Texto publicado inicialmente en Espinosa, n. 4 (2003), pp. 213-215.
Ordinariamente, el autor que se sienta para iniciar un texto pretende en algún sentido ofrecer una explicación. Desplegar una red de palabras en torno a un tema con vistas a una progresiva inteligibilidad. De algún modo, pues, el tema antecede al texto, siendo entonces como un dato sin explanar. Entendamos aquí esta palabra en el sentido de algo dado, que ha sido objeto de una experiencia externa o interior. De este modo, la experiencia precede a su propia inteligibilidad. Pero entonces se trata de una experiencia aún no sometida al discernimiento, a la crítica (krinein) del discurso racional. Cabe, sin embargo, otro modo de enfrentarse con el hecho de escribir: desplegar la red de las palabras, ahora no para añadir algo que no pertenece a lo original de la experiencia sino para hacerla posible –ponerla de manifiesto, eso es experimentar- en las palabras que se despliegan. Conviene mantener abiertas ambas direcciones a la hora de enfrentarse con este texto de Manuel Ballester y con el otro de Saint-Exupéry del que es derivación y comentario. Las personas adultas “siempre necesitan explicaciones”, se dice al inicio de Le Petit Prince. Es decir, son incapaces de experimentar la inmediatez: como si hubiera en ella algo vivo que la explicación racional no puede abordar sin suprimir. De asumir este postulado, nos hallaríamos ante una realidad tal que merecería una específica consideración. Esta pequeña obra de Saint-Exupéry contiene –como principio posibilitador- ese postulado: la presuposición de una significación en la realidad de las cosas. Algo que es esencial y “sólo se ve con el corazón”. Sin esa presuposición todas las palabras de esta obra perderían su cualidad y su valor. Porque, efectivamente, de lo que se trata es de la cualidad y del valor. Las personas mayores –prototipo aquí de la visión utilitaria y calculadora sobre el mundo- prefieren fijarse en la cantidad. Es decir, en lo que –reduciéndolo al cálculo- neutraliza el valor. Como una visión distorsionada sobre lo real. La mirada del niño, en cambio, representa la apreciación –desde la inmediatez- del valor de las cosas, de su cualidad esencial. Un valor que no nace ya, como el interés, de la utilidad para un sujeto calculador. Antes bien, que se halla presente en las cosas mismas y que porta en sí la exigencia de un reconocimiento más allá de la sola razón. Lo esencial –la cualidad y el valor- es invisible para los ojos: sólo es perceptible para el corazón, esto es, para la inmediatez del experimentar. Le Petit Prince busca más construir esta experiencia que elucidarla en un discurso racional. De hecho, lo esencial y el valor nunca aparecen sino sugeridos, como suplemento de verdad que la comprensión interior añade a una situación o a una palabra banal. De aquí, el encantamiento del mundo en que viven el principito y el aviador. Un encantamiento que señala el camino de un itinerario interior. Pues esta conversión de la mirada, hasta ver las cosas en su interior, necesita una incitación. Una realidad que facilite la apertura hacia ese interior. Fácilmente evocamos aquí el método de Sócrates: un mayeuta que ayuda en un descubrimiento interior. Un descubrimiento que conduce a valorar las cosas, no por su utilidad sino por su misterio. Diríamos que el mundo sustentado en lo innombrable de la idea del Bien. Sin embargo la figura del mayeuta es portadora de alguna limitación: su voz, que siempre pregunta, es como la materialización de la misma voz oculta de un yo que hablara consigo mismo. De aquí que los diálogos platónicos lleven en sí la realidad disimulada del monólogo interior. La incitación a la que nos somete Saint-Exupéry es de otra índole. El principito no representa la voz interior de un yo autárquico que quiere comprender, captar el mundo en el sosiego de una posesión intelectual . El principito es Otro. No es una hipóstasis en la que la conciencia individual se desdoblara con el propósito metódico del saber. En este sentido no es reductible a uno de los polos en los que se establece la experiencia: ni es simple objeto asimilable por ella, ni es ninguna dimensión oculta del sujeto que la realiza. El principito es una presencia, presencia del otro que cuestiona, perturba la relación experimental para llevarla hasta otra dimensión. Es conocido en epistemología el concepto designado como “experiencia de apertura”: como si entre dos esferas (lo útil y el misterio, o –elevándolos hasta la hipérbole- lo profano y lo sagrado) hubiera una apertura que permitiera un acceso más allá: no escapando de la utilidad sino regresando a su interior. Esta presencia de un tercero en la relación experiencial –presencia que perturba y profundiza la relación- es constitutiva de la obra a la que aludimos. Incluso se puede decir que es la experiencia que la ilumina por entero y, más aún, arrastra al lector. El principito no es un mayeuta: no interroga por la verdad de los conceptos. Sino que, al modo heraclitiano, hace señas más allá hasta la simplicidad de las cosas y del mirar.
No es tan sencillo habérnoslas con la simplicidad. Una mirada que se satisface con primeras impresiones bien podría, en la lectura de Saint-Exupéry, detenerse en una admiración ingenua de la candidez. Nada de esto hay aquí. Quien admira la candidez del niño –si es que ésta es tal- olvida lo esencial: el niño no es consciente de la cualidad de su mirada. Quien es cándido ignora que lo es. Por tanto, aun en el supuesto de que la esencialidad del mundo (que, dice Le Petit Prince, sólo se ve con el corazón) le fuera dada, él no sabría que le ha sido entregada como tal. Elevar la simplicidad hasta la lucidez de la conciencia, pero sin perder la experiencia de la misma, ésta es la tarea de Saint-Exupéry. Y quizás quien haya podido recorrer el camino de esta lucidez se vea llevado a comprender que en medio de la inmediatez del mundo se alza un gran sufrimiento: el sufrimiento por una irremediable ausencia. El principito es la presencia que –en medio de una lucidez que no es la del niño- siempre se hurta, que reclama como en un paso más allá de sí mismo e impide detenerse en una posesión. Tengo para mí que la muerte del principito es el cumplimiento final del un designio: el haber suscitado un movimiento que ya no puede hallar detención. Como si éste fuera el designio de toda presencia verdadera.
Resultaría sencillo, y sin duda habrá quien lo haya hecho, entender Le Petit Prince desde un punto de vista doctrinario. Las alegorías presentes en el texto y su sencilla comprensión facilitan este camino. Pero detenernos en una doctrina, por satisfactoria que sea para cualquiera, sería como detener nuestro avión. En este librito, Saint-Exupéry, sugiriendo que hay un más allá de las apariencias de las cosas, pone en marcha un movimiento que no se podría detener. Como si en la fuente de todos los sentidos de nuestras cosas se hallara una apertura insondable que hace señas siempre más allá. Y, sobre todo, esta obra pone de manifiesto la incitación que está siempre en el ojo de ese movimiento: la presencia del otro que siempre se ofrece como acreedor de una responsabilidad moral a la vez que como presencia indisponible. Algo hay de eucarístico en el sacrificio de este principito, en su aceptación de la muerte como algo desde siempre conocido que lo traslada hasta una ausencia siempre anterior: como que en el encuentro con la entrega decidida de su cuerpo quedara decidida y consagrada, desde el inicio de la obra y para siempre, la autonomía y la responsabilidad de su amigo el aviador.
No es preciso decir que Le Petit Prince ha suscitado entre los lectores no sólo admiración, sino incluso fervor. La obra del profesor Manuel Ballester ha nacido de esta palpitación. Una obra dirigida a un público que quiere a la vez sentir y comprender. Que, por tanto, se sitúa en el quicio donde todos los hallazgos se tornan presentimientos de algo más. Indudablemente, la obra del profesor Ballester es un recorrido más en el espacio que Le Petit Prince abre indefinidamente. La justicia que a ambos autores se debe exige reinventar el recorrido propio, aceptar el riesgo de la búsqueda entre los márgenes del deseo y de una lúcida perplejidad.