vez, dependía del legado de Siria.

 

Cuando tal situación se produjo, el gobierno interno de los pueblos y ciudades de estos territorios quedó en manos de consejos de ancianos y sacerdotes, tal y como había sido tradicionalmente, si bien Roma mantenía una presencia discreta (unos 3.000 soldados, fundamentalmente en Cesarea) y se limitaba a cobrar sus impuestos y mantener el orden cuando éste no podía ser controlado por los gobernantes locales.

 

En el caso de Galilea, la “patria chica” de Jesús, Herodes Antipas continuó, dentro de sus posibilidades, las obras de su padre, reconstruyendo Séphoris, que había sido arrasada y construyendo, de la nada, la ciudad de Tiberias (en honor de su amigo Tiberio César)

 

Tradicionalmente, se viene considerando que los primeros años de Jesús y el proceso de su ministerio público, se desarrollaron en el interior de un país relativamente en calma, cosa que no se ajusta a la realidad, ya que lo cierto es que se trata de un período convulso, con constantes revueltas populares (como lo demuestra las represiones efectuadas por los soldados de Pilatos) y la incubación de la gran revuelta que concluyó con la guerra de los años 60-70 d.C., y la posterior de los años 132-135 que finalizó con la destrucción del templo y la gran diáspora judía.

 

Social y económicamente, el país se encontraba estratificado en dos tipos de poblaciones bien diferenciadas: la rural y la urbana.

 

La población rural, en Galilea, vivía del cultivo de sus ricos campos, si bien con ellos convivían algunos grupos de artesanos, comerciantes y pescadores que se ocupaban de las labores de mantenimiento y asistencia (es el caso de la familia de Jesús en Nazaret).

 

Otra parcela de esta población rural, especialmente en Judea, vivía de la ganadería, principalmente bobina.

 

La población urbana de Galilea se concentraba fundamentalmente en Séforis y Tiberíades, mientras que la de Judea lo hacía en Jerusalén.

 

Estas poblaciones urbanas vivían fundamentalmente de la actividad administrativa y comercial de estas ciudades y, en el caso de Jerusalén, del Templo.

 

Jesús, por su parte, nunca dirigió su predicación hacia los núcleos urbanos, sino que distribuyó su ministerio entre las poblaciones rurales.

 

En el aspecto político, al margen del dominador romano, tres grandes partidos ejercían su influencia sobre el pueblo.

 

Teniendo en cuenta la mentalidad teocrática de Israel, desde sus comienzos históricos como pueblo, también los aspectos políticos pasaban, sin alternativa, por el tamiz religioso, por lo tanto, estos partidos tenían, prioritariamente, un carácter religioso, desde el que ejercían una actividad política.

 

En la tabla siguiente podemos contemplar las diferencias entre ellos en los aspectos fundamentales

 

 

Saduceos

Fariseos

Esenios

Libertad del hombre

El hombre es dueño de su destino

Para la realización del futuro, Dios y hombre cooperan

Todo está predeterminado por Dios

Alma

No existe el más allá, por lo tanto no contemplan la resurrección y pervivencia del alma, así como tampoco los premios y castigos

Contemplan el alma como inherente a la persona, pero con un carácter de inmortalidad, pero sólo los buenos pueden pasar a un cuerpo nuevo, mientras que los malos reciben el castigo eterno

En el momento de la muerte, los buenos son liberados del cuerpo y disfrutan de la gloria, mientras que los malos son permanentemente castigados

Escrituras

Sólo consideran válidas las leyes escritas y rechazan la tradición oral

A la ley mosaica le añaden las tradiciones orales de sus antepasados

Además de la ley mosaica, disponen de sus propios escritos secretos y prestan una especial atención a los antepasados

Posición sociológica y política

Se apegan a la clase dirigente y se unen a los ricos

Muestran un comportamiento popular y populista, muy cercano al pueblo

Están totalmente apartados de la vida social y política en un círculo cerrado, donde sus propias enseñanzas son secretas

Comportamiento

No son un grupo homogéneo y existen grandes controversias entre ellos mismos. Son individualistas

Forman un grupo cohesionado y con un gran respeto por la autoridad de sus ancianos

Conforman una comunidad cerrada, comparten bienes y haciendas y son, por lo general, célibes.

 

Además de estos partidos, otros grupos de actividad política realizaban diversos tipos de intervención, si bien de carácter minoritario.

 

Especialmente, dentro de estos grupos  podemos contemplar a los herodianos (seguidores de Herodes el Grande) y los Zelotes (grupo ultra nacionalista que dirigía sus actividades al enfrentamiento con el invasor).

 

Mención aparte merecen las castas sacerdotales y religiosas.

 

Por un lado, los sacerdotes, cuyo nombramiento era, normalmente, heredado y que eran los encargados del culto en el Templo de Jerusalén, por turnos rotatorios.

 

Además de su función litúrgica, tenían gran ascendencia sobre el pueblo, puesto que fuera de sus labores sacerdotales, ejercían de doctores de la ley y consejeros en temas legales y políticos.

 

Por otro lado estaban los escribas, especialistas en interpretar la Torá y cuya opinión era fundamental en las controversias cotidianas.

 

El Templo, además, poseía, bajo el mando del Sumo Sacerdote (José Caifás en los tiempos de Jesús), de una guardia que era la encargada del orden público en la ciudad de Jerusalén, compuesta, en su mayor parte por integrantes de la tribu de los Levitas (alrededor de 2.500 hombres).

 

Además de esta estructura sociopolítica, el momento de la aparición de Jesús en Palestina, se caracterizaba por la profusión de diversos profetas y pseudo profetas, fundamentalmente dedicados a una predicación apocalíptica, así como una conciencia popular de carácter mesiánico, si bien este mesianismo se encauzaba por derroteros de liberación y engrandecimiento nacional, en lugar de los de salvación espiritual y reconciliación con Dios que proclamaron los discípulos de Cristo, cosa que, por otro lado, corresponde más al Kerigma postpascual que a la creencia primigenia de los propios discípulos.

 

 

-         ¿Quién  es Jesús dentro de ese esquema social?

 

En este esquema sociopolítico y religioso es donde se desarrolló la vida terrena de Jesús y, dentro de ella, su etapa ministerial pública, pero ¿cómo encaja Jesús dentro del mismo?.

 

Diversos autores han intentado encuadrar la figura de Jesús dentro del fariseísmo, otros acercándole al movimiento esenio e, incluso, los hay que le ven cercano al grupo saduceo.

 

Ninguno de los textos neotestamentarios encuadran a Jesús en alguno de estos movimientos, sino todo lo contrario.

 

Los textos evangélicos y neotestamentarios en general, nos muestran a Jesús confrontándose, verbalmente, con saduceos y fariseos y silencian absolutamente el movimiento esenio.

 

Sin embargo, a lo largo de la predicación jesuática, existen puntos de contacto con todos estos movimientos en lugares puntuales de cada ideología.

 

Coincide con fariseos en la observancia de la ley (no he venido a derogar la ley, sino a cumplirla), le veremos coincidiendo con los saduceos en la relativización de las costumbres cultuales mosaicas, pero también con los esenios, radicalizando preceptos éticos y morales de la ley.

 

Desde la perspectiva postpascual y el kerigma apostólico, la religión cristiana, sucesora de la experiencia discipular prepascual, traslada al Jesús terreno las expectativas mesiánicas de la sociedad hebrea.

 

Desde esta  perspectiva, los textos evangélicos intentan cuadrar con la predicación del Nazareno las profecías, signos y títulos mesiánicos tradicionales.

 

Sin embargo, no está nada claro que el propio Jesús tuviese, a lo largo de su ministerio, una conciencia propia  y clara de mesianismo personal.

 

De hecho, Jesús rechaza el título cristológico de Mesías, como salvador; el de Hijo de Dios le es aplicado desde el exterior sin que cuente con su aceptación expresa y la utilización propia de Hijo de hombre (Hijo del hombre), podría tener una connotación eufemística para referirse al "yo".

 

La observación externa de la actividad jesuática, más bien, nos lleva a identificar a Jesús con un profeta itinerante, de carácter carismático y portador de una predicación de carácter escatológico, dirigida hacia la venida, más o menos inminente, del Reino de Dios, en cuyo seno no queda nada clara la necesidad de intermediación de algún personaje.

 

La observación histórica, sin embargo, no debe alejarnos de nuestra propia experiencia de fe.

 

Que los datos históricos de que podemos disponer no nos indiquen explícitamente la existencia de una conciencia personal de ser el "Ungido", el "Cristo" o el "Mesías" (todos ellos vocablos equivalentes en los distintos idiomas manejados en la época), no implica el que nosotros, como cristianos, no podamos reconocer a Jesús de Nazaret como al Hijo de Dios, encarnación del Verbo y personificación de la culminación salvífica de los planes divinos en la economía de la redención.

 

Obviamente, así es para nosotros. Jesús de Nazaret, para los cristianos es, además de un personaje histórico, con existencia real en un momento y lugar concretos, la segunda persona de la Trinidad, pero ello corresponde a la fe, no a la visión histórica.

 

Para lo que a nosotros nos interesa, la conjugación de ambas perspectivas es básica.

 

Por un lado, para encajar la figura en su contexto histórico real y poder explicar determinadas actuaciones y reacciones, así como asignar significados a gestos y actitudes que, en los tiempos presentes, han perdido su significado contextual.

 

Por el otro, para trascender estas actuaciones hacia el plano teológico y poder así identificar estos signos y actitudes como mensajes y comunicaciones provenientes, no ya de Jesús, sino de Dios a través de la mediación de su Hijo y, por lo tanto, facilitándonos información acerca de lo que Dios quiere de nosotros y de por qué cauces ha de discurrir nuestra relación con Dios y con los hombres.

 

Históricamente, como hemos citado, por tanto, Jesús se conforma como un profeta itinerante, contrapuesto a la sedentarización de la predicación del Bautista, pero continuador y ampliador de ésta.

 

Otra de sus diferencias está en el carácter carismático del personaje, que le hace ir adquiriendo una fama cada vez mayor entre las masas populares. Unas llevadas por el contenido predicatorio, otras por la capacidad taumatúrgica que se le va reconociendo (del Bautista no existe constancia histórica de ningún prodigio).

 

La itinerancia del grupo de Jesús, sin embargo, está limitada a los medios rurales (la mayor parte de sus símiles y parábolas lo son en este ambiente).

 

Salvo la incursión a la "región" de Tiro y Sidón (en la Fenicia), no se registra su actividad fuera de las pequeñas aldeas de Galilea, algo en la Decápolis y, finalmente en Jerusalén al final de su ministerio.

 

Esto puede parecer una incongruencia con el fin propuesto: si deseo que mi mensaje sea lo más conocido posible, lo lógico es que me dirija a los foros donde hay una mayor cantidad de receptores (las ciudades).

 

Sin embargo, Jesús hace un posicionamiento claro y específico por los pobres, los oprimidos, los marginados, los enfermos, los pecadores y los excluidos de la sociedad hebrea. A éstos los encuentra, principalmente, en los aledaños, en las afueras, no en los palacios o residencias urbanas, por ello, teológicamente, este plan predicatorio no es incongruente, sino plenamente coherente.

 

La vivencia de Jesús se conforma como uno de los mayores acontecimientos de la historia del hombre. El mayor para los cristianos, puesto que es la encarnación de Dios.

 

Sin embargo, históricamente, en el momento y lugar preciso de su existencia, no reviste tales grandezas, puesto que, salvo los textos cristianos, disponemos de muy escasas referencias a su existencia y, prácticamente ninguna, a su actividad y relevancia social.

 

Sólo algunas referencias de Flavio Josefo (historiador judío no cristiano) y algunas de pasada de Filón de Alejandría.

 

Si llegaron a existir archivos judíos sobre la época que lo mencionaran, éstos se perdieron, pero ninguna crónica imperial recoge la actividad de Jesús directamente, salvo algunas referencias a sus seguidores posteriores en Roma.

 

El misterio de cómo un acontecimiento tan pequeño social e históricamente hablando, ha devenido en el movimiento social mundial que se conforma como la religión cristiana, a nosotros, como creyentes, nos transmite la intervención del Espíritu Santo en esta evolución y mantenimiento, a pesar de las vicisitudes acaecidas a lo largo de estos XX siglos de existencia.

 

 

-         ¿Qué relación tiene Jesús con el mundo de la marginación?, ¿es Él un marginado?

 

Objetivamente hablando, Jesús no es un personaje marginado, aunque sí marginal en determinados aspectos costumbristas y culturales.

 

Algunas de sus características marginales las podríamos resumir en:

-            el celibato: lo acostumbrado, salvo en el grupo esenio, era la formación de familias y los célibes eran considerados como algo extraño.

-            el abandono de la estabilidad familiar y económica: Jesús se extraña de su tierra, abandonando una posición familiar cómoda y estable para embarcarse en una aventura misional incierta e itinerante.

-            relativiza aspectos litúrgicos y cultuales: como son el respeto por el sábado, las abluciones y la ingestión de determinados manjares.

-            muestra un despego total por los bienes materiales: envía a sus discípulos sin alforjas, el Hijo del hombre no tiene donde reposar la cabeza...

-            incluye a las mujeres dentro de su grupo más próximo: es a las primeras que se aparece tras la pascua, son las encargadas de la logística e intendencia del grupo.

-            entra en polémica con todos los grupos sociales relevantes, pero, al mismo tiempo se relaciona con todos ellos: polemiza con fariseos y escribas, pero, simultáneamente, entre sus seguidores hay fariseos y principales de las sinagogas.

-            aunque utiliza las sinagogas, también usa las grandes extensiones para su predicación: sermón del monte o del llano.

-            acomete con violencia contra cambistas y mercaderes en la explanada del templo.

-            se relaciona con pecadores, come con ellos e, incluso, los introduce en el grupo de seguidores más cercano: Mateo-Leví

-            para sus acciones taumatúrgicas, no sólo se acerca, sino que toca a los enfermos y, especialmente, a los leprosos, con lo que queda contaminado e inmundo.

-            predica la oración privada, en lugar de proclamar la oración en el Templo.

 

Estos son algunos de los rasgos de comportamiento de Jesús que le hacen colocarse, voluntariamente, al margen de la vida social establecida. Varios de ellos, incluso, le llevan al juicio (más o menos legal, según la versión que se acepte) por parte de las autoridades religiosas judías y derivan en la recomendación de éstas de condena a muerte ante el prefecto romano.

 

Sin embargo, no puede decirse que "per se", Jesús fuese un marginado. Sí un judío marginal por principio, doctrina y trayectoria, pero no alguien apartado de la vida social por sus congéneres.

 

Lo que nos lleva a la otra parte del cuestionamiento inicial: ¿cuál es su relación con el mundo de la marginación?.

 

Para responder a ello debemos, en principio, identificar esa marginación dentro del contexto sociocultural en que se desenvuelve su ministerio.

 

Como hemos visto anteriormente, el hecho de un padecimiento patológico, en sí mismo, era interpretado por el mundo judío como un estigma del mal (pecado), propio o de los antepasados del paciente. Por lo tanto, cualquier enfermo, por el hecho de serlo, arrastraba sobre sí esa sospecha y como tal era un marginado social y religioso.

 

Pero había otras circunstancias de marginación, como eran las derivadas de la propia pobreza económica, puesto que estaban impedidos para contribuir al sostenimiento del templo; las viudas (por una razón parecida y por el hecho de ser mujeres sin amparo); los recaudadores de impuestos (publicanos), considerados por la conciencia popular como colaboradores con el invasor (gentiles) y, por lo tanto, pecadores por razón de su actividad pública; las prostitutas, por la misma razón, etc.

 

El concepto de marginación judío, aunque con algunas matizaciones, no era muy distinto del que nosotros podemos contemplar hoy en día: consideraban un marginado a todo aquél que, a causa de sus especificidades, ya fueran de índole económica, política, social o religiosa, estaba impedido para realizar las mismas funciones que los "normales" y, por tanto, se encontraba fuera del círculo social estandarizado = excluido de la sociedad.

 

La relación de Jesús con esta tipología social, como hemos podido comprobar en algunas de las características marginales de su comportamiento, fue la de "tomar partido" por ellos y acometer su integración social: Mt. 9, 12 (Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos); Mt. 15, 24 (El respondiendo, dijo: No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel); Mt. 18, 10-14 (parábola de la oveja descarriada)

 

Podríamos concluir indicando que Jesús, y el movimiento que Él encabeza, más que marginado, e, incluso marginal, es radical, manifestándose tal radicalidad en el acentuamiento de los preceptos éticos y morales de la Torá y en la indicación a sus discípulos cuando los envía a su predicación de no llevar bolsa ni alforja, así como la de abandonar, o postergar (en abierta contradicción con la ley mosaica) familia y hacienda por el seguimiento del Nazareno.

 

Jesús, como ya hemos afirmado varias veces, fue un profeta escatológico, y, por lo tanto, la inmediatez del cambio le hacía despegarse de los problemas sociales inmediatos, si bien no consideraba como un problema social el de la marginación y su inserción social, sino un acto de justicia ubicado dentro del mensaje escatológico.

 

La razón es obvia. Jesús predica el acercamiento del Reino de Dios a la tierra. Y dentro de esa predicación, el nuevo mundo que se instaurará con el gobierno de Dios ha de expandirse e integrar a todos los hombres, por lo tanto, es imprescindible acercar esa predicación a los que carecen de toda alternativa en la sociedad actual: los marginados y excluidos.

 

-         Bienaventurados los pobres de espíritu. Transfiguración de los marginados en el rostro de Dios.

 

Ante la demora en el momento escatológico previsto por Jesús, en su momento histórico, lógico es que, desde nuestra perspectiva, también histórica, revisemos nuestras consideraciones acerca de algunos de sus contenidos.

 

Uno de ellos es el tema de la marginación y exclusión social, que, en nuestros esquemas de civilización se conforma como el síntoma de una enfermedad que padece todo nuestro sistema social.

 

Por decirlo de otra forma, nuestra civilización, la occidental, ha avanzado tan deprisa en los últimos siglos que no ha prestado la más mínima atención a lo que va dejando y aplastando en su loca carrera: la ecología, los marginados, los desplazados, la miseria del tercer mundo, etc.

 

El mayor problema frente a la marginación es el de la concienciación sobre el conflicto y el fracaso social que supone su propia existencia.

 

La mentalidad popular sobre este problema, habitualmente, tiende a pensar que la marginación es un problema de los marginados, cuando, lo cierto, es que es un problema de toda la sociedad, consecuencia de su fracaso como estructura de convivencia equitativa y justa.

 

El reflejo de esta mentalidad en los propios sujetos del problema es que muchos de ellos han dejado de tener memoria histórica sobre ellos mismos. A lo sumo, prefieren contemplar el presente, acometer su cotidianeidad y obviar tanto su pasado como sus posibilidades de futuro.

 

Sin embargo, desde nuestra premisa de creyentes y seguidores de Cristo, nuestro enfoque teológico respecto de la marginación ha de ser que Dios está en ese mundo. Se hace presente en el rostro y la vivencia del marginado. A su través podemos comprobar la transfiguración del marginado en el rostro doliente del crucificado, haciéndonos reflexionar sobre nuestro proceder para con ellos. No se trata tanto de adelantar o progresar con ellos, sino en su identificación con quien, en palabras de Pablo, dio su vida por nosotros y nuestras miserias.

 

Una vez más, el mundo de la marginación, por tanto, nos revela el amor de Dios por los hombres y su debilidad, hasta convertirse en sacramento (signo visible de la realidad invisible) de Dios.

 

Sin embargo, desde esa debilidad, otra vez, se nos muestra la fuerza de Dios, ya que la realidad de la marginación sirve para replantear cualquier conceptualización cómoda y mayestática de Dios.

 

El hombre marginado, desde su realidad excluida, nos aporta una humanidad que en muchas ocasiones ha sido extraviada por los "triunfadores".

 

Por ello, la bienaventuranza recogida por Mateo en su Sermón del Monte nos viene de perlas para engarzar la realidad social del marginado con el siguiente cuestionamiento de nuestro trabajo.

 

-         ¿Qué mensaje de esperanza nos llega desde la vivencia marginante de Jesús?

 

Como ya hemos citado, Jesús no fue, propiamente dicho, un marginado, sino un marginal o un radical.

 

Sólo es posible conocer a los hombres a través de su relación con Dios.

 

A su vez, la relación de Jesús con el Padre, y su propia conciencia de ella, fue específica y única, pero esta relación podremos interpretarla, exclusivamente, mediante el reflejo que nos ofrece su relación con los "pequeños" y en cómo esa relación trasciende el hecho y el momento histórico, para aplicarla a nuestra realidad social actual, así como los beneficios que podemos extraer de ella.

 

Puede que sea imposible encontrar un sistema social que no genere marginación, pero la constatación de esta realidad no debe impedirnos ejercer una cualificación sobre cada sistema.

 

De lo que se sigue que una sociedad devendrá en una mayor o menor cualificación humanística, en función de cómo y en qué grado, preste su atención estructural hacia sus marginados.

 

Se trata de que el sistema asuma sus deficiencias y las transforme, tal y como Jesús concibió que debería transformarse la realidad de pobreza y marginación existente en Israel.

 

La respuesta a los emisarios del Bautista, recogida en otros apartados de este trabajo, es definitiva en este sentido: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio.

 

Aquí encontramos la mejor condensación de la nueva realidad transformadora que Cristo asume y predica. Para ello, Él se aproxima a los núcleos excluidos de la sociedad hebrea (enfermos, endemoniados, pecadores).

 

Pero no como algo extemporáneo o casual, sino como línea habitual de comportamiento.

 

No como una pose estética, sino como una afirmación ética y moral que busca la justicia. Una justicia que sólo será plena con la instauración completa del Reino, pero que ya se puede entrever con la realidad misional de Cristo (Lc. 19, 10: Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido), pero el Reino no estará completo si en él no se incluyen los marginados del mundo presente.

 

La mejor demostración de su falta de pose estética consiste en que la liberación anunciada a los emisarios bautistas por su predicación, se ve acompañada de gestos reales de equiparación y contra marginadores: comidas con pecadores, sanaciones de leprosos, liberación de posesos, etc. Todos ellos son gestos reales de aproximación e inclusión.

 

Enfrente, como siempre, la sociedad esclerotizada que prefiere mantenerse en sus cómodos refugios, amparándose en los preceptos, en este caso mosaicos, y en nuestros tiempos, costumbristas y culturales, dispuestos a cuestionar el derecho de igualdad de los marginados y decididos a postergar a quienes transgreden las "buenas costumbres".

 

Por definición, el mundo de la marginación es minoritario, pero contra esa lógica excluyente de las mayorías, Cristo proclama la propia del Reino: equidad y justicia.

 

Sus comidas multitudinarias en casas con reputación sospechosa, se revelan como un elemento inclusor. Se trata de una actitud dinámica y partidista.

 

Cristo no se queda al margen, sino que apuesta por la felicidad de los pequeños, por ello se atreve a "liberarlos de sus pecados" y a ofrecerles la esperanza que significa el Reino.

 

Poco le importa que tal actitud no sea comprendida, criticada e incluso combatida por las castas sociales. No se trata de buscar reconocimiento social o agradecimiento, sino de trabajar por la justicia y la felicidad de los que se ven privados de ella a causa de las deficiencias sistémicas. La actitud contracultural y la inclinación por los desfavorecidos se convierte en la piedra angular del mensaje del Reino, sin que, por ello, queden excluidos de él los ricos, siempre que cumplan con la exigencia fundamental: "toma lo que tienes, véndelo, dáselo a los pobres y luego sígueme".

 

No es un planteamiento de lucha de clases, porque en el Reino tienen cabida todas ellas, sino un reconocimiento de que el bienestar personal nunca puede estar sustentado en el "malestar" del hermano, y este malestar existirá en tanto existan "pequeños" marginados por cualquier razón.

 

-         ¿Qué imagen del marginado se adecua mejor a la realidad del afectado por ST?

 

La situación de nuestros afectados en esta vertiente, la de la marginación, resulta contradictoria, porque, como personas, aunque afectadas, son individuos plenos en su dignidad, pero son marginados y, por lo tanto, se ven privados de su más profunda dignidad.

 

Obviamente, la búsqueda de la imagen del marginado evangélico que más se adapta a la realidad de nuestros afectados, nos conduce hacia las existencias históricas o, al menos evangélicas, de los poseídos o posesos.

 

Puesto que nuestra patología es de carácter neurológico, pero con manifestaciones psiquiátricas, cuando se conjuga una morbilidad importante, o prevalente, un comportamiento alejado de la normalidad homogeneizada es contemplado por el exterior como una desviación.

 

Si en nuestra sociedad, esta desviación comportamental, aun siendo causa de marginación, puede contemplarse como patológica (la primera exclamación que se recibe ante una crisis de agitación de un afectado coincide mucho con "está loco" = tiene una enfermedad mental), en los tiempos de Jesús, brotes similares no son considerados como patológicos, sino como derivados de la acción manifiesta del mal (Satán, demonio, maligno, etc.)

 

Ante este comportamiento, la sociedad hebrea, que carece de mecanismos de reconocimiento clínico y social, estigmatiza a estos enfermos como posesos y, en consecuencia, adopta la posición defensiva inmediata: los aparta y excluye del núcleo social.

 

En nuestra civilización, los comportamientos de nuestros afectados, también son estigmatizados. No como generados por una posesión, pero sí derivados de desajustes que son merecedores de un apartamiento de la vida social, ya que éstos no se corresponden con lo que habitualmente se estima como correcto.

 

En el ámbito social, poco importa que el origen de nuestras actitudes no sean voluntarias ni queridas. Resulta indiferente que se trate de actitudes derivadas de disfunciones patológicas. La consecuencia es que el afectado es marcado como asocial y, por lo tanto, segregado de la convivencia social general, marcado como conflictivo en los ambientes docentes y tratado como tal y estimado como inadaptado y excluido de los circuitos productivos normalizados.

 

Si del propio afectado o su entorno, no se derivan iniciativas esclarecedoras y reivindicativas de su dignidad y derechos hacia los agentes excluyentes y estas iniciativas no se revisten de la firmeza adecuada, el paciente quedará relegado al aislamiento que podemos contemplar en los posesos evangélicos, el apartamiento de los núcleos sociales e impedido para el progreso y dignificación personal y social.

 

 

Referencias de comportamiento

 

Vamos a cerrar este tercer capítulo con la reseña de algunas referencias de comportamiento en el Nuevo Testamento que nos puedan servir como guía para nuestra propia actitud hacia el síndrome.

 

Antes de entrar en reseñas concretas de actitudes hacia, o desde, la incomprensión para con los comportamientos de Jesús, conviene que realicemos una reflexión personal sobre nuestra propia situación, como cristianos y no afectados, hacia nuestros propios enfermos.

 

Como familiares o personas que viven en la proximidad afectiva de algún afectado, solemos tener la tendencia de acercarnos a ellos con actitudes paternalistas (intentando aportar soluciones para todo lo que les sucede).

 

Sin embargo, ésta se convierte en una opción inapropiada porque, en la mayoría de los casos, se transforma en sobreprotección.

 

Otra cosa es que adoptemos una posición paternal (y maternal), de forma que consigamos asumir su realidad, enlazando nuestro devenir personal con el suyo, porque, de esa forma, nos acercaremos más al comportamiento amoroso de Dios para con los hombres.

 

Resulta una simpleza considerar que podemos sacar a nuestros afectados, sin más, de su postración.

 

No es de recibo que pretendamos acercarnos a ellos con una mentalidad de eficacia e intentemos imbuírsela a ellos, trasladándoles un catálogo de pasos a seguir para salir de su situación. Lo lógico es que tal actitud desemboque en fracaso.

 

Por el contrario, habremos de acercarnos para, desde su propia situación, no desde nuestro deseo voluntarista, intentar ayudarle a sobreponerse a su realidad, pero siempre desde la concienciación y asunción de la misma. No es posible modificar esta situación sin acompañamiento paciente. Tampoco con la intencionalidad de adquirir una experiencia espiritual, sino bajo la intención de "estar" y "acompañar", pero diferenciando bien que el objetivo no es nuestra propia experiencia, sino la del sujeto acompañado.

 

-         María como paradigma de tolerancia, amor y comprensión con las acciones y posiciones de su hijo aun sin comprenderlo del todo. Ejemplo para los familiares de afectados por el ST.

 

Siempre he sostenido que la figura de María, en la vida de Jesús y en el Evangelio, trasciende la mitificación a que ha sido sometida, a lo largo de los siglos, por la institucionalización ideológica derivada de la evolución religiosa de las diferentes iglesias y creencias.

 

La madre de Jesús, en su origen, es una joven aldeana de un pueblo insignificante de Galilea. Posiblemente con una preparación cultural mínima y unas capacidades intelectuales semejantes al resto de sus congéneres.

 

La magnificación de María, obviamente, proviene del traslado a la historia del Jesús terreno de las experiencias postpascuales de sus seguidores.

 

Si, históricamente, descartamos la aventura de Belén, no es descartable su presencia histórica en Nazaret, ante la cruz y en Pentecostés, acompañando a los discípulos de su Hijo.

 

En todo caso, siempre fue una presencia silenciosa, en segundo plano y, posiblemente, sin comprender muy bien cuál y por qué desarrollaba su Hijo el comportamiento que ella percibía.

 

Si nos atenemos a los textos de los evangelistas, éstas son las apariciones de María, si bien, a lo largo de la treintena de años que Jesús pasó antes del comienzo de su vida pública, hemos de suponer que su cercanía al Nazareno fue permanente:

-            Lc. 1, 26-38: anunciación

-            Lc. 1, 39-56: visita a Isabel

-            Lc. 2.1-7: nacimiento en Belén

-            Mt. 1, 1-17: genealogía de Jesús

-            Lc. 2, 8-20: adoración de los pastores

-            Mt. 2, 1-12: adoración de los magos

-            Mt. 2, 13-23: huída a Egipto

-            Lc. 2, 21-52: presentación de Jesús en el Templo

-            Lc. 2, 41-51: extravío y aparición de Jesús en el Templo

-            Jn. 2, 1-11: bodas de Caná

-            Jn. 2, 12: traslado a Cafarnaúm

-            Mt. 13, 53-58; Mc. 6.1-6; Lc. 4.16-30: predicación en Nazaret, referencia indirecta a ella por parte de los oyentes

-            Jn. 6, 22-59: discurso del pan de vida, en el mismo sentido que la predicación en Nazaret de los sinópticos.

-            Mt. 12, 46-50; Mc. 3.31-35; Lc. 8.19-21: su familia intenta verle para obligarle a dejar su predicación

-            Jn. 19.17-37: junto a la cruz

-            Hc. 1, 14: orando con los discípulos, en Jerusalén, tras la ejecución de Jesús

 

Como podemos comprobar, los relatos evangélicos nos muestran a María, especialmente cercana, en los momentos de infancia de Jesús, como una madre amorosa y cuidadosa de su hijo, pero que no entiende lo que está sucediendo alrededor de su hijo.

 

Lo mismo sucede en el curso de su vida pública, pero continúa a su lado hasta el momento cumbre de su muerte.

 

La última referencia la encontramos en el libro de los Hechos de los Apóstoles, como una más de las discípulas de Jesús refugiadas en Jerusalén, ante la pasmación que supuso el escándalo de la cruz.

 

Puede que María, tal como nos revelan los textos evangélicos, no entendiera muy bien a su Hijo.

 

Puede que todo lo que acontecía a su alrededor, su predicación y su trágico fin, despertara en ella extrañeza, asombro y perplejidad, pero nunca dejó de estar a su lado. Nunca le abandonó y siempre estuvo dispuesta a entregarle su cariño y compañía.

 

Aquí radica la grandeza de María. Esa es nuestra referencia: es posible que no entendamos el extraño comportamiento de nuestros afectados, también que sus actuaciones nos resulten escandalosas y que la exclusión a que son sometidos algunos de ellos se clave en nuestro corazón como espadas, pero el amor sincero y limpio hacia ellos es capaz de superar todos los inconvenientes y conducirnos a perseverar en su compañía.

 

Desde ese amor, el que María muestra hacia su Hijo, es entendible la ternura de Cristo en la cruz hacia su madre. Su preocupación por "el pan nuestro de cada día" referido a su madre.

 

Desde la sensibilidad de María hacia los necesitados es entendible su intermediación en las bodas de Caná.

 

No entro en la aureola mística que ha ido rodeando a María a lo largo de los siglos de la historia de las religiones, ni tampoco en sus "apariciones" y actuaciones milagrosas.

 

Me importa la realidad de María que nos reflejan los textos evangélicos.

 

 

Tampoco tiene demasiado interés, desde esta perspectiva, la historicidad, o no, de estas parcelaciones, ya que aun resultando ahistóricas, lo que sí reflejan, sin ninguna duda, es la percepción que de María tenían los personajes más próximos a Jesús, ya sea de forma directa (Juan y Mateo), ya sea mediante terceros (Marcos y Lucas). Y ésta, indudablemente, es la de una mujer que ama profundamente a su Hijo y que, desde ese amor, supera sus incomprensiones, tolera las presuntas desviaciones y lo acompaña a lo largo de toda su vida.

 

Ese es el amor que puede servirnos de referencia para con nuestros afectados y la tolerancia y asunción de realidades que debe guiarnos en nuestro comportamiento para con ellos.

 

-         Pedro como símbolo de fidelidad y confianza en el Maestro. Es débil, poco inteligente, pero fiel a pesar de no comprender al Nazareno. Ejemplo para el entorno social del afectado por ST.

 

Pedro es un personaje controvertido dentro de los textos evangélicos.

 

Su figura es engrandecida o empequeñecida, en función del evangelista que relate los hechos, pero aún desde la cumbre de proximidad con el Maestro, siempre termina por ser reconocido como el paradigma de la debilidad humana ante el fracaso personal y la cobardía ante el peligro. Si bien, tras su negación apostólica en el patio del Sumo Sacerdote, debió realizar una profunda reflexión interior hasta sobreponerse a su propio fracaso y asumir, nuevamente, una personalidad preponderante en la construcción de la nueva Iglesia.

 

El comportamiento de Pedro, a lo largo de la vida pública de Jesús y tras la muerte y resurrección de éste, a nosotros, como familiares o próximos a un afectado de Tourette, nos refleja una realidad inmutable: el hombre, con todas sus grandezas, pero también con todas sus miserias.

 

Pedro es capaz de proclamar su amor por el Maestro hasta manifestar su disposición a morir por Él, pero también lo es de abominar de su conocimiento, cuando, en su debilidad, ve su propio futuro comprometido.

 

Pedro es capaz de reconocer al Cristo en Jesús, pero es el mismo que no entiende el simbolismo del lavatorio de pies en el cenáculo.

 

Muestra su fe y confianza en Jesús cuando abandona trabajo y familia, pero se hunde en el agua del Mar de Galilea por su falta de fe en las palabras de Cristo.

 

Pedro es, en suma, el reflejo de nuestras propias alternativas y contradicciones humanas. Es el compendio de nuestras debilidades y de nuestras glorias.

 

Sin embargo, a pesar de cuanto va sucediendo a lo largo de su seguimiento al Maestro, aunque tampoco termina de comprender muy bien la predicación del Galileo y siente una frustración personal inmensa cuando sus expectativas de futuro con el Maestro se ven truncadas por la detención y ejecución de Jesús, consigue sobreponerse a todo ello y ponerse a la cabeza de los seguidores de Cristo e iniciar el kerigma y la expansión del mensaje cristiano.

 

Pedro no sólo es un ejemplo para los acompañantes de los afectados, sino que también lo es para los propios afectados, cuando éstos comprueban que sus propias vidas, sus propias realidades existenciales, no se corresponden con lo que hubiesen soñado.

 

Pedro supone un ejemplo de perseverancia desde la tolerancia, arrastrando todas las debilidades humanas, pero capaz de sobreponerse a los fracasos puntuales, porque la vida, y desde ella, el trabajo por el Reino, es lo que realmente tiene importancia.


RESUMEN

 

A lo largo de este trabajo, hemos realizado un recorrido por las definiciones y consideraciones del Síndrome de Gilles de la Tourette, mediante el cual hemos podido comprobar que el ST se conforma como una enfermedad de carácter neurológico, cuya sintomatología principal está compuesta por tics (movimientos estereotipados involuntarios), que, a su vez, pueden ser motores o fonales y que, en una nueva subdivisión, se califican en simples o complejos, en función de su expresividad.

 

Sin embargo, con resultar importantes estas manifestaciones, los expertos consideran que es la comorbilidad psiquiátrica (confluencia de patologías psiquiátricas) la que mayores impedimentos genera para la convivencia y el desempeño natural de los afectados.

 

La panoplia de estas manifestaciones es amplísima y parece haber coincidencia en los criterios de que algunas de ellas no tienen una etiología común con el ST, sino que son generadas en el afectado por su convivencia con el síndrome.

 

Dentro de las manifestaciones psiquiátricas, las más destacables son los Trastornos Obsesivos Compulsivos y el Trastornos con Déficit de Atención con Hiperactividad.

 

Hemos podido dar un pequeño repaso por los tratamientos farmacológicos y no farmacológicos que son aplicables a los afectados, con objeto de mejorar su calidad de vida, si bien estamos ante una enfermedad crónica, no degenerativa y que, estos tratamientos, sólo han de ponerse en marcha cuando la sintomatología resulta invalidante para el afectado.

 

También hemos comprobado cómo, si bien no es ineludible que el afectado por Tourette devenga en marginado social, existen múltiples componentes de las manifestaciones touréticas que coadyuvan a que tal situación relacional se produzca en todos los ámbitos de la convivencia.

 

Sin embargo, son situaciones que con la información y la formación adecuada hacia quienes se relacionan con touréticos, son perfectamente superables.

 

La ligazón con el Evangelio la hemos realizado a través del exorcismo realizado por Jesús sobre el endemoniado Gadareno (Geraseno) del texto de Marcos, donde, cuando en el citado texto se nos muestra un poseso con múltiples manifestaciones (somos legión), nosotros vemos un afectado de Síndrome de Tourette con manifestaciones psiquiátricas comórbidas.

 

A partir del análisis de este exorcismo, derivamos hacia el exámen de la situación de enfermedad en el Evangelio, para comprobar que, dentro de la Buena Noticia, esta situación se conforma como un componente clave para la predicación de Jesús de Nazareth, ya que la predicación de la llegada del Reino de Dios, se articula como una novedad inclusiva para todos los situados en la periferia social, desde el amor, el perdón y la misericordia, y entre los cuales se encuentran los enfermos, al considerar la sociedad hebrea que la situación de enfermedad viene dada por una consecuencia de pecado, personal o estructural.

 

También hemos comprobado cómo Jesús afronta y considera la enfermedad como una limitación humana, pero siempre superable espiritualmente, desde la fe y la proximidad de Dios, para lo cual no enseña a orar y dialogar abierta y libremente con el Padre.

 

Jesús no se nos muestra como un marginado propiamente dicho, sino como un profeta escatológico, carismático e itinerante que predica la llegada inminente del Reino (Gobierno) de Dios y, desde ese posicionamiento, radicaliza su predicación en aspectos éticos y morales, y suaviza los temas cultuales, con lo que se sitúa en situaciones de marginalidad voluntaria respecto de las tradiciones culturales y religiosas de su época, entrando en confrontación, de tal forma, con los poderes establecidos que, al fin y a la postre, le llevarán a la cruz.

 

Desde las experiencias y enseñanzas del Evangelio, a los afectados por el Síndrome de Tourette, se nos ofrecen alternativas para asumir y afrontar nuestra realidad, puesto que el principal mensaje se encuentra contenido en la respuesta que Jesús da a los emisarios del Bautista: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los muertos resucitan y a los pobres les es anunciado el Evangelio.

 

A partir de esta premisa, nosotros, como afectados, como enfermos, como marginados, en resumen, como "pobres" o "pequeños", somos los receptores principales de la Buena Noticia y del mensaje fundamental que ella contiene: El Reino de Dios se ha acercado.

 

Hemos visto, como Jesús afronta sus propias situaciones de incomprensión, rechazo y abandono, así como la utilización que hace de la oración y la fe.

 

Estas enseñanzas, junto con los ejemplos de actitudes y comportamientos de María (su madre) y Pedro (su discípulo), nos aportan luces sobre cómo buscar y hallar respuestas en el Evangelio para el afrontamiento de nuestra realidad.

 

Lógicamente, como se cita en el prólogo de este libro, su contenido no pretende convertirse en guía objetiva de acercamiento al Evangelio, explicitación de interpretaciones y actitudes, ni, mucho menos, instrucciones moralistas o éticas, sino simplemente como una reflexión personal sobre los dos aspectos que centran la vida de quien lo escribe.

 

Cada uno de nosotros, conformados como personas con historias particulares y específicas, tenemos una actitud diferente hacia la vida y nuestra realidad y sólo desde esa personalidad únivoca es posible acercarnos a las visiones que otros tienen de sus propias realidades y percepciones.

 

Por lo tanto, la forma en que cada cual sea capaz de aproximarse a Cristo y las bondades y utilidades que pueda extraer de esta acción, dependerá de la situación, tanto mental, como espiritual, que cada uno pueda sostener y ella estará fuertemente mediatizada por el bagaje existencial que cada uno acarree.

 

 

Glosario de términos y conceptos

 

Este apéndice está destinado a proporcionar al lector medio unas mínimas herramientas introductorias al entorno evangélico, de forma que le permitan comprender algunos presupuestos y conceptos contenidos en los próximos capítulos del trabajo que tiene ante sí.

 

Si está Ud. familiarizado con los conceptos, génesis e historia evangélica, puede, tranquilamente, prescindir de esta herramienta.

 

Si no es así, le sugiero que, antes de iniciar la lectura de los capítulos referidos al Evangelio de Jesucristo, efectúe un repaso por este "Glosario" para familiarizarse con los conceptos, interpretaciones utilizados en ellos.

 

 Abba: Palabra de origen arameo (idioma hablado por Jesús), procedente del lenguaje cotidiano, principalmente utilizada en el vocabulario infantil, y que viene a tener un significado similar a nuestro familiar y afectivo "padre querido", "papito", "papi", etc. Se trata del vocablo con el que Jesús se dirige a Dios, expresando con ello la gran intimidad y proximidad de Él con Dios. Si bien no es un término desconocido en la literatura hebrea antigua, la utilización que Jesús le da sí es totalmente exclusiva. Existe un acuerdo generalizado sobre que tal palabra pudiera proceder  directamente del propio Jesús y, tal era su significación, que la Iglesia primitiva ha conservado el término tal cual hasta nuestros días. Si profundizamos en ella y en el uso que Jesús le da, podremos comprobar que esta palabra adquiere una importancia elevadísima, puesto que viene a definirnos la idea de intimidad que Jesús tenía de su relación con Dios.

Ablución: Como un acto ceremonial de limpieza (heb. kibbés; gr. louein, etc.) es un rasgo religioso bien común. Tanto la ley bíblica como la ley rabínica reconocen tres tipos de ablución. El primero es el lavamiento de las manos. Este medio de limpieza no es prescrito explícitamente en la Biblia, sino que se infiere de Lv. 15:11. En el NT su significado llegó a ser considerablemente social (Mr. 7:3; Mt. 15:2). Los pies eran lavados en la misma forma (Gn. 18:4; Jn. 13:5). El segundo tipo de ablución era el lavamiento de manos y pies para ejecutar así las funciones sacerdotales (Ex. 30:19; 40:31). En el Tabernáculo y en el Templo se suministraba un lavatorio para este propósito. El tercero era la inmersión de todo el cuerpo que simbolizaba la limpieza total del individuo a fin de ser admitido o readmitido a la comunidad santa o para ejecutar alguna función especial dentro de ella. Por ejemplo, el sumo sacerdote en el día de la expiación (Lv. 16:24) Aarón y sus hijos antes de su consagración (Lv. 8:6). Leprosos y todos aquellos que estuvieron en contacto con personas o cosas inmundas eran bañados también (Lv. 14:8; 15:5-10, 19-27). Lo mismo acontecía con los prosélitos del mundo gentil, lo cual puede ser un prototipo del bautismo cristiano. Vasijas, casas y vestidos también estaban sujetos al ritual de purificación (Mr. 7:4; Lv. 14:52; 15:6-8; Ex. 19:14)

Antiguo Testamento (AT): Corresponde a la colección de libros de la Biblia que recogen la experiencia e historia del pueblo hebreo desde el siglo XVII a.C. hasta el siglo II a.C. (si contamos los libros de los Macabeos), o hasta el siglo IV a.C. si no los contamos. Esta colección de libros puede subdividirse en parcelas según la temática de los mismos, siendo los fundamentales los 5 primeros que, a su vez, componen la Torá judía (la Biblia judía). Según su temática, podremos dividirlos en: Históricos, Legislativos, Sapienciales y Proféticos. La totalidad de los libros del AT de la Biblia católica, por el orden en que normalmente van colocados en los impresos son: GÉNESIS, ÉXODO, LEVÍTICO, NÚMEROS, DEUTERONOMIO, JOSUÉ, JUECES, RUT, LIBRO PRIMERO DE SAMUEL, LIBRO SEGUNDO DE SAMUEL, LIBRO PRIMERO DE LOS REYES, LIBRO SEGUNDO DE LOS REYES, LIBRO PRIM. DE LAS CRÓNICAS, LIBRO SEG. DE LAS CRÓNICAS, ESDRAS, NEHEMÍAS, TOBÍAS, JUDIT, ESTER, PRIM. MACABEOS, II MACABEOS, JOB, LOS SALMOS, PROVERBIOS, ECLESIASTÉS, CANTAR DE LOS CANTARES, SABIDURÍA, ECLESIÁSTICO, ISAÍAS, JEREMÍAS, LAMENTACIONES, BARUC, EZEQUIEL, DANIEL, OSEAS, JOEL, AMÓS, ABDÍAS, JONÁS, MIQUEAS, NAHUM, HABACUC, SOFONÍAS, AGEO, ZACARÍAS, MALAQUÍAS.

Apocalipsis: Es el nombre del último libro del Nuevo Testamento escrito por el evangelista Juan. Apocalipsis, en griego, quiere decir revelación, o sea, manifestación, explicación. Escrito en época de persecución contra los cristianos, el libro desenmascara a los opresores y quiere dar valor y coraje a los oprimidos. El Apocalipsis prevé un tiempo indeterminado para el fin del mundo. Dios muestra a los hombres el sentido de la Historia humana, con sus luchas y victorias, y también la posición de la comunidad cristiana delante de los desafíos de la historia. Actuando así, Dios se revela, nos dice cómo es Él. El Apocalipsis tiene un estilo adornado que se reconoce a primera vista: mucho simbolismo de COLORES, NÚMEROS, seres extraños, luchas; frecuentes visiones; clima de misterio. Es una manera apropiada para tratar temas que nadie puede expresar con exactitud, objetividad y claridad completa. Se tiene la impresión de que el Apocalipsis sólo describe el fin del mundo; en realidad, este es un modo concreto de comunicar a los oprimidos de todos los tiempos que "al final todo estará bien ", pues Dios vela por su pueblo. Algo semejante sucede con las historias de los ORÍGENES. Esta manera de pensar y de escribir se llama Apocalipsis. Además del Apocalipsis, hay en la Biblia otros textos apocalípticos, como Is 24 al 27; Dan 7 al 12; Zac 12 a 14; Mc 13. Hay también diversos escritos apocalípticos que no fueron incluidos en los libros bíblicos, tales como el Libro de Henoc, la Asunción de Moisés, el Apocalipsis de Abraham. Estos libros no fueron escritos por los personajes que figuran en el título: fueron atribuidos a ellos por respeto, o hablan de tales personas.

Apócrifo: Se denominan apócrifos a los libros o textos no incluidos en el canon de la Iglesia como pertenecientes a la Biblia, bien porque contienen desviaciones doctrinales, bien porque cuentan aventuras y fantasías desmedidas, etc. De algunos de ellos se han sacado tradiciones y complementos a los datos canónicos: los magos de oriente eran tres reyes que se llamaban Melchor, Gaspar y Baltasar, La mujer que en el camino del Gólgota limpia la cara de Jesús y su imagen queda reflejada en el lienzo (Verónica), los nombres de los padres de María (Ana y Joaquín), etc. La calificación de Apócrifo tiene un componente cultural muy acentuado, ya que, por ejemplo, las ediciones protestantes de la Biblia, en el Antiguo Testamento, tienen 7 libros menos que las católicas. En esto no se debe ver ninguna mala intención, ni de un lado ni de otro. El problema es antiguo. Desde el siglo III hasta el II a. C., los escritos bíblicos fueron traducidos al griego en la llamada Versión de los 70. Esta importante traducción acogió como bíblicos varios libros y pasajes que el judaísmo oficial, en Palestina, rechazó más tarde: Tob, Jdt, 1 y 2 M, Bar, Sab, Si y algunos pasajes de Est y Dan. La Iglesia cristiana primitiva usaba mucho la Versión de los 70. Por eso, esos libros se encuentran en las Biblias de edición católica, pero no en las ediciones judías. A partir del siglo pasado, también los protestantes los retiraron de sus ediciones. Son los llamados libros "deuterocanónicos"; los protestantes los llaman "apócrifos". En el NT, católicos y protestantes tienen la misma lista de libros.

Apologética: Del griego, apologetikos, defensa.

Apologética es la parte de la teología que busca explicar lo que creemos y hacemos. También expone errores para proteger la integridad de la fe. Ya en el segundo siglo llamaban "apologista" a San Justino, mártir y a otros que se esforzaban por presentar el cristianismo a la cultura greco-romana. En otras palabras, es la ciencia que explica y defiende la doctrina de la religión. Demuestra las razones de la doctrina ante las objeciones de sus adversarios.  También establece la credibilidad de la revelación cristiana basado en la evidencia de los milagros y el testimonio de la historia. Se le llama también teología fundamental.

Apóstol: Del griego APOSTOLOS = enviado delante, comisionado. Dios llama a alguien y lo envía a los hermanos para algún servicio a la comunidad. Apóstoles son, de modo especial, los Doce cuya lista está en Mt 10, 2-4. Los doce elegidos por Jesús, como sus acompañantes más próximos, parece que se debe más a una figura alegórica de las 12 tribus de Israel, a la cabeza de las cuales se pondrá cada uno de ellos (Mt. 19, 28: Y Jesús les dijo: De cierto os digo que en la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros que me habéis seguido también os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel) que a una realidad histórica, ya que ni siquiera la lista de nombres es coincidente en los textos canónicos.

Apotegma: Dicho o sentencia breve que no da lugar a controversia.

Bautismo: Del griego BAPTISMA = inmersión. En lenguaje simbólico, la persona puede estar inmersa en el sufrimiento (Mc 10, 38; Lc 12, 50). La zambullida en el agua es símbolo de PURIFICACIÓN: al salir del agua, el bautizado es "otra persona". Entre los judíos, como en otros pueblos, se practicaban baños que simbolizaban esta purificación. Juan Bautista añade un elemento nuevo: exige conversión (Lc 3, 3-14). Aún cuando Jesús no necesitaba de conversión. Él pide el bautismo a Juan, en humilde solidaridad con los pecadores, que somos todos nosotros. Después de la Resurrección, Cristo ordena a la Iglesia que bautice en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, estableciendo, de esta manera, una relación muy especial con las Tres Personas (Mt 28, 18-20; véase un sentido semejante, con relación a Moisés en 1 Cor 10, 2). Esta relación con Dios implica una vida de conversión y de eliminación del pecado, una vida de fe. Sumergirse en las aguas del bautismo y salir de ellas es, pues, morir y resucitar con Cristo (Rom 6, 3 y ss; Col 2, 20 - 3, 4). Esto es obra del Espíritu Santo (Mt 3, 11; Hech 1, 5).

Belén: En hebreo BETH-LEHEM = casa del pan. Tenía este nombre porque uno de los oficios principales de sus habitantes era el de panaderos. Sus orígenes se remontan al siglo XIV a.C. Es la cuna de David y el lugar donde Lucas ubica el nacimiento de Jesús de Nazaret (Lc. 2, 1 y ss). El nombre de Efratá le viene por el tiempo que Efraín (uno de los hijos de Jacob) pasó en ella. Tal era su escasa relevancia como núcleo habitado, que no vuelve a hablarse de ella en el Nueva Testamento (Ni Lucas, ni Juan, hablan de ella refiriéndose a Jesús). Su mérito histórico principal, antes del nacimiento de Jesús está en ser la cuna de David (1 S 17,12[Era David hijo de un efrateo de Belén de Judá, llamado Jesé, que tenía ocho hijos. En tiempo de Saúl este hombre era ya anciano, muy entrado en años]). La necesidad de dar cumplimiento mesiánico a la profecía de Miqueas (Miqueas 5, 1: Mas tú, Belén Efratá, aunque eres la menor entre las familias de Judá, de ti me ha de salir aquel que ha de dominar en Israel, y cuyos orígenes son de antigüedad, desde los días de antaño), hace que tanto Mateo, como Lucas, ubiquen el nacimiento de Jesús en ese lugar

Bienaventuranza: Bienaventuranza, bienaventurado, son signos lingüísticos compuestos por el adjetivo "bien", utilizado como morfema dependiente (prefijo) y el lexema sustantivo "ventura", el cual es asimilable a felicidad o dicha. Luego estamos ante un concepto mayestático: la mayor felicidad o dicha posible = la felicidad perfecta. Bienaventurado es un concepto que ha dejado de utilizarse en el idioma común, para ser reservado al léxico religioso y, habitualmente, lo sustituimos por dichoso o feliz, mientras que bienaventurado ha devenido en un participio que, una vez sustantivizado, define los dichos de Jesús emitidos al comienzo del Sermón del monte casi con exclusividad.

No hemos de confundirlo con buenaventura, que es aplicable a los dichos de los magos o adivinos paganos.

Cánon: Conjunto de libros que componen la Biblia. El canon católico está compuesto por 46 libros en el AT, más los 4 Evangelios, el libro de los Hechos de los Apóstoles, 21 Epístolas y el Libro del Apocalípsis. Los concilios de la Iglesia, el Concilio de Hipo, en el año 393 y el Concilio de Cartago, en el año 397 y 419, ambos en el norte de África, confirmaron el canon Alejandrino (con 46 libros para el Antiguo Testamento) y también fijaron el canon del Nuevo Testamento con 27 libros. La carta del Papa S. Inocencio I en el 405, también oficialmente lista estos libros. Finalmente, el concilio de Florencia (1442) definitivamente estableció la lista oficial de 46 libros del A.T. y los 27 del N.T. El canon del Nuevo Testamento se definió en el siglo IV tras un largo y difícil proceso de discernimiento. El mismo nombre de "Nuevo Testamento" no se usó hasta el siglo II. Uno de los criterios para aceptar o no los libros fue que tuviese como autor a un apóstol; su uso, especialmente en la liturgia en las Iglesias Apostólicas y la conformidad con la fe de la Iglesia. Fue bajo estos criterios que algunos evangelios atribuidos a los Apóstoles (ej. Ev de Tomás, Ev. de Pedro) fueron rechazados.  El evangelio de San Juan y el Apocalipsis se consideraron por largo tiempo como dudosos por el atractivo que tenían con grupos sectarios y milenaristas.. El canon protestante, difiere del católico en que los libros aceptados como válidos para el AT son 39 (dejan fuera los conservados en griego).

Carisma: Palabra griega que significa don, gracia. En el NT, carismas son los dones que el ESPÍRITU SANTO distribuye en la comunidad como servicios al bien común. Así, es carisma ser apóstol, profeta, pastor, hablar en distintas lenguas; pero todo esto debe servir para el crecimiento positivo de la comunidad. Ver principalmente 1 Cor 12 a 15, en donde San Pablo explica cómo usar los carismas y cuáles los abusos que hay que evitar. El AT habla de los dones del Espíritu: Is 11, 2. Actualmente, entendemos por carisma, además de la posibilidad de obrar milagros, la capacidad de un personaje de atraer hacia sí las voluntades de otros hombres. Así hablamos de carisma religioso, político, artístico, etc. Cuando decimos que Jesús era un “profeta carismático”, entendemos que poseía esta cualidad del Espíritu, pero, especialmente, de cara a los demás, estaba dotado de una autoridad que le hacía creíble por sí mismo;  y sus enseñanzas tenían la particularidad de ser atendidas. Puede que no aceptadas, o no compartidas, pero siempre respetadas, mientras que el seguimiento a su persona, por parte de sus discípulos, se hacía en el mismo sentido: en base a la autoridad superior que emanaba de Él.

Cerdo: El cerdo es un animal impuro para los judíos, cuya prohibición de ingestión proviene de Levítico 11, 7-8 (7 ni cerdo, pues aunque tiene la pezuña partida, endida en mitades, no rumia; será impuro para vosotros. 8 No comeréis su carne ni tocaréis sus cadáveres; serán impuros para vosotros) y Deuteronomio 14, 8 (Tampoco el cerdo, que tiene la pezuña partida y hendida, pero no rumia; lo tendréis por impuro. No comeréis su carne ni tocaréis su cadáver).

En su predicación escatológica, Cristo entra en conflicto con este tipo de preceptos, cuando proclama en Mt. 15, 17-18: 17 ¿No comprendéis que todo lo que entra en la boca pasa al vientre y luego se echa al excusado? 18 En cambio lo que sale de la boca viene de dentro del corazón, y eso es lo que contamina al hombre, donde en el mundo nuevo del Reino de Dios, carecen de importancia estos conceptos preceptuales y se da preeminencia a los pensamientos y palabras del hombre.

Es de resaltar que en el exorcismo que nuclea nuestro trabajo (endemoniado Geraseno), los demonios expulsados del poseso, son enviados por Jesús a una piara de cerdos que pastaban en los alrededores, y éstos se despeñan por el acantilado, poniendo de relieve la inmundicia del cerdo, como último habitáculo de los demonios.

Cristo: Del griego CRISTOS = ungido. En hebreo es MESÍAS. Ambos vocablos son equivalentes, si bien el Mesías hebreo tenía, en la época de Jesús unas connotaciones de liberación política derivadas de la "unción", ceremonia que era reservada a Sumos Sacerdotes y reyes o grandes caudillos militares y políticos.

Criterios de historicidad: Puesto que los escritos evangélicos, se reconocen como narraciones constreñidas alrededor de hechos históricos pero impregnadas por el Kerigma y el propio cristianismo, los investigadores de tales textos utilizan para el distinguir si los pasajes examinados pudieran corresponder a realidades históricas, o procedentes del Jesús histórico, además de varias disciplinas (lexicografía, gramática, arqueología, historia de las religiones, de los pueblos y sociología, etc.), diversos criterios y herramientas (exámen de las fuentes, literatura comparada, etc.) que aproximan a una cierta certeza, pero nunca a una seguridad absoluta. A lo largo de la segunda mitad del siglo XX, estos criterios, fundamentalmente, podrían reseñarse como:

-        Criterio de testimonio múltiple. Este criterio es aplicable cuando el hecho o dicho a considerar nos es presentado, no sólo en dos, o más, versiones diferentes, sino que las fuentes de tales textos sean independientes. Un ejemplo es el episodio del establecimiento de la Eucaristía, donde, además de la fuente de Marcos, nos encontraremos con la fuente Q, las propias de Mateo y las propias de Lucas, siéndonos relatado también, dicho acontecimiento por Pablo en 1 Co. 11, 23-25 e, incluso, por Juan en Jn. 6, 50-59 = 6 fuentes independientes que coinciden en el hecho a considerar, aunque los relatos de Mateo, Marcos y Lucas, en una buena parte de sus textos son coincidentes por tener el mismo origen (Marcos). Este criterio también puede ser aplicado cuando la multiplicidad se da en contextos o géneros literarios (cuando un hecho o dicho se relata en formas diferentes por ubicación o estilo literario por el redactor).

-        Criterio de coherencia: Es aplicable cuando el texto a considerar es coincidente con la trayectoria vivencial, discursiva, predicatoria o intencional del global del Evangelio. Un ejemplo serían los relatos de los milagros de Jesús, ya que éstos son plenamente coherentes con la percepción escatológica que Jesús tenía de su ministerio (los milagros son signos visibles del acercamiento parcial del Reino de Dios) y nunca son en beneficio propio.

-        Criterio de dificultad: Es aplicable cuando el texto contemplado choca frontalmente con los intereses de la Iglesia primitiva, por lo que su inclusión en el Evangelio debe ser descartada como procedente de dicha Iglesia primitiva. Un ejemplo claro es el episodio del bautismo de Jesús, donde vemos al Nazareno someterse al bautismo de Juan, para el perdón de los pecados (en la versión marcana), que Mateo suaviza al no mencionar que es Juan quien le bautiza e incluye una discusión entre ellos, Lucas elimina directamente al Bautista al haber sido encarcelado ya por Herodes y Juan ni siquiera cita tal episodio.

-        Criterio de discontinuidad: Tal criterio es aplicable cuando el texto contemplado entra en conflicto abierto con las tradiciones y costumbres religiosas y sociales del judaísmo de la época de Jesús. Un ejemplo de este criterio es la costumbre de Jesús de comer con publicanos y pecadores, así como el tocar a muertos y leprosos, ya que tal contacto le convertía a Él, directamente, en impuro e indeseable.

-        Criterio de persecución y ejecución: Este criterio es aplicable al texto que estemos examinando cuando su contenido incluya hechos, acciones o manifestaciones de Jesús que contribuyeran a su arresto y ejecución en cruz por las autoridades de la época (romanas o religiosas judías). Un ejemplo serían los insultos e imprecaciones que Jesús dirige, en repetidas ocasiones a los miembros del partido fariseo. Otro podríamos encontrarlo en la purificación del Templo de Jerusalén, etc.

Estos son los criterios básicos de historicidad que han de ser aplicados a cada texto que nos encontremos, aunque no son los únicos, ya que, habitualmente, se manejan otros complementarios y secundarios, pero que sólo sirven de apoyo a alguno de los criterios aquí enumerados (ambiente palestino, evolución, rastro arameo, etc.).

El los últimos tiempos de la investigación histórica, algunos autores utilizan también un criterio sustitutivo de la discontinuidad, denominado “plausibilidad histórica”, que enmarca la posibilidad de que el hecho, o dicho, examinado sea posible históricamente, o no.

David: Rey teocrático de Israel, consolidador de la federación de las tribus israelitas. Durante su reinado se inició la expansión y afirmación de Israel como nación. David establece un Estado unido y fuerte; hace de JERUSALÉN la capital del reino unido hacia el 1000 a.C.

Decálogo: Literalmente significa diez palabras (deca = diez; logo = palabra). Así llamamos a los Diez Mandamientos. Fórmula breve y fácil de recordar las principales normas de comportamiento del pueblo israelita. El decálogo aparece, con pocas variaciones, en Ex 20, 1-17 y Dt 5, 6-21. Hay también un decálogo cultual en Ex 34, 10-26 y hasta una especie de decálogo en forma de oración, el Salmo 15. Jesús resumió el decálogo en el gran mandamiento del amor: Mt 22, 36-40. En su mayor parte es una copia de los códigos legislativos de los pueblos que en la antigüedad habitaban la meseta, como expresión de la ley natural. Son específicos de Israel el monoteísmo, la institución sabática y la prohibición de las imágenes. Por otro lado la inscripción del decálogo por Dios en tablas de piedra guarda gran paralelismo con el código de Hammurabi que también fue entregado a dicho rey babilónico por su dios Samas.

Decápolis: En la época de la dominación romana, no se trata de un territorio preciso (Deca = 10; polis = ciudades). Se trata de un territorio, bajo la jurisdicción del Gobernador de Siria, que toma su denominación de la agrupación administrativa de 10 ciudades. Se encuentra al sureste del Mar de Galilea, limitando con Perea, el propio mar, Galilea y Samaría al Oeste, Iturea al Norte y Nabatea al Sur. Estamos ante un territorio desértico e inhóspito. Hoy pertenece a Jordania y Siria. Entre esas diez ciudades, nos encontraríamos: Gérgesa, Gadara y Gérasa.

Deuterocanónico: Se engloban dentro de este concepto todos los libros de la Biblia incluidos en el canon en "segunda instancia".  Fundamentalmente los conservados en griego.

Diezmo: Concepto equivalente a las "décimas". Puesto que en la mentalidad teocrática de la época, todos los bienes son de Dios, y el hombre sólo es su colono, éste debe pagar un tributo fijado en el 10% de sus cosechas en honor de Dios.

Dinastía hasmonea: Tras la dominación helena de Alejandro Magno y fundamentándose en las restricciones cultuales y las profanaciones del Templo de Jerusalén, se produce la rebelión de los Macabeos: 166-160 a.C.

Tras el triunfo de esta rebelión (142-129 a.C.), se produce una relativa autonomía judía bajo la dinastía hasmonea que desemboca (129-63 a.C.) en la independencia judía bajo la monarquía hasmonea, que tiene su término hacia el año 63 a.C. con la conquista del territorio por las tropas romanas de Pompeyo.

Discípulo: Del griego MAQHTHS = alumno, seguidor. Ha de distinguirse de apóstol que equivale a un enviado de Dios. Aparece 25 veces en el NT referido a quien abraza la doctrina del Maestro y se adhiere a la persona de Jesús. Los discípulos de Jesús no son como los escribas que son "discípulos de Moisés" (Jn 9, 28). Ellos comparten la suerte de su maestro (Mc 2, 14; 1, 17; Mt 4, 19; 8, 22; etc.). Los discípulos están llamados a sufrir (Mt 10, 24-25; Mc 8, 34-35; Lc 14, 26 ss; Jn 12, 25 ss). Los discípulos de Jesús serán testigos de lo que Jesús fue en su vida, en su muerte y en su resurrección. El libro de los Hch. aplica el término a todos los cristianos (Hch 6, 1; 9, 1.25; ll, 29; 21, 16).

Eclesiología: Parte de la teología dedicada al estudio de la Iglesia, tanto como institución, como en su vertiente de inspiración y sostenimiento por parte del Espíritu Santo.

El Jesús de la fe, el Jesús histórico y el Jesús real: Lamentablemente para nosotros, a diferencia de Pablo, Jesús no dejó escrito ninguno de sus pensamientos ni enseñanzas, ni ordenó a nadie, que sepamos, que realizara tal trabajo. Por lo tanto, lo que sabemos de Él proviene de los escritos del Nuevo Testamento fundamentalmente, de escritos apócrifos (todos ellos de origen cristiano)  y de breves reseñas de historiadores no cristianos (Flavio Josefo y Filón de Alejandría). Sin embargo, con todo, es mucho, comparativamente hablando con otros personajes de su época, lo que sabemos acerca de Jesús de Nazaret.

Nuestro mayor problema, en un personaje en el que se entremezclan los aspectos reales, religiosos e históricos, es separar tales conceptos, en orden a una mayor claridad sobre la figura histórica que cambió definitivamente el mundo.

Al Jesús de la fe corresponde toda la enseñanza y tradición procedente de 20 siglos de historia de la religión, las más íntimas y profundas creencias de cada uno de nosotros, que se fundamentan en las enseñanzas recibidas de nuestros padres y tutores y de nuestras propias reflexiones sobre Dios, el mundo y nosotros mismos. Cualquiera de sus aspectos son indemostrables racionalmente, porque atañen al pensamiento y el espíritu, aspecto de la persona que entra en relación directa con Dios. Por lo tanto, el Jesús de la fe no entra dentro de las disciplinas humanas y, como mucho, racionalmente, nos podemos acercar desde la teología, si bien como mera aproximación objetiva, pero su consideración siempre estará sometida al subjetivismo del individuo. Un ejemplo paradigmático sería la fe en la resurrección de Cristo, ya que es algo que jamás podrá ser comprobado históricamente, pero es la piedra angular sobre la que pivota todo el cristianismo.

Del Jesús real, como de cualquier personaje histórico, conocemos muy poco, ya que a esta parcela corresponderían sus propios e íntimos pensamientos, sus actitudes mentales y consideraciones sobre acontecimientos reales y sus sensaciones íntimas. A lo sumo, podemos acercarnos a través de lo que ponen en su boca los textos que hablan de Él y sus predicaciones. Pero aquí entra a jugar el Jesús histórico.

Sobre esta parcela de Jesús sí que conocemos cosas concretas (año de nacimiento aproximado, entorno familiar, desarrollo de su vida pública, líneas de enseñanza y predicación, geografía del ministerio público, que fue ejecutado por el procurador romano de Judea Poncio Pilato, la fecha de su muerte aproximada, etc.)

Pero, además, nos han llegado diversos testimonios procedentes de personajes cercanos a Él en su vida terrena y, posiblemente de algunos de los testigos presenciales de su predicación y ministerio. A esta parcela es a la que se limitan los investigadores y estudiosos del Nuevo Testamento. Su misión es distinguir si las palabras y hechos atribuídos a Jesús de Nazaret, realmente tienen visos de proceder de Él, para lo que utilizan las herramientas y disciplinas propias para su trabajo. Por ejemplo, es histórico que Jesús existió realmente. Que realizó una misión itinerante por Galilea y Judea. Que se rodeó de algunos discípulos y unos pocos “apóstoles”. Que realizó determinadas acciones calificadas de prodigios, y después como milagros. Que predicó la llegada del Reino (Gobierno) de Dios a la tierra. Que se enfrentó con determinadas castas religiosas. Que acentuó los aspectos éticos y morales de la Torá y suavizó los aspectos sociales y de culto de la religión judía, llegando a cuestionarse el funcionamiento del Templo de Jerusalén. Que por esa razón, fundamentalmente, fue perseguido por las castas dirigentes judías y que fue ejecutado en la cruz por orden de Pilato, bajo la acusación de sedición (Rey de los judíos)

Por lo tanto, cuando nos enfrentamos a la vida, hechos y predicaciones de Jesús, hemos de tener muy presentes estos tres aspectos del personaje que centra nuestras creencias más fundamentales.

Encarnación: Uno de los mayores misterios de nuestra fe. Se encuadra en los aspectos relativos al Jesús de la fe, ya que no se contempla, como hecho fisiológico, el nacimiento humano de Jesús de Nazareth, sino la toma de forma humana por parte de Dios, en la persona de Jesús, como su hijo unigénico y por voluntad propia y libre. Su apoyo testamentario está en prefacio del texto de Juan 1, 13-14 (13 la cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios. 14 Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad.). No se trata de un fenómeno comprobable, sino que implica directamente a la creencia personal de cada cual, ya que por este misterio, Jesús, además de personaje histórico cierto, deviene en Hijo de Dios, participando de su misma esencia, no como persona descendiente o sometido.

Epístola: Hay cartas que deben servir a la comunidad y no sólo a los particulares. Los antiguos las llamaban epístolas. Es como hoy una "carta abierta". Los escritos de San Pablo son, en general, epístolas; también las cartas de Santiago, Pedro, Juan y Judas. La epístola a los HEBREOS parece más un sermón, con una cartita final (13, 22-25).

Escatología: Es un concepto fundamental en la Biblia, puesto que Israel vivía de esperanzas que estaban ancladas a las promesas de Yavé, esperanzas que no siempre se interpretaron bien. Cuando el pecado cayó sobre la humanidad, Dios quiso restaurar al hombre, restauración que tendrá una etapa última con la vuelta del hombre a su estado de origen. Para realizar esta restauración Dios ha elegido a Israel. Pero Israel no entendió bien su elección, sintiéndose privilegiado y cerrándose en un nacionalismo exclusivista. Esto ocasionó muchas confusiones en épocas distintas. Los profetas antes del destierro preveían castigos próximos en el día de Yavé. Los profetas del destierro verán una restauración al final de los días con un nuevo Mesías que formará el nuevo Israel. Los profetas postexílicos describen el nuevo Israel y su Mesías con rasgos más universales y espirituales. Daniel, Isaías y otros profetas dicen que la salvación escatológica no es de este mundo sino del otro y bajará del cielo. El NT sigue la línea final de la escatología. Con la venida de Jesús han comenzado los últimos tiempos. El reino de Dios ya está en el mundo. La confusión de perspectiva hace ver como inminente la consumación definitiva del reino, la parusía del Señor, el juicio universal, los cielos nuevos y la tierra nueva.

Evangelio: La palabra "evangelio", que significa "buena noticia", es traducción del vocablo griego euangelion, formado por el prefijo eu (bueno, favorable, feliz, dichoso) y la raíz angell- (traer un mensaje, notificar algo de parte de alguien). En el Nuevo Testamento son tres las palabras que remiten a esta raíz: evangelio, evangelizar y evangelista, que aparecen respectivamente 76, 54 y 3 veces.

El término euangelion (evangelio) se usa 76 veces en el NT, de las que 60 en los escritos paulinos, ninguna en los evangelios de Lucas y Juan ni en las cartas de Tito, Hebreos, Santiago, 2 Pedro, Juan y Judas.

Esta palabra es de origen persa y aparece desde Homero (Odisea, XIV, 152.166; s. VIII a.C.) con el significado de "propina o recompensa" dada al mensajero que trae la buena noticia de una victoria militar o simplemente una buena noticia de carácter político o personal, que produce felicidad y alegría en los destinatarios.

En griego clásico, euangelion (evangelio) se usa en plural (euangelia) para designar los sacrificios de acción de gracias a los dioses por una buena noticia (gr. euangelia thyein, ofrecer buenas noticias; cf. Aristófanes, Caballeros 656).

En textos contemporáneos a los evangelios y en contexto religioso se indica también con esta palabra la aparición de un "hombre divino", cuya venida es acogida con alegría. Así se refiere Flavio Filóstrato a Apolonio de Tiana (Vida de Apolonio de Tiana, I, 28); designa también los oráculos o anuncios de algún acontecimiento futuro (cf. Plutarco, Sartorio, 11,7-8; Flavio Josefo, Guerra judía, III, 10, 6, 503) o el anuncio de una victoria o suceso militar (Plutarco, Pompeyo 41,4; Foción 23,6; Flavio Josefo, Guerra judía, IV, 656.2).

En el culto al emperador, "evangelio" designaba la buena noticia de su nacimiento, mayoría de edad, advenimiento al trono e incluso sus discursos y acciones, portadores de paz y felicidad para sus destinatarios. La inscripción de Priene (105,40) del año 9 a. C. celebra el aniversario del nacimiento de Augusto como una fecha "que ha traído al mundo los euangelia o buenas noticias, y su nacimiento como comienzo de una nueva era. La muerte de Domiciano es anunciada también por los mensajeros a la multitud como "evangelio" (Filóstrato, Vida de Apolonio de Tiana, VIII, 26-27).

La Versión de los LXX usa dos veces en plural esta palabra con el sentido de "buena noticia". Así en el libro segundo de Samuel (4,10) dice David: "Si al que me anunció 'ha muerto Saúl' creyendo darme una buena noticia (gr. euangelizómenos), lo agarré y lo ajusticié en Sicelag, pagándole así las buenas noticias (gr. euangelia; hbr. besorah), con cuánta más razón cuando unos malvados han asesinado a un inocente -se refiere a Isbaal, hijo de Saúl-, en su casa y en su cama, vengaré la sangre que habéis derramado, extirpándoos de la tierra". En 2 Sm 18,20.27 y 2 Re 7,9 aparece el sustantivo abstracto euangelía con el significado de "buena noticia"; en 2 Sam 18,22 aparece, sin embargo, con el sentido clásico de "propina recibida por una buena noticia".

Del sustantivo euangelion deriva el verbo euangelízomai (evangelizar) que se usa ya en Aristófanes (Caballeros 643) con el significado de "dar o pregonar una buena noticia o anunciar un oráculo". Así aparece también en Isaías (40, 9): "Súbete a un monte alto, heraldo de Sión (lit.: "el que da la buena noticia a Sión"; gr. ho euangelizómenos). La versión de los LXX utiliza el mismo verbo euangelízomai para traducir el hebreo basser, forma intensiva de basar, que aparece frecuentemente en participio mebasser (gr. euangelizómenos el que anuncia buenas noticias, mensajero o heraldo); este verbo se usa principalmente en los Salmos (40,10; 68,12; 96,2) y especialmente en el segundo Isaías (52,7) para expresar la victoria de Dios sobre el mundo y la proclamación de su soberanía: "¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del heraldo que anuncia la paz (euangelizoménou akoên eirênês; hbr. mebasser), que trae la buena noticia (gr. euangelizómenos ágathá; hbr. mebasser), que pregona la victoria! Que dice a Sión: 'Tu Dios es rey'". Con la llegada de este Dios-rey y su ascenso al trono comenzaría en la ciudad santa de Jerusalén una nueva era de paz, justicia y salvación a la humanidad.

En castellano tenemos la palabra "albricias", de origen árabe y de la misma raíz del verbo hebreo basar (dar -alegrarse con- una buena noticia).

El verbo "evangelizar" aparece 54 veces en el NT, de las que una sola vez en Mateo, 25 en Lucas-Hechos, 21 en las cartas paulinas, 2 en Hebreos, 3 en la primera carta de Pedro y 2 en el Apocalipsis (en este último caso en voz activa, euangelízô; no voz media, como en el resto). Este verbo no aparece en Marcos que utiliza, sin embargo, en siete ocasiones el sustantivo euangelion. En Juan no aparecen ni el verbo ni el sustantivo.

En el judaísmo tardío recurre también la imagen del mensajero que trae buenas noticias, aludiendo a un profeta desconocido, al precursor del Mesías o al Mesías mismo. Este mensajero viene para anunciar la salvación escatológica o de los últimos tiempos (Peshitta R 36 l62a). En los textos de Qumrán (IQH 18, 14) la designación del mensajero como "mensajero de la buena noticia" recuerda claramente a Is 61, 1-2: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor...", texto aducido por Jesús que se identifica con ese mensajero de la buena noticia a los pobres en Lc 4,18-19.

En la cueva 11 de Qumrán ha salido a la luz un manuscrito con trece fragmentos donde aparecen unidos Is 61,1-2 y 52,7 referidos a la figura escatológica de Melquisedec, personaje propuesto por el texto de Qumrán como el proclamador del jubileo, del año de gracia y de condonación de deudas, presentado como liberador (11QMelq 4-6); este texto concluye identificando a Melquisedec con el mesías sacerdotal y real (11QMelq15-19). De este modo puede verse cómo el evangelista ha centrado las expectativas mesiánicas en Jesús al poner en su boca el texto de Isaías, interpretado en Qumrán en clave mesiánica. Jesús, sin embargo, no se identifica en los evangelios con la imagen de un mesías real político-nacionalista en la línea de David, sino más bien con la del siervo sufriente de Isaías (53,1-13).

Finalmente, el término euangelistês "evangelista", aparece sólo tres veces en el NT, referido a los predicadores cristianos que anuncian la buena noticia de Jesús, como distintos de los apóstoles (Hch 21,8; Ef 4,11; 2 Tim 4,5).

Con la palabra evangelio, en singular, se designa, por lo común, "la buena noticia del reino o reinado de Dios anunciada por Jesús". Desde el siglo II de nuestra era con esta palabra, en plural, se indica tanto la predicación oral del evangelio como su puesta por escrito en formato de libro o códice (Ireneo de Lión, Adversus Haereses III, I, 1.8; cf. II,11,7) o sólo el texto escrito de los cuatro libros llamados evangelios (Justino, Apologia, I, 56,3). No se ha conservado ninguna copia de los evangelios en formato de rollo. Las copias más antiguas conservadas de estos libros no llevan nombre de autor y, cuando comienzan a llevarlo, éste se indica con la preposición griega katá que puede designar al autor de esas obras o la tradición proveniente de éste, pudiendo traducirse la expresión por "evangelio según (la tradición de) o de (=escrito por) Marcos, Mateo, Lucas o Juan", si bien esto no fue asignado hasta el siglo II de nuestra era.

La Iglesia, en el Concilio de Trento, reconoce 4 textos como inspirados por el Espíritu Santo, que son los que componen los textos canónicos, si bien existen otros muchos relatos, de diversos tipos, que fueron desechados, unos por heréticos (Evangelio de Tomás = gnóstico) y otros por recoger relatos fantasiosos y exagerados De entre los no canónicos (apócrifos), podemos destacar: El Evangelio de los Nazareos, El Evangelio de Pedro, El Evangelio de los Hebreos, etc.

Dentro de los canónicos, cada uno de ellos fue redactado en tiempo, forma y contexto diferente y relativamente independiente, por ello encontramos tantas diferencias entre  ellos, a pesar de estar relatando los mismos hechos históricos.

No debemos caer en el error de considerar los textos evangélicos como intentos biográficos de Jesús de Nazareth, tal como nosotros concebimos los relatos biográficos (al estilo helenístico): sucesión correlativa y ordenada de acontecimientos relativos a la vida de un personaje.

Los textos evangélicos responden a la necesidad de las iglesias primitivas de conservar y transmitir las enseñanzas y predicaciones de Jesús de Nazareth desde la perspectiva postpascual (tras la resurrección).

Los textos canónicos se forman a partir de las tradiciones que cada evangelista recibe, y éstas están formadas por recuerdos de dichos y hechos transmitidos oralmente, si bien existe la sospecha de que pudo existir, previamente a los textos que llegan a nosotros, colecciones de dichos escritas, de las que no se ha encontrado rastro físico aún.

Los evangelios canónicos se escriben bastante después de la muerte de Jesús y todos ellos en griego, aunque existen rastros primitivos arameos del texto adjudicado a Mateo.

Se tiene la impresión de que el núcleo primigenio para la elaboración de los textos que conocemos, es una antigua tradición (escrita o verbal) referida a la pasión y muerte de Jesús, alrededor del cual se articula, con hechos y dichos, una estructura narrativa que concluye en los textos que llegan hasta nosotros.

El evangelio canónico más antiguo es el de Marcos (60-70 d.C.).

Posiblemente fue concluido en Roma y cuenta con recuerdos de los discípulos y apóstoles que allí estaban.

Su construcción es simple (semejante al cortar y pegar) y su léxico es vulgar y poco cuidado.

El segundo texto canónico en aparecer es el de Mateo (70-80 d.C.).

Posiblemente está escrito en el seno de una iglesia próxima a Israel y se corresponde con un texto judeo cristiano.

Mucho más elaborado que el de Marcos, utiliza como fuentes, tanto los textos marcanos, como los provinientes de Q y sus propias tradiciones especiales.

Destaca una estructura numérica (cinco grandes discursos, 7 bienaventuranzas, 14 antecedentes geneaológicos de Jesús, milagros en series ternarias, etc.)

El tercero de los canónicos es el de Lucas (85-90 d.C.).

Posiblemente escrito en las iglesias cristianas de la gentilidad, evangelizadas por Pablo.

El redactor da abundantes muestras de desconocimiento, tanto de la geografía, como de las costumbres palestinas.

Su léxico es el más brillante y pulido de los cuatro canónicos, con un  gusto exquisito por las precisiones.

Sus fuentes proceden de Marcos, Q y las tradiciones especiales propias.

Es un texto dirigido a los cristianos procedentes de la gentilidad.

El último de los canónicos es el de Juan (90-100 d.C.).

Posiblemente escrito en Éfeso o Patmos, se conforma como un texto pseudo gnóstico, con una estructura más literaria y teológica que los sinópticos.

Es muy probable que la iglesia que le da origen tuviese importantes controversias y confrontaciones con discípulos del Bautista, por lo que el texto se estructura como un permanente testimonio, mediante el cual se trata de mostrar la primacía de Jesús sobre Juan Bautista.

Es altamente repetitivo y contiene un léxico extremadamente corto.

Todos ellos responden a las necesidades kerigmáticas de las iglesias en las que tienen su origen. Como ejemplo podemos fijarnos en las diferencias sobre el Padrenuestro entre Mateo y Lucas. Mientras que el primero enfoca la oración hacia un grupo humano que ya sabe rezar y que necesita orientar sus rezos hacia la nueva realidad postpascual (cristianos procedentes del judaísmo tardío), el texto lucano está dirigido hacia un colectivo que necesita aprender a rezar (cristianos gentiles o procedentes de la diáspora judía helenizada).

Exégesis: Etimológicamente exégesis, proviene del griego ex-eegueesis, conducción paso a paso, es decir, el conducir paso a paso a través de la literatura, a través de una obra. La aplicación de los principios de interpretación se llama exégesis, que simplemente significa "explicación". La exégesis empleada por las iglesias humanas es dogmática, es decir, se basa en sus credos (sistemas de doctrina) ya aceptados. La exégesis verdadera se basa en el significado de palabras, la gramática, el contexto inmediato y remoto, etc. Los teólogos diferencian exégesis de hermenéutica. Exégesis es el estudio de las preguntas y respuestas del texto, se trata de sacar en el texto el sentido hacia donde caminan y desde donde parten.

Éxodo: Segundo libro del AT, en el que la salida de Egipto ocupa parte muy importante. Éxodo quiere decir salida. La Biblia recuerda continuamente el camino de los pobres por los desiertos de la vida; el desapego que Dios quiere de nosotros; la liberación a la que él llama y ayuda a realizar. Por eso, a lo largo de la Biblia, aparecen muchas alusiones, directas o veladas, al éxodo. Se trata de un enfoque teológico de la aparición del pueblo de Israel, si bien los datos empíricos que nos facilitan las ciencias sociales (arqueología, sociología, etc.) nos acercan más hacia la realidad de que la formación del  pueblo de Israel procede más de la sedenterización de tribus nómadas que habitaban alrededor de la depresión del Jordán y las riberas mediterráneas de Palestina, si bien tal sedenterización pudo estar catalizada por un éxodo real de tribus hebreas procedentes de Egipto, si bien en número muy inferior al que nos hablan las escrituras.

Exorcismo: La práctica del exorcismo está documentada desde los orígenes de la Humanidad, y sólo se ha denostado en tiempos recientes, como consecuencia de un liberalismo y un racionalismo mal entendidos.  Se suele pensar que el exorcismo es un rito mediante el cual se “saca” el demonio o demonios de la víctima, y que sólo los sacerdotes católicos designados por el obispo o los ministros protestantes pueden realizar tal actividad.

 Técnicamente, el exorcismo no consiste en “sacar” al demonio o demonios, sino en lograr extraerles un juramento: la palabra “exorcismo” se deriva del griego exorkismos, un término compuesto de la preposición ek y el verbo horkizo, que significa “hacer que alguien jure”. Se trata, por tanto, de lograr que el demonio o demonios acepten un juramento, en nombre de Dios, lo que permitirá ponerlos bajo control y ordenarles que actúen en contra de sus propios deseos e intereses. Es sólo entonces cuando, entre otras cosas, se les puede exigir que abandonen el cuerpo de la víctima.  En la mayor parte de los casos, el exorcismo es un acto muy traumático que debe aplicarse con gran mesura y amplio conocimiento. De lo contrario, pueden derivarse gravísimas consecuencias, desde el fracaso del exorcismo hasta la posesión de otras personas o incluso la muerte del poseso. No es, por tanto, algo que pueda hacer cualquier persona en casa. Sólo puede practicarse después de un adecuado descarte y debe ser realizado por un exorcista cualificado, en las condiciones adecuadas y bajo las premisas que considere correctas. Pueden ser necesarias sólo unas pocas horas o meses enteros, dependiendo de la gravedad de la situación y el poder de los demonios implicados. En todo caso, el exorcismo jamás debe tomarse a la ligera.

Pueden ser necesarios varios exorcismos para lograr liberar a la víctima. Esto se debe a que los demonios, animados por Satán, el gran Engañador, son capaces de confundir a cualquier exorcista humano durante un tiempo determinado. Un extraordinario exorcista, de amplia experiencia y con profundo conocimiento de los seres a los que se enfrenta puede necesitar entre uno y seis exorcismos para lograr sus objetivos; a veces, hasta los mejores se han visto obligados a practicar varias decenas, incluso más de cien, antes de conseguir liberar totalmente al poseso. 

Fuentes evangélicas: Los evangelios fueron escritos como una plasmación escrita de tradiciones orales transmitidas por los miembros de la primera generación de cristianos (seguidores de Cristo). Sin embargo, de la contrastación de los textos canónicos puede deducirse que ya antes de la puesta por escrito de estos textos, posiblemente existieron colecciones de dichos, hechos y recuerdos que los evangelistas utilizaron para la confección de sus propios textos. Que estas colecciones estuviesen ya escritas o no, es algo que aún no ha sido determinado con total seguridad. Del exámen de los textos canónicos, parece desprenderse, y en ello hay un acuerdo generalizado entre los expertos, aunque no es total, que la redacción final que ha llegado hasta nosotros proviene de cinco fuentes originales principales:

-         Las fuentes de Marcos o “Proto evangelio de Marcos”, que es la colección, en principio, más primitiva.

-         La fuente Q (del alemán Quelle = fuente). Nunca ha sido hallada como documento conciso, pero parece deducirse su existencia por la concordancia entre los textos de Mateo y Lucas, cuando éstos no coinciden con el de Marcos. Se trata de una colección de dichos (logia), sin estructura narrativa.

-         Las fuentes propias de Mateo, que se deduce del texto de Mateo cuando éste no coincide ni con Marcos, Lucas o Juan.

-         Las fuentes propias de Lucas, que se deduce del texto de Lucas, cuando éste no coincide con Marcos, Mateo o Juan.

-         Las fuentes propias de Juan, que se deduce de la particularidad del evangelio de Juan, si bien éste coincide en algunos hechos y dichos con los otros evangelistas, aunque los presenta de formas bien distintas, por lo que se estima que utilizó sus propias fuentes.

Gadara: Una de las ciudades de la Decápolis

Galilea: En tiempo del NT era el nombre de la región norte de PALESTINA. Abarca parte del antiguo Reino del Norte. Durante siglos había tenido una población mezclada de israelitas y paganos de diversos orígenes. En el último siglo a. C., la región volvió a ser sólo de judíos por la fuerza. Pero los galileos no eran tan observantes de la religión como sus hermanos de Judea, al sur. Por eso, los del sur no los estimaban. Los galileos eran más abiertos y entregados que el pueblo del sur; estaban más comprometidos en los movimientos de liberación. Jesús creció y vivió casi toda su vida en Galilea. Los APÓSTOLES, con excepción de Judas Iscariote, eran galileos. Los lugares principales de Galilea que aparecen en el NT son: Cafanaum, Caná, Tiberíades, Nazaret, Naín, el lago de Genesaret.

Gerasa: Una de las ciudades de la Decápolis

Hades: Hades en griego quiere decir infierno y es, a su vez,  traducción de la palabra hebrea Seol. Por lo tanto, Infierno = Hades = Seol.

Mientras que Gehenna es la palabra hebrea que señala un fuego eterno.

El concepto antiguo del domicilio del muerto (el mundo inferior, en hebreo, Seol) supuestamente no hay actividad ni altas emociones entre los muertos.Es el lugar final del hombre para descansar. Seol es paralelo a la palabra hebrea que significa hoyo, infierno, corrupción, pudrición y destrucción. Es el lugar final del hombre para descansar hasta el retorno de Cristo. No hay razón, ni conocimiento, ni sabiduría en el Seol. Es el dormir del muerto.

Eclesiastés 9, 10: "Porque en el Seol, adonde vas, no hay obra, ni trabajo, ni ciencia, ni sabiduría"

Hades, por lo tanto, es el equivalente griego del Seol hebreo y corresponde a Seol tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento

Hermenéutica: La palabra hermenéutica significa el arte de interpretar textos. Viene del verbo hermeneuo, que significa interpretar. (Se ha sugerido también que este verbo viene del nombre "Hermes", el supuesto mensajero de los dioses, llamado Mercurio por los romanos, Hech. 14:12). Cuando damos una definición a las palabras que oímos o leemos, estamos interpretándolas. Cuando preguntamos ¿qué quiere decir esto o aquello? estamos tratando de interpretar el significado de algo. Cualquier forma de expresión o comunicación (palabras, gestos, escritos) tiene que ser interpretada. No estamos conscientes del proceso. No estamos pensando, "Yo estoy interpretando lo que me dijo", pero en realidad es lo que estamos haciendo. Al hacerlo usamos el sentido común para entender a las personas con quienes nos comunicamos. También debemos usar el "sentido común" al estudiar para interpretar la Biblia; es decir, debemos usar los mismos medios de interpretación que usamos para entender una conversación, o para entender otros libros y documentos, porque la Biblia no es un libro místico o misterioso. No es un libro de mitología y leyendas, sino un mensaje comprensible escrito por Dios y enviado al hombre. La hermenéutica es, pues, el conjunto de los principios de la interpretación. La hermeneútica es una ciencia teológica, y también histórica; por lo cual el intérprete ante la Biblia, debe situarse como un dialogante que no juzga el texto de un modo exclusivamente humano. Hermenéutica, pues,  son las leyes de interpretación que se requieren para captar con precisión y plenitud el sentido literal de los Libros Santos. Comprende una crítica textual (el problema de las variantes), crítica literaria (texto, contexto, fuentes, géneros, formas poéticas), crítica histórica (análisis del contexto histórico del texto y del autor del texto), luego, la interpretación teológica (investigación del sentido literal de un texto bíblico), realizada a la luz de la crítica racional y a la luz de la fe.

Hijo de Dios: A Jesús de Nazaret, los cristianos le aplicamos cuatro títulos cristológicos principales (Hijo de Dios, Hijo del Hombre y Mesías[Cristo, Ungido] y Señor (Kyrios]). Con respecto al primero de ellos (Hijo de Dios), intentaremos aclarar el concepto.

La primera referencia nos la encontramos en la carta a los Romanos de Pablo, Capítulo 1, versículos 3 y 4 (acerca de su Hijo, nacido de la descendencia de David, según la carne, constituído Hijo de Dios, todopoderoso según el Espíritu de Santidad a partir de la resurrección de entre los muertos, Jesucristo nuestro Señor).

Por lo tanto, y según este texto de Pablo, podemos comprobar que este título tiene un origen postpascual (...a partir de la resurrección...)

A lo largo de todos los textos evangélicos, el propio Jesús, no sólo no se atribuye este título, sino que abiertamente lo rechaza, salvo en u sólo caso fiable históricamente: el interrogatorio en casa del Sumo Pontífice Caifas, procedente de las fuentes de Marcos, recogido en Mc. 14, 61-62 (61 Mas él callaba, y nada respondía. El sumo sacerdote le volvió a preguntar, y le dijo: ¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito? 62 Y Jesús le dijo: Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo) y sus correspondencias con Mt. 26, 63-64 y Lc. 22, 70.

Hemos de comentar que a lo largo del Evangelio de Juan, este título es puesto por el evangelista en boca de Jesús repetidas veces, pero se trata de momentos discursivos e inclusiones redaccionales del propio evangelista, por lo que son descartables como palabras propias de Jesús.

A su vez, en los sinópticos, las afirmaciones de “dignidad divina”, “filicación divina”, etc., suelen ser pronunciadas, bien por beneficiarios de milagros, bien por los discípulos y apóstoles del Maestro. Cuando se atribuye a Jesús este tipo de pretensiones, éstas, tienen escasas probabilidades de remontarse alJesús histórico y son más bien traslaciones prepascuales de percepciones postpascuales.

Este título no es desconocido en la tradición rabínica del judaísmo tardío, ya que como “hijos de Dios” fueron considerados otros taumaturgos rabínicos (Hanina ben Dosa), pero su significado no es el que los cristianos, a partir de Rom. 1, 3, otorgamos a Jesucristo.

Puesto que estos taumaturgos realizaban acciones milagrosas a través de la oración, se consideraba que era Dios mismo quien actuaba, por lo tanto, dicho título tenía una connotación relacional de intermediación entre Dios y los hombres. En otras palabras, era considerado “hijo de Dios”, como hombre justo y bueno que tenía una especial relación con la Casa de Dios, de forma que esta relación de cercanía le confería el carácter de taumaturgo.

En palabras de Gerd Theissen y Annette Merz (El Jesús Histórico-Ed. Dígueme-Salamanca 2000), “La transferencia de los títulos de Kyrios e “Hijo de Dios” (se produce) en el cristianismo pagano-helenista, con una influencia de las analogías paganas”. Posiblemente a causa de la influencia de la predicación paulina.

Si bien el calificativo de “hijo de Dios”, como hemos comentado antes, no era exclusivo de Jesús, hemos de conocer que tal título tampoco es original de Pablo, sino que podemos encontrárnoslo, como antigua tradición, en Sal. 2, 7 (Voy a anunciar el decreto de Yahveh: El me ha dicho: "Tú eres mi hijo; yo te he engendrado hoy) y 2 Sam. 7, 13-14 (13 El constituirá una casa para mi Nombre y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre. 14 Yo seré para él padre y él será para mí hijo. Si hace mal, le castigaré con vara de hombres y con golpes de hombres), incluso, la tradición judía nos indica que “todos los israelitas”, al final de los tiempos serán hijos de Dios y, en el presente, lo pueden ser a través de la sabiduría y la ética conductual (Eclo. 4, 10 [Sé para los huérfanos un padre, haz con su madre lo que hizo su marido. Y serás como un hijo del Altísimo; él te amará más que tu madre] y Sap. 2, 18 [Pues si el justo es hijo de Dios, él le asistirá y le librará de las manos de sus enemigos]).

Por lo tanto, la aplicación paulina del título cristológico de “Hijo de Dios”, como exclusiva de Jesús e Hijo unigénito, tiene sus raíces en la cultura judía tradicional, pero altera su sentido hacia dicha exclusividad como consecuencia de la fe pascual de sus discípulos.

Como hemos visto, el calificativo tradicional de “hijo de Dios” tiene una aplicación mucho más amplia que el título cristológico de Pablo, ya que éste, se convierte en la enunciación de una categoría mayestática y diferenciadora de Jesús sobre el resto de los hombres. Cristo es, desde la interpretación paulina (y cristiana subsiguiente) en el único que puede ser calificado del auténtico y único “HIJO DE DIOS”, y a través del Evangelio según San Juan,  entra en juego la preexistencia. Este título trasciende el marco relacional para adentrarse en la genealogía directa, merecedora de los atributos que reconocemos en el propio Padre y, desde nuestra creencia de cristianos, por la enunciación de la Trinidad, nuestra fe en Jesucristo le coloca al mismo nivel que el Padre y el Espíritu, todo ello como consecuencia del reconocimiento derivado de la fe postpascual, mediante la cual, Jesús es elevado a dicha categoría por la constatación de su superación de la muerte. Algo reservado para Dios.

Desde este  posicionamiento, el resto de los mortales seremos “hijos adoptivos de Dios” por la fe, a través del Espíritu.

Hijo del Hombre: Este título cristológico tiene su raíz en Dan 7, 13 (Yo seguía contemplando en las visiones de la noche:Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre.Se dirigió hacia el Anciano y fue llevado a su presencia) y tiene un origen arameo.

Es el único título que puede remontarse directamente al Jesús histórico, ya que existen datos suficientes como para afirmar que Jesús utilizó tal calificativo para referirse a sí mismo.

Sin embargo, existen, dentro del Evangelio, dos consideraciones sobre este calificativo que merece la pena recoger aquí.

Por un lado está el derivado directamente de la cita del libro de Daniel mencionada antes, que a su vez se subdivide en dos subcategorías.

Se trata de un calificativo de tintes escatológicos y al que Jesús se refiere en varias ocasiones, como un personaje de intermediación entre Dios y los hombres. La subdivisión provendría de que no queda nada claro si Jesús se refiere a sí mismo como tal personaje o, bien se refiere a un tercer personaje, distinto de Él mismo y el Padre, aún por venir. La interpretación con más apoyos, nos dirigiría hacia la consideración de dos personajes diferentes: un Hijo del Hombre presente, referido al propio Cristo, no tanto como intermediador, sino como vehículo del Reino de Dios (Mc. 8, 29 y ss; Mc. 2, 10; Mt. 11, 18 y ss; Mt. 8, 20); y un Hijo de hombre futuro, apocalíptico (Mt. 24, 27, 30 y 37; Lc. 17, 30; Lc. 22, 69, Mt. 10, 23  y Lc. 21, 36).

Por otra parte, directamente derivado de su origen arameo, este calificativo era utilizado profusamente como un circunloquio para referirse a sí mismo. En sustitución del “yo” =  “yo, como ser humano”. Esta utilización del calificativo es muy profusa en el Evangelio y muy propia de la "forma de hablar de Jesús".

Iglesia: Del griego EKKLHSIA = llamado afuera, corresponde a la asamblea ateniense (en hebreo = kahal). En el NT es la asamblea de los "llamados afuera" del mundo, la comunidad de los discípulos de Jesús. Más tarde se empleó la misma palabra para designar el lugar en donde se reúne la comunidad, es decir, el templo.

Ipsissima vox e Ipsissima verba de Jesús: Una preocupación fundamental de los estudiosos del NT es alcanzar la seguridad de que los recogido en los textos evangélicos realmente ha sido emitido, como pensamiento, como enseñanza o como predicación por Jesús de Nazaret.

Puesto que, como no contamos con escritos directos del Maestro, hemos de realizar un análisis crítico de los textos, utilizando las herramientas apropiadas (léxico, gramática, crítica social, histórica, exégesis, hermenéutica, etc.), de cuyo proceso podremos deducir si el texto examinado puede proceder, realmente del Jesús histórico o si se trata de añadidos del redactor evangélico, del traductor cristiano o de la Iglesia primitiva.

Si el texto examinado tiene visos de procedencia histórica de Jesús de Nazaret, nos resta averiguar si realmente las palabras evangélicas pudieran haber sido emitidas, exactamente, por Jesús de Nazaret, o si esas palabras pudieran contener el “estilo” de Jesús, aunque no hubiesen sido pronunciadas exactamente así por Jesús.

Esa es la diferencia entre “Ipsissima vox” e “Ipsissima verba”.

Por lo tanto  “Ipsissima vox” serían los dichos y enseñanzas propias del estilo de Jesús de Nazaret, aunque no exista seguridad de que las palabras fuesen las mismas que las transmitidas por el Evangelio. Un ejemplo ilustrativo sería la costumbre de Jesús de hablar en parábolas, que realmente correspondería al estilo predicatorio de Jesús, aunque las palabras del evangelio no concordasen exactamente con las pronunciadas por Él.

A su vez, “Ipsissima verba” serían las palabras exactas de Jesús de Nazaret, no sólo el estilo. Como ejemplo podemos tomar la calificación de “ABBA” para dirigirse a Dios, como Padre.

Isaías: El libro que lleva su nombre tiene tres partes. La primera (1 a 39) narra el mensaje del profeta Isaías con el objetivo de proclamar la santidad de Dios. La segunda (40 a 55), cuyo redactor se llama Segundo Isaías y escribe en la época del destierro de Babilonia, es un mensaje de esperanza y de consuelo. La tercera (56 a 66) se atribuye a un Tercer Isaías cuyos propósitos son animar la comunidad que abandonó el destierro y regresó a Jerusalén. Isaías es un joven noble que tuvo la experiencia de ver a Dios (6) y habló constantemente de él presente en Israel y al que Israel no conocía.

Israel (pueblo de): Una antigua tradición del AT dice que el PATRIARCA JACOB recibió también el nombre de Israel (Gén 32, 23-33). Es el modo de pensar del pueblo israelita sobre su origen e identidad. Así, Israel es también el nombre del pueblo y del país. En el NT San Pablo habla del Israel de Dios. Lo contrario es el Israel según la CARNE (1 Cor 10, 18).

Job: El libro cuenta la historia de Job, para enfrentar, principalmente, el tema de la religión mercantilista, según la cual Dios recompensaría el bien con el bien y el mal con el mal. La verdadera religión es un misterio de gracia y gratuidad. El hombre se entrega libre y gratuitamente a Dios y Dios se entrega gratuitamente al hombre, lo ama y le ayuda a alcanzar su felicidad. También están subrayados los temas del mal, el sufrimiento del justo, la paciencia. Se trata de un personaje probablemente legendario (jeque oriental no judío, modelo de virtudes) que da lugar a una novela didáctica incluida en la Biblia para resaltar el poder de Dios y las virtudes que a Él le son agradables.

Juicio: A los israelitas les gustaba ver la historia humana como un gran juicio: Dios es el justo Juez, que defiende al pobre y al oprimido y condena al impío, al opresor - persona o comunidad. El NT muestra que el juicio definitivo está íntimamente unido a la persona de Jesucristo: su VENIDA es ya un juicio del mundo; un día vendrá para consumar la historia en el gran juicio del DÍA DEL SEÑOR. Atención especial merece el Evangelio según San Juan, redactado todo en una línea de proceso: con testigos, acusaciones, debates y sentencias. El reo parece ser Jesús; en verdad, el mundo es el que está siendo juzgado.

Nuestros sistemas de justicia punitiva nos llevan a considerar el juicio de Dios como si de un proceso personal se tratase. Lo cierto es que cada uno de nosotros se juzga a sí mismo y se coloca en una u otra parte del “banquillo”. No es tanto Dios quien juzga, como nuestra propia ubicación con respecto a Él y a nuestros hermanos.

Kerigma:  Del griego, proclamación. "Kerigma" se refiere a la predicación y proclamación. Se diferencia de enseñar e instruir (didache). El Evangelio fue predicado antes de ser escrito (Rm 16,25). Pero mas tarde debía también ser enseñado (Mt. 28,19). El primer anuncio de Jesús, el Salvador, que se hace a los no creyentes. La sustancia de la buena nueva de la salvación (muerte y resurrección de Cristo), fundamento de la fe cristiana. El kerigma es un elemento dinámico de la acción misionera de la Iglesia. En un sentido amplio se puede entender como abarcador del ámbito pastoral de la palabra: "misión, evangelización, catequesis, catecumenado y compromiso". La Iglesia limita, sin embargo, el concepto a esta dimensión o momento de la acción misionera en el que se manifiesta el núcleo mismo del misterio cristiano: "LA PERSONA DE JESUCRISTO MUERTO Y RESUCITADO".

En el Nuevo Testamento encontramos que el kerigma es: "EL ACTO DE PROCLAMAR Y EL CONTENIDO MISMO DEL MENSAJE PROCLAMADO".

El sujeto de esta acción es:

Un mensajero cualificado.

Autorizado y elegido para este fin.

Por consiguiente, "NO TODAS LAS PERSONAS PUEDEN PROCLAMAR ESTE MENSAJE"

El objeto directo del verbo "proclamar" o el contendido del kerigma no es otro que:

Evangelio ( 1 Tes. 2,9; Gal. 2,2; Mc 1,14; Mt. 4,23).

Cristo Jesús ( 1 Cor. 1,23; 2 Cor.20,25).

Reino de Dios ( Lc. 8,1; Hech 20,25)

La vida, pasión - muerte y resurrección de Cristo ( Mt. 4,23; 9,35).

En estas cuatro expresiones encontramos un mismo contenido y una llamada que se dirige a todos los oyentes comprometiéndoles y urgiéndoles.

Lo decisivo del kerigma es la acción, la proclamación. Por la proclamación del hecho viene:

El Reino de Dios.

Se hace real el Evangelio.

Cristo se hace presente.

La Palabra de Dios se pronuncia y actúa.

El kerigma apostólico era algo más que el anuncio de un mensaje. Pablo fue a Corinto a llevar el mensaje y lo que distinguía a su mensaje de otros mensajes no era lo que había de "palabra" en el Kerigma, sino lo que había de pneuma (contenido espiritual). Lo que tiene de fuerza y poder del Espíritu es lo que distingue al kerigma de otros actos de "palabra" también presentes en la acción pastoral y evangelizadora.

Leví: Según la tradición hebrea, es el nombre de uno de los 12 hijos de Jacob (Israel), que da origen a la tribu de los "levitas". Esta tribu no recibió tierras en la Tierra Prometida, sino que fue la encargada, ya durante el Éxodo, del cuidado del Arca de la Alianza y de los aspectos cultuales. De esta práctica deriva el libro del "Levítico", que recoge el compendio de la Ley hebrea.

Según Marcos, 2, 14 (Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo, sentado en el despacho de impuestos, y le dice: "Sígueme." El se levantó y le siguió) es el nombre de uno de los apóstoles llamados directamente por Jesús.

Tradicionalmente, este publicano, en las listas de apóstoles, es identificado con Mateo (el evangelista), siendo éste un apodo o sobrenombre de Leví.

Sin embargo, no está nada claro, históricamente hablando, que este hecho se ajuste a la realidad, ya que el número de 12, en la elección de apóstoles, como grupo íntimo de Jesús, tiene unas connotaciones más simbólicas que reales.

Por lo tanto, no es descartable que el grupo de próximos a Jesús fuese mayor de 12 e, incluso, que este grupo fuese muy variable en número. Desde esta perspectiva, tampoco se puede desechar la posibilidad de que dentro de ese grupo hubise más de un "publicano" y que uno se llamase Leví y otro Mateo.

Ley: Para los contemporáneos de Jesús, y para Él mismo, como judío religioso observante de la ley, la Ley no suponía exclusivamente un códice escrito de cumplimiento obligatorio procedente de la autoridad política, sino la expresión cierta de la Palabra de Dios entregada a Moisés y transmitida por éste al pueblo judío siguiendo las instrucciones de Dios.

Como todas las leyes, éstas estaban sujetas a interpretaciones y, en función de las mismas, variaban notablemente las acciones permitidas o prohibidas.

Su composición básica era el Pentateuco (los 5 primeros libros de la Biblia: Génesis, Éxodo, Deuteronomio, Números y Levítico), pero las diversas ideologías de la época añadían, o rechazaban, otras disposiciones.

En tanto de los saduceos estimaban como de obligado y estricto cumplimiento los textos de estos libros, los fariseos, por ejemplo, consideraban integrantes de la ley las tradiciones cultuales de sus ancestros.

No hay que confundir estas leyes con las disposiciones emanadas del poder político que, como el propio poder, eran alterables en función de quienes lo obstentasen.

La Ley judía era inalterable por emanar directamente de Dios.

Los intérpretes de la Ley eran los escribas, mientras que los ejecutores eran los sacerdotes.

Jesús, como judío religioso, era un fiel observante de la Ley (volver Mt.5, 17-20: 17 No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. 18 Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido. 19 De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielos. 20 Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos), pero, sin embargo, radicalizó algunos de los aspectos éticos de la misma (especialmente contenidos en sus antítesis del Sermón de la Montaña: “oístes que fue dicho..., pero yo os digo...”), mientras que relativizó muchos de sus aspectos cultuales (observancia del sábado [Mc. 2, 27: También les dijo: El día de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo], limpieza externa, abluciones y alimentos [Mc. 7, 1-23], oración en el Templo [Jn4, 21-23: 21 Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. 22 Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. 23 Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren]

Es, posteriormente, la teología paulina, especialmente la contenida en la carta a los Romanos (Ro. 2, fundamentalmente), la que, sin derogar la Ley, siguiendo los principios jesuáticos, la relativiza totalmente, si bien, el sentido común histórico de los pueblos y culturas, ha hecho llegar hasta nuestros días algunos de los principios de la ley natural contenida en los principios legales judíos (p.e. el decálogo).

Logia o dichos: Dichos o enseñanzas y hechos de Jesús (griego,  lógion = dicho)

Manjares: Como hemos visto antes, con respecto al cerdo, existen determinados alimentos considerados impuros por la tradición cultural judía y que, por tanto, no podían ser ingeridos.  Cristo relativiza este tipo de preceptos cultuales en Mc. 7, 18-19 (18 El les dijo: ¿También vosotros estáis así sin entendimiento? ¿No entendéis que todo lo de fuera que entra en el hombre, no le puede contaminar, 19 porque no entra en su corazón, sino en el vientre, y sale a la letrina? Esto decía, haciendo limpios todos los alimentos.)

Mesías: La palabra original hebrea es MASHIAJ. En hebreo significa ungido; la palabra griega corresponde a CRISTOS. Los israelitas ungían a sus reyes y, más tarde, a sus sumos sacerdotes. Poco a poco pasaron a esperar a alguien, ungido de modo muy especial: al Mesías o Cristo. La comunidad cristiana ve en Jesús de Nazaret al Mesías esperado y, por eso, lo llama Cristo. En otras palabras, Ungido, Mesías, Cristo, pueden significar lo mismo. El simbolismo de la unción es muy bonito: así como el ÓLEO fortifica, sana, impermeabiliza, nada deberá enflaquecer o corromper a este ungido; su vida tiene que ser agradable al Señor, como el perfume del óleo

Milagro: La supuesta existencia de milagros constituye uno de los argumentos más frecuentes para probar la existencia del Dios cristiano.  En términos sencillos, el cristianismo define un milagro como un acto hecho intencional y directamente por Dios u otro ser sobrenatural1.  Pero para usar los milagros como prueba en favor de Dios se debe saber qué constituye un acto hecho directamente por Él.  Pues si algo no es un milagro o acto hecho por Dios, entonces no se puede usar como prueba en favor de la existencia divina.

Ministerio público: Es el período de tiempo que va desde el bautismo de Jesús hasta su arresto y ejecución. Si nos atenemos a los sinópticos, el plazo de tiempo estaría alrededor de año y medio, mientras que si nos ajustamos al texto de Juan (posiblemente más acertado en este aspecto), dicho plazo abarcaría algo más de 3 años.

Nazareno: Que proviene de Nazaret, en la Galilea.

Nazaret: Aldea situada en la Baja Galilea, en lo alto de una meseta a 343 m. Sobre el nivel del mar, cuyos habitantes vivían fundamentalmente de la agricultura. A una distancia relativamente escasa se encontraba la capital de Galilea, Sepphoris, que fue reconstruída por Herodes y en la que, muy probablemente, trabajaron Jesús y su padre José.

Nuevo Testamento (NT): Tradicionalmente, en el mundo cristiano, la Biblia está dividida en dos bloques de colecciones de libros: Antiguo y Nuevo Testamento. Si bien se trata de denominaciones fruto de errores de traducción, ya que lo correcto sería denominar "Antigua" y "Nueva Alianza" y que corresponde a la traducción de la palabra griega "diatheke" que significa contrato, alianza, que, a su vez, es la traducción de la palabra hebrea "berith".

El Nuevo Testamento recoge la vida y predicación de Jesús de Nazareth, como expresión de la "Nueva Alianza" de Dios con los hombres y, a su vez, se divide en cuatro colecciones de libros:

-         Los Evangelios (Mateo, Marcos, Lucas y Juan)

-         El Libro de los Hechos de los Apóstoles (Escrito por Lucas evangelista, como una segunda parte de su evangelio y que recoge los primeros tiempos de la Iglesia cristiana)

-         Las Epístolas (Que reúne las siguientes cartas: EPÍSTOLA A LOS ROMANOS, PRIM. EPÍSTOLA A LOS CORINTIOS, SEG.  EPÍSTOLA A LOS CORINTIOS, EPÍSTOLA A LOS GÁLATAS, EPÍSTOLA A LOS EFESIOS, EPÍSTOLA A LOS FILIPENSES, EPÍSTOLA A LOS COLOSENSES, 1ª EPÍST. A LOS TESALONICENSES, 2ª EPÍST. A LOS TESALONICENSES, PRIMERA EPÍSTOLA A TIMOTEO, SEGUNDA EPÍSTOLA A TIMOTEO, EPÍSTOLA A TITO, EPÍSTOLA A FILEMÓN, EPÍSTOLA A LOS HEBREOS, EPÍSTOLA DE SANTIAGO, 1ª EPÍSTOLA DE SAN PEDRO, 2ª EPÍSTOLA DE SAN PEDRO, PRIMERA EPÍSTOLA DE SAN JUAN, SEGUNDA EPÍSTOLA DE SAN JUAN, TERCERA EPÍSTOLA DE SAN JUAN y EPÍSTOLA DE SAN JUDAS. Las 13 primeras son atribuídas a Pablo, la Epístola a los Hebreos no tiene un autor claro, mientras que el resto son atribuidas, con reservas, al apóstol que figura en su título).

-         El Apocalipsis (Es el último libro del Nuevo Testamento, escrito por el evangelista Juan en época de persecución contra los cristianos, el libro desenmascara a los opresores y quiere dar valor y coraje a los oprimidos)

Pablo: Su verdadero nombre era Saulo. Nació entre el año 5  y el año 10  en Tarso, en la región de Cilicia , en la costa sur del Asia Menor . La ciudad de Tarso tenía concedida la ciudadanía romana.

Hijo de hebreos, descendiente del la tribu de Benjamín . En su adolescencia, es enviado a Jerusalén, donde estudia con el famoso rabino Gamaliel . Aquí se une al grupo de los fariseos .

Tras la muerte de Jesús, hacia el año 30 , comienzan a formarse grupos de seguidores de Jesús. Pablo de Tarso fue un activo perseguidor de estas comunidades. En el año 36  se convirtió al cristianismo.

Hacia el año 39 , comenzó su actividad de evangelización cristiana en Damasco  y Arabia.

Es perseguido por los judíos, y huye a Jerusalén, donde se reúne con Pedro el Apóstol, en el año 40 . Conoce entonces a Bernabé .

Huye de Jerusalén, escapando de los judíos helenistas. Se refugia en Tarso.

Bernabé acude a Tarso y se lleva a Pablo a Antioquía, donde pasaron un año evangelizando. Antioquía se convierte en el centro de los cristianos convertidos desde el paganismo. Aquí surge por primera vez la denominación de cristianos para los discípulos de Jesús.

A partir del año 46  comienzan los tres grandes viajes misioneros de Pablo

En el primer viaje misionero, junto con Bernabé y su primo Juan Marcos, parte de Seleucia, puerto de Antioquía hacia la isla de Chipre. En Pafos, se convierte al cristianismo el procónsul romano Sergio Pablo. Es aquí donde Saulo comienza a ser llamado Pablo. Navegan hacia Perge, en la región de Panfilia. Juan Marcos regresa a Jerusalén. Pablo y Bernabé continúan por el sur de Galacia. Encuentran mala acogida por parte de los judíos, y deciden dirigirse a los paganos. Crean varias comunidades cristianas. Los cristianos procedentes del judaísmo plantean la idea de que estos nuevos cristianos deberían aceptar también las leyes judías, como la circuncisión. Pablo decide plantear la cuestión en Jerusalén a su regreso en el año 49 , ante los Apóstoles. Esto dio lugar al primer concilio ecuménico, el [Concilio de Jerusalén] , del año 50 . Triunfó la postura de Pablo, sobre la justificación por la Fe, y la caducidad de la Ley. 

En el segundo viaje misionero, Pablo se hace acompañar por Silas. Parten de Antioquia, por tierra, hacia Siria y Cilicia, llegando al sur de Galacia. En Listra, se les une Timoteo. Atraviesan las regiones de Frigia y Misia. Al parecer, se les une Lucas el Evangelista en Tróade. Decide ir a Europa, y en Macedonia funda la primera comunidad cristiana europea: la comunidad de Filipos. También en Tesalónica, Berea, Atenas y Corinto. Se queda durante año y medio en Corinto, acogido por Aquila y Priscila, matrimonio judeo-cristiano que había sido expulsado de Roma debido al edicto del emperador Claudio. En invierno del año 51  escribe la primera carta a los tesalonicenses, el documento más antiguo del Nuevo Testamento. Al año siguiente vuelve a Antioquía.

En primavera del año 54  inicia su tercer viaje misionero, estableciendo su centro de operaciones en Éfeso, capital de Asia Menor. Permanece allí unos tres años. Le llegan noticias de los conflictos surgidos en la comunidad de Corinto. Escribe la primera carta a los corintios en el año 54 y la segunda carta a los corintios a finales del 57 . Atendiendo a los conflictos con los judeo-cristianos, escribe las cartas a los filipenses (año 57 ) y a los gálatas. Va a Corinto a finales del 57 , donde pasa el invierno. Escribe la carta a los romanos, en la primavera del 58 . Vuelve entonces a Jerusalén para entregar la colecta de las comunidades cristianas procedentes del paganismo, destinada a los pobres de las comunidades de Jerusalén.

Judíos procedentes de Antioquia le acusan de violar la Ley e intentan matarle en una reyerta. El tribuno romano impide que le maten y lo encarcela. Es enviado a la provincia de Judea, donde el procurador Antonino Felix le retiene durante dos años (del 58  al 60 ) a la espera de conseguir un dinero por su libertad. Porcio Festo sucede a Antonino Felix como procurador de Judea. Pablo apela a su derecho, como ciudadano romano, a ser juzgado en Roma. Tras un accidentado viaje, llega a Roma en primavera del año 61 . Es liberado en el 63 . La carta a Filemón, se supone escrita en este periodo de cautividad, entre el 58  y el 63 .

Había expresado su deseo de llegar hasta España, lo cual posiblemente se cumplió en el año 63 . Al parecer, después visitó las comunidades de Oriente. Volvió a ser apresado en Roma, donde murió durante las persecuciones de Nerón hacia el año 67 . Fue enterrado en la via Ostiense de Roma.

Es Pablo de Tarso, quien reconoce que Jesús es Dios. Este asunto es muy importante, pues la mayoría de los apóstoles, definían a Cristo como el Mesías, el hijo de Dios. Pero con una acepción alejada de la de una Divinidad propia. ( Tema de un ensayo adicional. )

Es Pablo, quien le da el carácter Divino a Jesús (kirios), tal y como mas adelante se llamará a una de las personas de la trinidad. ( KIRIOS IHSOTS KRISTOS ), Filipenses 2,9

Recoge Pablo, una corriente de evangelización, que podría llamarse Cristianismo Apostólico. Pero de ninguna manera era Universal, ni Romano.

Es el impulso de Pablo, el que da la Catolicidad y Romancidad al movimiento.

Al hacerla religión de los gentiles, le abre la puerta a la capital del Imperio. Y al separarla del judaísmo, obtiene esta nueva religión, un vigor  extraordinario.

 

Palestina: Los hebreos, pueblo de nómadas semitas, aparecieron en el Asia Menor alrededor del siglo XIII a.C. Estos se asentaron en la zona de Palestina, al sur de Fenicia. Esta zona esta delimitada al oeste, por el mar Mediterraneo; al este, por el río Jordan y el Mar Muerto; al norte, por las montañas del Líbano y al sur, por la península del Sinaí. Es un territorio menos fértil que Egipto y Mesopotamia, pero presenta llanuras aptas para el pastoreo y el cultivo, por lo que será codiciado por los vecinos del desierto. Esta región se llamó primitivamente el país de Canaán debido a que sus primitivos pobladores fueron los cananeos. Cerca del 1500 a.C. llegaron tribus de origen ario, los filisteos, y denominaron a la zona Philistina , nombre del cual deriva la palabra Palestina

Región histórica de Oriente medio, en la costa oriental mediterránea y limitada al norte por el Líbano, al oeste por el valle del Jordán, el mar Muerto y la depresión de el-Ghur, y al sur por el istmo del Sinaí.

En la antigüedad, el país comprendía Galilea, Judea, Samaria y los países de Moab y Ammón, estos dos últimos al este del Jordán.

El nombre de Palestina, que deriva del de los filisteos, se utilizó en la literatura cristiana entre los siglos VI-XIX.

Poblada desde muy antiguo, fue uno de los primeros centros neolíticos.

Controlada desde el siglo XV a.C. por los egipcios, en el siglo XIII a.C. fue ocupada por los filisteos y los hebreos, con cuya historia se confunde la de Palestina hasta la revuelta de 132-135 d.C.

A partir de entonces perteneció al imperio romano, al bizantino y al califato árabe, hasta la creación del reino latino de Jerusalén por la primera cruzada.

Una vez desaparecido éste, perteneció a los ayubíes, a los mamelucos de Egipto y, a partir de 1516, al imperio otomano.

En los albores del período histórico, los cananeos estaban establecidos en una franja situada al sur de Siria y atravesada por el valle del Jordán.

Allí se hallaba uno de los más antiguos focos de civilización conocidos: Jericó, cuyos habitantes venían desempeñando el papel de intermediarios en las relaciones comerciales entre el mundo mesopotámico y el valle del Nilo.

Pero el verdadero protagonista de la historia palestina es el pueblo hebreo, semita, cuyas creencias, recogidas en la Biblia, se cuentan entre las doctrinas religiosas y morales que mayor influencia han ejercido a lo largo de la historia.

Al parecer, en torno a 1200 a.C. los israelitas, en unión de diversas tribus, irrumpieron en el país de los cananeos aprovechando la debilidad de Egipto, que se iba replegando progresivamente de Asia.

Pero apenas establecidos, el reflujo de los llamados pueblos del mar alcanzó a Palestina.

Fue una época de disturbios y de guerras internas con medianitas, moabitas, arameos y filisteos.

Estos últimos, de cuyo nombre deriva el de Palestina, acabaron por someter toda la región, subyugando a cananeos e israelitas.

Hacia el año 1008 a.C., con el rey David, los israelitas modificaron a su favor la situación, y los filisteos desaparecieron de la historia.

El reinado de David supuso una consolidación del reino unificado.

Hacia el octavo año de su reinado se apoderó de la ciudad de Jerusalén, situada en la frontera entre Israel y Judá, y en ella fijó la capital. Israel entró entonces en una fase imperialista, facilitada por el debilitamiento temporal de Egipto y Mesopotamia, que le llevó a dominar una amplia región entre el Mediterráneo y el alto Éufrates.

Pero los pueblos conquistados (moabitas, edomitas, ammonitas) no tardaron en sublevarse, y el reino de Israel, tras la muerte de Salomón (922 a.C.), hijo y sucesor de David, se escindió en dos estados: Israel, al norte, centrado en la región de Samaria, y Judá, al sur, con capital en Jerusalén.

La presencia del poderío asirio en el escenario palestino en el siglo IX a.J.C., obligó a Israel a aliarse con Judá y con los estados sirios.

Tras la derrota de Asiria, reinando Ajab en Jerusalén, y en tanto este imperio recobraba fuerzas, Israel hubo de enfrentarse con sus anteriores aliados sirios antes de lanzarse a la recuperación del perdido esplendor de los tiempos de David.

A ello contribuyó la reafirmación de la identidad religiosa, subrayando el aspecto más original de sus doctrinas: el monoteísmo.

El resurgir asirio bajo Sargón II (siglo VIII a.C.) se tradujo en la destrucción de Israel.

Los asirios habían adoptado la costumbre de deportar las oligarquías de los pueblos conquistados, a fin de que éstos, privados de jefes, fuesen fácilmente sometidos. La clase dirigente de Israel sufrió esta suerte.

En cuanto a Judá, Senaquerib, sucesor de Sargón, sitió Jerusalén (701 a.C.), pero no consiguió expugnarla, pues la amenaza egipcia y los desórdenes internos le aconsejaron levantar el asedio.

Judá reconoció un vasallaje formal respecto de Asiria, y ello le permitió conservar su identidad, pero en cuanto esa potencia empezó su declive, los judíos reafirmaron su independencia (en tiempo del rey Josías, 640-609 a.C.).

Incluso se lanzaron a una política expansiva ampliando la frontera con una parte considerable del antiguo reino de Israel y de la costa filistea, hecho que fue posible por el vacío que había dejado en la región la decadencia de Asiria.

Sin embargo, cuando emergió el imperio neobabilónico, hacia 600 a.C., Judá volvió a entrar en la esfera de influencia de un poder extranjero.

 Nabucodonosor II conquistó Jerusalén en el año 586 a.C., destruyó el templo y el palacio y deportó a la aristocracia judía a Babilonia, lo que significó el fin del reino de Judá.

Este período, conocido como de «cautividad», inició el fenómeno de la diáspora y representó, paradójicamente, un momento de auge de la cultura hebrea, con la compilación de la Biblia y la sistematización de otras doctrinas tradicionales.

Cuando el imperio neobabilónico fue destruido por los persas, éstos permitieron a los judíos deportados regresar a la patria a condición de reconocer su vasallaje.

No todos retornaron, pero los que lo hicieron constituyeron un foco cultural y religioso cuya máxima expresión fue la reconstrucción del templo de Salomón (completada hacia 515 a.J.C.).

La dominación persa significó para Palestina un período de paz, prosperidad económica e incremento demográfico, en cuyo transcurso el arameo, que era la lengua oficial de la administración persa en todas las provincias occidentales del imperio, desplazó al hebreo como lengua de uso.

Posteriormente, ya en el siglo III a.J.C., este período dio paso, sin sobresalto alguno, a la incorporación de Judea al imperio de los sucesores de Alejandro Magno (Tolomeos de Egipto primero, Seléucidas de Siria después).

El nuevo ámbito político facilitó aún más la diáspora judía, y se inició un provechoso contacto con el mundo cultural helenístico.

Se fundaron varias ciudades siguiendo este modelo, y el griego reemplazó al arameo como lengua oficial.

La traducción de la Biblia al griego en Alejandría (versión de los Setenta) significó un paso decisivo en la difusión universal de las doctrinas hebreas.

Los Seléucidas, sin embargo, rompieron la tradición de tolerancia de la que se habían beneficiado los judíos hasta el momento, y trataron de imponer una helenización forzosa en la cultura y la religión.

Las costumbres judías quedaron prohibidas bajo pena de muerte, la ciudad de Jerusalén fue saqueada y el templo fue dedicado a Zeus olímpico.

La resistencia a esta helenización quedó plasmada en los libros bíblicos de Daniel y Ester y en la rebelión capitaneada por los hermanos Macabeos (160 a.J.C.), iniciada por Matatías Asmoneo.

El debilitamiento del imperio seléucida, carcomido por las luchas internas, devolvió a los judíos cierta tranquilidad e incluso la independencia durante un siglo, en el que fueron gobernados por unos sacerdotes-reyes descendientes de los Macabeos, hasta la anexión por Roma a mediados del siglo I a.J.C.

Roma ya había conquistado Siria y aprovechó las luchas dinásticas que sacudían Jerusalén. Los romanos reconocieron como rey a Herodes (73-4 a.C.), hijo de Antípatro, un alto dignatario judío favorable a Roma.

Herodes, muy helenizado aunque cumplidor de la ley mosaica, llevó el orden y una relativa prosperidad a su pueblo, pero se ganó la enemistad de los celosos de la ortodoxia.

Éstos alimentaron un clima apocalíptico y de expectativas mesiánicas que convirtieron Palestina en un hervidero de rebeliones que los reyes, siempre sostenidos por Roma, no consiguieron superar, arrostrando ellos mismos una gran impopularidad con independencia de lo acertado de su gestión.

Esta atmósfera de deterioro estalló en el 66 d.C. en una rebelión que culminó en el año 70, siendo Tito Flavio emperador de Roma, con la toma de Jerusalén, la destrucción definitiva del templo y la anexión de Judea al imperio romano.

La dinastía asmonea aún subsistió un cuarto de siglo, pero sus representantes no volvieron a ostentar el título de rey y actuaron siempre bajo el control de los gobernadores romanos de Siria.

Tras este episodio, puede darse por concluida hasta nuestros días la historia de una Palestina judía.

Parábola: En hebreo MASHAL.  Es una comparación en forma de historia. Muchas veces, en la parábola las cosas suceden precisamente lo contrario de lo que la gente esperaba; y es que no siempre vemos las cosas como Dios las ve. La parábola hace pensar, balancea ciertas convicciones que no vienen de Dios; lleva a encarar la vida desde un punto de vista NUEVO. Por eso, sólo entiende la parábola quien se abre a Dios, quien tiene fe. Cristo utilizó abundantemente este estilo oratorio por su gran contenido didáctico y docente, así como por su facilidad de asimilación para mentes encorsetadas por la Ley mosaica.

Las parábolas de Jesús pertenecen a un tipo especial de relato judío. Las parábolas no figuran ni en la Biblia hebrea ni en la literatura griega, pero son abundantes en la literatura rabínica. Hay dos definiciones clásicas de parábola, una tiene su origen en los tiempos antiguos, la otra, es de un erudito moderno, C.H. Dodd.

Los rabinos creían que las parábolas proporcionaban asas para un misterio, para algo difícil de entender. Creían que estos relatos simples ayudaban a comprender el verdadero significado de la Tora. En años más recientes, el erudito inglés C.H. Dodd en su libro The Parables of the Kingdom (1935) proporciona una definición útil. Es una metáfora sacada de la naturaleza o de la vida común. Debido a su "extrañeza", se "lleva" al oyente al pensamiento activo sobre su significado. La parábola no es la interpretación, pero provoca la interpretación.

Los evangelios sinópticos recogen entre 43 y 47 parábolas (la variación depende de lo que cada uno considere como parábola).

Pascua: Inicialmente era una celebración característica de pastores; después pasó a ser una gran fiesta de liberación de los HEBREOS, de su salida de Egipto. Más tarde se le incorporó una antigua fiesta agrícola de los panes sin FERMENTO (ázimos). También se daba el nombre de pascua al CORDERO que, en esa ocasión, se sacrificaba y se comía. A partir de la resurrección de Cristo, la Pascua es MEMORIAL de salvación de los hombres realizado por Jesús con su vida, muerte y resurrección. Es la celebración del nuevo ÉXODO - la salida hacia una vida NUEVA y de camino hacia el Padre.

Patriarca: Jefe de familia grande, clan o tribu. Es el nombre que se les da a los antepasados israelitas, principalmente Abraham, Isaac y Jacob.

Pecado: Es la acción mala del hombre rebelde, débil y desequilibrado. El AT tiene varias palabras para expresar esta realidad (Dt 19, 15; 2 R 18, 14; 1 R 12, 19): crimen, extravío, impiedad, injusticia, etc. Pecado es, pues, todo lo que está fuera de lo normal, de lo divino, de la vida y exige un castigo, puesto que los valores de la vida deben ser mantenidos (Sal 3; 5; 6; 7; 13; 17, 22, etc.; Sal 19, 13; Lev 4). El AT afirma su realidad pero desconoce su origen. El NT conoce la realidad del pecado que tiene muchas manifestaciones según los vicios a que están sujetos los hombres. La ausencia de pecado en el hombre se da en la medida del cumplimiento de los mandamientos, todos subordinados finalmente al mandamiento nuevo de Jesús (Jn 15, 12; 1 Jn 3, 18ss; 4, 7ss; 5, 1ss). La enseñanza paulina es abundante sobre todo en lo referente al origen del pecado (Rom Cap. 5). El pecado, en su vertiente moral,  es, fundamentalmente, el alejamiento del alma de su Creador. Es la soledad espiritual y la muerte para la vida eterna. Es, además, una acción unipersonal, íntima y ligada a la libertad individual de cada persona. Nada ni nadie puede obligar a pecar, es tu propia voluntad la que te inclina, o no, libremente hacia la "puerta ancha". Podemos distinguir tres clases de pecado:

* Pecado estructural: fruto de la acción social en la que nos encontramos inmersos y a la que no nos podemos sustraer. De alguna forma es la reminiscencia del pecado original.

* Pecado existencial: consecuencia de nuestras reacciones ante la cotidianidad, las frustraciones y las provocaciones.

* Pecado moral: exclusivamente unipersonal y voluntario, consecuencia de una acción premeditada y consciente de transgresión y alejamiento de Dios.

Pentateuco: Palabra griega que significa "cinco libros". Son los cinco primeros libros de la Biblia: GÉNESIS, ÉXODO, LEVÍTICO, NÚMEROS Y DEUTERONOMIO. Los judíos llaman Torá o Ley a esta parte de la Biblia. Sus contenidos fueron redactados durante cinco siglos, a partir de los tiempos de Moisés.

Pentecostés: En el AT es la fiesta de acción de gracias a Dios por las cosechas. Más concretamente era la fiesta agrícola relacionada con las ofrendas de los nuevos panes que señalaba el fin de la siega. Se celebraba el 50º día después de la Pascua. De ahí su nombre, que quiere decir 50º, en griego. Más tarde, Pentecostés pasó a ser también FIESTA de la ALIANZA. En el NT es la celebración de la primera gran COSECHA de convertidos y de la venida del ESPÍRITU SANTO a la comunidad de la nueva ALIANZA.

Perícopa: Los textos del Evangelio, en sus diversas redacciones, si bien están conformados como narraciones con sustratos históricos, parten de tradiciones orales que llegan a los redactores evangélicos en colecciones de dichos o relatos. A estos relatos originales, completos en sí mismos e independientes uno de otro, es a lo que se denomina perícopa. Perícopa es, por tanto, relatos de hechos concretos, más o menos breves, con su propia construcción y completos, tanto en planteamiento, como en contenido y estructura y que es utilizado por el redactor evangelista como bloque unitario e insertado en su redacción, bien tal cual lo recibe, o con modificaciones redaccionales.

Profeta: Del griego PROFHTHS. Hebreo NABI. Portavoz divino, no meramente pronosticador. Para muchos es una persona que predice el futuro. Pero no es así como lo entiende la Biblia. El término tomó sentidos diversos a lo largo de los siglos; y hay diversas palabras hebreas para designar al profeta. Poco a poco prevaleció la imagen del profeta como hombre lleno del Espíritu de Dios, que a la luz de la fe ve la situación en que vive, anuncia la palabra de Dios y denuncia el pecado. En esta línea, ser profeta no es profesión ni cargo oficial: es una vocación, muchas veces en conflicto con instituciones y autoridades.

En los tiempos bíblicos, el profeta viene a ser  la "conciencia" del pueblo, el contrapunto o contrapeso de la institucionalización del carisma, imprescindible para evitar su anquilosamiento y  promover y cuidar su progreso.

Publicanos: Los publicanos eran una institución de origen helenístico que tenían arrendado un servicio comunitario (publicum) que podía tratarse desde la adjudicación de contratas de obras públicas al cobro de algún impuesto. En unos momentos de expansión como vive Roma durante los siglos III y II a.C. las regiones y provincias que eran conquistadas debían pagar un impuesto que una vez delimitada su cuantía, se sacaba a pública subasta. El Estado cobraba de manera anticipada la cantidad estipulada y los adjudicatarios tenían que recaudar directamente los tributos. En numerosas ocasiones existían asociaciones de publicanos para pujar por el arrendamiento fiscal de un lugar determinado. Esas sociedades tenían sus estatutos y estaban dirigidas por un magister que tenía su residencia en Roma, donde trataba directamente con los funcionarios públicos. De esta manera el Estado contaba por adelantado con el dinero durante un período de cinco años y se ahorraba un buen pellizco en sueldos. El riesgo que corrían los publicanos era muy alto por lo que el Estado protegía con mimo a estos suministradores de dinero. Sin embargo, cuando el negocio resultaba fructífero, los beneficios eran tremendamente elevados. Este sistema de recaudación fiscal plantea numerosos defectos siendo las corrupción el más corriente. No olvidemos que los publicanos tenían la protección de los magistrados, quienes debían proteger incluso militarmente a los recaudadores si fuera necesario.

Reavivación: Distinguimos entre “reavivación” y “resurrección, en el sentido de que la única “resurrección” para nosotros es la del propio Jesucristo, entendiendo por “resurrección” el “nacimiento” a una nueva vida de gloria.

El fenómeno descrito por Juan respecto de Lázaro (el amigo de Jesús), por Lucas, respecto del hijo de una viuda y por Marcos respecto de la hija de Jairo, no deben ser considerados “resurrección”, sino “reavivación”, porque los beneficiarios del milagro “continúan” la misma vida que tenían antes y, posteriormente, mueren definitivamente.

El concepto de “resurrección” abarca algo mucho más amplio, que nos viene a ser explicado por Pablo en Corintios 15.

Reino de Dios (de los cielos): Situación universal que se explicitará plenamente tras la parusía, o segunda venida de Cristo. Tras la primera venida del Mesías, Él nos acercó la posibilidad del Reino de Dios. El Evangelio, la buena nueva que conlleva, su mensaje último y fundamental es que el Reino de Dios está entre nosotros, que nuestra misión, como creyentes, es la de ayudar a su construcción y propiciar el acercamiento de la realidad humana al ideal que representa dicho Reino. La ley fundamental de este reino es la caridad con Dios y con el prójimo. Su práxis es el amor fraternal y su base la justicia verdadera e integral. La expresión "Reino de los cielos" es propia de Mateo y su evangelio. Ambas son equiparables al de "señorío". El lugar donde Dios está por encima de todas las cosas y criaturas y gobierna la justicia, la paz y el amor. Desde la perspectiva de Jesús de Nazareth, el Reino de Dios, tal como se recoge a lo largo de toda su predicación y, especialmente en el Padrenuestro, se conforma como el "Gobierno" de Dios justo y perfecto, como superación de los gobiernos terrenales políticos y mediatizados por los intereses sociales,  de grupo o étnicos.

Revelación: Es el descubrimiento del misterio de Dios. El se revela a los hombres en la historia de la salvación en muchas maneras. En los últimos tiempos se reveló en su Hijo (Heb 1, 1-2). Esta revelación en el AT nunca está ligada en forma exclusiva a la Palabra escrita, aunque sea un modo privilegiado de la misma. Procede de Dios en todas sus formas. A Él le queda la revelación última (Mc 13, 32). Es Dios quien se revela a sí mismo. Al fin habrá la revelación final cuando Dios será todo en todos (1 Cor 15, 28). La revelación es para todos los hombres (Lc 2, 31; 3, 6; 1 Tm 2, 4) aunque se dirija en primer término a los herederos de la PROMESA, a los hijos de ISRAEL. Los escritos de NT no son revelación sino testimonios, narración y promulgación a la vez de la revelación de Dios en Jesucristo.

Sabát: Es el día sagrado para los judíos. Su origen como festivo proviene de Ex. 20, 8-11 (8 Recuerda el día del sábado para santificarlo. 9 Seis días trabajarás y harás todos tus trabajos, 10 pero el día séptimo es día de descanso para Yahveh, tu Dios. No harás ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu ganado, ni el forastero que habita en tu ciudad. 11 Pues en seis días hizo Yahveh el cielo y la tierra, el mar y todo cuanto contienen, y el séptimo descansó; por eso bendijo Yahveh el día del sábado y lo hizo sagrado).

Este precepto, contenido en el Decálogo, sin embargo, llegó a tales extremos de abuso u subversión legalista, que Cristo acomete contra él. Pero no sobre la observancia genérica del sábado, puesto que Él también lo observaba, sino contra la extrema amplificación que las tradiciones y determinados partidos habían dotado a la festividad. Así le vemos en Mc. 2, 27-28 (27 Y les dijo: "El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado. 28 De suerte que el Hijo del hombre también es señor del sábado") relativizando la observancia, en aras del bien común.

Saddai: Saddai significa "poderosos," y es derivada del verbo saddad que significa ser fuerte o poderoso. Por lo tanto estamos ante un plural que nos engarza con la primitiva tradición politeísta de los pueblos semitas de Palestina. El nombre era especialmente conocido por los Patriarcas con un especial significado para ellos, pues creían que “todo lo bueno y perfecto desciende de Dios” “Por el Dios –EL- de tu padre, el cual te ayudará. Por el Dios Omnipotente –SADDAI- el cual te bendecirá” (Génesis 49.25).

Salvación: Se refiere a la vida concreta del hombre y es liberación material en el AT. Frecuentemente se ve como algo colectivo y es obra de Dios. En el sentido de liberación del pecado es propia del NT donde tiene el sentido de REDENCIÓN. El hombre es salvado por Jesucristo del pecado y de la muerte.

Satán: La palabra hebrea Satán significa “el que acusa” o bien “el que se opone a”. De acuerdo con los teóricos del satanismo y la demología, es Luzbel o Lucifer (cuya etimología es Luz Bella) quien reina en este planeta, aunque nunca lo ha visitado; y Satán no es más un lugarteniente del primero, así como Belcebú. La primera vez que aparece el nombre en La Biblia es en 1 Crónicas 21, 1 “Alzóse Satán contra Israel, e incitó a David a hacer el censo del pueblo”, pero es en el libro de Job donde adquiere relevancia, como agente del mal y es el portador de las tentaciones de Jesús en el desierto.

Sinóptico: El significado del concepto, según el diccionario es: Que a primera vista presenta con claridad las partes principales de un todo. Se aplica a los evangelios según San Marcos, Mateo y Lucas, porque si pusiéramos en un cuadro los tres textos, veríamos que muchas de sus perícopas y narraciones coinciden, incluso en el orden y palabras textuales.

Taumaturgia: Facultad de realizar milagros o hechos extraordinarios y prodigiosos. A Jesús de Nazaret se le considera como un taumaturgo por los historiadores, ya que sus milagros, signos de la presencia parcial del Reino, son considerados como “hechos extraordinarios”.

Teología: El término de teología es de origen griego, y etimológicamente significa: tratado, ciencia de Dios. El término comienza a utilizarse por los cristianos a partir de Eusebio de Cesarea. A partir de entonces será entendido como la exposición metódica y estructurada de la Revelación aceptada por la fe.

Sería comprender y ahondar en las verdades reveladas a la luz de la razón iluminada por la fe. O mejor, la podríamos definir como: la ciencia en la que la razón del creyente, guiada por la fe teologal, se esfuerza en comprender mejor los misterios revelados en sí mismos y en sus consecuencias.

B. EL OBJETO DE LA TEOLOGIA

Distinguimos:

1) Objeto material - Es la realidad de la que propiamente se ocupa la Teología. El objeto es Dios y todas las realidades por El creadas y gobernadas por su designio salvador. El objeto material primario o principal es Dios y el objeto secundario es todas las cosas creadas en cuanto ordenadas a Dios.

2) Objeto formal - Uno es el objeto formal "quod": lo que es propio de Dios. "Deus sub ratione Deitatis" y el otro es el objeto formal "quo": luz intelectual bajo la que el objeto es considerado. En este caso, la razón iluminada o guiada por la fe.

Tiro y Sidón: Las cinco ciudades más importantes de la Fenicia Oriental eran: Arados, Biblos, Birutos (Beirut), Tiro y Sidón. Todas siguen habitadas hoy día y entre los cascotes enterrados en torno a los bordes de las ciudades modernas, los arqueólogos hace poco más de cien años, empezaron el lento redescubrimiento del pasado fenicio.

Hegemonía de Sidón

Su hegemonía duró cinco siglos, del XVIII al XIII antes de Cristo. Sidón (la Pesquería), estaba situada en la pendiente de un promontorio cerca de una llanura bien regada y cubierta. Poseía una flota numerosa con la que desarrolló un intenso comercio en la época en que los ejipcios dominaban el Asia Anterior. De esta forma, los feinicios bajo la protección de los Faraones egipcios, intencificaron su comercio con los pueblos ribereños del Mediterráneo y principalmente con el valle del Nilo.

Durante la egemonía de Sidón, los fenicios empezaron la colonización del Mediterráneo oriental y fundaron factorías en Chipre, Creta y Rodas. Al igual que explotaron el oro de las minas de Tasos, de la Colquida, etc. Finalmente, Sidón fue saqueada y destruida primero por los Filisteos en 1209 y, depués por los asirios. Ocasionando que a partir de ese momento, viviera bajo el yugo de los extranjeros.

Hegemonía de Tiro

Después de Sidón, la hegemonía paso a Tiro, ejerciendola también durante cinco siglos, del XIII al VIII antes de Cristo. Tiro estaba situada al sur de Sidón y costaba de dos ciudades: una en el continente y la otra en un islote rocoso, separada de tierra firme por un brazo de mar de un kilómetro de anchura. Y su puerto estaba situado entre ambas ciudades.

Al caer Sidón bajo los Filisteos (1209), muchos nobles de ésta ciudad se refugiaron en Tiro. De esta forma, las ciudades fenicias formaron una confederación y aceptaron la soberan+ia de Tiro, dando inicio, a lo quese llamó la fundación de una nación fenicia, bajo un régimen monárquico.

Durante este periodo, los fenicios ubicaron por todo el Mediterráneo occidental, establecimientos de varias clases, tales como las factorías, o casa de comercio, a las que los abitantes del país acudían a cambiar los prodicutos de su región por los objetos fabricados que les llebaban los fenicios. De igual manera, establecieron verdaderas colonias, en islas como Chipre, Creta, Cartago, etc. Pero sin duda alguna, la península ibérica, fue su mayor centro de colonización en el mediterráneo occidental, ya que fundaron Málaca (Málaga), Abdera (Adra), Ebussus (Ibiza) y muchas otras ciudades que perduran hoy en día, anque no tenga mucha importancia. Cadir (Cádiz), fue centro de las colonias fenicias en España. En sus viajes marítimos, llegaron por el norte hasta las islas Casitérides o islas de estaño (hoy Seilly o Sorlingas). Y por el sur hasta Cabo Verde, en Africa.

Tradiciones: Es la forma en que los hebreos transmitían de padres a hijos su historia y costumbres. Es la forma en que fueron conservadas las historias que dieron lugar al Antiguo Testamento. Existen cuatro clases de tradiciones para estos textos (por orden cronológico = de inclusión en la Biblia):

(J) Yavista: Utiliza el nombre de Yahweh para nombrar a Dios. Estilo narrativo. Dios es un ser cercano al hombre.

(E) Elohista: Usa para Dios el nombre de ELOHIM. Estilo narrativo. Acentúa la trascendencia divina.

(D) Deuteronómica: Forma el libro del Deuteronomio. Estilo oratorio.

(P) Sacerdotal: Estilo legislativo. Se centra en el culto, fiestas y leyes que rigen al pueblo.

En el Nuevo Testamento, este concepto tiene un sentido parecido, aunque con diferencias importantes, ya que, las tradiciones que realizan la transmisión de los recuerdos sobre la vida y predicación de Jesús se constituyen como las fuentes que dan lugar a los textos evangélicos. No existe una constancia histórica cierta, pero sí la sospecha de que estas tradiciones orales, sobre la vida y predicación de Jesús, para ser conservadas lo más fielmente posible y que nada se perdiera, fueron, progresivamente puestas por escrito en documentos, que se constituirían como los predecesores de nuestros actuales evangelios. Por lo tanto, en lo que se refiere a los textos canónicos, los conceptos de "tradición" y "fuente"

Trinidad: Forma parte de lo que conocemos como Teología Dogmática. La Iglesia Católica entiende el misterio de la Trinidad como un dogma de fe (que ha de ser aceptado “per se”, aunque resulte difícil de asumir desde la racionalidad).

La enunciación sucinta, nos llevaría a definir este misterio como UN SOLO DIOS y TRES PERSONAS.

El misterio de la Santísima Trinidad nos enseña que en Dios hay Tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo; pero que las tres tienen una misma Naturaleza divina, y en consecuencia son un solo Dios. Este misterio es un dogma de fe definido: cfr. Dz. 39, 54, 86, 703, etc.

Las palabras "naturaleza" y "persona", no se toman aquí en el sentido corriente de los términos, sino de acuerdo con el lenguaje filosófico, que es más preciso. La naturaleza o esencia de los seres es aquello que hace que las cosas sean lo que son; el principio que las capacita para actuar como tal (por ejemplo, la naturaleza del hombre es ser animal racional compuesto de alma y cuerpo), La persona, en cambio, es el sujeto que actúa. Así es claro que en cada hombre hay una sola naturaleza y una sola persona. En Dios, en cambio, no ocurre así: una sola Naturaleza sustenta a una Trinidad de Personas.

En el Antiguo Testamento hay varias alusiones a este misterio; pero Dios no quiso enseñarlo de modo claro, quizá porque los judíos, propensos a la idolatría hubieran tomado por tres dioses a las tres Personas divinas.

En el Nuevo Testamento se nos enseña de manera precisa. Veamos dos textos en que se nombran las tres divinas personas:

El primero relata el bautismo de Cristo. El Padre dejó oír su voz desde el cielo: "Este es mi Hijo muy amado; escuchadle-. El Hijo era bautizado por San Juan. Y el Espíritu Santo descendió en forma de paloma (cfr. Mt. 3, 17).

El segundo nos muestra a Cristo cuando mandó a los Apóstoles a la conversión del mundo. "Id, les dijo, y enseñad a toda la gente, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt. 28, 19).

La fe católica es que veneremos a un solo Dios en la Trinidad y a la Trinidad en la unidad; sin confundir las personas ni separar la sustancia. Porque una es la persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo; pero el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo son una sola divinidad, les corresponde gloria igual y contorno majestad (Símbolo de S. Atanasio o Quicumque).

A ninguna inteligencia creada o creable le es posible comprender el misterio de la Santísima Trinidad. El esfuerzo racional de los teólogos -y principalmente de S. Tomás de Aquino- ha tratado de ilustrarlo a partir de los datos revelados.

Las tres divinas personas no se distinguen ni por su Naturaleza, ni por sus perfecciones, ni por sus obras exteriores. Se distinguen únicamente por su origen.

1º. No se distinguen:

a) Por su Naturaleza, porque tienen una Naturaleza común, la Naturaleza divina. Así no son tres dioses, sino un solo Dios.

b) Ni por sus perfecciones, porque éstas se identifican con la Naturaleza divina. Así ninguna de las tres Personas es más sabia o poderosa, sino que todas tienen infinita sabiduría y poder; ni la una es anterior a las otras, sino que todas son igualmente eternas.

c) Ni por sus obras exteriores; porque teniendo las tres la misma Omnipotencia, lo que obre una respecto a la criatura, lo obran las otras dos.

2º. Se distinguen únicamente por su origen, porque el Padre no proviene de ninguna persona; el Hijo es engendrado por el Padre; y el Espíritu Santo procede a la vez del Padre y del Hijo. Esto es lo que impide que una Persona se confunda con las otras.

Las tres divinas Personas tienen una misma Naturaleza divina. En consecuencia:

1º. No son tres dioses, sino un solo Dios.

2º. Todas las tres divinas Personas son igualmente perfectas puesto que tienen una misma Naturaleza común.

3º. Siendo un solo Dios, debe también decirse que hay un solo Omnipotente, un solo Eterno y un solo Señor.

Al hablar de este misterio es preciso no alterar los términos con que la Iglesia lo expresa: en Dios hay tres Personas y una sola Naturaleza.

No podemos comprender este misterio, entre otros motivos porque no podemos tener una idea clara de lo que es en Dios la Persona.

Sin embargo, no hay contradicción en él. Habría contradicción si se dijera que en Dios hay una persona y tres Personas, o una naturaleza y tres naturalezas. Pero lo que se enseña es que en Dios hay tres Personas y una Naturaleza.

Debemos creer firmemente este misterio porque Dios nos lo ha revelado. Por otra parte, no podemos extrañar que siendo Dios infinito, haya en El cosas que sobrepasen nuestro entendimiento.

Versículo: por comodidad los libros que componen a la Biblia han sido divididos en capítulos, y éstos a su vez en versículos. Actualmente seguimos las divisiones hechas en los siglos XIII y XVI. La fijación de los capítulos fue obra de Esteban Langton (+1228). La distribución en versículos se debe al judío converso, después dominico, Santos Pagnino (1520). La división actual de todo el AT se remonta a la edición latina de la Biblia hecha por Roberto Estienne (Stephanus) en 1555. Estas divisiones cristianas se introdujeron para el texto latino de la Vulgata, y se han generalizado posteriormente, incluso para las ediciones críticas del AT y NT en sus lenguas originales, así como para sus traducciones a las demás lenguas

Veterotestamentario: Referido a todo lo anterior al Nuevo Testamento. En terminología bíblica, conocemos por veterotestamentario/a, a toda la literatura y tradiciones judías anteriores al nacimiento de Cristo.

Yahveh: Yahvéh (Yahweh) es uno de los nombres hebreos arcaicos, tales como Jacob, José, Israel, etc.,  derivado del imperfecto de tercera persona de modo que atribuye a una persona o cosa la acción de la cualidad expresada por el verbo después de la manera de un adjetivo verbal o un participio. Como el Nombre Divino es una forma imperfecta del arcaico verbo hebreo "ser", Yahvéh significa "El que es", Aquel cuya nota característica consiste en ser, o simplemente "El Existente".

El punto de vista de que Yahvéh es de origen hebreo es la más satisfactoria. Arguyendo de Ex., vi, 2-8, comentadores tales como Nicolás de Lyra, Tostatus, Cajetan, Bonfrère, etc., sostienen que el nombre fue revelado por primera vez a Moisés en el Monte Horeb. Dios declara en esta visión que El "se apareció a Abraham... mediante el nombre de Dios Todopoderoso; y mi nombre Adonai [Yahvéh] no se los mostré". Pero la frase "aparecer mediante el nombre" no necesariamente implica la primera revelación de ese nombre; más bien significa la explicación del mismo, o una manera de actuar en conformidad con el significado del nombre (cf. Robion in "la Science cathol.", 1888, pp. 618-24; Delattre, ibid., 1892, pp. 673-87; van Kasteren, ibid., 1894, pp. 296-315; Robert in "Revue biblique", 1894, pp. 161-81). En el Monte Horeb Dios dijo a Moisés que El no ha actuado con los Patriarcas como el Dios de la Alianza, Yahvéh, sino como Dios Todopoderoso.

Tal vez sea preferible decir que el nombre sagrado, aunque quizá en una forma algo modificada, había estado en uso en la familia patriarcal antes del tiempo de Moisés. En el Monte Horeb Dios reveló y explicó la forma exacta de Su nombre, Yahvéh