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Estas
imágenes ilustran momentos y escenas del vivir cotidiano de La Cerradura
a lo largo de este siglo. Muchas de ellas recogen instantáneas de tradición
irrecuperable en unos actos nada protocolarios, que tenían mucho de
espontaneidad, con poses carentes de preparativo alguno, que rezumaban
toda la sencillez e intensidad propia de lo que resultó inesperado,
preservando del tiempo el encanto de lo no fingido en retratos que
representan las caras más felices de un modo sereno de vivir, cuando todo
se celebraba como si fuese a ocurrir una vez en la vida y en un lugar que,
por entonces, apenas admitía episodios repentinos ni historias que
soliviantarán la placidez de su vivir cotidiano. Esos paseos de la alegre juventud que por aquí pululaba por los años sesenta, la solitaria carretera convertida hoy en nuestra calle principal, esas bodas celebradas por todo lo alto por sus entrañables y hoy irreconocibles gentes que se agolpaban junto a los protagonistas resaltando con su presencia el aire festivo de un acto social por entonces engalanado de humildad, esos peinados, esos trajes y esos vestidos de la época que no pueden evitar suscitar alguna respetuosa sonrisa o alguna que otra lágrima de ternura por la originalidad, la sencillez o quizá la rapidez con la que nuestros antepasados atendían estas necesidades vitales. Esas instantáneas también reflejan el aspecto primitivo que por entonces conservaban algunos parajes naturales, sus casas, las ventas junto a la carretera otrora parada y fonda de resignados viajeros, de sus extenuados animales y de sus carruajes, alguna que otra montaña o algún rincón en lo más oculto de esta aldea que hoy nos resulta difícil trasladarlo en el tiempo y solaparlo en su actual ubicación, y, sobre todo, tantas caras de críos, madres y padres, abuelos y abuelas, hijos e hijas de esta aldea que nos llenan de melancolía por lo que el paso inexorable del tiempo ha alterado o se ha llevado consigo, hasta el punto de sugerirnos una cumplida sonrisa o provocar el más respetuoso de los entusiasmos cuando hayamos intentado con éxito dar con la identidad que se oculta tras esas a veces irreconocibles facciones. Sirva, pues, esta impagable colección de homenaje a las gentes de esta aldea, a nuestros esforzados y sufridos antepasados, a su historia llena de sencillez, a cuántos por entonces prestaron su figura y su alma ignorantes de que estaban ilustrando toda una sucesión de esporádicos momentos de alegre comunión familiar y amistosa, de sus campechanas vivencias, de sus quizá escasos pero intensísimos momentos de alegre esparcimiento, de la contenida felicidad que sus semblantes reflejaban a golpe de efemérides, de las huellas retratadas que el rigor, y la placidez de la soledad y del silencio imponían día a día en la existencia de La Cerradura desde principios de siglo hasta casi nuestros días. |
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