Publicado inicialmente en Calas, revista de literatura del Centro Cultural Generación del 27, n. 5 (1999), pp. 217-219.
Horas faltaban aún para el mediodía y ya se podía ver, desde lo alto de la torre del templo, la doble hilera de gente que partía por medio aquella plaza de provincias, extendiéndose desde una esquina –donde el origen de la fila se ocultaba- hasta la puerta misma de la catedral. Si hubiera que declarar el motivo, diríase que el mismo que había llevado al eclesiástico hasta lo alto del campanario: así como un viento que hubiera sacudido una a una, sucesivamente, todas las hojas de los parques, había corrido el rumor de oído en oído hilvanando la atención de los transeúntes, hasta concentrarse en un punto donde se lograra materializar. Se apreciaba el bullir de aquellas gentes que gesticulaban con los brazos al tiempo que giraban los cuerpos en varias direcciones sin romper por ello la formación más o menos disciplinada en sinuosa linealidad. Observaba el clérigo aquella multitud y parecíale la entrada del templo como boca de hormiguero donde la formación se esparciera, ya sin orden, en el entrechocar con quienes abandonaban por fin el interior. Qué mensaje fugaz se pudiera transmitir en el rápido cruzarse, qué palabra de crédula fascinación o de ironía, aún hoy son enigma para quien contemplaba desde la altura como para quienes, a ras de tierra, aguardaban el turno de una revelación. Acodóse el eclesiástico en la balaustrada de la torre y, asomándose indolente al vacío, recordaba al niño que imaginara secretos que sólo las hormigas conocían y que se comunicaban enlazando fugazmente sus antenas: significados ocultos en lo recóndito de la terrosa caverna que para él siempre serían desconocidos, expresados como en lengua lejana y extranjera. Volvió los ojos a la aglomeración del atrio, donde la confusión crecía por momentos, al tiempo que desde el interior del templo se dejaba oír el coro de los canónigos que comenzaba a farfullar tenuemente unos latines con la melodía de un gregoriano imperfecto. A medida que los sones iban insinuándose a través de la extensión paulatina del atrio, de la plaza, de las callejas al fondo, un estremecimiento como de agitación vana se iba apoderando de aquella multitud serpenteante. Las gentes hablaban entre sí con un tono cada vez más ronco, un rumor general que ganaba cada vez en intensidad, como viento que asediara desde el suelo una babel de hojas sueltas y que se elevaba intrascendente hacia la altura; mientras tanto la fila tendía a disgregarse más y más en una aglomeración informe. Entornaba los ojos el clérigo, incapaz de ordenar sus pensamientos; de joven había creído con firmeza en la excelsitud de las ideas, en la altura de sus cavilaciones. Ahora sin embargo, en el cenit de su edad madura, no las acariciaba ya sino como creencias hermosas que sólo brillaban evocadas dentro del fanal de su ensoñación. Al abrir los ojos pudo ver que la multitud se agitaba cada vez con un desorden mayor; la policía intentaba mantener el orden de la fila a golpes y empujones. Tan importante era que la disciplina fuera mantenida al menos durante el tiempo que duraba aquella espera. Los latines que sonaban inacabados se elevaban con intensidad creciente, e incluso enroscándose por los relieves y volutas en piedra de la torre alcanzaban los oídos del eclesiástico y se confundían ya con el vibrar de los bronces que ellos mismos producían al acariciar el interior de las campanas. Pensó el clérigo qué intenso había de ser ese canto en el coro donde tenía origen, qué abrumador en la extensión del atrio y en la plaza. El espectáculo allí era impresionante: la policía ya había sido desbordada por la multitud que querría ser un magnífico corazón informe que se agitara en la ignorancia más acá de cualquiera prescripción. Pero el rumor de tantas lenguas, bajo el fuego del mediodía, empezaba a ser anulado por la potencia torrencial del órgano y del coro, torrente que empujaba desde atrás la cancela de la catedral. Se sentían las sacudidas sobre la hoja doble del enorme portón y el gruñido herrumbroso de los picaportes que ya cedían a una solicitación más razonable –si no menos violenta- ejercida desde el interior y que descorría por fin sus mecanismos. Abrióse el portalón grandioso y un torrente de luz penetró súbito golpeando el altar gótico del trascoro. Los canónigos formaban en doble hilera tras la cruz procesional ante la extensión ahora desierta de la plaza. El sol abrasaba el adoquinado con furia desacostumbrada y la quietud era absoluta, excepción tan sólo de la atronadora salmodia que se atropellaba en las paredes circundantes prodigándose en una babel caótica de ecos. Avanzóse la cruz hasta el límite del sagrado. Uno de los canónigos hizo amago de levantar la vista, pero el sol lo hería puntiagudo en las pupilas. Ya recogía la mirada en la magnificencia mensurable de su hábito, cuando el despertar de una bandada de palomas se interponía unánime tal blanquísimo palio, frontera de las voces que adoraban. En lo alto, un ave descarriada picoteaba las ropas vacías de un clérigo incierto, abandonadas con descuido en el pretil de las campanas.