Del misterio y las letras - Filosofía Literatura española Literatura francesa

                            Del misterio y las letras


                                                  Juan GREGORIO AVILÉS

Publicado inicialmente en Ágora.Papeles de arte gramático, n. 3 (noviembre 1998), p. 8.


          


 


      El escritor obra habitado por una creencia. Pido que se entienda esta palabra en las dimensiones que Ortega quiso darle; esto es, una convicción no expresa que, junto con otras, constituye el ámbito implícito donde se produce la interpretación. Decir esto no es decir mucho: cualquier obra supone la asunción de un sistema más o menos coherente de creencias, lo que implica una hermenéutica que rebasa la inmediatez de la acción. Pero algo diferencia de manera esencial a la creencia de la que participa el escritor: mientras en otros ámbitos es sustento firme –por indiscutido- para la eficacia de la acción, en éste es una presunción preñada de cuestiones siempre presentes que tornan inseguro el acto de escribir, sobre todo tratándose de un texto literario. El supuesto básico del escritor es la creencia en la significación, como quiera que ésta se pueda explicar. En el acto de escribir se da por sentado que los trazos que se despliegan constituyen algo más que una inscripción bruta en la superficie de un material; que hay un orden de realidad que se halla en una relación cierta pero nunca lo bastante definida con la materialidad de lo inscrito, sin que esta relación pueda ser asumida por completo bajo el concepto de referencialidad, pues ello restringiría el designio del lenguaje a un cometido sólo denotativo, a una función meramente deíctica. Significar quiere decir más que indicar. Algo así expresó Vico al afirmar la prioridad de la función poética del lenguaje frente al uso objetivista del mismo en el discurso científico, uso que representaría un decaimiento de la vitalidad de nuestro trato con las cosas. El lenguaje, y más el acto de escribir, construye –más allá de la estricta referencialidad- órdenes de interpretación para la experiencia. Estos órdenes no son realidad antecedente que la escritura se limitara a trasladar. Son formados por cada peculiar organización de las palabras, pero ellos a la vez las rebasan constituyendo el horizonte de su significación. Desde aquí adquiere sentido plenario el designar la tarea del escritor como acto de creación. En otra ocasión he escrito que en el decir poético las palabras construyen un misterio del que a su vez parecen provenir. No creo que esta consideración pueda ser resuelta mediante apelación a la noción de estructura ni mediante el recurso a la retórica de un nihilismo convencional. Tampoco en la noción heideggeriana de la plenitud del sentido que se oculta. Hay en nuestro caso una circularidad que no se debe eludir, signo como es de que estamos ante algo esencial: el misterio tiene realidad sólo en la agitación incesante del significar, mientras que el significado únicamente es posible en la apertura inabarcable de aquél. Derívanse de aquí resultados apreciables de cara a una concepción de la verdad: un poetizar radicado en este sin fondo que dispersa el decir en lo abierto de la interpretación; se permite así una intelección no psicologizante del concepto de inspiración (“entusiasmo” en sentido etimológico), en cuanto que cualquier decir verdaderamente creador toma origen en la posesión de las palabras por un ámbito originario que exige del autor, antes de nada, la honradez. A modo, por fin, de conclusión: escribir no es hablar. La historia ha asociado la literatura con el signo inscrito. En la escritura el habla toma conciencia de sí, se vuelve reflexiva, y retrocede en busca de su origen donde –en búsqueda imposible- quisiera hallar su plenitud.


 


                  


 

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