El sitio de la familia Pereletegui-Rubira

Nosotros dos nos conocimos a finales de 1984 y fue un flechazo a primera vista. A principios de 1985 ya compartiamos "catre y macarrones", que diría Serrat. Desde entonces han soplado vientos desde todos los cuadrantes, hemos tenido viento en popa, calma chicha y galernas que hubieran descuartizado barcos peor ensamblados, pero

aquí seguimos, a flote y sin ganas de llegar a puerto.

Si nos tienen que encerrar en una mazmorra, que sea juntos, que no nos aburriremos.

En el verano de 1992 llegó la tercera en discordía, Mariola, dispuesta a ponerlo todo "patas parriba". Pasar a pensar a tres fue travesía complicada, pero más complicado será el día, que ya comienza a adivinarse en lontananza, que debamos volver a pensar a dos.

Tambien un verano llegó, por primera vez, Nafrai Bujari, nuestro Nafy. Traía los ojos llenos del Sahara, de la inhospita hammada, al sur de Argelia, donde sus padres, junto con cientos de miles de saharauis fueron realojados despues de ser expulsados de sus casas.

En estos tiempos de, necesaria, recuperación de la memoria histórica, no deberiamos olvidarnos, de nuevo, de un pueblo al que dejamos en la estacada, a merced de un monarca codicioso. Mal que nos pese, somos parte de su pasado, y ellos del nuestro.

Durante cuatro veranos consecutivos, Nafy compartió con nosotros alegrías y tristezas y fue uno más de la familia. Como decía Mariola, "el verano empieza cuando llega Nafy y termina cuando se marcha".