Texto 3

      Maurice Blanchot y la imposibilidad en la literatura


                                            Juan GREGORIO AVILÉS

 Publicado inicialmente en Microfisuras, nº 7, enero 1999, pp. 88-94.


              


 


 



 


         Escribo ahora, cuando no me consta que haya muerto Maurice Blanchot. Quizás esta consideración pueda parecer descortés, pero empezar de este modo me permitirá escribir en la distancia necesaria. Además tal vez mis palabras encuentren, así, su legitimidad en lo que hace ilegítimo al acto de la escritura, en la inconstancia de la muerte. Escribir; palabras que circulan como monedas cuyo valor ya está de antemano amortizado; palabras irresponsables, extrañas como dichas por nadie y repitiendo siempre lo mismo: un decir que se intercambia cuando la realidad, en el mismo acto, ha sido retirada. No que el escribir se realice en el desinterés por las cosas, no que quien lo hace sea indiferente al resultado y consecuencias de su acción. Pero hay cuestiones que abren un verdadero torbellino de preguntas sin encontrar el origen ni el final, seña de que el pensamiento ha tocado ahí algo que es esencial. Entre ellas, los problemas que se tienden entre la subjetividad, la acción y la significación: vinculadas las tres por el movimiento de la negatividad que, con palabra de seriedad, podríamos decir la muerte. Sé que al escribir algo mina mi conciencia; reconozco que es problemática la objetividad de lo que escribo. Pero es la obra de la muerte. La que veladamente obra todo. El sufrimiento interior de la realidad que, por seguir produciéndose, niega y reniega sobre sí misma para dar a luz una desgraciada afirmación. Acaso la escritura pueda parecer el modo menos arriesgado en enfrentarse con la muerte. Acaso, si es la literatura, el menos comprometido. Acaso por ello sea fundamentalmente ilegítimo el acto de escribir. Ahora, cuando mi conciencia se intercambia con estas palabras, cuando mi pensamiento se retira y no puede ya estar presente en lo que queda escrito, cuando el papel recibe un texto que sin hablar reitera, la muerte está a la obra en mi escritura. Pero nuevamente, ¿qué tiene que ver esta muerte con la de cientos de millones de hombres como pira sobra la que se elevara la llama de la Historia, de una Universal Razón?


 


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         No me esforzaré por concretar lo que quizás el autor quiso que quedara sugerido, pero sí –a título de fidedigna indicación- referiré las fechas que, con precisión inusual, enmarcan la primera parte del relato en L’arrêt de mort: 1938, julio-agosto de 1940, octubre de 1940, 1936. Si la muerte se abatió entonces como una sentencia ominosa sobre Europa díganlo no los tratados que narran aquellos hechos tremendos, sino los testigos que aún logran sobrevivir. Díganlo mientras sobrevivan pues tras ellos acechará una ulterior sentencia que será la del olvido. Incluso ese olvido que pertenece a la memoria y que adviene al detener lo acontecido en la fijación de un saber, en la inercia de la erudición. Siempre pesará sobre el sabio la sospecha de un abandono, una retirada ante el sufrimiento de la realidad: un hurtarse dictado por el distanciamiento necesario al proceder metódico del pensar. Y si la vinculación de pensamiento y ser, cuyos ecos nos llevan hasta el pronunciamiento parmenídeo, ha llegado a sernos sospechosa, ¿no se confirmarán y ahondarán entonces las anteriores apreciaciones sobre la escritura? ¿A qué –o con qué- compromete el escribir? Pongamos que el saber apunta a los libros y éstos a un Libro único que los precediera ¿no se querría todo predicho en el Libro y sería ese el único compromiso de quien ostenta el título y ejercicio del saber? Si es el sabio quien trabaja sobre conceptos, ¿podrá escapar al designio hegeliano de ser él mismo un instante de la acción, vida-muerte/muerte-vida en la intimidad de la Idea? Quede esto al menos apuntado como aporía que gravite sobre el compromiso del filósofo, del escritor o del sabio mientras dejamos aquí, como al filo de una frontera, las terminantes palabras de Blanchot: “una vez que el pensamiento ha amanecido, hay que seguirlo hasta el fin.”


 


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         Muchas veces he tropezado, repasando sus textos, con la palabra “sufrimiento”: una sacudida que alterara súbitamente el equilibrio de una lectura lineal, que sólo permitiera –instantáneamente- perseguir el sentido con el peligro cierto de una caída inminente. Ahí he visto manifestarse algo más esencial que cualquier forma de militancia: un hiato que interrumpe la ilación necesaria del sentido, que disloca la estructura misma del poder. Porque es lo propio del poder el configurarse en estructura. Así en la lectura que él hace sobre los textos de Sade: una colisión de fuerzas donde la energía no se crea, sino se acumula. O se crea al acumularse. El poder se muestra entonces al pensamiento como una administración: la de la fuerza que se incrementa en el medio de la muerte. El poder, nietzscheanamente desnudo de cualquier revestimiento, muestra su ser más neto en su propia autorreferencialidad: al ser la muerte administrada. Y aquí, como cuestión soterraña que desde el comienzo nos persigue, ¿qué puede la literatura? ¿cuáles son los poderes del escritor? La escritura tiene sus propios códigos, estructura cuya observancia provee de aptitudes y capacidades a quien ostenta el título de autor. Códigos en primer lugar gramaticales, mediante los que el lenguaje se configura como estructura que hace posible, y por ello limita, la expresión –y quizás la constitución- de los sentidos posibles. Pero también códigos culturales, una tradición por referencia a la que el discurso del escritor se constituye en un juego de afirmación y de negación. Códigos, por fin, sociales que convierten al escritor en intelectual, con capacidades más o menos reconocidas para intervenir en los distintos ámbitos de la estructura de la sociedad. Pero estos códigos que estructuran la acción del escritor sobre el lenguaje, la cultura o la sociedad, y que por tanto le confieren una forma de poder, ¿son suficientes para dar cuenta de la tarea de escribir?


                                   


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         El escritor vive en la experiencia de una radical imposibilidad: la de culminar la constitución del sentido. Ello supondría acceder a una realidad más allá de las palabras que lo asedian. Él obra en la tensión en la que las palabras hablan, ahondándola hasta la imposibilidad de cerrar el círculo de la significación. No que el sentido se constituya en instancia capaz de operar regulativamente, sino que la literatura se edifica sobre la imposibilidad de significar. Quizás una imposibilidad parecida a la que le hace temblar ante el acto de escribir y que no es la responsabilidad ante lo que dice, ante una obra definitiva que hubiera que cumplir; antes bien, y más allá de esto, por la oquedad que cada palabra abre en su pensamiento y que reclama una concatenación inacabada, sin el reposo de una fundamentación. El escribir se presenta entonces como una forma de experiencia para la que la significación opera al modo de una creencia inicial que hace posible la realización de la obra, pero que no sabría dar cuenta de su propia consistencia y ante la que la noción de estructura se muestra insuficiente o, por mejor decirlo, incapaz de soportar el peso de lo que querría fundamentar. Es, en decir de Blanchot, la Eurídice nocturna hacia la que es necesario que se vuelva la mirada de Orfeo pero perdiéndola entonces en una noche sin fin para que, de la imposibilidad de ese origen, nazca el canto. Es también el canto de las sirenas, canto del origen, que Ulises sólo puede resistir merced al poder de una técnica que lo convierte en Homero: la narración que nace de la experiencia de un riesgo vital que el escritor, lejos de suprimir, puede tan sólo bordear y eludir al precio –claro está- de convertirse en inscripción, en literatura. Es Narciso, por fin, que buscando poseer la belleza de un ser se arroja a la mera superficie de la imagen y, más allá de ella, encuentra la muerte en un fondo sin imagen ni esencia cuando, ante el lamento de la ninfa Eco, es convertido en flor, flor de retórica sin profundidad. Tres historias –Orfeo, Ulises, Narciso- que son más que una imagen y más que una explicación para tres modos distintos de esa experiencia que llamamos acto de creación literaria.


 


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         La escritura tiene lugar como un volverse por el que el autor quisiera dejar atrás esa ausencia inicial que, por sí misma, no podría ser origen de nada. Es lo no concerniente que el sentido debe descartar para poder constituirse, aunque nunca logre culminar su construcción. Es por lo que la obra, en cuanto quehacer de la conciencia, obedece a la regla de cualquier acción: la negación como poder sobre lo dado, el morir hegelianamente concebido. La muerte es aquí la constante que hace inteligible –y en esa medida equiparable- todo obrar. Sin embargo habla Blanchot de otra muerte que permanentemente descoyunta las trabazones, que se querrían perennes, del sentido; una muerte ignorada que dispersa la escritura y a la que el autor no puede acceder por un acto de voluntad, de constancia, de poder. Maurice Blanchot, en el decir de un crítico, dispensa al vacío la misma ubicuidad que la teología había atribuido a Dios. El encadenamiento al mástil de la gramática, del estilo, de la cultura, permite resistir momentáneamente a la llamada inextinguida del origen que, más allá del vacío, conduce a lo que Blanchot llama exterioridad y que, con tono mallarmeano, he preferido llamar en ocasiones el misterio: una realidad que las palabras, en su tensión, constituyen pero de la que a la vez parecen provenir y que conduce más allá de ellas mismas y de su disponibilidad. Esa resistencia que causa el nacimiento de la obra literaria no puede suprimir la exigencia, la llamada ubicua del origen, y la dispersión del sentido en el texto –su desobramiento- será testimonio permanente del morir otro que lo habita más allá de la ley de su constitución.


 


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         Este morir, ajeno a cualquier forma de poder, introduce la inconstancia en la escritura. Es la imposibilidad fundamental que debilita cualquier estructura y su progreso y fortalecimiento. Como la impotencia de las víctimas de la Historia es el cuestionamiento no por tácito menos riguroso del racionalismo que la engendra. En su probeta filosófica, Hegel logró cristalizar el totalitarismo con base en la razón considerada al modo de una hipóstasis teológica: ese totalitarismo, que sin embargo Hegel no inventó, ha mostrado su faz sangrienta en los grandes sufrimientos de nuestro siglo. Blanchot ha pretendido que sólo ese sufrimiento –nunca asumible por los conceptos de la razón teológica- es la puesta en cuestión única del poder. Cualquier acción que se le oponga lo fortalece. En la imposibilidad de la escritura ha querido ver, por tanto, una debilidad subterránea común con la que permite una ética en la política.


 


 


                                               


 

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