Un bello lugar

 Un bello lugar | La tenue línea

Describir La Cerradura sería demasiado fácil si no fuera porque soy parte interesada en el asunto y uno puede dejarse llevar demasiado lejos por el corazón. Aunque las mayores dificultades para objetivar este empeño vienen representadas por la campechanía de sus variopintas gentes y por su envidiable entorno natural, ya algo cercano y horadado por los peajes del inevitable otro temido progreso. Para mí, toxiriano de origen y riostro postizo como diría la abuela María Manuela, tras quince años de roce con esta pedanía por una riostra a la que amarré para siempre mi vida, debe representar un estimable espacio de tiempo como para reclamar cierta incumbencia hacia sus asuntos, para confesar mi feliz apego a sus peculiaridades y a su vecindad. De ahí el propósito de estas líneas.
Pero, ¿qué guarda de especial La Cerradura? ¿por qué sus nativos y sus nativas, complacidos consortes y vástagos incluidos, que se han visto diseminados por la diáspora de la vida, se resisten a desatenderla cada fin de semana aún en su crudeza invernal y, como no podía ser de otro modo, durante todo el verano? Tal vez sea porque aquí se respeta sobremanera el apego a todo lo familiar, a la cuna y al terruño, valores éstos expresados en actitudes y sentimientos que permanecen inmunes y siempre leales a los cambios generacionales, a los modernos talantes de tiempos tan ilustrados y propicios al desarraigo como los que vivimos; pudiera ser porque esa propensión a la convivencia familiar de tres generaciones (en mi caso hasta cuatro, gracias al abuelo Antonio Ramón, divertida e inédita vitalidad a tiro de los noventa y tres) que ha quedado reducida y emplazada a cada domingo sacie todos sus anhelos e inclinaciones al menor resquicio vacacional y en estío; quizás porque, incluso para los foráneos, se trata de un agradable rincón por su clima habitualmente condescendiente con el descanso finsemanero y estival; tal vez por la probada facilidad de trato de sus desprendidos moradores; pudiera ser por lo recóndito de sus alrededores, propicios a la práctica del senderismo o al relajante paseo familiar a pie y, sobre todo últimamente, en bicicleta; o acaso sea por representar un humilde pero resguardado esparcimiento deportivo y de reencuentros amistosos para nuestra chiquillería, que nos van siendo reclamados con mayor intensidad conforme se acerca cada sábado...Pero quizá muchos estén conmigo en que se trata, sobre todo, por la impresión compartida de que aquí, en su modesta esencia, nada ha cambiado, que mientras permanecemos en sus espacios y entre sus gentes el tiempo parece que se detiene, que resaltado su natural sosiego y silencio una vez alejados los bullicios y las inquietudes derivadas del profuso tráfico, el rearme de facultades físicas y anímicas, tan necesario tras las sacudidas a las que se ven sometidas de lunes a viernes por la metrópoli, es la sensación predominante sobrevenida a las horas pasadas entre sus confines.
El entorno natural de La Cerradura llega a insuflar tales sensaciones desde el instante mismo en que entrando desde Jaén divisamos felizmente la silueta montañosa de "Las orejas del cerdo" como irremplazable señal que anuncia su proximidad; o cuando, llegando desde Granada, "El Oasis" tilda premonitoriamente lo que pocos metros después se nos revelará. Y no faltan motivos: seguimos contando con que la fuente de la Ermita, que ha sido aparatosamente respetada por la autovía y siempre ajena a los caprichos atmosféricos, sigue manando con preciso caudal el agua de honda vena que tantos hablares (y algún que otro verso) ha dado lugar; asomarse desde las espléndidas atalayas del "cerrillo" permite contemplar sus más bellas estampas; subir a la "pileta" es divisar al completo los verdores que orillan al sinuoso Guadalbullón, seña de identidad riostra y fuente de vida para sus habitantes que discurre por aquí a modo de singular eje de simetría y del que he oído decir que desde un tiempo atrás, eventualmente aliado con la intempestiva meteorología, se ha mostrado en alguna ocasión disconforme con lo impropio y pisoteado de su cauce...y el "Peñón de los Tres Quesos", capricho geológico que, perenne aunque herido y amenazante, se sostiene esquivo al envite de la bonanza.

Pero si esta aldea ocupa un lugar predilecto en las intenciones de sus visitantes es por su célebre y acreditado yantar. Porque las viandas de su huerta se disfrutan con todo su aroma, sabor y frescor; porque Pedro, incesante en su ya dilatado compromiso con sus clientes, sigue ofreciendo en Las Delicias sus chorizos caseros y sus migas; porque aún persiste Antonio en su Venta del Puente en mantener atados a sus asiduos con sus conejos al ajillo y El Manchego con su lomo de orza y sus tapas calientes y el remozado Chiringuito de Antonio y Mari Carmen, cual privilegiada terraza, que invita a degustar sus pinchitos y chuletas. Recóndito espacio éste en el que convergen las vivencias de antaño con las del momento, convirtiéndose en las plácidas mañanas estivales en cancha sombría y concurrida donde crepitan las fichas del dominó, por las tardes en la mejor tribuna para ver a los celosos y alguna que otra celosa de Ronaldo, y por las noches en lugar de reunión en animosas tertulias de críos, jóvenes y de los no tanto.
Afortunadamente aquí nada raíz ha cambiado porque sus pobladores viven empeñados y comprometidos en el respeto a todo lo que les identifica, manteniendo con esmero sus valiosas tradiciones, su singular acento y sus dichos cotidianos: su río protagonizando su particular microclima, su sofocante aire de arriba y, como contrapunto, su refrescante y anhelado aire de abajo, su aire solano levantándose en el veraniego anochecer y amenazando con una mañana más calurosa; sus bucólicas chimeneas humeantes desparramadas en el gélido invierno caldeando sus apacibles hogares; los surtidos géneros de sus matanzas caseras inundando terraos mientras se curan al frío oreo de diciembre; su madrugador laboreo estival "con la fresca" al cuidado de los frutos de sus fecundas huertas y de su olivar marcan, paso a paso , el calendario de la existencia a sus esforzadas gentes. Dura ya mi certidumbre de que este apartado lugar parece como elegido por el cielo para derramar sus bendiciones: en su sereno vivir, en su campechano humor, en las pueblerinas maneras de sus gentes está encaramada la cosecha de su buena estrella. Y todo esto, que no es todo, créanme, no es poco. Aunque cada cosa a su tiempo, a la menor oportunidad no dejen pasar la ocasión para destaparlo todo... disfrutar de la inagotable e intemporal hospitalidad riostra. Por aquí dicen que "viendo la viña se adivina al viñador" . La viña, sostengo, es inmejorable. En estos días de fiesta pueden deducir y convencerse del resto.

Texto: Ricardo Ortega Carpio
UN BELLO LUGAR


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