“Padre me cogió de la mano y juntos pudimos escuchar los gritos de júbilo y vítores a la República. Su mano era callosa y fuerte, y a mí me gustaba mucho ir por la calle con él. Cuando salimos de casa aquel día, yo pensaba que íbamos a la de algún vecino a arreglar alguna máquina que se había estropeado, como habíamos hecho otras veces. Pero en seguida me di cuenta de que aquel día pasaba algo especial.
Entramos en una tienda de tejidos y le pidió a la dependienta un metro de tela roja. Allí mismo la clavaron en un palo y me la dieron. Yo agarré el palo con fuerza y, ya en la calle, nos juntamos con otros vecinos que también llevaban banderas y cantaban a voz en cuello La marsellesa o el Himno de Riego. Cuando rememoro aquellos años no puedo dejar de pensar en la alegría desbordada de aquel día y en cómo, poco a poco, nuestras ilusiones fueron desvaneciéndose. Tenía ocho años.
Padre le comentaba a madre las noticias: que si había movimientos de los militares, que si la derecha estaba organizándose. Yo no alcanzaba a comprender el significado de todo ello pero sí podía captar la preocupación en los rostros de mis padres.
Un periodo de violencia soterrada empezó a manifestarse. Y poco a poco, la violencia verbal dejó paso a otra violencia de agresiones y provocaciones, donde los militantes de Falange y los de los partidos de izquierda se enzarzaban en disputas y peleas que terminaban con agresiones y muertos en los dos bandos.
Una noche padre no vino a dormir. Escuchamos que, antes de irse, le dijo a madre que oyera lo que oyese no se moviera de casa. Al amanecer, unos ruidos tremendos, como de truenos, nos despertaron, y madre, mi hermana pequeña y yo nos asomamos a la ventana con curiosidad pero también con temor. Aquellos ruidos eran cañonazos. Madre nos abrazó, y con gran tristeza en la voz nos dijo: “Hijas, esto va a ser una guerra muy mala. Se han sublevado los militares contra el Gobierno de la República ”.
Cuando padre regresó a casa estaba muy contento. Nos contó que los militares sublevados se habían rendido, que todo había quedado en una bravuconada y que el Gobierno de la República tenía el control de la situación. Lo cierto era que Madrid se había convertido en un caos donde la gente se había echado a la calle enfurecida contra los sublevados y contra el Gobierno, ya que consideraba que éste no estaba defendiendo al pueblo.
Con una furia que recogía la represión y la miseria de siglos de sometimiento, la multitud se dirigía a los cuarteles y exigía que les entregaran las armas y arremetía contra los conventos y las iglesias, provocando incendios y persecuciones. La locura que se desató los llevaba de casa en casa sacando a los enemigos, reales o imaginarios, o simplemente a aquéllos con los que tenían alguna cuenta pendiente. Las calles empezaron a cubrirse de cadáveres y heridos de los dos bandos que ya se perfilaban. Yo nunca vi nada de aquello; eran cosas que se oían, pero Madrid quedaba lejos y en Getafe la vida era tranquila y sosegada, una vida de pueblo como cualquier otra.
Cuando empezó la guerra, a padre le requisaron el camión que tenía para hacer portes. Él mismo lo llevaba de un sitio para otro recogiendo carbón de encina, que era el que se usaba en los fogones. Unas veces iba a Toledo, otras a Puertollano. De esta manera colaboraba con La República sin coger las armas, y nosotras nos manteníamos como podíamos al amparo de amigos y vecinos del pueblo, y con las gallinas y conejos que madre criaba en el patio de nuestra casa.
¡Cómo recuerdo los bombardeos en nuestro pueblo! Empezaban a tocar las sirenas de las fábricas: la de harinas y la de Construcciones Aeronáuticas. En esta última había trabajado padre durante varios años; precisamente en la época en la que se construyó el autogiro de Juan de la Cierva.
Se me escapan los recuerdos, pero los de los bombardeos no; ésos están en mi memoria como si pudiera oír ahora mismo, ahora que ya casi no oigo, las sirenas y las bombas cayendo. Cuando escuchábamos las sirenas, salíamos corriendo a casa de algún vecino que tenía cueva para guardar el vino. Corríamos sin saber muy bien hacia dónde dirigirnos porque a veces el vecino no estaba en su casa o no nos habría la puerta, y entonces corríamos hacia el campo y nos escondíamos entre el trigo y la cebada, creyendo que allí no nos verían. Recuerdo un día que mi hermana pequeña llevaba algo en la mano, no sé si era un cuchillo o un tenedor; y la veo alzando su manita hacia el cielo maldiciendo a los aviones que nos lanzaban ráfagas de ametralladora. Después de estas ráfagas venían los bombarderos que eran negros y con unas tripas enormes. Desde el campo observábamos cómo caían las bombas sobre el pueblo y cómo empezaban los incendios. Cuando hablo con mi hermana sobre esto, ella apenas lo recuerda, pero ya digo que para mí sigue siendo el recuerdo más vivo de la guerra.
Un día llegó al pueblo La Cruz Roja. No sabíamos entonces cómo iba a cambiar nuestra vida, pero a partir de aquel momento quedó truncada para siempre y nunca, nunca, volvió a ser como antes. Los de La Cruz Roja llamaron con altavoces a todos los del pueblo para que nos reuniéramos en la plaza. Fuimos con madre y allí nos juntamos las mujeres y los niños, porque hombres había pocos: la mayoría estaba en el frente. Nos dijeron que estábamos en peligro y que había que evacuar el pueblo. Ellos se llevarían a los niños; las personas mayores debían irse también, buscando un lugar más seguro. A mi hermana y a mí nos llevaron, junto con otros chiquillos del pueblo, a Madrid, a un convento de Las Trinitarias que había en la calle de las Huertas. Qué tristeza sentíamos, separadas de madre y sin saber qué era de ella ni de padre. Mi hermanilla estaba siempre agarrada de mi mano, haciéndome preguntas que yo no sabía responder.
Al cabo de un tiempo, apareció madre delgadísima, demacrada, sucia y hundida. Con enorme tristeza y entre sollozos, a los que mi hermana y yo nos sumamos, nos contó que nuestra casa había sido destruida: no quedaba nada, ni del patio ni de los animales… nada. Había caído una bomba justo encima y lo poco que teníamos desapareció. No sabía dónde acudir porque aunque tenía parientes en Madrid, no estaba segura de cómo la acogerían. Finalmente se decidió por ir con una tía de padre que se llamaba Soledad: era guardesa en un chalet de Chamartín de la Rosa. Nos contó que padre estaba en Albacete donde habían llevado los aviones que estaban en el aeródromo de Getafe y todo lo que pudieron llevar en camiones. Allí construyeron un nuevo aeródromo para poder reparar los aviones; lo llamaron la 2ª Región Aérea.
Los días en el convento transcurrían apaciblemente, hasta que una noche nos sacaron a todos los niños y nos metieron en unos autobuses que iban con la bandera de La Cruz Roja y con los faros apagados para que no nos descubrieran. Al día siguiente llegamos a Tarancón, y, después de descansar, continuamos nuestro viaje que nosotros no sabíamos dónde iba a terminar, pero que finalmente acabó en Murcia. De día escondían los autobuses en los bosques y hacíamos el viaje por la noche. Aun así, tuvimos algún que otro ataque de aviones sin que, de forma incomprensible, hubiera ninguna desgracia.
Cuando pasábamos por los pueblos, la gente salía corriendo y decía: “que vienen los niños, los niños evacuados de Madrid”. Nos llevaban lo que tenían para que comiéramos, y, aunque no era mucho, comparado con lo que nosotros teníamos, eran exquisiteces: chocolate, almendras, dátiles… golosinas que hacía mucho tiempo que ni siquiera veíamos. A pesar de los años transcurridos, se me hace un nudo en la garganta al recordar a toda esa gente buena que nos trató con tanto cariño.
El final de nuestro destino en aquellos autobuses en Murcia fue, primero, una Iglesia. Allí, venían las gentes que querían acogernos en sus casas, como hijos, con su propia familia; gentes sencillas, que no tenían mucho que darnos pero que estaban dispuestas a compartirlo todo. Después de las penalidades del viaje, ver a aquellas personas que nos besaban y consolaban como si nos conocieran, como si supieran lo que habíamos sufrido, me llena el alma de agradecimiento.
Para nuestra tristeza, mi hermana y yo tuvimos que separarnos. A mí me acogió una pareja de gitanos. Al recordarlos ahora, me parece como si estuviera viéndolos: ella era una mujer menuda y gordita, que tenía un hermoso moño; él era un hombre muy alto con un enorme bigote canoso. La única pena que tengo es que nunca más volví a verlos una vez terminada la guerra, y no pude agradecerles todo lo que habían hecho por mí, pero las circunstancias que nos rodearon hicieron imposible el reencuentro.
¡Qué casa tan limpia y acogedora tenían! Era muy pequeñita, sólo tenía la cocina, que era sala de estar también, y el dormitorio. La cama era muy grande, o así me lo pareció a mí, y allí dormíamos los tres: yo en el medio. Como era frecuente en aquella época, el retrete estaba en el patio. Con aquel matrimonio se me pasó el miedo que había sentido ante los bombardeos, y empecé a recobrar la tranquilidad. Lo único que me angustiaba era no tener noticias de mis padres.
A mi hermana la acogió una familia joven que tenía tres hijos: el mayor era más o menos de mi edad, y otras dos niñas más pequeñas. El marido, como tantos otros, estaba en el frente. Como en la casa en la que yo estaba no tenían hijos, y la de mi hermana estaba muy cerca, yo iba mucho a verla, y empecé a echar una mano a la mujer, que tenía un puesto de verduras en el mercado. Yo me quedaba con los niños mientras ella atendía el puesto. Aunque era muy jovencita, como madre me había enseñado muy bien, llevaba la casa estupendamente; me sentía útil y además estaba con mi hermana. Las dos mujeres hablaron y pensaron que yo estaría mejor con la familia de mi hermana. Me dio mucha tristeza separarme de los gitanos que me habían tratado como a una hija, y ahora me da mucha pena no acordarme de sus nombres.
Recuerdo una ocasión en que se presentó el marido de la señora; venía con unos días de permiso del frente. ¡Qué contento se puso cuando nos vio en su casa! Tenían dos bocas más que alimentar y el hombre se puso tan contento. Nunca he vuelto a sentir la solidaridad como en aquella época, que era dura y triste, pero en la que mi hermana y yo nos sentíamos queridas y protegidas.
Un día leí en un periódico un anuncio de Calefacciones Agerti, que tenía la oficina en el chalet en el que vivía la tía Soledad y donde había ido a parar madre. Cogí las señas y escribí una carta a madre, diciéndole donde estábamos mi hermana y yo. Ella nos contestó en otra carta, donde nos decía que se había enterado de que padre estaba vivo y que se encontraba en Albacete. ¡Cómo llorábamos mi hermana y yo al despedirnos de la buena mujer que había hecho de madre para nosotras!
Madre pudo venir a recogernos y, con enorme tristeza, nos despedimos de aquella familia y emprendimos el viaje a Albacete. Allí estuvimos todos juntos hasta que terminó la guerra, recogidos en casa de una familia de ricos que fueron obligados por las autoridades republicanas a dar alojamiento a los evacuados de los sitios donde se combatía. Nos adjudicaron dos dormitorios en los que nos recluíamos en cuanto entrábamos en la casa. Nunca pasamos al salón y procurábamos utilizar la cocina cuando no había nadie en ella. Sabíamos que éramos de otra clase social, y siempre que nos referíamos a la dueña la llamábamos “la señora”.
En marzo de 1939 nos cambiamos de casa. La guerra ya estaba perdida y a la tristeza que esto suponía para nosotros –que, además de evacuados, habíamos perdido la guerra- se unía la incertidumbre de no saber a qué íbamos a tener que enfrentarnos. Fuimos a casa de un chico que había conocido yo en una academia mientras me preparaba para el examen de ingreso en el bachillerato, una familia de izquierdas, trabajadores como nosotros, que nos trató con mucho cariño.
En vista de que la situación iba estabilizándose, y que en Getafe ya no teníamos nada, mis padres decidieron que era hora de volver a Madrid. ¡Nunca lo hubiéramos hecho!
En Madrid nos alojamos en casa de un hermano de padre. Vivían en un piso de tres habitaciones y cocina en el Alto de Extremadura. En total en la casa éramos ocho personas. ¡Qué impresión cuando llegamos a la ciudad! Madrid estaba destruida por las bombas, llena de escombros y de personas famélicas que deambulaban de un sitio para otro buscando algo que llevarse a la boca. Los falangistas aparecían en grupos, bien uniformados mirando a todos de forma desafiante, una mirada dura y terrorífica que nos obligaba a bajar las nuestras, eso sí, después de haberles saludado brazo en alto, al estilo fascista. El grito de ¡Franco!¡Franco!¡Franco! también se oía cada cierto tiempo y su foto estaba colgada por todas partes.
Un día, padre nos contó que se había encontrado con un vecino de Getafe, uno de los ricachos al que había hecho unos buenos trabajos antes de la guerra, y muy contento nos dijo que le había dado las señas por si necesitaban algo de él. A los pocos días se presentaron en la casa unos policías preguntando por padre. Dijeron que se lo llevaban para hacerle unas preguntas… no volvió más. Ni siquiera pudimos despedirnos de él, ya que ni por un momento tuvimos la sospecha de que pudiera pasar algo malo.
Con una enorme angustia y desesperación, madre recordó que su hermana Pepa tenía un hijo que era falangista. Fue a verle para pedirle que averiguara a qué cárcel lo habían llevado porque lo normal era que se los llevaran a algún descampado y allí mismo los fusilaran. Mi primo se enteró de que lo habían llevado a los calabozos de Gobernación, en la Puerta del Sol. Madre casi se desmaya cuando se lo contó: se decía que a través de los ventanucos de la prisión podían oírse los gritos de los detenidos porque eran torturados de forma sistemática. Tuvimos ocasión de comprobarlo porque cuando por fin conseguimos ir, y aunque no nos dejaron verle, la ropa que nos daban para lavar tenía restos de sangre.
Después lo trasladaron a un convento que habilitaron como prisión en la calle General Díaz Porlier. Los familiares de los presos esperábamos durante horas en la calle para poder verlos y entregarles el paquete con ropa limpia y comida. ¡Qué obsesión con la comida! El hambre se había apoderado de nuestras personas, no sólo de nuestros estómagos. Pero eso sí, nunca fuimos a los comedores que prepararon los del Auxilio Social ni a los cuarteles, donde la gente hambrienta recogía el rancho que había sobrado. Madre decía que no podíamos coger nada de los fascistas mientras padre estuviera preso.
Madre empezó a trabajar yendo a las casas a lavar la ropa. Le pagaban 5 pesetas al mes y la comida del día que guardaba hasta que llegaba a casa; entonces la repartía con nosotras y guardaba algo para padre, que en la cárcel se moría de hambre, y de frío y de pena. Encontró una casita para las tres en una corrala en la calle Jordán, en el Barrio de Chamberí, donde vivía gente que nos ayudó en lo que pudo, aunque muchos de ellos eran de derechas.
Después de unos meses trasladaron a padre a la cárcel de Carabanchel. Aquello supuso un esfuerzo tremendo para ir a visitarle porque había que coger dos tranvías; además, empezaron los juicios. Mi pobre madre estaba demasiado apenada como para poder ir; además, tenía que trabajar, así que iba yo, acompañada de la señora Aurelia, una vecina que nos quitó mucha hambre porque tenía una carnicería y siempre nos daba alguna sobra. Recuerdo que salían los presos en grupo, esposados y en fila. La primera vez que fuimos, padre me vio enseguida y me mandó un beso, pero el guardia civil le regañó y ya no volvió a mirarme en todo el tiempo. Cuando terminó el juicio, o el simulacro de juicio porque el defensor era un militar que no abrió la boca, casi todos salieron con una pena de muerte. ¡Pena de muerte! ¿Cómo iba a poder decirle a mi pobrecita madre que habían condenado a padre a morir? Todo el camino de vuelta lo pasé llorando, abrazada a la señora Aurelia que me consolaba como podía.
Cuando llegamos a casa, madre estaba de rodillas fregando una escalera. Cuando se lo dije, se sentó y se quedó pálida e inmóvil, ni siquiera pudo llorar. Como pudimos, la señora Aurelia y yo la levantamos y la metimos en casa.
Al cabo de un tiempo nos enteramos de que estaban revisándose los expedientes de las condenas a muerte. Decían que si se presentaban avales de personas “de bien”, y no tenían delitos de sangre, se les conmutaría la pena de muerte por cadena perpetua. Vimos una oportunidad de salvar la vida de padre porque madre lavaba la ropa en casa de la marquesa de De la Cuadra , una gran señora que nos ayudó en todo lo que pudo. Todo tuve que hacerlo yo, porque madre estaba destrozada: me fui a Getafe con un hijo de la señora Aurelia, que era mayor que yo y recogimos un montón de testimonios favorables a padre. Así, conseguimos que le conmutaran la pena de muerte por una condena a treinta años y un día. ¡Qué alegría cuando nos enteramos! Llorábamos y reíamos al mismo tiempo, sin darnos cuenta de que aquello también era terrible.
Un día nos avisó padre de que lo trasladaban a Santoña, al penal de El Dueso. ¡Otra vez la tristeza y la desesperación! ¿Cómo íbamos a poder ir a verle? ¿Quién le llevaría la ropa limpia y comida? Fuimos a la estación del Norte por si podíamos verle, pero fue inútil. Llegaron en furgones montones de hombres esposados de dos en dos que, como ganado, fueron subidos a los vagones. Las familias estábamos en los andenes, gritando el nombre cada uno de nuestro preso, por si podía oírnos. Desesperadas, las mujeres nos consolábamos unas a otras mientras el tren se alejaba y la guardia civil nos dispersaba a porrazos”.
Mi madre me escribió esta historia hace ahora cinco años, cuando en una comida familiar le pedí que me contara qué había ocurrido en la guerra, porque nunca nos había hablado de lo que pasó. Yo he tardado estos cinco años en poder leerlo: cada vez que lo intentaba se me hacía un nudo en la garganta y se me llenaban los ojos de lágrimas.
Mi abuelo estuvo seis años en El Dueso, fue de los que estuvo trabajando en El Escorial construyendo El Valle de los Caídos. ¡Qué ironía! Gracias a esto salió de la cárcel antes de los treinta años… y un día.