El caballero de Hinojosa de Duero (El Feudal) Curso de Verano en Hinojosa de Duero(Salamanca)

 

 
   

 

EL CABALLERO DE HINOJOSA DE DUERO (EL FEUDAL)

Manuel José Estévez Sánchez

 

CAPÍTULO I

 

             El Castillo, altivo y pétreo, se alzaba en lo alto del cerro. Desde su altozano dominaba al pueblo, enseñoreándose sobre las modestas casas de adobe y madera que se esparcían ladera abajo formando un intrincado damero de calles estrechas y empinadas. Una enmohecida empalizada de troncos de encina, que de trecho en trecho se reforzaba con pilares de granito, cerraba el perímetro del pueblo, protegiéndolo de posibles incursiones.

            Al amanecer, cuando los primeros rayos de sol penetraban por la angosta tronera de la última estancia de la torre del homenaje e incidían en el espejo cóncavo que colgaba del techo, un agudo y estridente sonido surgía de la corneta del soldado. Era la señal para efectuar el cambio de guardia e izar el estandarte de la Orden del Temple en el mástil, donde el “beaussant” hondeaba en lo más alto del castillo como símbolo de poder absoluto. Al unísono, en la espadaña de la ermita del Cristo de la Misericordia aneja al castillo, la campana gorda de bronce repicaba la hora prima. Y las humildes casas del pueblo despertaban con su sordo y cansino tañer.           

            El tañido de la campana esa madrugada del año del Señor de 1307, hería el aire con un sonido metálico de regocijo. Anunciaba la Feria de Mayo, que por ser la primera presidida por el nuevo feudal, se celebraría con gran pompa. Para los aldeanos de Hinojosa de Duero era un día grande, destacando sobremanera en el calendario, casi tanto como el de San Juan. Esa jornada rompían su dura y monótona vida cotidiana, plagada de sacrificios y privaciones, dejando a un lado el trabajo; siempre  con el beneplácito de su señor.

Como el resto de las gentes del pueblo, César había estado esperando la llegada de esa señalada fecha desde hacía tiempo. Para él era un acontecimiento singular que le permitía entrar en contacto con experiencias alejadas del duro devenir cotidiano y, por unas horas, olvidaba que era un simple pechero. Le encantaba ver la explanada de las Vegas a rebosar de las gentes más variopintas: juglares recitando canciones épicas, buhoneros que vendían pócimas milagrosas que todo lo curaban, pastores con grandes rebaños de ovejas, caballeros engalanados, escuderos...  Pero lo que en verdad le fascinaba, era asistir a los torneos. A ellos acudían, enfundados en sus relucientes armaduras, todos los nobles caballeros de la encomienda del Abadengo para demostrar su destreza con el caballo y la lanza. César, disfrutando de una vaga quimera, se permitía soñar con llegar a ser uno de ellos y así liberarse de su condición de siervo.

La noche anterior a la feria, César estuvo en vela hasta después de que sonaran los maitines; la ansiedad no le permitía conciliar el sueño. Cuando por fin consiguió dormirse, se pasó la noche inquieto, dando vueltas sin parar, como si un ejército de hormigas estuviera entre las mantas. Y así, antes del toque de la hora prima, ya estaba despierto.

Permaneció en el catre, arropado hasta la nariz, disfrutando de ese instante de sosiego en que los primeros rayos de sol penetraban sigilosos por el angosto ventanuco de la alcoba. Por él, a la vez, se colaba una fresca brisa primaveral impregnada de ese olor a tierra mojada que tanto le gustaba. Ese día el cielo estaba raso. Apenas unas nubes algodonosas surcaban el horizonte. La fresca brisa matinal cimbreaba, en un cálido arrullo, las briznas de hierba dejando sobre su superficie minúsculas gotas de rocío. Sólo perturbaban la quietud encendida del alba los estridentes gorjeos de las bandadas de pardales, que, rompiendo el azul, abandonaban sus dormideros en los álamos de los Praullinos, a orillas de la Rivera de Froya, para dirigirse a las mieses aún verdes.

 Y absorto en ese estado de semiinconsciencia, permaneció hasta que los ladridos de Luna, la perra que su tío Avelino le regaló el día en que cumplió dieciocho años, lo devolvieron a la realidad. Un instante después, su padre ya lo llamaba:

- ¡César, levántate! ¡A quien madruga, Dios le ayuda! –gritó Juan con su  ronca y poderosa voz, entreabriendo la puerta del aposento-. ¡Se nos hace tarde!

- ¡Ya voy, padre! -contestó César con voz tenue por temor a despertar a sus hermanos que dormían en la misma estancia. Y sigiloso se incorporó sobre el jergón de lana, para evitar el crujido lastimero de los viejos travesaños del catre de nogal.

- ¡Vete a la cuadra y apareja el burro! –le ordenó su padre, mientras se dirigía a la cocina dando traspiés por el tenebroso pasillo.

- ¡Voy enseguida!

César se vistió a toda prisa. En un santiamén se puso sobre la muda con la que dormía, unas calzas de negro paño y un jubón de estopilla de lino blanco que se lo ajustó a la cintura con un correón de cuero. Por último, se calzó las botas, ya ennegrecidas y ajadas de tantos días de soles y lluvias. Cuando concluyó, extendió desarregladamente la manta amarillenta sobre el jergón, y salió de la alcoba.

- Buenos días, hijo –lo saludó su madre con un cariñoso beso en la mejilla -. ¿A dónde vas tan pronto?

- A la cuadra, a aparejar el burro, hoy es la feria.

- ¿Los niños siguen dormidos? –le preguntó María temiendo que las voces del padre los hubiera despertado.

- Si, descuide madre, duermen como troncos.

Y por el oscuro pasillo de irregulares lanchas de pizarra, se dirigió a la cuadra para echarles la postura de cebada a los animales y albardar al burro.

                                                                                               ……….

  

En la exigua y humilde cocina, aún en semipenumbra, presidida por la campana de la chimenea, reinaba un penetrante olor a humo. Sentado en un tocón de fresno, que a la vez servía de tajo para partir la carne, el abuelo Pepe, hombre corpulento y curtido, encendía la lumbre de la chimenea. Sus fuertes y agrietadas manos alimentaban las llamas con escobas secas y fina leña de encina, cuyas hojas leñosas y puntiagudas, al entrar en contacto con el fuego, crepitaban despidiendo minúsculas ascuas incandescentes, que a la débil luz del candil se asemejaban a luciérnagas saltarinas. La abuela Alicia, mujer enjuta, pero enérgica, sentada en la escañeta, picaba unas rebanadas de pan duro para ensopar la leche de los niños. Prematuramente envejecida por las penas pasadas, vestía de luto riguroso: camisa negra, saya negra, medias negras, toquilla de punto negra y pañuelo azabache cubriendo los blancos cabellos de nieve, que todas las mañanas rociaba con esencia de azahar. Juan, mesándose el pelo impaciente, esperaba sentado a la mesa sin soltar la jarra de vino. María, azarada, sacaba los platos de barro para el almuerzo de la alacena empotrada en la pared amarillenta, cuyas desvencijadas puertas de celosía apenas protegían la loza del polvo.

- ¡Buenos días nos dé Dios! – saludó César al entrar en la cocina.

- ¡Buenos! – le respondieron.

- ¿Cómo has tardado tanto, hijo? -preguntó su madre.

- He aguardado a que el burro acabara la postura de cebada para ponerle la albarda –contestó el muchacho.

- ¡Date prisa! – le apremió su padre, mesándose los cabellos con gesto taciturno.

- Venga, anda a lavarte mientras voy preparando el almuerzo –dijo María colocando las viandas en la mesa.

Sin más dilación, César fue al zaguán, llenó con el aguamanil la palangana de barro sustentada sobre un rudimentario trípode de madera y, sin mucha dedicación, se lavó las manos. Después, sutilmente, con las yemas de los dedos se quitó las legañas. A continuación, mojándose el pelo con las manos, intentó dominar el repilo que, como un penacho de abubillas, se erizaba en lo alto de la coronilla.

En la cocina su padre ya había comenzado a almorzar y lo apuraba para que se diera prisa:

- ¡Siéntate de una vez...! A este paso hoy...

Pero Juan no pudo concluir la frase. El abuelo, acalorado con el trajín de encender la yesca, le pidió una jarra de agua a César.

- Ahora mismo se la traigo, abuelo.

- ¡Cagüen Judas! – profirió Juan dando un fuerte golpe sobre la mesa-. No me entretenga más al mozo, que hoy...

César ya no escuchó a su padre. Con la jarra en la mano fue a la despensa donde una gran tinaja de barro, de generoso brocal, preservaba el agua de las inmundicias y los cambios de temperatura. Con sumo cuidado llenó la jarra con aquel agua fresca y cristalina, como recién manada de la Fuente Atrás. Donde  todas las mañanas, con una paciencia infinita, Jenaro, el aguador, llenaba los cántaros que después repartía en los cestos de mimbre a lomos de su asno de casa en casa a la voz de: “Aguas frescas y benditas, que hacen las delicias de las niñas”.

- Gracias, hijo. Estaba seco. Hoy le cuesta encandilarse a la condenada lumbre; se conoce que la leña se ha mojado con el rocío... - el abuelo siguió hablando, pero César, ya en la mesa, no le prestaba atención.

- Date prisa… – volvió a insistir Juan con la misma monserga.

- ¡Déjalo tranquilo, hombre! – intervino María.

- ¡Y tú, arrea! – dijo bruscamente a su mujer -. Vete a ordeñar la cabra, que se nos hace tarde.

 ……….

 Paloma, la cabra, aún rebañaba con su sonrosada y puntiaguda lengua los últimos granos de cebada de la pesebrera cuando María abrió la puerta de la cuadra. Al verla, se quedó mirándola un instante con aquellos ojos redondos y pequeños, igual que dos aceitunas azabaches  maduras. Pero, al punto, siguió engullendo la cebada con la glotonería habitual. La Paloma, como decía la abuela cada vez que la veía comer con aquella avaricia: “era un animal muy tragón, siempre con la cabeza gacha y moviendo los carrillos”. No le faltaba razón, durante los cinco meses de gestación había comido a boca llena, todo era poco para ella. Hacía una semana que había parido dos cabritos vivarachos y respingones. Saltarín y Blanquillo, los habían bautizado los niños. Los calostros les habían conferido una rebosante vitalidad; no había más que ver su blanco pelo, espeso y mullido cual copo de nieve recién caído. El abuelo Pepe siempre lo decía: “si los animales no maman calostros hasta verse hartos, no tendrán jijas nunca”. Los cabritos hacían las delicias de los más pequeños, que se pasaban el día intentando entrar en la cuadra para jugar con ellos. Alfonso, el mayor de los tres rapaces, oteaba el horizonte y, cuando estaba despejado, llamaba a David y a Miguel para entrar a hurtadillas. El abuelo Pepe no les dejaba jugar con los lechales, decía que “la cabra los aborrecía, cortándoles la leche, si los olía diferentes”.

- Tranquila Paloma, soy yo – le hablaba María, mientras le pasaba la mano por el lomo-. Calma, bonita..., calma...

 Era el primer día que la ordeñaba después de parida. Sus generosas ubres estaban a rebosar, los cabritos aún no habían mamado. María, remangándose la saya, se sentó en la tajuela y le lavó los pezones con agua caliente para eliminar podredumbres y estimular la bajada de la leche. Colocó la colodra bajo las tetas y comenzó a ordeñar a la Paloma con delicadeza. Presionaba los pezones con el dedo pulgar flexionado hacia dentro, para que al cerrar la palma de la mano la leche fluyera con firmeza; primero la diestra y después la siniestra, así alternativamente. Y sin parar de hablarle con dulzura:

- Así, así, Paloma. Venga, venga, así... tranquila...

 A la Paloma había que ordeñarla con cariño, y siempre la misma mano. Sólo María había conseguido sacar leche de sus ubres. Pero a pesar de ello, de recién parida, alguna que otra coz le había lanzado, tirando la colodra con la leche. Luna, siempre oportuna, guiada por su instinto canino, corría a lamer el delicioso líquido caliente y espumoso antes de que la paja de la cuadra la absorbiera, haciéndola desaparecer engullida en un instante como por arte de magia.

 Cuando el calderín tuvo la suficiente leche para el almuerzo de los niños, dejó de ordeñar; ocasión que los cabritos aprovecharon para aferrarse, veloces como galgos, a los pezones. Sorbían el blanco y cremoso fluido con verdadera fruición y glotonería. María disfrutaba tanto viéndolos mamar con aquella desmesurada avaricia, que sin darse cuenta se quedó allí embelesada mirándolos.

Pero al cabo de unos instantes, dos contundentes porrazos en la puerta de la cuadra hicieron que María volviera a la realidad.

- ¿Quién es…? –peguntó sorprendida por lo inesperado de los golpes.

- ¡A los buenos días! Soy el cabrero, abre.

- Buenos días, Evaristo, ¿qué quieres?-preguntó la mujer a la vez que abría la puerta de la cuadra.

- Vengo a ver si la Paloma ya está lista para ir con la cabreada. ¿Digo yo que ya estará recuperada del parto?

            Como todas las mañanas, nada más despuntar el alba, el cabrero iba de casa en casa recogiendo las cabras para llevarlas a pastar por las cunetas de los caminos, por las riberas de los arroyos y por las rastrojeras.

- ¿Dónde llevarás hoy la cabreada? –le preguntó María-. No vayas muy largo, recién parida como está la cabra, no se la puede obligar mucho.

- No tengas cuidao, trato a las cabras como si fueran mías – repuso el cabrero -. Hoy las llevaré al Valle Ancho. Con el tempero de las últimas lluvias allí hay buen pasto y, además, así veo de cerca el trajín de la feria.

- Pues aguarda un instante, en cuanto terminen de mamar los cabritos saco la cabra –observó María.

  

                                               ……….

 

            César, sentado a la mesa junto a su padre, daba buena cuenta del chorizo y la hogaza del negro pan de centeno cuando su madre regresó a la cocina.

- ¡María, abrevia! – apremió Juan.

- ¿A qué viene tanta prisa?- preguntó ella.

- Antes de ir a la feria hay que apañar a las ovejas del corral – repuso él.

- Ya me encargo yo de echarles la postura y de ordeñarlas –terció el abuelo.

- Mejor será, porque a este paso, hoy hasta las ranas crían pelo –comentó socarronamente Juan-. Y no se olvide de sacar a pastar a las machorras y de ramonearles unas ramas de fresno, que las comen bien.

- No te preocupes, estarán atendidas… –contestó el abuelo.

- Los huevos ya están fritos – interrumpió la abuela, que pegada a la lumbre escaldaba las yemas echándole el aceite hirviendo con la espumadera -. Se han esparramao un poco, la clara es muy fofa. Ya te dije que estas gallinas parecían hueras...

- Ándese con menos zarandajas, madre, y abrevie, que tenemos prisa – cortó secamente Juan a la abuela-. ¿María, ya está hervida la leche?

- No, aguarda un poco, está a punto de romper a cocer.

María, sentada al pie del hogar, vigilaba que no se bufara la leche, a la que, a cada poco, le añadía un hilillo de agua. Según decía la abuela Alicia, “era para que no se pegara ni en el hondón del puchero, ni en las tripas, porque la leche de cabra recién parida era muy recia”.

Juan, impaciente por marcharse, no esperó a que la leche acabara de bullir y, ya de pie, apuró la jarra de vino hasta el hondón.

- ¡César, dame las alforjas y vámonos de una vez! –le indicó a su hijo mientas se limpiaba la comisura de los labios con la bocamanga del jubón.

Y metiendo el calabozo y la bota de vino en las alforjas, se dispuso a marcharse. Pero María, antes de que le diera tiempo a rebasar el umbral de la puerta de la cocina, lo requirió para que echara en las alforjas una faltriquera con un trozo de queso y una longaniza para almorzar. Juan, contestándole destempladamente, declinó el ofrecimiento, arguyendo que ya comerían algo en una de las tabernas que se instalaban en los aledaños de la feria. Y con un lacónico ¡adiós!, se despidió.

María y la abuela Alicia quedaron en la cocina con el trajín de preparar el almuerzo para los pequeños. El abuelo, sentado en el tocón de fresno, continuó azuzando la lumbre con los fuelles. Una vez que los añosos troncos de encina se transformaron en incandescentes ascuas, las sacó con la badila colocándolas en el herrumbroso brasero sobre una solera de negro cisco, que acto seguido tapó con unas paletadas de ceniza para que se consumieran lentamente. Antes de colocar el  brasero bajo la mesa, esperó unos instantes; tenía que comprobar si había algún tufo. Y efectivamente, al cabo de unos segundos un humazo oscuro comenzó a abrirse paso entre la volátil ceniza. Con las tenazas escarbó siguiendo el rastro que dejaba la fumata hasta descubrir la brasa que provocaba la bocanada de humo; sin remover en exceso, sacó la llameante ascua y la arrojó de nuevo a la lumbre. Después, levantando con tiento los arropijos que cubrían la mesa para evitar que el calor se escapara, acomodó el brasero sobre la caja de madera que servía de receptáculo y lo tapó con la alambrera. Aunque por esa época del año los rayos de sol ya incidían con fuerza atemperando desde muy temprano los hogares, la abuela Alicia se quejaba que con el relente de la madrugada se le engarañaban las manos y, por miedo a que le brotaran de nuevo los sabañones, se sentaba al brasero mientras los gatos ronroneaban a su alrededor. Ella siempre lo decía: “hasta el cuarenta de mayo no hay que quitarse el sayo, ni descuidar el brasero por si acaso”.

                                              ……….

El burro, atado por el cabestro a la argolla de hierro incrustada en la jamba de la puerta de la cuadra, mordisqueaba plácidamente las escasas briznas de hierba que crecían al abrigo de la pared de adobe. Juan lo desató, y tirando del ronzal, lo arrimó al poyo que estaba al pie de la puerta de la casa, aquel de negra pizarra que el abuelo había arrancado con la marra de los canchales de Valdobispo. Juan, a pesar de que el jumento no tenía gran alzada, necesitaba encaramarse en alto para poder montar en el asno; porque aunque en apariencia era un hombre fuerte y vigoroso, de tantas duras jornadas en el campo al sol y a la lluvia, “tenía ya los huesos corroídos”, como él decía, y le costaba subirse en lo alto de la albarda.

Pardal era un burro corto de estatura, rabilargo y de patas robustas. Su cara, con el morro azabache y las anteojeras blancas, tenía una expresión melancólica de dulzura y mansedumbre. Pero era fuerte y recio por dentro como el pedernal. Soportaba sin queja interminables jornadas tirando del arado o acarreando los pesados sacos de aceituna por las empinadas laderas de Las Arribes del Duero. El nombre de Pardal se lo había puesto Juan a raíz de un insólito suceso acaecido una de aquellas calurosas tardes de estío; cuando lo recuerda aún esboza una sonrisa en la comisura de los labios.

Sería mediado el mes de julio, en plena época de trilla, en la era de Nuestra Señora, la que estaba a la vera del camino de Lumbrales. Ese día las chicharras cortaban con su afilado canto el tórrido aire, que ni las golondrinas se atrevían a surcar. Era la hora de la siesta y el pobre asno, acuciado por los aguijonazos de los tábanos, se revolcó en la parva de trigo a medio trillar para mitigar los picores. Una vez confortado, se tumbó a la sombra de un carro cargado de haces de cebada. Y mientras dormitaba placidamente, todos los pardales que revoloteaban por los alrededores acudieron a comer los granos que se le habían incrustado entre los pelos del costillar, forrándolo con una manta de plumas. Cuando Juan descubrió tan grotesca situación, cual estatua de sal, se quedó allí como un pasmarote sin saber qué hacer.

- ¡Cagüen Judas…! ¿Pero qué pasa…? ¿Qué es esto…? ¡Se lo están comiendo vivo! –exclamó.

Y aterrorizado, al fin corrió a espantar a los pardales pensando que le estaban comiendo las entrañas. Los pájaros, asustados,  de inmediato emprendieron el vuelo abandonando el festín. Juan, sin dar crédito a lo ocurrido, se quedó frente al burro; e inopinadamente comenzó a reírse de tan grotesca situación, llamando a voces a los demás:

- ¡Corre Luis, corre..., Eusebio, rápido…!

Y, entre carcajada y carcajada, les relató lo acontecido. Desde entonces el burro perdió el nombre de pila para ser confirmado con el de Pardal. 

 

................

  

- ¡César, vamos...! A este paso, cuando lleguemos a las Vegas, la feria se habrá acabado. ¡Date prisa! – le gritó su padre mientras arreaba a Pardal para que avivara el paso.

Pero el muchacho no escuchaba; estaba parado en medio de la plaza del Solejar mirando fijamente una de las ventanas de la gran casa solariega que presidía la plaza. Era la ventana de la alcoba de Beatriz, su prometida. Los cuarterones de la ventana todavía permanecían cerrados, era muy temprano para que la muchacha estuviera levantada. Beatriz era la hija de un distinguido vasallo del feudal al que la suerte y el destino le habían sonreído. Ciertos favores le habían permitido dejar la condición de siervo y ahora disfrutaba de una honorable situación: era el encargado de supervisar los cargamentos de sal que, provenientes de Oporto, pasaban por Hinojosa de Duero. Ello le había deparado una envidiable posición social: poseía una casa de postín atendida por una criada, tierras propias, una yunta de excelentes bueyes de labor, media docena de vacas y dos espléndidos caballos con todos los arreos necesarios para la guerra.

Ramiro, el padre de Beatriz, siempre había mantenido una excelente relación con Juan, no en vano eran hermanos de leche, los había amamantado la misma nodriza.  Tal era la amistad que les unía, que habían llegado al punto de sellarla con el compromiso matrimonial de sus respectivos hijos, Beatriz y César. Pero bien sabido es que la plata hace mudar de opinión con facilidad, y al fin y a la postre el devenir de los acontecimientos acabó por trastocar los planes. A Ramiro ya no le complacía aquel acuerdo y soterradamente, contando con la complicidad del nuevo feudal, pretendía que su hija contrajera matrimonio con algún noble de la comarca para emparentar con una familia de abolengo.

- ¡César, aligera el paso! – volvió a gritarle su padre, mientras fustigaba al burro con la vara de zambullo.

- ¡Voy! – contestó César, absorto aún en sus pensamientos.

- ¿Pero qué haces? –le preguntó a voces Juan, parando el burro para esperarle.

- Miraba a la ventana, por si veía a Beatriz.

- ¿No sabes que las hijas de los ricoshombres a estas horas todavía duermen a pierna suelta?

- Sí, padre, pero hace una semana que no la veo. No sé qué le puede ocurrir. Estoy preocupado.

- Y a su hermano Julio, ¿no le has preguntado?

- Dice que se pasa el día en casa. Sólo sale a misa, y acompañada de su madre. Es algo muy extraño, ¿no cree usted?

- No le des importancia. Ya sabes que las mujeres de cuando en cuando tienen sus rarezas. Se le pasará, “porque no hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo aguante”. Ya hablaré con su padre... – indicó pensativo, frunciendo el ceño con una mueca de desagrado -. Pero..., ahora que lo pienso, desde hace tiempo noto a Ramiro más distante, como que me rehuye. Venga, vamos..., serán figuraciones mías, ya volverán las aguas a su cauce.

- Padre, me deja más preocupado; “si el río suena, agua lleva”, como dice el abuelo. En esa casa todo el monte no es orégano; algo está pasando.

- Anda, olvídalo... Serán coincidencias – Juan intentaba restarle importancia a la situación, pero esa sucesión de extraños acontecimientos le comenzaron a preocupar -. Aligera el paso que se nos echa el día encima.

Y, sin más, ambos prosiguieron el camino, dando por zanjada la conversación, atribuyendo aquella serie de sucesos a la casualidad.

 ………

             Una vez rebasada la empalizada de troncos de encina que resguardaba al pueblo de posibles incursiones, padre e hijo enfilaron el camino que discurría en paralelo a la Rivera de Froya.

El sol ya despuntaba en lo alto del Monte Sierro y Juan espoleó al burro para que avivara el paso. Una vez llegados a la altura del Caozo de las Pereras, alcanzaron a Tomás y a su hermano Luís que, sin prisa, iban en la misma dirección. Montaban dos hermosos burros tordos de buen pelaje y, al decir de sus dentaduras, tendrían media docena de años, no más.

- ¡Buenos días nos dé Dios!  – saludó afablemente Juan-. ¿A la feria?

- ¡A los buenos días! – contestó Tomás-. Allí vamos.

- Seco verano se presenta –observó Juan por entablar conversación-. ¿Has visto qué poca agua lleva la Rivera? Con el invierno tan áspero que hemos tenido y las pocas lluvias de primavera, a duras penas se han llenado los caozos. Y en cuanto el sol apriete una miaja, se llenaran de miocas y se echaran a perder.

- Sí, mal año se presenta –contestó Tomás.

Su hermano Luís, parco en palabras, se limitó a asentir con la cabeza. A fuerza de pasarse los días en el monte con las borras, se había vuelto hosco y reservado. Tomás era más campechano y dicharachero, gustaba del trato con las gentes; actitud propiciada tal vez por su oficio de capador, en el que, por cierto, se daba buena maña con la navaja. Sobre todo con los cerdos, que los capaba a pulgar; les hacía una pequeña incisión en la piel, por la que introducía el dedo índice hasta coger el cordón seminal que retorcía hasta troncharlo. Pero también se atrevía a descastar caballos, si era menester. El oficio le venía de largo, en su familia, de origen gallego, siempre alguien había tirado de la capadora. Su abuelo le relataba que ya sus antepasados, en su Galicia natal, se dedicaban a castrar todo tipo de animales: perros, machos mulares, caballos, cerdos y hasta con los novillos se atrevían. Cuando llegaron a aquella comarca ribereña del Duero, en la época del reinado de Alfonso VI, por el año 1100, llevaron  consigo su oficio. Vinieron, como otros muchos gallegos y leoneses, a repoblar aquellas “tierras de nadie”, que las razzias de los almohades de Almanzor habían devastado un siglo antes.

- ¿Vais a comprar alguna oveja? –preguntó Juan.

- Que va, no están los tiempos para gastar la poca plata que tenemos. Hay que guardar los maravedíes para pagar los impuestos al señor feudal –contestó Tomás-. Vamos a ver si alguien necesita que le castremos algún animal. Ya sabes, en estos días de feria siempre sale algún apaño.

- Yo quiero ojear algún rebaño, necesito media docena de ovejas para reponer las que se quedaron machorras –observó Juan.

- Pues vete vaciando la faltriquera, según se dice están a precio de oro.

- ¡Qué me vas a decir…! Como esto siga así, pronto no tendremos ni para llenar el puchero. Al final habrá que empeñar los pocos bienes que tenemos para hacer frente a los impuestos.

- Cada día nos aprietan más. El feudal es insaciable con las pechadas que hay que echar en las “terras dominatas” y el Abadón no deja de subir las gabelas.

- Cierto es –sentenció su hermano Luis, que no había abierto la boca hasta entonces.

- ¡Si don Lucas levantara la cabeza! –se lamentaba Juan, al referirse con añoranza al anterior feudal de Hinojosa de Duero-. No se creería lo que está pasando. Nos quejábamos de que era cruel, pero su yerno lo hace bueno. Si ya lo decía mi padre: “bueno lo hará el que detrás vendrá”. Don Lucas por lo menos  respetaba nuestras propiedades cuando no podíamos pagar los tributos.

- Es verdad –volvió a sentenciar Luis.

Y, ciertamente, los tiempos que corrían no eran nada propicios para los siervos de Hinojosa de Duero, ni para los que vivían en los demás pueblos de la encomienda del Abadengo, así llamada por estar bajo la jurisdicción del Abadón, nombre que recibía en Ciudad Rodrigo el abad de la Orden de los Templarios, por su riqueza y poderío. A la muerte de don Lucas, acaecida en misteriosas circunstancias, el Abadón invistió a don Leopoldo, yerno del fallecido, como feudal de Hinojosa de Duero y Justicia Mayor del Abadengo. El nuevo feudal era partidario de la política opresora del abad de la Orden de los Templarios. Éste, a toda costa, pretendía evitar cualquier movimiento en contra del poder establecido, sometiendo a todos los vasallos libres de su encomienda arrebatándoles sus escasas posesiones; para cuya labor era imprescindible contar con servidores fieles y sin escrúpulos, como don Leopoldo.

Los nuevos derroteros por los que se encaminaba la política de los gobernantes de la encomienda del Abadengo, seguían la estrategia dictada por el Gran Maestre de Castilla de la Orden del Temple, don Rodrigo Ibáñez. Éste temía el excesivo poder que estaban adquiriendo los concejos locales, en los que participaban los pocos hombres libres de cada pueblo. No podía consentir el grave menoscabo que estas organizaciones suponían para su férreo gobierno, y menos en esos momentos, que tras la caída de  Tierra Santa en el año 1291 en manos de los sarracenos, la Orden del Temple había perdido gran parte de su prestigio. Y lo que era aún peor, el Gran Maestre temía que el rey de Castilla y León, don Fernando IV,  siguiera los derroteros iniciados por el rey francés, Felipe IV. A principio de ese año de 1307, el rey francés había ordenado a su guardasellos, y hombre de confianza, Guillermo de Nogaret, que investigara a la Orden de los Templarios con el único objetivo de imputarles algún delito que les pudiera llevar ante los tribunales de la Inquisición, para poder abolir la Orden y  apropiarse de sus cuantiosas riquezas.

- Y si temo por mis bienes, más temo por mi vida –indicó preocupado Juan-. Mira lo que le pasó a Juan el Largo, casi lo cuelgan de la picota.

- Por eso mismo nosotros hemos dejado de asistir a las reuniones del concejo local –apuntó Tomás-. El feudal no consentirá que nos reunamos ni una sola vez más, antes es capaz de pasarnos a cuchillo.

- No tengo la menor duda –ratificó Juan-. Pero no podemos rendirnos, el feudal nos arrebatará nuestros bienes, la libertad y la dignidad.

- Son tiempos difíciles, pero me temo que todo vaya a peor –observó el capador-. Ya sabes, “a perro flaco, todo se le vuelven pulgas”.

César, a pesar de estar inmerso en sus cavilaciones, buscando una explicación a la extraña conducta de Beatriz, apretó el paso para ponerse a la altura de su padre y de Tomás para oír de qué hablaban tan acaloradamente. La conversación le reveló la gravedad de la situación a la que se enfrentaban los vasallos de la encomienda del Abadengo; sin lugar a dudas, sobre ellos se cernía un aciago futuro. Si el Gran Maestre de la Orden de los Templarios de Castilla presionaba al Abadón para privar a sus siervos de los privilegios que habían adquirido a lo largo de los siglos merced a las cartas pueblas, los hombres libres de Hinojosa de Duero, Lumbrales, La Fregeneda, Sobradillo, San Felices de los Gallegos y los demás pueblos de la encomienda, volverían a su antigua condición de siervos de la gleba.

Y en esa conversación, reflejo del sentir de las gentes, la vereda les llevó hasta al puente romano que franqueaba las menguadas aguas de la Rivera de Froya. Bajo sus tres arcos de medio punto, labrados en pétreos sillares berroqueños, apenas fluía un hilillo de agua zarca, que los perros cruzaron de estampida asustando a la media docena de cigüeñas y garcillas boyeras que buscaban renacuajos bajo las miocas.

A escasas varas del puente estaba situada la puerta que daba acceso a la Dehesa Boyal, propiedad del feudal, donde se celebraba la feria. Al pie del portón, bajo la sombra de un chaparro, estaba Leocadio, el fiel medidor o el romanero que ellos le decían. Limpiaba escrupulosamente sus instrumentos de medida: la media fanega, que utilizaba para medir el grano; la romana de balanza, para pesar los corderos y ganado menudo; la romana grande, para los cerdos o las sacas de lana y la media arroba, para el aceite y el vino. Era el encargado de dar fe del peso y la medida de todo animal o producto que se vendiera en la feria, cobrando al comprador una pequeña cantidad en especie o dinero.

- ¡Buenos días, Leocadio! – saludó Tomás afablemente-. El día se presenta bueno, no le va a faltar trabajo.

- ¡Buenos! Hoy será un día de mucho trajín – contestó, esbozando una mueca de satisfacción, consciente de que esa jornada sería propicia para sus intereses.

Leocadio llevaba muchos años de romanero. Por San Pedro salía a subasta el cargo y él, hasta entonces, siempre se había quedado con la concesión; era hombre de fiar. Don Lucas siempre consideró que cumplía satisfactoriamente con sus funciones. Y cuando le hacía entrega de las medidas y las romanas oficiales, previo pago de la cantidad pujada, siempre le expresaba sus mejores deseos. Pero el viejo romanero se temía que aquel sería el último año en el que ejercía de fiel medidor; a buen seguro que don Leopoldo no continuaría con la política conciliadora de su suegro y aumentaría la gabela con la que gravaba la adjudicación, pues para él era primordial incrementar la recaudación de las arcas señoriales.

                                          ……….

 La feria se celebraba en el fértil valle de las Vegas, dentro de la Dehesa Boyal perteneciente a las “terras dominatas” del señor feudal de Hinojosa de Duero. En esa época del año el monte se había transformado en un amplio tapiz verde, encendido de bermellón con los pétalos de amapolas y coronado por las blancas flores de las escobas y los piornos. En el aire, en una abigarrada sinfonía, los trinos de las aves se mezclaban con el intenso aroma silvestre exhalado por tomillos y cantuesos. Las hacendosas abejas, en un incesante acarreo de alimentos, surcaban el azul libando el preciado néctar que las flores guardaban en la intimidad de sus receptáculos. No cabía la menor duda, a pesar de las menguadas lluvias, la primavera había llegado puntual a su cita anegándolo todo con su almibarada savia.

 El vasto valle rebosaba de actividad: los pastores azuzaban a los perros para meter a las ovejas en sus encañizadas; los ganaderos ataban las vacas a estacas de madera clavadas en el suelo; en sus puestos los zapateros, tejedores, caldereros, herreros, curtidores y vinateros pregonaban las bondades de sus productos; las tabernas, llenas a rebosar de sedientos clientes, servían vasos de aguardiente con perronillas para entrar en calor... Todo era una caótica y ruidosa algarabía, que los trovadores y juglares amenizaban con canciones de gesta, en las que los más famosos caballeros se batían el cobre luchando contra los musulmanes en al-Andalus o en Tierra Santa contra los sarracenos. Y a lo lejos, en el Valle Ancho, junto al Caozo Sinfín, ondeaban en lo alto de los mástiles los estandartes de los nobles y los caballeros de la comarca del Abadengo que se disponían a participar en las justas.

La feria atraía a una variopinta diversidad de gentes, era una buena ocasión para comprar ganado y otras mercaderías. Durante su celebración el feudal eximía del pago del impuesto de portazgo; y, a su vez, el abad de la Orden del Temple, dispensaba del diezmo. Estas prerrogativas animaban a los ganaderos y artesanos de los pueblos vecinos: Lumbrales, Sobradillo, La Fregeneda, Saucelle, Bermellar,… que acudían a la feria en gran número. También, en tiempos de paz con el vecino reino de Portugal, algún comerciante de paños y telas de Freixo de Espada a Cinta cruzaba el Duero por las Aceñas en la barcaza del señor feudal para vender sus artículos.

César y su padre se despidieron de sus acompañantes nada más cruzar el portón que daba acceso al recinto ferial, dirigiéndose hacia la margen izquierda de la Rivera de Froya donde los rediles de ovejas pastaban dentro de las encañizadas. Uno de ellos, en el que no habría más allá de dos docenas de ovejas churras, les llamó la atención. Las borras estaban recién esquiladas y en la piel no se le marcaba ni una costilla, las ubres estaban sanas y a rebosar de leche, las pezuñas limpias como el jaspe y los cuartos traseros los tenían firmes. El dueño, apoyado en el tronco de una encina, con el sombrero calado hasta las cejas y con la cayada en la mano, se mostraba ufano de su ganado.

- ¿Son suyas las borras? – preguntó Juan bajándose del burro, a la par que se descubría la cabeza.

- Sí señor, para lo que usted mande – respondió el pastor, levantando ligeramente el sombrero con la empuñadura de la  cayada.

- César, ¿qué te parecen las ovejas? –le preguntó su padre.

- Son buenas, pero parece que flojean algo de las patas traseras – contestó el hijo, mostrando la picardía de un tratante avezado.

- ¡Qué dice este  rapaz! – exclamó enfurecido el pastor -. En la vida habrás visto ovejas mejores.

- No ha querido ofenderle – terció Juan -. Discúlpelo, no entiende de borras. ¿A cuánto se venden?

- Baratas para lo buenas que son. A diez reales de vellón por cabeza, y las preñadas a doce.

- Caras se me hacen, padre –observó César.

- ¡Oye zagal, tú a callar, que en este entierro nadie te ha dao vela! –contestó acalorado el pastor, quitándose el sombrero compulsivamente.

- Razón tiene mi hijo, a mí me parece que cuestan más de lo que valen.

- ¡Pues arreando, que aquí no se atan los perros con longanizas! – el pastor, que no estaba dispuesto a bajar ni un céntimo el precio, dio por zanjada la conversación.

- Quede usted con Dios – se despidió Juan.

- Padre, la verdad sea dicha, las ovejas son de lo mejor de la feria – comentó César mientras se alejaban.

- Ya lo sé, pero hay que regatear. Si de golpe muestras demasiado interés, pagas gusto con ganas. A ese precio hoy no las venderá. Más tarde volveremos a ver si ha bajado el precio.

Y en esta conversación estaban, cuando la comitiva del feudal pasó seguida de los caballeros que se disponían a batir sus armas en el torneo; Julio, el hermano de Beatriz, al ser el más joven e inexperto, iba cerrando el cortejo.

- Padre, ¡vamos! – apremió César, deseoso de ver el combate de su amigo-. Quiero coger un buen sitio.

- Vete tú, yo iré más tarde.

 

……….

 

 

 

En la amplia explanada del Valle Ancho, junto al Caozo Sinfín, estaba dispuesto el palenque en el que se celebrarían las justas. En lugar preferente se encontraba la tribuna de las autoridades. Tenía un gran banco corrido de madera forrado con telas rellenas de mullida lana. En el centro, presidiendo el palco, un gran sillón de madera de roble tapizado de terciopelo rojo y con el escudo de Hinojosa de Duero tallado en el respaldo. La tribuna disponía de un baldaquino cubierto, cuyo tejado estaba hecho con un entramado de escobas y enredaderas, rematado por una gran tela carmesí. El frontal del palco se adornaba con la cruz roja de los Templarios y con los blasones de todas las casas nobiliarias del Abadengo. El pueblo llano, de pie, se disponía alrededor de una barandilla de madera que rodeaba el perímetro rectangular del palenque. La arena, donde se librarían las justas, estaba dividida en su mitad por  la tela, una valla de una vara de altura, que servía para separar a los dos contendientes, evitando que sus caballos chocaran en el fragor de la contienda.

César buscó acomodo entre la abigarrada multitud que se apostaba alrededor del palenque. La algarabía iba creciendo a medida que se acercaba el inicio de la liza. Impacientes, los partidarios de los diferentes caballeros, aplaudían y animaban a sus favoritos:

- ¡Viva el conde de Cerralbo! – gritaban unos.

- ¡Viva!

- ¿Qué decís? Ese viejo no vale ni para luchar encima de un burro – contestaban los de al lado.

- Ya lo veremos en la arena.

- ¡Ahí está el mejor caballero! – animaban los de enfrente.

- ¡A por ellos, don Julio!

- Ese jovenzuelo, no durará ni un envite. Te apuesto dos reales a que le parten el pecho – se fanfarroneaba un partidario del conde de Cerralbo…

De pronto,  se hizo un silencio sepulcral; el feudal acababa de subir al palco. El público, expectante, tomó posiciones alrededor del campo, los caballeros concluyeron los ejercicios de entrenamiento y, junto a sus escuderos, se colocaron en fila para efectuar el desfile de apertura.

El feudal, de pie en la tribuna, levantando el estandarte que presidía el acontecimiento, pronunció las protocolarias palabras que daban por inaugurado el torneo:

- Hoy, quince de mayo, del año del Señor de 1307. Yo, don Leopoldo, feudal de Hinojosa de Duero, por la gracia que me ha concedido el Abad de la Orden de los Templarios en la encomienda del Abadengo, doy por iniciado el torneo. ¡Que Dios reparta suerte y bendiga al ganador!

Todos los asistentes prorrumpieron en aplausos lanzando sus sombreros al aire, a la vez que gritaban: ¡Viva el señor feudal!, ¡Viva…!

El maestre de campo, sobre una peana, ordenó a los contendientes que iniciaran el desfile. La docena de caballeros, en fila de a uno, pasaron delante de la tribuna presentando sus respetos al anfitrión. Todos vestían, sobre la cota de malla, armaduras de acero repujado que, al incidir sobre ellas los rayos de sol, deslumbraban como la plata de la luna llena.

Desfilaban desarmados y con el yelmo en la mano derecha, luciendo sobre su penacho el pañuelo de la dama a la que representaban. Los caballos estaban cubiertos, desde la cruceta hasta la grupa, con ricos mantos bordados con los escudos heráldicos de sus dueños. Debajo se ocultaban el petral, la grupera y la flanqueta, todos de acero, para evitar que la cabalgadura resultase herida. En el cuello, sobre las crines, llevaban la barda, pieza articulada de escamas de acero. La cabeza la protegían con la testera. De la silla de montar, de cuero curtido de vaca y rematada en el asiento con un pellejo de lana de cordero, colgaban dos estribos de plata. Algún caballero se hacia acompañar por un gran mastín, también con su armadura.

Concluido el desfile, el maestre de campo recordó las reglas de la justa:

- Ya saben los caballeros participantes en esta justa que han de acatar las siguientes normas: la partida consta de tres lances, para participar se ha de tener linaje noble o haber sido nombrado caballero, se descalificará al caballero que no demuestre nobleza y que utilice armas no permitidas.

Y tras tres toques de corneta, el maestre de campo nombró a los dos primeros contendientes:

- El sorteo ha dictaminado que abran el torneo: el conde de Cerralbo y don Julio del Solejar. ¡A justar!

Acto seguido, los heraldos de ambos caballeros hicieron acto de presencia en la arena del palenque portando sus respectivos blasones. El heraldo del conde de Cerralbo, por ser éste de mayor rango y veteranía, fue el primero en presentar las credenciales de su señor, proclamando a los cuatro vientos sus cuantiosas posesiones, las innumerables batallas en las que había blandido su espada contra los sarracenos y las victorias conseguidas en las justas. A continuación, el heraldo de don Julio, sin amilanarse, hizo lo propio con su señor, no pudiendo citar ni batalla, ni justa alguna, pero ensalzando su fortaleza, valentía y coraje. La mayoría del público no dudó en vitorearle; siendo como era un hijo del pueblo, de antemano contaba con el beneplácito de los espectadores a pesar de no ser el favorito.

Cada contendiente se dispuso en un extremo de la tela. El juez de campo, en medio de la arena, levantó la bandera. Los caballos, espoleados en los ijares por las estrellas dentadas de plata de las espuelas, comenzaron un frenético galope. Julio bajó la visera de su celada, empuñó firmemente la lanza, fijando su culata entre el antebrazo y el peto de la armadura, y con la vista puesta en su extremo apuntó al pecho del conde. Por su cabeza no pasaba la posibilidad de ser derrotado, a pesar de su falta de experiencia; confiaba en su juventud y en su valor. A medida que su caballo alazán se acercaba al oponente, se oían con más fuerza las voces de aliento de sus paisanos:

- ¡Vamos, que tú puedes!

- ¡Venga, valiente! ¡A por él!...

 Sin quitar la vista de la punta roma de su lanza, con las piernas fuertemente apretadas contra la montura, con el corazón a punto de salirse del pecho,… contuvo la respiración un instante antes del choque, y... El topetazo fue fatal, la lanza del conde le impactó de lleno en el pectoral de la armadura, rompiéndose en mil astillas. Fue tal el golpe que recibió en el pecho, que temió que el corazón se le fuera a parar. El aire no llegaba a sus pulmones. A duras penas consiguió mantener el equilibrio sobre la grupa del caballo. En un alarde de pundonor llegó al otro extremo la tela. Fermín, su escudero, acudió raudo, presintiendo lo peor. El público murmuraba sin atreverse a elevar la voz a la espera del desenlace, convencido de que el joven caballero abandonaría la contienda. Pero Julio en ningún momento pensó desistir en su empreño; concluiría la liza aunque en ello le fuera la vida. Fermín le ayudó a descender del caballo, le quitó la celada, le ofreció un cubo de agua fresca para que se enjuagara y una jarra de vino para que reconfortara el espíritu. El escudero de armas, temeroso de que el castigo en el próximo lance fuera aún más duro, le aconsejó que se retirara. Julio, con la vista perdida, buscó aliento entre su gente, que aunque hondamente preocupados le alentaban para que no se rindiera al primer envite.

Tras un breve descanso en el que apenas pudo recuperar el aliento, sonó el clarín; de nuevo los contrincantes se aprestaron para el segundo lance. Se hizo el silencio; sólo se oía el hondo bufido de los caballos y el piafar de sus cascos. El joven caballero contuvo un instante la respiración, se acomodó sobre la montura y por su mente pasó sólo un pensamiento: eludir la lanza del conde, que se dirigía directa a su pectoral. Con un oportuno movimiento de cintura logró esquivar en el último instante la punta de la lanza que se dirigía al corazón. Pero recibió el impactó de lleno en el guardabrazo izquierdo, sacándole prácticamente el hombro de su articulación. Sin duda el conde de Cerralbo, aunque ya entrado en años, era un verdadero experto en estas lides, compensando la falta de fuerza con la astucia de un viejo zorro.

Sin apenas tiempo para recuperar el resuello, sonó de nuevo el clarín anunciando el tercer lance. Era el definitivo, si Julio no derribaba al conde, perdería la liza, siendo eliminado del torneo. Los caballos, espoleados con saña en los ijares, emprendieron un galope desaforado. El publico, guardando un silencio sepulcral, permanecía expectante presintiendo un desenlace fatal. El joven caballero, a pesar de las magulladuras y el fuerte dolor que le causaba la herida del hombro, se mantenía firme a lomos de su montura. El conde fue certero y demoledor: impactó de lleno con la punta de su lanza en la visera de la celada de Julio, hundiéndola contra la mejilla, aprisionando su rostro entre el acero retorcido. El brutal impacto le provocó tal conmoción que a punto estuvo de caer de bruces del caballo; pero en un alarde de valentía, sacando fuerza de flaqueza, apretó las piernas contra la silla de montar y a duras penas consiguió mantenerse a lomos de su corcel. Todos aplaudían su pundonor, pero él no oía nada; el amargo sabor de la derrota se lo impedía.

Cabizbajo abandonó el palenque, descendiendo del caballo con la ayuda de su escudero.

César llegó de inmediato junto a él para interesarse por su estado.

- ¿Cómo te encuentras…? –le preguntó preocupado-. ¡Ánimo, te has batido con bravura! Puedes sentirte orgulloso.

Pero Julio, abatido, mascullando el acedo regusto del fracaso, no pudo responder. Sentándose sobre una piedra, se limito a indicarle por señas a su escudero que lo liberará de aquellos hierros retorcidos que cada vez le oprimían con más fuerza la cabeza. Fermín, tras bregar largo y tendido, y echando mano de la lubrifica ayuda del aceite de la alcuza que utilizaba para dar lustre a la armadura, al fin consiguió desencajarle el yelmo. El pómulo izquierdo de Julio había adquirido un intenso tono púrpura y la inflamación ya le ocultaba prácticamente el ojo.

- ¡Vino, dame un poco de vino...! -pidió con premura el joven caballero.

Y vertiendo el bermejo líquido sobre un paño, de inmediato se aplicó el emplasto sobre la hinchazón para aliviar momentáneamente congestión. Acto seguido, y de un solo trago, bebió el vino que quedaba en la jarra; sus efluvios contribuirían a digerir mejor la derrota.

- ¡Qué humillación…!

- No te preocupes, habrá  más ocasiones –intentaba animarlo César.

- En mi pueblo y ante mi gente; es duro recibir un castigo así.

- Al contrario, debes sentirte orgulloso, pocos han sido capaces de soportar en su primer combate tres lances sin caer a tierra.

- Gracias por tus palabras de ánimo, pero para mí es una deshonra.

- No le des más importancia de la que tiene, hasta de las derrotas se aprende.

En ese preciso instante Juan y Ramiro salían del palenque, y con paso presuroso se dirigieron hacia el lugar donde los dos jóvenes se encontraban. Sin resuello, Ramiro al fin consiguió llegar al dado de su hijo, y con semblante preocupado le preguntó:

- ¡Julio! ¿Cómo te encuentras?

- Estoy bien, padre, no se preocupe. No tengo nada que no se solucione con  una suculenta comida, una arroba de vino y un catre mullido. Vamos a la taberna, que a buen seguro allí encontraré la medicina que necesito para sanar las heridas.

 

…….

 Fermín, el escudero, se quedó quitándole los arreos al caballo, mientras Ramiro y Juan, en compañía de sus hijos, se dirigieron a la taberna. Con la hora del ángelus bien cumplida, algunas de las improvisadas mesas de madera que el tabernero había dispuesto sobre la hierba, ya estaban ocupadas por algunos comensales. Los cuatro, sin entretenerse en pormenores, tomaron sendas tajuelas y se acomodaron en una de las mesas que aún quedaban libres. De inmediato, una servicial camarera se acercó para atenderlos. El menú que les ofreció tenía poco donde elegir: sopa juliana y cordero lechal al horno, acompañado todo ello por una hogaza de blanco pan de trigo y  una generosa jarra de vino bermejo que, sin lugar a dudas, aliviaría el tránsito de las viandas gaznate abajo.

- ¿Qué os parece? –preguntó Ramiro.

            Ninguno de sus acompañantes contestó, pero por la expresión de sus caras, la camarera dio por hecho que lo daban por bueno; ¿qué remedio les quedaba?, mejor eso que nada.

- Aguarda, moza, antes de nada tráenos una jarra de vino con un plato de olivas; es para acallar el ronroneo del estómago hasta que llegue la comida –le indicó Juan a la sirvienta.

- Ahora mismo, señor.

            Y contoneando con gracia las caderas, dio media vuelta y se marchó hacia la cocina cimbreando elegantemente los brocados del vuelo de las sayas.

- Hijo, deja ya de darle vueltas, ¿acaso no sabías que en tus primeras justas te iban a derrotar? –observó Ramiro.

- Ya lo sé, pero no puedo quitármelo de la cabeza, padre. No entiendo cómo ha podido ocurrir, no he podido alcanzar al conde ni una sola vez con mi lanza y él me ha masacrado –se lamentaba Julio, sin encontrar una explicación a la derrota que su rival le había infringido.

- Es natural – observó Juan-. Ese hombre es un viejo zorro, ha librado muchas batallas. Pero ya verás como algún día consigues vencerlo, sólo tienes que aplicarte con la lanza sobre el caballo.

- Pero Fermín ya está viejo, no me sirve como escudero para esos menesteres – se lamentó Julio -. Necesito un escudero de armas ágil y fuerte, que monte bien a caballo y... ¿Quizá tú, César...?  ¿Qué te parece padre…?

- No sé... - dubitativo, Ramiro, no quiso pronunciarse, sus planes eran otros bien distintos; a toda costa deseaba apartar a César de su hija Beatriz, y cuanto más lejos permaneciera de su casa mejor. Pero tampoco podía dejar traslucir sus ocultas intenciones -. César no entiende nada de armas, se ha pasado la vida en el campo con las ovejas y el arado- esgrimió creyendo que era un argumento lo suficientemente convincente como para salir airoso del atolladero.

- Razón tiene tu padre – intervino Juan, intuyendo la poca disposición que mostraba Ramiro-. César nunca ha manejado un arma y, además, en casa tenemos mucho tajo como para que se ande entreteniendo en esos asuntos de caballeros.

César se mantenía expectante, al margen de la conversación, como si con él no fuera; era consciente de que a Ramiro la idea no le satisfacía. Y aunque ardía en deseos por iniciarse en el mundo de las armas, se mordió la lengua. No quería que nada enturbiara su relación con Beatriz.

- César, di tú algo – inquirió Julio -. Parece que no fuera contigo la cosa. ¿A ti qué te parece la idea?

- Julio, tú sabes que aunque no entiendo nada de armas, es algo que me apasiona. Y humildemente, considero que aprendería rápido. Pero la decisión no depende de mí. Tu padre tiene la última palabra.

Y  Ramiro, viéndose acorralado en semejante tesitura fue incapaz de decir lo que pensaba por miedo a que se descubrieran sus planes, delegando la decisión en su hijo:

- Julio, tú decides.

- Pues no se hable más. César, desde mañana entras a mi servicio como escudero de armas – y alzando su jarra, brindó por su nuevo escudero-. Formaremos una buena pareja en la arena...

- ¡Ustedes perdonen! –interrumpió el tabernero-. ¡El cordero está en su punto! Cuando deseen se lo servimos.

Y sin más dilación, pues el apetito apremiaba, se dispusieron a dar buena cuenta de las viandas. La sopa juliana, recién retirada de la lumbre llegó a la mesa hirviendo; sus verduras aún bullían arrebatadamente en el verdinegro caldo de gallina añeja.  Para evitar que los comensales se escaldaran la lengua, el tabernero no dudó en escanciar un generoso chorro de vino blanco en el puchero rompiendo el hervor. Una vez atemperada la juliana, la camarera sirvió la sopa en los cuencos de barro dispuestos para la ocasión. Y sin solución de continuidad, no dejando tiempo ni tan siquiera a que los comensales se llevaran la cuchara a la boca, el posadero acomodó en medio de la mesa una gran fuente de barro cocido en cuyo interior, asentados sobre ramas de laurel, cuatro humeantes perniles de cordero concitaron todas las miradas. El guiso, que exhalaba una embriagadora fragancia a tomillo e hierbabuena, unido al aroma montaraz de la leña de encina con la que había sido cocinado, se antojaba irresistible. Incluso a sabiendas que por su tamaño, aquellos perniles no era los de un tierno lechal como la camarera les había indicado, sino más bien de un borrego de carnes prietas entrado en sebos. Pero como no era cuestión de andarse con miramientos ni zarandajas, pues no todos los días se comía a mesa puesta y con semejantes viandas sobre el mantel, ninguno de los cuatro comensales puso objeción alguna; al contrario, durante la comida sólo se oyeron alabanzas por el buen hacer de la cocinera.

- ¡Me está sabiendo a gloria vendita! Hacía tiempo que no comía así –comentó satisfecho Juan, paladeando cada bocado, consciente de que volvería a pasar mucho tiempo hasta que de nuevo se le presentara la ocasión de degustar semejantes exquisiteces.

- El buen yantar y el buen beber, ha de ser ocasional para que se pueda apreciar –observó Ramiro-. ¡Posadero!

- ¿Desean comer algo más los señores?

- No, hemos quedado satisfechos. Lo que si le agradeceríamos, es un poco de aguardiente para hacer buena digestión.

- Ahora mismo, señores, eso corre de cuenta de la casa.

            Los comensales aún disfrutaban de la plácida sobremesa, degustando el licor con el que les había obsequiado el tabernero, cuando en la lejanía se dejó oír el tañido de la campana anunciando la hora nona. Las gentes, que hasta ese momento habían deambulando de puesto en puesto en busca de alguna mercadería que comprar a buen precio, al oír el acompasado repiqueteo, se dirigieron hacia la loma que flanqueaba el valle por el norte.

- ¿Dónde va toda esa gente? –preguntó sorprendido César, al verles franquear el menguado cauce de la Rivera de Froya.

- Irán a ver la exhibición de los cetreros –le indicó su padre-. Dicen que han venido de toda la comarca con sus rapaces; uno, según dicen, se ha traído un águila amaestrada que caza lobos. ¿Por qué no os acercáis?, tiene que ser cosa de ver –le sugirió Juan a César y a Julio, sin duda, con la intención de quedarse a solas con Ramiro para poder sonsacarle las verdaderas intenciones que tenía sobre la boda de sus respectivos hijos.

- ¿Vamos?

- Vamos, a buen seguro que merecerá la pena –le contestó César a su amigo.

Y los dos jóvenes, mezclándose entre la bulliciosa muchedumbre que se dirigía a ver el espectáculo, cruzaron a la otra margen de la Rivera de Froya donde las rapaces ya surcaban el cielo describiendo elegantes vuelos acrobáticos.

Juan no quería dejar pasar la oportunidad de hablar con Ramiro sobre la futura boda de sus hijos. Desde que había entrado al servicio del feudal, frecuentando nuevas amistades, Ramiro se había distanciado de sus viejos amigos. Juan recelaba de la mudanza dada y quería saber de su boca si seguía manteniendo el pacto al que años atrás habían llegado.

- Ramiro, aprovechando la ocasión, me gustaría hablar de la boda de César y Beatriz. ¿No crees que ya tienen edad para que formen una familia? Podríamos ir pensando en la fecha del enlace. Nosotros a su edad ya éramos padres - señaló Juan.

- Razón tienes, ya va siendo hora de que vayamos pensando en ello –dijo Ramiro sin mucho entusiasmo.

- Ya sabes que nosotros disponemos de pocos recursos, pero les ayudaremos en todo lo que podamos.

- Juan, no te preocupes por eso, Beatriz tendrá una buena dote. Pero considero que no hay que precipitar los acontecimientos. Beatriz aún tiene mucho que aprender y me gustaría que antes de casarse, pasara una temporada en el convento de Santa Clara de Asís de Ciudad Rodrigo. Allí podrá instruirse como una dama –indicó Ramiro, esgrimiendo un argumento convincente para que Juan no sospechara de sus verdaderas intenciones.

- Tú eres su padre y sabrás qué es lo mejor para ella –asintió Juan sin querer entrar en polémica, intuyendo algún oculto propósito que no alcanzaba a vislumbrar.

- Cuando regrese del convento fijaremos la fecha de la boda, no precipitemos los acontecimientos, tienen mucho tiempo por delante –dijo Ramiro, dejando entrever que no quería comprometerse fijando una fecha.

- Como a ti te parezca, dejemos correr el tiempo, que es sabio consejero –observó resignado Juan, que sin duda, con esta corta conversación, acababa de confirmar sus sospechas sobre el cambio de talante que su otrora buen amigo había experimentado.

 

                                                   .................

CAPÍTULO II

  

Por el pedregoso camino la pareja de burros tiraba con paso cansino del carro, aminorando la marcha cada vez que se trababan.

- ¡Arreando, Pardal! ¡Vamos, Gañan! –gritaba Juan de pie en el carro, mientras hacía restallar en el aire el cuero de la tralla-. ¡Vamos…! ¡Vamos…!

La yunta avivó el paso, haciendo que las llantas de hierro  tronaran en un ensordecedor traqueteo al chascar los guijarros del camino.

César, sentado sobre el cabezal trasero del carro, se dejaba zarandear por los bruscos movimientos que éste provocaba en su marcha. Con la mirada perdida en el horizonte intentaba escrutar entre la densa bruma matinal los exiguos rayos de sol que, a duras penas, conseguían perforar la tupida cortina de diminutas gotas de agua. Estaba ausente. Sólo podía pensar en Beatriz. Hacía ya casi un mes que no la veía. La única noticia que había tenido de ella, no podía ser peor: después del verano ingresaría en el convento de Santa Clara. Su mundo se le había derrumbado, ya no era el mismo muchacho alegre y dicharachero; ahora se pasaba los días cabizbajo y melancólico. No entendía nada de lo que ocurría: las puertas de la casa de Beatriz, hasta hace poco acogedoras y hospitalarias, se le habían cerrado a cal y canto; no conseguía ver a su prometida; no podía hablar con ella...  Intentaba buscar una explicación coherente a tanto caos, pero no la encontraba. Se hacía mil preguntas sin respuesta. No atinaba a imaginar cuál sería la causa por la que Beatriz se iba al convento. ¿Quizá fuera él el culpable...?, ¿lo había dejado de querer...? Su mente elucubraba sin parar...

- ¡César, espabila, ya llegamos! –le gritó su padre.

El muchacho, inmerso en sus cavilaciones, reaccionó con sorpresa y aturdimiento:

- ¿Qué…?, ¿qué pasa…?

- ¡Estás alelao, hijo! –rugió enfurecido Juan-. Ahora hay que trabajar. Saca de la cabeza esas tonterías. ¡Bájate y abre el cañizo! Tenemos que entrar con el carro para bajar el arado.

- Ahora mismo.

            Ese día, en el que no tenían que echar el jornal en las “terras dominatas” del señor feudal, nada más amanecer prepararon todos los aperos para arar una pequeña finca de su manso que ese año había estado de barbecho. La tierra estaba en Valdocoso, que junto a Malgarrida y Valdepuertas  formaban las tres hojas de labor en las que se dividía el término de Hinojosa de Duero.

Ya en febrero, por San Blas, con el tempero de las lluvias invernales, habían alzado la tierra; con esa primera arada se aireaba el terreno y retenía después mejor las aguas de primavera. Y ahora, a finales de mayo, por San Desiderio, le daban la segunda vuelta. A Juan le gustaba binar la tierra barbechera. Decía que era muy bravía y, de no trabajarse bien, crecían muchas malas hierbas. Después, a finales de septiembre, por Santa Tecla, antes de estercar, la terciaría para matar las raíces de los lambrestos. El abuelo Pepe siempre decía que eran las peores hierbas que conocía: “se comen más trigo que los cuervos”. Y en octubre, por San Dionisio, la sembrarían de trigo, que allí fanegaba bien.

 La hoja de Malgarrida, que era tierra más floja, estaba sembrada ese año de cebada y centeno. Y en la hoja de Valdepuertas tenían las algarrobas, después del cereal siempre las sembraban con leguminosas, para que la tierra cogiera cuerpo.

- Mañanita de niebla, tarde de paseo –comentó Juan mientras bajaba los aperos del carro-. Si levanta pronto la niebla, tendremos un buen día.

- Padre, ¿por qué se agarran aquí tanto las nieblas?

- Aquí tienen querencia, la hondonada las llama y con tanto río a la redonda, más... Pero déjalas, son buenas, ablandan la tierra para el arado –observó su padre-. Anda, déjate de tanta plática y baja los aperos.

César clavó el tentemozo del carro en la tierra para sacar el dentejón de la viga. Una vez que el yugo quedó liberado, desenganchó los burros del carro y calzó las ruedas con dos grandes pedruscos para evitar que rodara pendiente abajo, bajando después el arado del carro.

- Padre, la esteva tiene mucha holgura. Así no hay quien saque un surco derecho.

- Dale unos martillazos a la cuña y después mójala un poco. Una vez que se hinche, descuida, que ya no se moverá.

César también apretó los tornillos de la garganta del arado para fijar con fuerza el clavijal y se cercioró de que la reja y las orejeras estuvieran firmes antes de engancharlo a la yunta.

- Padre, recule un poco más los burros, que la clavija no entra bien en el yugo.

- Aprieta bien la sobera –advirtió Juan-. Los burros cabecean mucho y después le bailan las befas en el pescuezo.

Cuando todos los arreos estuvieron dispuestos, Juan alineó el arado siguiendo la raya de la pared de piedra que delimitaba la tierra. Sujetó firmemente la macera del arado con la mano derecha y las riendas de los burros con la izquierda, e hincando la reja en la tierra hizo la besana. El abuelo Pepe siempre le decía que el primer surco era el más importante: “si la besana salía torcida, cereal seguro se perdía”.

 Reseña literaria