GEDEÓN libera a Israel

 

Continuamos con el Libro de los Jueces. Después de Débora, viene Gedeón, que vino a liberar al pueblo de Israel de las manos de la tribu de Madián. Durante siete años, los madianitas arrasaban los campos que los israelitas acababan de sembrar, y dejaban a éstos sin subsistencia alguna, ya que también se llevaban su ganado. Cada vez eran más pobres y pasaban más hambre. Cuando los israelitas no pudieron más, pidieron a Dios que les ayudara, y Dios les envió a Gedeón.

Un día Gedeón estaba batiendo el trigo escondido, por miedo a que vinieran las tropas de Madián y le quitaran el alimento. De repente, se le apareció un ángel, y le dijo: «El Señor está contigo, valiente héroe». Gedeón no pudo ocultar su sorpresa, pero le preguntó: «¡Ah! Y entonces, si el Señor está conmigo, ¿por qué le están sucediendo todas estas desgracias a mi pueblo? Creo que el Señor nos ha abandonado y nos ha dejado solos frente a Madián y sus tropas». El ángel del Señor le contestó: «Pues ve y salva a tu pueblo de los madianitas. El Señor te envía, y estará a tu lado».

Gedeón, como era de esperar, dudaba: «Pero…, ¿cómo podré yo liberar a mi pueblo? Precisamente mi familia es débil, y yo soy el más pequeño… »

«El Señor estará a tu lado –le contestó el ángel–. Te aseguro que derrotarás a Madián y a sus tropas».

Gedeón insistió: «Quiero estar seguro, dame una señal». Preparó entonces un cabrito y unos panes, y se los presentó al Señor. El ángel del Señor le dijo: «Pon la carne y los panes sobre aquella piedra, y vierte sobre ellos el caldo». Así lo hizo Gedeón, y el ángel, con el báculo que tenía en la mano, tocó la carne y los panes. En seguida surgió de la piedra un fuego que consumió la comida que había preparado. Gedeón hizo allí entonces un altar, y lo llamó Yavé paz.

Dios le pidió a Gedeón que derribara el altar que su pueblo había construido para el dios Baal. Así lo hizo Gedeón, y todo el pueblo se enfureció. Sin embargo, el padre de Gedeón salió en defensa de su hijo: «¿Os toca a vosotros defender a Baal? ¿Quiénes sois vosotros para hacer eso? Si Baal es un dios, que se defienda a sí mismo…»

Gedeón le dijo entonces a su tribu que, con la ayuda de Dios, podrían salvarse de Madián. Y partieron todos hacia el campamento de Madián. Cuando llegaron cerca, Dios habló a Gedeón: «Es demasiada la gente que tienes contigo para vencer a Madián. Será mi mano la que os salve». Y Gedeón le dijo a la multitud que le acompañaba: «Los que tengáis miedo, volved a casa». Y se fueron unos cuantos. Pero todavía eran demasiados, así que Gedeón fue haciendo pequeñas pruebas hasta que, de los 22.000 hombres que había, quedaron sólo 300.

Aquella misma noche, le dijo Yavé a Gedeón: «Levántate y baja hasta el campamento de Madián, pues yo te lo entrego en tus manos. Escucha lo que dicen, y te fortalecerás, y atacarás el campamento».

Así hizo Gedeón, acompañado de Fura, su escudero, y cuando llegaron allí vieron cómo un hombre le decía a otro: «He tenido un sueño extraño. Soñé que un pan rodaba por el campamento hasta que llega a una tienda, choca contra ella y la derriba». El compañero le contestó: «Eso es la espada de Gedeón. Dios ha puesto en sus manos a Madián».

Gedeón volvió donde estaban sus hombres, y les dividió en tres escuadras. Les entregó a todos trompetas, cántaros vacíos y, en ellos, velas encendidas, diciéndoles: «Miradme y haced lo que me veáis hacer. En cuanto llegue al campamento y toque la trompeta, la tocaréis vosotros también, y después gritaréis conmigo: ¡Por Dios y por Gedeón!»

Así ocurrió, y el ruido ensordecedor de las trompetas y los cántaros rompiéndose hizo que en el campamento de Madián huyeran todos despavoridos, y de esta forma Gedeón derrotó a Madián. Los israelitas quedaban nuevamente libres gracias a su Dios, Yavé.

Más tarde, el pueblo de Israel quiso que Gedeón fuera su rey. Gedeón no aceptó tal cargo, diciendo: «Yavé será vuestro rey». Y dicho esto, hizo que todos entregaran el oro que llevaban, y lo fundieron para hacer una estatua que recordara la ayuda, nuevamente, del Señor su Dios.

Fuente: Alfa y Omega (El Pequealfa).